AGLI

Recortes de Prensa     Domingo 22 Junio  2003
Desafío al Estado
JAIME CAMPMANY ABC 22 Junio 2003

Fuera caretas
José María Carrascal La Razón 22 Junio 2003

Otra provocación proetarra
Editorial El Ideal Gallego 22 Junio 2003

A este paso, saldrá a hombros
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital  22 Junio 2003

La astucia como error socialista
M. MARTÍN FERRAND ABC 22 Junio 2003

Aznar opina que los nacionalistas perderán su pulso contra el Estado de Derecho
Madrid. Agencias ABC 22 Junio 2003

De identidades y fantasmas
JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA El Correo 22 Junio 2003

El PNV y las cajas
Cartas al Director El Correo 22 Junio 2003

Desafío al Estado
Por JAIME CAMPMANY ABC 22 Junio 2003

LAS instrucciones de Javier Arzalluz a Juan María Atucha no dejan resquicio al equívoco: desobediencia total y hasta sus postreras consecuencias. O sea, la guerra del Parlamento vasco contra el Supremo Tribunal de la Justicia de España. Ni más ni menos. Ese nefasto personaje en cuyas manos ha caído el Partido Nacionalista Vasco se propone llevar hasta el último límite posible su desafío al Estado. Desea tensar la situación hasta forzar el procesamiento del presidente del Parlamento de Vitoria con las sanciones legales que posteriormente correspondan. La guerra abierta entre las instituciones básicas de nuestro sistema político.

Arzalluz necesita mártires de su partido. Los «mártires» batasunos, terroristas de escaño y discurso, no conmueven al sector sano del pueblo; sólo a los partidarios del terror. Piensa Arzalluz, nuevo y delirante Arana, que una acción de la justicia española contra una institución vasca tan alta como el Parlamento levantaría en protesta y en escándalo a buena parte de los vascos. Ganaría así su exacerbado nacionalismo, según los cálculos tenebrosos de Arzalluz, el apoyo exaltado que en estos momentos está perdiendo. Se trata sin duda de compensar las horas bajas que atraviesa la banda etarra, perseguida y acosada más que nunca en su organización, en su actividad, en su provisión de armas y explosivos y en su financiación.

Claro está que a ese desafío sólo se puede responder de una manera. La ley es ley para todos y todos deben cumplirla, altos y bajos, políticos o menestrales, poderosos o miserables. Si Juan María Atucha se ha puesto voluntaria y tercamente fuera de ley, que la ley caiga sobre su cabeza. Y eso es exactamente lo que ocurre: que el presidente del Parlamento vasco desobedece adrede y de manera desafiante la orden del Tribunal Supremo para disolver el grupo parlamentario de Sozialista Abertzaleak. Y después, ya veremos. Vendrá la acusación del fiscal. Llegarán las citaciones ante el Tribunal, que probablemente sean desobedecidas también. O no se acude, o se acude para escuchar a los jueces como quien oye llover. Al final, se provocará el escándalo.

Es una lástima que ese mandato de disolución del grupo heredero de Batasuna no vaya también dirigido a los miembros del Parlamento que lo componen. Porque a esos delincuentes, compañeros de los etarras, y como digo terroristas de escaño y discurso, cómplices y encubridores de asesinos, beneficiarios del crimen organizado, gananciosos de la pirámide de muertos que ETA ha alzado en el País Vasco y fuera de él, en otros lugares de España; a esos seres despreciables y cobardes que viven políticamente sobre la muerte de inocentes, se les podría conminar a disolverse, y se les puede detener, procesar y encarcelar sin que se conmueva el corazón de ningún vasco de buena voluntad y sin que se pueda proclamar la persecución política de un partido que, aunque sea con ambigüedad creciente, se llama democrático y tiene a su espalda una larga historia de vida democrática. Al desafío de esos se responde con la cárcel y cada cual queda en su sitio.

Fuera caretas
José María Carrascal La Razón 22 Junio 2003

Cuando el Tribunal Supremo de los Estados Unidos ordenó a Nixon entregar las cintas del Watergate, Nixon las entregó sin rechistar. Sabía que contenían material que le incriminaba. Pero sabía también que, de no entregarlas, dejaría la presidencia al día siguiente. En todo Estado de Derecho, una sentencia del Supremo es ley. Pero los nacionalistas vascos no reconocen al Estado español y sus leyes se las pasan por el arco de triunfo, como han demostrado no una vez, sino ciento. Aunque esta que vivimos posiblemente sea la más clara, evidente y arriesgada. Pues un Estado de Derecho, si quiere seguir siéndolo, no puede consentir que se pisotee la ley. Claro que el desafío, tarde o temprano, tenía que llegar. Este era un duelo que venía forjándose desde que el nacionalismo vasco decidió no aceptar la Constitución española, lo que no le impedía aprovechar de ella cuanto podía convenirles, que no era poco. ¿Ha llegado el «high noon», las doce campanadas, la hora de desenfundar las pistolas? Parecer ser lo que buscan. Aunque ellos hace tiempo que las llevan desenfundadas.

El nacionalismo vasco se ha dado cuenta de que está perdiendo la batalla en todos los frentes. La «lucha armada» la están ganando las fuerzas de orden, que lenta pero implacablemente desmontan comando tras comando. Siguen matando, pero cada vez más esporádicamente, con mayores dificultades, con terroristas cada vez más jóvenes e inexpertos. En el terreno político, su retroceso es aún mayor. Europa ha dicho claramente que no acepta nuevas naciones fundadas en el concepto étnico que los sucesores de Sabino Arana predican; Estados Unidos se ha convertido en el más implacable enemigo del terrorismo; instancia tras instancia, nacional e internacional, condena la violencia como instrumento político; se les cierran las puertas y los santuarios por todas partes. ¿Qué hacer ante ello? Pues la huida hacia adelante, el desafío abierto, la desobediencia descarada de la ley.

Hay que estar advertidos, sin embargo, de su insolencia esconde también una provocación. Los nacionalistas vascos buscan no sólo la confrontación, sino también una reacción masiva del Estado español, que les permita adoptar su papel favorito: el de víctima. Por lo que la reacción tiene que ser inequívoca, pero medida, firme, pero cauta. Contra la ilegalidad, la legalidad.

El pulso se acerca a su mediodía. Tal es la tensión que no nos hemos dado cuenta de lo más importante: que el nacionalismo vasco es ya uno, que el PNV no sólo está defendido a Batasuna, quiero decir a ETA, sino también ha adoptado su táctica. Lo que las bombas de los terroristas no han sido capaces de lograr, están intentándolo ahora Atucha con su desobediencia de la ley e Ibarreche con su plan anticonstitucional. Fuera pistolas y fuera caretas.

Otra provocación proetarra
Editorial El Ideal Gallego 22 Junio 2003

Así como los nacionalistas vascos denominados democráticos -cada día hacen un nuevo esfuerzo para merecerse menos ese adjetivo- son unos maestros del victimismo, los nacionalistas radicales son unos expertos en la chulería. Su comportamiento es la más pura imitación del modelo en el que se fijan: ETA, de ahí que la provocación sea su pauta de conducta y ahora traten de constituir una nueva asamblea de “electos” municipales. Declarada ilegal Udalbiltza Kursaal, el engendro que reunía a los proetarras con algún puesto en las instituciones públicas, intentan reconstituirla para “impulsar la construcción” del País Vasco. La mentira no puede ser mayor, ya que el desarrollo de la idea de Euskadi nunca podrá ser hijo del terrorismo ni de quienes se arrogan la condición de haber sido elegidos por la voluntad popular, pero apartados de la vida pública por el “Estado represor”. El Poder Judicial debe actuar de inmediato contra ese proyecto, pues se trata de un nuevo intento de contravenir la Ley de Partidos.

A este paso, saldrá a hombros
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital  22 Junio 2003

El presidente del Gobierno, y del PP, líder indiscutible de la derecha española, va camino de salir a hombros de la Moncloa para entrar triunfalmente en la Historia. Está en un momento de forma excepcional y la misma parálisis que crea en el partido su irresuelta sucesión magnifica sus movimientos y da mayor eco a sus pronunciamientos. Si no supiéramos que su exuberancia en puertas del verano puede deshacerse y trocarse en medrosidad otoñal, apostaríamos por unos felicísimos meses finales en la Presidencia del Gobierno. Pero, al margen de la musa del escarmiento, no es fácil que volvamos a ver aquella fortaleza contra la huelga general naufragando en las encuestas arriolescas y el tul ilusión. Si el inmediato debate sobre el Estado de la Nación no encalla en arrecifes imprevistos, todo conspira para que en septiembre Aznar designe sucesor entre férvidas ovaciones, sólo entorpecidas por las abundosas lágrimas. Ningún presidente de la democracia pudo irse así. Tal vez por eso mismo ninguno ha podido volver.

Por desgracia, el impulso ético que hace ocho años parecía empujar al PP hacia el Poder se ha desvanecido entre las brumas del BOE y las malas, por ricas, compañías. Pero los dos rasgos políticos esenciales del PP acuñados en aquel congreso sevillano del 1 de Abril de 1990, la defensa de la nación española y de la economía de mercado, siguen siendo las referencias básicas de la vida política nacional. Lo son porque ningún país europeo puede sobrevivir sin un horizonte de estabilidad política institucional y de razonable prosperidad material. Lo son más aún porque sólo el PP parece capaz de asegurarlas en la España actual.

La gran diferencia de la oposición del PSOE al PP con respecto a la oposición del PP al PSOE hace más de una década es que Aznar defendía frente a González una idea liberal de España frente a un socialismo sin ideas, sin principios y sin claridad nacional. Y hoy Zapatero no defiende frente a Aznar una idea más sólida de España ni unas fórmulas que verosímilmente puedan hacernos más prósperos que las del PP. Lo segundo no sería tan grave –aunque pudiera resultar gravoso– sin lo primero. El PSOE actual muestra una debilidad pavorosa frente a los enemigos de España y de la libertad. Y en cualquier Gobierno los españoles buscarán, en primer lugar, una cierta seguridad. Por eso Aznar se perfila con más nitidez política que nunca en su último verano. Por eso el PP y la derecha en pleno pueden sacarle a hombros. Sería el primero y la primera vez.

La astucia como error socialista
Por M. MARTÍN FERRAND ABC 22 Junio 2003

ASTUCIA, a pesar del mucho prestigio que la viste, es una palabra horrible. Es, si se apura, el mejor sinónimo para embellecer la mediocridad que, dicho sea de paso, nos arropa y envuelve en muchos de los territorios de la actualidad. Son astutos los débiles y los cobardes y -esa es parte del drama nacional- esa astucia suele presentarse como sucedáneo de la inteligencia. Afortunadamente, los astutos tienden a fracasar víctimas de sus reservas y cautelas y, sólo en un tiempo desnortado, gozan de un respeto social y político absolutamente inmerecido.

El escándalo suscitado por la fuga de dos socialistas -dos por lo menos- de la lista encabezada, en Madrid, por Rafael Simancas ha hecho brotar en el PSOE un sarampión de astucias. Les pica y se rascan. Eso no arreglará el problema, ni lo atenuará tan siquiera; pero distrae al personal, consuela a las bases, justifica a los mandos intermedios y defiende a los grandes prebostes del partido. Se observa la sobredosis de astucia, principalmente, en la judicialización del problema y de sus causantes, técnica vieja y de uso frecuente a lo largo del siglo y cuarto de experiencia de la formación que comparte con el PNV el decanato de la representación española.

De hecho, la mayoría de los más graves asuntos políticos en curso, desde el que nos ocupa a la «rebeldía» de Juan María Atutxa en el Parlamento de Vitoria, siguen trámite judicial. No se me ocurre mejor y más gráfica exhibición del fracaso de nuestra política y de nuestros políticos. Del mismo modo que, de viejo, está acuñada la expresión de «querella catalana» para sintetizar la astucia procesal de los malos pagadores en defensa de una demanda que aspira a la satisfacción de un acreedor, creo que ya es legítimo hablar de «querella felipista» para referirse a los métodos dilatorios de un partido -el socialista o cualquier otro- como mejor defensa de las acusaciones que, con fundamento, se vierten sobre él. El método, muy astuto, es pieza fundamental para el análisis de los grandes episodios, no todos superados, de la gran corrupción que llegó a instalarse en los días de Felipe González.

Entiendo que José Luis Rodríguez Zapatero -otro tiempo, otros modos, otros supuestos éticos- se equivoca, quizás por la influencia de las compañías que rescata del pasado, al caer en el sistema de la «querella felipista» en lugar de atajar, de frente y por derecho, con inteligencia y sin astucia, el problema que tiene en su casa. En el supuesto de que, dentro de mucho tiempo, al ritmo de la justicia española, quede probada la corrupción, paralela a la de sus pupilos traidores, de algunos militantes del PP no habrá ganado nada. Habrá perdido un tiempo que no tiene y unos jirones de dignidad partidista. Hablar de «ruido de cheques», una expresión que tiene el marchamo de la astucia de Pérez Rubalcaba, no lleva a ninguna parte. Ni los cheques hacen ruido ni, si es que existen, le devolverán la honorabilidad a quienes los percibieron. ¿Hubo reparto?

Aznar opina que los nacionalistas perderán su pulso contra el Estado de Derecho
Madrid. Agencias ABC 22 Junio 2003

El presidente del Gobierno, José María Aznar, advirtió hoy a "aquellos que quieren echar un pulso a la ley" y al Estado de Derecho que lo van a perder y que cualquier intento de quebrantar la Constitución Española será inútil. "En España no se puede aceptar que las instituciones desobedezcan las leyes", añadió en referencia al incumplimiento por parte del Parlamento Vasco del auto del Tribunal Supremo que disuelve Batasuna.

Aznar, que se reunió en Navarra con la dirección de UPN, fue contundente: "No nos impresionan las brabuconadas de nadie, ni nos

intimidan las amenazas de ninguno. En España hay un Estado de Derecho y la ley se cumple", dijo, añadiendo que la democracia "ni acepta amenazas ni negocia su destrucción".

El presidente del Gobierno también se refirió al plan del lehendakari, Juan José Ibarretxe, para hacer de Euskadi un Estado libre asociado, al que calificó de "nueva ofensiva para hacer fracasar el Estado Constitucional y para quebrantar la democracia".

"Las fantasías, las libres asociaciones que algunos quieren, las invenciones o los desafíos que algunos quieren poner en circulación no tienen cabida ni en la España ni en la Europa del siglo XXI", dijo.

De identidades y fantasmas
JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA El Correo 22 Junio 2003

Exhortaba el otro día el lehendakari, reunido con quienes celebraban el Día de Galicia en Euskadi, a que cada uno mantuviera siempre clara y viva su identidad nacional. Y añadía, para remachar -supongo- la exhortación con un golpe de argumento, que «las personas y los países que olvidan sus raíces están condenados a deambular como fantasmas». La cosa me chocó. Me sentí de pronto transportado a tiempos muy lejanos, y me vino a la memoria aquella otra recomendación similar con que me despidió, inculcándomela como si de un mandato se tratara, otro nacionalista de bien y buen amigo de mi padre, cuando, en mi temprana adolescencia, me encontraba yo a punto de ausentarme por un tiempo de mi tierra: «No olvides nunca -me dijo- que eres vasco».

Aquel mandato, por venir quizá de quien venía o por lo taxativo y perentorio de su formulación, pesó durante años sobre mi conciencia con la misma gravedad con que sobre ella pesarían -digo yo- los mandamientos apodícticos del tipo 'no matarás' o el mismísimo imperativo categórico de Kant. Mi ser vasco no podría ya tomármelo a la ligera, como si fuera un hecho contingente que los caprichos de la historia me hubieran regalado, sino que tendría que asumirlo como una especie de categoría transcendental que condicionaría mi existencia desde más allá de su mismo comienzo y como un deber que interpelaría en todo momento mi más profundo sentido de la responsabilidad. Afirmarme en todas partes como vasco y pasear mi vasquidad por todo el mundo sería algo así como la misión que la propia naturaleza había querido encargarme y que, en caso de que yo me negara a llevarla a cabo, cargaría en mi debe existencial como un acto de traición a mi persona y un crimen, además, de lesa patria.

Por fortuna para mí -aunque para desgracia, según parece, de quienes, como el propio lehendakari, todavía siguen a pie juntillas el mandato de aquel nacionalista de bien y buen amigo de mi padre-, el fardo identitario que durante tanto tiempo me he sentido obligado a llevar sobre mis hombros ha ido perdiendo buena parte de su peso y hoy ha quedado reducido a una carga de tan liviana levedad que sólo la noto cuando alguien me la recuerda con halago o con malicia me la echa en cara, que de todo hay en la vida. Como esa peculiar entonación del habla que nunca te abandona.

El proceso -para qué darme importancia- no ha sido ni complicado ni doloroso, al contrario de lo que suelen decir de los procesos interiores quienes se sienten llamados a escribir memorias. Ha sido, más bien, entretenido y, si se me apura, hasta un tanto jocoso. Sólo me ha exigido un punto de sinceridad al mirarme a mí mismo y otro de modestia al compararme con los demás, aparte de una mínima dosis de sentido del humor. Pero no se trata ahora de relatar la peripecia personal que me ha llevado a donde ahora me encuentro. Lo importante es dejar constancia de un par de cosas más generales.

La primera es el incontable número de vascos que, como yo, han ido aligerando esa insoportable carga de identidad heredada que, lo mismo que a mí, los abrumaba, y la segunda, la sensación que tanto ellos como yo compartimos de que no por ese aligeramiento estamos deambulando por la vida como fantasmas sin consistencia. Al final, hemos echado mano de los retales que hemos ido encontrando, aquí y allá, por el camino, y hemos sido capaces de coserlos en un centón que nos sirve, al menos, para dar satisfecha cuenta de nuestra nueva identidad adquirida. Nos sentimos, en este sentido, bastante plurales por dentro, incluso -por qué no decirlo- un tanto heterogéneos y contradictorios, y nos causa enorme perplejidad, y una pizca de irritación y repugnancia, esa pregunta que, con machacona periodicidad, se nos hace en las encuestas, forzándonos a que nos definamos en términos de 'sólo vascos, vascos y españoles, más vascos que españoles, más españoles que vascos o exclusivamente españoles'. Pensamos que la identidad, así definida, nos reduce en demasía las opciones por las que nos hemos inclinado y no da cuenta cabal de lo que hemos querido hacer con nuestras vidas.

Para mí, y para esos otros muchos como yo, ser vasco u otra cosa no es ya, a estas alturas de la historia, más que el portillo necesario, a la vez que contingente, por el que hemos tenido que acceder a la condición de seres humanos. Necesario, porque por alguno había que entrar, y contingente, porque podría haber sido cualquier otro. El punto de llegada -la comunión con toda la Humanidad- nos importa mucho más que el de partida, y, aunque en aquél nunca estaremos del todo, a él nos gustaría acercarnos poco a poco, incluso si para ello tuviéramos que ir desembarazándonos de los condicionamientos que este último nos impone.

El caso es que miles de vascos hemos ido negociando nuestra identidad -cualquiera que la de cada uno sea- en el silencio de nuestras vidas privadas y que para nada nos sentimos seres fantasmagóricos porque aquélla no coincida con ningún patrón que se nos haya establecido de antemano y desde fuera. Así es además como debe ser en una sociedad moderna. La historia ha demostrado hasta la saciedad que, cuando el poder político se mete a enredar en asunto tan delicado, los resultados suelen ser catastróficos. No hace falta más que echar una mirada crítica a la Europa de la primera mitad del siglo pasado y, más recientemente aún, a la de los albores del presente para verificar la corrección de la anterior afirmación. El discurso de la identidad, cuando se esgrime desde la política, resulta siempre peligroso.

La cautela es más recomendable aún en la situación que vive Euskadi. Cuando una minoría se dedica a definir, primero, la identidad nacional y a convertirla, después, en asesina, la responsabilidad de los poderes públicos consiste precisamente en crear y preservar las condiciones para que los ciudadanos puedan elaborar las suyas propias en libertad. Éste es, o debería ser, el sentido último y profundo del constitucionalismo y de su derivada del patriotismo constitucional, por mucho que ambos términos se hayan cargado en nuestro país de connotaciones espurias y oculten, a veces, actitudes de claro tinte nacionalista. A los nacionalismos, en cambio, a todos ellos, sean del signo que sean, incluso cuando se autocalifican de constitucionalistas, les acecha siempre la tentación de azuzar las identidades, para, enfrentándolas unas con otras, asegurarse sólidas posiciones de poder.

La laicización ha sido una conquista larga, pero irreversible, de lo que conocemos como civilización occidental. En la medida en que la religión ha dejado de ocupar el espacio público hemos crecido en tolerancia, en capacidad de entendimiento y en libertad. El discurso de las identidades nacionales, por el contrario, sigue ahí, adherido a la política y desestabilizando la convivencia. Como la religión en su día, la identidad de individuos y colectividades habrá de pasar al estricto ámbito de lo privado y ser negociada directamente por los ciudadanos. Del poder político sólo cabe esperar que nos garantice las condiciones necesarias y suficientes para que tal negociación pueda llevarse a cabo en libertad. Nada más, pero tampoco, desde luego, nada menos.

El PNV y las cajas
María Teresa Ruiz González/Vitoria-Gasteiz Cartas al Director El Correo 22 Junio 2003

Me aterroriza la idea de que el Gobierno vasco pretenda intervenir en la labor de la Caja Vital. Sus pretensiones de controlar prácticamente todas las decisiones que atañen a las entidades financieras representan un nuevo golpe del caciquismo nacionalista que pretende mermar la autonomía de las cajas de ahorros. Decisiones sobre las obras benéficas, la incorporación del personal y hasta la publicidad de la entidad serían adoptadas por el Gobierno vasco en vez de por los actuales órganos de decisión. Ni el PNV ni el Ejecutivo autónomo han dado ninguna explicación lógica de por qué quieren hacerse con el control de las cajas de ahorros. La única respuesta que se me ocurre es que quieren incoroporar estas entidades a sus proyectos de soberanía e independencia del País Vasco.

La historia nos la sabemos de sobra. El nacionalismo quiere controlar a qué empresas conceder o no créditos, quiere incorporar a su gente de confianza a la plantilla de las cajas, quiere utilizar sus obras benéficas a favor de sus organizaciones y colectivos y además, quiere utilizar el prestigio de la Caja Vital para hacer propaganda del 'plan Ibarretxe'.

La Vital gracias a sus compromisos con la sociedad alavesa y vitoriana ha sido una entidad muy querida y respetada por los ciudadanos y eso tiene mucho que ver con que el PNV no haya podido 'meter las narices' en sus decisiones. Yo espero que el Gobierno vasco no consiga sus objetivos y todo continúe como hasta ahora.

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