AGLI

Recortes de Prensa     Sábado 20  Diciembre  2003
El nacionalismo, el socialismo y el robo de la cartera
MIKEL BUESA ABC 20 Diciembre 2003

Lo peor de lo peor
Ignacio Villa Libertad Digital 20 Diciembre 2003

Imaz, ante un plan que divide a los vascos
Editorial ABC 20 Diciembre 2003

Arzallus se va
Luis María ANSONLa Razón 20 Diciembre 2003

El resentimiento en la política
IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA ABC 20 Diciembre 2003

Por pedir que no quede
José Antonio VERA La Razón  20 Diciembre 2003

El PNV elige entre galgos y podencos
EDITORIAL Libertad Digital 20 Diciembre 2003

Aznar en Cádiz
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 20 Diciembre 2003

Críticas y piropos a la Constitución
Cartas al Director ABC 20 Diciembre 2003

Zaplana carga contra el tripartito catalán y dice que el pacto de gobierno conduce a la liquidación de las instituciones
Madrid Estrella Digital 20 Diciembre 2003

La Historia
JOSEBA ARREGI El Correo  20 Diciembre 2003
 

El nacionalismo, el socialismo y el robo de la cartera
Por MIKEL BUESA. Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid ABC 20 Diciembre 2003

LA formación del gobierno catalán mediante el pacto suscrito entre los partidos de la izquierda, socialista y comunista, con el nacionalismo radical, ha puesto sobre el tapete la espinosa cuestión de la distribución regional de los recursos públicos y, por tanto, de la solidaridad entre los habitantes de las distintas Comunidades Autónomas. Ello porque, atendiendo a dicho pacto, los nuevos ocupantes de la Generalitat pretenden reducir a la mitad la aportación neta de Cataluña al resto de España, que se gesta en el desequilibrio entre los ingresos que el Estado obtiene en la región y los gastos que realiza en ella. El socialismo catalán -y, de paso, el conglomerado verdi-comunista- asume así la vieja reivindicación del nacionalismo que ya formuló hace tres décadas, cuando agonizaba el franquismo, en su Introducció a l´economia de Catalunya, el destacado economista Ramón Trias Fargas: «No cabe una Cataluña rica que se desentienda de otras regiones españolas pobres. Estamos dispuestos a contribuir ampliamente, pero opinamos que la administración de esta contribución efectuada en Madrid resulta cara e ineficaz, por un lado, y autoritaria, centralizada y poco democrática, por el otro».

El profesor Trias Fargas -que, para el final de los años sesenta, estimó, con rigor más que discutible, el déficit fiscal de Cataluña en el 48 por 100 de los ingresos obtenidos por la hacienda estatal- alimentó, tal vez sin proponérselo, una especie de victimismo que algunos de sus epígonos han llevado hasta el extremo de considerar que el resto de los españoles son verdaderos expoliadores de la laboriosidad de los catalanes. Quien con mayor claridad ha expresado esta idea es el también distinguido economista académico Xavier Sala i Martin, para el que «un argumento importante que se tendría que utilizar para valorar los costes y beneficios de la independencia -se refiere a la de Cataluña- es el déficit de la balanza fiscal... El beneficio principal, según dicen, es la «solidaridad interregional». Pero una cosa es la solidaridad y otra que te roben la cartera». Así pues, parece que desde la perspectiva independentista, la cuestión fundamental con relación a este asunto consiste en evitar el robo de la cartera o, al menos, que el ladrón te deje parte de lo que lleva dentro. Tal ha sido el planteamiento del programa de gobierno que lidera Pasqual Maragall.

Un objetivo así, sobre todo si se reviste de una apelación a la eficiencia, sería aceptable aún cuando, como se ha destacado en los últimos días, tanto desde el entorno gubernamental como desde el medio académico, podría derivar en una redistribución territorial de la financiación autonómica en general favorable para las regiones más prósperas y perjudicial para las de menor nivel de renta. Y ello, porque indudablemente la cartera ha de ser más productiva y generará una mayor riqueza en manos de su esforzado dueño que en las de los rateros. Por tanto, aparentemente, aunque para gran parte de los españoles pueda resultar irritante, el programa de Maragall está revestido no sólo de la legitimidad que dan los derechos de propiedad, sino de la que proporcionan los egoístas argumentos abstractos de los economistas.

Pura apariencia. Lo que hay detrás de todo esto no tiene nada que ver ni con el logro de una mejor asignación de los recursos -o sea, con la eficiencia-, ni con la existencia de una política más o menos centralista y autoritaria de distribución territorial de los dineros públicos, ni casi con la economía regional. En efecto, como ha demostrado otro señalado investigador académico, Ángel de la Fuente, en un clarificador trabajo publicado por el Instituto de Análisis Económico de Barcelona, la anatomía de la balanza fiscal de las regiones españolas es, en esencia, el resultado de la existencia del Estado del Bienestar o, si se prefiere, de la búsqueda de la equidad en la distribución personal de la renta. Conviene detenerse en las tres principales conclusiones de este estudio. La primera señala que «la actuación del sector público contribuye de manera muy notable a la reducción de las disparidades de renta entre regiones... (y que) este efecto redistributivo proviene en exclusiva de la recaudación tributaria», de manera que la mitad de él es fruto del funcionamiento de los impuestos directos, un 30 por 100 corresponde a las cotizaciones sociales y el quinto restante es atribuible a la imposición indirecta. La segunda destaca que «el grueso de los saldos fiscales regionales refleja el resultado del proceso de redistribución personal», pues la diferencia entre el gasto en protección social y los ingresos tributarios conforma el 87 por 100 de esos saldos. Y la tercera recalca que, restado el gasto social, «las (demás) partidas de gasto tienen un limitado efecto redistributivo», siendo entre ellas las más destacadas las que aluden a los programas de incentivos regionales y de ayudas a la agricultura y la pesca.

Pues bien, si esto es así, resulta evidente que lo que desde el nacionalismo se considera como el robo de la cartera no es otra cosa que lo que desde el socialismo se propugna con las políticas de equidad entre los ciudadanos. Y, por tanto, es también claro que cualquier intento de preservar la propiedad de la cartera en manos de quienes inicialmente la obtienen, redundará en perjuicio de los que, como fruto de los derechos instituidos en atención a las circunstancias personales de cada uno, se benefician de las ayudas sociales que engloban el Estado del Bienestar. Dicho de otra manera, el desiderátum propugnado por el programa social-nacionalista de Maragall es, en el marco español, profundamente reaccionario y apunta con precisión de artillero a la línea de flotación del socialismo en tanto que ideología y proyecto político para el conjunto de la sociedad. Pues, ¿qué quedará de éste, después de renunciar con buenas razones a la dictadura del proletariado, a las nacionalizaciones y al intervencionismo estatal en la economía, si en la práctica se abdica también de la preservación y ensanchamiento de los derechos sociales inspirados por el ideal de igualdad entre los seres humanos?

Siempre he creído que el ejercicio de la política, más allá de las necesarias dosis de oportunismo, debe estar sometido a límites morales bien definidos tanto a partir del núcleo irrenunciable de las ideas que hacen específica la opción de cada partido, como de la consideración de que el poder no puede ser nunca un fin en sí mismo, sino más bien un instrumento para hacer que aquellas encuentren reflejo en la sociedad, dando solución a los problemas de la ciudadanía, pues no debe olvidarse que el poder no se alcanza sino que te lo dan los otros. En el caso que ahora nos ocupa, tales límites han sido ampliamente sobrepasados, pues se evidencia que el nacionalismo -esa «cara de la destrucción», ese «rostro tan repelente como los diversos fundamentalismos», según lo ha definido Inre Kertesz- arrasa cualquier noción de progreso hacia la igualdad; y lo hace porque la pasión del poder obnubila la mente, oscurece el pensamiento y doblega la voluntad. Bueno será entonces que quienes han emprendido tan tortuoso rumbo, corrijan su deriva antes de que el socialismo se vea enfrentado a la catástrofe.

Lo peor de lo peor
Ignacio Villa Libertad Digital 20 Diciembre 2003

La insistencia con que los dirigentes socialistas –de todo origen y condición– se empeñan a diario en demostrar que viven en un permanente torbellino interno es de tal calibre que ya es una costumbre cotidiana. No hay día que pase que no nos topemos con la polémica, ni jornada política consumida sin echarse a la boca la correspondiente dosis de rebelión con las más variopintas razones. Si llega el día en el que no nos encontremos alguna voz disonante en el PSOE o alguna crítica interna anunciada a los cuatro vientos, será el día en el que las cosas habrán comenzado a cambiar. Mientras tanto, habrá que insistir en que el socialismo vive una crisis interna sin precedentes y Zapatero se encuentra inmerso en una tormenta constante en la que no aparece solución alguna.

El último capítulo de esta historia nos llega desde Extremadura. El presidente de la Junta extremeña, Juan Carlos Rodríguez Ibarra, barón histórico del PSOE, reconoce sin pudor que su partido no ofrece un proyecto ilusionante para España y que los ciudadanos no encuentran en el programa socialista un atractivo político al que merezca la pena dar su apoyo en las generales de marzo de 2004. Estas afirmaciones de Rodríguez Ibarra son demoledoras, son una descarga de alto voltaje crítico con los suyos, con su ¿líder? y con un equipo de dirección que ya se sabe contra la pared.

Lo que ha dicho Ibarra es lo peor que se puede decir a un partido político, más aún si es el suyo. Además, es el mayor reproche que puede recibir un secretario general del PSOE a menos de tres meses para las elecciones generales. Ibarra le está echando en cara a su jefe de filas que ha perdido miserablemente los tres últimos años, que ha sido incapaz de aprovechar una oportunidad histórica, que ha dilapidado el cheque en blanco que recibió en el Congreso Federal. Decir a un cabeza de lista en unas generales que no tiene proyecto y que es incapaz de ilusionar a los ciudadanos es el mayor menosprecio, un desprecio con mayúsculas. Es enseñarle a Zapatero dónde tiene la puerta de salida tras las elecciones.

Ibarra reprocha a Zapatero falta de proyecto e incapacidad por ilusionar a los ciudadanos. ¿Qué más se puede decir? ¿Qué tendrá que escuchar Rodríguez Zapatero para darse cuenta de que dan la batalla electoral por perdida incluso desde sus propias filas? ¡Menudo drama tenemos por delante! Estamos al comienzo de una agonía política en la que los principales referentes en el Partido Socialista reconocen el fiasco de su actual dirección. El globo Zapatero se desinfla por sus propios errores, por las torpezas de sus asesores y, sobre todo, porque desde dentro de su casa disparan a dar. ¡Vaya panorama!

Imaz, ante un plan que divide a los vascos
Editorial ABC 20 Diciembre 2003

LA segunda vuelta de las votaciones para elegir al sucesor de Xabier Arzalluz al frente del PNV ha dado la victoria al portavoz del Gobierno vasco, Josu Jon Imaz, quien se ha beneficiado del sistema mayoritario que ha regido el proceso electoral. Las estrechas diferencias de votos electorales entre ambos candidatos y la partición de los apoyos territoriales -Vizcaya y Navarra, para Imaz; Álava y Guipúzcoa, para Egibar- van a obligar al PNV y a su futuro presidente a lecturas muy aplicadas para el diseño de sus equilibrios internos a corto y medio plazo. Egibar partía como perdedor seguro frente a la voluntad de las direcciones territoriales del partido, especialmente la de Vizcaya, que apostaba por Imaz. El desenlace ha corregido sensiblemente las previsiones, no el resultado, poniendo a Egibar a un paso de la victoria. Un voto en la asamblea de Pamplona se la ha dado a Imaz. Arzalluz puede sentirse más derrotado que Egibar.

Las repercusiones de este proceso electoral en el rumbo del nacionalismo vasco y, en una perspectiva amplia, no serán relevantes. Imaz y Egibar, aunque han destapado las profundas diferencias de identidad -urbana y rural, posibilista y maximalista- que coexisten en el partido, sólo representaban maneras distintas de hacer las mismas cosas. En el PNV, las decisiones estratégicas vienen predeterminadas por el propósito de conservar el poder a todo costa y la voluntad de consolidar su hegemonía en el frente nacionalista, lo que conlleva la absorción de ETA y su entorno.

NI Imaz ni Egibar harán nada que sea inconducente a ambos objetivos, simplemente porque ambos están de acuerdo en los ya fijados. Por eso, la cara amable de Josu Jon Imaz no debe inducir a confusión sobre una expectativa de cambio en el PNV. Comparados con los de Arzalluz y Egibar, los buenos modales de Imaz salen sobrevalorados, pero, en el terreno de la acción política, el todavía portavoz del Gobierno vasco no ofrece novedades. Como miembro y portavoz del Gobierno de Ibarretxe ha participado en la adopción y en la defensa pública de las más graves decisiones del Ejecutivo nacionalista, como la impugnación de la Ley de Partidos Políticos, la querella contra el juez Garzón, la demanda contra el Estado español ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos o el mantenimiento de subvenciones a Socialistas Abertzales. Sin olvidar el acuerdo de investidura de Ibarretxe con Euskal Herritarrok en 1998, tras el Pacto de Estella.

La definición de objetivos no cambiará por el acceso de Imaz a la presidencia, que sólo alimenta ciertas dudas acerca de cómo tratará la relación con la izquierda abertzale, por otro lado, ineludible para el PNV. En agreste y con sinceridad, Egibar facilitaba el camino con Otegi y ETA. Teniendo en cuenta que la convergencia con los etarras estaba ya en marcha y es imprescindible para las mayorías social y parlamentaria que necesita el lendakari para su plan, será complicado para Imaz desprenderse de Egibar y de lo que éste representa: decantación por el frentismo nacionalista, aproximación a ETA, renuncia a toda transacción con los no nacionalistas. En definitiva, movilización pura y dura.

PROBABLEMENTE, este resultado -la victoria mínima de Imaz y la supervivencia de Egibar- sea el más adecuado para el lendakari: porque la división del partido puede acabar en una cohabitación de ambos candidatos, rebajando la política de superioridad del partido sobre el Gobierno de Vitoria sin marginar a los sectores más esencialistas del PNV, agrupados en torno al legado de un Arzalluz que no ha podido entregar el testigo a su albacea.

El análisis de lo ocurrido en las elecciones del PNV encaja con las conclusiones que ofrece la última oleada del Euskobarómetro, correspondiente al pasado mes de noviembre, en la que se constata que, pese a un clima de «moderación mayoritaria», se intensifica la división en el seno de la sociedad de Euskadi. «Los vascos son cada vez menos nacionalistas, pero los nacionalistas están cada vez más radicalizados y cercanos a las tesis tradicionales de Batasuna», ha señalado Francisco Llera, responsable de esta investigación sociológica. Pero, pese a esa moderación mayoritaria y al alivio que las actuaciones policiales y judiciales contra el terrorismo y su entorno han producido en la ciudadanía, el estudio revela el miedo, crispación y falta de libertad que vive parte de la población (la no nacionalista) que otras oleadas constataban. El Euskobarómetro recoge el efecto negativo que, en este sentido, ha tenido «el plan soberanista de Ibarretxe», que ha acrecentado miedos e incertidumbres. Los frutos que aprecia el Euskobarómetro son demasiado amargos: hay más pesimismo, peores expectativas, un malestar democrático sin precedentes, menos confianza institucional y más vascos dispuestos a marcharse. «Notable» éxito el del lendakari y su partido. En poco más de cinco meses, desde que ABC adelantara el proyecto soberanista, el ánimo de la sociedad vasca ha entrado en barrena. Por eso es casi irrelevante quién mande en el PNV, Imaz e Egibar son parte del mismo problema. Y si así no fuera, sólo los hechos permitirían cambiar la opinión que merece el inmediato y nuevo presidente del PNV.

Arzallus se va
Luis María ANSONLa Razón 20 Diciembre 2003
de la Real Academia Española

El Arzallus que yo he conocido era un hombre serio, de inteligencia sagaz, moderado y ecuánime. Compartía los principios de derecho público cristiano y merecía respeto y admiración. Si no dijera esto incumpliría con el primer deber intelectual, que es el respeto a la verdad.

Hace quince años, Arzallus emprendió el peregrinaje hacia el radicalismo. El político demócrata cristiano, ecuánime y prudente, se transformó en un ayatolá fundamentalista y desequilibrado, que dejaba jirones de su prestigio en las alambradas del cambio. ¿Por qué? Tal vez por convencimiento, todo el mundo tiene derecho a modificar lo que piensa. Tal vez para adaptarse a las circunstancias de la nueva sociedad vasca. Tal vez por miedo porque a nadie le es grato estar en el punto de mira de los terroristas. Y cuando uno ve cómo caen asesinados políticos del PP y del PSOE es lógico y humano, aunque no justificable, que se modifiquen las posiciones para salir del campo de acción de ETA.

Arzallus, que durante varios años fue constructivo y positivo para la concordia y la conciliación de la vida española, se fue convirtiendo en el primer factor de intranquilidad y disensión hasta llegar al último disparate del Plan Ibarreche que coloca al Estado de Derecho entre el hacha y la serpiente.

Se ha ido, en fin, Arzallus sin suerte porque no ha podido encajar a su candidato. La verdad es que sería conveniente que recapacitara, como hizo Sabino Arana en los últimos años de su vida, y aceptara la realidad histórica de que el País Vasco forma parte activa y satisfecha de la unidad de España desde hace quinientos años. Nuestra nación no puede concebirse cabalmente sin las provincias vascongadas que han dado a España a muchos de sus mejores escritores, poetas, novelistas, periodistas, filósofos, pintores, escultores, militares, conquistadores, eclesiásticos, santos, empresarios y financieros de su larga historia milenaria.

El resentimiento en la política
Por IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA ABC 20 Diciembre 2003

LA oposición política y sus coros y danzas mediáticos afean al PP su soledad parlamentaria y, a la vez, se regocijan y felicitan por ella. Bien es cierto que se trata de una soledad algo masiva, con diez millones de votos y mayoría absoluta. Extraña soledad. Pero hay ocasiones, en realidad casi siempre, en que la mejor compañía es la soledad. Y, desde luego, en política cuando se instala la anomalía en la vida pública. Si Llamazares es la regla y Aznar la excepción, si el primero es la compañía y el segundo la soledad, la elección no ofrece lugar a dudas.

Hablar hoy de anomalía no es obra de la exageración apocalíptica, salvo en el sentido de que lo dominante no pueda ser nunca anómalo. Anomalía es que el nacionalismo aspire a ser un humanismo cuando no es sino el fruto podrido de la reacción romántica contra el universalismo ilustrado. También lo es que se declaren amigos de la Constitución quienes aspiran a demolerla. O que se elogie el avance sin precisar hacia dónde se camina. Es anómalo que, en una democracia, se afirme que el camino emprendido no tiene retorno. Como si las urnas futuras estuvieran cautivas para siempre. Es anómalo amenazar con un drama si las propias demandas no son satisfechas. Creíamos que la Constitución y la democracia impedían para siempre esas actitudes. O hablar de establecer unas nuevas bases en las relaciones entre Cataluña y España, como si fueran dos cosas distintas y no la parte y el todo, cuando en realidad deberían decir entre Cataluña y Extremadura, Andalucía, Galicia, Murcia...

EN su fobia antiespañola pueden ser aliados un separatista vasco y uno catalán, pero lo que pretenden también es separarse entre sí, no tener nada que ver el uno con el otro. Anomalía es que con tan escasa diferencia de votos, ERC mande casi todo y el PP quede marginado. Cosas de la soledad. Todo el poder para Carod-Rovira. Un gobierno condicionado por el 16 por ciento es presentado como un gobierno de todos. Nos temíamos que en Cataluña se eligiera entre socialismo o nacionalismo y tuvimos las dos cosas: social-nacionalismo. Y la coherencia programática. ¿En qué programa del PSOE figuraba la urgencia repentina de las reformas de los Estatutos? Es verdad que la tradición aconseja dar cien días de tregua a los nuevos Gobiernos. Pero también lo es que no hay que esperar a la práctica cuando la teoría y el anuncio son claros. ¿Habría que conceder los cien días a quien anunciara el proyecto de disolver el Parlamento o gasear a la oposición?

LA oposición, por cierto, deja pasar una excelente ocasión para debatir con el Gobierno la discutible en la forma e irreprochable en el fondo reforma penal y, cumpliendo con su vocación y su inclinación naturales, traslada la calle al Parlamento, en una singular jornada de puertas abiertas y argumentos cerrados. Mala educación en los escaños, mala educación en el Grupo Mixto con Cristina Alberdi y mala educación de la oposición con Aznar en su última comparecencia parlamentaria como presidente del Gobierno. Ante este panorama, la excepción es, desde luego, quien, con algunos errores y más aciertos, abandona el poder, dejando un horizonte económico despejado y un ejemplo de coherencia política en defensa de la Constitución, la libertad y la unidad de España, por voluntad propia. Acaso aquí resida la razón de la soledad. Quienes piensan que fuera de la izquierda no hay salvación y sólo fascismo, no pueden dejar de exhibir en sus talantes el resultado del hosco trabajo del resentimiento.

Por pedir que no quede
José Antonio VERA La Razón  20 Diciembre 2003

Hombre, uno pensaba que la política consistía en llegar al poder para ejercerlo, para gobernar, para hacer las cosas que quieren los ciudadanos y benefician a los ciudadanos, para resolver los problemas de la gente y cumplir el programa electoral. Pero veo que no. Hay una política de gestión que es la que valoran de verdad los electores, cierto. Pero hay sobre todo una política de mercado, de voceros pedidores, de fulanos especializados en el arte de reivindicar y de sisar, de profesionales del sableo, de artistas del saqueo, de tíos, en fin, que cuando ganan las elecciones y suben al olimpo del poder se dedican a reclamar en vez de a gestionar.

Es increíble, pero es cierto. Esta clase política quejica y vociferante existirá también en otras partes del universo, digo yo. Pero a veces da la sensación de que la tenemos sólo en España. Que están todos aquí, en Cataluña, en el País Vasco, en Andalucía, en Galicia, en Madrid. Pensábamos que Ibarrreche sería diferente a Arzallus, pero vemos que no. Pensábamos que, desaparecido Pujol, Maragall sería otra cosa, pero no: es lo mismo, o quizás peor. Pensábamos que en el resto de España existía sensatez y afán por el buen hacer y el buen gobierno. Pero tampoco. Aquí sólo vemos gente que basa su discurso en pedir y en exigir, y cuando se les da lo que piden, vuelven a pedir más y más, hasta dejar exhausto al Estado, que es probablemente lo que quieren.

Decía la semana pasada que fue un error no fijar un estatus especial para vascos y catalanes dentro de la Constitución. Así lo creo, y pienso en cualquier caso que es algo que habrá que hacer tarde o temprano, pues sólo así sabremos si eso calma de verdad las ansias expansivas del nacionalismo. Pero un lector, con mucha razón, me llama la atención sobre la injusticia de tal planteamiento y sobre la espiral reivindicativa de los nacionalistas. Cosa que es verdad. Los nacionalistas se han formado en la cultura de la reclamación, y no saben hacer otra cosa. Lo que, además, es contagioso.

Chavez, por ejemplo, pide ahora diez competencias nuevas, entre ellas puertos, aeropuertos, parques nacionales y, cómo no, su propia Agencia Tributaria. Alguien tendría que decirle a Chavez que, oiga usted, primero debe gestionar bien lo que tiene, que por cierto es mucho, y luego pida más, si es que procede. Es decir, gestione el Servicio Andaluz de Salud como Dios manda y no tenga la deuda sanitaria más grande de España y unas listas de espera que exasperan, y tampoco tenga usted la cara que tiene, que por cierto es grande. Haga algo con el dinero que le damos, por favor, con la enseñanza, con las carreteras, con el turismo, trabaje y haga algo y mendigue menos, que eso es muy feo y no está bien. Pero no, ellos siguen.

Ibarreche se gasta todo lo que recauda en engordar la deuda de su Comunidad con proyectos fascinantes de autobombo nacionalista: millones y millones para promover por el mundo el euskera, las ikastolas y la kultura con ka, la etebé y la radio y la prensa que le da coba, viajes por todos los continentes, apertura de embajadas encubiertas y otras fascinaciones. Luego resulta que la gente se va del País Vasco porque no hay seguridad, porque te pueden matar cualquier día en cualquier esquina, porque hay poco trabajo y el que hay es malo, y porque los empresarios empiezan a preferir que su dinero sea invertido en otras regiones que dan más garantías e inquietan menos.

Pero ellos siguen con la enfermedad. Ibarreche no ceja en su empeño de pedir y pedir, ora la justicia, ora las cárceles, ora la política exterior, ora todas las competencias exclusivas del Estado o las que sean. Igual que los catalanes. Si Pujol reivindicaba, no digo nada estos de Esquerra y el Pesecé. Asusta ver el programa de gobierno que han hecho. Parece la lista de la compra. Empiezan con un «nuevo marco legal que reconozca la realidad plurinacional, pluricultural y plurilingüística», y siguen con la Agencia Tributaria, la participación en el ierrepefe, el iva, el impuesto de sociedades y los impuestos especiales.

Piden «ir equiparándose al sistema de concierto económico», participar en las instituciones de la Ué, participar en el Consejo Europeo, en el Coreper, en los comités y los grupos del Consejo; piden que el catalán sea lengua oficial en toda España y en Europa, que el catalán figure en sellos, monedas, déneis, pasaportes y etiquetado de productos; piden un Consejo de Culturas en lugar de un Ministerio de Cultura; piden las selecciones deportivas catalanas, pero sin abandonar la Liga de Fútbol española; piden que se reconozca que Cataluña es una nación y piden un Tribunal Superior de Justicia para Cataluña independiente del Supremo, que la Generalitat sea considerada Estado e intervenga en la designación de los miembros del Tribual Constitucional, el Consejo del Poder Judicial, el Tribunal de Cuentas, el Consejo Económico y Social, igual que en el Banco de España, la Comisión Nacional del Mercado de Valores, la Comisión del Sistema Eléctrico Nacional, la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones, la Agencia de Protección de Datos, el Consejo de RTVE, ectétera, etcétera. Piden participar en todas las decisiones que tome el Estado y en todos los organismos del Estado, pero a su vez piden que el Estado no intervenga en nada de lo que ellos tienen transferido. Es decir, piden ser un Estado dentro del Estado, pero con más poderes que el propio Estado. Por pedir que no quede, desde luego, pero me da la sensación de que aquí ya hemos dado mucho. Demasiado. Quizás más de lo necesario. Y contra el vicio de pedir ya se sabe.

El PNV elige entre galgos y podencos
EDITORIAL Libertad Digital 20 Diciembre 2003

Vista la forma de algunos medios de comunicación de describir como contrapuestos los perfiles de los dos candidatos que competían a la presidencia del PNV, parece inagotable la candidez y el beneficio de la duda que todavía conservan y otorgan a ese partido algunos medios de comunicación cada vez que renueva cargos, ya sea al frente del Gobierno vasco o, como ahora, al frente del partido tras la “marcha” de Xavier Arzalluz. El mismo perfil “moderado, dialogante y dispuesto a establecer puentes con los constitucionalistas” con el que algunos han descrito al vencedor —por un solo voto— , Josu Jon Imaz, se decía de Ibarretxe cuando se hizo cargo de la presidencia del Gobierno vasco, y ahora su nombre lleva el plan de secesión y exclusión de los nacionalistas que más ha aproximado al PNV a sus objetivos fundacionales. Eso, por no recordar lo que se decía de Juan María Atutxa, que ha terminado imputado por un delito de desobediencia al negarse a disolver y dejar de financiar a los representantes políticos de ETA.

No negaremos que, a diferencia de Imaz, Egibar llevaba hasta en el rostro su complicidad con Otegí y que transmite la misma crispación de su protector Arzalluz y de los representantes de Batasuna. Sin embargo, el innegable aspecto amable y cordial de Josu Jon Imaz no debería hacernos olvidar que este dirigente —portavoz del Gobierno vasco— ha respaldado en todo la deriva ilegal en el que su partido se ha metido con tal de hacer realidad sus delirios fundacionales. Que el rostro no siempre es el espejo del alma lo pudimos volver a comprobar, salvando las distancias, al ver el de ese ángel —que resultó exterminador— de la etarra Iratxu Gallastegui Sodupe. La disposición de Imaz “a charlar amigablemente o de tomarse un café” con sus adversarios constitucionalistas tampoco debería hacernos olvidar que él quiere —como Egibar— que se financie a quien convertiría a tiros ese diálogo en un monólogo. Y ya está bien de frivolidades y de que, con la excusa del suaviter in modo, dejemos que se nos cuele un fortiter in re que tiene por objetivo la demolición de nuestro Estado de Derecho y de nuestra soberanía nacional.

La “marcha” de Xavier Arzalluz, por otra parte, está por ver en qué queda. Tampoco formalmente presidía el Gobierno vasco y, en realidad, no ha hecho otra cosa a través de su marioneta, Juan José Ibarretxe, quien a su vez ha respaldado la candidatura de Imaz. Arzalluz bien puede terminar de dirigir en la sombra el Euskadi Buru Batzar como ha hecho con el Gobierno vasco.

Por otra parte, aunque Imaz no fuera tan extremista como Egibar —como algunos no se cansan de contarnos— no hay que olvidar los riesgos que en el PNV asume quien no tiene fuera de la política otra fuente de vida a la hora de convertirse en lo que despectivamente llamaba Arzalluz un “michelin”. El PNV no los tiene y no les saldrá hasta que no pierdan poder y empiecen, de una vez, a soportar los costes de su delirio.

En todo caso —y si ya es patético que quedara alguna duda—, las declaraciones que Imaz ha hecho nada más ser nombrado nuevo presidente del PNV, ha sido honrar a Arzalluz y decir que su nombre quedará “escrito en letras de oro” en la historia de su partido y del nacionalismo vasco. Eso, y decir que su objetivo es trabajar para liderar el plan Ibarretxe. Le ha faltado ir de entrega floral a alguna estatua del fundador del partido. Mientras tanto, quedarán constitucionalistas preguntándose si Imaz es galgo o podenco...

Aznar en Cádiz
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 20 Diciembre 2003

Pocas veces lo simbólico y lo real han coincidido en la vida política española de forma más intensa, emotiva y significativa que en el homenaje tributado por el Presidente del Gobierno José María Aznar a la vigente Constitución Española en el solar primigenio de nuestras libertades, en la cuna de la nación española como sujeto político, el Oratorio de San Felipe Neri en Cádiz. A imagen y semejanza de la España cercada por Napoleón, que supo batirse a muerte mientras defendía la razón última de nuestra patria, que es la libertad de sus ciudadanos como acreedores a la inmensa heredad moral, cultural y política de España, hoy nuestra nación está cercada por napoleoncitos disfrazados de bolívares, por burócratas de medio pelo que quieren convertirse en caudillos de nómina, por enemigos de la libertad en España y de España como patria de nuestra libertad, que es lo que simboliza Cádiz.

Y pocas veces también un Presidente del Gobierno que se va del Poder voluntariamente, dejando para sus sucesores el legado de la más extraordinaria gestión económica desde 1812, que ha mejorado de forma casi milagrosa, sin precedentes en España ni paralelo en la Europa actual, las condiciones materiales de vida de sus compatriotas, se ha mostrado tan herido, tan preocupado, tan angustiado por la suerte de nuestra nación. Pocas veces, quizás nunca, ha planteado un líder político español de forma tan nítida la disyuntiva que en los años inmediatos debe afrontar nuestro país: la conservación de su unidad y la garantía de su libertad que hoy simboliza el régimen político constitucional o bien la disolución vagamente pactada y abocada a la balcanización sangrienta que propugnan los separatistas y respalda una izquierda infame, que, incapaz de ganar las elecciones, vuelve a tratar de destruir las instituciones. Como en 1917, 1934 y 1936.

Aznar tiene razón: de lo que se trata por parte de Ibarreche, Maragall, Zapatero y Llamazares es de cambiar el régimen, de dinamitar las instituciones representativas y el orden legal cuya legitimidad última radica en la nación española, en la voluntad de todo el pueblo español, en su conjunto, en su dimensión colectiva y unitaria pero también en lo que tiene de albergue de cuarenta y dos millones de individuos, libres como españoles y españoles como libres. Aznar ha sido claro en Cádiz, como merecían el lugar y la situación, el pasado glorioso, el presente tremante y el futuro angustioso. Es bueno saber que Aznar se va dejando patente su preocupación de español, porque a todos los españoles de valía tendrá que apelar la nación en los borrascosos tiempos que se avecinan. Y es bueno saber que con el ciudadano Aznar seguirá contando España.

Críticas y piropos a la Constitución
Cartas al Director ABC 20 Diciembre 2003

Con motivo de su 25 aniversario, nuestra Constitución ha recibido muchos piropos y críticas. Unos manifiestan que «todo intento de quebrantar la unidad de un país es incompatible con los principios de la Carta de las Naciones Unidas». Otros no se conforman con cambiar los Estatutos de su Autonomía (Elorza, Maragall), sino la Carta Magna, y se enmascaran en su ideología, que no es sino una batalla miserable por el poder. El presidente del Gobierno, José María Aznar, dice que acepta la reforma de la Constitución «pero sin que afecte a la unidad de España».

Creo que lo que hay que hacer -pero ya- es desenfundar el artículo 155, pues, como dice Jaime Campmany en ABC, «a veces me levanto y no sé si estamos en la Unión Europea o tenemos que empezar la Reconquista». La mayoría dice que la reforma de la Constitución no responde a ninguna demanda social, sino a los intereses partidistas. Últimamente se palpa en el ambiente que los partidos nacionalistas -si así se les puede llamar-, si quieren seguir siéndolo, no pueden pactar con partidos independentistas. Pues, ¿cómo se puede compartir gobierno con un partido que expresamente ha apoyado el Plan Ibarretxe y ha anunciado la independencia de Cataluña? Simplemente, porque la apisonadora nacionalista es sectaria, laicista e insolidaria.

Todos estos hechos están demostrando que los políticos sólo buscan el poder, que está por encima de la democracia y las libertades y, cuando no lo poseen, reclaman debates y negociaciones.

He creído que la política es una cuestión de principios y convicciones alejados de veleidad personalista, pero me he dado cuenta de que es verdad aquello que dice «bajo los adoquines políticos está la playa del amor al prójimo».   A. Ramírez Diaz.   La Granja de Torrehermosa (Badajoz).

DURA OFENSIVA DEL GOBIERNO CONTRA MARAGALL
Zaplana carga contra el tripartito catalán y dice que el pacto de gobierno ''conduce a la liquidación'' de las instituciones
Emplaza a Zapatero a aclarar si respalda todos los puntos del acuerdo y a decir si piensa ''hacerlo extensible y obligatorio'' a toda España
El PSOE utiliza el 'hablando se entiende la gente' del Rey a Benach para replicar a Zaplana
Las Claves: Zaplana arremete contra la propuesta de reformar la ley electoral catalana pero dice desconocer el proyecto de reforma propuesto Esperanza Aguirre en Madrid
El portavoz critica la propuesta de una agencia tributaria catalana y niega que él propusiera una para Valencia cuando presidía la comunidad
Los Datos: El portavoz del Gobierno dice que no valora la ideología del tripartito catalán si no el documento que han suscrito PSC, Esquerra Republicana e Iniciativa
Eduardo Zaplana asegura que ''no habrá problemas'' para que el presidente del Gobierno se entreviste con Pasqual Maragall en La Moncloa
Madrid Estrella Digital 20 Diciembre 2003

Por segunda semana consecutiva, el portavoz del Gobierno, Eduardo Zaplana, aprovechó la rueda de prensa que siguió al Consejo de Ministros para lanzar una durísima ofensiva contra el nuevo tripartito catalán y especialmente contra su presidente, Pasqual Maragall, y el líder del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero. Zaplana llegó a decir que el acuerdo de gobierno suscrito por el PSC, Esquerra e Iniciativa persigue ''un proceso de liquidación de la Administración central''. Por eso emplazó a Zapatero a aclarar si respalda o no todos los puntos del pacto y a decir si quiere ''hacerlo extensible y obligatorio'' a toda España.

Zaplana, que llevó el documento firmado por PSC, Esquerra e Iniciativa a su comparencia ante la prensa y dio lectura a varios de sus párrafos en distintos momentos de la misma, aseguró que el texto, analizado "con serenidad, desapasionamiento y rigurosidad", da pie a que surjan una serie de preguntas que, en su opinión, Rodríguez Zapatero está obligado a responder ante la sociedad.

"Ya sabemos que Esquerra Republicana de Cataluña defiende algunas cuestiones como la que acabo de expresar y otras. Eso no puede preocupar en exceso. El problema es que ese documento lo defienda el PSOE", concretó en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros.

En este sentido, instó al líder socialista a aclarar si considera "o no" necesario el Parlamento español; si piensa que se deben respetar las competencias básicas que la Constitución otorga a las Cortes Generales; si estima oportuno que exista un Tribunal Supremo con jurisdicción en toda España; si prefiere una ó 17 agencias tributarias y si considera legítimo que un gobierno autónomo pueda convocar un referendum aunque sea "ilegal".

Asimismo, el Gobierno considera necesario que el PSOE explique si está a favor de que se anteponga el autogobierno a las normas del Estado o de que Cataluña elabore un proyecto de ley electoral propio y se arrogue competencias que, hasta el momento, la LOREG atribuye a la Junta Electoral Central. "¿Qué quieren, un régimen electoral para Cataluña distinto al del resto de España?", añadió. En este contexto, el portavoz fue preguntado por si esa última reflexión era también aplicable al proyecto de reforma electoral que quiere impulsar en Madrid Esperanza Aguirre. Zaplana dijo desconocer la iniciativa.

El también ministro aprovechó la oportunidad para rechazar algunas de las críticas que recibió la pasada semana, tras su intervención en la habitual rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros. Insistió en que se limitó a valorar el documento firmado por el tripartito catalán, y no la línea ideológica del mismo o la legitimidad del Parlamento de Cataluña para elegir al presidente. Para el portavoz, algunos están intentando "diluir responsabilidades" y "quitar importancia al documento" e, incluso, hacer creer que "lo que ahí dice no se cumplirá". "Entonces, ¿para qué lo han escrito?", se preguntó.

"La valoración y la opinión del Gobierno, que formulé el pasado viernes a preguntas de ustedes, es sobre un documento que está escrito y del que hicimos unas consideraciones -señaló-. Sé que todas las interpretaciones que se hacen sobre esa cuestión no quieren entrar en lo que dice el documento, sino sobre estrategia, posibilidades... pero el documento dice lo que dice y sobre ese documento es sobre lo que hacemos valoraciones".

A continuación, dijo "suscribir hasta la última coma" todas las apreciaciones que realizó en torno al acuerdo de gobierno en Cataluña, e hizo hincapié en la "gran preocupación" e incluso "desolación" que causa al Gobierno que el PSOE, un partido de ámbito nacional, apoye ahora los planteamientos tradicionales de ERC.

"No se trata, y perdonen mi insistencia, en molestia por un gobierno de izquierdas. Eso es inconsistente absolutamente del todo. Es incoherente con la posición que ha mantenido el Gobierno. También está fuera de lugar decir que no le hemos dado el plazo al gobierno (catalán) para poder juzgarlo. Nadie ha juzgado le ha juzgado. Nos hemos pronunciado sobre un documento que, entre otras cosas, hace perder el sentido que tiene reconocido en la Constitución el Parlamento español", aseveró.

No a las agencias tributarias autonómicas
En la misma rueda de prensa, Zaplana negó las informaciones que se han publicado sobre su hipotética defensa de de las agencias tributarias con carácter autonómico cuando presidía la Comunidad Valenciana, y, para reforzar sus argumentos, leyó en el Consejo de Ministros los párrafos de un libro en los que hablaba de esta cuestión: "Caben varias posibilidades (..) una de ellas es la descentralización completa de la gestión tributaria que llevaría consigo la creación de una agencia tributaria en cada Comunidad", apuntó.

"Y en el párrafo siguiente, a una de estas posibilidades que caben, digo literalmente: sin embargo, no es es tal la mejor opción si se piensa en el interés de los ciudadanos y en la necesidad de simplificar y normalizar sus relaciones con las administraciones tributarias -continuó-. No parece lógico que el ciudadano tenga que ir de una administración a otra a satisfacer sus distintas obligaciones tributarias, ni sería eficiente un sistema integrado por 17 agencias tributarias distintas y 17 cuerpos de inspección, aún cuando pudiesen establecerse mecanismo de coordinación entre ellos".

Para Zaplana, la lectura de este texto sirve para demostrar que él nunca defendió, como ahora hace el tripartito catalán o Manuel Chaves en Andalucía, la creación de agencias tributarias regionales. "Yo comprendo que algunos quieren diluir y quitarle transcendencia a un documento que ha suscrito el PSC, no lo comparto, pero comprendo que es la intención de algunos", reiteró. "No tengo nada que rectificar ni que variar. Mi posición porque sigue siendo la misma".

Entrevista Aznar-Maragall
En cuanto al encuentro que ha solicitado el nuevo president de la Generalitat con el presidente del Gobierno, Zaplana recordó que ambos hablaron por teléfono tras el discurso de investidura de Maragall, y que quedaron en volver a conversar y fijar una reunión para lo que no habrá "problemas", aunque no especificó fechas.

Tras sacar a colación que Aznar aún no ha recibido oficialmente en La Moncloa a la nueva presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, pidió que esa posible cita con Maragall se enmarque dentro de la "normalidad" habitual en las relaciones institucionales.

Eso sí, Zaplana aprovechó la ocasión para subrayar que le resulta "un poco extraño" que el presidente de Cataluña se haya fijado como "prioridad" entrevistarse con el lehendakari Juan José Ibarretxe, y no con otros presidentes autonómicos como los de Andalucía, Castilla La Mancha o Extremadura. "Y cada uno que saque las conclusiones que considere más oportunas al respecto", espetó.

Por último, sobre el "hablando se entiende la gente" que el Rey dedicó al presidente del Parlamento catalán en su reciente encuentro, el portavoz gubernamental puntualizó que lo que está haciendo el monarca, al igual que todos los miembros de la Familia Real, es "defender la Constitución" que ha permitido a España "progresar" en los últimos 25 años.

La Historia
JOSEBA ARREGI El Correo  20 Diciembre 2003

Cualquiera pudiera pensar que la enormidad de la tensión acumulada en la política vasca durante los últimos años fuera testimonio directo de encontrarnos ante uno de esos momentos históricos que no tienen más remedio que parir algo extraordinario. Estamos ante las apuestas del siglo. Hemos iniciado varias veces en los últimos años una nueva historia. Estamos, al parecer, a punto de cortar definitivamente el nudo gordiano. Es como si, hablando en términos religiosos, todo el 'cronos', el tiempo sin significado especial, se nos hubiera convertido en 'kairos', en tiempo de gracia.

Pero pudiera ser, también, que la inmediatez del presente, la densidad del momento actual y la intensidad con la que nos toca vivirlo, a pesar de todas las referencias hueras al futuro y al pasado histórico, nos haga ciegos precisamente para la historia real y nos incapacite para percibir en ella lo que algunos denominan los procesos de largo aliento, en contraposición a la percepción de los supuestos cambios en el corto plazo que terminan destapándose como meramente superficiales.

Es probable que en esa diferencia en la percepción de lo histórico se manifieste una de nuestras carencias más acusadas: la falta de suficiente laicidad, la insuficiente secularización, una secularización que alcance a las categorías mentales, a las percepciones y a las expectativas. La laicidad y la secularización nos permitirían dejar de ver y vivir la historia en categorías religiosas, dejar de esperar vivir algún momento histórico como momento de gracia, y podrían capacitarnos para, a través del análisis, ver los procesos históricos de larga duración, y salir así de la seducción peligrosa tanto de las construcciones subjetivas imaginativas como de la creencia en cambios parteros, a la postre, de insignificancias.

Muchas veces me he preguntado a qué se debe, y cuándo y cómo se podrá enjugar, la enorme distancia que existe entre el conocimiento científico, contrastado, elaborado y poco a poco sistematizado de nuestra historia, de la historia vasca, por un lado, y el imaginario de por lo menos parte de la sociedad vasca, construido con elementos que no se sustentan en la historia real, por otra. Es cierto que, probablemente, en todas las sociedades se da un cierto distanciamiento entre el imaginario popular y la realidad de la historia científica. Pero llama la atención que esa distancia sea radical cuando un determinado imaginario, cual es el de parte de la sociedad vasca, pretende precisamente vivir de fundamentarse en y legitimarse por la historia.

Gracias a la labor, que espero que en algún día no muy lejano obtenga el reconocimiento social que merece, de un grupo bastante numeroso de historiadores vascos que han renovado radicalmente y con métodos científicos la historia vasca -sin negar para nada la existencia de precursores- estamos en condiciones de tener una idea bastante cabal de la historia vasca, alejada de las distorsiones producidas por necesidades de justificación y legitimación políticas. Estamos en condiciones de valorar en su justa medida el nivel de romanización habido en lo que hoy es Euskadi. Estamos en condiciones de valorar lo que supuso el surgimiento del Reino de Navarra, cómo éste encajaba perfectamente en los parámetros típicos del mundo medieval, no pudiendo encontrar en su historia significado alguno que no sea el que lo tuviera en el contexto de la cultura política medieval.

Estamos en condiciones de saber cómo se fueron desarrollando las villas vascas a partir de la concesión de la carta puebla por parte de los reyes castellanos, respondiendo así al interés de los municipos y, al mismo tiempo, al interés de dichos reyes: poner coto y luchar contra la pretensión de poder de los parientes mayores. Estamos en condiciones de saber que el inicio de la institución de Juntas Generales hay que verla en conexión con ese desarrollo de villas francas, apoyadas por los reyes castellanos y en lucha con los parientes mayores.

Podemos valorar el significado de los fueros como un elemento típico de la cultura política propia del medioevo en toda Europa, un significado en el que la diferencia privativa y la obligación no pueden separarse, en el que la jurisdicción propia sólo puede entenderse vinculada a la lealtad hacia quien garantiza la diferencia privativa. Podemos estudiar la evolución de la ideología foral en la que se van combinando los intereses y las peleas entre las villas y los parientes mayores.

Podemos constatar que en toda esa historia de desarrollo foral existe una lucha interna, soterrada a veces, manifiesta otras, entre intereses contrapuestos, como queda recogida en estas palabras del liberal Víctor Luis de Gaminde, de 1837: «Si la Villa de Bilbao es digna de recompensas, ellas las ha ganado luchando contra vizcaínos».

Podremos constatar el significado de la crisis foral que responde a la evolución de la estructura económica interna, los cambios en la producción de las ferrerías y en la agricultura, pero también por la situacion de los mercados externos, condicionados por la pérdida de las colonias españolas de América. Podremos estudiar las propuestas de los ilustrados vascos en esa crisis foral, las propuestas del conde de Peñaflorida, de los Arriquibar, Aguirre, Foronda y otros, y su fracaso en el intento de modernización de los fueros, y la situación a la que condujo todo ello en vísperas de la Primera Guerra Carlista.

Podremos seguir el proceso de industrialización, desarrollo económico y modernización de las provincias vascas, el surgimiento de las estructuras financieras, empresas comerciales, nuevas industrias.

No podremos pasar por alto el desarrollo de las redes familiares, un entramado social de importancia en el antiguo régimen, cómo a través de esas redes familiares vascos de Navarra y del resto de provincias vascas se van asentando en la corte, ocupando altos cargos administrativos, militares y eclesiásticos en la Península y en ultramar, hasta el punto de que se pueda hablar de «la hora navarra del dieciocho» (Julio Caro Baroja), de que la moderna monarquía española es, en buena medida, fruto de la dedicación de los vascos en la corte.

Podremos encontrarnos con análisis extraordinarios del desarrollo demográfico en lo que hoy llamamos Euskadi, de la evolución de las familias, de la diversidad de formas de familia en un territorio más bien pequeño, pues la familia vasca no ha sido sólo troncal, ni mucho menos. Nos encontraremos con análisis detallados de cómo se han ido creando, importando y adaptando ideologías sobre la preponderancia de un tipo de familia -la troncal- sobre otras-, y los intereses a los que responde esa importación ideológica, pudiendo contrastar con lo que dice la realidad de los censos y padrones de las poblaciones vascas desde mediados del siglo XIX.

Y también podremos constatar que desde finales del siglo XIX el horizonte político vasco es un horizonte polimorfo que conjuga tres elementos diferenciados, el mundo del socialismo, el mundo nacionalista y el mundo de la derecha monárquica. Se nos presentará la evolución del nacionalismo, sus luchas internas, su tendencia al inmovilismo doctrinario, los llamados dos errores de Estella -apostar por el Estatuto en 1931 de la mano del carlismo antisistema, apostar por la definición de Euskadi desde la hegemonía nacionalista, excluyendo al no nacionalismo, también de la mano del movimiento antisistema Batasuna en el acuerdo de Estella/Lizarra-.

Y de una lectura de esta historia vasca podrá quedarnos la idea de una sociedad viva, compleja desde siempre, muchas veces en pelea consigo misma, nunca definitivamente estructurada, participando siempre en ámbitos más amplios. Y nos preguntaremos cómo se mantiene entre muchos ciudadanos un imaginario popular radicalmente opuesto a la realidad histórica. Y quizá nos planteemos como hipótesis la explicación de que a la ambigüedad de la historia vasca, a su carácter de mezcla entre defensa de la diferencia y participación en empeños más amplios, a su permanente división se le quiere sustituir una división mucho menos productiva y creativa: la división, bastante esquizofrénica, de vivir la participación cultural en el consumo de bienes y basuras culturales, la participación económica, la participación en casi todas las esferas de vida en ámbitos mucho más amplios que la pequeña Euskadi, pero reservar la diferencia para el nivel político, regido por un imaginario insostenible a largo plazo, y celebrado una y otra vez de manera ritual, aunque sin consecuencias en el conjunto de la vida.

Y, si alguien es nacionalista, quizá comience a temblar y a dar la batalla por perdida...

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