AGLI

Recortes de Prensa     Martes 6 Enero  2004
Pseudonacionalismo y Estado
Dalmacio Negro La Razón 6 Enero 2004

MÁS QUE UNAS ELECCIONES
César ALONSO DE LOS RÍOS ABC 6 Enero 2004

La venta del PSOE
Editorial La Razón  6 Enero 2004

PELIGROSA PROPUESTA DEL PSOE

Editorial ABC 6 Enero 2004

VIVA ESPAÑA
GREGORIO SALVADOR ABC 6 Enero 2004

La vía Maragall
SANTIAGO GONZÁLEZ El Correo 6 Enero 2004

El «redondismo» proscrito
Antonio Martín Beaumont La Razón  6 Enero 2004

Zapatero y sus 17 Tribunales Supremos
EDITORIAL Libertad Digital  6 Enero 2004

Vuelve la Ruptura contra la Reforma
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital  6 Enero 2004

La batalla de La Moncloa
Ignacio Villa Libertad Digital  6 Enero 2004

Los Reyes Magos y el carbón político
Lorenzo Contreras Estrella Digital 6 Enero 2004

¿Reformar la Constitución
Cartas al Director ABC 6 Enero 2004

Con el topónimo a vueltas
J.A. Martínez Sevilla El Ideal Gallego 6 Enero 2004

Pegados a una nuca
Íñigo Urquía - Pamplona.- La Razón  6 Enero 2004

Varios encapuchados arrojan un artefacto explosivo contra la comisaría de Baracaldo
Efe - Baracaldo.- La Razón  6 Enero 2004
 
Pseudonacionalismo y Estado
Dalmacio Negro La Razón 6 Enero 2004

El nacionalismo más vigoroso es en España seguramente el separatista consagrado indirectamente en la Constitución bajo la inspiración del consenso, al incluir una mención genérica a las nacionalidades reconociendo y legitimando así su existencia. Si hay un asunto de la Constitución que debiera retocarse es este: o bien estableciéndolas claramente reconociendo su derecho a constituirse en Estado o bien negándoselo. De una u otra manera se acabaría con el estado de revolución permanente que ha introducido el texto constitucional que es lo que más contribuye a que la transición se haga interminable. Pues, de hecho, las autonomías ¬comunidades, también según el mismo texto, cuando según la historia verídica, no la inventada, sólo son antiguos reinos o condados, regiones históricas, y no todas¬, por el efecto contagio y el apetito de las oligarquías regionales, una tras otra aspiran o aspirarán a ser Estados, tácticamente para no asustar demasiado, Estados Asociados, o alguna otra patochada, más que unidos reunidos en torno a la Corona como pretexto.

Ahora bien, el argumento principal de estas absurdas autonomías se apoya en la vieja forma política imperial española de la época moderna, la Monarquía Hispánica, Católica o Monarquía de España, fenecida con el Estatuto Real de 1834, que reunía los distintos reinos en la persona del rey. Mas, la pura verdad es que ninguno de esos reinos u otras denominaciones era nación, nacionalidad o algo parecido: se trataba a lo sumo de formas de autogobierno, selfgovernment, Selbstverwaltung, por el que Nápoles, el Franco-Condado, Aragón, Cataluña, Galicia, Castilla, los Virreinatos americanos, etc., que formaban el inmenso Imperio, se regían en parte por su legislación antigua y propia. Basta leer el libro que mejor ha estudiado hasta ahora el tema, La Monarquía de España en el pensamiento político europeo de Luis Díez del Corral, aunque hay mucha literatura al respecto. En ningún caso se trataba de naciones y menos de Estados-nación incoados; sostenerlo es un gravísimo anacronismo o una tontería.

Lo de la Nación en sentido político, como titular de la soberanía en lugar del rey, vino después, con la revolución francesa, a la verdad, sin gran repercusión práctica en España, casi más bien retórica; lo de las nacionalidades procede de la revolución burguesa de 1848; y lo de la autodeterminación ¬no hay auténtico derecho de autodeterminación si por derecho se entiende precisamente Derecho, como ha mostrado Antonio García-Trevijano, un gran jurista, en estas mismas páginas¬ fue un invento del presidente Wilson al acabar la primera guerra mundial para justificar el desmembramiento, más bien desmontaje, de la Monarquía austro-húngara de los Habsburgo, tan nefasto para Europa: cabe decir que fue, en cierto modo, lo que determinó toda la historia posterior del siglo XX.

El verdadero problema consiste en que, al venirse abajo esa forma política imperial ¬Gustavo Bueno acaba de rescatar con razón aplicándola a España la idea de Imperio como una suerte de constante¬ se hizo evidente que en España ¬y no está de más recordar que en la guerra de Independencia precisamente la Junta de Cataluña pidió que en lo sucesivo «no se hablase más que del santo nombre de España»¬, no existía el Estado, como también mostró Díez del Corral. De modo que toda la historia del siglo XIX estuvo determinada por el intento de instituir un Estado, consiguiéndolo al fin Cánovas del Castillo, aunque a la larga resultase ineficiente. Tanto que en 1936 tuvo lugar la guerra civil, forma de lucha que prueba la debilidad del Estado. Pues el Estado es, por definición, la antítesis de la guerra civil. De los restos de aquel Estado o sobre ellos se configuró luego el primer Estado Nacional, homogeneizador, que pedían muchos regeneracionistas, entre ellos Ortega. Sin duda con sus defectos, pero Estado, cuyos elementos o requisitos básicos según la teoría estatal son: ejército, hacienda, burocracia y derecho público común. Lo demás son ideologías, deseos o abusos confusos, difusos, profusos y obtusos.

MÁS QUE UNAS ELECCIONES
Por César ALONSO DE LOS RÍOS ABC 6 Enero 2004

LAS elecciones de marzo van a convertirse en una consulta sobre España. Quien vote al PP estará votando por la continuidad del Estado autonómico, quien vote al PSOE estará votando por un Estado confederal. Es más, el ciudadano que ponga su confianza en Rajoy estará reconociendo la nación española, mientras quien la ponga en Zapatero estará afirmando una pluralidad de naciones.

Estamos ante un referéndum de «hecho». Sin la fuerza vinculante de éste desde el punto de vista jurídico, aunque sí desde el punto de vista moral.

Yo no sé si es realmente esto lo que viene pretendiendo el PSOE al plantear las diecisiete agencias tributarias y al crear tantos Tribunales Supremos como Comunidades Autónomas. Me temo que sí puesto que lo están haciendo con vistas a la campaña electoral. No contentos con haber formado gobierno en Cataluña con los independentistas se han lanzado por la rampa de la desnacionalización hasta extremos que están dejando boquiabierto al propio Carod-Rovira.

Tampoco sé si al PP le gusta o no le gusta que las legislativas de marzo sean la ocasión con la que queden claramente delimitados los dos campos en relación con la cuestión nacional. Lo que sí parece claro es que la dirección del PP es consciente del envite socialista y por esa razón está advirtiendo constantemente sobre la necesidad de ganar con mayoría absoluta. Nunca un partido pidió de forma tan vehemente la mayoría absoluta como ha comenzado a hacerlo el PP. Sabe que de estas elecciones no va a depender un giro en la política social o en la educativa o en la sanitaria. Sabe que de ésta nos jugamos el Estado autonómico y la idea de España.

HAY que agradecerle al PSOE la claridad de sus propuestas. Traicioneras para la nación, pero claras; peligrosas para la convivencia, pero claras; disparatadas, pero claras. Fuera caretas. Esta joven y renovada dirección del PSOE no tiene nada que ver con aquella del 82, aquellos nacionalistas españoles tal como les llamó algún semanario americano. Han decidido liquidar el gran pacto que supuso la Constitución aunque a veces intenten vender sus propuestas como el desarrollo de aquélla.

¡VISÇA Catalunya lliure!, gritó Benach, recién elegido presidente del Parlamento catalán. ¡Visça!, repiten con los hechos los socialistas (¡qué lejanos Besteiro y De los Ríos!, ¡qué cercanos Maciá y Araquistain!). El cuatripartito que formarían los socialistas con el PNV, ERC y BNG, en el caso de que el PP no ganara las elecciones por mayoría absoluta, llevaría adelante el programa común: un Senado convertido en cámara territorial, diecisiete haciendas autonómicas, otras tantas instancias judiciales supremas, troceada la caja única de la Seguridad Social... En definitiva, la culminación de la «descentralización», del sueño pluralista. En esa situación, el Plan Ibarretxe sería algo redundante ya que, en realidad, el cuatripartito presidido por Zapatero pondría en marcha diecisiete planes Ibarretxe. Por supuesto, no se impondrían. Faltaría más.

La perversión de este proceso no reside solamente en las posibilidades desestabilizadoras que tiene sino en el hecho mismo de que unas elecciones legislativas puedan llegar a convertirse en la práctica en un referéndum sobre la cuestión nacional. Esto es una prueba de nuestra pésima salud democrática incluso en el caso de que el resultado fuera el mejor de todos, aun cuando la mayoría absoluta tuviera los efectos de un plebiscito. Porque ni siquiera lo aceptarían los profesionales del oportunismo.

La venta del PSOE
Editorial La Razón  6 Enero 2004

Mucho ha cambiado, y en tan pocos meses que el Pacto de Santillana es mero recuerdo, el PSOE que eligiera por un puñado de votos como secretario general a José Luis Rodríguez Zapatero. A medida que se conocen nuevos retazos de la propuesta electoral con la que el partido se presentará ante los ciudadanos en las ya próximas elecciones generales del mes de marzo, se confirma la sospecha de que el PSOE de hoy apuesta por un nuevo modelo de Estado que poco o nada tiene que ver con la realidad de España y sí, y mucho, con la actual crisis que atraviesa el primer partido de la oposición.

El nuevo proyecto socialista conocido hasta ahora, en lo que se refiere Justicia y política fiscal, más que un programa de un partido nacional parece un texto elaborado desde aquél nacionalismo radical, ciertamente sospechoso de sentar las bases para facilitar una posterior reclamación de independencia. No es sólo el hecho de que se quiera generalizar el llamado «modelo fiscal catalán», con Agencia Tributaria propia y destrucción del actual modelo solidario interterritorial de redistribución de rentas, pues lo que propone el PSOE en materia de Justicia supone un giro de 180 grados en su historia y alinea al partido con el Plan Ibarreche o con ERC. Por eso acierta el ministro de Justicia, José María Michavilla, cuando acusa a Rodríguez Zapatero de traicionar el Pacto de Estado por la Justicia y unirse de hecho con el PNV y con Carod-Rovira, por cuanto el proyecto socialista para 2004 propone que «los Tribunales Superiores de Justicia serán el órgano jurisdiccional en que culmine la organización judicial en el ámbito territorial».

No es casualidad que coincida con uno de los puntos del Plan Ibarreche que especificaba que «la organización judicial vasca culminará con el TSJ de Euzkadi» y también con el pacto de Gobierno de Cataluña firmado por Maragall en el que se habla de «atribuir al Tribunal Superior de Justicia de Cataluña las funciones de Tribunal de Casación para resolver en última instancia los recursos judiciales iniciales en el territorio de su jurisdicción». Que es tanto como decir que el PSOE transferirá a los TSJ las atribuciones del Tribunal Supremo, y que supone separatismo porque no habría autoridad suprema española en la Justicia. Destroza, como hace con la Agencia Tributaria, el modelo de cohesión territorial y unidad nacional que estableció la Constitución. Todo lo contrario buscaba el programa socialista de 2000 cuando proponía asegurar la preeminencia, consideración y autoridad del Supremo ampliando su papel en la protección de derechos fundamentales.

Cabía esperar que el PSOE iba a pagar muy cara la factura de su pacto por el poder en Cataluña y por buscar el «todos a una contra el PP», pero no que fuera a llegar tan lejos en su pretensión electoralista de reformar lo sea, incluso la Constitución, para adaptar el Estado a la realidad de lo que hoy es un PSOE donde priman los barones, los únicos que manejan presupuestos públicos y disponen, por ello, de poder real.

PELIGROSA PROPUESTA DEL PSOE
Editorial ABC 6 Enero 2004

LA propuesta electoral del PSOE para la reforma de los Tribunales Superiores de Justicia y del Tribunal Supremo tiene un peligroso doble fondo, incongruente con las intenciones expuestas oficialmente. Aparentemente se trata de una benéfica alteración de competencias con efectos casi mágicos, teniendo en cuenta que, según el portavoz socialista, Jesús Caldera, acercará la Justicia al ciudadano, vertebrará España y, por supuesto, hará que las Comunidades Autónomas se sientan más cómodas. Ni más ni menos. Para lograr tan plausibles objetivos, los socialistas vuelven a apelar a la constitucionalidad de la propuesta, como si todo lo que teóricamente fuera constitucional resultara oportuno y necesario. Además, lo que dice la Constitución (artículo 152) es que las instancias judiciales se agotarán en tribunales radicados en la Comunidad Autónoma. Tales tribunales no tienen que ser necesariamente los TSJ, pudiendo ser, como sucede actualmente para la mayoría de los procesos civiles y penales, la respectiva Audiencia Provincial. Lo que quiere la Constitución es que la organización judicial culmine en cada Comunidad Autónoma con un TSJ, que siempre será un órgano integrado en el Poder Judicial del Estado.

Aun así, convertir a los TSJ en el término de las instancias judiciales no es ninguna novedad. Lo que resulta llamativo es que el PSOE abrace con furor este planteamiento después de haberse opuesto a leyes del Gobierno del PP que lo desarrollaban con reformas muy concretas, como la Ley de Enjuiciamiento Civil, que confiaba a los TSJ los recursos extraordinarios por infracción procesal -nueva competencia aún pendiente de implantar-, o más recientemente la última reforma de la Ley Orgánica del Poder Judicial, que instaura la doble instancia penal, atribuyendo a los TSJ los recursos de apelación contra las sentencias dictadas en única instancia por las Audiencias Provinciales. Además, los TSJ ya actúan como un tribunal supremo para los asuntos sometidos al derecho foral o el especial propio de cada Autonomía. Los socialistas no han descubierto nada nuevo que no estuviera ya en las leyes orgánicas y procesales.

Cabe entonces preguntarse por la intención última de la propuesta del PSOE y la respuesta no radica en lo que quieren hacer con los TSJ sino en lo que quieren dejar convertido al Tribunal Supremo. Desde hace muchos años, los nacionalismos gobernantes en Cataluña y País Vasco han pretendido la ampliación de competencias de sus TSJ con una doble finalidad: generar un poder judicial propio y tratar al TS como un órgano extranjero que no debe juzgar a sus ciudadanos. El PSOE ha irrumpido en escena no para apuntalar el último poder estatal no descentralizado -pese a lo que decían en el programa electoral de 2000 y en el Pacto de Estado firmado con el PP- sino para secundar, mediante un patético ejercicio de autoengaño, los intereses nacionalistas, copiando al pie de la letra lo que prevén el Plan Ibarretxe y los independentistas catalanes, con su socio Maragall. Por eso su propuesta entra de lleno en la desvitalización del Supremo, como quieren los nacionalistas, pese a que no sólo no hay ninguna incompatibilidad entre ampliar las competencias de los TSJ y mantener las actuales del Supremo, sino que lo deseable sería también reforzar la función casacional de este último. El PSOE se engaña y, abandonando el texto constitucional, maneja con impericia conceptos como instancia, casación y jurisdicción, error conceptual que sí chocaría con la Constitución (artículo 123), que define al TS como «órgano jurisdiccional superior en todos los órdenes». El recurso para unificación de doctrina -actualmente previsto como un medio excepcional para corregir las contradicciones entre tribunales- no garantiza el amparo judicial de los litigantes por el Supremo, como tampoco garantizaría el fundamento político principal de la unidad de la jurisdicción -cimiento constitucional del Estado- y de la preeminencia del Supremo, que no es otro que la igualdad de los ciudadanos ante la ley y entre ellos mismos.

VIVA ESPAÑA
Por GREGORIO SALVADOR de la Real Academia Española ABC 6 Enero 2004

MI hija mayor, que vuelve con su marido de un viaje a Normandía, donde han pasado diez días de descanso en un pueblecito entre Ruan y París, a orillas del Sena, haciendo excursiones por la región, me cuenta lo que sigue. Una tarde fría y neblinosa llegaron con el coche hasta Dieppe y lo aparcaron junto a una de esas extensas playas normandas donde se produjo el desembarco aliado en 1944. No había gente por los alrededores y salieron a dar un paseo por la orilla, a contemplar el mar gris, las olas espumosas que rompían en la playa, a respirar el aire marino y desentumecer los músculos en aquel paraje plácido y solitario. Caminaron un rato, sosegadamente, disfrutando del ambiente otoñal, y sólo se cruzaron con otra pareja de mediana edad, más o menos como ellos, en la que tampoco se fijaron mucho, aunque percibieron que hablaban inglés. Dieron pronto la vuelta, porque la brisa húmeda empezaba a resultar incómoda, y se encaminaron al coche. Advirtieron, todavía a cierta distancia, que había una hoja de papel sujeta por el limpiaparabrisas e imaginaron que estaría prohibido allí el aparcamiento y les notificarían la infracción y la multa, pero no habían visto pasar a ningún policía ni vehículos de ninguna clase. Sólo se vislumbraba, ya perdida en lontananza, a la pareja con la que un rato antes se habían cruzado. Cuando llegaron y leyeron el papel, se sintieron entre maravillados y estupefactos; porque se trataba de la hoja arrancada de una agenda inglesa, de la sección de direcciones, con rayado horizontal para Name, Address y Numbers, en la que alguien había escrito, de través, con bolígrafo, el siguiente mensaje, deseo o saludo: VIVA ESPAÑa. Así, tal como aquí lo reproduzco, con letras mayúsculas, aunque minúscula la a final, perdida acaso la continuidad por la mano escritora al enredarse en la tilde de la eñe inhabitual. Con nadie a la vista, no podía proceder el detalle sino de la pareja que habían visto y que ya había desaparecido también. Se habrían fijado en la matrícula del automóvil, tal vez los habrían oído hablar cuando pasaban, y habían querido obsequiarlos con ese testimonio de solidaridad y simpatía hacia el país de su procedencia. Mi hija y mi yerno se sintieron, naturalmente, halagados, guardaron la inesperada y misteriosa hoja que había redondeado su grata excursión vespertina y comentaron, mientras volvían a su albergue vacacional -y ahora conmigo, mientras me lo cuentan- que por Francia andarían, lo más seguro, otros coches con matrícula española a cuyos ocupantes les hubiera hecho menos gracia, o incluso les hubiese forzado a tragar bilis, la gentil cortesía de los presumibles británicos.

Porque eso es lo que hay, no nos engañemos. Abundan los renegados en estos días que vivimos. Nos hemos pasado siglos sintiendo el orgullo de España o el dolor de España, según haya correspondido a la marcha de la historia o a las circunstancias de cada momento o al talante de cada cual, y prolifera, actualmente, la caterva de los que se empeñan en negarla, los que se declaran patriotas de Aldeanueva del Cacho, no aceptan más música que el repique de las campanas de su espadaña, señalan límites o diferencias que nunca existieron e izan banderas particulares recién inventadas, o recuperadas de las profundidades del medievo, para llamar la atención sobre su menguado y respectivo cacho, el que cada uno de ellos adopte o le corresponda, falseando el pasado, despreciando el presente y jugándose un futuro que a todos, más o menos, nos concierne. Cuando las fronteras de Europa se nos abren, aquí se amojonan territorios torvamente y se tiene a menos reconocerse español.

Recuerdo un espléndido artículo de Antonio Muñoz Molina, publicado el pasado verano, que se titulaba, creo recordar, «Una compatriota», aunque luego se hablaba de dos y no de una: su propia asistenta, guineana, que acababa de conseguir la nacionalidad española y estaba contentísima, aguardando con impaciencia que le diesen su documento nacional de identidad, y la nadadora rusa Nina Jivanevskaia, también nacionalizada española, que proclamaba en los periódicos lo feliz que se sentía por serlo, tras haberse podido ver su imagen exultante, envuelta en la bandera de España, celebrando su medalla de oro en el campeonato mundial de natación; y el contraste que ofrecían esas recientes españolas voluntariosas con esos otros compatriotas de nacimiento, que no han tenido que esforzarse para conseguir un pasaporte español, que disfrutan de todas las ventajas que esa condición y documento les confieren, pero que lo llevan consigo como si de una afrenta se tratase.

Pero volvamos a los británicos de la playa normanda. Lo más seguro es que hubiesen visitado España en alguna ocasión o que la visiten con frecuencia o, incluso, que se hayan venido a vivir aquí y que se sientan a gusto en ella, con la tierra, con el ambiente, con los habitantes: a lo mejor, en cualquiera de esos pedazos aludidos, por más que los quieran diferenciar, demarcar o puntear los de Aldeanueva y sus congéneres con vistas al posible despiece. Para los de fuera, más o menos asiduos, transeúntes o residentes, todo es España: VIVA ESPAÑa.

Los ingleses han tenido siempre una querencia especial hacia nuestro país. Recordemos las descripciones y los juicios de los viajeros del XIX y los escritores que se instalaron entre nosotros y aquí escribieron sus obras: Robert Graves, en Mallorca, o Gerald Brennan, en la Alpujarra. El pintor del que más se hablaba en la Granada de mi juventud era Apperley, otro inglés que se había venido a vivir y a pintar en un carmen del Albaicín.

Pero ahora no son los artistas o los intelectuales quienes nos descubren, sino gentes más vulgares, ciudadanos de clase media o clase media baja, retirados o jubilados acaso, pero también activos bastantes de ellos, con trabajos de esos, ahora tan corrientes, que pueden ser atendidos desde cualquier lugar con la simple ayuda de un ordenador conectado a la red, que se encuentran con que España es un buen sitio para vivir y, desde su condición de comunitarios -unos y otros pertenecemos ahora a la Unión Europea-, se compran una casa y se vienen a residir entre nosotros. Y no a las costas, lo que nunca ha resultado extraño, sino al interior rural. Hablo de una inmigración a la que apenas se alude, pero que está adquiriendo una notable dimensión en el sudeste de la Península: muchísimas familias inglesas se están instalando en pueblos perdidos del interior de las provincias de Alicante, Murcia, Almería y Granada, generalmente en las zonas más esteparias o casi desérticas. Quizá porque la tierra es más barata y también las viejas casas rurales que se apresuran a reconstruir o adaptar. Ocurre en mi pueblo natal granadino, Cúllar, y en otros de alrededor. Y también en el murciano, Barinas, donde descanso, cuando puedo, del ajetreo y las obligaciones urbanas. Hay niños ingleses ya en los colegios de estos pueblos y viejos que acuden a sus centros médicos, es decir, se están integrando en esos municipios, en la vida local. Es algo, pues, que estoy viendo, un fenómeno que se produce ante mis ojos y que me invita a la reflexión. ¿Qué los trae a estos lugares con ánimo de permanencia? A lo mejor el clima, tan seco, tan distinto, con tantos días de sol; tal vez los precios, el nivel más bajo del coste de la vida, el mayor provecho que le pueden sacar a sus limitadas rentas o pensiones. Y, por supuesto, las facilidades que ofrece una Europa sin fronteras.

Acaso la pareja de Dieppe viva ya en España o esté deseosa y decidida a trasladarse aquí, y de ahí el entusiasmo que los lleva a dejar esa nota en el coche de unos ya, en cierto modo, compatriotas. Puestos a pedir imaginarias gollerías, lo deseable sería que todos los habitantes de este continente, que ha sido áspera plaza mayor del mundo, hermanados en su espacio común, acabáramos vitoreando a Europa, sin más.

La 'vía Maragall'
SANTIAGO GONZÁLEZ El Correo 6 Enero 2004

Sus compañeros vascos, mi señor Zapatero, han descubierto en el honorable Maragall la estrella que ha de llevarles hasta el mismísimo Niño Jesús. Declaraciones de López, Eguiguren, Buen, Elorza, Zabaleta y otros subrayan esta vocación de estar en Belén con los pastores, un lugar muy adecuado para estas fechas, pero no sé si el mejor punto de partida para el arranque de una campaña electoral.

El primer sondeo del año dice que el PP sacaría a su partido ahora mismo 10,7 puntos en intención de voto, tres décimas más que en las generales del año 2000. Por muy relativo que sea su valor, déjeme recordarle que esta misma encuesta, Sigma-2, les atribuía a ustedes una ventaja de 2,1 puntos sobre el PP en marzo de 2003. Hace ya bastantes meses, si me perdona la autocita, escribí en una de estas cartas que llevaba usted camino de romper el suelo electoral de Joaquín Almunia.

Así las cosas, es preciso ponderar la íntima coherencia entre la vía elegida y los resultados previstos. ¿Y en qué consiste la 'vía Maragall', si puede saberse? ¿Por dónde discurre el secreto pasadizo que ha de llevar al socialismo español a La Moncloa, y al vasco, no ya a constituirse como alternativa, sino a reforzarse en su condición de tal? Al llegar a este punto, bueno será recordar un par de datos, aun a riesgo de que el pesimismo de la inteligencia nuble el inquebrantable optimismo de la voluntad.

En las últimas catalanas, con un aumento de la participación del 4,19%, Pasqual Maragall perdió 157.269 votos, diez escaños y 6,68 puntos. El descalabro era mayor (entre siete y diez puntos), en los municipios del cinturón industrial de Barcelona. Unos resultados equivalentes aumentarían la mayoría parlamentaria del PP, como es obvio, pero ya llegarán las autonómicas. Una vez perdidos puntos y escaños, sólo queda confiar en el diálogo para que Begoña Errazti y Javi Madrazo lleven a Patxi López a Ajuria Enea, en una versión vasca del 'govern de esquerra' que preside Maragall.

Tras las elecciones autonómicas vascas del 30 de noviembre de 1986, Euskadiko Ezkerra propuso una fórmula de gobierno parecida al tripartito catalán. Un gobierno de cambio y de progreso, le llamaban, y estaría integrado por el PSE, EA y Euskadiko Ezkerra. No pudo ser. El PSE, primera fuerza en aquellos comicios, prefirió hacer lehendakari al peneuvista Ardanza que al escindido Garaikoetxea. Con las razones que entonces dieron (dimos), Maragall debería ser en estos momentos conseller en cap de un gobierno presidido por Mas. Los dirigentes de ahora son muy jóvenes y tal vez no recuerden estas cosas. Después de todo, ¿por qué habrían de recordar semejantes tonterías, si una secretaria ejecutiva de su partido con escaño en el Congreso desconocía que Rodolfo Llopis era el nombre del secretario general del PSOE que precedió a Felipe González?

El «redondismo» proscrito
Antonio Martín Beaumont La Razón  6 Enero 2004

Confeccionar las candidaturas electorales es una de las tareas más delicadas en democracia, y es un trabajo que suele recaer en pocas personas. Personas decisivas que, dadas las fechas en las que nos encontramos y la inminente disolución de las Cortes, no han tenido unas vacaciones normales.

Menos aún en el País Vasco, donde la normalidad democrática, teniendo en cuenta la presión independentista y terrorista, sólo se supone. En las elecciones de marzo va a dilucidarse allí ¬y en Navarra¬ mucho más que una mayoría parlamentaria; va a saberse qué calidad tiene la democracia, si hay tal democracia más allá de las apariencias y, en consecuencia, sabremos también qué medidas tendrá en su agenda el sucesor de Aznar. Patxi López y sus gentes, dentro del socialismo vasco, están arrinconando en las listas al sector ligado a Nicolás Redondo; de hecho están eliminándolos completamente de las mismas, con casos escandalosos como el de Rosa Díez. Es el triunfo de Odón Elorza, lo que equivale a decir el de Pasqual Maragall. Pero nada de todo esto sucedería sin el consentimiento de José Luis Rodríguez Zapatero, que se hace así responsable de las previsibles consecuencias.

Un caso similar se da en Navarra, donde la deriva nacionalista del PSOE ha evitado la expulsión del concejal Úriz ¬que votó con los nacionalistas para mantener la ikurriña en su Ayuntamiento¬ y va a plantear una candidatura encabezada por el mismo secretario general del Partido Socialista de Navarra, Lizarbe. En franco acuerdo con los nacionalistas.

No es fácil saber qué resultados electorales cosechará el PSOE en esas provincias, aunque la tendencia es descendente. Lo seguro es que, en cualquier caso, el vencedor será el PNV. López y Elorza, cada vez con menos disimulos, anhelan volver al pacto permanente con los nacionalistas. Y, de hecho, el indefinido reformismo de los Estatutos que Maragall ha impuesto al PSOE permite un acuerdo sin que el plan de Ibarretxe se vea afectado.
Todo esto deja en el PP, UPN y Unidad Alavesa la garantía de la lealtad constitucional de vascos y navarros. Una división del PSE, o su escoramiento hacia el nacionalismo, abriría un impensable escenario de inestabilidad democrática. Pero no es una hipótesis, ya es casi un hecho.

Zapatero y sus 17 Tribunales Supremos
EDITORIAL Libertad Digital  6 Enero 2004

Si el PSOE introducía el viernes pasado unas confusas rectificaciones a su disparatada propuesta de crear 17 Agencias Tributarias para que cada autonomía sea soberana en materia hacendística, los socialistas inauguran esta semana con otra oferta que pasa por que el Tribunal Supremo ceda sus poderes a los Tribunales Superiores de Justicia autonómicos. Estos se convertirían es cada comunidad en el "órgano en que culmine la organización judicial en el ámbito territorial y en el que se agotarán las sucesivas instancias procesales".

Al margen de que el PSOE pueda la próxima semana retocar esta nueva oferta si ve "complejidades técnicas" que hoy no parece percibir, está visto que el proyecto "nacional" -más bien desnacionalizador- de los socialistas para España es tratar de extender el programa secesionista de Maragall y los independentistas catalanes a todas las autonomías. Hemos pasado del "café" al secesionismo para todos. Si Zapatero, tras respaldar que cada región rompa la unidad que tiene España en los ámbitos hacendístico y judicial, aún no ha propuesto que cada autonomía pueda erradicar el castellano de la enseñanza -como ya de forma total pretende hacer Maragall en Cataluña- es por la sencilla razón de que las 17 autonomías no cuentan con lenguas propias con la que relevar a la lengua común de los españoles.

Lo que es innegable -tal y como denunciábamos la semana pasada respecto a las 17 Agencias Tributarias- es que el PSOE mentía cuando decía que limitaría su respaldo a las "reformas de todos los estatutos de autonomía que estuvieran dentro de la Constitución". Si ya no lo estaba aquella propuesta de segregación hacendística, tampoco lo está esta de que los Tribunales Superiores de Justicia asuman en cada autonomía el papel del Tribunal Supremo. El artículo 123 de nuestra Carta Magna no puede ser más claro al respecto: "El Tribunal Supremo, con jurisdicción en toda España, es el órgano jurisdiccional superior en todos los órdenes, salvo lo dispuesto en materia de garantías constitucionales".

Mientras el candidato del PP, Mariano Rajoy, parecería que hubiera dado la orden de que no le despierten hasta que haya ganado las elecciones, el ministro de Justicia ha considerado oportuno poner fin a las vacaciones navideñas que también parece haberse tomado el resto de su Gobierno. Michavila ha salido a la palestra para señalar con acierto que esta oferta del PSOE en el ámbito judicial es calcada a la que refleja el Plan Ibarretxe en su artículo 26.1. Este efectivamente dice que "la organización judicial vasca culminará en el Tribunal de Justicia de Euskadi, y ante el que se agotarán las sucesivas instancias procesales".

Las similitudes del Plan Ibarretxe con las del plan de los socialistas-independentistas catalanes que Zapatero propone extender a todas las autonomías son cada vez más numerosas hasta el punto de tener que preguntarnos si lo que no le gusta al secretario general del PSOE del Plan Ibarretxe es que sea uno... y no diecisiete.

Vuelve la Ruptura contra la Reforma
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital  6 Enero 2004

Ya es irreversible. El PSOE ha decidido jugarse su suerte y la nuestra a la carta de la Ruptura. Sí, aquella Ruptura que no pudo conseguir en 1976, cuando la derecha franquista o antifranquista promovió la Reforma del Régimen de Franco, pasando "de la Ley a la Ley" y mediante referéndum logró el respaldo del 80% del electorado a esa fórmula no traumática de transición a la democracia. La Ruptura que preconizaba toda la Oposición apenas consiguió el 20% de los votos, incluida la abstención, y la Reforma salió adelante con el Rey, Suárez y Torcuato Fernández Miranda como piezas esenciales de aquella fórmula inteligente y generosa (por parte de los franquistas, que votaron su propia disolución en las Cortes) que permitió cambiar el régimen sin poner patas arriba a la Nación.

Pero eso es lo que pretendían precisamente los rupturistas, poner patas arriba a España, dejarla, como dijo Alfonso Guerra al llegar al Poder, "que no iba a conocerla ni la madre que la parió". Afortunadamente, no lo consiguieron, pero la sempiterna manía izquierdista de fundar un régimen identificado con un partido seguía ahí. Y se ha actualizado dramáticamente cuando los socialistas de 2004 piensan que no tienen nada que perder, cuando dan por perdidas las elecciones, como en 1934. Setenta años y no han aprendido nada. Probablemente, ni pueden ni quieren aprender. La gran diferencia es que España es hoy un país mucho más próspero que en 1976 (aun viviendo entonces la mejor época económica del siglo XX), está plenamente insertada en Europa, tiene uno de los niveles de calidad de vida, más altos del mundo. Y sin embargo… los demonios familiares siguen ahí.

Y hay una incógnita mayor: ¿estará la Derecha hoy dispuesta a defender su modelo de España, su idea nacional, frente a la disolución rupturista que plantean la izquierda y los nacionalistas? ¿Están el Rey, el Tribunal Constitucional, el Tribunal Supremo, los grandes medios de comunicación públicos y privados, las grandes empresas, bancos y negocios realmente dispuestos a hacer frente a ibarreches, rovireches y maragalleches? ¿A usar la Constitución contra sus enemigos? ¿A levantar a la nación española contra los que quieren enterrarla?

En 1976 lo hicieron por necesidad. En 2004 tendrían que hacerlo por convicción. ¿Pero tienen convicciones, tienen principios, tienen realmente una idea y una necesidad de España o están dispuestos a negociar su jubilación anticipada, la suya y la de la nación, con tal de seguir disfrutando de esa especie de pensión vitalicia, pensión de rentista, sin tener que arriesgar algo por todo, o todo por nada?

Nada nos gustaría más que ser optimistas, pero la realidad no nos lo permite, y ojalá nos equivoquemos. Pronto, en no más de un año o dos, podremos comprobar si puede deshacerse la Transición y crear un nuevo régimen basado en la negación de España o lo que se deshace es esta nueva forma de golpismo patroneado por Polanko, que ya la preconiza abiertamente desde su inmenso imperio mediático, y ejecutado por Zapatero y sus aliados comunistas y separatistas. Eso, al margen de las elecciones, precisamente por no poder ganarlas, y porque nunca se han resignado a haber sido beneficiarios y no actores de la democracia traída por los franquistas y que la derecha democrática de Aznar ha sabido gestionar mucho mejor que la Izquierda, otra cosa que tampoco perdonan. El resentimiento es el verdadero programa político de estos revolucionarios ricachos y sin escrúpulos. Veremos si hay capacidad para denunciarlo y derrotarlo. Pero nos aguardan días duros, luctuosos, terribles, innecesarios. ¡Pobre Nación rica! ¡Pobre España!

La batalla de La Moncloa
Ignacio Villa Libertad Digital  6 Enero 2004

Este lunes comienza formalmente el trimestre político más duro de los últimos años en la política española. Cuando faltan algo más de dos meses para las elecciones generales de marzo, dos nuevos candidatos se enfrentan por la batalla de La Moncloa. Dos candidatos que se disputan en una sola batalla todo su futuro político. Ciertamente, el candidato del PP, Mariano Rajoy, llega con una clara y meridiana diferencia sobre Rodríguez Zapatero, y también es verdad que el candidato socialista inicia esta recta final haciendo agua por muchos y diferentes frentes; pero lo único que vale en democracia son las urnas y por lo tanto ni las encuestas que indican una apabullante victoria del PP, ni la tremenda crisis interna que atraviesa el PSOE deberían tenerse ahora en cuenta. Los cuentakilómetros de los dos candidatos se ponen a cero y la carrera comienza en estos momentos.

Dicho esto, habrá que añadir que el secretario general del PP inicia la recta final con una confortable situación. Después de un impecable proceso sucesorio, Mariano Rajoy ha podido situarse ante la sociedad española como el candidato de los populares a la presidencia del Gobierno sin prisas y sin agobios. Conferencias programáticas, recorrido por todas las Comunidades Autónomas, agenda internacional y presencia en las distintas Instituciones del Estado le han llevado a ofrecer una imagen de sosiego y al mismo tiempo de identificación plena con toda la "herencia de Aznar". Rajoy se encuentra en una situación inmejorable para afrontar esta recta final, pero también es cierto que en estos momentos inicia esa carrera en solitario. Rajoy ya se encuentra cara a cara con las elecciones, y deberá tomar las primeras decisiones personales: las listas electorales. El nombramiento de Gabriel Elorriaga —su primera decisión de calado— ha sido una buena señal de su talante: quiere contar con los mejores, dejando de lado etiquetas y familias. Rajoy, pues, en posición de salida, pero ya acompañado de la soledad y de la responsabilidad propia de cualquier candidato.

En los bancos de enfrente, el candidato Zapatero. Una situación bien diferente. Con el partido roto por aquí y por allá, con la autoridad política por los suelos, con un equipo de colaboradores de "medio pelo", el secretario general del PSOE ha cometido el último error estratégico. Ha "quemado" con filtraciones inexplicables en plenas vacaciones de Navidad su programa electoral. Buscando inexistentes golpes de efecto, queriendo —sin conseguirlo— llamar la atención, Zapatero ha dilapidado sus propuestas electorales. ¿Quién le habrá vuelto a aconsejar con tan poco acierto? Desde la dirección socialista han ido dando a conocer algunas de las iniciativas electorales pero lo han hecho de forma inconexa, sin explicar la financiación de esas iniciativas y desperdiciando todo "efecto sorpresa". Con este panorama, Zapatero se presenta en la recta final con "todo el pescado vendido" y lo que es más grave, sujeto mañana, tarde y noche a las "machadas" de Carod Rovira. Han sido tan torpes en Ferraz que ahora el verdadero programa electoral del PSOE vendrá marcado desde Cataluña como una permanente y constante tortura.

En fin, como ven las cosas aparecen muy claras. Pero sería un error para los populares confiarse en esta situación. La política es altamente traicionera, y aunque el panorama es envidiable para Rajoy, la última batalla electoral hay que darla. La carrera de marzo ha comenzado.

Los Reyes Magos y el carbón político
Lorenzo Contreras Estrella Digital 6 Enero 2004

Los Reyes Magos no le han traído al PSOE de Zapatero más que carbón político. No es que fuese malo, pero suspendió demasiadas asignaturas. Y eso en política, como en las familias de siempre, equivale a ser malo. Para remediar su situación ha confeccionado un programa tan prometedor que se sabe de antemano inaplicable. Por prometer que no quede. Es lo que ocurre sistemáticamente cuando se sospecha que la victoria es imposible o extremadamente improbable.

Lo peor del PSOE en este trance electoral es que no cree en su éxito. El PP, que también suspendió lo suyo, está enchufado y confía. Está enchufado a cuatro datos sustanciales que le rentan lo suficiente. Retroceso de ETA, idea de España, ofensiva contra los nacionalismos y prosperidad económica, que no social. Los pasivos son extensísimos y su enumeración se llevaría todo el espacio disponible para elaborar una noción del estado de cosas.

La impresión, por tanto, es que el PP, políticamente hablando, ha ganado el Xacobeo. O sea, el jubileo, que en otro tiempo no se ganaba, sino que más bien se empataba. Ahora todas las indulgencias le han sido reservadas. Hay poco o nada para los demás, en este caso para el PSOE. Un PSOE -cabe insistir- que descree del éxito, salvo las mentiras de la retórica triunfal, para cuya expresión no se necesita fundamento.

Ya se sabe, las campañas electorales -y la de las nuevas generales ya ha comenzado de hecho- deberían llevar un lema: licencia para mentir. El PSOE no tiene fe en sus posibilidades. Zapatero ha debido recibir esa impresión cuando ha conocido la respuesta negativa de José Bono y Juan Carlos Rodríguez Ibarra a la oferta de participar en "su" futuro Gobierno. Largo me lo fiais, habrán dicho los interesados. Aunque probablemente habrían dado en todo caso la misma contestación. Zapatero lleva al dorso el sello de caducidad.

Pero no solamente Bono y Rodríguez Ibarra quienes se distinguen por su falta de fe. La misma actitud han adoptado las mujeres del partido a las que se les ha invitado a ocupar el número 2 de la candidatura socialista por Madrid. Ya es significativo que esto ocurra. Hace años habría habido bofetadas entre ellas por instalarse en tan honroso lugar. Bofetadas o arañazos. O tirones de pelo, que son los usos femeninos, o de género, como ahora se dice. Eso demuestra que no creen en la victoria de marzo y procuran evitar la aventura de estrellarse con Zapatero. Es curioso que, tras hacer de la soledad de Aznar la base dialéctica de su crítica política, el secretario general del PSOE y líder electoral tenga que experimentar en su propia persona una soledad creciente.

Nunca la política fue tan esclava del dinero. Nunca, o pocas veces, la codicia del poder estuvo tan asociada a la recaudación. Aquí ya no se promete, con visos razonables, unos logros sociales, sino la buena ventura de una fiscalidad particularizada a través de una red de agencias tributarias. El PSOE anuncia, si gana, un sistema de exacciones autonómicas. Van a crujir las cuadernas del barco nacional. O, a este paso, ex nacional. Más elementos para la soledad del líder. Eso vende poco, o sencillamente no vende. Es lo más probable.

¿Reformar la Constitución?
Cartas al Director ABC 6 Enero 2004

El Estado de las Autonomías no es ni ha sido una panacea para resolver nuestros problemas, los reales (no los inventados), sino que hemos progresado a pesar de ellos. De hecho, según algunas encuestas, los españoles tenemos muy poco conocimiento e interés por nuestras respectivas Autonomías, incluso en las más problemáticas.

Si posiblemente fue un error de juventud democrática crear unas Autonomías con tan amplias potestades, sería ahora un error mayor potenciarlas más.

Sólo hablan los políticos mediocres de reformar la Constitución española en un sentido: dándoles mayor peso político y económico a las Autonomías, y todos sabemos que esto sólo nos va a traer división y desigualdad, fomentando el egoísmo y el paletismo como forma habitual de Estado.

La Constitución también se puede reformar en sentido contrario, dando marcha atrás en todas las estupideces cometidas en momentos de euforia infantil.

Sin embargo, el PSOE continúa en la misma línea y nos quiere empujar, aún más, al abismo del enfrentamiento, sólo porque no consigue ganar despachos.

ETA ha perdido poder, como todos sabíamos, con medidas policiales y con entereza, dándoles respuesta sólo desde donde se puede, desde España, que es la atacada por estos paletos descerebrados. Porque nosotros sí tenemos terrorismo; no es la visión paranoica que tiene Bush del mundo. Lo nuestro es real y dura en el tiempo; aquí tenemos terroristas, no pueblos que resisten. Y un Estado de las Autonomías que nos hace vivir un sinfín de situaciones embarazosas y absurdas en comunicación, sanidad, educación, impuestos, políticas de interés general, transvases, pantanos, carreteras, legislaciones, imagen externa y un largo etcétera que nos hacen vivir las Autonomías.   Javier Pomar Bercial.   Madrid.

Con el topónimo a vueltas
J.A. Martínez Sevilla El Ideal Gallego 6 Enero 2004

Andan preocupados los políticos, tanto rogelios exacerbados como derecha conservadora, sobre el topónimo ciudadano que parece el cuento de nunca acabar. Los unos declaran ilegal el cambio de nombre; los otros, que hay veinte mil cosas por las que preocuparse antes. Con tales declaraciones, irónicamente, confiesan lo mucho que les preocupa, pues, quieran o no reconocerlo, ahora la Ley de Grandes Ciudades, a despecho de decisiones políticas, normas lingüísticas y sentencias judiciales, posibilitará que La Coruña, durante la hégira de Francisco Vázquez y su equipo de gobierno, recupere la denominación tradicional manteniéndola para siempre.

Subyace en el fondo, pese a la “sagacidad” mostrada por los representantes políticos antes mencionados, una afrenta permanente y provocadora que el coruñés siente propia. Maldición foránea de humillación y vituperio.

Mientras otras urbes, con mayor motivo, no cambiaron sus denominaciones, a La Coruña la golpeó un Zeus “xunteiro” por algo tan inocente como un artículo. Ni siquiera se nos admitió como interlocutor válido al debatir sobre nuestra esencia. La historia de La Coruña, al igual que toda la española, es una historia de controversia, de discordia, de cansancio. Se apabulla al vencido silenciándole y, cuando el derrotado alza la cerviz, empieza el nuevo ciclo.

Ese devenir local ha sido un enfrentamiento milenario y constante entre una ciudad de realengo -libre, progresista y solidaria- y el tipo urbano de abadengo sometida a los dictados de la Mitra compostelana. El pan y la sal que sistemáticamente nos han sido negados -ni siquiera hoy, en la época agnóstica que vivimos, tenemos obispado-, por afán de ahogar nuestro desarrollo y libertad, arrebatándonos delegaciones administrativas, imponiéndonos feroz centralismo, hurtándonos grandes obras o construyendo ciudades artificiales sin prestarnos atención... Quizá porque los coruñeses hayamos querido demasiado a Galicia y nuestra pasión por vivir haya desbordado cualquier frontera, conforme acredita nuestra aceptación de emigrantes.

Es la diferencia entre la Galicia oficial y la real, aquellos ripios de mocedad que identificaban el amor del hombre por la mujer, que es su tierra: “Quiero, y no quiero querer, / a quien no queriendo quiero...”.

Pegados a una nuca
Un escolta analiza la situación de los profesionales de la seguridad privada en el País Vasco y Navarra
Un escolta privado que ha estado trabajando durante cuatro años en el País Vasco dando protección, principalmente, a cargos electos del PP, analiza para LA RAZÓN la situación en que se encuentran estos profesionales que, diariamente, arriesgan sus vidas para proteger las de sus escoltados.
Los escoltas viven acechados por la amenaza terrorista y pendientes del día a día de sus protegidos
Íñigo Urquía - Pamplona.- La Razón  6 Enero 2004

Nagusi oculta su identidad detrás de un nombre ficticio, pero no se esconde. Llegó al País Vasco justo después de la tregua de ETA y acompañó durante cuatro años por el Gohierri (San Sebastián) y otros municipios guipuzcoanos a cargos electos del PP. «Fue una época mala», recuerda. Los cócteles molotov atizaban la hoguera de la rabia y la sangría terrorista inyectaba miedo en los ojos de los vascos, mudos por temor a los asesinos.

Sin embargo, Nagusi guarda «un buen recuerdo» del País Vasco, aunque tacha de «ficticia» su calidad de vida. «Pasear por la playa de la Concha es maravilloso pero, si pones eso en un plato de la balanza y en el otro colocas el silencio, la represión pesa más», confiesa este escolta. «Entiendo que mucha gente no comprenda que diga que se vive relativamente bien allí, porque todas las mañanas tenía que revisar mi coche» para comprobar si habían adosado una bomba.

El despertador del escolta madruga dos horas más que el del protegido, pues tiene que llegar 45 minutos antes de la hora de su salida. Las labores de contravigilancia comienzan: los portales y las farolas pasan lista a cualquier amenaza.

El día a día representa su mayor peligro. A pesar de que la opinión pública cree que estos profesionales se enfrentan todas las mañanas a hordas de violentos, la situación es diferente. El silencio y la rutina se erigen como alertas del peligro. Tras asegurar el perímetro, el escolta fija la ruta y los horarios, tras lo cual acompaña al protegido hasta su trabajo. Si hay suerte y el destino es un edificio «seguro» (ayuntamientos, sedes de partidos, juzgados...), los compañeros de Nagusi podrán tomar un café o aprovechar el tiempo para leer o ir al gimnasio. En cambio, «cuando trabajamos con concejales que tienen negocios propios lo que hacemos es vigilar la calle», admite. Todo ese tiempo son dianas. «En las grandes ciudades te camuflas mejor, te integras en la multitud, pero en los pueblos pequeños es imposible».

Salidas nocturnas
A la hora de comer, los escoltas regresan para acompañar a su protegido. Por la tarde, más rutina. ¿Y luego? «Confiar en que el amenazado no tenga ningún compromiso». «Hay días en que trabajas hasta 16 horas. Lo peor es cuando te toca ir a cenas, al cine o a tomar unas copas», comenta Nagusi.

Pero, ¿y si un día el cargo público quiere ir a «lo viejo» a beber una cerveza? «Pues hay que ir. Eso sí, todos los días no. Si vas todos los días a un sitio donde se concentran proetarras, al final te va a pasar algo». No obstante, estas sombras a veces tienen problemas con sus protegidos. «Hay unos más dóciles y otros que no admiten el peligro. Algunos asumen el riesgo y te ven como a un amigo, pero otros no te dejan ni subir a su coche». En la predisposición radica la clave para tolerar a un acompañante todo el día: aunque el reflejo de estos trabajadores importuna a muchos, si la relación no es buena, los terroristas lo tendrán más fácil. De todas formas, Nagusi delimita con trazos firmes la distancia entre la amistad y la profesión ya que, si establece «un vínculo más profundo» con el protegido, acabaría bajando la guardia.

Nagusi repite una y otra vez que en el País Vasco no hay «psicosis». «La gente piensa que todos los días llueven tuercas y eso no es así. Quizás fuera así en la década de los 80, pero ya no», porfía. Ahora, la labor de seguridad que realizan es sobre todo preventiva. «Trabajamos para que no ocurran cosas. Los malos atentan contra los que están más indefensos y nuestro trabajo consiste en demostrarles que lo tienen difícil, que somos meticulosos y no dejamos cabos sin atar», explica.

Malas condiciones
Sus condiciones de trabajo no son óptimas. Una pistola constituye su única garantía contra ETA. «Dispones de menos material y compañeros. A veces ni te dan el inhibidor y, cuando lo hacen, no sabes si barre la frecuencia que usa la banda. Además, conducimos coches alquilados sin blindaje y no tenemos chalecos antibalas», lamenta. Estos vehículos acarrean otro problema. Según ASES, ETA rastrea esos coches y, cuando se devuelven a las empresas de alquiler, los vehículos ya «han sido fichados ». Algunos coches «ya quemados », además, pueden llegar a manos de particulares que no están amenazados.

A lo largo del día, aparecen múltiples ocasiones en las que la muerte amaga y regatea al destino. Por ejemplo, al entrar en un bar, un escolta verifica el recinto y, tras acreditar su seguridad, da la orden al otro escolta y al protegido de que pueden entrar. Si los guardaespaldas «se llevan bien» con el cargo público, comen juntos. Si no, lo hacen en la mesa de al lado.

La clave del trabajo estriba en romper la rutina. Los días más duros son los posteriores a un zarpazo etarra. «A mí me daba bajón . Son días de mucho pensar pero al final la mayoría seguimos adelante».

Si en el trabajo los acompañantes deben «dejarse notar» para amilanar a los etarras, «en la vida privada, la consigna es pasar desapercibidos». Pese a que muchos crean que la paranoia anida bajo sus almohadas, no es así. Son profesionales y asumen que su trabajo conlleva un riesgo. «No hay que dramatizar, se puede vivir así», murmura Nagusi. Según los escoltas, lo importante es saber que «estás trabajando y que cuando te vas a casa dejas de ser escolta». No obstante, a veces no es fácil, ya que sufren una especie de «deformación profesional». «Se interioriza tanto este trabajo que a veces, aunque desconectes, pones en práctica rutinas de contravigilancia», describe.

Los guardaespaldas privados se relacionan sobre todo con «compañeros y gente afín a tu profesión». No pueden, ni deben, de primeras, decir a que se dedican. «Hay que relacionarte con cabeza», subraya Nagusi. Además, aunque no tienen zonas «vetadas», toma precauciones. «Claro, lo que no hago es irme un sábado por la noche a la parte vieja de San Sebastián», apostilla.

El entorno etarra tiende a identificar al escolta y al protegido. «Rechazan a tu protegido y a ti también, por ejercer de policía y por proteger a quien ellos odian», dice Nagusi. Al final, no les queda otro remedio que asumir que ellos son un objetivo más. Esa tensión se vive a diario. Ir a comprar el pan entre insultos, subir en un ascensor o pasear por un parque con miedo representan escenas de la normalización de lo anormal. A Nagusi, que nació en Madrid, le llama la atención ese «calla, calla y lo que tengas que decir dilo en casa» que sufren los ciudadanos vascos pero lo entiende. «Temen a ETA porque les pueden hacer algo».

Nagusi desgrana un relato en tonos grises donde los «malos» nunca ganan. Hasta que ganan. «ETA no ha dejado de actuar porque Ibarreche presentara el plan, sino porque está mal. En cuanto pueda volverá a matar y entonces habrá una desbandada de escoltas del País Vasco». Cuando lo intenten, los compañeros de Nagusi estarán allí para impedirlo. Tras la nuca de su protegido.

Varios encapuchados arrojan un artefacto explosivo contra la comisaría de Baracaldo
Efe - Baracaldo.- La Razón  6 Enero 2004

Varios encapuchados atacaron ayer la comisaría de la Policía Local de Baracaldo y arrojaron un artefacto explosivo contra la puerta del edificio que no ha causado grandes daños debido a que la bombona de gas que lo formaba no llegó a explosionar, explicó el alcalde, Tontxu Rodríguez.

Sobre las 19:30, un encapuchado con guantes blancos arrojó un artefacto explosivo contra la puerta de la comisaría que estaba compuesto por un petardo, un iniciador y una bombona de gas, pero afortunadamente, sólo explosionó el iniciador, lo que evitó daños mayores. A la vez, desde la acera de enfrente, un grupo formado por seis u ocho personas arrojaron tuercas y tornillos de grandes dimensiones contra el edificio, sin que se produjeran daños debido al blindaje de los cristales.

El alcalde, Tontxu Rodríguez, condenó el ataque «perpetrado por los de casi siempre» y señaló que aprovecharon que la mayor parte de los efectivos de la policía local estaban vigilando la cabalgata de Reyes para atacar la comisaría.

Recortes de Prensa   Página Inicial