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Recortes de Prensa     Miércoles 15 Enero  2003
París evita la trampa nacionalista
Editorial La Razón 15 Enero 2003

Una nación
David Gistau La Razón 15 Enero 2003

Política para la juventud vasca
Pablo Mosquera Mata La Razón 15 Enero 2003

Ante todo personas
Miguel IBABE BOTELLA La Razón 15 Enero 2003

Galicia, crisis total
Editorial ABC 15 Enero 2003

Cerrados en banda
TONIA ETXARRI/ El Correo 15 Enero 2003

El Ejecutivo galo rechaza rotundamente crear un departamento vasco en Francia
J. Rodríguez - París.- La Razón 15 Enero 2003

Peligro de antipatías entre españoles
ALFONSO DE LA SERNA ABC 15 Enero 2003
 

París evita la trampa nacionalista
Editorial La Razón 15 Enero 2003

El primer ministro francés, Jean Pierre Raffarin, ha descartado la creación de un departamento (región administrativa propia) del País Vasco, y pone freno a una reivindicación nacionalista que, también al otro lado de los Pirineos, pretende crear una situación similar a la española.

La postura del Gobierno de centro derecha de París es, por el momento, tajante y acaba con expectativas creadas por anteriores Gobiernos de izquierda. Su decisión supone, además, un jarro de agua fría para el nacionalismo vasco, para quien ese departamento supondría un gran paso en el camino hacia la creación de un hipotético estado independiente que incluiría al frustrado departamento galo junto al País Vasco y Navarra.

La realidad francesa, al igual que la de tantos países, guarda detrás de la unidad de la República viejas diferencias territoriales, identificables a poco que se escarbe en la historia. El caso de Córcega es el más conocido, pues posee el grupo terrorista más activo, pero no el único: Bretaña, cuyo movimiento nacionalista ha colaborado activamente con ETA, también cuenta con grupos que aspiran a la independencia. Por eso, consentir un departamento separado del Béarn sería abrir la puerta al éxito de un PNV galo y exponerse a una serie de reivindicaciones en cadena que acabarían por desmembrar la nación gala.

Para muchos franceses, el ejemplo español es toda una lección de lo que no se debe hacer y de ahí el rechazo oficial de Raffarin que, sin embargo, está dispuesto a «promover la cultura y la lengua autóctonas» en el marco de los planes de «descentralización».

Seguro que hoy muchos de quienes apoyaron en su día a los asesinos etarras como si fuesen refugiados políticos vascos, consideran que lo que era bueno para los españoles, la división interna, no lo es tanto cuando la semilla amenaza con crecer en el sagrado suelo de la República Francesa.

Una nación
David Gistau La Razón 15 Enero 2003

Una definición benigna de nación, que no de nacionalismo: lugar en el que las marcas fronterizas no fabrican compartimentos estancos y en el que la solidaridad se da de forma espontánea cuando a cualquiera de las parcelas geográficas la sacude una tragedia. Según esto, la putada del «Prestige» y sus interminables réplicas políticas siguen constituyendo una suerte de test ante el cual España, esa eterna inminencia de desintegración, esa abundancia del enemigo interior incansable en su trabajo de termita, se examina como nación.

En la solidaridad espontánea de los voluntarios, procedentes de todas las parcelas geográficas del país, cristaliza una certeza de nación que proviene del ámbito sentimental y es por tanto superior, y más sólida, que cualquier concepto político. Nada, ni siquiera el terrorismo o la Selección jugando un Mundial o la simbología articulada del Rey, ha logrado en las últimas décadas vertebrar tanto España como el «Prestige», lección popular ante la cual ha de avergonzarse el cainismo conspirador de la infame casta política.

Por contra, en la manipulación del vertido por el nacionalismo gallego, en la pretensión del druida Beiras y su corte de bufones ilustrados (Rivas, mayormente) de encontrar en el «Prestige» un mito fundacional que patrocine un desgarro, en todo eso se hace evidente la amenaza que para la nación constituyen los nacionalismos periféricos, que no aspiran sino a fabricar compartimentos estancos en los que poder perecer, aferrados todos al tótem tribal, de asfixia y endogamia. Lo más sangrante es la certeza de que la propia España sembró la semilla de su destrucción cuando, después del franquismo, vinculada su identidad a un estigma de culpabilidad en el que todavía ahonda la intelectualidad periférica, creó un estado de las autonomías que no era sino el esqueleto, el embrión de Ex-paña: un mapa de compartimentos estancos molestos por la casualidad geográfica. Llegará el día en que nadie acuda, cuando a alguien le sacuda una tragedia.

Política para la juventud vasca
Pablo Mosquera Mata fue presidente de Unidad Alavesa La Razón 15 Enero 2003

No es lo mismo preocuparse que ocuparse.
Los constitucionalistas están muy preocupados por las noticias que protagonizan los jóvenes vascos.
Los nacionalistas vascos llevan años ocupándose para que «sus jóvenes» sean la vanguardia del método abertzale que tienen como objetivo una Euskadi independiente.

En el terreno de la Administración Pública, Diputaciones Forales, ayuntamientos y Gobierno vasco, disponen de estructuras que aplican políticas juveniles.

Pero lo que cuentan son los resultados: los jóvenes vascos son la cantera de la revolución, la sabia de otra sociedad fuera de España, la diana del fundamentalismo en todas sus expresiones.

En 1999, en la Álava del cambio, PP-UA creó la cartera dedicada a la Juventud y el Deporte.
Tres años tardaron los nacionalistas en reaccionar. Una vez aprobado el Plan Juvenil de Euskadi en Sede Parlamentaria, las juventudes «alegres y combativas» del nacionalismo, han iniciado el acoso y derribo contra la política juvenil del Gobierno Foral de Álava.

Pero, veamos en qué hemos pecado ante al curia seguidora de un tal Arana.
La política juvenil del PNV en Álava tenía muchos parecidos con la OJE. Subvenciones a organizaciones juveniles que se dedicaban a entretener, organizar marchas y campamentos y vivir culturalmente aislados.

El cambio de Álava se traslada a la juventud desde un Instituto Foral (dirigido por un ex-comunista) que opta por convenios con comunidades escolares de Álava, y así conjuga a los alumnos, profesores y padres, en una política de apertura a la Hispanidad.

En tres años, mediante contratos que obligan a las partes a cumplir objetivos, se hace mestizaje en torno a la literatura, las artes plásticas, el camino de Santiago, el patrimonio histórico, religioso y ecológico, sin complejos, sin sentimientos de culpabilidad, comprometidos contra el racismo y la intolerancia.
Se han beneficiado más de 20.000 jóvenes.

Pero una de las claves de tal política juvenil está en el mundo universitario.
Los universitarios alaveses que constituyen «Altube» estaban hartos del «Campus del autobús», alternativa nacional para evitar una Universidad Alavesa, librepensadora, que impregne a la sociedad vitoriana para que sea la cantera de los nuevos dirigentes en el tercer milenio.

En la Universidad vasca, hay que seguir haciendo Construcción Nacional. De ahí ese espíritu «entre abertzale y gudari» que caracteriza el ambiente de Lejona y San Sebastián y que muy pronto se completa con la Universidad privada de Mondragón.

Nosotros, los constitucionalistas, hemos querido que la Asociación Universitaria Alavesa «Altube», fuera la simiente de un mundo universitario, abierto a las viejas Universidades de Salamanca, Comillas, Navarra, Santiago o Madrid y que en ella, reine la bohemia, la alegría, la música o la moda; siempre antes que el olor a gasolina o a dinamita.

Por cierto, el mayor pecado que cometimos y mereció una moción de censura fue cuando pretendimos poner a disposición de los universitarios alaveses, las instalaciones deportivas infrautilizadas de los jóvenes militares de la base de Araca. No era políticamente correcto hacer convenios con el Ejército.

Pero estamos orgullosos de lo emprendido. Hemos querido cambiar el mundo, nos hemos atrevido a ocuparnos de la juventud más allá del adoctrinamiento pro-lucha contra la disidencia política al nacionalismo.
Estamos hartos de la descapitalización juvenil que, obliga a la emigración juvenil, al pasotismo o hacer cantera de terroristas.

El País Vasco necesita de otra generación de dirigentes que, necesariamente, tienen que hacerse ciudadanos desde los patios del colegio.

Sólo así, enseñando y formando en el territorio de la ciudadanía universal, la verdad, la ética, la tolerancia, la paz, podremos vencer al fundamentalismo que sufre la Comunidad del País Vasco.

Ante todo personas
Miguel IBABE BOTELLA La Razón 15 Enero 2003

Español o vasco? ¿Constitucionalista o nacionalista? ¿Moderado o radical? ¿Realista o independentista? ¿Libre u oprimido? ¿Con escolta o sin escolta? ¿Católico o agnóstico? ¿Castellanoparlante o vascoparlante? ¿Bandera española o ikurriña? ¿FSE o Policía Autónoma? ¿Moncloa o Ajuria Enea? ¿Presidente o lehendakari? ¿Español o vasco? ¿...? Ante todo persona.

Los ciudadanos vascos, aun no siendo nacionalistas ni compartiendo los criterios de nuestro (mejor vuestro) lehendakari, tenemos los mismos derechos a vivir en un marco de paz, calma, sosiego y paz. La libertad en esta tierra pasa por comprender que todos somos personas y que no tenemos que pensar lo mismo, pasa por el respeto en la convivencia, pasa por la comprensión, pasa por ver que hay distintos puntos de vista ante las mismas situaciones y que no lo que se opine desde el mundo nacionalista es lo mejor para una tierra que gracias a la gentileza de personas como Arzallus está yendo a la ruina.

¿Qué pasa con nuestra industria? ¿Nuestro comercio? ¿Donde están los emprendedores empresarios vascos? ¿Donde está el principio más básico que es el derecho a la vida? ¿Y la libre expresión? ¿Cómo vais a construir un País Vasco libre e independiente sin tejido empresarial? ¿Son pretensiones realistas o pretensiones dignas de acudir a un buen psiquiatra? ...

Hablando la semana pasada con un conocido empresario, de origen vasco, me decía que con políticas como las llevadas a cabo por el señor Ibarreche lo único que se está logrando es ir apagando esa vela que hace años impulsó la economía de esta tierra y que, hoy por hoy, no es capaz ni de impulsar la economía de un perdido caserío.
¿Donde está la industria de Bilbao? ¿Hemos convertido la capital del tejido industrial en capital turística? Sólo hay que ver el Guggenheim, Euskalduna, Metro ligero... y demás estupideces con las que el PNV intenta contentar a los ciudadanos de una tierra que, con miedo y sin expresar sus preocupaciones, están cada día más hasta el gorro de una serie de políticas dirigidas a los nacionalistas.

Empezaba al principio con una serie de preguntas en cadena, con una conclusión final: aun no siendo nacionalista, ni independentista, ni radical, ni... siendo vasco y español, constitucionalista y realista, y queriendo a esta tierra como lo más grande que podemos tener y por la que hay que luchar, merecemos por parte del mundo nacionalista la conclusión de una palabra conocida por todos: respeto. Respeto a otras opiniones y esperanzas, respeto a otra forma de ver las cosas, porque los únicos oprimidos en esta tierra somos los que no pensamos en nacionalista, somos los que vemos más allá de las fronteras que quereis marcar, somos los que no estamos obcecados con unas ideas que están muertas y caducas.

Antes que español o vasco, nacionalista o no, radical o moderado somos personas. Y este ser personas parece que no está contemplado por las políticas fundamentalistas del PNV. Personas que merecemos un respeto y que respetamos.

Las cosas no siempre son blancas o negras aunque a algunos les apasione la idea esta y pretendan vendernos la burra de esa manera.

En la línea que llevamos sólo nos queda unirnos más para luchar contra una lacra que es más pegajosa que el fuel del «Prestige»: el nacionalismo vasco. Unirnos para lograr que nuestros ayuntamientos, en las próximas elecciones, estén gobernados por ciudadanos vascos que busquen nuestro progreso y bienestar y una convivencia pacífica en una sociedad marcada, hoy por hoy, por un clima de crispación irrespirable.

Galicia, crisis total
Editorial ABC 15 Enero 2003

AUNQUE de diverso grosor, la crisis del «Prestige» está provocando fracturas en todos los partidos de Galicia, cuya ciudadanía asiste incrédula al espectáculo que están dando sus políticos desde que el petrolero comenzase a hundirse y a desparramar toneladas de fuel sobre el litoral. Ése era el problema original, de lo que debería haberse hablado desde hace dos meses y donde se tuvieron que concentrar los esfuerzos hasta que terminase el peligro y se atajase la «marea negra». Las estrategias equivocadas de unos y otros desplazan la noticia hacia el chapapote político en el que todos se han enfrascado.

En poco más de 24 horas se han sucedido tres episodios que vienen a radiografiar la desconcertante andadura de PP, BNG y PSOE. Repasemos: Fraga prepara una remodelación de su Gobierno, aunque su alcance real aún no es conocido. Su calado servirá para medir el deterioro que el desastre ha obrado en su Ejecutivo. Hasta saberlo, es perentorio señalar que la gestión de la catástrofe ha hollado en la imagen y consistencia del Gobierno gallego, cuya falta de coordinación con el Ejecutivo central contribuyó a ralentizar la reacción de la Administración. Esa falta de trabazón alcanzó su cenit cuando el PP gallego aceptó algunas de las comparecencias en la Comisión de Investigación creada en Santiago y que obviaban el hecho de que los Parlamentos autonómicos no están habilitados para investigar al Ejecutivo central. Fue un error prestarse a ello. Las intenciones de BNG y PSOE estaban más cerca, como se ha visto, del «numerito» que de aportar luz sobre lo ocurrido. El PP gallego picó y ahora se ha quedado solo escuchando a los comparecientes.

Notable alboroto está causando el enfrentamiento que mantiene el socialista Francisco Vázquez con la dirección de su partido, alineada entusiásticamente con la plataforma «Nunca Máis», dominada por «radicales e independentistas, que buscan su provecho», según el alcalde coruñés. La discrepancia proyecta una nueva sombra sobre el control real (¿descontrol?) que Zapatero tiene de la doctrina oficial de su partido. Las desavenencias también han alcanzado al BNG después de que su líder, Xosé Manuel Beiras, se haya mostrado crítico con el abandono de la Comisión por parte de su Grupo. Paralelamente, las denuncias sobre el control que ejerce el Bloque en la estrategia de «Nunca Máis» superan el ámbito de la sospecha para adentrarse en el de la certidumbre de los fines políticos de la plataforma.

Y mientras tanto, y ante tan «edificante» comportamiento, los voluntarios y el Ejército siguen limpiando las playas heridas del noroeste, quizás sin comprender cómo la marea ha podido llegar tierra adentro, desvirtuando el problema y poniendo en tela de juicio la consistencia de tan débil tejido político.

Cerrados en banda
TONIA ETXARRI/ El Correo 15 Enero 2003

Que los grupos que sostienen al Gobierno vasco no dan credibilidad al juez Garzón (al 'prevaricador' que, por cierto, no denunciaron; al que provocaba un conflicto de jurisdición, pero no llegaron a llevar a los tribunales) es un hecho reiteradamente demostrado en el Parlamento que preside Atutxa. Pero no es normal en un Estado democrático que, a cada requerimiento del juez, una institución como la Cámara autonómica se haga la remolona. A veces tan sólo se trata de ganar tiempo, como se evidenció tras las denuncias 'desinfladas' contra el 'juez prevaricador'. En otras ocasiones, sin embargo, han ganado algo más que tiempo. Porque si Batasuna sigue existiendo como grupo parlamentario, aunque con otro nombre, es por obra y gracia de los nacionalistas y de IU, por mucho que Otegi les pidiera, de forma teatral, que no les defendieran.

El caso es que, gracias a la cerrazón de los nacionalistas (lo de Balza es otra historia) Batasuna se va beneficiando de los pequeños márgenes que permite la ley porque desde el Gobierno vasco (no hay que olvidar que Arzalluz denominó a los planes de suspensión de Batasuna un «Estado de excepción encubierto») sigue predominando el pánico escénico a colaborar, de forma voluntaria, con este juez que tan buen predicamento tuvo cuando persiguió al dictador Pinochet. Y en ésas anda el juego.

Y si en la jerga parlamentaria se suele decir que cada vez que los políticos no quieren que se resuelva un conflicto ponen en marcha una comisión (no es el caso del 'Prestige', en donde urge la creación de este tipo de iniciativas), de la misma forma Atutxa se va ganando la leyenda de que cada vez que la Justicia pone al Parlamento entre Batasuna y la pared recurre a los expertos jurídicos. ¡Marchando otro informe! Garzón ha solicitado las intervenciones parlamentarias de los oradores de Batasuna. Y los grupos que sostienen el Ejecutivo de Ibarretxe vuelven a deshojar la margarita. Sobre todo porque, después de que hubieran decidido en la Mesa, por unanimidad, cumplir con el mandato del juez y enviarle toda la documentación necesaria Batasuna protestó por entender que la solicitud del juez vulnera la autonomía parlamentaria. ¡Qué apuro! ¡Que hablen de nuevo los juristas! ¿Servirá para algo?, se preguntan, incrédulos, desde la oposición, que dicen que desde el Gobierno vasco se predica mucho 'ETA kanpora', pero a Garzón ni agua.

La pregunta tiene su miga porque, en septiembre, un documento similar lanzó dos ideas fundamentales: que el juez había invadido competencias de la Cámara, pero que el Parlamento «está obligado» a cumplir las sentencias y las resoluciones firmes. El Gobierno vasco se aferró a la primera parte, pero no hizo caso de la segunda. Y en este plan hasta las elecciones. Por lo menos.

El Ejecutivo galo rechaza rotundamente crear un departamento vasco en Francia
J. Rodríguez - París.- La Razón 15 Enero 2003

El Gobierno francés ha respondido con un «no» rotundo a la posibilidad de crear un departamento vasco francés. En la actualidad, las tres provincias vascas galas están integradas en el departamento de Pirineos Atlánticos del que forma también parte la zona del Béarn. El primer ministro francés, Jean-Pierre Raffarin, comunicó sin ambages el pasado lunes a los cargos electos de Pirineos Atlánticos que seguirá siendo también así en el futuro, ya que el Ejecutivo no tiene intención alguna de aprovechar la ley sobre la descentralización para modificar ni el número ni la composición de los departamentos en los que está dividida la Francia continental.

El máximo compromiso obtenido del primer ministro por los diputados y senadores con los que se reunió fue el de crear grupos de trabajo, «pilotados por el ministro del Interior», para aportar «soluciones concretas a las aspiraciones legítimas y pacíficas» de ese territorio, sobre todo en el terreno cultural y lingüístico. Esas soluciones están centradas básicamente en la búsqueda de una salida al problema de la financiación de la enseñanza de la lengua vasca después de que el Consejo de Estado considerara improcedente el pasado noviembre que el Estado o las colectividades locales financiaran la enseñanza de las lenguas regionales por la vía de incluirlas bajo el paraguas de la enseñanza pública. No obstante, Raffarin se esforzó en precisar que también se prestará «una atención particular» a los proyectos y realizaciones que interesen a la parte bearnesa del departamento. El principal argumento manejado por el primer ministro fue el de que con la futura ley de descentralización, el Gobierno no se plantea fragmentar la actual división territorial gala y crear nuevos departamentos, sino que, por el contrario, la idea básica es la de favorecer la reagrupación de las regiones y de las colectividades locales.

Peligro de antipatías entre españoles
Por ALFONSO DE LA SERNA ABC 15 Enero 2003

NACIONALISMO: palabra cargada de significados, o por lo menos de definiciones, de percepciones propias o ajenas; palabra elusiva, llena hoy de actualidad en España, y de adjetivos que se le van aplicando según las evoluciones naturales o artificiosas del concepto: nacionalismo legítimo, moderado, democrático, respetuoso de leyes, estatutos y constituciones; nacionalismo centralista, centrípeto y constitucionalista; nacionalismo rupturista, soberanista, radical, totalitario, obligatorio, excluyente, «mitológico», «etnicista», separatista, violento; en fin... Sobre ésta que parece ilimitada multitud de nacionalismos están hablando o escribiendo en nuestro país, desde hace tiempo, filósofos, historiadores, juristas, politólogos, profesores e intelectuales varios, periodistas, políticos, sacerdotes y, recientemente, prelados de la Iglesia Católica.

¿Qué podría añadir uno a tanta sabiduría? Mejor haremos no penetrando en terreno del cual no conocemos bien los caminos mejores. Líbrenos Dios, pues, de meternos donde no nos llaman.

Pero, a título de simple y modesto espectador del debate, quizás podríamos, nada más, recordar una cosa bien sencilla y hasta obvia, y es que la historia, o mejor dicho, la vida es como un río que fluye sin cesar y cuyas aguas no son nunca las mismas: van mudando conforme corren, acaso para ir «a dar a la mar, que es el morir». Lo decía, melancólicamente Jorge Manrique. Cauce abajo, van encontrando a veces rocas firmes que resisten el paso fluvial, si no eternamente, al menos durante siglos; otras veces son cantos que ruedan con el agua que los va puliendo, afinando, transformando, hasta no se sabe qué forma última; y otras, en fin, el río se lleva arrastrado, desmenuzado casi en arena, el resto de su carga sólida hasta la desembocadura postrera; y de todo aquello sólo quedará el recuerdo. Pues así, pensamos, podría suceder -o ha sucedido ya, en el pasado más o menos lejano- también a los pueblos, las naciones, los reinos, los imperios, los estados, las instituciones, los organismos, ideas y proyectos políticos. La vida los irá respetando, o puliendo, cambiando o arrastrando. Según...

¿Vale esta literaria, metafórica comparación? Es todo cuanto uno puede decir sin temor a errar. Dejemos, pues, el nacionalismo y su verdadera esencia a los que mucho saben de él, y vayamos a otra inquietud que nos suscitan ciertas posibles consecuencias de ese concepto político de hoy, tan diverso y cambiante. (No hablamos aquí del terrorismo: es sólo demencia, muerte, dolor, destrucción; no nos caben más que la condena del terror y la fraternidad con sus víctimas).

Y es que podría suceder, tal vez, que el problema del nacionalismo esté provocando en el ánimo de muchos españoles no nacionalistas una alta tensión de resistencia al fenómeno. Ello es bien comprensible en tanto y en cuanto el nacionalismo abre una «caja de Pandora» de la cual puede salir, nada menos que el peligro de una fragmentación de España: algo con lo que no se contaba realmente aunque ese nacionalismo tenga ya años de existencia. Y entonces, mezclándose el repudio al riesgo de esa fragmentación -que sería siempre una desgracia general- con la irritación y hasta el hartazgo, acaso conduzca a algunos, o a muchos españoles vehementes y extremosos, a otra cosa que sería también una desgracia: la simplificación y la generalización de su rechazo, condenando a enteras comunidades regionales de España, como si fueran entes homogéneos, unánimes, y de ellas vinieran solamente los males que nos duelen y no los bienes de que todos participamos; tentación de olvidar que esas partes legítimas de España constituyen hoy sociedades plurales en las que conviven nacionalistas y no nacionalistas, gentes de varias sangres, lenguas, creencias e ideas políticas; sociedades en las que se imbrican, en un tejido cada vez más denso -«como las tejas de un tejado», «como las escamas de los peces», según define la Real Academia Española el vocablo «imbricar»-, sentimientos e intereses individuales y colectivos comunes a todas las regiones de España; un tejido que sería un disparate que se fuese a desgarrar, olvidando toda una larga solidaridad de siglos. Pero sería también una desdicha que, en respuesta a la, para mí incomprensible, tentación separadora de ciertos nacionalismos que se quieren desentender de un país en el que estamos integrados, por lo menos desde hace quinientos años, haya otros españoles que, a su vez, puedan un día desentenderse -lo que sería una forma de separación- de la realidad histórica y vayan perdiendo la simpatía, el interés y el gusto de convivir con regiones de España con las que, por encima de diferencias y de crisis, hemos compartido una vida común que ha aportado bienes a unos y otros. ¿O no?

En suma, que frente a la «empatía», o participación afectiva, que debiera unirnos y a la que la naturaleza de las cosas parece conducirnos, surjan las «antipatías» y nos agriemos, nos distanciemos, desorientados por las voces de sirenas que suenen en la alta mar de la historia por la que tan largamente hemos navegado juntos y debiéramos seguir navegando, sobre todo si queremos responder a los desafíos del mundo actual.

No me inspira aquí ningún «nacionalismo español y centripetista», ni siquiera un correcto y loable «constitucionalismo»; y menos aún cualquier «patrioterismo». Me inspira algo más: la convicción de pertenecer, sin el menor complejo, a esa «cosa» real que se llama España, y que no sé si apareció, ya hace miles de años, con la «Hispania» romana, o luego con la visigótica, o con los Reyes Católicos en 1492, o en el tiempo de Carlos III, o con la Constitución de Cádiz, en 1812. No sé si llamarla «nación de naciones», o qué otro nombre. Sé que es una sociedad política histórica real, libre, antigua y moderna, plural, mestiza -como mestizos somos ya casi todos- y con «hechos diferenciales» evidentes, e historias diversas, cierto es, pero sociedad ya muy trabada a lo largo de los tiempos; identificada e identificable, pese a sus conflictos internos, a través de un extendido pasado, se la vea como se la vea -desde dentro o desde fuera-; un país reconocible hasta por la forma física de su «aislado» territorio «pen-insular», y por su lugar en el mapa de Occidente desde la época de los geógrafos de la antigüedad clásica; un país, del que, fuera de sus fronteras, jamás he oido decir que no existiera. Un país,en fin, que ha hecho muchas cosas, buenas o malas, para la humanidad pero al que he reencontrado innumerables veces estando lejos de él, en el idioma común con otros países y en la cultura compartida también con otros, en la memoria histórica de cualquier ser civilizado y culto de este mundo, que sabe bien qué «cosa» es y ha sido España.

Para terminar, con la mayor claridad: pese a los desvaríos que me pueda encontrar en este país que describo, y aunque yo tenga también, como cualquiera, mi «rincón» propio y distinto, en donde nací y de donde vengo, no pienso renunciar, «porque pertenezco a ellas», con amor y conocimiento, a la tierra vasca inmemorial y para nada ajena a la historia común, a «la dolça Catalunya» que nos abrió el Mediterráneo -«¡Parleu-li del mar, germans!»-; y a la Galicia ilimitada, asomada al Atlántico de nuestras aventuras y desventuras; como pertenezco a esa discutida España, y además pertenezco a Europa, y soy eso que se llama «ciudadano del mundo», lleno de interés y respeto por ese vasto e injustamente desconocido mundo. No me recluyo, de ninguna manera, en mi rincón rural, ni siento antipatía por ningún pueblo, ningún país, y menos dentro de España. Por el contrario, me siento unido a cuantos han apelado a la solidaridad entre los diversos españoles, y recuerdo, en estas últimas palabras, cómo llamaba, hace un siglo, a las puertas de España, doloridamente, casi desesperadamente, pero con una «veu atronadora», en su «Oda a Espanya», un egregio poeta catalán que se titulaba, a sí mismo «hijo de España»: Joan Maragall.

¿He dicho bien?

 

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