AGLI

Recortes de Prensa     Viernes 9 Enero  2004
Mata y se acaba
JOSÉ MARÍA CALLEJA El Correo 9 Enero 2004

Maragall vestido de seda, Rovira se queda
EDITORIAL Libertad Digital  9 Enero 2004

Nación plena
Juan Carlos Girauta Libertad Digital  9 Enero 2004

¿Este PSOE es un peligro!
Gregorio Robles La Razón 9 Enero 2004

El plebiscito de marzo
Antonio Jiménez La Razón 9 Enero 2004

El dislate político
Francisco Muro de Iscar El Ideal Gallego 9 Enero 2004

Mucho hermano
ALFONSO USSÍA ABC 9 Enero 2004

Recursos tal vez intempestivos
BARTOLOMÉ CLAVERO El Correo  9 Enero 2004
 
Mata y se acaba
JOSÉ MARÍA CALLEJA El Correo 9 Enero 2004

Sobra y estorba» son las palabras que se le ocurren al presidente de la Comunidad Autónoma Vasca para referirse a la organización terrorista que durante más de treinta años ha ensangrentado nuestras vidas, ha asesinado a casi mil personas, ha dejado más de tres mil heridos y ha sembrado de tristeza, miedo y dolor la vida diaria de miles de vascos.

Habla Ibarretxe como si estuviera realmente en Belén con los pastores. Junta una retahíla de palabras blancas y algodonosas, las toca como si fueran teclas de una melodía incoherente, pero con el afán de que alguna de ellas alcance la fibra sensible de un sector del público que está deseando que le cuenten un cuento de Navidad. Se mezcla así a los asesinos con los asesinados, se inventa un país que no existe, se recurre a tópicos sobados y manidos, se ponen ejemplos tramposos y uno se queda con la sensación de que el principal problema que tenemos los vascos es tan sentimental que resulta inefable.

Pero lo cierto es que los hechos son evidentes. Por ejemplo, se lamenta el presidente de la CAV de la existencia de insultos y pide que cesen. Pues bien, él es el autor del insulto 'GAL mediático' que con tanto jolgorio recibieron los jefes de prensa de los criminales. También es autor del insulto para la inteligencia que supone decir, como ha afirmado Ibarretxe, que los vascos ya tenemos calados a los del PP, como si las gentes vascas del PP fueran de Júpiter. Y qué me dicen del insulto xenófobo y perfectamente reaccionario que constituye decir, como ha hecho Ibarretxe, que él pedalea con un ciclista de apellido Martínez y que no le pasa nada por ello, que es como decir que uno es tan civilizado que si se encuentra por la calle con un negro, como Baltasar, le saluda. Reivindica, casi ofendido, que se puedan defender en la CAV, en pie de igualdad, todas las ideas, y quizá habría que recordarle que Gregorio Ordóñez no podrá ya defender las ideas del PP ni Fernando Buesa -¿le suena?- podrá transmitir los ideales socialistas, por citar sólo a dos. Si tanto interés tiene en que se puedan defender todas las ideas, estaría bien que aclarara quiénes son los que ahora no pueden hacerlo: los asesinados, los que sufren asaltos y quemas de sus sedes, los que no pueden ir a buscar a los críos al colegio o tienen prohibido, para evitar un atentado, darse un vuelta en bici por el monte, como le gustaría hacer, y no puede, el alcalde de Ermua (PSE-PSOE) Carlos Totorika, por citar uno. La lista de territorios prohibidos a los constitucionalistas es interminable y hay que recordarla por lo menos cada vez que se nos quiera vender un país que no existe.

De manera que ETA no es que sobre o estorbe, como si fuera un jarrón chino en un jardín de infancia, la cosa es mucho más grave: esta organización, terrorista y nacionalista, es un cáncer para la democracia, pone una mordaza a todos los vascos que simpatizan con las perseguidas ideas que tratan de defender -venciendo el miedo y enterrando a amigos-, los socialistas y los populares; provoca que decenas de miles de personas, nacidas en la CAV, se hayan tenido que ir de la tierra de su infancia, y que es también suya, y ha creado un poso de amargura y tristeza en la vida en consonancia con su idea de 'socializar el sufrimiento'. Un monstruo de estas características no se puede despachar con dos palabras tan simples.

Pero quizá la mayor de las trampas del discurso del presidente de la CAV reside en la idea de que con su plan crispador se acabará con el problema que en realidad acogota, como mínimo, a la mitad de los vascos. Algo así como si dijera: 'Usted apoye mi disparate, trague con este delirio, porque al final hay premio: se acaba con la violencia'.

Para desmontar esta falacia, volvamos otra vez a los hechos. Ha sido la Policía española la que ha conseguido que los terroristas hayan acabado 2003 con el balance de muertes más bajo desde su creación; han sido las decisiones políticas, y las medidas judiciales y policiales las que han reducido la violencia callejera a un espasmo terminal; han sido el discurso de un puñado de intelectuales y la actitud de otro puñado de periodistas los que han desprestigiado definitivamente la idea de la muerte como método de zanjar las diferencias, tan anclada en la subcultura política de este país durante tantos años; ha sido, en fin, la movilización ciudadana de colectivos cívicos, plagados de víctimas, la que ha ganado espacios de libertad intermitentes en una calle hasta hace poco monopolizada por los defensores de la muerte y el miedo; son esos colectivos -tan insultados por el partido de Ibarretxe- los que están derrotando, también en la calle, a los que apoyan a los criminales.

Todo esto conviene fijarlo ya, no vaya a ocurrir como ha pasado con la dictadura de Franco, que todos habrían luchado contra ella, cuando la realidad demuestra la falsedad de esa apropiación indebida de protagonismo. Aquí algunos hemos estado contra ETA desde hace muchos años, con mucho sufrimiento -con sufrimientos irreversibles en tantos casos- y otros han apoyado explícitamente el asesinato de guardias civiles, de policías, de militares, de civiles, de jueces, de concejales de UCD, de UPN, del PP y del PSE-PSOE; o han engordado a la bestia, con hechos y con declaraciones; o han mirado para otro lado, como si la cosa no fuera con ellos; o han tratado obscenamente de aprovecharse del clima de terror para imponer delirios que pretenden perpetuar en la condición de no ciudadanos a los que no pertenecen al colectivo nacionalista que algunos quieren presentar como una tribu, fuera de la cual no hay salvación.

De manera que el grupo terrorista nacionalista, que va a ser derrotado gracias a la eficacia policial, debe ser derrotado también por la movilización ciudadana, por la acción decidida de todos los demócratas vascos y del resto de España, por las medidas políticas, judiciales y económicas, por la educación en valores de convivencia y no por la inyección de odio en nuestros colegiales, y no porque no se aproveche la escombrera de odios que supone el terrorismo para aventarlos y tratar de marginar a quienes han puesto las víctimas y la paciencia democrática durante más de treinta años.

Cuando el terror se acabe, y cuando se haya aireado la habitación de miedos fétidos, entonces se podrá jugar el partido en condiciones, pero ya once contra once; sin violencia, sin faltas, con un árbitro imparcial y con el público civilizado, sin lanzar objetos al campo.

Maragall vestido de seda, Rovira se queda
EDITORIAL Libertad Digital  9 Enero 2004

Nos parece claro que Pasqual Maragall ha querido utilizar la rueda de prensa posterior a su encuentro con José María Aznar para utilizar el tono cordial en el que se ha mantenido la entrevista como forma de camuflar el componente radical inserto en su programa de gobierno con los independentistas catalanes. Cometeríamos una grave equivocación si la falsa sensatez con la que Maragall ha querido vender ante la opinión pública española su delirante programa de “reforma” estatutaria y constitucional nos llevara a olvidar que esta supone la negación absoluta del sujeto constituyente y el principio en el que se asienta nuestra soberanía política: la nación española. Aunque Maragall haya utilizado profusamente la palabra España en su comparecencia en el Palacio de la Moncloa, hay que destacar que para él no es el pueblo español –del que nunca habla- sino los “pueblos de España” los titulares de una soberanía que, según sus planes, quedaría atomizada en los ámbitos autonómicos. No hay que olvidar, en este sentido, que Maragall, antes incluso de negociar su gobierno con los independentistas catalanes, ya partía de un programa propio de reforma estatutaria que negaba el carácter de nación a España en beneficio de Cataluña.

La cantinela de la “España plural” con la que Maragall envuelve su apuesta soberanista no hace referencia a la obvia variedad de rasgos culturales y lingüísticos de nuestro país, de la que, por cierto, tan buena muestra es Cataluña. Maragall, simplemente, recurre a una expresión amable para referirse a su deseo de que España sea una mera yuxtaposición de naciones soberanas. Por el contrario, “la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles”, en la que se fundamenta nuestra Constitución, tal y como reza su artículo 2, es una idea de esa “España antipática” en la que, tanto Maragall como Rovira, han manifestado reiteradamente “no sentirse a gusto”.

Aunque Maragall ayer nos lo haya querido vender como una mera cuestión de proximidad al ciudadano, es su proyecto de desnacionalización de España el que explica su deseo de que cada comunidad autónoma tenga su propia agencia tributaria, su propio Tribunal Supremo o el control de todos los cuerpos policiales. Es también ese deseo desnacionalizador —que no descentralizador- el que le ha llevado a querer erradicar también de la enseñanza secundaria la lengua materna de más de la mitad de los catalanes y la que une a todos ellos al resto de los españoles.

España ya es uno de los países más descentralizados del mundo. Maragall, de la mano de los independentistas, lo único que pretende es acabar con los ejes que siguen vertebrando a España como nación, y cometeríamos una suicida equivocación si viéramos sus propuestas como un mero intento de “evitar duplicidades, simplificar la administración o acercar la gestión política al ciudadano”. Desde el gobierno catalán todo se propone desde una óptica y con una finalidad nacionalista, como demuestra su propuesta de Agencia Tributaria. A estas formaciones de izquierda, en realidad, no les importa el desequilibrio entre lo que los ciudadanos individuales de Cataluña aportan al fisco y lo que reciben a cambio del poder político. No se han hecho liberales. Lo que quieren, como nacionalistas excluyentes que son, es impedir que de ese desequilibrio se beneficien ciudadanos que no son catalanes. Nada, pues, tiene de paradójica, su propuesta de Hacienda propia. Es coherente con la compatibilidad que siempre ha manifestado el socialismo con el nacionalismo.

Finalmente, hay que señalar la falacia con la que Maragall ha hecho referencia a la posible “dilación” u “obstaculización” de sus planes soberanistas en las Cortes Generales, como si estas tuvieran la obligación de darles el visto bueno. Son las instituciones autonómicas las que han de supeditarse a la soberanía nacional, no al revés. Arenas ha estado acertado al desenmascarar esa implícita trampa dialéctica del presidente catalán. Sin embargo, debería haber hecho referencia explicita a la necesidad de que Maragall retire su amenaza de “drama” en caso de que los representantes mayoritarios del pueblo español no se avengan a sus propuestas soberanistas. Arenas si siquiera la ha recordado en su comparecencia por no empañar la “cordialidad” del encuentro. Maragall ha salido de su entrevista con Aznar afirmando que ha sido un “buen final para un mal principio”. El presidente del Gobierno, por su parte, no ha comparecido ante los medios de comuniación, y nos tememos que en su caso haya pesado más “lo cortes”, que “lo valiente”. Una cosa no está reñida con la otra. Menos aun, en vísperas de unas elecciones y frente a alguien que, como Maragall, afirma estar dispuesto a no quedar “obstaculizado” por el resultado de las urnas españolas.

Cataluña
Nación plena
Juan Carlos Girauta Libertad Digital  9 Enero 2004

Maragall habla de nació plena sin mayor concreción porque conoce el valor del sobreentendido, uno de los vicios más molestos de la progresía, compartido en Cataluña por segmentos sociales que nada tienen que ver con la izquierda. De hecho, lo que a uno lo avala como catalán normal y de fiar es la aceptación de expresiones clave, algunas de las cuales analizaremos aquí sumándonos al método de la desconstrucción que el president quieren aplicarle a España.

No importa que más de tres cuartas partes de los catalanes se consideren españoles. En cuanto uno sube a un estrado o le ponen un micrófono delante, los sobreentendidos operan implacablemente. En el caso de reuniones informales, sigue resultando molesto que te tomen por lo que no eres, y como no es plan de ponerse a dar una conferencia cuando creías que ibas a saborear un güisqui, lo máximo que se te ocurre es oponer un tímido Bé, jo no crec que Catalunya sigui una nació. Y entonces suele llegar el desconcierto o el interrogatorio.

El nacionalismo catalán no es de base étnica, y su base lingüística se relativiza si median gestos de buena voluntad. Por eso, a la que te descuidas, un tipo recién llegado de Coria del Río puede intentar adoctrinarte para alegrar oídos de terceros. Cuando nuestros nacionalistas se vanaglorian de su talante integrador se refieren a esta facilidad de adscripción, a esta generosidad condicionada. Basta con soltar dos palabras en catalán, pedir perdón por seguir en castellano y no pestañear ante los taumatúrgicos sobreentendidos. Se agradecerá que se exhiba una pasión irreprimible por el Barça.

Cuando Maragall dice nació, la carga sentimental es evidente. Gellner concibe el nacionalismo como sentimiento de enfado (si la unidad nacional no coincide con la unidad política) o de satisfacción (si se da la coincidencia). La modificación del marco político que el PSOE preconiza satisfará a muchos, aunque acabará despertando un inverso sentimiento de enfado. Costará porque, digan lo que digan, el nacionalismo español casi no existe, pero, si Gellner tiene razón, acabará aflorando. La nació de Maragall viene del Romanticismo, de Mazzini, que servía a la unificación italiana y la ligaba a movimientos revolucionarios. Y que afirmó: “La nación no existió nunca, dicen; por lo tanto nunca puede existir. Pero nosotros (...) declaramos: La nación no ha existido hasta ahora, por lo tanto debe existir en el futuro.” Voluntarismo o fatalidad.

Se puede nacer y vivir en Cataluña, dominar el idioma catalán, conocer su historia y amar su literatura. Pero si se discrepa de uno de esos mitos fabricados a finales del siglo XIX y que han acabado en sobreentendidos, el sambenito de anticatalán está servido. Te lo cuelgan sujetos cuyos rostros, sorprendentemente, no logras recordar entre los que formaban las columnas de la Marxa de la llibertat para exigir el Estatuto de Autonomía, allá cuando el sumo sacerdote del periodismo democrático controlaba los informativos de Arias Navarro.

¿Este PSOE es un peligro!
Gregorio Robles La Razón 9 Enero 2004

Maquiavelo se encuentra con su amigo Rousseau y no puede reprimir su ánimo bromista:

¬¿Cómo os va, carísimo Juan Jacobo? ¿Cómo se han portado los Reyes Magos con vos? Supongo que, como viejo republicano que sois, os habrán traído abundante carbón.
¬Os equivocáis, señor metementodo, pues desde que ha aparecido en escena doña Letizia, hasta los Reyes Magos miran de otra forma. ¿Será posible que, a la postre, me reconcilie yo con la Monarquía? Claro que ésta de España no se parece mucho a las que yo siempre odié, como no sea por los títulos rimbombantes y la corte de aduladores que siempre el poder conlleva, pero opino, «mon cher ami», que igualmente acaba siempre por suceder en las Repúblicas.

¬Mal os veo, ilustre Rousseau, estáis que no parecéis ni vuestra sombra. Por el camino que habéis tomado acabaréis por no votar al PSOE.
¬¿Qué decís! ¿Estáis tonto? En este paraíso nuestro bien sabéis que no podemos votar ni tampoco hacer nada que tenga que ver con la vida real, sólo vagar de aquí para allá en busca de oyentes que quieran prestar atentos oídos a nuestras teorías. Bien es verdad que, por mi parte, si aún fuera mortal y viviera en vuestro preferido país, la península que bañan dos mares, tendría dudas muy serias para poner el voto al servicio de un partido que va de aquí para allá, como sonámbulo, y que cada vez se parece menos al que, si bien no me entusiasmaba, tampoco me disgustaba demasiado. Los políticos que seguían algo mis doctrinas, tales como Felipe, Guerra, Borrell, o Almunia, se han ido o apenas tienen ya peso específico propio. A estos nuevos, tengo que confesarte que no los entiendo.

¬Pues yo les entiendo muy bien.
¬Ya os estáis haciendo el listo, como siempre, no tenéis remedio por mucho que hayamos ya traspasado la frontera del año nuevo, que llenasteis de promesas. ¿En qué consiste vuestro malévolo entendimiento, si puede saberse?
¬Pues muy simplemente, oh ingenuo ginebrino. El PSOE quiere votos.
¬Natural, como todos los partidos.
¬Y para conseguirlo, ha tomado la deriva de renunciar a sus viejos principios. Y ha hecho esto, equivocándose, creo yo, como respuesta al PP, y más en concreto, a sus Gobiernos, que le han pisado las políticas que él podría hacer. En suma, tiene que inventar una estrategia que el PP no pueda seguir. El problema es si el PSOE plantea esas nuevas formas de acción política absolutamente en serio o más bien responden a la necesidad que tiene de caldear el ambiente. Que España es plural lo sabemos todos, que el Estado español es el más descentralizado de los que se conocen, parece una verdad de Perogrullo. Pero, por Dios, ¿cuál puede ser la razón para poner patas arriba la estructura institucional del Estado con su proclamada intención de feudalizar la justicia y la hacienda?

¬Pues vos diréis, ya que todo lo sabéis, y francamente os veo muy pío hoy por la mañana. Por mi parte, lo que pienso de la clase política se reafirma con estos nacionalistas, que azuzan el fuego de la discordia allí donde ponen su planta, y lo que más me duele es que un partido integrador abandone sus ideas básicas. Yo creo, Nicolás, que el PSOE, mejor dicho, este PSOE es un peligro.

¬No sabéis la alegría que me dais con esa declaración paladina. Por una vez estamos de acuerdo en algo esencial, que no es otra cosa que la necesidad de mantener el Estado por encima de las ambiciones particulares. El colmo de los colmos es que pretendan sustituir el Tribunal Supremo nada menos que por diecisiete. Quieren hacer diecisiete Padanias, con sus caciques respectivos, al frente de cada una de las cuales esté un Bossi que, al hacerse con el poder, controle muy de cerca la vida de los indefensos ciudadanos. Pretenden convertir España en la Italia que yo viví o, mejor dicho, padecí, con aquella cohorte de señores de la rapiña, y sin cabeza que dirigiera a la humillada Nación. Aunque muchas veces la estulticia merezca elogios, no puedo por menos de considerar la de estos zapateros y caldereros como la cúspide de la tontería más deplorable. ¿Qué peligro llevan!

El plebiscito de marzo
Antonio Jiménez La Razón 9 Enero 2004

Definitivamente en Ferraz se ha colado un submarino del PP. No hay otra explicación a tan controvertida y desconcertante creatividad electoral. Hasta desde el periódico más cercano a sus postulados, han sido criticadas por virtuales, fantásticas y nada realistas algunas de las propuestas que el PSOE pretende incluir en el programa electoral de marzo. De la lectura de las mismas parece desprenderse que el equipo de Zapatero es el que menos cree en la posibilidad de recuperar el poder y se ha limitado a darle cobertura política al tripartito de Maragall y a justificar la reforma estatutaria de Chaves. La estrategia de adelgazar al Estado, restándole competencias, para engordar a las autonomías con más poder en justicia e impuestos, va en detrimento de la igualdad y solidaridad de los españoles y en contra de la unidad y cohesión de este territorio al que todavía llamamos España desde Rosas a Ayamonte. Ante este panorama, las elecciones de marzo se proyectan como un plebiscito entre la estabilidad institucional y económica que defiende Rajoy y las incógnitas e incertidumbres que subyacen en el programa de Zapatero.

El dislate político
Francisco Muro de Iscar El Ideal Gallego 9 Enero 2004

Casi sin pretenderlo, nos estamos viendo inmersos en un debate absurdo: discutimos sobre la esencia del Estado en lugar de hacerlo sobre los problemas reales de los ciudadanos. La primera razón de ese debate está en el plan Ibarretxe y en el Gobierno tripartito catalán. En ambos prima el enfrentamiento con el Estado sobre la colaboración en el Estado. La segunda es, posiblemente, la necesidad del PSOE de conseguir una victoria electoral. A costa de lo que sea.

Decía Valentín Fuster -uno de los españoles de la diáspora científica que habría que recuperar cuanto antes-, que a España y a Cataluña les han hecho avanzar al gentes de diferentes raíces y contextos culturales. Y que ni en España ni en Cataluña se da el énfasis que requiere la inmigración. La inmigración va a cambiar España en pocos años. Éste sí que es uno de los problemas de futuro que afecta a todas las comunidades autónomas. Como el terrorismo, el paro, la vivienda, la consolidación económica, la atención a la discapacidad y su integración social...

Pero, al margen de esos temas, que son los que afectan a los ciudadanos, el debate que se está planteando es el de la disgregación del Estado. Crear diecisiete agencias tributarias, modificar la función del Tribunal Supremo, repartir el mando sobre la policía y otras propuestas que se están barajando alegremente desde algunos partidos es un camino inútil y peligroso. España es de los países más descentralizados del mundo y Europa es un objetivo de unidad. Vamos a un mundo sin fronteras, a una moneda única, a la libre circulación de personas y capitales, a una información en red, a empresas globalizadas... y aquí lo que proponemos es crear diecisiete Estados independientes o federados con plenas competencias en casi todo.

El Gobierno no ha hecho lo que tenía que hacer para encauzar el debate, sino que ha contribuido a la división. Pero ¿de verdad lo que preocupa en la calle es eso o estamos sólo ante el interés de unos políticos para reforzar sus maquinarias de reparto y control del poder? ¿Por qué no discutimos sobre problemas reales en lugar de hablar del sexo de la Constitución?

Mucho hermano
Por ALFONSO USSÍA ABC 9 Enero 2004

DEMASIADO hermano. El tripartito socialista, independentista y sandía instalado en la Generalidad de Cataluña se está inflando de hermanos. Si algún día se pincha van a caer hermanos por todas partes. Para mí, que los conservadores, más pudorosos con las apariencias, tiran más a los cuñados que a los hermanos cuando hay que enchufarlos en la Administración. Los socialistas son más fraternales, y sus socios escisionistas de la Izquierda Republicana, pues la verdad, no se sabía hasta ahora lo que eran. Ya se sabe. Partidarios de los hermanos. En principio, no ha resultado mal la primera andanada. Apeles Carod-Rovira, hermano del auténtico presidente de la Generalidad, José Luis Carod-Rovira, ha sido nombrado «secretario general de Asuntos Interdepartamentales», responsabilidad cuyo contenido intriga sobremanera a Manuel Martín Ferrand. Ernest o Ernesto Maragall, hermano de quien se cree presidente de la Generalidad y no lo es en exceso, forma parte del nuevo Gobierno catalán. Y Manel o Manolo Nadal, designado «secretario general de Movilidad», es el hermano preferido de Joaquín Nadal, portavoz del Gobierno tripartito. En la próxima reunión del gabinete autonómico se producirán más nombramientos familiares. Las tías solteras de los dirigentes están que echan humo, y como los pactos hay que cumplirlos no debe extrañar que se establezcan los siguientes nombramientos. «Subdirectora general de Asuntos Interdepartamentales», Dolors Carod-Rovira, la tía que regalaba las mejores «monas» de Pascua a los hermanos gobernantes. Montserrat Maragall, «adjunta a la Presidencia de la Generalidad», y Carme Nadal, «vicesecretaria general de Movilidad». En unos meses, les tocará el turno a los niños, ya sean hijos o sobrinos. Y si todo marcha bien, en verano habrán colocado al resto de sus familiares, primos en segundo grado incluidos. Suprema fidelidad al lema del Pacto del Progreso. «Progresemos todos, y si no es posible, que al menos progresen nuestros familiares». Hay mucho fundamento cristiano en este proyecto. La familia, pilar de nuestra sociedad, antes que nada.

Duro resulta pertenecer a una familia, la mía, que jamás se ha dedicado a la Política, bien por falta de vocación, bien por ausencia de aptitudes. Mi abuelo paterno fue senador, pero en aquellos tiempos los senadores pintaban aún menos que ahora. Y un tío mío fue compañero de colegio del ministro Guall Villalbí, pero lo cesó Franco unos días antes de la fecha elegida por mi pariente para pedirle una recomendación.

Los hermanos Guerra protagonizaron una época. Además de Alfonso y Juan, estaba «el Patillas», que iba de un lado a otro de Sevilla dejando tras su paso toda suerte de broncas y mamporros. Claro, que Alfonso Guerra no les proporcionó un cargo oficial, aunque gozaran de más influencia que el presidente de la Junta de Andalucía, como se demostró más tarde con las triquiñuelas y los cafelitos de Juan, «Miennmano», según acuñación de mi compadre Antonio Burgos.

No se interprete este artículo con perversidad. Estoy seguro de que los hermanos de Carod-Rovira, Maragall y Nadal son muy valiosos. El problema es el mío, que no estaba informado de ello. No he sabido, hasta ahora, que Carod-Rovira tiene un hermano que se llama Apeles y vale un potosí. Y del hermano de Maragall tampoco he tenido noticias, y menos del hermano de Joaquín Nadal, Manel, que nos va a dar una lección de movilidad consecuente con su competencia y sabiduría. Aunque la Izquierda no se haya percatado de ello, está demostrando que cree mucho más en la familia que la Derecha conservadora y cristiana. A mí, particularmente, esto de colocar a los hermanos me parece ejemplar y hasta emocionante.

Recursos tal vez intempestivos
BARTOLOMÉ CLAVERO/CATEDRÁTICO DE HISTORIA DEL DERECHO EN LA UNIVERSIDAD DE SEVILLA El Correo  9 Enero 2004

La propuesta de nuevo Estatuto por parte del Gobierno vasco de signo nacionalista entiendo que adolece de flancos extremamente endebles tanto de fondo como, sobre todo, de forma y también, más aún, de contexto. De fondo, porque sustenta en un genérico e incierto derecho de libre determinación lo que pudiera fundamentarse en derecho histórico o fueros propios. De forma, por cuanto que encauza a través de procedimiento legislativo ordinario lo que debiera y además pudiera constituir una iniciativa vasca de reforma constitucional española. De contexto, por algo que no deja de reconocerse por la propia propuesta, pero con lo que no se guarda la debida consecuencia: terrorismo amenazante, no se cumplen condiciones para lanzarse al debate literalmente a tumba abierta.

Ante la mera articulación formal de la propuesta, dos entidades indudablemente concernidas deciden recurrir a la justicia. Una es la Diputación Foral del Territorio Histórico de Álava como parte constitutiva del propio País Vasco; la otra, el Gobierno del Reino de España, cuya Constitución se ve afectada por la misma iniciativa vasca. Este segundo también recurre a la ley, proyectando una enésima reforma del Código Penal para tipificar como delitos las iniciativas políticas de parte nacionalista que no se ajusten a derecho constituido. Ambas reacciones, la alavesa foral y la española gubernamental, están cargadas de razones que exponen ante la ciudadanía y sustancian ante la justicia. De una parte podrá venir el debate democrático sobre cuestiones de derecho constituyente; de la otra, la dilucidación de la legitimidad de la propuesta en términos de derecho constituido.

Adviértase que así coinciden dos momentos realmente diversos, pues el uno toca a determinación ciudadana y el otro a control judicial, o que incluso el segundo, el que debiera por lógica ser ulterior, puede venir a solapar y anteponerse. El recurso de parte española no oculta su intención de suspender de raíz la tramitación de la propuesta. Se ha interpuesto ante el Tribunal Constitucional en unos términos de impugnación de resolución autonómica y no de conflicto de competencias entre comunidad autónoma y Estado sin ocultar su intención de forzar dicho efecto de suspensión. Con todas las razones que puedan desde luego respaldar la propia posición, ¿no se confía para nada en el debate democrático?

La impugnación interpuesta por el Gobierno ante el Tribunal Constitucional parece que resulta exorbitante incluso por su contenido. Se anunció que iba a basarse en el centenar de infracciones que la propuesta nacionalista vasca, ya sólo por formularse, estaría cometiendo contra la Constitución española. No es así con exactitud a la hora de la verdad de la misma sustanciación del recurso. La relación anunciada de vulneraciones se despliega desde luego a lo largo del escrito, pero no como fundamento principal de la impugnación, sino por abundancia en razones que se presentan explícitamente como secundarias. El recurso se fundamenta de otro modo que se tiene por más sólido y terminante.

El recurso se formula como motivado por reacción obligada ante una conducta «sin precedentes». La iniciativa vasca se asegura que implica «una consciente ruptura con la Constitución, buscada de propósito». He ahí el núcleo argumental: «La disposición o resolución autonómica recurrida evidencia una voluntad consciente, deliberada y tenaz de ruptura constitucional, que representa una manifiesta agresión contra la norma suprema». Nada menos que ante esto se pide el pronunciamiento del Tribunal Constitucional. El resto más bien ilustra: «Los específicos vicios» de las decisiones impugnadas, la del Gobierno vasco, que formula la propuesta, y la del Parlamento vasco, que la admite a trámite, «son todos ellos ajenos al orden constitucional de distribución de competencias entre el Estado y las comunidades autónomas. Pero en el examen de la Propuesta de Estatuto Político de la Comunidad de Euskadi, aun cuando sus más importantes inconstitucionalidades nada tienen que ver con el reparto constitucional y estatutario de competencias entre el Estado y las comunidades autónomas, no por ello dejaremos de recoger sumariamente las numerosas infracciones» del artículo constitucional referente precisamente a competencias. Sintaxis y sinsentido son del recurso, no míos.

Juicios de intenciones o constataciones de hechos aparte, sin necesidad de poner en cuestión la base posible de aseveraciones tamañas, el argumento resulta desproporcionado para un recurso constitucional. Un tribunal no está para estos trotes. La motivación parece en cambio pensada para la activación del artículo 155 de la Constitución, esto es, de las previsiones de suspensión política de la autonomía constitucional si una comunidad «no cumpliere las obligaciones que la Constitución u otras leyes le impongan, o actuare de forma que atente gravemente al interés general de España». No es un artículo fácilmente aplicable en el supuesto del País Vasco, pues su autonomía se basa en derecho histórico conforme a la Constitución misma. Estaríamos poco menos que ante una nueva abolición foral. Así vendría seguramente a tomarse por parte de un nacionalismo que, como el vasco, maneja a conveniencia, ya sacralizándolo en teoría, ya despreciándolo de hecho, el motivo de los Fueros. En todo caso, una medida en los límites del juego constitucional es lo que está evocándose con tal forma de argumentación nada propia para un recurso judicial.

Redoblo la pregunta: ¿Hasta tal punto se desconfía de la propia carga de razones en un debate abierto y democrático, libre e informado? ¿Es que la amenaza del terrorismo impide el ejercicio de razón y otras pautas de control? De la manera como se manifiesta una serie de relevantes exponentes de la posición que se proclama constitucionalista en clave cerradamente antinacionalista, como si en el constitucionalismo no hubiera cabida para el nacionalismo salvo el propio, parece que hay confianza en todo menos en el razonamiento persuasivo. Se cae en simplismos; se acude a descalificaciones; se hace estilo literario del improperio bruto. Cuando, por provocarse el debate en términos ya concretos, más falta están haciendo los razonamientos, si brillan es por su ausencia o al menos por la escasez. Algo tan conveniente en todo desafío como la simple toma en cuestión de acontecimientos novedosos tiende a suplantarse por machacones juicios de intenciones consabidas. Más que sobre la propuesta pendiente, prefieren discutirse antiguallas impertinentes.

A la altura del reto, no hay mucho debate ni parece quererse en lo que respecta estrictamente a la propuesta vasca. Guste o disguste, estamos en momento clave por causa de esta iniciativa nacionalista, de este acto intempestivo que provoca una cadena de intemperancias. Para las respectivas autonomías, la catalana y la andaluza, pero así también para el constitucionalismo español común, un escenario mucho menos intemperante está abriéndose con el plan Maragall y el plan Chaves. No parece sin embargo que éstos vayan a relajar la cerrazón frente a la propuesta nacionalista vasca. Muy al contrario, el Gobierno español y su partido siguen prefiriendo el juego de la confrontación y cerrándose en banda.

Por su parte, ya admitida parlamentariamente a trámite, la propuesta vasca afronta tanto un delicadísimo progreso interno, dada la necesidad de votos contaminados por la sangre y la miseria del terrorismo, como un problemático curso posterior, dada la polarización de unos rechazos que con todo ello se enardecen a más de una banda, la alavesa y la española de entrada, o también desde luego la navarra. Ante tal panorama de una victoria pírrica en casa y una derrota en toda regla al pasarse a campo que tampoco parece ajeno, ¿no puede hacer un favor a esta parte, la nacionalista, la suspensión del debate institucional por una intervención constitucional del sistema que precisamente se confronta? Intenciones aparte, por supuesto.

Unos recursos precipitados a justicia constitucional y a ley penal puede que acaben situando inmerecidamente a la parte nacionalista en posición nada desairada ni en casa ni fuera. Generan la imagen de que el campo español les es ajeno. Les abre espacio para apelar a la democracia ya no institucional frente a la yugulación constitucional de la que el nacionalismo vasco procura a fin de cuentas servirse para el cuestionamiento constituyente a tumba abierta. No hablemos de mala fe ni de juego sucio cuando, entre los rebotes imprevistos de favores recíprocos, no está claro dónde reside la buena ni el limpio.

Tanto quienes discuten en clave de intenciones oblicuas como quienes ocluyen con recursos de justicia dispuesta puede que estén ofreciendo cobertura y juego a cuantos y cuantas, conscientes de sus propias manipulaciones, prefieren que no se reflexione de frente sobre los retos de hoy. Unos por otros, unas por otras, el debate descarrila. ¿Quiénes temen a la democracia? ¿Quiénes son presas del terrorismo y quiénes además sacan provecho?
Recortes de Prensa   Página Inicial