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Recortes de Prensa     Viernes 24 Enero  2003
Atentar en Francia
Editorial La Razón 24 Enero 2003

LA TUERCA DE MAS
Carlos HERRERA ABC 24 Enero 2003

COMUNIDADES HISTÓRICAS
Jaime CAMPMANY ABC 24 Enero 2003

JIMÉNEZ DE PARGA
Alfonso USSÍA ABC 24 Enero 2003

Varas de medir
Aleix Vidal-Quadras La Razón 24 Enero 2003

La tormenta de Parga
Gregorio Robles La Razón 24 Enero 2003

Seguridad vasca
Cartas al Director ABC 24 Enero 2003

EL IDIOMA ESPAÑOL EN LOS EE.UU.
Manuel MARTÍN FERRAND ABC 24 Enero 2003

Artur, de los Paìsos
Román Cendoya La Razón 24 Enero 2003

Cara y cruz de Jiménez de Parga
Manuel Martín Ferrand La Estrella 24 Enero 2003

Ironía y política
Joaquín Marco La Razón 24 Enero 2003

Divorcio de conveniencia
T.S./J.F - Barcelona.- La Razón 24 Enero 2003
 

 

Atentar en Francia
Editorial La Razón 24 Enero 2003

No hay que dar más importancia de la que tiene al hecho de que los terroristas etarras hayan detectado una de las frecuentes operaciones encubiertas que llevan a cabo los servicios de información españoles en el sur de Francia. El mundo del espionaje tiene estas servidumbres y, afortunadamente, la oportuna detención de uno de los pistoleros más significados de la banda, Ibón Fernández Iradi, ha conjurado la amenaza. Los responsables del Centro Nacional de Inteligencia, el antiguo CESID, analizarán cuidadosamente lo ocurrido y pondrán los medios para que no vuelva a suceder un fallo de seguridad de tal calibre.

Pero la noticia que hoy publica en exclusiva nuestro periódico tiene otra lectura de más calado: cuando uno de los terroristas detecta la actividad de los agentes españoles, a los que al parecer confunde con guardias civiles, y comunica la información a los jefes de la banda, se repite la discusión interna sobre la oportunidad de llevar a cabo un atentado en territorio francés, aunque fuera contra miembros de los cuerpos de seguridad españoles. Aun reconociendo que un ataque de estas características vendría muy bien para «levantar la moral», muy quebrantada por las continuas detenciones de los terroristas, algunos responsables de los pistoleros plantean sus dudas.

Probablemente su decisión hubiera sido la de atentar contra los agentes, y en esa dirección apuntan las hipótesis que manejan los expertos antiterroristas franceses, que se apoyan en el hecho de que la banda había decidido asesinar a la juez gala Laurence Le Vert, tal y como figura en la documentación incautada al mismo cabecilla Fernández, en paradero desconocido tras su rocambolesca fuga de la Comisaría de Bayona.

El que ETA esté dispuesta a atentar en territorio francés, y nada menos que contra un miembro de la Magistratura, significa que reconocen el salto cualitativo producido en la colaboración hispano-francesa, cuya intensidad no estaría condicionada por la actitud que mantengan los terroristas en territorio galo.

No es, por supuesto, la primera vez que ETA se plantea atentar o no contra Francia en su propio territorio, donde no hay que olvidar que los etarras han recibido largos años de refugio. Es un paso que, tarde o temprano, dará la banda si tenemos en cuenta que la presión conjunta de los dos países gana en intensidad y eficacia y, además, se extiende con normalidad al resto de la Unión Europea, como demuestra la reciente detención en la ciudad alemana de Nuremberg del etarra Pablo Elkoro, encargado de comprar armamento a las mafias del este.

Los hechos demuestran que la colaboración internacional contra el terrorismo es cada vez más estrecha y sería inconcebible que pudiera ser condicionada por cualquier actuación terrorista. La presión conjunta seguirá hasta la erradicación de la plaga.

LA TUERCA DE MAS
Por Carlos HERRERA ABC 24 Enero 2003

UNA vez controlado el aparatoso incendio provocado por la sensatez histórica del profesor Jiménez de Parga, se abre un nuevo y apasionante frente flamígero despachado directamente en la ferretería que Artur Mas, el welter catalán, acaba de abrir al público. Después de que el presidente del TC dijera algo tan asombrosamente provocador como que todos los españoles tenemos un pasado curioso y merecemos el mismo futuro, independientemente de lo que los estatutos de la Segunda República dijesen -o les diera tiempo a decir antes de que Franco se levantara en armas e impidiera que también se sancionasen los de Aragón, Valencia, Asturias, etc.-, después, digo, de que las reacciones hayan sobrepasado la raya de lo ridículo y de que algunos miembros del PP hayan demostrado que son tan cursis como los demás, el Gobierno catalán que preside este caballero de agradables formas y aspecto de modelo esculpido a navaja de peluquería antigua ha anunciado sin recato que «va a apretar un poco más la tuerca» en la aplicación de la normativa obligatoria del uso del catalán, lo cual ya sabemos todos lo que supone. Debo decirle a Mas -yo que hablo el catalán, en principio, casi tan bien como él- que de todas las expresiones posibles con las que podía definir la acción gubernativa que va a desarrollar ha elegido la peor. Dar a entender que la promoción del uso del catalán no es sino un acto de presión, fuerza, grillete y tortura, demuestra que en el inconsciente de los nacionalistas patrioteros y rancios (ya que tanto les gusta usar esa palabra cuando hablan de España) se esconde lo que se esconde, que como le tengo aprecio personal al señor Mas no lo voy a escribir ni definir con todas sus letras, pero que sabemos bien lo que es. Tiene el mismo efecto que si se hubiera asomado a la pantalla amiga de TV3 y hubiese advertido: «Vamos a acabar de joderos allá donde os escondáis; no os escaparéis, ratas». Lo mismo.

Si algún favor no precisa el idioma catalán es que lo asocien indebidamente con la imposición y la fuerza. La sociedad civil catalana ha sabido, a su manera, moderar y solventar las soflamas normativas que los gobiernos de Pujol han ido creando para «normalizar» el uso del catalán en todos los ámbitos sociales y políticos y ha dado solución a cada uno de los entuertos en los que el mismo Pujol ha metido a los suyos. Los catalanes saben perfectamente cuando usar una u otra lengua y no tienen ningún complejo ni problema en pasar de la una a la otra cuando la ocasión, la educación o la necesidad lo aconsejan. Hay quien llega a Cataluña y, obviamente, no lo hace con el catalán aprendido: no debe preocuparse, los catalanes de a pie sabrán enseñárselo y sabrán tratarle con la cortesía de uno de los pueblos más correctos del mundo. Hay idiotas, por supuesto, pero no más que en otros sitios.

Sin embargo, el anuncio del distinguido ferretero Mas, espoleado tal vez por las fiebres arrebatadoras a las que le sometió el insigne Jiménez de Parga al decir la verdad, podría encoger los deseos de más de uno de colaborar con el futuro catalán, que es el futuro de España. Cualquiera se fía de uno que quiere apretarnos las tuercas y que, además, nos lo dice con el dedito muy tieso. Una amenaza ferretera no parece la forma más inteligente de integrar e interesar en la lengua de Verdaguer a los miles de ciudadanos que podrían estar más interesados. Tal vez deba hacerse el antipático (no lo es, conste) y así contentar a las bases que coquetean con el chiflado de Carod-Rovira. O tal vez sea que, en el fondo, le falta un tornillo. Vete tú a saber.                  cherrera@andalucia.net

COMUNIDADES HISTÓRICAS
Por Jaime CAMPMANY ABC 24 Enero 2003

HALA, Campmany, al avispero, que entre avispas trabajamos.

Jiménez de Parga acaba de hacer unas afirmaciones «políticamente incorrectas», es decir que miran más a la verdad que a la hipocresía. Tal vez sean inoportunas, porque a pesar de estar dentro del tiempo de ahora mismo y del lugar de aquí mismo, los políticos tienen un concepto del tiempo y del lugar especialmente fabricado por ellos y para ellos. Siempre que en España se pone sobre el tapete este asunto de las nacionalidades históricas y no históricas, las naciones sin Estado (áteme usted esa mosca por el rabo) y los nacionalismos de primera y segunda división, más que discutir y rebatir lo que se dice, surge el cabreo porque se diga. Por ejemplo, como Jiménez de Parga es el presidente del Tribunal Constitucional, ese señor catalán, Artur Mas, ya no quiere saber nada de la Constitución. Estupendo.

Nacionalidades históricas, en España las hay a manta de Dios y a manta de Alá. Hubo algún momento durante los ocho siglos de la Reconquista que, entre los reinos árabes de taifas y los reyes y reyezuelos cristianos, había más de cuarenta. Aquí, todos tenemos Historia, y además entrecruzada, imposible de separar de las demás y de considerarla en estado puro. Eso de las tres nacionalidades históricas (Cataluña, Galicia y País Vasco) es un cuento chino, o mejor dicho, celtíbero, si no se emparejan en Historia con las demás. Galicia fue a ratos independiente y se metió por lo que hoy son tierras de Portugal, pero también a ratos fue reino de Asturias y de Cantabria, parte del reino de León y conquista de Castilla. El Señorío de Vizcaya, con aquel esforzado López de Haro, aparecía un verano luchando contra los castellanos y al invierno siguiente batallando junto a ellos. Y cuando Cataluña conquistaba Mallorca, entraba en Sicilia y dominaba el Mediterráneo, y se decía aquello de los peces y las barras, lo hacía bajo el rey y las armas de Aragón. El Cid, que hacía la Historia en solitario, apresó tres o cuatro veces al conde Ramón Berenguer o Berenguer Ramón, que ya no me acuerdo.

Oiga, y mi humilde reino de Murcia, ¿no es una comunidad histórica? Sin desenvainar la espada se puso bajo la protección de Alfonso X antes aún de que éste heredara a su padre san Fernando. Y allí permanecieron los árabes, mal que bien, con trifulcas y zafarranchos, hasta la derrota de Boabdil, y aún me parece que hasta algún tiempo después. O sea, que Jiménez de Parga y un servidor encarnamos históricamente la más terca resistencia. A Valencia la conquistó un señor particular que salió desterrado de Burgos con doce o catorce jinetes de su pueblo. El primer rey que, más o menos, se pudo llamar Rey de España era de Navarra. Y el primero que pudo llamarse Emperador, lo fue de Castilla. ¿Y qué nombre le damos a Asturias? ¿Es histórica o no es histórica la morronga de don Pelayo, que venció a los infieles en Covadonga?

Pues, ¿y Andalucía? ¿En cuál rinconcito de la Historia pequeña meten estos políticos patrocinadores de las comunidades históricas el califato que ensombreció la supremacía del de Bagdad? Hay ocho siglos de preguntas. ¿Qué, recomenzamos la Reconquista? Precisamente ahora hay moros en la costa.

JIMÉNEZ DE PARGA
Por Alfonso USSÍA ABC 24 Enero 2003

MANUEL Jiménez de Parga ha sido siempre un defensor de las libertades. En tiempos del franquismo rescató de las garras del TOP (Tribunal de Orden Público) a un buen número de acusados de conspirar contra el Régimen. Se jugó su carrera y su profesión. Ahora, cuarenta años después de los riesgos asumidos, es presidente del Tribunal Constitucional. Sus palabras, estableciendo comparaciones entre las llamadas «comunidades históricas» y las «comunidades parias» (esto es mío, mas no por ello descaminado), han puesto en ebullición la susceptibilidad de los nacionalistas. Jiménez de Parga se limitó a exponer un ejemplo anecdótico, y lo de la oportunidad o inoportunidad del momento resulta secundario. La inclusión de ese ridículo remoquete de «comunidades históricas» en nuestra Carta Magna supuso un error mayúsculo. Una equivocación de las muchas que se cometieron en tiempos de concesiones, fugas y quebrantos. El director de la Real Academia de la Historia, Gonzalo Anes, ha apoyado las consideraciones hechas por Jiménez de Parga. Gonzalo Anes, además de su autoridad intelectual, es para mí un extraordinario escritor que regala prodigiosos artículos sobre los árboles. Es, por lo tanto, un individuo de plena confianza por su sensibilidad, como Eduardo García de Enterría, Alfonso de la Serna, José Antonio Muñoz Rojas y Mónica Fernández-Aceytuno. Y acierta, porque también en los árboles está la Historia, y el hecho histórico más sobresaliente de una llamada «comunidad histórica», la de los vascos, es precisamente el tronco seco de un roble.

La Constitución Española de 1978 es, en efecto, y conocida la espesa niebla de rencores, reivindicaciones, dádivas y complejos que cubría a España cuando fue redactada, el mejor de los textos constitucionales de nuestra Historia. Pero está plagado de concesiones acomplejadas no medidas, menos defendidas y poco meditadas. Todo ello por el terror que los conservadores sentían ante los nacionalistas, la irresponsabilidad reivindicativa de un socialismo muy deferente con Cataluña y las Vascongadas -Galicia, que no es tonta, se subió al tren de los regalos conceptuales-, y un comunismo al que la unidad de España le ha parecido siempre franquista. Porque para Carrillo, en su momento, y ahora Llamazares, Franco falleció con quinientos años de edad, uno más o uno menos. La Unión de Centro Democrático, tan admirable en muchos de sus perfiles, fue un desastre en otros, siempre en estrecha colaboración con el Partido Socialista. Entre sus dejaciones estúpidas destaca la entrega sin condiciones de los territorios vascos al PNV, que ha gobernado con poder omnímodo las tres provincias vascongadas durante décadas sin ganar las elecciones. Y la gratitud por esa concesión se llama Batasuna, se llama ETA, se llama Arzallus y se llama Ibarreche.

Como ha dicho Gonzalo Anes, todas las Comunidades son históricas, todas tienen su Historia anterior a la Constitución y todas han continuado teniéndola después. Para no herir más susceptibilidades nacionalistas, ha renunciado a la exposición de los ejemplos. Los primeros signos de consecuencias históricas que se dan en Vizcaya -Guipúzcoa y Álava no han existido para los nacionalistas hasta el siglo XIX- nacen en el siglo XVIII, que es un poquito más que antesdeayer. Admítase que Cataluña cuenta con instituciones centenarias, pero su Historia está inmersa en la común de todos los españoles. Y respecto a la Historia de Galicia, tercera «comunidad histórica», ya me contarán ustedes.

O todas o ninguna. Que uno no va a repetir el ejemplo de Manuel Jiménez de Parga que tanto ha molestado. Pero creo que, modestamente, Castilla, Andalucía, Valencia, Aragón, Navarra... caray, algo de Historia tienen. Lavándose la cara en el siglo XI o con legañas. Digo yo, con toda la prudencia que la indignación nacionalista me recomienda.

Varas de medir
Aleix Vidal-Quadras La Razón 24 Enero 2003

Produce cierto asombro leer que el portavoz del Gobierno vasco ha reprochado al presidente del Tribunal Constitucional el «no respetar la Constitución». Semejante crítica procedente de un dirigente de una formación política que no hace otra cosa desde que se aprobó nuestra ley de leyes que intentar por todos los medios dinamitarla, llegando incluso con tal propósito a aliarse con una banda de asesinos, indica una vez más que los nacionalistas son maestros consumados del cinismo. De hecho, siempre que alguien investido de responsabilidades institucionales de cierta importancia se atreve a expresar puntos de vista o a exponer argumentos contrarios al nacionalismo, se desencadena sobre el osado opinante una tormenta de descalificaciones y denuestos de grueso calibre. Pero lo curioso no es que estas oleadas de indignados improperios procedan de las cúpulas de las organizaciones secesionistas, cosa que sin duda es natural, sino el encogimiento de muchas figuras públicas que, compartiendo la oposición a las pretensiones divisivas del PNV, de CiU o del BNG, se apresuran a sumirse en el silencio, a emitir declaraciones ambiguas o incluso a distanciarse explícitamente del atacado.

Resulta asombrosa la abdicación de los propios principios exhibida por tantos responsables políticos en cuanto los cañones dialécticos del nacionalismo se ponen a tronar. La ciudadanía queda desconcertada por esta clara vulneración de la regla de la reciprocidad democrática, en virtud de la cual todos tenemos el mismo derecho a manifestar libremente nuestras posiciones ante asuntos objeto de controversia. Desde la transición se ha instalado en nuestra sociedad una irritante anomalía que consiste en que los nacionalistas tienen patente de corso para exhibir un discurso totalmente contrario al ordenamiento vigente y a las bases jurídicas de nuestra convivencia, llegando en sus sucesivas escaladas verbales a la ruptura sin ambages con los mismos fundamentos de la Carta Magna de 1978, mientras que cualquiera que les salga al paso y ponga de manifiesto sus falsedades y sus excesos es inmediatamente objeto de reconvenciones atemorizadas cuando no de anatemas aniquiladores. Al igual que en aquellas Comunidades donde gobiernan imponen por la vía legislativa o ejecutiva su particular y parcial visión de la identidad colectiva, tampoco permiten que en el conjunto de España nadie les levante la voz porque se consideran poseedores del monopolio de la protesta contra lo que perciben como contrario a sus deseos y aspiraciones.

El profesor Jiménez de Parga ha dicho en el Forum Europa lo que piensa una gran mayoría de españoles, incluyendo a bastantes de los que se han apresurado a desmarcarse de sus sensatas afirmaciones, pero dado que aquí se aplican dos varas de medir, una para los nacionalistas y otra para la gente normal, se la ha cargado con todo el equipo. Olé sus... surtidores.

La tormenta de Parga
Gregorio Robles La Razón 24 Enero 2003

Al igual que, de vez en cuando, un ciclón pasa por el Caribe arrasando a su paso casas y campos, así nuestro presidente del Tribunal Constitucional (TC), don Manuel Jiménez de Parga suele levantar una buena polvareda con ocasión de sus declaraciones. Lo primero que tengo que decir es que a mí personalmente Jiménez de Parga me cae muy bien. Tiene un gracejo al decir las cosas que me divierte mucho y, además, le considero una persona que dice sinceramente lo que piensa, sin andarse con paños calientes. Tiene personalidad y criterio propio y suelta sus opiniones con la mayor naturalidad del mundo. No me cabe duda de que en sus declaraciones no hay otra intención que la de poner sobre el tapete cuestiones que a todos nos preocupan.

Dicho esto, se pueden plantear tres cuestiones diferentes. La primera es si un presidente del TC puede emitir sus propias opiniones haciendo uso de la libertad de expresión. La segunda, si es conveniente que lo haga. Y la tercera, si es acertado lo que ha sugerido sobre la necesidad de acabar con las discriminaciones territoriales en España.

Parece indiscutible que a un miembro de un órgano colegiado, incluido naturalmente su presidente, se le tiene que reconocer, como a cualquier otra persona, el derecho fundamental a la libertad de expresión en cualquier materia, con las limitaciones que imponen las leyes. En este aspecto, el presidente del TC es como usted y yo, una persona más que tiene sus propias opiniones y convicciones y que no tiene por qué ocultarlas. Argumentar que, al posicionarse, daña al TC porque no da la apariencia de neutralidad, supone una extraña y simplista concepción de esta última. Extraña, porque por esa regla de tres ningún órgano del Estado podría jamás emitir su opinión (y aquí entran, naturalmente, las autoridades de las Comunidades Autónomas). Simplista, porque aunque no las emita, es evidente que toda persona tiene sus propias convicciones y es mucho más sincero y leal manifestarlas públicamente que no hacerlo. Con Jiménez de Parga nadie se llama a engaño. Todos sabemos lo que piensa y eso es muy laudable.

Otra cuestión es la de la conveniencia u oportunidad de estas declaraciones sobre las nacionalidades «históricas» y las regiones. La experiencia enseña que cualquier manifestación que no agrade a los nacionalistas desencadenará de inmediato una serie de invectivas e improperios, acompañados normalmente de desplantes y amenazas rupturistas. Ahora, Mas ha dicho que no celebrará el XXV aniversario de la Constitución y se han levantado voces de protesta contra lo que no es sino el legítimo ejercicio de un derecho.

Los nacionalistas pueden decir lo que quieran; es lógico que también tengan esa libertad los que no lo son. Si Jiménez de Parga no es nacionalista, y cree que tiene buenas razones para no serlo, ¿quién le puede negar el derecho a manifestar su opinión? Por otro lado, que Mas no celebre el día de la Constitución, es algo que no extrañará a nadie. CiU no se caracteriza precisamente por celebrar lo que es motivo de unión entre todos los españoles. ¿Y qué decir del PNV? Todo lo que no les gusta lo introducen dentro de la categoría de lo «reaccionario». Será porque prefieren que la gente no reaccione.

El tercer problema es el más serio de todos. La Constitución proclama la convivencia dentro de la unidad de la Nación española de las «nacionalidades y regiones», sin que, por tanto, adscriba a las nacionalidades el calificativo de «históricas». A pesar de eso, el uso del lenguaje político «correcto», con la ayuda de periodistas y políticos que repiten lo que oyen porque les suena bien, ha introducido la denominación de «nacionalidades históricas» en referencia a Cataluña, País Vasco y Galicia. Se puede dar así la impresión de que las «regiones» no serían entidades «históricas», sino tan sólo meras delimitaciones territoriales de carácter administrativo. Entiendo que lo que ha dicho el presidente del TC es, sencillamente, que esta interpretación no es correcta. Tanto las llamadas nacionalidades como las regiones son «históricas», puesto que todas ellas tienen una base cultural, social y política que hunde sus raíces en la evolución de largos siglos. Además ha sugerido que el lenguaje políticamente correcto para los nacionalismos es el que justifica la discriminación territorial, o sea, los privilegios. El «hecho diferencial» puede ser un eufemismo para designar el «hecho» de que son «distintos», o sea, «mejores» y, por tanto, precisan de un trato también «diferencial», esto es, «mejor». Y eso es una falacia lingüística que oculta una discriminación social y política.

Seguridad vasca
Cartas al Director ABC 24 Enero 2003

Resulta que ya tenemos el honor de ser los primeros del mundo en tener un cura con guardaespaldas, y no sólo eso, sino que se le organiza una manifestación todos los domingos a la salida de misa para recordarle lo poco euskaldún y lo malo que es, se le llama franquista y mentiroso, y se le persigue para que se vaya «a España». Pero hete aquí que algunos ciudadanos deciden apoyarle y tienen la desfachatez de ponerse delante del comité de recepción (o, más bien, de represión), con una pancarta en la que pone «Libertad». Así que el señor Balza, como encargado de vigilar la seguridad de los ciudadanos vascos, no duda en filmar en vídeo a estos provocadores, sin duda guardias civiles disfrazados de respetables señoras, pagados por el Ministerio del Interior del Estado español.

Bien hecho, señor Balza, lo primero es tenerlos bien fichados a todos, no sea que se les ocurra pasar a mayores y el día menos pensado tengamos un disgusto, que no vea usted el miedo que están pasando los pobres vecinos de Maruri con esta gente tan radical. Lo mismo cualquier día se le ocurre a uno sacar la bandera de España, a alguno le da un patatús, y la tenemos liada. Leña al mono, en este caso al cura, hasta que aprenda el catecismo, nunca mejor dicho.

Garikoitz Zarraoa Urruticoechea. Guecho.

EL IDIOMA ESPAÑOL EN LOS EE.UU.
Por Manuel MARTÍN FERRAND ABC 24 Enero 2003

HUBO un tiempo, ya en esta era democrática, en que el Estado luchaba eficazmente por la propagación, cultivo y defensa del idioma español -los americanos, según decía con garbo Octavio Paz, no saben pronunciar el castellano-. Instituciones como la Agencia Efe llegaron a convertirse, en la América del Norte y en la del Sur, en referencia obligada y útil para el correcto manejo del idioma al tiempo que programas de TVE -«Punto de encuentro», «300 millones» o «Spanish TV»- ocupaban lugares destacados en las parrillas televisuales de todas las repúblicas y, lo que es aún más importante, en la práctica totalidad de las universidades de los EE.UU. Todo eso se fue al traste, se diluyó como un azucarillo en un vaso de agua a base de tiquismiquis competenciales, propósitos de mejora, diseños imposibles y cuantas figuras componen la fantasmagoría de la política cultural -burocrática e ineficiente- de estos últimos siete años, continuadora de otra un poco más eficaz y muchísimo más sectaria.

Ahora resulta que en los EE.UU., donde parece que se pasan el día contándose los unos a los otros, les salen en las cuentas del censo un trece por ciento de población hispanoparlante. Treinta y cuatro millones de personas entre chicanos, portorriqueños, colombianos y demás procedencias del Continente que hablan, piensan, sienten -y hasta votan- en español. Son, dicho sea de paso, ciudadanos que pueden hacerse un porvenir en la Nación más poderosa de la tierra; pero que, por no saber hablar catalán -asuntos migratorios al margen-, no podrían abrir una pequeña tienda en los suburbios de Barcelona, donde la Generalitat exige el conocimiento del «otro» idioma oficial.

El español es, además de un idioma de comunicación, una lengua de cultura, una parte fundamental, la primera y más importante de nuestro patrimonio común. Mejor o peor ese idioma se defiende aquí, en España, y en todas las repúblicas que lo tienen como oficial; pero, ¿quién lo cultiva en los EE.UU.? Las piruetas zascandiles que protagonizan las instituciones dependientes de Exteriores y Cultura no deben ser tomadas en serio, porque no son serias, y la única respuesta a la pregunta anterior es ésta: nadie.

Abrir, por ejemplo, un teatro permanente en español dentro del área de Broadway costaría mucho menos que mantener cerrados los teatros que el INAEM desperdicia en Madrid y, en la línea de lo que acaban de hacer «Las edades del Hombre» en Nueva York, es posible y asequible trufar la vida cultural made in USA, la más plena de todo el mundo, con iniciativas, espectáculos y productos en los que nuestro idioma eleve el nivel, actualmente bajo, del uso que de él hacen esos treinta y cuatro millones de personas que, sumados a los hispanoparlantes culturales, no étnicos, nos da un cifra muy superior a los que vivimos en España. Eso sería hacer política.

Artur, de los Paìsos
Román Cendoya La Razón 24 Enero 2003

El mapa de Europa de las naciones que el Departament d Ensenyament de la Generalidad parió sobre el perfil geográfico de Europa es tan real como el mundo de Harry Potter. Por su Europa no aparecen ni Suiza, ni Bélgica, ni Austria, pero sí Fiuli, Gales u Occitània. La «conocida» Occitània es la nación frontera norte del Paìs Basc y los Paìsos Catalans. Los Paìsos Catalans abarcan Alicante, parte de Aragón, las Islas Baleares y limitan por el oeste con los Paìsos Castellans. Por supuesto que España en su mapa y su mundo no existe. Igual es que no existe pero la Constitución de 1978, en su artículo 2 dice que: « La Constitución Española se fundamenta en indisoluble unidad de la Nación española». Es un ejemplo más de los abusos y perversiones constitucionales que los nacionalistas comenten. Ahora bien, ponen el grito en el cielo cuando alguien pone en duda algo de lo que se les concedió. Jiménez de Parga ha podido ser inoportuno por su cargo, pero por lo menos ha hablado de historias verdaderas. Los Artur de los paìsos no suelen venir a las fiestas de la Constitución, ni al Senado... Ésa es otra historia verdadera.

Cara y cruz de Jiménez de Parga
Manuel Martín Ferrand La Estrella 24 Enero 2003

Digamos para empezar, en evitación de equívocos, que Manuel Jiménez de Parga, el presidente del Tribunal Constitucional que atraviesa por el ojo del huracán de la polémica, es un viejo demócrata y un científico constitucional. Cada cual es muy dueño de valorar su última conferencia —su consideración de “históricas” para todas la Autonomías españolas— como le venga en gana, pero sin ignorar esos dos puntos que señalo como previos.

Si se habla de los “apóstoles” de la democracia en España, no se puede ignorar el nombre de Manuel Jiménez de Parga. Sus artículos en Destino, en los difíciles sesenta, fueron un anticipador ejemplo de compromiso con la libertad, y mientras personas como él se jugaban el tipo en el anticipado pregón democrático, muchos de los que hoy le censuran y menosprecian chupaban de la teta franquista o, peor aún, se relajaban en el confort del primer desarrollismo.

En la Universidad —en Barcelona debieran saberlo bien—, en los medios y en su testimonio personal, como abogado de periodistas perseguidos y de otras causas perdidas, Manuel Jiménez de Parga presenta una biografía luminosa. Personalmente pienso que, en su condición de presidente del Tribunal Constitucional, podía, y debía, haberse ahorrado la conferencia de la discordia. Su posición institucional puede obligarle a dirimir cuestiones de soberanía entre el Estado y sus porciones autonómicas, y sus palabras pueden “contaminar” sus futuras sentencias. Dicho eso, hay que decir que su expresión merece todo el respeto intelectual desde la contemplación inteligente, y no sesgada, de la Historia.

España es, con perdón, un conjunto formado —con pretensiones de unidad— por diecisiete autonomías, medio centenar de provincias y nueve mil municipios. Todos ellos son históricos. Muy históricos. Quien piense lo contrario es muy dueño de hacerlo, pero con el máximo respeto, desde su contradicción, a la opinión que sintéticamente expongo.

Los señoríos vascos —lo del País Vasco es un invento contemporáneo— no se pueden entender sin la Corona de Castilla, de la misma manera que Cataluña carece de sentido si se olvida en su origen la Corona de Aragón. Galicia se queda coja sin el Reino de León..., y así, sucesivamente, hasta contemplar todo el histórico —muy histórico— mosaico español.

En toda esta absurda peripecia protagonizada por Jiménez de Parga hay algo que sobrepasa mi capacidad de comprensión: la actitud crítica, en lo que respecta al fondo, de Rodrigo Rato y Josep Piqué. Si excluimos al segundo, más acreditado por sus mutaciones que por sus ideas, el primero es el vicepresidente del Gobierno de España. ¿No puede asumir Rato la “teoría” de Jiménez de Parga? Cada cual es muy dueño de pensar como quiera, pero no parece esa una buena guarnición para optar, un suponer, a la condición de presidente.

Ironía y política
Joaquín Marco La Razón 24 Enero 2003

Los políticos siempre tienen o dan la sensación de atravesar tiempos cruciales y dramáticos. En ocasiones, como ocurre ante la posibilidad más que probable de una guerra cruenta con Irak, no les falta razón. Pero quizá con algo más de sentido del humor o de ironía los aparatosos conflictos podrían suavizarse. Cuando el antes «paloma», en el Gobierno estadounidense, por ejemplo, califica al eje franco-alemán como la Vieja Europa y apostilla que estos países no están en la órbita del nuevo milenio, ello debería ser considerado o poderse entender como un fino rasgo de humor. No puede ser otra cosa dadas las íntimas relaciones entre países, economías y gobiernos tan próximos.

De forma también irónica cabe enjuiciar la declaración (pude ver en la pantalla del televisor una como sonrisa cuando pronunció sus palabras) del presidente del Tribunal Constitucional, viejo amigo y ex-colega de la Universidad de Barcelona. Remontarse al año mil y aludir a la belleza de la ciudad granadina y a la cultura árabe frente a la, entonces, inferior cristiana en casi todos los órdenes no deja de tener el tono zumbón, la ironía de un hombre inteligente, conocedor de los entresijos de Cataluña y menos directamente de los Euskadi. Recuerdo con agrado los habituales encuentros, en el despacho de Néstor Luján, con Jiménez de Parga, cuando desde sus «Noticias con acento» se convirtió en una pesadilla para el tardofranquismo, que acabó con el desaforado cierre por cuatro meses del semanario «Destino» y el procesamiento de su director, si no recuerdo mal, condenado a un año de prisión por una fingida carta del propio Josep Vergés contra el catalán.

Mas no todos los políticos pueden alardear de un imprescindible sentido del humor que a los ciudadanos nos hace la vida cotidiana más llevadera. Uno puede observar a su alrededor, en este ámbito de la coca pública, y contenerse, mostrar mucha tolerancia, distancia y sentido del humor para no emprenderla, como Don Quijote, contra gigantes que, a la postre, no dejan de ser molinos. Vimos con agrado ciertos rasgos del que fuera alcalde de Madrid, «viejo profesor», como se calificaba a Tierno Galván. Más negro y desaforado fue el que mostraba el andaluz Alfonso Guerra y parece que la responsabilidad en la política madrileña da como un toque de lucidez, porque tampoco el Sr. Ruiz-Gallardón se ha mostrado ajeno, en ocasiones, a la tan apreciable ironía. Cualquier ser inteligente defenderá el sentido del humor ¬lo que nos diferencia del resto de mamíferos¬, de la ironía o del sarcasmo. Que los ciudadanos lo agradecen lo demuestra el hecho de que las páginas más buscadas en periódicos y revistas sean las que contienen el chiste, rasgo gráfico, que, cuando acierta, como en el caso de Mingote, logra honores de Real Academia. El Ejecutivo, en el presente, no puede ejercitarse en tan noble actividad. El gafe, que anda desmadrado, no permite alegrías. Pero hay que extraerlas hasta del chapapote: reírse o morir.

Divorcio de conveniencia
Nacionalistas y populares atraviesan su crisis más grave ante la proximidad de los comicios
T.S./J.F - Barcelona.- La Razón 24 Enero 2003

Los sondeos electorales otorgan a Convergència i Unió y su candidato a la presidencia de la Generalitat, Artur Mas, unos resultados nada favorables. Por contra, su principal adversario político, el presidente del PSC, Pasqual Maragall, aparece como el ganador de las autonómicas. Una posibilidad que la federación sólo tiene nueve meses para cambiar si no quiere perder el sillón de la presidencia de la Generalitat en la próxima legislatura. Ante esta tesitura cobra fuerza la máxima del «todo vale». Por ello, CiU ha optado por aumentar su apuesta soberanista e iniciar una serie de medidas en esta dirección. Entre la estrategia de la ofensiva nacionalista se encuentra la reforma de un nuevo Estatut de Autonomía o el endurecimiento de la Ley del Catalán.

Estas propuestas de signo soberanista encajan en las directrices de CiU para recuperar el voto «desencantado» del nacionalismo catalán. El ministro de Ciencia y Tecnología y presidente del PPC, Josep Piqué, aseguró ayer que se trata de unas medidas o iniciativas que no responden al interés de los catalanes. De esta forma la federación pone el acento en el punto que más les distancia del PP: el nacionalismo. Por otra parte, si las relaciones ya no atravesaban su mejor momento, las declaraciones de Mas en las que calificaba al presidente del Gobierno, José María Aznar, de «caradura e impresentable» han abierto una importante brecha entre ambas formaciones.

Piqué atribuía las palabras del candidato nacionalista al «nerviosismo» de la federación ante los malos resultados de las encuestas electorales. Asimismo, fuentes consultadas por este diario aseguraron que el propio Aznar ha declarado de forma velada la «guerra» a CiU ante tal coyuntura. Lo que parecía un distanciamiento de conveniencia por parte de la federación nacionalista puede convertirse en un duro enfrentamiento político de consecuencias imprevisibles. No hay que olvidar que el sector soberanista de CiU siempre ha apostado por un pacto con ERC.

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