AGLI

Recortes de Prensa     Domingo 20 Octubre  2002
Manifestación de compromisos
Editorial ABC 20 Octubre 2002

En San Sebastián, por la libertad
Editorial La Razón 20 Octubre 2002

Basta ya de nacionalismo
CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS ABC 20 Octubre 2002

Los espartacos
Luis María ANSON La Razón 20 Octubre 2002

Su majestad el odio
Francisco NIEVA La Razón 20 Octubre 2002

¿Qué Euskadi quieren
José María CARRASCAL La Razón 20 Octubre 2002

A galopar
CARLOS DÁVILA ABC 20 Octubre 2002

Cambio de escena
ÁLVARO DELGADO-GAL ABC 20 Octubre 2002

Sobre la libertad
ROBERTO L. BLANCO VALDÉS La Voz 20 Octubre 2002

Un recuadro de Burgos

ALFONSO USSÍA ABC 20 Octubre 2002

Más de 100.000 personas se rebelan contra el nacionalismo obligatorio al grito de «libertad»
A. García - San Sebastián.- La Razón 20 Octubre 2002

Libertad en acción
Editorial El Ideal Gallego 20 Octubre 2002

El mensaje de San Sebastián
Editorial El Correo 20 Octubre 2002

Jugar con fuego
ENRIQUE ECHEBURÚA  El Correo 20 Octubre 2002

Manifestación de compromisos
Editorial ABC 20 Octubre 2002

En el futuro, ningún diagnóstico ni propuesta sobre el País Vasco podrá eludir la masiva reivindicación de libertad que ayer protagonizaron decenas de miles de ciudadanos en las calles de San Sebastián. El número de manifestantes suele tener una importancia relativa, pero en el caso de ayer incluso este dato alcanzó el nivel excepcional que ya tenía la propia convocatoria de la manifestación. Las calles copadas habitualmente por el miedo y el silencio, pasto de los terroristas y de sus cómplices, acogieron la demostración de que los vascos no nacionalistas siguen dispuestos a defender el pacto constitucional y estatutario, reafirmando una pluralidad social que se reflejaba en las banderas y en los lemas. El valor político de esta manifestación es que permite recordar a los nacionalistas que, después de veinte años de hegemonía del nacionalismo y de cientos de víctimas del terrorismo, la respuesta de esas víctimas no es el odio ni la ruptura, sino la defensa de las libertades y de los derechos, incluidos, sin excepción, los de los propios nacionalistas. Ni ETA, ni las provocaciones del PNV, han podido corromper la actitud moral de los demócratas no nacionalistas, comprometidos con la renuncia a cualquier opción antidemocrática, a cualquier atajo contraterrorista. Si el lendakari Ibarretxe vuelve a preguntar cuál es la propuesta de los no nacionalistas para el País Vasco, la respuesta está en la manifestación de ayer: Constitución y Estatuto.

Sin embargo, de antemano debería quedar descartada una rectificación sustancial por el nacionalismo. Se ha hecho insensible a la razón y al sentido común, tanto como al dolor ajeno. Pero es probable que junto a los insultos y desprecios, como los ya proferidos, algunos líderes nacionalistas -entre ellos el propio lendakari Ibarretxe-, se movilicen para amortiguar a corto plazo los efectos de la manifestación, con mensajes conciliatorios y amables, que reanimarán a los que, sin ser nacionalistas, siguen hablando del seguidismo del PSOE y alertan preocupados por el resurgir del nacionalismo español. Será simple tacticismo para metabolizar la impresión que les habrá producido ver unas calles en manos que no son las suyas y demostrando una fuerza que no es la suya. Los nacionalistas saben manejarse en los escenarios dialogantes y en la presentación solemne de sus mendacidades, pero nunca se acostumbran a que los no nacionalistas se rebelen y protesten.

Por eso, el mayor aprovechamiento de esta manifestación no hay que buscarlo en la capacidad de enmienda de los nacionalistas, acreditadamente incapaces para estos actos de humildad e inteligencia, sino en la influencia que debería ejercer para definir una posición común estable frente al soberanismo vasco. El mejor efecto que podrá producir la marcha de ayer es haber convencido a los manifestantes de que también cuentan para el futuro del País Vasco y de que su fuerza, en tiempos de hostigamiento, reside en su unión. El espíritu de Ermua fue la rebelión de las víctimas y también un ejercicio de identificación colectiva de los no nacionalistas, que han pasado de la resistencia a la iniciativa. Sin embargo, el esfuerzo ciudadano puede quedar malogrado si no genera, al mismo tiempo que se manifiesta, nuevos compromisos de acción política en quienes tienen la responsabilidad de ejecutarla. Nadie puede dudar ya de que la convergencia del PP y del PSOE en la defensa de la Constitución y del Estatuto es el resultado natural de las necesidades de miles de vascos.

El Acuerdo por las Libertades y contra el Terrorismo no fue una estrategia de diseño, sino una cooperación ética para proteger los valores constitucionales. El tiempo está fortaleciendo ese pacto y actos como el de ayer emplazan directamente a sus firmantes a sentirse no sólo respaldados en la oposición al nacionalismo, sino también obligados a adoptar nuevas iniciativas de Estado, que serán precisas, con la ley en la mano y sin necesidad de alterar un ápice el diseño autonómico actual. Durante mucho tiempo, el temor a la radicalización del nacionalismo ha sido el freno a la toma de decisiones que deberían haber evitado la marginación de la bandera nacional, la inmersión del sistema educativo en los valores nacionalistas y todas las situaciones de hecho en las que se ha consolidado la hegemonía de los nacionalistas, sin haber obtenido ni su lealtad ni la paz. Ahora estamos sufriendo las consecuencias de haber creado un ambiente de normalidad en torno al aislamiento antidemocrático de los vascos no nacionalistas. Se ha recuperado mucho terreno y se ganará más cuando ETA sea erradicada, pero es imprescindible que la acción política del Estado, es decir, del Gobierno y de la oposición socialista sea capaz de empezar a preocupar al nacionalismo por las consecuencias de sus actos.

En San Sebastián, por la libertad
Editorial La Razón 20 Octubre 2002

San Sebastián abrió ayer con la manifestación convocada por la plataforma ciudadana «¿Basta ya!», y bajo el lema «Por la Constitución, el Estatuto y contra el nacionalismo obligatorio», un espacio de libertad en el que todos cuantos quisieron pudieron expresar sus ideas. El recorrido de la marcha, abarrotado por millares de personas llegadas desde todos los puntos del País Vasco y desde otros lugares de España, reconstruyó, aunque sólo por unas horas, el escenario más deseable para la convivencia en la Comunidad vasca, que no es otro que el que permita garantizar a todos el ejercicio del derecho a la vida y el derecho a pensar y expresar las opiniones políticas con entera libertad.

La concentración de más de 100.000 personas en la capital guipuzcoana fue un no rotundo a los planes soberanistas de Ibarreche, pero en modo alguno era un acto de fuerza del nacionalismo español. Esa visión, sostenida por el diputado nacionalista vasco Anasagasti, y temida incluso por el catalán Duran i Lleida, revela precisamente lo contrario, que el peligro reside en la visión soberanista y en la deslealtad constitucional de un nacionalismo excluyente que descalifica a quien no asume el proyecto secesionista y ve enemigos peligrosos y resabios de otras épocas donde sólo existe el deseo de vivir en paz y en libertad.

La gran manifestación de ayer en San Sebastián es un paso más en la reacción de una sociedad aterrada por décadas de asesinatos, extorsiones, violencia batasuna impune y por la complicidad y pasividad de quienes tenían la obligación constitucional de defender a todos los ciudadanos y evitar el éxodo vasco que ha dado pie a que la Audiencia Nacional abra un proceso contra ETA y Batasuna por crímenes contra la humanidad. El asesinato de Miguel Ángel Blanco hizo nacer el llamado «Espíritu de Ermua» que cristalizó en una gran marcha en Bilbao que contó incluso con el apoyo del PNV e IU. Hoy, en San Sebastián, las cosas están aún más claras: el nacionalismo y la coalición comunista no están en la manifestación, están al otro lado de la barrera, empeñados en que las cosas sigan como estaban, con ellos en el poder, aprovechando los frutos ensangrentados del árbol agitado por los etarras, viendo como se vacía el censo electoral democrático con millares de vascos obligados a exiliarse bajo pena de muerte. A eso llaman «no crispar» a la sociedad, a eso se refieren cuando hablan de «diálogo» y plantean su infame intento de equiparar a las víctimas y a los asesinos.

La razón estaba ayer con quienes se manifestaron en las calles del País Vasco, al margen de su ideología o de sus preferencias, nacionalistas o no. La verdad estaba del lado de quienes reivindicaban un País Vasco plural en el que la libre expresión de las ideas políticas, sin distinción, sea una realidad y en el que no haya que pagar a unos asesinos, beneficiarios de la ceremonia de la confusión nacionalista, un precio político para que dejen de matar.

Basta ya de nacionalismo
Por CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS ABC 20 Octubre 2002

CON la manifestación de «Basta Ya» termina un tiempo en el País Vasco y comienza otro. Acabaron las ilusiones en la colaboración con el nacionalismo «democrático». ¿Recuerdan el tópico según el cual «el futuro del País Vasco pasa necesariamente por el PNV»? Era el resumen de lo políticamente correcto. Y desastroso. Las tesis de la izquierda. Eran los tiempos de Ajuria Enea, que se iban a prolongar demasiado. Llevamos años de retraso. Pero, al fin, ha comenzado otra época: no habrá futuro en paz con la hegemonía del nacionalismo. El nacionalismo se ha revelado como el enemigo. No conoce más lenguaje que la imposición y el exterminio.

Por fin los demócratas son conscientes de la naturaleza totalitaria del nacionalismo, del moderado y del radical. Estos más de cien mil ciudadanos de segunda, estigmatizados, perseguidos, humillados, extorsionados, diezmados, este inmenso gueto, saben que el nacionalismo no descansará en sus vueltas de tuerca, unas veces asesinando y otras dialogando, hasta no eliminarlos totalmente, hasta no reducirlos, hasta no asimilarlos.

Pero conscientes ya, de vuelta de la trampa del diálogo y de la colaboración, han salido a la calle, dignos, altivos, heroicos. Saben que están en la diana, uno a uno. Saben que mañana podrán ser objetivo del pistolero pero caminan con la cabeza alta, desafiantes. Procesión de dolor en esta ciudad acorralada, sitiada, en esta plaza emplazada. Reino del Terror. Régimen del miedo. Los cuarterones cerrados, echadas las persianas, los miradores ciegos. Procesión de dolor. Pero hay un cambio respecto a la anterior manifestación de «Basta Ya». En la pasada, hubo el homenaje a los asesinados. Al millar de asesinados. En esta ocasión, el recuerdo de ellos, incorporado ya, da fuerzas para un nuevo salto político. Porque esta edición del «Basta Ya» supone un paso a otro estadio.

Esto es lo que significa la presencia de la bandera española. Por vez primera la bicolor se ha echado a andar por las calles de San Sebastián. Es una toma simbólica de la ciudad. Es, sobre todo, una promesa y una esperanza. Es una llamada al Estado. Es una asimilación al Estado. Hoy, bajo los miradores ciegos y los cuarterones cerrados, se ha izado la esperanza. Terminaron los complejos. Por fin, los donostiarras han visto tremolar la Constitución por las calles de San Sebastián.

¿Y qué pueden esperar de la bandera estos miles de ciudadanos amenazados, extorsionados, humillados, ofendidos, trasterrados? ¿Qué pueden esperar del Estado cuando los nacionalistas les ofrecen la paz de los muertos? Piden igualdad, reclaman defensa, exigen orden. Levantan la bandera. Ellos son lo que queda del diálogo con los nacionalistas. ¿Qué quedaría de ellos si aceptaran el plan de Ibarretxe? ¿Tan bajo es el concepto que tienen de ellos los nacionalistas, que les piden que acepten con resignación el exterminio? De la estigmatización a la eliminación.

La manifestación de «Basta Ya» pone a prueba al Estado, a las instancias superiores del Estado, a las magistraturas supremas, a la presencia constante del Estado aquí, en el País Vasco. No entran hoy estos ciudadanos en el tipo de medidas que habrá que tomar. Pero han salido a la calle, desencantados de las viejas fórmulas, de vuelta ya de tanta trampa, han sacado la bandera bicolor y piden que cese la persecución, los asesinatos. El Estado deberá saber lo que tiene que aplicar, pero hoy los perseguidos han sacado la Constitución a la calle.

Hoy he querido ver los ojos asombrados de los que vendrán detrás de nosotros y no entenderán nada de lo que ha pasado durante todos estos años. Deberíamos encontrar una respuesta satisfactoria para ellos.

Los espartacos
Luis María ANSON La Razón 20 Octubre 2002
de la Real Academia Española

La atrocidad del asesinato de Miguel Ángel Blanco rompió la barrera del miedo. El ciudadano de orden aguanta lo indecible. Pero todo tiene un límite. La sociedad vasca se levantó en aquella ocasión y si no llega a ser por la acción de la Ertzaintza, el pueblo hubiera vandalizado las herrikotabernas y linchado a los batasunos.

Cien mil vascos forman ya la diáspora de la vergüenza en nuestra democracia. El diez por ciento de la población de las provincias vascongadas se ha sometido a la limpieza étnica y ha escapado de la opresión y la amenaza.

Desde 1976 unos políticos pusilánimes y débiles, de hinojos en Madrid ante los terroristas, hicieron las más varias concesiones. Tanta cobardía moral, tanto pantalón arriado, ha derivado en la dictadura del miedo, que es la actual posición de ventaja que tienen los proetarras. El pacto del PP y el PSOE contra el terrorismo y la ley de partidos son las primeras reacciones serias del Estado de Derecho.

Los ciudadanos vascos se lanzaron ayer a la calle pero no sólo contra Eta, no sólo contra Batasuna. Se lanzaron, sobre todo, contra los cómplices de los terroristas, contra los sectores del PNV que tratan de imponer con espíritu totalitario la ideología nacionalista. Son los espartacos que luchan por la libertad frente al nacionalismo obligatorio. La entera sociedad española está con ellos. El clamor de ayer en el corazón de San Sebastián estalló en todos los rincones de España. Los pueblos, aunque sea en zigzag, caminan siempre hacia la libertad. Y eso es los que exigían los cien mil espartacos que se adueñaron ayer de las calles de la capital guipuzcoana. Arzallus y su marioneta Ibarreche no pueden ya hablar en nombre del pueblo vasco porque está claro que sólo representan, y amparados en el terror de Eta, a una parte acollonada de ese pueblo.

Su majestad el odio
Francisco NIEVA La Razón 20 Octubre 2002
de la Real Academia Española

«No he tenido hijos, pero he viajado mucho». Esta frase tan graciosa se la escuché decir a Antonio Gala, que de joven ¬siempre lo ha sido bastante por dentro¬ era una mina de brillantes, en cuanto a conversación dinámica y «epatante». También yo he viajado mucho y he podido bien comprobar que el odio es el motor capaz de poner en movimiento todas las potencias y energías del ser humano. Lo envenena, lo hace suyo y es muy difícil erradicarlo.

Sobre todo, cuando se cultiva desde la infancia, estimulado por los mismos padres y familiares y casi todo el entorno social. En los países con más baja calidad de vida, generalmente por factores económicos, «empeorados» por la religión vernácula, cubren y presiden todas las relaciones sociales. Por ejemplo, ahora mismo y en España, basta meter un poco las narices en la intimidad de muchas familias vascas, en donde no reina precisamente la miseria, pero sí la pasión nacionalista, que toma tintes épicos y religiosos. Y el odio se lo inculcan a los niños desde la cuna y se remacha en las ikastolas. He conocido niños vascos de cinco a siete años completamente deformados afectivamente y para los cuales vivir «en punta» es vivir en un perpetuo estado beligerante y de odio al enemigo imaginario. El lobo son las instituciones oficiales, y hostigar y perseguir al lobo es la fábula más estimulante en sus pequeñas existencias. Bien me hacen recordar a los niños fascistas o nazis, a los niños rusos, hijos del estalinismo, a los niños árabes, hijos de los devotos islamistas. Estos niños vascos de ahora crecerán con la semilla profundamente enraizada, estimulada hasta límites insospechados por la presencia permanente en su conciencia de Su Divina Majestad el Odio.

El odio, como estímulo motor, ofrece en muchos aspectos de la vida normal, unos caracteres muy curiosos, en naturalezas aparente y exteriormente sanas. Sin ser religiosos, o nacionalistas, o fanatizados por una ideología cualquiera, el odio ¬muchas veces arteramente disimulado¬ los mantiene vigilantes y agudos, creadores y entusiastas. Parece incluso que les dan a beber una pócima euforizante y reconstituyente, un elixir de larga vida. Si el odio no exalta el conjunto de su existencia, se melancolizan, se angustian, son víctimas del «mono». Terminan comprobando que, sin el odio que los distingue, «no son nadie». A algunos que no encuentran verdadero sentido a sus vidas, se les pudiera recomendar: ¬«Su alma no ha sido explorada en profundidad y desconoce usted sus posibilidades de recuperación energética. Le recomendamos que siga unas clases, un curso de odio». Y estoy hablando de una vida normal, en un medio social más o menos equilibrado.

Entre escritores, artistas e intelectuales, se dan bastantes casos en los que el odio hace brillar la llama del ingenio crítico y analítico, y hasta hace brillar para ellos el éxito público. Su odio, bien expresado artística o intelectualmente, crea expectación y hasta devotos catecúmenos. Un hombre que expresa brillantemente sus odios, puede concitar espontáneamente muchas simpatías y hacerse con un nutrido grupo de aficionados «odiosos», ya picados en la práctica de ese deporte. Se reúnen en catacumbas más o menos privadas para entregarse a ese ejercicio de relajación, del que recaban un consuelo a sus vidas supuestamente sometidas por la convención humanitaria. Descubren con no poco placer que, en el fondo, pueden ser malas y peligrosas personas. Y, para algunos infelices e insatisfechos, no deja de ser un buen consuelo. Señoras muy respetables, amas de casa o industriales, jóvenes artistas o periodistas, verecundos profesionales o políticos, pueden contar con esa doble vida, un tanto secreta y furtiva, de desarrollo y cumplimento total de ellos mismos, como si fueran a un gimnasio o salón de belleza, en los que reciben muy estimulantes masajes. Frecuentan con cierta asiduidad estos gentiles antros, generalmente conducidos por un gurú moderno, un curandero social que ha descubierto el poder consolador y euforizante del odio. Algunos hay que pudieran decir: ¬«Yo, para mantenerme en forma, practico dos horas de odio, tres veces por semana, lunes, jueves y sábados, y aseguro que me va divinamente». Más de un sacerdote del odio, bien respetado y acatado, cubierto de atenciones y de regalos ¬a voluntad¬ he conocido y tratado yo mismo. Y debo confesar con rubor que he asistido a sus misas negras, disfrazadas de blanco, como reuniones entretenidas y frívolas, en donde el sacerdote en cuestión marcaba el tema evangélico de sus fobias más enconadas, que seguidamente acataban sonrientes y devotos los catecúmenos. «Hijos míos, la orden evangélica del día marca encarnizarnos en Fulano o en fulanita de Tal, hasta no dejar ni los restos de su inmerecida reputación. ¿A por ellos!»

Jamás he querido presentarme como alguien ejemplar, y mis defectos son los de todos. Recuerdo bien algún que otro conciliábulo, al que asistían nombres preclaros de las artes y de la política ¬no diré nombres¬ boba y malévolamente encandilados por el elocuente sacerdote del odio. Un miedo egoísta, una cobardía social a disentir de tan lucida y brillante asistencia, frenaba en mí vergonzosamente cualquier generosa reacción. Pero mi propia doblez los juzgaba, y los encontraba más viejos-as, más feos-as, más ridículos-as, más vulgares, con más granos y con el culo más bajo. Los despreciaba profundamente, como me despreciaba a mí mismo al salir del centro endemoniado. Decir que el odio es destructor y degradante es una redundancia, pero es por eso mismo una verdad sin controversia. No oponemos la suficiente resistencia a su Majestad el Odio, humildemente servida por el miedo, somos sus súbditos esclavizados, y todos salimos degradados de su contacto, por nuestra tolerancia y nuestra sumisión vergonzosas, que sin duda «nos empeoran» y nos descubren y delatan como seres potencialmente sospechosos y deleznables.

¿Qué Euskadi quieren?
José María CARRASCAL La Razón 20 Octubre 2002

Lo que nunca entenderán los nacionalistas vascos es que la manifestación de ayer en San Sebastián era para liberar no sólo a los que viven amenazados. Era también para liberarles a ellos. Una manifestación en pro de la apertura de mentes y de espacios. Un intento de dejar entrar en la viciada atmósfera que allí se respira una bocanada de aire fresco. Un llamamiento a la cordura y a la sensatez. Un esfuerzo para ensanchar el marco cada vez más estrecho en que se mueve aquella sociedad, acosada por el miedo y espoleada por los proyectos más delirantes.

Cuando uno habla con un vasco y éste le dice que en su ciudad o villa no pasa nada, que la situación es completamente normal, se da cuenta del grado de distorsión a que ha llegado allí todo. Como el secuestrado que termina por depender totalmente de su secuestrador, la sociedad vasca asume su realidad cerrando los ojos ante ella y autoconvenciéndose que es natural lo que acontece por aberrante que sea.

A los alemanes les ocurrió algo parecido en los primeros años del nazismo. Tenían su trabajo, sus periódicos, su radio, sus escuelas, sus universidades, sus conciertos, sus teatros, sus cafés, sus restaurantes, sus cervecerías, sus paseos los domingos. Todo como siempre. De tanto en tanto, un vecino judío desaparecía sin dejar rastro. Nadie preguntaba. Podía haberse ido al extranjero. Podía ser que tuviera problemas con las autoridades. No era asunto suyo. Ellos, con trabajar y no meterse en complicaciones tenían garantizada su tranquilidad y su seguridad. Hasta que se encontraron con que no tenían ni la una ni la otra. Que aquellos que se presentaban como garantes de la ley y del progreso, les habían llevado enfrentamiento con todo el mundo y a la violación de todas las leyes divinas y humanas.

¿En qué país quieren vivir los nacionalistas vascos? ¿Qué país quieren dejar a sus hijos? ¿Un país regido por gente como Otegui, incapaces de condenar el asesinato de una niña? ¿Un país donde el asesinato sea considerado una acción política? ¿Un país donde se discrimina a la mitad de la población? ¿Un país donde la pureza ideológica equivalga a la antigua pureza de sangre, para decidir qué ciudadanos son de primera y de segunda categoría? ¿Un país donde los que no comulgan con las doctrinas oficiales no tengan cabida, aunque tengan diez apellidos vascos? ¿Es esto lo que quieren? ¿Volver a la tribu, a encerrarse a cal y canto en el caserío, para que no entren ni salgan personas o ideas? ¿Es esto lo que quieren, lo que buscan? Porque si es esto, no tienen más que seguir en el sendero nacionalista. Ahora bien, que sepan, primero, que renuncian a su libertad, y segundo, que ese no es el futuro. Es el pasado. El futuro es plural, polícromo, mestizo. La única aldea permitida a estas alturas es la aldea global. Hacia ella caminaba la manifestación de ayer en San Sebastián. La otra aldea, la nacionalista, quedaba a la espalda.

A galopar
Por CARLOS DÁVILA ABC 20 Octubre 2002

A las cinco treinta, hora de la concentración, sólo faltaban en la plaza del Ayuntamiento de San Sebastián las banderas de la Casa Consistorial, huérfano el mástil, como siempre, porque el alcalde de la ciudad, Odón Elorza, al que un compromiso posterior le impidió sin duda estar a esa hora, no tiene las banderas como suyas. De entrada, muchas caras conocidas de víctimas terroristas: tres viudas, la de Ustaran, asesinado cruelmente por ETA en los ochenta, la de Casas, al que mató la banda al comienzo de la gobernación socialista, y la de Fernando Buesa, destrozado un día en que el PNV no se creyó en la necesidad siquiera de condolerse. La Policía de Elorza, el miedoso, dirá lo que quiera, pero ayer en San Sebastián, de cabeza a cola de la manifestación, había noventa minutos de gente. ¿Cuánto es eso en cantidad? Que nos lo cuenten los expertos, pero da lo mismo; era la protesta más grande jamás habida en una capital en la que, también como siempre, estaba clamorosamente ausente la Iglesia, la institución que se supone es de las víctimas. En la cabeza, tres ministros: la de Asuntos Exteriores, Ana Palacio, y los de Justicia e Interior, Michavila y Acebes; el secretario de Libertades del Partido Socialista, López Aguilar; Jaime Mayor, Carlos Iturgáiz, y al lado, tirando de la cuerda que hacía de cinturón de seguridad, la valerosa Rosa Díez. Ni un problema, ni una voz más alta que otra, pero ningún silencio ya, porque las víctimas, los perseguidos, han decidido decir, para los restos: aquí estamos nosotros. La expresión de este grito moderado era la voz de un muchacho «a lo moderno» que, con un altavoz desvencijado, gritaba: «¡Vaya libertad, vaya libertad! Si discrepamos, nos vienen a matar».

En el grueso de la concentración, miles de caras conocidas: alcaldes, concejales, cargos públicos de los partidos, y el nacionalista Emilio Guevara arropado por la comprensión de los que ya le han hecho suyo. Todos miraban a las ventanas del largo recorrido, más cerradas que abiertas; era el único signo negativo de la fiesta. Alguien recordaba aquella frase tan oportuna de Alfonso XIII en Barcelona: «No me importan los aplausos de abajo; me preocupan las displicencias de arriba». Pero abajo San Sebastián era una fiesta. Al lado de Jon Juaristi y Mikel Azurmendi, a los acordes estruendosos del «A galopar» del contradictorio Paco Ibáñez, la hermana de otra víctima, el malogrado Gregorio Ordóñez, Consuelo, sonreía como nunca cuando un mozalbete vestido con casaca roja le entregaba un panfleto de una desconocida Unidad Comunista, un periodiquillo que proclamaba: «Ibarretxe y Arzalluz, más fascistas que Hitler». Dos periodistas, Gorka Landáburu y Edurne Uriarte, se convertían en protagonistas básicos de la ovación del público, y el gentío, más vasco que nunca, prorrumpía en el corto eslogan que es ya la obsesión de los ofendidos: «Libertad». Como fin, otro joven entregaba un cartelón con esta frase: «Al terrorismo le llaman konflikto». Después, la lectura del manifiesto, en tres idiomas: español, vascuence y francés. También había franceses; ellos ya saben cómo se las gastan ETA, Otegi y el PNV montaraz.

Por cierto, Otegi hoy, desvergonzadamente, viaja a Tudela.

Cambio de escena
Por ÁLVARO DELGADO-GAL ABC 20 Octubre 2002

De lo malo cabe extraer siempre algo bueno. La ofensiva de Ibarreche, tan imprudente, tan lamentable en muchos aspectos, nos ha obligado a todos a un ejercicio duro pero necesario: mirar la verdad de frente. Si proyectáramos en un gráfico la confianza que el PNV ha venido despertando en los españoles desde el 78 hacia acá, obtendríamos una curva descendente, con tres picos o dientes de sierra. La noción dominante en la primera fase podría resumirse así: «El PNV es el mejor garante de la Constitución en el País Vasco». Algunos redondeaban esta confianza substituyendo «mejor» por «único». Fue esta creencia, en efecto, la que movió al PSOE, en el 96, a ceder el poder a los nacionalistas. Vino después el acuerdo secreto de Estella, y la ruptura del statu quo. La curva experimentó una caída fuerte, y la opinión cambió. Se trataba ahora, no de fiar en el PNV la defensa de la causa constitucional, sino de atraerlo a ella mediante concesiones o comprensiones de distinta índole. Eso sostenían al menos sectores importante del PSOE. Nunca se nos explicó el alcance de las tales comprensiones. En particular, nunca se nos dijo qué diferencia existía entre comprender al PNV y pensar, en sustancia, lo mismo que él. No hubo manera de atar cabos -es difícil hacer nudos con el aire-, y el PNV resolvió la cuestión por la vía ejecutiva: inauguró el ámbito vasco de decisión, y luego el derecho de autodeterminación, y por fin, la idea del Estado Libre Asociado. Así que el desafío, ahora, no es convertir al PNV en cómplice de un proyecto que ha rechazado, sino de salvar el proyecto a despecho del PNV. O mejor, de su actual cúpula dirigente.

Hace unos años, habría sido anatema rozar siquiera estas cuestiones. En los días que corren, se habla de ellas con cierto desahogo. O se intentan eludir, aunque sin demasiado éxito. Los que continúan afirmando que todo sigue más o menos en orden, parece como que nos hablaran desde otra orilla. Una orilla poblada por los optimismos de la Transición, verosímiles en tiempos, aunque extemporáneos en la actualidad.

Durante el último mes, han aparecido en la prensa dos documentos muy ilustrativos de la nueva y vieja mentalidad. Dos documentos, a su manera, ejemplares. El más reciente procede de Juan José Linz, quien concedió una entrevista a «El Mundo» el domingo antepasado. Juan José Linz, una de las mayores autoridades sobre el Estado de las Autonomías, afirmó sin ambages que la embestida de Ibarreche podría echar por tierra el sistema. Luego de reprochar al PNV la creación de un conflicto que su propio electorado no deseaba, habló de la Croacia, de Tudjman y de la Serbia de Milosevic. La comparación, dicho sea de paso, ha sido establecida muchas veces por Aznar. El que se apunte también a ella un profesor emérito de Yale, situado a miles de kilómetros del reñidero nacional, produce una gran impresión.

La posición atávica -un cuarto de siglo abulta en ocasiones lo que una era geológica- está magníficamente representada por una declaraciones de Martín Villa a «El Páis» -30 de septiembre-. Martín Villa ha prestado grandes servicios al Estado. Y con toda seguridad, los seguirá prestando. Ahora bien, continúa prisionero de algunas fijaciones generacionales. Según Martín Villa, el carácter abierto de la Constitución es una bendición, puesto que permite una negociación permanente entre nacionalistas periféricos y nacionalistas españoles. Esto... es absurdo. Primero, el asunto no va ya de transferencias, sino de la supervivencia del Estado. Segundo, aun cuando fuera cierto, idealmente cierto, que el Estado puede permanecer entero con una Constitución abierta, resulta poco convincente sostener que el carácter abierto de la Constitución ha servido como descompresor del nacionalismo periférico. En el caso vasco, por lo menos, no ha sido así: el PNV se ha dedicado a acumular poder y clientela a la espera de la gran apuesta, del gran salto con pértiga.

Sorprende también que Martín Villa identifique el empeño de Madrid en mantener competencias, con españolismo. En un Estado de vocación federal, si bien borroso en la demarcación de jurisdicciones, es natural que el centro intente amarrar las cosas. Pero el problema es de gobernabilidad, no de españolismo. El españolista reactivo, no proclamará la intangibilidad de la Constitución: negará la existencia política de los territorios, y por tanto, declarará la Constitución fungible, no intangible. La ecuación «estabilidad constitucional» = «españolismo» es un equívoco cortado a la medida del chantaje nacionalista. El cual consiste en tildar de franquistas y mesetarios rancios a quienes piensan, con bastante fundamento, que hace falta un mástil para que se mantenga en pie la carpa. Estas agonías revelan mala conciencia, esa mala conciencia que unos han estado padeciendo, y otros explotando, durante los últimos veinticinco años. Todo esto se va a acabar. Ayer, en la manifestación de «¡Basta ya!", la bandera española ondeó junto a la ikurriña. Un símbolo y a la vez el preludio, quizá, de una nueva etapa política.

Sobre la libertad
ROBERTO L. BLANCO VALDÉS La Voz 20 Octubre 2002

CUANDO, algún día, al fin, los pistoleros dejen en el País Vasco las pistolas, podremos colocar a todos los protagonistas de esa inmensa vergüenza colectiva en el sitio que la historia les tiene reservado. Los terroristas serán lo que han sido desde siempre (unos asesinos desalmados) y sus víctimas lo que aún hoy no se les ha reconocido plenamente: los paganos inocentes de un delirio racista, totalitario y criminal, que demasiados han alimentado obsesionados por servir a la causa de una patria donde lo de menos son los derechos de los ciudadanos que la forman.

Muchos de esos ciudadanos han tenido, pese a todo, el inmenso coraje de aguantar: sin dar su brazo a torcer, ni exiliarse, ni esconderse en el silencio, ni proclamar, para conservar vida y propiedades, que el problema vasco es «muy complejo». Entre esos admirables ciudadanos han destacado los dirigentes del foro cívico ¡Basta ya! Y entre esos dirigentes ha brillado por su presencia -mientras tantos lo hacían por su ausencia-el gran filósofo Fernando Savater.

También él se situará, más seguro antes que después, en el lugar que con su insobornable valor cívico se ha ganado bien a pulso. Savater sufre hoy no sólo las amenazas de los matarifes que lo obligan a vivir las 24 horas del día protegido. Digamos la verdad: Savater ha de soportar también los insultos de quienes, tan comprensivos hacia las raíces del conflicto como intolerantes con la proclamada involución españolista del Partido Popular, le consideran un loco, o un intelectual metido irresponsablemente a hacer política, o, incluso, un fantasmón que disfruta con un protagonismo que no podría obtener de otra manera. A tales límites de abyección han llegado en nuestro país algunos sedicentes progresistas de esos que tiene las espaldas bien cubiertas porque nadie se las amenaza de verdad.

En 1859 un gran liberal inglés, Stuart Mill, publicó uno de los alegatos más hermosos que han visto la luz hasta la fecha en defensa de la libertad, imposible según él sin la protección y el cultivo de la individualidad. Individualidad y libertad frente a tribu y terrorismo es lo que ayer exigieron en San Sebastián unos manifestantes que hubieran firmado, seguro, estas sabias palabras de Stuart Mill: «La pretensión de que todos se asemejen a nosotros mismos crece porque se la alimenta. Si la resistencia espera a que la vida esté casi reducida a un tipo uniforme, toda desviación de ese tipo será considerada impía, inmoral, hasta monstruosa y contraria a la naturaleza. La humanidad se hace rápidamente incapaz de concebir la diversidad cuando durante algún tiempo ha perdido la costumbre de verla».

Un recuadro de Burgos
Por ALFONSO USSÍA ABC 20 Octubre 2002

Antonio Burgos ha escrito un bellísimo artículo, publicado en un faldón del diario «El Mundo», lugar inapropiado para un texto nacido de la tristeza del alma. Antonio Burgos -y bueno es recordarlo por si los jóvenes lectores de ABC lo ignoran- es un gran escritor de esta Casa que lleva años escribiendo en otros muy dignos periódicos, pero que en Sevilla sigue siendo «Burgos el de ABC». Su célebre «Recuadro» diario es nuestro, y como tantas gentes y cosas buenas en España, está en el exilio, si bien en su caso, un exilio voluntario sólo en el papel porque vive en su ciudad, escribe con libertad plena y se mueve allá donde le ordena su decisión.

El «recuadro» de Burgos al que me refiero se titula «El infarto del coronel Cariñanos». Hace dos años, el coronel médico Antonio Muñoz Cariñanos, que además de un hombre bueno era un militar bueno y un buen español, fue asesinado por dos canallas etarras en su consulta sevillana. Sevilla, la milagrosa, se movilizó, la ciudadanía colaboró con sus informaciones con las Fuerzas de Seguridad del Estado, y a los pocos minutos de cometerse el crimen, los asesinos eran detenidos. Una pareja de cobardes hijos de puta que al verse rodeados alzaron sus brazos y tiraron las armas para que sus vidas recibieran el respeto que ellos habían negado a la vida del coronel. Uno de los dos terroristas, para más y repugnantes señas, se fue por la pata abajo cuando se entregó, dominado por una indómita diarrea de cobardía inmediata.

Antonio Burgos, con gran elegancia, omite un dato fundamental para entender mejor su dolor y tristeza. Aquellos dos asesinos, pocas horas antes, habían esperado al escritor en la puerta de su casa para hacer con él lo que llevaron a cabo con el doctor Muñoz Cariñanos. Se disponían a matarlo cuando por el portal apareció Isabel, su mujer, camino del hospital donde trabaja de enfermera. Antonio escribía su artículo cuando los criminales, decepcionados, acudieron en busca de su segundo objetivo. Y asesinaron al buen doctor en el sitio donde hizo el bien toda su vida.

Antonio Burgos esperaba una multitud congregada en la iglesia de la Concepción de Sevilla para rezar por el alma de quien había volcado toda su sabiduría en cuidar las voces de artistas y flamencos y operar gratis a los muchos que a su consulta llegaron con una mano delante y la otra detrás. Poca gente se había acordado del doctor. Sólo setenta personas y dos familias, la suya y la militar, que encabezó el teniente general del Ejército del Aire Mosquera Silvén. Y en esas estaban las dos familias y Antonio Burgos, cuando el padre jesuita Jiménez Valdecantos inició la homilía.

Ni una mención al terrorismo o al asesinato. Nada acerca de su condición militar y su servicio a España. El padre jesuita hablaba en Sevilla con el mismo miedo o parecida perversidad que sus compañeros de Rentería o Mondragón. Verdugos y víctimas inocentes equiparados. Allí, en Sevilla, la ciudad de las pasiones y los movimientos espontáneos de la ciudadanía. También, allá en Sevilla, la ciudad de los olvidos prontos y las ingratitudes clamorosas.

Por ello, cuando Antonio Burgos abrazó al hijo del doctor Cariñanos le dijo que lo sentía mucho, que lo sentía todo, que lloraba como él la ausencia de todos los beneficiados por la bondad de su padre, y que después de oír la homilía del jesuita cobarde cualquiera podría pensar que el doctor Cariñanos había muerto de un infarto de miocardio.

Todo ello pasó en Sevilla, la ciudad más bella y sensible de España, la más olvidadiza, la más hermosa y triste, en una tarde de otoño decidido, ya con las buganvillas tristes, los jacarandas a un paso de desnudarse y el azahar lejano.

Más de 100.000 personas se rebelan contra el nacionalismo obligatorio al grito de «libertad»
Cientos de banderas españolas poblaron las calles de San Sebastián en una de las manifestaciones más grandes que se recuerdan en la ciudad Gobierno, PP, PSOE y víctimas del terrorismo estuvieron presentes
Más de 100.000 personas acudieron ayer a la convocatoria de la plataforma «¿Basta Ya!» en San Sebastián para protestar contra el «nacionalismo obligatorio». Representantes del Gobierno, del PP y el PSOE, y familiares de víctimas de ETA secundaron la concentración tras la pancarta de cabecera en la que figuraba la leyenda: «Por la Constitución y el Estatuto. No al nacionalismo obligatorio». El manifiesto leído al final de la marcha en la capital donostiarra denunció que ETA pretende crear un «Frankenstein político» a base de pedazos de países vigentes contra la voluntad de sus ciudadanos y que los nacionalistas están imponiendo una hegemonía uniformizadora «como precio al final de la violencia que ellos se encargarán de pactar con ETA».
A. García - San Sebastián.- La Razón 20 Octubre 2002

Alrededor de 100.000 personas acudieron ayer a la manifestación convocada por «¿Basta Ya!» en San Sebastián contra el nacionalismo excluyente. La marcha la encabezó una pancarta bajo el lema «Constitución y Estatuto sí, nacionalismo obligatorio no», que era portada por el escultor Agustín Ibarrola, Consuelo Ordóñez, hermana del concejal del PP, Gregorio Ordóñez, asesinado por ETA; y el periodista José María Calleja, entre otros. Varios miembros del PP y del PSOE coincidieron en señalar a LA RAZÓN que «a partir de hoy, el PNV no podrá hablar nunca más en nombre del pueblo vasco».

La manifestación comenzó a las cinco y media de la tarde en los jardines de Alderdi Eder, junto al Ayuntamiento, con una fuerte ovación tras el grito unánime de «Libertad». La concentración siguió por las calles de Hernani, Urbieta, Prim, Paseo de los Fueros, República Argentina para terminar en el Boulevard. Durante todo el trayecto se pudieron oir gritos a favor de la paz y la libertad y en contra del «nacionalismo excluyente y marginal». Gran parte de las críticas lanzadas por los manifestantes fueron contra el PNV y concretamente contra el «lendakari», Juan José Ibarreche, y el presidente del PNV, Javier Arzallus.

Participación activa
La participación popular a lo largo de toda la manifestación fue activa y constante. Los congregados, en su lucha por la libertad, portaron multitud de banderas españolas, además de navarras, ikurriñas y europeas. Los más de cien mil manifestantes pidieron en euskera y en castellano convivir en paz, luchar por la libertad y expresarse sin miedo, al amparo del Estado de Derecho y de las instituciones públicas. Así lo hizo constar el ministro del Interior, Ángel Acebes, según el cual «hay que estar con la libertad y la democracia» y «nunca tratar de excluir a nadie haciendo uso de la libertad».

En esta misma línea se pronunció el presidente de la Comunidad Foral de Navarra, Miguel Sanz, para quien «el manifestar públicamente el apoyo a todas las personas que desde su vida profesional y capacidad intelectual están dando la cara es una forma de luchar contra el pensamiento totalitario».

Por su parte, el presidente del PP del País Vasco, Carlos Iturgaiz, expresó su satisfacción al ver a la gente gritar a favor de la «libertad, de la pluralidad del marco jurídico y político acorde con la Constitución y el Estatuto de Autonomía», pese a la realidad de todos aquellos vascos «que han tenido que coger la maleta y marcharse por culpa del régimen nacionalista».

Apoyo en los balcones
El apoyo a la manifestación se mostró también desde los balcones de las calles de San Sebastián, donde podía observarse a ciudadanos que, perdiendo el miedo al nacionalismo fundamentalista, apoyaban la marcha pacífica desde sus propias casas. De esta manera, los ciudadanos de la capital donostiarra pusieron «freno al nacionalismo y a la dictadura del miedo que existe en el País Vasco», tal y como reflejó el portavoz de UA, Ernesto Ladrón de Guevara.

Por su parte, el dirigente socialista Javier Rojo invitó al «lendakari» a que a la hora de hacer consultas tuviese en cuenta acontecimientos como la manifestación de San Sebastián. Al término de la misma se leyó un manifiesto en español, euskera y francés en el que se acusó a ETA de querer hacer «una limpieza étnica» en el País Vasco y «construir» un «Frankenstein» a partir de varios estados que se oponen.

El departamento de Interior vasco trató de garantizar la seguridad de los manifestantes retirando los cientos de coches estacionados a lo largo de las calles por donde discurrió la concentración, así como con un gran despliegue policial efectuado por miembros de la Ertzaintza desde primeras horas de la mañana.

«Si dices lo que piensas te vienen a matar»
Los manifestantes de San Sebastián también gritaron ayer en euskera «Esto es España»
Más de 100.000 ciudadanos corearon en las calles de San Sebastián al mismo tiempo «Libertad»; «Nosotros sí tenemos otro plan, Arzallus e Ibarreche al tribunal penal»; «No son gudaris, son fascistas» o «Vaya libertad, vaya libertad, si dices lo que piensas te vienen a matar». La marcha fue un éxito.

La manifestación convocada por «Basta Ya» tuvo un amplísimo respaldo entre los ciudadanos donostiarras. Se notó no sólo por las miles de personas que tomaron literalmente las calles de San Sebastián sino también por la fuerza de los gritos en contra de ETA y del «nacionalismo obligatorio» que plantea el Partido Nacionalista Vasco.
La marcha arrancó en los jardines de Alderdi Eder con un enorme aplauso y con el grito «¿Libertad!», que se escuchó en repetidas ocasiones en ese momento y en el transcurso de toda la manifestación por las calles donostiarras. Sin duda fue el más coreado. Pero los asistentes, a la llamada de «Basta Ya», corearon otras consignas como «Nosotros sí tenemos otro plan, Arzallus e Ibarreche al tribunal penal», en clara alusión al proyecto de hacer del País Vasco un estado libre asociado a España planeado por el «lendakari» Juan José Ibarreche.

Además, miles de personas gritaron a la vez «no son gudaris, son fascistas», en alusión a los integrantes de la banda terrorista ETA, o «Vaya libertad, vaya libertad, si dices lo que piensas te vienen a matar». Los manifestantes se dirigieron también al presidente del PNV, Javier Arzallus, del que dijeron «Arzallus apunta, ETA dispara». En otros momentos de la marcha resonó por las calles de San Sebastián el grito, en euskera, «esto es España».
En la manifestación se vio un «zeppelin» con el lema «Libertad» escrito en castellano y en euskera. Además, se vieron decenas de globos enormes de varios colores con el anagrama de «Basta Ya», así como pegatinas y pancartas que clamaban la desaparición de ETA y el deseo de los vascos de vivir en paz.

Uno de los asistentes manifestó esperanzado a LA RAZÓN: «A ver si Ibarreche tiene en cuenta toda la gente que estamos en la manifestación y a ver si sirve para algo». Junto a él, una mujer exclamaba indignada: «Estoy hasta las narices porque el nacionalismo sólo manda para ellos».

El momento más tenso de la manifestación se vivió cuando la marcha pasó por delante de un balcón de un edificio en el que había colgada una bandera pidiendo el acercamiento de los presos de la banda terrorista al País Vasco. La inquilina del piso se encontraba en el balcón viendo pasar a los manifestantes. En ese momento, miles de personas comenzaron a increpar a la mujer, que sonreía con ironía.

Todos los manifestantes, incluidos los políticos que iban en la cabecera de la marcha, le gritaron «No son presos, son asesinos» entre silbidos y abucheos. Además, la inquilina de este piso, que no se movió del balcón, escuchó todo tipo de gritos pidiendo que se marchara, como «No nos mires, pírate». A pesar de todo, la inquilina siguió sin moverse de su sitio, lo que provocó que los manifestantes llegaran incluso a pararse delante del balcón.

La lectura de un manifiesto final desde el kiosco del Boulevard puso fin a la convocatoria, aunque antes de dar lectura a esta declaración, Pello, un «bertsolari» de la localidad navarra de Leiza, donde ETA asesinó recientemente a un cabo de la Guardia Civil, interpretó unos «bertsos» en euskera en los que señalaba que «mientras exista el nacionalismo ciego no tendremos paz». «No queremos dictadores y sí verdadera democracia», continuó el «bertsolari», que en su interpretación pidió a ETA que dejara de matar y el fin de la violencia callejera, mientras la concejal socialista de Urnieta Maite Pagazaurtundua traducía los textos.

Libertad en acción
Editorial El Ideal Gallego 20 Octubre 2002

Por una vez no fueron los proetarras quienes tomaron las calles para gritar. Por una vez, la palabra fue libertad. Más de 125.000 vascos se reunieron ayer en San Sebastián para decir esencialmente no. No al nacionalismo impuesto. No a la limpieza étnica. No a la violencia como método de expresión. No a la peligrosa ambigüedad. Las gentes de bien han comprendido que para evitar ser pisoteado hay que pasar a la acción. Y de paso, han dado una lección.

Dado el clima enrarecido y embrutecido que los abertzales han impuesto en el País Vasco, sobrevolaba el temor a que se registrasen incidentes. A pesar de la provocación de alguna pancarta colgada de balcones y ventanas, los defensores de la paz predicaron con el ejemplo y marcharon sin altercados. Otros deberían aprender si lo que realmente quieren es ganar adeptos. Estuvieron todos los que son y faltaron todos los que ni son ni quieren ser.

Es triste, si se piensa, que para reivindicar los derechos básicos, para exigir un lugar para convivir, haya que sacar las consignas y los megáfonos. Pero no queda otro remedio. Lo que tanto tiempo ha costado conseguir para España no lo van a hacer añicos unos cuantos regresando a los años bárbaros. No se puede permitir. Y si para ello tiene que nacer un movimiento activo en defensa de la Constitución y de los límites que impone el Estatuto, habrá que hacerlo. Ibarretxe debe tomar nota. Él, a quien le ha sido encomendado el gobierno de todos -de todos- los vascos, debe darse cuenta de que su única sumisión es al dictado de los ciudadanos. No al de las pistolas.

El mensaje de San Sebastián
Editorial El Correo 20 Octubre 2002

Miles y miles de personas secundaron ayer en San Sebastián el llamamiento del colectivo Basta Ya en defensa de la Constitución y el Estatuto y en contra del 'nacionalismo obligatorio'. A la multitudinaria presencia de ciudadanos vascos que quisieron sumarse a un acto a la vez de solidaridad con las víctimas del terror y de rechazo de la política nacionalista se le unió la llegada de numerosos hombres y mujeres que, procedentes de otras partes de España, quisieron testimoniar su proximidad hacia la causa de la libertad en el País Vasco. El apoyo prestado a la manifestación por populares y socialistas y la presencia de destacados líderes de ambas formaciones concedieron al carácter cívico de la convocatoria una significación también política, especialmente evidente tras la presentación del proyecto soberanista del lehendakari Ibarretxe.

Las calles de San Sebastián emitieron en la tarde de ayer un mensaje inequívoco: el mensaje de que la sociedad vasca es una sociedad eminentemente plural. Por eso, su representación no puede ser totalizada por un único partido; ni siquiera por una única corriente política. El futuro de Euskadi tampoco puede ser diseñado desde la unilateralidad; ni siquiera en el caso de que ésta se basara en una exigua mayoría política. El hecho de que decenas de miles de personas se manifestaran en Donostia atestigua no sólo el equilibrio entre el nacionalismo y el constitucionalismo en la sociedad vasca. Demuestra además que son muchos, muchísimos, los ciudadanos que perciben la política nacionalista como factor de incomodidad para la realización de su propio proyecto de vida; como una sombra que se cierne sobre la libertad personal en que ha de basarse la existencia misma de la democracia.

Los manifestantes de ayer escribieron sobre las calles donostiarras un mensaje de inconformismo frente al adocenamiento de quienes prefieren contemplar la persistencia del terror en Euskadi como una deplorable mancha que en ningún caso perturba su forma de vida. Fue, por tanto, un mensaje dirigido al nacionalismo organizado, a sus dirigentes y en especial a aquellos que ostentan responsabilidades institucionales. El desdén con el que alguno de sus dirigentes trató ayer mismo de descalificar la convocatoria de Donostia representa el intento oficial por tranquilizar a las bases nacionalistas ahondando un abismo de separación respecto a los manifestantes de ayer hasta hacerlos invisibles a la mirada de los abertzales. Pero el mensaje de la manifestación también tenía como destinatario al resto de la sociedad vasca. Era su propósito mostrar en la calle la existencia de una corriente de opinión y de una actitud cívica que, entre elección y elección, pasa a menudo desapercibida ante el ejercicio tantas veces hegemónico que el nacionalismo gobernante hace de su relevancia institucional.

Resulta legítimo pretender la superación del marco constitucional y estatutario, siempre y cuando dicha aspiración se ciña a las reglas de juego establecidas por el citado marco. Como habrá sin duda quien, frente al lema de Basta Ya, discuta la aseveración de que hay un sesgo de obligatoriedad en la conducta política que el nacionalismo mantiene respecto a la sociedad vasca. Pero a estas alturas sería imperdonable que el nacionalismo gobernante no se diera por aludido ante la severa censura que respecto a su comportamiento político supuso la manifestación de ayer. Sería penoso que los destinatarios del mensaje de San Sebastián trataran de eludir tan expreso emplazamiento, bien vilipendiando su significado o, simplemente, evitando reconocer en los manifestantes la justa reclamación de otras actitudes cívicas y políticas en Euskadi. La negativa a admitir el establecimiento de un precio político a cambio de la paz adquiere una ineludible trascendencia cuando quienes así se pronuncian son precisamente aquellos que más dolorosa y directamente padecen la persecución terrorista. La resistencia a asumir como basamento de la convivencia la particular quimera que el nacionalismo ha ido construyendo como universo simbólico propio cuenta -como se demostró ayer- con demasiadas adhesiones como para que el lehendakari y su partido se hagan los sorprendidos cada vez que su proyecto soberanista es rechazado por los riesgos de fractura que contiene.

El País Vasco asiste a una pugna de posiciones que puede volverse encarnizada en un año electoral como éste. Pero es necesario recordar que la tensión política reinante, la división que separa a quienes antaño compartían la Mesa de Ajuria Enea, es consecuencia del empecinamiento nacionalista por identificar el final de la violencia con la consecución de sus propios objetivos políticos. La manifestación de ayer fue precisamente la constatación no sólo de que esa concepción respecto a la pacificación y normalización de Euskadi es únicamente compartida por los nacionalistas. Demostró asimismo que constituye un empeño condenado al fracaso porque el nacionalismo gobernante ha encaminado sus pasos hacia el patetismo que representa bosquejar un «estatus de libre asociación» que en ningún caso satisface a los violentos, que resulta políticamente inviable y que, además, provoca una contestación sin precedentes hacia su política.

Jugar con fuego
ENRIQUE ECHEBURÚA/CATEDRÁTICO DE PSICOLOGÍA CLÍNICA DE LA UPV/EHU El Correo 20 Octubre 2002

La función de un gobernante es resolver los conflictos existentes, no enconarlos. Los problemas complejos pueden requerir soluciones difíciles o laboriosas, pero los problemas mal planteados no tienen solución y, lo que es más importante, generan frustración.

En cuanto a la propuesta del estatus de libre asociación, no parece aceptable éticamente formular un planteamiento soberanista cuando hay un grupo terrorista en activo, autor de más de 800 asesinatos, que lo exige y que amenaza explícitamente a los partidos de la oposición (e incluso a sus simpatizantes). No basta con aplazar el referéndum a la ausencia de violencia. Proponer el debate ahora, cuando los partidos constitucionalistas cuentan con dificultades insalvables para completar las listas electorales para las próximas elecciones, supone un ventajismo político y resulta moralmente deleznable. La paz es el requisito indiscutible para cualquier diálogo político democrático que pretenda superar el actual marco constitucional. En otro caso, se trata de una afrenta adicional a las víctimas del terrorismo y a las personas perseguidas por sus ideas o por su profesión.

Quiero centrarme en estas reflexiones en las repercusiones de este planteamiento en la vida cotidiana. A mí no me cabe duda de que el lehendakari pretende buscar la paz. Pero esta propuesta -excesiva para el ordenamiento jurídico vigente, pero insuficiente para el radicalismo abertzale- no puede calmar a la bestia. Porque los violentos seguirán considerando al País Vasco como un jarrón fracturado en tres trozos por culpa de España y de Francia. Y ETA, al no ver satisfechas sus aspiraciones irredentistas, no va a aceptar un Estado vascongado en donde Navarra y la zona vasco-francesa queden fuera. Como ha dicho Marías en alguna ocasión, es ilusorio intentar contentar a quien nunca se va a dar por contento. Y continuará (o, al menos, lo intentará) con las armas o con la coacción para tratar de conseguir por las malas lo que es imposible lograr democráticamente por las buenas.

Además, la cohesión interna de la sociedad vasca, lograda en buena medida en torno al Estatuto de Gernika, está ahora más en peligro que nunca. El País Vasco no está formado por una comunidad nacionalista, sino que es -lo ha sido siempre- una sociedad constitutivamente plural. Si bien el nacionalismo es moderadamente mayoritario en Guipúzcoa y en Vizcaya, no lo es en Álava y resulta escaso en Navarra (el 15%-20%) e insignificante en el País Vascofrancés (el 5%). Es más, Navarra está ahora mucho más lejos del País Vasco de lo que lo estaba en los años de la Transición, y Álava ya ha amagado con separarse del País Vasco, en el uso de su derecho de autodeterminación, si se opta por un planteamiento jurídico soberanista.

Pero esta propuesta crea, además, una fractura y un enfrentamiento con el resto de España. España es una nación de naciones cohesionada históricamente, cuyos límites geográficos, a diferencia de otros países europeos, están configurados de forma estable desde hace cinco siglos. Por ello, el derecho de autodeterminación de un territorio concreto choca con el derecho de un Estado ya constituido al mantenimiento de su integridad territorial. Plantearlo unilateralmente es como intentar resolver una anulación matrimonial sin contar con la opinión del consorte.

Lo que me preocupa especialmente es la crispación de la convivencia en todos los frentes. No es un fenómeno de hoy, pero se ha agravado en los últimos tiempos. Sobran intransigencia e impunidad y falta tolerancia. Se ha dado alas durante demasiado tiempo a la chulería y al matonismo de los radicales, que ahora dirigen sus iras también contra el PNV y la Ertzaintza, acusados de colaboracionistas. A su vez, los miembros del PNV y EA han cerrado filas, han alentado una actitud victimista y muestran un rechazo visceral hacia el PP (en menor medida, hacia el PSOE) y hacia España en su conjunto. Por su parte, los concejales del PP y del PSOE, con una actitud a veces heroica, y otros grupos diversos (jueces, periodistas, ciertos profesores, etcétera) están amenazados, a la defensiva, y no sienten la solidaridad activa del nacionalismo. Se perciben asimismo actitudes de rechazo (o, cuando menos, de hartazgo) hacia lo vasco en el resto de España o de arrogancia por parte del Gobierno central que tienden a crispar aún más la convivencia.

El ruido atronador de fondo, con descalificaciones y palabras gruesas de toda índole (disparate, barbaridad, veto, etcétera) convive, sin embargo, con el silencio temeroso de la vida cotidiana, en donde muchas personas, con honrosas excepciones, no se atreven a comentar lo que realmente piensan fuera de su microgrupo social.

Éste no es el camino. Los vascos tenemos derecho a conquistar una convivencia en paz y en libertad. Desactivar la tensión existente y conseguir una unión entre los demócratas (no sólo entre los nacionalistas), con unos objetivos concretos (combatir a ETA, completar el Estatuto, establecer pactos transversales, etcétera), es un requisito necesario e inaplazable. Plantear unilateralmente (como ha hecho Ibarretxe, en calidad de lehendakari de los nacionalistas y no de todos los vascos) metas inalcanzables (porque chocan con el ordenamiento jurídico vigente y porque no cuentan con el apoyo social necesario) es alentar una frustración adicional, crear más resentimiento y dar pábulo a los sectores marginales que desconfían de las instituciones y ven en la continuidad de la violencia y del terror una salida a sus propias frustraciones. ¿Qué pasaría si un padre le promete a un hijo irascible una moto, se lo anuncia a bombo y platillo, le pone fecha fija a la compra y, en el momento final, le dice que no tiene presupuesto suficiente para adquirirla o que no está suficientemente maduro para conducir?

Hora es de rectificar. Una cosa es la tenacidad en las ideas y otra muy distinta el empecinamiento en el error. La responsabilidad compete, en primer lugar, al proponente de la idea. Pero también al resto de los políticos (partidos de la oposición) y a los sectores sociales (grupos empresariales, intelectuales, etcétera), que deben ser firmes, pero prudentes, en sus propuestas. Hay que tender más puentes de diálogo para escuchar (y no sólo oír) a los otros, utilizar un tono de voz menos crispado, ser más discretos y evitar airear las discrepancias (cuando no las descalificaciones) en los medios de comunicación. El Gobierno central debe eludir la tendencia a declaraciones solemnes y sobreactuadas de españolismo rancio. Pero el resto de la sociedad, cada cual en su nivel de responsabilidad, debe comprometerse en una pedagogía de la tolerancia, del respeto a las ideas ajenas y del cumplimiento de las leyes (incluso para modificarlas). Ahondar más en lo que nos une que en lo que nos separa y educar en las identidades múltiples en un mundo cambiante es un reto histórico para mejorar la convivencia que nos compete a todos. Es también una obligación que tenemos contraída con las generaciones futuras. Sólo así se podrá lograr que una gran mayoría de los vascos puedan sentirse cómodos en una España democrática integrada en la Europa del desarrollo.

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