AGLI

Recortes de Prensa     Jueves 11 Diciembre  2003
Por la libertad
Cartas al Director ABC 11 Diciembre 2003

Nacionalismo y democracia
Pedro Schwartz Libertad Digital  11 Diciembre 2003

Que Ibarra y Chaves paguen el pacto
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital  11 Diciembre 2003

¿Pagarán los extremeños la presidencia de Maragall
EDITORIAL Libertad Digital  11 Diciembre 2003

PSC, ERC, IC y la república federal
Luis María ANSON La Razón  11 Diciembre 2003

Asimetría local
Editorial ABC 11 Diciembre 2003

Carod deja en evidencia al PSOE
Editorial La Razón 11 Diciembre 2003

El otro señor Esteve
CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS ABC 11 Diciembre 2003

Pintan bastos
Juan Carlos Girauta Libertad Digital  11 Diciembre 2003

La singularidad catalana
XAVIER PERICAY ABC 11 Diciembre 2003

Carod turba, perturba y conturba
Julián Lago La Razón 11 Diciembre 2003

La libertad y los cafres
Carmen Gurruchaga La Razón 11 Diciembre 2003

Cataluña regenerada
Juan Ignacio Jiménez Mesa Estrella Digital 11 Diciembre 2003

El cinismo secesionista
Editorial El Ideal Gallego 11 Diciembre 2003
 
Por la libertad
Cartas al Director ABC 11 Diciembre 2003

Después de ver el otro día al señor Arzalluz a las puertas del Palacio de Justicia de Bilbao dirigiendo el himno al soldado vasco con un paraguas, no me queda ninguna duda: acudiré a la manifestación de San Sebastián en contra del plan Ibarreche. Y lo haré con una bandera de mi país, Francia, para dejar claro que aquí no queremos saber nada del fascismo nacionalista que nos amenaza a nosotros también y para apoyar a los vascos que luchan contra ese fascismo. Yo también me siento vasco, y creo que ya va siendo hora de acabar con la barbarie terrorista, con la sinrazón y el oportunismo nacionalista, que no repara en los medios para conseguir sus fines, y con el acoso a aquellos que todavía se atreven a disentir del pensamiento único del señor Arzalluz. Por mi edad, aún recuerdo cómo un loco llegó al poder en Alemania en el año 1933 con los votos del pueblo alemán, y las terribles consecuencias que aquello tuvo. No quiero nada parecido para el País Vasco, ni para España, ni para Francia, ni para Europa. ¡Viva la libertad!   Jean Pierre Hinault Ithurralde.   Bayona (Francia).

Nacionalismo y democracia
Pedro Schwartz Libertad Digital  11 Diciembre 2003

Los sentimientos nacionalistas nos hacen perder la calma, incluso a quienes, como yo, no somos nacionalistas, ni de Cataluña, ni de España, ni de Europa, aunque sí seamos patriotas. Como discípulo que fui de Karl Popper y Friedrich Hayek, encuentro imposible compaginar liberalismo y nacionalismo: para el uno, era necesario conseguir sociedades cada vez más abiertas basadas en la autonomía individual; para el otro, la nación no era más que la versión moderna de la tribu transformada por el colectivismo integrador. Eran sin duda patriotas, en su caso, patriotas de adopción de la Gran Bretaña que les había acogido cuando huían de la barbarie racista alemana: Popper aceptó con alegría el título de “sir” que le concedió la reina de Inglaterra y Hayek mantuvo su pasaporte británico hasta el final de sus días, aun cuando fijara su residencia en EEUU y en Alemania. Pero defendieron siempre el individualismo por sobre las emociones colectivas. Para ellos, lo que une a los ciudadanos es la ley más que la sangre y el suelo.

Ya sé que en el siglo XIX, liberalismo, democracia y nación eran ideas gemelas. Muchos creían que las libertades individuales expresadas en el sufragio desembocaban naturalmente en la autodeterminación colectiva. Mas la experiencia de los horrores del siglo XX ha hecho ver que hay que delimitar muy claramente los derechos individuales de los pretendidos derechos comunales. Los individuos necesitan sin duda el marco de un Estado democrático para relacionarse políticamente: sólo en ese marco aceptan que les gobiernen sus rivales políticos cuando éstos han conseguido una mayoría de votos (en general, relativa y temporal). Pero no debe olvidarse lo dicho por James Buchanan, otro filósofo de la libertad: “la autodeterminación, como extensión del principio liberal de que declara lícitos los acuerdos voluntarios entre los sujetos que los suscriben, sólo es aceptable en la medida que esos acuerdos no tenga repercusiones negativas graves sobre terceros”. La autodeterminación nacionalista tiene a menudo un carácter total, que en su versión extrema niega la personalidad política e incluso personal a quienes no participan del entusiasmo metafísico de la nación en marcha.

No tengo ni necesidad de decir que en Cataluña el nacionalismo es pacífico y tolerante: cualquiera que haya tenido la suerte de experimentar la generosa hospitalidad de los catalanes lo sabe. Sin embargo, veo tendencias, inclinaciones, derivas que son inquietantes por su parentesco con posturas fundamentalistas. Así lo expliqué en el artículo sobre Pla, un catalán puro si los hubo, que tomó partido por Franco, como también lo hizo Cambó, reaccionando contra la opresión sufrida en el campo republicano. Quizá yo sea demasiado sensible al peligro de determinados mensajes políticos, por haber tenido que soportar el adoctrinamiento sistemático de los vencedores de la guerra civil. Hice mal en decir que la defensa del catalán en la Cataluña de hoy tiene un carácter semejante a la imposición violenta del castellano por los nacionales. Yo también sentí la opresión de ese régimen, por monárquico y liberal, hasta el punto de verme despojado de la oposición ganada y sufrir un confinamiento forzoso, que supusieron mucha perturbación para un joven que intentaba abrirse camino en la vida. Debo decir que nada de lo que ocurre en Cataluña se parece a eso.

No me negarán, sin embargo, que hay políticos que se ofenden de que en el Parlament se hable castellano, que buscan convertir a Cataluña en una Comunidad monolingüe, pese a que según la Constitución el catalán y el castellano son co-oficiales. Tampoco me negarán que la historia de Cataluña que se enseña en las escuelas es en muchos puntos discutible y recuerda el tipo de saga que se enseñaba bajo el régimen anterior: idéntico preguntarse por el ser de la nación en decadencia, mismos quejidos por las derrotas infligidas a manos de sañudos enemigos, parecidos deseos de reconstruir imperiales territorios por encima de los mares. Incluso noto a veces un soplo de nacional catolicismo en algunas declaraciones clericales.

Acabo de pasar unos días en Valencia, tierra que igualmente conozco bien. Quizá porque se me ha festejado tanto, he vuelto con la sensación de que allí el ambiente es muy distinto del que se trasluce en Cataluña de los discursos de los electos, los debates de la televisión, las afirmaciones de los tertulianos. La política no lo invade todo como ocurre en momentos de fragor nacionalista. Las conversaciones giran alrededor de los negocios, la fábrica, la exportación, las fiestas, los deportes, la música, el nuevo museo de la Ciencia, la vida corriente. Hubo desbordante alegría por la ubicación de la copa de América. “¡Cómo nos ha ayudado el rey! ¿Llegará el AVE a tiempo? ¡El nuevo puerto va a transformar la ciudad!” Todo esto saltando del valenciano al castellano, sin exclusiones ni reivindicaciones, como también los catalanes fuera de períodos electorales. Y sin quejarse de Madrid, ni de Felipe V, que fue más duro con ellos que con los catalanes.    © AIPE

Que Ibarra y Chaves paguen el pacto
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital  11 Diciembre 2003

Como Zapatero no consigue convencernos de las grandes ventajas que va a tener para España el nuevo sistema de financiación de Cataluña, que consiste básicamente en aportar menos a la nación y pedir más, creo que hay una fórmula muy razonable para que el experimento se haga con gaseosa, pero con gaseosa La Revoltosa, o sea progresista. No se puede pedir a los castellanos y leoneses comprensión, amabilidad y espíritu de colaboración con el separatismo izquierdista o con el izquierdismo separatista catalán. Tampoco es fácil que en Murcia vean con simpatía el “tancament de caixas” que promueven Carod y Maragall. Son tierras dejadas de la mano de Dios y del progreso cuyos votantes hace tiempo que se empeñan en votar a la derecha nacional. Por ahí, poca colaboración va a haber.

Pero en cambio hay comunidades autónomas en España que sí están impregnadas de ese espíritu genuinamente progresista y renovador, no en balde llevan veinte años bajo sabios gobiernos socialistas. Cierto que su renta no ha subido. Verdad que eran las zonas más pobres de España y siguen siéndolo, pero tienen unos líderes socialistas que podrán hacerles comprender la necesidad el cambio. Y una vez comprendido, lo aplaudirán. Y tras aplaudirlo, deben asumirlo. Que Ibarra y Chaves, solos o en compañía de Bono, asuman para sus comunidades el déficit que se cree por la merma de aportación de recursos por parte de Cataluña. O mejor: que se limiten a recabar lo que ese gobierno de progreso va a aportar a España. Mientras tanto, Madrid, por ejemplo, puede abastecer las necesidades de las comunidades más desfavorecidas bajo gobiernos de derechas. Cataluña puede atender las necesidades de Andalucía, Extremadura y, si se tercia, La Mancha. Así podrá comprobarse en la práctica la validez de ambos modelos, el arcaico actual y el flamante futuro. ¿Para qué discutir lo que se puede demostrar?

¿Pagarán los extremeños la presidencia de Maragall?
EDITORIAL Libertad Digital  11 Diciembre 2003

Aunque habrá que esperar más tiempo para ver en qué se concreta el pacto de los socialistas con los independentistas catalanes, conviene salir ya al paso de algunas de las explicaciones que sobre esta negociación —y concretamente sobre el nuevo modelo de financiación— están dando sus participantes. Si los independentistas hablan de lograr la total “soberanía fiscal” para Cataluña, los socialistas catalanes, en ese misma línea aunque con otras palabras, hablan de una “Agencia Tributaria propia” que recaude y gestione los tributos, tal y cómo ha explicado el primer secretario del PSC, José Montilla. El objetivo declarado de ambas formaciones no es otro que excluir a Cataluña de ese deber de solidaridad que, según la Constitución, debe imperar entre las autonomías.

Lo cierto es que, tanto desde el PSC como desde ERC, se ha cultivado el típico discurso victimista del nacionalismo que se queja de que Cataluña aporte más al Estado de lo que recibe de él. Es curioso que esta queja la hagan unas formaciones de izquierda que siempre han abanderado la función redistributiva que debía tener —también entre regiones— la política fiscal. No obstante, es necesario matizar que, si bien Cataluña tiene un saldo fiscal per cápita —cada vez menos— desfavorable, mucho más lo tiene Baleares —más del doble— o la Comunidad de Madrid —más del triple—, sin que en estas últimas se haya practicado esta insolidaria cultura de la queja. Conviene señalar, por cierto, que el País Vasco —donde también se practica ese falso victimismo— es un clarísimo beneficiario neto en su relación con el Estado.

Lo más patético, sin embargo, es ver a Zapatero tratando de convencernos de que esta pretensión del nuevo gobierno catalán de ir por libre en materia hacendística responde al principio de “pagar por renta y recibir por población” o de que se trata de un modelo que “no requiere reforma constitucional alguna”...Vamos, como si nuestra Carta Magna no fuera clara ya en su articulo 2 —y en muchos otros—, respecto a que “se reconoce y garantiza la solidaridad entre las autonomías”. Eso por no hablar de las competencias exclusivas del Estado sobre Hacienda en general que ahora el gobierno catalán pretende arrogarse en exclusiva...

Al margen de su inconstitucionalidad, hay también que echar un vistazo a cómo quedarían las cuentas con este nuevo modelo de financiación catalán. Desde el Gobierno, el ministro Zaplana ha sido lo suficientemente ágil para emplazar a Zapatero a que aclare qué autonomías deberían reducir su favorable balanza de pagos al Estado central para que Cataluña equilibre la suya. Según un reciente estudio de la Fundación BBVA, las cuatro comunidades autónomas con mejor saldo fiscal per cápita —ingresos menos aportaciones al Estado Central— son Extremadura, Asturias, Castilla-La Mancha y Andalucia. Las cuatro son gobernadas por el PSOE. ¿Van Ibarra, Chaves o Bono a renunciar a lo que ingresan de más para que Maragall pueda ser aupado por los independentistas a la presidencia de la Generalitat?

Zapatero va camino de que no le voten en las generales ni los compañeros de partido...

PSC, ERC, IC y la república federal
Luis María ANSON La Razón  11 Diciembre 2003
de la Real Academia Española

Con un sistema electoral como el francés hoy gobernaría Convergencia en Cataluña, democráticamente y sin problemas. Con una fórmula mayoritaria de doble vuelta, el vencedor sería probablemente el Partido Socialista. Se evitaría así el chantaje de los pequeños partidos bisagras. Pero la miopía de populares y socialistas ha sido grande. Su tórpida lentitud para reformar la ley electoral ha engendrado estos lodos. ERC es el árbitro de la situación. Gobernará con quien más respete sus ideas, con quien sea más generoso en la concesión de cargos.

Una posible alianza del PSC, ERC e IC puede ser letal para Zapatero en el resto de España. La gente quiere la moderación, no el radicalismo. El PSOE ha demostrado que está dispuesto a aliarse con quien sea con tal de tocar poder. Esas tres formaciones catalanas unidas terminarán, por otra parte, por propugnar, aunque sus posibilidades de éxito sean alicortas, la República federal. El discurso es agrio pero sagaz y a él se han sumado intelectuales de relieve: la Monarquía ha rendido excelentes servicios a la causa de la libertad para salir sin traumas de la Dictadura pero el régimen, según los propugnadores de la nueva teoría, se encuentra en un callejón sin salida. Está agotado. Hay que buscar nuevas fórmulas. Y la República federal se abre camino en el ánimo de muchos intelectuales serios como sistema para superar la situación en el País Vasco, ahora en Cataluña, a la que nos ha conducido en sólo veinticinco años la ligereza con que Adolfo Suárez abordó la Constitución, y su falta de visión de futuro, no corregida, por cierto, por sus sucesores en la Moncloa.

La Historia, en fin, la escriben los audaces, no los pusilánimes. Una derecha acomplejada y una adormecida izquierda democrática han asistido al resquebrajamiento de estructuras que debieron mantenerse firmes. Aquel anciano lúcido y sacrificial que fue Juan III en el declinar dorado de su vida lo dijo unos meses antes de morir en la última entrevista que concedió a Santy Mendive y Javier Errea: «Veo a España mal, algo desgarrada y con su unidad amenazada».

Asimetría local
Editorial ABC 11 Diciembre 2003

LA historia está llena de sorpresas. La Administración Tributaria, la fuente de cohesión social ideada por Fernández Ordóñez en la transición para dar credibilidad a su reforma fiscal y convertida en símbolo del Estado por Borrell, es ahora un obstáculo para la España plural. El modelo de financiación autonómica pactado en el año 2001 por todas las Comunidades de régimen común en el Consejo Interterritorial de Política Fiscal se ha convertido en enemigo del autogobierno. El traspaso del 33 por ciento del IRPF, el 35 por ciento del IVA y el 40 por ciento de los impuestos especiales que fue interpretado en voz baja por los socialistas como entreguismo de los populares a los convergentes, es hoy insuficiente para dar cabida al sentimiento catalanista. El concepto de federalismo fiscal, entendido como «pagar por renta y recibir por población» -que el candidato Maragall anunció en la moción de censura que le presentó al honorable Pujol en el Parlament, cuando abogó por una reforma de la Constitución- sólo exige hoy espíritu abierto y voluntad de diálogo para Rodríguez Zapatero en el Foro de ABC.

Pero las cosas no han cambiado tanto en economía como en política. Pueden haber cambiado las mayorías necesarias para gobernar, pero la lógica de la caja única del Estado no ha desaparecido, ni siquiera en estados federales consolidados como Estados Unidos, donde el mítico IRS, que metió en la cárcel a Al Capone, se mantiene como garantía de la igualdad de los ciudadanos ante la Hacienda. Porque de lo que parece tratarse es de encontrar una argucia legal que, sin requerir una modificación constitucional ni reivindicar un concierto que evoque comparaciones no deseadas, permita reducir a la mitad la contribución catalana a los gastos del Estado. Y eso es federalismo asimétrico, porque las normas fiscales se definen en función de su resultado, y para ello hay que controlar la recaudación. No basta con tener margen normativo para modificar las cuotas de los impuestos directos e indirectos más importantes, porque no se quiere asumir el coste político de aumentar los impuestos. Eso sería federalismo del bueno, del que permite a una Comunidad autónoma elegir la combinación de impuestos y gasto público que más satisface los ideales políticos de su gobierno, y a los ciudadanos ratificarlo con su voto. Pero el federalismo asimétrico es otra cosa: es que el Estado español siga soportando el coste político de los impuestos mientras el gobierno tripartito de izquierda se asegura la distribución de lo recaudado. Es un invento que permite seguir alimentando el victimismo y ofrecer el autogobierno pleno como la arcadia feliz.

Carod deja en evidencia al PSOE
Editorial La Razón 11 Diciembre 2003

Muy pronto le ha pasado factura al PSOE de José Luis Rodríguez Zapatero su estrategia de pactar a cualquier precio para que Pascual Maragall sea presidente de la Generalitat de Cataluña. Falta todavía la firma en el documento del pacto tripartito acordado entre el PSC, ERC y ICV, y ya Ferraz acaba de recibir un anticipo de lo que puede suponer la alianza con un independentista como Carod Rovira. El líder de ERC viajó ayer a Bilbao donde no tuvo reparo alguno en apoyar el plan secesionista de Ibarreche.

Es lógico que a Carod Rovira le guste el Plan Ibarreche, que apoye la independencia del País Vasco y cualquier medida secesionista que luego pueda servirle para hacer lo propio en Cataluña. Por eso no cabía esperar otra cosa, sobre todo después del grito de «Viva Cataluña libre» con el que el militante de ERC, Ernest Benach, abrió la legislatura nada más ser investido con los votos del PSC como presidente del parlamento catalán. El pacto no permitía pensar que un ERC coaligado con los socialistas catalanes iba a abjurar ni de su republicanismo ni de su independentismo. No es de extrañar que ahora Rodríguez Zapatero tenga que pagar su primera factura, aún antes de ver a Maragall con los atributos de «molt honorable» que hasta ahora han vestido durante más de cuatro lustros a Jordi Pujol, aunque parece que ERC podría haber esperado un poco para cobrar el primer recibo.

El líder de los socialistas tiene este sábado una cita obligada en San Sebastián para tomar parte en la manifestación convocada en la ciudad por la plataforma cívica «Basta Ya» en defensa de la Constitución y contra el Plan Ibarreche. Y acudirá a ella en una situación compleja, que anticipa algo lo que pueden ser los próximos meses antes de las elecciones de marzo. De entrada, ha tenido que sufrir la bofetada propinada al partido por el alcalde de la ciudad, el equidistante Odón Elorza, que estará ese día, como acostumbra, más cerca de los nacionalistas que han diseñado el Plan que de sus compañeros de filas que protestan contra el proyecto. Hoy es Carod Rovira quien se suma al despropósito y le pone en la picota: habrá que escuchar cómo explica ahora Rodríguez Zapatero el más que aparente contrasentido de manifestarse en contra del Plan Ibarreche mientras pacta con un independentista que acaba de manifestarse a favor del mismo.

La situación no tendría mayor importancia si no fuera porque es la Constitución y la unidad de España lo que están en juego: dos asuntos demasiado importantes como para que pueda jugarse frívolamente con ellos a la política o utilizarse como moneda de cambio de gobierno regional alguno. Pactar cualquier precio y firmas acuerdos de «todos contra uno», sea el PP o CiU», tienen consecuencias. Sobre todo cuando quien incurre en tan rechazable política es un partido histórico como el PSOE, que cada vez tiene más difícil convencer a sus votantes de que tiene un proyecto serio y responsable para sustituir al PP en el Gobierno de España.

El otro señor Esteve
Por CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS ABC 11 Diciembre 2003

CUANDO Pere Esteve dejó la Secretaría General de Convergencia para irse a ERC nadie podía imaginar hasta qué punto iban a darle la razón las elecciones catalanas que acaban de celebrarse. La nueva relación de fuerzas, que ha salido de ellas, estaba inscrita en la dinámica nacionalista que vive Cataluña, pero había que saber interpretarla, y Pere Esteve lo hizo.

Pere Esteve acertó a comprometerse con una salida más radical porque esa es la tendencia que está en la naturaleza de los movimientos nacionalistas. A la que están éstos «condenados», por decirlo desde fuera, con objetividad, analizando el proceso sin pasión. Ya se trate de Cataluña o del País Vasco o de Galicia, la dinámica que se impone a los propios dirigentes es la radicalización constante, de tal modo que el que no se acompasa al proceso queda marginado. Ardanza, por ejemplo, no siguió el ritmo que se le marcaba y debieron buscarle un destino civil. Sí, en cambio, su amigo Atutxa. La norma alcanza incluso a la izquierda cripto-nacionalista. Madrazo ha llegado a contar algo porque está siempre dispuesto a todo. Eguiguren y Elorza llevan bien el paso... de la oca. Maragall ha tenido que demostrar su «pedigree» bajando a la Edad Media... Pero quien ha demostrado mayor audacia ha sido Pere Esteve. Saltó de la dirección del partido mayoritario al furgón de cola del cuarto partido catalán. Con ello demostró que es un buen conocedor de los mecanismos nacionalistas: ese progreso imparable hacia la radicalidad, la quema de etapas, la huida imparable hacia los objetivos del programa máximo; de las tímidas reivindicaciones identitarias al independentismo.

PERE Esteve militaba en la avanzadilla de Convergencia, encarnaba la ortodoxia nacionalista, el republicanismo que está por encima de las izquierdas y las derechas, y como tal inspiró y organizó el concilio nacionalista del que salió un decálogo para el PNV, EA, BNG, ERC y CiU: la llamada Declaración de Barcelona, el diseño de un Estado confederal, la vieja Federación ibérica, la versión de Galeuzka, a la medida de las cuatro naciones -catalana, vasca, gallega y castellana- de las que ha hablado siempre Pujol, la España plural de Maragall y Zapatero.

¿Por qué abandonó Esteve la dirección de Convergencia? Para él CiU se le estaba quedando caciquil y pactista, y Pujol se había convertido en un pater-familias que confundía el sueño catalán con sus propias ensoñaciones. Así que ni siquiera aspiró a desplazarle desde el propio partido, sí acaso desde otro, desde este pequeño partido llamado ERC... Muy al estilo Fouché (sin terror, por supuesto), Pere Esteve trabaja en la sombra, hace de la noche su elemento y de la intriga su verdadera esfera. Como nos cuenta Estefan Zweig, deja la actualidad, procura que le olviden, se mantiene en silencio. Pero, ¿quién no ve ahora su mano en esos días de negociaciones con CiU? ¿Quién podría conocerla mejor que quien fue su secretario general?

DICEN socialistas y republicanos que el programa que han pactado tan sólo tiene la pretensión de gobernar cuatro años, que no se ventila en este mandato el objetivo de la independencia. Es lógico. Se trata tan sólo de una aproximación al modelo definido en la Declaración de Barcelona. Una vuelta de tuerca más. Esta vez en lo económico, en la conquista de esa situación privilegiada que Maragall llama «pluralismo». Porque para garantizar el objetivo final ya está Pere Esteve o quien pueda sustituirle si éste se queda en el pequeño burgués del auca del señor Esteve.

Cataluña
Pintan bastos
Juan Carlos Girauta Libertad Digital  11 Diciembre 2003

Encaramados a su medio millón de votantes, como buenos castellers, los muchachos que quieren romper España sin violencia se disponen a tomar el control político del gobierno catalán y, de paso, a ejercer su poder directo sobre los Mossos d’Esquadra, las escuelas y universidades, la política lingüística y la de bienestar social, el comercio, el consumo y el turismo. Todo esto entre las competencias de verdad. Entre las de mentira, se hacen con relaciones exteriores e inmigración. Ya puestos, podían quedarse con Gestión del Armamento Nuclear Catalán, o con Normalización del Espacio Exterior.

Si hemos de creerles, ellos confían en la pura persuasión para que los catalanes dejemos de considerarnos españoles. Luego todo caerá por su propio peso. Pero, ¿qué pasará si no nos convencen? El nuevo presidente del Parlament habló en su discurso de un camino sin retorno, dando por hecho que su proyecto sólo puede avanzar. No contemplan siquiera la posibilidad de que dentro de cuatro años, o de ocho, los votantes los devuelvan a la oposición y opten por proyectos no secesionistas. Mucha confianza es esa. O más bien mucha astucia, porque esa nueva forma de vender lo invendible, de empezar a vendernos a nosotros, parece dar sus frutos. Si la prensa nacional refleja la verdad del país, aquí se ha quedado casi todo el mundo atónito y con una sonrisa de estupidez: ¡anda, fíjate qué curioso, quieren la independencia por la vía pacífica! ¡Qué simpáticos!

Nunca debimos llegar a este punto. Si está ocurriendo es simplemente porque el olímpico Maragall, en vez de jubilarse, quiere hacer de reina madre por el patio de los naranjos, aunque ello suponga sumirnos en el caos. El papel que ha elegido le exigirá pronto movilizar a su partido para reivindicar un modelo de financiación que deje más dinero en Cataluña y, por tanto, menos en Extremadura, Andalucía y Castilla-La Mancha. Como no me imagino a Ibarra, Chaves y Bono aplaudiendo la idea, el futuro del PSOE pinta mal. Como sé las maravillas que es capaz de hacer un equipito de progreso en tres meses, lo de Rajoy pinta bien. Como nacieron para el poder, los de CiU no pintan nada. Para todos, incluidos los que creen que han ganado, pintan bastos.

La singularidad catalana
Por XAVIER PERICAY ABC 11 Diciembre 2003

Cuando Jaime Mayor Oreja irrumpió en la campaña electoral con aquellas declaraciones cargadas de definiciones y paralelismos, en Cataluña todo el mundo supo qué hacer con sus manos. Los más, se las frotaron; los menos, se las llevaron a la cabeza. Hasta los hubo -poquísimos- que aplaudieron. Pero casi nadie -que yo recuerde, el periodista Arcadi Espada fue el único- se detuvo a pensar públicamente qué significaban. Significaban mucho. Por un motivo: porque advertían, a quien tuviera orejas para oírlo, de lo que podía muy bien ocurrir. De lo que, en definitiva -ahora lo sabemos-, ha ocurrido.

Mayor Oreja dijo lo siguiente: «La herencia de ETA es el Plan Ibarretxe y la herencia de Pujol es la posibilidad de que Esquerra Republicana de Catalunya sea el árbitro del Gobierno de Cataluña. Y entre la herencia de ETA y la herencia de Pujol hay más conexión que entre ETA y Pujol». Pues bien, una vez comprobado quién va a mandar en adelante en Cataluña, qué duda cabe de que tanto las coordenadas catalanas de las palabras de Mayor Oreja, como las coordenadas vascas correspondientes, como las conexiones entre ambas, resultaban en todo punto ajustadas a la verdad.

Veamos. Parece evidente que aquello que conecta a ETA con Pujol es el nacionalismo. En este sentido, poco importa si estamos ante un nacionalismo del mismo pelaje, o si responde, como es el caso, a un corte radicalmente distinto; la conexión existe, y de eso se trata. Y también parece evidente que tanto el Plan Ibarretxe en un caso, como la posibilidad de que ERC tuviera un papel arbitral en el otro, son la impronta dejada por cada uno de estos actores en el territorio de su competencia, tras casi un cuarto de siglo de ejercicio responsable o irresponsable del nacionalismo. Por último, tampoco creo que merezca la pena discutir qué lazos son más estrechos, si los que unen a los mentores o los que unen a los herederos respectivamente mentados: la misma noche electoral, el propio Carod-Rovira se encargaba de proclamar ufano ante las cámaras que la primera llamada de felicitación recibida llevaba la voz del lehendakari vasco.

Dejemos ahora por un momento el paralelismo y centrémonos en la coordenada catalana. Que ERC, como aventuraba Mayor Oreja, ha sido el árbitro del nuevo Gobierno de Cataluña, no creo que nadie, a estas alturas, vaya a ponerlo en duda. Y no sólo el árbitro: ha sido el amo y señor. Por la forma en que ha llevado las negociaciones, y por lo que se ha negociado. A lo largo de tres semanas, cada vez que las cámaras mostraban la puerta entreabierta de aquel despacho del Parlamento autonómico donde los representantes de ERC recibían en audiencia y por riguroso turno a las dos delegaciones en liza, uno tenía la impresión de que el millón de votos lo había obtenido la formación independentista y no cada una de las formaciones visitantes. Y cuando uno comprobaba que el nuevo presidente del Parlamento, el republicano Ernest Benach, había sido elegido con el apoyo de su propio partido y de los dos grupos mayoritarios de la Cámara, el que va a encabezar el Gobierno y el que va a encabezar la oposición -en lo que debe de constituir, sin duda, un caso único en el mundo-, no podía por menos de considerar que aquel 16% obtenido en las elecciones -equivalente a algo más de un 10% del censo electoral- estaba dando ciertamente para mucho.

Pero la primacía de ERC ha sido todavía más visible en el capítulo de las transacciones. Más visible y, sobre todo, más significativa. Baste una anécdota. Cerrada ya la ronda de negociaciones, el propio Joan Puigcercós, vicesecretario general del partido y agente negociador, llegó a expresar en voz alta su sorpresa por la facilidad con que los representantes de CiU habían cedido a sus pretensiones. Sin embargo, no se le ocurrió decir lo mismo de los representantes del PSC, que habían aceptado rebasar con creces lo establecido en su programa electoral en materia de financiación autonómica y de reforma del Estatuto, con referéndum o «consulta general» incluidos. Tal vez, argüirán algunos, porque ERC ya había escogido pareja para los próximos cuatro años. Tal vez. Aunque también podría argüirse, y ello sería compatible con el supuesto anterior, que en Cataluña todo es negociable -y susceptible de causar sorpresa- menos los fundamentos del nacionalismo.

Y es que de eso se trata, al cabo; de nacionalismo. Quien crea que ERC tiene algo que ver con la izquierda, que escarbe, por favor, en su programa y verá en qué ha parado el concepto de solidaridad, esa síntesis contemporánea de los viejos valores -republicanos, por cierto- de justicia e igualdad: ha parado en la propuesta de una drástica reducción a la mitad de la aportación de Cataluña al gasto común del Estado y a la solidaridad interterritorial. No, si ERC ha optado finalmente por una coalición de izquierdas, no es por izquierdismo, sino para sacar adelante, sin apenas oposición, sus propuestas soberanistas: con un PSC atado por sus compromisos de Gobierno y una CiU atada por sus principios, el único partido capaz de ejercer en Cataluña la oposición al nacionalismo es, hoy por hoy, el PP. Con sólo un 12% del voto, pero con margen para crecer si el tiempo lo permite.

Porque, y con esto volvemos al paralelismo trazado hace más de un mes por Mayor Oreja, lo que está ocurriendo estos días en Cataluña no es, ciertamente, como lo del País Vasco; es mucho más grave -dejando a un lado el terrorismo, por supuesto-. Así como en el norte ya tienen plan y también oposición, en el noreste todavía no tienen plan -aunque están en ello- y la oposición no parece que vaya a quitarles el sueño, dado que hasta se olvidan de su existencia. Fíjense en lo que decía el pasado martes, a este respecto, Joan Puigcercós: «Nuestra vía no es la vasca. Alguien podría entender una Cataluña a dos velocidades, una nacionalista y una no nacionalista, pero nosotros entendemos que lo positivo e importante» es que «todos los partidos catalanes avancen hacia un nuevo Estatuto y un nuevo modelo de financiación». ¿No les sorprende este «todos», teniendo en cuenta que no todos los partidos parecen decididos a avanzar en este sentido? Pues no debería sorprenderles. Su presencia en la frase obedece a un fenómeno típicamente catalán que consiste en dar por supuesto que uno forma parte de la tribu hasta que no se demuestre lo contrario -es decir, hasta que el interesado rompa las reglas del juego identitario, y se excluya o sea excluido-. A este fenómeno algunos lo llaman ya la «singularidad catalana», apelativo a todas luces oportuno, pues no dice nada -condición necesaria para que nadie se sienta ofendido- y remite, en cambio, a viejos mitos, como la transversalidad del antifranquismo o el manto protector del nacionalismo.

No, la vía que han tomado las cosas en Cataluña no es la vasca, en efecto. Y por desgracia, cabría añadir. Porque la vasca, a pesar de todos los pesares, es una vía clara, en la que ya nadie engaña a nadie, mientras que la catalana cada vez resulta más turbia.

Carod turba, perturba y conturba
Julián Lago La Razón 11 Diciembre 2003

Perturbado, lo que se dice perturbado, está Zapatero con Maragall, que a ver cómo el pollo vende lo de la ruptura del sistema de financiación pactado con Carod, cosa que a los compañeros Bono, Ibarra y Chaves les tiene que se suben por las paredes, y con razón. Más claro, que la presidencia de la Generalitat va a suponer tales costes para el liderazgo del secretario general que ya veremos en qué acaba esta película de suspense en V.O., es decir, en catalán y subvencionada a ser posible, que las pelas son las pelas.

Así que a Maragall, puestos ya a competir en soberanismo, sólo le queda reivindicar los «paisos catalans», lo cual en principio no parece lo propio de un partido de izquierdas, solidario y tal, pensamos, aunque tampoco lo tenemos muy claro después de lo que se ha visto en Euskadi con Madrazo. De cualquier forma, ya nos contarán cómo explica Zapatero al electorado socialista valenciano el anuncio ese de la negativa al Plan Hidrológico Nacional, otro suponer.

O lo que es lo mismo, que con Maragall no habría ni una gota de agua del Ebro para valencianos, murcianos y demás gente de mal vivir, si llegaba al poder, que ya ha llegado, pese a que sea Carod quien realmente corte el bacalao, y cómo lo está cortando, Desde luego al president Camps, el de la otra Generalitat, el de la valenciana, ha venido Dios a verle, no sólo por lo de la Copa América, sino porque, más a más que diría don Pasqualet, con Esquerra Republicana en el gobierno de Cataluña en Valencia no votan a los socialistas en otro par de décadas, se vista el pobre Plá de aguador, de lagarterana o de Vicente Ferrer.

Dicho lo dicho, lo que no ofrece duda es que el PSOE de Zapatero, en lo referente al modelo de Estado, tiene un cacao maravillao de mucho cuidado, cosa que hemos comprobado gracias a que, tras veintitrés años de pujolismo, o los que sean, haya quedado patente que el PSC no ha sido más que una franquicia del PSOE en Cataluña, una marca registrada en alquiler hasta que ha dejado de serlo como es el caso. De ahí la conturbación de Durán i Lleida que se lamenta de que hayan tomado el tupé a Mas, que para eso no lo tiene, piensa él. Verbigracia, que los convergentes han sido engañados como chinos por Carod, de quien suponían que sólo estaba poniendo cachondo a Maragall, y no.

O sea que, tras el «menage a trois interruptus» con CiU, Pujol ha entrado en una especie de turbación íntima, diríamos que familiar, temeroso de que el nuevo conseller en cap, que viene con las del beri, se dedique a levantar las alfombras de la Generalitat desde que él, Pujol, tantos servicios ha prestado, tantos favores ha hecho y tantas pelas, también, ha repartido.

Entre los suyos por lo general, dicho sea de paso, no vayamos ahora a confundirnos también nosotros, que para confundirse ya está Zapatero.

La libertad y los cafres
Carmen Gurruchaga La Razón 11 Diciembre 2003

Este próximo sábado se congregará la cuarta gran manifestación convocada por la plataforma ¿Basta ya! Será en San Sebastián y en rechazo al «Plan Ibarretxe», cuyos planteamientos rezuman sentido antidemocrático ¬margina a la mitad de la población¬ y surge como resultado de la violencia de ETA. Las fuerzas constitucionalistas de Euskadi se plantan otra vez ante lo que consideran una nueva tropelía y demuestran que el nacionalismo no tiene el monopolio de la voluntad de los vascos. El manoseado plan con ribetes independentistas ha salido del PNV, partido con un sentido patrimonialista donde los haya, que confecciona la Historia a su medida y se apropia de identidades en descarada usurpación de la diversidad ideológica de un pueblo. Encogido en dos provincias o territorios en los que tiene fuerza ¬Álava ya ha advertido que se iría, en caso de prosperar la esperanza soberanista¬, recibe el rechazo de la mayor parte de lo que geográficamente podría ser Euskal Herría: Navarra, la cuna de lo euskaldún; y el Iparralde francés. Así visto, si vascos son los de las siete provincias, cinco están en contra o son indiferentes a los anhelos independentistas del nacionalismo vizcaíno y guipuzcoano. Y ahora, una parte muy considerable y decisiva de los vascos de los tres territorios, que gobierna el PNV junto a EA e IU, va a demostrar el sábado próximo que están en contra de proyectos antidemocráticos, mangoneadores de voluntades y suplantadores de sentimientos colectivos.

Es tanta la ausencia de libertad y amenaza a la vida que sufren muchos vascos, tanta la matonería terrorista ¬cada vez menor gracias a las frecuentes capturas de sus miembros en Francia y en España¬ y tanta la matonería política que no queda más remedio que, de vez en cuando, echarse a la calle multitudinaria y pacíficamente para gritar el inconformismo ante la injusticia y reclamar la igualdad de todos los vascos. Un pueblo no puede reducir su democracia a las urnas si después, en bestial discriminación, es obligado a vivir bajo peligro de muerte por el simple hecho de pensar y manifestarse ideológicamente dentro de coordenadas de orden y en el estricto ámbito de los principios que informan o conforman la civilización occidental. Por eso hay que llamar la atención sobre esos derechos y sobre las arbitrariedades políticas y jurídicas que amenazan la convivencia libre y en prosperidad de un pueblo, como el vasco, cuya legítima aspiración es el coexistir como en el resto de España, que está en nuestra raíz; o en la inmensa mayoría de Europa, que es nuestro entorno. Anular esas diferencias entre el concepto de libertad, de derecho a la vida que existen entre el País Vasco y las democracias de Occidente, es, simplemente, lo que pide la plataforma cívica ¿Basta ya! Algo tan elemental que casi sonroja el plantearlo. Algo tan primario, tan básico, que es difícil de entender que haya cafres (zafios o rústicos) que no lo comprendan.

Cataluña regenerada
Juan Ignacio Jiménez Mesa Estrella Digital 11 Diciembre 2003

Los de Esquerra Republicana de Cataluña acaban de encontrar una magnífica excusa para justificar su pacto con Maragall. Según ellos, han optado por el pacto tripartito de izquierdas, con PSC e ICV, con el fin de regenerar la vida política catalana, que en manos de la derecha, por muy nacionalista que fuese esa derecha, andaba ya un poco podrida.

Se están refiriendo única y exclusivamente a la Generalitat, claro, porque los ayuntamientos gobernados por los socialistas y por Esquerra (entre los cuales se encuentra Barcelona, la capital, 35 por ciento de la actividad económica de Cataluña) están limpios y son ajenos a todo tipo de clientelismo político, como todo el mundo sabe.

Este Carod-Rovira, que nos toma por tontos a los demás españoles al vendernos su moderación separatista, desprecia también la inteligencia de sus conciudadanos catalanes, que sí, que votaron por una cierta renovación del entorno político, pero que no tienen tan claro que un pase por la izquierda sea la solución. Ni siquiera si esa izquierda, en el colmo de la autocomplacencia, se denomina progresista y regeneradora de la buena conducta política, valoración que viniendo de un partido como el socialista, tan tocado en su día por la corrupción, mueve a risa.

Mucho más sencillo, y más creíble, sería decir que este pacto de gobierno es la combinación parlamentaria que garantiza más poder para aquellos que lo van a firmar, que es la única verdad. En el caso de los socialistas catalanes con total evidencia, puesto que de todas las posibilidades matemáticas ésta es la única que garantiza la presidencia de la Generalitat para Maragall, que es tanto como decir que mantiene en supervivencia política a este hombre, claramente derrotado en las urnas. Pero poder, y poder efectivo, el que cuenta de verdad, es el que ha conseguido Carod-Rovira en sus inteligentes negociaciones, pues supo darse cuenta de la tremenda debilidad del líder socialista, cuya caída podría arrastrar a toda la organización federal del PSOE, lo que facilitó que se doblegaran en Madrid las actitudes de desconfianza hacia un socio tan radicalmente separatista como Esquerra.

Rodríguez Zapatero y sus acólitos de Ferraz andan explicando ahora que lo de la Agencia Tributaria catalana es una cuestión meramente técnica, poco relevante con respecto a la unidad política, y citan, los muy falaces, la función recaudadora de los landers alemanes, como si Alemania tuviese la más mínima duda sobre su unidad política y económica. Pero ni Bono, ni Rodríguez Ibarra, ni Chaves al cien por cien, están dispuestos a comulgar con tamaña rueda de molino. Son estas Comunidades más pobres, históricamente gobernadas por el PSOE, las que más van a perder si se enjuga el llamado déficit fiscal catalán. No es, sin embargo, cuestión de números y de financiación, sino que para los socialistas de vieja guardia, cuya médula está hecha de un centralismo casi napoleónico, el maridaje con un separatista catalán es rechazable por principio. Sobre todo si, como temen muchos de ellos, a Maragall en ese pacto le queda el papel de “reina madre”, en tanto que Carod-Rovira, como conseller en cap, toma todo el poder. Eso dicen al menos desde las filas de Convergència i Unió, donde se sienten despechados por los de Esquerra a pesar de haber hecho ellos iguales o parecidas concesiones a quien, teniendo sólo el 16% de los votos, se enseñoreó de las negociaciones para formar gobierno en Cataluña.

Pero volviendo a la excusa moral del pacto tripartito, y dando por bueno que la alternancia es algo deseable en todo régimen democrático, tal parece que son los ganadores, y no los perdedores, quienes quieren dar al cambio político catalán caracteres de drama. Los de Convergència están más bien callados, resignados a perder el poder tras 23 años de Gobierno, pero los entusiastas de este pacto de “progreso y regeneración” no hacen otra cosa que destacar sus “dramáticas” consecuencias. Se dice que han de cambiar más de un millar de altos cargos, alguno de los cuales no ha tenido otro oficio que la política en este último cuarto de siglo, pero sobre todo ponen de relieve que al desanudar de golpe algunas relaciones económicas entre empresas privadas y organismos de la Generalitat se pueden provocar quiebras y expedientes de crisis por doquier, además de llenar los juzgados de acusaciones de cohecho y malversación. Ya será para menos. Las corrupciones, las verdaderas corrupciones, casi nunca crean entramado económico. Más bien van directamente al bolsillo de los corruptos o se dilapidan en gastos electorales de los partidos.

Otra cosa es que una política económica sustentada en eso que llaman “hacer país” haya creado sistemas proteccionistas y otros modos menos honestos de clientelismo político. De eso, es verdad, hay mucho en Cataluña, más que en el resto de las Comunidades españolas, que ya es decir, pero mientras no se ataque el problema de origen, que es la manía de crear “tejido económico propio”, nada garantiza que no continúe el mismo proceso de intervencionismo, tan proclive a la corrupción. Cambiarán los perceptores de las ventajas en algún caso, y cambiarán los otorgantes de esas ventajas, pero el poder autonómico continuará jugando su mejor baza de política económica, que es la de enredar en el mercado haciéndole cada vez menos libre y más intervenido. Los nacionalistas, y por contagio los dirigentes de las demás autonomías, intentan hacer una economía cada vez más casera, más protegida y más dependiente de la voluntad política local, y en ese ambiente, hablar de corresponsabilidad fiscal, de agencias autonómicas de recaudación y de cajas compartidas es un peligro.

Si las gentes de Pujol, que al fin y al cabo eran liberales de origen, fueron capaces de hacer todo ese entramado de economía intervenida por puro catalanismo, Dios mío, qué cosa no harán éstos de ahora, que además de catalanistas son de izquierdas.  j.i.jimenez@estrelladigital.es

El cinismo secesionista
Editorial El Ideal Gallego 11 Diciembre 2003

Anxo Quintana no destacó nunca por la claridad de sus afirmaciones -una forma de actuar que habrá quien considere acertada- y sigue sin hacerlo como portavoz nacional del Bloque, una circunstancia que resulta difícil de entender, pues se supone que por el cargo que ocupa debería explicar con nitidez cuáles son las posiciones del BNG. Esa tendencia al claroscuro le ha llevado a apostar por “una vía gallega para la reformulación del Estado”, una expresión muy de político, con la que quiere decir que aspira al igual que los nacionalistas vascos y catalanes a plantear un proyecto secesionista, pero no da una sola pista sobre sus pretensiones, una actitud que deja en muy mal lugar a quien será el próximo candidato del Bloque a la presidencia de la Xunta.

Uno de sus competidores en las elecciones autonómicas, Emilio Pérez Touriño, ha girado también la cabeza hacia el Este y ha dirigido la vista a Cataluña, donde ve en la coalición entre su compañero de partido Pasqual Maragall y el secesionista Josep Lluís Carod-Rovira un aval del “pluralismo” que existe en España. El pacto entre su partido y Esquerra Republicana le obliga a realizar tal afirmación, porque ERC ya ha anunciado que su primer objetivo es una “Catalunya lliure”, una aspiración incompatible con el “pluralismo” y que sólo casa con el independentismo, lo que demuestra que el PSOE pagará un peaje demasiado caro por hacer de Maragall el sucesor de Jordi Pujol. Y lo que es peor, el efecto de esa subordinación se extiende hasta Galicia, donde el PSdeG alienta la confusión que ha iniciado el Bloque con su hipócrita actitud de no ofrecer datos concretos sobre sus pretensiones de separarse de España.

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