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Recortes de Prensa     Domingo 18 Enero 2004
Las empresas se van de Cataluña
Lorenzo Bernaldo de Quirós El Ideal Gallego 18 Enero 2004

Sobre la delincuencia política
Gabriel Albendea  LR 18 Enero 2004

En campaña electoral
Editorial LR 18 Enero 2004

NUEVOS TIEMPOS SIN ARZALLUZ
José Antonio ZARZALEJOS ABC 18 Enero 2004

EXABRUPTO DE IBARRA
ÁLVARO DELGADO-GAL ABC 18 Enero 2004

Madrid: cest fini
ROBERTO L. BLANCO VALDÉS La Voz 18 Enero 2004

Plan Ibarretxe y la economía vasca
Cartas al Director ABC 18 Enero 2004

El fin no justifica los medios
Cartas al Director ABC 18 Enero 2004


 

Las empresas se van de Cataluña
Lorenzo Bernaldo de Quirós El Ideal Gallego 18 Enero 2004

El cierre por parte de la multinacional Samsung de su factoría en Cataluña es la punta del iceberg de una estrategia similar que van a adoptar otras multinacionales instaladas en el Principado.

Las amenazas vertidas por el señor Carod Rovira, a las compañías que osen salir por pies no lograrán detener la hemorragia de deslocalización de actividades económicas en la región y la restará atractivo para los inversores extranjeros.

En un mundo globalizado, declaraciones como las del conseller en cap son contraproducentes y tienen efectos distintos a los esperados.

De entrada, las empresas tienen la obligación de servir a sus accionistas, no a los Gobiernos. Si consideran que pueden obtener más beneficios en Chequia o en Tombuctú que en Cataluña tienen el derecho y el deber de hacerlo.

Dicho esto, el hecho es que la combinación de bajos costes laborales y de alta cualificación técnica existente en otras áreas geográficas, por ejemplo el Este de Europa, restan atractivo a Cataluña frente a esas zonas. Esa es sin duda una variable básica que explica el éxodo de multinacionales de esa parte de España.

Sin embargo hay también otro factor sutil y no cuantificable: la deriva nacionalista de los sucesivos gobiernos de la Generalitat incluido el tripartito integrado por los socialistas, ERC e Iniciativa per Catalunya.

Por un lado, la imposición del catalán como lengua de los negocios en el Principado funciona como un mecanismo desincentivador para las multinacionales y, para sus directivos.

Por otro, las tensiones permanentes con el Gobierno central y los excesos políticos y retóricos de nacionalistas y nacional-socialistas son factores de disuasión para los inversores exteriores como lo muestra la pérdida de peso de Cataluña en los flujos de inversión extranjera recibidos por España.

Sobre la delincuencia política
Gabriel Albendea  es catedrático y escritor LR 18 Enero 2004

En este desgraciado país, llamado España, políticos y comentaristas políticos están llegando al colmo de la imbecilidad y de la irresponsabilidad. Como bien dice Luis González Seara (El esperpento está servido), «al parecer, en la política española no caben intervalos prolongados de lucidez». En cuanto se alcanza un aceptable nivel de racionalidad y bienestar se dispara un impulso destructivo como el del «nacionalismo sanchopancesco y aldeano». Pienso que ese afán destructivo puede anidar, a veces, en estómagos agradecidos o simplemente hambrientos; otras veces puede deberse a simple estupidez o analfabetismo funcional; más a menudo radica en el puro apetito de poder (antes cabeza de ratón que cola de león); con frecuencia tal afán obedece a irresposabilidad infantil, pues, a fin de cuentas, ésta es una consecuencia de la extendida imbecilidad. Quizá ese instinto de muerte, en términos freudianos, que lleva a denostar lo que ha sido ya un largo éxito se alimente de un síndrome de Estocolmo generalizado que activa con persistencia el victimismo nacionalista. Entre los columnistas, también hay quien se dedica a cuidar su jardín, sujetos apolíticos que cuando meten la nariz en el asunto dejan atónito al personal.

Así que existen políticos y articulistas de la cosa para todos lo gustos: tontos útiles, tontos inútiles, políticamente analfabetos, enteradillos, funcionarios a sueldo del partido, marcianos, intelectuales de pacotilla, intelectuales indecentes y delincuentes de la política. Hay que dar de comer aparte a los imbéciles que se creen de izquierdas sin serlo y a los cínicos que no se lo creen ni ellos, aunque pretendan aparentar lo contrario. Un poco les leyó la cartilla Bono en su carta a Boadella, aunque no lo suficiente.

¿Mira que hay eximios columnistas que pretenden hacer pedagogía política, llamando a las cosas por su nombre para acabar con las falsas historias y los cuentos de la lechera! Pero es tal la desfachatez, la manipulación del lenguaje, el engaño, el tópico acuñado y la verborrea indecente de tantos políticos y sus portavoces mediáticos que se precisa de una voluntad y optimismo sin fisuras para que esa pedagogía política no aparezca como baldía. Porque da la impresión de que por más que se repiten las mismas cosas el vocerío del chantaje al Estado y la burla a sus instituciones y representantes se incrementa.

Algunos hemos repetido hasta la saciedad, y ya sentimos hasta pudor de hacerlo, que la democracia no consiste en que cada uno piense y haga lo que quiera. Eso se ha llamado siempre anarquía. Una propiedad esencial de la democracia es la sujeción de todos por igual al imperio de la ley. En general, toda sociedad civilizada se rige por unas normas que la constituyen en Estado de Derecho sui generis, también las dictaduras. Pero hay aún articulistas y políticos que no entienden esto cuando se llenan la boca de Estado de Derecho. Parece ocioso decir que la diferencia entre ellas es su legitimación popular. Es no entender absolutamente nada reprochar a Aznar el «haber activado el delito político de la época franquista» (Justo Fernández) por haber introducido en el Código Penal un artículo que castigue el propósito secesionista de Ibarreche. No hay delito político sino delincuentes que hacen política, saltándose las normas. Afirmar lo contrario es demagogia insufrible, como el eslogan aplaudido por la oposición de «todos a la cárcel». Igualmente, un Enrique Curiel lunático y desmemoriado se pregunta si podemos imaginar a Ibarreche entrando en prisión. Por supuesto que sí. Lo mismo que hemos contemplado la entrada de Barrionuevo, Vera, Conde, el general Galindo y otros más. ¿Es que los nacionalistas tienen bula para hacer de su capa un sayo? Y se interroga todavía el político-articulista, con el lenguaje que empleó el ínclito Arzalluz, qué pasaría en las calles del País Vasco si el lendakari fuera detenido. Pues nada, señor Curiel. Como nada pasó con la entrada en chirona de la mesa nacional de HB, ni con su ilegalización.

¿Tan difícil es comprender de una vez que los políticos son los primeros obligados a cumplir la ley y a los que hay que exigirles mayor responsabilidad si no lo hacen? ¿Debe ir al talego quien roba unas gallinas y no quien desobedece al Tribunal Supremo y pone en riesgo la convivencia pacífica de una sociedad?
Con la idea repetida por todos los tontos de este país, especialmente por los nacionalistas, de que la libertad democrática permite tener las ideas que quieras, expresarlas y tratar de llevarlas a la práctica, se olvidan de que existen unas leyes que hay que respetar mientras existan. Y es que algunos políticos se han creído que se pueden conculcar las propias reglas del juego democrático en virtud de la cuales gobiernan, para más inri. No, señor lbarreche, señor Rovira y demás, querer separarse de un Estado cuya Constitución proclama su unidad indisoluble debe ser un delito, y en muchos países democráticos lo es, lo mismo que aconsejar en un libro que se pueda pegar a las mujeres sin que se note, como ha hecho un imán, contra el que el fiscal pide tres años de cárcel, nada menos.

Creo que es una absoluta aberración jurídica decir que el incumplimiento de los artículos de la Constitución es algo que pertenece a la discusión política y no puede constituir una infracción penal. Equivale a decir que las bases sustantivas de un Estado no merecen una protección jurídica mayor, ni siquiera igual que el derecho de propiedad o la no discriminación de sexo.

¿Qué historias parvularias, que pueden llegar a ser macabras si no se remedia, nos cuentan afamados catedráticos de derecho político? ¿Que «el PP está forzando una segunda lectura unitarista de la Constitución que niega la realidad de una España plural? (Javier Pérez Royo). Pero, ¿de qué habla este eximio pedante irresponsable? No hay lectura primera ni segunda ni décima. La única lectura es la del Tribunal Constitucional, que para eso está. Y no la lectura de Ibarreche, ni de Rovira, Maragall, Zapatero o Aznar. Además, nos enteramos por este emérito doctor de que una cosa que se le ocurrió a Renan, lo del plebiscito cotidiano, es algo que «los países democráticos practican» a diario. Periódicamente, a franceses, alemanes o ingleses se les pregunta si quieren seguir siendo franceses, alemanes o ingleses y si les apetece la Constitución que han votado hace poco.

Por su parte, esa eminencia que se llama López Aguilar nos ilustra sobre el feo inadmisible que supone el que Fraga recuerde a los nacionalistas un artículo de la Constitución referente al Ejército como garante de la unidad española. Tal artículo le debe parecer un adorno innecesario. En cambio, no le parece de mal gusto que su compañero de partido, Maragall, amenace con un drama si no se cumplen los caprichos ilegales de su gobierno. ¿Qué se puede esperar de un partido que tiene entre sus miembros destacados a una acémila latiniparla que compara al presidente de un gobierno democrático con Idi Amin?

Hay otro gracioso, J. L. García Martín, que normalmente se dedica a cuidar su jardín poético, pero que cuando se hace portavoz de la izquierda subnormal nos ofrece perlas como ésta: «¿Qué haría Aznar, si pudiera, con socialistas e independentistas sino enviarlos a las cámaras de gas, siguiendo el ejemplo nazi?». Con ello sólo revela el secreto deseo de que acabara así el Presidente. Mal asunto. He aquí a un ejemplar sobresaliente de intelectual inmoral, por llamarlo de algún modo. O sea, que quien ha sido víctima de un atentado terrorista, para asesinarlo, del que se libró de milagro, es el que quisiera asesinar a los demás... Este mostrenco se ha apropiado de la tesis nacionalista y terrorista que convierte a las víctimas en verdugos.

Que Dios nos coja confesados si semejante izquierda llega al poder, porque la otra vez el felipismo nos pilló desprevenidos.

En campaña electoral
Editorial LR 18 Enero 2004

No se han convocado todavía formalmente las elecciones generales del próximo mes de marzo y ya están los dos grandes partidos, PP y PSOE, en pleno fragor electoral. El primero celebraba ayer su Convención con la despedida de José María Aznar como plato fuerte, mientras que el PSOE se reunía en una Conferencia Política pero, en ambos casos, el objetivo de los mensajes no eran tanto los participantes como un electorado que, por otra parte, acostumbra ya desde muchos meses a recibir un bombardeo de propuestas y declaraciones en abierta clave electoralista.

La unidad de España estuvo presente en los dos foros políticos y se presenta como uno de los asuntos que sin duda ocuparán buena parte de los mensajes de campaña. El PSOE demuestra estos días un destacable interés en unir al de su partido el nombre de España, como expresa la frase de Rodríguez Zapatero (repetida por Manuel Chaves) de que «el PSOE es el partido que más se parece a España», a lo que se añade que si hay riesgo de ruptura, de crisis constitucional, éste reside en una nueva victoria en las urnas del Partido Popular.

Rodríguez-Zapatero, es de suponer que con el apoyo de sus «notables», con un silencioso Rodríguez Ibarra incluido, ha encontrado en esta fórmula, y en el sencillo sistema de no hablar, de «omitir» las propuestas electorales que no queden del todo claras para los ciudadanos, un sistema para hacer frente al riesgo que la política del partido puede haber generado entre sus votantes por sus acuerdos para formar gobierno con nacionalistas e independentistas, ya sea para hacerse con el sillón presidencial o, simplemente, para evitar que gobernase el PP. Pero no por ello deja de resultar, cuando menos, sorprendente, el medio de asumir propuestas-amenaza como la de Maragall, el fraccionamiento de la Agencia Tributaria o, mucho más incomprensible, el traspaso de la más clara de las competencias del Supremo a los Tribunales autonómicos, y hablar al mismo tiempo de que no corre riesgo alguno la unidad nacional.

Por el contrario, tanto Aznar como Rajoy, aunque en tono distinto, comparten una línea crítica al primer partido de la oposición y rechazan el «carrusel del gratis total en economía» y en el «todo a diecisiete» en política. Mientras Rodríguez Zapatero habla de reformas de estatutos, Aznar se planta (como aconsejaba Ibarra) en la necesidad de decir «hasta aquí hemos llegado» en materia de desarrollo autonómico, porque «pegar patadas a la mesa común» sólo sirve para «hacer añicos las oportunidades, el bienestar y la prosperidad de los españoles». El PP no parece así haber variado una línea en la que se sabe el más fuerte, basada en los logros de ocho años de Gobierno y en la reiteración de su mensaje, pero está por ver que la aparente serenidad popular sea su única estrategia para frenar las expectativas socialistas, y cabe esperar novedades en este sentido a medida que avance la campaña.

NUEVOS TIEMPOS SIN ARZALLUZ
Por José Antonio ZARZALEJOS ABC 18 Enero 2004

EL pesimismo es la propensión a ver y juzgar las cosas en su aspecto más desfavorable. Pero hasta los que suponen que los pesimistas son los optimistas bien informados deben admitir que cuando las oportunidades las pintan calvas hay que recuperar, si bien prudentemente, una cierta expectativa de ilusión. Acaso me traicione el deseo, pero en el País Vasco se están produciendo unas circunstancias -previstas unas e imprevistas otras- que podrían procurar un cambio de ciclo, una nueva etapa. En el nacionalismo la personalidad de sus líderes ha marcado una fuerte impronta en las políticas del PNV. Y un efecto imitación de sus entornos. La feliz retirada de Xabier Arzalluz para hacer lo que ha venido haciendo desde hace muchos años -«no dar golpe»- es más esperanzadora de lo que cabía suponer. Porque se va de la presidencia del PNV con el alivio de muchos militantes y cuadros del partido que han soportado su desquiciado discurso y, lo que es peor, su matonismo interno y su procacidad política. No ha sido, ni de lejos, un buen dirigente del PNV. No ha estado a la altura de los «históricos». Ni Aguirre, ni Leizaola, ni Irujo, ni Ajuriaguerra, ni Garaikoetxea, entre otros, pueden medirse con Arzalluz. Todo ellos están muy por encima de este azkoitarra de biografía opaca que ganó la presidencia del EBB en un golpe casi palaciego al final de los setenta; llevó al partido a una escisión, neutralizó a dos lendakaris (al propio Garaikoetxea y a Ardanza), se rodeó de una guardia pretoriana intelectualmente indigente, utilizó siempre que quiso y pudo, directamente o a través de otros, la difamación y la maledicencia y que jamás experimentó sentimiento alguno de piedad -es decir, de conmiseración, misericordia o compasión- por el drama de tantos y tantos miles de vascos a los que remitió a la «ancha España» para que ejerciesen fuera de límites su condición de transterrados.

Nadie conoce bien la vida de Arzalluz. Desde luego no aquéllos que han tenido la pretensión de ser sus biógrafos. Sólo a través de textos periodísticos y discursos puede detectarse la turbulencia interior de un hombre que en su recopilación de artículos «Entre el Estado y la libertad» quiso remedar la obra de José Antonio Aguirre «Entre la libertad y la revolución. 1930-1935». Las cuentas se las van a ajustar a Xabier Arzalluz sus propias gentes, a las que ha llevado del ronzal de un nacionalismo inspirado en Larramendi y Arana para dejarlos ahora al borde del abismo. Hubo tiempos de moderación, pero siempre fueron ejercicios de simulación en función de sus debilidades y de las de su partido cuyo mando asumió a control remoto utilizando esbirros que fueron tan implacables como él les dejó que lo fueran. Y lo fueron mucho.

Su obra -la que deja- es un partido dividido, una situación política límite, una sociedad fracturada y un panorama brumoso e inquietante. Nadie que le siga puede ser más nocivo ni más perverso que Arzalluz. Y los dirigentes de su época -Atutxa, por ejemplo- ya enfilan también la salida. Y esa es la oportunidad, conjugada con nuevos interlocutores en otros ámbitos y con la breada de un nuevo tiempo político.

¿Podemos aprovecharla? Deberíamos. Lo que se ha hecho desde el Gobierno en el País Vasco -diezmar a la banda terrorista, ilegalizar a su entorno «civil», erradicar la «kale borroka», obturar su financiación y obligar al PNV de Arzalluz a descararse en sus propósitos maximalistas- ha estado bien hecho, se valore tanto desde lo político como desde lo moral. Y tras el saneamiento, la construcción. Que ha de venir de un nuevo sujeto de atención: la sociedad vasca, y de un nuevo discurso, el de su reintegración emocional y efectiva. Una nueva etapa en la que la fuerza tractora tiene que ser la de la fusión, la de la demostración evidente de los intereses y valores compartidos, la de la posibilidad de una convivencia al amparo de la Constitución y el Estatuto y la de la oferta de opciones globales de gobierno que transformen la sociedad vasca en una sociedad normal en la que cambiar el Gobierno a través de las urnas -véase Cataluña- no sea un «desideratum»; donde el debate sustituya al silencio temeroso; donde la sanidad, la educación, los medios públicos de comunicación, las infraestructuras, la cultura, las lenguas, el desarrollo tecnológico y el gran futuro abierto al mundo sean temas que sustituyan a los monocordes, repetitivos y trágicos que devoran las energías de los vascos.

Es verdad que el País Vasco es para el conjunto de España «un dolor de cabeza» como, con ese cinismo tan pedestre, ha declarado Iñaki Anasagasti -otro que ha servido a Arzalluz y es licenciado para el Senado-, pero la solución no es la que él nos propone: conceder la independencia. Es decir, que no estamos por la labor de cortar la cabeza para evitar la cefalea porque muerto el perro se acabó la rabia. Los vascos no nacionalistas y el resto de los españoles queremos demasiado al País Vasco, es tan nuestro, forma parte de manera tan esencial del proyecto democrático de convivencia, que debemos estar dispuestos -y lo estamos- a aprovechar cualquier oportunidad para invertir el signo de los acontecimientos. Los vascos no están, como quería Arzalluz que estuvieran permanentemente, entre «el Estado y la libertad»; los vascos están -si quieren- en la libertad de un Estado que la garantiza. La opción entre el Estado y la libertad ha sido la gran falacia que ha manejado Arzalluz para tenerlos en un estado de ánimo tan perturbado como el suyo. Si el dios Eolo deja de soplar, puede llegar la bonanza. En el Cantábrico no siempre la mar está en galerna.

EXABRUPTO DE IBARRA
ÁLVARO DELGADO-GAL ABC 18 Enero 2004

Rodríguez Ibarra ha propuesto marginar del Parlamento a los partidos que no sumen, como mínimo, un 5% del voto a escala nacional. Por supuesto, la propuesta iba dirigida contra los nacionalistas, cuyos porcentajes quedan muy por debajo de este listón. Zapatero ha obligado a Rodríguez Ibarra a dar marcha atrás, y el último ha aceptado el réspice y encogido el brazo de muy mala gana, y no sin soltar antes algunas de las frescas a que nos tiene acostumbrados. La primera pregunta es por qué el presidente extremeño ha hecho una reclamación que ofende directamente a Esquerra, aliada de Maragall en el tripartito. La respuesta más sencilla es que Rodríguez Ibarra quería dramatizar su disgusto ante lo que se está cociendo en Cataluña, y que este deseo ha pesado más que otras consideraciones de carácter prudencial. No parece aventurado vaticinar que Rodríguez Ibarra y otros como él se llamarán a engaño, y pedirán cuentas, si ruedan mal los dados y el partido sufre un descalabro en las generales.

La segunda pregunta se refiere a la medida en sí, servidumbres socialistas a un lado. ¿Es una medida plausible? La respuesta... es que no. En Alemania, de acuerdo, existe la cautela del 5%. Esta cautela previene la constitución de pequeñas formaciones regionales, y propicia la dimensión, y también la vocación nacional, de los partidos. Pero Alemania no es España. En Alemania, de momento, no hay movimientos nacionalistas. La mejor prueba de ello es que los democristianos bávaros, que rebasan con creces el gálibo porcentual, aspiran al gobierno de la nación, no a una Baviera segregada o confederada. Imponer el 5% en España, entrañaría la debelación o capitidisminución radical de los nacionalismos. Y esto no es contemplable sin dosis de violencia incompatibles con el régimen actual. De donde se deduce que lo de Ibarra ha sido un gesto, que conviene analizar en un registro esencialmente retórico.

Cabe preguntarse, en tercer lugar, si el presidente extremeño ha hablado a tontilocas, o lo ha hecho acuciado por un problema real. Y aquí cambia el panorama. Los partidos nacionalistas, en efecto, están metiendo al sistema en una encrucijada de la que no se sabe demasiado bien cómo salir.

En teoría política, se ha estudiado hasta la extenuación el papel que en una democracia desempeñan los partidos pequeños y versátiles. Entendiendo por tales, los que deciden alternativamente la formación de mayorías parlamentarias asociándose a un partido grande. Lo objeción de principio a la existencia de estos partidos, es que sobredimensionan la influencia de la respectiva base electoral. Una reducción al absurdo: un partido X, votado exclusivamente por fabricantes de tornillos o por los que están empleados en la fabricación de tornillos, sólo apoyará a un gobierno a cambio de que una proporción intolerable de los recursos colectivos se desvíe a la subvención de la industria tornillera. Es también probable que X exigiera la promulgación de leyes que, siendo favorables a la industria del tornillo, resultarían lesivas para la industria en general. Y así sucesivamente.

No debemos, con todo, exagerar la importancia de este ejemplo. Es perfectamente posible que una formación intermedia cumpla una labor positiva. La cumplieron, durante décadas, los liberales alemanes. En primer lugar, no constituyeron un lobby o grupo de presión. Su número, y su diversidad interna, les hacían felizmente inaptos al desempeño eficaz de este papel. En segundo lugar, las políticas auspiciadas por los liberales se situaban en un continuum que discurría de derecha a izquierda, o al revés. El cambio liberal de colores no se traducía, en consecuencia, en rupturas escandalosas para el votante, sino, más bien, en un asentamiento del centro. Los liberales moderaron a sus socios socialdemócratas durante años, y luego a los democracristianos.

El caso español es más complicado. La complicación viene dada por la superposición de dos factores. Uno, la implantación territorial del partido versátil. En España, CiU o el PNV se concentran en un región, y de resultas, tiende a reclamar cosas ventajosas para esa región. Ello provoca que, aun siendo grandes en términos relativos -mucho más grandes que un lobby tornillero-, se conduzcan como un grupo de presión. O lo que es lo mismo, persigan fines muy asimétricos desde el punto de vista de los intereses generales.

El asunto no pasaría acaso a mayores, si esos fines tocaran aspectos laterales: inversión en obras públicas, y tejemanejes por el estilo. Cuando el partido, sin embargo, es de confesión nacionalista, lo que tiende a negociar es la estructura del Estado. Y entonces entramos en un terreno muy peligroso. Entramos, quiero decir, en el lugar en que nos encontramos justo ahora los españoles.

El brindis al sol de Ibarra ha sido un ademán solitario y estéril en un panorama dominado por la falta de proyectos o soluciones convincentes. La conversión del Senado en cámara territorial aloja virtudes -e inconvenientes- de distinta índole, pero no serviría en absoluto para abordar el contencioso nacionalista. Ésa es la situación. Los arbitrismos de hombre de café son una pérdida de tiempo. Dicho esto, queda lo más difícil: encontrar el modo de no seguir perdiéndolo.

Madrid: c'est fini
ROBERTO L. BLANCO VALDÉS La Voz 18 Enero 2004

CUANDO las Cortes aprobaron, por inmensa mayoría, la ley de partidos que iba a posibilitar la ilegalización de Batasuna se alzaron en España muchas voces en contra de una norma que, supuestamente, sería como el infierno para nuestro Estado de derecho y nuestra convivencia: una reunión de todos los males sin mezcla de bien alguno.

Eso vinieron a decir, rasgándose sus vestiduras democráticas, los contradictores de la ley, muchos de los cuales, curiosamente, se habían distinguido durante años por su falta de humanidad y de decencia para condenar los horrendos crímenes de ETA.

El apocalipsis anunciado extendería sobre el país una doble plaga arrasadora de la paz civil y los principios democráticos. Paz civil pues -se decía- ilegalizada Batasuna Euskadi arderá de norte a sur y de oeste a este. Y principios democráticos -se añadía- porque ningún Estado libre puede serlo de verdad si se coarta la expresión de las ideas, aunque aquéllas se traduzcan en repetidos actos de defensa de quienes se consideran con derecho a asesinar a sus vecinos.

Pese a todo, Batasuna fue ilegalizada en cumplimiento de la ley. Y la ley fue considerada unánimente por los magistrados de nuestra más alta instancia judicial en todo compatible con los derechos garantizados en una Constitución democrática ejemplar.

Pero además, y por si ello fuera poco, lejos de provocar el anunciado apocalipsis, la ley produjo unos efectos extraordinariamente positivos en la lucha contra ETA, que hoy ya nadie se atreve a discutir: la kale borroca se fue debilitando hasta casi desaparecer del escenario, lo que ha dificultado como nunca la reproducción de la banda terrorista y ha acabado por reducirla a su estado de mínima operatividad desde su aparición hace tres décadas. ¡Y todo ello también, aunque no sólo, por efecto de una ley, que iba a ser, según algunos, el origen de desgracias políticas y jurídicas sin cuento!

La sentencia hecha publica el viernes en Madrid, por la que el Constitucional rechaza el recurso de Batasuna contra su ilegalización, marca el triunfo definitivo del imperio de la ley sobre la defensa del terror. O casi, pues aun le queda a Batasuna la carta del Tribunal Europeo de Estrasburgo. Poca cosa, porque aquél ha declarado en otro supuesto similar que «un partido cuyos líderes incitan a recurrir a la violencia, o proponen una política que no es compatible con las reglas de la democracia, o aspiran a su destrucción, o violan los derechos y libertades que la democracia garantiza, no puede pretender prevalerse de la protección de la Convención Europea frente a las sanciones que por esas razones le han sido impuestas». Más claro, Batasuna.

Plan Ibarretxe y la economía vasca
Francisco Aguirre.Vitoria (Álava) Cartas al Director ABC 18 Enero 2004

Desde el 15 de enero, la Real Academia suma al léxico español la expresión «vender la burra», con el significado de «tratar de convencer de algo con mucha labia, especialmente si es falso o poco creíble». Inmediatamente me ha venido a la cabeza Ibarretxe y su plan, presentado por el lendakari como una «propuesta moderna» y «una realidad positiva e ilusionante en el ámbito de la economía». Sin embargo, los datos no son tan ilusionantes: las inversiones extranjeras en el País Vasco han bajado drásticamente en dos años, de 326 millones de euros en 2001 a sólo 17 millones en 2003. La realidad es que el Plan Ibarretxe genera inestabilidad institucional y política, ahuyenta a los inversores (el dinero huye de los problemas) y perjudica la creación de empresas, riqueza y empleo. Señor Ibarretxe, antes de que la economía vasca empeore aún más, bájese del burro y no nos siga vendiendo la burra.

El fin no justifica los medios
Edurne Zarraoa Gabikagogeaskoa Guecho (Vizcaya) Cartas al Director ABC 18 Enero 2004

Como vasca que después de 23 años de gobierno nacionalista sigue sin conocer la libertad y la democracia, he visto con asombro cómo el señor Benach, presidente del Parlamento catalán, se ha apresurado a recibir a los familiares de los presos de ETA. Me encanta Cataluña y tengo muchos amigos catalanes, pero llueve sobre mojado, y después del vergonzoso recibimiento que tuvieron en su día en la Universidad de Barcelona Jon Juaristi, Fernando Savater y Gotzone Mora, tres vascos que tienen en común el vivir escoltados, en contraste con el que tuvieron Otegi y otros de su calaña, responsables de que tantos vascos tengan que ir con escolta, le digo que hasta aquí hemos llegado.

Si usted también cree, como hacen muchos por aquí, que el fin justifica los medios, le recuerdo que no hay presos vascos en Cataluña pero sí 80 catalanes asesinados por ETA, y también que al menos la mitad de los vascos nos sentimos insultados y obraremos en consecuencia.
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