AGLI

Recortes de Prensa     Domingo  8  Diciembre  2002
¿Ficción
Miguel Ángel RODRÍGUEZ La Razón 8 Diciembre 2002

La Senda de los Apátridas
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital  8 Diciembre 2002

«Para una vez que me remangué»
NICOLÁS REDONDO TERREROS ABC 8 Diciembre 2002

Varios acomplejados y un majadero
Germán Yanke Libertad Digital  8 Diciembre 2002

El amigo de Quebec
FERNANDO SAVATER  El Correo 8 Diciembre 2002

Juan Pablo Fusi: «No hay solución al problema vasco sin un reconocimiento del hecho no nacionalista»
IGNACIO CAMACHO ABC 8 Diciembre 2002

El árbol y las nueces
KEPA AULESTIA/ El Correo 8 Diciembre 2002

Oportunidad
JOSÉ MARÍA ROMERA/ El Correo 8 Diciembre 2002

Una revista subvencionada por el Gobierno vasco incita a «vengarse» de Aznar y Garzón
BILBAO EL CORREO 8 Diciembre 2002

¿Ficción?
Miguel Ángel RODRÍGUEZ La Razón 8 Diciembre 2002

Contemos la historia al revés, a ver qué pasa: tras el hundimiento del «Prestige» y la contaminación de las costas, el Gobierno decide enviar a dos mil soldados a limpiar las playas... ¿Qué dirían entonces los partidos políticos? Hemos hallado en sus ordenadores los comunicados que tenían preparados. He aquí algunos párrafos: Bloque Nacionalista Gallego: «El imperialismo de Aznar se hace patente en este gesto de enviar al Ejército español. Galicia no necesita ejércitos extranjeros. La derecha de Fraga y Aznar no ha enviado a los soldados a limpiar las playas sino a invadir nuestra nación. Galicia no quiere soldados: nos bastan las manos de nuestros pescadores. No a los ejércitos. No al imperialismo. No a la derecha franquista». Partido Socialista: «Aznar cree que este país se gobierna subido en una tanqueta, como en tiempos que seguramente añora. Está fuera de lugar la utilización masiva del Ejército cuando el Gobierno se muestra incapaz de tener una relación seria con la U.E. para que se prohíba de manera inmediata el transporte de crudo en barcos viejos. Señor Aznar, deje de pensar en el Ejército y solucione los problemas como cualquier democracia moderna. El diálogo y la población civil se encuentran muy por encima del uso alocado del Ejército y de su falta de relación con los países de nuestro entorno». Izquierda Unida: «Ahora que habíamos conseguido que los soldados de reemplazo dejen de limpiar letrinas, la derecha les pone a limpiar playas ensuciadas por el capitalismo desalmado ¿Con qué presupuesto se va a pagar esta locura de enviar a miles de hombres y mujeres a Galicia? Mucho nos tememos que esto sea una treta para aumentar el presupuesto de Defensa, y nuestra respuesta es evidente: no».

La Senda de los Apátridas
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital  8 Diciembre 2002

Cuando en el último Congreso del PP Aznar tuvo la ocurrencia de que sus ideólogos plagiaran de la izquierda alemana el concepto de “patriotismo constitucional”, estaba atacando y despreciando una de las bases ideológicas de la derecha española, de todas las derechas, desde hace por lo menos dos siglos. En rigor, aceptaba la devaluación de la idea nacional de España a cambio del respeto a la Constitución. O lo que es lo mismo, aceptaba el carácter transitorio y secundario de lo nacional español a cambio de convertir en patria un simple texto legal que incluye, sí, el respeto a la nación, pero nada más. Así, la raíz de la Constitución se convierte en copa; y la copa de lo nacional, en raíz. El mundo al revés, todo cabeza abajo o patas arriba, pero el centro, porque siempre queda algo en medio, sigue ahí: geométrica y políticamente inmutable.

Defendida aquella ponencia por Josep Piqué y María San Gil, y aprobada con alguna leve corrección españolista, todos entendieron que el PP buscaba convertir en doctrina una estrategia política o que trataba de facturar como idea nacional una táctica partidista: lograr una “tercera vía” entre el liberalismo nacional español y el nacionalismo antiespañol que acepte, siquiera transitoriamente, la legalidad constitucional. Como en el “federalismo asimétrico” de Maragall, un partido español acepta prescindir de lo nacional o arrinconarlo para ser aceptado como socio por los nacionalistas antiespañoles, que no arrinconan su naturaleza sino que pactan el aplazamiento de la secesión definitiva a cambio de seguir dando pasos en esa línea. Los del PSOE quieren cambiar la Constitución del 78 y los del PP difuminar la nación que la sustenta. Diferencia de partida. Pero ese camino de retrocesos y retiradas no tiene fin. Aznar cambió el liberalismo por el centrismo y la nación por la Constitución, pero como, en realidad, lo que estorba a unos y a otros, lo que se trata de abolir es lo nacional español, era inevitable que llegáramos a ese acto vergonzante de homenaje a la bandera nacional el 6 de diciembre de 2002, día de la Constitución, al que no asistieron ni Aznar, ni Zapatero ni el Rey. Federico Trillo y algún dirigente del PP y del PSOE, pero todo entre oficioso y clandestino; mitad birrioso, mitad claudicante. Miserable, en fin.

Cuando el PP anunció ese homenaje mensual a la bandera española, Caldera y otros zapaterillos sociatas protestaron de inmediato, diciendo que “ofendía muchas sensibilidades”. No tuvo en cuenta lo mucho que ofende a la sensibilidad nacional española esa insensibilidad mular de Caldera para con el símbolo de la nación, que, por cierto, le paga el sueldo como representante de la soberanía nacional; ni esa servil deferencia ante los que no lo soportan, que, además de los separatistas, son los izquierdistas de todo pelaje y condición, Caldera incluido. Pero ¿de dónde viene este odio atávico hacia sus orígenes nacionales, concretado en la bandera que es su símbolo, de la izquierda española? ¿Y por qué finalmente la derecha ha claudicado ante el PSOE, dejando el anunciado homenaje mensual a la bandera en trimestral y consensuado, para luego reducirlo a su mínima expresión? ¿Por qué se avergüenzan los dirigentes políticos españoles de la bandera de España, precisamente cuando más arrecia la lucha de sus enemigos separatistas contra ella? ¿Por qué celebran la Constitución, fundada en la nación española, una e indivisible, y reniegan o se avergüenzan del símbolo nacional? ¿A tanto ha llegado la traición de la izquierda? ¿A tanto el complejo de la derecha que ha acabado por imitarla? ¿Y adónde nos llevan ambas por esta Senda de los Apátridas?

La izquierda contra la nación
Hay que remontarse a la Revolución francesa y a su banal identificación de ideología con su lugar en la cámara (cuando se votó la muerte del Rey y, luego, todas las degollinas que se infligieron las distintas facciones revolucionarias: moderados y radicales, girondinos y jacobinos, “llano” y “montaña”) pero especialmente a la asunción por parte del socialismo revolucionario, de Marx a Lenin pasando por la Communne, de esa división “izquierda/derecha”, identificando a la izquierda con Robespierre y el terror, para ver cómo la ideología revolucionaria ha ido minando el concepto de patriotismo, anterior y mucho más noble que el nacionalismo rehecho —y contrahecho— por el Romanticismo.

Desde entonces, la nación era para la izquierda revolucionaria una cáscara, una “superestructura” de la explotación capitalista que debía desaparecer a manos de la Internacional, fuese la I (Marx/Bakunin), la II (Kautsky, Bauer), la III (Lenin) e incluso la IV (Trotsky). Pero como en España la Revolución francesa, el terror y Napoleón fueron calamidades superpuestas y fatalmente sobrevenidas, la nación como sujeto político, base de la soberanía y garantía de los derechos individuales, asumió desde la Guerra de la Independencia y las Cortes de Cádiz el patriotismo secular, milenario en nuestro caso, ya que hunde sus raíces en la Reconquista, que lo fue de nuestra condición cristiana y romana frente al islam. España siempre se sintió y fue sentida como representante de una civilización, precisamente la inventora del Derecho y, por tanto y salvando las distancias, de todas las Constituciones habidas y por haber. Cualquier tradición conservadora en España parte de ahí. Por eso la izquierda totalitaria ha atacado siempre y a la vez el régimen político de turno y la historia nacional, Roma y la Cruz.

Los patriotas de 1808 a 1812 no esperaron a redactar una Constitución para serlo. Al contrario, consideraban a la nación como la base de que debía partir su Constitución, por eso está en sus primeras líneas y es lo primero que se votó. En España, la nación era tan universalmente considerada anterior a la Constitución que incluso después de la separación de las repúblicas de América, cada una de ellas con una Constitución a cuestas, los carlistas y los liberales compartían una misma idea de patria, ambos defendían a la nación y los carlistas incluso se consideraban más fieles representantes de la tradición nacional —Dios, patria, fueros, Rey— que los liberales. Esa triple guerra civil tras pasar por la I República desemboca finalmente en la Restauración canovista, donde la Constitución rige y la bandera y la nación no se discuten. Desde Carlos III, que aprueba la bandera roja y amarilla para distinguir las naves españolas en el mar (de nuevo las naves fueron anteriores a la bandera, no al revés), tanto en la guerra y en la paz, en la monarquía absoluta y en la constitucional, en la república unitaria y en la federal, la nación española cambia de Constitución pero no de bandera: es la misma de hoy.

Sólo comienzan a impugnarla los separatistas catalanes y vascos después de1898. Y desde entonces, la dinámica hasta la Guerra Civil es bien conocida. La alianza de la izquierda (socialistas, radicales) con los separatistas encuentra su símbolo en el esperpento de la bandera republicana de 1931, que no es la nacional bicolor de siempre, la de la I República, sino una supuestamente federal y popularizada por el lerrouxismo, la del jirón morado, que no era sino el carmesí desteñido de un pendón de Castilla que un ignorante creyó color original. Aunque el discurso español de los republicanos de derecha o de izquierda, de Maura a Aznaña, sea indudable, tenso y sincero, el pecado original de sectarismo, la traición a España identificándola con un régimen político adverso, estaba ahí. Tras perder la Guerra Civil, por ellos iniciada, contra el bando a sí mismo llamado nacional; y pese a que en 1977 todos los partidos aceptaron la bandera y la monarquía, ese rencor a lo español que no supieron vencer en el 34, en el 36, ni durante toda la dictadura franquista, sigue ahí. Como si de nada hubieran servido la transición, la amnistía, el mutuo perdón, las elecciones libres, la Constitución del 78 y los veinticinco años de democracia. Sólo ausente donde imperan los separatistas, que han convertido todo lo español, de la bandera al concejal, pasando por la lengua e incluyendo los derechos individuales, en objeto de burla y cacería.

El error de la transición
En la transición, la derecha que trajo la democracia y que —aunque renunciara al régimen que le otorgaba poder absoluto y excluyente— provenía mayoritariamente del franquismo, quiso, como es natural, congraciarse con la izquierda. Pero tropezó con que ésta, a lo largo del exilio o de la clandestinidad, había ido aceptando como doctrina propia y “progresista” la de los separatistas antiespañoles (PNV, ANV, ETA, Esquerra) también derrotados por Franco pero que, antes de terminar la Guerra Civil se habían ganado por sus repetidas traiciones (como la rendición del PNV a Mussolini en Santoña) el odio y el desprecio de toda la izquierda, de Azaña a los anarquistas, de Prieto a Negrín. ¿Qué pasó para borrar esa experiencia? Que los comunistas, especialmente el PSUC, crearon una especie de ideología antifranquista, o una ideología de lo “anti”, en la que todo cabía y todo cabe: desde el odio a Franco al odio a la bandera, desde el rencor a la lengua hasta el rencor a la Historia o cualquier forma de cultura que no se identificase como antifranquista, esto es, marxista... o nacionalista.

La derecha creyó que aceptando el término “nacionalidades” y creando el Estado Autonómico calmaría a los separatistas catalanes y vascos. A la vista está que no. Y si el PSOE atizó el agravio comparativo y se unió a los nacionalistas para echar del poder a la derecha, a la vista está que sigue haciéndolo. Con respecto a lo español, la cosa está clara: sólo es admisible cuando ellos lo representan desde el poder. Si no, es resueltamente despreciable y tienen razón los separatistas en combatirlo. Este episodio del frustrado y cancelado homenaje a la bandera, justo cuanto el reto separatista del PNV y ETA es más descarado, abierto e ineludible, justo cuando el PSOE duda si arriar la Constitución española para volver al poder con los nacionalistas antiespañoles (la historia de siempre) es sólo el último episodio de un atavismo suicida que durará mientras la derecha lo permita, que a este paso y con este Gobierno de Aznar lo permitirá siempre. O mientras dure la nación en su actual encarnadura constitucional, que, a este paso, durará poco. Un patriotismo que requiere de una Constitución concreta para reconocerse no es patriotismo; es el simple respeto a la legalidad vigente. De este país o de cualquier otro. Lo cual, en una lucha sin cuartel contra el separatismo y el totalitarismo, puede ser deseable y hasta necesario. Pero jamás será suficiente.

Y una Constitución como la que parece defender Aznar, que renuncia a la nación, a la bandera, a su símbolo, ni es Constitución ni es nada. Es —o acabará siendo— simple papel mojado. Desgraciadamente, en sangre, como podemos comprobar desde Ermua hasta Sarajevo. Si el presidente del Gobierno y del PP quiere obligar a la derecha española, cuyos máximos signos de identificación han sido siempre y siguen siendo ahora la nación y la religión, a recorrer esa Senda de los Apátridas que la izquierda transita desde hace un siglo a trompicones y saltos mortales asimétricos, puede hacerlo. Pero contrae una gravísima responsabilidad, tanto personal como política e histórica. Que no redimiría jamás.

«Para una vez que me remangué»
NICOLÁS REDONDO TERREROS ABC 8 Diciembre 2002

ETA ha vuelto a comunicarnos, a través de su periódico, su juicio sobre la propuesta del lehendakari Juan José Ibarretxe. Dice «La Empresa», en este nuevo comunicado que la ocurrencia del PNV «no traerá la paz ni la libertad, sino la guerra y la dependencia». En respuesta al comunicado, el presidente del Ejecutivo vasco ha convocado, para el próximo 22 de diciembre, una manifestación contra ETA.

En un comunicado anterior, «La Empresa», volvía a definir sus objetivos, entre otros hacia referencia a los militantes del PP y del PSE, extendiendo en esta ocasión la amenaza también a los votantes y simpatizantes de estas dos formaciones políticas que acudieran a sus sedes u oficinas. La culminación de la reacción nacionalista a este comunicado fueron unas cuantas chanzas de Javier Arzallus, coreadas con risotadas generales de los que estaban oyendo al presidente del EBB.

Por ¿suerte?, la reacción de los nacionalistas ha sido más rápida, casi urgente. Pero ahora, podemos y debemos preguntarnos sobre los motivos de tan diferentes reacciones ante el anterior comunicado y éste. Durante estos últimos meses el señor Ibarretxe ha venido pregonando que su propuesta era para conseguir la paz, que no era, en el sentido estricto, nacionalista. A cada uno de los colectivos que recibió, en cada una de las comparecencias que el lehendakari realizó para defender su propuesta, dejó claro que el objetivo era la paz, que ETA dejara de asesinar. Fue así, hasta el punto de considerarnos pusilánimes y acomodaticios a los que no comulgábamos con sus «ruedas de molino». Incluso se ha dicho que los contrarios a la ocurrencia del lehendakari vivíamos, políticamente hablando, del terrorismo de ETA, responsabilizando por igual de la situación a «la organización» y a los opositores democráticos del señor Ibarretxe.

Dije en un artículo anterior que Ibarretxe había mezclado el terrorismo y sus objetivos políticos; era evidente que el PNV y el Gobierno vasco, (se confunden peligrosa y frecuentemente), estaban aprovechando el sufrimiento, el miedo y la angustia de la sociedad vasca para conseguir sus objetivos. Porque, una vez más, el PNV había demostrado su incapacidad para hacer política sin el telón de fondo de «La Empresa». No debemos olvidar, en ese marco definido por los nacionalistas, el imprudente juego que se han traído los representantes del PNV con la posibilidad de una nueva tregua, aprovechando la incapacidad de ETA para atentar, hasta el pasado martes en que ETA reapareció con el coche-bomba de Santander.

Si yo estuviera equivocado, si yo me hubiera confundido, si el PNV no quisiera aprovecharse, también en esta ocasión, de la banda terrorista, si quiere ser coherente con lo que dijo a propios y extraños, en privado y en público, en España y en Chile, el lehendakari, a la vez que convoca la manifestación, debe retirar su propuesta.

Pero no la retirará, seguirá defendiendo su propuesta nacionalista; ahora se inventará otras justificaciones, otros argumentos, para ello le bastan y le sobran asesores bien conocidos y significados. Porque la declaración de Ibarretxe es el objetivo político del PNV para los próximos diez años. Y sencillamente, recurriendo al conocido y viejo refrán que dice «aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid...», han utilizado la tan deseada paz para conseguirlo.

Si quiere que muchos que estamos contra ETA, vayamos a la manifestación, si quiere contar con algunos que sufren a ETA y la falta de libertad en primera persona, señor Ibarretxe, retire su propuesta y demostrará que actúa por encima de siglas e ideologías.

Varios acomplejados y un majadero
Germán Yanke Libertad Digital  8 Diciembre 2002

La oposición –y, después, con ella, el partido gubernamental– han reducido a lo estrictamente protocolario la conmemoración del XXIV aniversario de la Constitución. El recorte ha afectado al "cóctel" (Dios, qué palabra) tradicional porque, en palabras del portavoz socialista, "no tenemos el cuerpo para copas". Me importa un bledo que los diputados y senadores se tomen o no un vino en tal ocasión, si es que están a lo fundamental, pero no por ello me parece un tanto demagógico, desde luego más que las fotografías en Galicia, este espectáculo de la sobriedad cuando, seguramente, muchos de ellos darían cuenta de buenas viandas y caldos en los restaurantes cercanos al Congreso.

Pero el recorte, lo que el papanatas de Gaspar Llamazares llama "mínimo institucional", ha convertido el homenaje a la bandera española en un rápido paso por la madrileña plaza de Colón, como si el asunto –ineludible en el día que se conmemora la Constitución– siguiera hiriendo sensibilidades. Los complejos de la izquierda en estas cuestiones simbólicas son pasmosos. Y no es precisamente por reacción a los símbolos, de los que hacen uso esplendoroso en sus reuniones y mítines, sino por lo que la bandera de España significa, que no es otra cosa que la unidad de la nación y los valores de la Constitución que la convierte en enseña oficial.

El pasmo revela complejos, pero no sólo complejos. Porque si la resistencia a los homenajes a la bandera española, e incluso a su presencia cotidiana en la vida civil y política, se compagina, como así ocurre, con un reverente respeto a las banderas autonómicas, o, más bien, a las enseñas que son aceptadas por los nacionalistas, habrá que concluir que el asunto tiene trampa ideológica. Es decir, que el sensible respeto es sólo para las banderas que se interpretan como compatibles con supuestas naciones étnicas.

Es significativo que el símbolo de la nación española, que no tiene connotaciones étnicas de ningún tipo sino que remite a las libertades y a la ciudadanía constitucional, sea la que da vergüenza a unos y otros. Pero un papanatas como Llamazares precisa un engañador. Y él, en Izquierda Unida, tiene al más majadero de todos: Javier Madrazo, defensor de todos los ataques a la libertad que a uno se le puedan ocurrir, asegura, para seguir hasta la indecencia el rastro de las idioteces nacionalistas, que el homenaje a la bandera de España es "franquista". El tipo, adolescente refugiado en las más tórridas sacristías mientras vivía Franco, sabe del franquismo menos que de los presocráticos. Pero la ignorancia no exime de los vicios totalitarios y, entre ellos, está el de identificar España con la dictadura para disimular que el contenido de ésta, tome la forma que tome, está precisamente en la raíz de su ideología. Si Madrazo es tonto, envuelto en la ikurriña se muestra, además, ridículo.

El amigo de Quebec
FERNANDO SAVATER /CATEDRÁTICO DE FILOSOFÍA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE El Correo 8 Diciembre 2002

He esperado varias semanas antes de escribir este artículo. Concretamente desde el pasado 15 de noviembre, fecha en la que visitó nuestro país Stéphane Dion, ministro de Asuntos Intergubernamentales de Canadá y presidente del Consejo Privado, para recibir un doctorado honoris causa en la Universidad Carlos III de Madrid. Me dije que más valía aguardar unos días, porque sin duda este nacionalista quebecois, especialista en convivencia constitucional de diversas comunidades y federalista, aparecería sin duda por el País Vasco para recibir algunos de esos homenajes que nuestras hospitalarias autoridades suelen prodigar. Aunque no fuese tan derechista como Pete Cenarrusa, ni tan izquierdista como Hebe de Bonafini, ni tan siniestramente turbio como Francesco Cossiga, seguramente alguien lo llevaría a la Fundación Sabino Arana, a Ajuria Enea o por lo menos al museo Guggengeim. Después de todo, llevamos años oyendo hablar de Quebec como ejemplo a seguir: bueno, pues ahí estaba al alcance de la mano el hombre de Quebec capaz de ayudarnos a iluminar nuestras tinieblas.

Pero pasaron los días y nadie se acordó de Stéphane Dion, ni le hicieron amigo predilecto de los vascos, ni socio honorario de la Real, próxima campeona de la Liga. Ni siquiera Odón Elorza, que suele recomendar con ahínco mirar hacia Quebec como los musulmanes miran a La Meca, se decidió a darle las llaves de Donosti. Y los periódicos de la CAV ignoraron su visita por completo, salvo que se me haya escapado algún comentario en letra pequeña. ¿Cómo se explica semejante desapego? ¿Acaso ya no nos interesa estudiar el modelo canadiense ni sacar alguna enseñanza de su manera de afrontar un problema nacionalista sin duda diferente al nuestro, pero del que hasta ayer siempre he oído hablar en relación con el nuestro? Ahora que se habla de referéndum y que el lehendakari recorre el planeta exponiendo su propuesta (y quejándose de que no le entienden en casa), ¿no habría sido un buen momento para cambiar impresiones con alguien que indudablemente tiene cierta experiencia en este tipo de propuestas políticas? Pues no señor: el ilustre visitante se marchó de España sin que las autoridades vascas se interesaran ni poco ni mucho por él. ¿Por qué habrá sido?

Puede que por sus iniciativas y sus opiniones, según me entero de ellas a través de varias entrevistas de prensa aparecidas en diarios de Madrid. Para empezar, el señor Dion es el autor de la Ley de la Claridad de 1995, que especificó las exigencias de precisión en cualquier posible referéndum que se plantease sobre la cuestión de Quebec. Este requisito parece haber sido clave en el progresivo debilitamiento de la opción separatista. Y es que Dion se siente orgulloso tanto de su identidad quebecois como de su nacionalidad canadiense. No las considera incompatibles, sino mutuamente enriquecedoras. Acepta el nacionalismo, pero cree que cuando éste intenta restar identidades por la vía de la separación en lugar de aceptar todas las realmente existentes en un Estado, resulta potencialmente peligroso. «Quienes quieren la secesión de una democracia han de elegir entre quienes son sus compatriotas y quienes pasan a ser extranjeros entre sus propios conciudadanos». Y afirma que por esta razón la secesión de un sistema democrático para formar otro ente supone siempre separarse de la democracia misma. Por eso cree que la perspectiva nacionalista no puede abolir la perspectiva de ciudadanía: «Cuando el nacionalismo es la única perspectiva por la que se ve el mundo, se convierte en un factor muy negativo. El nacionalismo, el válido, debe ser una suma identitaria, todo lo que sea restar identidades es empobrecer a la sociedad y al individuo». Por ello, asegura, «mi combate político se dirige a lograr que Canadá no llegue a convertirse nunca en un argumento a favor del separatismo sino, al contrario, en una razón a favor de la cohabitación de poblaciones diversas por su lengua o por su cultura, que trabajan juntas en el seno del mismo Estado».

Aun así, admite que el referéndum de secesión es admisible, aunque debe reunir las dos condiciones (estipuladas por el Tribunal Supremo canadiense) de una pregunta inequívocamente clara y lograr el apoyo de una mayoría de la población no menos clara, no una mayoría débil como la mitad más uno. «Si se dan las dos condiciones, el Gobierno federal tiene obligación de entablar una negociación de secesión, pero sin obligación de que el resultado final sea la división del país». Preguntado qué fue sobre la propuesta del PNV acerca de un referéndum en el que se pediría el apoyo de los ciudadanos a un estatus de libre asociación con España y sobre si tal cosa tendría cabida en la actual legislación canadiense, repuso: «Si ése fuera el caso, nuestro Gobierno federal plantearía la cuestión a la Cámara de los Comunes canadiense y ésta, casi con total certeza, diría que la pregunta no es clara. O se está dentro del Estado o se está fuera. Preguntar a los ciudadanos si quieren separarse y al mismo tiempo asociarse es confuso». Ni se le pasa por la imaginación, como es lógico, que tal consulta pudiera hacerse jamás bajo la presión de la violencia terrorista.

Supongo que todo lo que dice Stéphane Dion puede discutirse o matizarse, pero no me parecen reflexiones carentes de interés y por lo menos sirven para que sepamos cuál es el famoso 'modelo' de Quebec del que tanto se nos habla. Así que sigo sin explicarme por qué no nos lo han acercado al País Vasco, aprovechando que ya estaba en España. ¿O es que los vascos no podemos tener también amigos así?

Juan Pablo Fusi: «No hay solución al problema vasco sin un reconocimiento del hecho no nacionalista»
Por IGNACIO CAMACHO ABC 8 Diciembre 2002

MADRID. Bajo un retrato de Ortega firmado por Zuloaga, las palabras de Juan Pablo Fusi Aizpurúa sobre la historia moderna de España cobran un sentido trascendente de reflexión sobre el desarrollo colectivo del país. Catedrático de Historia Contemporánea, miembro destacado de la Fundación Ortega, estudioso de los nacionalismos, de las autonomías y del proceso de construcción de la identidad nacional, Fusi posee una amplia visión de los procesos que han conducido al momento actual de la realidad española. A la luz del aniversario constitucional, el prestigioso historiador expone algunas ideas y consideraciones sobre la vigencia del texto de 1978, el problema vasco o la reciente -e inacabada- polémica sobre la revisión de la guerra civil.

-¿Se ha fijado usted en que el rasgo más destacado oficialmente de la Constitución es su durabilidad?
-Hay una Constitución que duró más, la de 1876, pero cuando se habla de la duración, o la durabilidad, de ésta no es tanto por la propia Constitución como tal, sino por la democracia. Las anteriores etapas democráticas no fueron demasiado felices. Dicho esto, las constituciones del siglo XX se han beneficiado de la evolución de la ciencia política, de los equilibrios de poder y de las precisiones legales que favorecen su arquitectura, las perfeccionan y las aquilatan. Antes eran más bien enumeraciones de derechos, más que órganos que puedan fundamentar la estructura de un Estado.

- ¿No hay una especie de mitificación de la intangibilidad de la Constitución del 78?
-En parte sí, pero ella misma prevé su posible reforma. Yo creo que hay una visión serena y pragmática que desaconseja la revisión o reforma de la Constitución, que tiene que ver con la memoria histórica, con la fragilidad de las democracias anteriores.

-¿Es un modelo cerrado?
-Ninguna constitución lo es. En segundo lugar, el Estado español es un estado abierto, en el que la posibilidad de un cierre autonómico resulta poco menos que imposible. Yo creo que el español va a ser un modelo permanentemente abierto, en el que la negociación, la dialéctica entre la Administración central y las comunidades autónomas va a ser prácticamente permanente.

-Pero el límite actual de las presiones nacionalistas es precisamente la Constitución. ¿Usted contempla un modelo posible más allá de eso?
-Es contemplable, hay una disposición constitucional que contempla los derechos históricos que habría que definir, y que puede incluir mayores competencias de carácter político a los territorios forales. También la diferencia entre nacionalidades y regiones permitiría o sugeriría mayores diferenciaciones. Otra cosa es que sea deseable o conveniente ahora mismo. Como historiador lo que puedo decir es que la reforma territorial del Estado que se ha hecho a partir de 1978 en España no tiene paralelo en ningún Estado europeo desde la II Guerra Mundial. Es complejísima, sin duda a veces disfuncional y cara, pero ha resultado muy positiva, y además es la más importante desde el siglo XVIII , y la más eficaz. Dada la complejidad del modelo de diecisiete comunidades autónomas, creo que es mejor que se consolide y asiente.

-¿El nacionalismo tiene límites?
-En principio, la ambición y la razón de ser de todo nacionalismo es la construcción de su territorio como nación propia y distinta.

-¿Con Estado?
-Los nacionalismos han distinguido entre nación y Estado. Construcción nacional puede suponer solamente un proyecto cultural, de identidad colectiva, que no requiera un Estado propio. Ahora bien, la lógica del nacionalismo vasco y catalán alcanza para ellos un rango equiparable al de España, por más que el nacionalismo catalán siempre haya hablado de inserción en la nación española, y eso no lo han rectificado los catalanes.

-¿Se podría entender que en el Gobierno español actual hay una idea de reconducción parecida a lo que se llamó en la República «el Estado integral»?
-Durante la transición hubo un cierto descrédito de la propia idea de España, como consecuencia del régimen de Franco, que tuvo una idea enfática, empachosa, abusiva y excluyente que desacreditó el nacionalismo español y el propio concepto de España. Tampoco es bueno que un país descrea de sí mismo. A partir de los años 90, y no sólo en el Partido Popular, se ha producido una reafirmación de una idea de España democrática, reconciliada y sin complejos consigo misma, que conlleva la afirmación de una serie de símbolos, como ha podido ser el caso aparatoso de la bandera, que a mí me ha parecido innecesaria...

- Por cierto, en Sevilla acaban de izar una bandera andaluza de 200 metros cuadrados.
-Mi generación ha creído muy poco en los símbolos. Eso ha sido saludable, en general. No se necesita una gran masa simbólica para reconciliarse con la propia Historia.

-Da la impresión de que, cuando nació la Constitución, el nacionalismo era un fenómeno de progreso, y ahora se vuelve a ver como un fenómeno retardatario frente a la visión más nacional, más republicana, del patriotismo constitucional.
-Probablemente. La herencia de la dictadura afectó muchísimo al equilibrio político del país. El unitarismo franquista dio un plus de legitimidad a las reivindicaciones nacionalistas y regionalistas. Pero lógicamente, una España democrática, que ha ido muy lejos en el reconocimiento de los particularismos y las identidades separadas de las regiones y nacionalidades, que ha transferido competencias extraordinarias, obliga a replantear ese concepto.

-¿Las autonomías no han reproducido, a veces demasiado rápido, el modelo hipertrofiado y denso contra el que nacieron?
-Sin duda alguna. Y además queda pendiente el papel de las ciudades, de la autonomía municipal. Es indudable que hay un solapamiento, una duplicidad de administraciones, cuestiones de interés general que el Estado autonómico dificulta: planes hidrológicos, trazados de grandes vías de comunicación, de los Aves, todo eso, donde la toma de decisiones se ha hecho mucho más compleja. También son administraciones que tienen un enorme aparato burocrático y protocolario... eso es muy complejo, y hay una cifra importante de endeudamiento de las comunidades autónomas. Dicho esto, basta acercarse a cualquier comunidad autónoma para comprobar que la mejora sustantiva de la vida española es realmente espectacular.

-Pero, mientras en la vida nacional ha habido alternancia política más o menos fluida, en las autonomías se han producido fenómenos clientelares, hegemónicos, de larga duración: en Cataluña, País Vasco, Andalucía, Galicia, Castilla-León...
-Evidentemente, esto es cierto. La existencia en las autonomías de poderes con capacidad de distribución de recursos incita a la estabilidad y el clientelismo, sin duda alguna. Desde los planes de empleo rural a tantas cosas. Eso ha sido un factor de temor al cambio. Parece que se desgastan mucho más, a través de los medios de comunicación, las autoridades nacionales que las regionales. Ahí se da una especie de trampa en las autonomías, por la que la responsabilidad de las cosas negativas es siempre de la administración central, y no pagan el precio electoral de sus propios errores. Hay un discurso de confrontación evidente.

- De sus estudios sobre el régimen autonómico y sobre la evolución de la identidad nacional parece deducirse una cierta simpatía por la idea de una España asimétrica.
-Pssssí. No me gusta la palabra asimétrica, ni el concepto de federalismo asimétrico, ni nada parecido. Pero es un hecho que el grado de autoconciencia de Cataluña, País Vasco y Galicia es diferente del de otras comunidades. Con argumentos distintos y no coincidentes. Es evidente que hay unos hechos propios que han sido los que han creado el problema del Estado nacional español desde el siglo XIX. Cataluña es el gran problema de la comunidad española entre 1900 y 1936, de la misma manera que, por razones que desafortunadamente tienen que ver con la violencia, el País Vasco se ha convertido en el principal problema de la actual democracia española.

-Para usted no hay duda de esa jerarquía del problema vasco en la convivencia española.
-Evidentemente. Primero por la violencia de ETA, más de 800 personas asesinadas, centenares de heridos o lesionados, una presión tremenda sobre la sociedad vasca y una confrontación institucional casi recurrente entre el Gobierno vasco y el de Madrid. El nacionalismo catalán ha contribuido de manera evidente a la gobernabilidad de España en los últimos años, apoyando a los gobiernos socialistas en la etapa final y colaborando luego con el Partido Popular. En la propia Cataluña ha sido un factor de estabilidad.

-Llevado al extremo ese razonamiento, nos llevaría a pensar que el verdadero hecho diferencial vasco es ETA.
-No, es ETA por un lado y por el otro la particular concepción nacionalista que siempre ha impregnado al PNV. El PNV no ha tenido nunca esa dimensión española del nacionalismo catalán. En todo caso, se ha dividido entre una especie de pragmatismo socialcristiano y el esencialismo aranista, o sabiniano, de carácter fuertemente unicista y soberanista. En la primera línea han estado Aguirre, Irujo o Ajuriaguerra, tal vez Ardanza también; y en la posición sabiniana están Arzallus e Ibarretxe.

-¿Usted comparte la tesis del bucle melancólico, la falsificación bucólica del mito del pasado?
-Sí. En primer lugar tengo una gran amistad con Jon Juaristi, y le admiro profundamente como ensayista y como escritor. Comparto plenamente la tesis del bucle melancólico. Pero los nacionalismos son eso y más que eso. Yo voy a publicar un libro sobre el nacionalismo en el siglo XX, no solamente en España, y hay una multiplicidad inmensa de ideologías nacionalistas y de nacionalismos: étnicos, cívicos, religiosos, mesiánicos, militares, conservadores, racistas, filofascistas, de liberación nacional, democráticos... una gran variedad. La tesis del recreamiento en la victimización como elemento constitutivo del nacionalismo vasco, esa especie de ensoñación, es un elemento indubitable.

-¿Qué clase de sociedad es una en la que exponer una tesis te puede costar dos tiros?
-Ponga usted el adjetivo más fuerte y enérgico que se le ocurra. Ese es el dilema en que se debate la sociedad vasca: no ya es un conflicto entre dos administraciones, ni entre las aspiraciones del nacionalismo vasco y Madrid, sino un conflicto interno entre el proyecto etnonacional del nacionalismo vasco y la sociedad abierta y democrática.

-¿Usted lo vive eso como vasco o no tiene una identidad nacional perfilada?
-Yo me siento muy vinculado a San Sebastián, donde nací, y a Guipúzcoa, y me siento cómodo en Bilbao. He escrito tres libros sobre el País Vasco, y mis reacciones primarias están vinculadas a ese territorio.

-En un hipotético triunfo del proyecto soberanista, ¿qué papel hay para los vascos como usted?
-No lo sé. Lo que creo y percibo es que, desde Lizarra, se ha avanzado mucho en la ruptura moral de la sociedad vasca. Yo me he pronunciado a favor del restablecimiento de un nuevo equilibrio vasco, en el que el hecho no nacionalista tiene que ser reconocido de alguna manera.

-¿Le parece significativo que la Constitución se haya convertido en la gran esperanza, el argumento básico de los no nacionalistas en el País Vasco?
-La Constitución establece un ámbito de convivencia que es esencial. Es necesario un reconocimiento mutuo, igual del hecho nacionalista, que es dominante, que de la realidad no nacionalista, que es casi la mitad de la población, no es una minoría, y puede ser dominante en Álava o en enclaves como Bilbao. No hay solución al País Vasco sin un reconocimiento de las dos realidades. Lo que en Quebec se llama «el hecho inglés», aquí sería el hecho no nacionalista.

-¿Los fueros son un concepto sostenible en una democracia? Me refiero a ese pacto con la Corona al que se refiere alguna vez Anasagasti...
-Los fueros no supusieron sólo el pacto con la Corona. Y están vigentes en la Constitución española. El problema de los fueros se plantea en el XIX, y es evidente que constituyen un sistema de administración provincial separada basada en asambleas de municipios y en el voto fogueral, que no es un voto democrático. La idea de que tenían que adaptarse al sistema liberal democrático ya fue debatida en el XIX. Los fueros tenían muy poca capacidad competencial real en cada provincia, pero adquirieron carácter de mitos fuertes, y su abolición se convirtió en una especie de agravio. Lo que importa es ese valor simbólico. No hay ningún pacto con la Corona, son casi derecho castellano en su origen, mantenidos por la lealtad del pueblo vasco a la Corona en diversas ocasiones históricas. La Constitución actual declara derogados los decretos abolitorios de los fueros, y eso no es sólo curiosidad histórica, porque el primer programa nacionalista, de Sabino Arana, tiene como punto casi único la derogación de la abolición de los fueros. Y así estamos, en la situación anterior a 1839, pero parece que el nacionalismo vasco no lo acaba de creer.

-¿Y cómo encaja todo esto en la construcción europea? La idea de Europa de los pueblos y demás.
-La Unión Europea surge como respuesta a la idea de que los nacionalismos francés y alemán han llevado al continente tres veces a la guerra, desde 1870. Monet y los demás padres fundacionales de Europa parten de una idea trasnacional o supranacional. En 1995, todavía Mitterrand, ante el conflicto de los Balcanes, dijo que Europa es la paz y el nacionalismo es la guerra. No hay idea de región hasta el Acta Única y el Tratado de Maastricht. Pero ojo, en Europa se habla de regiones como el arco atlántico, el mediterráneo, regiones supranacionales. Yo creo que la Europa a la que vamos es un híbrido entre una Europa federal, con atribuciones comunes como el euro, y los estados nacionales, articulados en torno a mitos colectivos y lealtades fuertes, y que van a poseer las decisiones claves porque son los depositarios de las soberanías.

-Y la integración de países desgajados de otras realidades nacionales, como Letonia o Eslovenia, ¿no está emitiendo un mensaje equívoco respecto a las aspiraciones nacionalistas? ¿Quién le dice después a vascos y catalanes que no pueden ser una estrella más de la Unión?
-Siempre hay que diferenciar contextos históricos. Cataluña tiene más población que Eslovenia y los estados bálticos, pero la realidad de la absorción de éstos por la URSS les ha dado un grado incomparable de legitimidad nacional...

-...Por las mismas, los catalanes pueden recordar la Corona de Aragón.
-Ya, pero es evidente que hay estados que han sido más artificiales que España. Yugoslavia, por ejemplo. España, Inglaterra y Francia salen de la Edad Media, y no me pronuncio sobre cuándo empiezan, con instituciones comunes de lo que llamamos nación moderna en marcha. Son arquetipos de nación. España pudo fracasar como estado nacional en el XIX, pero ése no es el caso de Yugoslavia ni de la Unión Soviética.

-Usted habla en términos de cierta objetividad histórica, pero la realidad es que predominan la pasión y la oportunidad política.
-Es que yo soy historiador. La historia lo que tiene que hacer es sustituir los mitos por conocimiento. Esto lo decía Tucídides, fíjese. Hay que deshacer la historia deshonesta, construida sobre los prejuicios.

-Por cierto, a usted, que es catedrático, ¿le parece correcto el grado de conocimiento y rigor que se inculca en la enseñanza actual en España?
-Le diría que el nivel de la historiografía española, y por lo tanto de los libros de texto, es competente. A salvo de las exageraciones y polémicas que haya podido haber. Hay mucha demanda de historia no académica, buenos libros de divulgación histórica, como los de García de Cortázar, que revelan una preocupación social por la Historia. Luego, en la educación de hoy intervienen muchos otros factores, los medios de comunicación, etc. En su conjunto, los libros de bachillerato de Historia probablemente sean incomparablemente mejores que nunca, y sin embargo todos vemos una carencias flagrantes en nuestros alumnos. Para mí es un misterio.

-Quizá en primaria y secundaria hay una cierta amputación de conocimientos básicos.
-Es verdad que en un momento dado se omitió la visión convencional, cronológica, de los hechos y periodos históricos...

-También amputaciones de carácter ideológico, sobre realidades territoriales.
-Eso lo hubo, pero menos de lo que se dijo en la política. La política deforma un poco las realidades. En las regiones más acusadas de distorsión, la mayor parte del mercado está copada por los mismos manuales y las mismas editoriales que en el resto de España. Y puedo decirle que en el País Vasco hay un grupo de personas que han hecho un esfuerzo realmente impagable por mantener una visión crítica, no nacionalista, de la Historia, cuando si se hubieran plegado al discurso dominante gozarían de gran estima oficial.

-¿Usted cree que la actual política española se dirige a un escenario de turnos como el de la Restauración?
- Con una diferencia fundamental: todos hablamos positivamente ahora de la Restauración, pero se apoyaba en un déficit absoluto de representatividad. La alternancia de partidos en el poder es saludable, pero la de ahora se apoya en cambios de opinión pública. No responde a pactos de turnismo.

-¿Y Aznar se parece en algo a Cánovas, a Canalejas, a Maura?
-No, no. Cánovas fue un gran hombre de Estado, pero los políticos actuales tiene otra componente de conocimientos técnicos mejores y más amplios. No tienen necesidad de redefinir continuamente el problema del Estado y la nación. La complejidad del Estado es hoy mucho mayor. En la Restauración no había sector público. No es posible establecer semejanzas, ni tampoco con la Segunda República. Además, los líderes de la democracia española han sido, por lo general, muy jóvenes, y han desarrollado tareas de responsabilidad muy intensa. La forma en que los socialistas transformaron su bisoñez, por ejemplo, en experiencia de gobierno, o el hecho de que la llegada del PP no haya supuesto ninguna rectificación dramática del Estado del Bienestar, como se intentó en la República en 1933.

-La idea del retorno al franquismo y al autoritarismo que maneja la oposición sería, pues, pura propaganda política.
- Yo creo que no existe punto posible de comparación. No tiene pies ni cabeza. La actual derecha democrática no se reconoce en la tradición de la derecha que colaboró con la Dictadura primorriverista ni con el franquismo.

-¿Qué opinión le merecen los ajustes de cuentas retroactivos que se vienen produciendo respecto a la guerra civil? Me refiero a los pronunciamientos recientes del Congreso de los Diputados.
-Mire usted, lo único que le puedo decir es que no veo ese supuesto pacto de silencio o amnesia de los españoles con respecto a la guerra civil y sus consecuencias. Más bien ha habido una preocupación intensísima. Se lo diré en términos cuantitativos: hasta 1985 iban publicados unos 16.000 títulos sobre la guerra civil. Entre 1975 y 1995 se publicaron en torno a 1.800 libros y unos 1.700 números monográficos de revistas dedicados al tema. En el 86 hubo numerosísimos congresos sobre el aniversario de la guerra, con gran difusión mediática, coleccionables de los periódicos, etcétera. En el asunto de la represión, no hay prácticamente provincia que no tenga ya hace quince o veinte años un análisis y unos listados de los fusilamientos y ejecuciones, que a nivel local han tenido gran repercusión. Ha habido una atención exhaustiva a la guerra y sus consecuencias, la represión, el exilio, todo eso. Sobre Azaña ha habido varias exposiciones, desde 1990. Yo recuerdo actos multitudinarios, alguno incluso con el presidente Aznar, sobre Azaña. Parece que la exposición actual del exilio es la única que se ha hecho... En cine se han rodado infinidad de películas, y novelas: Cela, Umbral, Benet... y sobre Franco, su figura, su régimen... Si ha habido hasta series de televisión. Ha habido una preocupación constante y permanente. Y los hombres del 78, los que hicieron la Transición y la Constitución, fueron muy conscientes de no repetir los errores de 1931 y 1936. Hay una memoria histórica de la guerra civil muy importante. No entiendo esto del silencio. No ha habido ningún silencio.

El árbol y las nueces
KEPA AULESTIA/ El Correo 8 Diciembre 2002

Cuando ETA rompió su alto el fuego, quienes habían derrochado esfuerzos en la estrategia de Lizarra siguieron manteniendo la esperanza de que la reanudación de la actividad terrorista podía suponer una etapa pasajera que preludiara una nueva 'fase de distensión'. Pero el tiempo fue minando esa fe interesada, y la eventualidad de una nueva tregua por parte de ETA pasó de lo posible a lo improbable. Si hubiera que buscar alguna razón para explicar por qué ahora -y no antes- Ibarretxe ha convocado una manifestación con el lema 'ETA kanpora' podría hallarse precisamente en el hecho de que el lehendakari se ha percatado de que los terroristas no van a hacerle el favor de deponer las armas ni siquiera temporalmente.

Pero cabe contemplar la jugada desde otro ángulo. No es cierto que el nacionalismo gobernante no desee acabar con ETA. Ocurre que es ahora cuando PNV y EA se sienten seguros de poder rentabilizar plenamente -cada cual para sí- la desaparición de ETA: precisamente cuando la izquierda abertzale se muestra incapaz de beneficiarse de cualquier hipotética tregua.

El alto el fuego anunciado en septiembre de 1998 supuso la revitalización de una izquierda abertzale que obtendría semanas después el mejor resultado electoral de su historia. Sin embargo, hoy, aunque ETA decidiera despedirse para siempre de nuestras vidas, los restos de Batasuna no podrían beneficiarse del alivio que semejante noticia supondría para la sociedad vasca. Para ello, la izquierda abertzale tendría que experimentar una reconversión democrática tal que sus actuales gestores tampoco están en condiciones de administrar.

La convocatoria prevista para el 22 de diciembre puede permitir a Ibarretxe recoger las nueces de un árbol sacudido por medidas que él mismo ha criticado abiertamente, como el procedimiento de ilegalización de Batasuna o los autos de Garzón. Pero será muy difícil que el lehendakari pueda conducir los resultados de dicha movilización hacia el cauce de un 'status de libre asociación con España'. Tanto la más que improbable desaparición de la violencia por decisión de los terroristas como el emplazamiento que implica el lema 'ETA kanpora' obligan al nacionalismo gobernante a ubicar sus planes de futuro en el lugar que les corresponde; es decir, prescindiendo del señuelo de la paz.

Si el clamor en pro de la desaparición de ETA se sitúa -como el propio lehendakari ha indicado- por encima de las «distintas ideologías», ello quiere decir que el logro de tal empeño nada tiene que ver con la aplicación del plan que él mismo dice estar dispuesto a defender «con uñas y dientes». No depende de que la sociedad vasca se encamine hacia un horizonte soberanista. En realidad, el PNV se ha visto obligado a optar entre recoger -como en su día sugiriera Arzalluz- los frutos que pudieran caerle aún de un sistema estremecido por el embate radical o, por el contrario, quedarse con los restos del naufragio radical, beneficiándose, paradójicamente, de los efectos que la arremetida de leyes y tribunales provocan en el debilitado árbol de la izquierda abertzale.

Oportunidad
JOSÉ MARÍA ROMERA/ El Correo 8 Diciembre 2002

El terrorista no soporta que le roben cámara. Le pasa lo que a esos viejos secundarios del teatro, que necesitan estar en el candelero para que les caiga un papelito. ETA ha pasado por todos los caminos de la decadencia: la moral, la política, la social. En realidad, ETA siempre ha sido una banda decadente. Pero el declive peor, el que mayor daño le causa, es el hecho de no aparecer en primera plana. Ahora que los periódicos venían teñidos de petróleo procedente del litoral gallego, ha hecho estallar sendas bombas en Azagra y en Santander. Unos minutos de telediario, apenas. ¿Qué son una nave industrial venida abajo y un boquete en un aparcamiento subterráneo cuando la mirada estremecida del público está fija en la inmensidad del mar herido? Aunque todas las hipótesis sobre los motivos de ETA son remotas y tampoco conducen a ninguna parte, la de sus celos mediáticos no está lejos de lo posible. ¿Quién es el capitán de un destartalado petrolero para venir a quitarle presencia, justamente ahora que ETA se había recluido en la región de lo fatídico, del mal a secas, de la misma cólera indiscriminada que acompaña a los fenómenos de la naturaleza?

Habría que preguntarse si este síndrome del protagonista no aqueja también -de otro modo, por descontado- al lehendakari Ibarretxe, quien sin encomendarse a Dios ni al diablo ha convocado una manifestación contra ETA para dentro de unos días. Si los dioses no lo remedian, para entonces el lehendakari y todos sus ejércitos estarán más ocupados en limpiar la mugre de las playas vascas que de limpiar de malhechores las calles vascas. Pero quizá se ha sentido molesto porque la batalla política más encarnizada se esté librando ahora en otro lugar y con otros contendientes. Dos días de marea negra en Galicia han hecho correr más ríos de tinta que todos esos meses que lleva el buen hombre con su documento a cuestas tratando de hacérselo leer a todo bicho viviente. Los profetas son unos incomprendidos, y más aún los viajantes de comercio.

No sé qué será de esa convocatoria prenavideña contra el terrorismo; ojalá tenga éxito, y al decir éxito no me refiero tanto a la multitud que congregue como al efecto de persuasión que pueda ejercer sobre ETA. Mientras otros presidentes autonómicos aplazaban sus compromisos y dejaban de lado sus reivindicaciones para ponerse a disposición de los damnificados del 'Prestige', Ibarretxe ha vuelto a la carga con el único tema, el suyo y el de los suyos. Para los vascos y para él mismo, habría quedado mucho más bonito convocar a esos cientos de miles de personas a coger el autobús, calzarse las katiuskas y dirigirse a las costas gallegas, asturianas, cántabras o vascas para echar una mano.

Una revista subvencionada por el Gobierno vasco incita a «vengarse» de Aznar y Garzón
En el último número de 'Kili Kili', que también recibe ayudas de la Diputación, se tacha a la Ertzaintza de «traidora»
BILBAO EL CORREO 8 Diciembre 2002

LOS VERSOS POLÉMICOS
Éstos son, traducidos al castellano, los versos sobre la manifestación de 'Basta Ya' publicados en el número 245 de 'Kili Kili':

Contra la Ertzaintza: 'Fue vergonzosa la actitud de los ertzainas que protegieron a los españoles como si fueran traidores en contra de los abertzales. Se han vendido para estar junto a los fachas y al lado de Aznar'.
Contra Aznar y Garzón: 'Aznar y Garzón son los que están a la cabeza de todos estos. Su objetivo es aplastar Euskadi y no pararán, eso seguro. Tendremos que vengarnos pronto'.
Contra los manifestantes: 'Se juntaron en Donostia un montón de españoles para honrar a su bandera, insultando a nuestra ikurriña y con odio a Euskal Herria'.

La revista infantil 'Kili Kili', editada por la Federación de Ikastolas de Vizcaya y subvencionada por el Gobierno vasco y la Diputación vizcaína, publica en su número de octubre unos versos en los que se incita a la «venganza» contra José María Aznar y el juez Baltasar Garzón porque «su objetivo es aplastar Euskal Herria». El 'poema', firmado por alumnos de 3º y 4º de E.S.O. de una ikastola de Elorrio, hace referencia a la manifestación contra el 'nacionalismo obligatorio' organizada por Basta Ya en San Sebastián y, en su primera estrofa, acusa a la Ertzaintza de «traidora» por «proteger a los españoles en contra de los abertzales» y por «haberse vendido para estar junto a los fachas al lado de Aznar».

En el mismo ejemplar, el 245, al que ha tenido acceso este periódico, aparece otra rima alusiva a la marcha, donde se acusa a los «españoles» que acudieron a la capital guipuzcoana de «odiar a Euskal Herria» e «insultar a nuestra ikurriña». Además, en la sección de cartas, una lectora explica que uno de sus profesores le sorprendió leyendo 'Kili Kili' y le advirtió de que le suspendería si se enteraba de que enviaba escritos a la revista. Bajo el encabezamiento 'maisu faxista' (maestro fascista), la publicación responde a su comunicante. «Tú haz lo que tengas que hacer y, si te ocurre algo o el profesor continúa con su actitud fascista, publicaremos aquí su nombre y el del centro», amenaza.

No es la primera vez que la veterana revista, redactada íntegramente en euskera, se ve salpicada por la polémica. Fundada en 1966 por el histórico nacionalista vizcaíno y miembro honorario de Euskaltzaindia José Antonio Retolaza, desde marzo de 2001 está dirigida por Andrés Osa, 'Sakona', de la agrupación de ikastolas vizcaínas. Tira unos 10.000 ejemplares, que se distribuyen entre estudiantes de Primaria y Secundaria -niños de entre 6 y 16 años- de centros públicos y privados de Euskadi y también por suscripción. Desde que comenzara su nueva andadura, hace más de año y medio, cuenta también con una página 'web' (www.kili-kili.net).

«Integrismo»
Osa asumió la máxima responsabilidad al frente de la publicación poco antes de que Basta Ya denunciara -como lo vuelve a hacer ahora- sus contenidos «integristas». Todavía bajo la batuta de Retolaza, se publicó una carta remitida desde la cárcel por la etarra Irantzu Gallastegi y una entrevista con su hermana Lexuri -posteriormente detenida en Francia-, cuya familia está muy vinculada, según algunas fuentes, al 'Kili Kili' originario. En junio de 2001, el PP pidió en las Juntas Generales de Vizcaya que se retiraran las ayudas econónomicas a la revista por promover desde sus páginas la «exclusión étnica» y el «odio a lo español», pero su propuesta fue rechazada con los votos en contra de PNV, EA y EH. La Diputación mantuvo la subvención aduciendo que cumplía todos los requisitos legales. Ya en 1998, cuando 'Kili Kili' recibía dos millones de pesetas con cargo a los Presupuestos del Departamento de Cultura del Gobierno vasco, populares y socialistas denunciaron públicamente sus contenidos.

Ahora, el grupo parlamentario del PP ha registrado ya una pregunta dirigida a la vicelehendakari para que explique la política de subvenciones a 'Kili Kili'. En breve, pedirá también la comparecencia de la consejera de Cultura, Miren Azkarate, para que dé cuenta de las medidas que piensa adoptar al respecto.

El 6 de junio de 2001, en el acto de presentación de la nueva revista -remozada en diseño y contenidos- participaron, además de su director, el viceconsejero de Política Lingüística del Ejecutivo vasco, Xabier Aizpurua, y el responsable de normalización lingüística de la Diputación, Gotzon Lobera. Según las fuentes consultadas, la inclusión de mensajes políticamente explícitos es reciente y coincide con la desaparición de un boletín suplementario ('Kili Berri'), editado de forma independiente por la vieja dirección, afín a Retolaza.

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