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Recortes de Prensa     Viernes 2 Enero  2004
Comienza un año decisivo para España
EDITORIAL Libertad Digital 2 Enero 2004

2004: el año de los peligros
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 2 Enero 2004

Lo de las catalanas
Amando de Miguel Libertad Digital 2 Enero 2004

Un descontrol innecesario
Editorial ABC 2 Enero 2004

Nacionalismo contra democracia
Alejandro Muñoz-Alonso La Razón 2 Enero 2004

Zapatero, en un barril de pólvora
CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS ABC 2 Enero 2004

El «error Zapatero»
JAIME CAMPMANY ABC 2 Enero 2004

«Propaganda Staffel»
Carlos SEMPRÚN MAURA Libertad Digital 2 Enero 2004
 
Comienza un año decisivo para España
EDITORIAL Libertad Digital 2 Enero 2004

El año que hemos dejado atrás ha sido, con seguridad, el de mayor intensidad política desde la transición. Basta con enumerar algunos de los acontecimientos más importantes que tuvieron lugar en 2003 para convencerse de ello: las consecuencias del naufragio del Prestige, la guerra de Irak, la visita del Papa, el plan Ibarretxe, las elecciones municipales y autonómicas, la crisis de la Asamblea de Madrid y la posterior repetición de las elecciones, la sucesión de Aznar, de Pujol y de Arzalluz, el anuncio del compromiso del Príncipe de Asturias. Y, finalmente, las consecuencias de las elecciones catalanas. El pacto PSC-ERC-IC ha puesto fin a casi un cuarto de siglo de gobiernos de CiU... y también pretende poner fin, junto con el plan Ibarretxe, al marco legal e institucional que ha propiciado el periodo más brillante, en todos los sentidos, de la historia reciente de España.

Asimismo, 2003 ha sido testigo de la rapidez con que, a veces, tienen lugar los vaivenes políticos. Y también del escaso recorrido que tienen el oportunismo y la demagogia cuando faltan los programas de gobierno creíbles y coherentes. El PP comenzó el año en el punto más bajo de su popularidad, superado en varios puntos por el PSOE en intención de voto. El naufragio del Prestige y el apoyo a la intervención militar en Irak fueron intensivamente explotados por la oposición y por sus medios de comunicación de referencia para negar la legitimidad del gobierno de España, incluso por medios claramente antidemocráticos, como ocurrió con las agresiones a sedes, cargos y candidatos del PP.

Sin embargo, la limpieza y la rapidez con que se resolvieron tanto el problema del Prestige como la guerra de Irak –el régimen de Sadam cayó en apenas veinte días de operaciones militares– neutralizaron en las elecciones municipales y autonómicas el intento del PSOE de buscar atajos hacia La Moncloa que relevaran a Zapatero de la necesidad de elaborar un auténtico programa de gobierno y de definir una línea política coherente y común para todos los socialistas que superara las estridencias de sus barones regionales, especialmente de Elorza y Maragall. Los magros resultados del PSOE en mayo –muy por debajo de sus expectativas–, junto con la victoria de Esperanza Aguirre en Madrid por mayoría absoluta y el estrepitoso fracaso de Maragall en Cataluña, son las pruebas palpables del fracaso de ese oportunismo sin principios y sin programas con el que el PSOE intentó barrer de la escena política al PP.

Hoy, el partido en el Gobierno, después de ocho años de ejercicio del poder y de la retirada de su líder en la cima de su carrera política, supera al PSOE en intención de voto por casi diez puntos. Pero, en lugar de aprender la lección cambiando de discurso y elaborando una auténtica alternativa de gobierno que no ponga en peligro el bienestar de los ciudadanos ni la estabilidad de las instituciones, el PSOE de Zapatero ha optado por aunar esfuerzos con los partidos antisistema (nacionalistas separatistas e IU). En esa huída hacia delante, el PSOE ha constituido una especie de "Frente Popular" contra el PP, con la esperanza de que Rajoy no gane por mayoría absoluta en marzo o, si lo hace, con el objeto de hacerle la vida imposible a su gobierno desde las autonomías –especialmente la catalana– y desde las Cortes, para después poder presentarse como la "única solución" a las tensiones centrífugas que habría provocado el PP con su "intransigencia" hacia la "España plural".

Sin embargo, esta táctica del "bombero-pirómano" no goza precisamente de las simpatías de los barones socialistas que administran dos de los principales "graneros" de voto del PSOE: Bono y Rodríguez Ibarra. Tampoco de la del votante socialista moderado, a juzgar por los últimos sondeos, y mucho menos de la del votante del PP. Chaves, presidente de Andalucía y del PSOE, al final de su carrera política, ha unido insensatamente su suerte a la de un equipo que atraviesa ya su fase terminal, quizá en la confianza de que la coincidencia de las elecciones andaluzas con las generales contenga en Andalucía el desastre electoral al que, según todos los indicios, se encamina el PSOE precisamente por avalar el pacto de Maragall con ERC.

Las próximas elecciones generales serán, con toda probabilidad, las más importantes desde la transición. Una victoria en minoría del PP reproduciría a nivel nacional el pacto de gobierno que Maragall, Carod y Saura firmaron para Cataluña. Y, aunque probablemente no serían posibles las reformas constitucionales que propugnan socialistas y nacionalistas sin el concurso del PP, se abriría un periodo de inestabilidad política e institucional que pondría en grave peligro la unidad y cohesión de España, así como todo el progreso y el bienestar alcanzados en los últimos ocho años. Pero una victoria del PP por mayoría absoluta tampoco estaría exenta de problemas: el gobierno que formara Rajoy tendría que enfrentarse a los desafíos que Ibarretxe, Maragall y Carod han planteado al marco legal e institucional que ha garantizado el progreso y la convivencia pacífica de los españoles, aun en el caso probable de que la derrota del PSOE implicara la automática defenestración de Zapatero y de su equipo.

En definitiva, el año que comienza será tanto o más intenso que 2003, al menos en lo que toca a la política nacional. Ojalá que los líderes políticos de los partidos nacionales –especialmente los del PSOE, que necesita una urgente renovación ya sólo posible tras las elecciones– hagan propósito de enmienda en 2004 y estén a la altura de la gravedad de los desafíos planteados por los nacionalismos separatistas y excluyentes. La libertad y la prosperidad futuras en España dependen de la eficacia que demuestren en la defensa del marco legal e institucional que prevé la Constitución. Y para ello, cuentan con una ventaja inestimable: entre las prioridades de los ciudadanos no se encuentra precisamente la reforma del modelo de Estado. Esperemos que sepan aprovecharla.

2004: el año de los peligros
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 2 Enero 2004

Aunque la costumbre es desearse lo mejor para el año recién nacido y despedir con piadoso desafecto al año recién caducado, y aunque el 2003 haya sido un año de aúpa, verdaderamente horroroso en lo que a política se refiere, y que termina bien de milagro, no parece pintar mucho mejor el 2004. Por donde se mire, todo son peligros a la vista y todos de difícil abordaje e imposible solución inmediata. Tan difícil lo tiene el Gobierno del PP si Rajoy revalida en las urnas la mayoría absoluta de Aznar (o al menos una mayoría suficiente para formar gobierno) que casi dan ganas de entregarle el Gobierno al PSOE y sus aliados y dejarles la gestión y digestión de los monstruos que han creado, asumido o alimentado. Que Odón Elorza lidie el Plan Ibarreche, que Maragall toree el Plan Rovireche y que Chaves brinde al público de sol la faena de las diecisiete haciendas públicas, diecisiete, con que pretende ahora el PSOE disimular el estropicio fiscal de Maragall. Un año o dos de escarmiento, elecciones anticipadas, y hasta dentro de mucho, mucho tiempo, porque la cura iba a ser de caballo percherón.

No es la primera vez que las urnas favorecen a los revolucionarios caóticos y tampoco cabe descartarlo en esta ocasión, pero aunque la tentación de dejarle a Polanko y su cuadrilla que gestionen la crisis nacional que por su incapacidad de vencer en las urnas al PP vienen provocando sea intelectualmente irresistible, lo normal es que sea el PP el encargado de tratar de resolverla. Comenzar, empezar, iniciar, porque lo más y mejor que cabe esperar de este año nuevo es que algunas cosas se clarifiquen, otras se aclaren y otras tropiecen con la luz de los focos que ciertas aventuras tenebrosas merecen. Remedio, a corto plazo, ninguna tiene. Ni el separatismo vasco aliado al terrorismo, ni el separatismo catalán aliado al socialismo, ni el socialismo en guerra consigo mismo y contra España, que es el problema peor de todos. Algunos de los problemas del 2004 se gestaron hace 25 años, en un consenso constitucional en el que se sacrificaron cosas importantes a cambio de que otros no se sacrificaran nada. Otros son sólo relativamente nuevos: depende de si consideramos novedad que el PSOE de Zapatero no se resigne a perder las elecciones o si entendemos que estamos reviviendo otro episodio de los que el PSOE protagoniza contra el Sistema cuando no puede disfrutar del Poder. En cualquier caso, pocas cosas pueden mejorar y muchas pueden empeorar muchísimo. Pero los peligros más graves son los que no se advierten. Los de España en el 2004 bien a la vista están.

Lo de las catalanas
Amando de Miguel Libertad Digital 2 Enero 2004

Llevamos más de un siglo peleándonos amigablemente los catalanes y el resto de los españoles. Un combate tan largo une mucho. Al final de cada episodio cunde un cierto pesimismo. Un ministro catalán, Duran i Bas, después de las escaramuzas entre librecambistas y proteccionistas, concluyó: «Nunca nos entenderemos». Eso fue hace más de un siglo. Un pensador madrileño, Ortega y Gasset, en la tregua de los primeros años de la República, aconsejó al resto de los españoles que «conllevaran» a los catalanes. Debo recordar que, en el castellano castizo, el verbo «conllevar» significa más bien «soportar con resignación» y no «suponer». No sé qué verbo habría que utilizar hoy para referirnos a la acción de coexistencia mutua entre los catalanes y el resto de los españoles. Una cosa es cierta: nunca nos hemos necesitado tanto unos a otros por mor, quizá, de la economía. Sería impensable que las empresas catalanas no vendieran la mayor parte de su producción al resto de los españoles.

Desde fuera de Cataluña, el personal se pregunta atónito: ¿por qué quieren separarse? ¿Por qué se sienten tan a disgusto en España? Se podría comprender que hubiera un partido independentista en Cataluña, pero es difícil asimilar el hecho de que ese partido gobierna realmente. Da la impresión de que todos los partidos políticos en Cataluña desean pasar por nacionalistas. Ya es rara una estructura política en la que no hay un fuerte partido conservador y un fuerte partido socialista.

La primera reacción visceral de tantos espaldes no catalanes es algo así como «pues que se vayan». Pero no es fácil. Más de la mitad de los catalanes tienen apellidos no catalanes y parientes en el resto de España. Muchos españoles no catalanes consideran que Cataluña es parte de su biografía histórica. A no ser que se extirpara el hipotálamo de muchos españoles no catalanes, sería difícil que Cataluña desapareciera de su memoria colectiva. Así que la cuestión no se arregla fácilmente con el expediente de que constituyan un nuevo Estado catalán. Ni siquiera sería fácil que la Unión Europea aceptara la formación de nuevos Estados dentro de sus fronteras. Repárese, además, en que las fronteras que limitan a España son las más antiguas de Europa. Es impensable que Francia fuera a aceptar hoy que el Rosellón pasara a depender de Barcelona. Los optimistas sostienen que, al gobernar Cataluña, los independentistas se volverán mansos y la cosa se resolverá como siempre, con dinero. Me gustaría ser optimista sobre el particular. Ojalá se imponga el famoso seny. Más les vale a los catalanes, pues, si hay «drama», perderán. Bueno, perderemos todos. Sinceramente, si el Gobierno catalán sigue en sus trece de pavimentar la avenida hacia la independencia, la cosa acabará como el rosario de la aurora. Es un pálpito, «me hace el efecto», que se dice en catalán. Es decir, no lo puedo demostrar, pero déjeseme expresar mi sentimiento, un poco triste, la verdad.

Un descontrol innecesario
Editorial ABC 2 Enero 2004

EL modelo de financiación autonómica socialista contempla que todas las Comunidades Autónomas podrán crear su propia Agencia Tributaria con competencias de recaudación, gestión, inspección y liquidación sobre muchos impuestos. Rodríguez Zapetero moduló ayer la propuesta con una corrección que no altera el fin último de crear un batallón de agencias tributarias. Así pues, una idea nacida del tripartito catalán y fruto de una concesión a ERC se ha convertido en doctrina oficial socialista. Por fin, el Partido Socialista entiende que sus posibilidades electorales dependen de la coherencia y de la cohesión que sea capaz de presentar en marzo. Es una lástima que el acuerdo interno se fragüe sobre ideas peregrinas surgidas de la necesidad de gobernar a cualquier precio.

Es una propuesta innecesaria, ineficiente y costosa. Es cierto que no requiere un cambio constitucional, ésa es la ventaja de nuestra flexible constitución. No requiere tampoco cambiar los Estatutos de muchas Comunidades. Pero eso no la convierte en una propuesta sensata. Es innecesaria porque el grado de autonomía fiscal y financiera no depende de quién sea la agencia encargada de la recaudación y la inspección. Salvo que en caso de desacuerdo nos queramos quedar con el dinero, como está haciendo el Gobierno vasco. El modelo de financiación autonómica de 2001 no sólo cedía importantes porcentajes de recaudación de los tributos más importantes, sino plena capacidad regulatoria sobre los mismos. Todas las Comunidades Autónomas disponen de capacidad para subir los impuestos, pero ninguna la utiliza porque nadie quiere asumir el coste electoral. Es mucho más rentable echarle la culpa al Gobierno central o a las insuficiencias de la Agencia Tributaria. Es falso, pero es comprensible. Detrás de esta iniciativa, está el hecho diferencial del Concierto Vasco. La necesidad de generalizar la agencia propia a todas las Comunidades Autónomas demuestra que la realidad política española no soporta hoy más hechos diferenciales.

Es paradójico que al mismo tiempo que el programa socialista incluye una seria simplificación del impuesto sobre la renta, incorpore una medida que va a aumentar necesariamente las posibilidades de evasión fiscal y ampliar la complejidad de la administración tributaria. Porque el gran argumento a favor del tipo único es el elevado coste de la recaudación, de conocer la situación personal de cada contribuyente. Un coste que lo convierte en regresivo. El coste fiscal sólo puede aumentar al multiplicarse las administraciones tributarias, y con él las áreas de opacidad y las bolsas de dinero negro. Además, se dificulta la simplificación de los impuestos porque la dinámica forzará a los Ejecutivos autonómicos a ensayar políticas tributarias propias, jugando con deducciones, exenciones y bonificaciones.

Tendremos diecisiete Agencias Tributarias. Pero no engañemos a los ciudadanos que son además contribuyentes. Es un coste adicional que se traduce en más impuestos o menos servicios. Es un lujo de nuevo rico que no tiene justificación económica. Lo saben los alemanes que se están replanteando seriamente si el grado de federalismo fiscal se ha convertido en un obstáculo para la recuperación del dinamismo económico. Tampoco tiene justificación política, pero sí un alto coste; politiza la recaudación tributaria, despierta suspicacias sobre el clientelismo político de la inspección, agudiza los conflictos sobre el reparto de lo recaudado y deja al Gobierno central a merced de los gobiernos autonómicos en caso de desacuerdo sobre el coste de las transferencias. Aunque sea constitucional, es insensato. Si tenemos una Agencia Tributaria que funciona bien y no es un obstáculo a la descentralización económica, como reconocen todos los observadores internacionales de la economía española, ¿por qué nos empeñamos en destruirla?

Nacionalismo contra democracia
Alejandro Muñoz-Alonso La Razón 2 Enero 2004

El resultado de las elecciones parlamentarias en Serbia no ha podido ser más descorazonador y, una vez más, obliga a reconocer la contradicción que late siempre en la democracia: La regla de oro ante la que siempre hay que inclinarse es la voluntad de los ciudadanos expresada en las urnas, aunque a veces esa decisión popular no sea la mejor para los propios intereses del pueblo. Porque no deja de ser un tópico abusivo eso de que «el pueblo decide» ya que lo que sale de las urnas no es la voluntad de un inexistente ente colectivo sino la resultante de millones de decisiones individuales, todas legítimas, pero que pueden componer un indescifrable mosaico, como un cuadro formado por las pinceladas de millones de aficionados pintores. No puede ser, en efecto, más decepcionante que el partido más votado en Serbia haya sido el Radical, que encabeza un reconocido criminal en guerra, sometido a juicio en el Tribunal de La Haya, como Seselj, ni que el antiguo dictador, Milosevic, también en esas mismas circunstancias judiciales, haya conseguido escaño.

Posiblemente todo tiene explicación por la abrumadora presencia del nacionalismo en la escena política serbia, un nacionalismo avivado, como se ha dicho, por el propio juicio de los criminales de guerra serbios por un tribunal situado en un país extranjero, encabezado por un juez jamaicano y con una fiscal suiza. El venenoso nacionalismo que durante años inoculó Milosevic en los serbios no sólo no ha sido corregido por los gobernantes demócratas que le han sucedido sino que, de hecho, se ha intensificado por una serie de circunstancias, como el propio juicio de La Haya, pero tamibén por su flagrante incompetencia. Una sociedad enferma de nacionalismo, como Serbia, es incapaz de curarse a sí misma porque nada hay más incompatible con la democracia auténtica que el nacionalismo.

El nacionalismo tiene como valor supremo los derechos colectivos del pueblo, del «Volk», como decían los nazis, que, por definición son incompatibles con los derechos individuales de los ciudadanos, base de cualquier democracia digna de tal nombre. No hay que ir muy lejos para comprobarlo: Basta con asomarse al País Vasco. Y es que el nacionalismo se adapta como puede a la democracia, porque no tiene más remedio en estos tiempos, pero es, siempre y en todas partes, radicalmente antidemocrático.

Zapatero, en un barril de pólvora
Por CÉSAR ALONSO DE LOS RÍOS ABC 2 Enero 2004

LA apuesta de la dirección del PSOE por lo que llama «pluralismo», y que no es sino la adaptación a las aspiraciones soberanistas en cada una de las Comunidades Autónomas -cuando no a la excitación de aquéllas-, está produciendo un clima de vértigo en la sociedad española. ¿Podía ser de otro modo?

Por lo contrario, la apuesta del PP por el mantenimiento del Estado Autonómico en sus planteamientos actuales, es decir, por la defensa de los estatutos actuales y de la Constitución, tal cual, da seguridad a la inmensa mayoría de los ciudadanos. ¿No es lógico?

Porque, aun suponiendo que la desaparición de las tensiones en el País Vasco y en Cataluña pasara por dar la razón a los nacionalistas en sus reivindicaciones, sería insensato pensar que ese proceso no terminaría por crear un clima de incertidumbre a causa de los posibles enfrentamientos e, incluso, de miedo al caos. Por esto, lo más sorprendente es la ligereza con la que el PSOE plantea el paso del Estado autonómico a lo que sería, a todas luces, una Confederación de naciones. Llama la atención la superficialidad con la que se desenvuelve José Luis Rodríguez Zapatero al hablar de lo que en realidad es una revolución institucional, territorial y cultural.

¿Audacia? Sencillamente, inconsciencia. El líder socialista no sabe que está jugando con fuego encima de un barril de pólvora. En este sentido es un político peligroso, no sólo para su partido (al que lleva al desastre) sino para toda la sociedad española (a la que condena al caos). Se mueve de forma tan suicida que, por ejemplo, ni siquiera sabe qué quiere decir su compañero Maragall cuando habla de unas nuevas relaciones entre Cataluña y Castilla (tomando ésta por «el resto de España»). ¿Acaso no llegó a decir, antes de las elecciones catalanas, que estaría de acuerdo con el nuevo Estatuto que pudiera aprobar el Parlamento catalán, fuera el que fuese?

NI siquiera es consciente Zapatero de los supuestos conceptuales que pisotea cuando habla de esa forma, del mismo modo que ni siquiera imagina los efectos que puede tener en los sentimientos nacionales un cambio del modelo de Estado, ni las guerras culturales que eso conlleva, ni la complejidad y dificultad que tendría el diálogo a tumba abierta que propone...

LO único que le interesa a la dirección socialista es dejar descolocado al PP, dogmático, unitarista, españolista... No cae en la cuenta de que no es el derechismo del PP el que sale a flote sino el sentido de supervivencia y de legítima defensa del Estado propios de un partido nacional... y propios de cualquier ciudadano con un mínimo sentido de responsabilidad.

Ahora bien, lo que no se acaba de entender es que la dirección del PSOE pueda sorprenderse de las reacciones que provoca al elegir esta vía «territorial» hacia el poder. Si decide jugar con los nacionalistas y en general con las fuerzas que, por naturaleza, se mueven en los espacios del egoísmo y la insolidaridad autonómicos ¿por qué podría extrañarle que el electorado -nacional- le dé un fortísimo castigo en las elecciones generales? El PSOE debería saber que pagará caro en Marzo su pacto con Carod-Rovira. El PP difícilmente va a perder un solo voto y va a ganar todos aquéllos que se ven representados en Cristina Alberdi, por hablar simbólicamente, y desde luego muchos de los que no votaron al PP en las catalanas.

Zapatero debería entender que la inmensa mayoría de los españoles tenga miedo a jugar con fuego encima de un barril de pólvora.

El «error Zapatero»
Por JAIME CAMPMANY ABC 2 Enero 2004

NO intento expresar un deseo, sino aventurar un pronóstico. Tengo para mí que Rodríguez Zapatero ha cometido un error grave al aproximar su partido al nacionalismo radical y pactar más o menos claramente con algunas de sus formaciones más genuinas. Ya lo pagará en las urnas, esa caja de Pandora que pocas veces perdona los errores, graves o leves, de los políticos, y ya lo está pagando en los sondeos de los augures y los arúspices, en el hígado de las ocas sagradas y en el vuelo de las águilas.

Porque errar grave parece la política de ambigüedad y de paños calientes con los nacionalistas radicales que nuestro socialismo ha inaugurado de la mano de Zapatero y la inspiración de sus encandilados asesores áulicos, Jesús Caldera y Pepiño Blanco. Si estos tres señores hubieran tenido en la cabeza una fórmula para la renovación de un socialismo desprestigiado y llevarlo a una posibilidad de triunfo o de reconstitución, se sabría. Ha tenido tiempo de mostrarla. Así, lo que sabemos es que salen un día de los brazos de Llamazares, o sea del abrazo del oso, y caen al siguiente en las garras de Carod-Rovira, que es como salir de Guatemala y llegar a Guatepeor.

Error del socialismo en el País Vasco fue el abandono y despido de Nicolás Redondo Terreros, representante de una posición política propia y de un socialismo españolista sin defecciones oportunistas, y encumbrar a ese señor López, experto de las medias tintas, del eufemismo y del pasteleo, o sea, devoto de la política de Rosita la Pastelera. Le defenestración de Redondo y el encumbramiento de López en el socialismo vasco fue un respiro para los más exaltados y empecinados nacionalistas del PNV. Fue aquella una jugada política perfectamente preparada y ejecutada, cuyas consecuencias habían sido medidas y eran deseadas. Zapatero se engañó o se dejó engañar y no se percató de que en aquellos «caladeros», como diría José Bono, no tenía votos que ganar y sí muchos que perder.

Error de Zapatero ha sido consentir que Maragall en Cataluña juegue a un independentismo aún más avanzado y radical que el de Convergencia. Allí, los socialistas han ganado la presidencia de la Generalitat, en la medida que Rovira lo permita, pero seguramente a costa de muchos votos de lo que había sido hasta ahora Partido Socialista Obrero Español en Cataluña, y a partir del Nuevo Año será sólo el Partido Ex Socialista Catalán. Porque en el terreno de la política económica, las propuestas de Maragall y su nuevo partido ex socialista inauguran un programa independentista e insolidario, un programa de que aspira a que de Cataluña no salga un euro para el Estado, no salga una gota del río Ebro para el Levante y no salga aportación ninguna para la comunidad de los españoles. Eso de que un socialista haya predicado la idea de convertir una Comunidad de España en un «Estado Libre Asociado» tendrá que tener su repercusión en las urnas, ya veremos en qué sentido y en qué cuantía.

Hay más ejemplos del «error Zapatero», porque estos son sólo los dos más significativos. Cuando se rompe el cesto, los errores salen enredados como las cerezas.

«Propaganda Staffel»
Carlos SEMPRÚN MAURA Libertad Digital 2 Enero 2004

Las reacciones a la captura de Sadam Husein son para morirse de risa. Algunos se indignan, con motivos, pero yo no. Estoy de vuelta. Desde el principio, el «campo de la paz», o sea, el campo proiraquí, mantuvo un doble y triple lenguaje, digno de la «propaganda staffel» nazi. Intentaron frenéticamente impedir la intervención militar para salvar a Sadam (y sus intereses petroleros). No lo lograron, claro. ¿Cómo iban a lograrlo? Los perros ladran, pero la caravana pasa. Dicha intervención, inteligente y eficaz, tumbó a la tiranía iraquí en pocas semanas, y los mismos que la consideraban como una agresión imperialista, ya que Iraq era «un pobre país que no constituye una amenaza para nadie», declararon que no se podía lamentar la caída de una tiranía.

Resulta que lo que defendían con uñas y dientes era una tiranía. La guerra clásica transformándose en guerra moderna, o sea, en terrorismo. Los ánimos se envalentonaron, los USA «habían perdido la guerra», los terroristas se convertían en resistentes y la coalición, en tropas de ocupación. Como los nazis lo fueron en Europa, pero sin atreverse a decirlo claramente. Llegamos a la captura del tirano Sadam y todo se repite: nadie puede lamentar la captura de ese tremendo dictador (su amigo, su aliado, hasta entonces), pero... Pero la intervención sigue siendo una agresión, y la «ocupación», ilegal, ilegítima, monstruosa.

Yo me pregunto cómo hubiera sido posible destruir a la tiranía y capturar al tirano sin esa «agresión imperialista» y sin esa «ocupación». La tiranía por los suelos y Sadam detenido, nadie se atreve a declarar que lo lamenta porque los USA se apuntan un tanto. No olvidemos que Iraq formaba parte de los países del «socialismo árabe», con Egipto, Siria, a ratos Argelia, aliados de la URSS, y baluarte contra las decadentes monarquías islámicas. Fue cuando se esfumó la URSS que Sadam se «convirtió» al Islam, y desnudo, envuelto en una sábana, fue a las mezquitas (sunitas). Esa imagen de progresista perdura y aún se manifiesta, y el hecho de que fuera un déspota criminal no molestó a nadie, al revés. ¿No lo han sido todos los dictadores socialistas?

 Siguen convencidos de que no puede haber revolución y socialismo sin Terror, con mayúsculas. Detrás de la fachada diplomática, o sea, hipócrita, que finge admitir que se trata de buenas noticias, sus divisiones acorazadas de la «propaganda staffel» insisten en que nada ha terminado, que los atentados prosiguen, que aún queda la esperanza de que Iraq se convierta en un nuevo Vietnam para los USA. ¿Son imbéciles o nos toman el pelo? ¿Cómo van a cesar los atentados terroristas cuando se sabe que son Irán, Siria, otros países árabes, los que subvencionan y fomentan el terrorismo, y que esos países odiaban tanto a Sadam Husein como odian a Occidente? Se olvida que esos países participaron en la gran coalición antiiraquí, durante el primer acto de la Guerra del Golfo, aliados ¿del Gran Satanás! Porque detrás de la «unidad árabe» existe una guerra por la supremacía del mundo arabe-musulmán. La captura del tirano no les inmuta, hasta les alegra, pero no es motivo para cesar su guerra contra la diabólica coalición «americanosionista».

Magnífica ilustración de lo que acabo de decir es el artículo de don Nadie González, Felipe, para «El País» (16 de diciembre pasado), en donde nos explica qué hacer con Iraq. Desde luego, lo que pueda escribir este señor, más papanatas incluso que Miguel Ángel Aguilar, y ya es decir, no tiene la menor importancia, pero es un buen ejemplo de la nueva versión de la «propaganda staffel» actual. Finge celebrar, con moderación, como Chirac, el fin de la tiranía y la captura del tirano, pero, al mismo tiempo, y contra toda lógica, sigue condenando la agresión del «Trío de las Azores» y la ocupación ilegítima de Iraq. Lo que era legítimo eran las masacres de Sadam, está clarísimo. La solución para el futuro de Iraq, nos dice, sería que se largaran los USA, y que una nueva coalición, compuesta por la ONU, los países del «campo de la paz», y la Liga Árabe (no es ninguna broma, cita varias veces a la Liga Árabe), se ocuparían de la reconstrucción de Iraq.

Otro abyecto sofisma: al mismo tiempo que considera que esa reconstrucción es un «trágico y vergonzoso negocio», exige que los países que defendieron a Sadam, como los contrarios a una intervención militar, no es exactamente lo mismo, participen ahora en el reparto del botín, en ese «vergonzoso negocio». Se opusieron al «crimen», o no participaron en nada, salvo en discursos, pero que nadie intente apartarles de los posibles beneficios de ese «crimen». Ese González, ¿se cree realmente que se le puede tomar en serio cuando, por ejemplo, cita a la Liga Árabe como factor de paz y concordia, tan importante como la ONU, y el «campo de la paz», cuando se trata de la tapadera del terrorismo islámico? Que no se entienda con lo dicho que todos los países que la componen tienen el mismo entusiasmo por fomentar el terrorismo, pero ninguno se opone. Ocurre que Felipe es como Jaimito, quien sólo pensaba en eso.

Él no piensa únicamente en mujeres en pelotas, sino en Aznar, porque sigue sin tragar su derrota, y le enloquece el hecho de que Aznar sea un infinitamente mejor presidente de la República (perdón, de Gobierno) que él: sin corrupción, ni GAL, y con un buen balance económico ¬uno de los mejores de Europa¬ y, asimismo, un buen balance en la lucha contra el terrorismo de ETA, y contra vientos y mareas, una valiente y acertada posición en la crisis iraquí, como en muchas cuestiones europeas. «Charlotín» se le llamaba, pues «Charlotín» ha ganado. Lástima que se vaya.
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