AGLI

Recortes de Prensa     Jueves 27 Marzo  2003
Se nos muere la nación...
CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS ABC 27 Marzo 2003

PP: no es hora de poner la otra mejilla
EDITORIAL Libertad Digital  27 Marzo 2003

La kale borroka del PSOE
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital  27 Marzo 2003

Federalismo tremens
ALFONSO DE LA VEGA La Voz 27 Marzo 2003

Carrera estatutaria
José Cavero El Ideal Gallego 27 Marzo 2003

La libertad de expresión, instrumento político
ANTONIO GONZÁLEZ La Voz 27 Marzo 2003

Aznar dice que los personalismos de Maragall socavan el consenso constitucional

EFE Libertad Digital  27 Marzo 2003

¿A quién representa la calle
Julián Lago La Razón 27 Marzo 2003

Proetarras y radicales nacionalistas se han infiltrado en los incidentes contra la guerra
Jose A. Pérez - Madrid.- La Razón 27 Marzo 2003

La importancia de Álava
JAVIER GUEVARA/ABOGADO El Correo 27 Marzo 2003

Basagoiti acusa a Ibarreche de «manipular» la previsión de voto
D. Mazón - Madrid.- La Razón 27 Marzo 2003

Edurne Uriarte entrega a la Fundación Pablo Iglesias el Premio Tomás y Valiente
Redacción - Madrid.- La Razón 27 Marzo 2003

Política y agitación
Editorial El Correo 27 Marzo 2003

 

Se nos muere la nación...
Por CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS ABC 27 Marzo 2003

JUSTO cuando las calles se están convirtiendo en ríos de odio, cuando las consignas de paz están desatando el secular gusto por la guerra civil, cuando la izquierda está cediendo a las pulsiones más primarias, las que nacen de la frustración y de la venganza... los nacionalistas catalanes y vascos han aprovechado la ocasión para plantear unas nuevas reclamaciones «territoriales». Como siempre, han elegido el momento más favorable para ellos y de mayor debilidad para el sistema. En esta ocasión han aprovechado el enfrentamiento de los dos grandes partidos con motivo de la guerra de Irak.

Artur Mas y Pascual Maragall han coincidido en reclamar de forma definitiva la consideración de Cataluña como «nación». ¿Una cuestión lingüística, puramente formal? En absoluto. Supone la corrección de la Constitución nada menos que en la definición misma de España no sólo como determinada forma de Estado sino como realidad histórica y como realidad viva y actuante que encarna la voluntad colectiva. La conquista de esta categoría es el objetivo supremo para un nacionalista: el Estado vendrá luego, por añadidura. A partir del reconocimiento «nacional» todo lo demás es posible y negociable. Por eso Maragall ha comenzado a poner por delante la idea de «nación» a la necesidad de un nuevo modelo de Estado -federal, por supuesto- en el que ha venido insistiendo desde siempre. Por otra parte resulta perfectamente coherente si tenemos en cuenta que ha elegido como aliado para el futuro a Esquerra Republicana de Catalunya.

Con estas declaraciones Mas ha querido dejar claro que él no es un nacionalista más tibio que Pujol. Si acaso, el Ibarretxe de Cataluña (sin Terror). Ha puesto el listón a la misma altura que éste aunque, como ocurre siempre, los nacionalistas catalanes esperarán a que eche a andar el proyecto de «Estado Libre Asociado». Una vez más, experimentarán en la cabeza de los vascos.

En esta rueda de intervenciones periféricas no podía faltar la voz agria, cada vez más agria, de Anasagasti. Ha ido directamente contra la institución más respetada por los españoles. Ha embestido contra la Corona. Contra el Pacto de la Corona. No es la primera vez que los nacionalistas vascos se quejan de lo que consideran una traición al espíritu que, según ellos, les llevó a participar en la transición democrática. Ellos confiaron siempre en que la Corona ampararía una solución federal. El tono de Anasagasti hacia la Corona da una idea del alcance del desafío nacionalista. Del mismo modo que da una idea de la beligerancia a la que está dispuesto Pascual Maragall cuando profetiza que España «estallará» en un plazo de «cuatro años» en el caso de que prosiga la actual política «autonómica» de Aznar. Porque para Maragall, al igual que para Pujol, Mas y Durán Lleida, el PP ha dado un parón en lo que ellos entendían como proceso normal y que en realidad no dejaba de ser objetivamente más que la desmembración pura y dura de España. A ese «parón» le llaman involución, vuelta al unitarismo, recaída en el modelo centralista propio de franquistas nostálgicos. «España estallará», dice Maragall, y pone plazo. Amenaza más que profetiza, propone más que predice. Todo un peligro si tenemos en cuenta que su compañero Patxi López se confunde ya con Odón Elorza.

Y ¿qué se dice en «Madrid» de lo que innegablemente es una desestabilización en toda regla? La mayoría de los analistas quitan hierro a lo que es la última fase de un asalto al Estado que comenzó hace un cuarto de siglo. La mayoría de nuestros bien pensados analistas lo achacan a meros envites verbales, propios del clima electoralista. Tienen miedo a reconocer que de elección en elección se nos va muriendo la Nación entre las manos.

PP: no es hora de poner la otra mejilla
EDITORIAL Libertad Digital  27 Marzo 2003

La oleada de algaradas callejeras y de agresiones contra las sedes, los cargos electos y los candidatos del Partido Popular –ya superan las 120– auspiciadas por Izquierda Unida y el PSOE, probablemente habrá traído a la memoria de muchos de los españoles de más edad los acontecimientos previos a nuestra guerra civil. El paralelismo es aún mayor si se tiene en cuenta la deriva separatista en la que se hallan inmersos los nacionalistas vascos, la cual a su vez estimula los nunca bien disimulados anhelos rupturistas de los nacionalistas catalanes, donde hay que incluir a Maragall y sus propuestas anticonstitucionales sobre el modelo de estado.

Afortunadamente, y aun a pesar de la gravedad de los hechos –por ejemplo, las amenazas del secretario general del PSOE de la localidad onubense de Villarasa en el más puro estilo batasuno hacia el candidato del PP a la alcaldía–, todavía no se ha llegado al ambiente que se respiraba en la primavera de 1936. Pero desde que, con la excusa del “no a la guerra”, la extrema izquierda impidió hablar a Alberto Ruiz Gallardón en la Universidad Complutense, el tono de las “protestas” y la implicación directa o indirecta en ellas de PSOE e IU se ha elevado exponencialmente. La Izquierda ya ha traspasado ampliamente los límites de lo que la conciencia política más laxa puede considerar tolerable, rompiendo el consenso sobre el que todos los sistemas democráticos descansan y que, desde la transición, los principales partidos habían respetado: la erradicación de la violencia como arma política.

Del mismo modo que los compañeros de Ulises se perdieron en la tempestad cuando destaparon mientras éste dormía el odre de los vientos que le dio Eolo, creyendo que todos se pondrían a su favor para así llegar antes a Ítaca, Zapatero ha abierto el odre que mantenía confinada a la extrema izquierda antisistema apoyada por Llamazares; creyendo que, una vez logrados sus objetivos y arribado al “puerto de la Moncloa”, podría encerrar de nuevo en el odre los vientos políticos desfavorables. Pero en todas las democracias del mundo existen pequeñas minorías –generalmente inferiores al diez por ciento del cuerpo electoral– que anhelan la destrucción del sistema. Y aprovecharán cualquier apoyo y ocasión que les brinde la ceguera de políticos con pocos escrúpulos para envalentonarse e imponerse por métodos violentos y totalitarios al resto de la sociedad por medio del caos y el terror, como de hecho sucede en el País Vasco con ETA-Batasuna.

Dado que ni IU ni el PSOE parecen dispuestos de momento a dejar de sembrar vientos con tal de que la posterior tempestad les lleve más aprisa al poder, la actitud conciliadora del Partido Popular no sólo es inútil sino también contraproducente, tanto para el propio partido como para las libertades, pues los grupos antisistema coordinados por el Foro Social Europeo –del que forman parte destacados miembros de Izquierda Unida– la interpretarán como un gesto de debilidad y como un signo de que están ganando la batalla. Únicamente después de más de 120 agresiones hacia cargos, candidatos y sedes del PP, un Aznar más pendiente de su retiro político y de pasar a la Historia como el mejor jefe de Gobierno desde la transición –justo es reconocer que méritos no le faltan– se decidió a denunciar con cierta energía en el Congreso la responsabilidad que Zapatero y Llamazares comparten por esos actos delictivos.

Pero el centrismo y el eterno complejo de inferioridad de la Derecha –siempre suplicando a la Izquierda patentes de legitimidad y progresismo que no necesita– le han impedido hasta ahora al PP reprimir con la ley en la mano los excesos que la Izquierda practica contra sus militantes con el pretexto de la oposición a la guerra. La gravedad de lo sucedido en los últimos días es un indicio de que en esta guerra de los “pacifistas” contra el Gobierno no están tanto en juego la política exterior, las elecciones municipales o las generales como la conservación de las libertades e instituciones democráticas más elementales, que tanto han costado ganar y que tan poco cuesta perder. Para el PP, y para las instituciones democráticas, no es hora de “poner la otra mejilla” sino de poner en conocimiento de la Justicia los nombres de quienes siembran vientos totalitarios en la vida política española.

La "kale borroka" del PSOE
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital  27 Marzo 2003

El cicerón del zapaterismo, Jesús Caldera, ha justificado los atentados contra las sedes del PP del mismo modo que el PNV justificaba la “kale borroka” antes de que las reformas legales permitieran a la policía acabar con ese terrorismo “de baja intensidad”, que es sin embargo el que más intensamente siembra el terror. Para empezar, Caldera ha dicho que condena los ataques contra las sedes de cualquier partido, como si todos los partidos, empezando por el suyo, estuvieran siendo objeto de las mismas agresiones. Es una manera de quitar importancia a lo que la tiene, y gravísima.

En segundo lugar, Caldera ha minimizado la gravedad de los ataques y ha pasado a justificarlos, al decir que los huevos que tiran a las sedes del PP no son las bombas que se tiran en Irak. ¿Acaso cree Caldera que lo correcto y equitativo sería bombardear las sedes del PP y atacar a la bayoneta a los militantes. ¿Se considera a sí mismo y a Zapatero soldados de Husein o aguarda que lleguen los proetarras a ejercer tan equilibradora venganza?

Como López Garrido la semana pasada, Caldera ha justificado de hecho el centenar de ataques al primer partido político de España, aprovechando la ocasión para atacarlo en vez de defenderlo. Ni más ni menos que lo que siempre han hecho los peneuvistas cuando los militantes vascos del PSOE se han quejado de los ataques a sus sedes. Es una prueba más de que el PSOE está con los enemigos de la democracia si son enemigos del PP antes que con el PP aunque sea para defender la democracia. Si hay justicia en política, hecho dudoso, ya lo pagará en las urnas.

Federalismo tremens
ALFONSO DE LA VEGA La Voz 27 Marzo 2003

EN LA CULTURA anglosajona existe un oficio muy interesante que es el de hispanista. Se creía que tal oficio ya estaba en extinción puesto que desde la Transición, España había encontrado por fin la senda de la normalidad democrática y civilizada que merecía como pueblo, y que se le había negado desde el siglo XIX. Pero parece que se puede recuperar la actualidad del oficio.
 
Aquí, los pacifistas agreden a los miembros del partido que soporta al Gobierno constitucional, atacan sus sedes, impiden que puedan expresarse en los foros que controlan e incluso tiran adoquines a la policía. Y esto no sólo en los territorios controlados por los nacionalistas que constituyen las tradicionales reservas del despotismo, sino ahora también en toda España. Aquí los socialistas de vez en cuando se arrepienten de ser socialdemócratas y se echan al monte. O tienen comportamientos curiosos: desmantelan el sector público, desamortizando sus mejores empresas a precio de saldo, desactivan a los sindicatos, contribuyen a desvertebrar esa España que figura en sus siglas fomentando las taifas, enriquecen a los especuladores.

Debe ser cosa de las malas compañías que pervierten a sus líderes, apartándoles del recto sendero. Y no me refiero a Roldán, Juan Guerra o Sarasola, sino también a la de los comunistas y los nacionalistas. Un nuevo elemento para objeto de estudio de hispanistas es la propuesta de federalismo asimétrico del líder nacional socialista catalán Pascual Maragall. Tiene peculiaridades. El federalismo se entiende aquí para separar lo que estaba unido en vez de, como en el resto del mundo, para unir lo que está separado. Y olvida que su mejor logro histórico en España fue la destrucción de la Primera República. Consagra, y esto es especialmente curioso en un supuesto socialista, la desigualdad, el privilegio. En vez de La Internacional canta Los Segadores . Zapatero ni está ni se le espera. Pero, ¿qué dicen Bono, Vázquez o Ibarra?

Carrera estatutaria
José Cavero El Ideal Gallego 27 Marzo 2003

Como cabía suponer, pasado un cierto tiempo, y cuando el asunto ha rebajado sus niveles de ruido iniciales, los dirigentes catalanes han venido a sumarse al planteamiento soberanista de Juan José Ibarretxe, y Artur Mas primero, y a continuación, cuarenta y ocho horas más tarde, Pasqual Maragall, han dado a conocer sus correspondientes borradores y proyectos de futuro Estatuto de Autonomía para Cataluña, también de línea soberanista y de “Nación libremente asociada a España”, más o menos como el del lehendakari.

A poco que progresen unos y otros propósitos, el vasco y los catalanes, se habría llegado al final del “café para todos” que la Constitución vigente estableció, en materia de autonomías regionales. Y habríamos vuelto a autonomías-regiones-naciones de primera... y las demás.

En realidad, nunca hubo satisfacción ni complacencia plena, pero sí aceptación resignada, entre los nacionalistas vascos y catalanes con ese “café autonómico para todos” con el que, durante la Transición democrática, se afrontó y resolvió la gran reclamación de recuperar los viejos autogobiernos que había interrumpido la guerra civil.

Ahora entienden peneuvistas, convergentes y hasta el socialista federalista Maragall que ha llegado la hora de un reparto más proporcional de poderes y atribuciones entre el estado central y sus “naciones periféricas históricas”. El borrador de Artur Mas empezaba afirmando que Cataluña es una nación que reconoce al Estado español como marco de organización política en el que se integra como tal nación sin renunciar al ejercicio democrático del derecho inherente a la libre determinación de los pueblos.

Maragall propone el encaje de Cataluña en una España federal y la presencia internacional de Cataluña, al igual que plantea CiU. También coinciden en reclamar agencia tributaria autonómica, administración única, justicia catalana... Hay objetivos distintos, pero probablemente no demasiado... y no cabe descartar que resulte demasiado difícil que convergentes y socialistas catalanes se pongan de acuerdo en revisar y reformar el estatuto vigente, que se considera que ha cumplido con creces su objetivo durante un estimable período de dos décadas. Eso sí, los convergentes parecen ir algo por delante: su proyecto son 89 páginas, frente a las 14 del texto más abierto de Pasqual Maragall.

La libertad de expresión, instrumento político
ANTONIO GONZÁLEZ La Voz 27 Marzo 2003

LA PRIMERA víctima de esta guerra ya está identificada: la verdad y con ella la libertad de expresión. Las han suplantado la mentira y la demagogia, como armas estratégicas, que impiden a los ciudadanos estar informados de las atrocidades bélicas y sus daños colaterales y, sin embargo, pretenden estimular su ardor patriótico, con victorias más o menos amañadas en los servicios de inteligencia.

El ambiente bélico en España es especialmente agresivo, porque el Gobierno decidió alinearse con la opción de guerra, con el consiguiente rechazo de la opinión pública y el lógico aprovechamiento político de los diferentes partidos, en vísperas de unas importantes elecciones municipales y autonómicas que, a la vista del panorama, van a ser unas primarias y un test casi decisivo para el futuro del Gobierno del Partido Popular. La oposición ha utilizado con habilidad y también con oportunismo el rebufo popular del no a la guerra para sus fines electorales. La ya famosa pegatina es el mejor y más eficaz eslogan con el que podrían soñar los partidos para intentar alguna tajada de poder. Dicho en otras palabras, el no a la guerra , que surgió de la libre voluntad de la opinión pública, se ha convertido en el estandarte de un club exclusivo para quienes reúnan credenciales progresistas.La libertad de expresión se siente condicionada por estos criterios excluyentes que, a veces, son hasta violentos.

Contaba una señora en una emisora de radio que se le acercaron unos jóvenes e intentaron colocarle una pegatina con el no a la guerra . Ella les dijo que estaba de acuerdo con el rechazo a esa guerra, que, incluso, había estado en una de las manifestaciones, pero que no creía conveniente llevar esa pegatina. Y les preguntó si, además de este eslogan, tenían otro que dijera no a Sadam ... Conclusión: los jóvenes la insultaron y hasta intentaron agredirla.

El no a la guerra ha desatado un frente belicista -curiosa paradoja- en todos los ámbitos de la actividad pública y ha contagiado los medios de comunicación, especialmente las tertulias de radio, de belicismo dialéctico, en las que algunos participantes se transforman en exaltados predicadores del Apocalipsis. En este guirigay, en el que la mayoría opina y pocos son los que tienen criterio -ya se sabe que una cosa es opinar y otra tener criterio-, la opinión pública saca sus propias conclusiones, a veces mucho más inteligentes y sensatas que las de los ponentes y otras más radicales y hasta extremistas. No hay nada más apropiado para el desmadre que el anonimato.

La maldición de la torre de Babel ha reaparecido (quizás sea una de las armas mortíferas de Sadam) y se ha apoderado de la libre expresión. La guerra está en las ondas y las especulaciones sobre sus consecuencias flotan en el aire, como una tormenta de arena en el desierto.La guerra es un gran pretexto para los extremistas y una tapadera para los cobardes. Unos y otros fueron protagonistas lamentables de incidentes en la Universidad de Barcelona y en la de Madrid. El primero de ellos ocurrió el último día de febrero, cuando un grupo de gamberros impidieron por la fuerza y ante la pasividad de los responsables, que el profesor Fernando Savater participara en un acto académico. Días más tarde, también en Barcelona, la profesora del País Vasco Gotzone Mora no pudo dictar una conferencia en la Universidad porque su rector, el magnífico Joan Tugores, la prohibió, alegando que podrían producirse incidentes.

Es necesario recordar que en esos recintos de la libertad sí pudieron hablar personajes tan siniestros como Otegui y el chivato de ETA Pepe Rei. Por las mismas fechas, en la Universidad madrileña, otro grupo de exaltados, presuntos pacifistas, boicotearon un acto del presidente de la comunidad, Ruiz Gallardón. Estos tres episodios son ejemplos lamentables de que la libertad de expresión está siendo secuestrada por minorías violentas que pretenden suplantar en la calle al Estado de derecho. Y lo que es más grave, ante la cobarde o cómplice pasividad de los responsables.Cuando lleguen los tiempos de paz, los políticos, en gran medida culpables de esta situación, tienen la obligación de restablecer las reglas de juego, porque ni ellos ni la democracia valen nada sin el tesoro de la libertad de expresión y una opinión pública sanamente crítica, liberada de coacciones y de mentiras estratégicas. En esta función de restauración de la paz, la prensa tiene una gran responsabilidad, como la tuvo en los albores de la democracia ocupando la vanguardia en la lucha para restaurar la libertad. Este ha sido el objetivo de esta trilogía, que intenta encontrar un hueco en la trinchera del periódico para disparar reflexiones de concordia.

Aznar dice que los "personalismos" de Maragall socavan el consenso constitucional
EFE Libertad Digital  27 Marzo 2003

El presidente del Gobierno ha rechazado los proyectos que pretenden "socavar los cimientos del consenso constitucional". Para Aznar, "las aventuras, los personalismos, no responden ni a las necesidades ni a las realidades, ni a los deseos de la mayoría de los ciudadanos".

Aunque Aznar no se refirió explícitamente en ningún momento a la propuesta del líder del PSC, Pasqual Maragall, sobre la modificación del Estatuto de Cataluña, esa iniciativa fue el centro de las alusiones que realizó al futuro de esta Comunidad. El jefe del Ejecutivo, en el Palacio de la Moncloa, dijo que no participa de “aquellos impulsos políticos que quieren socavar los cimientos del consenso constitucional alcanzado hace veinticinco años y que nos han permitido llegar hasta aquí". Añadió que rechaza también que se intenten "sacar a la arena electoral, en pujas abiertas, los consenso básicos a los que llegó nuestra democracia en forma de estabilidad institucional"

El presidente del Gobierno no ve “ningún clamor por poner en riesgo nuestra estabilidad institucional, sino que, al contrario, veo mucho sentido común cuando se mantiene esa estabilidad y se pone todo el acento en las oportunidades que tenemos como país para aprovechar claramente nuestro futuro". Y dentro de ese futuro subrayó que Cataluña tiene más oportunidades que nadie, expresó su deseo de que sepa aprovecharlo y reiteró su apuesta por lograr una Comunidad que sea "motor de progreso de España" y ejerza un papel "de centralidad, no de marginalidad".

¿A quién representa la calle?
Julián Lago La Razón 27 Marzo 2003

De la misma forma que se cree en la medicina, cure ésta o no el cáncer, se cree en la democracia, nos convengan o no los resultados de las urnas, única fuente inspiradora de la legitimación política del sistema. De ahí que cuestionar tal legitimación no suponga sino la negación misma de la esencia del sistema, cuya expresión popular reside en el Parlamento pero nunca en la calle. Por mucho que ésta se manifieste, o sea eso, que de la nata sale el queso.
Nadie niega a la sociedad el derecho a movilizarse, a criticar al gobierno de turno o a decir misa, llegado el caso, lo cual constituye una práctica sólo posible de ejercer en las democracias, es decir no en Iraq, dicho sea de paso por si acaso. Se ha sostenido, y en nuestra opinión sin razón, que la calle se ha sublevado contra el Sistema, tal cual aconteciera en 1968 con el mayo francés. Igualmente hay quienes ven en la actual reacción colectiva similitud con la rebelión orteguiana de las masas, cosa que tampoco resulta cierta. A diferencia de uno y otro caso, la calle que protesta no se presenta como alternativa contra el sistema. Puede, eso sí, que la calle discurra ahora sobre el flujo signado de los movimientos antiglobalizadores, lo cual no es lo mismo.

A caballo entre el pacifismo emocional, que constituye el móvil de la mayoría participativa, y el oportunismo político, las movilizaciones son aprovechadas por los pescadores del río revuelto como no podría ser de otra forma. No obstante, a pesar de la agresión sufrida por el dirigente popular Jorge Fernández Díaz, los múltiples ataques contra sedes del PP y el destrozo ocasionado al mobiliario urbano, sería exagerado calificar tales episodios como diagnóstico de una situación prerrevolucionaria. ¿Quién entonces agita la calle esa a la que acuden por diferentes razones, y algunas de ellas antagónicas, grupos anarquistas y sindicalistas, bárbaros de fútbol de inspiración nazi y pacifistas de buena fe en general?

Sabemos qué, cuánto y a quiénes representan los partidos democráticos pero ignoramos realmente a quién representa la calle si no es a ella misma, y punto pelota. Tampoco creemos que cuanto ocurre se deba a la instrumentalización política de las movilizaciones. ¿Qué más quisiera Zapatero, a quien la guerra ha puesto en evidencia su insolvencia política, que la calle estuviera, detrás de su proyecto! Lo realmente alarmante, después de todo, es la conducta del secretario general socialista, quien del mundo democrático ha sido el único líder con expectativas de gobierno que se haya echado al monte, o lo que es lo mismo a la vía pública. Su intento de deslegitimar al gobierno de Aznar, al legitimar políticamente la calle, supone autodeslegitimarse como alternativa. Desde luego a Zapatero debería bastarle con el berenjenal independentista montado por el compañero Maragall para dejar de hacer el canelo en la calle como está haciendo, pero de eso hablaremos mañana, que dirían Tip y Coll, que hubieran dicho.

Proetarras y radicales nacionalistas se han infiltrado en los incidentes contra la guerra
Agentes de la Policía han identificado en las protestas de Madrid algunos emblemas relacionados con la banda y escuchado gritos de «gora ETA» Acebes confirma que se investiga la participación del entorno abertzale
Varios de los radicales que provocaron importantes incidentes en las manifestaciones «pacifistas» convocadas en Madrid, lanzaron gritos en favor de ETA y del terrorismo vasco y, alguno de ellos, lucía algún emblema relacionado con la banda terrorista, según han asegurado a LA RAZÓN diversas fuentes policiales. Estas mismas fuentes aseguran que, junto con estos elementos «filoetarras», se han identificado numerosos miembros del movimiento «okupa» que actuaron «coordinados y organizados perfectamente». El propio ministro del Interior, Ángel Acebes, reconoció ayer en el Senado que la Policía está investigando la presencia de grupos nacionalistas en las manifestaciones, muy parecidos a los que actúan en la «kale borroka».
Jose A. Pérez - Madrid.- La Razón 27 Marzo 2003

Grupos de personas que lucían emblemas y símbolos proetarras, gritos de «Gora Eta», y alusiones en algunos cánticos y soflamas al terrorismo vasco han sido identificados entre los grupos «pacifistas» que han protagonizado importantes incidentes de orden público en las últimas manifestaciones contra la guerra, fundamentalmente en la capital de España.

Según han asegurado a LA RAZÓN fuentes policiales, algunos miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado que sofocaron los mencionados incidentes el último fin de semana en Madrid han percibido entre el grupo de alborotadores la presencia de «filoetarras» y personas de «corte y comportamiento» muy similar a las que protagonizan los actos de «kale borroka» en el País Vasco.

En este sentido, algunos agentes pudieron escuchar nítidamente gritos en favor de la banda terrorista e identificaron algunos emblemas relacionados con la misma en algunas vestimentas. Según las mencionadas fuentes, «en estos momentos se está investigando si estos hechos forman parte de una pose que podrían estar adoptando los mencionados grupúsculos para dar una imagen que no se corresponde con la realidad o, realmente, se trata de infiltrados que proceden del entorno vasco». Junto a estas personas han sido identificados varios miembros del colectivo «okupa», que, en la mayoría de los casos, han sido la «base» de los ataques, siempre según las citadas informaciones.

El perfil de estos radicales que está ofreciendo la Policía es el de jóvenes de entre 18 y treinta años, algunos de ellos menores de edad, que portan elementos contundentes como «puños de hierro» y pancartas «fabricadas con chapa y madera para convertirlas en material arrojadizo».

Las fuerzas del orden han destacado a este periódico que «algunas de estas manifestaciones se han convocado sin estar autorizadas por la autoridad y, lo más grave de todo, sin contar con un servicio de orden interno que garantice el transcurrir pacífico de la marcha y facilite a la Policía la identificación de alborotadores en caso de que haya incidentes».

En este sentido, se destaca que, «por no contar, no se contaba ni con un simple sistema de megafonía que ayudase a dispersar a la gente cuando se produjesen los problemas». Lejos de organizar, para la próxima marcha, el mencionado sistema de orden interno por parte de los organizadores, éstos ya han anunciado que acudirán al próximo acto de protesta con cámaras de vídeo... para grabar la actuación policial.

Preocupación en Moncloa
Otras fuentes aseguran, mientras tanto, que tanto en el Palacio de La Moncloa como en la sede central del PP, en la madrileña calle Génova, comienzan a cundir la preo- cupación ante el indudable incremento de la «presión» sobre los ministros del Gobierno y los máximos responsables del partido por su postura en la guerra contra Iraq. «Esto comenzó como una broma y puede acabar con una tragedia», aseguran desde el PP.

Las organizaciones convocantes de las manifestaciones contra la guerra apuntan en otra dirección: la ultraderecha y los «skin heads». Lo que es evidente es que la presión gradual contra ministros y dirigentes del PP ha aumentado en los últimos días. Miembros del Gobierno, como Josep Piqué o Pilar del Castillo, presidentes autonómicos, como Manuel Fraga y Alberto Ruiz Gallardón; candidatos municipales como Juan Carlos Aparicio o Alberto Fernández Díaz han tenido que suspender o variar actos públicos ante la presión de algunos jóvenes, en algunos casos, con lanzamiento de piedras, huevos o botellas, de por medio. En el PP van un paso más allá: «constituye una falta contra el derecho de libertad y de expresión».

La importancia de Álava
JAVIER GUEVARA/ABOGADO El Correo 27 Marzo 2003

Álava ha sido, supuestamente, la hermana pobre, la menos importante, la 'menos vasca' de los tres territorios que componen la comunidad autónoma. Supuestamente. Porque lo cierto es que, en realidad, esa extendida opinión en nada se corresponde con los hechos. Álava, en la configuración e instauración, por primera vez en la historia, del País Vasco como comunidad jurídico-política, bajo la denominación de Euskadi, tuvo una influencia decisiva, en muchos aspectos, de entre los cuales pueden destacarse los siguientes: en primer lugar, fundamentalmente, por su adhesión voluntaria a la comunidad, sin la cual ésta no habría sido posible (y no debiera restarse importancia a esta circunstancia si recordamos las dudas que existían al respeto, o lo ocurrido en tiempos de la República con el Estatuto de Estella); en segundo lugar, la experiencia alavesa derivada del mantenimiento de parte de su autogobierno -el Concierto Económico es el ejemplo más relevante- sirvió mucho, a la hora de transmitir a los ciudadanos la bondad y las ventajas materiales que se derivaban del entramado jurídico en que se iba a articular la relación entre los territorios históricos, y entre éstos y el resto del Estado; por último, no sería justo olvidar la importancia de políticos alaveses en la creación, configuración y desarrollo de la comunidad autónoma, su capacidad de liderazgo y su influencia en la consolidación del proceso. Sus nombres están en la mente de todos.

Hoy, un cuarto de siglo después, Álava vuelve a ser decisiva. Porque, en las próximas elecciones municipales y a Juntas Generales, se va, de alguna forma, a dilucidar algo más, bastante más, que la simple designación de las personas que han de estar al frente de los ayuntamientos y diputaciones. Está en juego, en buena parte, el mantenimiento del pacto estatutario, la pervivencia del acuerdo de convivencia entre vascos y entre éstos con el resto del Estado, la legitimidad y la vigencia de ese marco que fue capaz de aglutinar y acoger a la inmensa mayoría de los ciudadanos de este país, por encima y sin detrimento de sus diferentes sensibilidades. Y no han sido precisamente los partidarios del marco estatutario quienes han convertido a estas elecciones en una especie de plebiscito, sino aquéllos que, dando unilateralmente por muerto el pacto, han querido plantear los próximos comicios como una especie de banco de pruebas para medir las posibilidades de avanzar en un nuevo proyecto que, aunque ambiguo y no claramente explicitado, presenta un carácter claramente soberanista.

No es momento ahora de reiterar la bondad del Estatuto de Gernika como instrumento de vertebración y de integración de la inmensa mayoría de los ciudadanos vascos en un marco de convivencia comúnmente aceptado. Tampoco me extenderé sobre el evidente peligro de división, de fractura social, que implica la deriva del nacionalismo gobernante hacia la vía soberanista. Lo que importa decir ahora es que, sin Álava, cualquier proyecto que pretenda la rescisión del pacto estatutario y el establecimiento de un nuevo marco jurídico-político estará muerto desde el principio, no tendrá la menor posibilidad, no ya de prosperar, sino ni siquiera de ser tenido en cuenta. Porque, si ya resulta complicado pretender una Euskal Herria con Navarra y los territorios vasco-franceses, es aún más difícil imaginar una Euskadi sin Álava. Dicho en otras palabras: lo que de verdad está en cuestión es la conservación de lo construido en veinticinco años, o su destrucción por otros proyectos de más que incierto futuro y más que dudosa viabilidad.

Los alaveses, que siempre hemos sido prudentes y poco amigos de aventuras, inventos o frivolidades, tendremos que tener muy en cuenta estas consideraciones cuando acudamos a las urnas el próximo mes de mayo. Habremos de ser conscientes de la influencia decisiva que nuestro voto puede tener en el futuro próximo de este país.

Debemos saber que, una vez más, nos estaremos 'autodeterminando', decidiendo lo que queremos ser en el futuro, según expresión al uso. Recordaremos cómo hace poco tiempo la audacia imprudente de nuestros gobernantes autonómicos llegó incluso a poner en peligro algo tan importante y tan querido para nosotros como el Concierto Económico. Tendremos que tener en cuenta que el Estatuto sigue aglutinando a una inmensa mayoría de la gente que vive en esta tierra. Haremos bien, siguiendo nuestro carácter, en recelar de ocurrencias que no sabemos a dónde nos llevan. Y, por cierto, no estará de más que reparemos en lo significativo que resulta el hecho de que buena parte de esos políticos nacionalistas a los que antes me refería como arquitectos importantes de lo construido en estos años siguen hoy en día reivindicando la vigencia del pacto estatutario, bien como disidentes del nacionalismo gobernante, bien incluso en las filas de otras formaciones, que, a su juicio, defienden ahora exactamente lo mismo que ellos siempre han defendido.

Basagoiti acusa a Ibarreche de «manipular» la previsión de voto
D. Mazón - Madrid.- La Razón 27 Marzo 2003

El portavoz del grupo municipal del PP en Bilbao y candidato a la Alcaldía de la localidad, Antonio Basagoiti, calificó ayer al Gobierno vasco de «tramposo» y «caradura» por «manipular» la encuesta de previsión de voto hecha pública por el Ejecutivo de Ibarreche el pasado martes. En declaraciones a LA RAZÓN, Basagoiti señaló que «el porcentaje de votos no se corresponde con el número de escaños otorgados». Tanto Basagoiti como el parlamentario popular Carlos Urquijo señalaron a este diario que están estudiando medidas para presentar una iniciativa parlamentaria.

La denuncia del PP señala que el PNV, dentro de la horquilla de escaños obtenida por el partido según la encuesta, se adjudica el número más alto, mientras que al PP, dentro de su horquilla le adjudica el más bajo para así acentuar las diferencias.

Edurne Uriarte entrega a la Fundación Pablo Iglesias el Premio Tomás y Valiente
Redacción - Madrid.- La Razón 27 Marzo 2003

Alfonso Guerra, presidente de la Fundación Pablo Iglesias, recogió ayer en la localidad madrileña de Fuenlabrada el segundo premio «Por la Defensa de las Libertades y los Derechos Fundamentales», que ha sido concedido a dicha institución por la Fundación Instituto de Cultura del Sur, creada por los municipios de Fuenlabrada, Getafe, Leganés, Mostoles y Parla y la Asociación Club Enlace.

El galardón se concede a la Fundación Pablo Iglesias por su trabajo de investigación, divulgación y recuperación de la memoria histórica sobre el exilio, y el acto estuvo presentado por la periodista Concha García Campoy, y participaron en el mismo Edurne Uriarte, galardonada el pasado año; la actriz Nuria Espert; el escritor Eduardo Haro Tecglen; el alcalde de Fuenlabrada, Manuel Robles, y el de Getafe, Pedro Castro, presidente a su vez de Instituto Cultural del Sur. Asimismo, acudieron el presidente del Tribunal Constitucional, Manuel Jiménez de Parga, y el candidato del PSOE a la Presidencia de la Comunidad de Madrid, Rafael Simancas.

La Fundación Instituto de Cultura del Sur creó en 2001 un premio anual en homenaje al que fuera presidente del Tribunal Constitucional Francisco Tomás y Valiente, asesinado por la banda terrorista ETA el 14 de febrero de 1996. Según el anfitrión del acto de ayer, el alcalde de Fuenlabrada Manuel Robles, Tomás y Valiente «siempre demostró su defensa de los principios de libertad, participación, convivencia y tolerancia».

Marcado por la guerra
Con este galardón, se reconoce el trabajo de personas o entidades que destaquen por la defensa de los valores democráticos, éticos y constitucionales y de los principios de libertad, participación, convivencia y tolerancia presentes en la vida del catedrático asesinado.

El importe del premio, de 18.000 euros, será destinado a un futuro trabajo de investigación cuyo eje temático será la defensa de las libertades y derechos fundamentales. El ex vicepresidente de Gobierno aseguró tras recoger el premio que la guerra en Iraq es «un golpe de estado a la legalidad internacional, perpretado en las Azores y arrastrando a España a la vileza de la muerte y la destrucción». «Parece que algunos ¬añadió¬ no quieren obtener las consecuencias lógicas de otras guerras y otros exilios, como el de la Guerra Civil Española».

Política y agitación
Editorial El Correo 27 Marzo 2003

En los últimos días, tanto en la calle como en las Cámaras parlamentarias, han surgido preocupantes brotes de tensión que están desbordando los límites de la legítima controversia política para deslizarse hacia un terreno de agitación que amenaza con contagiar a la sociedad y provocar fracturas indeseables para la convivencia democrática. Los sentimientos de la ciudadanía están especialmente sensibles ante las duras imágenes que llegan de la guerra en Irak, por lo que la responsabilidad de los líderes políticos debe ir en la dirección de encauzarla hacia el debate, en lugar de favorecer su desbordamiento y crispación. Ayer se escenificó en el Congreso, una vez más en las últimas semanas, el alto nivel de tensión que se ha instalado en la vida pública nacional. Tan polarizadas están las posiciones respecto al conflicto iraquí que las referencias al Consejo Europeo de primavera, relevante en términos económicos, que era de entrada el teórico argumento del debate, se diluyeron completamente entre la inflamada controversia suscitada por la guerra. Las formas utilizadas por algunos portavoces de la oposición a la hora de interpelar al presidente del Gobierno amenazaron con arrojar más combustible a la ya agitada situación política.

Las manifestaciones de las últimas semanas contra la guerra, que comenzaron en forma de irreprochables movilizaciones cívicas, se han ido cargando de inaceptables incidentes violentos, en verdad minoritarios pero exponentes de una creciente crispación social y responsables de la alteración del panorama de intachable respeto a unas normas de actuación que parecían consolidadas. Los candidatos del Partido Popular a las próximas elecciones municipales y autonómicas están padeciendo un acoso social creciente, que alcanzó su expresión más cruda y reprobable en la agresión a Alberto Fernández Díaz en Reus, mientras 120 sedes de este partido han sido objeto de ataques por grupos radicales con el pretexto de protestar contra la intervención de EE UU y Gran Bretaña en Irak.

Los propios términos del debate parlamentario han registrado igualmente un endurecimiento inadmisible, hasta el punto de que, al calor de la controversia, el portavoz del grupo del PNV en el Congreso lanzó el martes una gratuita y rechazable carga de profundidad contra el Jefe del Estado, en un discurso que no se entiende si no es en la clave de un inconfesable interés en jalear la desestabilización política, la deslegitimación institucional y, en última instancia, alimentar el sueño de algunos nacionalistas radicales que se frotarían las manos si al final del camino de la agitación se perfilase un escenario de ruptura de los consensos de la Transición, para inmediatamente proponer ellos unos nuevos a su medida. Se ha llegado a sugerir la hipótesis de que el presidente del Gobierno, José María Aznar, tendría que responder de sus decisiones ante el Tribunal Penal Internacional, y dentro de algunos respetables partidos no se ha puesto coto a los gritos de 'asesinos' contra representantes del PP que, interpretados acto seguido por los vándalos, parecen dar licencia para la inmediata agresión a personas y bienes.

Resultaría de poca utilidad tratar de atribuir culpas y responsabilidades por haberse llegado a esta situación tan enrarecida, pero es innegable que los partidos políticos, que son el cauce fundamental de la representación ciudadana según la Constitución, tienen el deber de la ejemplaridad y han de desempeñar una permanente labor pedagógica respecto a la opinión pública. El líder del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero, rechazó ayer con contundencia todos los actos encaminados a la intimidación o a ejercer violencia sobre los populares -no podía ser de otro modo-; también lo hizo el coordinador general de Izquierda Unida, Gaspar Llamazares. Pero ambos dirigentes establecieron una inconveniente simetría entre estos sucesos y algunas actuaciones policiales, sin duda condenables, que se han cometido con ocasión de las últimas manifestaciones. Sus invocaciones a intempestivos precedentes y sus propuestas desmesuradas distaron mucho del equilibrio que la situación exige.

Ante este clima preocupante, resulta imprescindible y urgente que los antagonistas parlamentarios rebajen la agresividad y lubrifiquen el tono del discurso para salvar, al menos, las relaciones interpersonales y la necesaria serenidad política. Tenemos por delante varias citas electorales, algunas ya muy próximas, que inevitablemente introducirán mayores dosis de incandescencia en el panorama político, por lo que no parece sensato permitir que, a estas alturas, se vayan degradando las relaciones entre los principales motores de la actividad política en un año complejo en el que, como siempre, todos tenemos la obligación de preservar las instituciones y los valores democráticos para no interrumpir el camino de progreso y madurez que tenemos emprendido.

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