AGLI

Recortes de Prensa     Jueves 22 Enero 2004
Turespaña y el Cervantes firman un acuerdo que convierte el español en recurso turístico
Redacción - Madrid.- La Razón 22 Enero 2004

Grandes rebajas en el PSOE
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital  22 Enero 2004

La voladura del sentido común
Ignacio Villa Libertad Digital  22 Enero 2004

¿Libertad o identidad
RAFAEL ITURRIAGA NIEVA El Correo  22 Enero 2004

La impronta de Ibarretxe en una de las 17 reformas del PSOE
EDITORIAL Libertad Digital  22 Enero 2004

La bala y el supositorio
Iñaki Ezkerra La Razón  22 Enero 2004

La bala y el carmín
Carmen Gurruchaga La Razón 22 Enero 2004

El engendro de las balanzas fiscales autonómicas
Alberto Recarte Libertad Digital  22 Enero 2004

Iglesia y unidad nacional
IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA ABC 22 Enero 2004


 

Turespaña y el Cervantes firman un acuerdo que convierte el español en recurso turístico
Redacción - Madrid.- La Razón 22 Enero 2004

El secretario de Estado de Comercio y Turismo, Francisco Utrera; el director del Instituto Cervantes, Jon Juaristi, y el presidente de la Federación Española de Escuelas de Español para Extranjeros (Fedele), Francisco Pérez, firmaron ayer un protocolo de cooperación para apoyar la promoción del turismo idiomático, que atrae anualmente a España a unos 150.000 turistas extranjeros. Este acuerdo se enmarca en el Plan de Turismo Idiomático, incluido a su vez en el Plan de Promoción del Turismo Cultural. El protocolo, que tendrá una vigencia de tres años prorrogables, se desarrollará a través de planes anuales de actuación con los que se difundirá la existencia de la oferta académica existente en España en esta materia, entre otras acciones.

«Periodo embrionario»
El secretario de Estado de Comercio y Turismo indicó que el acuerdo es «una buena noticia para la lengua española, el turismo español y la imagen de España», ya que se facilitará la promoción del país a través de «uno de sus activos más preciosos, como es la lengua». En todo caso, Utrera apuntó que de momento no se han hecho estimaciones sobre la repercusión de este acuerdo en el número de llegadas de turistas idiomáticos, asegurando que «lo importante ahora es poner los medios para que esa cifra crezca año tras año».

Por su parte, Juaristi destacó que el español se ha convertido en la segunda lengua para las relaciones internacionales, por detrás del inglés, pero «muy por delante de las demás lenguas europeas, lo que hace del español un recurso económico fundamental para el país». En todo caso, el director del Instituto Cervantes insistió en que este aspecto se encuentra aún en un «periodo embrionario», por lo que el acuerdo «es un paso más en la dirección de potenciar el español como activo económico», a la vez que comparte uno de los principales objetivos de la institución que dirige, que es la difusión de una visión amplia y profunda de España, así como de su idioma.

Grandes rebajas en el PSOE
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital  22 Enero 2004

Ni dos días ha tardado el PSOE en rectificar el “patriotismo español” del que alardeó Zapatero recientemente, ese recobrado sentido nacional que supuestamente guiaba su renuncia a formar gobierno si no tenía más votos que el PP. Otra vez vuelve a las andadas de la sumisión al nacionalismo; otra vez está a los pies del separatismo; otra vez multiplica sus gestos de sumisión, lindante con el esclavismo, hacia el PNV; otra vez está como quiere Polanco: con el cartel de “se vende o alquila” para los enemigos del PP, que suelen ser los de España. La claudicación de Zapatero ante González y PRISA empezó en el País Vasco, al cargarse ignominiosamente a Redondo Terreros para dinamitar la alianza de los partidos españoles frente a los separatistas y comunistas. Y en el País Vasco continúa esa epopeya de renuncias y obsequiosidades ante un PNV que los desprecia sin recato, como demostró recientemente Ibarreche con Patxi López.

Este PSOE en estado permanente de rebajas va camino de la liquidación por derribo. Ningún partido nacional puede sobrevivir a una perpetua rifa de incondicionalidades, a esa forma de suicidio que consiste en saludar las amputaciones como sana dieta de adelgazamiento. EL PNV no es la España plural, como obscenamente proclama Ramón Jáuregui, sino la negación de España y la persecución del pluralismo en el País Vasco. Es posible que Zapatero piense que diciendo todos los días una cosa y la contraria, siendo blanco en Bilbao y negro en Madrid, rojo en Sevilla y verde en Barcelona, puede sumar y no restar, añadir y no perder votos o, lo que es lo mismo, posibilidades de victoria electoral. Uno piensa que se equivoca, pero, aunque acertara a medias, si no gana las elecciones y forma Gobierno, ¿qué política podrá hacer en la oposición? Se ha quedado sin discurso nacional, sin estrategia coherente y sin capacidad de alternativa al PP. Lo único que le queda es la pancarta en la calle y la enmienda a la totalidad constitucional. O sea, 1934, sesenta años después. Una tragedia no por absurda menos peligrosa.

La única verdad que Cebrián y González han proclamado en su guión para la izquierda es que el futuro no es lo que era. Pero además están creando un presente en el que todo tiempo pasado fue mejor. Es, evidentemente, el triunfo perpetuo de González, cuyo fantasma habita el alma errabunda de Melmoth Zapatero, el poseído.

PSOE
La voladura del sentido común
Ignacio Villa Libertad Digital  22 Enero 2004

Son torpes como pocos. Se les ve venir desde lejos. Ya han aparecido en escena los encargados de desbrozar el terreno a José Luis Rodríguez Zapatero. Los elegidos han sido Ramón Jáuregui y Javier Rojo, quienes, dejándose llevar por unos supuestos nuevos vientos del Partido Nacionalista Vasco, han comenzado a suavizar el mensaje político de los socialistas vascos.

A Jáuregui le ha faltado tiempo para comentar "muy positivamente" las primeras declaraciones del sustituto de Javier Arzallus. Para este socialista, caracterizado por ser una veleta de la política, y que ha jugado con fuego en muchas ocasiones, en las primeras palabras de Josu Jon Imaz se perciben matices importantes de un cambio de talante. Añade que "las personas no cambian las políticas", pero que hay nuevos aires en el líder nacionalista.

Y a Rojo no se le ocurre otra cosa que decir que, si el PSOE gana el 14 de marzo, habrá un "giro distinto" a las relaciones con los nacionalistas; para concluir, ante el asombro general, diciendo que la clave es que ya no existe Batasuna. En fin, pocos comentarios a tanta estupidez.

Estos dirigentes socialistas, perdidos para el sentido común de la política vasca desde hace tiempo, buscan cualquier excusa para recoger las velas de la valentía. Han recurrido a lo de siempre: a la demagogia más burda y barata. Ramón Jáuregui dice que hay que dejar la letra grande y fijarse en la letra pequeña. Según él, ésta es la forma de salir de los bloques y trincheras. Sinceramente, no es fácil entender cómo se puede perder así la cabeza.

Por su parte, Javier Rojo se ha olvidado de golpe y porrazo de las víctimas del terrorismo –muchas de ellas, del Partido Socialista–, que parece que ahora no le interesan lo más mínimo. Con esta actitud cobarde y pusilánime, van pidiendo perdón por las esquinas, como avergonzados de que muchos militantes socialistas hayan dado la vida y estén dando la cara por la democracia y la libertad en el País Vasco. Con una actitud deplorable, se sienten más cerca de los nacionalistas, que pasean tranquilamente por las calles del País Vasco, que de los socialistas que llevan años conviviendo con los escoltas. En fin, estos socialistas con estas actitudes se muestran como auténticos conversos del nacionalismo de Estella, y se han lanzado sin tapujos a preparar el camino a Zapatero. ¡Qué mensaje tan diferente al mensaje del PSE en la época de Nicolás Redondo Terreros!

Estamos ante la voladura de los puentes del sentido común en el socialismo español. Primero, han lanzado a Jáuregui y a Rojo como la avanzadilla de la nueva actitud de los socialistas: renegar sin escrúpulos de los principios constitucionales y renunciar sin pudor a su trayectoria. Después de escuchar a Jáuregui y Rojo, no hay que ser muy brillante para saber que el próximo que entrará en esa dinámica será el propio Rodríguez Zapatero. El Partido Socialista, en pleno derribo ideológico, se prepara para su próxima batalla del desastre: el País Vasco. Si nadie no lo remedia, no tardaremos mucho en verlo.

¿Libertad o identidad?
RAFAEL ITURRIAGA NIEVA/PROFESOR ASOC. DEL DPTO. DE CIENCIA POLÍTICA DE LA UPV-EHU
El Correo  22 Enero 2004

Algunos autores (Aurelio Arteta recientemente) están poniendo el acento en el uso y abuso de conceptos políticos muy poco claros o interesadamente malinterpretados. Uno de ellos es el de la tan traída y llevada 'crispación'. Resulta curioso que estando el terrorismo (problema político y social número uno) afortunadamente a la baja, sea el desacuerdo entre los partidos el que supera unos límites aceptables y alcanza de modo destructivo los consensos que posibilitan la convivencia. El debate político se torna cada vez más radical, más emotivo, menos gestionable desde el ámbito de la política profesional weberiana.

Ofrecer una definición politológica de la crispación resulta verdaderamente difícil. Se trata de un término de enorme polisemia que hace además referencia a elementos subjetivos y emocionales, de tal forma que una misma realidad puede ser percibida de tantos modos como sujetos en relación a su capacidad de producir crispación psicológica.

¿Cuáles son las fuentes (por lo menos, las principales) de esta crispación? Los nacionalistas hacen hincapié en un fenómeno que sin lugar a dudas interviene en este proceso de elevación de la temperatura del debate político hasta niveles verdaderamente incómodos: el comportamiento político 'sobrerreactivo' del Gobierno español. En efecto, durante muchos años el terrorismo, aun a pesar de su evidente conexión teleológica con todo el movimiento político nacionalista, era visto por unos y por otros como una aberración ética de tal magnitud que abría un foso insalvable entre los terroristas y el resto de la ciudadanía, nacionalistas incluidos. Esta alineación democrática generalizada de las distintas fuerzas políticas obviaba la apertura de un frente político en torno a planteamientos de respuesta antiterrorista más extensos o radicales. Se luchaba contra el terrorismo de un modo, si se me permite decirlo, 'despolitizado'. Como si ETA no tuviese nada que ver con un determinado posicionamiento político etnicista, se ponía el acento exclusivamente en su carácter totalitario. Era el llamado, no muy atinadamente por cierto pues nunca lo fue, 'terrorismo ciego e indiscriminado'.

Plantear, entonces, que el nacionalismo, que todo nacionalismo, constituye una mala alternativa, un desideratum sumamente pobre desde una perspectiva ética, algo digno de ser combatido, democráticamente combatido, resultaba sencillamente surrealista. La identificación de cualquier antinacionalismo vasco con un viejo nacionalismo español uniformizador y autoritario era todavía demasiado fácil, demasiado fuerte. La derecha política vasca omitía (por si acaso) cualquier planteamiento de este tipo y la izquierda era aún víctima de todos los 'tics' y complejos de la cultura política amasada en el antifranquismo 'light' de las postrimerías del antiguo régimen. Rojos y nacionalistas se reconocían mutuamente como demócratas (en cuanto que antifranquistas) de un modo más emotivo que racional.

Lamentablemente, la puesta en marcha de un proceso de colaboración objetiva entre el nacionalismo violento y el institucional quiebra definitivamente aquella unidad democrática y produce la necesidad, la necesidad estratégica, de una respuesta política que no puede limitarse ya a la lucha contra el terrorismo en sí, sino que alcance los componentes ideológicos, mitológicos, etnicistas e identitarios en los que encuentra su fermento y su justificación. En pocas palabras, aparece, por primera vez desde la Transición democrática, la demanda política de unos posicionamientos paladinamente antinacionalistas 'a fuer de liberales'.

En estos últimos años, sin embargo, ha ido surgiendo frente al confusionismo político-terminológico un poderoso movimiento de intelectuales, intelectuales indiscutiblemente antifascistas, que comenzó a llamar a cada cosa por su nombre, para escándalo de algunos, señalando por ejemplo la conexión entre el terrorismo efectivo y el pensamiento totalitario etnicista que nutre, desgraciadamente, tanto a la rama violenta como a la institucional del nacionalismo actual. Este posicionamiento liberal-radical ha sido rápidamente tildado como 'demonización' del nacionalismo, aunque este concepto demoníaco resulta todavía más oscuro, complejo y difícil de entender.

La estela de esta reacción intelectual ha sido seguida por una derecha evidentemente desacomplejada que, puesta en el centro de la diana de los violentos, ha sabido definir el campo de batalla electoral con nitidez (tal vez excesiva) haciendo bandera propia de la libertad común amenazada y ejecutando una política de resistencia y firmeza que no está exenta de cierto heroísmo (ni de un notable exhibicionismo), pero que recibe un consistente apoyo de los electores, vascos no nacionalistas en Euskadi y no vascos en el resto de España. Ese éxito, siempre relativo, no hace, sin embargo, que todas las propuestas antinacionalistas sean, sin más, correctas o adecuadas. No late detrás de todas ellas un impulso por la libertad y la tolerancia.

En cualquier caso, torpezas al margen, la cuestión es que la política vasca había llegado a un equilibrio aparentemente insoluble cuya ruptura puede resultar 'higiénica'. En efecto, de las dos dimensiones que caracterizan la arena política vasca (la identitaria, Euskadi versus España, y la socioeconómica, izquierda versus derecha), la primera, dominante, había alcanzado una situación totalitaria. El poder político corresponde siempre a los nacionalistas de modo 'natural', al identificarse simbólicamente el pueblo vasco con el sector nacionalista de su ciudadanía y éste, si se me apura, con su partido político hegemónico: el PNV.

Mediante la ocupación permanente del poder político, el económico, el social, el religioso, etcétera, se procede a la construcción de un país que, sin ser jurídicamente independiente de España, llega a parecerlo en todo lo referente a sus manifestaciones simbólico-públicas. El nacionalismo (ideal) se adueña de este modo del país real sin que las demás fuerzas políticas puedan, ni tal vez quieran, ofrecer una identidad política alternativa.

Los vascos no nacionalistas, sin embargo, no hemos pretendido nunca dejar de ser vascos, sino que para ello no sea necesario ser nacionalistas. ¿Qué hay de malo?

La impronta de Ibarretxe en una de las 17 reformas del PSOE
EDITORIAL Libertad Digital  22 Enero 2004

El secretario de Relaciones Institucionales del PSOE, Javier Rojo, y el cabeza de lista por Álava, Ramón Jáuregui, han prometido sentarse a "dialogar", tras las elecciones generales, con el PNV y llevar a cabo "un giro" en sus relaciones con el gobierno de Ibarretxe. Las excusas que han dado ambos dirigentes socialistas para emprender ese "diálogo", que no es otra cosa que un eufemismo para referirse al acercamiento y la cesión a las posiciones nacionalistas, son el "distinto matiz" que ofrece el nuevo presidente del PNV, Josu Jon Imaz, respecto a su antecesor en el cargo, Xavier Arzalluz, y el hecho de que "ya no existe Batasuna" a raíz de su ilegalización.

Desde que el PNV decidió quitarse la careta y dirigirse abiertamente hacia sus objetivos independentistas fundacionales a través del Pacto de Estella -más recientemente conocido como Plan Ibarretxe-, ya no cabe aducir engaño por su parte. Son dirigentes socialistas, como han dejado de manifiesto Rojo o Jáuregui, quienes engañan sobre la actitud del nacionalismo vasco. El nuevo presidente del PNV no ha podido ser más claro al afirmar que su prioridad es sacar adelante el Plan Ibarretxe, como al destacar su compromiso de continuar impidiendo -al margen de la ley- la disolución de Batasuna y el fin de su financiación pública.

Si las patéticas excusas que da ahora Rojo para justificar el "giro" de su partido se descalifican a sí mismas, hay que advertir, sin embargo, que el acercamiento del PSOE al PNV se "cuece" ya con anterioridad a las últimas elecciones autonómicas del 2001 en las cocinas de Prisa y cargo de Felipe González y Juan Luis Cebrián. Fue este último el que en un artículo en El País, un día después de celebrarse esas elecciones, publicó la sentencia contra el frente constitucionalista que habían fraguado el PP y el PSE de la mano de Mayor Oreja y Redondo Terreros. Zapatero no dudó en cumplir las órdenes de la empresa y decidió "entregar la cabeza" del hasta entonces secretario general de los socialistas vascos. Con esa decisión, Zapatero firmó también el inicio de la deriva, la dispersión y el galimatías que padece ahora su partido.

Aunque en el seno del PSE se oponen a ese giro algunos admirables dirigentes como Rosa Diez o Gotzone Mora, lo cierto es que desde que Patxi López se hizo cargo de la secretaría general, las violaciones del Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo por parte de los socialistas han sido constantes. Si desde Madrid se gestó y se impuso ese "giro" que ahora Rojo nos presenta como novedad, hay que señalar que otras decisiones nacidas de la debilidad del liderazgo de Zapatero han contribuido a hacerlo inexorable. Hay que fijarse, sin ir más lejos, en el visto bueno que el PSOE ha dado en todo al pacto de Maragall con los independentistas catalanes. ¿Tiene lógica seguir haciendo una oposición frontal al Plan Ibarretxe cuando tu socio de gobierno en Cataluña lo señala como una meta deseable? ¿Es sostenible reprochar al lehendakari que esté dispuesto a violar la ley con una convocatoria de referéndum no autorizada por las Cortes Generales, cuando Zapatero respalda que Maragall haga eso mismo en Cataluña?

Si Zapatero, para disimular el entendimiento de su partido con los independentistas -sólo si gana, que él será muy "patriota" si pierde-, ha decidido ofrecer a cada autonomía lo que ha tenido que aceptar en Cataluña, su interlocutor lógico en la comunidad vasca será el PNV, jamás el PP. Los socialistas nos hablaran entonces de las "grandes diferencias" que separan al Plan Ibarretxe de la reforma del Estatuto pactada con los independentistas catalanes. Para alguien que es capaz de apreciarlas entre Imaz y Arzalluz, aquellas deben resultar, ciertamente, abismales...

La bala y el supositorio
Iñaki Ezkerra La Razón  22 Enero 2004

De la campaña del Gobierno vasco a favor de las víctimas del terrorismo lo primero que me chirría es su propio lema: «Cuando silencian una voz, nos callan a todos». Es un lema que tergiversa una realidad en la que sólo están amordazados los que profesan unas ideologías muy concretas y en la cual el resto vive muy bien y se beneficia tanto de ese silencio como de la amenaza que lo impone. Tal afirmación confunde lo que «debería ser» con lo que «es». Todos deberían sentirse callados por el asesinato del otro pero en la práctica hay muchos que no sólo no se sienten callados sino que aprovechan el silencio y el miedo ajenos para gritar más. A todo esto se añade el ya habitual lenguaje figurado que se usa en estos casos como eufemismo. Cuando matan los terroristas no silencian una voz sino que silencian a una persona. ¿Ya está bien de reducir la eliminación del ser humano a una cuestión fonética, acústica o lingüística! ¿Ya esta bien de creer que se está diciendo la repera cuando, tras un crimen, se exclama histriónicamente lo de «¿han asesinado la palabra!» No, amigo, no han asesinado la palabra. Han asesinado a un tipo que se llamaba Joseba o José Luis. A la palabra ya le pueden dar por donde tú sabes.
Sigamos con el anuncio. Debajo de una bala puede leerse: «42.000 personas sufren en Euskadi bajo la amenaza y el acoso terrorista». Debajo de una barra de labios se lee en contraste: «2.040.887 personas no podemos maquillar esta realidad». Yo no sé de dónde ha salido la cifra de 42.000 pero no me parece oportuna por eso, porque no está explicada. ¿Incluye también a políticos nacionalistas? ¿Da por hecho que no hay un millón de vascos por lo menos (media población) que se halla amenazada potencialmente o que más de dos millones de ellos son nacionalistas y hay que pedirles que no maquillen la realidad?

Por otra parte, las víctimas merecen no sólo atención y compasión sino también respeto y reconocimiento sin reservas ni mezquindades de la sociedad y las instituciones oficiales. Necesitan que se les reconozca como tales víctimas; que sean condenados los atentados y que se dediquen a su memoria calles, monumentos y homenajes. O sea, que se haga lo que no se ha hecho en Euskadi. El Ayuntamiento de Bilbao, vg., no ha condenado los asesinatos de Santa Pola ni de Pagazaurtundua todavía y se niega a dar a las víctimas la calle que se aprobó en un pleno de hace año y medio. En vez de campañas que laven su conciencia, los nacionalistas deben dejar de enseñar a odiar en la escuela y renunciar tanto a suplantar a las víctimas como a erigir estatuas a Arana, el primer causante del drama vasco. Deben renunciar a un ideario víctimista que crea víctimas no sólo de ETA sino del propio nacionalismo. En vez de la bala y la barra labial deberían, en fin, poner en su publicidad la bala y el supositorio. La primera es ETA, el segundo el Plan Ibarretxe.

La bala y el carmín
Carmen Gurruchaga La Razón 22 Enero 2004

Nueva puesta en escena del PNV con Imaz en Bilbao como nuevo presidente del Euskadi Buru Batzar, quien pronunció un discurso aseado (¿maquillado?) respecto a los constitucionalistas vascos, e Ibarretxe, en Madrid, con la presentación de la campaña de publicidad pro amenazados de ETA. Acciones coordinadas como corresponde a un márketing político moderno. Imaz se presentó en Bilbao el pasado domingo de verde, por aquello de la esperanza, y pasamanería en negro, por el recuerdo luctuoso a las víctimas del terrorismo.

Defendió una futura nación vasca cívica y, de esta manera, admitió explícitamente que hasta ahora su Autonomía no lo es. También abogó por construir el futuro en libertad, con palmario reconocimiento de que hasta ahora el pueblo vasco carece de ella. Abundó en el asunto al decir: «No hay patria libre, sino hombres y mujeres libres»; y para realizar ese proyecto de liberación de los oprimidos exhortó a los nacionalistas a que arropen a sus semejantes susceptibles de ser objetivo del terrorismo etarra. Fue un discurso para agradar al respetable, con guiños humanitarios para la mitad de la población vasca situada en la segunda y última fila de las preferencias del autonomismo gubernamental. Por lo demás, Plan Ibarretxe a tope. Imaz da la impresión de muy mesurado en las formas. En eso se distancia de Egibar, un hombre rudo sin atisbos de diplomacia. En el fondo se abrazan, excepto quizá en una cuestión de relieve: Imaz desarrollará sus planes a la expectativa de que se le acerque una ETA desarmada; Egibar iría a buscar a ETA para negociar y buscar un acuerdo que le comprometería.

Al día siguiente, Ibarretxe compareció en Madrid con la misma indumentaria que Imaz en Bilbao respecto a las víctimas del terrorismo. Pero como monotema. Presentó el motivo central de una campaña publicitaria de solidaridad con los damnificados por el terrorismo. Una bala, símbolo de las más de 42.000 personas amenazadas de muerte en Euskadi, y un pintalabios que significaría para el resto de los vascos que esa realidad no se puede maquillar. Ardiente defensa de los derechos humanos. En fin, ojalá que no sea sólo propaganda.

Pero hay que recordar que el interés del Gobierno vasco por las víctimas del terror sólo data de hace 14 meses, cuando ese Ejecutivo, las diputaciones y algunos municipios enviaron cartas a los familiares de los asesinados para convidarles a comer e interesarse por si podían prestarles alguna pequeña ayuda. Y eso después de 25 años de desprecio. Ahora, solemnización de esas recientes intenciones en el escenario del máximo organismo peneuvista, y en Madrid con el desplazamiento del lehendakari. Aunque no es extraño que tanto víctimas como políticos y público en general hayan acogido esas declaraciones de intenciones con cierta frialdad, por el momento, si bien deseando que se cumplan esos buenos propósitos. Las balas están ahí todavía. Y el carmín, metáfora de ese maquillaje, no es tan fácil de limpiar.

Conclusión
El engendro de las balanzas fiscales autonómicas
Alberto Recarte Libertad Digital  22 Enero 2004

Esta es la Conclusión del artículo que con el mismo título publicará en su próximo número La Ilustración Liberal y que los interesados pueden consultar en este fichero PDF.

En España, los impuestos se pagan en proporción a la renta personal, con la excepción de lo que representan los pagos adicionales por progresividad en sucesiones, donaciones, patrimonio e IRPF, que quizá pudieran valorarse, en conjunto, en torno a 6.500 millones de euros. La proporcionalidad se mantiene para los pagos por IVA, ligados al gasto. En el caso del impuesto sobre sociedades es imposible saber dónde –dentro del territorio nacional– se ha generado el beneficio. Lo que no permite saber a qué autonomía habría que adscribir esos ingresos fiscales. El gasto público, en cambio, tiene como criterio básico el del número de habitantes, con algunas correcciones a las que hemos hecho referencia.

El conjunto, manejado tal y como lo hacen los nacionalistas catalanes y el PSC, y, por extensión, el PSOE, reflejaría –en el caso de que pudieran hacerse balances fiscales– una transferencia de recursos fiscales de las autonomías ricas a las más pobres, que sería, sin embargo, mucho más importante en el caso de Madrid que en el de Cataluña. Ello es así porque Madrid tiene una renta media mucho más alta, al menos un 10% superior a la catalana. Pero estamos hablando de cuantías muy reducidas, que habría que matizar. La primera sería valorar el coste histórico, reflejado en parte en la deuda pública estatal, de las otras políticas económicas nacionales para los habitantes de cada autonomía, que han pagado los menos favorecidos y que ha supuesto una transferencia de todo tipo de recursos, no sólo fiscales, de los que históricamente vivieron en las autonomías pobres a los de las más ricas. Aunque en la actualidad son pocas las políticas nacionales que pueden favorecer a unos sectores sobre otros, alguna sigue habiendo. Quizá la más importante sea la de promoción de I+D+i, que beneficia, por su propia naturaleza, a autonomías como las de Madrid y Cataluña, o las masivas compras de medicamentos por la sanidad pública, que favorecen claramente a las empresas farmacéuticas establecidas en Cataluña. Pero hay otras, como el Plan Hidrológico Nacional, que beneficia a los habitantes de Aragón, Cataluña, Valencia, Murcia y Andalucía.

En lo que respecta a grandes inversiones, que pueden aparecer contablemente como gasto presupuestario, nos hemos referido a las inversiones en los distintos AVE y la ampliación de los aeropuertos de Madrid y Barcelona. En cuanto a políticas de gasto, hemos hecho una consideración sobre el mantenimiento del ente RTVE. Aún más importante, cuantitativa y cualitativamente, es el déficit de la seguridad social agraria y a quién atribuirlo, y qué efecto tendría una adecuada contabilización de los gastos por desempleo. Asimismo, son muy dificiles de contabilizar las obligaciones futuras por pensiones públicas, las cuales, si se capitalizaran, podrían suponer el 200% del PIB. Pero, frente a operaciones imposibles, una que habría que hacer, si fuéramos a llevar a cabo con rigor balanzas fiscales autonómicas en las que se recogiera todo lo relevante, sería cómo repartir los 312.000 millones de euros de deuda de la administración central.

La dificultad, mejor, si somos rigurosos, la imposibilidad de llevar a cabo estas operaciones es la mejor demostración de que toda la discusión sobre balanzas y transferencias fiscales entre autonomías es un disparate. Y lo es porque España es una nación desde hace mucho siglos y las decisiones políticas, con repercusiones económicas y fiscales, se han tomado por los sucesivos gobiernos nacionales con criterios nacionales, aun a sabiendas de que en algunas ocasiones se estaba beneficiando a algunas regiones sobre otras pero, siempre –esperemos que haya sido así– sobre la base de los intereses generales, a largo plazo.

En la actualidad, cuando la política fiscal es casi la única sobre la que tiene competencias el Gobierno de la nación, es lógico que se preste atención al conjunto de impuestos que se pagan y a cómo se gastan los ingresos conseguidos. Aunque, desde un punto de vista económico, lo que se consideraba relevante –en la discusión pública– era si la política fiscal perseguía el equilibrio, el superávit o el déficit. Pero no en esta España de las autonomías o, mejor, de los políticos de las autonomías, empeñados en incrementar su poder a cualquier precio.

En cualquier caso, las dudas sobre la efectividad de la política fiscal y sobre la justicia y efectividad de los impuestos progresivos se están resolviendo, en el conjunto de los países más avanzados, con reformas fiscales que reducen tipos y progresividad, por simplicidad y capacidad recaudatoria, de tal manera que el conjunto de los impuestos se paga en relación –y proporcionalmente– a las rentas medias percibidas y gastadas. Por su parte, el gasto público se adecua a la población en cada autonomía, en el caso de España, lo que, parcialmente, corrige la injusticia que significan los tipos únicos de los impuestos para la población menos favorecida, al reducirse, para los que se encuentran en peor situación, su renta disponible, el factor clave que determina el nivel de vida y las perspectivas futuras. Intentar salirse de estos parámetros, dando más importancia a dónde se recauda a la hora de programar el gasto público que a la población que de hecho vive en cada territorio, parece más injusto. Pero, incluso, si se hiciera, esa modificación en la política de asignación del gasto no tendría efectos fiscales significativos. Por el contrario, al tener en cuenta otros factores, como las obligaciones por pensiones y la asignación de la deuda estatal, se modificarían, sustancialmente, esas hipotéticas balanzas fiscales. Ir adelante por este camino significa destruir la convivencia, no ya nacional, sino la personal, familiar, local y autonómica.

Nadie tiene argumentos suficientes y probados para decir que el actual sistema fiscal perjudica a unas autonomías y beneficia a otras, o que una autonomía transfiere fondos a las otras. Nuestro sistema fiscal y económico no está pensado en estos términos, sino en clave nacional. Y lo que importa, por otra parte, son las personas, no los territorios, del carácter que sean. Si alguna vez se llegaran a hacer balanzas fiscales serían engendros políticos que reflejarían el poder de unos partidos sobre otros, de unas personas sobre otras, no un instrumento para asegurar la igualdad de oportunidades a nivel nacional, que debería ser el objetivo de cualquier político honrado.

Iglesia y unidad nacional
Por IGNACIO SÁNCHEZ CÁMARA ABC 22 Enero 2004

EL arzobispo de Toledo, Antonio Cañizares, ha defendido el valor moral de la unidad nacional y ha instado a la Conferencia Episcopal a elaborar una reflexión sobre este asunto, a pesar de que la posición favorable quedó ya patente en la Instrucción pastoral sobre terrorismo y nacionalismo aprobada en noviembre de 2002. Las declaraciones de la jerarquía católica española sobre asuntos políticos suelen recibir una mezcla de tergiversación, incomprensión y fiel escucha. Tienden a prevalecer las dos primeras. Por lo demás, suele producirse un agravio comparativo en la atención y difusión según el sesgo político de las opiniones. Se airean los desatinos de monseñor Setién sobre el nacionalismo vasco y se pasa casi de puntillas sobre las reflexiones impecables de monseñor Sebastián sobre el terrorismo. Sobre todo desde la izquierda, la estrategia suele consistir en aplaudir, si coinciden con sus tesis, y en reprobar la «inaceptable intromisión» y el talante cavernícola, cuando no. No es improbable que suceda esto último en el caso de la defensa moral de la unidad nacional esgrimida, con razón y autoridad, por monseñor Cañizares. No hay que descartar que incluso se llegue a invocar el laicismo como argumento en favor del silencio episcopal.

Al menos, la Iglesia tendrá derecho a pronunciarse sobre todos los problemas que afecten a la moral. Y éste de la unidad nacional afecta y mucho. No se trata sólo de un problema político de definición del titular de la soberanía ni de delimitación del ámbito territorial de la competencia estatal. No estamos ante un asunto meramente jurídico, aunque si así fuera no cesaría el derecho de la Iglesia a opinar. Y no es sólo cuestión de derecho sino también de deber (con perdón). Se trata de una cuestión moral porque afecta al fundamento de la convivencia y a la paz y al bienestar sociales. Del mismo modo que el magisterio de la Iglesia española, dirigido por el cardenal Tarancón, asumió la defensa moral del proceso político de la transición a la democracia, debe ahora asumir la defensa de la unidad nacional frente al nacionalismo radical y su invocación a la tribu y al regreso a la barbarie cívica.

Los valores (es un decir) del nacionalismo radical son ajenos al sentido y a los valores universalistas del cristianismo. Además, la persecución de quienes no son nacionalistas atenta contra la dignidad del hombre. Si la senda constitucional tenía un sentido moral, el camino de sentido inverso que lleva a la destrucción, que no reforma, de la Constitución también lo tiene. Hay que distinguir entre la moral y el Derecho, pero éste posee siempre una dimensión moral. Romper la unidad nacional no es sólo un error político e histórico sino también moral. Y a quien le moleste, siempre le queda el recurso de reflexionar, argumentar y, en su caso, rectificar. La defensa de la unidad nacional no sólo es un derecho de la Iglesia; es también un deber. No todo lo que pertenece al César es ajeno a Dios.

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