AGLI

Recortes de Prensa     Sábado 26 Octubre  2002
Fuera máscaras
José GALEANO CABALLERO La Razón 26 Octubre 2002

No hay derecho
AURELIO ARTETA El País  26 Octubre 2002

Los trucos de Arzallus
Editorial La Razón 26 Octubre 2002

Socialistas centrífugos
EDITORIAL Libertad Digital  26 Octubre 2002

Ertzaintza: veinte años de un sueño nacionalista frustrado
Roberto L. Vargas - Madrid.- La Razón 26 Octubre 2002

Estatutoarekin
TONIA ETXARRI/ El Correo 26 Octubre 2002

Negación del Estatuto
EDITORIAL El Correo  26 Octubre 2002

 

Fuera máscaras
José GALEANO CABALLERO La Razón 26 Octubre 2002

Del Papa Pio XII son estas hermosas palabras: «Ninguno hoy, cualquiera que sea el campo o partido social o político al que pertenezca... tiene derecho a enmascarar su rostro, a aparecer como no es, a recurrir a la estrategia de la mentira. Ésa y no otra ha sido la estrategia del PNV, la de «enmascarar su rostro, aparecer como no es». Ha sido suficiente que aparezca la Ley de Partidos, los autos del juez Garzón, el proceso de ilegalización de Batasuna y la posible desaparición de ETA, nacida en su seno y con el que amamanta a sus cachorros, para que se quite «la máscara» y salga en defensa de los «dobermans» que tienen amordazados y aterrorizados a los buenos vascos opositores a su doctrina de odio; racista, xenófoba, genocida, antidemócrata, anticristiana y, por supuesto, antivasca. Porque el vasco ha sido siempre un hombre de bien, de palabra, trabajador, honesto y religioso.

Y mal se compagina la estrategia de la mentira y la doctrina de odio, de muerte del PNV con la doctrina de Aquel que es «camino, verdad y vida» y nos trajo el mandamiento nuevo del amor. El odio sólo engendra odio y es así como el PNV tiene envenenada a una parte de la sociedad vasca, que desconoce ¬y cuya lectura les recomiendo¬ la doctrina demencial, extraviada de Sabino Arana. El PNV en aplicación de la doctrina del «tal Arzallus» no puede tolerar que les arrebaten, que les quiten a aquellos «que sacuden el árbol», ya que entonces no puede «recoger las nueces». ¿Así gana cualquiera las elecciones! Con la mordaza, el miedo, el terror, la muerte, en sus oponentes del PSOE, del PP, de UA, que se ven obligados a llevar escoltas y con la libertad para todos los «nazionalistas» que pueden pasear sin temor. Estos hechos me recuerdan a aquellos versos zarzueleros: «La libertad de todos proclamo en alta voz y muera todo aquel que no piensen igual que pienso yo».

El cinismo y la hipocresía del «tal Ibarreche» es de antología: el 3 de enero de 1999, Juan José lbarreche, toma posesión del cargo de lendakari y promete respetar la Constitución Española, promesa que incumple constantemente. Se han instalado en la estrategia del mito y de la mentira, del engaño al pueblo vasco en beneficio propio. Dice lbarreche en su discurso: «Se trata, por tanto, de la fotografía de un país en marcha. Hemos superado la media europea en renta por habitante».Yo no sé de dónde saca el «tal Ibarreche» esos datos. Según el último estudio realizado por la Fundación BBVA sobre la «Renta nacional de España y la convergencia real de España y sus autonomías con la Unión Europea», en el año 1959 el País Vasco ocupaba el primer lugar en el índice de renta de la regiones españolas a cinco puntos de su convergencia con la renta europea. En el año 1975 ocupaba el 20 lugar en la renta de España ¬a escasas décimas de Baleares¬ y 8,07 puntos por encima de la renta europea. En el año 1999 ocupaba el 50 lugar en la renta española y a 7,38 puntos por debajo de su convergencia con Europa y en cuanto a la renta media familiar bruta disponible «per cápita» era en 1975 de 112,01 y en el año 1998 había bajado a 109,98. Es evidente que el País Vasco estaría mucho mejor si no estuviera tan mal gobernado por el PNV y ello sin hablar de la inexistente libertad que padecen sus ciudadanos. Estos son datos fiables de una entidad bancaria vasca y desde luego más fiables que la palabra del «tal Ibarreche». Del resto de su discurso más vale no hablar. ¿Puede ponerse a este hombre como ejemplo, como prototipo, del buen vasco? La gallardía y el honor de los vascos no permiten conductas que mientan y quebranten la palabra dada.

Los titulares son suficientemente expresivos: «Ibarreche, marioneta de Arzallus, desafía a Aznar con una bravata independentista»; «Ibarreche propone un referéndum para lograr ya soberanía compartida».

Estimo que para «compartir algo hay que poseer previamente ése algo »; y el llamado País Vasco jamás ha tenido soberanía por lo que difícilmente se puede compartir algo que no se posee. Todos los historiadores son unánimes: nunca la región vascongada ha constitulido un Estado o nación independiente. Lo ha dicho el profesor Gustavo Bueno: «La nación vasca es un mito absoluto. Es una invención completa de la Historia, una reconstrucción que ha logrado cuajar en la mente de unos fanáticos». Uno de nuestros mejores tratadistas de la Historia medieval de España, Claudio Sánchez Albornoz, nada sospechoso por su origen vasco, nos dice: «España era una unidad geográfica y política, Aludo a Hispania que incluye a Portugal. Hispania se había hecho primero desde Tarraco Tarragona), durante los siglos de dominio romano, y luego desde Toledo, durante el señorío visigodo. Después la batalla contra los islamitas creó los reinos de todos conocidos. No se rompió empero la concepción unitaria de España... ¿Naciones en la «Piel de Toro? No, regiones a las que unen vínculos milenarios. Regiones que pueden desear regirse a sí mismas como proyección de nuestra a la par compleja y heroica historia medieval y a las que puede y debe otorgarse autonomía. Pero dentro de la unidad histórica y vital superior: España (1980 en Postrimerías). Ésos son los hechos históricos. Jurídicamente la «independencia», es una pura invención nacionalista. Pura mitología. La «Declaración sobre concesión de la independencia a los países y pueblos coloniales» (Resolución 1514 ONU), declara que «todo intento encaminado a quebrantar total o parcialmente la unidad nacional y la integridad territorial de un país es incompatible con los propósitos y principios de la Carta de las Naciones Unidas». En resumen, los 19 folios del discurso de Ibarreche podrían sintetizarse en una frase: la ciencia-ficción de la mitología nacionalista vasca en defensa de la «poltrona». ¿Gana más que Aznar y la mitad que su jefe Arzallus! D

No hay derecho
AURELIO ARTETA El País  26 Octubre 2002

Aurelio Arteta es catedrático de Filosofía Moral y Política de la Universidad del País Vasco.

La gravedad del problema vasco no radica en la cuantía de lo que el nacionalismo pide, sino en que lo pide como un derecho. Y, a diferencia de un favor, un deseo o una aspiración que se ruegan o se negocian, el derecho se exige; llegado el caso, por la amenaza y la fuerza.

Ése ha sido también el presupuesto del que arranca y el tono con que suena el desafío institucional del lehendakari Ibarretxe. De ahí que -por muy certeras que resulten como objeciones- no sean la oportunidad, los riesgos económicos, la traición a las víctimas, la lenidad con los criminales, el chantaje en sacar partido del terror reinante y tantos otros los argumentos que más han de hacerse oír en la réplica. O vamos a la raíz o ya hemos empezado a tragar el anzuelo. Hay que negar la mayor, no cualesquiera otras premisas menores, y responder con toda claridad que no hay derecho.

Claro que, cuando se habla de derechos, habrá que cuidarse mucho de ciertos equívocos. Pues no estamos ante un problema que sea primero de legalidad o de mera conformidad con la ley. Mejor dicho: apenas importa que aquella propuesta de co-soberanía (a la que seguirá la de independencia) no quepa en la Constitución; ¿cómo podría encajar en la legalidad vigente algo que busca, no ya modificarla, sino fundar otra nueva? Tampoco se trata tan sólo de una cuestión de legitimación, o del grado de apoyo que tal iniciativa suscite entre las gentes. Ni siquiera un eventual respaldo mayoritario, y menos si fuera exiguo y menos aún entre una población en buena parte amilanada, le otorgaría por sí mismo validez democrática. Lo que hay que juzgar ante todo y sobre todo de aquella propuesta es su presunta legitimidad, es decir, su justicia o su justificación moral razonable. Anticipemos el dictamen: ese plan es del todo ilegítimo.

Lo es por sus consecuencias, desde luego, pero no menos por sus principios. El lehendakari funda su proyecto en tres pilares, a saber: el Pueblo Vasco es un pueblo con identidad propia; que tiene derecho a decidir su propio futuro, y todo ello desde el respeto a las decisiones de los ciudadanos de los diferentes ámbitos políticos en que hoy se articula (2.1). La primera tesis es sencillamente falsa, y así lo reconocía tan a las claras como a regañadientes el mismísimo PNV en enero del año 2000. En su documento Ser para decidir recordaba el diverso grado de conciencia nacional e identidad entre los ciudadanos, hasta el punto de definir a la sociedad vasca por su 'pluralidad tanto de identidades nacionales como de proyectos políticos' (II, 3). Reiterada al menos en siete ocasiones, fíjense, semejante confesión admitía que la sociedad vasca rebasaba con mucho al Pueblo Vasco, que su pluralidad política requería un tratamiento pluralista y que su disparidad identitaria recomendaba posponer el anhelo soberanista hasta que la conciencia patriótica estuviera más extendida... Tal era el diagnóstico de hace dos años y nada indica que el paciente a uno y otro lado de las mugas con Navarra y Francia haya dado señales de mejoría. Será preciso concluir que el Pueblo Vasco -en esa forma mayúscula- o no existe o lleva una existencia bastante limitada dentro de su sociedad; en suma, que el éthnos no coincide con el démos.

Y aunque algún etnólogo local detectara la existencia de tal Pueblo o se hubiera culminado ya la artificiosa labor de su 'construcción nacional', el segundo principio también sería insostenible. Ni ésa ni ninguna otra etnia gozan del derecho a decidir su futuro, si por tal se entiende el derecho a su secesión respecto del Estado en el que se integran, como no aporten más razones que su mera voluntad unilateral. Una voluntad, además, que pretende romper el nosotros político y levantar nuevas fronteras en virtud de algún criterio natural, en modo alguno civil; que ha de invocar inefables derechos colectivos antes que individuales y un mítico pasado más que el presente efectivo.

Por eso, al proclamar por fin que ese hipotético Pueblo Vasco ejerce aquel derecho 'desde el respeto a las decisiones de los ciudadanos' que lo componen, la ilegitimidad se alía con el disparate. Se viene a decir que Pueblo y ciudadanos son actores distintos de decisiones diferentes, titulares respectivos de otros tantos derechos; pero también que el ente colectivo preexiste a sus habitantes y, contra toda evidencia, que aquél y éstos viven en perfecta armonía. Miren por dónde, lo que iba a autodeterminarse está ya predeterminado. He aquí el secreto del nacionalismo étnico: el sacrificio de la sociedad real al Pueblo ideal, la sumisión de los sujetos políticos a los designios del gran Sujeto..., que sólo se expresa a través de sus intérpretes nacionalistas. Con este tercer pilar cae por tierra el edificio entero.

Así las cosas, el Pacto que tan solemnemente se propone es ilegítimo porque sus fundamentos expresos no resisten un debate argumental sobre su justicia. No confundamos la licitud de este proponer, que sólo alude a la libertad de expresión, con la legitimidad de lo propuesto, que atañe a la cualidad moral de lo expresado. Un respeto para el principio de no contradicción, háganme el favor. No repitamos con el lehendakari la insensatez de que tan legítimo es este proyecto como su contrario. De tener sentido tal fórmula, que nadie se moleste en ponderar valores, en deliberar con vistas a elegir su conducta o a defender ciertos proyectos públicos frente a otros. Si todo es igual de justificable, entonces nada debe ser justificado y sólo el capricho o el mayor número nos dictará qué sea preferible... No son más que argucias para evitar la revisión pública de las propias ideas, para hacer valer los proyectos que valen menos o que no valen en absoluto.

Porque ese Pacto no se volvería legítimo por celebrarse, como asegura el lehendakari, en ausencia de violencia. Ciertamente, lo malo se hace aún peor cuando se impone por la fuerza, pero ni mejora ni se convierte en bueno tan sólo porque venga sin ella: a lo sumo, resulta más llevadero. Tan confundidos andamos por la violencia, que muchos se apresuran a calificar de democrático lo que es nada más que pacífico; tan cansados del terrorismo, que al incoherente tópico de condenar la violencia 'venga de donde venga' se le añade ahora el no menos repudiable de predicar la paz 'llegue como llegue' y al precio que fuere. Las vías pacíficas no santifican lo que dista de ser santo ni justifican lo injusto. Al contrario, es de temer que lo vuelvan más insidioso que si se presentara bajo modos violentos, porque así podrá engatusar mejor a los cuitados.

¿Qué da a entender, pues, Ibarretxe cuando solicita que se reconozca la nacionalidad vasca a efectos políticos... con toda naturalidad? Más que la naturalidad con la que debe reconocerse, se trata sin duda de la naturalidad con la que se reclama ese reconocimiento. He ahí la desarmante simpleza del ejecutor de una suerte de mandato divino, del protagonista de una misión histórica. Es la franca espontaneidad del que toma sin más lo que es suyo, la de quien no tiene que dar razones de su pretensión porque le ampara una verdad sagrada; en suma, la naturalidad del sujeto de un derecho natural. Que es lo mismo que la brutalidad de ese ser prepolítico cuya rudeza consagra su apetito como ley. Por decirlo con recientes palabras de Arzalluz, la naturalidad de quien valora su 'ser vasco' muy por encima del 'ser ciudadano vasco'.

Por eso nunca está de más insistir en algo que no puede refutarse sin autoengaño. Las diversas ramas del nacionalismo vasco no sólo comparten al menos los fines inmediatos y se benefician recíprocamente de los medios empleados por los otros; lo más decisivo es que se basan en el mismo presupuesto y comulgan en la creencia primordial: que existe un Pueblo Vasco dotado de derechos. Pues bien, mientras subsista una creencia tan arraigada, mientras se argumente desde esa premisa última y se vociferen discutibles aspiraciones como si fueran derechos irrenunciables..., no habrá paz estable ni justa entre nosotros. Con estas cartas, jugamos a un juego en el que ambos contendientes no pueden salir victoriosos, sino en el que uno debe ganar lo que al otro tocará perder. De modo que, órdago por órdago, se diría que la salida va exactamente en la dirección contraria a la marcada por Ibarretxe.

El paso necesario es el inequívoco abandono por parte del nacionalismo moderado de todo proyecto secesionista. Veinticinco años de drama colectivo han probado con creces que semejante exigencia, inicua amén de inalcanzable por cauces decentes, trae consigo el desgarramiento civil. Ah, ¿que no tenemos derecho a solicitarles tal cosa o que ésa es una reclamación propia de ilusos? Pues entonces seguiremos atrapados en este infierno: o ellos renuncian a los derechos que se atribuyen como nacionalistas o nos harán renunciar a nuestros derechos como ciudadanos. Por el bien de todos, no les pedimos despojarse de su ideología nacionalista, pero sí que empiecen a mudarla de étnica en cívica. En definitiva, que acepten pertenecer, antes que a esa comunidad particular de sus correligionarios, a esta otra más amplia y rica que forman con sus conciudadanos.

Los trucos de Arzallus
Editorial La Razón 26 Octubre 2002

El presidente del Partido Nacionalista Vasco, el inefable Javier Arzallus, declaró ayer en Barcelona que la consulta popular soberanista planteada por Ibarreche no tiene por qué ser bajo la fórmula del referéndum, sino que bastaría con adelantar las elecciones autonómicas para «conocer lo que dice el pueblo vasco directamente».
Unas elecciones anticipadas en el País Vasco no dejan de ser una hipótesis perfectamente válida, especialmente si tenemos en cuenta que su gobierno autónomo lleva ya varios años coqueteando con la ilegalidad al ser incapaz de aprobar unos nuevos presupuestos por falta de los suficientes apoyos parlamentarios. La prorroga, año tras año, de la situación no puede durar y eso lo sabe perfectamente Javier Arzallus.

Hay que pensar, por lo tanto, que el anuncio de una disolución del Parlamento y la llamada correspondiente a las urnas sería aprovechado por la innegable habilidad política del dirigente nacionalista para matar dos pájaros de un tiro, aunque sería mejor decir «para tapar dos vergüenzas al aire». Por un lado, Ibarreche, aún pervirtiendo el sentido de la consulta electoral y agudizando el enfrentamiento entre los vascos, se evitaría tener que cumplir la amenaza de convocar la consulta popular, a todas luces ilegal, y, por otro, afrontaría el espinoso problema de su falta de mayoría para aprobar los presupuestos. Confía mucho el PNV en captar los votos de Batasuna, pero ese tipo de «préstamos» siempre suelen pagarse con unas altas tasas de intereses.

Socialistas centrífugos
EDITORIAL Libertad Digital  26 Octubre 2002

Los nacionalistas, que no pueden sobrevivir si no es en un ambiente de conflicto permanente fabricado por ellos mismos, han buscado siempre la forma de mantener el modelo definitivo de Estado en la indefinición permanente, empleando la lasitud constitucional y la debilidad de los gobiernos nacionales en minoría parlamentaria como instrumentos posibilitadores de una estrategia de constantes reivindicaciones competenciales cuyo fin es la independencia de facto, para forzar después la de iure. Habida cuenta de que su objetivo último es la “nueva Jerusalén” tribal y milenarista de la secesión –aunque ello signifique, con toda seguridad, la ruina económica y la pérdida de las libertades en los territorios donde ellos gobiernan– hay que reconocer que su estrategia de constante erosión y difamación de todo lo que signifique la idea de España es plenamente coherente con sus planteamientos.

En estas circunstancias, la conservación de la unidad de España y del marco jurídico que la garantiza, depende de que los dos principales partidos nacionales, PP y PSOE, mantengan un consenso básico respecto de la forma definitiva de Estado que cierre el paso enérgicamente a cualquier aventura secesionista, sea cual sea el partido que gobierne. Aun a pesar de que el PP ha cometido errores graves en esta cuestión –algunos forzados, como la entrega a Pujol de la cabeza política de Vidal Quadras; otros gratuitos, como la vergonzosa negociación con los terroristas de ETA en la tregua-trampa o la designación de un nacionalista camuflado como Piqué como candidato a la Generalitat de Cataluña– puede decirse casi con toda seguridad que es el único partido nacional que tiene una idea clara de España, no susceptible de negociación más allá de ciertos límites. Aunque todavía está por ver si en la reciente deriva “centrista” del PP se contempla la posibilidad de esgrimir sin complejos el Art. 155 de la Constitución cuando el delirante proyecto de Ibarretxe inicie su andadura.

Sin embargo, el PSOE, aunque en sus siglas figure la E de España, dista mucho de tener una posición homogénea respecto del modelo definitivo de Estado, y ha hecho suyas en gran parte, so capa de progresismo, las insidias y falsedades de los nacionalistas respecto de la idea de España; no tanto por convicción propia –que también– como por alianza estratégica –inspirada por González y Cebrián– contra el adversario político común, el PP, para mantenerlo alejado del poder a cualquier precio.

La mezquindad y estrechez de miras de este planteamiento, unida a un débil liderazgo de Zapatero, hipotecado por la vieja guardia del PSOE, ha dado alas al sector centrífugo del partido, liderado por Maragall, López y Elorza, que están dispuestos a asumir la ruptura del Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo y el posterior desmantelamiento de España, con tal de lograr un entendimiento con los nacionalistas que les permita algún día “heredar” políticamente los regímenes excluyentes que éstos han forjado. Este es el sentido de las fabulaciones de Maragall sobre el federalismo asimétrico y la exhumación de la antigua Corona de Aragón, de sus ataques al Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo y a la Ley de Partidos, y de la defensa del constante diálogo con Ibarretxe, que comparten tanto Maragall como el sector “vasquista” del PSE, liderado por López, Elorza y Eguiguren.

Negro panorama le espera a España si el PSOE de Zapatero llega a La Moncloa –sobre todo si lo hace en minoría parlamentaria– habida cuenta de la fuerte dependencia del leonés respecto del sector centrífugo de su partido, puesto que no hay que olvidar que Maragall votó su candidatura en el Congreso del PSOE, que Odón Elorza controla junto con Eguiguren el PSE guipuzcoano y que Patxi López –el candidato de González para el PSE– sólo espera que Ibarretxe baje un poco del monte para renovar los pactos de gobierno con el PNV.

Ertzaintza: veinte años de un sueño nacionalista frustrado
El Cuerpo celebra su aniversario entre la utilización del PNV y los ataques de ETA
La Ertzaintza cumple 20 años de vida aturdida por la presión terrorista. La que un día nació con la pretensión de ser un reflejo de los «bobbies» ingleses, hoy navega entre la desconfianza de los agentes hacia sus jefes y un temor cada día más palpable. Los ertzainas han pasado de «ayudar a cruzar la carretera a los aitites» a ser objetivo de la banda, a navegar entre acusaciones de partidismo nacionalista y a la desazón de muchos de sus agentes.
Roberto L. Vargas - Madrid.- La Razón 26 Octubre 2002

«La que cuida del pueblo», la Ertzaintza ¬según el significado del término acuñado para denominar a la Policía vasca¬ no tiene muy claro, veinte años después de su salida a la calle, que sea siquiera capaz de cuidar de sí misma. En el mejor de sus sueños, el PNV, el padre de la criatura, soñaba con un cuerpo a imagen y semejanza de los populares «bobbies» ingleses, una «Policía de barrio» que, como dice Teo Santos, dirigente del sindicato mayoritario en el cuerpo, ErNE, «con su mera presencia en las calles, acabaría con ETA. Pensábamos ¬dice¬ que con nuestra existencia se daría cuenta de que la Autonomía funcionaba y desaparecería por sí misma, porque no tendría razón de ser».

En la peor de sus pesadillas, los nacionalistas dibujarían, incluso, un panorama mejor del que les ha arrojado la realidad: una Policía que padece el rechazo de parte de la sociedad y que se ha igualado al Cuerpo Nacional de Policía y la Guardia Civil como objetivo de la banda, obligando a sus agentes a velar casi más por su seguridad que por la de los ciudadanos. Con el paso de los años, la Ertzaintza se ha visto arrastrada cada vez más a la lucha contra el terrorismo. Y eso ETA no lo tolera. No en un cuerpo que no percibían como un enemigo cuando fue creado, sino como una herramienta más hacia la independencia integrada por paisanos. Como relata Santos, «no ha habido un hecho concreto que haya marcado un principio, sino un aumento progresivo en la presión. Antes no nos lo creíamos, no pensábamos que pudieran venir a por nosotros. Pero, con el tiempo, ha habido un proceso de concienciación».

Dentro de este proceso, los 13 ertzainas asesinados no son más que hitos, referencias que han medido como un manómetro el aumento de la presión conforme la Ertzaintza se empleaba más a fondo contra ETA. «Empezaron llamándonos zipayos y han acabado matándonos», añade otro ertzaina que lleva en el cuerpo desde su creación, pero que prefiere permanecer en el anonimato. «Es muy sencillo: somos objetivo suyo porque vamos a por ellos». Para este agente, además, hay más razones que las operativas que explican que ETA se haya vuelto contra ellos. «Se nos está dando tan duro porque, al principio, no se atajó el problema. Se pensó que no era bueno volver a la represión anterior a la democracia y se les dio demasiado margen. Además, ha habido declaraciones que no nos han ayudado, como la famosa los chicos de la gasolina », de Javier Arzallus, presidente del PNV.

Este partido siempre ha tratado de mantener una complicidad con el mundo abertzale que ha condicionado la actuación de la Ertzaintza. La Policía vasca, en este sentido, siempre ha sido para los nacionalistas un elemento más de su engranaje y es empleada según conviene a los intereses del partido de Arzallus. Y estos intereses suelen ser, casi siempre, los de no molestar mucho a la izquierda abertzale, lo que se traduce en una ineficacia no achacable a los agentes, sino a los jefes. La mayoría de los mandos intermedios de la Ertzaintza son designados «a dedo». Y ahí es donde reside el poder de manipulación del PNV tras perder el apoyo de las bases en las elecciones sindicales de 1998. «Muchos [mandos], como no quieren problemas y no quieren que les molesten, se limitan a cumplir lo que les dicen desde arriba y ya está», dice Santos. «No hay órdenes escritas para no actuar de manera eficaz ¬dice el otro ertzaina¬, pero hay hechos donde se ve que la ineficacia es premeditada. En Bilbao, contra 100.000 manifestantes, se mandó a 100 ertzainas. Lo hicieron de cine, pero porque estaría pactado ¿si no, de qué?». El empeño nacionalista por tener atada a la Ertzaintza lleva a situaciones tan grotescas como las vividas en el cierre de las sedes de Batasuna. «Los grababan para controlar si había gente que no era lo suficientemente amable con los batasunos», comenta Santos.

Tantos despropósitos han hecho mella en los ertzainas, rotos ante tanta adversidad. El absentismo laboral del cuerpo es del 15 por ciento. «Vivimos una tensión diaria insoportable», admite con pesadumbre un representante sindical que prefiere permanecer en el anonimato. Una presión que el Gobierno vasco no ha querido atajar. «No se ha hecho un proyecto ilusionante. No ha habido una respuesta institucional a los problemas», dice Santos. Un dato acredita esta teoría. Tras el asesinato en noviembre de Ana Isabel Aróstegui y Javier Mijangos, los sindicatos arrancaron al consejero de Interior, Javier Balza, una serie de medidas para aumentar su seguridad: coches blindados, liquidación del Egunsentia... «No hay nada», coinciden los consultados.

La distancia parece el único remedio válido para esta presión. Día tras día, más ertzainas trasladan su residencia fuera del País Vasco. «Es que es muy duro que la gente te diga, aunque sea en broma, que no aparques junto a su coche nuevo por si acaso », dice con resignación uno de los consultados. Los que deciden quedarse viven en una situación de «anormalidad normal». «Cosas que en otros lugares serían escandalosas, aquí casi se han asumido ya como normales», dice Jon, un patrullero vizcaíno. «Sí, sales. Pero sabes que hay barrios que no debes frecuentar, calles por las que no debes pasar. Te han quitado muchas cosas y, sin embargo, lo asumes como si fuese algo normal», admite amargamente. Los ciudadanos también han cambiado su comportamiento, se han distanciado de unos policías que portan la diana de ETA a sus espaldas.

'Estatutoarekin'
TONIA ETXARRI/ El Correo 26 Octubre 2002

Hace 23 años, la negociación sobre el estatuto fue laboriosa, difícil, áspera. Se hizo cuando ETA seguía con el terrorismo, desde luego. Precisamente por eso, porque se salía de una dictadura y la mayoría creyó que ETA también luchaba por la democracia, se planteó el Estatuto. Para acabar con ETA ,si Euskadi conseguía el mayor nivel de autogobierno. Y el referéndum fue el resultado de un pacto entre demócratas. No un referéndum de unos contra otros como ahora se plantea. Un referéndum para romper un empate que viene arrojando las urnas insistentemente en los últimos siete años.

En el 79 estaban las cosas tan claras que los partidos democráticos no necesitaron recurrir a planteamientos alambicados. ¿Estado propio, estatus ahora y luego ya veremos? O «Estado libre asociado cosoberanizante en un marco plurinacional ibérico, ase-re-jé, ja de jé» ( el chiste es de Forges). Simplemente con un «estatutoarekin» (con el Estatuto) nos entendíamos todos.

El PNV se empleó a fondo para lograr su aprobación. Y se obtuvo el mayor consenso conocido. Ahora, los nacionalistas recuerdan que no tienen suficiente. Que el Estatuto no basta. No porque ETA no haya dejado de matar sino porque Euskadi sigue sin ser independiente. Y el PNV, que llevaba muchos años sin conmemorar el Estatuto y negándose a que el Parlamento declarara el 25 de octubre día festivo, aprovechó ayer la fecha para explicar su plan de libre adhesión con España.

A juzgar por la reacción de Arzalluz, parece que el PNV quiere pasar por encima de los consensos, los partidos, y si hace falta, del Parlamento. Inquietante. La ausencia de la violencia «no es un requisito imprescindible» para este debate; textual. Y el referéndum se hará de todas formas, aunque el Parlamento se oponga con los votos del PP y PSE que representan a 560.100 vascos. Esta actitud, en la tierra guipuzcoana de Mayor y en la vizcaína de López se llama 'trágala'. Mal lo tiene el lehendakari para convencer a los sectores críticos. «Hubo más agresión autonómica entre el 82 y el 93 que ahora», reconoce el catalán Duran i Lleida. ¿A qué juegan sus homólogos vascos? No lo sabe ni Madrazo. Puede ser que la presión de ETA haya influido en sus complejos. Pero deberían saber escuchar. No es lógico que el lehendakari, después de los «varapalos» recibidos diga que la mayoría está con su plan.

La socialista Zabaleta y el concejal Itxaso, autores del libro 'Con mano izquierda', dicen que tenemos que hacer de nuestros adversarios, socios. Suena bien. Pero como el ambiente no está para utopías, ella cita una ranchera de Sabina para expresar sus deseos: «Que los que matan se mueran de miedo. Que ser valiente no salga tan caro; que ser cobarde no valga la pena». En la dictadura de Franco, la canción también fue el último refugio.

Negación del Estatuto
EDITORIAL El Correo  26 Octubre 2002

La conmemoración del 23 aniversario del Estatuto de Autonomía se ha convertido en el mejor espejo de la diferencia de fondo que hoy divide a los que en su día alumbraron el autogobierno vasco. La confrontación política actual no trasluce únicamente proyectos divergentes en la definición del futuro de Euskadi. Sugiere además que hace veintitrés años pudo producirse un equívoco en cuanto a las intenciones últimas de quienes protagonizaron la negociación del Estatuto de Gernika. A la luz de las manifestaciones en que se prodigan los actuales dirigentes políticos cabría concluir que entonces los no nacionalistas concibieron el Estatuto como vía de aproximación hacia las aspiraciones de los nacionalistas, mientras estos asumían la autonomía como una etapa transitoria hacia un estatus singular para el País Vasco en sus relaciones con el Estado constitucional o, incluso, hacia la plena independencia. Resulta discutible que éste fuera el espíritu que animó el consenso en torno al 25 de octubre de 1979. La memoria viva de aquellos momentos permite reconocer en la motivación de sus protagonistas un afán más integrador que pasajero, un sentido de la responsabilidad histórica que anhelaba evitar el regreso al enfrentamiento fratricida y una concepción de la autonomía como elemento nuclear de la convivencia en libertad. Sin embargo, cuando aquellos que vienen gobernando ininterrumpidamente las instituciones de un Estatuto sin precedentes en la historia del pueblo vasco se refieren a él como si se tratara de un instrumento útil pero caduco, no sólo subvierten su espíritu originario, sino que además cometen una grave injusticia en tanto que el poder que ostentan emana precisamente de aquel pacto entre vascos y de estos con el resto de españoles.

Por censurable que sea el incumplimiento de algunas previsiones estatutarias tras veintitrés años de vigencia de una ley orgánica refrendada por la ciudadanía vasca, la traición respecto al pacto autonómico no se encuentra ahí, sino en la displicente actitud con que el nacionalismo gobernante contempla hoy la convivencia en una sociedad plural disponiéndose a dejar atrás el marco jurídico-político que la ha hecho posible. El incumplimiento estatutario es una realidad pero, al mismo tiempo, es la excusa que el nacionalismo gobernante pretende explotar para justificar el salto en el vacío que supone la pretensión de romper nada menos que con la naturaleza paccionada de nuestra autonomía. No otra cosa representa la advertencia de que el proyecto soberanista seguirá adelante sea cual sea la posición de las demás instituciones del Estado. Por otra parte, Ibarretxe ha establecido una lógica falaz según la cual, tras demostrar algo tan obvio como que la autonomía labrada en torno al Estatuto ha procurado a la ciudadanía vasca niveles de bienestar y desarrollo apreciables, pretende llevar a la sociedad vasca al convencimiento de que en tanto esa autonomía sea ampliada en clave soberanista el desarrollo y el bienestar crecerán en la misma proporción. Semejante argumento constituye precisamente la demostración de que para muchos dirigentes nacionalistas la sociedad vasca no es -en contra de lo que predican- una sociedad madura sino, en todo caso, una comunidad predispuesta a dejarse atraer por el señuelo de la simpleza. Algo parecido ocurre con cada acto habilitado para la exposición pública del Plan Ibarretxe.

La conmemoración institucional del Estatuto por parte del Gobierno vasco para, en realidad, despedirse de él, llevó ayer al lehendakari a cumplir con uno de los hitos que tenía establecidos en su inamovible calendario político: presentar su propuesta a la sociedad vasca precisamente en el aniversario de la autonomía. Desde que hace ya un mes diera a conocer el contenido de su plan al Parlamento vasco, Ibarretxe ha reiterado el contenido del mismo como si su insistencia constituyera la clave para moldear la voluntad social a favor de las tesis soberanistas. Pero lo más significativo de tal proyecto de divulgación es que las únicas novedades que se presentan a la consideración de la opinión pública las ha ido aportando Xabier Arzalluz. Mientras los portavoces del Gobierno vasco se quejaban de la mala fe de quienes a su entender tratan de tergiversar el proyecto de Ibarretxe, el presidente del EBB aprovechó el día de ayer para seguir siendo fiel a su proverbial elocuencia cuestionando que la anunciada consulta popular haya de darse necesariamente en «ausencia de violencia» y advirtiendo de que la misma podría derivar en una disolución anticipada del Parlamento vasco y la consiguiente convocatoria de comicios autonómicos. El compromiso de Ibarretxe en La Casilla de que su proyecto será sometido al beneplácito de la Cámara, combinado con la persistencia de Arzalluz, augura que el nacionalismo en ningún caso va a aceptar como definitiva la oposición del Parlamento vasco a su plan. Así es como la conmemoración del Estatuto terminó convirtiéndose en su negación por parte de quienes gobiernan sus instituciones.

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