AGLI

Recortes de Prensa     Domingo 27 Abril  2003
Desde siempre y para siempre
ÁLVARO DELGADO-GAL ABC 27 Abril 2003

Lecturas para Ibarretxe
JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS ABC 27 Abril 2003

¡Basta de palabrería!
JEAN-FRANÇOIS REVEL ABC 27 Abril 2003

Todo por decidir
BENIGNO PENDÁS ABC 27 Abril 2003

Castro y el bloqueo moral de la izquierda
EDITORIAL Libertad Digital  27 Abril 2003

El buen ejemplo irlandés
ROGELIO ALONSO El Correo 27 Abril 2003

Un cero a la izquierda
Juan Carlos Girauta Libertad Digital  27 Abril 2003

Oreja sitúa a Ibarretxe, Maragall y el Pacto de Barcelona como eje de la ofensiva nacionalista
Agencias Libertad Digital  27 Abril 2003

Recuperan en «El laberinto vasco» los artículos en los que Julio Caro Baroja desentrañó los tópicos y falsedades del nacionalismo
TULIO DEMICHELI ABC 27 Abril 2003

Desde siempre y para siempre
Por ÁLVARO DELGADO-GAL ABC 27 Abril 2003

He conseguido el manifiesto completo que redactó la directiva del PNV en vísperas del Aberri Eguna. Y lo he leído con aplicación, y hasta un punto de pasión. Me concentraré primero en los aspectos puramente formales, de enorme interés a mi entender. Lo habitual, en las alocuciones partidarias, es que se empiece haciendo balance de los logros conseguidos, o que se mencione un episodio de gran relieve civil. Verbigracia, el aniversario de la Constitución. Pero en el manifiesto se abre fuego con una imagen extraída del Antiguo Testamento. Desde la tarima del orador, convertida en púlpito, se acomete una tarea que los políticos modernos no consideran de su competencia: dirigir las conciencias. Dirigir las conciencias no equivale a conminar mediante argumentos. El que argumenta es un igual; el que dirige las conciencias es un superior, que puede tocar, bien el registro colérico, bien el de las admoniciones paternales. No me resisto a reproducir unos renglones del documento: «Nadie gana lo suficiente, aunque gane mucho. Ganar mucho, hacerse con una o varias viviendas confortables, vehículos lujosos o viajes suntuosos. Este es el ideal de la mayoría en la sociedad, en una constante combinación de sibaritismo y de emulación o de vanidad». Estamos en la parroquia, con el predicador de un lado y la grey del otro, metro y medio más abajo. Cuanto se ha dicho de la estructura poco democrática del PNV, resulta pálido, o demasiado abstracto, en comparación del desnivel, de la fractura jerárquica, que el tono del manifiesto presupone, y a la vez confirma.

Voy ahora al fondo. Por supuesto, se desautoriza el Estatuto. La alegación principal, es que la Constitución se redactó antes de que España fuera una democracia constitucional y cumpliera los requisitos democráticos mínimos. Es obvio que el razonamiento sirve para arrasar cualquier democracia conocida. Puesto que, remontándonos en el tiempo, siempre llegaremos a un punto en que la democracia se apoya sobre un momento predemocrático, un momento que viciaría el desarrollo democrático subsiguiente. Dicho de otro modo: todas las democracias serían ilegítimas. ¿Qué fuente alternativa de legitimidad se nos propone?

Aparece aquí la tesis característica, indígena, del nacionalismo. Lo que funda la legitimidad no es la voluntad contingentemente expresada por los ciudadanos a través de determinados procedimientos. No es la suma de decisiones efectuada conforme a ciertas reglas. Lo que funda la democracia, es la existencia de un pueblo, brotado de un venero tan remoto, tan fabulosamente anterior a todo, que lo que haya ocurrido después, lo que llamamos historia, se reduce a una anécdota, o mejor, a una tergiversación. Nos vemos devueltos, en palabras del manifiesto, al prestigio del neolítico.

Esto suscita una dificultad, y también una paradoja. La dificultad es política: ¿qué hacer con las personas, costumbres o preferencias culturales que no entran en el esquema fundacional? ¿Qué hacer, por ejemplo, con los constitucionalistas? En una democracia normal, esta dificultad no existe. Puesto que no se le exige a la gente que responda a un arquetipo ancestral. Se le pide tan sólo que respete las reglas: el Código Civil, los resultados de las elecciones, ciertas normas de cortesía, etc... La invocación de un arquetipo ancestral, sin embargo, deja al ciudadano sin opciones. O tiene que irse porque no está sujeto al arquetipo, o tiene que comprimirse en él. Lo segundo, además, es humillante. Los arquetipos, en el imaginario nacionalista, son hechos objetivos, y de añadidura, naturales. En consecuencia, el que abraza un arquetipo desde fuera será siempre menos puro, menos íntegro, que el nacido en su interior. Los arquetipos, en fin, no se eligen. Los arquetipos son, y nosotros somos dentro de ellos.

Voy a la paradoja: si el hecho vasco es un hecho natural, inafectado por la cultura histórica, no se comprende que haya que hacer nada para defenderlo. Lo normal, es que se defienda a sí mismo, como el triángulo se defiende a sí mismo de ser rectángulo o línea recta. ¿Entonces? Surge en este trance el segundo, y fascinante, quiebro nacionalista. Los autores del manifiesto, que han platonizado la esencia vasca, derivan de pronto en biólogos. Lo vasco es una especie enormemente precaria, que el viento del cambio podría llevarse por delante si no se levantan barreras con que protegerla. Urge amparar lo vasco, como urge amparar al tigre de Bengala o al lince ibérico. El tigre de Bengala o el lince ibérico necesitan, para sobrevivir, un entorno propicio. Lo vasco, ídem de ídem. En el plano político, el entorno propicio es la hegemonía nacionalista. En el cultural, un alud de mentes adiestradas, aunque sea por la fuerza, en el empleo del idioma vasco. El último reclama vehículos para ser perdurable, y estos vehículos son las mentes de los ciudadanos vascos. Se cierra así el círculo. La identidad vasca, anterior a los vascos literales, exige de éstos el sacrificio de sus innúmeros, e irrelevantes, proyectos biográficos. Se habla también de Internet, y todas esas cosas. Pero esto viene después, y es mero tatuaje.

Lecturas para Ibarretxe
Por JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS ABC 27 Abril 2003

AL ponerme a escribir este artículo dominical me llega la amable carta de Pío Caro-Baroja Jaureguialzo a la que acompaña «El laberinto vasco» de su tío Julio Caro Baroja. Tengo el libro de Don Julio, de igual título, editado por Txertoa en 1984, y éste de ahora es una nueva edición, corregida y aumentada, que incluye, para alegría de esta Casa, tres amplias colaboraciones en ABC del intelectual de Bera de Bidasoa. Su sobrino me cuenta que en este volumen se recopilan por primera vez todos los artículos del autor fallecido hace ya ocho años publicados en prensa «desde las primeras elecciones libres de 1977 hasta 1988 relativos al problema vasco». Más adelante, el albacea intelectual de Don Julio me relata en su epístola que en el libro se «trazan no sólo las apreciaciones de Caro Baroja sobre la situación política del País, sino también la evolución y el laberinto personal del autor desde un cierto optimismo en el año 1977, hasta el más profundo desencanto por el violento rumbo emprendido en su querida tierra en la década de los ochenta».

Creo recordar -aunque no he localizado el documento publicado- que Don Julio dijo haber votado al PNV en 1977 y en algún otro comicio posterior y no haber repetido esa opción en las elecciones de mitad de los ochenta y principio de los noventa. En realidad, no hacía falta que lo dijera en público porque como recuerda un pasaje del «Laberinto vasco» -primorosamente editado y con un magnífico prólogo de Fernando Pérez Ollo-, el sobrino que fue del insigne Pío Baroja escribió el siguiente texto, incompatible con la deriva del nacionalismo vasco: «Si hay una identidad, hay que buscarla en el amor. Ni más ni menos. Amor al país en el que hemos nacido o vivido. Amor a los montes, prados, bosques, amor al idioma y costumbres, sin exclusivismos. Amor a sus grandes hombres y no sólo a un grupito entre ellos. Amor a los vecinos y a los que no son como nosotros». Así, como lo escribió Don Julio, entendemos muchos miles de vascos el amor a nuestra tierra. Y así -y por eso se desencantó el gran intelectual de Bera de Bidasoa, junto al hogar encendido de Itzea- le terminaron los nacionalistas por despreciar como a otros grandes nombres y hombres de la intelectualidad vasca.

D. Julio, que escribió en ABC piezas magistrales que se recogen en este volumen, llegó a pensar, y a hacerlo con convicción, que los «patriotas vascos» no amaban a su tierra porque hacían de su supuesto afecto una práctica destructiva y excluyente. Él conoció bien a nacionalistas añosos y experimentados, curados de espantos y amantes de la paz que no tuvieron sosiego ni en su niñez ni en su adolescencia ni en la madurez, y alumbraron la esperanza en la senectud regresada.

El sobrino de Don Pío Baroja no fue de perfil tan liberal y huraño como su pariente excelso, que, con otros, alumbraron las letras españolas desde las tierras vasco-navarras, pero fue hombre de calidez que creyó en el amor como liberación de pasiones y sectarismos y, según escribió en este periódico (2 de diciembre de 1988), «también los que podemos admirar a la vez a Santa Teresa de Jesús y Voltaire carecemos de manual y tenemos que renunciar a todo carnet». Como recuerda el introductor de «El laberinto vasco», Gerald Brenan consideraba a Don Julio como «el más brillante de los españoles». Y vaya que si lo fue porque fundió en sus silencios peripatéticos, en su cuna madrileña, en su vecindad navarra, en su telurismo vasco, esas hechuras que tuvieron otros naturales de allí desde Ignacio de Loyola a Miguel de Unamuno.

Ya no quedan de esos. El País Vasco es un erial intelectual. Las fuentes de la reflexión están fuera, aquí, en Madrid, o en otras ciudades, en las que Juan Pablo Fusi Aizpurua (¡qué gran libro su última obra!, «La Patria lejana»), Jon Juaristi (otro gran libro: «La Tribu atribulada»), Patxo Unzueta (igualmente, magnífico autor con José Luis Barbería de «Cómo hemos llegado a esto»), Fernando Savater (deliciosa autobiografía: «Mira por donde»), Edurne Uriarte (espléndida su «España, Patriotismo y Nación»), Mikel Azurmendi, Mario Onaindía, German Yanke... y tantos otros publicistas como Carlos Martínez Gorriarán, Antonio Elorza (perdón por olvidos involuntarios) aportan razón y afecto, sentido común y de la historia. Y ahora llega, de nuevo y mejorado, «El laberinto vasco» de Don Julio Caro Baroja. Que alguien, con ese «amor a los vecinos y a los que no son como nosotros», le remita a Ibarretxe estos libros para que al leerlos se apee de su mesianismo y no lleve a los vascos al despeñadero de la «casi guerra con Madrid». Para que deje de destruir mi tierra -nuestra tierra- y no la empuje a empellones al abismo de su propia alucinación. Que lea. Que lea a los suyos que transterrados o en el paraíso de Dios o de la nada -que cada cual elija- son la voz del sufrimiento que ama y no desespera. Para que salgamos, todos, de ese laberinto endemoniado en el que nos han metido con engaño y con sangre.

¡Basta de palabrería!
Por JEAN-FRANÇOIS REVEL ABC 27 Abril 2003

La cumbre de Atenas, en la que se firmó el tratado de adhesión de los 10 nuevos miembros de la Unión Europea, terminó por ser un espaldarazo a Naciones Unidas, al menos tanto como una celebración de la ampliación de Europa. Este papel estrella de la ONU, en esta etapa capital de una construcción en la que, ciertamente, es deseable que sea un socio pero no un actor cualificado, tiene una explicación. Se deriva de la nueva diplomacia francesa, que consiste en convertir a la ONU en un instrumento de oposición a la política exterior estadounidense. Un método adoptado asimismo, desde hace algunos meses, por una minoría de países europeos que comparten el análisis o los sentimientos de Francia. En efecto, la doctrina de la seguridad colectiva, que en teoría prevaleció desde la Segunda Guerra Mundial, e incluso desde la Primera, conduce a otorgar a la ONU un papel «central» e incluso «fundamental» para resolver los conflictos y defender la democracia. Pero la pregunta que se plantea es saber si, en la práctica, es capaz de desempeñar dicho papel. ¿Lo ha hecho en el pasado? La lista de genocidios que la ONU no ha logrado impedir y de las tiranías que ni siquiera ha tratado de erradicar es extensa.

Por ejemplo, no ha hecho o no ha podido hacer nada para detener las masacres del régimen islámico sudanés: más de un millón y medio de muertos en menos de 20 años. Ni las del régimen comunista etíope (1977-1190), con sus ejecuciones públicas y los niños fusilados delante de sus padres. Ni las exterminaciones de la guerra civil angoleña, en las que participaron tropas cubanas, soviéticas, norcoreanas y alemanas del Este. Ni las perpetradas en Sierra Leona, ni el genocidio ruandés, ni los baños de sangre que cada día, desde hace años, inundan la llamada República «Democrática» del Congo. Y esta no es más que una lista sucinta. Más sucinta todavía que la de las dictaduras bárbaras que la ONU debía haber logrado transformar en democracias o en regímenes autoritarios menos inhumanos. La historia demuestra que la ONU sólo ha logrado socorrer a humanos perseguidos cuando servía de testaferro para la intervención de una o varias potencias que tenían una voluntad política coherente y una fuerza militar eficaz.

Naciones Unidas proporciona a menudo una valiosa ayuda a poblaciones en peligro. Pero ha fracasado en gran medida en su tarea básica: hacer que prevalezcan la paz, los derechos humanos y la democracia. Además, muchos de sus miembros están situados en las antípodas de la democracia y, curiosamente, al parecer es a éstos a los que menos se atreve a llamar al orden. Tomemos el caso de Siria, nuevo objeto del afecto del «bando de la paz». Como Irak, es un país en el que un dictador ha alcanzado el poder por la fuerza y lo ha conservado mediante el crimen. Además, en 1976 Siria invadió Líbano, por entonces única democracia del mundo árabe, donde Damasco ejerce desde entonces de verdadera autoridad. En 1978 Siria bombardeó y destruyó la mitad de Beirut, y en 25 años ha asesinado a todos los que se le resisten o la reprenden, incluidos muchos franceses, entre ellos uno de nuestros embajadores. Además, es una notoria central terrorista. Pese a este edificante palmarés, la ONU no ha podido castigar una violación tan manifiesta del derecho internacional y de los derechos humanos. A decir verdad, no cuenta con los medios para lograrlo.

Por lo tanto, Francia no puede esperar servir de contrapeso frente al «unilateralismo» estadounidense empujando al Consejo de Seguridad a actuar como una guerrilla contra Estados Unidos. Sobre todo, cuando esta guerrilla diplomática se desacredita al acudir en ayuda de unas tiranías odiosas. ¿Cómo podría no provenir de un único bando la iniciativa política y estratégica, cuando está ausente del otro, o se limita a las palabras? Así pues, es necesario hacer que este otro bando exista, no de una forma sistemáticamente hostil, lo que es una señal de impotencia, sino mediante una acción realmente concreta. Y este reequilibrio, fuera del alcance de la ONU, incumbe a la Unión Europea. Los padres fundadores no concibieron la UE contra EE UU. En realidad, quisieron crear una Europa... en contra de la propia Europa, para acabar con los nacionalismos y el belicismo que la desgarraba y ensangrentaba desde hacía mil años. Con todo, sigue siendo igual de deseable que la cooperación trasatlántica conlleve una vertiente europea, fuente de una capacidad autónoma de actuar. Pero, ya conocemos las condiciones para que esta capacidad de actuar pueda surgir. No es el regreso del «dúo francoalemán», ya que no hay ninguna razón para que 25 o 28 países se dejen dirigir por dos de ellos. Se trata en primer lugar de hacer que funcione el centro de decisión político-estratégico en el que trabaja actualmente la Convención presidida por Valéry Giscard d´Estaing. En segundo lugar, se trata de incrementar notablemente el presupuesto de defensa europeo. Todo lo demás es palabrería.    © Le Point

Todo por decidir
Por BENIGNO PENDÁS ABC 27 Abril 2003

Otra vez el pueblo en miniatura. Falta un año mal contado y puede pasar cualquier cosa: los electores son volubles, las encuestas fallan, se intuye que hay voto oculto... Cierto, sin duda. Sin embargo, adictos y alérgicos al Gobierno deben prestar atención: habla el «minipópulus», como diría R. Dahl, y se impone un análisis político de los datos.

El 22 de septiembre de 2002 publicaba ABC una encuesta similar. El PP superaba entonces al PSOE en intención de voto por algo más de tres puntos. Ahora pierde por 5,5. Se encienden las alarmas. Hace falta imaginación política para remontar: defensa activa de la Constitución, protagonismo internacional, nuevos proyectos en el plano social y económico; sobre todo, convicción y persuasión. El PSOE, sin entusiasmar a nadie, navega con el viento a favor.

 Ahora bien, la mayoría no percibe como creíble la imagen de una victoria socialista, e incluso sus votantes se expresan con escepticismo. ¿No les convence Zapatero? ¿Vinculan ese liderazgo débil con tanta incongruencia sobre la vertebración de España? Cuando el ánimo está encogido, cada día resulta ser un mal enemigo. Irak ya no cuenta como pretexto... Más votos jóvenes, es cierto; pero también crece Izquierda Unida, eterno refugio del extremismo irredento. Flojea CiU: la gente sensata pide más gobierno y menos reivindicación. Repunta algo el PNV, lejos en todo caso de absorber los votos radicales.

Sucesión de Aznar. Una y otra vez las encuestas apuntan al mismo sitio. Todos los candidatos son buenos y el PP debe hacer rentable ese activo: tres de ellos mejoran la valoración de Zapatero y el cuarto la iguala. La preferencia deriva de criterios muy precisos: los electores puntúan el capital político que atesora Mayor Oreja en la lucha contra el nacionalismo sectario. El problema consiste en escoger al más apropiado y no hace falta fabricar una imagen convincente, porque también la tienen Rajoy, a quien no altera el «Prestige»; Rato, pese a la coyuntura económica poco favorable, y Ruiz Gallardón, emergente y buen estratega. Las hipótesis sucesorias dependen, como tantas cosas, de las elecciones inminentes.

Al día siguiente, sin tregua democrática, empieza otra campaña donde la lucha se plantea voto por voto. Algún otro dato para la reflexión: Mayor es el «preferido» por los votantes del PSOE, a quienes Rato disgusta especialmente. Los de IU optan de largo por Gallardón y casi ninguno quiere a Rajoy, pero en ese territorio no cabe imaginar votos populares. ¿Podría haberlos entre las bases socialistas? Es notorio que muchos discrepan del oportunismo territorial de las oligarquías. Aquí se juega una parte del futuro. La otra parte, como siempre, depende de ese magma llamado «centro», a veces ilustrado, siempre inaprensible. Seducido hoy por un pacifismo aparente, es tan sensible a las modas efímeras que nadie goza de su favor por tiempo indefinido. A saber por dónde va a girar la veleta el año que viene.

Castro y el bloqueo moral de la izquierda
EDITORIAL Libertad Digital  27 Abril 2003

En lugar de una ciencia, como reivindicaba Marx, el socialismo es una religión. O, mejor dicho, una secta. Y, como toda secta, a imitación de las religiones, consta de un dogma y de una moral derivada de éste. Los dogmas son la parte del cuerpo doctrinal que, por definición, los sectarios no someten al análisis racional o al contraste con los hechos de la realidad. Y la moral es el conjunto de preceptos que guían y ordenan la conducta de los miembros de la secta hacia el fin último que marca el conjunto de dogmas. Desde este punto de vista, un acto es moral o inmoral en la medida en que contribuya o perjudique a los fines u objetivos de la secta.

El principal dogma del socialismo es que una sociedad organizada sobre la base de patrones colectivistas –donde el individuo está supeditado a la voluntad de la colectividad, cuya máxima expresión es el Estado, propietario de todos los medios de producción e intérprete indiscutible de los deseos y necesidades de los individuos– es superior, tanto en el orden material como en el espiritual, a las sociedades basadas en la libertad individual, en la propiedad privada y en el gobierno limitado. La moral socialista, pues, tenderá a juzgar inmoral cualquier acto individual o colectivo que cuestione o ponga en peligro el modelo colectivista. Y, lógicamente, el estado socialista reservará las penas más severas para quienes atenten contra él o contra los principios sobre los que se asienta. Puesto que, por su calidad de dogma, para los socialistas es incuestionable que su modelo garantiza el máximo bienestar material y espiritual al conjunto de los individuos, en los países donde el socialismo llega al poder el disidente es considerado como un enemigo del pueblo que, movido por sus egoístas intereses personales, está dispuesto a poner en peligro el bienestar de todos.

No cabe duda de que la extrema izquierda española responde casi exactamente a estos patrones sectarios. Y como no están dispuestos a cuestionar sus dogmas –ya que ello llevaría aparejada la “excomunión” por parte de los sumos sacerdotes de lo políticamente correcto–, la miseria, la represión y los crímenes, consustanciales a la creación y mantenimiento de un estado socialista nunca son culpa del socialismo o de los socialistas: ha de ser una causa exterior al modelo la que provoca su fracaso: unas veces es la excesiva burocracia, otras la corrupción o las traiciones, quizá la falta de “conciencia de clase” en las masas y, cómo no, EEUU.

Sólo así puede entenderse la abierta defensa de la represión y los crímenes de la tiranía castrista contra los disidentes, que para Izquierda Unida, al igual que para Castro, están justificados a causa del embargo que EEUU mantiene contra Cuba. Sólo desde la dogmática y la moral socialista es posible equiparar una pena de muerte, decidida por un jurado en cumplimiento de las leyes penales de un estado democrático y de derecho que reservan la pena capital sólo para los delitos de extrema gravedad, con las ejecuciones que perpetra una brutal tiranía apoyándose en una parodia de sistema legal, el cual trata con mucha mayor severidad a quienes se niegan a emplear su mente, su pluma y su palabra en loas al régimen –o a quienes, simplemente, quieren votar con los pies y abandonar el infierno– que a los reos de asesinato. Y sólo desde esa moral corrompida que exige la defensa de un modelo de sociedad inhumano puede compararse a los terroristas de Al Qaeda que EEUU mantiene encerrados en la base de Guantánamo con los casi ochenta disidentes que Castro encarceló por atreverse a soñar con un futuro de libertad y democracia para Cuba.

Es la moral que comparten, en mayor o menor medida, Llamazares, Madrazo, los Bardem y la gran mayoría de los artistas millonarios y de los “intelectuales” que forman parte de Cultura contra la Guerra, los grandes ausentes en la concentración del sábado en la madrileña Puerta el Sol –“¿dónde están los Bardem?”, coreaban los manifestantes–, quienes se hallan en guerra contra todo lo que significa y representa EEUU y en perfecta armonía con todo lo que significaba Sadam Husein, con todo lo que representa Fidel Castro y con todo lo que promete Hugo Chávez.

Y son precisamente las reminiscencias de esa moral comprometida con el Gulag, presente en toda la ética y la estética “progre”, lo que impide a los líderes del PSOE condenar abiertamente, sin excusas, paliativos o “contraargumentos” –como el del bloqueo de Estados Unidos a Cuba o la existencia de la pena de muerte en algunos estados norteamericanos–, los crímenes y la represión castrista. Zapatero, que tanto se prodigó en las manifestaciones y los conciertos-mitin contra la guerra de Irak, mandó a Caldera a la concentración del sábado contra la tiranía castrista, convocada por el exilio cubano, para cubrir el expediente con una condena retórica a las ejecuciones y los encarcelamientos y otra menos retórica al bloqueo de EEUU hacia Cuba.

Que Izquierda Unida defienda a Castro entra dentro de lo normal y lo comprensible, ya que sus líderes nunca han ocultado que la tiranía castrista es su “modelo referencial”, que anhelan ver aplicado en España. Pero que el PSOE, un partido que dejó de ser marxista-leninista hace ya treinta años, quiera buscar excusas para no unirse al exilio cubano en una condena sin paliativos a Castro, indica una preocupante flaqueza de sus convicciones democráticas –de la que ya dio muestras suficientes con su acoso al gobierno del PP durante la guerra de Irak– y una grave incapacidad para llegar a consensos que, entre demócratas, deberían ser poco menos que automáticos, independientemente de a quién parezcan beneficiar a corto plazo. Pero, por desgracia, en el PSOE, la moral socialista todavía “bloquea” a la moral democrática.

El buen ejemplo irlandés
ROGELIO ALONSO/PROFESOR EN EL DEPARTAMENTO DE POLÍTICAS DE UNIVERSITY OF ULSTER El Correo 27 Abril 2003

El Aberri Eguna ha vuelto a reflejar esa búsqueda de unidad nacionalista que domina la estrategia soberanista del partido liderado por Ibarretxe y Arzalluz. Desde la Declaración de Lizarra se aprecian constantemente intentos por articular la unión de las fuerzas que componen el nacionalismo vasco superando sus discrepancias políticas. Esa iniciativa dio forma a unos deseos que el nacionalismo justificó como una fórmula inspirada en el proceso de paz norirlandés para poner fin a la violencia. Sin embargo, la interpretación que el PNV ha realizado del modelo irlandés se sustenta en el falso supuesto de que la paz es el resultado de la creación de un frente nacionalista que ofreció al movimiento republicano, integrado por el IRA y Sinn Fein, una alternativa a través de la cual podían perseguir sus objetivos supliendo la debilidad evidenciada en su reducido respaldo electoral y social. Esa ansiada unidad de acción no ha sido la base del proceso de paz norirlandés, donde el IRA y Sinn Fein fracasaron en su intento por construir un sólido frente nacionalista, de ahí las críticas de dirigentes como Martin McGuinness al nacionalismo gobernante en la República de Irlanda por no defender «los derechos nacionales irlandeses». Significativo resultaba también que Albert Reynolds, primer ministro de Irlanda entre 1992 y 1994, amenazara con mandar literalmente «a tomar por culo» a los líderes republicanos cuando éstos intentaban extraer concesiones políticas a cambio de la tregua.

El IRA accedió a concluir su campaña en ausencia de una unidad nacionalista que tampoco se materializó posteriormente, como quedó de manifiesto durante la campaña de las elecciones generales al Parlamento británico celebradas en 2001. En ellas, el nacionalismo representado por el SDLP (Social Democratic and Labour Party) de John Hume rechazó un pacto electoral a propuesta de Sinn Fein argumentando que no aceptaría una coalición que de haberse materializado habría profundizado las divisiones entre las comunidades norirlandesas. Eddie McGrady, otro destacado representante del SDLP, descartaba dicha alianza nacionalista porque 'guetizaba' al votante constriñéndole en una política de bloques que precisamente el proceso de paz ambicionaba abandonar, al buscar el acercamiento con el unionismo. En cambio, el PNV opta por descalificar a parte de la ciudadanía vasca, como muestra su declaración oficial del 10 de abril en la que denuncia que «la mayoría absoluta» de los nacionalistas en Euskadi se encuentran dominados y regidos por una «mayoría exterior» representada por PP y PSOE. Refuerzan así los nacionalistas el espejismo del enemigo exterior repudiando además la pluralidad de la sociedad y a quienes se definen como vascos y españoles.

Las intenciones excluyentes que se derivan de semejante discurso subyacían también bajo la ambicionada 'mayoría nacionalista' que Arzalluz vislumbraba en el Aberri Eguna si ETA interrumpía su violencia. Se ignoraban así los efectos que dicha alianza tendría o que su mera promesa ya tiene sobre las personas que sufren la intimidación etarra, o sea, los constitucionalistas, con los que el nacionalismo debería buscar la convivencia pero a los que en cambio desprecia verbalmente. En este sentido, resulta interesante observar cómo el primer ministro irlandés Bertie Ahern descartó la inclusión de Sinn Fein en un Gobierno de coalición en la campaña electoral de 2002 en la República de Irlanda. La existencia del IRA y las todavía frágiles credenciales democráticas de un partido vinculado a una organización que hasta unos años atrás seguía involucrada en una campaña terrorista fueron los motivos de una decisión que Sinn Fein recibió como «un insulto». Estas actitudes del nacionalismo constitucional irlandés contrastan con el diferente comportamiento del nacionalismo vasco en la actualidad, que en apariencia coincide con el propósito del pacto con ETA previo a la tregua de 1998 en el que PNV y EA asumían «el compromiso de abandonar todos los acuerdos que tienen con las fuerzas cuyo objetivo es la destrucción de Euskal Herria y la construcción de España (PP y PSOE)».

El alto el fuego del IRA y la implicación de Sinn Fein en el proceso de paz se produjeron en un contexto en el que el republicanismo irlandés fue incapaz de constituir el anhelado frente de fuerzas nacionalistas, viéndose obligado a poner fin a la violencia a pesar de no haber satisfecho sus principales reivindicaciones. No sólo permanecen los británicos en Irlanda, sino que además los republicanos tampoco han satisfecho sus exigencias de autodeterminación, como Gerry Adams recalcaba en marzo de 2000 al señalar que «la autodeterminación para la población de esta isla todavía tiene que conseguirse». Es ésta una de las claves del proceso de paz norirlandés que ha sido posible gracias a la renuncia del IRA al maximalismo que dominó sus planteamientos durante las últimas décadas. Por ello, el propio Adams ha aceptado la necesidad de ser «realista», reconociendo que no puede lograr sus objetivos mediante «ultimátum».

Estas cuestiones son de enorme relevancia, pues permiten cuestionar la interpretación del proceso de paz realizada por el religioso norirlandés Alec Reid y que ha sido asumida en gran medida por el nacionalismo vasco. En opinión de este sacerdote redentorista, asesor de Elkarri, premio Sabino Arana y, según Germán Kortabarria, uno de los redactores de la Declaración de Lizarra, «el IRA paró cuando se le presentó una verdadera dinámica alternativa» ('Gara', 15-12-2002). Este análisis libera al IRA y, en su extensión al caso vasco también a ETA, de la responsabilidad de la resolución del conflicto, situándola más bien en otros agentes, difuminando por tanto las obligaciones que deberían recaer sobre quienes utilizan la violencia. Sin embargo, la causa del cese del terrorismo del IRA no se encuentra en esa supuesta alternativa que otros actores habrían creado y ofrecido a este grupo. El proceso de paz no ha garantizado las aspiraciones de los republicanos, sustentándose en cambio en unos parámetros que ya habían sido delimitados a comienzos de los años setenta. Es decir, treinta años atrás el IRA disponía de una alternativa prácticamente idéntica que rechazó entonces, pero que hoy acepta tras comprobar la ineficacia de su violencia debido a los costes políticos y humanos de ésta.

En ningún caso la alternativa tomada ahora consiste en la acumulación de fuerzas nacionalistas que el nacionalismo vasco desea para Euskadi. La alternativa por la que optó el IRA en 1994 al detener su violencia, y que existía desde hacía tiempo, no gira en torno al soberanismo sino sobre una autonomía en la que nacionalistas y unionistas han de gobernar conjuntamente. Por tanto, la variación fundamental que ha hecho posible la ausencia de violencia no se encuentra en el cambio de actitud de los Estados, sino en el revisionismo del IRA y Sinn Fein asumiendo ahora lo que habían rechazado anteriormente. El nacionalismo vasco ha preferido ignorar tan útil lección del proceso norirlandés y algo tan vital como que el origen de éste se halla en la derrota política de un grupo terrorista como el IRA. De esa manera, tras haber renunciado a derrotar a ETA, los nacionalistas vascos justifican su radicalización con el pretexto de que así conseguirán el final de la violencia. Sin embargo, en Irlanda la derrota del terrorismo ha sido posible precisamente porque el nacionalismo constitucional resistió la radicalización que el IRA le exigía a modo de chantaje en pago a su alto el fuego.

El proceso de paz norirlandés, basado en el convencimiento de que un sistema de gobierno autónomo compartido ofrece el mejor marco para progresar en la resolución del conflicto, intenta avanzar hacia un escenario similar al que el Estatuto vasco puso en marcha y que el nacionalismo vasco insiste en deslegitimar. Ése es el motivo por el que la consolidación del marco autonómico, y no la autodeterminación, constituye el objetivo principal de los actores norirlandeses. Es en ese marco en el que aspiran a crear un espacio de convivencia en el que la cuestión nacional deje de dominar la vida política. Así, mientras Xabier Arzalluz consideraba en una entrevista publicada en 'Deia' en diciembre de 2002 que «para un nacionalista la vía de acción política está con la izquierda abertzale y no precisamente con el PP o el PSOE», formaciones con las que el dirigente peneuvista rechazaba la cooperación al juzgar que con ellas se estaría «cada vez en un más tibio autonomismo», en cambio el nacionalismo norirlandés ha optado por un 'tibio autonomismo' con la esperanza de que contribuya a derribar el etnicismo excluyente por el que peligrosamente apuesta el PNV.

Un cero a la izquierda
Juan Carlos Girauta Libertad Digital  27 Abril 2003

La izquierda española tiene un grave problema. Su discurso, su colección de clichés –que ellos llaman ideología– y sus fantasmas, apenas han cambiado en el último cuarto de siglo. Mientras tanto, el paisaje, a sus espaldas, se ha ido transformando hasta dibujar el siguiente panorama:

España es un jugador clave en el tablero internacional que, en lo económico, crece de forma consistente en épocas de recesión general mientras nuestros grandes socios comunitarios han perdido el resuello; algo completamente nuevo en la historia contemporánea. Tiene las cuentas públicas saneadas. El desempleo ha descendido al mínimo técnico en varias regiones, alcanzado prácticamente el pleno empleo de hombres cabeza de familia en el conjunto del país. En gran parte del continente americano somos el primer o segundo inversor extranjero, y un puñado de economías nacionales están fuertemente condicionadas por las decisiones que se toman aquí. La cuestión hidrológica –el gran problema de España para los mejores historiadores del siglo pasado– está en vías de resolverse, y la integración territorial está avanzando a pasos de gigante con la red de infraestructuras. Hace diez años todos habríamos firmado por encontrarnos hoy en este punto.

Pero hete aquí que en los últimos meses los socialistas han decidido actuar como si todo lo anterior no existiera, como si siguiéramos en la España de los años treinta. A pesar de su larga experiencia de gobierno, han faltado a los mínimos de responsabilidad. Dando por seguro que la guerra en Irak se solaparía con las elecciones de mayo, pensaron que podrían tomar la delantera y la iniciativa hasta las generales del 2004, con un PP descalabrado, acomplejado y a la defensiva. Zapatero, o el que mueve sus hilos, ha apostado fuerte y ha perdido.

Ahora el PSOE se encuentra atrapado en su propio discurso antisistema. Podrá contar con la mayoría de medios de comunicación, podrá ganar en Cataluña y seguir dominando las universidades, pero se ha quedado sin tiempo de reacción para corregir su estrategia y, lo que es peor, ya no puede detener la locura antiespañola de Maragall. Los ciudadanos silentes, los que evitan las pancartas, los que no aparecen en Crónicas marcianas, han tomado nota de esos reflejos guerracivilistas.

Apoyándose en sesgados y coyunturales sondeos, Zapatero ha insistido demasiado en que el Ejecutivo gobernaba contra la voluntad del pueblo. Esa insistencia ha aventado los rescoldos del odio, que parecían extintos hasta que los ataques a las sedes del PP nos devolvieron por unos días a 1934. ¿Cómo saldrán ahora de su cul-de-sac? Vaticinio: el verdadero jefe de los socialistas cortará pronto los hilos del títere y lo dejará caer, inerte, sobre el escenario. De momento, el marionetista, que es también un acreditado prestidigitador, ha echado mano de dos trucos: decir que el títere es Aznar y proclamar que éste yerra al convertir las elecciones en un plebiscito. Al revés te lo digo para que me entiendas.

“EL CHANTAJE DE LOS PARTIDOS BISAGRA”
Oreja sitúa a Ibarretxe, Maragall y el Pacto de Barcelona como eje de la ofensiva nacionalista
Agencias Libertad Digital  27 Abril 2003

Hasta diez falsedades ha citado Jaime Mayor Oreja en los argumentos políticos de la oposición. La más destacada es la de negar que la unidad de España esté en peligro. Y la clave está en “la asociación frívola entre la izquierda y el nacionalismo”. No han faltado en su discurso, en clave de candidato, referencias al Prestige, Irak y el nuevo peso internacional de España.

El presidente del grupo parlamentario popular vasco, Jaime Mayor Oreja, ha pronunciado un amplio discurso en la IV Escuela Miguel Ángel Blanco. En clave de candidato, el ex ministro ha dibujado una crítica sobre el papel de la oposición y las claves políticas actuales. Pero lo más destacado de su argumentación fue la explicación sobre el peligro que corre la unidad de España. Desde la oposición se interpreta este punto como una estrategia del PP –encomendada al vicesecretario general por Aznar– para alarmar a los ciudadanos y cosechar votos. Pero Oreja ha explicado el papel de los “partidos bisagra” (actualmente IU y PSOE) que están contribuyendo a que el nacionalismo más excluyente esté dando pasos de gigante.

Ibarretxe, Maragall y el Pacto de Barcelona
Por ello enumeró las diez "grandes falsedades" del debate político actual y las cinco "esperanzas y razones" por las que el PP debe "volver a apelar a la gran mayoría social". Explicó que la primera falsedad es hacer creer que no hay peligro de ruptura institucional: "Es falso, hay varias modalidades: el plan de Ibarretxe, el pacto de Barcelona y el proyecto de Maragall", que suponen la "asociación de ETA y el PNV", la agrupación de los tres principales partidos nacionalistas "a rebufo de la ofensiva del PNV", y "la asociación frívola entre la izquierda y el nacionalismo".

Otra de las "falsedades" es la de que "España no aguanta cuatro años más de discurso de Aznar sobre España". Al contrario, según explica Mayor Oreja, "cada día es más necesario que nunca" mantener la estabilidad institucional con "tenacidad y perseverancia". Ahí sitúa el principal papel del PP con vistas a los procesos electorales.

En su discurso, recogido por la agencia EFE, denuncia también como falso que la izquierda española se haya movilizado a raíz del Prestige y la guerra de Irak, cuando el detonante de la movilización fue la victoria por mayoría absoluta del PP, y que la posición internacional de España esté debilitada, cuando "jamás ha tenido una presencia tan activa y decisiva" en el marco internacional.

Tampoco es cierto, como sostiene la izquierda, que sea "necesaria o al menos conveniente" la reforma de la Constitución. Para Oreja no es sino una mera "frivolidad histórica" de quienes "se han quedado sin proyecto político propio y necesitan una transición". Añade como falso que el PP haya perdido el centro, cuando "quien ha perdido el debate es la izquierda moderada incapaz de dar batalla a la izquierda radical".

No es el final de un ciclo sino el ecuador
El argumento principal de campaña de PSOE e IU es que el PP ha llegado al final de su ciclo político. Lo proyectan como algo natural para que el electorado interprete que es un proceso irreversible porque ha cambiado la formación de las mayorías. Para ilustrarlo se apoyan, no en proyectos propios sino en la calle (Prestige, “No a la guerra” y huelga general). De hecho, el fin de la guerra y la solución gradual al desastre del Prestige, comienzan ya a mermar la capacidad de la oposición que, como recuerda Rajoy, se queda sin pancartas.

Según Mayor Oreja, también esto es falso.Niega que el PP haya tocado techo y se encuentre al final de su ciclo: "estamos en el ecuador de nuestra aportación y tenemos la obligación de explicar que podemos confirmar la garantía del PP para España".

Recuperan en «El laberinto vasco» los artículos en los que Julio Caro Baroja desentrañó los tópicos y falsedades del nacionalismo
TULIO DEMICHELI ABC 27 Abril 2003

La editorial Caro Raggio ha reeditado y aumentado «El laberinto vasco» de Julio Caro Baroja. Se trata de algunos de los artículos que el antropólogo dedicó, entre 1977 y 1988, a la realidad vasca. Algunos se publicaron en ABC

MADRID. Fernando Pérez Ollo -quien ha editado y prologado este volumen que reúne 25 artículos publicados en diarios y revistas especializadas (El País, Muga, Boletín de Estudios Históricos de San Sebastián y ABC) y otros 6 de los 9 reunidos en el tomo XII de «Estudios Vascos» (1984)- señala que Julio Caro Baroja, a partir de 1977 y «al calor de los acontecimientos» y luego azuzado por «una mente atribulada y entristecida» por el sesgo que tomaban los acontecimientos en el País Vasco, salta a la palestra y expone sus preocupaciones ante las «cuestiones y trapisondas más inmediatas, profundas y permanentes, ausentes en programas y soflamas... No disimulaba su pensamiento. Lo exponía con cortés rotundidad, con vehemencia o con elocuente dejadez».

Aborda Julio Caro Baroja los más variados temas de epicentro vasco y profundiza, sobre todo, en los tópicos, las falsedades y los equívocos sobre los que se ha querido sustentar la identidad vasca, y que han ido tejiendo este intrincado laberinto en el que sus autores han encerrado a toda su sociedad y a ellos mismos. «Estudios vascos» suscitó en su primera aparición reacciones fuertes y gregarias, como recuerda Pérez Ollo, y él mismo pasó de ser ensalzado por el nacionalismo dirigente (anunció públicamente su voto al PNV en 1977) a ser ninguneado, si no es que despreciado. Fue así porque Julio Caro Baroja se enfrentaba a la realidad de su tierra con el estilete del sentido común afilado en una sólida cultura histórica y antropológica, y no con el estandarte cuasi religioso de la fe nacionalista, que ha engendrado diferencias entre los «buenos» y los «malos» vascos, los «euskaldunes» y los «erdeldunes» (los que hablan y los que no hablan vascuence), a partir de una concepción estática de la historia y de la antropología, siguiendo criterios étnicos y lingüísticos muy discutibles, para conformar una «personalidad» y una «identidad» vascas más conformes con los deseos de sus patrocinadores que con la dinámica histórica y las realidades sociales de estas tierras.

Reflexiona, por ejemplo, sobre el uso que se da a la palabra «libertad» y ve claras diferencias cuando se trata de «libertad de conciencia» y «libertades políticas», algunas tan fundamentales para algunos como las «libertades vascas» o «las libertades forales»... que también se «aplicaron en el Antiguo Régimen a la vez que funcionaban gobiernos monárquicos, absolutistas, teocráticos o monocráticos... sin dar opción alguna a la «libertad de conciencia»». A su juicio, «si la libertad política implicara el dominio absoluto de un grupo sobre nuestra tierra, ésta sería una muy peregrina libertad, que nos recordaría a la de un país que hace poco aún decía que era uno, grande y libre y en el que se hacía lo que disponía un oligarca».

Afirma Julio Caro Baroja en su ensayo «Sobre la identidad vasca» que ésta, aunque está sujeta a cambios, se ha descrito como si fuera estática y se han establecido tres principios. El primero de ellos ha sido el idioma, que genera un «nosotros» y un «los otros» lingüístico; el segundo, lo forman «las representaciones colectivas acerca del carácter general de lo vasco», una suerte de psicología nacional que determina «una imágen estática: «el vasco es así»»; y el tercero se deriva de los estudios etnográficos y folcloristas, desde Aranzadi a Barandiarán, que «quieren encontrar los rasgos no variables de un ámbito, en esencia rural».

Caro Baroja, sin embargo, está más cerca del método de Vico y advierte en la historia vasca ocho ciclos entre la época prerromana y la actualidad. En los últimos tres, desde 1876 (segunda guerra carlista) hasta el actual, se han vivido fenómenos negativos como el sentimiento de derrota foral; como la idea de que el idioma, base de la identidad, se halla en retroceso; y como el influjo cada vez mayor de un clero politizado y no muy culto sobre la masa popular. Al mismo tiempo, en este largo periodo se han producido, entre otros fenómenos positivos de consideración, un «crecimiento fabuloso del capitalismo y del sistema bancario» y un «aumento enorme de la población urbana y suburbana, de origen foráneo», cuya consecuencia ha sido que «el campo, conservador, pierde significación e importancia».

Concluye Caro Baroja que «cuando el país cuenta con una población que en su mayoría no es vasca de habla, ni rural, y en gran parte es de origen foráneo, especular con la posibilidad de imponer un criterio de unidad por la lengua resulta cosa inimaginable para muchos (e insoportable también)». Tampoco le parece viable «reconstruir una cultura vasca tradicional, rural, folclórica», porque la sociedad vasca está en «situación de polimorfismo absoluto».Vuelve sobre estos temas en su ensayo «Espacio «natural» del autonomismo» y, al reflexionar sobre el «espíritu restaurador» de usos, costumbres y leyes vascas, se inquieta ante los varios modos de ese querer restaurarlos; advierte que se confunde la parte con el todo y que «la Voluntad particular o de grupo se manifiesta conminatoria y amenazadoramente».

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