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Recortes de Prensa     Jueves 2 Enero  2003
TALLERES DE ASESINOS
Jaime CAMPMANY ABC 2 Enero 2003

RESPUESTA A IBARRETXE
Editorial ABC 2 Enero 2003

Más temor que esperanza
Editorial ABC 2 Enero 2003

El cuchillo y la aguja
ALBERTO NÚÑEZ ORTIZ JOSÉ IBARROLA El Correo 2 Enero 2003

Filibusterría
Cartas al Director El Correo 2 Enero 2003

Olentzero y Reyes Magos
Carmen GURRUCHAGA La Razón 2 Enero 2003

Debate sobre los cuarenta
Miguel Ángel RODRÍGUEZ La Razón 2 Enero 2003

Queman el coche de los escoltas de un concejal del PSE en Andoain
BILBAO EL CORREO 2 Enero 2003

TALLERES DE ASESINOS
Por Jaime CAMPMANY ABC 2 Enero 2003

SI fuese cierto que trescientos muchachos vascos han desaparecido de los lugares de su residencia habitual para incorporarse a la banda etarra, nos hallaríamos ante una noticia terrible y alarmante. Se trata de un hecho que requiere la rápida comprobación del Gobierno y la adopción inmediata de medidas de cautela, por un lado, y de previsión, por otro. La noticia, divulgada precisamente en estos días por los gobernantes nacionalistas del País Vasco, parece elaborada adrede para sembrar en los ciudadanos la convicción de que la extinción de «Eta» es una empresa inalcanzable. Acaba un año en el que fueron detenidos casi doscientos etarras, y ahora nos dicen que llegan a la banda otros trescientos. Eso, lo de la Hidra de las Siete cabezas.

Toda la información que sobre las trescientas desapariciones tengan las autoridades vascas debería ser facilitada al Gobierno de la nación. El hecho encierra demasiada gravedad para ser publicado en un informe aproximativo y sin comprobar. Para que los gobernantes nacionalistas se hayan decidido a informar de un hecho así es seguro que tendrán la lista de nombres, apellidos, domicilios, antecedentes escolares o laborales, historia policial, etcétera de los nuevos etarras. No es imaginable que ese número de «trescientos» salga de un cálculo a ojo de buen cubero.

Lo que sí es posible imaginar es que se dé esa noticia y el Gobierno vasco se quede tan fresco. Y esta sospecha añade gravedad a la gravedad. Hay dos circunstancias en el País Vasco que están pidiendo una atención especial del Gobierno de España. Una, relativa a la política de seguridad, y otra a la política de educación. El Gobierno no puede cruzarse de brazos ante la sospecha, en algunos casos, certidumbre, de que las órdenes cursadas a la ertzaintza desde los despachos políticos incitan a la lenidad y a dirigir la vista hacia otro lado. Y algo tendrá que pensar y que hacer ante la evidencia de que muchas ikastolas son talleres donde a los jóvenes se les enseña a odiar a España como «país invasor», se les incita a justificar, cuando no a exaltar, el terrorismo de «Eta» y se les empuja a usar la violencia en cualquier grado como expresión de aspiraciones políticas. En una palabra, son escuelas o fábricas de asesinos.

¿Qué están haciendo los nacionalistas vascos con las competencias en materia de seguridad y de enseñanza? Porque el Estado no puede resignarse a que las competencias que transfiere a las Comunidades sirvan para sembrar en la juventud ideas disgregadoras, basadas en una Historia y en una Geografía falseadas, para adoctrinar a los jóvenes en el odio a sus conciudadanos y para echarlos en brazos de una banda terrorista cuya profesión es matar. El Gobierno de Aznar se ha propuesto dar la batalla al terror en varios frentes hasta ayer descuidados. Quizá ha llegado el momento de pedir cuentas acerca de cómo se administran en el País Vasco las competencias de seguridad y de enseñanza. ¿Cuál es la eficacia antiterrorista de la ertzaintza y qué se enseña en las ikastolas?

RESPUESTA A IBARRETXE
Editorial ABC 2 Enero 2003

JUAN José Ibarretxe anunció el último día de 2002 que se propone remitir al Parlamento vasco un «proyecto» que recogería su «plan» para luego -«en ausencia de violencia»- someterlo al refrendo de la sociedad vasca. Se trata de un paso más -muy predecible, por otra parte- en el proceso de secesión que el PNV impulsa desde que la banda terrorista ETA se introdujese en un proceso de descomposición en el que el nacionalismo juega el papel sustitutorio de los objetivos de los etarras aunque por distintos métodos. El lendakari pone fecha a su proyecto de «libre adhesión» del País Vasco con el Estado -2003- tras haber patrocinado una manifestación contra ETA y después de que ésta tildase su plan de insuficiente y despreciable.

La argucia parlamentaria que permitió a PNV-EA-IU aprobar los presupuestos de la Comunidad vasca -aliada con la ingenuidad de la oposición constitucionalista- ofrece a Ibarretxe un escenario más propicio, aunque precario, para seguir deambulando con una propuesta inviable que le confiere, sin embargo, un protagonismo casi permanente pero tramposo. No es la primera vez, ni será la última, que el nacionalismo opta por esta estratagema de la zarabanda. Su formal condición de que el refrendo -ilegal en todo caso- se celebrase «en ausencia de violencia» forma parte de la inveterada hipocresía peneuvista que reclama a ETA su desaparición y, al mismo tiempo, fomenta tantas cuantas dificultades puede para evitar que medidas policiales, normativas y penitenciarias precipiten su final.

Es imprescindible que, manteniendo y superando el discurso estrictamente antiterrorista, tanto el Partido Popular como el Partido Socialista vayan perfilando una respuesta política más sólida a la apuesta secesionista urdida por Juan José Ibarretxe. Se trataría, fundamentalmente, de articular discursos, adoptar iniciativas y calcular decisiones que situasen el soberanismo allí donde debe estar: en el limbo de las aspiraciones anacrónicas e ilegítimas que pueblan la onírica ficción ideada por el nacionalismo.

El descenso de los sentimientos identitarios en la Comunidad vasca -según reconoce incluso el oficialista sociómetro del Ejecutivo de Vitoria-, la energía y prestigio social de los movimientos constitucionalistas en el País Vasco, la unidad nacional entendida como un proyecto de libertad y de solidaridad y el avejentado clientelismo del PNV en todos los estratos de la sociedad vasca, tienen que ser instrumentos debidamente modulados para la formulación de una ofensiva política en todos los foros contra un proyecto anticonstitucional, antiestatutario y profundamente desestabilizador. Una nueva y contundente respuesta al lendakari Ibarretxe tendría que ser un firme propósito para el año que comienza.

Más temor que esperanza
EDITORIAL El Correo 2 Enero 2003

La sociedad vasca inicia el año 2003 con la mezcla de esperanza y de temor con que viene afrontando cada nuevo momento. Despejar el horizonte de la paz sigue siendo la gran cuestión pendiente que concita la preocupación de la inmensa mayoría de la ciudadanía. Por lo que los deseos tan repetidos estos días entre quienes en el mundo comparten nuestro calendario adquieren en Euskadi un significado especial. Son ya demasiadas las navidades en las que la persistencia del terror lleva a miles de hogares del País Vasco y de España el doloroso recuerdo de los seres queridos cuya vida fue arrancada por la extrema intolerancia de ETA, o la silenciosa angustia de quienes tratan de apurar unos instantes de felicidad sin que puedan olvidar que sobre ellos pende la atroz amenaza del asesinato reivindicado de antemano con los más bárbaros argumentos.

El transcurso del tiempo ha ido segregando en la conciencia ciudadana un más que justificado escepticismo respecto a los anuncios periódicos de que «este va a ser el año de la paz». La aseveración de que hoy nos hallamos más cerca de dicha meta resulta tan cierta como banal. Es verdad que 2002 ha permitido dejar en evidencia la patética debilidad de quienes habían convertido la amenaza y la persecución de sus adversarios en todo un sistema de dominación de la escena pública al amparo de las libertades. De igual forma que la capacidad de ETA para causar muerte y destrucción se ha visto notablemente disminuida. La progresiva reducción de los espacios de impunidad ha mostrado la falacia de quienes pretendían ver en las modificaciones legislativas y en la acción judicial contra los encubridores del terror el desencadenante de una nueva escalada de tensión en Euskadi. Los éxitos policiales y la paulatina marginación de aquellos que durante tantos años han tratado de someter a la sociedad vasca a su fanatismo han propiciado un lógico alivio. Pero, al mismo tiempo, han podido inducir en la sociedad una peligrosa disposición a bajar la guardia ante la más que latente amenaza de ETA; a esperar, sin más, el desenlace final.

Lo acontecido en 2002 ha encendido, también, una señal de alarma que la sociedad vasca no debe soslayar: el riesgo de que la anhelada desaparición de la violencia y la intolerancia extremas del País Vasco, lejos de conducir a un clima de convivencia plena, pudiera dar paso a una división política y social tan profunda que hiciera imposible esa misma convivencia. La cada vez más difícil coexistencia de proyectos políticos antagónicos -el nacionalista y el constitucionalista- no parece hallar en la hipotética desaparición de ETA un escenario propicio para el reencuentro. Todo lo contrario, son muchos los síntomas que indican que deliberadamente se trata de condicionar ese escenario de paz para implantar en Euskadi no un modelo de convivencia basado en el consenso, sino el modelo político con el que puede identificarse en todo caso la mitad del país como salida obligada para el conjunto de los vascos.

En ese sentido, las palabras con las que el lehendakari Ibarretxe quiso dar la bienvenida al nuevo año resultaron tan esclarecedoras como deplorables. El mero hecho de que decidiera dirigirse a sus conciudadanos con el mismo discurso y en los mismos términos que viene empleando en cada acto público en los últimos años, para insistir en su inquebrantable voluntad de conducir a la sociedad vasca hacia la salida prefijada en su Plan, ensombrece sobremanera la entrada del nuevo año. Su reiterado propósito de impulsar un debate social y político resulta, cada día que pasa, una farsa menos soportable cuando no ha sido capaz de atender a ni una sola de las graves objeciones que se le han planteado a su Plan.

En otras circunstancias la alocución de Ibarretxe hubiese podido merecer el calificativo de decepcionante. Pero en la Euskadi real -no en esa mitad de Euskadi en la que se ha instalado el lehendakari- la advertencia de que los ciudadanos vascos están abocados o a secundar de buen grado el Plan Ibarretxe o a convertirse en súbditos pacientes del régimen que en él se describe constituye la peor de las noticias con que la primera institución del país podía dar la bienvenida a 2003. Porque, por encima de las esperanzas siempre inciertas de un final próximo de la trama terrorista, se impone el temor a que la extenuante confrontación política que viene soportando el País Vasco se extienda irremisiblemente a una sociedad cuya división colmaría los objetivos que ETA persigue atentado tras atentado.

El cuchillo y la aguja
ALBERTO NÚÑEZ ORTIZ JOSÉ IBARROLA/PROFESOR DE TEOLOGÍA DE LA UNIVERSIDAD DE DEUSTO El Correo 2 Enero 2003

Es difícil olvidar, aunque hace años que haya desaparecido de nuestras ciudades, aquella peculiar melodía que ascendía sosegadamente desde lo profundo de la calle, distinta entre el bullicio del tráfico, volviéndose luego cascada de notas con un brusco -y a la vez dulce- final. Inconfundible. Era una música arcaica, pastoril, que provenía de la siringa o flauta de Pan, llamada así en honor de la flauta de cañas que hacía sonar el mítico Pan, el dios griego de pastores y rebaños. Nuestra siringa callejera, en cambio, era tañida por el afilador motorizado para anunciar sus servicios. Bien necesarios, por cierto, porque en todas las cocinas hay algo que cortar, y para cortar se necesita un cuchillo que esté decentemente afilado. Ahora bien, ¿qué ocurriría si el afilador, para asegurarse de que no queda ninguna mella, se obstinase en apretar obsesivamente el cuchillo contra la piedra giratoria? Pues que la hoja del mismo terminaría por desgastarse tanto que dejaría de ser hoja para convertirse en aguja. Y es sabido que las agujas no cortan; sólo pinchan.

Me alegro mucho de que la Conferencia Episcopal Española (CEE) haya sabido evitar ese error a la hora de redactar el documento titulado 'Valoración moral del terrorismo en España, de sus causas y de sus consecuencias'. Es probable que ello le haya costado la pérdida de la unanimidad, pero también ha ganado en profundidad. Porque eran necesarios un pensamiento claro y un lenguaje directo (algunos lo llamarán parcial, pero ¿cuál no lo es si quiere ser concreto?) para cortar, abrir y discernir -distinguir una cosa de otra, según el diccionario- las causas y las consecuencias del terrorismo, desde la perspectiva cristiana. No servían ya las tímidas agujas de otro tiempo, incapaces de traspasar la dura epidermis del problema. Para afirmar que matar es malo y que se pueden defender las propias ideas sin asesinar al contrario, etcétera, sobran instrucciones pastorales: basta el sentido común. De hecho, nadie en este país -excepto los propios terroristas, como es obvio- discreparía en principio de tal juicio. De ahí que las mayores críticas que ha recibido el documento no hayan sido dirigidas a los cuatro primeros apartados del texto, donde se hace la valoración moral del terrorismo calificándolo netamente como una realidad perversa en sí misma, que no admite justificación alguna apelando a otros males sociales, reales o supuestos. El más controvertido ha sido el apartado quinto, titulado 'El nacionalismo totalitario, matriz del terrorismo de ETA'.

De hecho, es la justificación sutil o indirecta del terrorismo convertida en cultura política, en coartada constante, en ideología omnipresente, la que está impidiendo en nuestra sociedad vasca cualquier aproximación racional y cívica al problema de la violencia. El terrorismo, gracias al nacionalismo totalitario que lo nutre y a la complicidad deliberada o miedosa de tantos vascos, además de constituir un grave problema de orden público, se ha convertido en una enfermedad moral. ¿Podía la Iglesia Católica seguir callada ante una sociedad enferma o, a lo más, dándole en la espalda unas palmaditas de conmiseración? La CEE ha asumido el riesgo de manifestarse, persuadida de su responsabilidad y aportando lo mejor que la Iglesia tiene para combatir tal lacra, pues, como dice el documento, corresponde a la Iglesia sanar las enfermedades morales que provoca el fenómeno terrorista. Y aquí ya no quedaba más remedio que usar el bisturí bien afilado. Para un diagnóstico más preciso y para una cura más radical. El documento -no lo olvidemos- está destinado primeramente a los creyentes, a los miembros de la Iglesia, la madurez de cuya fe se ha de manifestar en la capacidad de realizar un discernimiento moral acertado de situaciones tan graves como el terrorismo.

André Malraux escribió que «no se hace política con la moral, pero tampoco sin ella». De la lectura atenta de esta instrucción pastoral podemos concluir que los obispos españoles no han pretendido de ninguna manera hacer política con la moral católica, intentando desprestigiar al nacionalismo democrático, sumándose al 'neonacionalismo español', cediendo a las presiones del Gobierno, etcétera. Resulta simplemente repugnante la acusación de manipulación culpable de la moral que algunos han lanzado, con menos pruebas que vergüenza, a la intención de la Conferencia Episcopal. Pero lo que uno siente más no es el exabrupto demagógico del político de profesión, sino el victimismo del cristiano nacionalista que se considera afrentado por los obispos españoles. Cuando la instrucción, siguiendo fielmente el Magisterio de la Iglesia, condena como inmoral, idolátrico e incompatible con la fe cristiana sólo el nacionalismo totalitario, ¿es posible que tantos eclesiásticos se hayan dado por aludidos? ¿Se identifican acaso con el tipo de nacionalismo definido en el documento como proyecto político excluyente, incapaz de reconocer y proteger los derechos de los ciudadanos, una ideología que absolutiza sus propios objetivos? ¿Consideran quizá que su opción política nacionalista, o su voluntad de independencia, es una idolatría de la propia nación, un 'culto', o sea, una religión de sustitución que pone a la nación en lugar de Dios y por encima del hombre concreto e incluso por encima del bien común?

Me pregunto también a quién puede ofender el que la Instrucción pastoral haga referencia a la Constitución como marco jurídico ineludible de referencia para la convivencia. Al fin y al cabo ella habla de un país concreto, que es el suyo y el nuestro: una comunidad de ciudadanos regidos por una Constitución que garantiza sus derechos y ampara el autogobierno de los vascos a través del Estatuto, libremente aprobado por la mayoría. El país al que se refieren los obispos, España (¿serán políticamente incorrectos por haber nombrado a la bicha?) no es un vaporoso fantasma sumido en el anonimato y la anomía: es un Estado democrático de derecho que ocupa un puesto respetable en la comunidad mundial de naciones.

Sinceramente, no puedo entender que haya todavía en Euskadi eclesiásticos de carrera que consideren «improcedente» reconocer esta verdad histórica. Sin la verdad no será posible la paz, nos advierte la Instrucción pastoral. Estos días, hemos oído y leído descalificaciones de la instrucción por parte de relevantes personajes del clero vasco que acusaban a los obispos de «sacralizar» la Constitución, en un claro ejercicio de falsificación incompatible con una mínima honestidad intelectual. Pero es posible que la acusación de «juicios precipitados y parciales» que le hacen al documento acabe volviéndose contra quienes defendieron a capa y espada la oportunidad de una carta pastoral de los obispos de la CAV (29-V-2002) que salió a la luz con mal disimulada precipitación y cuyo procedimiento de elaboración fue harto deficiente. Porque pasados ya seis meses de su publicación y de su agorera profecía acerca de la Ley de Partidos, la realidad se ha encargado de disipar las nieblas que envolvían a aquellas «consecuencias sombrías» que se preveían como «sólidamente probables"... ¿Podría alguien señalarme dónde están?

'Filibusterría'
José A. López/Bilbao Cartas al Director El Correo 2 Enero 2003

«No ha dormido en casa».Y la maquinaria pirata se puso en marcha. Lo que importaba era el botín, y éste se consiguió. Aquí, en 'Filibusterría', importan más los fines que los medios: árboles y nueces. Por seguridad, tal vez, no puede dormir dos noches seguidas en el mismo sitio. Y claro, llegó tarde. Ellos, los vencedores, que no necesitan escoltas, que pasean con sus hijos sin sobresaltos, que lloriquean asesinatos ajenos, celebraron con aspavientos y cucamonas el triunfo. Poco les importa que toda la oposición democrática lleve escolta, que la política sea un riesgo para miles de ciudadanos vascos, que asesinados, lisiados y atemorizados sean una realidad diaria en esta tierra de filibusteros. Prietas las filas, con trampas y a lo loco, continuarán como si nada ocurriera. Mientras, nosotros continuaremos enterrando a inocentes, o marchándonos a Madrid, por ejemplo.

Olentzero y Reyes Magos
Carmen GURRUCHAGA La Razón 2 Enero 2003

En la cultura vasca, el Olentzero es el equivalente a los Reyes Magos en el resto de España o de Santa Claus o Papá Noel en el mundo nórdico o anglosajón. Era un hombre no precisamente santo, porque iba de borrachín, pero extraordinariamente cálido y simpático, que hacía carbón en los montes de Navarra y supo del nacimiento de Jesús por un fenómeno metapsíquico. Corrió ladera abajo para expandir la noticia y desde entonces es el encargado de recoger las peticiones de regalos y buenos deseos para el año que comienza.

El Olentzero, a buen seguro, recibió a final de 2001, como por desgracia desde hace muchos años, fervientes deseos de la inmensa mayoría de los vascos, nacionalistas o no, de que en 2002 terminara el terrorismo. El buen hombre no ha podido complacer ese anhelo, aunque ha ayudado con empeño. La colaboración de las Fuerzas de Seguridad del Estado y la Ertzaintza ha estado más compenetrada que nunca y la ofensiva exterior ha realizado acometidas contundentes en Francia y los refugios hispanoamericanos. Los cobijos tranquilos, o incluso dorados para el crimen, se agotan. Los asesinatos de los terroristas han descendido a la cota de hace 27 años: cinco frente a 15 en 2001. La kale borroka pierde pulso a intervalos descendentes, llamativos, por la aplicación rigurosa de la nueva Ley del Menor. La energía judicial ha crecido con potencia: las detenciones y procesamientos desalientan, las comunicaciones son intervenidas con mejores tecnologías y los enlaces se achican y se dificultan. La instrucción de potenciales asesinos se ha trasladado de los campos a los sótanos o se ha recluido en viviendas acolchadas con notable merma de la calidad de la enseñanza y, por tanto, de la efectividad exterminadora.

En la sociedad vasca, como en el resto de España, abunda el mestizaje. El Olentzero, más propio de los nacionalistas, cohabita con los Reyes Magos, a los que son proclives los constitucionalistas. Dicho sea generalizando. De todos modos, este año, los símbolos de la generosidad navideña también han recibido el deseo ansioso y devoto de la paz. Pero no basta con rezar. Nuevas energías del Estado de Derecho van a converger en este 2003 para crecer en la consumación de ese objetivo por la conquista de las libertades liberalizadoras. La legislación respecto a partidos políticos, la severidad implacable de la normativa penal, la progresión del aislamiento planetario y, en definitiva, el perfeccionamiento de los sistemas policiales y jurídicos, alientan la esperanza. Desgraciadamente, quedarán rescoldos y, posiblemente, algún chispazo que encienda la hoguera de la muerte. Pero definitivamente estamos en el buen camino. Que el carbonero, el abuelo del trineo o el triunvirato encamellado hagan buenos nuestros deseos para el año que empieza. Aunque sean intermediarios. Así, que también Dios nos ayude.

Debate sobre los cuarenta
Miguel Ángel RODRÍGUEZ La Razón 2 Enero 2003

Mientras que el PSOE está intentando conciliar su labor de oposición con el diálogo necesario en materia antiterrorista, sus hooligans están empeñados en marcar la línea contraria y quieren que el árbitro pite penalti porque el portero coge el balón con la mano en su área.

Preguntan «¿y por qué 40 años y no 50 ó 60?» y quieren embarcarnos en ese debate para ver si así se estropea el consenso. Oiga, según su teoría de la disuasión, ¿y por qué 30 y no 25 ó 20?

Aznar prometió que los terroristas cumplirían íntegramente sus condenas y, ahora, además, propone que la pena máxima para delitos graves (ejemplo: el grupo que secuestra a una familia y los van matando y violando hasta que termina la noche y consigue el dinero que pretendía) pase de 30 a 40 años.

Aznar y su Gobierno están demostrando que el Estado de Derecho sabe defenderse de la brutalidad. Y, salvo el PNV e IU, no hay ciudadano que no aplauda la medida.

Sobre todo cuando se comprueba que matar en España es bastante barato. A un tipo le condenan a ciento y pico años y llega Ruth y le suelta por buen comportamiento, sin preguntar si su salida a la calle va a ser para reintegrarse a la sociedad o para volver a Eta.

Claro que nuestro sistema está pensado para que los delincuentes se reinserten, pero será conveniente que dejemos de mirar para otro lado: si su reinserción consiste en volver a matar, además de arreglar el sistema penitenciario tendremos que pensar en cambiar nuestras leyes.

Y éste no es un debate de hooligans que dicen «propón cualquier cosa, que me opongo porque me haces vender Localia », sino la necesidad de una sociedad que vive cada día más temerosa de la delincuencia y del terrorismo.

Queman el coche de los escoltas de un concejal del PSE en Andoain
La casa y el automóvil particular del edil, Estanislao Amutxastegi, también han sido objeto de sabotajes en los últimos cuatro años
BILBAO EL CORREO 2 Enero 2003

Un grupo de desconocidos incendió durante la tarde del día de fin de año el coche utilizado por los escoltas del concejal socialista en Andoain Estanislao Amutxastegi. Los hechos ocurrieron poco después de las 19.00 horas en las cercanías del domicilio del edil, donde los guardaespaldas habían aparcado el automóvil mientras acompañaban a Amutxastegi a visitar a algunos amigos.

Los autores del sabotaje colocaron un artefacto explosivo -compuesto, al parecer, por un cohete y un recipiente con gasolina- en la parte delantera del vehículo y lo deflagraron, causando un incendio que calcinó el coche. La propia esposa del concejal informó a éste del ataque después de escuchar la explosión.

El edil socialista ha sufrido ya, con éste, tres atentados directos de características similares . Hace cuatro años, grupos de radicales quemaron su coche particular y el balcón de su casa mediante el lanzamiento de 'cócteles molotov'. Más tarde, el vehículo de la hija mayor del concejal resultó calcinado en un sabotaje, así como el de un vecino de la familia al que los atacantes confundieron con el automóvil de Amutxastegi.

Tras la última acción, el concejal recibió el apoyo de varios vecinos de la localidad guipuzcoana gobernada por Batasuna; entre ellos, el del edil del PNV Mikel Arregi, a quien hace varios meses destruyeron también su coche. Amutxastegi declaró a 'Europa Press' que continuará su actividad política y criticó la, a su juicio, ineficacia de la Ertzaintza, que lleva ocho años en el municipio y «todavía no ha pillado a nadie». «Este pueblo parece otra galaxia y una ciudad sin ley», subrayó.

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