AGLI

Recortes de Prensa     Domingo 21 Diciembre  2003
El TSJPV afirma que el español debe ser la lengua para relacionarse con el Estado
Ep - Bilbao.- La Razón 21 Diciembre 2003

La amable babel
Amando de Miguel La Razón 21 Diciembre 2003

Arzalluz, un personaje nefasto
CARLOS MARTÍNEZ GORRIARÁN ABC 21 Diciembre 2003

Los poderes de Carod Rovira
Editorial La Razón 21 Diciembre 2003

MARAGALL Y LOS EQUILIBRIOS
Editorial ABC 21 Diciembre 2003

«TODOS A LA CÁRCEL»
Jaime CAMPMANY ABC 21 Diciembre 2003

Errónea política
Miguel Martín La Razón 21 Diciembre 2003

Separatismo
Cartas al Director ABC 21 Diciembre 2003

Los nacionalismos asimétricos
PEDRO ARIAS VEIRA La Voz 21 Diciembre 2003

Los inclasificables
FCO. JAVIER ZARZALEJOS NIETO
El Correo  21 Diciembre 2003

El barómetro de Atutxa
FERNANDO MAURA El Correo  21 Diciembre 2003

Imaz de lo mismo
MANUEL ALCÁNTARA El Correo 21 Diciembre 2003

Sueldos de políticos
Cartas al Director El Correo 21 Diciembre 2003

Barreda dice que Imaz y Egibar «representan la misma radicalidad»
A. LORENTE BILBAO El Correo 21 Diciembre 2003

PP y PSE, satisfechos por el rechazo de los vascos a la violencia y al Plan Ibarreche
Redacción - Bilbao.- La Razón 21 Diciembre 2003
 

El TSJPV afirma que el español debe ser la lengua para relacionarse con el Estado
Ep - Bilbao.- La Razón 21 Diciembre 2003

La Sala de lo Contencioso-administrativo del Tribunal Superior de Justicia del País Vasco (TSJPV) ha anulado un acuerdo del Ayuntamiento guipuzcoano de Usurbil por el que devolvió a la Jefatura Provincial de Tráfico de Teruel un edicto por no estar escrito en euskera.

A su juicio, la Corporación denegó «conscientemente» auxilio administrativo a otra institución estatal al rechazar el documento de Teruel y afirma que el castellano debe ser la lengua en la que se relacionen las instituciones vascas con las del Estado, más allá de la cooficialidad que exista en el País Vasco.

En la sentencia, el alto Tribunal estima el recurso interpuesto por el abogado del Estado, que afirmó que, «la actuación municipal transgredió el principio de lealtad institucional» y señaló que en base «a la luz de la normativa aplicable, todos tienen el deber de conocer».

En su demanda, alegaba que la actuación del Consistorio de Usurbil desconocía el régimen jurídico de cooficialidad e infringía la Ley, «que obliga a asumir el bilingüismo a los poderes públicos del País Vasco».

La amable babel
Amando de Miguel La Razón 21 Diciembre 2003

Me parece muy interesante el intento de proclamar el idioma catalán como cooficial en toda España. Es necesario que los escritores y profesores aportemos ideas para llevar a cabo tal iniciativa de progreso. No basta con una declaración formal de cooficialidad. La idea tiene que implementarse ¬como se dice ahora¬ con medidas eficaces. Por ejemplo, es esencial el cambio de todas las señales toponímicas de la España plural y asimétrica, no sólo la parte de la Corona de Aragón. Saragossa se escribe así ya por los catalanes, pero La Coruña tendría que ser (aparte de A Coruña) La Corunya. Así, topónimo tras topónimo sin dejar uno. Más ejemplos, Hinojosa del Duque pasaría a llamarse alternativamente Fonolleda del Duc. Sin ir más lejos, mi pueblo de nacimiento, Pereruela de Sayago, sería también Perereta de Sant Jaume.

Lo que digo sobre los topónimos sería un indudable progreso. Recuérdese que ahora, en castellano, nos vemos obligados a decir Lleida o Girona. Pues bien, con la reforma propuesta, los letreros dirían Lleida-Lérida y Girona-Gerona. De esa forma, los castellanoparlantes podríamos pronunciar mejor la versión castellanizada. Es la misma lógica con la que los catalanes escriben ahora Saragossa. Bastaría con que añadieran Zaragoza. En las escuelas de toda España los alumnos podrían elegir alternativamente la Historia de España o la de Catalunya. Previamente darían tantas horas de catalán como de castellano.

Al generalizarse la enseñanza del catalán en toda España se acabaría con una discriminación actual que resulta insoportable para una sensibilidad socialista y no digamos si es también republicana. Me refiero a que los hijos de la burguesía catalana aprenden hoy perfectamente el catalán, el inglés y el castellano. En cambio, los hijos de los menestrales catalanes sólo aprenden catalán. Esa discriminación se debe a la hegemonía nacionalista durante 23 años. Ahora, con un Gobierno catalán de izquierdas, de iniciativa y de progreso, las cosas van a cambiar.

Reconozco que el panorama descrito se va a complicar un poco. En cuanto hayamos conseguido la cooficialidad del catalán en toda España (con sus variantes valenciana y balear), habrá que hacer lo mismo con el gallego y el vasco. De otra forma, los vascos (y las vascas) protestarán y los gallegos se quejarán. Al nombre de mi pueblo se le añadiría la traducción vasca: Sayagoeko Txikimudari. En gallego es más fácil: Pereiriña de Santiago.
Lo malo es que si los españoles tienen que dominar los tres idiomas (con sus correspondientes variantes, dialectos y modalidades), va a quedar poco tiempo para el inglés. Pero no se olvide la última pretensión, que por lo menos el catalán sea cooficial en toda Europa. Bueno, no hará falta traducir los topónimos polacos a la lengua de Maragall (el nieto). De momento no pedimos tanto. Ya llegará.

Arzalluz, un personaje nefasto
CARLOS MARTÍNEZ GORRIARÁN ABC 21 Diciembre 2003

Todavía hay muchos que se preguntan por las razones del cambio radical de un sujeto que en 1978 despreciaba la autodeterminación como una «virguería marxista» pero que, veinticinco años después, anunciaba el arranque de una marcha hacia la independencia vasca.

A día de hoy, nadie medianamente informado puede aceptar la teoría de que los grandes cambios históricos responden al sentido de fuerzas ciegas e impersonales. Al contrario, hoy sabemos que, sobre todo en política, lo que no es azar -que es mucho- es más bien obra de personajes con nombres y apellidos, muy influyentes en un momento crítico. Es el caso de Xabier Arzalluz y de su trayectoria en el nacionalismo vasco. Todavía hay muchos que se preguntan por las razones del cambio radical de un sujeto que en 1978 despreciaba la autodeterminación como una «virguería marxista» pero que, veinticinco años después, anunciaba el arranque de una marcha hacia la independencia vasca que también descalificó años atrás como una condena a sobrevivir «plantando berzas». ¿Quién es el auténtico Arzalluz, el de 1978 o el de 2003? ¿El que despreciaba la independencia, o el que veinte años después la exigía como un derecho natural ineluctable?

Los dos son verdaderos, extremos de un mismo continuo, y la distancia que media entre ambos no es sino la huella o registro fósil dejado sobre la superficie de los acontecimientos por un individuo sin principios pero rebosante de ambición, un tipo que resume como pocos la esencia histórica y sociológica del nacionalismo vasco. Arzalluz, que usa la guerra civil como legitimación retroactiva de cualquier exceso actual, no puede presumir de un pasado antifranquista. Nació en una familia franquista, requetés del valle guipuzcoano del Urola, cuyo centro neurálgico es el santuario de San Ignacio de Loyola. Jesuita él mismo, pasó lo peor del franquismo desarrollando su carrera eclesial en España y Alemania. Tras exclaustrarse, se dedicó a la venta de enciclopedias a domicilio. Era un don nadie para una opinión pública que identificaba al PNV con Ajuariaguerra e Irujo, dos veteranos antifranquistas bastante más moderados que su inopinado sucesor, como el tiempo ha dejado claro.

Arzalluz tiene fama de vago, de gandul dispuesto a cualquier sacrificio que no le cueste trabajo. Creció a la sombra de los históricos y de Garaikoetxea hasta que forzó la ruptura con éste, demostrando que el partido vasco por antonomasia, el PNV, extendía sus raíces más allá de eflorescencias tan efímeras como la de ese lehendakari navarro. Queda para la historia averiguar quien forzó la escisión del partido de Sabino Arana, por otra parte muy proclive a los cismas. Con la ayuda socialista, Arzalluz consiguió que un PNV disminuido y en crisis retuviera sin embargo su papel ficticio de partido-guía de la sociedad vasca. Su legendaria vagancia le condujo a improvisar en el famoso mitin del teatro Arriaga aquello de que Euskadi era la patria de cualquier vasco, fuera hijo o no del imprescindible Sabino Arana. Despertó esperanzas imposibles que han costado muy caras. Sólo se trataba de seguir tejiendo esa red de rendiciones, corrupciones y clientelas que los nacionalistas denominan «Pueblo Vasco». Eso es todo.

Brutalidad verbal
El Arzalluz más auténtico salió a relucir entre los asesinatos de Gregorio Ordóñez (1995), Miguel Ángel Blanco (1997) y Fernando Buesa (2000). Su brutalidad verbal contra las víctimas y su jesuítica exculpación de los asesinos fue dejando clara su falta de escrúpulos y su admisión de una sociedad de intereses comunes con los terroristas, así como su disposición a convertirse voluntariamente en el personaje más odiado por los españoles y los vascos no nacionalistas, siempre que ello le convirtiera en líder indiscutible de unos nacionalistas felices en el papel de víctimas opulentas.

Arzalluz revivió el alma xenófoba y paranoica del PNV aranista, cultivando el odio en sus previsibles homilías de domingo en cualquier pueblo de Euskadi. Ha desempeñado ese papel con parsimonia, perseverancia, cálculo, decisión y voluntad. Sabía muy bien lo que hacía al erigirse en Moisés del Pueblo Vasco Elegido, aunque a veces el guión exija payasadas como la de cantar el «Eusko Gudariak» en la Audiencia de Bilbao, paraguas en ristre y protegido por la policía autónoma. Despertaba tempestades para que la paz fuera imposible y entonces cupiera ofrecer alternativas delirantes como el Plan Ibarretxe, único remedio ofrecido al desastre provocado por uno mismo. Eso es lo que Arzalluz ha aportado a nuestra historia: mentiras, ofensas gratuitas, crueldad verbal, insultos premeditados, soluciones viciadas de antemano. Un rastro desolado, obra de un hombre nefasto.

Los poderes de Carod Rovira
Editorial La Razón 21 Diciembre 2003

La composición del nuevo Gobierno autonómico de Cataluña, donde un partido bisagra como el de Carod-Rovira ha logrado la jefatura del Gobierno y cinco de las 16 carteras del Ejecutivo, muestra a las claras el poder logrado por los independentistas de ERC en un Gobierno presidido desde ayer por Pascual Maragall. Con el 16 por ciento de los votos emitidos, los de Carod se han quedado con cerca del 50 por ciento del Ejecutivo, dada la relevancia de las carteras conseguidas y la importancia de la «consellería en cap», una realidad que debería hacer meditar al partido de Rodríguez Zapatero sobre la conveniencia del pacto «a la balear».

La izquierda, que ya gobernaba en Barcelona, en la Diputación y hasta en el Ateneo, se ha hecho con todo el poder y, así las cosas, sería bueno que Maragall demostrase que además de saber pagar, en cargos públicos, por el sillón de la Generalitat, es capaz de gobernar para todos los catalanes. Lo que hoy necesita Cataluña es un mínimo de estabilidad que le permita no perder el tren del progreso. Maragall ni puede ni debe llevar a Cataluña a la vía muerta del soberanismo, ni hipotecar el futuro de su economía en función de una estrategia socialista contra el PP, en el que andaluces y catalanes serían empleados como arma arrojadiza en la campaña electoral. Ni fueron elegidos para ello, ni los catalanes merecen un Gobierno sectario y empeñado en buscar independencia donde la gente, como ocurre en el País Vaco, rechaza este tipo de aventuras y prefiere vivir en paz.

MARAGALL Y LOS EQUILIBRIOS
Editorial ABC 21 Diciembre 2003

TENSAR la cuerda, pero sin romperla. La imagen elegida por Maragall en su toma de posesión refleja con nitidez la posición inestable del equilibrista. Por una parte, palabras medidas y buen sentido institucional; por otra, compromiso a fondo con los radicales, plasmado en el programa de investidura. ¿Se puede vivir todo el tiempo al borde del precipicio? Rodríguez Zapatero, actor de segundo rango en la escena del balcón, intentará que se guarden las formas al menos hasta marzo. Después, ya se verá, aunque las circunstancias no invitan al optimismo porque el nuevo presidente de la Generalitat apuesta con firmeza por la reforma de la Constitución y el Estatuto. No en vano, él mismo calificó en su día a la Carta Magna como una gran «disposición transitoria».

Por lo demás, no sobran buenas intenciones en la apelación al diálogo que busca amparo en una supuesta expresión coloquial del Rey en la audiencia con el presidente del Parlamento catalán. El diálogo es elemento nuclear en el ejercicio de la política democrática y no prejuzga, ciertamente, ningún resultado. También es básica la lealtad a los principios y valores que inspiran el texto constitucional que permite al líder del PSC convertirse en presidente autonómico. Cataluña disfruta como las demás Comunidades Autónomas de las ventajas que otorga la fortaleza política, social y económica de la España contemporánea. El compromiso con el proyecto común debe ganar la partida al victimismo sin sentido y al egoísmo insolidario. Ojalá lo entienda así Maragall y, sobre todo, ojalá sea capaz de hacerlo entender a sus socios (minoritarios, aunque a veces no lo parezca) en el Gobierno de Cataluña.

«TODOS A LA CÁRCEL»
Por Jaime CAMPMANY ABC 21 Diciembre 2003

ME produce cierta ternura ver a los cuatro gatos («quatre gats» para ir acostumbrándome al «vaso de agua clara») que Izquierda Unida pone en el Congreso muy seriecitos y callados detrás de su pancarta del día. Yo creo que tampoco se van a salir con la suya en eso del «Todos a la cárcel». Ya verán ustedes como al menos los Albertos se libran de ir al trullo. De eso se encargará el Tribunal Constitucional. Admito apuestas. Nuestros comunistas son unos comunistas de pancarta. Siempre van o están, marchan o se sientan, detrás de una pancarta. Y es lo que dice mi suegra, que está más carca cada año que pasa: Lo peor sería que fuesen comunistas de checa o de «paseo», como sus antecesores. La pancarta molesta, pero no mata.

Los comunistas de Cataluña, o sea, los de «Iniciativa» todavía no se han exhibido con la pancarta. Pero Maragall ha empezado por darles las consejerías que pedían. Maragall es hombre complaciente con sus aliados, que para eso le han reservado a él la presidencia de la Generalitat. Ha entrado en el poder repartiendo favores. Es como la Dolores de la jota, pero los favores que hace son de otra especie, son favores políticos. Cuando termine de hacer los favores en su Catalunya lliure, viajará al País Vasco para charlar con Juan José Ibarreche y hacerle algún favor, se supone. «Hablando se entiende la gente», que es la frase de moda desde que se la dijo el Rey a Benach, el republicano que preside el Parlament. Y es lo que también dice mi suegra, muy parlanchina en estas fiestas navideñas: «No, si que hablen Maragall e Ibarreche, está bien; lo peor es que se entiendan».

Carod-Rovira, por ejemplo, es un gran defensor del diálogo. Dijo algo la otra noche, en charla televisada con Pedro Ruiz, con lo que uno está perfecta y entusiastamente de acuerdo. Vino a decir el republicano que con palabras y argumentos todo es defendible, y que lo único condenable es la violencia. Claro que sí. Pero mi suegra, que hoy está insufrible, opone el reparo de que es frecuente que la violencia la desencadenan las palabras, y muchas veces los actos violentos nacen de una arenga o de un discurso revolucionario. «No voy a poner ejemplos cercanos -dice-. Basta recordar los discursos de la Convención francesa en los días de la Revolución y después irse a divertirse con la guillotina como hacían las «tricoteuses». Lo de las «tricoteuses» lo ha leído en la historia de María Antonieta, de Stefan Zweig, que le gusta mucho.

También dijo Rovira que sería hermoso y conveniente que los españoles aprendieran en la escuela desde pequeños dos idiomas, por ejemplo, el castellano y el catalán, o el castellano y el gallego, o el castellano y el euskera. O sea, la unidad de la España diversa a través de los idiomas españoles. En mi juicio no entra ninguna predilección teórica ni práctica por formas de gobierno, pero a mí este Rovira me parece mucho más moderado, realista y simpático que Artur Mas, que a veces se muestra soberbio y prepotente y que no puede con la sombra de Jordi Pujol que le pesa sobre los hombros como si llevara a cuestas las cumbres de Monserrat.

Errónea política
Miguel Martín La Razón 21 Diciembre 2003

Parece que la integridad de España se garantiza mejor concediendo la creación de la Agencia Tributaria a cada autonomía que alegando los derechos históricos que la conforman. Naturalmente, serían las propias comunidades las beneficiarias de cuanto se recaudara, no el Estado.

Es decir: aquellas autonomías que rozan la autoinsuficiencia tendrían que resignarse a vivir con estrecheces o someterse a la anexión de las más prósperas, tal como propuso Maragall respecto a Aragón y no sé cuántas regiones más.

Y es que nuestros socialistas son muy peculiares, porque también el presidente andaluz, Chaves, desea tener Agencia Tributaria propia. De modo que si ganara las próximas elecciones el secretario nacional de su partido no sé de dónde sacaría para cumplir las promesas económicas que hace indiscriminadamente a todos los ciudadanos españoles.

O sea, que lo que puede hacer el actual Gobierno con el 67 por ciento del IRPF que recibe actualmente el Estado lo podría hacer él cuando las autonomías recibieran el 100 por cien en lugar del 33 por ciento que perciben ahora. Como el milagro de los panes y los peces, pero en plan electoral.

Ese desmedido afán político-autonómico de recaudar dinero a toda costa crea sentimientos de insolidaridad y desconfianza en la gente normal y produce situaciones equívocas hilarantes.

Una de ellas se produjo repetidamente anteayer en los quioscos de prensa: las personas que se acercaban a comprar los periódicos veían reproducida en sus portadas la fotografía del hemiciclo del Congreso en la que los diputados de Izquierda Unida muestran una espectacular pancarta en la que se lee: «Todos a la cárcel».

Los compradores, ávidos, interpretaban a primera vista que se refería a los propios diputados y proferían, regocijados, frases de asentimiento:
¬ Eso, que los metan a todos...
¬ Ya era hora...
¬ Pero que devuelvan lo que se han llevado...

Y es que en la política no pueden hacerse más gilipolleces de las debidas. Oponerse a algo tan serio como la reforma del Código Penal que obstaculiza la desintegración de España no puede hacerse con una flagrante estupidez, salvo que se pretenda instalar en la parte desintegrada una república bananera, como es el caso.

Por otra parte, el grito de «¿Manos arriba, esto es un atraco!» que corearon los diputados del PSOE en la misma sesión se interpretaba, en un principio, como el aval de las propuestas de agencias tributarias propias de las comunidades que gobiernan. Se diría que hacen política como el pobrecillo Sadam Husein...

Separatismo
Cartas al Director ABC 21 Diciembre 2003

La multitudinaria movilización ciudadana de San Sebastián constituye la contundente y firme respuesta de los españoles a los nacionalistas vascos que, ofuscados con su plan secesionista, se han apropiado, sin ningún derecho, de los sentimientos, la voz y los deseos de la mitad de la población vasca que no participa de un proyecto que desafía la unidad nacional y que vulnera la Constitución.

Todos los españoles debemos apoyar, con entusiasmo, iniciativas como ésta. Es una cuestión de solidaridad con tantas personas que lo están pasando mal.

En este sentido, es alentador comprobar cómo cada vez es mayor el número de españoles que ven la dureza de los nacionalismos, que se basan en escamotear nuestro proyecto común y en omitir lo que atesora España de espléndida realidad, y que sólo destacan, con cristal de aumento, si algo nos divide. Y es que el separatismo en España es un sentimiento trasnochado y caduco que no puede compartir ningún español con un poco de sentido común.    Emilio Montero Herrero.  
Segovia.

Los nacionalismos asimétricos
PEDRO ARIAS VEIRA La Voz 21 Diciembre 2003

PARA SABER lo que nos estamos jugando en España, es conveniente estudiar la Propuesta de Estatuto Político de la Comunidad de Euskadi , así como el Manifiesto para el Reequilibrio Fiscal de Catalunya . Su filosofía es muy sencilla, lo quieren todo sin obligarse a nada, el modelo perfecto del nacionalismo asimétrico. El Gobierno del PNV, EA e IU propone una doble nacionalidad, vascos frente al resto del mundo y españoles para mantener el mercado y la influencia en el resto de España. Tendrán su propia justicia, con una etérea relación doctrinal con el Supremo de España; y se declaran competentes para todas las materias económicas, incluido el sistema fiscal. Para el Gobierno vasco, España es tan sólo un caballo de Troya para lograr la incorporación a Europa como parte formal de España.

En Cataluña siguen la vía del independentismo económico fáctico, justificada por un supuesto victimismo fiscal. Dicen que están financiando el desarrollo de Madrid, insistiendo en que sus cuartos no llegan de verdad a otras áreas necesitadas de España. Esta distorsión se encubre por una supuesta razón solidaria interna: el dinero malgastado en el Estado español es necesario para atender a los catalanes menos favorecidos. El Gobierno catalán tampoco quiere la separación formal de España, les basta la real. Lo que quedará de España sigue siendo un mercado importante y una tierra de suministro de inmigrantes cuyos gastos de crianza se realizan en origen y cuya fuerza de trabajo se utilizará en destino.

A medio plazo, los nacionalismos asimétricos nos regalarán otras perlas. Si no, al tiempo. El nacionalismo no es buena ideología para el desarrollo, ahora mismo es la razón de su menor crecimiento comparativo. Y cuando se acentúen sus fallos comenzarán las prácticas contrarias a la competencia, los intentos de hacer de sus territorios equivalentes de zonas francas, polos de ventajas asimétricas.

Lo lamentable es que la izquierda apoye la carrera de subastas hacia el abismo. La del BNG no es sorprendente, lleva mucho tiempo en la ceguera, aliándose como secundón compañero de los nacionalismos ricos, inconsciente de que Galicia es una de las asistidas por la solidaridad constitucional. Pero la izquierda nació de la unión internacional de los parias de la tierra y el nacionalismo siempre fue un residuo de la historia. Ahora IU está en el Gobierno vasco apoyando la secesión Ibarretxe, y el PSOE se apresta a lo propio con Rovira en Cataluña. Es sorprendente que hayan dejado solo al PP en una reivindicación que está en sus señas de identidad.

Al constitucionalismo no le queda el ejército, como amenaza Fraga, sino el caudal de votantes, también vascos y catalanes, que decidan apoyar a Rajoy. Las próximas generales medirán el contrapeso unitario del nacionalismo asimétrico. Y las nuevas torpezas de los barones socialistas, de Andalucía, Extremadura y Castilla-La Mancha, no hacen más que polarizar el voto útil hacia su adversario principal.

Los inclasificables
FCO. JAVIER ZARZALEJOS NIETO/SECRETARIO GRAL. DE LA PRESIDENCIA DEL GOBIERNO
El Correo  21 Diciembre 2003

Con esa retórica fundacional, tan querida al nacionalismo, Pascual Maragall anunciaba en su discurso de investidura «un cambio histórico, un camino sin retorno para Cataluña». Pero anunciaba más. Anunciaba que los socialistas vuelven por donde solían. Recuperan su estéril vocación de 'moderar al nacionalismo' para legitimar su propia debilidad y dar una salida a su sectarismo anti-PP que esperan resulte electoralmente útil.

Los efectos moderadores del acuerdo catalán deben de estar por llegar. Lo que ya se ha formalizado es, entre otras cosas, que el Partido Socialista se somete al veto del independentismo y excluye todo pacto con eficacia institucional con el Partido Popular. Los socialistas hacen suya la supresión de la jurisdicción del Tribunal Supremo en Cataluña, dan carta de naturaleza al debate perverso de las balanzas fiscales y, en el caso de que las pretensiones del nuevo Gobierno tripartito se vean contrariadas, se comprometen a recurrir al choque de legitimidades a través de una «consulta» que, sea o no referéndum, tenga un efecto político equivalente. Luego viene la ducha caliente. Todo se hará con escrupuloso respeto a la legalidad. Pero como en estos pagos ya hemos descubierto que, cuando se trata de proyectos ilusionantes, la legalidad bien entendida empieza por la de uno mismo, la simple invocación de ésta, lejos de despejar dudas, alimenta las peores y más fundadas sospechas.

Los que se consideran más demócratas, más tolerantes y políticamente más sagaces se escandalizan de la supuesta rudeza de las posiciones del Gobierno y apelan a la 'España plural'. Pero reivindicar a estas alturas una España plural como objetivo pendiente, como si el Estado más descentralizado de Europa fuera un caso patológico de monolitismo centralista, es una obscenidad política e intelectual. La España plural existe y lo es en virtud de un proyecto constitucional de consenso alimentado por grandes dosis de comprensión, tolerancia y solidaridad. Esa otra versión de la España plural que se propone, desde la debilidad y el sectarismo, no es otra cosa que un país y un Estado residual en el que encajar a todos aquellos que, aun siendo amplia mayoría, quedan reducidos a la condición de españoles inclasificables. Los que no son catalanes del oasis, vascos secularmente oprimidos, gallegos marginados o andaluces titulares de deudas históricas. Esos españoles -catalanes, vascos, andaluces y gallegos también- que viven en la normalidad democrática, votan, cambian gobiernos y exigen sus derechos sin transformarlos en ajustes de cuentas pendientes con la historia o con los demás españoles. Todos aquellos que no pretenden que sus deseos se conviertan en un derecho inobjetable por su sola voluntad, los que no aspiran a hacer de su capa un sayo. Aquellos cuya lealtad constitucional se da por supuesta y que, si se sienten incómodos, su incomodidad no importa porque no amenazan, ni rompen, ni matan, ni creen estar investidos de un derecho privilegiado a decidir por encima de los otros. Esos que todos los días oyen decir que no hay nada intocable en la Constitución, precisamente a los que dejan muy clarito que lo suyo sí que es irrenunciable.

La Constitución ha ofrecido un marco adecuado para que la diversidad identitaria de España pudiera expresarse en un proyecto común de convivencia. Pero la Constitución contiene también un ideal cívico, que es su raíz democrática, sin el cual esa convivencia no es posible. Si el ideal cívico de la Constitución retrocede ante la pulsión identitaria, el problema no sería sólo la ruptura territorial, sino la desagregación de una sociedad democrática que ve resquebrajarse bajo sus pies el suelo firme del principio de ciudadanía. Será entonces cuando el lamento de Cánovas se eleve a la categoría política de esa caricatura de España plural que se nos propone en la que sean españoles los que no puedan ser otra cosa.

Que el nacionalismo albergue esta esperanza no debe sorprender. Al fin y al cabo, no es mala estrategia intentar convertirse en españoles de primera antes de dejar de ser españoles en absoluto. Lo que no tiene explicación -bueno, sí la tiene- es que la izquierda, no toda ni la más coherente, se apunte con tanto entusiasmo a la falacia de la regresión autonómica y olvide que lo que realmente hay que prevenir es la regresión cívica disfrazada de derechos colectivos.

Si algún día llegan a explicar por qué, a lo mejor resulta que el Estado debe ser asimétrico. La condición de ciudadano, desde luego, no. Tal vez termine por producirse ese debate constituyente por la puerta de atrás que se quiere plantear, pero entonces no equivoquemos los términos. Afortunadamente, ya no hay un Estado autonómico que construir sino un acervo constitucional que preservar. Es el acervo cívico, de igualdad y solidaridad, de derechos y deberes ejercidos y cumplidos desde la lealtad. Y ese acervo ni admite exclusiones ni tiene denominación de origen.

El barómetro de Atutxa
FERNANDO MAURA/PARLAMENTARIO VASCO DEL PP El Correo  21 Diciembre 2003

Una vez que expulsaba del salón de plenos del Parlamento vasco al portavoz socialista y que este grupo y el popular pedíamos su dimisión, Atutxa, situado ya en otro salón de la Cámara, declaraba a la Prensa: «El barómetro de mi tranquilidad es la respuesta que se da en la calle...». Y quizás enmendándose la moción a sí mismo -que es cosa muy parlamentaria- continuaba: «... y la última (respuesta de la calle) fue el 13 de mayo».

Verdaderamente que el barómetro de don Juan María bien debería encomendarse a los sabios cuidados de los reparadores de semejantes artilugios, porque en lo que a respuesta de calle se refiere no es nuestro país demasiado ajeno. Yo mismo -que no soy persona en exceso manifestante- podría citar al menos cuatro o cinco eventos callejeros de este signo celebrados desde las últimas autonómicas, el más reciente por cierto el del sábado 13... de diciembre, en San Sebastián. Demostración en la que no se le pedía demasiada continuidad al plan del lehendakari ni a los esfuerzos de su grey -a los que nuestro presidente parlamentario no resulta desde luego distante- por llevarlo a buen puerto. Se demuestra por lo tanto que el barómetro de Atutxa resulta más sensible a sus estados de ánimo -o a sus personales presiones atmosféricas- que a la más palmaria cercanía de los hechos.

Pero hay más en esto que la manifestación del 13, desde luego. Lo más importante es que debe de andar tan mal el aparato, otrora de precisión del señor Atutxa, ese mismo que le llevaba a poner etarras a disposición de la justicia o a grabar vídeos en los párkings emitiendo la cobranza del chantaje terrorista. Ahora su aparato no debe de darse cuenta de las presiones atmosféricas que éste debería medir si se encontrara debidamente compuesto. Un presidente de cualquier institución -hasta donde me alcanza el criterio- puede ser apoyado para obtener dicho cargo por no importa cuáles grupos minoritarios o mayorías, pero una vez situado en ese puesto debe ejercerlo a favor de todos los presididos, le hayan votado con 'v' o con 'b' -lo cual último no deja de ser también un gesto democrático- y de esa causa se deriva la representación que asume. ¿Se imaginarían ustedes de lo contrario la continua sucesión de paradojas que acontecería? Un ejemplo: el presidente Aznar representaría en los foros internacionales solamente al Partido Popular o -si se prefiere- a los diputados del PP; lo mismo que el señor Bono sólo a los socialistas castellano-manchegos, don Florentino Pérez a los madridistas que le votaron y -sin propósito de molestar- el presidente de la comunidad de vecinos nada más que a los incautos a quienes les haya pescado la convocatoria con la bolsa de la compra en ristre y sin excusa alguna para no asistir a la reunión.

El barómetro de Atutxa funciona mal. Lo que mide la atmósfera del Parlamento no es el resultado electoral, es... el Parlamento mismo. Lo que demuestra la eficacia o la calamidad de su gestión es el respeto que se le tenga por parte de la oposición, precisamente. Y esos gestos de desconectar los micros, de negarse a leer los artículos del Reglamento, de administrar los tiempos sistemáticamente a favor de parte -¿dudan ustedes de cuál sea ésta?- no son los más propicios para ganarse la fama del equilibrio y la ponderación.

Claro que estas manías no son únicas de Atutxa. Ya se ve que sus barómetros se consiguen en esas tiendas en las que podría figurar el lema 'proveedora de buru batzares, batzokis y demás dependencias nacionalistas', porque no he conocido a ningún autonomista a quien le guste una pizca el plan Ibarretxe, por lo mismo que los no partidarios del caldo no lo son más de la 'taza y media'. Pero da igual, el lehendakari insiste en su propuesta aunque ya anda medio país revuelto y el otro medio por lo menos inquieto con la cuestión, de la misma forma que Atutxa se dedica con celo digno de mejor empeño en echar de su propia casa a los parlamentarios de la otra mitad del hemiciclo.

Y con estos gobiernos -del Gobierno o del Parlamento- nos movemos, cuando nos dejan, en un importante nivel de inseguridad. En el momento en que nos subimos al atril, no sabemos con qué artículo del Reglamento -o del no reglamento- nos atizará Atutxa. Pero el resto de los ciudadanos tampoco tienen muy claro qué disposición legal les es aplicable, si la Constitución, el Estatuto o la propuesta de Ibarretxe, que estos señores son capaces de convertir la ley por hacer en ley hecha, el referéndum en plebiscito y las elecciones en barómetros de cualquier tipo.

Imaz de lo mismo
MANUEL ALCÁNTARA El Correo 21 Diciembre 2003

Ser líder indiscutible durante veinte años provoca muchas discusiones. El relevo del apocalíptico Arzalluz se ha producido de una manera democrática y con alta participación. El triunfo de Josu Jon Imaz ha sido por escaso margen de puntos, al borde del combate nulo, pero ha generado esperanza. Joseba Egibar, que era el delfín del incandescente sermoneador, se ha quedado en puertas, pero nadie le ha dado con ellas en las narices: tiene muchos partidarios. El caso es que Arzalluz no se ha salido con el suyo. Ahora el joven políglota debe aprender un nuevo lenguaje. No debe ser Imaz de lo mismo. Hablando se entiende la gente y matando sólo se consigue un silencio definitivo.

De lo primero que ha hablado el ganador es de que quiere «sacar adelante el plan Ibarretxe» y de lo segundo es que defenderá un País Vasco «con nacionalistas y no nacionalistas». ¿Se pueden conciliar ambos propósitos? Los que sólo sabemos de política por lo que nos han hecho sufrir, desde nuestra más dura infancia, quienes estaban convencidos de tener toda la razón, dudamos de ciertas cosas. Lo primero que le miramos a un líder es el entrecejo y si tiene ahí instalada la certidumbre absoluta nos echamos a temblar. No es el caso de José Jon Imaz, que es un hombre culto, que no puede querer que yo renuncie a mi Athletic de Bilbao, ni a mi Blas de Otero.

Hubo un tiempo en que se omitían los nombres de Pío Baroja y de Unamuno en las páginas dedicadas a la literatura de algunas guías del País Vasco. Se les acusaba de haber escrito en lengua española. Para llorar. A mí no me quedan demasiados años de hospedaje en este planeta de los suburbios galácticos, pero ojalá llegue a ver una época en donde todos puedan decir lo que piensan y donde nadie pague impuestos revolucionarios, ya que con pagar los otros tenemos bastante. Una época sin tiros en la nuca, sin reformas penales urgentes y sin que nadie quiera romper la baraja, ya que una de sus cartas es la Carta Magna. Por eso hablaba al principio de esperanza. Así que, paciencia y barajar.

Sueldos de políticos
Mikel Agirrebairia Agirre/Getxo, Vizcaya Cartas al Director El Correo 21 Diciembre 2003

Necesitamos políticos que trabajen más y, al tiempo, moderen sus salarios. Políticos que, tan pronto como son elegidos, se apresuren en elevar los sueldos ajenos, y no los propios. Políticos que se 'desprofesionalicen', que no acudan a la política para mejorar su posición económica, sino por servicio a los demás. Y el mejor indicador es cómo pactan los salarios, los suyos y los del resto del pueblo al que deben servir.

Recientemente, los parlamentarios europeos se han fijado un sueldo homogéneo de 8.671 euros brutos mensuales (1.442.733 pesetas), al tiempo que han rebajado la edad de jubilación a los 63 años. Esta reforma ha sido aprobada por sobrada mayoría de 345 votos afirmativos frente a 94 negativos. Los únicos que se opusieron, y radicalmente, fueron los eurodiputados italianos porque veían rebajadas sus lucrativas retribuciones actuales. Mientras tanto, estos mismos políticos mantienen un espectro de salario mínimo interprofesional prorrateado que en 2003 va desde los 416 euros (69.217) en Portugal, hasta los 1.369 (227.782) en Luxemburgo. El segundo peor salario es el español.

Ya somos todos iguales, siempre que seamos europarlamentarios. ¿Viva la igualdad, por arriba! Dicen que hay que dignificar la profesión política, y estamos todos de acuerdo. ¿Pero qué pasa con el resto de los mortales? La mejor forma de dignificar la política sería que quienes la ejercen profesionalmente pensasen más en los demás.

Barreda dice que Imaz y Egibar «representan la misma radicalidad»
Arenas advierte al próximo presidente del EBB que defender el plan Ibarretxe es «reeditar Estella»
A. LORENTE/BILBAO El Correo 21 Diciembre 2003

Madina tilda el relevo en el PNV de «buena noticia»
El portavoz del PP en el Parlamento vasco, Leopoldo Barreda, aseguró ayer que el próximo presidente del PNV, Josu Jon Imaz, y Joseba Egibar son «iguales» en el fondo, porque «todo es radicalismo». El dirigente popular destacó que los dos candidatos defendieron el «compromiso político» de desarrollar el plan Ibarretxe y de «buscar el entendimiento con Otegi». «Lo que importaría de esa sucesión -matizó- sería una oferta diferente de entender la realidad de Euskadi, pero no existe».

Durante un acto organizado por las Nuevas Generaciones del PP vasco, Barreda reiteró que «hay un solo proyecto» defendido por el PNV. Para el portavoz popular, «no es un problema de estilo», ya que, a su juicio, lo que aquí se está eligiendo «no es a míster Euskadi Buru Batzar, sino al líder de un partido con un solo compromiso político: desarrollar el plan Ibarretxe. Es plan o plan», enfatizó.

Por ello, Barreda recalcó que «la legalidad es un corsé insoportable» para las propuestas del lehendakari que está provocando un escenario de «degradación institucional, de quiebra de la legalidad, y de permanente descrédito de los jueces y de sus resoluciones».

«No engaña a nadie»
En este sentido, el vicepresidente segundo del Gobierno, Javier Arenas, recordó ayer a Imaz que el plan Ibarretxe es «el segundo pacto de Estella», ya que sólo busca la «confluencia» de los sectores de Batasuna, de ETA y del nacionalismo vasco.

Durante un acto público con interventores y apoderados del PP en la localidad sevillana de Gines, el dirigente popular arremetió contra el próximo presidente del EBB por declarar que su partido no volverá al Pacto de Estella, cuando «defender la propuesta del lehendakari supone volver a esta situación». Para Arenas, aunque las formas de Imaz parecen distintas a las de Arzalluz, «no engaña a nadie con sus declaraciones».

PP y PSE, satisfechos por el rechazo de los vascos a la violencia y al Plan Ibarreche
Redacción - Bilbao.- La Razón 21 Diciembre 2003

PP y PSOE mostraron ayer su satisfacción por el rechazo mayoritario a la violencia que la sociedad vasca, incluidos los seguidores de Batasuna, ha expresado en el último Euskobarómetro y volvieron a incidir en el hecho de que el Plan Ibarreche, como también se desprende de la consulta, fragmenta aún más a la ya de por sí bipolarizada población vasca. Según los datos hechos públicos por el sondeo patrocinado por la Universidad del País Vasco, la mayoría de los votantes de Batasuna, un 55 por ciento, rechaza por primera vez el recurso a la violencia para defender objetivos políticos. Además, y según el mismo sondeo, los deseos de independencia siguen siendo minoritarios (35 por ciento), se incrementa la adhesión a la Constitución de los vascos (volvería a superarse el 31 por ciento censal que la votó en el 78), un 54 por ciento de ellos se define como no nacionalista frente a un 41 por ciento que así se siente y aumenta hasta lograr un 48 por ciento la mayoría que piensa que el Plan Ibarreche va a traer más inestabilidad y división a la sociedad vasca.

Con estos datos en la mano, el portavoz parlamentario del PP vasco, Leopoldo Barreda, expresó su satisfacción por el rechazo que los vascos expresan a la violencia y deseó que esta postura «se traduzca en la actividad política. Considero muy importante el rechazo absoluto y mayoritario, hace muchos años, al terrorismo por el conjunto de los ciudadanos. Lo que hace falta es que se traduzca en la actividad política, que seamos capaces de rechazar los pactos y acuerdos de entendimiento con quienes, en su actividad política, no son capaces de comprometerse con ese principio», afirmó a Europa Press.

Por su parte, el portavoz del PSE-EE, Rodolfo Ares, afirmó que, si los dirigentes nacionalistas realizaran un análisis «sosegado» de los datos del Eusko- barómetro, «llegarían a la conclusión de que el camino que están queriendo recorrer no es la solución, sino parte del problema, porque deteriora la convivencia». Ares consideró que esta encuesta supone «una buena radiografía» de la opinión de la sociedad vasca y destacó, entre sus resultados, que los ciudadanos de Euskadi «son cada vez menos nacionalistas».
 

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