AGLI

Recortes de Prensa     Miércoles 16 Abril  2003
Derrota separatista en Quebec
Editorial La Razón 16 Abril 2003

Posguerra: el ángulo interior
ÁLVARO DELGADO-GAL ABC 16 Abril 2003

La guerra manipulada
Juan Van Halen La Razón 16 Abril 2003
 

El nuevo modelo de Quebec
Editorial ABC 16 Abril 2003

El PSOE del “No a la guerra” necesita la guerra
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital  16 Abril 2003

El nacionalismo de Maragall
M. MARTÍN FERRAND ABC 16 Abril 2003

El camino de Damasco
JAIME CAMPMANY ABC 16 Abril 2003

Muñoa, jódete porque existo
Román Cendoya La Razón 16 Abril 2003

Piqué y el ridículo del PPC
Francisco Marhuenda La Razón 16 Abril 2003

Consuelo para los vascos
Germán Yanke Libertad Digital  16 Abril 2003

La oposición quiere más guerra
Ignacio Villa Libertad Digital  16 Abril 2003

Despreciable autocensura
Carlos Ball Libertad Digital  16 Abril 2003

Ibarretxe: dos desafíos, dos chantajes
ROBERTO L. BLANCO VALDÉS La Voz 16 Abril 2003
 

Derrota separatista en Quebec
Editorial La Razón 16 Abril 2003

La victoria por mayoría absoluta del Partido Liberal en las elecciones regionales de Quebec, la provincia francófona canadiense, aleja el fantasma secesionista en el país norteamericano. Pese a que los separatistas del Partido Quebequés habían prometido la convocatoria de un nuevo referéndum independentista, en un intento de recuperar los votos que le negaban las encuestas, su derrota es inapelable. Los partidarios de la unión con Canadá obtuvieron 75 de los 125 escaños del Parlamento semiautónomo.

Este cambio de tendencia ha sido posible gracias a la llamada «Ley de la Claridad», impulsada por el gobierno federal, por la que se determinaba que cualquier consulta popular sobre el futuro de la nación debía hacerse con una pregunta clara, sencilla y directa «¿Quiere usted que Quebec sea independiente y se separe de Canadá?» en lugar de los planteamientos confusos de las anteriores convocatorias, en las que los separatistas hablaban de «coparticipación económica y política», muy en la línea del «estado asociado» que desde hace meses promueve el lendakari Ibarreche en el País Vasco.

Despojado de su ropaje ambiguo, el nacionalismo quebequés ha ido perdiendo apoyos de elección en elección, hasta el vuelco legislativo de ayer. Su líder, Bernard Landry, ha felicitado al vencedor y ha anunciado que, pese a todo, seguirá luchando por la independencia de la región, aunque la convocatoria del nuevo referéndum, que sería la tercera en poco más de 20 años, tendrá que esperar.

Posguerra: el ángulo interior
Por ÁLVARO DELGADO-GAL ABC 16 Abril 2003

CADA nación se ve enfrentada a desafíos proporcionales a las hazañas o fechorías que ha cometido. Para los USA, o incluso para Gran Bretaña, la posguerra iraquí ofrece perfiles y puntos de fuga de índole geoestratégica: ¿qué papel se va a reservar a la ONU? ¿Cómo se administrará el petróleo? ¿De qué manera se influirá en los regímenes de la zona? ¿Cómo se armarán los mimbres de un futuro gobierno en Irak? Y así de corrido. Son cuestiones políticas, y al tiempo técnicas. Nos remiten, figuradamente, a una mesa de laboratorio sobre la que están dispersos cachivaches y piezas varios, que se tiene el propósito de ensamblar con este fin o el de más allá. Por desgracia, los españoles tendremos que vivir la posguerra acuciados por preocupaciones de muy diversa naturaleza. De una naturaleza, por así decirlo, terapéutica. Se han producido desgarrones importantes en la sociedad, y abierto vías de agua en todos los partidos. El que piense que el único perjudicado es el PP, es un optimista. Ha padecido el sistema, de modo imprevisto y en gran medida gratuito, y por gratuito, tanto más irritante. Empecemos por donde se debe empezar. O sea, por el principio. Es decir, Aznar.

Ya he adelantado en este diario mi diagnóstico sobre el protagonismo claramente extraviado de Aznar durante la fase anterior a la guerra. Aznar, que en varios extremos llevaba razón, se olvidó de algo esencial: el país al que representa. Es verdad que no se realizó una labor de pedagogía política puntual y oportuna. Pero no creo que esto haya sido esencial. Sencillamente, España no estaba para ciertas apuestas, y el asunto de la guerra la ha sacado literalmente de quicio. A consecuencia de esto, el PP se enfrenta a dos peligros sucesivos, uno a corto y otro a medio plazo. El peligro a corto, es el de una avería seria en las municipales y autonómicas, provocada por la variable exógena de la guerra. El percance sería especialmente grave en el País Vasco, en que no está sólo en juego la titularidad del poder local sino la integridad del Estado. Conservar el Estado ha sido una de las grandes prioridades del presidente. Un naufragio artificial en Vasconia significaría para él -y muchos más- una tragedia incalculable.

Vayamos al peligro a medio plazo. La renuncia de Aznar a renovar candidatura abrió el llamado «melón sucesorio». En su versión antigua, las discusiones sobre el melón sucesorio se centraban en las dificultades que a un partido se le presentan cuando está prevista una solución de continuidad en la gestión del poder. Si se nombra sucesor demasiado pronto, el delfín se convierte en rehén de la política del gobierno todavía en activo. Si se retrasa la entrega del testigo, el partido se inquieta, se desorienta, y entra en rendimientos decrecientes. Tales preocupaciones, enteramente justificadas, se reducen a un asunto menor en comparación de las que debería suscitar la situación creada por la guerra. Lo que puede ocurrir ahora, es un súbito y prematuro debilitamiento del jefe de un partido fuertemente jerarquizado. En semejantes circunstancias, no está del todo claro que vaya a funcionar el principio romano. Esto es, que salga sucesor el designado por el príncipe. Si se verificase un vacío de poder, no es impensable que surgieran grietas y disensiones en el PP, del estilo de las que arrasaron a UCD. El partido, de momento, se mantiene firme. Pero sólo de momento. Por eso es esencial para los populares obtener un resultado decoroso en la municipales y autonómicas. Si pinchan en demasiados sitios a un tiempo, se entrará en aguas francamente revueltas.

Paso a la oposición. Y me arranco con el Zapatero que habrían deseado los miembros más experimentados e inteligentes del PSOE. Imaginen que este Zapatero de fantasía adopta, sí, una posición muy crítica respecto a la militancia de Aznar; y que tensa un poco la cuerda del pacifismo sentimental, aunque sin incurrir en demagogias de brochazo gordo o exigir una confrontación directa con Bush, que no nos podemos permitir porque no somos Francia y que Francia, en el fondo, tampoco se podía permitir. Ese Zapatero discrepante, aunque no absurdo, habría extraído un rendimiento máximo de los errores de Aznar. En lugar de esto, Zapatero ha cometido tres dislates considerables. Uno, apuntarse a maximalismos retóricos sin pies ni cabeza. Dos, apelar a la democracia directa, reaccionando a destiempo y mal cuando la democracia directa ha desembocado en actos de violencia contra sedes y personas del PP. Tres, indiciar su estrategia al desarrollo de la guerra, por definición incontrolable. O lo que es lo mismo, rebajar la estrategia a táctica.

No me ocuparé del último punto, muy importante aunque de índole técnica. Lo que me urge analizar aquí, es el efecto combinado que han tenido las dos iniciativas anteriores. La democracia directa, o sea, la domiciliación implícita de la legitimidad en el pueblo simbólicamente congregado sobre el pavés callejero, ha entrecomillado la autoridad de las instituciones y degradado los modos parlamentarios. No sólo se han visto y oído en el parlamento cosas que ha resultado penoso ver y oír, sino que el nivel discursivo ha sido pobrísimo. El «Pare la guerra, señor Aznar», no debería haberse pronunciado cuando se pronunció, o sea, en plena guerra. La explicación es clara. Evidentemente, Aznar no podía parar la guerra en marcha, y menos, una guerra en la que no tenía puestos soldados. Conminarle a hacerlo, ha sido una manera oblicua y teatral de decirle que él la había desencadenado, y por tanto, de declararle coatuor moral de las muertes de españoles provocadas por el fuego amigo o enemigo. Esta simpleza habría carecido de importancia en una situación normal. Teniendo en cuenta que se coreaba «Aznar asesino» en muchas plazas y calles de España, la simpleza ha sido más que simpleza. Ha sido una irresponsabilidad.

Cuál vaya a ser el beneficio para el equipo actual de los socialistas, está por ver. No es posible radicalizarse y a la vez ganar el centro. Y el tiempo pasa, y viene el Tío Paco con las rebajas. Pero dejemos a un lado las averiguaciones, y restrinjámonos a lo seguro. El desenlace desgraciado es que la retórica desbocada, unida a las movilizaciones, ha extendido un mensaje ambiguo. El mensaje ha sonado así, en una suerte de in crescendo incontenible: las instituciones no están sirviendo a los intereses del pueblo. Ítem más, tal vez no estén sirviendo a los intereses del pueblo porque se hallan dominadas por la derecha. O quizá, el problema es que derecha y democracia -en los momentos de exaltación, no se repara en el detalle de las urnas- no son compatibles. Estos recados, explícitos o sobreentendidos, son profundamente destructivos. Probablemente, han constituido una segunda tragedia para Aznar, uno de cuyos objetivos más loables ha sido homologar irreversiblemente a la derecha histórica. O si se prefiere: fundir, hasta borrar sus contornos castizos, a la derecha venida del franquismo en el bloque constitucional.

Las tragedias personales de Aznar no son importantes para la vida pública. Son episodios privados. Es importante, sin embargo, que se haya cometido la temeridad de acudir a un lenguaje verbal y corporal de exclusiones terminantes. La guerra ha traído una división social que no nos merecemos, y que es extemporánea. La posguerra ha de significar para nosotros la recuperación del sentido común. Cesados los hechos sangrientos en Irak, no hay necesidad de continuar dando mandobles con el pretexto de la paz.

La guerra manipulada
Juan Van Halen La Razón 16 Abril 2003

Dos cuestiones deben quedar claras ante cualquier guerra: la primera víctima es la verdad, y toda guerra la pierde el pueblo, que es quien, inocentemente, la sufre. Luego habrá banderas victoriosas y todo el acompañamiento coreográfico que se quiera.

Esta guerra ha sido, además, acaso más que otras, una guerra manipulada en la que ha brillado el maniqueísmo.

No hace mucho los rusos arrasaron Chechenia con muy pocos testigos; o sea sin apenas cámaras ni periodistas. Ahora mismo las tropas franceses están en Costa de Marfil, una intervención en la antigua colonia, también sin testigos. Acaba de producirse una masacre con más de mil muertos civiles en el Congo, y ningún informador ha estado allí para dar testimonio de las mujeres y niños asesinados. Pero, desde el principio, esta guerra en Iraq tenía un culpable, identificado y condenado: Estados Unidos. Y nada se hablaba de las atrocidades del dictador Sadam Husein, que en todo caso se minimizaban; por ejemplo, las matanzas de kurdos por Alí «el químico» zozobraban en el olvido. Se presentaba la guerra como la invasión de un pacífico e idílico país; pero los mismos que ahora hablan de invasión disculparon la invasión de Kuwait, entendieron la invasión de Irán, y quienes hablan de Estados Unidos como un despreciable gendarme universal, asumían la realidad de un Iraq convertido en agresivo gendarme del mundo árabe para amenaza del mundo.

Después de docena y media de Resoluciones de la ONU sobre el desarme de Iraq, que había perdido una guerra de conquista hacía doce años, un probo y confuso funcionario sueco, convertido en jefe de los inspectores de la ONU, no quería perder su contrato y apostaba por algo tan curioso como suponer que Sadam iba a desarmarse en tres semanas cuando no había recibido a los inspectores, tras expulsarlos hace años, sino con la presión de doscientos mil soldados en sus fronteras. Nadie puede pensar en serio que Sadam iba a mover ficha con celeridad cuando se había enrocado durante años y años. Los inspectores, además, no eran detectives, sino notarios. Quienes debían tener voluntad de desarmarse eran los iraquíes.

En esto llegó la guerra, y en el mundo se denunció que no era una «guerra legal».

Pero ¿qué es una guerra legal? ¿Los muertos de las guerras «legales» son menos muertos que los de las guerras «ilegales»? ¿En Kosovo hubo menos sufrimiento? ¿También era, según tales moldes, una guerra ilegal»? Esta guerra es consecuencia del incumplimiento de las condiciones de paz tras la derrota de Sadam hace doce años; no es una nueva guerra. La legalidad, aparte de las sucesivas Resoluciones de la ONU, viene de entonces. Pero la manipulación estaba servida, y en España, por ejemplo, se utilizó ¬y se utiliza¬ la guerra para batallas políticas de consumo interior, para desgaste del Gobierno, y para limitar la libre acción del partido político que apoya a ese Gobierno. De modo que ha surgido el modelo «oposición pancarta»; es más fácil y cómodo colocarse detrás de una pancarta que plantear alternativas programáticas, sobre todo cuando la España de 2003 poco tiene que ver en realidades económicas y sociales, y en presencia internacional, con la España de 1996, que era la España del «pelotazo». Estábamos y estamos en la manipulación interior de la guerra.

La manipulación exterior no es menos evidente ni menos grave. Un antiamericanismo de adolescente desinformado se ha abierto paso incluso entre quienes, por sus responsabilidades, deberían haberse mostrado más rigurosos. Francia y Rusia, con intereses evidentes en Iraq, y Alemania sumida en las contradicciones de un gobierno rojiverde que ha recortado ferozmente los derechos sociales y pasa el momento más débil de su economía, al propiciar la división de Occidente (Francia y Rusia amenazaron con un veto en el Consejo de Seguridad) son evidentes piezas en el empecinamiento de Sadam por no desarmarse.

Igualmente, las manifestaciones contra la guerra (en las que no ha figurado nunca una sola pancarta contra Sadam) que eran presentadas en Iraq como apoyo internacional a la dictadura, dieron alas al régimen iraquí. En todas estas salsas hay que buscar, sin hipocresías, a los auténticos culpables de la resistencia de Sadam, que ha encontrado armas de efecto psicológico para engañar a su pueblo.
Pero la manipulación ha llegado también a la desgraciada muerte de civiles. En toda guerra hay esos que, eufemísticamente, se llaman ahora «efectos colaterales», por más que la precisión de los sofisticados sistemas de tiro de última generación limiten el riesgo de objetivos no deseados. Los muertos son iguales en todas las guerras y en todos los bandos. No hay muertos de primera y de segunda clase. En esta guerra parece que se han producido ¬y un solo muerto sería ya muy doloroso¬ menos muertos civiles que en la mañana del 11 de septiembre trágico en Manhattan.

En esta guerra, como en todas, la primera víctima es la verdad. Y la baza más común ha sido y es la manipulación. Mientras, el gran culpable de los horrores que es Sadam, resistía a la desesperada, sabiendo que no tenía salida alguna, consintiendo que se hiciese mayor la tragedia de su pueblo. Como cuando era joven y formaba parte de Futuwa, una organización paramilitar que seguía el modelo de la Juventudes Hitlerianas, y tenía como libro de cabecera «Mi lucha», acaso emulando a su héroe, Sadam quería resistir hasta el final en su búnker, y acabar pegándose un tiro. Antes, directa o indirectamente, se habrá llevado a decenas de miles de personas por delante.

El nuevo modelo de Quebec
Editorial ABC 16 Abril 2003

LA causa nacionalista, allí donde se promueva, ha perdido un referente cualitativo con la derrota absoluta y sin paliativos del Partido Quebequés (PQ), en el poder desde 1994 y contumaz impulsor de la independencia de Quebec frente a Canadá. El Partido Liberal -que en 1998 ya ganó en votos al PQ aunque no en escaños- ha logrado la mayoría absoluta de la cámara regional, con 76 escaños, frente a los 45 del PQ y los 4 de Acción Democrática de Quebec.

La valoración de estos resultados sólo es completa si se enmarcan en el contexto histórico de lo que bien podría llamarse el modelo quebequés, basado en una combinación de soberanía y asociación que claramente ha inspirado el actual proyecto político del nacionalismo vasco, resumido en la propuesta de una nación libre asociada, con apariencia de constitucionalidad. No son ajenos a estos resultados electorales la sucesión de mensajes de la propia sociedad de Quebec y la firmeza de las instituciones centrales canadienses -Gobierno, Parlamento y Tribunal Supremo- en mantener la unidad del Estado, ninguno entendido por un nacionalismo inflexible en sus postulados. En 1980 y en 1995 -en esta segunda ocasión, por un estrecho uno por ciento-, los independentistas perdieron sendas consultas sobre la propuesta de soberanía y asociación con Canadá.

En 1998, el Tribunal Supremo de Canadá dictaminó que ni la constitución ni el derecho internacional concedían a Quebec el derecho a la secesión unilateral y que, en todo caso, la soberanía sólo podría ser reconocida si, además de la pertinente reforma constitucional, contaba con un respaldo mayoritario significativo y era objeto de una negociación de buena fe con las demás regiones canadienses.

Este dictamen se ha convertido en un antecedente jurídico imprescindible para rebatir las tesis secesionistas que parten de la idea de que la autodeterminación es un derecho natural de los pueblos, oponible a Estados democráticos formados tanto por la evolución de su historia como por la voluntad de sus habitantes. Este planteamiento no fue sólo una formulación legal del Supremo canadiense, sino también el núcleo de un discurso político que las instituciones centrales ejecutaron fielmente y sin concesiones. Jean Chretien, primer ministro canadiense, lo resumió muy expresivamente con su llamamiento a defender la «casa común».

El nacionalismo quebequés ha pagado su obstinación de sumir a la sociedad de Quebec en una disputa continua por su identidad política, a pesar de que, democráticamente en dos ocasiones, rechazó afirmar su propia soberanía frente a Canadá, más aún cuando la convivencia con las demás regiones canadienses y con sus institucionales federales se asienta en una amplia autonomía política y económica -el régimen fiscal ha sido uno de los temas de la campaña electoral- y el reconocimiento efectivo de su patrimonio cultural y lingüístico.

Es inevitable subrayar que dos de los nacionalismos modernos más activos, es decir, el quebequés y el irlandés, han entrado en una nueva fase histórica que arranca del fracaso de sus objetivos máximos. La lectura interna de este doble retroceso corresponde, sin duda, al nacionalismo vasco -y en distinta medida al catalán-, concernido por la progresiva pérdida de unos modelos que sus propios dirigentes elevaron a la condición de principios radicales de su acción política (Pacto de Estella, propuesta de nación libre asociada). El resultado no puede ser más insatisfactorio para los nacionalistas vascos, porque los modelos abiertos en Quebec e Irlanda se apoyan en la derrota o en el desistimiento del soberanismo y enseñan, por un lado, que la responsabilidad de los poderes públicos de un Estado es proponer y desarrollar programas políticos y legislativos que refuercen su identidad nacional y, por otro, que la violencia nunca puede ser premiada políticamente.

El PSOE del “No a la guerra” necesita la guerra
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital  16 Abril 2003

El PSOE no tiene una alternativa clara –ni oscura– a la política económica del PP: desde proclamar que bajar los impuestos era “progresista” hasta achacar los descarrilamientos de la RENFE al déficit cero, sus declaraciones son un rosario de contradicciones y sus propuestas constituyen un vía crucis para la lógica, aparte de lo que supone ver a Solchaga, ese desastre del pasado, como cerebro del futuro. Una de las razones para no votar al PSOE es la economía.

EL PSOE carece de posición clara y de criterio fijo sobre la unidad nacional y sobre el sistema constitucional. Como en economía, ha pasado de posiciones homologables a las del PP, como las representadas por Redondo Terreros y Paco Vázquez, al seguidismo con respecto al PNV de Odón Elorza y Patxi López, a la complicidad con el BNG de Touriño o al jaque mate al Estatuto de Autonomía y la Constitución de Maragall. Su falta de una idea de España y su aventurerismo frívolo en materia constitucional, así como el empeño en negar el peligro separatista que padece España son probablemente las razones más de fondo para no votar al PSOE.

El PSOE carece de alternativa seria en política internacional, salvo que se abone de forma permanente al seguidismo de Francia (en cuyo caso tendrá la política que cada semana convenga a los intereses imperiales o económicos de la “grandeur”, sea con o contra los USA, pero siempre al margen de la mayoría de países de la UE) o que continúe de la mano de Izquierda Unida en una línea de identificación con la dictaduras comunistas o islámicas del Tercer Mundo y de permanente confrontación con los USA y la gran mayoría de la UE, partidaria de mantener el vínculo transatlántico frente a las insoportables pretensiones hegemónicas del Eje franco-alemán. La identificación de Zapatero con Llamazares es una seria razón intelectual y moral para no votar al PSOE.

Y como no hay razones ni de política nacional, ni de política internacional ni de política económica para votar al PSOE y no a Izquierda Unida (que es lo mismo pero más coherente), lo único que le queda a Zapatero para derrotar al PP es mantener una estrategia de desgaste callejero y de acoso antidemocrático al PP y a las instituciones. Lo del “Prestige” ya no da más de sí, salvo para beneficiar al BNG. Y el único caladero de votos que parece accesible al PSOE es el de los jóvenes, las mujeres y los sectores menos informados que han aceptado o pueden aceptar la identificación entre Aznar y la guerra. A falta de programa, de ideas, de principios y de candidatos, al PSOE sólo le queda mantener la guerra como elemento clave de definición y deslinde político.

Tiene un pequeño problema: en apenas un mes, la guerra contra Sadam Hussein ha terminado. Necesita otra pronto, si es que Zapatero no quiere convertirse en una de las “víctimas colaterales” del conflicto iraquí. O la encuentra o se la inventa. ¿Qué es un pacifista sin guerras? ¿Y un ecologista sin contaminación? ¿Y un nacionalista sin culpar de todos los males a España? ¿Y un socialista sin poder llamarle “asesino” a Aznar? Apenas nada: una aprensión, un malestar, un odio, pero ninguna razón seria para votar. Polanco va a tener que buscarle una guerra al PSOE o en las próximas elecciones todavía puede ganar el PP.

El nacionalismo de Maragall
Por M. MARTÍN FERRAND ABC 16 Abril 2003

MANUEL Fraga, tonante, y Jaime Mayor Oreja, con moderación evangélica, se han referido últimamente a las propuestas de Pasqual Maragall sobre el autogobierno de Cataluña. Según Fraga estamos ante un caso de «alta traición» y Mayor, si no le traduzco mal, que el democristiano no es idioma sencillo para el uso periodístico, ha venido a decir que afectan a la cohesión de España. No sé muy bien a qué carta quedarme. Los nacionalismos, esa cosa tan anacrónica y pelmaza, son, históricamente, una tentación de la derecha, una expresión de bienestar burgués en contraste diferencial con la tradición agraria; pero lo de Cataluña, en donde el PSC le echa carreras a CiU, sobrepasa las fronteras de la historia clásica de las ideas políticas. La efervescencia nacionalista con base socialista se parece más a un intento de involución que a un proyecto de progreso; pero cada cual tiene su corazoncito y si Maragall, por familia y tradición, puede permitirse un lujo de fervor «nacional», con aromas decadentes, ¿puede ser compartido por el primer secretario del PSC y verdadero motor del socialismo catalán, José Montilla?

El problema, si bien se mira, es para la lidia de José Luis Rodríguez Zapatero. El PSOE que él lidera, ¿es, verdaderamente, un partido nacional español? Lo pregunto sin intención aviesa, porque no lo sé. El PSOE que obtuvo mayoría en 1982 lo parecía; pero han pasado más de veinte años, la historia es dinámica y España propende a las taifas a nada que el viento de la unidad sople con ráfagas de oportunismo. El federalismo de Maragall es, como las divertidas definiciones de Cantinflas, más elástico que asimétrico; pero, según Zapatero, el proyecto del PSC es positivo para España. Si nos atenemos a la última conferencia de Maragall en Madrid, en el Club Siglo XXI, en donde no planteó más reforma constitucional que la redefinición del Senado como Cámara de representación territorial, el caso no es para muchos sustos; pero tampoco va de más la alarma en estos asuntos en que el fervor nacionalista, tan intermitente, puede subir de temperatura por el mero hecho de la proximidad electoral. El nacionalismo es, a fin de cuentas, un gran sucedáneo de las ideologías.

Existen muchas posibilidades, como acaba de decir Zapatero después de un cónclave con su gente catalana, de que la opción PSC «sea mayoritaria en la sociedad catalana en las próximas elecciones». Ello, con cuanto conlleva de castigo a Convergencia y de fracaso de Josep Piqué, con la vista puesta en las legislativas de 2004, dado que el ambiente general no parece el más propicio para mayorías absolutas, podría ser determinante en el esquema de la gobernación del Estado. Las distancias entre el PP y el PSOE que hoy marcan las encuestas disponibles son tan pequeñas que, aunque no haya nada más efímero que un supuesto político permanente, no es ocioso hacer cábalas anticipadas sobre lo que, entre lo posible, parece probable. La crispación ambiental, que no decae, el centrismo instalado, que no convence, y las experiencias vividas, tan cansinas, invitarán a muchas personas al «voto a la contra»: votar contra alguien mejor que hacerlo a su favor. Aquí no hay que descartar nunca la tentación española de sacarse un ojo, y quedarse tuerto, ante la remota hipótesis de la ceguera total del adversario. El mal ajeno nunca es un bien, pero esto es España y no conviene perderlo de vista. Somos así.

El camino de Damasco
Por JAIME CAMPMANY ABC 16 Abril 2003

LAS acusaciones que Washington acumula estos días sobre Damasco hacen sospechar que por allí se puede encender la guerra que viene. A pesar de las protestas sirias, no parece descartable que el cortejo bélico del derrotado y huido Sadam Husein haya buscado y encontrado acomodo en escondrijos del país vecino. En algún lugar se han metido, y ¿dónde, si no? Desde hace un tiempo, se habla de la permeabilidad de la frontera sirio-iraquí. Pues, o la han cruzado los del cortejo, ya sin bigote, o se los ha tragado la tierra, o los ha asumido Alá en una asunción compasiva.

Lo de las armas químicas, biológicas y nucleares es otro cantar. Los ejércitos ingleses y norteamericanos andan todavía buscando en Iraq esa clase de armas cuya existencia afirmaban con tanta seguridad, y las armas no aparecen. Que también se hayan refugiado y escondido en Siria las armas y no sólo los efectivos bélicos semovientes, es decir, la famosa baraja de los wanted, parece un supuesto menos probable. De lo que no cabe dudar a estas alturas de la película, es de que en Washington, en el Pentágono, y en Nueva York, en Wall Street, hay gentes que proponen con vehemencia tomar el camino de Damasco. Y no para caer del caballo como el converso san Pablo, sino para unir a la de Bagdad la conquista de la ciudad que es origen de aquellos Omeya que reinaron en el ilustre califato de Córdoba. De Damasco salieron nuestros abderramanes y nuestros alhaquemes.

Que toda aquella zona es una múltiple cueva del terrorismo islámico internacional es una sospecha tan fundada que no se puede descartar de un plumazo, y antes que una suposición disparatada, aparece como una evidencia. Que allí se cuecen intereses económicos y bélicos que atraen la atención de Israel, cuyo combate no cesa, además de las aspiraciones imperialistas de los Estados Unidos, no es una afirmación que se pueda considerar muy discutible. El deseo israelí de asegurar su predominio en la zona parece presumible, y el propósito de los americanos de constituirse en centinelas y protectores de aquellos países, también. Y eso sin llegar a la magnificación del imperialismo americano de Pablo Sebastián, pluma afilada y temible, que compara a Bush nada menos que con los césares de Roma, Alejandro Magno, Gengis Khan, Napoleón y Hitler, y convierte a José María Aznar en acólito del gran emperador del siglo XXI.

Si resulta cierto que Norteamérica emprende el camino de Damasco para unir de alguna manera esa ciudad a su corona, no existe hoy en el mundo instrumento capaz de detener ese avance. Eso será bueno o será malo, pero es así. Los organismos internacionales han perdido casi toda su eficacia, cosa tan grave como lamentable, sólo les queda aquella fuerza que quiera reconocerles el país más poderoso de la Tierra, y ya se ha visto que no es mucha. Por otra parte, parece improbable que los Estados Unidos sostengan unas instituciones internacionales cuya misión principal consista en oponerse a sus propios designios. Hacen falta nuevas estructuras, porque el suceso de aquel tremendo 11-S dejó inservibles las que nacieron después de la guerra mundial.

Muñoa, jódete porque existo
Román Cendoya La Razón 16 Abril 2003

José María Muñoa comisionado por el lehendakari nazionalista (con z) para Europa ha negado la existencia de los exiliados vascos. «Ni 200.000, ni 20.000, ni 2.000, ni 200» (LA RAZÓN 12-04-03). Propio de fascistas enajenados.

Los exiliados vascos no existimos porque para los nazionalistas (con z) no tenemos la condición de vasco, ni de persona. Su verdad es nuestra inexistencia. Es su verdad fascista. Es su verdad nazi. Es su verdad exterminadora... Negar nuestra existencia es consumar nuestro exterminio. Desde pequeño he conocido a los exiliados vascos. Del colegio desaparecían compañeros y nos decían «es que se han tenido que ir».

Según han pasado los años he conocido exiliados, por un sinfin de motivos, siempre relacionado con los socios del PNV en Lizarra. Empresarios, políticos, víctimas del terrorismo, profesores, intelectuales, periodistas, vascos amedrentados... En Europa nos conocen porque han escuchado el testimonio de las víctimas y de los exiliados en múltiples comparecencias en el Parlamento Europeo.

La negación de mi existencia, como la de los otros miles de exiliados vascos, no les evitará tener que afrontar nuestra realidad porque aquí estamos para denunciarle y recordarles que han fracasado. Muñoa, jódete porque existo y como yo muchos para recordarte tu vergüenza. Fascista.

Piqué y el ridículo del PPC
Francisco Marhuenda La Razón 16 Abril 2003

Hay que reconocer que la política es dura, pero lo es aún más cuando se hace el ridículo. La primera irrupción relevante de Josep Piqué en la política catalana, como presidente del PPC, se ha saldado con un ridículo monumental. Es difícil encontrar un espectáculo más bochornoso que la fallida comisión de investigación organizada por el intrascendente «escándalo» de los sondeos manipulados. Se constituye, comparece David Madí para dimitir y CiU y PSC pactan el fin de la comisión para el día siguiente. Mal empieza el liderazgo carismático de Piqué cuando convergentes y socialistas se ríen ante sus ojos dando el carpetazo a la comisión. ¿Dónde quedan ahora las bravuconadas? La realidad es que en el anaquel de los recuerdos. CiU afronta el final de la legislatura colándole un gol, de los que ya quisiera meter el Barça, en la portería del ministro de Ciencia y Tecnología.

Mientras el PP rechazaba la constitución de otras comisiones de investigación, sin duda con mayores fundamentos, apoyaba una por el tema de los sondeos. A CiU no le interesaba, pero era evidente que tampoco al PSC, porque significaba investigar al Ayuntamiento de Barcelona a pocas semanas de las municipales. Por tanto, el secretario general de Comunicación de la Generalitat, David Madí, se ha convertido en la víctima propiciatoria, lo cual le permitirá dedicarse con mayor intensidad a la dirección de la campaña de Artur Mas. Al final le han hecho un favor, porque se ha sacrificado por el conseller en cap.

En Cataluña no existe la misma sensibilidad que en el Reino Unido por la manipulación de una encuesta, aquí es algo que solo preocupa y ocupa a los políticos mientras que allí hubiera provocado la caída del gobierno. Las sociedades mediterráneas son más tolerantes y nadie se cree las encuestas de los gobiernos. La comisión de investigación era una correctivo por los desplantes de CiU, pero el pacto con el PSC la convierte en una charlotada y en un duro revés para Piqué. El ministro debería tomar buena nota, porque aceptar los sistemáticos desplantes de la federación nacionalista perjudica las expectativas del PP en Cataluña, tanto para las autonómicas como para las generales.

Consuelo para los vascos
Germán Yanke Libertad Digital  16 Abril 2003

Consolemos a los ciudadanos vascos, hagámonos eco de sus desgracias, acompañémosles en su vía crucis, distraigámosles un rato. A sus muchos males se une el de un gobierno que se ocupa de sus dineros y sus etarras, y no de sus derechos. Y, en ese gobierno, el único consejero no nacionalista les ha salido memo.

Memo, aunque no por ello deje de ser peligroso, es el consejero Madrazo, que anda por ahí levantando la voz: que si la República, que si la negociación con los terroristas, que si los dineritos para Cuba (los de los contribuyentes, claro), que si la guerra civil, que si él, pobrecito, es un santo laico al que deberíamos culto, que si los insultos al presidente del Gobierno español y a las instituciones del Estado de Derecho, que si Batasuna merece protección, que si denuncias penales contra Blair y Aznar. Para un comunista en la sacristía del PNV, nos sale payaso.

Para presentar la querella en el Supremo, ya que el santo varón no puede estar en todas partes, llega a Madrid su hermana, concejala en Bilbao (consolemos también a los bilbaínos), dando al asunto de la política totalitaria un aire de familia que resulta muy significativo. Al fin y al cabo, Madrazo, el hermano, precisó su propio voto para ser candidato de una Izquierda Unida dividida –ahora partida– en el País Vasco. Vamos, que la familia, en esto de las payasadas, siempre anda unida. O consigo misma. Es payaso Madrazo de los de trazo grueso, de los que gritan para llamar la atención y abofetean sonoramente para despertar la carcajada de los idiotas.

Le hacemos caso porque es una muestra de la degeneración de la izquierda, que no es moco de pavo. Y le contemplamos con espanto porque, con el presupuesto público, se dedica a dinamitar cualquier atisbo de sentido común y cualquier refugio de las libertades. Pero lo importante es que saquemos un rato y consolemos de algún modo a los vascos, que soportan y pagan todo esto.

La oposición quiere más guerra
Ignacio Villa Libertad Digital  16 Abril 2003

Había pocas dudas, pero la realidad se ha encargado de despejar cualquier borrón de inquietud. El PSOE e IU, definitivamente, están anclados en la estrategia de la guerra, de la crispación y del enfrentamiento. La oposición ha descubierto una forma de hacer política basada en el ataque indiscriminado e injustificado, que tiene formas aparentes pero resultados desastrosos. Desde el Partido Socialista y desde Izquierda Unida han enarbolado la bandera del pacifismo bélico y con el paso de los días les ha creado una adicción. Necesitan de una guerra para hacer política, necesitan de una guerra para atacar al Gobierno, necesitan de una guerra para tapar sus muchas deficiencias. Una vez que internacionalmente se ha dado por concluida la guerra de Irak, ahora piden más, ahora piden Siria.

Mientras tanto, los ciudadanos seguimos sin conocer ninguna iniciativa política de la oposición parlamentaria. ¿Conocen ustedes las propuestas fiscales, económicas, educativas, sobre la lucha antiterrorista o sobre al articulación de España del PSOE o de IU? No las conocen, sencillamente porque no las han hecho. Si preguntan a Zapatero poco tendrá que decir, a no ser que vuelva a sacar las propuestas de Jordi Sevilla, las iniciativas –con typex incluido– de Jesús Caldera, las peligrosas ideas para la unidad de España de Pascual Maragall o las inexplicables connivencias de Odón Elorza. Zapatero no dice nada, solo asiente y consiente; pero es incapaz de articular un programa serio de alternativa de Gobierno y con iniciativas. Calla ante los muchos problemas internos y se refugia en la calle y en la guerra. Si, en cambio, preguntan a Gaspar Llamazares el panorama es todavía más desolador. De Llamazares no se conoce ni una sola idea. Sólo se sabe de reverencias y más reverencias hacia Javier Madrazo, de quién sólo podemos hablar de sus "simpatías" hacia Batasuna y de su debilidad hacia los coches oficiales.

En fin, como ven, el panorama de la oposición es desolador. No tienen nada, y ofrecen mucho menos. Han basado desde hace meses su estrategia en la crítica a la guerra, y ahora se han dado cuenta de que necesitan más guerra. Después de Irak, quieren Siria. Y como no hay motivos para pensar en una nueva intervención militar, ellos se empeñan en insistir en que ahora toca Siria. Una auténtica pena. Ellos, que se han declarado "pacifistas" de nuevo cuño, no han necesitado mucho tiempo para que quede en evidencia que toda su estrategia se basa en la guerra pura y dura. En la guerra partidista y utilizada en beneficio propio.

El Gobierno del PP, en estos siete años de trabajo, ha cometido muchos y variados errores. Pero con esta oposición, el futuro no debería torcerse para los populares. Se han encontrado con una oposición belicista y guerrera como pocas, que a la hora de la verdad no sabe hacer política. Es la vuelta a los orígenes demagógicos de una izquierda que, por este camino, tiene muy poco futuro.

Despreciable autocensura
Carlos Ball Libertad Digital  16 Abril 2003

Los historiadores señalan la decisión de las autoridades de Atenas al aplicar la pena de muerte a Sócrates, en el año 400 A.C., como el caso documentado más antiguo de censura. Pero Tácito escribió que el primer gobernante que procedió a castigar por la palabra escrita o pronunciada fue el emperador romano Augusto. Desde entonces, políticos y gobernantes de todos los tiempos y latitudes han dedicado buena parte de sus esfuerzos y del dinero de los contribuyentes a tratar de influenciar lo que se informa sobre el régimen. Los gobiernos de Francia, España y muchos países latinoamericanos tienen sus propias “agencias de noticias” y en el Reino Unido la BBC, el medio oficial que recibe un subsidio obligatorio de todos los televidentes británicos, ha sido por décadas bastión de la extrema izquierda antiamericana.

Pero no dudo que más despreciable aún que la censura es la autocensura, la decisión premeditada de un medio de comunicación de complacer al gobierno de turno tergiversando o, al menos, suavizando, la información.

El 11 de abril, el New York Times publicó en su página de opinión la confesión de autocensura más clara y sensacional que jamás había visto. El autor es Eason Jordan, ejecutivo jefe de noticias de CNN. Tituló su columna “Las noticias que nos guardamos” y la comienza así: “En los últimos 12 años viajé 13 veces a Bagdad para cabildear ante el gobierno, poder mantener abierto el buró de CNN en Bagdad y tener acceso a líderes iraquíes. Cada vez que iba, me angustiaba más lo que veía y escuchaba: cosas horrorosas que no podían ser reportadas porque ello hubiera puesto en peligro la vida de iraquíes, especialmente de miembros de nuestro personal en Bagdad”.

Más adelante confiesa: “La policía secreta aterrorizaba a los iraquíes que trabajaban para los servicios de noticias internacionales… algunos desaparecieron… otros fueron arrestados y torturados de maneras inimaginables… Sé que CNN no pudo informar sobre lo que el hijo mayor de Sadam Husein, Uday, me dijo en 1995: el plan de asesinar a sus dos cuñados que habían desertado, como también a quien les había dado asilo, el rey Hussein de Jordania… Sentí que tenía la obligación moral de avisarle al rey de Jordania y así lo hice al día siguiente. El rey desechó la amenaza como desplantes de un loco. Pocos meses después Uday indujo a sus cuñados a regresar a Bagdad, donde pronto fueron asesinados”.

“Llegué a conocer lo suficientemente bien a varios funcionarios iraquíes para que me contaran que Sadam Husein era un maníaco que tenía que ser extirpado. Un funcionario del ministerio de Relaciones Exteriores me contó que un colega suyo, al enterarse que su hermano había sido ejecutado por el régimen, fue obligado a probar su lealtad escribiéndole una carta de felicitaciones a Sadam Husein por haberlo hecho”.

Hoy conocemos la manera desequilibrada y deshonesta como CNN y otros servicios de prensa reportaban la situación en Irak, convirtiendo el profundo odio que la población sentía por sus gobernantes en aparente popularidad. Mientras CNN y otros medios mentían sobre la verdadera naturaleza criminal del régimen iraquí, repetían malintencionadamente las conexiones petroleras del presidente Bush y del vicepresidente Cheney. Eso ayudó a fomentar la reciente ola de antiamericanismo fulminante y la desinformación que ha prevalecido sobre las actuaciones e intenciones del gobierno de Estados Unidos en la prensa latinoamericana.

En Venezuela se conocen ya las conexiones de CNN con el gobierno de Chávez y más temprano que tarde nos enteraremos de los arreglos que CNN ha hecho con el gobierno de Fidel Castro para mantener su privilegiada corresponsalía en La Habana. Por eso yo no le creo a CNN. Pero también debo admitir que no soy un observador mesurado e imparcial de la autocensura. A mediados de los años 80, siendo director general de un diario venezolano que había alcanzado altísima circulación, vi cómo la competencia nos quitaba la publicidad oficial y la de las grandes empresas que contrataban con el gobierno, autocensurando la información que publicaban y repitiendo como loros las declaraciones de los ministros y demás poderosos del régimen de turno. El estatismo, el intervencionismo, el clientelismo y la corrupción oficial que predominó en Venezuela durante los años 70, 80 y 90 le abonaron el camino a Hugo Chávez, íntimo amigo y admirador de Castro, Sadam y Gadafi. Hoy aplaudo la valentía de los medios venezolanos.

Carlos Ball es director de la agencia © AIPE <http://www.aipenet.com> y académico asociado del Cato Institute.

Ibarretxe: dos desafíos, dos chantajes
ROBERTO L. BLANCO VALDÉS La Voz 16 Abril 2003

IBARRETXE acaba de anunciar que en septiembre someterá al Parlamento vasco su propuesta de libre asociación. Es decir, el plan soberanista con el que el PNV ha decidido comenzar a construir la independencia. Tal previsión encierra una estrategia que es más perversa que difícil de explicar: en realidad consiste en plantear dos desafíos que esconden dos auténticos chantajes.

El primero se dirigirá a cambiar la voluntad del cuerpo electoral del País Vasco, pues el PNV sabe que hoy carece de lo que necesita para hacer operativa su propuesta: la mayoría. No la tienen los nacionalistas en el Parlamento de Vitoria sin contar con la ilegalizada Batasuna, por lo que, salvo que cambiase la voluntad de ETA y su partido, el lendakari deberá convocar elecciones autonómicas. El que Ibarretxe se decida a hacerlo (o a congelar, de momento, su propuesta) dependerá del resultado de las próximas locales: si tal resultado fuera bueno para él, las autonómicas se convocarán con total seguridad.

Y, ya convocadas, intentarán los nacionalistas moderados (¿moderados?) el primero de los chantajes que nos tienen preparados. Acudirán a las elecciones con un mensaje claro y simple: si queréis el final de la violencia debéis votarnos y votar, así, nuestra propuesta. El que tal cosa se plantee mientras ETA amenaza de muerte a los rivales de Ibarretxe constituye una inmoralidad verdaderamente repugnante. Y es al fin y al cabo una forma de dar la razón a los violentos, que obtendrían lo que quieren no matando, sino dejando de matar. Eso, claro, en el supuesto de que el PNV consiguiera una nueva tregua sujeta, como la anterior, a la condición resolutoria del cumplimiento por su parte de los objetivos de la banda terrorista.

Ganadas, así, las elecciones y ganado, en su caso, el tramposo referéndum que podría convocarse tras esa tramposa victoria electoral, el PNV tendría todavía que enfrentarse a un segundo desafío: el de cómo conseguir que las Cortes aceptasen la reforma estatutaria eventualmente aprobada por el Parlamento de Vitoria y el pueblo vasco bajo amenaza (sí, amenaza) del final, o, lo que es igual, del no final, de la violencia.

¿Un segundo desafío? Otro chantaje, y allá películas: ¿se atreverán las Cortes, es decir, los partidos que en ellas tienen mayoría, a no respetar la voluntad del pueblo vasco? El que esa voluntad esté viciada de raíz y suponga abrir una brecha descomunal entre los vascos, es algo que al PNV no parece preocuparle lo más mínimo. Lo que es lógico: desde hace casi treinta años el PNV sólo está preocupado por ganar. A cualquier precio: incluso al de que pierda su país.

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