AGLI

Recortes de Prensa     Lunes 8 Marzo 2004
No perdamos la ocasión
Ricardo SENABRE La Razón  8 Marzo 2004

Carta a ZP
Alberto Acereda Libertad Digital  8 Marzo 2004

España rota
Iñaki Ezkerra La Razón  8 Marzo 2004

Un país roto
Miguel Ángel Rodríguez La Razón  8 Marzo 2004

LO MEJOR DE AZNAR
Juan Manuel DE PRADA ABC 8 Marzo 2004

El antifranquismo, programa común de ETA, ERC y PSOE
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital  8 Marzo 2004

Tristes payasadas y siniestras mentiras
Juan Carlos Girauta Libertad Digital  8 Marzo 2004

Perspectivas y miserias electorales
Luis González Seara La Razón  8 Marzo 2004

La campaña del PP en Cataluña
Francisco Marhuenda La Razón  8 Marzo 2004

La piedra angular
Juan Van-Halen La Razón  8 Marzo 2004

Urquijo requiere a Ibarretxe que retire los libros de texto escolares que hablan de Euskalherria
EFE Libertad Digital  8 Marzo 2004

Mayor se compromete a que el PNV deje de ser «una seña de identidad en el paisaje»
O. BARRIUSO BILBAO El Correo 8 Marzo 2004

Quince comunidades doblan el número de funcionarios a los estatales
Redacción - Madrid.- La Razón  8 Marzo 2004



 

No perdamos la ocasión
Ricardo SENABRE La Razón  8 Marzo 2004

El próximo día 1 de mayo, diez países se convertirán en los nuevos estados miembros de la UE, que aglutinará desde entonces veintidós naciones diferentes. Éste es un hecho político cuya importancia no debe, sin embargo, ocultar un fenómeno de gran envergadura que la ampliación comporta: los doce idiomas que actualmente se utilizan en la Unión Europea como lenguas oficiales y de trabajo pasarán a ser también veintidós. ¿Qué posición ocupará el español en la compleja Babel que se avecina?

Por ahora, y según la legislación comunitaria, el español forma parte, junto con las otras once lenguas de la Unión, de los idiomas oficiales. En la realidad cotidiana, sin embargo, hay tres lenguas predominantes, que a menudo son las únicas utilizadas en numerosas comisiones y grupos de trabajo: el inglés, el francés y el alemán. Es evidente que el predominio de estas dos últimas no se debe a que tengan en el mundo mayor extensión y más hablantes que otras, como el español, sino a diversos factores que no es del caso analizar, porque la realidad estrictamente lingüística es que tanto el francés como el alemán son, comparadas con el español, dos lenguas minoritarias.

Sin embargo, en la práctica de muchas reuniones, el español queda relegado a un segundo término, junto a idiomas como el neerlandés o el gaélico. Si aceptamos que esta falta de equidad constituye un fracaso, es preciso añadir a renglón seguido que el fracaso no es imputable a los infinitos escritores que, desde Fernando de Rojas hasta García Márquez, han elevado las posibilidades expresivas de la lengua a cimas sobrehumanas; ni tampoco a instituciones como las universidades, el Instituto Cervantes o la Academia de la Lengua, cada una de las cuales tiene su particular área de competencia.

Por si fuera poco, este arrinconamiento choca con la vitalidad y la extensión real del propio idioma, que es ya instrumento de comunicación para cuatrocientos millones de hablantes y sigue creciendo. La impotencia para situar el español en el lugar que le corresponde dentro de los organismos políticos supranacionales, lo que parece una renuncia tácita, acaso resignada, a ocupar un puesto en la primera fila del escuadrón, es un fracaso exclusivamente político.

Preocupados por enarbolar y, poner de relieve nuestros índices de inflación o de creación de empleo, además de proclamar lo bien que nos salen las cuentas, como si la sociedad fuera únicamente un gigantesco libro de contabilidad, hemos olvidado sacar partido a nuestra mayor riqueza: la lengua. El reflejo de esta omisión, no sé si desdeñosa o ignara, lo tenemos dentro de nuestras propias fronteras. En efecto: durante la campaña electoral, que es época propicia para acuñar promesas incontables, a menudo peregrinas, y edificar castillos en el aire, se ha hablado mucho de beneficios fiscales, de ayudas a las familias, de reducción de impuestos ¬de dinero, en suma¬, pero no se ha oído ni una sola voz que, al margen de cualquier coloración política, apuntara la necesidad de reforzar el papel de nuestra lengua en las instituciones internacionales a las que pertenecemos y en las que se ventila una parte de nuestro futuro.

Lo peor de todo es que llueve sobre mojado. Cuando cayó el muro de Berlín, en las universidades y los centros de enseñanza de la antigua Alemania oriental ocurrió algo que nadie había previsto: las asignaturas de lengua rusa y marxismo, antes obligatorias en todos los planes de estudio, desaparecieron como por ensalmo del mapa docente. Había que introducir una segunda lengua que ya no fuera el ruso. Era una gran oportunidad para el español, que en aquel inesperado páramo podía florecer en forma de lectorados sostenidos por nuestro Ministerio de Educación. (Hay que aclarar que un lectorado representa, en el conjunto de los gastos asignados a la enseñanza, algo así como el chocolate del loro). Hubo gestiones de diversas personas con jefes y jefecillos de dos ministerios, y hasta con un ministro de cuyo nombre no quiero acordarme. Se escucharon las habituales buenas palabras, acompañadas por las consabidas y campechanas palmadas en el hombro ¬porque a campechanía y llaneza no nos gana nadie, sobre todo si se disfruta de un cargo político¬, pero no se dio un solo paso para aprovechar la oportunidad. Y los numerosos centros donde podían haberse creado lectorados de español se vieron invadidos por otros de lengua italiana. Hoy se escucha el dulce idioma de Petrarca en las aulas donde, con otros auspicios, hubiera resonado el de Cervantes.

Y lo cierto es que la expansión del español ¬como de cualquier otra lengua¬ comienza ahí, instalando su oferta en el núcleo de las enseñanzas regulares de un país, lo que, en nuestro caso, no resulta nada arriesgado, puesto que se conoce la magnitud actual de la demanda. Los demás apoyos, como el cortejo de actos culturales de distinta naturaleza organizados por el Instituto Cervantes, constituyen refuerzos convenientes, cuya eficacia, sin embargo, depende de la existencia previa de esos grupos, cada año más numerosos, que aprenden español como segunda lengua en sus estudios secundarios o en la universidad.

Por eso fue una torpeza, e incluso una irresponsabilidad ¬política, naturalmente, puesto que a los políticos correspondía la decisión¬ no haber creado las bases necesarias para que esta situación se diera en la antigua Alemania oriental. Recordar aquel error puede ser útil para no cometer otros. Es preciso cuidar la creación de lectorados de español, estimular su desarrollo y proveer de libros a los departamentos en que se enseñe nuestra lengua. He visto algunos de esos lugares en los que la biblioteca de español estaba formada sobre todo por libros en catalán, lo que dice mucho de la generosidad y el buen sentido de la Generalitat, pero no responde a la realidad objetiva de la diferencia, mantenida durante siglos, entre el volumen de la producción literaria en catalán y el de la lengua común, que incluye la literatura de Hispanoamérica.

¿Qué ocurrirá cuando, dentro de muy pocos meses, las instituciones europeas, los grupos de trabajo y los comités del Consejo se vean incrementados con representantes de diez nuevos países? ¿Se extenderá el área de interpretación a todas las lenguas, con el consiguiente aumento presupuestario? ¿Se aceptará la fórmula que algunos proponen de «Request and Pay», que establece el pago de una cuota por parte de aquellos países que exijan una traducción a su idioma? ¿Se reducirá en la práctica, como parece más probable, el uso general a un par de lenguas, además del inglés? En tal caso, ¿cuál sería el destino del español?

Urge hacerse cargo de la situación, y nadie que esté en sus cabales puede pensar que se trata de un asunto baladí. No perdamos la ocasión. Los políticos deben actuar, y hay que confiar en que se pongan de acuerdo. Resultaría alarmante que lo consiguieran para afrontar el cáncer del terrorismo y no para defender la lengua de todos. En este punto sería tan reprobable el rechazo como la omisión. Me gustaría en este caso no tener que dar la razón a George Steiner cuando afirmaba hace poco, observando con atención nuestros problemas, que el idioma español, instrumento de comunicación con el que se puede viajar por más de medio mundo, tiene sus mayores enemigos dentro de casa.

Remite: un profesor de español en USA
Carta a ZP
Alberto Acereda Libertad Digital  8 Marzo 2004

Sr. ZP:

A sólo unos días para las elecciones, ojalá tenga ud. un momento para leer esta mi carta. Va escrita con mi sangre, desde Arizona, a cinco mil kilómetros de España, donde llevo ya quince años, casi los mismos que ud. en el Congreso de los Diputados. Le escribo porque me duele España y porque me da vergüenza escuchar tanta farsa y tanta mezquindad en esta campaña. Le escribo porque le oigo por internet en la radio, le veo por parabólica en la televisión, le leo en sus declaraciones a la prensa. Le escribo, en fin, porque aunque vivo lejos por culpa de las políticas universitarias de su partido, sigo al día lo que pasa en mi patria y lo que quiere hacer ud. con España. De allí me tuve que ir precisamente porque un tal F.G. y su ministro Maravall impusieron por mayoría absoluta (la misma que ud. critica ahora) una Ley de Reforma Universitaria (LRU) que resultó una farsa y un engaño para la juventud universitaria española; una mentira para jóvenes como yo, por entonces ilusionados estudiantes de licenciatura ávidos de obtener un puesto de trabajo.

Fue aquella una reforma, por si ud. no recuerda, que acabó con la libertad universitaria y que fue puerta de entrada para el amiguismo y no para la ciencia, para la adulación y no para el saber. Aquello fue un sendero abierto para los portadores de carnet socialista o para los conversos por la endogamia y el conchabeo. De todo eso, Sr. ZP, seguimos aún pagando las consecuencias. Si quiere ud. ejemplos, si quiere ud. detalles de esas vergüenzas y atropellos cometidos en los tribunales de concesión de plazas, con gusto se los puedo dar. El primero: el mío, con nombres y apellidos, con humilladores públicos y catedráticos marxistas vendidos por un plato de lentejas, do ut des. Guardo sus nombres y su recuerdo. Aquella reforma de su partido, Sr. ZP, generó una universidad dictada desde el poder que cercenó toda pluralidad, toda diversidad y toda solidaridad (le gustan mucho a ud. estas palabras) y quebró las carreras de centenares de jóvenes. Ese, y no otro, es el legado de la sociedad del bienestar que su partido ofreció a mi generación.

Quienes, como el que esto le escribe, optamos por la verdadera libertad y el antiservilismo nos tuvimos que marchar con nuestro título a otra parte. En mi caso, al vivir en la Cataluña nacionalista de Pujol y CIU, imaginará ud. (si es que imagina) que mi partida aún fue con más razón porque eso de estudiar literatura española no se avenía muy bien con el pseudo-terrorismo lingüístico del Molt Honorable (por cierto, algo menor que el de ahora bajo sigla PSC-ERC con la que ud. y su partido pacta). Así que, Sr. ZP, de allí nos tuvimos que ir unos cuantos chavales, justamente los que ahora vivimos fuera de España y enseñamos literatura española e hispanoamericana con dignidad y libertad en universidades extranjeras. En mi caso, Sr. ZP, ese país es Estados Unidos, justo el país que ud. ha juzgado recientemente como autoritario, arrogante e imperialista, y contra el que ha pataleado bajo pancarta eterna. Vivo aquí, sí, vivo aquí en libertad, créame. Vivo en un país que se defiende del terrorismo con la ley y que no pacta con él ni con sus pistoleros. Vivo aquí, como muchos españoles a quienes el gobierno socialista de F.G. no supo hacer un hueco, pero que sí fuimos acogidos por los gobiernos de Reagan, de Bush padre, de Clinton y hasta de Bush hijo (aunque ud. no se lo crea). Este país de la libertad, de la primera constitución liberal, o sea, democrática, nos ha ido acogiendo porque han valorado nuestro esfuerzo y nuestras ganas de trabajar, por encima de ideologías y de partidismos.

Por eso le digo, Sr. ZP, que me duele España. Me duele por culpa de gentes como ud. y quienes lo rodean, quienes sólo tienen el objetivo de demonizar a la derecha española a la que aún siguen culpando de una historia nefasta que es la suya misma, la que ud. está escribiendo ahora en esta campaña. Sí, la derecha, sin complejos, la misma derecha que ha creado riqueza para España como nunca antes se había visto en la democracia, la misma derecha que genera un superavit para poder pagar dignamente a los pensionistas, la misma derecha que no pacta con los terroristas y que piensa en España como un reino bien avenido. Por eso me duele tanto imaginar España gobernada por gentes como ud. Me duele por su manipulación política, por sus anuncios electorales, por esas papeletas entrando en una urna con rancios recuerdos del Prestige, de la Guerra de Irak… (todavía con eso). Me duele, créame, su demagogia instalada en el rencor, en la falsedad, la manipulación y la farsa.

Lo más triste es que su afán de poder le lleva a olvidar lo más básico de una democracia: la libertad. Esa misma libertad con la que ud. quiere jugar pactando con partidos antiespañoles y antidemocráticos. En su conciencia quedará lo que haga, Sr. ZP. No cuente ud. con mi voto como tampoco pudo contar conmigo hace quince años la España socialista a la que ud. pertenecía y que hundió la universidad. Por eso vivo aquí, enseño aquí y sigo amando España desde aquí. Vivo aquí por dignidad y por amor a la libertad, toda la que aquí sobra y faltará en la España rota y quebradiza que ud. propone.

España rota
Iñaki Ezkerra La Razón  8 Marzo 2004

Uno no acaba de entender por qué a los nacionalistas les indigna tanto y les parece tan escandalosa la vieja consigna de «España roja antes que rota» que únicamente da fe de que hubo una derecha anterior a la Guerra Civil que estaba dispuesta simplemente a tragar con el triunfo de la izquierda en nuestro país si así quedaba garantizada la unidad de la nación. Uno entiende que los nacionalistas no compartan ese lema pero no que nos lo intenten presentar como el colmo de lo reprobable desde el punto de vista de la ética y la ideología, máxime cuando el lema de los nacionalistas es «España rota antes que roja ni de ningún otro color», el cual indica mucha menos generosidad y capacidad de renuncia a todas luces.

Y a uno le parece todavía más impresentable y abyecta la consigna que han adoptado el PSOE e IU durante la legislatura que ahora termina con el fin de echar del Gobierno al PP: «España rota antes que con gaviota». Al fin y al cabo los nacionalistas buscan la ruptura de España en razón de su mismo programa y su propia ideología mientras que los dirigentes del PSOE e IU están dispuestos a transigir con la voladura de la nación española y a aliarse con los secesionistas convictos por puro oportunismo táctico, sin ninguna convicción, sólo porque no son ellos los que gobiernan y para evitar que gobiernen otros.

«España rota antes que con gaviota». España cuestionada cuando atraviesa el momento más próspero y más dulce de su historia. España negada, maltratada, desdeñada, avergonzada, odiada, insultada, desacreditada por un trío de personajes demenciales como Ibarretxe, Rovireche y un Maragall que se ha cambiado hasta el acento para mimetizarse con Pujol (hace poco en casa de unos amigos catalanes vi una película en la que aparecía el alcalde de las Olimpiadas y me quedé perplejo al comprobar que en aquella época Maragall hablaba normal).

España deslegitimada por un patriotismo étnico, reaccionario y esencialista como es el de la Euskal Herria, «una, grande y libreasociada», por un «federalismo de Taifas» que desentierra la Corona de Aragón y por un europeísmo que cuestiona toda la construcción de la Unión Europea en nombre de unas nuevas eurorregiones por definir. Se está repitiendo mucho estos días eso de que la Constitución, la idea de España, la política ante los nacionalismos y la lucha antiterrorista no deben ser temas que salgan en la pugna electoral. ¿Cómo no van a ser temas que salgan en esa pugna si hemos convenido en que son los más graves que tiene hoy España? ¿Por qué razón quien ha enfocado correctamente tales asuntos debe callarse ese mérito en una campaña electoral frente a quien los enfoca desastrosamente? ¿Por qué uno no va a poder hacer valer la consigna de «España con gaviota antes que rota»? ¿Se puede saber para qué otra cosa es una campaña electoral sino para hacer electoralismo?

Un país roto
Miguel Ángel Rodríguez La Razón  8 Marzo 2004

La desbocada carrera de los nacionalistas hacia la independencia de sus regiones les trae buena renta. El PSOE ve en ellos el único aliado para desbancar al PP, pero no ha medido las consecuencias de vivir en un país inestable en el que el diálogo político no se mida por debates ideológicos, sino por reivindicaciones territoriales que no caben en la Constitución ni en la Unión Europea.

Un Gobierno del PSOE con toda suerte de regionalistas, nacionalistas e independentistas abocará a España a una discusión tensa sobre las reformas de los estatutos de autonomía para ir construyendo nuevos países y expulsará a este país del proyecto económico que nos ha hecho crecer en los últimos años hasta posiciones envidiables.

Cuando la gestión del Gobierno no se mida por empleo creado o por las mejoras en la Educación o en las Pensiones y se evalúe por número de países asociados que compongan un nuevo estado, España habrá abandonado la vía rápida que había sido capaz de conquistar en los comienzos este siglo XXI. La suma de minorías vapuleará a la mayoría.

LO MEJOR DE AZNAR
Por Juan Manuel DE PRADA ABC 8 Marzo 2004

EN ocho años de gobierno, Aznar ha protagonizado aciertos y errores; su talante poco efusivo, más bien híspido, lo ha ido atrincherando, a medida que se aproximaba la fecha de su retirada, en una hosquedad que a veces se manifiesta con ademanes autoritarios. Pero, llegada la hora de las recapitulaciones, conviene reconocerle un logro que hace palidecer sus tropiezos, incluso los más ostentosos. Aznar ha sido el peor enemigo de la ETA; un enemigo obcecado, granítico, insomne, que no ha vacilado en su propósito ni un solo instante. Bajo su mandato, ha quedado demostrado que la ETA puede ser desmantelada con métodos estrictamente legales: ha intensificado la cooperación policial con Francia, ha ilegalizado la sucursal batasuna, ha asfixiado las vías de financiación de los terroristas, ha minado su organización, ha devuelto el orgullo a los hombres que arriesgan su pellejo en la demolición de la banda. Ante esta muestra de tesón hay que quitarse el sombrero; Aznar ha sabido interpretar el anhelo primordial de los españoles y convertirlo en una realidad incontestable.

Si tuviera que elegir el mejor momento de Aznar, aquel instante que merece preservarse en la memoria de los españoles, elegiría unas declaraciones que realizó en agosto de 2002. Un coche bomba había estallado en Santa Pola, frente a un cuartel de la Benemérita; entre las víctimas se contaba Silvia, una niña de seis años, hija de un guardia civil. La sociedad española se tambaleaba, golpeada por el horror de aquella muerte execrable que mataba su esperanza y su futuro. Entonces Aznar compareció ante la prensa; estaba atenazado por la inminencia de las lágrimas, como lo estábamos todos los españoles, pero las palabras que pronunció fueron el mejor reconstituyente para nuestro ánimo maltrecho. «Van a pagar por lo que han hecho -recuerdo que dijo-; lo van a pagar muy caro y, además, espero que lo paguen pronto». Había en su voz una intensidad y una convicción que excedían el tono meramente compungido o desolado que los políticos suelen emplear en estas ocasiones luctuosas. Había una determinación implacable que se transformó en ferocidad cuando expresó la repugnancia que le producía asistir al entierro de Silvia, mientras los responsables del crimen «se están paseando como auténticos chulos por las calles del País Vasco». Seguramente, las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan recuerden como yo el énfasis que puso en la palabra «chulos»: en él cabía un dolor de tamaño sideral, pero también el órdago que a continuación formuló. Nada más y nada menos que ilegalizar Batasuna. Muchos pensaron que se trataba de una mera declaración retórica, nacida de la calentura o la ofuscación. Pero el tono de Aznar no era calenturiento ni ofuscado, sino más bien ecuánime, de una ecuanimidad gélida que atemperaba su rabia y la hacía más fecunda. Supe que iba a cumplir su promesa, pese a las reticencias medrosas de quienes por entonces creían que la ilegalización de Batasuna agravaría la tragedia.

En aquellas palabras apretadas de indignado dolor se resumía el principal designio de un político más bien romo en sus recursos expresivos, destemplado e intemperante con cierta frecuencia, ciertamente desacertado en su actitud lacayuna ante el amigo americano. Pero llegada la hora de las recapitulaciones, nobleza obliga a reconocer en él al gobernante que más denodadamente ha creído en la derrota de la ETA, que más ha contribuido a renovar los engranajes oxidados de la ley, para que su fuerza coercitiva golpease a los criminales, haciéndoles pagar caro y pronto por unos crímenes que la sociedad española no olvidará nunca. Pecaría de ingrata si olvidara al hombre que impidió que los chulos se sigan paseando impunemente por las calles.

El antifranquismo, programa común de ETA, ERC y PSOE
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital  8 Marzo 2004

Nunca ha tenido la Izquierda Catalana desde 1977 otra identidad que la negación. Al principio era la negación de Franco; sobre todo, muerto el Dictador, que es cuando emergieron por doquier antifranquistas hasta entonces inéditos. La llegada de Tarradellas, aunque balsámica para las relaciones con el resto de España, no cambió la razón de ser de esa izquierda, que aceptaba cualquier nacionalismo antiespañol y negaba la condición democrática de cualquier derecha española, primero UCD y luego AP, siempre con el mismo argumento: seguía siendo el franquismo y hasta el fascismo, que para estos progres irredentos, más radicales cuanto más lejana la dictadura, Suárez, Fraga y cualquier otro líder de la derecha significaban siempre eso: el franquismo sin Franco. Que no hubiera dictadura era un detalle sin importancia. La mayoría no luchaba contra ella cuando existía y los que han vivido siempre en democracia no la han apreciado nunca como propia. La trajeron otros pero sólo la representan ellos: pasmoso.

Cuando, después de casi catorce años de irreprochable oposición democrática al PSOE, la derecha liberal del PP llegó al poder, la izquierda basó toda su oposición al Gobierno del PP en lo mismo: era el franquismo sin Franco. En rigor, el antifranquismo sigue siendo el único mecanismo de legitimación de esa izquierda forjada por el PSUC, gestionada por el PSC y abocada fatalmente a confluir con el nacionalismo radical bajo las siglas de ERC. Pero como Franco murió hace casi treinta años y el PP no tiene nada que ver con el franquismo, era fatal que la izquierda catalana radicalizada terminase por encontrarse con la única izquierda para la que el antifranquismo sigue siendo el gran argumento propagandístico y la única excusa real para seguir matando, es decir: la ETA.

Nada se parece más a las excusas de la ETA para seguir matando que los argumentos de los separatistas para romper España. No importan la democracia ni las libertades, la realidad de la historia pasada ni de la presente, la prosperidad material de nuestro país ni la ejemplar integración de España en la Unión Europea. Todo se reduce a la voluntad de destruir España, para lo cual conviene identificarla con el PP y a éste con el franquismo. Por eso era también fatal que terroristas y separatistas acabaran confluyendo con el PSOE, que cuando se ve fuera del poder no reconoce ni nación, ni Constitución: nada. Carod dice que quiere ser Ministro del Interior de Zapatero para pactar con la ETA. Y Zapatero no dice ni pío. Se impone la solidaridad entre antifranquistas, etarras incluídos.

Cataluña
Tristes payasadas y siniestras mentiras
Juan Carlos Girauta Libertad Digital  8 Marzo 2004

Un payaso italiano revienta un acto del vicepresidente Rato en el Retiro. Megáfono en mano, el triste cómico se troca en agente amenazante de la izquierda y vomita los mismos insultos con que el coro de la frustración amenizó el año pasado centenares de ataques a las sedes del Partido Popular. El silencio que mantuvieron entonces socialistas, comunistas y nacionalistas, prolongado durante semanas, ilustra su concepto de libertad y de democracia. Pocos saben que la misma noche en que Alberto Fernández salió entero de milagro de un acto en Tarragona, Rafael Luna, secretario general del PPC, fue víctima de una brutal agresión. Sus cicatrices aún son visibles.

La editorial Roca acaba de publicar El tripartit vist des de Madrit, así, con te final, presentado como una recopilación de las opiniones de los tertulianos y articulistas de Madrid sobre el gobierno catalán. Con texto en castellano, el producto es un auténtico alarde de la técnica del copiar-pegar. Lo firma un tal Iu Forn, autor únicamente de los comentarios que jalonan los textos reproducidos, muchos de Libertad Digital. Dichos comentarios se suponen realizados por los articulistas o por sus lectores. Forn pone en boca suya –en boca nuestra– cosas como: “El gobierno español ha mostrado una vez más su debilidad. (...) en vez de enviar los tanques a la región catalana y sofocar la insurgencia de la única forma que entienden esos perros rabiosos...”, o “Eso es lo que habría que hacer, encarcelar a Maragall y tomar Cataluña”, o “Y van y ponen Els Segadors antes de empezar el partido. Qué asco...” o “Lamentablemente el actual Ejército español ya no es lo que era (...) Nadie ha bombardeado aún Barcelona y nos estamos quedando con las ganas de darles su merecido a esos traidores”, o “El AVUI o EL PUNT (...) están en catalán y nosotros no aceptamos basura”. Eso es lo que Forn quiere que sus lectores crean que pensamos.

Dado que el intoxicador me cita repetidamente, debo aclararle lo siguiente a él y a sus jefes: 1) No soy un articulista de Madrid y, por tanto, no veo al tripartito desde allí. Escribo desde mi ciudad, Barcelona, y soy, como mínimo, tan catalán como usted, aunque eso no cuadre en su modelo maniqueo y plano de la realidad. 2) Administrar falsedades (golpismo, insultos a Cataluña y a los catalanes) de modo que sus lectores nos las atribuyan es una técnica goebbelsiana que cuenta con el antecedente de Los protocolos de los sabios de Sión, el apócrifo de la Ojrana zarista que avivó el antisemitismo y propició el Holocausto. 3) Nos señala usted a mí y a otros compañeros con el dedo, con la diferencia de que yo vivo en el ámbito de difusión de su panfleto. Si su miserable argucia, equivalente a una falsa delación, surte el efecto que usted está buscando, ya saben los lectores quién es el responsable.

Perspectivas y miserias electorales
Luis González Seara La Razón  8 Marzo 2004

Pasado el ecuador de la campaña, se acerca el día en que los españoles van a decidir con su voto a quién confían el gobierno de su país durante la próxima legislatura. Una gran parte ya lo tiene decidido. Las encuestas y análisis de opinión dejan pocas dudas sobre quién va a ser el partido más votado: el PP. Hay, sin embargo, un número de indecisos, de abstencionistas o de electores que silencian su opinión, que pueden decidir con su voto que los populares alcancen la mayoría absoluta o queden a las puertas de lograrla.

Es comprensible que la olla electoral se vea sometida a grandes presiones, especialmente en los mítines y en los medios de información, y algunos esperan milagros de sus manipulaciones demagógicas. Siempre puede haber algún incauto que pique, y siempre surge algún miserable que puede llevar su comportamiento a cotas máximas de indignidad para intentar influir en los electores. Pero éstos ya tienen experiencia de las andanzas de muchos impostores y, además, no esperan al día de reflexión para tener claro a quién les conviene votar.

Por muy poderosa que sea una maquinaria de comunicación puesta al servicio de una causa, con recurso a todos los medios, ardides y demagogias que se puedan imaginar, la experiencia muestra que tal maquinaria fracasa cuando se pretende convencer a los ciudadanos de lo que ellos pueden ver o razonar que es falso. Por eso, los milagros no suelen producirse. Es más fácil desviar la atención de los electores hacia cuestiones menores o ya obsoletas, para que no se repare en lo que es un problema grave, que puede incrementarse en el futuro. En el caso de los comicios españoles de marzo de 2004, es obvio que carece de sentido alguno perder el tiempo hablando del «Prestige» y sus jaleadores totémicos.

A menos que se haga para no referirse a la cuestión más inquietante para el futuro inmediato de los españoles: el crecimiento del nacionalismo identitario, separatista y disgregador, que está propiciando lo que Fernando Savater llama un «despedazamiento pluralizante» de España, como vía de incorporación a la UE.

El problema principal que tenemos los españoles no está en la economía, que goza de mejor salud que la media de los otros países europeos; ni está en la falta de libertad de expresión, salvo en el País Vasco.

El peligro está en la quiebra de la igualdad de trato en los derechos de los españoles y en la solidaridad común entre ellos. Esta cuestión exige una clarificación de los candidatos, en los días que quedan de campaña. Hay que ser muy miserable para ver en la gran actuación de la Guardia Civil deteniendo el último comando de ETA una medida electoralista e, incluso, un montaje político. Pero algunos lo han dicho. Y también anda desbocado, exhibiendo sus rencores, el ex presidente González, negando el pan, la sal y, por supuesto, el vino, a los gobiernos de Aznar, para martirio de Zapatero. Por desgracia para González, la gente tiene memoria.

La campaña del PP en Cataluña
Francisco Marhuenda La Razón  8 Marzo 2004

La utilidad de las encuestas, que no son ni una verdad revelada ni un sucedáneo de «Biblia» electoral, es que marcan una tendencia y permiten corregir errores. La clara victoria del PP es un dato en el que coinciden todas las que se han publicado, aunque la duda está en si podrá alcanzar la mayoría suficiente que le permitiría gobernar sin estar condicionado por las veleidades soberanista de CiU. En el escenario actual resulta más que conveniente que Rajoy no tenga que pagar ese «peaje» diario al que se ha referido, con uno de sus lúcidos ejemplos, Duran Lleida. La situación sería diametralmente opuesta si CiU no estuviera inmersa en una disparatada carrera para ser más nacionalista que ERC y, además, al no gobernar en Cataluña el citado peaje sería excesivamente oneroso. Las mayorías absolutas no son ni buenas ni malas, sino que depende de cómo se utilicen. Con Rajoy no tengo la más mínima duda de que se hará buscando el diálogo y los consensos más amplios posibles.

El PP se le juega en Cataluña. No sólo parece que no se crecerá en Barcelona con uno o dos escaños, sino que podría bajar en esta circunscripción y perder el que siempre ha tenido en Lleida. En este último caso, la vocación cainita de los populares, que dieron un lamentable espectáculo en la elaboración de la lista, no ha sido, precisamente, una ayuda. En lo que hace referencia a Barcelona, deberían ponerse las pilas y dejarse de tantas zarandajas pseudonacionalistas. El PP no tiene ni que pagar el peaje de demostrar su catalanidad ni sentirse acomplejado por la actitud del resto de formaciones. Rajoy está marcando, con notable claridad, la línea de la campaña y deberían tomar buena nota. No incrementar los ocho escaños por Barcelona sería un fracaso, pero disminuirlos sería un desastre. El escándalo de Carod y los fracasos del tripartito han servido en bandeja la línea argumental de la campaña catalana. Lo mejor es no olvidarlo.

La piedra angular
Juan Van-Halen La Razón  8 Marzo 2004

Las campañas electorales existen para que los candidatos lleven su mensaje a los ciudadanos. Un programa electoral no es otra cosa, o no debería serlo, que un contrato entre quienes nos piden el voto y quienes hemos de decidir si se lo otorgamos. Alguien dijo, acaso desde la audacia cínica de la madura incredulidad, y hablando por propia experiencia, que los programas electorales se ofrecen para no ser cumplidos. No debe ser así, y los ciudadanos tienen el poder de las urnas para enmendar el engaño en las siguientes elecciones. Los contratos deben cumplirse. Y más cuando de ese contrato emana nada menos que la representación del pueblo español, titular de la soberanía nacional, en las Cortes Generales.

El día 14 de marzo los millones de electores españoles decidirán la conformación de las mayorías parlamentarias que posibilitarán el gobierno de los próximos cuatro años. La responsabilidad no es pequeña. Todas las opciones son legítimas, pero resulta obvio destacar la importancia de la próxima legislatura, con trampas para elefantes en el camino de la Constitución, y acechos nada desdeñables a la misma arquitectura del Estado.

El modelo de Estado es la primera cuestión que debe tener clara cualquiera de las opciones políticas que concurren a unas elecciones generales. Sin la firmeza de esa piedra angular, el edificio del Estado se tambalea, y el abismo aparece en el camino. La solidez del Estado es garantía de estabilidad, y la estabilidad es garantía de progreso económico y social. No hay nada peor para el desarrollo de un país que la incertidumbre, que los saltos en el vacío.

Hace más de un cuarto de siglo titulé una conferencia «¿Qué es España? Una interrogación de la decadencia». Recordé entonces que Ortega anotó la coincidencia de fechas ¬hacia 1900¬ entre el momento en que España queda reducida a su cuerpo inicial, tras el triste mar del 98, y la aparición de los primeros brotes que habrían de conducir al separatismo. La decadencia es un cultivo idóneo para la decepción, y en ella crece la pregunta: «¿Por qué estamos juntos?» que suele desembocar en un egoísta y estéril todos contra todos.

Ninguna nación con pulso, que cree en sí misma y en su destino, que se sabe en forma para empeños colectivos en un plano de igualdad con otras grandes naciones, sin complejos ni remordimientos, se haría nunca esa pregunta sobre su ser y su estar. Desde el momento de aquella conferencia, la realidad ha cambiado. España ha dejado atrás los complejos. La democracia, conseguida por todos y para todos, la Monarquía parlamentaria como forma política del Estado, la Constitución consensuada y no beligerante sobre unos o sobre otros han supuesto una realidad política de circulación similar a la de las naciones más avanzadas del mundo. Esa realidad debería permitir mirar al futuro y no al pasado...

La pregunta esquizofrénica ¬¿Qué es España?¬, esgrimida por algunos desde las cunetas de una Historia falsificada, carece de sentido si es que pudo tenerlo alguna vez, que creo que no. Es un problema resuelto por la Historia sobre el que Rodríguez Adrados, una cabeza extraordinariamente amueblada, ha reflexionado lúcidamente en su reciente discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia.

España no es homogénea ni debe serlo. Tampoco su ser es un capricho espontáneo o artificial. Es hoy la nación más descentralizada de Europa y sus autonomías tienen unas altísimas cotas de autogobierno. España es diversa, plural, rica desde esas diferentes realidades de lenguas, tradiciones, sentimientos... pero no es una suma aritmética de esas diecisiete evidencias de sus autonomías, o no es solamente eso. Hay una realidad común, acumulada, compartida, amasada por la Historia, que se llamó, se llama y se llamará España. Cuando el joven embajador Francesco Guicciardini pregunto al rey Fernando el Católico cómo era posible que un pueblo tan belicoso como el español hubiese sido conquistado, en todo o en parte, tantas veces, el monarca aragonés, que a lo largo de la embajada del hábil florentino demostró más astucia de la que el diplomático hubiese deseado, contestó que la nación «sólo podía hacer grandes cosas unida y en orden». Si esas dos condiciones quebraban no sería posible afrontar grandes empresas. Las palabras del rey pasaron a las notas del embajador, que entendió que mantener esa unidad y ese orden eran la misión que se habían impuesto Fernando e Isabel. Es una lección que nos llega lozana, vitalísima, después de cinco siglos.

De las urnas del próximo 14 de marzo debería salir fortalecida la piedra angular del Estado, el modelo que mantuviese el edificio firme contra los vientos de la improvisación y de la inestabilidad. El modelo de Estado es un grave asunto de principios, no una cuestión de oportunismo de partido ni un salvavidas de liderazgos políticos. El futuro de ese modelo de convivencia en libertad, en solidaridad y en unidad ha de mantenerse por encima de meros objetivos chatos de coyuntura. Sería lamentable e históricamente impresentable que unos pactos, legítimos pero arriesgados, como se ha visto, para conseguir el gobierno de una parte de España supusiesen ¬al cambiar su modelo de Estado uno de los grandes partidos nacionales¬ un salto en el vacío para el conjunto de la nación.

El legado de cinco siglos no ha de estar al albur de quienes interesadamente lo cuestionan o de quienes, sin cuestionarlo formalmente, puedan mirar para otro lado quitando importancia a la gravedad incuestionable que supondría su debilitamiento o demolición. Los españoles de estos inicios del siglo XXI somos depositarios de un legado que habremos de trasladar a las generaciones venideras, y ello supone asumir actitudes responsables y, desde luego, el firme alejamiento de la improvisación o de la frivolidad. La cuestión más importante ¬sin quitar importancia a otras muchas cuestiones¬ que se ventilan en las urnas del 14 de marzo es cómo va a ser mañana, y pasado mañana, esa realidad de convivencia y solidaridad que llamamos España. Si después de las elecciones van a tener opción de presionar a las mayorías unas minorías que no creen en esa realidad. Y que con escasa presencia parlamentaria pueden inclinar la balanza a su voluntad, o, por el contrario, el modelo de Estado queda asegurado. Sin aventuras ni experimentos arriesgados. Ése es el dilema.

De lo que ha supuesto que Pasqual Maragall sea presidente de la Generalitat, merced a sus pactos, ya hay poco que hablar. La realidad resulta explícita. Es deseable, que no tengamos que hablar un día de lo que pudiera suponer que Rodríguez Zapatero, con pactos similares, se convirtiese en inquilino de La Moncloa.

DA UN MES DE PLAZO AL LEHENDAKARI
Urquijo requiere a Ibarretxe que retire los libros de texto escolares que hablan de "Euskalherria"
El delegado del Gobierno en el País Vasco, Carlos Urquijo, ha enviado una carta al lehendakari Juan José Ibarretxe en la que le requiere que retire unos libros de texto para escolares en los que aparece el término "Euskalherria", asociado a un mapa con los tres territorios de la Comunidad Autónoma Vasca, Navarra y el llamado "País vasco francés" (territorios del sur de Francia).
EFE Libertad Digital  8 Marzo 2004

 En la carta, fechada el 25 de febrero, el delegado da un plazo de un mes al lehendakari para que se retiren de los colegios estos libros, por entender que no se ajustan a la legalidad vigente, la Constitución y al Estatuto.

Los libros que cita Urquijo en su misiva son de tres editoriales: Erein, Elkarlanean e Ibaizabal, utilizados en la educación primaria y que cuentan con la autorización –necesaria– del Gobierno vasco. En ellos se hacen menciones a "Euskal Herria" junto a mapas en los que figuran el País Vasco, Navarra y los tres territorios vasco-franceses.

Según escribe el delegado, "esta forma de presentación contribuye a distorsionar los límites tanto políticos como geográficos de nuestra Comunidad Autónoma". Asimismo, Urquijo estima que estos hechos "vulneran diversos preceptos de la Constitución en lo relativo a la unidad de nuestra nación y su estructura territorial", así como el Estatuto de Guernica, también en lo referente a la composición territorial de la autonomía vasca.

La petición de Carlos Urquijo se produce al amparo de la ley reguladora de lo contencioso-administrativo, que señala que en los litigios entre las administraciones públicas "se puede efectuar un requerimiento para se derogue una disposición, anule o revoque un acto". La carta advierte de que el requerimiento se entenderá rechazado si no se contesta en el plazo de un mes.

Mayor se compromete a que el PNV deje de ser «una seña de identidad en el paisaje»
Subraya que la mayoría absoluta del PP «hace falta más que nunca» para hacer frente al «desafío nacionalista»
O. BARRIUSO/BILBAO El Correo 8 Marzo 2004

Con la campaña a punto de entrar en su recta final, Jaime Mayor Oreja complementó ayer su mensaje habitual en clave vasca con un llamamiento claro a perder «el miedo» a la mayoría absoluta del PP que, en su opinión, es necesaria para hacer frente al «desafío nacionalista» que marcará esta legislatura y garantizar a los españoles «el futuro y la esperanza» después del 14 de marzo. Pese a todo, el candidato del PP al Congreso por Álava no perdió de vista otro de sus mensajes centrales de campaña -la alternativa al PNV y su identificación exclusiva con los populares- y se comprometió a que el nacionalismo deje de ser «una seña de identidad en el paisaje vasco» y se convierta en una opción política más, «que gane o pierda» y que tenga posibilidades reales de pasar a la oposición.

Éste fue uno de los cinco compromisos electorales que desgranó el líder de los populares vascos ante los asistentes al mitin que su partido celebró en Llodio, en el que intervinieron también el alcalde de Vitoria, Alfonso Alonso, y el presidente del PP de Ayala, Santiago Abascal. Así, Mayor insistió en su deseo de que los vascos «puedan ver perder unas elecciones» al PNV y esperó que el nacionalismo deje de ser «como un monte que siempre está ahí».

En este contexto, reafirmó la voluntad del PP vasco de continuar trabajando por la alternativa en lugar de «integrar a los nacionalistas» -en velada referencia al PSE- y aprovechó para responder al lehendakari Ibarretxe, decidido a llevar su proyecto de nuevo Estatuto a Madrid aunque le metan «300.000 veces» en la cárcel. «No queremos meterle en la cárcel, sino que los vascos le saquen de Ajuria Enea desde las urnas y la democracia», apostilló.

A continuación, Mayor se desplazó ya a escenario nacional -en el marco de su compromiso «con la libertad y con España»- y pidió el voto a «todos los constitucionalistas» del país, incluidos aquellos «que no son del PP» pero creen en la Carta Magna y «saben que hay un desafío nacionalista esperando el 15 de marzo» en el que, según su teoría, ETA será «sustituida en la vanguardia» de esta ofensiva por partidos como el PNV y Esquerra. En esos votantes está, a su juicio, la clave de las elecciones del próximo domingo.

Fortaleza o debilidad
Mayor subrayó su visión de «lo que está en juego» en estos comicios que, en su opinión, no es si el próximo presidente del Gobierno será Mariano Rajoy o José Luis Rodríguez Zapatero -«va a ser Rajoy, eso está fuera de dudas»- sino «cómo vamos a afrontar la legislatura del desafío nacionalista». Según él, sólo hay dos opciones: o bien «desde la fortaleza y la moderación» que daría una mayoría absoluta del PP o «desde la debilidad y el nerviosismo de una suma de minorías».

Para ello, instó a los votantes a «no tener miedo a una mayoría clara, tranquila y firme en España», frente a quienes, a su juicio, intentarán en los últimos compases de la campaña trasladar la idea de que superar el listón de los 183 diputados es «algo perverso» que «radicaliza» a quien lo logra.

Además, Mayor se comprometió a acabar con ETA de forma «definitiva e inaplazable» -frente a un PNV al que acusó de «abrazar el proyecto de ruptura» de la banda-, a defender la libertad de todos los vascos y a procurar el bienestar social y la creación de empleo.

Por otra parte, el secretario general de los populares vascos, Carmelo Barrio, reprochó al Departamento de Interior del Gobierno vasco y al PNV su «permisividad» al no impedir la manifestación que la izquierda abertzale celebró el sábado en San Sebastián en apoyo a la propuesta de Bergara. En su opinión, los jeltzales dan así «otra muestra de incumplimiento de las resoluciones judiciales y de los criterios de la Junta Electoral» y permiten que Batasuna «siga adelante con su peculiar campaña electoral» a favor del voto nulo.

Quince comunidades doblan el número de funcionarios a los estatales
Redacción - Madrid.- La Razón  8 Marzo 2004

Todas las comunidades autónomas, a excepción de Aragón y Madrid, cuentan al menos con el doble de empleados públicos que la Administración pública estatal en esos mismos territorios. Según los datos facilitados por el Ministerio de Administraciones Públicas correspondientes a julio de 2003, última fecha de distribución territorial de funcionarios de la Administración Pública, había un total de 2.352.810 empleados públicos en España. De esa cifra, 544.010 correspondían a la Administración estatal, 1.141.397 a la autonómica, 573.592 a la local (ayuntamientos y diputaciones, cabildos y consejos insulares) y 93.811 a universidades.

En el caso de Aragón, los empleados estatales son 23.279, algo menos que los que trabajan para la Administración autonómica (37.997), en tanto que en Madrid los funcionarios estatales alcanzan la cifra de 159.974 frente a los 141.020 de la autonómica.

La Administración autonómica con más personal es la andaluza, que cuenta con 216.196 trabajadores, seguida de la madrileña con 141.020 empleados, y de la catalana con 130.658. Por el contrario, y al margen de las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, que cuentan con poco más de mil empleados públicos autonómicos en cada caso, la administración regional más pequeña es la de La Rioja, con 8.406 empleados.

El mayor número de empleados públicos estatales se concentra en Madrid con 159.974, al ser la sede de la mayor parte de los organismos centrales del Estado, a gran distancia de Andalucía, donde trabajan 85.740 funcionarios.

En la Administración local, destaca también Andalucía, por ser la autonomía con más número de empleados públicos, con un total de 114.082, doblando a la siguiente comunidad, Cataluña con 66.990, y Madrid, con 60.649. En números absolutos, Andalucía es también la región que cuenta con mayor número de funcionarios, con un total de 433.696.

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