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Recortes de Prensa     Domingo 7 Marzo 2004
En la kermés separatista
Francisco NIEVA La Razón  7 Marzo 2004

MAPAS, IDENTIDADES, NACIONALISMO
José Antonio ZARZALEJOS ABC 7 Marzo 2004

Nacionalismos e integración
JUAN JOSÉ SOLOZÁBAL El Correo  7 Marzo 2004

La Constitución europea
Luis María ANSON La Razón  7 Marzo 2004

Zapatero: necio y sin principios
EDITORIAL Libertad Digital  7 Marzo 2004

Promesas electorales
Amando de Miguel La Razón  7 Marzo 2004

Terroristas callejeros se enfrentan a la Ertzaintza con cócteles molotov en San Sebastián
EFE Libertad Digital   7 Marzo 2004

Alerta por la desaparición de la literatura filipina en español
José María Hernández - Madrid.- La Razón  7 Marzo 2004

 
En la kermés separatista
Francisco NIEVA La Razón  7 Marzo 2004
de la Real Academia Española

Me pregunto si me importaría mucho que el territorio peninsular se convirtiera en diecisiete estados federales. Don Juan Carlos I sería «tan sólo» rey de Madrid, y ya se podría dar con un canto en los dientes, porque Barcelona es más bonita y más republicana.

Pensando en lo que ello podría ser, me remonto imaginariamente a los pequeños estados medievales, en perpetua tensión belicosa, con virtudes y valores propios, vestimenta muy distintiva, bailes y ceremonias intransferibles y sagrados. Todo un álbum de postales. O un gran repertorio de zarzuela. ¿Qué bonito, cuánta variedad! Sería como pasar de un parque temático a otro, de un «musical» a otro «musical», de una sala de fiestas ¬ grande como una provincia ¬ a otra. Además, sería un buen modo de rechazar el colonialismo americano, profundizando en su identidad histórica, cambiando incluso de «look» para singularizarse cada vez más, y esto sería un estímulo para otras regiones de Europa. El pañuelo baturro, el sombrero cordobés, la boina, la barretina, el clavel en el moño, la mantilla... España sería una fiesta perpetua, disuasoria de tomar los trenes de alta velocidad y alentadora ecologista de los viajes en diligencia, con paradas «shows» en cada frontera, presentación y obsequio de los productos propios, bailes y coros de la nación.

Y esto sería el «no va más» para el turismo japonés, así colmado de exotismo por donde fuera en ese territorio parcelado y divertidísimo, con policías de uniformes distintos, que dejarían de ser «uniformes» por su alta variedad. Con cielos «distintos». El cielo de la patria siempre es el mejor, y es necesario demostrarlo, animándolo con cometas, globos, estelas de humo de colores y otras interpretaciones enfatizantes del cielo patrio. Y del suelo. ¿Dónde nos dejamos el suelo? El suelo patrio no tiene precio, y se vendería por sumas astronómicas el metro cuadrado, lo cual haría ricos a todos estos pequeños estados. Este amadísimo suelo patrio se le vendería por parcelas a los más ricos habitantes del mundo, que harían de cada estado una Costa del Sol concentrada, y entonces... Se produciría la explosión y todo se iría a freír espárragos. ¿Qué lástima de sueño!

La realidad es mucho más ácida y más antipática. Yo revelo humildemente a quienes se ocupan de mi obra dramática en el extranjero que, en el territorio español, en determinadas zonas separatistas y a raíz de la instauración de la democracia, me fue difícil ¬incluso vedado¬ manifestarme profesionalmente, como autor, con mi propia y modesta compañía. Se quedan bastante estupefactos. Aquello fue entonces para mí un dolor y una humillación, que ya no me hacen el menor daño, sino que me incitan a la risa; sobre todo al considerar la extensión demográfica del castellano. Como «poeta dramático nacional», en esas zonas soy, cuando no mal visto, voluntariamente ignorado, porque no soy de los suyos. Cuando retorné de mi voluntario exilio, no venía de una Italia y una Francia en donde determinados autores conocidos ¬o reconocidos¬ en Roma o París estuvieran «ninguneados» en Sicilia o en Bretaña. Por esto mismo viene a resultar tan absurda esta pesadilla, esta monstruosa e involutiva necesidad de acantonarse, de aislarse y de re-convertirse en tribu.

Contaré algo bastante gracioso que me ocurrió en una librería de Madrid, hace ya algunos años: Andaba buscando un libro de Américo Castro, titulado «Sobre los casticismos españoles», y el encargado de atenderme le gritó al chico del almacén: «¿Manolito, bájate un ejemplar de Los catetismos españoles! ». El empleado entendía muy bien que en España hubiera mucho «catetismo», le resultaba familiar y consabida esta noción de paletería nacional y nacionalista.

Ahora me sorprendo mucho más de lo paletos que son ¬que continúan siendo¬ los españoles, y es bien curioso que la democracia y la libertad de expresión hayan redescubierto y reactivado en ellos ese prurito de afirmarse como lugareños, compaginándolo a la vez con las costumbres y la forma de vida americanos, que es lo que todo el mundo trata de hacer aquí. ¿Cómo se entiende? ¿Se puede dar cosa más absurda y más paleta al mismo tiempo? Incluso querer ser paletos a lo americano, y disfrazarse de vaqueros, de mormones y de antiguos colonos en sus patrióticas fiestas. Cuando lo paleto deriva en cursi, ya se convierte en espantoso. Esto me resulta tan estúpido que, si tuviera veinte años menos, emigraba de nuevo de esta ensaladilla nacionalista con la mayonesa cortada.

A mí, la España de las zarzuelas me divierte mucho, me divierte sobre todo el «género chico», que tiene un fondo autocrítico evidente. Me enternece y me divierte porque me siento un hombre de ahora y miro todo eso como exotismo histórico, como arte que definía a los españoles de otro tiempo que, con todo y con ser españoles, ilustraron de páginas amables e inspiradas la dramaturgia y la música de un país, que en tantos aspectos vivía entonces una gran decadencia. Pero, ¿qué es lo que vive ahora?

Lo realmente inconcebible para mí es que hayamos avanzado tan poco. Yo me creía salvado del pasado, del túnel del tiempo, un español moderno y un ciudadano europeo. Y ahora me veo sumergido en un conflicto en el que España ni siquiera es ya definible como territorio preciso. Cosa que ni siquiera le ocurrió a los de la generación del 98. Ya no vale hablar de «regeneracionismo», que sería una ridiculez. Lo que sí tengo que reconocer es que, a mí, no me duele España, lo juro; he traspasado esa frontera y no creo que en mi cuerpo haya una zona llamada así y que me duela especialmente al apretarme. No me molesta lo más mínimo el callo patriótico.

Lo curioso es que, manteniendo este talante, igualmente despierto sospechas y reticencias de mucha gente politizada. Recuerdo que durante la Guerra Civil detuvieron a un amigo de mi padre y, habiendo preguntado aquél por qué se le detenía, le contestaron que «por comprensivo».

MAPAS, IDENTIDADES, NACIONALISMO
Por José Antonio ZARZALEJOS ABC 7 Marzo 2004

Avisa nuestro corresponsal en Washington, Pedro Rodríguez (ABC, 2/3/2004), del nuevo ensayo de Samuel P. Huntington -el autor del polémico «Choque de civilizaciones»-, esta vez en torno a la identidad de los norteamericanos. El profesor de Harvard se pregunta y pregunta ahora «Who are we?» (¿Quiénes somos?) para destacar con su interrogante un problema de fondo que emerge en la sociedad norteamericana. Si Huntington adelantó la colisión entre el mundo occidental y el islámico y predijo de alguna forma el presente de conflicto y guerra, el ensayista proyecta su observación de puertas adentro y sostiene que la fuerte inmigración hispana en los Estados Unidos lleva camino de alterar la identidad de los naturales de aquel gran país al resistirse los recién llegados a la integración en los valores y principios de la sociedad receptora. La larga y porosa frontera entre EE.UU. y México (3.000 kilómetros), la ilegalidad de las bolsas de inmigrantes mexicanos y su concentración geográfica hacen suponer a Hungtinton que se avecinan males de fractura y disgregación en los Estados Unidos, cuya convivencia se ha basado en la preeminencia del inglés, la moral anglo-protestante, el imperio de la ley en la tradición del derecho consuetudinario y la ética del trabajo, sustento de la meritocracia americana.

La obra del profesor de Harvard promete polémica de nuevo, pero al margen de los términos en los que se produzca, el hecho de su elaboración es sintomático de la persistencia de efectos reactivos -y a veces indeseables- subsiguientes a los grandes flujos migratorios. Cuando se producen estos movimientos demográficos a gran escala, como ocurre en este principio de siglo, respecto de los que la izquierda, con notable torpeza de diagnóstico, propugna el multiculturalismo, el nacionalismo en su peor especie se encadena a la preservación de la identidad y surgen políticas de exclusión, defensivas e impermeables. Es el regreso a la atenta mirada sobre los mapas, las fronteras, las razas y las religiones. Es el retorno, incluso en un sociedad tan abierta como la norteamericana, a la introspección y al desarrollo de políticas viejas, anacrónicas e injustas.

Europa y Estados Unidos están abocados a políticas de inmigración serias y rigurosas, que proscriban la ilegalidad, que eviten el tráfico de humanos y que busquen la integración en los valores occidentales garantizando la libertad de cultos y costumbres, pero no la subversión de nuestros principios. El multiculturalismo izquierdista es el resultado de la increencia denominada «progresista» en nuestros esquemas de valores y enlaza con los movimientos más destructivos contra nuestra defensa colectiva, que se amparan en falsos argumentos pacifistas, equidistantes, complacientes con fanatismos y dictaduras y severos con las viejas democracias occidentales.

El nacionalismo es la expresión, siempre, de un egoísmo y de una profunda inseguridad. Lo estamos viendo en España. Los nacionalistas catalanes temen las mezquitas -¿recuerdan a Marta Ferrusola?- pero tanto o más a los colectivos extremeños o andaluces, a los que quieren imponer procesos de inmersión lingüísticos; los nacionalistas vascos califican de «inmigrantes» a los niños que proceden de otras regiones de España -los Tribunales han evitado esta tropelía-, y es inevitable recordar cómo Carod-Rovira tiraba de mapa para que los etarras se situasen en él antes de perpetrar un atentado.

En esta campaña electoral se está hablando poco y mal de la inmigración, que es, con el terrorismo, uno de los principales problemas del presente y futuro nacionales. Creo intuir la causa de esta grave omisión: una política de inmigración requiere de un consenso profundo y estable sobre la cohesión nacional. La izquierda no tiene discurso nacional y por eso no tiene proyecto sobre la inmigración. Persiste en el multiculturalismo, que es el concepto más declinante, menos enérgico, más débil, de la idea nacional de España. Y, desde Estados Unidos, están avisando que sólo hay política de inmigración cuando se sustenta en una firme concepción nacional.

Nacionalismos e integración
JUAN JOSÉ SOLOZÁBAL/CATEDRÁTICO DE DERECHO CONSTITUCIONAL DE LA UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE MADRID El Correo  7 Marzo 2004

La dificultad más importante que debe abordar el Estado autonómico no se presenta en el plano técnico, se trate de la reforma del Senado o de la mejora de instrumentos de cooperación, sino en el político, y se refiere naturalmente a su capacidad para llevar a cabo la integración de los nacionalismos territoriales. La gravedad del problema radica en que es precisamente la virtualidad integradora de nuestro sistema la piedra de toque del mismo. Para muchos la rectificación de la organización secular del Estado español sólo quedaría justificada si lograse el encaje o acomodo del seccionalismo territorial español, hasta el punto de presentarse al Estado autonómico como el tratamiento institucional adecuado de las tensiones nacionalistas.

Ciertamente la cuestión, adecuadamente planteada, no sólo tiene que ver con la capacidad de ensamblaje del sistema autonómico, sino con la misma posibilidad de que dicha integración tenga lugar, de manera que los resultados al respecto dependen de las dificultades de articulación de nuestro Estado, pero también de la disposición de los nacionalismos para su conjunción. En tal sentido debemos comenzar señalando nuestra ingenuidad al creer en la aptitud del sistema autonómico para conseguir la juntura, presentándolo, casi de modo infalible, como la respuesta política al nacionalismo. Así, durante la constituyente, se tendió a leer, quizá preferentemente, el federalismo como la solución satisfactoria a un problema de convivencia entre nacionalidades, asumiéndose que el Estado federal era la estructura política en la cual diferentes grupos incapaces de conseguir y mantener su propia independencia pueden preservar su identidad.

Pero las relaciones entre nacionalismo y federalismo (utilizando este término como referencia general de descentralización entre cuyos tipos cabe la forma autonómica) no son tan sencillas de establecer. De hecho la cultura del federalismo, basada en la transacción, el pacto y la disposición a la presentación jurídica de los problemas, se opone a la actitud del nacionalismo, renuente a renunciar a su demanda básica de la autodeterminación, y a encontrar acomodo en un espacio político que no sea exclusivo. Por ello los países federales exitosos no tienen nada que ver con el nacionalismo y así resisten malamente las tensiones de las nacionalidades, al menos cuando acogen a estos elementos explícitamente en sus estructuras institucionales. Yugoslavia saltó por los aires y Canadá lleva una existencia bien difícil, aunque envidiable desde otro punto de vista. Suiza es otro caso, pues no se trata de una federación montada sobre las nacionalidades, sino sobre una realidad territorial nueva (el cantón) que no coincide con ellas, y que aparece como un vínculo que resta, y no refuerza, lealtad política a la nacionalidad.

Pero estas dificultades de integración definitiva de los nacionalismos, ¿determinan la inutilidad de cualquier esfuerzo por intentar su acomodo en el Estado autonómico? ¿No será posible reducir el enconamiento continuo de las tensiones territoriales del sistema? ¿Será irrelevante la aceptación del pluralismo por parte del Estado central en su composición y funcionamiento y la solicitud de una lealtad institucional a los órganos de autogobierno territorial en manos de los nacionalistas?

Cualquier intento de acuerdo entre el Gobierno central y los de las comunidades autónomas en que predomine la orientación nacionalista necesitará, antes de la convergencia en los contenidos, de la satisfacción de unas presupuestos que posibiliten mínimamente el acercamiento de posiciones. Se debería, en primer lugar, intentar reanudar el diálogo institucional, aceptando las exigencias de una corrección constitucional que conduzca a la cooperación entre las administraciones y al encuentro y diálogo entre los máximos dirigentes políticos. La incomunicación actual supone una situación absolutamente anómala que traslada una percepción de fraccionamiento político, exponente de unas deficiencias de integración que no caben en un verdadero Estado. El Estado cuenta con instrumentos de reducción de la complejidad, también en el nivel simbólico, que deben ser utilizados más allá de las coincidencias y desaveniencias políticas, que tienen a su disposición la palestra pública para mostrarse, pero sin cuestionar la continuidad institucional del sistema.

Para la reanudación del diálogo institucional que aquí se propone vendría bien, antes de nada, la renuncia por ambas partes a abusos retóricos que sólo contribuyen a dificultar la comunicación. Del mismo modo que el Gobierno central debería aceptar la sinceridad del compromiso democrático del nacionalismo y su capacidad para adoptar planteamientos de modernidad y eficiencia, que rebajan considerablemente sus perfiles etnicistas, el nacionalismo ha de asumir que en el debate sobre el Estado autonómico no se está enfrente del mismo nacionalismo español de siempre, asimilador y represor, sino ante un tipo de constitucionalismo que, más allá de las formas o talantes discutibles en que pueda presentarse por ejemplo en el momento presente, plantea un modelo de integración realmente flexible y plural, donde las comunidades autónomas tienen suficientes instrumentos de autogobierno y disponen de mecanismos adecuados para la defensa de su identidad colectiva.

Allanado el camino para la aproximación, ésta podría producirse con el doble fruto del apaciguamiento de las tensiones territoriales y el acomodo de los nacionalismos, si ambas partes se dispusiesen a intercambiar algunas concesiones como las siguientes. Así, el Estado central debería reconocer la legitimidad de su cuestionamiento, pues la forma política estatal es una estructura política instrumental e histórica, no por tanto natural y eterna. No puede negarse a la comunidad la disposición sobre la forma de la organización política que en un determinado momento se dan los miembros de la sociedad para asegurar sus derechos y garantizar la paz. Obviamente no estamos hablando de un derecho de secesión (por parte de una fracción de la comunidad) absoluto ni ejercible sin garantías de seriedad y sin atenerse a escrupulosas reglas constitucionales de procedimiento. La admisión de la autodeterminación, por lo que vemos más como pretensión que como auténtico derecho, no es el único reconocimiento que el Estado debe a los nacionalismos territoriales, sin cuya contribución difícilmente se habría producido la constitución y consolidación del sistema autonómico. Me parece que nadie puede dudar de que si tenemos un Estado autonómico en serio se debe, en muy buena medida, a las actitudes de los partidos nacionalistas. Han sido los gobiernos nacionalistas los que han propiciado la presentación de recursos que han permitido al Tribunal Constitucional construir el edificio doctrinal sólido y serio que tenemos hoy, contribución obviamente reforzada por la que, en el mismo Tribunal, tiene su origen en la reacción del Gobierno central frente al ejercicio del autogobierno dentro de sus límites por parte de los gobiernos, en sentido amplio, nacionalistas. En ese sentido, nos refiramos a la caracterización de la mayor parte de las competencias como poderes compartidos, al establecimiento del concepto de normación básica como garantía de un régimen común y como una técnica de articulación entre los diferentes ordenamientos, o hablemos de la disposición por parte de las comunidades autónomas de atribuciones en las relaciones exteriores y en materia de derechos fundamentales o señalemos el principio de la supletoriedad, se trata siempre de cuestiones cardinales en el Estado autonómico, desarrolladas pertinentemente por la jurisprudencia constitucional y en cuya afirmación ha sido muy importante la posición nacionalista al respecto. De otro lado, como es sabido, pretensiones o actitudes que al principio sólo eran adoptadas por las comunidades nacionalistas, en virtud de un efecto de emulación, alcanzaban al poco una generalización inevitable.

Las renuncias generosas del Estado central que hemos señalado deberían, a su vez, ser correspondidas por las comunidades autónomas en un doble sentido. La aceptación por parte del Estado de su cuestionamiento podría inducir a las comunidades nacionalistas a posponer el ejercicio de sus pretensiones secesionistas, sin excluir naturalmente el abandono de las mismas si la evolución del sistema autonómico, en la dirección de su desarrollo y profundización, y de otros parámetros exteriores, por ejemplo la integración europea, lo hicieran aconsejable. Pero, sobre todo, lo que es dable exigir a las fuerzas nacionalistas es que las propuestas de reforma institucional que se propongan, además de respetar para su verificación los requisitos procesales del orden constitucional, se lleven a cabo, desde un punto de vista político, desde una base nacional, o general, más que nacionalista. Dediquemos algo de atención a estas dos exigencias, comenzando por la segunda de ellas.

Nuestra insistencia en exigir una base nacional a la reforma institucional de alcance estatutario tiene que ver con el carácter cuasiconstitucional que atribuimos a los estatutos. Como sabemos el estatuto de autonomía, en razón de su rango normativo dentro del sistema jurídico de la comunidad autónoma, es una norma de carácter constitucional, en ese sentido verdaderamente institucional o nacional, capaz de establecer las reglas del juego político y asumir unas referencias identitarias comunes y compartidas en toda la comunidad. Por ello, como quiera que hoy todas las constituciones son sincréticas en cuanto a sus contenidos y consensuadas en lo que se refiere al procedimiento para su elaboración, traicionaría la verdadera condición del estatuto el desdeñar su significado como norma de autogobierno de todos los ciudadanos, considerándolo con una sola referencia ideológica, aunque sea de la importancia y legitimidad del nacionalismo.

De otro lado, es imprescindible que la reforma institucional de la comunidad se atenga a las reglas procesales de la Carta Suprema para impedir la autorruptura constitucional, de modo que instituciones constitucionales, como una comunidad autónoma, no sólo quebranten episódicamente sino pretendan la alteración del marco de la norma fundamental, actuación reservada como es obvio, al poder constituyente constituido. El respeto del marco constitucional procedimental tiene como objeto, además, impedir la reforma unilateral de estatuto, que es una norma pactada cuya modificación requiere, además del consentimiento de la comunidad, el acuerdo del Estado; por ello resulta absolutamente improcedente la celebración de consulta alguna sobre la modificación estatutaria si no es como culminación del procedimiento regular de reforma estatutaria, ratificando la aprobación del proyecto al respecto de las Cortes Generales.

La Constitución europea
Luis María ANSON La Razón  7 Marzo 2004
de la Real Academia Española

En Europa estamos en convención. Las intransigencias de unos y las torpezas de otros impidieron cerrar el año 2003 con una Constitución de la UE ya aprobada. Pero Gallup ha realizado una encuesta internacional que propina un cachete a los dirigentes políticos. Los pueblos europeos quieren una Constitución. La quieren para la Unión Europea, que constituye el primer paso. Después vendrá la Constitución definitiva de los Estados Unidos de Europa, que es hacia donde caminamos aceleradamente mientras algunos, como Ibarreche y Carod-Rovira, reculan hacia el siglo XIX, convirtiéndose en estatuas de sal como la mujer de Lot de tanto mirar hacia atrás con ira.
En una nación muy dispar en sus criterios internos como Italia, el 92 por ciento de los ciudadanos se ha pronunciado a favor de la Constitución europea. En Grecia, la cifra alcanza el 89 por ciento; en Bélgica, el 85; en Alemania, el 83; en Francia, el 81; en Holanda, el 75. En España, los ciudadanos favorables a la Constitución europea han sido el 85 por ciento. Incluso en la reacia Inglaterra la cifra ha superado el 50 por ciento.
Europa camina en el siglo XXI hacia su completa unidad, única forma de competir económica, política, militar, tecnológicamente con Estados Unidos. No hay quien pare ni quien domine el instinto de los europeos. Los políticos podrán buscar obstáculos y justificar su sueldo creando problemas con actitudes tórpidas o intransigentes. Pero por debajo de los puentes cerrados, los pueblos se darán la mano. Las políticas aldeanas de irlandeses, corsos, bretones, tiroleses, vascos o catalanes se diluirán inevitablemente en el aliento común para construir una sola nación: los Estados Unidos de Europa.

Zapatero: necio y sin principios
EDITORIAL Libertad Digital  7 Marzo 2004

Un gran político es el que sabe poner la astucia al servicio de unos principios inviolables que, en última instancia, inspiran y deciden todas sus actuaciones. Y el mejor político de todos es el que mejor elige sus principios. Es decir, los principios que mejor sirven al progreso y el bienestar de la sociedad. Un político poco astuto pero honrado, que sepa anteponer la defensa del interés general a la tentación del poder a cualquier precio, sin llegar a ser grande, merece el respeto y la gratitud de todos. Porque, al menos, contribuye a defender las instituciones que sustentan la libertad y el bienestar de los ciudadanos. Un político astuto y sin principios sólo persigue su interés personal y el de su clientela. Pero, al menos, es consciente de que su falta de escrúpulos debe tener un límite. Y ese límite es, precisamente, la conservación de aquello que quiere adquirir para sí y para sus clientes. Es decir, nunca llega al punto de perjudicar al adversario si, con ello, se perjudica a sí mismo.

Pero la peor de las combinaciones es la necedad y la falta de principios. Porque, al contrario de lo que sucede con el político honrado, la insensatez y la falta de principios, azuzadas por el ansia de poder, no conocen límites: ni siquiera el del instinto de supervivencia. El necio sin escrúpulos no duda, como dice el aforismo, en sacarse un ojo –o incluso los dos– si con ello cree que puede cegar al adversario. José Luis Rodríguez Zapatero comenzó siendo un político poco astuto, aunque con trazas de honradez y de fidelidad a ciertos principios elementales, como demostró durante el primer año de su liderazgo al frente del PSOE. Pero Polanco y Cebrián le obligaron a renunciar a su mejor activo político: la honradez y la lealtad hacia las instituciones y hacia el adversario. Circunstancia que aprovechó Maragall –otro necio sin principios– para pasarle al cobro las letras que Zapatero le firmó cuando quiso dejar de ser culiparlante para convertirse en el secretario general del PSOE.

Hemos repetido muchas veces que Zapatero y el PSOE dejaron de ser la alternativa de gobierno que la democracia española –como todas las democracias– necesita. Dejaron de serlo en el momento en que el leonés de la vacua sonrisa aceptó hacer política al toque de corneta de PRISA. Pero lo peor estaba por venir: era difícil prever que quien promovió la firma del Pacto Antiterrorista aceptara, a cambio de un espejismo de poder, encadenar su suerte a la de Maragall, quien sólo desea culminar su carrera política a cualquier precio. Aun en el triste papel de "reina madre" de un gobierno catalán dominado por filoetarras que pactan excepciones territoriales con los asesinos de la boina y que emplean el mismo tono y lenguaje que los justificadores del coche bomba y del tiro en la nuca.

Por poderoso y omnipresente que pueda ser el aparato de intoxicación y propaganda que Zapatero tiene a su disposición, no hay sofismas que puedan ocultar la cruda realidad a los ojos de los ciudadanos: Zapatero ha sido incapaz de desautorizar públicamente a Maragall, quien valora más su alianza con ERC y su presidencia simbólica de la Generalitat que la observancia de las más elementales reglas de la dignidad y la decencia política. Y el PSOE, en Cataluña, concurre al Senado en compañía de quienes han pactado con ETA "excepciones territoriales". En alianza para gobernar España con quienes empiezan a reaccionar "al impuesto revolucionario de la hispanidad obligatoria", que han puesto en marcha la cuenta atrás del sectarismo antiespañol y que se permiten incluso "depurar" a los barones del PSOE que no les caen simpáticos: Bono, Vázquez y Rodríguez Ibarra.

Pero en lugar de aliarse con el adversario para derrotar al enemigo común, los nacionalismos liberticidas y la izquierda antisistema, y desterrarlos para siempre de la política nacional, Zapatero ha preferido aliarse con los enemigos de España y de las libertades democráticas para derrotar a un leal adversario político al que es incapaz de vencer en buena lid. Como Maragall, Zapatero está usurpando un espacio político que no le corresponde: el de una izquierda nacional que no odia tanto a la derecha como para meterse en aventuras políticas que den al traste con las libertades y la prosperidad que tanto esfuerzo han costado alcanzar.

La desmedida ambición de Zapatero, junto con su falta de principios, le han hecho creer que, una vez en La Moncloa, podrá dominar a su antojo los demonios que ha suscitado y de los que ahora se sirve. En su necedad, cree que su destino será distinto del de Maragall. Por ello, Mariano Rajoy acierta de pleno cuando pide el voto "a los socialistas que quieren estar con esos barones y no con Carod Rovira". Pues en estas elecciones no se ventila el que gobierne la derecha o la izquierda. Se decide mucho más que eso: la estabilidad política e institucional que garantiza el ejercicio de las libertades democráticas en todo el territorio nacional. Algo que cualquier persona sensata, amante de la libertad y libre de prejuicios y sectarismos debe defender antes de tomar una posición política, sea la que sea.

Promesas electorales
Amando de Miguel La Razón  7 Marzo 2004

La campaña electoral es como el sueño de Jauja, los tejados de oro y la fuente de la eterna juventud. Los candidatos nos ofrecen cándidos regalos. Gane quien gane, ataremos los perros con longanizas sin colesterol. Desde que yo era niño, año tras año, con distintos gobiernos y aun regímenes, todos los políticos han ofrecido lo mismo. «Las reformas van a favorecer a las clases desfavorecidas». Si se hubieran cumplido esas promesas, ya no quedarían clases desfavorecidas, rentas modestas, pensiones bajas. La nación sería el reino de la igualdad y la bienaventuranza. Es evidente que las promesas no se cumplieron. Siempre habrá pobres entre vosotros para que podáis ejercer la virtud de la caridad política. A mí lo de la rebaja de los impuestos no me conmueve nada si sigue creciendo la recaudación fiscal en su conjunto. La única promesa que me interesaría es la de reducir el coste de los servicios públicos, sin mengua de su calidad. Puestos a reducir gastos públicos, me gustaría que las campañas electorales fueran más rentables. Aunque lo fundamental es la eficiencia continua de la Administración Pública.

Cualquier vecino de Madrid con alguna antigüedad ha podido ver que, con el Estado de las autonomías, siguen los mismos ministerios. Es más, los hay nuevos y otros tienen varias sedes, sucursales y anexos. Al mismo tiempo se han multiplicado los edificios del Ayuntamiento de Madrid. Lo que es más grave, han surgido, como setas después de las lluvias de otoño, las sedes de las múltiples oficinas de la Comunidad de Madrid. Y eso que la Autonomía madrileña es bastante austera si la comparamos con otras. En conclusión, que esto del Estado nos sale demasiado caro. Los edificios públicos es lo de menos. Hay que dotarlos de instalaciones cada vez más complicadas. Sólo la flota de coches oficiales (imposible calcularla) y los servicios de seguridad darían para sufragar el presupuesto nacional de muchos países.

Ante ese panorama, el derroche de la campaña electoral me parece orgiástico. Los pobres candidatos andan ajetreados, a mitin diario, cuando no uno por la mañana y otro por la tarde. En lugar de ese trajín, mejor sería que estuvieran trabajando, preparando proyectos, hablando con los que representan unos u otros intereses. La fórmula del mitin es la contraria, pues los candidatos se desgañitan con los ya convencidos. Bien es verdad que todo está montado para los «cortes» de la radio y la televisión. Pero para ese viaje bastaría con acudir directamente a los medios. Luego están los taimados plurales. ¿Avanzamos juntos? ¿Quiénes son los que avanzan o los que merecen? Me parece que no son todos. Esos plurales paternalistas no me convencen. A mí lo que me vale es que cada candidato me diga cómo ha administrado los dineros públicos en años anteriores. Si no ha tenido esa experiencia, mejor que se quede en casa o que empiece como candidato a concejal de su pueblo. Si me demuestra que ha sido un buen gestor de la cosa pública, le votaré.

NO HAY DETENIDOS
Terroristas callejeros se enfrentan a la Ertzaintza con cócteles molotov en San Sebastián
Tras varios meses en los que el terrorismo callejero se había reducido drásticamente en las calles del País Vasco ante el cerco judicial, los proetarras han vuelto a actuar coincidiendo con la detención de varios terroristas que pretendían atentar en Madrid, la estación de esquí de Jaca y la localidad vizcaína de Basauri. Los radicales atacaron con cócteles molotov y cohetes pirotécnicos a la Ertzaintza en San Sebastián. También interrumpieron el servicío de Cercanías de Renfe. No se han practicado detenciones.
EFE Libertad Digital   7 Marzo 2004

Los hechos tuvieron lugar hacia las 19:30 horas de este viernes en el casco viejo de la capital guipuzcoana, cuando un grupo de radicales atravesó en la calle Aldamar y en las inmediaciones de la iglesia de San Vicente varios contenedores con la intención de prenderles fuego posteriormente.

Agentes de la Ertzaintza acudieron al lugar de los hechos y usaron material antidisturbios para disolver a los terroristas callejeros, quienes respondieron a la policía con el lanzamiento de cócteles molotov, cohetes pirotécnicos y piedras. Pese al ataque, no se han registrado heridos. Los enfrentamientos concluyeron una hora después sin que se practicaran detenciones y tras varias cargas policiales contra los violentos.

Sabotaje a Renfe
Los terroristas callejeros siguieron actuando en Guipúzcoa y durante la madrugada obligaron a interrumpir el tráfico ferroviario del servicio de cercanías entre Tolosa y San Sebastián.

Al ataque se produjo hacia las 7:15 horas de la mañana cuando los proetarras cortaron el contrapeso de la catenaria en la estación de Ikastegieta. La circulación de trenes estuvo cortada cerca de tres horas. La compañía ferroviaria sufrió este viernes un ataque similar, también contra una catenaria, en una estación de Bilbao.

Alerta por la desaparición de la literatura filipina en español
José María Hernández - Madrid.- La Razón  7 Marzo 2004

Las obras de literatura filipina en español, fundamentalmente las editadas entre 1890 y 1950, sufren tal deterioro que van camino de desaparecer como ha ocurrido con el uso del idioma en el archipiélago, según se alertó ayer durante la clausura del quinto centenario del nacimiento del navegante español Miguel López de Legazpi, fundador de Manila. La advertencia fue realizada por la profesora Beatriz Álvarez en el Museo Nacional ante los historiadores españoles y filipinos que durante tres días han debatido los aspectos derivados del congreso «Filipinas y España, la Herencia de Legazpi». Álvarez incidió en que el desinterés de las instituciones y las malas condiciones de las bibliotecas filipinas están contribuyendo a destruir un legado de obras comprendidas entre 1850 y 1950 que además permanecen diseminadas en propiedades particulares.

«Hasta hoy no existe una labor de catalogación y de conservación por parte de las autoridades culturales, que tampoco están interesadas en reeditar unas obras que son patrimonio de España y de Filipinas», dijo la ponente. La profesora, que imparte clases de Literatura filipina en español en la Universidad Pública de Filipinas, explicó que si no se remedia la situación, la obra de poetas filipinos como Manuel Bernabé, Cecilio Apóstol y Flavio Zaragoza desaparecerá para siempre de la galaxia de las letras hispánicas. La amenaza pesa también sobre periódicos en español como «La Independencia» o «El Renacimiento», donde colaboraron las mejores plumas filipinas, y cuyos números son pasto de la humedad y el moho.

Álvarez, que abogó por la inmediata conservación y reedición de dichas obras, señaló que este genocidio cultural obedece a la negligencia y desinterés de dos países que han olvidado completamente que hasta hace casi un siglo compartieron un pasado común. «Por parte de España, existe un desinterés en descubrir la obra de autores como José Rizal, Marcelo H. del Pilar, Graciano López Jaena y otros que desde allí hicieron de sus escritos un medio de lucha para conseguir reformas en el archipiélago», dijo la profesora, que añadió que España los considera «hijos ilegítimos» de su literatura. (Efe)

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