AGLI

Recortes de Prensa     Miércoles 3 Septiembre  2003
CAMBIA EL PILOTO, NO EL RUMBO
Editorial ABC 3 Septiembre 2003

Alberdi, la voz de la conciencia
EDITORIAL Libertad Digital  3 Septiembre 2003

Alberdi tiene razón
Germán Yanke Libertad Digital  3 Septiembre 2003

Argan y los «autonomólogos»
ROBERTO BLANCO VALDÉS La Voz 3 Septiembre 2003

En el Café Iruña
José Luis García Martín La Razón 3 Septiembre 2003

LA RESACA
Alfonso USSÍA ABC 3 Septiembre 2003

Salitre o asfalto
JOSÉ MARÍA CALLEJA La Voz 3 Septiembre 2003

Otra «homilía», por favor

Cartas al Director ABC 3 Septiembre 2003

Laporta o el ridículo aldeano
Editorial La Razón 3 Septiembre 2003

Rajoy hace suya la defensa de la Constitución, la lucha contra ETA y la relación con Bush
C. Morodo - Madrid.- La Razón 3 Septiembre 2003
 

CAMBIA EL PILOTO, NO EL RUMBO
Editorial ABC 3 Septiembre 2003

EL procedimiento sucesorio sigue su curso: la Junta Directiva Nacional del PP aprobó ayer de forma unánime (503 votos a favor y uno en blanco) la candidatura de Mariano Rajoy a la Presidencia del Gobierno. En su primer discurso como nuevo líder popular, Rajoy expresó su voluntad de mantener inalterables los pilares en los que se ha sustentado la acción del Gobierno de José María Aznar, la defensa del modelo de Estado recogido en la Constitución -«no se puede jugar con él aprovechando la existencia de un fenómeno terrorista ni inventando fórmulas para resolver problemas de partido», en clara referencia al PSOE- y la continuidad de las medidas orientadas a garantizar la estabilidad presupuestaria, como fundamento de un modelo social que, con las necesarias reformas, «sin dogmas ni ideas preconcebidas», habrán de traducirse en inversión de futuro.

Fue un discurso inequívoco en el que el sucesor dejó clara su intención de no apartarse de las líneas maestras que han consolidado y definido un proyecto político que ya es un referente de las formaciones europeas de centro-derecha. La sucesión, puesta en marcha por un Aznar convencido de la necesidad de agilizar el proceso para preservar al partido de los riesgos de la bicefalia, avanza según el plan diseñado por el presidente del Gobierno, que se dispone a apuntalar su Ejecutivo con una serie obligada de cambios orientados a dotar al Gabinete de la fuerza necesaria para emprender el último y definitivo «sprint» antes de las elecciones de marzo. El proceso sucesorio y la remodelación del Gobierno guardan una estrecha relación, pues no en vano la última etapa de la legislatura aguarda acontecimientos que trascienden de largo a lo que son los meros intereses de partido. Se enmarcan, más bien, dentro de esa defensa sin matices de un modelo de Estado que es referencia ineludible frente a los desafíos soberanistas del nacionalismo vasco, que habrán de concretarse en los próximos días con la presentación en el Parlamento de Vitoria del Estatuto de la Comunidad Libre Asociada de Euskadi. El nuevo Gobierno, presumiblemente el último de José María Aznar, tendrá ante sí el reto de soportar el envite del plan secesionista de Ibarretxe, tarea en la que el PSOE puede y debe jugar un papel decisivo en función de la inequívoca defensa de la Constitución que ha marcado las líneas de actuación de su secretario general, José Luis Rodríguez Zapatero, quien ayer mismo subrayó en El Escorial el papel fundamental de la Carta Magna.

LA sucesión en el PP no puede ser entendida sólo como un movimiento endógeno, pues los procesos internos del partido que sustenta la acción del Gobierno tienen una repercusión de amplio calado que va bastante más allá de la designación del sucesor de José María Aznar. La transformación y evolución que acomete estos días el PP es ciertamente histórica y su repercusión en todos los ámbitos es innegable, pues sobrepasa las posiciones ideológicas particulares. Por eso, el nombramiento de Mariano Rajoy como nuevo líder del PP y la reestructuración del Gobierno de Aznar no pueden ser entendidos como compartimentos estancos, sino como el doble eje sobre el que gira la acción de un partido en pleno proceso de renovación. Porque la bicefalia, que indudablemente tendría repercusiones negativas en la imagen de una formación que se ha caracterizado por la cohesión - por el grave riesgo de que se solaparan y mediatizaran recíprocamente las figuras de Aznar y Rajoy- no significa en absoluto que ambos dirigentes no vayan a seguir una trayectoria común e idéntica en sus fines de aquí a los comicios de marzo.

PRECISAMENTE, la voluntad expresada ayer por el sucesor -que indudablemente habrá de aportar elementos diferenciadores en función de su particular modo de gestionar la acción política-, es la de apostar por la continuidad. Más allá del buen estado de la economía (que crece un punto y medio más que la media europea y en época de recesión), quizás el más destacado mérito de la política de los populares haya sido su defensa del modelo de Estado, que los españoles quisieron otorgarse en 1978, y del marco constitucional. Y ese concepto es y debe ser percibido por los ciudadanos de manera meridiana, en demérito y detrimento de quienes no han entendido que, en asuntos tan trascendentales, los experimentos deben hacerse siempre con gaseosa.

Alberdi, la voz de la conciencia
EDITORIAL Libertad Digital  3 Septiembre 2003

La tragicomedia de la Asamblea de Madrid, donde el PSOE ha demostrado estar dispuesto a todo con tal de llegar al poder –incluidas las falsas acusaciones, el espionaje político y la vulneración de derechos fundamentales–, brindó ocasión a Alberdi para dar la voz de alarma –afirmó que el PSOE hizo el ridículo en Madrid–, exigir responsabilidades –a José Blanco, principalmente, por las falsas acusaciones al PP– y cuestionar abiertamente la actitud de la ejecutiva de Zapatero en torno a este asunto. Y lo que es más importante, la ex ministra ha salido también al paso de los guiños del PSOE al nacionalismo impulsados por Maragall y toda su corte de barones “centrífugos” –como Antic, Iglesias, Elorza, López, Touriño, etc.– que han presentado al cobro las letras que, en afortunada expresión de Aznar en el Debate sobre el Estado de la Nación, Zapatero firmó con ellos.

Alberdi no hace sino incidir en lo obvio cuando, ante las extravagancias de Maragall, reclamó un congreso extraordinario para decidir el modelo de Estado que quiere el PSOE: “No puede ser que cuatro barones se reúnan con Rodríguez Zapatero y luego se apruebe una decisión de esa trascendencia en el Comité Federal, porque esa no es una forma de actuar democrática”. Y, aun a pesar de que, tras la “cumbre” en Santillana del Mar, se han suavizado algunas exigencias de los barones “centrífugos”, Alberdi volvió a insistir en su postura el martes, en los Cursos de Verano de la Universidad del País Vasco, donde reclamó una “respuesta unitaria y muy firme” de los partidos constitucionalistas al Plan Ibarretxe, “que rompe las reglas del juego constitucionales”. A lo que Rodolfo Ares, coordinador de la ejecutiva del PSE, ha respondido con la misma cantinela que sirvió de pretexto para defenestrar a Redondo Terreros: a Alberdi y a “contados compañeros del PSE” –refiriéndose a Rosa Díez o a Gotzone Mora, por ejemplo– deberían “preocuparle mucho que sus descalificaciones a la dirección del PSOE coincidan permanentemente con los argumentos del PP”.

Pero nadie podrá poner en duda que la filiación política de Cristina Alberdi ha estado, desde su juventud, en la izquierda. Alberdi ha sido una pionera del feminismo en España, y su trayectoria como abogada y como política ha girado siempre en torno a la defensa de los derechos de la mujer y de las reivindicaciones clásicas de la izquierda en materia social, incluidas la Ley de Parejas de Hecho o la ampliación de la Ley del Aborto, proyectos que intentó llevar a cabo cuando fue ministra de Asuntos Sociales en el último gobierno de González. Y, aunque su militancia en el PSOE es relativamente reciente (desde finales de 1995, precisamente cuando el socialismo era ya un valor en baja), los cargos que ha ocupado –primera mujer vocal del CGPG, ministra de Asuntos Sociales, presidenta de la FSM y miembro de la junta gestora que dirigió el PSOE desde la dimisión de Almunia hasta la elección de Rodríguez Zapatero en el 35 Congreso– la avalan, cuando menos, como una voz autorizada, nada sospechosa de oportunismo y, por tanto, a tener en cuenta en el seno del PSOE.

Quizá sea por esto último por lo que Cristina Alberdi ha podido sustraerse a la ley del silencio que impera en el PSOE y que amordaza a muchos de sus cargos y militantes que carecen de su relieve. Porque es obvio que la ejecutiva de Zapatero preferiría que Alberdi, quien se ha convertido en los últimos meses en la voz de la conciencia de un PSOE a la deriva, guardara silencio: el nombramiento de Carme Chacón como portavoz del PSOE –cargo que ejercerá durante los próximos nueve meses, cuajados de citas electorales– no es sino una confirmación de la hipoteca que Zapatero mantiene con Maragall. Chacón, del sector de Montilla-Maragall en el PSC y miembro de su ejecutiva, es “especialista” en federalismo-separatismo en su versión quebequesa. Y no hay que olvidar que quien la ha propuesto para el cargo –antes inexistente en el PSOE– fue José Blanco, ausente, por cierto, de la escena política desde el fiasco de Madrid; del cual, a todas luces, es directamente responsable... aunque no parezca que vaya a asumir ninguna responsabilidad política por ello, como también exigió Alberdi.

Alberdi tiene razón
Germán Yanke Libertad Digital  3 Septiembre 2003

Me tiene perplejo Cristina Alberdi con su insistencia en llamar la atención acerca de las incoherencias de su propio partido. Una y otra vez, aprovechando una conferencia, un acto público o unas declaraciones periodísticas, la ex ministra critica el ridículo (malicioso) del PSOE en la Asamblea de Madrid, pone el dedo en la llaga sobre el alcance de los extravagantes planes de Maragall o advierte de los peligros de formular ahora desde su partido reformas estatutarias y revisiones político-territoriales. Me tiene perplejo y admirado esta batalla en solitario por el sentido común ya que, en contra de las especulaciones surgidas tras su primera aparición crítica, no ha arrastrado a otros.

Por ello, aún más perplejo me tiene el PSOE ya que, los defensores de antaño de las mismas tesis de Alberdi o los que ahora lo hacen en privado, no salen al tablero público. La “discusión” en Santillana, las propuestas de Bono, etc. buscan el apaño (aunque se le llame consenso) y no el debate de fondo de un partido cuya única cohesión en que todos sean felices, que cada cual haga lo que le venga en gana.

¿Exagera Alberdi? ¿Es el resentimiento lo que le hace decir ahora que la propuesta autonómica del PSOE da alas al plan de Ibarretxe? A mi juicio, no. El pasado día 30 de julio Ibarretxe se reunió con los consejeros nacionalistas de sus predecesores en la presidencia del Gobierno vasco y les dio a entender que había conversaciones con el PSOE, al día siguiente, en Loyola, alabó la propuesta de reformas estatutarias y la presentación de “alternativas” a su plan. No es un consuelo que el documento socialista sea, para los nacionalistas, decepcionante; lo peligroso de la propuesta del PSOE es que se atisbe la posibilidad de discutir los planes nacionalistas.

¿No es bueno discutir cualquier cosa? ¿Oír y debatir? Pues no, hay cosas que no es bueno discutir. No sería bueno discutir la eliminación de los comicios, por ejemplo, que es algo tan antidemocrático como el contenido del Plan Ibarretxe. Alberdi tiene razón y, quizá por ello, nadie quiere discutir con ella en el PSOE.

Argan y los «autonomólogos»
ROBERTO BLANCO VALDÉS La Voz 3 Septiembre 2003

NUESTRO ESTADO de las autonomías ha acabado siendo como Argan, aquel enfermo imaginario salido de la pluma genial de Molière: fuerte y sano como un roble, pero rodeado de galenos empeñados en diagnosticarle toda clase de dolencias. El último consejo de médicos destinado a buscar remedio a los supuestos males del Estado autonómico español se reunió el sabado en Santillana bajo la batuta de Rodríguez Zapatero.

El líder del PSOE presentó allí a sus facultativos autonómicos un informe destinado a demostrar los graves males que aquejan a la estructura del Estado, y a aportar los bálsamos con que sanar sus mataduras. El dictamen está lleno de buenas intenciones, pero al no acertar en el diagnóstico, yerra también en el tratamiento que propone.

Pues, ¿cuál es, de existir, el padecimiento de la España de las autonomías? No desde luego el que denuncian los ideólogos que se han afianzado como los listos oficiales de la cosa en el PSOE, Elorza y Maragall, quienes reivindican, por supuestamente insuficiente, una pluralidad que constituye, sin embargo, la esencia misma de nuestro sistema de organización territorial. España es un país plural desde hace mucho y si alguna asignatura pendiente tenemos aún en ese ámbito no es otra que la del reconocimiento de la pluralidad interna en algunos de los territorios que la forman.

No, no es la ausencia de pluralidad el problema de salud de nuestro Estado, sino otro bien distinto: el de la falta de lealtad a sus principios de los nacionalismos periféricos (y sobre todo, del que gobierna el País Vasco) que han convertido la lucha contra el modelo autonómico español en el carburante que les permite seguir con su motor electoral -el del agravio- a pleno rendimiento. El enfermo lo está, por consecuencia, sólo porque así lo afirman pro domo sua el nacionalismo gallego, vasco o catalán, que enseguida dice tener remedios maravillosos para devolverle la salud.

Lo malo es que entre esos remedios no se encuentra casi ninguno de los que, con más o menos tino, ha acordado en Santillana el consejo de doctores socialistas. Con lo que, tal consejo, y, con él, el único partido con posibilidades de ser alternativa al Popular habrá acabado por hacer un pan como una tortas: en primer lugar, dando la razón al nacionalismo, que nace, crece y se multiplica afirmando que este país carece de lo que el PSOE contribuyó en su día como nadie a darle a España: pluralidad y descentralización; y en segundo lugar, dándosela también, al Gobierno y al PP que han decidido convertir la denuncia de la impericia de los autonomólogos oficiales del PSOE en el caldo de cultivo de su tercera victoria electoral.

En el Café Iruña
José Luis García Martín La Razón 3 Septiembre 2003

En el café Iruña, hace ya bastantes años, charlé por primera vez con Jon Juaristi, una de las personas más lúcidamente enmarañadas que he conocido nunca. Hablamos de poesía, de la suya y de la de los poetas que ama: Unamuno, Blas de Otero, Gabriel Aresti... También de esta ciudad, su ciudad, liberal y burguesa, Vinogrado (como él la denominó), corroída por la peste del nacionalismo. De vez en cuando vuelvo a encontrarme con Juaristi, ahora siempre acompañado de vigilantes y trajeadas sombras, y hablamos de literatura, ya nunca de política. Jamás le diré que lo peor que ha hecho con él Eta no es amenazarle y obligarle a vivir siempre a la sombra de las pistolas. Lo peor ha sido que a él, el perpetuo converso, le ha hecho derivar y encallar en áreas ideológicas próximas a la extrema derecha, que le ha convertido, de ser un intelectual capaz de darle la vuelta a cualquier obviedad para hacer evidente su paradójico envés, en alguien poseedor de la verdad, de la más esquemática verdad sobre Euskadi.

¿Y cuál es esa verdad? Que Eta y el PNV son la misma cosa, que la mejor forma de acabar con el terrorismo es negar el pan y la sal al PNV, descalificar cualquiera de sus propuestas, hacer todo lo posible y lo imposible, incluso aliarse con el diablo (léase PSOE), para echarle del gobierno de la Comunidad. Mientras tomo un café en el Iruña, mientras palpita en torno mío la música de este confortable Bilbao que es desde siempre una de mis patrias, pienso en lo que le diría a Juaristi, si él no se hubiera convertido en alguien tan lleno de certezas, en lo que al País Vasco se refiere, como Mayor Oreja.

¬No, Eta y el PNV no son la misma cosa, aunque tengan objetivos en común. Antes Eta agitaba el árbol y el PNV iba recogiendo las nueces (todas las concesiones al nacionalismo hechas desde el comienzo de la democracia). Ahora el PNV ya no necesita que nadie le ayude a recoger nueces, se las arreglan bien ellos solitos. Los crímenes de Eta originan una reacción solidaria que se vuelve contra ellos y perturba el cómodo reparto de dividendos que la diligente administración del país proporciona. El plan Ibarretxe, que para la mitad de los vascos resulta muy atractivo, sin Eta no tardaría en seducir a buena parte de la otra mitad. Con Eta actuando, no parece que Euskadi vaya a conseguir más cotas de autogobierno de las que ya tiene (y hasta es posible que una reacción ciudadana en contra de sus crímenes obligue a limitar algunas); sin Eta, sin violencia terrorista, con sólo la hipnótica fascinación nacionalista, no se tardaría sino una o dos legislaturas en conseguir una independencia, si no de derecho (por lo menos durante medio siglo, y quizá por varios siglos, se mantendría la unión libre con el Reino de España), sí de hecho. No nos engañemos: por mucho que suene a paradoja, Eta es hoy una garantía de la unidad de España, un aliado objetivo del nacionalismo español.

LA RESACA
Por Alfonso USSÍA ABC 3 Septiembre 2003

EN Madrid no se habla de otra persona que no sea «Mariano». En la muy villanísima Villa y Corte la intimidad se presume con la referencia al nombre de pila, omitiendo el apellido. Es una cursilería más de esa feria de vanidades que se alza sobre los primeros pasos de La Mancha. Hoy, todos los que son y casi todos los que están, son íntimos de Mariano. Rodrigo ha pasado a ser Rodrigo Rato, y a Jaime Mayor Oreja le dicen «Mayor» u «Oreja» a secas. Con Aznar la presunción de intimidad ha sido más complicada. En primer lugar, porque el personaje no se entrega, y después porque sus allegados le dicen «José», y no «José María» como en los cenáculos presuntuosos e influyentes. Algún osado llegó a presumir delante de un banquero de una larga conversación mantenida en La Moncloa con su amigo «Pepe», pero al día siguiente le negaron el crédito que había solicitado en el banco del interlocutor. Un individuo que se atreve a llamar «Pepe» a José María Aznar no ofrece garantías de amortización.

A mí, personalmente, me parece muy bien lo de Mariano Rajoy. Igual de aceptable se me habría antojado la designación de Rodrigo Rato, Ángel Acebes, Jaime Mayor o Loyola de Palacio. Ha resultado muy divertida la reacción de los socialistas, que se han puesto a elogiar a Rodrigo Rato para disminuir su afecto por Rajoy. A buenas horas, mangas verdes. De haber sucedido al contrario, estarían diciendo que Rajoy es un hombre dialogante y que Rato representa a la Derecha más cerril. Pero el elogio, aunque tardío, es justo. Rodrigo Rato ha puesto en pie la ruina económica que dejaron los socialistas, que era de órdago a la grande con duples de pitos. Y Rajoy supo enfrentarse con solvencia, rigor y un magnífico tono parlamentario a los desastres del «Prestige» y al tantarantán de la guerra en Iraq. Ángel Acebes ha sido un magnífico ministro del Interior y a Jaime Mayor Oreja le debemos los españoles muchas cosas. Lo mejor lo ha dicho Arzallus. «Aznar se marcha sin acabar con ETA. Prometió que en seis años acabaría con ella. No lo ha conseguido». Hombre, tío, Aznar ha dejado a la ETA bastante maltrecha, y sus tres ministros del Interior han sido los responsables. Pero, terminar con la ETA completamente sólo es posible si el PNV colabora, y lo que queda de la ETA existe porque Arzallus no desea su rendición y apoya con toda su fuerza a los terroristas y su entorno. Lo sabe mejor que nadie. La ETA está viva, aunque enferma, gracias a usted, a su partido y a determinados obispos y sacerdotes vascos o instalados en Vasconia.

Ahora que el designado para suceder a Aznar es Mariano Rajoy, hay que recordar que una buena parte del saldo positivo de los gobiernos de Aznar se le debe a personas como Rato, como Mayor Oreja, como Acebes y compañía. Fuera del ánimo del elogio, creo que Rajoy lo puede hacer muy bien por su espíritu dialogante, su capacidad parlamentaria y su sentido del humor. Y estimo que políticos como Rodrigo Rato y Jaime Mayor Oreja no pueden desperdiciarse. En la curación de las heridas o rasguños que procuran la vanidad o la decepción, se centra el primer reto de Mariano Rajoy. En el Partido Popular, sus «históricos» son jóvenes a pesar de su experiencia. Y Francisco Álvarez Cascos, Trillo, Michavila, Loyola, Arenas, Pastor -además de los ya mencionados-, deben contar para el futuro presidente. Es decir, que deben contar para Mariano Rajoy, ese político gallego y fino al que en Madrid ya se le llama exclusivamente por su nombre de pila. «Nada que ayer cené con Mariano y...».

Salitre o asfalto
JOSÉ MARÍA CALLEJA La Voz 3 Septiembre 2003

LA DESIGNACIÓN de Mariano Rajoy como plenipotenciario del PP y aspirante a la Moncloa sitúa la vuelta al cole de la política española en un arranque tipo carrera de fórmula uno pilotada por Fernando Alonso. No son formas. Uno no se ha quitado aún el olor a salitre, le quedan entre los dedos restos de arena, todavía razona con tempos sosegadamente humanos y, de repente, le meten los dedos en el enchufe para que soporte una descarga de realidad para la que todavía no está preparado. El otro día escuché la melodía publicitaria del PP para la campaña electoral de la autonómicas madrileñas y me puse al borde del sinapismo, encima ya huelo los anuncios de El Corte Inglés de Navidad y me dan ganas de pedir la cuenta antes de empezar. Porque claro, este es el momento de la reflexión en el que hay que preguntarse si la realidad es esta en la que nos quieren envolver sin respiro o la de hace unos días, cuando uno podía vivir sin reloj y las charlas con los amigos se alargaban durante horas.

El caso es que me niego a asumir que tengamos que ponernos tan pronto la corbata y empezar a escribir sesudos análisis sobre las ventajas e inconvenientes del nombramiento de Rajoy. Por eso, quizá, me quedo con el sentido del humor del ungido, virtud que siempre he valorado y que cada vez me parece más importante para transitar por la realidad, sea esta de salitre o de asfalto.

Rajoy tiene una imagen segurola , que da tranquilidad a quien le nombra pero que necesita del respaldo de los ciudadanos, que son los que votan, para que resulte exitosa.

De saque ha anunciado su intención de visitar la Comunidad Autónoma vasca y ojalá su presencia sirva para rebajar la crispación y para aportar una cierta normalidad en una comunidad en la que todo, empezando por la falta de libertad es excepcional. Cuantos más gestos de normalidad política, de visibilidad, se realicen -por Rajoy o por Zapatero- en Vizcaya, en Alava o en Guipúzcoa, mejor será el clima político y menos terreno se cederá a la anormalidad violenta.

Tiene Rajoy a su favor el haber sido capaz de establecer, mientras fue ministro del Interior, una sintonía de lealtad, colaboración y ausencia de fricciones con un sujeto tan enrevesado como Javier Balza (PNV), consejero de interior del Gobierno de la Comunidad Autónoma Vasca. Este aval es un síntoma de esperanza para el futuro en el caso de que Rajoy, además de gustar a Aznar, guste al suficiente número de españoles como para convertirse en presidente del Gobierno.

Avala también a Rajoy el que sigue sin entender cómo es posible que en una tierra de opulencia económica haya quien toque con tan sangrienta saña el tambor de la tribu y eso le otorga una capacidad de maniobra, una ausencia de contaminación y una frescura que quizá no tendría de estar metido en esta harina desde hace años. Pero, no nos engañemos, el nacionalismo vasco es insaciable y, de la misma forma que crea expectativas con los cambios de gobierno las destruye, porque lo contrario sería reconocer que las cosas van bien, que se satisfacen sus demandas, lo que les obligaría a cerrar el negocio por cese de razón social. En cualquier caso, es de esperar que ese sentido del humor que Rajoy muestra, tanto en público como en privado, le sirva para enfocar desde ahora mismo el principal problema que amenaza la convivencia en España y cuyas consecuencias corren el riesgo de extenderse a otras partes de nuestro país.

Inauguramos un curso atravesado de elecciones hasta el empacho y ya sabemos, por experiencia propia, que las campañas electorales son, como las separaciones en los matrimonios, las situaciones idóneas para que algunos saquen a pasear por fuera el Caín que llevan dentro. Hay varias carambolas posibles en el tapete. Por ejemplo, al PNV le encantaría que Maragall ganara en Cataluña y que el partido que triunfe en las generales -algunos dirigentes nacionalistas prefieren al PSOE-, lo haga por tan exiguo margen como para necesitar de ellos y de Maragall. No es ésta la única combinación.

En cualquier caso, esta vuelta al cole es como la arrancada de una yegua, esperemos que con el paso del tiempo no derive en un frenazo propio de mula.

Otra «homilía», por favor
Cartas al Director ABC 3 Septiembre 2003

En una de sus brillantes «homilías» ante sus enfervorecidos parroquianos, Arzalluz le ha echado en cara a Aznar que no ha acabado con ETA en seis años, como había prometido. Y tiene razón, no lo ha hecho, ni lo hará su sucesor...

Y no lo harán mientras se interponga un problema, que se llama precisamente Arzalluz, quien no tiene, ni ha tenido jamás, el más mínimo interés en acabar con esas «ovejas descarriadas» que tan pingües beneficios le han dado a él y a los suyos durante los casi 25 años que llevan vendiéndonos la moto nacionalista. Sería como acabar con la gallina de los huevos de oro...    Endika Arana Idígoras.    San Sebastián.

Laporta o el ridículo aldeano
Editorial La Razón 3 Septiembre 2003

El Real Club Deportivo Espanyol lo fundaron catalanes que hablaban catalán. El Fútbol Club Barcelona lo crearon extranjeros que hablaban francés, alemán e inglés. El presidente del club, Joan Laporta, quiere hacer del mismo más, mucho más, que un club. Quiere convertirlo en un banderín de enganche del catalanismo excluyente y, para empezar, ha suprimido la bandera de España de los mástiles de La Masía, el laboratorio de la cantera. El Barça, institución arraigada en lo más profundo del entramado social catalán, no puede ser más que aquello para lo que fue fundado. No puede ser una sociedad que discrimine a todo catalán que no sea barcelonista.

Se puede ser un buen catalán, un amante de su tierra, como Juan Antonio Samaranch, que hizo posible los Juegos Olímpicos de 1992, de los que se enorgulleció Barcelona y España entera y, sin embargo, ser socio barcelonista, pero españolista con pedigrí.

Se puede ser catalán barcelonista sin renunciar a la bandera española. Ser catalán y «culé» no es incompatible con ser un buen español. Se puede respetar «Els Segadors» y se puede escuchar con respeto el himno nacional. Laporta ha emprendido un camino que sólo puede causar crispaciones políticas en un ámbito en el que debe prevalecer lo deportivo. Una de sus ocurrencias es pretender que los jugadores, aunque sean extranjeros, aprendan catalán.

Carlos Puyol, catalán y actual emblema del club, y al que Laporta estaba dispuesto a traspasar, terció y le hizo un mal tercio: «Lo que deben hacer los extranjeros es marcar goles». Por la escuadra. Lo demás es aldeanismo trasnochado y ridículo.

Rajoy hace suya la defensa de la Constitución, la lucha contra ETA y la relación con Bush
Presidirá el Grupo Popular y el viernes hará su primera visita como candidato al País Vasco
Mariano Rajoy abrió ayer su etapa con la oferta de un proyecto de futuro que apuesta por la continuidad de la política de José María Aznar en los principales asuntos de Estado. Prometió defensa del marco constitucional y estatutario, tanto ante el PNV como ante el PSOE, firmeza en la lucha contra ETA, abundar en las reformas económicas y mantener las líneas básicas de la política exterior, haciendo expresamente suya la alianza de Aznar con EE UU. Entre sus prioridades destacó atajar los problemas derivados de la inmigración ilegal e incrementar la seguridad ciudadana.
C. Morodo - Madrid.- La Razón 3 Septiembre 2003

Rajoy se estrenó ayer con buen pie como nuevo líder del PP. Apoyo unánime de su partido, salvo un voto en blanco que todo el mundo le atribuyó a él: «Y eso qué importancia tiene ahora», contestó cuando de manera informal se le preguntó al respecto. Respaldo también explícito de sus principales rivales en la carrera sucesoria, evidenciado en la foto de entrada al hotel madrileño en el que se celebró el cónclave de su proclamación, y a la que quiso sumarse Rodrigo Rato pese a que para ello tuvo que desandar el camino ya recorrido. E incluso como despedida última se llevó un generoso aplauso del casi centenar de periodistas gráficos que esperaban su salida.

Su primer discurso fue una síntesis del espíritu central de la política de Aznar. En letra y en tono. Ni una coma puso de distancia en los principales asuntos de Estado: modelo constitucional, lucha antiterrorista o relaciones internacionales. Incluso hizo suya la alianza con EE UU, defendiendo el apoyo brindado por España en la guerra de Iraq. «No tengo ningún problema por decirlo así, porque no soy ningún acomplejado, ni tengo por tanto necesidad de reafirmarme ante nadie, ni de inventarme diferencias ni matices».

Antes de exponer su programa agradeció la confianza depositada en él. «Más si cabe porque soy consciente de la grandeza, renuncia, señorío, patriotismo y elegancia que hay detrás de todo lo que estamos viviendo», puntualizó. De ahí pasó ya de lleno a cerrar puertas a los planteamientos de reforma del modelo autonómico de nacionalistas y socialistas. Como artífice de primera mano de la política autonómica del PP en sus años de gobierno, con paso incluido por la cartera de Administraciones Públicas, reconoció que la Constitución, «evidentemente», no es intocable, «pero con lo serio hay que ser serio y prudente y yo, al menos, no veo razón alguna que aconseje una modificación».

«Estamos por la vigencia de la Constitución y de los Estatutos de Autonomía. No se puede romper unilateralmente, no se puede aprovechar la existencia de un fenómeno terrorista para romper el Estado, ni inventar fórmulas para resolver problemas de partido», señaló, en alusión a la propuesta soberanista del «lendakari» y a los planteamientos de reforma estatutaria abanderados por la dirección del PSOE.

En la lucha contra ETA, de la que también tiene experiencia directa por su etapa como ministro del Interior, se comprometió con los principios que han marcado la era Aznar, y que se resumen en la máxima de hacer todo lo que se pueda contra la banda, y contra su entramado, sin más límite que el de los principios democráticos y el de la ley. Asumió personalmente el valor del Acuerdo por las Libertades y contra el Terrorismo sellado en diciembre de 2000 con el PSOE, y tendió la mano a todos aquellos que quieran sumarse a su espíritu. Asimismo, garantizó respaldo a los grupos sociales que luchan contra la violencia y en favor de la libertad en el País Vasco.

En el apartado económico comprometió las recetas empleadas hasta hora bajo la dirección de Rodrigo Rato: estabilidad presupuestaria, reformas y apertura económica. Y se extendió especialmente en el área internacional, con la mirada puesta en Europa, pero también en la alianza con Estados Unidos. Iberoamérica y la reivindicación de Gibraltar formarán parte asimismo de su ideario en el ámbito de las relaciones exteriores. Para el final de su discurso dejó lo que serán dos de sus prioridades máximas: el problema de la inmigración y la seguridad ciudadana. Sobre la mesa puso la promesa de atender las necesidades de efectivos policiales, fiscales y de jueces, y la de plantar cara a la lacra de la violencia doméstica. La conclusión, en su estilo gallego: «Os agradezco muchísimo la confianza, lo conseguiré, o no, pero empeño no me va a faltar para estar a la altura de las circunstancias».

En la Junta Directiva de ayer hubo un corto turno de palabra más allá de las intervenciones oficiales de Aznar y Rajoy. El propio Aznar lo redujo a los tres vicesecretarios generales para evitar que, como ya ocurrió el lunes en el Comité Ejecutivo, la reunión se extendiese en exceso. Se le coló sólo Jaume Matas. La línea argumental fue compartida: apoyo al nuevo líder y reconocimiento a la «generosidad» del presidente del Gobierno. Certificada su elección, Rajoy, en su condición de candidato, se desplazará por primera vez el viernes al País Vasco. El domingo estará en Barcelona en la proclamación de Josep Piqué. El liderazgo se traducirá también en su paso al frente del Grupo Popular.

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