AGLI

Recortes de Prensa     Lunes 1 Septiembre  2003
Se abre la sesión
Luis González Seara La Razón 1 Septiembre 2003

Internacionalizar Cataluña
Antonio García Trevijano La Razón 1 Septiembre 2003

LA CONSTITUCION SAGRADA DE ONAINDÍA
ABC 1 Septiembre 2003

Onaindia
Cecilia García La Razón 1 Septiembre 2003

UN BARROCO MARAGALLISTA
VALENTÍ PUIG. Escritor ABC 1 Septiembre 2003

Marañal o «el café es de todos»
Iñaki Ezkerra La Razón 1 Septiembre 2003

Estado asimétrico
PABLO MOSQUERA La Voz 1 Septiembre 2003

Hipocresía
Cartas al Director El Correo 1 Septiembre 2003

Fachadas siniestras
Cartas al Director El Correo 1 Septiembre 2003

Se abre la sesión
Luis González Seara La Razón 1 Septiembre 2003

Se abre el nuevo curso político, y parece claro que nos hallamos lejos de una encrucijada como la exaltada por Corneille: «Un gran destino acaba; comienza un gran destino». No están aquí las cosas para soñar destinos ambiciosos. Algunos tratan de adivinar el suyo con el cálculo de probabilidades; y otros se enredan en los ejes de Maragall, expuestos a ser cazados en la red que la gran araña teje siempre desde el centro.

En el PP, el tiempo de profecía e indeterminación se acaba: en breve, se va a elegir sucesor de José María Aznar. Sea quien sea el designado, ya han dicho que será Rajoy, su programa electoral tendrá que ser continuista en la política económica, en la lucha contra el terrorismo y la balcanización de España, y en las grandes líneas de la política exterior. Los partidos en el poder pueden, lógicamente, rectificar las políticas seguidas, si resultan equivocadas o nocivas para el bien público y están obligados a innovar para hacer frente a los problemas existentes, ya sean antiguos o nuevos. Sin embargo, no pueden orillar las responsabilidades ni los compromisos que se han contraído. Ésa es una servidumbre de la que no podría librarse el sucesor de Aznar, aunque lo quisiera o le resultara conveniente desde el punto de vista electoral. Y, así, nuestras tropas tendrán que continuar su labor en Iraq, aunque se produzcan bajas y lleguen féretros para dar alas a la demagogia. Nadie puede preverlo, pues, en tiempos de guerra, como enseñaba Clausewitz, se trabaja siempre en medio de la incertidumbre, tanto en la guerra abierta como en la pacificación posterior. Y lo mismo cabe decir de la lucha contra el terrorismo y los planes secesionistas del PNV: un partido en el gobierno no puede permitirse contemporizar con proyectos independentistas, como el de Ibarreche, ni con ensoñaciones descabelladas como la resurrección de la Corona aragonesa, por mucho que ahora quiera disfrazarse el invento con referencia a los corredores económicos, las estructuras transversales y las conexiones geoestratégicas.

El PSOE ha querido adelantarse al nuevo curso político con una propuesta autonomista, que es un manifiesto de buenas intenciones, con algunas ideas chocantes, como es la de «vertebrar» a una España en red, cuando la vertebración se hace en torno a un esqueleto central. O la de proponer una Conferencia anual de los presidentes autonómicos y el presidente del Gobierno, para debatir juntos en el Senado los problemas más importantes del país. Esta confusión del poder ejecutivo nacional con el autonómico, y de los dos poderes ejecutivos con el legislativo en el Senado, es una aportación revolucionaria para la ciencia política. ¿Se imaginan al presidente de Estados Unidos debatiendo sus decisiones con todos los gobernadores de los Estados federados en una sesión celebrada en el Senado americano? Claro que Norteamérica sólo es el Estado federal más exitoso de la historia, gracias a su irrenunciable principio de la separación de poderes. Aquí, suele primar el arbitrismo.

Internacionalizar Cataluña
Antonio García Trevijano La Razón 1 Septiembre 2003

Todos los nacionalismos responden a un sentimiento de amor exclusivo y a una ideología de poder excluyente. El apego a la tierra y a la gente natal es del mismo orden afectivo que el de los niños. La intensidad de su cariño no les permite extenderlo fuera de la familia. Sus padres y hermanos, lo más grande y mejor del mundo, constituyen su universo. Las fantasías infantiles idean una sociedad sin historia, un conjunto de familias donde la más poderosa sea la suya. Los signos de la realidad social que contradicen su visión los interpretan como injusticias. Por eso los niños comienzan a socializarse con los de su misma clase, es decir, con los que sienten, para bien o para mal, el mismo tipo de discriminación familiar. Sueñan con padres de poder excluyente que colmen sus frustraciones y venguen sus humillaciones.

El Estado representa para los nacionalistas ese padre todopoderoso. Unos pueblos adquirieron conciencia nacional por su pertenencia a un mismo Estado. Para ellos la nación no es algo subjetivo, como un proyecto que se hace, sino la unidad objetiva, determinada por la historia de los estados, donde se nace. Pero la independencia de las colonias americanas y la Revolución francesa plantearon el derecho de los pueblos a su libre determinación como nuevas naciones estatales. Lo cual obligaba a definir la nación sin tener en cuenta al Estado que las identificaba.
Carlos Marx limitó la autodeterminación a las solas naciones que no se habían identificado estatalmente antes de la Revolución francesa. Y Renan definió la nación como proyecto de la voluntad de vida común, a la que Ortega añadió la nota de «sugestivo». Esta teoría romántica y literaria, que en su día justificó la unificación estatal de Alemania e Italia (por la fuerza de Prusia y Piamonte), fue la base intelectual del nacionalismo nazi-fascista y hoy es creencia común de todos los partidos españoles. Con arreglo a ella, el pueblo vasco y el catalán tendrían derecho a la autodeterminación.

No se puede negar que el proyecto socialista de Maragall, la eurorregionalización de Cataluña, es lo más sugestivo que pueda imaginar la envidia infantil del Estado, para internacionalizar una región sin necesidad de convertirla en nación ni Estado. La gran dificultad no está pues en la Constitución ni en el necesario concurso de los actuales habitantes de los antiguos reinos de Aragón y Valencia, habituados a decir «sí» a todas las vanidades que los enorgullezcan, sino en la imposibilidad lingüística de obtener ese «oui» en las provincias francesas que sólo saben decir «oc».

No es la Constitución de España, sino la de la UE, la que tendría que reformarse para dar cabida a las eurorregiones, en una comunidad de euroestados donde no caben las euronaciones. En otro artículo haré patente el absurdo ontológico en que se funda la idea suiza de nación internacional. Ese absurdo se duplica en la idea catalana de región internacional. Desde el punto de vista de la lógica interna del nuevo concepto, lo que me sorprende no es tanto la imposibilidad metafísica de realizarlo, como la incongruencia de concebirlo en el seno del catalanismo derivado del federalismo de Prudhon o del nacionalismo de Renan.

Si Pujol era reaccionario por retrotraer Cataluña al XVII, qué decir del sueño medieval de Maragall de devolverla al marco del Reino de Aragón. ¿Por qué detener ahí los derechos históricos de la arqueología política? ¿No retrocede lo imprescriptible, mas allá de catalanes, árabes, germánicos, romanos, griegos, fenicios o iberos, hasta Atapuerca? En una carta a D. Strauss sobre la reivindicación alemana de Metz y Luxemburgo, donde menciona a la Cataluña germánica, Renan dice: «Con esta filosofía de la historia (la imprescriptibilidad de las reivindicaciones nacionalistas), sólo sería legitimo el derecho de los orangutanes, injustamente desposeídos por la perfidia de los civilizados».

LA CONSTITUCION SAGRADA DE ONAINDÍA
ABC 1 Septiembre 2003

Sus amigos siempre le echaremos de menos. Y muchos otros también. Cuando preparábamos el libro Basta Ya -«Contra el nacionalismo obligatorio» (Aguilar, Madrid, 2002)-, Mario seleccionó entre sus trabajos uno de título nada ambiguo: «La Constitución es sagrada». No es que él fuera un sujeto solemne, dado a la grandielocuencia: al revés, lo suyo era la ironía transgresora (a veces demasiado, para algunos). Pero, muy enfermo y consciente de su próximo fin, escogió precisamente ese texto para oponerse de modo tajante al actual delirio de confusión desencadenado, también, por algunos de su propio partido. Allí escribe no conocer «ninguna religión que merezca más adoración y veneración que los derechos cívicos que protegen mi derecho a la vida, a reunirme, a manifestarme o a elegir a unos representantes políticos que tengan como primer compromismo la defensa de estos derechos, amparados en la Constitución... ¿Por qué, entonces, no habríamos de considerarla sagrada?»

Onaindía ha sido uno de esos «héroes de la retirada» de nuestro tiempo, sujetos lúcidos que han evitado la catástrofe aprendiendo a renunciar y renunciando a imponer sus creencias. El nacionalismo y el odio al franquismo le llevaron a ETA. No había matado a nadie, pero en 1970 fue condenado a muerte en el famoso Consejo de Guerra de Burgos. En la cárcel descubrió la incompatibilidad del terrorismo con cualquier proyecto político decente. Trabajó para que ETA desapareciera, consiguiendo la retirada de los poli-milis y su conversión en un partido político autonomista: Euskadiko Ezkerra. Luego encabezó la parte de EE que se fusionó con el Partido Socialista de Euskadi.

Tras procurar de todos los modos posibles llegar a pactos duraderos con los nacionalistas, el asesinato de Miguel Ángel Blanco le convenció de que el problema era otro: el propio nacionalismo y, en particular, el fascismo etarra. Apoyó a tal efecto todas las iniciativas contra éste. Ironizaba diciendo que él siempre había hecho lo mismo: primero oponerse al fascismo de Franco, y luego al de ETA y sus amigos. Este hombre ha muerto, pero no su memoria ni su ejemplo.

Onaindia
Cecilia García La Razón 1 Septiembre 2003

Desayunarse con la muerte de Mario Onaindia no fue la mejor forma de desperezarse este domingo. Desde sus guaridas, los etarras habrán amanecido celebrando un aquelarre vespertino, como demonios metamorfoseados en machos cabrios en celo, aunque, siguiendo su lógica de atentar contra las leyes de la naturaleza, provoca en ellos que su afán reproductor no engendre vida sino muerte. Onaindia era para ellos un grano en el culo, la voz de la conciencia que ni tienen ni se la espera. Su instinto asesino les anega el cerebro de sangre, impidiendo cualquier razonamiento que no pase por la violencia física y psíquica voraz e indiscriminada. Por todas estas razones Onaindia vivió los últimos años de su vida con dos cánceres igual de carroñeros: el que le invadió el intestino y la amenaza de ETA, que le tenía en el punto de mira como un elemento de la vida política vasca a exterminar, simple y llanamente porque les ponía en evidencia y les enfrentaba a la única verdad: un hombre, producto de un tiempo confuso donde las libertades fueron cercenadas, y las elecciones vitales no siempre eran las más acertadas, tiene el imperativo moral de evolucionar y no quedarse colgado de las cadenas represivas del pasado como una coartada cínica para justificar la violencia y crispar la convivencia.

Onaindia era un símbolo de esperanza de que la regeneración ideológica y política existe, no es una utopía. Renegó primero de la violencia y, después, del nacionalismo más intransigente, para abrazar las posturas constitucionalistas y la democracia desde la lucidez, la serenidad y la cordura. Sé que es fácil decirlo ahora que se está yendo. La muerte, salvo excepciones, nos enturbia hasta la clemencia. No es éste el caso. Onaindia fue, es, el testimonio vivo ¬sólo hay que leer sus escritos¬ de que otro País Vasco es posible, sin totalitarismos ni pulsiones fascistas enmascaradas en teorías supuestamente revolucionarias que no son más que una involución en las libertades de los vascos.

Se ha ido con amargura y dolor. Como a otros tantos, su sueño de vivir en su tierra en paz no se ha cumplido.

UN BARROCO MARAGALLISTA
VALENTÍ PUIG. Escritor ABC 1 Septiembre 2003

LOS falsos problemas a veces han permitido que la ciencia obtuviera resultados en otro ámbito, para un problema posible. «In extremis», pudiera ser el caso de Pasqual Maragall: enfrascado en solventar el problema de una España que ya no es problema tal vez logre al azar descubrir alguna solución concreta para el temario pendiente de la sociedad catalana. En realidad, Maragall no es un secesionista: procede de la escuela regeneracionista y ha vivido los valores de la Institución Libre de Enseñanza. Paradójicamente, ese sustrato sumado a una imaginación política en plenitud de agitación neuronal ya ha sobrepasado los formatos de la ciencia táctica y pasa a ser, se diría que con complacencia de «enfant terrible», un componente de dislocadura en varios frentes abiertos: entre el PSOE y la situación vasca, entre el PSOE y su electorado en toda España, en consensos de Estado PSOE-PP y en el seno propio del PSC-PSOE. En pocos meses se sabrá si Maragall no ha ido dislocando también las posibilidades electorales del socialismo en Cataluña, después de haber rozado los umbrales del poder en las elecciones autonómicas de 1999.

Toda la precampaña electoral en Cataluña, en este aspecto, está poniendo a prueba la paciencia de la opinión pública, si es que no genera apatía e indiferencia. Ante el muestrario de las distintas propuestas estatutarias, la reacción de los famosos votos duales y del abstencionismo diferencial será ilustrativa. El votante dual opta por candidaturas distintas si las elecciones son generales o autonómicas: pasa del PSC-PSOE a CiU o, en menor grado, del PP a CiU. La abstención diferencial -uno de los déficits democráticos más notorios de la sociedad catalana- consiste en no votar en las autonómicas pero sí en la legislativas, con provecho para el PSOE. Esa abstención diferencial es la más alta de España.

En ese paisaje fue surgiendo el maragallismo, un dato político que combina ciertos ingredientes de liderato y dosis abundantes de estrategia electoral, como fue el pacto histórico entre el PSOE y el socialismo catalanista. Ahora ocurre que incluso en las filas socialistas se comienza a sospechar que la guinda maragallista ya no es la solución sino parte del problema. Pasqual Maragall lleva demasiado tiempo inventándose sus propias normas y saliéndose con la suya. Reaparece este verano invocando las dos Españas de Machado, el catastrofismo y la inevitabilidad de que España estalle si al partido en el gobierno los electores le vuelven a dar la mayoría. Hacia tiempo que desde Cataluña no se tramitaban mensajes de tanta contundencia, salvo desde posturas residuales de vida ondulante, como el soberanismo republicano, tal vez socio de gobierno de Maragall en caso de que los electores le den confianza.

Uno puede inventarse normas para su higiene personal o para la conducción de la vida familiar, pero ni tan siquiera en una política concebida en tiempo real, como correlato del fluir informático, es factible anticipar reformas del Estado como quien diseña el jardín del chalé en una servilleta de papel. Por supuesto, ese no es el caso de Maragall aunque esté logrando expresarse de forma tan errática que perjudica la introspección de lo pensado. El contagio llega hasta Rodríguez Zapatero y cuartea los contenidos del documento «La estructura de Estado» que el PSOE asumió en tiempo de Joaquín Almunia en 1998. Un año más tarde, los socialistas insistían: «No somos partidarios de reformas profundas en el bloque constitucional, excepto en lo que se refiere a la configuración del Senado». Maragall ha escrito que España es un proyecto y Cataluña una realidad. Es una concepción honrosamente redentista pero desapegada de la historia reciente. Insiste Maragall: «Cataluña es verdad, España es, más bien, un envoltorio, una cosa que se puede recrear».

La improvisación imaginativa es uno de los rasgos políticos de Maragall, con un efecto colateral: dada la celeridad con que concibe sus iniciativas verbales, prácticamente «in situ», a menudo carecen de ese contexto de prioridades que el elector y la opinión pública en su conjunto necesitan para distinguir entre valores y gestos, entre tácticas y estrategias, entre ocurrencias e ideas. Por ejemplo: empeñado en su tesis sobre la refundación constitucional de España, Maragall añade de paso la idea de la transregionalidad. Luego interviene Rodríguez Zapatero para explicar que esa ya es una práctica europea y que el PP no se había enterado. Si las cosas son así, uno se pregunta que otro método que la confusión puede haber llevado a Maragall a sumar algo ya descubierto y operativo a su ya de por sí polémica transformación de las Españas. Curiosamente, el fracaso del concepto de «Països Catalans» -un «hinterland» valenciano-balear para Cataluña- ha sido aceptado incluso por Jordi Pujol. En el Estado integral de la Segunda República, la federación de regiones autónomas estuvo explícitamente fuera de lugar. Tampoco está de más recordar que en el marco de los «Països Catalans», la comunidad valenciana y la balear hoy transcurren políticamente con mayoría absoluta del PP y que, en Cataluña, CiU necesita de los votos del PP para llegar a fin de mes. Lo más característico en el discurrir de Pasqual Maragall es ese impacto de imaginaciones simultáneas que alcanzan forma de tropel, para difícil aprehensión del común de los mortales.

Valentí Almirall, uno de los fundadores del catalanismo y gran conocedor de la constitución norteamericana y del federalismo suizo, prefería hablar de «Estado compuesto» porque «aquí la palabra federalismo va unida al recuerdo de un período de incapacidad gubernamental y de miseria tales, que su posible retorno atemorizaría incluso a quienes más persuadidos estamos de la situación misérrima a la que hemos llegado». La república federal y sinalagmática -es decir, por contratos bilaterales- fue una fantasía ideocrática de Pi i Margall, conducente al cantonalismo. La propuesta de Pasqual Maragall es muy distinta pero todavía parece carecer de los sedimentos de lo que ha sido concebido para durar. Esos trazados arquitectónicos requieren un ser constantes y prudentes.

Maragall está en otro «tempo», en el escorzo, en la impremeditación seductora. Si según la distinción magistral lo clásico son las formas que pesan y lo barroco son las formas que vuelan, Maragall es un político barroco, cambiante. Como la escultura barroca según la definen los tratadistas, rehuye el contorno, la fijación en una silueta determinada. Es la preferencia por los planos movidos, por aquella inestabilidad que generan las alteraciones de luz.

Marañal o «el café es de todos»
Iñaki Ezkerra La Razón 1 Septiembre 2003

Nunca me hizo gracia esa expresión ¬«café para todos»¬ aunque cuando se hizo famosa se usara en un sentido positivo y para evitar las discriminaciones en el mapa autonómico. Siempre me pareció lo que es: una expresión borde y macarra. Porque la igualdad legal entre los españoles, que explicita la Constitución, no es un detalle que pueda permitirse o no el padrino de un bodorrio con sus invitados y el servicio; porque entre los españoles no hay servicio ni invitados ante la Ley sino ciudadanos de pleno derecho, y porque bromear sobre la igualdad ¬como jugar con las cosas de comer¬ es, en efecto, una afición propia de padrinos, no de boda, sino de la mafia.

Ahora, al cabo de los años vuelve esa expresión irritante de la mano del socialismo catalán. José Montilla, secretario del PSC, ha dicho que «se acabó el café para todos» y que sobre el final del modelo autonómico homogéneo trataría la reunión que el PSOE tenía el sábado en Santillana del Mar. A Montilla y a Maragall sus compañeros de partido debían haberles explicado en esa reunión que la cuestión de si el café va a ser para unos pocos o para todos no es planteable porque «el café es de todos». Debían haberles preguntado de dónde les vienen esos humos que no son de cafetera. Aunque Santillana del Mar no tiene mar, a esos dos debían haberlos tirado al agua.

¿Pero qué socialismo es éste que contra Pablo Iglesias va! ¿Qué izquierda es ésta que no se levanta ante las arrogancias de esa pareja de neoterratenientes del tostadero autonómicos? ¿Qué pintan Zapatero, Rodríguez Ibarra y Chaves dándoles la razón a unos que dicen que la cafeína de los privilegios no es para ese León ni para esa Extremadura ni para esa Andalucía en las que ellos nacieron o a las que gobiernan? ¿Cómo no les hierve el café ante esta federal-asimetría que es la injusticia y el clasismo de toda la vida aunque ahora se encasquete una barretina geométrica de nochevieja? ¿Cómo no les dicen a Montilla y a Maragall que si no logran mandar ni en Cataluña no pretendan mandar en toda España? ¿Andaluces de Jaén, aceituneros altivos, decidme en el alma si vais a dejar que os chulee y esnobee el café este postseñoritismo de la butifarra!

Marañal ha resucitado al Reino de Aragón para emular un nacionalismo de la Esquerra que dice que es republicano y que pronuncia con desdén la palabra Zaragoza. Y Zapatero, para salvar su papel en Santillana del Mar o enmarañar más las cosas, saca la chuleta de la reforma del Senado en cámara de las autonomías. ¿De qué autonomías habla Zapatero si las cuestiona al apoyar la eurorregión de Marañal? A algunos beber tanto café y con tanta avidez les pone de los nervios.

Estado asimétrico
PABLO MOSQUERA La Voz 1 Septiembre 2003

ME HA DECEPCIONADO la propuesta autonómica socialista. Es una especie de «quiero y no puedo». Mi vida ha transcurrido entre Madrid, Cataluña, País Vasco y Galicia. Soy de esos españoles plurales y singulares a los que se refiere el documento del primer partido de la oposición. Ni siquiera en el amplio preámbulo, además de descalificar a la derecha, tiene el valor de aclarar el modelo simétrico-asimétrico del moderno Estado de las Autonomías. Incluso, un partido que siempre ha hecho gala de la defensa de la solidaridad entre territorios no se atreve a señalar los desequilibrios entre comunidades con «presuntos derechos históricos» y las del montón¿

Una vez oí decir dos cosas. ¡Quiero ser como los vascos! A estos vascos que les sobra de todo, ¿qué les puede frenar para que no sigan molestando a los demás?

Si la autonomía tiene como razón de ser mejorar la calidad de vida de los ciudadanos, acercando el gobierno a su realidad social, bastaría preguntarle a cualquier paisano de la España sin derechos históricos para saber que si es funcionario, gana mucho menos, haciendo lo mismo, que los vascos y catalanes; si es pensionista lo tiene especialmente crudo si no procede de una comunidad industrializada; si necesita utilizar la sanidad pública, no es lo mismo la consagración del derecho a la asistencia sanitaria en los cuatro puntos cardinales de España. Una cosa es el debate de los políticos, y otra las necesidades del ciudadano en los diferentes lugares de la geografía del país.

Dicho esto, acepto que hace falta mover la Constitución en lo que se refiere a esos fragmentos del Estado que son las comunidades con sus Estatutos, sus relaciones con el poder central y su capacidad financiera para dar, con justicia y equidad, los derechos sobre los que se asiente la ciudadanía española real, en el tercer milenio.

Reforma del Senado para que sirva para algo. Integración de España en Europa, desde la realidad de cada región, pero evitando jugarretas como la de los vascos con las vacaciones fiscales. Conferencia de Presidentes, lógico entre personas educadas. Modificación de los Estatutos, pero más que buscar una solución oportunista a las demandas de vascos y catalanes, mientras a los demás se les dan las migajas que sobren.

Hoy, cualquier comunidad de España tiene orgullo y sentimiento de identidad, no como cuando vascos y catalanes pactaron con UCD.

Hipocresía
Alberto Camino Bengoa/Llodio-Álava Cartas al Director El Correo 1 Septiembre 2003

No entiendo a los profesores de la Universidad del País Vasco, que en un artículo aparecido el pasado el día 24 de agosto en EL CORREO, hablan de «reflexión, sosiego y tolerancia que tanto reclama la sociedad vasca», pero ellos llaman «nacionalistas españoles» y hacen una serie de comentarios malintencionados sobre los movimientos cívicos como el Foro de Ermua, Basta Ya, Profesores por la Libertad, etcétera. Pues a mí esto me suena a insulto y a provocación. Además, para acceder a una cátedra o dar clases en la Universidad, ¿no es necesaria la nacionalidad española? La verdad, no entiendo a estos profesores que instruyen a los jóvenes de nuestra sociedad. ¿No será que son unos hipócritas?

Fachadas siniestras
Víctor Emparan Corral/Eibar-Guipúzcoa Cartas al Director El Correo 1 Septiembre 2003

La política que sigue el nacionalismo tradicional en el País Vasco con sus congéneres radicales se basa, según palabras del propio lehendakari, Juan José Ibarretxe, en no crisparles. Claro, no vamos a dar «a Madrid» el gustazo de ver cómo nos partimos la cara (sic) unos vascos y otros. Textualmente, lo repiten el consejero de Interior, Javier Balza, y Josu Jon Imaz, el portavoz áulico. Así podemos ver fachadas de ayuntamientos de nuestra comunidad con aspecto de siniestras tabernas de la coalición, con banderolas y carteles colgantes, ensalzando a conspicuos delincuentes locales, en una parafernalia desdichadamente muy conocida. El PP, por su parte, ha denunciado a un ayuntamiento por ese motivo. Pero cualquiera de nosotros puede redactar una lista de consistorios vascos gobernados por el PNV que, tras las últimas fiestas celebradas el pasado mes de agosto, exhiben letreros no muy distintos de los que han estado expuestos en varias txosnas levantadas para la celebración de la Aste Nagusia bilbaína.

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