AGLI

Recortes de Prensa     Lunes 17 Noviembre  2003
Maragall se hunde en la equidistancia
EDITORIAL Libertad Digital 17 Noviembre 2003

La estúpida esperanza
Juan Carlos Girauta Libertad Digital  17 Noviembre 2003

Cambiar todo para no cambiar nada
José María Carrascal La Razón 17 Noviembre 2003

Ley y miedo escénico
GERMÁN YANKE ABC 17 Noviembre 2003

Catalanes, vascos y extremeños
JORGE TRIAS SAGNIER ABC 17 Noviembre 2003

De la reforma constitucional...
Cartas al Director ABC 17 Noviembre 2003

Cambio y continuidad
Editorial El Correo  17 Noviembre 2003

Qué cambio
Opinión EL PAÍS 17 Noviembre 2003

El dictador Arzalluz
Editorial El Ideal Gallego 17 Noviembre 2003

Rajoy usará el resultado para ganar en marzo bajo la «espada» nacionalista
C. Morodo - Madrid.- La Razón 17 Noviembre 2003
 

Maragall se hunde en la equidistancia
EDITORIAL Libertad Digital 17 Noviembre 2003

El corrimiento del espectro político catalán hacia el nacionalismo radical secesionista no se ha producido por casualidad. Como indicábamos en el anterior editorial, han sido necesarias dos largas décadas de adoctrinamiento político nacionalista través de la Administración, la educación, la cultura y los medios de comunicación. Y, naturalmente, el principal artífice de la situación actual es Pujol, quien ha creado una autonomía a la medida de su persona y de su partido, sacando provecho de las debilidades y de la ingenuidad de los gobiernos nacionales. El caldo de cultivo ya existía, y el plan Ibarretxe ha actuado de catalizador de esa explosión de "revisionismo" constitucional siempre latente en el mundo nacionalista. Quizá una de las notas más destacables de la jornada electoral de ayer, aparte del ruidoso fracaso de las encuestas a pie de urna, sea, precisamente, que el lehendakari ha felicitado personalmente a Carod Rovira.

Sin embargo, al PSC le corresponde una cuota de responsabilidad apenas inferior a la de CiU. No es exagerado decir que, durante veinticinco años, el partido de Maragall ha traicionado sistemáticamente a su base electoral –emigrantes e hijos de emigrantes castellanohablantes y, ni qué decir tiene, originalmente no nacionalistas–, encogiéndose de hombros o respaldando abiertamente las políticas de inmersión cultural nacionalista practicadas por los gobiernos de Pujol. El resultado inevitable es que, alcanzada la mayoría de edad, una gran parte de los hijos de los emigrantes educados en una visión deformada y antiespañola de la historia de Cataluña, votan en consecuencia con los principios que les han sido inculcados. Y sus padres, optan por la abstención.

Las municipales de mayo fueron el primer aviso para el PSC de que su base electoral estaba adelgazando alarmantemente en beneficio de la de ERC, precisamente en los feudos habituales del socialismo: las localidades del cinturón industrial de Barcelona, que han repetido el esquema del 25-M. Y lo mismo cabría decir de CiU, que también ha sufrido electoralmente las consecuencias de sus propuestas políticas; si bien hay que decir que esas consecuencias eran deseadas al menos en parte, pues el objetivo de CiU desde la transición no ha sido otro que el de crear una mayoría social nacionalista con el horizonte de la secesión de facto. Tanto el PSC como CiU pierden diez escaños respecto a 1999. Pero, sin lugar a dudas, el fracaso del PSC, que partía como favorito, ha sido realmente estrepitoso: aunque los resultados le colocan como el primer partido en votos –eso sí, por una diferencia de apenas 8.000–, la distancia que le separa de CiU sigue siendo de cuatro escaños, aun a pesar de la retirada de Pujol y del desgaste inherente a veintitrés años de gobierno..

Maragall, quien observó cómo Artur Mas se colocaba en el espacio político de la antigua Esquerra, a rebufo de Ibarretxe, quiso ocupar el lugar que dejaba libre CiU, apostando por una versión sui generis de la posición que siempre defendió Pujol –la ambigüedad permanente respecto del modelo de Estado–, cuya herencia política asumió casi de forma íntegra. En otras palabras, quiso ocupar la posición "equidistante" entre el PP y ERC. Pero en lugar de ganar el "centro", Maragall ha perdido diez escaños que han ido a parar a los "extremos": principalmente a ERC y a IC (con la que concurrió en coalición en Gerona, Tarragona y Lérida en 1999), que multiplican por dos y por tres, respectivamente, su representación parlamentaria. En cuanto a CiU, ha perdido sus "extremos" en beneficio del ERC y del PPC de Piqué, que cumple el objetivo de mejorar el resultado de Alberto Fernández.

Este nuevo fracaso de Maragall, que se une al de Madrid y al de las municipales del 25 de mayo, puede ser el golpe de gracia para Zapatero, quien anunció a bombo y platillo que, primero Madrid, y después Cataluña, serían las llaves que le abrirían las puestas de La Moncloa. Porque, sea cual sea el futuro gobierno de Cataluña, el PSOE quedará tocado: Si ERC se alía con CiU –la opción más probable– para formar una mayoría nacionalista radical, se habrá consumado el fracaso, quizá definitivo, de Maragall en la política catalana, así como el fiasco de la estrategia de acercamiento de Zapatero a los nacionalistas vascos y catalanes. Y si Maragall quiere formar gobierno, sólo podrá hacerlo pagando un exorbitado peaje a ERC: tendrá que cederle a Carod Rovira, bien la presidencia de la Generalitat o bien la jefatura del Ejecutivo catalán encarnada por el conseller en cap. Una posibilidad que, sin lugar a dudas, dejaría en muy mal lugar a Zapatero ante los barones del PSOE –Rodríguez Ibarra llegó a pedirle a Aznar que no cumpliera su promesa de retirada cuando España está en peligro– y, sobre todo ante sus votantes del resto de España.

Indudablemente, el fracaso de la operación de acercamiento del PSOE a los nacionalismos favorece al PP en las próximas generales, pues Rajoy partirá de una situación mucho más cómoda para revalidar la mayoría absoluta. Pero sea cual sea el futuro gobierno central, tendrá que lidiar con un segundo frente separatista calcado del de Ibarretxe. Con la única diferencia de que en Cataluña los no nacionalistas –al parecer ya sólo quedan los del PP–, que sufren la misma exclusión social y política que sus homólogos vascos del PP y del PSE, no están amenazados de muerte. Quizá la experiencia catalana sirva para que en el PSOE –también en el PP, al que hay que reprocharle su reiterada falta de ambición en Cataluña– aprendan de una vez la lección fundamental de la política española: los nacionalistas nunca se contentarán con otra cosa que no sea la secesión. Y entre el original y el sucedáneo, siempre optarán por el primero.

Elecciones catalanas
La estúpida esperanza
Juan Carlos Girauta Libertad Digital  17 Noviembre 2003

Es difícil mantener la esperanza en Cataluña cuando uno no es nacionalista, y casi imposible no sentirse insultado todos los días por quienes controlan el poder político y la cultura. El nacionalismo ha venido sembrando meticulosa e incansablemente el resentimiento y la mentira desde los ámbitos que controla, que son casi todos, incluidas las ediciones catalanas de la prensa nacional, que deben sufrir una singular modalidad del síndrome de Estocolmo. Ya no se trata sólo de que la vida oficial catalana sea siempre en catalán, pues en ese idioma, que es de todos, los catalanes no nacionalistas también sabemos discrepar; es que prácticamente no hay vida pública que no sea en clave de reivindicación victimista, de agravio del supuesto agraviado.

Y sin embargo el PP obtuvo ochocientos mil votos en las generales. Y sin embargo surgen iniciativas desde la izquierda como el Manifiesto por la Tolerancia de Boadella, Espada, Nart, Tubau y otros, que este medio reproduce. Afirmar que “la condición de ciudadano no la otorga una determinada identidad cultural y lingüística” o que “son representantes de los ciudadanos de Cataluña tanto los pertenecientes a partidos políticos de ámbito catalán como estatal” resulta de una vana obviedad en toda España menos en el País Vasco y Cataluña, donde aún estamos luchando por lo obvio. Y que no me vengan con la inconveniencia de comparar los dos territorios. En primer lugar, comparo lo que me da la gana; en segundo lugar, ¿desde cuándo la renuncia del adversario al terrorismo —caso catalán— blinda sus fundamentos ideológicos? La mayoría de nosotros no tenemos que renunciar al terrorismo porque nunca lo hemos practicado. Sería aberrante concluir que ello nos pone en desventaja, por ejemplo, ante el partido que acogió a Terra Lliure. Por otra parte, no sólo las juventudes de ERC sino en muchas ocasiones las de Convergència, llevan la presión personal y el insulto hasta extremos intolerables. Los onces de septiembre son auténticas exhibiciones de amenaza e intimidación del discrepante.

Otros se lían la manta a la cabeza preferentemente cuando llegan elecciones, y colocan a centenares de miles de conciudadanos la etiqueta de “anticatalanes”. Así lo hace otro manifiesto, que firman Joan Manuel Serrat, Lluís Llach y adláteres. Una nueva demostración de la facilidad con que los grandes artistas se pueden deslizar por el tobogán de la abyección. Me repugnan las batallitas, pero no puedo evitar recordar el esfuerzo que me costó en el año 1976 que Llach hiciera una casi imperceptible referencia en un concierto a la presencia de una columna de la prohibida Marxa de la Llibertat, donde un puñado de adolescentes nos jugábamos el tipo a cambio de nada por la autonomía de Cataluña. ¡Qué suerte tienen Serrat y Llach, y tantos otros, a quienes siempre les ha resultado rentable la rebeldía!

Debo de ser un ingenuo o un imbécil, porque, contra todo pronóstico, sigo manteniendo la esperanza de que a nuestros no solicitados guías ideológicos, y a todos los que se consideran autorizados para expedir certificados de catalanidad, se les atraganten los resultados electorales. O al menos sus consecuencias.

Cambiar todo para no cambiar nada
José María Carrascal La Razón 17 Noviembre 2003

Una especie de terremoto ha sacudido el mapa político catalán. CiU pierde escaños pero mantiene la hegemonía que viene detentando desde hace más de dos décadas. Mientras los socialistas pierden los mismos escaños, diez, y se mantienen como segunda gran fuerza. Esquerra Republicana, por el contrario, sólo tiene motivos para felicitarse. Ha doblado su representación y se convierte no sólo en el árbitro de la situación, como se preveía, sino también en una fuerza con potencial suficiente para amenazar a los dos (hasta ahora) grandes. Todos los brindis que esta noche se hagan en su cuartel general serán pocos. El PP mantiene su presencia e incluso la aumenta en un pequeño margen. Pero sigue siendo el cuarto partido en una de las Comunidades españolas de más peso. Para el partido de gobierno de la nación, demasiado poco y demasiado duro. Cierra el cuadro la coalición de verdes e izquierda que da un salto espectacular. Sin restarle méritos hay sin embargo que verlo en la justa perspectiva de la mínima representación que tenían, que magnifica todo avance. En resumen, en Cataluña ha cambiado el equilibrio de fuerzas, aunque en la práctica puede resultar que no ha cambiado nada como veremos muy pronto.

Un primer análisis de estos resultados nos ofrece una Cataluña más extremista, más polarizada, más nacionalista, más desasosegada y exigente que hasta ahora. Hemos visto un corrimiento del voto de CiU hacia ERC y del de PSC hacia IC-V. Es decir, el voto nacionalista se ha radicalizado, y el de la izquierda, ideologizado. En este sentido, ha ocurrido lo que muchos temían, que con Pujol ya fuera de escena y un Mas que lo único que ha sabido hacer es abandonar la calculada ambigüedad de aquél para acentuar su nacionalismo, muchos catalanes se han dicho: «¿Para qué votar a un independentismo camuflado, si tenemos uno que lo proclama a voz en grito?». Y se han pasado en buen número a Carod-Rovira que al menos no oculta lo que quiere.

En el otro campo ha ocurrido algo parecido aunque no con la misma intensidad. Los izquierdistas catalanes, que son muchos y de muy distintas clases sociales, no han acabado de entender las nebulosas tesis de Maragall y han desertado a su partido para votar en su inmensa mayoría a la coalición de izquierdas y verdes. Mucho más rotunda en posicionamientos y objetivos. Es posible incluso que algunos hayan votado al PP, pero eso es muy difícil de saber. A Maragall y a sus socialistas siempre les queda el consuelo de estar ya a milímetros de sus eternos rivales.

Pero incluso si por una de esas carambolas que de tanto en tanto surgen en política logran formar gobierno, siempre será en coalición y no en las mejores condiciones, quedándoles siempre también el amargor de no haber sabido o podido aprovechar una ocasión inmejorable para hacerse con el poder clara y rotundamente. En medio de este trío de auténticas fieras, el PP catalán aparece más descolgado, más difuminado que nunca, sin posibilidades ya no de gobernar sino de ayudar a que otros gobiernen. Algo está haciendo allí mal para que, pese a intentarlo todo, nada le resulte. Rajoy tiene que plantearse muy seriamente la situación de su partido en Cataluña, una de las piezas claves de la gobernabilidad deEspaña. Debe ser uno de sus quebraderos de cabeza más urgentes.

¿Qué consecuencias va a tener este seísmo catalán en la política general española? De entrada, va a recrudecer el forcejeo dentro de ella. Puede predecirse que los convergentes, en el caso más que probable de que sigan gobernando, tendrán que acentuar sus tonos nacionalistas ya que necesitan el apoyo de ERC y el peaje que va a hacerles pagar Carod-Rovira va a ser bastante mayor que el que se paga en sus autopistas, las más caras de nuestro país. Es incluso posible que Mas se acuerde con nostalgia de los tiempos en que gobernaban con el apoyo del PP.

En cuanto al PSC, seguro que nos dicen que es una proeza haberse quedado a las puertas de la victoria. Pero la realidad es que ha sido un golpe y nada suave para Maragall. Su papel de Jano mitad socialista, mitad nacionalista, no ha dado los réditos que esperaba. Más grave todavía resulta la cosa para su partido, pues en el resto de España el electorado puede pasar factura de estas deleidades a Rodríguez Zapatero. Aunque también conviene advertir que Maragall, incluso desde la oposición, se encuentra ante la oportunidad de su vida: la de demostrarnos que se puede ser catalán, español, socialista y moderno al mismo tiempo, sin traicionar ninguno de esos ingredientes. Si lo demuestra, yo sería el primero que le pediría que viniera a gobernar a Madrid. ¿No fue eso lo que reclamó durante la campaña, que los catalanes no quieren irse de España sino estar al mando de ella? Pues adelante.

Personalmente pienso que uno de los mayores fallos de nuestra democracia es no haber tenido un presidente catalán. No por halagarles, sino porque necesitamos de sus virtudes tanto o más que las de las otras Comunidades españolas. Sin embargo, hemos tenido presidentes castellanos, andaluces, posiblemente tengamos uno gallego, pero los catalanes, a lo más que han llegado ha sido a ministro. No de ahora, sino de hace más de un siglo. Los últimos presidentes catalanes de nuestro país fueron los de la Primera República, Figueras y Pí y Margall. ¿No es hora de que uno de ellos nos gobierne? Pero me estoy yendo demasiado lejos de las elecciones de ayer. Unas elecciones que enturbian aún más el panorama y sólo han dejado una cosa clara. Que el fin de la era Pujol significa también el fin de una era de estabilidad en Cataluña. A lo que puede añadirse otra cosa: que los nacionalismos se alimentan unos a otros por lo que la radicalización del nacionalismo vasco lleva aparejada la radicalización del nacionalismo catalán siempre dentro de los parámetros de no violencia que le caracterizan.

Ley y miedo escénico
Por GERMÁN YANKE ABC 17 Noviembre 2003

Parece que ahora, otra vez, surge ante los nacionalistas vascos el miedo escénico. Ha sido una desgraciada constante de la historia de la transición y la reinstauración de la democracia. Ahora son menos, afortunadamente, pero el terror es sintomático. Que haya quien piense que el Tribunal Constitucional no debe admitir a trámite la impugnación que ha hecho el Gobierno del plan Ibarretxe entra dentro de la discusión jurídica. Que haya voces que aparezcan ahora con ese criterio, cuando han callado o respaldado todas y cada una de las barbaridades del Gobierno vasco, sólo demuestra que el terror ambiental puede en ocasiones revestirse de ciencia jurídica. Que se alegue que el Gobierno pone al Constitucional en un brete, y en un brete político, me parece, sencillamente, una sandez.

Mucho se ha dicho en contra del proyecto del Gobierno vasco. Todo es verdad (la ruina que supone, la división que entraña, el procedimiento arbitrario, la vulneración reiterada de la Constitución, el desprecio a la ciudadanía -al concepto mismo de ciudadanía- y la voluntad de control social por el amedrentamiento), pero el argumento del ministro Michavila más ajustado y más convincente es que estamos ante una intentona totalitaria. Váyase a los manuales y compruébese. Es verdad que el Gobierno debería haberse zafado antes de esa creencia falsa, aunque extendida, de que, como el golpe nacionalista era «imposible», más valía esperar. Los informes, los estudios y la estrategia jurídico-política para defender a los ciudadanos podrían constituir ahora un acervo más serio y contundente. Si el PSOE se queja de que no se le comunicó el recurso y el Gobierno alega que lo hizo «por los conductos habituales», revísense con urgencia tales conductos porque la ofensiva no es una floritura jurídica, sino un atentado contra los derechos ciudadanos que culmina la larga lista de exclusiones, desamparos y discriminaciones perpetrados por el nacionalismo vasco. Frente a ese atentado deben estar el Gobierno y la oposición.

Señalado todo ello, nada mejor podía hacer el Gobierno que incluir en sus decisiones la impugnación ante el Constitucional y nada más ajustado a las funciones de éste que preservar los derechos políticos de los ciudadanos ante sus vulneraciones, sobre todo las que pretenden maquillarse jurídicamente. Digan cuanto quieran los especialistas, pero el ciudadano de a pie no entiende que el Estado, y con él la Ley, no pueda hacer nada cuando un Gobierno autonómico se arroga competencias que no tiene, toma decisiones que vulneran los procedimientos establecidos y pretende colar, bajo capa de propiciar el «debate», un plan que es una suerte de código totalitario. Si hablásemos de lo que ahora se llama «violencia de género» no habría tantas voces reclamando que se espere a que la propuesta sea una norma. Para eso no hay miedo escénico.

¿Cómo no va a extenderse ese pavor si el líder de la oposición afirma que apoyará cualquier propuesta de reforma del Estatuto catalán, cualquiera, que apruebe el Parlamento de esa Comunidad Autónoma? Es el miedo a decir que no, precisamente, el que pretende que, en vez de recursos y de una acción política inequívoca, se ofrezca una alternativa, o se dialogue, o se fíe la unidad de España y los derechos de sus ciudadanos, sin hacer nada más, a la trama institucional o a inocentes simbolismos. Cuando el plan es totalitario, como es, resulta ingenuo esperar que los nacionalistas vascos se detengan ante la Corona y, mucho menos, ante el Museo del Prado, en el que su presidente se siente muy confortado por un «consenso» que incluye al PNV. Le debería parecer sospechoso. Ya se sabe que en Trieste, para simbolizar su italianidad, erigieron una estatua a Dante, pero la que van a poner en Bilbao es de Sabino Arana.

Por todo ello, el Tribunal Constitucional no se enfrenta ahora con su posible politización (como si fuera nueva), ni con su prestigio ni con el sambenito que puedan colocar a algunos de sus magistrados diciéndoles que son ahora menos «progres» que cuando dejaron en libertad a la mesa nacional de HB. Insultados por el nacionalismo, y despreciados como todo el sistema judicial, ya han sido. El Constitucional se enfrenta, y debe responder, a un embate totalitario. A un lado, el escenario, en el que siendo amable se disimula el miedo. Al otro, la Ley y los ciudadanos, también los que estos días se organizan en el País Vasco para cambiar las cosas como recurso para defender su libertad. Les toca elegir.

Catalanes, vascos y extremeños
Por JORGE TRIAS SAGNIER ABC 17 Noviembre 2003

AYER se modificó el escenario de la política catalana: confiemos en que sea para bien y que la subida sustancial de los populares sirva de meditación. Tantos años de endogamia nacionalista, con la consecuencia del empequeñecimiento de Cataluña y la discriminación de la diferencia, no han sido en vano. En este panorama, Barcelona, que llegó a ser la capital cultural de la hispanidad, ahora, pasados los efluvios olímpicos, apenas si conserva un papel temático en el Mediterráneo. Una lástima. Resulta que el nacionalismo es una medicina que provoca rechazo y por ello, a pocos cientos de kilómetros de Cataluña, los empresarios vascos se quejan de la caída en picado de la inversión extranjera, que aún caerá más si no se hace frente de forma inequívoca y contundente a ese intento de golpe de Estado que es, sin discusión, el plan de secesión de Ibarretxe. Nos queda, al menos, el consuelo de que, algo más abajo, tocando la raya de Portugal, sean los extremeños -inmigrantes se les llamaba en los años sesenta en Barcelona o Bilbao- quienes nos recuerden en Europa que España es algo más que el particularismo aldeano que profesan algunos. Y por fin Extremadura va a ser, gracias al ferrocarril de alta velocidad, el nudo de comunicaciones entre el Mediterráneo y el Atlántico.

En Cataluña y en el País Vasco, claro que de muy diferente talante, los nacionalistas se empeñan en intentar mostrarnos todo aquello que según ellos nos separa, y, sinceramente, por más que le doy vueltas yo no veo diferencias, como no sean las diferencias tramposas, desleales e inmorales que le ha recordado Rodríguez Ibarra a su homólogo vasco a raíz de ese debate envilecedor -basado en la amenaza del terror- sobre su «plan». Parece increíble que debamos, a estas alturas, recordar lo evidente: que catalanes, vascos, extremeños o andaluces somos exactamente iguales, que tenemos la misma base religiosa, los mismos quinientos años de pasado histórico común, la misma lengua, hábitos bastante parecidos y ahora, incluso, un nivel de vida muy similar. Es cierto que en Cataluña hay otra lengua, la catalana, que habla de forma generalizada una buena parte de la población, lengua catalana que al proceder del latín es relativamente fácil pasar de ella al francés o al español. Y es cierto, también, que el euskera ahora lo habla una minoría de vascos y que, sobre todo y a lo sumo, se trata de una reliquia antropológica. ¿Qué otras diferencias hay? Ninguna. ¿Qué paralelismo puede hacerse con otros conflictos nacionales? Ninguno.

Con el nacionalismo minoritario y rampante se ha llegado al límite de lo soportable y habrá que pararlo con todos los medios legales que la Constitución otorga al Estado, como han recordado los sindicatos o el socialista Rodríguez Ibarra en Europa. El recurso del Gobierno, y hay que decirlo hasta la saciedad, está lleno de cordura y es una de las medidas más sabias que se han emprendido para que España y la libertad no queden disueltas. La ley está para ser cumplida y los tribunales para aplicarla. Esperemos que el nuevo gobierno catalán salido de las urnas de ayer también camine por la senda constitucional.

De la reforma constitucional...
Cartas al Director ABC 17 Noviembre 2003

El Plan Ibarretxe es un proyecto de Constitución euskérica o euskaldún que está pensado en exclusiva para los vascos nacionalistas, proyecto que cuenta, como todas las constituciones, con diversos títulos, capítulos y artículos, así como con disposiciones transitorias y otra final. La Constitución española de 1978 tendrá muchos defectos, quizás, pero cuenta con un acertado Título X, llamado «De la reforma constitucional».

El Plan Ibarretxe no contempla posibilidad alguna de ser modificado en el futuro, ni siquiera por los vascos, lo cual es sospechoso de entrada, democráticamente hablando. «Por sus planes los conoceréis...». Me explico. Oigamos a Ibarretxe: «...estamos hablando de una idea, y las ideas no se contestan con recursos». «La sociedad vasca no va a ser algo que no queramos ser los vascos». Oído Ibarretxe, acudamos a su Plan en busca del reflejo político de ese, en teoría, excepcional y exquisito sentido de la democracia que despacha o derrama cuando se dirige en declaraciones políticas a Madrid o a España: no lo hallaremos. Moraleja: hecha la ley vasca, hecha la trampa.

Es decir, que en el Plan Ibarretxe, entendido como Constitución euskérica o euskaldún, no aparece reflejada la posibilidad de que, en un eventual futuro independiente y soberano de Euskadi, algún grupo de vascos goce de la posibilidad de proponer a debate político la idea de que la solución a los problemas de esa eventual futura Euskadi pasen por la reversión efectiva del Plan Ibarretxe, o sea, por el regreso de Euskadi a España como Autonomía constitucional española. Ibarretxe tendrá que explicarnos cómo es que la idea de la práctica secesión de Euskadi con respecto a España es legítima y democráticamente posible hacerla realidad, siempre según su Plan y la idea contraria no lo es ni lo será jamás. ¿Frente a Ibarretxe, estamos acaso ante un «ladrón de soberanías»? Creo claramente que sí, pero es el Tribunal Constitucional quien tiene la palabra.    Antonio López Lacasta. Sabiñánigo (Huesca).

Cambio y continuidad
Editorial El Correo  17 Noviembre 2003

Las elecciones autonómicas celebradas ayer en Cataluña dieron la victoria a Convergencia i Unió, al tiempo que supusieron un severo revés para Pasqual Maragall y auparon a ERC a una posición determinante para el gobierno de la Generalitat. La herencia dejada por Pujol no ha permitido a Artur Mas mantener todo el patrimonio acumulado en veintitrés años de gobierno, aunque el resultado obtenido permite a los convergentes tratar de conformar una mayoría que resultaría absoluta con ERC. Es cierto que «las izquierdas superaron a las derechas», tal y como subrayó Maragall al final del recuento. De ahí que no pueda descartarse de antemano la eventualidad de que el partido de Carod-Rovira acabe oscilando a favor de un pacto de gobierno con PSC e ICV. Pero probablemente el coste de tal operación sería para ERC mayor que la asunción de la responsabilidad de gobernar Cataluña respetando la preeminencia de la primera fuerza del nuevo Parlament.

Los comicios catalanes tuvieron lugar en un clima de incertidumbre suscitado tanto por la retirada de Pujol de la liza electoral como por los pronósticos de un escrutinio que se adivinaba reñido. La apreciable participación ciudadana (cuatro puntos porcentuales más respecto a 1999) fue su primera consecuencia. El panorama político catalán vuelve en cierto sentido al dibujo plural y diverso de 1980, rompiendo con la dominante bipartidista que ha caracterizado casi toda la trayectoria autonómica. Si en las elecciones de 1999 -como en la mayoría de las anteriores- CiU y PSC sumaron tres cuartas partes del voto de los catalanes, el escrutinio de ayer reflejó una atomización de fuerzas sin igual en el resto del panorama político español.

Es más que probable que el próximo gobierno de la Generalitat esté constituido por las dos fuerzas catalanas que se reclaman nacionalistas: CiU y ERC. Ése es el signo preciso del cambio hacia el que parecen apuntar los resultados electorales. Un cambio que afecta de lleno al propio nacionalismo catalán, que ya no podrá ser monopolizado ni en su representación institucional ni en su proyección social por un solo partido. El hecho de que CiU precise del concurso de Esquerra Republicana para continuar al frente de la Generalitat implica un cambio trascendental respecto a la política de alianzas que Jordi Pujol mantuvo durante las dos últimas legislaturas, necesitado como estaba del apoyo del Partido Popular. La incógnita estriba en el grado de variación que la nueva y probable alianza introduciría en el carácter nacionalista de la dirección de la política catalana: hasta qué punto las exigencias catalanistas pueden convertirse en estímulo de un proyecto soberanista impulsado desde la propia Generalitat.

El serio revés sufrido por el PSC respecto a sus expectativas y respecto a su posición relativa en el espectro político catalán difícilmente podría enjuagarse por el hecho de que -como ya ocurriera en 1999- ayer obtuvo más votos que CiU. Las aspiraciones encarnadas en Pasqual Maragall quedaron frustradas. De tal forma que será muy difícil que el socialismo pueda hallar una salida a la situación en el corto plazo. La reiteración en la existencia de una «mayoría de progreso» que pudiera dar lugar a la alternancia resulta admisible en todo caso como reflexión sociológica, pero no es fácil que llegue a alcanzar una dimensión política efectiva. Baste señalar que en estos momentos Maragall no puede hacer otra cosa que esperar al improbable fracaso de las negociaciones entre Mas y Carod-Rovira.

Las elecciones al Parlament dan paso definitivo al proceso que culminará en los comicios generales de marzo de 2004. El escrutinio de ayer era esperado como un último indicativo que pudiera confirmar o descartar unas tendencias u otras en el comportamiento electoral de los españoles. A la luz de los resultados, las esperanzas que el socialismo de José Luis Rodríguez Zapatero albergaba de cara a verse favorecido por una victoria de Pasqual Maragall se han desvanecido sin remisión. Pero, al mismo tiempo, el resultado de las elecciones catalanas realza la cuestión autonómica y, en concreto, la situación derivada de las demandas nacionalistas como uno de los temas centrales e ineludibles del debate preelectoral.

A la confrontación política e institucional generada por iniciativa del nacionalismo gobernante en Euskadi se le une la discusión dentro y fuera de Cataluña respecto al futuro de su autonomía y su eventual reforma. Determinadas apariencias o ciertos intereses políticos pueden llegar a identificar esas dos cuestiones como si fueran un mismo problema. A ello pueden estar tentados quienes desde el País Vasco tratan de hallar un argumento a favor del soberanismo en cualquier reflexión crítica respecto a la distribución territorial del poder político en España. Como pueden estar tentados aquéllos que deseen acallar cualquier debate racional y responsable sobre el futuro del Estado de las autonomías. Pero, a partir del escrutinio de ayer, todo dependerá de los pasos que el catalanismo -nacionalista o no- dé a partir de hoy mismo.

Qué cambio
Opinión EL PAÍS 17 Noviembre 2003

Una ley electoral injusta, que prima el voto de las circunscripciones menores, y una caída del voto socialista superior a la prevista han arrojado uno de los resultados electorales más díficiles de imaginar y aún más de gestionar. Artur Mas ha conseguido la proeza de mantener a CiU como primer partido en el Parlamento de Cataluña a pesar de la dificultad que significaba tomar el relevo de una personalidad política tan reconocida como Jordi Pujol. Pasqual Maragall ha repetido su peculiar y amarga victoria en votos de 1999, sin que se traduzca en una mayoría parlamentaria, que le hubiera permitido imponerse con autoridad para formar un Gobierno de izquierdas y luego para defenderlo ante su utilización por parte del PP para erosionar a Rodríguez Zapatero.

Y a pesar de todo, los ciudadanos de Cataluña han votado por el cambio. Se ha incrementado en términos absolutos el voto a los partidos de izquierda, y los tres partidos que cubren esta parte del arco parlamentario contarán con una mayoría de gobierno si consiguen ponerse de acuerdo y no se alumbran mayorías alternativas. La coalición nacionalista CiU no podrá repetir Gobierno con el apoyo parlamentario del PP, como en la pasada legislatura. Serán 74 los diputados de izquierda, frente a los 61 de los conservadores, cuando en 1999 fueron 68 los diputados de CiU y del PP que dieron la investidura a Pujol y garantizaron la estabilidad de su Gobierno durante los últimos cuatro años.

Pero también existe la posibilidad de una mayoría nacionalista, formada por CiU y ERC. Ambas son, por supuesto, legítimas. Como lo sería sobre el papel una gran coalición CiU-PSC. Pero estas dos últimas servirían para perpetuar el poder de la actual Administración pujolista. Es decir, serían coaliciones contra el cambio.

La coalición nacionalista cuenta, además, con otros inconvenientes. No estará compensada por una fuerza conservadora, como era hasta ahora el caso del PP, y además no estará ya el protagonismo pragmático de Pujol para actuar de elemento moderador. Su carácter de frente nacionalista plantea en sí mismo un problema para Cataluña y también para el conjunto de España. A nadie le interesa que la política catalana evolucione hacia un modelo a la vasca, de un Gobierno que se sienta con un mandato exclusivo de política nacionalista, con el peligro de exclusión de la mitad del electorado.

ERC tiene una llave doble en las manos, que le permitirá formar mayorías con quien le ofrezca mejores condiciones. La responsabilidad de las dos principales formaciones en la negociación con ERC será decisiva, para evitar una subasta que podría conducir, incluso, a ofrecerle a Josep Lluís Carod Rovira la presidencia de la Generalitat, algo de dificil comprensión para muchos ciudadanos, tratándose finalmente de la tercera fuerza política. En su primera intervención propuso anoche un Gobierno de concentración nacional bajo la bandera de la reforma del Estatuto y con exclusión del PP.

Algunas fuerzas soberanistas que hay en el interior de CiU jugarán a favor de esta oportunidad de un Gobierno nacionalista, y no hay duda de que desde el País Vasco también se jaleará esta eventualidad que combina el continuismo con el soberanismo, una forma de cambio a peor. Pero CiU es bastante más que su componente soberanista, tanto por parte de uno de los elementos de la coalición, como es Unió Democràtica de Catalunya, como por parte de los antiguos seguidores de Miquel Roca.

El bipartidismo que venía caracterizando la vida política catalana ha quedado truncado y marcado por el ascenso irresistible de Esquerra Republicana de Catalunya, que ha actuado como fuerza emergente en estas elecciones. La ambigüedad de ERC sobre las alianzas futuras, con la que ha jugado durante toda la campaña, le ha convertido en el centro de debate y ha prefigurado la idea de que va a participar en el Gobierno en cualquiera de los casos.

Cabe destacar algunos detalles no menores de estas elecciones. Uno de ellos es el incremento de la participación, como corresponde a una campaña intensa polarizada entre las ideas de continuidad y de cambio y a una mayor implicación de los ciudadanos en la gobernación de su autonomía. El otro es la rapidez y la normalidad del escrutinio, a diferencia de lo ocurrido en las recientes eleccciones autonómicas de Madrid. Aunque empezó dando la victoria en escaños al PSC y hasta muy tarde no se produjo el sorpasso, nada permitió abrigar dudas. Y hay además algunos corolarios políticos de los que deberán tomar nota los socialistas. Quizá podrán participar en un Gobierno de izquierdas, pero lo ocurrido ayer es un nuevo revés del que deberán sacar conclusiones.

El dictador Arzalluz
Editorial El Ideal Gallego 17 Noviembre 2003

Los nacionalistas vascos llevan años empeñados en hacerse un traje a medida con la tela del victimismo, pero nunca les sienta bien; o les tira la sisa o les quedan cortas las mangas, siempre hay algún defecto y especialmente en el caso de Arzalluz, que está empecinado en presentarse como un cordero, pero en cuanto da un paso aflora la falsedad y queda al descubierto su carácter de alimaña. Lo más triste es que al presidente del PNV le ocurre con demasiada frecuencia -los domingo inevitablemente- e incluso así persevera en sus mentiras, a pesar de que ellas reflejan su verdadera personalidad, que no es otra que la de un dictador.

Su “sermón“ de ayer es la prueba más evidente de sus afanes totalitarios, pues sólo un tirano es capaz de amenazar con romper las reglas del juego si un órgano democrático no le da la razón. Eso es lo que ha hecho Arzalluz, ya que ha advertido de que en el caso de que el Tribunal Constitucional acepte el recurso planteado contra el plan Ibarretxe no se sentirá obligado por los principios recogidos en la Carta Magna. Tales valores son precisamente los que permiten que pueda decir esos disparates sin que al instante se abra contra él un proceso judicial, pero eso no le importa al presidente del PNV, como no le importó en su momento a personajes tan repugnantes como Hitler o Milosevic, o a una organización igual de nauseabunda como ETA.

Rajoy usará el resultado para ganar en marzo bajo la «espada» nacionalista
El PP es consciente de que se agrava la presión al modelo del 78
El PP va a intentar utilizar el resultado de las catalanas para ganar posiciones ante las generales de marzo mediante la estrategia de incidir en el mensaje de que es el único partido capaz de garantizar la unidad nacional. Esto no quita para que en las filas populares se sea consciente al tiempo de que, desde una perspectiva de sentido de Estado, se agrava la presión nacionalista sobre el modelo del 78.
C. Morodo - Madrid.- La Razón 17 Noviembre 2003

El PP afrontaba las elecciones autonómicas catalanas de ayer manejando la hipótesis de un escenario en el que, desde sus intereses partidistas, no había nada que perder y sí la posibilidad de utilizar el resultado como elemento de desgaste del secretario general socialista, José Luis Rodríguez Zapatero, de cara a marzo.

La foto final de las urnas, aunque desviada de unos sondeos que apuntaban a la victoria del PSC, confirma la estrategia de los populares de hacer uso de estos comicios para intentar ganar posiciones con vistas a las generales. La lectura interna pasa por centrar el discurso con matiz electoral en dos elementos: apuntalar la idea de un Rodríguez Zapatero que suma una derrota más, contra sus planes de victoria, y que, además, es responsable de la «peligrosa» radicalización de la política catalana; esto enlaza con el otro argumento eje para afianzar votos, el de que el PP es el único partido capaz de garantizar la unidad nacional en unos momentos tan delicados como los actuales, especialmente debido a la ofensiva secesionista abierta por el Plan Ibarreche.

En un marco en el que el PP catalán, pese a su ascenso en votos y escaños, no ha logrado ser fuerza decisiva en el Parlamento autonómico, Génova cree que, sea cual sea el gobierno final de la Generalitat, el PSOE tendrá que pagar un «peaje» en toda España por su «irresponsable» campaña catalanista. Más allá de la rentabilidad partidista que se pueda extraer de los resultados de estas autonómicas (basada en la descalificación de la izquierda), en las filas del PP se vislumbra también que se complica aún más el problema de Estado que supone la ofensiva nacionalista. Al frente vasco se suma ahora un escenario en el que el Parlamento catalán, en su inmensa mayoría, demandará en cuanto se constituya una reforma del Estatuto a la que sólo los populares niegan necesidad y virtualidad.

En voz soterrada, hay sectores populares que conectan con la posición de que quizás habría que haber dado «más calor» a los nacionalistas tras la victoria absoluta de 2000. Es un hecho la relación proporcional entre el endurecimiento del discurso nacional del PP y el incremento del sentimiento nacionalista en las comunidades históricas. La realidad situará en cierto modo al PP, después de las generales, en una encrucijada en lo que afecta a su discurso en esta materia. Rajoy siguió anoche el escrutinio de los datos rodeado de su «cúpula», encabezada por Rodrigo Rato, Javier Arenas y Jaime Mayor, además de los ministros Ángel Acebes y Eduardo Zaplana. No se dejó ver el alcalde madrileño, Alberto Ruiz-Gallardón. Hoy, el secretario general estudiará en «maitines» la situación, y también ha convocado una reunión del Comité Ejecutivo.

Por delante queda también la incógnita de saber qué sucederá con Josep Piqué: Rajoy no abrirá el debate de las listas hasta enero, y ahí se verá quién va como número uno por Barcelona.

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