AGLI

Recortes de Prensa     Domingo 16 Marzo  2003
La guerra de fuera y la de dentro
CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS ABC 16 Marzo 2003

Las dos caras del socialismo catalán
Editorial ABC 16 Marzo 2003

Los golfos reventadores y sus admiradores
ROBERTO L. BLANCO VALDÉS La Voz 16 Marzo 2003

ETA y el referéndum

Editorial El Ideal Gallego 16 Marzo 2003

El hombre intranquilo
ALVARO DELGADO-GAL ABC 16 Marzo 2003

Basagoiti asegura que el triunfo del PP en Bilbao sería un duro golpe para la banda
M. A. ABC 16 Marzo 2003

«Necesito ver a los asesinos»
RICARDO FERNÁNDEZ MURCIA El Correo 16 Marzo 2003

Carta a PNV-EA
MIKEL CABIECES /ALCALDE DE PORTUGALETE El Correo 16 Marzo 2003

También pasa aquí
Cartas al Director El Correo 16 Marzo 2003

 La guerra de fuera y la de dentro
Por CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS ABC 16 Marzo 2003

Jaime Mayor nos ha prevenido en tonos dramáticos acerca de la suerte que nos espera a la vuelta de la esquina. Ha hablado de un posible «desastre» nacional. En realidad ha venido a insistir en algo que es una obsesión en él y en algunas otras personas, no muchas, entre las que me encuentro. ¿Alarmismo? La situación en el País Vasco se va definiendo en términos, ya, de confrontación final por parte, obviamente, de los nacionalistas. Preparan cuidadosamente y de forma abierta el asalto al Estado, desde el Estado, en un clima de Terror y con la confluencia de todos los elementos de que disponen: los institucionales y los ilegales. Entre tanto, los nacionalistas catalanes -los declarados y los criptos- están a la espera aunque no con los brazos cruzados. En Galicia se afianza la oferta nacionalista.

¿Y en frente? ¿Qué hacen los constitucionalistas y, sobre todo, en qué disposición están ante ese anunciado último tramo de la escalada «soberanista»? ¿Cuál es, en definitiva, la moral de éstos ante este desafío? Yo diría que se parte de una descreencia en la propia Nación. Ni se cree en ella como un bien por el que se debe luchar ni aun menos si esta lucha supone recurrir a ciertas medidas tan radicales como constitucionales.

Los términos en los que se está planteando el debate sobre la guerra o la paz en Irak nos arrojan luz sobre la actitud de los españoles ante el propio problema nacional. En primer lugar, son muchos los que parten de una infravaloración de la realidad española. A propósito de las posiciones de nuestro Gobierno en el conflicto, todos los días oímos juicios sobre la escasa entidad de nuestro país que rayan no sólo en el masoquismo sino en el error. Por ejemplo, se dice que no hay proporcionalidad entre nuestra mediocridad y el papel que pretendemos desempeñar. Es una minusvaloración muy frecuente en Llamazares, González, Zapatero... Su llamada al realismo parte de una consideración de España como nación de cuarta fila cuando podemos ingresar cualquier día en el G7, o sea, en el 8. El complejo nacional lleva a la izquierda a ser el rabo del ratón Chirac. Se trata de una desconsideración de España y lo español que tiene una larga tradición y que, en todo caso, nos lleva a plantearnos una cuestión inquietante: al contrario de lo que sucede en Francia (la grandeur, el chovinismo) entre nosotros lo que vende, lo que tiene tirón, lo realista, es el masoquismo, el menosprecio de lo propio y, sobre todo, la negación de la fuerza que da la unidad, esto es, la idea nacional. Y este espíritu penetra en medios solidarios, en principio, con la cultura y la historia españolas. Ha sido demasiado profunda la penetración de los sentimientos de inferioridad nacionales y demasiado fuerte el oportunismo de intelectuales, historiadores, creadores... como para esperar que no dimitan de su reciente españolismo en cuanto les regañe cualquier mandarín periféricamente correcto.

Y al igual que en el debate sobre Irak está triunfando el relativismo moral (bien adobado del peor de los pacifismos, esto es, del que tolera el crimen sistemático, el estalinismo cotidiano, el genocidio oficial), en este otro debate, en el nuestro, en el que se plantea el cambio de modelo de Estado, una buena parte de los ciudadanos no nacionalistas están por la solución de menor enfrentamiento, de concesiones, en definitiva, de la inmolación de la idea nacional, de la idea de España, de la que podrá quedar, eso sí, el perfume de un conflicto histórico y de una imagen a veces seductora pero ya imposible de mantener en tiempos de tanta descreencia y de tanto oportunismo.

Creo, a pesar de todo, que en el debate nacional la relación de fuerzas estará algo más equilibrada que en el de Irak.

Las dos caras del socialismo catalán
Editorial ABC 16 Marzo 2003

El Partit del Socialistes de Catalunya (PSC) no es una federación del PSOE, sino una formación política soberana federada con el Partido Socialista desde 1978. En virtud de esa soberanía, el PSC, que tiene personalidad jurídica propia y percibe como partido independiente las subvenciones públicas, decide su participación en los órganos decisorios y representativos comunes con el PSOE. Así consta en los principios generales de sus Estatutos. Desde un punto de vista meramente jurídico, no cabe hablar de supeditación del PSC al PSOE, aunque más allá de esa independencia formal o programática esté vinculado de «facto» al Partido Socialista y sus líneas de actuación, particularidades e indentidades aparte, se enmarquen, no sin fricciones, en el proyecto común que lidera José Luis Rodríguez Zapatero.

Aquella fusión entre los socialistas catalanes y la Federación Catalana del PSOE derivó en dos sensibilidades bien distintas: la que hoy, veinticinco años después, encarna Pasqual Maragall, heredero del republicanismo liberal y del catalanismo progresista, y esa otra que encabeza José Montilla, líder de esa generación que en el año 2000 se aupó a los puestos dirigentes del partido desde la plataforma de sus cargos electorales. Estos últimos integran un grupo formado, en gran medida, por hombres y mujeres llegados a Cataluña desde el resto de España. En su logro está haber sabido conectar con el espíritu de ese electorado socialista, en buena parte inmigrante, que, sin ánimo de caer en el reduccionismo, cabría definir como «españolista», o más del PSOE que del PSC. Es la parte de votantes que no comulga con el modelo federal de Maragall y que tolera mal la radicalización de su raíz catalanista. Sin ellos, el PSC-PSOE no habría sido el partido más votado en Cataluña en todas las elecciones generales, ni los socialistas catalanes se hubieran impuesto a CiU, en número de votos, en los últimos comicios autonómicos. En aquella ocasión, el PSC-PSOE obtuvo 1.178.658 sufragios, seis mil más que el partido de Pujol, que sin embargo aventajó a la candidatura de Maragall en cuatro escaños. No hace falta profundizar en exceso en el análisis de aquellas elecciones para concluir que el mayor botín electoral lo obtuvo Maragall en las zonas -área metropolitana y cinturón industrial- donde, por así decirlo, el votante socialista se siente más cerca del PSOE que del PSC.

Ante la radicalización progresiva del discurso federalista de Maragall, empeñado en recuperar parte del espacio catalanista conquistado por el nacionalismo de CiU, el PSOE ha optado por el pragmatismo, aunque en la tarea Zapatero se vea obligado a sortear las «peculiaridades» del líder socialista catalán desde el escapismo político o repartiendo dosis de calculada ambigüedad. Las expectativas de una victoria del PSC en las próximas elecciones autonómicas en Cataluña han llevado al PSOE a optar por una indefinición no exenta de riesgos: que el electorado, el suyo incluido, castigue al socialismo por sus contradicciones sobre el modelo de Estado. Las relaciones del PSC con Ferraz se mueven con idéntico pragmatismo: mientras se amonesta a Maragall con la boca pequeña por sus «salidas de tono» en asuntos como el terrorismo o la situación en el País Vasco, es José Montilla, en su papel de contrapunto a los excesos y deslices de Maragall, quien negocia directamente con Madrid.

Aunque hoy por hoy, con fricciones puntuales, el «convenio» PSC-PSOE funciona, ya hay voces que han advertido del peligro de que una victoria de Maragall juegue en contra de los propios intereses del PSOE. Si desde la presidencia de la Generalitat se empeña en impulsar su modelo federal de España -con reforma del Estatuto y de la Constitución incluidos-, Maragall podría convertirse en un serio problema para su partido. Y no sólo fuera de Cataluña, porque buena parte del electorado socialista en esta Comunidad no entendería que en su afán por reclamar independencia de acción respecto al PSOE antepusiera los intereses catalanistas a los generales de un partido con el que mantiene una relación que va mucho más allá de la mera participación en sus órganos representativos.

Los golfos reventadores y sus admiradores
ROBERTO L. BLANCO VALDÉS La Voz 16 Marzo 2003

EL MODO más seguro de acabar con una buena causa es defender sus nobles fines por medios vergonzosos. La que respalda Nunca Máis (evitar que una catástrofe como la del Prestige vuelva a repetirse) es de las mejores que cabe imaginar. Como lo es la de los partidarios de la paz en la crisis iraquí.

Aunque cabe, claro, discrepar de los planteamientos de la plataforma Nunca Máis o de los grupos pacifistas, y es posible, por supuesto, emitir juicios encontrados sobre la oportunidad o el oportunismo de quienes los impulsan, resulta difícil afirmar, negro sobre blanco, que sus principales aspiraciones no sean dignas de respeto. La mejor prueba es que no hemos visto a nadie, de momento, declararse partidario de la guerra o defensor de los vertidos.Pero las causas nobles pueden también, como los petroleros, naufragar. De hecho, una larga experiencia indica que casi todas comienzan a hacer agua cuando algunos de sus miembros se consideran con derecho a utilizar medios ilegítimos (o ilegales) para alcanzar sus objetivos.¿Es legítimo reventar actos en los que aquellos de cuyas posiciones o decisiones discrepan los reventadores pretenden hacer uso de su derecho a expresarse libremente? ¿Es legar acosar a un representante del pueblo que defiende la política de un partido democrático?

Seamos valientes y digamos la verdad: ni es legal lo uno, ni legítimo lo otro.Y, porque no lo es, sucesos como el del mitin último de Fraga (que el viernes reventaron en Noia unos pocos miembros de la plataforma Nunca Máis) o el acoso que sufre el portavoz popular en el Ayuntamiento de O Barco y diputado en Cortes del PP (víctima de una campaña anónima por compartir las posiciones del Gobierno en la crisis iraquí) resultan intolerables en una sociedad libre y democrática.

Sí, intolerables, más allá de que se pueda coincidir con los fines que reivindican los acosadores y que los reventadores convierten en bandera. Pues, cuando los medios son ilegales o ilegítimos, ocurre sencillamente que los medios son los fines. Sé perfectamente, pues lo vivo de cerca cada día, que hay quienes se ponen como fieras cuando, por ejemplo, unos alumnos acosan al rector que han elegido, pero admiran sin disimulo a esos mismos alumnos cuando acosan a políticos cuyas decisiones no comparten.Son los peores: los que no tienen otra moral que la moral de situación. Los que fomentan con su desvergüenza y su cinismo la actuación de quienes, por no dramatizar las cosas más allá de lo estrictamente necesario, podríamos llamar, recordando a aquellos otros que le hacían la puñeta al Tío Gilito, los golfos reventadores.

ETA y el referéndum
Editorial El Ideal Gallego 16 Marzo 2003

Todas las apuestas sobre la identidad del sucesor de José María Aznar tienen entre sus integrantes a Jaime Mayor Oreja, quien incluso para muchos fue durante bastante tiempo el mejor colocado. Ahora está lejos de ese puesto de privilegio y quizá por eso su actividad está más centrada en la política vasca, sobre la que puede presumir de tener un conocimiento bastante profundo. Existen muchas pruebas que confirman esa afirmación, pero hay una que destaca por encima de todas: el ex ministro del Interior afirmó a principios de mes que Juan José Ibarretxe pretendía convocar como muy tarde el próximo año el referéndum sobre la autodeterminación de Euskadi. Han transcurrido dos semanas y se ha producido la confirmación plena de ese pronóstico, ya que el presidente del PNV en Guipúzcoa, Juan Mari Juaristi, aseguró ayer que ETA desaparecerá en breve y que en 2004 podrá plantearse la consulta popular. Sin embargo, lo menos importante de esa doble afirmación del dirigente nacionalista es que sirvan para probar las dotes adivinatoria de Mayor Oreja, lo primordial es que el PNV queda en evidencia, ya que o bien maneja en beneficio propio información privilegiada sobre la banda o bien trata de servirse del terrorismo como medio para ganar votos en las elecciones municipales. Se trate de uno u otro hecho, la actitud del partido de Xabier Arzalluz no puede ser más reprochable, pues la única manera de actuar en todo aquello que tenga que ver con la banda asesina es respetando el compromiso de empujarla un poco más hacia el abismo de la desaparición.

El hombre intranquilo
Por ALVARO DELGADO-GAL ABC 16 Marzo 2003

Dejemos a un lado la moral, demasiado importante para ser despachada en dos patadas, y hagámonos una pregunta de índole contable: ¿está procediendo Zapatero del modo que más conviene a sus intereses en el largo plazo? Al revés que hace un año, esta curiosidad es urgente. Hace un año, los analistas estimaban improbabilísimo que el PP no fuera a renovar mandato. Pero una serie de desaciertos del Gobierno, y desgracias y carambolas varias, han introducido dosis de incertidumbre allí donde todo parecía claro como la luz del día.

A fin de estudiar con un poco más de calma la cuestión, me centraré en dos de los macroepisodios que han marcado el ejercicio parlamentario todavía en curso: el asunto del Prestige, y la crisis iraquí. El primer contencioso, al contrario que el segundo, está ya cerrado, o casi. Aznar cometió una serie de indelicadezas inexplicables, y agravó una situación que siempre es embarazosa para el Ejecutivo de turno. Pero el que nos importa aquí es Zapatero. En el orden técnico, los socialistas no tenían mucho que decir. En realidad, nadie tenía mucho que decir, salvo la trivialidad de que siempre se podrían haber hecho las cosas mejor de como se hicieron. En el orden político, los socialistas agitaron el cotarro cuanto les fue posible, uniendo sus fuerzas a las de los nacionalistas. Deslindarse de éstos, habría resultado bastante difícil. El que fuera difícil, sin embargo, no excluye costes. El votante medio no dispone de un espectrógrafo, y no acierta a distinguir, cuando se habla a coro, unas voces de otras. A despecho de que la posición de Zapatero haya sido nítida en varios puntos clave -por ejemplo, la ilegalización de HB-, ha ganado momento la sensación de que los socialistas mantienen un flanco abierto a la reivindicación nacionalista y a una revisión constitucional tanto más desazonante, cuanto que no sabe hasta dónde podría llegar. Las travesuras asombrosas de Maragall no ayudan a despejar estas aprensiones.

Más intrigante, más rica en sugestiones, ha sido la actitud del secretario general de los socialistas a lo largo de la crisis de Irak. Nos enfrentamos, aquí, a dos audacias opuestas y simétricas. Ha sido audaz que Aznar se erigiera en uno de los valedores máximos de los USA. Y también ha sido audaz Zapatero. Imaginen el siguiente escenario: Zapatero se atornilla en posiciones de legalidad ultraortodoxa y denuncia como imprudente vincularse a decisiones no avaladas unánimemente por el Consejo de Seguridad, y no ya como imprudente, sino como temerario, el envío de tropas sin una orden expresa del propio Consejo. Y se detiene ahí, y ni se alía con IU en movidas populares, ni amaga imponderables y temibles respuestas a la política del presidente. Ese PSOE virtual no habría ocupado el primer plano. Pero habría evitado comprometerse con causas más que dudosas. Su estrategia habría entrado en lo que los expertos en teoría de juegos llaman «la regla del maximin»: hablando en plata, minimización de costes, no incompatible con ganancias importantes respecto a las pérdidas del rival. Tal habría sido el caso si, pese a un veto francés, Aznar desplaza al Golfo el Príncipe de Asturias.

Ahora bien, el PSOE real, a la inversa que el virtual, no ha procedido de esta manera. Primero, ha descalificado a la ONU. En efecto, ha dicho que no se intervenga en el Golfo bajo ninguna circunstancia, incluida la de un mandato del Consejo (en contradicción con los precedentes fijados por el propio partido en el 91). Segundo, se ha alineado con la posición franco-alemana, inestable y mal concebida en lo que hace a la construcción europea. Tercero, y más grave, ha redescubierto la democracia directa. Ha hablado en términos referendarios, y ha sustituido el referéndum por el activismo callejero.

Esto equivale a radicalizarse. Y a más. «Radicalizarse», de hecho, constituye una expresión ambigua. Un partido que propusiera la supresión de los impuestos, sería muy radical. Y lo sería el que defendiera que subieran al doble. Existe, sin embargo, una forma difusa de radicalización que estriba en aliarse con todos aquellos que sean enemigos declarados del Gobierno o tengan alguna pendencia reciente con él: extrema izquierda, IU, grupos anti-globalización, sindicatos, y así de corrido. Estos movimientos adquieren coherencia por su ímpetu y objetivo inmediato, no porque respondan a un programa articulado. Y por lo mismo -y esto está ocurriendo en la práctica- tienden irremisiblemente a deslizarse hacia una retórica -más que un discurso- de naturaleza prepolítica. No se argumentan opciones que hemos de sopesar por sus consecuencias, sino consignas impresionantes. Verbigracia, la de la paz. Nadie está contra la paz. Pero sí se puede estar contra una paz que un poco después no será paz. Todo esto ha quedado borrado del mapa. Y no es maravilla, puesto que las manifestaciones, y los silogismos, son intrínsecamente incompatibles.

¿Podrá dar marcha atrás Zapatero? No me cabe duda de que lo intentará. De momento, al hombre tranquilo le ha entrado el baile de san Vito.

Basagoiti asegura que el triunfo del PP en Bilbao sería un duro golpe para la banda
M. A. ABC 16 Marzo 2003

El candidato del Partido Popular apuesta por desbancar al PNV de la capital vizcaína, tras veinticinco años de los nacionalistas en la alcaldía

BILBAO. El candidato del PP a la alcaldía de Bilbao, Antonio Basagoiti, hizo ayer un llamamiento a quienes votaron a José María Aznar en las últimas elecciones generales en la capital vizcaína, ya que, con esos votos, su partido conseguiría la alcaldía de Bilbao, en manos del PNV durante los últimos veinticinco años.

El PP presentó ayer a su candidato a diputado general, Carlos Olazábal, que tiene pocas posibilidades de ganar al de la coalición PNV-EA, José Luis Bilbao, por la fuerte implantación del nacionalismo en las zonas rurales, y al candidato a la alcaldía de Bilbao, Antonio Basagoiti, quien en 1999 consiguió los mismos concejales -ocho- que el PNV. José María Aznar, como integrante, en el último puesto, de la candidatura de Antonio Basagoiti tiene previsto participar activamente en la campaña.

El presidente del PP de Vizcaya, Leopoldo Barreda, señaló en el acto celebrado ayer que en las próximas elecciones a su partido le toca jugar el papel de alternativa especialmente en Bilbao, donde auguró que «encallará» el «plan Ibarretxe», «como encalló en 1999 el pacto de Estella».

Antonio Basagoiti, por su parte, consideró que un triunfo del PP en Bilbao «supondría un importante golpe a ETA», banda terrorista que vería como «un partido constitucionalista se hace con la alcaldía de la ciudad más importante de su utópica Euskal Herria». Asimismo, aseguró que es para él «un orgullo y honor representar la alternativa del PP a la alcaldía de Bilbao» y afirmó que la convocatoria electoral del 25 de mayo es importante en el País Vasco porque el PNV «plantea la fecha del desafío nacionalista, la fecha de la independencia de Ibarretxe y del referéndum del nacionalismo».

«Higiene democrática»
El candidato del PP señaló que el cambio en Bilbao resulta «imprescindible» por «higiene democrática», porque el proyecto político nacionalista «nos lleva a la incertidumbre económica, al paro y a la pobreza». La alternativa es, además, en su opinión, «una necesidad imperiosa por el grado de corruptelas, nepotismo y enchufismo al que ha llegado el PNV». En definitiva, dijo que «hace falta un cambio político para poner freno al pelotazo vasco», en alusión a la gestión del PNV, que gobierna la villa.

Basagoiti hizo mención a un grupo de militantes de la Falange que se concentró a la entrada del acto, con la afirmación de que en Bilbao «sobran fachas», lo que fue respondido con los aplausos de sus militantes.

El candidato del PP a diputado general de Vizcaya, Carlos Olazábal, destacó que los miembros de su partido están en política en el País Vasco para «defender la libertad de las personas y la convivencia, así como para generar un futuro mejor». Explicó que su objetivo es «obtener frente al PNV una nueva mayoría que permita convivir en todo el País Vasco, como es posible hacerlo en estos momentos en Álava y en Vitoria».

Olazábal consideró que «la punta de vanguardia de este cambio hacia un proyecto solidario y de convivencia es el Ayuntamiento de Bilbao» que, en su opinión, se convertirá en el motor del cambio del País Vasco» tras las elecciones del 25 de mayo. Según Olazábal, «si el PNV pierde Bilbao será el fin de toda esa política absurda, rastrera, oportunista y deshumanizada que está llevando el PNV y que tanta amargura está causando».

«Necesito ver a los asesinos»
Un guardia civil que sobrevivió al atentado de ETA contra el cuartel de Zaragoza en 1987 aguarda el ya próximo inicio del juicio contra dos terroristas para poner punto y aparte a su sufrimiento
RICARDO FERNÁNDEZ/MURCIA El Correo 16 Marzo 2003

Fue el 11 de diciembre de 1987. Un coche bomba cargado con 250 kilos de explosivo reventó de cuajo los cimientos de la casa cuartel de la Guardia Civil de Zaragoza. Bajo los escombros aparecieron los cadáveres de seis adultos y cinco niños, en lo que hasta la fecha ha sido la tercera mayor masacre de la historia de ETA. Antonio, un agente murciano que sobrevivió al atentado y que acudirá al juicio fijado para el día 31 en la Audiencia Nacional contra dos dirigentes de la organización terrorista, relata cómo ha cambiado su vida desde aquella fatídica noche.

Secuelas físicas, llamadas de madrugada de compañeros destrozados, niños huérfanos... La existencia de este ex guardia civil motorizado ha sido desde entonces un doloroso vía crucis. Un calvario cuyo final se acerca, insoslayable, en forma de encuentro, cara a cara, con los presuntos inductores de la matanza. «Quiero verles; lo necesito», confiesa.

Cada noche, en sueños, puede escuchar todavía los llantos de ultratumba de los niños asesinados. Los recuerda con igual nitidez que aquella noche, cuando los pequeños gritaron hasta que se les agotó el aire bajo los escombros.

Cada madrugada, él mismo vuelve por un instante a sentirse suspendido en el vacío por la mano invisible de la onda expansiva. Y se le ciegan los ojos al inundarse su dormitorio con aquella insoportable luz blanca. Y se ve sacudido de nuevo por los tres bandazos que dio el edificio antes de venirse abajo con un estruendo de mil demonios. Y vuelve a sumirse en aquella vigilia espesa en la que los gritos de su mujer eran sólo un eco lejano y blando. Y se encoge por el dolor de esa clavícula destrozada que con su punzada le devuelve al mundo de los vivos. Y se arrastra palpando el suelo del arrasado pabellón en busca de su arma. Y sale al patio para encontrarse con el cuerpo destrozado del cabo Ballarín, al que la brutal onda expansiva había despojado hasta de los calzoncillos. Y deambula tambaleante por aquel decorado de guerra, entre el polvo de hormigón, el humo y el intenso olor a explosivo hasta ir a toparse con los gritos de los niños. «Aquellos chillidos», pronuncia sin esperar respuesta, que todos oyeron y que todos siguen oyendo ahora, muchos años, mucho tiempo después de que las gargantas de los niños se hubieran apagado para siempre bajo los cascotes de aquella casa cuartel.

«Me salgo de mí»
«Después me despierto, bruscamente, cubierto de sudor y no sé bien cómo explicar lo que me pasa; es como si quisiera salirme de mí mismo», confiesa mientras abre los brazos como si se abriese el pecho. «Y sé que es el miedo. ¿Sabes? Miedo. Sólo miedo».

La voz se le torna más aguda y los ojos se le hacen más brillantes. Hubo un tiempo en que Antonio, a fin y a la postre un guardia civil, un miembro del servicio de Tráfico, uno de esos agentes de colmillo retorcido que se ha tragado miles de kilómetros a lomos de su moto, levantando cadáveres de las cunetas, se avergonzaba al saberse incapaz de controlar sus emociones. «Ahora lo llevo mejor. Y además he asumido que esto es de por vida. Una cosa así te destroza la vida».

Ese algo que a Antonio le machacó la existencia fue la ola de fuego, metralla y muerte que brotó de un 'Renault 18' que, cargado con 250 kilos de amonal, hizo explosión a las 5.50 de la madrugada del 11 de diciembre de 1987. El coche bomba, colocado por el comando 'Argala' -Henry Parot, Jean Parot, Jacques Esnal y Frederick Haramboure-, provocó una auténtica masacre: seis adultos y cinco niños -todos hijos de guardias civiles- murieron en el acto y otro centenar de personas sufrieron lesiones.

En la mayor parte de los casos, las heridas de la carne acabaron cicatrizando, pero no así las del alma, que siguen abiertas en todos aquellos que sobrevivieron al bestial atentado. Antonio no intenta disimularlo. Sabe que sería en vano. Aquella madrugada paseó por el infierno y contempló escenas que ningún ser humano puede digerir sin que se le retuerza el corazón. Por eso todavía, mientras rememora aquel horror, se levanta de cuando en cuando la manga de su camisa vaquera y muestra el vello erizado de su antebrazo. «Esto no lo superas nunca», advierte.

Los hijos del sargento Pino
Antonio toma aire para hablar de una imagen que lleva grabada a fuego en su mente. Es la de un bombero portando en sus brazos el cuerpo desmadejado de una chiquilla de cinco años. Su rostro está cubierto de polvo y sangre que resbala hasta el pijama. «Se llamaba Silvia y jugaba con mis dos hijas -explica, contemplando la fotografía-. Era la hija del sargento Pino, quien también murió, al igual que su esposa. De toda la familia sólo se salvaron dos niños. Cuando desperté en el hospital, miré a un lado y vi a los críos. Mi mujer me susurró que no dijese nada. 'Sólo quedan ellos', me explicó».

La muerte, siempre cruel, ni siquiera tuvo la compasión de llevarse por delante a familias completas. En todos los casos dejó a alguien a quien cobrarle su tributo de lágrimas. «Emilio tenía 11 años. Su padre, el guardia Emilio Capilla; su madre y su hermana, Silvia, de 15 años, murieron aplastados. La casa se vino abajo y el chico se quedó de pie, suspendido sobre el vacío, sobre un saliente de un palmo de anchura. Ahora es guardia civil», dice Antonio.

Dieciséis años después, el agente murciano, como la gran mayoría de los compañeros que salieron vivos del atentado, ya está retirado. «Sufría cambios bruscos de humor y no podía permitirme ir patrullando con la moto y que se me fuese la olla y empezase a crujir a multas al personal. Hace unos tres años me decidí. Fui al tribunal médico y me dijeron que ya había cumplido, que había llegado el momento de descansar».

Hace unos días le llegó una carta de la Asociación de Víctimas del Terrorismo, en la que se le informaba de que el 31 de marzo se iniciará el juicio contra el ex dirigente de ETA Francisco Mugika Garmendia, 'Paquito', y José María Arregi, 'Fiti', como supuestos autores -por inducción y cooperación necesaria- del atentado. Tomó la misiva como una invitación a poner punto y final a la historia. «Quiero verles; lo necesito».

Carta a PNV-EA
MIKEL CABIECES /ALCALDE DE PORTUGALETE El Correo 16 Marzo 2003

Queridos compañeros corporativos de la coalición nacionalista de PNV-EA: el pasado 28 de febrero, en un acto solemne de homenaje a Esther Cabezudo e Iñaki Torres, nos pedisteis perdón por si en algún momento habíamos sentido que no estabais a nuestro lado. Precisamente porque creemos que esas palabras eran sinceras os escribimos esta carta, la cual esperamos sea entendida con el mismo sentimiento que entonces manifestasteis.

No os hemos sentido a nuestro lado el día anterior a pedirnos perdón, cuando mantuvisteis en sus puestos para gestionar asuntos municipales a personas, no concejales, que no habían condenado el atentado contra una compañera vuestra de Corporación y su escolta, aun habiendo insistido en que no mirábamos la filiación política de aquéllas, hasta tal punto que aceptábamos que HB, o como ahora se llame, las propusiera. Sólo exigíamos que las personas que nombrara el pleno municipal condenaran el acto terrorista y apoyaran la declaración de Eudel.

No os hemos sentido a nuestro lado cuando ese mismo día pactasteis una moción política también con HB.

No os sentimos a nuestro lado cuando permanecéis callados ante la indignidad de mantener un alcalde en Andoain que no ha condenado el asesinato de un ciudadano de su pueblo del que era su jefe directo en el Ayuntamiento.

No os sentimos a nuestro lado cuando habéis dejado de acudir a los actos que el Ayuntamiento organiza en memoria de las víctimas del terrorismo y las razones que nos cuentan por 'lo bajines', ya que no habéis dado ninguna explicación pública, son escandalosas.

No os sentimos a nuestro lado cuando sabemos, porque nos lo cuentan, que llevarse bien con personas no apropiadas -es decir, nosotros- es utilizado como argumento para no incluir a alguien en vuestras listas electorales.

No os sentimos a nuestro lado cuando, a pesar de que nos decís en público y en privado que el problema de Euskadi es la falta de libertad de algunas y algunos (todos salvo los nacionalistas o los sin opinión), a la hora de tomar medidas políticas ninguna guarda relación con esa afirmación, salvo que entendáis como una medida política que quien tiene la competencia en seguridad «nos ponga escolta», y el acuerdo de Eudel, acuerdo que a estas alturas todos reconocemos que no ha tenido consecuencia política alguna.

No os hemos sentido ni os sentimos a nuestro lado en otras muchas ocasiones. Hemos querido citar algunos ejemplos y estamos seguros de que vosotros podéis añadir unos cuantos más, como sin ir más lejos todos los relativos a la patrimonialidad y a 'la esencia' de lo vasco.

Sin embargo, aun sabiendo que a alguno le pueda parecer extraño, creemos en vuestras palabras cuando pedís perdón, pero sin dejar también de creer que vosotros conocéis y valoráis el coste de estar verdaderamente con nosotros, sabéis que eso os complicaría la vida, no sólo en el campo de la seguridad personal sino en otros muchos.

Pero el tiempo está agotado. Como decía la canción de Serrat, 'cada quien es cada cual'. Ya no sirve escudarse ni en el grupo, ni en el 'pueblo', ni siquiera en 'el partido'. Cada uno debe enfrentarse a su propia conciencia y acometer su deber personal sin esperar que la apariencia de proximidad por compartir la misma sala sea, como hasta ahora, un analgésico que alivie la triste realidad. Y sin que nuestro silencio, también como hasta ahora, contribuya a disimular y 'balsamizar' esa realidad.

Por nuestra parte, sabremos que estáis con nosotros cuando comprobemos, siguiendo el mandato bíblico 'por sus hechos los conoceréis', que nuestra libertad y la de cualquier ciudadano es para vosotros más importante que la independencia o la soberanía.

Cuando podamos comprobar que la vida de una persona es para vosotros lo más importante y que no anteponéis estrategias ni cálculos electorales a la hora de primar dicho valor cívico. Es decir, cuando retiréis la confianza política, sin escudaros en la pasividad, a quienes ni la valoran ni la defienden.

Cuando comprobemos que las víctimas son para vosotros algo más que un trámite para quedar bien. Nos conformaríamos con que fueran tratadas con el mismo respeto con el que cotidianamente aquí tratamos a los gudaris.

Como os hemos manifestado anteriormente, sabéis que si os comportáis así se os complicará la existencia, y en consecuencia la decisión es individual. Nosotros, por nuestra parte, seguiremos confiando en algunos de vosotros y en otros muchos nacionalistas que, teniendo o no cargos públicos, sí tienen conciencia democrática y la anteponen a su propia comodidad, aunque para ello tengan que llevar la contraria a otros nacionalistas; aunque esos otros sean los que dirigen el nacionalismo vasco. Porque por encima de todo son y quieren ser ciudadanos y ciudadanas. Porque por encima de todo quieren que lo puedan ser quienes con ellos conviven sin que nos suponga la obligación de ser nacionalistas.

También pasa aquí
Manu B. Rodríguez/Basauri-Vizcaya Cartas al Director El Correo 16 Marzo 2003

En los países con regímenes asesinos y dictatoriales, definirse públicamente como cobarde para expresarse libremente ya supone un acto de coraje; esto también pasa en Euskal Herria. En estos países lo más común es ser comprensivo, disculpar o ignorar al tirano que mata, para evitarte de esta forma problemas, aunque en la intimidad reniegues de él, convirtiéndote desde ese momento en un cobarde resignado o incluso en un cómplice; esto también pasa en Euskal Herria. En estos países al indefenso que hace pública su cobardía y que se rebela contra el tirano, sobresaliendo mucho de la línea marcada de tolerancia cero impuesta por el régimen, se le ejecuta, y si pretende defenderse de su 'condena a muerte' se le desprestigia, pues lo que los verdugos buscan son personas sumisas, que se dejen matar sin llamar mucho la atención. Y al resto de los camaradas del condenado se les amedrenta señalándoles con el dedo, para que se estén quietos; esto también pasa en Euskal Herria. En estos países hay tres castas, los verdugos, las víctimas y los mirones, que en su casi totalidad observan el espectáculo con resignación y asco, y a los que a cada día que pasa se les remueve más la conciencia, provocando que sean más los que dan el gran salto de público pasivo a previsible víctima, con el valor mayúsculo que supone tomar esta decisión (incomprensible para el resto de los mirones, que hasta que no les salpique la sangre no quieren problemas), y acelerar de esta manera la caída del tirano y la de sus cómplices, que son pocos y cobardes. Pues bien, es una pena, pero por una despreciable minoría sectaria y ultra, así es la vida en democracia para la inmensa mayoría de las personas en nuestra querida Euskal Herria.

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