AGLI

Recortes de Prensa     Domingo 25 Enero 2004
Sobre nacionalismos: más que palabras
Amando de Miguel La Razón 25 Enero 2004

Don Emilio, digo  Don Amando de Miguel
Nota del Editor 25 Enero 2004

La solidaridad de campanario en un mundo abierto
UBALDO NIETO DE ALBA  ABC 25 Enero 2004

La deriva socialista
José Clemente La Razón 25 Enero 2004

El gesto de Zapatero
ÁLVARO DELGADO-GAL ABC 25 Enero 2004

Reflexiones preelectorales
Miguel Martín La Razón 25 Enero 2004

Sant Joan Puigcercós
ALFONSO USSÍA ABC 25 Enero 2004

La otra palabra perdida
ALFONSO DE LA VEGA La Voz 25 Enero 2004

España y Galicia
PEDRO ARIAS VEIRA La Voz 25 Enero 2004

La Asociación de Víctimas del Terrorismo en Galicia pide ayudas
Agencias / Madrid El Ideal Gallego 25 Enero 2004
 

Sobre nacionalismos: más que palabras
Amando de Miguel La Razón 25 Enero 2004

Me envía un «emilio» un lector muy amable, Jaime Marcet, recriminándome mi posición ante los nacionalismos vasco y catalán. Dice: «Le encrespan a usted de una manera increíble, dada su talla intelectual Lo que le molesta es que la gente no sea nacionalista española y lo sea respecto a Cataluña o el País Vasco Dejando a un lado los que defienden la violencia en Euskadi, los nacionalistas españoles me parecen tan radicales como los [nacionalistas] catalanes». Vamos a cuentas.

Cierto es que me encrespan los nacionalismos vascos y catalanes por su latente odio a España. Ante todo, yo me considero español (y luego castellano y a la par europeo y de la cultura occidental). Pero, al considerarme español, entiendo que Cataluña y el País Vasco son parte de la realidad histórica que viene llamándose España desde hace mil años, más o menos. Luego ser catalán o vasco son, para mí, dos formas de ser español, tanto como ser castellano, gallego, aragonés, etc. Así pues, lo que me «encrespa» es que los gentilicios de español o españolista, castellano o castellanista, sean utilizados despectivamente. Y no digamos si sirven para convertir a una persona en víctima del terrorismo. Para mí es legítimo sentirse catalanista (catalán antes que español) o españolista (español antes que catalán, por ejemplo). No se me ocurrirá nunca utilizarlos despectivamente. Para mí son expresiones más bien ponderativas.

En la medida en que hay nacionalismos excluyentes y hasta violentos en España, yo reivindico sentirme españolista. Ahora bien, no creo que pudiera dar mi voto a un partido nacionalista español, caso de que existiera. Me basta con que un partido tenga una idea de España, que es la mía y que coincide con la que tienen la mayor parte de los españoles. Incluyo lógicamente a muchos vascos, catalanes, gallegos, etc. Reivindico una cosa muy simple: que se me permita expresar los sentimientos dichos, sin exponerme a ser insultado y menos aún a ser agredido.

Aunque Cataluña o el País Vasco se independizaran (cosa difícil por la vía democrática e imposible por la violenta) seguiría siendo cierto lo fundamental. Los vascos y catalanes independientes no podrían borrar en otros mil años el hecho de que han tejido toda su Historia al lado del resto de los españoles. Hay aquí una extraña asimetría. Yo considero a Cataluña y el País Vasco (junto a otras regiones, claro) como parte de mi Historia, de mi sentimiento nacional. En cambio, los nacionalistas vascos y catalanes intentan prescindir de esa relación histórica. De ahí que para ellos la palabra «españolista» sea despectiva, incluso la simple mención de España y español. Esa asimetría es injusta y molesta. Espero que don Jaime Marcet comprenda ahora mi posición un poco mejor. Estamos ante un caso en el que las palabras son más que palabras.

Don Emilio, digo  Don Amando de Miguel
Nota del Editor 25 Enero 2004

La opinión de D. Amando de Miguel respecto a los nacionalismos, no puede ser más sensata, siempre está al lado de los que defendemos los derechos constitucionales de los hispanohablantes, y es ejemplar el prólogo del libro "La normalización del Español. El Estado de la Cuestión.  Una cuestión de Estado" de Fadice, que pueden ver en estas páginas.

También le interesa el idioma español, y en Libertad Digital escribe artículos muy interesantes sobre su uso. Pero tiene un cierto empeño en usar "emilio" para expresar mensaje a través de sistemas de transmisión digital, que los americanos denominan "email", como abreviatura de "electronic mail" correo electrónico. Si no quiere utilizar la expresión "por medio del correo electrónicol,  he recibido un mensaje", o he recibido un "email", porque la pronunciación no corresponde bien con el español, podría decir simplemente "he recibido un mensaje", y todos entenderíamos que para ello habrán utilizado el medio disponible más conveniente, electrónico, fotónico, sónico, etc.

La solidaridad de campanario en un mundo abierto
Por UBALDO NIETO DE ALBA. Presidente del Tribunal de Cuentas ABC 25 Enero 2004

EN España, el aislamiento del régimen anterior nos situaba en organizaciones políticas, sociales y económicas centralizadas. El Estado asumía competencias que en un orden descentralizado corresponden a otros entes territoriales (autonómicos y locales), a otros agentes socioeconómicos (sindicatos y patronales), a otras instituciones (como el mercado) e, incluso, al propio ciudano, que tiene que asumir en una sociedad abierta la cuota de responsabilidad inherente a su grado de libertad. Ha sido la Constitución de 1978 la que, al situarnos a ese nivel superior que corresponde al Estado social y democrático de Derecho, nos obliga a asumir los valores de un sistema abierto que, al mismo tiempo que se integra, se descentraliza. El proceso descentralizador, tanto a nivel socioeconómico como a nivel territorial, constituye un largo camino en nuestra reciente historia, no ausente de tensiones, y que ahora cobra un nuevo valor con la integración en la UE y la globalización.

En el ámbito socioeconómico, el camino recorrido va desde el aislamiento del régimen anterior, en el que la competencia se decretaba (salarios, precios, tipos de interés, etc.), a la posterior apertura al exterior, donde la competencia se administra (tipos de cambio, ayudas a la exportación, subvenciones, etc.), pasando por ese intento de una competencia pactada (el llamado pacto de competitividad de 1991), hasta la entrada en vigor del euro. La competencia ya no se decreta, ni se administra ni se pacta, hay que practicarla. El proceso de integración en la UE está, a su vez, inmerso en un proceso más amplio de globalización, que está echando por tierra una premisa básica de la modernidad, la de vivir y actuar en espacios cerrados y recíprocamente delimitados por los Estados nacionales y sus sociedades. Ello hace aparecer nuevos ámbitos de solidaridad y nuevas relaciones de poder que demandan nuevas estrategias de cooperación y competitividad.

A medida que los espacios sociales y económicos se integran y globalizan, los espacios psicológicos y políticos se atomizan y en ellos lo local adquiere un significado especial, identificando al hombre con su lugar, con sus creencias, su cultura, su lengua y con solidaridades que se perciben más próximas. Frente a los efectos de la lejanía que provoca la integración a nivel supranacional o global, el apoyo a lo local funciona como un contrapeso, una compensación. Pero, en esta dialéctica de lo global y de lo local, que ya es habitual designar como «glocalización», cualquier aspecto, como la competencia, impuestos, empleo, ecología, droga y, especialmente, la solidaridad, debe contemplarse en función de cada ámbito de integración, donde no tienen cabida balances fiscales de campanario. Tal es el caso de la UE, donde la solidaridad rebasa las fronteras de los países miembros.

Cuando desde las CC.AA., mirando hacia arriba, se demandan espacios de propia decisión capaces de defender sus intereses ante la UE es conveniente recordar en qué ámbito de solidaridad nos encontramos y, lo que es más importante, que esta posibilidad de presión e influencia la está haciendo posible un entramado tecnocrático y burocrático cuya discrecionalidad influenciable es producto del todavía déficit democrático en el proceso de construcción europeo. Pues, frente al futuro político, económico y territorial de la UE, se requiere una cohesión territorial que genere una fuerza con poder y capacidad de negociación capaz de potenciar los aspectos positivos y de controlar los aspectos negativos de la competencia y de la solidaridad en el ámbito europeo. El mismo poder de planificar y coordinar que se requiere en el ámbito regional ante esa necesaria segunda descentralización hacia el nivel local donde la solidaridad, la gestión y el control son todavía más próximos.

Estos procesos de integración y descentralización hacen aún más complejo el problema más importante de nuestra sociedad, que siempre ha radicado en una falta de consenso sobre la distribución del producto nacional. Si bien los problemas de redistribución en sentido vertical, entre clases y sectores socioeonómicos, abordados mediante pactos, no afectan al orden institucional, no ocurre así con los problemas de redistribución a nivel horizontal o territorial que, además de afectar al orden institucional, inciden directamente sobre el Estado de bienestar. Cuando la solución de estos problemas se desliza hacia el modelo de oligopolio social, en ocasiones denominado «de los estados económicos del Reino», donde la competencia y el esfuerzo de gestión no se encaminan a producir valor real añadido, sino a mejorar la posición que genera la presión y la acción política, el proceso, en su evolución, marca una dinámica de desequilibrio cuyas tensiones redistributivas terminan neutralizándose con presupuestos con mayores impuestos, gasto y déficit públicos. Y, cuando, como sucedió en el pasado por efecto de la crisis económica, estas neutralizaciones con cargo al Presupuesto se ven frustradas, las tensiones y las fluctuaciones se amplifican, haciendo peligrar la estabilidad, el empleo y el Estado de bienestar.

La crisis económica ha puesto de manifiesto que el acelerado proceso tecnológico está introduciendo técnicas productivas que ahorran mano de obra; pero este fenómeno se produce en la aldea global, obligando a los países de economía abierta a adaptarse a las nuevas tecnologías y a vigilar los costes, si quieren mantener su actividad económica y el empleo. La actividad y el empleo constituyen los medios para financiar el Estado de bienestar, lo que impone como necesidad el tener que ser eficaces para mantenerse competitivos y, al mismo tiempo, poder ser solidarios. En un mundo abierto, el progreso del Estado de bienestar tiene que venir de procesos de integración y descentralización que, respetando la diversidad, persigan la eficacia y la solidaridad en espacios cada vez más amplios de integración.

En nuestro país, a medida que avanza la autonomía financiera y la corresponsabilidad fiscal, los líderes autonómicos se ven obligados a introducir la variable fiscal en su función de popularidad y en los procesos electorales, ante un electorado que, considerando ya asumida la diversidad, valora cada vez menos esas ofertas y motivaciones relacionadas con identidades y singularidades, cuando no parafernalias, regionales. El ciudadano aumenta sus demandas de mejor gestión y menos impuestos y ya no ve a los gestores públicos como seres angelicales (homo romántico) que sólo buscan el bien general. Así, muchas de esas ofertas (creación de empresas, organismos, agencias, representaciones y delegaciones exteriores, etc.), las percibe más como intereses y preferencias de la clase en el poder, el llamado bienestar del Estado, que como respuesta al interés general y del Estado de bienestar. Además, algunas de esas empresas públicas, proporcionando déficits públicos y beneficios privados, nacen ya con genes envejecidos en esa especie de clonación del modelo de Estadonación que está desapareciendo con la integración. A ello hay que añadir la denominada «jungla normativa» con la consiguiente fractura de la unidad de mercado nacional y de la necesaria armonización con la UE.

La buena gestión, medible y comparable en términos estadísticos, está relacionada con el empleo, la productividad y el crecimiento; y la competencia y la solidaridad de campanario no tienen cabida en un mundo abierto que, al tiempo que se integra y globaliza, se descentraliza cada vez más.

La deriva socialista
José Clemente La Razón 25 Enero 2004

El tripartito catalán que lidera el socialista Pascual Maragall celebró el pasado martes su primer mes de gobierno. Bueno, para no faltar a la verdad habría que decir que celebró su primer mes desde la llegada al poder, porque gobernar, lo que se dice gobernar, cero patatero, como diría José María Aznar. Gobernar es un verbo todavía no conocido por el tripartito, más ocupado en instalarse en la Generalitat que en gestionar los intereses de esa comunidad. En este primer mes de gobierno de izquierdas en Cataluña lo prioritario ha sido el reparto de cargos: uno para cada hermano. Entre tanto, Samsumg, Philips, Nissan y Kodak, por decir sólo las primeras, hacían las maletas. ¿Pobre Cataluña!

Y cuando la Generalitat quiso reaccionar ante esa gran evasión de capitales la respuesta del gobierno catalán no pudo ser más chusca: se amenaza a las empresas con boicotear sus productos si no se plegaban a las condiciones de la Generalitat. Era demasiado importante el reparto de cargos como para perder un sólo minuto el negociar con las multinacionales y evitar que el daño de la economía catalana fuera del todo irreversible.

Todo esto no es nuevo. Estamos acostumbrados a ver a la izquierda prometiendo unas cosas en campaña y cuando alcanza el poder se olvida de ellas. Debe ser que hay una parte del electorado que no conoce esas triquiñuelas, o a lo mejor sí las conoce pero comulga con ellas. En cualquier caso un mes de ingobernabilidad en Cataluña, con un triste balance y con una sola iniciativa sobre la mesa: el pacto Maragall-Iglesias para bloquear el trasvase del Ebro previsto por el PHN.

Vamos, como para pensárselo la próxima vez. Y avanzado ya el segundo mes de ese tripartito, el gobierno de Maragall nos anuncia que ahora abordarán los nombramientos del llamado segundo nivel de cargos de responsabilidad política. La gobernación, de momento, puede esperar porque lo importante señores, es el poder, que para eso tiene la izquierda la mayoría de los escaños.

El gesto de Zapatero
Por ÁLVARO DELGADO-GAL ABC 25 Enero 2004

A principios de semana, una noticia galvanizó diarios y tertulias radiofónicas: el secretario general del PSOE acababa de anunciar que no intentaría formar gobierno si su partido no resulta el más votado en las próximas elecciones. Rodríguez Zapatero no sólo fue terminante, sino solemne. O el PSOE aventajaba por un voto, como mínimo, al PP, o él no sería presidente. Los comentaristas y portavoces formales o informales de los partidos se confesaron más o menos proclives a tomarse el asunto en serio, según la obediencia o simpatías de cada uno. Y en medio de la confusión, o a lomos de ella, prosperaron determinadas interpretaciones o racionalizaciones de lo que se escondía detrás del aviso socialista.

La doctrina oficial de Ferraz, según fue difundida por militantes o medios afines, reza más o menos como sigue. El PSOE estará revestido de más autoridad, y habrá de hacer menos concesiones llegado el instante de juntar una mayoría, si se presenta con el aval de ser el primer partido de España. ¿Es convincente el argumento? No, no lo es. Pensemos en los nacionalistas, probables socios del partido al que toque gobernar si ninguna formación obtiene la mayoría absoluta. Los nacionalistas, tanto si son catalanes, como vascos, harían valer sus escaños, y no se sentirían en absoluto intimidados por la majestad democrática del partido grande. La prueba del nueve nos la dispensa lo que acaba de ocurrir en Cataluña. Maragall fue el candidato más votado, y ello no impidió a Rovira determinar la naturaleza del gobierno con el desembarazo y la contundencia con que los césares perdonaban o no la vida al gladiador vencido. Cierto, Rovira se vio fortalecido por el hecho de que CiU también quería ser gobierno. Como es notorio, a más demanda, más alto el precio de la mercancía. Ahora bien ¿consta a los socialistas que no tendrían que competir con el PP para ganarse la voluntad del Rovira, o los Rovira, de turno? Por supuesto que no. Nadie, ni el PSOE, ni el propio PP, está en grado de pronosticar lo que ocurriría en ese frangente. Paso, con ello, página y discurso.

Se ha defendido también la tesis de que el movimiento de Zapatero esconde una astucia. La astucia consistiría en atraer el voto útil. El argumento, desarrollado, suena más o menos como sigue. Mucho sufragio reticente, o cansino, o más enemigo del PP que amigo del PSOE, se movilizará hacia la urnas si cunde la certeza de que el PSOE sólo formaría gobierno en el caso de obtener los votos suficientes. Entendiendo por lo último, los que el partido necesita para rebasar aritméticamente al PP.

Confieso no comprender este razonamiento. Un ejemplo claro de apelación al voto útil nos lo proporciona ahora mismo el PP. El PP está insinuando que España podría romperse si no obtiene mayoría absoluta. Con ello confía en allegarse el apoyo de muchos españoles que en circunstancias normales se abstendrían o incluso votarían socialista, pero que están prestos a cambiar de color por evitar un mal mayor. Operan en el proceso dos factores relevantes. Primero: se entiende que la victoria del partido que reclama el voto útil no está asegurada. Segundo: esa victoria se considera probable. Como la victoria es probable, aunque no segura, el voto no ideológico ni sentimental, sino puramente instrumental, se activa para decantar el resultado. El votante útil no persigue expresar una emoción, sino provocar un desenlace. Por eso se mueve. Se mueve en el supuesto, claro está, de que su movimiento no será estéril. El movimiento será tanto más probable, cuanto menos improbable su inutilidad.

Es aquí donde no me salen las cuentas. Con su anuncio de que sólo formará gobierno si adelanta al PP, el PSOE reduce, objetivamente, sus ocasiones de formar gobierno. En consecuencia, no añade, sino que quita estímulos al español desganado que le votaría con el solo propósito de impedir un gobierno popular. Ese español estimará muy difícil que su viaje hasta el colegio electoral contribuya a torcer el curso de los acontecimientos. Y tenderá a quedarse en casa.

No se desprende de lo dicho, con todo, que la maniobra del PSOE haya sido gratuita. Podría alojar virtudes considerables en el orden retórico. Los populares han intentado asentar la noción de que el PSOE estaría dispuesto a gobernar a cualquier precio. Conviene aproximarse a esta noción en términos eidéticos: el PSOE es una cosa protoplasmática capaz de adherirse a cuantas cosas complementarias le salgan al paso, con tal de formar masa crítica. El PSOE ha impugnado esta imagen. Ha declarado que para él existen prioridades más importantes que el poder. La declaración, analizada con cierto detenimiento, no da mucho de sí. Pero infunde prestancia al partido. Esto parece innegable. Después, cada cual es libre de hacerse la composición de lugar que mejor le parezca.

Reflexiones preelectorales
Miguel Martín La Razón 25 Enero 2004

La promesa de Zapatero de no gobernar sin mayor número de votos que los demás partidos es de sentido común y hasta debería rezar en la Constitución. Pero también es cierto que el sentido común es el menos común de los sentidos y, en consecuencia, no ha sido esa la conducta del PSOE en una comunidad y nueve municipios importantes.

Los pactos electorales a posteriori producen espectáculos bochornosos como el reciente de Cataluña que no se borran con dudosas promesas. Quizá fuera más práctico garantizar que todos los integrantes de las listas electorales carecen de hermanos.

El problema es que un gobierno de mayoría simple estaría condicionado siempre que los demás partidos sumaran más escaños y se pusieran de acuerdo ocasionalmente; el país sería ingobernable. Y Zapatero lo sabe. De modo que los pactos silenciosos previos a la formación de Gobierno serían exactos a los ahora ostensibles.
En cualquier caso, los partidos dan pocas opciones a los votantes: de aquí al 12 de marzo en que concluye la campaña electoral los escucharemos esencialmente que lo que proponen los otros es nefasto. De ahí que el voto español se ejerza más en contra de unos que a favor de los contrarios. Casi como si se votara al menos malo en lugar de al mejor.

Naturalmente son los políticos los responsables de semejante anomalía porque se sienten necesarios. Aunque comienza a haber más aspirantes de los precisos y se generan situaciones de mal estilo para acceder al poder e incluso a la oposición, que también se cobra.

Por lo que se lee y se oye, a los españoles nos preocupan mucho las irregularidades que se divulgan de las gestiones políticas, pero a la hora de la verdad no lo reflejamos en las urnas. Es como si al votar pensáramos aquello de «más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer...».

Ni siquiera influye demasiado en nuestro ánimo electoral el carácter de los partidos, bien sean de izquierdas o de derechas, porque manda la economía pura y dura, sin más. Así, podría darse el caso de que los ricos votaran al PSOE, que promete rebajarles los impuestos. Y las clases bajas a la derecha, que rezan «virgencita que me quede como estoy».

Por otra parte, las autonomías influyen indebidamente en los resultados de los comicios nacionales y hacen más difícil la gobernabilidad del Estado. Con estas mínimas reflexiones dispongámonos a esperar y recibir la próxima campaña electoral y votemos en conciencia democrática.

Al paso que vamos no tardarán mucho los inmigrantes en decidir con sus votos el tipo de partido que gobernará España. Para entonces habrá que hacerse reflexiones más serias.

Sant Joan Puigcercós
Por ALFONSO USSÍA ABC 25 Enero 2004

JEAN Anouilh estrenó «Becket o el honor de Dios» en 1959. Años después fue llevada al cine, con Richard Burton y Peter O´Toole de protagonistas. Película prodigiosa, fundamentada en los primeros planos y un guión extraordinario. El honor del Rey frente al honor de Dios. La vida de Santo Tomás Becket y su enfrentamiento final con su gran amigo y protector, Enrique II de Inglaterra. Fue Becket la mano derecha, la izquierda y la inteligencia del Rey Enrique. Gran Canciller del Reino. Político astuto y consejero insuperable. También compañero de lances y aventuras del Rey. Siempre el honor del Rey sobre el honor de Dios. «Ante todo vos, mi Príncipe». Cuando Enrique II quiso someter a su antojo a la Iglesia, nombró a Tomás Becket arzobispo de Canterbury. Primeras y fuertes desavenencias con el Rey. Repartió las riquezas de la Iglesia entre los necesitados, dotó de autonomía a los tribunales eclesiásticos y recibió el apoyo del Papa Alejandro III. El Rey se sintió traicionado. Su títere era su enemigo. El honor de Dios siempre por encima del honor del Rey. Enrique II es excomulgado por su viejo amigo. «¿No hay nadie entre mis nobles que vengue mi afrenta en este miserable sacerdote?». Cuatro barones del Rey asesinan en Canterbury a Tomás Becket, que muere por el honor de Dios. Conseguido su propósito, Enrique II hace penitencia sobre su tumba para lavar su pecado.

Su muy posterior descendiente, Enrique VIII de Inglaterra, destruyó la urna que guardaba sus reliquias y borró su nombre del calendario. Para Enrique VIII también el honor del Rey volaba por encima del honor de Dios. Sus tribulaciones amorosas, la negativa del Papa a anular su matrimonio con la española Catalina de Aragón en beneficio de Ana Bolena -a la Bolena decapitada seguirían seis mujeres más-, le impulsaron a provocar el cisma. La Iglesia anglicana se sometía a los deseos del Rey. De nuevo el honor del Rey en detrimento del honor de Dios.

En los albores del siglo XXI, se vislumbra un nuevo cisma. Lo ha anunciado el parlamentario de Esquerra Republicana Joan Puigcercós. «Si fuera católico, crearía una Iglesia Catalana propia, como hicieron los anglicanos». El honor de Carod-Rovira sobre el honor de Dios. Un cisma a la butifarra. Cómico aldeanismo, desternillante reflexión. Me veo a Maragall de Papa catalán en Montserrat, asesorado por el obispo de Solsona, también separado de la Iglesia de Roma. Emocionante momento, cuando Rodríguez Zapatero se arrodilla ante la «Seva Santitat Pasqual el Primer», y éste le susurra al oído: «En menudo lío nos hemos metido pactando con esta tropa. Yo sólo quería ser presidente de la Generalidad de Cataluña o, a lo sumo, Rey de Aragón, pero esto del «Papat», José Luis, me supera».

Lo cierto es que los nacionalistas propensos a la histeria benefician nuestro humor con sus divertidas gansadas. Como no era fácil superar lo del hecho diferencial de la oca vasca, Puigcercós ha reaccionado con una Iglesia catalana escindida de la Santa Sede. Si el Gobierno del «lehendakari» Ibarreche aprueba en su próxima reunión el reconocimiento científico de la «Sardina vasca», es decir, la «sardina freskué», los separatistas de Esquerra Republicana son muy capaces de demostrar que los conejos de Cataluña -los conocidos «cunills de L´Ampurdá»- son mucho más grandes que los conejos del resto de España, y eso nos va a traer de cabeza a todos los españoles, especialmente a los varones.

Si por sostener el honor de Dios, y morir por ello, la Iglesia elevó a los altares a Santo Tomás Becket, por defender el honor de Carod-Rovira y sobrevivir a su estupidez, la nueva Iglesia Catalana -aunque no sea católica- tiene el deber de hacer santo a Puigcercós. Sant Joan Puigcercós, patrono de los tontos con balcones a la calle.

La otra palabra perdida
ALFONSO DE LA VEGA La Voz 25 Enero 2004

DICE García de Cortázar en su reciente ensayo Los Mitos de la Historia de España que «la izquierda ha sido uno de los grandes responsables de esta última derrota infligida a los republicanos progresistas del 31. La asociación de regionalismo y libertad por un lado y de unidad nacional y represión por el otro, supuso el último asalto a la tradición de aquellos perdedores de la historia». Y remacha, sabio y valiente: «Cuando pluralidad y autonomía se confunden con taifa y virreinato lo que se hace es consagrar una antigualla política, muy parecida a la que brotaba de los viejos folletos que los carlistas ponían en circulación el siglo XIX...

Sigue resultando desolador pensar que lo que los regionalistas y los nacionalistas se disponen a recuperar, muchas veces con la colaboración de una izquierda cegada por la versión franquista del pasado, es una rancia particularidad que los ilustrados del siglo XVIII, los liberales progresistas del XIX, los socialistas de Pablo Iglesias y los republicanos de Azaña quisieron enterrar en el sepulcro del Cid, (aquí, sería de Castelao): la pureza de sangre, raza, lengua y territorio, la posibilidad de trazar fronteras entre españoles, de diferenciarnos según procedencia regional ¿de inaugurar un nuevo servilismo¿».

En efecto. Si los Azaña, Iglesias, León Felipe o María Zambrano levantaran la cabeza y vieran lo que ciertas lamentables zurdas reaccionarias están haciendo ahora, y, para colmo, secuestrando para fines serviles el nombre del Progreso, la Cultura y la República, se quedarían asombrados por la impostura de tales falsos herederos, porque en esta España desmemoriada, no sólo han perdido el viejo deseo azañista de corregir la tradición por la razón, sino que al secuestro de la tierra y la hacienda, cuando no de la pérdida de la vida, sufridos por los republicanos del exilio, añaden lo que para León Felipe constituía el último bastión: la Palabra.

España y Galicia
PEDRO ARIAS VEIRA La Voz 25 Enero 2004

DE NIÑO, en la década de los cincuenta, España era el acomplejado y ridículo mundo de lo oficial y Galicia el arcaico pero entrañable ámbito de la gente más humana. Ambas esferas las miraba desde la inevitable comparación del mundo soñado que se desprendía del mejor cine. No éramos americanos, ni ingleses, ni franceses, ni siquiera italianos; habíamos nacido en un lugar equivocado, nuestra patria emocional yacía en tierras lejanas. Pero en aquellos tiempos nuestra gente se quería y se sufría intensamente, estaba muy motivada para superarse y en los jóvenes ponían todas sus esperanzas. Fuimos muy afortunados por crecer entre personas vitalistas, sacrificadas y con principios. Sus carencias de preparación técnica eran subsanables; con el tiempo nos formamos lo suficiente para perder esos complejos. Lo curioso es que ya en la universidad y cuando todos comenzamos a viajar, encontramos que en el resto de España la gente era como nuestro espejo. No percibimos barreras a la comunicación, al contrario, España era una fiesta en la que se ampliaban los horizontes, cobraba otro sentido el esfuerzo propio, se conocían personas de calidad y se enriquecía el estar en el mundo. Nos ayudaba a contextualizar las señas de identidad. Lo mismo acontecía al salir de España, pero el idioma, la educación y la diferencialidad de los problemas hacía que no fuera lo mismo. Fuera siempre había algo extranjero.

Durante un largo período trabajé en áreas de la economía territorial, de relaciones entre ciudades, regiones y países. La profesión reforzó anteriores apreciaciones emocionales: la integración de las regiones en los estados era fructífera y la apertura de las naciones, un avance civilizatorio. Iba en contra de una corriente de pensamiento que entendía que la integración de Galicia en España era la causa esencial de su atraso, el eje explicativo de nuestros problemas. El galleguismo económico y el nacionalismo político tenían como núcleo teórico el diagnóstico colonial, una hipotética subordinación de la periferia gallega al centro español. De ahí la necesidad de la independencia, del nacionalismo como vía para la liberación y el desarrollo de Galicia. Sin ella entraríamos en la senda circular del subdesarrollo. No compartí esta visión, ni personal ni académicamente. Con la democracia llegó más libertad responsable y con la autonomía la posibilidad de demostrar nuestra propia capacidad. No todo fue positivo, ni mucho menos, incluso todo pudo echarse a perder. Y problemas y miserias no faltan ahora, pero hay otra confianza. El progreso español se generalizó en todas sus comunidades; los gallegos nos vemos donde nunca nos habíamos imaginado y España ha demostrado ser un notable apoyo. Incluso para los cínicos es un negocio interesante. Para mí, un lugar en el que viven otras gentes como nosotros mismos, que no bostezan ni aplastan sino que trabajan y acogen para la vertebración del país.

La Asociación de Víctimas del Terrorismo en Galicia pide ayudas
Agencias / Madrid El Ideal Gallego 25 Enero 2004

El presidente de la Asociación de Víctimas del Terrorismo en Galicia (AVT-Galicia), Ángel Penas, consideró ayer que la sociedad española no se sensibilizó realmente ante el fenómeno terrorista hasta el asesinato de Miguel Ángel Blanco, en 1997. Meses después de su constitución, AVT-Galicia todavía no ha comenzado a desarrollar plenamente las actividades previstas porque no dispone “de los medios necesarios”, indica Penas, motivo por el cual ha solicitado ayuda a la Xunta.

En particular, necesita un local en Santiago, y también ayudas para disponer la de atención psicológica y asesoramiento jurídico.

Fundación Jiménez-Becerril
Por otro lado, ayer los concejales vascos de los partidos firmantes del Acuerdo por las Libertades y contra el Terrorismo renovaron su compromiso de “lucha diaria” por la democracia y la libertad, durante el acto de entrega del premio “Ascensión por la Paz” otorgado por la Fundación Alberto Jiménez-Becerril.

La alcaldesa de Lasarte, la socialista Ana Urchuegía, y el presidente del PP vasco, Carlos Iturgaiz, destacaron la importancia de este galardón para aquéllos que luchan cada día por la libertad y la democracia.

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