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Recortes de Prensa     Miércoles 25 Junio  2003

Franquicia PSOE
Román Cendoya La Razón 25 Junio 2003

Largos adioses de Pujol
VALENTÍ PUIG ABC 25 Junio 2003

Veintitrés años de pujolismo
Editorial ABC 25 Junio 2003

Pujol, Fraga y otros panzonazionalistas
Nota del Editor 25 Junio 2003

Vargas Llosa: «Savater aún cree en la palabra como acción»
Susana Jarandilla - Madrid.- La Razón 25 Junio 2003

Mayor advierte que si «siguen los desafíos» el Ejecutivo podría disolver el autogobierno vasco
J. Arias Borque - Vitoria.- La Razón 25 Junio 2003

Atentado contra la alta burguesia vasca
Lorenzo Contreras Estrella Digital 25 Junio 2003

Franquicia PSOE
Román Cendoya La Razón 25 Junio 2003

La política es tan especial que, al final, José Luis Rodríguez Zapatero es el principal damnificado por el «Prestige» y la Guerra de Irak. Su proyecto de largo recorrido y su oposición tranquila (que era eficaz) se vieron precipitados por unas circunstancias que le han llevado a la movilización y a las pancartas. Todo marchaba bien hasta que le decidieron que había que pisar el acelerador. Alguien pensó que España era más la del 81 que la del siglo XXI. Mucha manifestación y mucha pancarta. Tribunas ruidosas protagonizadas por «culturetas». Encuestas de opinión interpretadas en clave de opción. Alrededor de Zapatero, la falsa expectativa del poder ha mantenido una falsa imagen de control y liderazgo en un indefinido proyecto de partido. Todo eso ha saltado por los aires. Navarra, Cantabria, Odón, Maragall y Madrid. Cada uno a lo suyo y Zapatero en ninguno. A este paso vamos a encontrar pronto, en la sección de anuncios por palabras, alguno que diga: Se buscan franquiciados. Se ofrecen siglas reconocidas para gestión de poder. Sin proyecto. Sin ataduras. Lo que más le convenga. Pactos abiertos a todo el mundo y parte del extranjero. Razón: Franquicia PSOE. Así está el principal partido de la oposición. Una desgracia que ningún país moderno debe permitirse.

Largos adioses de Pujol
Por VALENTÍ PUIG ABC 25 Junio 2003

JORDI Pujol ha maquinado su propia genealogía política, por mucho que además se le quiera ver integrado en esa larga lista numismática de presidentes de la «Generalitat» de Cataluña de la que la historiografía nacionalista hace recuento desde las fontanas del mito. Está despidiéndose de su despacho, de las sesiones de control del parlamento autonómico catalán, de sus poderes activos y simbólicos, de largos años de protagonizar la vida pública catalana y de estar presente en la política española. Sus biógrafos tan solo arañan la corteza del viejo árbol seguramente porque aún es pronto para trazar el rastro genético del pujolismo, el ADN de sus impulsos y de sus errores, de intuiciones y ambivalencias.

Sus mentores de juventud le inculcaron la lectura de Charles Péguy. Del socialismo antimaterialista a la encarnación salvadora de Juana de Arco, Péguy localiza en las raíces de la nación francesa la vida permanente del espíritu, el sentido ancestral de la catolicidad. Amenazada Francia por la Alemania guillermina, Péguy deja a medio terminar la frase del ensayo que estaba escribiendo -sobre el pensamiento cartesiano- y se va al frente. Muere a los cuarenta y un años, en el primer día de la batalla del Marne. Cae abatido, de un tiro en la frente, en medio de un campo de remolacha. En sus primeros escritos, Jordi Pujol habla mucho de Péguy. La patria inocente, la Cataluña que yace bajo las ruinas de la guerra civil debe ser reconstruida.

«Todo comienza en mística y acaba en política», dice Péguy. Un país devastado por la guerra civil, por el peor de los males, requiere de políticos constructores y de un sistema moral. De ahí procede esa idea de «hacer país» que acabó siendo el lema de una perseverante continuidad en el poder, anclada en la tradición catalanista del agravio compatible con el pactismo. Hay un elemento en el pujolismo originario -por lo general, adverso al intelectualismo- que pertenece a la profunda desazón de una sociedad que ha visto caer todos sus valores, sus templos y sus permanencias. Después de la guerra civil, hay que reconciliarse como sea, lavar la ropa sucia en casa, incluso ceder terreno a la izquierda. Eso explica que en publicaciones culturales del catalanismo católico como «Serra d´Or» -patrimonio de la abadía de Montserrat- la izquierda marxista tuviera su cuota expansiva. Del mismo modo, aquel Pujol desea un sindicalismo que se implique en la cohesión social de Cataluña. La idea es integrar, rehacer, cohesionar. Luego se vería que para tal objetivo también valían el victimismo y el amago particularista. Todos estos elementos dan la composición química del pujolismo, pero el secreto de su duración está en el repliegue de los párpados caídos de un hombre que sabe poner nombre a los rostros de todos los alcaldes de Cataluña al tiempo que explica la historia del imperio austro-húngaro en un desayuno con periodistas vieneses.

En los últimos años, Pujol redescubre la pujanza de la España real. Ha ido conferenciado para explicar las bondades de Cataluña y eso le ha servido para calibrar las mutaciones de la sociedad y de la economía españolas. En el archivo de sus políticas identitarias, Pujol ha anotado con claridad la constatación de esa España, hasta allá donde le permite su concepción del forcejeo, del apretar sin ahogar. Por ahora no se sabe lo que piensan o desean sus herederos políticos, entre otras cosas porque es irreemplazable el Pujol capaz de lanzar mensajes que tengan una recepción eficaz en estratos tan distintos como son el campesino subvencionado por la Unión Europea, el jubilado que baila sardanas, el votante soberanista y el autonomista, las hermanas de la caridad, el catolicismo catalanista, los conservadores del arraigo y los empresarios que buscan mercados exteriores. Cierto es que, de Juana de Arco al despliegue de los «mossos d´esquadra», va un cierto trecho. El pragmatismo dilatado a veces lo devora casi todo.

Es postulable que las acciones más equívocas de Pujol hayan sido tres: no participar alguna vez en el gobierno de España, rubricar la política de inmersión lingüística y proponer la abstención en el referéndum de la OTAN. Un atlantista de pro, atlantista «a fuer de europeista», optó por sugerir la abstención, aunque ha reconocido su contrición. Tampoco estaba en contra de la intervención militar en Irak pero sus sucesores políticos creyeron más oportuno unirse a las manifestaciones de protesta. Es en estas variaciones que no se ve clara la partitura del post-pujolismo.

El pujolismo, algo tan arborescente y acomodaticio, propende a sentirse a gusto a la clasificación del nacionalismo personalista. Cierto es que poner a la persona en el centro de la política es algo que se dice fácilmente pero que resulta más bien difícil de demostrar. Mounier vertebra el personalismo, un espacio de comunidad entre el individuo y el contrato social. Es Mounier quien dice que «una política es el producto de la descomposición de una mística». No se trata de una traición repentina del pensamiento, sino más bien es consecuencia de la pesadez que conlleva la falta de inspiración, y es entonces cuando «el apóstol se convierte en partidario, el testigo, en abogado: del impulso místico no queda más que una causa personal».

Es una política más patriarcal que patricia, a la medida de una sociedad que mantiene el pulso del diapasón entre la autosatisfacción y el esfuerzo. En 1968, año más bien proclive a otras definiciones y confusiones, Pujol define el nacionalismo personalista catalán: «Ser en tanto que pueblo para que puedan ser los hombres de nuestro pueblo». Pone el nacionalismo catalanista al servicio del hombre, no de una abstracción. Quién sabe donde estaba en 1968 la actual clase política. Pujol, en no pocos aspectos, estaba donde está. Han variado las responsabilidades y subterfugios del realismo, el afianzamiento en el poder, el largo intermedio entre los hombres y las ideas, la propia naturaleza humana y la idiosincracia de la sociedad que repetidamente le dio respaldo electoral.

Jordi Pujol no va a apartarse de la vida pública, al modo de esos actores tan experimentados que, ya en la jubilación, hacen algún papel secundario y siempre consiguen robar la escena a los protagonistas. Querrá seguir el ritmo de las cosas, el paso del tiempo como la sombra de una nube. Pudiéndose olvidar de las estrategias de partido y del voto de dueña del colmado de la esquina, quizás vaya a constatar más bien pronto que -como decía su maestro Péguy- el mundo moderno no respeta nada.

Veintitrés años de pujolismo
Editorial ABC 25 Junio 2003

NO es un exceso de generosidad atribuir a la trayectoria política de Jordi Pujol el efecto benéfico de la estabilidad institucional. A pesar del recurso al doble lenguaje, al ya casi clásico victimismo nacionalista, la Generalitat de Cataluña ha estado gobernada por un talante en el que se ha dado más importancia a lo posible que a lo conveniente en términos electorales o de movimiento político. Ni siquiera en los momentos en los que el apoyo de CiU al PSOE podía pasar una factura más aguda desistió Jordi Pujol del empeño de hacer compatible la responsabilidad institucional con las reivindicaciones más impopulares en el resto de España. Tal vez la imagen de Cataluña se haya resentido a lo largo de los 23 años de «Govern» de Pujol, pero es innegable que su actuación se ha ceñido a un diseño en el que Cataluña, pese a los problemas más teóricos que reales, siempre ha aparecido indisociable de España, su único contexto posible. En el calibre de las comparaciones, el nacionalismo catalán encarnado por Jordi Pujol jamás ha tensado la cuerda más allá de la propia resistencia de las hebras de esa soga. Ha estado, desde luego, muy lejos de llegar a los extremos del PNV y el carácter instrumental que esa clase de nacionalismo ha dado a las instituciones de autogobierno. Además, ha sabido darle a la Autonomía catalana una consistencia que, de haberse producido en Madrid, hubiera evitado el laberinto reglamentario y el caos institucional en la que se encuentra la Administración autonómica en la capital de España. Personajes de la solvencia de Pujol o Fraga (en el caso del político gallego no sin cierta cualidad paradójica) han contribuido enormemente a la construcción del «imaginario» autonómico, más allá incluso de las tradiciones, símbolos y razones históricas en las que se sustenta la propia organización territorial.

Resulta imposible abordar los últimos 23 años de la historia de España sin conceder a Pujol papeles claves. Del «tranquil, Jordi, tranquil» que Su Majestad el Rey trasladó al presidente de la Generalitat el 23-F hasta el «pacto del Majestic», con el que Pujol selló el apoyo de CiU al primer Gobierno de Aznar en 1996, su contribución a la política nacional ha estado marcada por un sentido del deber que no siempre ha sido reconocido por otros líderes y fuerzas políticas, ni aprovechado como un patrimonio de valor incalculable por el propio nacionalismo catalán.

La Generalitat de Tarradellas asumió unos consensos básicos en torno a los cuales labró Pujol su indiscutido liderazgo. Dichos consensos han salvaguardado de cualquier conato de tensión seria unas relaciones entre la Generalitat y las instituciones del Estado no siempre fáciles. En el plano interno, el carácter de la coalición nacionalista CiU ha provocado desencajes lingüísticos e identitarios resueltos con naturalidad por la propia sociedad catalana, consciente de su diversidad y del valor esencial de la libertad en términos individuales. La presión normativa respecto a los usos del catalán y del castellano ha sido uno de los aspectos más negativos de la época de Jordi Pujol, pero con la distancia el problema adquiere perfiles mucho más livianos que los que mostraba en las fases agudas. De otro modo no hubiera sido posible una colaboración fluida con el PP, tanto en Cataluña como en la política nacional. El trayecto desde la socialdemocracia al liberalismo ha sido el de un suave deslizamiento de lo preferible a lo posible en el que las cuestiones simbólicas han empezado a cobrar importancia a medida que el ciclo pujoliano comenzaba a presentar síntomas de fatiga tironeado por el soberanismo. De ahí que sea clave que se mantenga el acuerdo convivencial que fijaron Tarradellas y el propio Pujol.

Pujol, Fraga y otros panzonazionalistas
Nota del Editor 25 Junio 2003

Como ciudadano de segunda clase (o peor, según se mire, al tener como lengua materna el español, y ser viajero que no quiere saber nada de infinitas las lenguas "propias"), denuncio por lo menos el despiste que muestra ABC al minimizar el gigantesco problema de la anticonstitucional imposición lingüística, causa de los más graves problemas actuales y futuros de España. La lengua "propia" es el sustento de los nacionalistas, el mecanismo básico para hacer la limpieza étnica y ellos son la base del terrorismo.

Vargas Llosa: «Savater aún cree en la palabra como acción»
El pensador recibe la Pluma de Plata del Club de la Escritura
Fernando Savater se ha unido al grupo de escritores premiados por el Club de la Escritura (Cela, Gala, Matute, Vargas Llosa, Hierro...). El pensador, acompañado de amigos y admiradores, agradeció un galardón a su labor de escritor, «ahora que, según dicen, me he convertido en un referente moral, yo que siempre fui un referente inmoral». Vargas Llosa fue el encargado de entregarle la Pluma de Plata a este «humanista contemporáneo».
Susana Jarandilla - Madrid.- La Razón 25 Junio 2003

Gran lector, pensador comprometido y amante de la vida, Fernando Savater (San Sebastián, 1947) recibía ayer la Pluma de Plata del Club de la Escritura de manos del académico y escritor Mario Vargas Llosa, que le definió como un «humanista contemporáneo por su curiosidad universal y el interés con el que sigue todos los avances del saber y la creación». Lo que, sin embargo, «no le ha impedido ser muy riguroso en sus conocimiento», dijo el autor de «El paraíso en la otra esquina».

Vargas Llosa destacó varias características de Savater que, según el académico, son «raras virtudes en la intelectualidad de nuestro tiempo». Por un lado, ha mantenido la comunicación con el lector medio, que «comprende, aprecia y goza» sus libros, demostrando que se puede escribir de filosofía y política con «claridad y transparencia, sin llegar nunca a banalizar el saber». Y además, dijo el escritor peruano, «es un intelectual comprometido, algo también raro en nuestra época». «Antes ¬recordó Vargas Llosa¬, había un denominador común entre los intelectuales: para ellos escribir era una manera de actuar. A través de la escritura, la reflexión o la creación uno participaba en la Historia viva», dijo el escritor, recordando la máxima de Sartre de que «las palabras son actos». Sin embargo ahora, lamentó el autor de «La ciudad y los perros», «pocos creen en el poder transformador de la palabra. Pero Fernando Savater sí».

Luchar contra la barbarie
La independencia es otra de las cualidades que ha acompañado a Savater a lo largo de su carrera, en sus artículos, libros y clases. Y esta le ha llevado a «desconfiar de los lugares comunes e ir contracorriente sin temor a ser excomulgado o considerado un marginado», dijo Vargas Llosa, que no olvidó la lucha del escritor y filósofo por las libertades en el País Vasco. «Savater asume con naturalidad enfrentarse a la barbarie del terror, a ese nuevo totalitarismo que es el terrorismo, y lo hace con una serenidad, una resolución y un coraje que ha contagiado a otros que libran batallas por la democracia y la libertad», dijo.

Con el sentido del humor que le caracteriza, Savater agradeció su premio, especialmente por ser a su labor de escritor, aunque «de lo que más me enorgullezco es de haber sido un gran lector, pero por eso no premian a nadie». El filósofo dijo que «siempre he intentado ser un escritor y pensador de compañía, no maestro de nada. Quiero que mis libros sean como una palmada en el hombro o una copa de vino en el momento justo».
Jaime Capmany, que hizo las veces de maestro de ceremonias, recordó la frase de Machado «plata como oro cano, oro como plata dorada» en referencia a las dos «clases» de pluma que entrega el Club de la Escritura. También tuvieron palabras de elogio para el escritor, Juan Cruz, del Grupo Santillana, y Ulpiano Rodríguez, presidente del Club de la Escritura.

Al acto acudieron, entre otros, Antonio Mingote, Alfonso Ussía, Fernando Jáuregui, José Oneto, Nativel Preciado, Álvaro de Marichalar, Victoria Vera, Fernando de Lanzas, José Antonio Álvarez-Gundín, Pedro Piqueras, Blanca Berasátegui y José Antonio Vera, director de LA RAZÓN.

Mayor advierte que si «siguen los desafíos» el Ejecutivo podría disolver el autogobierno vasco
El PNV responde que la autodeterminación «no es una gracia concedida por el PP»
El número uno de los populares vascos, Jaime Mayor Oreja, habló ayer sin complejos del artículo 155 de la Constitución. En una entrevista en Radio Euskadi, aseguró que se podría aplicar «ese famoso artículo» en el caso de que hubiese «una sucesión ininterrumpida de desafíos» desde las filas del nacionalismo vasco. Del mismo modo, aseguró que el actual conflicto entre la Cámara vasca y el Supremo es un «preámbulo» de lo que traerá el Plan Ibarreche. Por su parte, desde el Gobierno vasco aseguraron que el autogobierno vasco «no es una gracia concedida por el PP».
J. Arias Borque - Vitoria.- La Razón 25 Junio 2003

El presidente del grupo parlamentario popular en el Parlamento vasco, Jaime Mayor Oreja, advirtió ayer a los nacionalistas de PNV y EA que si «continúan» adelante con sus desafíos es probable que desde el Gobierno de Madrid se puede llevar a cabo la utilización del artículo 155 de la Constitución, que prevé que el Estado central asuma competencias de los gobiernos autonómicos y suspenda su autogobierno «Si hay una sucesión ininterrumpida de desafíos es evidente que se podrá plantear ese artículo famoso de la Constitución».

Mayor aseguró que no hay que «presumir de lo que uno va a hacer y forzar las circunstancias» ya que, por ahora, sólo estamos ante el pequeño conflicto que existe entre la Cámara de Vitoria y el Supremo, al que calificó como «preámbulo» del Plan Ibarreche. En ese caso, «será otra la institución a la que le correponderá lidiar» con las iniciativas de la deriva soberanista del PNV.

El dirigente popular, que fue entevistado por Radio Euskadi, afirmó también que «el nacionalismo tiene que escoger entre lo que quiere del Estado de Derecho. Es el nacionalismo vasco el que tiene que, en un momento determinado, parar. Si no quiere parar», auguró, «todos iremos al desfiladero».

Del mismo modo, se mostró «expectante» ante el pleno del mes de septiembre en el que se debatirá el Plan Ibarreche. «Si se aprueba un texto lo que habrá que saber es si es un proyecto o es una ley» porque «una ley para la ruptura tendrá una especial gravedad».

Autogobierno
La respuesta a estas palabras desde la «Lendakaritza» no se hizo esperar. Tras la reunión del Consejo de Gobierno, Josu Jon Imaz, portavoz del gabinete vasco, advirtió a Mayor Oreja que el autogobierno «no es una gracia concedida por el Ejecutivo del PP, sino que responde a la firme voluntad de la sociedad vasca», por lo que negó que pueda aprobarse o eliminarse con un simple decreto.

El portavoz de los socios de Gobierno del PNV, Rafael Larreina, de Eusko Alkartasuna, pidió al dirigente popular que respete el resultado de las urnas y no intente cambiar por «vías espurias y nada democráticas» los resultados electorales.

Atentado contra la alta burguesia vasca
Lorenzo Contreras Estrella Digital 25 Junio 2003

ETA ha atentado contra el "sancta sanctorum" social de la alta política y la clase económica de Vizcaya, mediante la colocación de una bomba de gran potencia en los lavabos del hotel Los Tamarises, frente al puerto deportivo de Guecho. Nuevamente, por quinta vez en tres años, Guecho ha sido el objetivo elegido por la banda terrorista, que advierte así de su presencia organizada en Vizcaya, como las propias autoridades de seguridad de Euskadi reconocen. La Ertzaintza, alertada por la llamada telefoníca de ETA al diario abertzale "Gara", fue diligente, y por minutos pudo evitar una tragedia, que no llegó a consumarse ya que los daños fueron puramente materiales, aunque cuantiosos. El artefacto explosivo destruyó el restaurante del hotel y dañó la propia estructura del edificio. La acción no fue, por tanto, simbólica o de escasa relevancia física, sino una perfecta demostración de lo que la banda es capaz de hacer después de tanta literatura oficial sobre su arrinconamiento y limitación de posibilidades operativas.

El atentado coincide con la comunicación del Tribunal Supermo en la que su Sala especial constituida a tal efecto ordena la definitiva desaparición de Sozialista Abertzaleak, la formación sucsora de la ilegalizada Batasuna. Una formación a la que se le retira toda financiación y toda capacidad representativa y organizativa en las insitutciones parlamentarias. Y ello contra el parecer de la autoridad de la Cámara legislativa de Vitoria, cuyo presidente, Mesa y responsables de comisiones son apercibidos bajo su responsabilidad personal y judicial respecto a la obediencia institucional que se les exige.

La expectativa que se abre representa un horizonte de alto conflicto. La defensa de la autonomía vasca es invocada ardientemente por los propios líderes de un nacionalismo que se viene caracterizando precisamente por una política de descrédito del Estatuto que la consagra. Lo cual demuestra que la estrategia soberanista del señor Ibarretxe recuerda en grado eminente la vigencia de la Ley del Embudo en el examen y valoración de las conveniencias oportunas y oportunistas.

Sobre este marco incide ahora el atentado de ETA como prueba de reaparición del terrorismo en su más alto y simbólico grado de intención. Simbólico por lo que tiene de mensaje o aviso a navegantes de la política. Un mensaje también de violencia práctica de la que no se excluye al propio nacionalismo gobernante, algunos de cuyos más conspicuos dirigentes, caso de Joseba Eguibar, recibieron por parte abertzale una carrera en pelo al cabo de las elecciones municipales celebradas en territorio vasco. Insultos, amenazas y otras "desconsideraciones" callejeras o públicas han sido claros exponentes de la separación de espacios políticos entre independentistas, con vuelta de la "kale borroka" a sus antiguas actividades, si bien ahora reciben por parte de la Ertzaintza una respuesta más contundente que en los tiempos, demasiado recientes, en que los objetivos favoritos de los violentos eran personalidades, edificios y bienes materiales de los partidos de ámbito estatal, menos merecedores, según sus propias quejas, de la protección policial autonómica.

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