AGLI

Recortes de Prensa     Viernes 12 Marzo 2004
Autopsia
Fernando Savater El País  12 Marzo 2004

Asesinos nacionalistas vascos
JOSÉ MARÍA CALLEJA La Voz 12 Marzo 2004

MADRID, 11 DE MARZO
JON JUARISTI ABC 12 Marzo 2004

NUESTRO SANGRIENTO 11-M
José Antonio ZARZALEJOS ABC 12 Marzo 2004

El turbante terrorista en España es una boina sobre una capucha
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital  12 Marzo 2004

Con plomo en las entrañas
Antonio Muñoz Molina El País 12 Marzo 2004

TODOS A LAS URNAS
M. MARTÍN FERRAND ABC 12 Marzo 2004

ESPAÑA MASACRADA
CARLOS HERRERA ABC 12 Marzo 2004

Respuesta ciudadana y política
Editorial Heraldo de Aragón  12 Marzo 2004

Capital del dolor
Faustino F. ÁLVAREZ La Razón  12 Marzo 2004

EL VOTO DE LAS HIENAS
 Jaime CAMPMANY ABC 12 Marzo 2004

Una manifestación sin lemas
Gorka Etxebarría Libertad Digital

...Y ETA miró el mapa
Gregorio Robles La Razón  12 Marzo 2004

CON ESPAÑA, CON LA CONSTITUCIÓN, CON LAS VÍCTIMAS
Editorial ABC  12 Marzo 2004

Fue ETA, pero si hubiera sido Al Qaeda, ¿qué
EDITORIAL Libertad Digital   12 Marzo 2004

Inmensa muchedumbre, siniestra hipocresía
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital  12 Marzo 2004

La batalla semántica contra el terrorismo
Amando de Miguel Libertad Digital  12 Marzo 2004

Hipocresía satánica
Cristina López Schlichting La Razón  12 Marzo 2004

LÁGRIMAS DESDE MADRID
MIKEL BUESA  ABC 12 Marzo 2004

Hasta aquí hemos llegado
Fernando R. Genovés Libertad Digital  12 Marzo 2004

Asesinos, cobardes, miserables
M. Ángel Rodríguez La Razón  12 Marzo 2004

Preguntas y palabras
Carlos Dávila La Razón 12 Marzo 2004

Todos contra el terror
Editorial La Razón  12 Marzo 2004

¿Normalidad
Cristina Losada Libertad Digital  12 Marzo 2004

Lo de siempre, no vale
TONIA ETXARRI El Correo 12 Marzo 2004

Guernica en Madrid
ALFONSO DE LA VEGA La Voz 12 Marzo 2004

Fuera quien fuese, ¡diálogo jamás!
JUAN JOSÉ R. CALAZA La Voz 12 Marzo 2004

Millones de personas se manifiestan en toda España en una histórica protesta contra el terrorismo
Agencias Libertad Digital 12 Marzo 2004

¿Euskalherria existió
Ernesto Ladrón de Guevara La Razón 12 Marzo 2004

Intelectuales de izquierda
Aleix Vidal-Quadras La Razón  12 Marzo 2004

Horizonte de convivencia
ABC 12 Marzo 2004

Dos enfoques contrapuestos
Libertad Digital  12 Marzo 2004

11-M
Opinión  El País 12 Marzo 2004

ETA y sus cómplices
Carlos Alberto Montaner Libertad Digital  12 Marzo 2004

Terrorismo en El Pozo
JUAN LUIS CEBRIÁN El País  12 Marzo 2004

Todos contra la masacre del terrorismo
Pablo Sebastián Estrella Digital 12 Marzo 2004

Al estilo Al Qaeda
JOSEP RAMONEDA El País  12 Marzo 2004
 

Autopsia
Fernando Savater es catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid. El País  12 Marzo 2004

Lo siento, me resulta ya imposible aventurar teorías, urdir más explicaciones, proponer nuevos silogismos, seguir mareando la perdiz... la pobre perdiz que levanta torpemente el vuelo mientras disparan contra ella los cazadores y los perros a su servicio esperan para cobrarse la pieza con la pata en alto y la lengua relamiéndose las fauces. No quiero, no tengo fuerzas, ya no hay tiempo para eso.

Es el momento de hacer la autopsia. Así llama el historiador griego Tucídides al testimonio que aporta un observador según lo que ha visto con sus propios ojos, con esos ojos que según la terrible expresión castellana se habrá de comer la tierra: autopsia. Y esta es mi autopsia, lo que veo y lo que oigo.

Veo la masacre por fin cumplida, la masacre que se venía buscando desde Navidades por lo menos, los kilos de explosivos que esta vez no pudieron ser interceptados: ahora ya no quedan dudas. Las había cuando se frustró el atentado de Chamartín: no faltó quien me dijera que probablemente la propia policía había puesto la maleta asesina en el tren para retirarla espectacularmente luego. Las hubo también cuando se interceptó la furgoneta cargada con quinientos kilos de dinamita, porque al sr. Azcárraga y a algún otro político no menos brillante le chocaba que los terroristas hubieran llegado tan lejos por carreteras nevadas para ser detenidos precisamente en plena campaña electoral. Hoy no, hoy las dudas se han volatilizado junto a centenares de vidas humanas.

Supongo que ahora no queda más remedio que aceptar la incursión de ETA en la campaña electoral. Por cierto... ¿no estaba ya ETA en la campaña electoral, como amenaza de muerte para candidatos y votantes? Pero claro, no era momento de hablar de ello. En campaña lo mejor es no hablar de terrorismo, aunque el terrorismo condicione la campaña de quienes no pueden moverse libremente y la de quienes se mueven y se hacen escuchar precisamente gracias a que ETA existe. Hablemos de otra cosa... hasta hoy, en que ya no hay otra cosa de la que hablar.

Ahora no oigo más que un mensaje, repetido mil veces de mil modos desde todos los medios de comunicación: unidad. Es fundamental la unidad de los demócratas. Hasta ayer lo que se oía era hablar de pluralismo, de que no se entiende la pluralidad, de que sin pluralismo no hay vida ni libertad. Ahora la vida y la libertad dependen precisamente de la unidad: por lo visto, la unidad ha dejado de ser fascista y franquista para convertirse en consigna básica democrática. Antes no había nada mejor que la pluralidad, cualquier pluralidad. Por ejemplo, tener una pierna sana y una pata de palo es más pluralista que disfrutar de dos piernas sanas iguales. Pero se camina peor, cojeando y en dirección equivocada. Nos damos cuenta ahora, cuando ya no tenemos piernas porque nos las ha cortado una bomba. La España unida en democracia, tan antipática y aznarista, ha dado paso a la España simpática y cojitranca del pluralismo pero después a la España que ya no puede más que arrastrarse sin extremidades (aunque no sin extremistas, ésos que no falten): y mientras reptamos, clamamos por la unidad perdida.

Oigo que quienes han puesto las bombas no son vascos, según han decretado Ibarretxe y Otegi. No es fácil ser vasco: si no eres nacionalista, no eres vasco pero si te pasas de nacionalista y asesinas a mansalva también dejas de serlo. Por un rato, te vuelves terrorista a secas o terrorista islámico o yo que sé. Hasta que te detenga la policía y te lleve a una cárcel. Entonces vuelves a ser vasco, las fuerzas progresistas se indignan porque te ves encerrado lejos de tu hogar y el Gobierno vasco paga a tus familiares el viaje para que puedan visitarte. Pero yo le oí a Carod Rovira que ETA es "un movimiento independentista vasco que recurre a la lucha armada". Brava lucha, que acaba de obtener una sonada victoria contra los trabajadores modestos que acudía a sus empleos por la mañana, aún bostezando, después de haber peinado a sus hijos y haberlos enviado al colegio con un beso. ¡Pobre Carod, que estaba convencido de que los asesinos de Hipercor y de Vich eran vascos, vascos de cuerpo entero, es decir independentistas como él, aunque con una noción tan confusa de la geografía que creían que Cataluña era España! Si llega a saber que no son vascos, seguro que ni se molesta en viajar a Perpignan...

He visto y he oído a las testas pensantes (y sobre todo, parlantes) de nuestro país. Nos han contado cien veces que la violencia terrorista está muy mal, pero que la política antiterrorista del Gobierno no es precisamente buena: al contrario, aumenta la crispación y el enfrentamiento territorial de España. Lo malo no son las políticas nacionalistas disgregadoras, que reinventan la historia en clave de hostilidad contra España, convierten la Constitución en un fetiche absurdo y los Estatutos en papel mojado que hay que revocar cuanto antes, para luego revocar a los tres meses el nuevo Estatuto conseguido y pedir más, mucho más... lo malo no es la educación despedazada que estudia sólo los campanarios locales ni las universidades en las que comienzan a apuntar partidas de la porra para boicotear a los profesores desafectos (como esos nuevos escamots que he padecido ya en la Central de Barcelona y me negué a sufrir en la de Tarragona, con gran disgusto del alcalde de la ciudad). No, escuchemos a nuestros intelectuales y artistas para quienes lo verdaderamente intolerable es la política del PP: en cuanto se acabe con ella, reinará la armonía y el Prestige se convertirá en un yate de recreo con velas blancas (por cierto, ¿quién habrá sido el primero en decir que la culpa de la matanza de Madrid la tiene la falta de "cintura política" de Aznar?). La libertad de expresión está gravemente amenazada (nos dicen los que se han hecho millonarios con ella), no por los asesinos que llevan veinticinco años boicoteando las elecciones democráticas y matan a los periodistas que les contradicen, sino por las manipulaciones de los medios públicos de comunicación, que tan imparcialmente funcionaban ayer. Escuchen, escuchen a nuestros intelectuales y lean sus manifiestos y vean sus peliculillas de protesta: con decirles que el más profundo de todos ellos parece ser Leo Bassi, sobran más comentarios.

Resultado de mi autopsia: el país más descentralizado de Europa es el más amenazado por la fragmentación nacionalista, que en todas partes está considerada una abominación reaccionaria salvo aquí, en donde es de izquierdas y constituye una alternativa de progreso (léase el magnífico artículo "¿Es congruente ser nacionalista de izquierdas?", de Mariano Fernández Enguita, EL PAIS, 10-3-04, que honra a su autor y las páginas en que ha sido publicado). Es precisamente aquí, donde el nacionalismo obtiene tanto reconocimiento y parabienes, donde también florece el terrorismo más sanguinario de Europa. Y aquí ETA sirve de diosa tutelar a todos los nacionalismos, lo quieran o no, dándoles el suplemento de seriedad social que nunca se habrían ganado ni por sus ideas ni por sus propuestas. El terrorismo es un proyecto de domesticación social, por medio del cual los depredadores totalitarios consiguen la obediencia de la democracia carente de virtud cívica: en el País Vasco ya han conseguido en gran parte su propósito, en Cataluña llevan buen camino para lograrlo pronto y después... El resto no será silencio, sino más mentiras, mucho diálogo y bandas de música tocando himnos patrióticos.

Asesinos nacionalistas vascos
JOSÉ MARÍA CALLEJA La Voz 12 Marzo 2004

LOS TERRORISTAS nacionalistas vascos han madrugado, es posible que hayan desayunado, se han dirigido a la estación, han esperado a que el tren llegara ­-dos minutos de retraso-, han visto cómo se paraba, han tenido ocasión de ver, tocar, mirar, rozar incluso a las personas que en breves minutos pasarían a ser picadillo. Han dejado la mochila con el explosivo y se han bajado del tren. Es posible que ahora sientan el cosquilleo satisfactorio de haber logrado su objetivo: han provocado el caos y sembrado la muerte. El caos y la muerte en lo que consideran el enemigo, es decir: en la capital de España. Una vez más los seres odiantes de la opulenta Euskadi, asesinan a los seres odiados de una de las zonas rojas de Madrid, capital de España. Los sujetos entrenados en el odio consiguen el éxtasis al provocar una masacre entre los odiados. No hay una brizna de arrepentimiento, no hay un átomo de humanidad, no hay un pelo de empatía: te pongo una bomba después de mirarte a la cara; te parto en dos, después de rozarme contigo. (Oye, Ibarretxe, que son vascos, en concreto son terroristas nacionalistas vascos. Sí, como los que han matado en los últimos treinta años a casi mil personas. Son los mismos. Ahora actúan a la desesperada, como la fiera herida que quiere bañar en sangre su alrededor antes de desaparecer, pero son vascos, no te equivoques. Son vascos, no vienen de Júpiter, ni de la Luna, ni siquiera de Arabía Saudi; vienen del odio, están intensamente entrenados en el odio, tanto que han convertido en minerales a sus seres odiados, y por eso les asesinan, sin un deje de empatía).

Ojalá hoy miles de vascos, millones de ciudadanos del resto del España, salgamos a la calle. Es un ejercicio de autoestima democrática, no podemos permanecer indiferentes ante una barbarie que hace saltar los sensores humanitarios de un carámbano. Ojalá a partir de ahora no tengamos que oír -¡Nunca más!- que los que defendemos a las víctimas somos unos pesados, que estamos siempre con lo mismo. Ojalá algunos dejen de decir que el terrorismo no es lo más importante y que hay que centrarse en otras cosas que, esas sí, son las peligrosas para la democracia. Ojalá los que todavía no se han dado cuenta de la dimensión del problema se percaten de lo que es el terror, el terror nacionalista, sangrante de odio. Ojalá no tengamos que oír más afirmaciones como las de Ibarretxe sobre el carácter de los criminales, o ver atropellos como el de EA, que no irá a la manifestación porque no le gusta el lema.

Ojalá esta masacre sea el acta de defunción de ETA. De nosotros depende.

MADRID, 11 DE MARZO
JON JUARISTI ABC 12 Marzo 2004

LO peor se ha producido. Madrid, como Nueva York, como Jerusalén, como Bagdad y Kerbala, ha tenido su holocausto terrorista y, a partir de ahora, nada podrá ser como antes. Hemos entrado, definitivamente, en los nuevos e inclementes tiempos, sin margen para las esperanzas ilusorias ni para el humanitarismo blando. El Terror es hoy lo que es: una acelerada progresión mimética de la muerte, una asíntota disparada hacia el infinito por la emulación recíproca de los asesinos. Lo escribía aquí mismo, hace unos días, y créanme que lamento haber acertado: ETA y el terrorismo islámico son ya indistinguibles en sus formas de actuación. La matanza masiva e indiscriminada de ciudadanos: he aquí el grado cero del terrorismo de nuestros días. Olvídense del siglo XX. Estamos en guerra. Es una guerra mundial entre la democracia y sus enemigos, y esos enemigos (¿hace falta enumerarlos?) se llaman fundamentalismo islámico, nacionalismo étnico, neoestalinismo y neofascismo y nueva judeofobia. Todavía podemos atisbar algunas diferencias entre sus miserables discursos; dentro de muy poco éstas se desvanecerán y todos ellos serán el mismo. Lo Mismo: el discurso único -no merece ser llamado pensamiento- del odio a la democracia, que es odio a la libertad, odio a la ley y odio a la diferencia; es decir, a la auténtica e irreductible diferencia: la diferencia entre individuos, las diferencias entre ciudadanos libres que, aun siendo diferentes, han decidido vivir bajo las mismas leyes. Leyes que ellos mismos se han dado, nos hemos dado, para preservar nuestras diferencias.

La democracia tiene otros enemigos: la frivolidad, la desmemoria y el resentimiento. También éstos suelen ir unidos y constituyen juntos la quinta columna del Terror. Habitan entre nosotros. Son enfermedades de la democracia por cuyos síntomas se guían los terroristas, como se guía el misil por una fuente de calor. El resentimiento -comencemos por el final- de quienes atizan los sentimientos de agravio entre comunidades de una misma nación; sentimientos inmotivados o, mejor dicho, motivados únicamente por el resentimiento de unos pocos canallas. Madrid ha sido el objetivo escogido por ETA, porque los discursos de los nacionalismos sedicentemente democráticos han satanizado Madrid, que no es sólo la sede del gobierno de la nación, sino, y esto lo saben muy bien los nacionalistas de toda laya aunque finjan ignorarlo, el pueblo de Madrid, este magnífico pueblo de Madrid formado por gentes que no tienen, que no tenemos otra identidad común que la de ciudadanos y vecinos, gentes sin el agobio de las pesadillas vernáculas y de las lealtades tribales. Este pueblo valiente, sufrido y noble, como lo llamó Baroja, que hoy, mientras la cifra de los asesinados ascendía sin tregua, marchaba a pie, con semblantes contristados y serenos, hacia sus lugares de trabajo, para que su historia y, con ella, la historia de España continúe contra los que quisieran que se acabe. Porque hoy Madrid es, más que nunca, el corazón de España. Un corazón herido pero imbatible.

La desmemoria, otro de nuestros demonios. Con razón afirmaba Hobbes que la imaginación es sólo uno de los nombres que damos a la memoria y que, allí donde no hay memoria, no hay imaginación, porque la imaginación -y la imaginación política, en primer lugar- consiste en prever las consecuencias futuras de las acciones y decisiones del presente, a la luz de las experiencias del pasado. Detrás de este 11 de marzo, que a nadie quepa duda, está la desmemoria y la falta de imaginación de quien creyó poder cabalgar el tigre de ETA sin recordar que ETA jamás indulta a alguien sin condenar a otro, sin ser capaz de imaginar que la única prueba que ETA podría ofrecer de su hipócrita benevolencia hacia los catalanes era precisamente realizar una gran matanza de otros españoles que, como los trabajadores y estudiantes madrileños, no estaban incluidos en su edicto de gracia. Pero también está la desmemoria y la falta de imaginación de quienes creyeron posible cabalgar el tigre del nacionalismo sin recordar que nunca y bajo ningún concepto admitieron los nacionalistas someterse, en democracia, a dirección ajena alguna en un gobierno de coalición. Absurda ceremonia de olvidos y equivocaciones que ha alfombrado el camino de los matarifes.

Donde no hay imaginación, medra la frivolidad: la de los estúpidos que aconsejaron la negociación de indultos con ETA, autonomía por autonomía. La de quienes decretaron que la banda estaba en desbandada, vencida, neutralizada, hundida en la impotencia. La frivolidad de quienes acusaron al ministerio del Interior de haber urdido una farsa electoralista con la detención de Cañaveras. La de quienes han venido equiparando sistemáticamente al Partido Popular con los etarras. No daré aquí sus nombres, pero una de nuestras principales obligaciones éticas con las víctimas de este 11 de marzo es recordar no sólo sus nombres y los nombres de sus verdugos, sino los de quienes, desde medios de comunicación de enorme influencia, nos alentaron a bajar la guardia. Recordarlos y recordar qué hicieron cada vez que veamos sus nombres impresos en una columna periodística, cada vez que oigamos su voz en la tertulia de una emisora cualquiera.

Y contra ETA, todos a votar. Cada uno al partido que crea que defiende mejor sus intereses, por supuesto. Pero este 11 de marzo nos impone una pregunta, a todos y a cada uno de los votantes españoles: ¿es el partido que mejor defenderá mis intereses aquél que nos defenderá mejor a todos contra los asesinos de ETA? No es posible ya, después del espanto de la mañana del 11 de marzo, esquivar esta cuestión. Que cada cual dé la respuesta que juzgue más honesta en sus papeletas de voto, pero que nadie, por lo que más quiera, deje de plantearse dicho interrogante, porque ahora sí, ahora ya sabemos lo que está en juego en los comicios del domingo. Y ya no hay tiempo, no nos queda tiempo para lidiar con la frivolidad, la desmemoria y el resentimiento. Urge una respuesta firme y meditada, pero también rápida y comprometida con la gravedad del momento presente. Parafraseando a un gran poeta catalán, urge, de una vez, un planteamiento político de la realidad. ETA no debe salirse con la suya. No debe dividirnos más en lo esencial. No dejemos que triunfe sobre la democracia española el cúmulo de olvido, mentira y mezquindad al que la banda terrorista ha puesto un colofón de muerte y dolor que son hoy los de todos, de madrileños y de españoles en su totalidad, de izquierdas y derechas. Todos a las urnas, por la libertad. Se lo debemos a las víctimas. Nos lo debemos. Que, por encima del sufrimiento y de la tristeza, las elecciones legislativas de marzo sean la gran fiesta de la democracia española: una celebración de la vida.

NUESTRO SANGRIENTO 11-M
Por José Antonio ZARZALEJOS ABC 12 Marzo 2004

LLORAR, quedamente, abrazados al dolor de los familiares de las decenas de víctimas que los terroristas asesinaron ayer en Madrid, es la primera reacción y, en la conmoción más intensa de cuantas sean posibles, casi la única que en estas horas trágicas e inquietantes, brota de cualquier persona de bien. El respeto a los protagonistas de esta tragedia de dimensiones catastróficas impele a que cada ciudadano haga una introspección estrictamente personal, se cuestione a sí mismo sobre la naturaleza perversa de esta locura asesina y adopte una determinación ética que se proyecte sobre el común, despreciando -sí, despreciando- valoraciones que no tengan que ver más que con el espectáculo dantesco de la muerte, el crimen y el terror.

No es precisa ninguna otra apelación ideológica, ni partidista, ni telúrica. Este sangriento escenario es la imagen que devuelve el espejo en el que se mira ETA y en cuyos bordes se perfilan las sombras de los cómplices, de los complacientes, de los cobardes, de todos esos indigentes morales con mentes sectarias y perversas que serán capaces de, cuando los coletazos de la tragedia amainen, volver por donde solían: al circunloquio, al diálogo, a la equidistancia y a la ambigüedad.

No lo lograrán de nuevo porque la bestialidad etarra alcanzó ayer en Madrid tales proporciones de indiscriminación, de cuantía asesina y de vesania criminal que la memoria no podrá eludir el día más trágico y más infamante para ellos y para sus círculos concéntricos de compresión y de amparo. Puede que, como un escupitajo, se arroje sobre el agobio colectivo, sobre el sufrimiento intenso de los ciudadanos, sobre el desconcierto inicial de esta jornada de pesadilla, el argumento falaz -el que quieren los terroristas- de la «negociación» como «solución».

Si así fuera, se añadiría a los asesinatos la indignidad, pero llegará, otra vez, de nuevo, la negativa tajante a la rendición sugerida y la reafirmación en los principios esenciales de nuestra convivencia, que se traducen en la fidelidad a la unidad nacional, en la adhesión al régimen constitucional, en la confianza plena en el Estado de Derecho, en la defensa cerrada de los derechos y las libertades individuales y colectivas, en el apoyo a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, en el aliento a los Tribunales de Justicia para que apliquen y hagan cumplir la ley, en la plena identificación con la Corona como vínculo de unión y de representación de todos los españoles y en la solidaridad con el Gobierno democrático de España.

Oremos, quien tenga fe, por las víctimas; seamos conscientes de la tragedia; apliquemos la serenidad más decidida para que la justicia se aplique y, con el sentido más profundo de la retribución que proporcionará la justicia a los asesinos, sin rencor, no olvidemos este fatídico y trágico 11 de marzo de 2004. Nuestro particular y sangriento 11-M.

El turbante terrorista en España es una boina sobre una capucha
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital  12 Marzo 2004

Madrid acaba de vivir la mayor matanza de ciudadanos indefensos desde los asesinatos en masa de Paracuellos, durante la Guerra Civil, cuyo máximo responsable y pese a que su culpabilidad ha quedado archiprobada al abrirse los archivos soviéticos, sigue dictando lecciones de ética política desde la Cadena SER. Antes de Paracuellos, habría que remontarse a la degollina perpetrada por la soldadesca napoleónica contra el pueblo de Madrid para encontrar un crimen de tan atroces dimensiones. Pero nadie podrá decir que no se veía venir. Nadie podrá decir que el Gobierno no venía avisando.

ETA lo había intentado dos veces en los últimos meses: el día de Nochebuena en la estación de Chamartín y hace solo una semana, cuando fueron capturados dos etarras con media tonelada de explosivos camino de Madrid. El héroe de Perpiñán, el miserable sujeto que consiguió por fin que “antes de atentar contra España, ETA mirase primero el mapa”, sus compañeros de Gobierno en Cataluña del PSC e ICV y, por supuesto, el PSOE de Zapatero, no han vacilado en estos últimos días en emular al consejero de Justicia del Gobierno Vasco, Joseba Azkárraga, que dando una prueba más de su condición moral y política no vaciló en descalificar la extraordinaria actuación de la Guardia Civil ni en dudar de la gravedad del peligro terrorista en Madrid como si fuera un hecho de propaganda electoral del Gobierno. El PSOE, con Rodríguez Ibarra a la cabeza, secundó la hazaña del separatista vasco, y es que nada se parece más a los que disculpan a la ETA que los que disculpan los crímenes del GAL, aunque no sean crímenes idénticos. Lo idéntico es la indignidad moral y en eso no hay vencedores: todos llegan primero.

En estas circunstancias, nuestra posición política es la misma que hemos mantenido en nuestros cuatro años de vida: defensa inquebrantable de la Nación y de la Constitución; y, por tanto, respaldo inequívoco al legítimo Gobierno de España y a las instituciones que representan la soberanía de este pueblo español, masacrado por el terrorismo. Desde ese respaldo, insisto, sin fisuras al Gobierno de Aznar y a sus ministros, y muy en especial al ministro del Interior y a las Fuerzas de Seguridad del Estado, tenemos que alertar sobre la evidencia de que los etarras, como puso de manifiesto Otegui apenas conocido el atentado, y sobre todo sus cómplices, tanto de Perpiñán como de Estella, han puesto en marcha una campaña de intoxicación informativa que busca atribuir la masacre al terrorismo islámico para ocultar las responsabilidades de los comunistas, socialistas y separatistas que han pactado el protectorado etarra en Cataluña y, de paso, achacarle los muertos al Gobierno a cuenta de la Guerra de Irak. Y nos habría asombrado, o directamente espantado la torpeza del Ministerio del Interior en el día de ayer para hacer frente a esta campaña si no conociéramos la absoluta incapacidad del PP para entender los mecanismos más elementales de la comunicación y de la propaganda, hecho que no está reñido con una absoluta claridad de ideas y una voluntad inquebrantable en defensa de España y sus libertades, que es lo fundamental.

No vamos a insistir en la crítica porque ni es el momento ni sería justo. Sí le pedimos al Gobierno que no improvise ante las cámaras, que no se aflija inútilmente y que no se atonte en público como en él es costumbre. Las ideas claras necesitan mensajes claros, y no enredarse en circunloquios ni curarse en salud informativa ante no sabemos qué doctores. Las ideas y mensajes deben transmitir a la ciudadanía una firmeza implacable en la lucha contra el terrorismo separatista vasco, que era nuestro peor enemigo antes de la masacre de ayer y seguirá siendo nuestro peor enemigo después de enterrar a los muertos. Que se siembren pistas falsas para despistar a la policía o que el terrorismo islámico, tan necesitado de propaganda como la propia ETA, se atribuya el atentado no significa absolutamente nada. Los datos siguen siendo los que son: ETA ha tratado ya de provocar una masacre en una estación de Madrid y con el mismo modo de actuación que en Nochebuena, lo ha conseguido. Punto.

Es natural que los que no tienen la conciencia limpia o, sin tener conciencia, temen por sus resultados electorales el domingo, traten de arrojar los muertos de ayer a los pies del Gobierno. Si encima pueden ocultar sus pactos de Estella y Perpiñán en la guerra de Irak, miel sobre hojuelas. Hemos visto ya de lo que es capaz la Izquierda a la hora de manipular los vivos y los muertos. Ninguna abyección puede en ellos sorprendernos. No obstante, ¿sería mucho pedir al Gobierno de la Nación que no colabore con sus enemigos? No sólo porque sean suyos sino porque son y van a seguir siendo los de España y los de la libertad. Que sean etarras criados en el catolicismo, convertidos al Islam o paganos doctos en sacrificios humanos no altera lo sustancial: hay que destruirlos. Esperemos que la pavorosa mediocridad intelectual y la probada nulidad política de los medios informativos gubernamentales no convierta una jornada de lucha implacable contra el terrorismo en un día de confusión nacional, donde los criminales puedan eludir su responsabilidad y los políticos responsables acaben pidiendo excusas en vez de exigirlas a los titiriteros equidistantes y a los dialogueros miserables. El turbante terrorista en España es una boina sobre una capucha. Y hay que acabar con el terrorismo de boina y, por supuesto, de turbante. En Madrid, en Manhattan, en Bagdad, en Caracas, en Jerusalén o en La Habana. Es una guerra, sí, contra nuestra nación y nuestra civilización, donde tiene un papel fundamental la propaganda, “el otro nervio de la guerra” en definición famosa del infame Napoleón. Pero por eso mismo, porque nos va la vida y el honor en ello, porque nos jugamos la dignidad y la libertad, no podemos perder. Cueste lo que cueste, vamos a ganar.

Con plomo en las entrañas
Antonio Muñoz Molina es escritor El País 12 Marzo 2004

Cuando se consiente vivir demasiado tiempo en el delirio el despertar es una pesadilla. El sonido de las explosiones y de los timbres de teléfonos en la mañana de marzo nos han despertado a la pesadilla inconcebible de un crimen de una escala para la que no existe comparación en los últimos sesenta años de la historia de Europa, pero yo no estoy seguro de que la crueldad de este golpe sea suficiente para abrir tantos ojos y tantas conciencias empeñadas en no ver la realidad y en seguir alimentando esa confusión espectral de delirios
colectivos en la que se ha convertido la vida pública española.

Qué miedo da ese teléfono que suena a deshoras, que irrumpe en el sueño y en la oscuridad o salta como un disparo en la claridad todavía muy pálida del amanecer. Pero más miedo que los teléfonos dan ciertas palabras y ciertos silencios, porque las palabras matan con la misma eficacia que los disparos y hay silencios tan preñados de infamia como las peores injurias.

Lo que acaba de ocurrir en Madrid no habría sido posible sin muchos años de palabras envenenadas y de silencios criminales, de delirios colectivos que se han superpuesto a la realidad y a la razón con tanta eficacia como para convertir en apestados a quienes no los comparten. Cuántos años de adoctrinamiento, de veneno ideológico, de putrefacción moral, hacen falta para que unos cuantos individuos nacidos en un país democrático y con alto nivel de vida se vean a sí mismos como miembros heroicos de una patria oprimida, y puedan con
toda frialdad planear y ejecutar el asesinato de cientos de personas a las que no han visto nunca, pero a las que
consideran de antemano culpables, ni siquiera humanas, merecedoras de morir destrozadas en el tren en el que acudían una mañana cualquiera a su trabajo o a su lugar de estudio.

Cuántas veces se les ha enseñado en las escuelas, en los periódicos, en la televisión, a despreciar y odiar ese lugar siniestro al que llaman "Madrid", pronunciando la palabra con la adecuada entonación de sarcasmo y desdén, porque en ese Madrid habitan los que no son como ellos, los que son inferiores, los que están al otro lado de la divisoria feroz entre el nosotros y lo nuestro y la niebla de todo lo que es ajeno y enemigo. Se ha construido fríamente el delirio, se ha alimentado en los libros de texto, en los mapas, hasta en los púlpitos de las iglesias. Se ha celebrado públicamente a los asesinos y se ha infamado a las víctimas. Se han dedicado calles a los verdugos, se les ha canonizado como encarnaciones de Cristo o de Che Guevara o de los dos al mismo tiempo: y mientras tanto a sus víctimas se las ha condenado a la exclusión, se les ha negado con saña hasta el
consuelo de funerales religiosos, se las ha forzado a cruzarse por la calle con los mismos que destrozaron sus vidas. A los que se empeñaban en denunciar el escándalo de la persecución y la amenaza diaria en el País Vasco se les ha acusado de aguafiestas, y progresivamente se les ha querido arrinconar en la sospecha, cuando no en la directa culpabilidad: culpables de extremismo, de oportunismo, de complicidad con la derecha, hasta de beneficiarios del dinero turbio del poder.

Las madres, que en cualquier sociedad normal procuran inducir la templanza en sus hijos, en esa tierra han azuzado con frecuencia a los suyos. Los adultos, en vez de alentar la racionalidad en los más jovenes, los han intoxicado de odio. Y muchos de los que no han dicho nada, de los que no han hecho nada, han preferido callar, por comodidad o por cinismo, por dejarse llevar, por simple frialdad de corazón. Si no participan en el delirio, se han instalado confortablemente en él. No corren peligro, tienen las manos limpias y la conciencia tranquila.
Nadie les va a acusar de hacerle el juego a la derecha.

Porque ese es otro de los delirios que han vuelto tan turbia la vida española: la perversión según la cual es progresista el nacionalismo étnico y tribal y reaccionaria la defensa de la Constitución y de las libertades civiles, del mismo modo que parecen y se presentan a sí mismos como más de izquierdas los que impúdicamente aspiran a romper la solidaridad común para quedarse los beneficios íntegros de sus privilegios. Con argumentos de superioridad racial en unos lugares, de sofisticación cultural y política en otros, se ha ido creando un
enemigo común que es ese estado central que representa y personifica Madrid. Madrid es el espantajo al que se le puede atribuir la responsabilidad de cualquier oprobio: del cautiverio de los vascos o de los infortunios de los catalanes, del atraso de Andalucía, de la postergación de Canarias, de la marea negra del Prestige o la pobreza de Galicia, de todo aquello que desbarató la felicidad original de cualquiera de las comunidades ancestrales que en los últimos veinticinco años se han ido creando en España. La palabra Madrid la he oído
pronunciar con odio en San Sebastián y con cultivado desdén en Barcelona. Parecería que en Madrid sólo viven opresores, explotadores, policías, gente burda y racista cuya única obsesión en los últimos dos siglos ha sido la de conspirar contra la libertad y el progreso de los nobles pueblos periféricos.

Es un delirio conveniente: le permite a uno disfrutar de las ventajas de una perfecta inocencia, y de un enemigo lo bastante vago y a la vez lo bastante preciso como para atribuirle la culpa de todas nuestras desgracias.

Al fin y al cabo, en Madrid está la sede del Gobierno central, contra el que cualquier insulto es legítimo, y al que se presenta no ya como un Gobierno de derecha, que lo es, sino como una prolongación de la dictadura franquista. Leyendo los periódicos, escuchando a algunos locutores de radio, a algunos artistas o literatos que se han erigido en adalides de una presunta rebeldía popular, se diría que este Gobierno no llegó al poder después de unas elecciones libres, sino en virtud de un golpe de Estado.

Se ha dicho y se ha escrito que el partido que ahora gobierna es idéntico a los terroristas en su extremismo o en su inmovilismo, que es el de los mismos que asesinaron a García Lorca y de los que cantaban el Cara al Sol. Se ha dicho, se ha escrito, se ha repetido cualquier cosa, mezclando la verdad con la mentira, los motivos justos de discordia y de rechazo con las acusaciones más insensatas: el resultado ha sido una ruptura de los elementos más primordiales de la concordia civil, una deslegitimación del Estado que no mina a este Gobierno, sino al edificio mismo de la democracia.

Y en esa confusión resulta que un botarate que ha infamado la representación popular que ostentaba para chalanear no se sabe qué con los cabecillas de los asesinos aparece como un campeón de la tolerancia y el diálogo, y ve aumentar plebiscitariamente los votos de su partido, mientras que a los defensores de la legalidad se les presenta como a peligrosos extremistas; y a un hombre recto y valeroso como Fernando Savater se le calumnia y se le impide hablar en una Universidad, mientras que a cínicos que vivieron confortablemente en el franquismo los envuelve un prestigio de rebeldía; y una mujer socialista que ha visto asesinado a su hermano en el País Vasco viaja a Madrid para presentar un libro sobre el coraje y el dolor de su familia sin que ni un solo cargo público de su partido haga acto de presencia; y lo más selecto de los directores de cine del país rueda una película sobre las más de treinta variedades del oprobio que nos azota en estos tiempos y ninguna de ellas tiene que ver con el terrorismo; y se denuncia la falta de libertad de expresión y la manipulación de las televisión pública sin mencionar si quiera a quienes en el norte han perdido la vida y a los que se la siguen jugando por decir en voz alta lo que piensan, ni encontrar censurable la manipulación de esas televisiones oficiales cuya principal tarea es la de propagar las formas más extremas del delirio nacionalista.

Vi muy de cerca, un septiembre de hace casi tres años, cómo otra ciudad muy querida para mí era golpeada por el terror: pero allí no hubo nadie que no se volcara de corazón en el auxilio y en el consuelo de las víctimas, nadie que tuviera la desvergüenza ni la inhumanidad de justificar a los asesinos o de instalarse en una equidistancia que volviera más o menos iguales a los que mataron y a los que murieron, a los inocentes y a los culpables. Fui testigo de actos de una entereza y un coraje cívico que se han repetido en este día de luto y de horror en Madrid, y me di cuenta de que nada es más frágil que la vida humana, nada más fácil de destruir que los delicados mecanismos que mantienen en marcha una ciudad, la rutina diaria de quienes la habitan, la gente de bien que va a su trabajo cada mañana y que no tiene la culpa de los delirios homicidas, de los fantasmas sanguinarios que surgen del fanatismo religioso o ideológico.

Hace unos años, uno de los más desalmados envenanadores de la convivencia democrática en España declaró con su habitual mueca de desprecio, hablando del Guernica de Picasso, que a los "vascos" (sic) les habían tirado las bombas, y que los cuadros se los quedaban "esos de Madrid". Ahora Madrid ha sufrido una calamidad tan criminal como las que provocaban durante la guerra los bombardeos de la aviación fascista: se ve que algunas bombas, después de todo, también nos tocan a nosotros, y que como entonces se ceban en los barrios pobres, en la gente trabajadora, en los más inocentes. En noviembre de 1936, según el poema de Antonio Machado, Madrid sonreía "con plomo en las entrañas", y en medio del dolor era la fortaleza popular que resistía gallardamente la agresión del fascismo.

Hay demasiado plomo, demasiada metralla en las entrañas populares de este Madrid que madrugaba para las obligaciones y las dignidades del trabajo, para el heroísmo menor de todos los días, cuando los emisarios del crimen asaltaron la ciudad con una fría decisión genocida. Pero uno quisiera que esta pesadilla tan amarga y real sirviera al menos para despejar en algunas conciencias la niebla del delirio: para que no se sigan repitiendo tantas palabras intoxicadoras, tantos silencios de endurecido cinismo, tantas mentiras, tanta frivolidad intelectual y política. Como aquel 11 de septiembre en Nueva York, quizás la facilidad espantosa de la destrucción nos ayude a cobrar conciencia del valor de lo que tenemos, de lo preciosa y lo frágil que es esa trama de actos, de costumbres, de tareas, de sobreentendidos, de concesiones mutuas, que es la materia misma de la vida y de la libertad humana.

No olvidaremos y no perdonaremos. No dejaremos que se esconda en la impunidad ningún asesino, que se borre en el anonimato de las cifras la cara o la identidad de ninguna víctima. Ésta es una promesa que me hago a mí mismo: no permitiré que nadie, en mi presencia, infame o ponga en duda la dignidad de los que ahora sufren, no aceptaré delante de mí más palabras embusteras o cínicas que enturbien la clara línea de separación entre los inocentes y los verdugos, no me rozaré con nadie de quien tenga la sospecha de que se ha infectado con su cercanía.

TODOS A LAS URNAS
Por M. MARTÍN FERRAND ABC 12 Marzo 2004

HAY una diferencia fundamental entre el 11-S, el bárbaro atentado que derribó las Torres Gemelas, y el 11-M, la masacre que ayer se llevó por delante a dos centenares de vecinos de Madrid. Son dos casos límite de terrorismo asesino e indiscriminado; pero, mientras en Nueva York los ciudadanos no llegaron a ver una sola gota de sangre, aquí las televisiones tiñeron de rojo sus programaciones. Cada cual puede, y debe, sacar sus propias conclusiones para valorar esa diferencia. Personalmente vivo la confusión entre el sentimiento ciudadano y la dedicación profesional. Lo pregunto porque no lo sé: ¿el descarnado tratamiento audiovisual de tan triste suceso, amplifica según sus deseos la acción de ETA? Sería capaz, con la misma convicción, de responder afirmativa y negativamente esa cuestión y ese asunto, cuando se serene el ánimo, exige uno de esos debates públicos que, con tanta voluntad, nos ahorramos en España.

No es prudente, al hilo de la situación, confundir nacionalismo con terrorismo. El terrorismo vasco es una manifestación patológica de un nacionalismo caduco, tan socialmente activo como intelectualmente y moralmente injustificable; pero superponerlos es dotar a los asesinos de una suerte de cobertura política que no cabe en las mochilas repletas de explosivos con las que ETA, una vez más, se personó ayer en un proceso democrático. Las bombas han ampliado a tres días la tradicional «jornada» de reflexión. La que corresponde es la de acudir a las urnas. Ésa es la mejor, más cívica y útil respuesta a la provocación etarra. La única que puede contribuir a la erradicación total de la banda.

Para esta tarde el Gobierno ha convocado una manifestación multitudinaria para, unidas todas las fuerzas democráticas, expresar de manera unívoca y rotunda la repulsa a ETA, sus amigos y beneficiarios. No es frecuente, ni normal tan siquiera, que sean los Gobiernos los convocantes de las manifestaciones populares. Su tradición concuerda con el impulso contrario; pero, tampoco es normal que un grupo asesino apague las palabras de los líderes democráticos en plan liturgia electoral. Valga la excepción con el límite de una cabecera plural al frente de la manifestación. Ni el asesinato ni su repulsa pueden tener sentido y alcance democrático o utilización política.

El único consuelo que nos trajo la dolorosa jornada de ayer fue el comprobar que todos los servicios de emergencia, estatales, autonómicos y locales, incluso privados, funcionaron a la perfección y, al tiempo, poner en evidencia la madurez, solidaridad y buen sentido de una sociedad que, aunque muy castigada por el terrorismo y el disparate de sus mentores, no quiere confundir venganza con justicia. Ahora sólo resta votar como ciudadanos, rezar como vecinos, llorar como personas y esperar que las Policías y la Justicia cumplan con su trabajo. Amén.

ESPAÑA MASACRADA
CARLOS HERRERA ABC 12 Marzo 2004

¿CAMBIA mucho la muerte de los muertos en función de quién sea el que dispare? No. Pregúntenselo a las madres, a los hijos, a los hermanos. No supone alivio ninguno saber que el asesino tiene otro nombre, por lo que nuestro respeto por los muertos y por sus familiares sigue siendo el mismo, y la rabia sigue siendo la misma, y la indignación la misma. Otra cosa es que, cuando escribo el suelto, las cosas evolucionen en otro sentido y algo nos diga que no ha sido quien creíamos que ha sido y pueda ser quien no creíamos que pudiera hacerlo. Si tras las mochilas cargadas de explosivo está el terrorismo islámico en lugar del vasco sólo tengo que cortar y pegar y sustituir a Josu Ternera por Bin Laden. Conviene tener prudencia y esperar a que concluyan las investigaciones, pero valga adelantar que si el asesino es otro que ETA ello significará que España tiene otro enemigo igual de cruel, de satánico, de enloquecido que la organización nacionalista vasca. Es fácil pensar, por otra parte, que las bombas hayan llegado desde el sur de Francia: ya lo han intentado otras veces y con características semejantes, siempre en Madrid, poco antes de unas elecciones, en una estación de tren, con furgonetas llenas de trampas... Tan fácil que el mismo lendakari Ibarreche fue el primero en salir a los medios a condenar el atentado atribuyendo a ETA la autoría. Tras él, los demás. Tras los demás, la gente, la calle, la ciudadanía, la cual ha vivido un estallido de furor difícilmente igualado en la historia moderna de nuestra nación. Al-Qaida mata infieles y ETA mata demócratas, e infieles y demócratas vienen a ser lo mismo para ambos grupos, con lo que cualquiera de los dos puede haber sido el asesino.

BIEN se ha reivindicado de forma oportunista, bien uno de los dos le ha hecho el trabajo sucio al otro, pero los muertos sí que son los mismos y si no pueden ser utilizados en contra de unos tampoco lo pueden ser en contra de otros. Si ETA ha matado lo ha hecho al estilo afgano-iraquí, tapándose los ojos y dejando la dinamita; si ha matado Al-Qaida —coincidiendo con otro día once— lo ha hecho usurpando el escenario favorito de los etarras y copiando sus maniobras habituales. Sigue valiendo, para uno y otro caso, la llamada a las urnas que se ha venido haciendo desde estas páginas y que configura la mejor y más radical respuesta de los ciudadanos en contra del terror: la democracia nunca puede dejarse amedrentar por el fuego y la ira, debe ser defendida con la soberanía del voto y conviene ser ejercida mediante la sublime consagración de las urnas. A votar, a votar el domingo, a reafirmar que ni unos ni otros podrán con nosotros, ni los recalcitrantes terroristas vascos ni los fanáticos islamistas que blanden el Corán en una mano y la metralleta en la otra.

PUEDE, insisto, que tengamos que desdecir parte de lo dicho, que debamos reorientar la rabia, pero aunque cambien los asesinos, los muertos siguen siendo los mismos y las consecuencias de la muerte siguen siendo las mismas para los familiares de aquellos que tomaron un tren a las siete de la mañana rumbo a la muerte, a la destrucción, a la sangre derramada. Sigue siendo la misma España la que sale a la calle a reafirmar su amor por su gente y su país. Sigue siendo la misma infamia la que guía la mano del criminal. Sigue siendo la misma solidaridad la que conmueve a los españoles de bien. Sigue el dolor, sigue la pena, sigue la cólera.
Siga Dios bendiciendo sus almas y siga la justicia de los hombres persiguiendo a sus asesinos.

Respuesta ciudadana y política
Editorial Heraldo de Aragón  12 Marzo 2004

Queremos asumir esas cargas y sin límite de tiempo. No repararán nunca la tragedia, pero hay que paliar el daño lancinante y el dolor inconmensurable de los vivos, privados de sus seres queridos, cercenadas unas vidas, enlutadas otras para siempre. Madrid, hoy más que nunca hogar común de los españoles, se ha volcado en una conmovedora prueba de solidaridad y civismo.

Los terroristas destrozan inicuamente vidas y familias, para negar el sistema democrático y perturbar su manifestación más limpia: el ejercicio del voto. La matanza ha cercenado la campaña, suspendida por todos los partidos que afrontan, ahora, su mayor responsabilidad.

La extrema gravedad de los hechos exige compromisos firmes. Los partidos democráticos no pueden ser tibios ni parecerlo. Si no lo hubiera hecho ETA -que está por ver- es porque no ha podido: lo ha intentado varias veces. Matan los terroristas, y nadie más, sin duda.

Pero sería más humano y reconfortante ver al lendakari afirmarse como una autoridad nacida de la Constitución y no reticente contra una España que padece el terror y soporta la voz de los aliados de la muerte en el Parlamento vasco.

Carod-Rovira insistía aún ayer en la necesidad de "seguir hablando", ciego ante el hecho de que el terrorismo persigue imponerse y atiende sólo a unas reglas: las suyas, como todo integrismo exacerbado y fanático. Los dos grandes partidos españoles son fuertes baluartes contra el terror y, además, sus víctimas habituales. El PSOE ni merece ni debería seguir cargando con la aflicción que generan los amigos del "diálogo" a toda costa. Y el PP y su Gobierno tienen el deber de liderar la unidad y facilitarla sin regateo, prescindiendo de la refriega electoral: los ciudadanos sacarán sus propias consecuencias.

El terror no debe imponernos nada, salvo el dolor y la rabia. Disponemos de un instrumento valioso este domingo: una participación masiva a favor de la política, que es la antítesis del terror y la muerte. El terror debe perder también esta batalla y el voto es una gran respuesta a nuestro alcance. Un voto con las víctimas, contra el terror, por la libertad y la vida, abierto y decidido por la España constitucional y por sus leyes. Que no quepa duda.

Capital del dolor
Faustino F. ÁLVAREZ La Razón  12 Marzo 2004

Madrid, la ciudad de todos, la abierta, la tolerante, la mestiza, es hoy la capital del dolor de los españoles bien nacidos. Los etarras han asesinado a decenas de personas, a gentes que acudían a su trabajo en tren en una mañana de un jueves de rutina en el corazón de marzo, mientras la campaña electoral llegaba a sus últimos mítines.

Las palabras han vuelto a sus corrales, y aparecen el dolor y la rabia contenida. Todos sabíamos que una tragedia de esta magnitud podía ocurrir: está en los manuales que los últimos coletazos de la bestia pueden ser terribles, y ya sabíamos de otros recientes intentos de atentado felizmente abortados por la Policía y la Guardia Civil.

Mas, a pesar de esa intuición y hasta de esa prevención, hoy nos parece imposible que haya sucedido lo que es una cruda realidad de cadáveres, heridos, hierros retorcidos, miedo, angustia entre las gentes que buscan a sus familiares, y una pena honda que repta por las calles de Madrid y se sube a los corazones y se anuda en las gargantas.

¿No dispone Dios de una «moviola» para darle marcha atrás al tiempo, para llevarlos al instante anterior a las explosiones, para procurar que a los asesinos les hubiesen temblado las manos y hubiesen desistido de sus planes?

Hoy el mundo entero mira hacia Madrid, como en aquel 11 de septiembre miró hacia Washington y Nueva York. Hoy Beirut y Tel Aviv ya no quedan tan lejos, y estamos ante un paisaje de cráteres y sangre, de llantos y de luto.
En estos casos, como ocurre en los hogares ante alguna desgracia, los españoles, como una gran familia, distinguimos mejor que nunca lo importante de lo accesorio, lo sustantivo de lo adjetivo; y la demagogia, del palpitar de la vida o del silencio frío de la muerte.

Se han apagado los mítines y se ha encendido la pena, y no hay ni un minuto que no sea para estar al lado de las víctimas, para llorar por dentro, y para la rabia contenida, y, sobre todo, para una nueva apuesta por la vida, por la paz y por la libertad. Es también un momento para reflexionar sobre lo que de verdad nos conmueve, sobre lo que es capaz de poner en pie a toda una nación, de sacarnos a la calle en la tarde de mañana, de que decenas de miles de españoles de buena voluntad se unan en un abrazo.

Los que juegan irresponsablemente entre las amenazas de los matones aprenderán, ya tarde, cuál es el precio de su frivolidad. Los que mezclan obscenamente reivindicaciones políticas y tolerancia o complicidad con el terrorismo, que al menos se callen en esta hora y no tengan la desvergüenza de lamentar algo que a todos se les ha escapado de las manos.

A cuarenta y ocho horas de unas elecciones, la democracia ha de salir fortalecida de esta tragedia. La abstención, el desencanto o el pasotismo ya tienen argumento, y motivo terrible, para no quedarse en casa, y para demostrar la unidad de todos en torno a la Constitución, al sistema de participación, a la representación institucional, a la vertebración de una sociedad que no quiere más que la paz.

Sé que las palabras, en estos momentos, suenan a huecas, y todos miramos con respeto a ese Madrid, rompeolas de todas las Españas, ciudad que siempre es puerto de acogida, y que sufre en el epicentro de su corazón el dolor de todos.

Hoy o mañana, a medida que se vayan convocando las manifestaciones de rechazo contra los terroristas y de solidaridad con las víctimas, hay que salir a la calle. Tal como la sociedad española reaccionó, unánime, tras la intentona golpista del 23-F, también lo hará ahora para que los etarras, desde sus madrigueras, y ojalá que desde la cárcel si fuesen detenidos, comprueben que nuestra sociedad está unida y sólo odia al dio mismo. Salir a la calle, cada uno en su ciudad o en su pueblo, junto a los vecinos, al lado de aquéllos con quienes se encuentra cada día en el trabajo, en el café o en el fútbol, es una saludable forma de consuelo de tantos corazones estremecidos.

Resultó impresionante la reacción inmediata de muchos españoles, entre el horror y la grandeza, reclamando leyes más duras contra los terroristas, pero rechazando la pena de muerte incluso en unos instantes en que la situación emocional podría haber hecho comprensible algún desahogo en el camino de la ley del talión. Pero no fue así: entre lágrimas, el clamor de los ciudadanos iba en la dirección de la eficacia policial, de un sistema judicial en el que no existan fisuras por las que se escapen los asesinos, de un riguroso cumplimiento de las penas y, en fin, siempre con la grandeza de respetar todas las vidas humanas, sin sillas eléctricas ni inyecciones letales, que es algo que nos distingue a los hombres de las bestias.

A medida que, en la tarde de ayer, se iban conociendo nuevos detalles, quizá en apariencia los menores ante la magnitud de la tragedia, más nos horrorizamos. Resulta difícil resignarse a que un ser humano pueda ser tan cruel con sus semejantes, a que se pueda actuar con esa carga de maldad y vileza contra los otros.

¿Con qué zarpas acarician a sus hijos los terroristas? ¿Con qué garras abrazan a sus amigos? Aquel poema de Dámaso Alonso, del Madrid nocturno del millón de cadáveres, según las últimas estadísticas, era una provocación lírica y casi surrealista al lado de lo ocurrido.

Hoy Madrid se ha convertido en la capital mundial de la solidaridad, con venas que se entregaban a los bancos de sangre, donde los médicos, las enfermeras, los bomberos y los policías que estaban de descanso acudían a sus puestos y donde todos los madrileños eran un solo voluntario frente a la muerte nunca ajena de los otros. Ayer el cielo de Madrid era desgarradoramente humano, con la sangre clamando desde las arboledas.

EL VOTO DE LAS HIENAS
Por Jaime CAMPMANY ABC 12 Marzo 2004

ESCRIBO hoy estas palabras como desgraciadamente tenemos que escribir algunas veces los periodistas: sorbiéndome las lágrimas y apretándome el corazón al contemplar en la pantalla del televisor las carnes desgarradas y la sangre esparcida de centenares de españoles inermes, desapercibidos, inocentes. Miro agonizar y morir a estas gentes ajenas a la locura de los fanáticos, de los enfermos de la lepra de la saña, que quieren e intentan imponer sus ideas políticas desaforadas a fuerza de matar a sus semejantes. En un momento, Madrid se ha convertido en una ciudad enloquecida de horror, sembrada de cadáveres y de heridos, desgarrada de prisas, de sirenas, de gritos de dolor y de tristeza.

Ha madrugado la muerte. Bajaron de sus cuevas del norte las hienas de la manada terrorista y han destrozado muchas vidas de paz, de trabajo o de estudio. Después de haber visto frustrados varios de sus bestiales atentados, planificados con toda frialdad en una lejanía cobarde, por fin los criminales etarras han logrado burlar la vigilancia de las Fuerzas de Seguridad y han alcanzado el corazón de Madrid, que es el corazón de España, con una de las más numerosas y terroríficas matanzas de toda la siniestra historia del terrorismo.

Sabíamos que ETA preparaba desde hace días algún atentado de alcance excepcional precisamente en estas fechas de víspera de las elecciones. Los etarras querían poner brutalmente en las urnas el único voto que tienen para darnos su maldita opinión y sus salvajes ideas: el voto de la sangre, el voto de la muerte, el voto del horror, el voto del luto y el voto de la guerra. En Atocha y en las demás estaciones reventadas por las terribles explosiones, los etarras han dejado una vez más su declaración de guerra contra el pueblo español, pacífico y laborioso, y en esta ocasión de manera muy especial contra la buena, hermosa y madrugadora gente del pueblo que marchaba a su trabajo para ganar su pan de cada día.

Con ese propósito, han elegido bien los asesinos el lugar para sembrar la muerte y el luto. El tremendo coletazo de la bestia ha descargado sobre los trenes de cercanías atestados de obreros y de empleados. El resultado del coletazo de una banda acorralada y desesperada, acosada por todos sus flancos, ha sido tan sangriento que casi no se encuentra precedente en todos los macabros episodios que haya provocado ETA. Y también han elegido con premeditación y cuidado el momento para matar y para sembrar el terror. Se trata de lanzar un desafío más insolente que nunca a nuestra democracia y a todos los españoles, precisamente cuando nos disponemos a ordenar nuestra vida y a decidir nuestro futuro con las armas blancas e inofensivas de la palabra, del diálogo, de la paz y de la libertad.

Esta masacre sin sentido obliga a los españoles a reafirmarnos en su rechazo a esa minúscula facción que ensangrienta nuestra convivencia; a pedir a sus gobernantes la máxima firmeza y diligencia para defender la paz; y a esperar que sirva para hacer reflexionar a los que recogen estas macabras nueces, a los que visitan y dialogan con los etarras y a los que pactan con ellos responsabilidades políticas y cargos de gobierno.

11-M
Una manifestación sin lemas
Gorka Etxebarría Libertad Digital

En medio de la masacre que ha asolado Madrid, hemos tenido el honor de recibir la solidaridad de Ibarretxe quien, como de costumbre ha condenado el acto y se ha apuntado el tanto. Y vaya tanto. Hablemos de eso. Pues se trata de una manifestación sin lemas. Sin lemas para no ofender. No vayamos a cabrear a Otegui y sus amigos que si bien dicen que no harían nunca eso, por mucho que le demos vuelta a la cuestión, no se nos ocurre quién ha podido cometer semejante genocidio.

Y sin lemas, en pleno relativismo moral porque todos sabemos que ETA no es más que la suma de nacionalismo y socialismo. Y que los nacionalistas llevan más de 20 años diciendo que la culpa de todo la tiene España. Como suele ser habitual, cuando uno se dedica a mentir y a manipular siempre sale un hijo pródigo, Arzalluz dixit, que se toma las cosas en serio y empuña un arma.

Ante esta manifestación, aunque muchos vayamos a estar en Euskadi este fin de semana, no deberemos asistir. No lo haremos porque no queremos estar al lado de quien en el fondo opina lo mismo aunque no mate, de quien critica la ilegalización de batasuna o el cierre de Egunkaria y alega que todo se basa en el odio español hacia lo vasco.

Las manifestaciones deben tener lemas (¿o no señores artistas con sus coplas anti-guerra?) y las que no lo tienen empañan la memoria de los muertos, cientos de muertos. Lo que no tenemos que hacer es dejarnos carcomer por la ira y pedir a gritos la suspensión de la autonomía vasca porque los vascos no tenemos la culpa, al menos los no nacionalistas, de los desvaríos nacional-socialistas.

Ahora más que nunca debemos atacar la raíz del problema: el nacionalismo. Mientras que parte de la izquierda en suma, siga apostando por el diálogo y el reconocimiento de la legitimidad de las pretensiones nacionalistas no habrá solución al dichoso “problema vasco”. Esto mismo es lo que se desprende de quienes tienen los bemoles de asegurar que este “error”(sic) va a dar la mayoría absoluta el PP.

...Y ETA miró el mapa
Gregorio Robles La Razón  12 Marzo 2004

Seguramente no hacía falta que un hombrecillo hablara con la banda terrorista ETA para pedirles que, antes de atentar, miraran bien el mapa. Desde siempre esta cuadrilla de matarifes y asesinos han recorrido la geografía española sembrando el miedo y el terror con el objetivo de subyugar la vida de un pueblo libre. Desde siempre no ha sabido hacer otra cosa que matar, y lo ha hecho con la cobardía que les caracteriza, la del pistolero que dispara a su víctima en la nuca, la del fanático que en la oscuridad de la noche deja el coche-bomba y sale huyendo.

Ayer, ETA perpetró la mayor masacre de la historia de España desde la Guerra Civil. Y lo hizo con la misma vesania que la caracteriza pero subiendo el nivel de sus objetivos. No sólo ha querido hacer acto de presencia en la campaña electoral, como es su macabra costumbre. No sólo ha pretendido demostrar que, en contra de lo que pueda creerse, sigue teniendo lo que llaman capacidad operativa para generar el horror. Ayer se ha propuesto ante todo lanzar el mensaje de que su intención aniquiladora no tiene límites, de que por reducida que esté su estructura de base y limitadas sus posibilidades, no dejará de haber una oportunidad para hacer saltar por los aires a centenares de personas.

No ha sido un ataque directo al aparato del Estado, sino al elemento más sensible de éste, su población. Ha sido ante todo un mensaje cargado de veneno para toda la sociedad española, que hace poco ha visto consternada de qué manera los partidos democráticos tienden, en cuanto hay elecciones, a «matizar» sus posiciones frente al terrorismo. Están muy bien las declaraciones de los líderes. Pero de declaraciones que no se corresponden con las obras estamos ya hasta los mismísimos. A un partido político hay que medirle, al margen de cualquier otra consideración, por las acciones y omisiones que protagoniza.

¿Qué puede importar lo que diga un Ibarreche mostrándose compungido por las numerosas víctimas en Madrid, si a la vez no retira su plan? ¿A quién interesa lo que diga si el PNV no acata la sentencia del Tribunal Supremo de echar del Parlamento vasco al brazo político de ETA? ¿Qué quiere decir cuando afirma que no es lícito utilizar «partidariamente» el atentado? ¿Acaso el terrorismo no es el principal problema político que tiene España? ¿O cree este señor que el hecho de que mueran cientos de personas es algo que no tiene nada que ver con la política, incluido él mismo?

No se trata de «utilizar» nada; sino de decir las cosas bien claras y bien altas. Y entre esas cosas está que España tiene enemigos dentro de ella que no cesarán hasta romperla, y que a estos enemigos no se les puede responder con paños calientes ni con monsergas que a estas alturas son mera hipocresía. ¿Y qué decir del señor de la Esquerra que se va de excursión a la selva etarra para «dialogar» con sus matarifes y decirles que sean buenos chicos, que hablando se entiende la gente?

Este buen señor nos ha tomado a todos los españoles por gilipollas. Pero lo que más pena causa es que un partido como IU, que alberga en su seno al PCE, el cual fue decisivo para la transición pacífica a la democracia, esté sosteniendo en el Gobierno vasco al brazo político de la banda terrorista. Da la impresión de que, con tal de desbancar a la «derecha», como dicen ellos, son capaces de poner una vela, más bien corta, a Dios y otra al diablo, ésta encendida de modo permanente.

No se puede creer en un partido que en el País Vasco no esté amenazado, como lo están las dos únicas formaciones que tienen capacidad real para enfrentar el problema, que son el PP y el PSOE. En ellos radica la esperanza de la gente, y por eso los dirigentes socialistas tienen que comprender la profunda decepción que muchos han sentido cuando han formado el tripartito catalán. En este asunto ya no nos estamos jugando cosas de matiz ideológico o político. Nos estamos jugando nuestra vida como país, nuestra convivencia, nuestra democracia. Cuando España ocupa un puesto excelente en la economía del mundo, cuando hemos sido capaces de construir un régimen democrático, el enemigo sigue matando y determinada clase política continúa siendo maestra en combinar a la perfección las bellas palabras y los hechos torticeros.

CON ESPAÑA, CON LA CONSTITUCIÓN, CON LAS VÍCTIMAS
Editorial ABC  12 Marzo 2004

ESTA vez no se pudo evitar. Durante muchos meses, las Fuerzas de Seguridad del Estado han salvado a Madrid del acecho de ETA. Cientos de kilos de explosivos y decenas de terroristas fueron detenidos a las puertas de la capital cuando pretendían convertir esta ciudad, otra vez, en el expositor de su crueldad. Pero lo que ayer sucedió en Santa Eugenia, El Pozo del Tío Raimundo y Atocha desborda la capacidad de previsión más pesimista. Esta vez no se pudo evitar y ETA,- que no ha desmentido su autoría y es destinataria de los principales indicios analizados por las Fuerzas de Seguridad, también atentas a otras vías de investigación- sin avisar, buscando la masacre, el puro genocidio, ha asesinado a casi dos centenares de ciudadanos. Los expertos apuntan incluso la posibilidad de que los atentados fueran obra de un sector de la banda dispuesto a imponer su línea dura.

Sin duda, las proporciones de esta cadena de atentados, la más grave cometida en Europa, no desmienten el estado terminal de ETA ni la extraordinaria eficacia que han demostrado las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Precisamente por esto mismo, porque, como ayer recordó el presidente del Gobierno, José María Aznar, el Estado ha decidido y puesto en práctica que con el terrorismo no hay empate ni negociación, que a los terroristas sólo hay que darles la expectativa de la cárcel, ETA ha querido devolver en un solo golpe todas las derrotas sufridas. Población civil, trabajadores inmigrantes y españoles, estudiantes. Ninguno tuvo la suerte de recibir alguna de esas treguas que dosifica ETA entre nacionalistas y territorios. Nada de asesinatos selectivos entre las «fuerzas de ocupación», ni objetivos discriminados entre «colaboracionistas del Estado», esos que tanto han calmado la conciencia de quienes los anotaban como bajas inevitables del «conflicto secular» entre España y el País Vasco. «Los han matado por ser españoles», dijo Aznar. Otra vez, es necesario reaccionar con serenidad, buscando nuevamente la unidad de los partidos y de los ciudadanos. Otro sacrificio más para la sociedad española, siempre emplazada a responder al terrorismo con dignidad y templanza. Así ha de ser para una nación fuerte y decidida, que apura este nuevo cáliz de dolor que ETA obliga a todos los españoles a beber. España, sus instituciones, sus ciudadanos deben vindicarse frente a sus verdugos. Su Majestad el Rey lo resumió en su excepcional mensaje a la nación, apelando a la unidad, firmeza y serenidad de los españoles.

Pero la dignidad, sin embargo, no obliga a la impostura. La unidad no impone el silencio. El Estado de Derecho no debe hacernos cándidos. El dolor no lleva a la resignación. Bastante impostura, silencio, candidez y resignación ha habido ya. La sociedad española tiene derecho a contar con gobernantes y políticos capaces de exigir responsabilidades y compromisos claros e inequívocos frente a ETA. Capaces de castigar no sólo las autorías criminales de los atentados con la aplicación de las leyes penales, sino despreciar y marginar a quienes todavía rondan el terrorismo como yacimiento de beneficios políticos indirectos, cuando no totalmente directos. La unidad frente al terrorismo es irrenunciable, pero a ella deben acudir sólo quienes realmente crean que en una democracia la violencia terrorista no tiene ninguna razón política ni histórica; quienes están dispuestos a perder poder y votos a cambio de dignificarse con una hostilidad radical frente a ETA y a sus interlocutores. A la unidad de los demócratas sólo deben ser convocados los que tengan las manos limpias y no todos las tienen.

AHÍ tiene la sociedad española ese gran Acuerdo por las Libertades y Contra el Terrorismo, un pacto de dignidad y principios que ahora más que nunca hay que reivindicar, pero que exige más que estar contra ETA. También exige condenar al ostracismo político a los que dan carta de interlocución política a los terroristas y los tratan como agentes del «diálogo». Éste es el momento de señalar y aislar a quienes lo han hecho y siguen haciéndolo. Éste es el momento de romper las últimas ficciones que engañan y confunden. Con serenidad y calma, conscientes de la superioridad moral absoluta de la sociedad española sobre los terroristas y sus comparsas, llegó el momento de decirle a los nacionalismos que se han acabado los tributos al terrorismo. Que las balas y las bombas matan, sí, pero las palabras, los discursos y los planes también aprovisionan a los terroristas. Que es la hora de la lealtad constitucional, sin reservas ni condiciones, sin más apelaciones a la mentira histórica ni al manoseo de la Constitución. Que no hay sitio para más planes de autodeterminación en los que ETA se reconforta, ni más reuniones para clases de geografía terrorista. Esto es lo que deben entender los nacionalismos y lo que se les debe hacer entender de manera clara y definitiva. Es, por desgracia, lo que aún no ha entendido el lendakari Ibarretxe, quien desperdició su declaración institucional con una sucesión de lamentos ya oídos muchas veces, balsámicos para la torpe reciente trayectoria del nacionalismo vasco. Pero no hubo un solo compromiso político, una aportación real a la derrota del terrorismo. Y puede y debe hacerlas, con tan sólo ejecutar las resoluciones del Tribunal Supremo que disolverían el último vestigio parlamentario de ETA, el comando Socialistas Abertzales; y con renunciar a su propuesta de libre asociación de Euskadi con España, oportunista y ventajista, que el próximo lunes iba a ser discutida en el Parlamento de Vitoria, como prolongación de aquellos pactos que en 1998 permitieron a Ibarretxe ser lendakari con el voto de Josu Ternera.

ETA sí condiciona la agenda de este país y el discurso de sus políticos. Debe hacerlo porque hay más de cien muertos en Madrid y porque ninguna sociedad democrática tiene derecho a no reaccionar como merece una tragedia de esta brutalidad. Sí hay que condicionar todo lo que haga falta para acabar con ETA: los mítines de campaña, la apelación al voto ciudadano, incluso los pactos de gobierno con partidos, como Esquerra Republicana de Cataluña, que andan circulando por los arrabales del terrorismo, por esa querencia de algunos nacionalistas a agregarse cuando suena la campana de la autodeterminación y del antiespañolismo, aunque sea a costa de cerrar los ojos ante el historial criminal del contertulio. Hay que ser definitiva y radicalmente coherentes.

El Gobierno ha llamado a la movilización ciudadana, para hoy, en toda España, con un lema innegociable y clarificador: «Con las víctimas. Con la Constitución. Por la derrota del terrorismo». Éstas son las únicas señas de identidad de la unidad entre los partidos que interesa a los españoles para acabar con este permanente golpe de Estado que perpetran los terroristas. Fuera de ellas, sólo chapotean los ambiguos, los cómplices y los rentistas del terrorismo.

Fue ETA, pero si hubiera sido Al Qaeda, ¿qué?
EDITORIAL Libertad Digital   12 Marzo 2004

La horrible masacre que padeció Madrid ayer quedará grabada para siempre en la memoria de todos los españoles. Porque, a pesar de ser, después de Israel, el país más castigado por la lacra del terrorismo, España, los españoles, jamás habíamos tenido que enfrentarnos a tanto horror concentrado en un solo día. Si todos los españoles de bien lloramos cuando vimos desmoronarse las Torres Gemelas, hoy tenemos el alma rota. Porque se trata de compatriotas nuestros, en algunos casos de parientes, amigos, vecinos o compañeros de trabajo. Se trata, también, de ciudadanos de otros países que eligieron España para vivir y para trabajar con nosotros, que buscaban más libertad y mejores oportunidades para ellos y para sus familias, y que nos ayudaban a consolidar nuestra prosperidad y nuestro bienestar. Pero, por desgracia, no escasean quienes, con cadáveres aún pendientes de identificar y con heridos que se debaten entre la vida y la muerte, pretenden encaramarse sobre las víctimas de la tragedia para otear posibilidades políticas en función de quiénes sean los autores de la atrocidad. No faltan quienes desean arrimar el ascua del dolor, la tristeza y la rabia de los españoles a las putrefactas sardinas de su incorregible sectarismo.

Todos los españoles deseamos saber con absoluta certeza quiénes hicieron volar esos trenes repletos de ciudadanos pacíficos e indefensos que iban a estudiar o a ganarse el pan. Pero mientras no se demuestre lo contrario, todos los españoles decentes, todos los españoles que tenemos memoria, sólo podemos señalar a un sospechoso: a la ETA. Porque fue Belén González Peñalba, uno de los interlocutores de la banda durante la tregua-trampa –cuando los españoles y el Gobierno de la Nación, en nuestro deseo de paz, en nuestra ingenuidad y nuestra buena fe, todavía creíamos que “hablando se entiende la gente”– la que dijo que en el momento en que los etarras quisieran negociar pondrían cien cadáveres sobre la mesa. Eran etarras los que intentaron atentar en Baqueira. Fueron etarras los que intentaron volar la Estación de Chamartín. Y eran etarras los que transportaban 500 kilos de explosivos en una furgoneta para perpetrar su particular 11-S cuando fueron detenidos a tiempo en Cuenca.

¿Cambia algo respecto a la ETA, y a quienes negocian protectorados terroristas con los nazis de la boina, la posibilidad de que haya sido Al Qaeda la autora de la masacre? ¿Deberíamos pedir perdón a Otegi y a los contertulios de Carod Rovira en el caso de que los asesinos, en lugar de llevar boina, lleven turbante? ¿Deberíamos pedir perdón a Ben Laden en el caso de que haya sido la ETA? ¿Deberíamos cambiar nuestro marco constitucional y nuestra política antiterrorista si las bombas las colocaron los etarras? ¿Hemos de dar la espalda a nuestros aliados en la lucha contra el terrorismo si las bombas pertenecían a Al Qaeda? ¿Debemos pedir perdón y arrepentirnos por haber ayudado a nuestros aliados a liberar Irak de una atroz tiranía cuya media diaria de asesinatos superaba con creces el número de víctimas que hoy lloramos? ¿Hemos de creer, acaso, que nos habríamos librado del terrorismo islámico si no hubiéramos apoyado a nuestros aliados? ¿Acaso hemos de olvidarnos de que, para los fanáticos del Corán, España es un territorio islámico “usurpado” por los infieles, un territorio que aspiran a “recuperar”? ¿Debemos negociar un protectorado terrorista islámico para toda España, del mismo modo que Carod negoció un protectorado terrorista etarra sólo para Cataluña? ¿Estaríamos dispuestos a traicionar a nuestros aliados y a pagar el precio que ello supondría para nuestra libertad y nuestra dignidad?

Deberían responder a estas preguntas quienes muestran más interés en seguir haciendo campaña para los comicios del domingo que en respetar el luto y honrar la memoria de las víctimas. No hace falta nombrarlos, pues son de sobra conocido

Inmensa muchedumbre, siniestra hipocresía
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital  12 Marzo 2004

Es posible que se hayan manifestado contra el terrorismo todavía más millones de españoles de los que lo hicieron contra el asesinato de Miguel Ángel Blanco. O tal vez no: quede la cuestión para devotos de la estadística y peritos en frondosidades inútiles. Lo seguro es que la clase política ni estuvo entonces ni ha estado ahora a la altura de las circunstancias. La desastrosa actuación informativa del Gobierno, incapaz de explicar policial, y sobre todo, políticamente, la naturaleza y responsabilidad de los atentados tuvo su corolario natural en la glosa de Urdaci en TVE a una pancarta particularmente estúpida: "Quién y por qué?". Y dijo Urdaci: "eso es lo que nos preguntamos todos". Lo que nos preguntamos algunos es cómo es posible que el PP siga sin aprender absolutamente nada acerca de la naturaleza esencialmente propagandística del terrorismo.

Ya con aquel estúpido festival tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco, manipulado por Raimon y los nacionalistas catalanes y convertido en arma arrojadiza contra la derecha gracias a la estupidez de TVE y del PP, vimos cómo las grandes movilizaciones de masas exigen una férrea disciplina organizativa y una claridad diamantina en los eslóganes y pancartas. Pues no: otra vez se ha confiado todo a la improvisación en directo de los reporteros de las televisiones, muchos de ellos carentes de las más mínimas nociones de gramática y prosodia, todos ayunos de un guión político que les evite improvisar sandeces como la ya citada de la Primera Cadena de TVE. Que, aún así, ha sido la menos disparatada. Para qué hablar de las demás.

La torpeza del Gobierno, que no ha sabido decir en dos largos días simplemente esto: "ha sido ETA, todos los datos apuntan a ETA y no vamos a dar pábulo a quienes pretenden ocultar su complicidad con el terrorismo sembrando pistas falsas o disimulando la naturaleza criminal del terrorismo vasco" (sólo esto; nada más que esto), ha tenido su correlato en lo que ya no es torpeza bienintencionada sino vil abyección por parte de la Izquierda y los nacionalistas, cómplices directos o indirectos de la estrategia terrorista: el PSC, el PSOE y ERC desde Perpiñán; el PNV, EA e IU desde Estella. Pero este PP noqueado por la masacre y en el que sólo Rajoy ha mostrado un discurso claro, nítido e inteligible se ha presentado ante España bajo una imagen ficticia que encubre una realidad horrenda. Porque ficticia es la famosa "unidad de los demócratas", como demostró el PNV firmando el Pacto de Estella con ETA tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco y como demostró Pujol orquestando la Declaración de Barcelona para respaldar al PNV. Y porque esa falsedad, esa imposible unidad de las víctimas con los cómplices de los verdugos permite que tiparracos siniestros, enemigos públicos de España y de sus libertades, como Anasagasti, Madrazo, Llamazares o los héroes de Perpiñán aparezcan exhibiendo sus lágrimas de cocodrilo e incluso acusando al Gobierno de ocultar datos sobre la autoría de la masacre.

Todo, para blanquear aún más sus sepulcros morales y, sobre todo, para que no se note en las urnas del domingo la determinación que debería haberse escenificado en la calle: que España está decidida a luchar hasta el final por su integridad nacional y por su libertad. Por desgracia, terroristas y separatistas tienen motivos para celebrar esta manifestación: nunca tantos españoles se reunieron con tanto dolor y tan poco criterio. Contra el terrorismo no basta el sentimiento: hacen falta ideas claras y principios sólidos. Pero en esta nación nuestra los que tienen principios no tienen ideas y los que tienen ideas no tienen principios. El inmenso dolor nacional carece del necesario cauce institucional. Esta es la triste verdad y, por respeto a las víctimas y a España, ni podemos, ni debemos, ni queremos ocultarla.

La batalla semántica contra el terrorismo
Amando de Miguel Libertad Digital  12 Marzo 2004

La gran guerra contra el terrorismo se tiene que desarrollar en muchos frentes. Hay uno minúsculo, pero que conviene no olvidar. Me refiero a la batalla semántica. Desgraciadamente, los terroristas llevan una considerable ventaja sobre ese particular debido a que hasta ahora lo hemos descuidado.

Los crímenes de los terroristas empiezan por buscar una cierta legitimación espuria a través de las palabras. La primera es la denominación de la banda, a la cual todo el mundo llama «ETA» o incluso «la organización ETA». Pues no, señor, será una banda de facinerosos, pero no una organización.

Será, además, «la ETA», como la llama el pueblo. Si decimos «el IRA», diremos «la ETA». Sin el artículo, la banda adquiere una injusta dignidad. Desde luego, nada de «comandos», ni mucho menos de «comandos legales». Los términos militares, políticos o jurídicos no deben ser atribuidos a los terroristas.

Otra forma de legitimación espuria de los terroristas vascos es la de llamarlos «etarras». El sufijo «arra» en vascuence sirve para construir los gentilicios (donostiarra, bilbaitarra, etcétera). «Etarra» no merece ser un gentilicio. Los terroristas vascos lo son por sus criminales fechorías y así deben ser descritos.

Mayor entidad tiene la supresión de la palabra «España» hasta extremos ridículos. En la plaza más eminente de Vitoria se alza un grandioso monumento a la batalla de Vitoria. Fue la que puso fin a la Guerra de la Independencia contra la ocupación de Napoleón. La inscripción reza: «A la independencia de España». Pues bien, desde hace unos años se lee «A la independencia de». A la inscripción solemne le han robado la palabra «España». Nos la siguen robando en todas las ocasiones cuando sustituyen la palabra «España» por «el Estado». Es una estupidez léxica que tenemos que aguantar en los terroristas, los nacionalistas y luego todos los demás hombres públicos sin personalidad.

España es una cosa y el Estado es otra. El Gobierno vasco es parte del Estado español. Vasconia es parte de España. «Euskalherría» equivale al pueblo vasco como una parte del pueblo español; no incluye el pueblo navarro.

La guerra contra el terrorismo no se entabla entre los terroristas vascos y las fuerzas del orden, sino entre los terroristas vascos y todos los españoles. Habría que distinguir entre los terroristas propiamente dichos y los que negocian y dialogan con ellos. Esos otros son simplemente traidores.

Cuando empecemos a llamar a las cosas por su nombre, será el momento de asegurar que se ha ganado la batalla semántica.

Hipocresía satánica
Cristina López Schlichting La Razón  12 Marzo 2004

«Crímenes tan espantosos que sólo Satán puede inspirar». Así calificó el genocidio de ayer Antonio Cañizares Llovera, arzobispo de Toledo y Primado de España. Ha sido la definición más rotunda del genocidio de ETA que ha matado a 190 españoles sólo por serlo. Le preguntaba yo, desde los micrófonos de COPE, qué decirles a los cristianos del País Vasco o Cataluña que pudieran pensar que un atentado así tiene un «trasfondo político», o algún tipo de justificación o comprensión en el marco de un «conflicto nacionalista», y el prelado casi se enfadó: «Esas personas no son cristianas», subrayó, «están fuera de la comunión de la Iglesia».

ETA ha marcado una raya, a un lado estamos unos; al otro, los asesinos y sus cómplices. Y no hay idea, ni utopía, ni sueño independentista que merezca el más mínimo roce con la banda, porque ese roce es criminal.

Mi programa radiofónico de ayer terminó con una desagradable discusión con Alfredo Pérez Rubalcaba, responsable de la lucha antiterrorista del PSOE. Lo acusaba yo de connivencia con ETA, por mantener en el Gobierno de Cataluña a quienes dialogan con la banda. Él argumentaba que Carod Rovira ha salido del Gobierno catalán y que Esquerra Republicana no dialoga con ETA y es libre de sostener las ideas que quiera. Subrayaba que el Partido Socialista apoya incondicionalmente al Gobierno en el Pacto Antiterrorista. Definitivamente, no nos entendimos. No entiendo tanta hipocresía.

La banda terrorista alberga esperanzas de ganar sencillamente porque ha clavado la cuña del independentismo entre los españoles. Una cuña que separa a ciertos vascos de otros vascos; a ciertos catalanes de otros catalanes. Por esa falla pretende introducir su piqueta ensangrentada y recortar España en trozos. Pero hay tiempos de discusiones políticas y tiempos de peligro físico. Tiempos de independentismos y tiempos de guerra, que no son lo mismo en democracia. Y ahora no es tiempo de tonterías.

Es hora de llamar al pan, pan y al vino, vino. El PNV está con ETA porque apoya la permanencia de Batasuna en el Parlamento Vasco. IU está con ETA porque apoya al PNV y a Batasuna. ER está con ETA porque comparte fines con los asesinos y porque Carod Rovira, su jefe espiritual, habla de medios para conseguir esos fines comunes con Josu Ternera en Perpiñán. El PSOE está con ETA porque permite que Maragall sostenga a Esquerra en el Gobierno de Cataluña. No se pueden falsificar más las palabras ni retorcer más tiempo los conceptos. Así lo piensa Nicolás Redondo Terreros, que me dijo ayer que él no pactaría con ER en Cataluña. Así lo piensan Ibarra y Bono. La raya está trazada y hay que elegir lado. El lado de la vida o el de la muerte. El lado de los crímenes de Satán o el de la paz.

LÁGRIMAS DESDE MADRID
MIKEL BUESA, Catedrático de la Universidad Complutense de Madrid ABC 12 Marzo 2004

Cuando todavía se recuperan las decenas de cadáveres que ETA, en su cosecha de desolación, ha dejado sembrados sobre las vías de Madrid; cuando ni siquiera conocemos las verdaderas dimensiones de esta matanza; cuando sólo las lágrimas expresan el sentimiento con el que contemplo horrorizado estos acontecimientos, creo que es más necesario que nunca volver a reflexionar sobre la naturaleza de ese terrorismo que emerge de los monstruosos sueños del nacionalismo, y de sus implicaciones políticas.

Los que han sido víctimas -muertos y heridos- de estos atentados son los primeros que deben recibir una solidaridad que ha de ser, sobre todo, la expresión de nuestra capacidad para comprender que no han dado su vida por ninguna causa, que ésta les ha sido arrebatada sin motivo alguno, que no eran portadores de ninguna culpa. Para ellos, como para los muchos que desgraciadamente hemos pasado por esta experiencia, se ha roto ese vínculo esencial que, a todos los seres humanos, nos hace esperar la ayuda de los demás. Y saben que esa confianza ya no existe porque otros, sus asesinos, imbuidos del Mal -escrito así, con mayúscula, porque es el más radical de todos los males- se han creído en el derecho de decidir acerca de su vida o de su muerte con la finalidad de sacar de ello algún provecho político. Por tal motivo, tenemos que decirles que estamos a su lado, que pueden contar con nosotros y que vamos a recordar su nombre.

Rememorar su nombre: «cuando la muerte siega todos los demás lazos -nos recuerda el escritor y Premio Nobel J.M. Coetzee- aún queda el nombre; ... la unión de un alma con un nombre, el nombre que llevará por siempre, para toda la eternidad».Todos los que han caído en estos atentados son personas concretas de carne y hueso, no son un número o una estadística; y por ello deben ser recordados como tales en un memorial que evoque para siempre la inhumanidad de su sacrificio. Madrid, que tantas veces ha sufrido los embates del terrorismo, no ha sido capaz todavía de dedicar un espacio público para homenajear a sus víctimas. Ha llegado la hora de hacerlo y de dejar a las generaciones futuras el testimonio de nuestras lágrimas.

Pero evocar, uno tras otro, los nombres de las víctimas significa también el compromiso de combatir el terrorismo. Ello quiere decir que, a pesar de las dimensiones humanas, emocionales y materiales que ha adquirido la catástrofe provocada por ETA, no vamos a dejar que nuestro ánimo se amilane y que se quiebre nuestra voluntad de preservar la sociedad democrática y constitucional en la que vivimos. No vamos a rendirnos ante ETA; y seguiremos animando al Gobierno para que utilice todos los medios a su alcance, dentro de los límites de la ley, a fin de acabar con la banda terrorista. No cabe en esto cesión ni negociación alguna.

Los que, en el río revuelto de la confusión que crean el sentimiento herido y la perplejidad de los ciudadanos, pretenden obtener alguna ventaja para sus deseos de poder o para sus aspiraciones de secesión, sólo merecen nuestro rechazo. Nuestras lágrimas nos enseñarán así la lección de que quienes comprenden, amparan o justifican la violencia, quienes brindan a ETA una plataforma para su expresión política, no tienen nada que decirnos, nada que ofrecernos. Ojalá tomen nota de esto los que, como en Cataluña, sin sujetarse a los necesarios límites morales que debe inspirar toda acción política, buscan sustentar su poder sobre ellos.

Hasta aquí hemos llegado
Fernando R. Genovés Libertad Digital  12 Marzo 2004

Decía el filósofo emperador romano Marco Aurelio que si no quieres ser como ellos no hagas lo que hacen ellos. Por ejemplo, si no quieres ser ruin y malvado, no actúes ni pienses como los que, en efecto, lo son. Ciertamente, deben tener algunos una mente muy miserable para cometer los atentados terroristas del 11 de mayo en Madrid, casi tanto como los que a las pocas horas del suceso urdieron un plan diabólico consistente en cargar sobre el Gobierno también esta masacre. Confieso que en los primeros momentos del suceso ni se me ocurrió semejante extremo. Aunque estemos siempre alerta, es difícil que el horror y la maldad no acaben cogiéndonos por sorpresa.

El 11-M ha superado todo lo conocido en España en muerte, destrucción y desolación terroristas. Pues bien, en la opinión pública y publicada el centro de las preocupaciones gira sobre las dudas existenciarias acerca del “ser o no ser” de la autoría criminal. Cuando no salen a relucir las causas del terrorismo, aparece la polémica sobre la identidad de los agentes de la vesania: que si ETA, que si Al Qaida. Como si este dato tuviese realmente importancia y excusara algo o a alguien. El caso es diluir o distraer el verdadero cariz del rabioso problema que, estallándonos en las manos, constituye el tema de nuestro tiempo. Se dice: “ETA nunca ha actuado así”; o sea: ¡ETA no es capaz de hace una cosa así! Y quien tal cosa afirma no deja de pensar que de ninguna manera puede serlo, porque en tal caso se le complicaría la jornada electoral del próximo domingo al quedar en evidencia. Si la sombra de la sospecha pasa al campo de Al Qaida, mejor: así es más fácil volver al tema de la “mentira de las armas de destrucción masiva” (¡después del asesinato de masas en Madrid!) para reconducir la discusión hacia las evoluciones atlantistas y diplomáticas del Gobierno y no a la política interior de España.

Todo esto es muy coherente, al fin. La propaganda de los partidos nacionalistas y de izquierda llevada a cabo durante la campaña electoral insistía sin descanso en la necesidad (para ellos) de sacar fuera del debate el tema del terrorismo: dialogar con los terroristas sí se puede, pero hablar sobre la cuestión, no, porque ello implica instrumentalización y crispación. Ahora, por lo visto y oído, tras el 11-M, tampoco debe hablarse de ETA, del soberanismo rupturista ni del terrorismo separatista. Están consiguiendo el objetivo. A la cortina de humo de la presunta pista islámica, se suman otras consignas de buen corazón: es la hora de las víctimas y las lágrimas, de la unidad de “todos” frente al horror, la hora de las manifestaciones callejeras, de las declaraciones de condena y las expresiones de indignación. Incluso el Gobierno ha dado instrucciones de no sacar en estos momentos el “caso Carod”.

Creo que todo esto es un error. Nunca como ahora es más necesario hablar de política. Porque el terrorismo etarra es un fenómeno político, fruto de una ideología política: el nacionalismo que desde el interior de España pretende reventarla. Y porque el día 14 de marzo se elige en España un Gobierno para la Nación. Del resultado de la votación deviene en gran medida que ETA sea derrotada o que ingrese, directa o indirectamente, en las instituciones de la Nación (en algunas autonómicas ya lo está). El PP vuelve a caer en sus vicios habituales: exceso de prudencia, reserva y vacilación, siguiendo de hecho las directrices de la propaganda opositora. A la vista de esta situación, más de uno echa ahora en falta la determinación demostrada por Aznar tras el atentado de Santa Pola, hace dos veranos, y que le llevó a proclamar con énfasis que hasta ahí hemos llegado. A la declaración, y esto es lo importante, le siguió una acción resolutiva que condujo a resultados trascendentales para la victoria democrática: la ilegalización de Batasuna, el agotamiento de la kale borroka, el declive acelerado de ETA y el emplazamiento definitivo al PNV para que respete el juego democrático y de la legalidad sin reservas ni pretextos. Pero entonces vinieron Carod, Maragall y todo lo demás.

El mayor consuelo que se puede dar a las víctimas –en realidad, a todos los españoles– es el hacerles llegar, además de mantas, ayuda psicológica y expresiones de pésame, el mensaje nítido de que este crimen –esta serie de crímenes– no va a quedar impune, porque van a ponerse en marcha nuevas medidas políticas, prácticas y efectivas, que pongan fin a esta locura que ya dura demasiado. La paciencia ha terminado. La tragedia y la comedia deben de acabar. Esas medidas sólo un partido hoy en España las puede tomar, el único partido democrático español que nos queda. Pero conste que a ese partido le exigiremos con el voto que inexcusablemente las tome. Y no aunque a algunos bribones les pese, sino porque definitivamente les tiene que pesar. ETA, pero no sólo ETA, ha llegado demasiado lejos. Es la hora de la determinación. Hasta aquí hemos llegado.

Asesinos, cobardes, miserables
M. Ángel Rodríguez La Razón  12 Marzo 2004

Trece mochilas cargadas de bombas abrieron fuego contra ciudadanos que iban a trabajar. Los valientes gudaris vascos vieron en ellos una amenaza contra su plan de secesión. Después, mostraron su doble cobardía: intentaron hacer creer que el atentado no era de Eta, sino de otros grupos. Ibarretxte lloró como las plañideras pero no retiró su plan. Fue impresionante la imagen de los enfermeros sacando un cadáver de entre las vías del tren mientras él soltaba una soflama huera. Carod Rovira no anunció su abandono de la vida política.

Tenemos los puños cerrados de rabia y estamos apretando los dientes; quizás, después de todo, podamos mantener la sensatez.

De entre el terror ha surgido una imagen que los valientes gudaris vascos no imaginaban: miles de personas haciendo cola para donar sangre y millones de buenas gentes llamándoles asesinos.

La masacre es un hecho; sobran las declaraciones de aquellos políticos que pasado mañana argumentarán que hay que dialogar con los asesinos. Sobra su palabrería. En cambio, permanecerán en la memoria los gestos de solidaridad y el encomiable trabajo de quienes supieron contener el caos: bomberos, enfermeros, médicos, policías, ciudadanos y políticos democráticos.

Reconozcamos que los terroristas han conseguido paralizar el proceso democrático de las elecciones. Ojalá que cuando nos recuperemos de este golpe sepamos distinguir de entre quienes están luchando contra Eta y quiénes no. Cuando no tengamos el corazón en la mano: cuando podamos discernir sin que las lágrimas nos nublen la vista.

Nos han dado un zarpazo inimaginable por mucho que nos fueran avisando de que podía ocurrir. Algunos siguen apoyándoles y otros, aún, no los ilegalizan. Creen que la semana que viene nos habremos olvidado. Tomamos nota.

Preguntas y palabras
Carlos Dávila La Razón 12 Marzo 2004

Hablar de política entre tanta muerte parece obsceno. Y cabe preguntarse si debe hacerse tal ejercicio. Las doloridas familias de las víctimas no podrán comprender sin embargo si es humanamente tolerable, en momentos tan infelices como estos, que algún irresponsable político declare que la tragedia favorece a un determinado partido, más claramente al PP, o si los cuerpos destrozados de nuestros compatriotas no merecen más respeto que la manifestación deplorable de Carod-Rovira. Hay que interrogarse sobre todo, también sobre la idoneidad de unas elecciones que tienen que celebrarse cuando aún los cadáveres no están enterrados. Hay políticos que ayer mismo dudaban sobre la posibilidad de aplazar los comicios, una duda razonable, que, no obstante, se ha resuelto de la mejor forma posible, porque la dilación hubiera sido interpretada por los terroristas y sus corifeos como una auténtica victoria.

Y de los corifeos o, mejor dicho, de los cómplices conviene hablar, porque apenas conocido el magnicidio tanto la televisión vasca como el medio informativo de ETA decidieron desviar la atención e inculpar al terrorismo islámico. Parecía que no «convenía» que fuera ETA la autora de la gran matanza. Ya se ve, pues, cómo la política más abyecta entró en liza desde el primer momento. Ibarreche fue el primer mandatario en salir ante micrófonos y cámaras. Su mensaje fue tan desmadejado como su propia imagen; en un presidente de Gobierno que ha consentido que Ternera, el etarra que ha ordenado el desastroso atentado de Madrid, se haya paseado como miembro de la Comisión de Derechos Humanos del Parlamento autónomo, no tienen crédito ni siquiera sus lágrimas. Aún lo tienen menos las declaraciones de Carod, que ha vuelto a la cantinela del diálogo para terminar con ETA con pavorosa impudicia, se ha atribuido el mayor grado de criminalización en un día como el de ayer. Frente a esto hay que llamar al afianzamiento del Pacto contra el Terrorismo, un pacto en el que los partidos tienen que tener muy claro que no no es posible pactar con ETA ni con los que con ella negocian. Zapatero tiene la palabra.

Todos contra el terror
Editorial La Razón  12 Marzo 2004

Ala inmensa tragedia vivida por España, a los centenares de muertos, a los miles de mutilados y heridos, se unía ayer el desconcierto de la sociedad sobre la autoría de la masacre. El terror en su máxima y diafana expresión. El ministro del Interior, Ángel Acebes, con los primeros datos de la investigación en la mano, abría la posibilidad, remota según él, de que fueran los integristas islámicos los responsables de los atentados. Con ser importante, no es lo principal. Tanto la banda etarra, como Al Qaeda, han demostrado que son capaces de los peores excesos. La cuestión es que Madrid fue ayer el objetivo de unos asesinos desalmados, cuyos métodos se confunden, y que demuestran que nuestra sociedad, como todas las que representan al mundo libre, no está al margen de la gran batalla que se libra desde hace muchos años y que en el 11-S tuvo su escalada más brutal. La magnitud de la tremenda matanza perpetrada ayer por los terroristas en Madrid, sean quienes sean los autores, no tiene parangón en la historia de la democracia española.

Durante muchos años quedarán en nuestras retinas, grabadas a fuego en nuestra memoria colectiva, las imágenes terribles, dantescas, de los muertos y de los mutilados por la metralla criminal. Las imágenes de unas víctimas, de unos hombres, mujeres y niños, ciudadanos todos de un país libre, miembros de una sociedad democrática que esa mañana, como todas, iban a su trabajo. Son las mismas imágenes que hemos visto, desgraciadamente, repetidas a lo largo del mundo.

España no está sola en esta lucha. Desde todos los rincones del mundo se reciben el apoyo y las condolencias sinceras. Europa y Estados Unidos se ofrecen incondicionalmente para colaborar en la lucha y erradicación de la lacra. Hace tiempo que Occidente ha dicho «basta» al terrorismo y que se organiza, lealmente, para combatirlo. En la tragedia, consuela saber que se preocupan por nosotros, que no estamos, en definitiva, inermes.
Inútil matanza

Es el crimen cobarde contra la libertad, el intento de imponer una manera de pensar, una visión del mundo, por la muerte. De imponerse a toda costa sobre la soberanía popular. En medio del dolor, mientras los hospitales de Madrid se colapsaban con los centenares de heridos, mientras miles de angustiadas familias rastreaban el paradero de sus maridos, mujeres e hijos, mientras los ciudadanos hacían cola para donar sangre, hay que decir, y decirlo bien alto, que el terror no triunfará. Que el terrorismo no se impondrá sobre una sociedad libre, sobre el Estado de Derecho, sobre la Constitución de España y sobre una civilización de convivencia y tolerancia que, en definitva, representamos. Somos una nación fuerte, en una Europa unida. Somos una nación que, pese a los zarpazos del terror, pese a la traición miserable de los que siempre intentan medrar a favor de la muerte, ha conseguido avanzar desde una dictadura a la libertad plena, desde la sombra a la luz, y que es ejemplo para el mundo de tolerancia, de convivencia y de respeto a los derechos humanos. Este largo camino lo hemos hecho entre todos los hombres y mujeres de bien de este hermoso país. Hombres y mujeres como los que acaban de ser asesinados en los trenes. Hombres y mujeres que sólo exigen el derecho a vivir en paz bajo la aplicación de la ley y la defensa de la libertad de todos.

Defensa del mundo libre
En medio del dolor y de la indignación, mientras el alma sofoca ánimos de venganza, sólo podemos gritar que no nos van a vencer, que no van a conseguir nada, que nunca, contra la libertad, han vencido los asesinos cobardes. Que nuestro país siempre estará a la vanguardia de la lucha por los derechos humanos y contra el crimen. Ése es, tal vez, nuestro mayor «pecado» a los ojos de los intolerantes, de quienes no aceptan más realidad que la suya y están dispuestos a las mayores de las vesanías. Por ello, los madrileños, y todos los españoles, estamos convocados esta tarde, a las siete, a manifestarnos en nuestras ciudades. No servirá, estamos convencidos de ello, para mover un ápice a los criminales ni tampoco para decir nada que ya no sepamos: que todos estamos contra el terrorismo. Pero sí que resulta imprescindible, en momentos de tragedia como los que nos ha tocado vivir, demostrar más que nunca que estamos unidos, que somos una piña contra el mal, contra sus cómplices y contra cualquier enemigo de la convivencia; que ni siquiera una matanza como la de hoy puede hacer caer nuestros principios democráticos, nuestro compromiso en la búsqueda de un mundo mejor, más libre y más seguro.

Por eso, por que debemos hacer ver a los asesinos que su baño de sangre no sirve para otra cosa que para evilecerles aún más, que no lograrán ni uno sólo de sus objetivos, es preciso que todos acudamos esta tarde a la convocatoria y nos manifestemos públicamente. Porque no se trata ya de decir un simple no al terror, sino de reunirnos para reforzar nuestros lazos en un momento de tanto dolor y compartir, juntos, una protesta solidaria y una expresión de fuerza, de defensa de los valores de libertad recogidos en la Constitución, de los que nadie duda, pero que a veces conviene, y hoy es el día, apoyarlos con nuestra presencia en las calles.

Sigue la lucha
Porque aunque los terroristas crean que han conseguido acabar con la campaña electoral, imponer sus reglas, en realidad no ha logrado nada. El domingo, las urnas se abrirán y los ciudadanos depositarán su voto. Y el gobierno que resulte elegido, sea el que sea, tomará el relevo en la lucha contra esta lacra, día a día, con las leyes por delante, pero con la firme determinación, que es la de todos los españoles, de acabar con ellos. Que no haya ninguna duda: los asesinos terminarán en la cárcel, cumplirán íntegramente sus penas y desaparecerán de nuestras vidas. Ni pensar en claudicar o en cualquier tipo de negociación. Esa es nuestra fuerza y nuestra convicción.

Es, además, lo que nos demuestra la experiencia de estos últimos años: la firmeza y la unidad que se plasmaron en el feliz Pacto de Estado por las Libertades y Contra el Terrorismo firmado por los dos grandes partidos españoles han mostrado que no hay esperanza alguna para los criminales. Ni siquiera la brutalidad de esta matanza cambiará las cosas.

¿Normalidad?
Cristina Losada Libertad Digital  12 Marzo 2004

Me molestan los políticos que, cuando se produce un atentado, piden “normalidad”. Parece que nos están pidiendo que sigamos nuestros quehaceres como si nada hubiera ocurrido. Algo terrible ha ocurrido en España y que no nos vengan con normalidades. La ETA, que algunos idiotas daban por finiquitada, ha dado el zarpazo más brutal cuando está más débil, y por eso. Matar cobardemente siempre es posible. Ha elegido el objetivo más fácil: ciudadanos de a pie que nunca hubieran pensado que podían ser blanco de esos asesinos. Algunos lo habían advertido: ETA iba a derivar hacia las tácticas de los terroristas islámicos y podíamos ser testigos, como lo hemos sido, de la mayor y más vil carnicería.

No debemos cerrar los ojos, como algunos quieren, a la cadena de hechos en los que se inserta el salvaje atentado de Madrid, que es nuestro 11 de septiembre. Este 11-M es el siniestro complemento de la tregua catalana. Para que su “concesión” adquiriera valor, ETA debía matar en otra parte. Lo ha venido intentado, se le había impedido, ahora lo consiguió. Han firmado con sangre el mensaje de aquella tregua: que si se avanza hacia donde ellos quieren, pueden dejar de matar, que allí donde los independentistas más tiren de la piel de toro para resquebrajarla, pueden perdonarnos la vida. Primero la zanahoria, ahora el palo, brutal y repugnante. Es el intento de quebrar la columna vertebral de la moral ciudadana: de que cedamos al chantaje.

Oímos a personas, ciudadanos de a pie como los asesinados, decir que “hay que dialogar” con los de ETA para que esta “barbarie” acabe. Lo ha dicho ya Carod, cómo no, pidiendo que se mantenga la “mente fría”. No quiere desbordamientos pasionales, no vaya a ser que se le pidan cuentas por haberle abierto la puerta a estos asesinatos a sangre fría. Carod actúa para quienes desean lo mismo que ETA y condenan los crímenes con la boca pequeña. Y para quienes sienten el miedo y el cansancio de esta larga guerra, y dicen: basta, que les den lo que quieran.

Oímos a los que piden que no “se instrumentalicen” los atentados. Es lo que decían hoy, en un centro de trabajo, unos militantes nacionalistas (no importa de qué tribu, todos se parecen) cuando se organizaba un acto de repulsa a la masacre. Un año y pico han agitado las pancartas de No a la guerra y de Nunca máis sin hacerse esa pregunta que les surge cuando hay que plantarle cara a la ETA. Qué miseria moral la de éstos, como de los Ibarreche, los Durán i Lleida y todos los del “si, pero”: condenamos, pero ojo, que no se hable demasiado del atentado, que no se hable demasiado de terrorismo.

Zapatero ha pedido la “unidad de todos los demócratas”. Siempre se dice en los atentados. Pero ¿qué demonios quiere decir? Unidad, sí, pero ¿de quién y para qué? Ya no basta, tras todos estos años y con todos estos muertos que ahora caen sobre la tierra española, decir frases huecas que tranquilizan las conciencias. No son demócratas los que pactan y los que protegen a los terroristas, y si lo son, no habrá que unirse con ellos. Sólo hay una unidad que permite combatir sin tregua a los asesinos, y es la de quienes afirmen que nunca cederemos al chantaje y que nunca aceptaremos el desmembramiento de la nación que nos quieren imponer a sangre y fuego. Por las víctimas.

Lo de siempre, no vale
TONIA ETXARRI El Correo 12 Marzo 2004

Nada va a ser igual a partir de la matanza de Atocha. Y si los partidos democráticos no han entendido que el terrorismo, sea cual sea su origen, ha dado un paso adelante en su obsesión por doblegar la voluntad y la libertad de toda la ciudadanía y que ha planteado un desafío a la democracia, en el más puro estilo fascista, seguirán con la rutina de las grandes palabras, gruesas lágrimas y anodinos comunicados de condolencia. Que ya no sirven. Pero, de momento es lo único que se les ha ocurrido.

La matanza de Atocha no tiene precedentes y revela, que el desafío terrorista, independientemente de que sea ETA o cualquier otro grupo integrista, en su obsesión por desestabilizar las instituciones y la democracia ha desbordado todos los límites. Y los políticos deberían también dar un paso adelante. Y además de respetar el Estado de Derecho y cumplir con las sentencias judiciales que en el Parlamento se elude acatar, por ejemplo, hay que ser más imaginativos, más corajudos, y sobre todo, más demócratas.

Y si Zapatero y Rajoy no defraudaron asegurando que el Pacto Antiterrositas es un buen pacto, el lehendakari Ibarretxe tiene la responsabilidad de decir algo más que esto ha sido una «monstruosidad». Si su reacción ante el asesinato del socialista Fernando Buesa fue decir «¿qué barbaridad!» -pero al día siguiente no hizo nada para recuperar el consenso democrático enterrado por el Pacto de Lizarra-, ahora no puede caer en la misma rutina. Por eso, después del mayor atentado contra la democracia, sea de ETA o de cualquier otro grupo fanatizado, el Gobierno vasco no se puede limitar a poner crespones negros en las ikurriñas y concentrarse frente a las sedes oficiales. Hay que hacer más. Con gestos. Sin mirar hacia otro lado. La ciudadanía se merece mucho más.

Y nuestra larga historia de lucha contra el terrorismo demuestra que ETA pasó sus horas más bajas cuando la unidad democrática funcionó, así es que el lehendakari ya sabe lo que tiene que hacer. Los compañeros de Imaz no pueden estar hoy llorando y dentro de unas horas decir que el PP es quien pone en peligro la democracia. No se puede hoy hablar de solidaridad y decir que políticos como Mayor se tienen que ir del País Vasco. No se puede reaccionar como si se tratara de un atentado más. Los terroristas han cruzado la raya conmocionado a todo el pueblo. Por lo tanto, los políticos tienen que estar a la altura. Tienen que cambiar el chip. Y sus prioridades no era acabar con ETA. Del diagnóstico acertado y la estrategia unitaria dependerá que éste sea el primer día de la cuenta atrás en la derrota del terrorismo. O ahora o nunca.

Guernica en Madrid
ALFONSO DE LA VEGA La Voz 12 Marzo 2004

LA BANDA separatista criminal ha entrado en campaña como temíamos, mostrando mediante la barbarie y el crimen hasta que punto España es o no un país europeo normal, en el que la alternancia política tiene su importancia indudable, pero afecta poco a las bases mismas de la Nación y la convivencia cívica común. Nuevamente hay que hacer una llamada a la reflexión serena sobre qué España queremos a partir de ahora, pues no debiera cerrarse en falso esta herida con un aquí no pasa nada, consigna con la que se solidarizarían incluso las hipócritas plañideras correligionarias de ETA. Ideologías y partidos políticos que lamentablemente refuerzan su posición desde algunas de las propias instituciones españolas que pretenden destruir, alimentando su vesania destructora con el fanatismo separatista que nunca puede ser democrático, pues, además de ser un crimen contra España, resulta incompatible con el ejercicio de los derechos humanos, empezando por el derecho a la vida.

Es preciso recuperar la idea moral de civilización y la voluntad de ser, para, desde esas bases, proceder a una reforma radical de nuestro sistema político constitucional que dificulte que los terroristas puedan tener el más mínimo apoyo desde las instituciones democráticas. Más allá de las buenas intenciones constitucionales, la evolución del Estado autonómico en el País vasco y Cataluña nos va a llevar al desastre. Y es escandalosamente inconcebible que, para fomentar este cultivo del fanatismo, tanto la educación de buena parte de la juventud española, como ciertos medios de comunicación públicos, se hayan entregado a gentes que promueven valores contra constitucionales, antiliberales y antisociales.

En estos momentos de desolada tribulación es hora de reforzar la solidaridad con las víctimas y entre todos los españoles, pero, luego, también de preguntarse dónde está cada uno. Y, el domingo, de votar en consecuencia.

Fuera quien fuese, ¡diálogo jamás!
JUAN JOSÉ R. CALAZA La Voz 12 Marzo 2004

AL ENCARAR en trance de reflexión este artículo aún no se ha confirmado la autoría de lo que ustedes están pensando, y por tanto, sin menoscabo de fundadas sospechas para su atribución, se impone la prudencia. Sin embargo, si finalmente los atentados fueran reivindicados como represalia por nuestra intervención en Irak ya se encargarán por aquí de echar los muertos a las espaldas del Gobierno, y esto sí que sería crucialmente desmoralizador, como le han echado los del Yak-42.

Por otra parte, de ser el atentado el refrendo material de los acuerdos de Perpignan confirmando que Cataluña se ha convertido en protectorado de ETA no duden que también, tarde o temprano, harán responsable al Gobierno por su cerrazón antidialogante .

¿No estamos escuchando ya que la política belicista del PP en Irak es un completo fracaso en términos de pacificación del país y que nos lleva además a arrostrar en nuestro propio territorio los efectos del terrorismo islámico? ¿Y qué no escucharemos respecto al fracaso de la política antiterrorista del Gobierno si al cabo ETA reivindicara su improbable paternidad?

Puestas así las cosas, ¿qué podemos hacer para transitar dignamente por una democracia en la que salen al paso de la acción gubernamental tan desleales manipuladores de la opinión pública que en cualquier caso harán leña para su fuego a costa de los huesos de los muertos? En primer lugar, calma guardar. Después, reflexionar sobre la causa profunda que subyace en el ataque al corazón de la nación española. En este sentido, exijo mi derecho al error responsabilizándome enteramente de mis opiniones: el atentado deja la inconfundible impronta de servicios secretos muy profesionalizados y el contexto en el que se produjo apunta a una manipulación de grupos islámicos o de ETA.

Ahora bien, España es una vieja nación que ha toreado en plazas muy difíciles y de todas ha salido, aunque a veces herida, con la cabeza alta. Las costas españolas se vieron asoladas durante siglos por la flota berberisca y sin embargo aquí seguimos. La invasión napoleónica dejó el recuerdo inextinguible de la muerte de casi toda nuestra juventud masculina; todo el ganado fue sacrificado por el invasor; los bosques talados para su flota; casi todos los puentes y puertos volados; los tesoros artísticos esquilmados. Y sin embargo, aquí seguimos. Además, esa desgracia trajo a la postre la ventaja de constituir uno de los hitos fundamentales de la toma de conciencia de España como nación enfrentada al enemigo común. Obsérvese que ahora mismo ese latir frente a la patria en peligro revigoriza el alicaído instinto que prevalecía otrora.

A situaciones de este tipo cabe atribuirles virtudes salvíficas por cuanto tienen de desveladoras respecto a los cálculos más bajamente políticos y tortuosamente interesados. Cuando en un primer momento se pensó en ETA como natural candidata del terror vivido, fuimos testigos de la habitual bellaquería con la que algunos largaron injurias como vómitos por babor, achacándole al Gobierno la responsabilidad implícita de los atentados. Poco importa en el fondo que la autoría provenga de algún grupo islámico manipulado lo que verdaderamente cuenta es que nada podemos esperar de un coro de agoreros que ante los cadáveres casi palpitantes carecen del pudor, de la imprescindible decencia, del empaque moral que retiene la osadía. Qué cabe pensar de quienes insinuaron, o incluso dijeron explícita y abiertamente, que si durante la trágicamente concluida campaña electoral no se le hubiera dado tanto protagonismo a la cuestión terrorista -¿hay acaso otra más importante en España?- ETA no se habría sentido tan estimulada para buscar clamorosa publicidad. Dejémonos de coger el rábano por las hojas: los que insinúan que la política antiterrorista del Gobierno es un fracaso constatado están actuando como portavoces de ETA.

E insisto bien en este punto: poco importa quiénes hayan realizado los atentados. Consciente, o inconscientemente, quienes reafirmen la necesidad del diálogo no ya como única solución frente al terrorismo sino simplemente como solución paralela a la puramente policial constituyen el vector de desestructuración social en el que se apoya el terror.

A riesgo de caer en un tópico en demasía manoseado, los trágicos sucesos de Madrid -siempre el odiado Madrid, que tan cálido cobijo depara a la fratría de gallegos, andaluces, vascos exiliados, árabes, colombianos, asiáticos, castellanos, y todo el microcosmos vivificante de la ardorosa sangre de España que hermana y aglutina y por la que hoy siento más amor que nunca, más orgullo que nunca, más confianza que nunca en su próxima y definitiva victoria- vienen a decirnos que es allí, como en los lúcidos cuadros de Goya, donde la resistencia de un pueblo frente al terror de los mamelucos tuvo un precio: concretamente, el de resistir. De ahí a que en el sentido contrario se produzca una corriente de entreguismo y claudicación con el lloriqueo de atipladas voces que allegando argumentos, o lo que sea, pidan el restablecimiento del consenso necesario, con los grupos islámicos o con ETA, con miras a evitar más muertos, sólo hay un paso que los oportunistas de costumbre se apresurarán a franquear, pero al que la nación española en su conjunto opondrá un majestuoso corte de mangas, seguido de mayores medidas si fuere menester.

Las declaraciones de la inteligentsia desprestigiando la democracia española, a la que acusan de haber retrocedido con el PP a épocas franquistas, colonialistas y belicistas, tampoco anima a defender los valores vigentes, al tiempo que con maternal equidistancia pertrecha de justificaciones y amamanta a los enemigos del orden. Del aburrido orden democrático. Más de una vez hemos visto a oficinescos intelectuales en manguitos llamar asesinos a Fraga y Aznar, pero nunca los hemos cogido en flagrante delito prodemocrático de firmar manifiestos pidiendo para los terroristas el cumplimento íntegro de las penas: cárcel, cárcel, cárcel.

De prevalecer la falta de sentido del Estado, tan enraizada entre nosotros, el coste político de estos atentados será elevadísimo para la democracia. Probablemente, asistiremos a una deslegitimación a ultranza del gobierno que salga de las urnas el próximo domingo. Si finalmente el Partido Popular logra alzarse con la gobernabilidad, el PSOE siempre le reprochará que el atentado interrumpió su trayectoria ascendente. Por el contrario, si inesperadamente el PSOE se sitúa como el más votado de los partidos al PP le faltará tiempo para endosarle, quizás injustamente, la responsabilidad de gobernar gracias al resquebrajamiento de la reciedumbre social provocada por el terror.

LAS PROTESTAS SE ADELANTARON AL HORARIO PREVISTO
Millones de personas se manifiestan en toda España en una histórica protesta contra el terrorismo
En toda España y en medio mundo millones de personas han salido a la calle para protestar por la masacre de Madrid. En total 11.400.000 personas en las ciudades españolas. Sólo en la capital, dos millones trescientas mil personas inundaron las calles y tuvieron que comenzar a caminar media hora antes. En Barcelona, Rodrigo Rato y Josep Piqué han tenido que abandonar el acto con protección policial tras un intento de agresión.
Agencias Libertad Digital 12 Marzo 2004

La pancarta de cabecera, con el lema "con las víctimas, con la Constitución y contra el terrorismo", fue portada por representantes de todos los colectivos políticos y sociales y, por vez primera, se incorporaron a una manifestación de este tipo miembros de la Familia Real, concretamente el Príncipe Felipe y la Infantas Elena y Cristina.

Al grito de "asesinos" y "basta ya", y alzando al cielo sus manos limpias de sangre, millones de madrileños ocuparon el centro de Madrid, la Plaza de Cibeles y varios kilómetros a la redonda, para decir "sí" a la paz y mostrar su dolor por las 199 muertes y los casi 1.500 heridos que provocaron este jueves el estallido de las bombas, en una masacre, la más salvaje ocurrida en España y que ha conmocionado a todo el mundo.

Desde una hora antes del inicio oficial de la marcha, las siete de la tarde, y a pesar de la intensa lluvia, el centro de la ciudad era un hormiguero de gente, hombres y mujeres de todas las edades y condiciones que, protegidos bajo los paraguas y muchos con velas encendidas, secundaron esta manifestación convocada por el presidente del Gobierno, José María Aznar, apoyada por todos los partidos y que discurrió por el mismo recorrido que otras veces ha utilizado el pueblo de Madrid para decir "no" a la barbarie terrorista y "sí" a la democracia.

Retenciones kilométricas en las carreteras
Las carreteras de acceso a la ciudad, colapsada en un radio de acción de varios kilómetros, desde la Plaza de Castilla hasta la Glorieta de Atocha, uno de los escenarios de la matanza, presentaban largas colas de vehículos con personas que querían sumarse a la marcha. El transporte público, gratuito y reforzado, y de cercanías funcionó a pleno rendimiento toda la tarde, en la que se gritó: "No está lloviendo, el cielo está llorando".

Don Felipe y las Infantas, Aznar y otros líderes políticos y sociales ocuparon la cabeza de la manifestación, en la que figuraba, de lado a lado de la marcha, una pancarta con el lema unitario: "Con las víctimas, con la Constitución, por la derrota del terrorismo"". Al arrancar la marcha, veinte minutos después de las siete de la tarde, las campanas de todas las iglesias de Madrid tocaban a difuntos.

Presencia de los políticos
En esa primera fila, y sin hacer declaraciones a la prensa, estaban también el ministro del Interior, Angel Acebes; los secretarios generales del PP y del PSOE, Mariano Rajoy y José Luis Rodríguez Zapatero -"A por ellos", animaba a ambos una pancarta-; el ex presidente de la Generalitat, Jordi Pujol; el líder de Izquierda Unida, Gaspar Llamazares; los secretarios generales de UGT y CC.OO., Cándido Méndez y José María Fidalgo; el cardenal y arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco; y políticos como Iñaki Anasagasti, Josep Antoni Durán Lleida y Paulino Rivero.

Tras ellos, representantes de la Universidad, del Deporte -los futbolistas del Real Madrid Raúl y Guti, junto a su presidente, Florentino Pérez-, de la Cultura -Pedro Almodóvar, Pilar y Javier Bardem, Mercedes Sampietro, presidenta de la Academia de Cine, Leonor Watling, Juan Echanove, José Luis Cuerda y una larguísimo etcétera-, de los empresarios -José María Cuevas, presidente de la CEOE-, de la banca y de la política madrileña, como Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad, y Alberto Ruiz Gallardón, alcalde de la capital, que anunció que un monumento recordará a las víctimas. "En ese tren íbamos todos" se leía en varias pancartas.

Los presidentes de las principales instituciones del Estado estuvieron en las primeras filas. Los del Congreso y el Senado, del Tribunal Constitucional, el Defensor del Pueblo y del Tribunal Supremo, codo con codo con el ex presidente del Gobierno Leopoldo Calvo Sotelo y Javier Solana, alto representante de la UE para la política exterior común. Felipe González, indispuesto, no pudo asistir.

Representación internacional
La solidaridad de otros países se puso de manifiesto con la presencia del presidente de la Comisión Europea, Romano Prodi; los primeros ministros de Francia, Jean-Pierre Raffarin; Italia, Silvio Berlusconi; y Portugal, José Manuel Durao Barroso. Junto a ellos, el alcalde socialista de París, Bertrand Delanoe; el ministro francés de Justicia, Dominique Perben; el ministro británico de Asuntos Europeos, Tristán Garel-Jones; y los de Exteriores de Alemania, Joschka Fisher; Marruecos, Mohamed Benaissa; y Bélgica, Louis Michel, entre otros muchos dirigentes internacionales.

A media tarde, tiendas y oficinas, empresas, grandes superficies comerciales, librerías, cines, teatros, bares, cafeterías... cerraron sus puertas para que sus trabajadores pudieran manifestarse, por unas calles y plazas abarrotadas de gente y entre unos edificios con balcones y ventanas que exhiben desde ayer banderas españolas y telas blancas con crespones negros.

Carteles en árabe rechazando la violencia
Hubo muchas pancartas -"La Universidad contra el terror", decía la de un nutrido grupo de universitarios concentrados en la calle Génova, junto a otras de "Sí a la paz", "¿Quién y por qué?", "Gobierno mentiroso" o "Víctimas somos todos"-, gritos y palomas blancas para expresar un deseo común: paz. "Así, así lucha Madrid" y ovaciones de homenaje a los barrios en los que ocurrió la masacre -Santa Eugenia, el Pozo y Atocha- se escucharon con insistencia, secundados por ciudadanos de otros países, inmigrantes en el nuestro, muchos de ellos de origen árabe y con carteles, escritos en su idioma, de rechazo a la violencia.

Miles de personas en Barcelona. Intento de agresión
En Barcelona, más de un millón de personas se concentraron desde una hora antes del inicio de la manifestación, en las inmediaciones de la confluencia del Paseo de Gracia con la calle Aragón de Barcelona para participar en la protesta de repulsa a los atentados de Madrid. El lema de la manifestación fue "Catalunya amb les víctimes de Madrid, contra el terrorismo, por la democrácia i la Constitució" (Cataluña con las víctimas de Madrid, contra el terrorismo, por la democracia y la Constitución).

Pese a la respuesta masiva, no faltó el intento de agresión a dos políticos: Rodrigo Rato, vicepresidente primero del Gobierno y Josep Piqué, líder del PP catalán. Ambos tuvieron que abandonar la manifestación protegidos por la Policía ante el intento de agresión de un grupo de manifestantes. Rato, lamentó, en declaraciones a la cadena SER que algunos "usan la violencia para expresarse políticamente. Lo lamento profundamente". Tras ello, avaló la reacción del Ministerio del Interior y de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. En la emisora, calificaron el intento de agresión de "pequeños incidentes anecdóticos a pie de página" .

Bilbao también muestra su solidaridad
También en Bilbao miles de personas secundaron la manifestación. Dirigentes del PP y PSE-EE, entre ellos Carlos Iturgaiz y Patxi López, encabezaron la marcha, en tanto que el lehendakari Juan José Ibarretxe, acompañado por varios miembros de su gabinete, y dirigentes de PNV y EA participaron también en la manifestación, que bajo una intensa lluvia discurrió por céntricas calles de la capital vizcaína en un completo silencio.

También se celebraron manifestaciones en otras ciudades, como Sevilla, Santiago de Compostela, Vitoria, Oviedo, Santander, Ceuta, Melilla, Zamora, Alicante, Valencia, Granada... donde once millones y medio de personas manifestaron su absoluta repulsa contra el terrorismo.

¿Euskalherria existió?
Ernesto Ladrón de Guevara es procurador de Unidad Alavesa en las Juntas Generales de Álava La Razón 12 Marzo 2004

Es de justicia felicitar al delegado del Gobierno en el País Vasco por su requerimiento al Gobierno Vasco para que retire de los libros de texto de los tramos de enseñanza obligatoria autorizados por el Departamento de Educación las referencias a Euskalherria como concepto histórico o geográfico. Hacía tiempo que muchos demandábamos que las autoridades del Gobierno español preservaran la necesaria integridad del sistema educativo y que éste no fuera adoctrinador, sino educativo en su más estricto contenido semántico. Por tanto la manipulación de los libros de texto y la tergiversación de la historia chocan deliberadamente contra el sentido genuino que tiene la educación que es el respeto a la verdad y la separación de lo que debe ser la educación de la política, pues política y pedagogía deben ser campos que no deben interferirse entre sí, cosa que no quieren entender los nacionalistas pues para ellos la escuela forma parte sustancial de la conformación del espíritu nacional y de los mecanismos de control social. Igual que lo fue antaño, en el siglo XIX.

No obstante, hay un desacierto en la actuación del delegado del Gobierno. Quizás no corresponde la retirada de la voz «Euskalerria» de dichos libros sino de los mapas que los nacionalistas relacionan con dicho término, ya que son inconstitucionales y no tienen soporte real en la historia ni en la geografía de España, puesto que no ha existido Euskalherria como unidad política de los siete herrialdes ni en los precedentes próximos o lejanos de la historia ni, por tanto, en la geografía, como concepto político. Por tanto, su enseñanza, reflejándolo como precedente nacional de los vascos, es una falacia además de un atentado conceptual a la verdad histórica de la pertenencia de éstos a España, ya que en rigor se debe enseñar en los centros educativos ¬para no manipular la realidad de nuestro devenir a lo largo de los tiempos¬ que los vascos nunca hemos tenido una realidad separada de España.
Es más, los vascos fuimos los artífices en la formación de España en los inicios de la Reconquista, hace casi un milenio, junto a cántabros y asturianos, como bien lo refleja en su libro «Adios España. Verdad y mentira de los nacionalismos», de Editorial Encuentro, el escritor Jesús Laínz.

La mentira y la manipulación de la verdad histórica han calado profundamente, pues los mecanismos de propaganda y de difusión de esa verdad promovidos por los nacionalistas han sido muchos y dotados de fuerte financiación, lo cual no ha sido contrarrestado debidamente por los gobiernos españoles que durante más de veinte años han contemplado con indiferencia el fenómeno sin hacer nada para evitarlo. De esa guisa el nacionalismo se ha nutrido de mentiras y verdades a medias, como afirmar que el primer Estado vasco fue el Reino navarro, lo cual constituye una barbaridad que haría reír a cualquiera si no fuera porque hay mucha gente que se lo cree. Si hay algo español es precisamente aquel primer reino de Navarra que coexistió con el de Castilla en los primeros pasos para luchar contra el Islam y que finalmente fue unificado bajo el reino de Castilla con sus fueros. Nadie debiera dudar que la finalidad de aquellos reinos, con independencia de sus luchas de poder como era característico de la Alta Edad Media, fue combatir al Islam y desterrarlo de la península Ibérica para extender el dominio cristiano. Lo demás, en ese estadio temporal altomedieval, fue secundario, pues guerras entre reinos las hubo en gran cuantía, tanto entre Castilla y Navarra como contra Aragón, hasta que los reinos se fusionaron con el matrimonio entre Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, unificando los reinos peninsulares. El medioevo era así, como bien saben los historiadores.

Uno se siente ridículo hablando a estas alturas de estas cosas que corresponderían, si la educación estuviera bien diseñada, al primer ciclo de Educación Secundaria Obligatoria, aunque parece ser que hay mucho interés en ocultarlo. De todas formas, entre el año 1000 y el 2000 han transcurrido mil años. ¿No podríamos ajustarnos a la realidad presente?

Intelectuales de izquierda
Aleix Vidal-Quadras La Razón  12 Marzo 2004

Se dice que en Madrid a partir de las siete de la tarde, un intelectual o está escuchando una conferencia o la está impartiendo. A esta característica de la vida social capitalina, hay que añadir la de los manifiestos, es decir, que un intelectual madrileño progresista que se precie no ha de dejar pasar más de una semana sin participar en la gestación y rúbrica de algún pronunciamiento histórico sobre la justicia, la igualdad, la solidaridad y la maldad de los gobiernos de centro-derecha, hecho cósmico este último que no necesita demostración porque constituye una ley de la naturaleza. Anteayer un nutrido y lucido grupo de escritores, artistas y académicos se descolgó con un sentido alegato en favor de lo que han denominado «cambio de rumbo», se supone que para orientar el voto de los indecisos el próximo domingo. Esta es otra de las funciones del intelectual de izquierdas, la de iluminar el camino de los ciudadanos que en momentos de confusión o desvarío otorgan su sufragio a partidos liberal-conservadores. Cuando el número de personas que se inclinan por opciones no progresistas se cuenta por millones, a los pensadores de izquierda se les acumula el trabajo y multiplican su actividad pedagógica, además de refinar la calidad de sus argumentos.

Véase al respecto la última pieza de literatura política producida por nuestros novelistas, poetas, directores de cine, actores, sociólogos, economistas y filólogos comprometidos con el bienestar del pueblo y la dignidad colectiva. En sus inspirados párrafos, se deja claro que la sociedad española está alterada por la crispación y la división derivadas del talante intransigente y bronco del Gobierno. Por supuesto, la actuación infatigable de una banda de asesinos que matan con el loable fin de acabar con el orden constitucional y con la cohesión nacional, así como la protección implícita que reciben de fuerzas nacionalistas, no tiene nada que ver con la tensión reinante, que está provocada, como es notorio, por aquellos que con la ley en la mano intentan terminar con semejante barbarie.

Tampoco el curioso episodio de que el principal socio del Partido Socialista en una importante Comunidad Autónoma se entreviste con ETA para conseguir que en ese territorio no se perpetren atentados para que así la organización terrorista se pueda concentrar en su labor en el resto de España, y que después de tan bochornoso suceso se mantenga el pacto en cuestión, no es causa de desasosiego en la población, sino que la incomodidad viene provocada por las críticas que el Partido Popular hace de este tipo de maniobras legitimadoras de los criminales.

Suerte tenemos de los intelectuales de izquierda que con sus penetrantes análisis nos permiten entender una realidad compleja que si algo necesita es que entre todos procuremos mantener firmemente el rumbo iniciado en 1978.

Horizonte de convivencia
ABC 12 Marzo 2004

Si hay algo que lamentar en el hoy de España es la situación que vive el País Vasco, donde no ha llegado aún la convivencia democrática entre los ciudadanos. De eso se da fe, naturalmente, en «Impresiones sobre la Constitución de 1978». Cabe destacar opiniones de personas nacidas allí, porque son poseedoras de ese conocimiento específico que da el ser protagonistas de los hechos.

Asegura García de Cortázar que «la nacionalidad suele ser motivo de orgullo, salvo en situaciones de deformación intelectual o enfermedad moral como ocurre en España». Prueba de ello son, por ejemplo, las circunstancias de terror -tan incomprensibles en el ámbito universitario- que se viven en la Universidad vasca. Gotzone Mora, profesora de sociología de la UPV/EHU, achaca la situación a «los responsables académicos y los dirigentes políticos nacionalistas que miran sistemáticamente hacia otro lado».

Piensa Mora que la Constitución de 1978 tiene una importancia decisiva para los docentes y alumnos que han decidido continuar la labor docente o educativa en el lugar del que otros pretenden arrojarlos. Y es que como dice Ramón Rabanera hay muchos que soportan la presión terrorista. Eso hicieron, en su opinión, los más de 73.000 alaveses que dijeron sí a la Carta Magna, frente a menos de 20.000 que votaron en contra. Los primeros sabían, afirma, cual era «el sendero de la sociedad abierta, comunicada y en libertad».

José Antonio Zarzalejos, director de ABC, asegura que admitir que el «problema vasco» no ha evolucionado como se hubiera deseado, no significa decepción alguna, ya que para lograrlo se ofreció, como al resto de España «un horizonte de convivencia, de conciliación y de encuentro como jamás se había producido en nuestra historia». Este vasco tiene claro que no hay libertades, sino libertad y que ésta no es una abstracción, sino un instrumento para que los ciudadanos y las sociedades sean mejores.

Wall Street Journal y Financial Times
Dos enfoques contrapuestos
Libertad Digital  12 Marzo 2004

Como la mayoría de los grandes diarios mundiales, The Wall Street Journal (WSJ) y Financial Times (FT) han editorializado en sus ediciones de este viernes sobre la masacre del 11-M en Madrid. Sus enfoques ejemplifican la desigual comprensión del drama de la libertad en España. El Journal sostiene la opinión antiterrorista más nítida, clara y persuasiva de la prensa global. Su análisis se apoya en la empatía con los intereses españoles y con la expectativa de justicia y de comprensión internacional de las víctimas del terrorismo. “El terrorismo, dice, supone la amenaza más grave a la sociedad libre actual” (...) “derrotar de verdad a ETA se convierte ahora en la primera prioridad de España”.

En el polo opuesto, la cabecera estrella de Pearson se sitúa en la corriente de medios de opinión que, entre otras infamias, sigue denominando a ETA “movimiento separatista vasco”. En su editorial, FT critica a Aznar y al Gobierno del PP por no negociar concesiones sobre la agenda secesionista de los nacionalistas vascos y catalanes. El terrorismo de ETA es, según el hermano mayor del diario Expansión, parte de un contencioso político no resuelto. Su receta para derrotarlo es una ambigua combinación de eficacia policial y mano tendida a las exigencias secesionistas del nacionalismo vasco y catalán.

Para el Journal, Aznar es el gobernante “más decidido en su apoyo a la guerra estadounidense contra el terrorismo”. Califica de “desgracia” que “este político europeo de convicción” abandone “voluntariamente el poder después de dos mandatos, en un momento en el que su honradez y claridad de intenciones se necesitan más que nunca”. Para WSJ “cualquiera que sea quien consiga la victoria en las elecciones del domingo no tiene más elección que luchar contra ETA y contra cualquier otro grupo implicado”. Está convencido de que el PP “propone una estrategia más clara contra el terrorismo”, mientras que los socialistas mantienen “una postura más comprometida con las regiones impacientes”.

Su crítica al nacionalismo vasco y al Plan Ibarretxe es implacable, a la luz del brutal genocidio del 11-M, de factura etarra. Su referéndum de autodeterminación es, para WSJ, de “dudosa constitucionalidad”. El programa de Ibarretxe está “teñido de sangre, aunque indirectamente”, y “tendrá que ser archivado”, a juicio del Journal, que califica de “condena mecánica” las condolencias del PNV tras cada atentado etarra. Si el PNV “no cambia pronto de enfoque”, el Gobierno de la Nación puede llegar a suspender la autonomía vasca, “como hizo Gran Bretaña en el caso de Irlanda”. Journal es tajante al condenar las estrategias de apaciguamiento.

FT, todo lo contrario. El salmón de Pearson se apunta a la crítica a Aznar “por su inflexible actitud hacia las regiones españolas autogobernadas, incluyendo los territorios autonómicos vasco y catalán”. Le reprocha a Aznar su negativa a “tolerar las demandas de más autonomía de las 17 autoridades regionales”. Considera que esta actitud le ha llevado a indisponerse con “los nacionalistas vascos moderados”, en alusión al PNV, que, según transmite FT a sus lectores, “se oponen fieramente a las tácticas violentas de ETA”. Llega incluso a mentir cuando califica a los partidos nacionalistas como “los más afectados” por el terrorismo etarra. “Lo más horrible de las atrocidades terroristas no altera el hecho de que combatir el terrorismo requiere tanto una implacable persecución de los perpetradores como acción política para acabar con el apoyo popular”.

11-M
Opinión  El País 12 Marzo 2004

La fecha de ayer quedará marcada en negro en la memoria de españoles y europeos: los casi dos centenares de muertos y más de un millar de heridos provocados por los atentados de Madrid suponen la mayor matanza terrorista en España, y la catástrofe de mayor alcance registrada en la capital desde la Guerra Civil. Este país acaba de experimentar un terrorismo de unas dimensiones y de una crueldad hasta ahora desconocidas. La eventualidad de que sea obra de Al Qaeda y de que tenga relación con el papel jugado por el Gobierno de Aznar en la guerra de Irak introduce una novedad que no puede dejar de sembrar una profunda inquietud. La opinión pública española en su conjunto no estaba preparada para el infierno terrorista en que se convirtió ayer Madrid. Nunca hasta ahora se había experimentado una actuación terrorista del tipo que practican los grupos fundamentalistas que vienen ensangrentando Oriente Próximo y otras zonas del mundo.

Los atentados de ayer se parecen más a los de agosto pasado en la mezquita de Nayaf, en Irak, con 123 muertos; al de Bali, en octubre de 2002, con 187, o incluso a los terribles atentados del 11-S en Nueva York y Washington que a la peor y más cruel de las actuaciones de ETA, como fue el atentado de Hipercor en 1987, con 21 muertos. Es evidente que los últimos y desgraciados episodios de los contactos de Carod con ETA y la declaración unilateral por parte de la organización terrorista de una tregua circunscrita a Cataluña permitían abrigar el temor de que se produciría una acción violenta antes del 14 de marzo. Pero aunque todo parecía programado por la organización terrorista para poder irrumpir en la campaña electoral, nada permitía sospechar que su actuación adquiriera tal envergadura. A última hora de ayer, el ministro del Interior introdujo una duda sobre la autoría al revelar la aparición de una cinta magnetofónica con versículos del Corán en una furgoneta con detonadores hallada en Alcalá de Henares. Más tarde se conoció una reivindicación del atentado por parte de un grupo islamista. Adquiere, por tanto, verosimilitud la hipótesis de un atentado de fanáticos islamistas, aunque el Gobierno seguía insistiendo ayer en que lo más probable es que sea ETA. Sólo cabe esperar que no se haya producido un ocultamiento o una manipulación de la información por parte del Gobierno, tratándose de unos hechos luctuosos que han venido a cercenar en sangre la campaña electoral a sólo 72 horas de la apertura de las urnas.

La hipótesis de que nos halláramos ante una actuación de Al Qaeda, en un intento de extender la guerra de Irak a territorio español, situaría en una posición complicada al Gobierno. Sobre todo después de la polémica sobre la rentabilización electoral del terrorismo que se ha producido durante la campaña electoral. A esta hipótesis debe añadirse como mero automatismo lógico la de que la actuación criminal sea producto de una coalición terrorista islamista y etarra, de forma que los asesinos hubieran terminado fusionando sus dos sangrientas banderas y confirmando de forma siniestra la profecías de Bush y de Aznar que querían confundir todos los terrorismos y convertirlos en uno solo. Si así fuera, será un tipo de profecía que se cumple a sí misma y que arrastra en cuanto a responsabilidades a quienes las profieren. No cabe, por tanto, descartar del todo la pista etarra, aunque sólo sea por la eventualidad de un terrorismo de dos cabezas.

Una cierta carga de la prueba corresponde a ETA, una organización que no siempre reconoce sus atentados y que como todo terrorismo vive de la confusión. En el límite, podrían haber preparado la furgoneta con los versículos como falsa pista. Otro efecto pretendido, y el único que suelen alcanzar los terroristas, es el de desmoralizar y dividir a los demócratas. Que, existiendo acuerdo sobre la necesidad de derrotar al terrorismo, aparezcan divisiones sobre la mejor forma de hacerlo; que unos y otros desvíen sus acusaciones hacia las fuerzas de seguridad por no haber impedido la matanza, o que comience a reclamarse la pena de muerte, o la restricción de las libertades, o de las elecciones: todo aquello que esperan los terroristas para encontrar nuevas razones para nuevos crímenes.

El portavoz de la ex Batasuna, Arnaldo Otegi, expresó ayer su rechazo a "la masacre", pero sólo tras afirmar que "la izquierda abertzale no contempla, ni como mera hipótesis, que ETA esté detrás de lo ocurrido". Su argumento fue que se trata de "acciones indiscriminadas contra la población civil, trabajadores", lo que no corresponde al modus operandi de ETA. No es verdad. Esa banda lleva muchos años atentando contra civiles desarmados, incluyendo niños, mujeres embarazadas, toda clase de trabajadores. Y el método utilizado es idéntico, aunque con más explosivos, al previsto en la estación madrileña de Chamartín la pasada Nochebuena. Tal vez aleguen que ETA avisa. A veces lo hace y a veces no.

También es característica de ETA la aplicación de todos los procedimientos que puedan aumentar el efecto multiplicador del terror, incluyendo las bombas trampa, destinadas a cazar a los sanitarios, bomberos, particulares que estuvieran atendiendo a los heridos tras la primera explosión. Por tanto, si Otegi considera condenable la matanza de ayer debe condenar todos los atentados que ha venido avalando. Los terroristas del signo que sean deben saber que no ganarán. La reacción admirable de los ciudadanos así lo demuestra. La conmoción creada en Madrid ha sido proporcional a la magnitud de la catástrofe. Cientos de miles de personas se vieron afectadas, muchas de ellas con la angustia de desconocer si entre las víctimas, más de un millar contando a los heridos, figuraría algún pariente o persona próxima. Fue también el momento de la solidaridad espontánea de mucha gente. Los madrileños recibieron ayer el apoyo masivo de todas las personas decentes de cualquier lugar de España. Como en el 11-S neoyorquino, el mensaje que ha llegado desde todas partes es que ahora "todos somos madrileños".

ETA y sus cómplices
Carlos Alberto Montaner Libertad Digital  12 Marzo 2004

Casi doscientos muertos y mil quinientos heridos ha sido el saldo de los actos terroristas ocurridos en Madrid el 11 de marzo. La espantosa masacre tiene todas las características de los atentados de ETA. El tipo de explosivo y la forma de actuar apuntan en esa dirección. Incluso, en diciembre pasado la banda asesina intentó sin éxito una carnicería similar. Sin embargo, Arnaldo Otegui, a quien se le supone la cara política de ETA, rápidamente opinó que podía tratarse de una represalia de la “resistencia árabe” por el apoyo de España a la invasión a Irak.

Sospechosamente, otras pistas parecían darle la razón a Otegui: en el lugar de los hechos apareció una grabación con textos del Corán, mientras un periódico árabe publicado en Londres dijo haber recibido un comunicado firmado por un grupo terrorista islámico que se responsabilizaba de los atentados. No obstante, los analistas más agudos continúan imputando a ETA la autoría de estos crímenes. La hipótesis que barajan parte de la siniestra lógica de los terroristas vascos. ¿Qué buscaban en esta oportunidad? Obvio: influir en las elecciones del domingo 14 de marzo. ETA pudo pensar que una matanza de estas dimensiones, atribuida a Al Qaeda, se convertiría en una condena al gobierno de Aznar y al Partido Popular por haber secundado la impopular política de Washington durante la última guerra de Irak.

Bien, lo probable, es que ETA esté detrás de los asesinatos, pero tampoco debe descartarse que haya sido un crimen pactado entre las dos organizaciones terroristas. Al fin y al cabo, los vínculos entre los etarras y los terroristas islámicos datan de hace varias décadas, cuando algunos violentos independentistas vascos fueron adiestrados en la academia de la policía de Argelia. A partir de entonces, frecuentemente, la policía española y la israelita han sabido de los contactos esporádicos y la colaboración fluida entre la banda española y grupos como Hamas, Al Fatah o la OLP. Si ETA no actuó directamente, no es muy descabellado pensar que Al Qaeda le hizo el trabajo sucio, o que ETA colaboró con los terroristas islámicos para asesinar a centenares de odiados “españoles”.

La verdad es que ETA tiene apoyos internacionales importantes y decididos. El subcomandante Marcos en México, los sandinistas en Nicaragua y las FARC colombianas respaldan sin ningún pudor a los etarras vascos. Hace tres años, en Panamá, en el seno de la Cumbre Iberoamericana, Fidel Castro se negó a firmar un documento de condena a la banda terrorista. El Comandante, fiel a sus amigos y a sus principios revolucionarios, no iba a traicionar a unos viejos compañeros de lucha a los que les ha prestado todo género de ayudas, material y política, desde 1966, cuando se creó en La Habana la Tricontinental, una verdadera internacional del terror. Solidaridad de dos vías, pues Castro recibe muestras constantes y recíprocas de gratitud por parte de los terroristas vascos. Los industriales vascos que invierten en Cuba, por ejemplo, no son extorsionados por ETA, y basta pasearse por la propaganda etarra o castrista en Internet para descubrir que las voces que defienden a ETA ―los escritores Alfonso Sastre y Eva Forest, por citar dos nombres― son las mismas que defienden la dictadura cubana.

¿Quiénes, en el plano internacional, coinciden con ETA y la apoyan? En primer término, numerosos comunistas. Nunca debe olvidarse que, por encima de todo, ETA es una organización de ideología marxista-leninista que pretende crear una “dictadura del proletariado” en las provincias vascas de España y Francia. Para los comunistas de todas partes, se trata de camaradas empeñados en una lucha épica en favor de los pueblos oprimidos. En segundo lugar, quienes odian visceralmente a Occidente y a Estados Unidos. La señora Hebe Bonafini, presidenta de las Madres de la Plaza de Mayo ―una organización cívica argentina―, la misma que celebró el derribo de las Torres Gemelas, no cesa de manifestar su simpatía por los presos etarras. En Uruguay, cuando el gobierno decidió deportar a España a unos terroristas vascos, algunos sindicatos, los tupamaros y otros componentes del Frente Amplio se lanzaron a las calles para protestar vehementemente. Para ellos, los etarras no eran criminales responsables de un millar largo de muertos y numerosos secuestros y atropellos, sino sacrificados compañeros antiimperialistas.

El tercer grupo de simpatizantes de ETA es el de ciertos irresponsables que aman y suscriben todas las causas nacionalistas, defendidas por cualquier medio, siempre que se invoque el derecho a la autodeterminación. En Estados Unidos el IRA irlandés llegó a tener el respaldo de políticos y empresarios prominentes a los que los crímenes de estos psicópatas les importaban menos que el romántico objetivo de liberar a Irlanda del Norte del dominio británico-protestante. Cuando los independentistas canadienses de Québec recurrieron al terrorismo, no les faltaron simpatías entre algunos franceses muy divertidos con los episodios de violencia. En el caso de los independentistas vascos sucede el mismo repugnante fenómeno.

Esta vez, sin embargo, la ETA ha ido demasiado lejos y es muy probable que sus amigos se mantengan provisionalmente callados. Algunos, hasta es posible que envíen cínicos mensajes de condolencia al pueblo español. Fidel Castro y Hebe Bonafini ya lo han hecho.      ©Firmas Press

Terrorismo en El Pozo
JUAN LUIS CEBRIÁN El País  12 Marzo 2004

Para los huérfanos de Mayo del 68, el Pozo del tío Raimundo sigue siendo un lugar emblemático. Desde una chabola de aquella barriada de aluvión, construida vergonzantemente con casas de lata levantadas durante la noche, a hurtadillas de la Guardia Civil, el jesuita padre Llanos encabezó valientemente el movimiento de los curas obreros de Madrid, oponiéndose a la opresión de la dictadura y desafiando las directrices pastorales del episcopado, tan acomodaticias con ella. El "Pozo" fue, durante años, símbolo de la protesta sindical contra el abuso del franquismo y de la lucha por las libertades, protagonizada por miles de inmigrantes que llegaban a Madrid desde las provincias en busca de un futuro mejor para sus hijos. Ese futuro se hizo en parte realidad, y aquel barrio obrero y marginal acabó convirtiéndose en una zona habitada por las clases medias de una España que se abría a la democracia al final de la década de los setenta. Sus calles, antes sin empedrar, habían sido testigo durante décadas de una historia de marginación y miseria, pero también de heroísmo militante por la democracia. Ayer ese heroísmo volvió a encarnarse en el horror y la vergüenza padecidas por culpa de la salvaje agresión del terrorismo.

Cuando cerca de doscientos féretros dan testimonio de la sinrazón de los asesinos que han sembrado el terror en nuestra capital, resulta imposible acercarse a cualquier análisis que pretenda, superando el dolor y la estupefacción de que somos presa, intentar una explicación de los hechos: de las motivaciones de la canalla que los ha perpetrado y de la respuesta que las instituciones democráticas y las fuerzas políticas deben dar a la amenaza insidiosa y letal del terrorismo. Pero solo una reflexión serena por parte de autoridades y líderes sociales permitirá la persecución y castigo de los asesinos, y facilitará la implementación de medidas que garanticen a un tiempo la seguridad y la libertad de los ciudadanos. Nuestras opiniones han de construirse, así, utilizando materiales muy delicados y sensibles, que afectan a la conciencia de las gentes, a sus emociones y sentimientos, y a sus más arraigadas convicciones. No pueden verse ofuscadas, empero, por la consternación y la amargura que legítimamente nos embarga.

Los atentados en cadena cometidos ayer superan con creces, en crueldad y miseria moral, a cuantos nuestro país ha padecido hasta ahora. Las bombas fueron colocadas en medios de transporte público atestados de viajeros, y estaban destinadas a hacer explosión en una hora punta en la que miles de personas se dirigían a la escuela o al trabajo. Nadie avisó de su existencia, contrariamente a lo que en otras ocasiones habían hecho los activistas de ETA, por lo que es evidente que no tenían otro fin previsible que el de causar el mayor número de víctimas, de forma indiscriminada y brutal. Si tenemos en cuenta que la propia ETA ha asesinado a ochocientos veinte españoles en el curso de los últimos treinta y cinco años y que ayer bastaron diez minutos para sumar casi dos centenares más de nombres a tan siniestra lista, se comprenderá fácilmente que, caso de ser culpable la organización vasca, nos enfrentaríamos ante un salto cualitativo en la estrategia y fines de los terroristas. Una estrategia en la que ya no bastaría la violencia como medio de atraer la atención pública sobre sus reclamos de cualquier género: la muerte se ha convertido en un fin en sí mismo. Pero, pese al estremecedor balance de sangre, y al hecho indudable de que quienes han perdido la vida o han sido brutalmente mutilados y heridos merecen, junto a sus familiares y allegados, la mayor solidaridad y la expresión de lo mejor de nuestros sentimientos colectivos e individuales, conviene no perder de vista el mensaje fundamental que las bombas nos transmiten. Por encima del destrozo causado en vidas humanas, ilusiones rotas y familias destruidas, más allá de tantos proyectos truncados, tanta tristeza y dolor como ya han sido capaces de provocar, el objetivo final de las acciones terroristas constituye, paradójicamente, el destino de los supervivientes, es decir, el de toda la sociedad española. De lo que se trata es de generar una situación de inseguridad y pánico, de vulnerabilidad, entre los ciudadanos, que permita la extorsión sobre el poder político y el debilitamiento de las instituciones. Por lo mismo, y pese a la enormidad del drama que vivimos, debemos aprender a sobreponernos y a pensar. Y deben hacerlo, más que nadie, aquellos que tienen la responsabilidad de conducir este país y la confianza de los electores para hacerlo.

La eventualidad de que el atentado sea obra de grupos fundamentalistas islámicos ligados a Al Qaeda flotó ayer como un fantasma en todos los comentarios de los círculos políticos y periodísticos. El gobierno fue rotundo en sus desmentidos a este respecto, aunque ni el rey ni el presidente del gobierno citaron a ETA en sus primeras alocuciones al país. Si se confirma que hay elementos del radicalismo islámico ligados a los hechos, será también lícito sospechar que se ha manipulado la información desde instancias oficiales. La bárbara presión a la que el terrorismo etarra ha sometido a este país durante décadas explicaría, en cualquier caso, la inmediata atribución a sus bandoleros de los hechos de ayer por parte de las autoridades, incluidas las del gobierno de Vitoria. Por lo demás, el análisis político de un ataque de Al Qaeda a nuestro país y a Europa conllevaría consideraciones añadidas muy preocupantes, habida cuenta del protagonismo de José María Aznar y su gobierno en la reunión de las Azores que decidió la invasión de Irak. Pero incluso si ETA no hubiera estado detrás de los atentados, la condena de sus métodos criminales y las reflexiones sobre el comportamiento de nuestra sociedad frente al fenómeno terrorista continuarían vigentes.

En trance tan atribulado como el que vivimos, la totalidad de las fuerzas políticas ha llamado, como es lógico, a la unidad frente a la violencia. Una convocatoria así, como la de la manifestación de esta tarde, no tiene empero ningún sentido si los partidos y las diferentes representaciones sociales no son capaces de hacer su propio examen de conciencia sobre los múltiples errores cometidos en el pasado reciente. Si el deseo de unidad es generalizado se debe, entre otras cosas, a que semejante anhelo se ha visto demasiadas veces truncado por las actitudes facciosas, los intereses particulares y las ambiciones oportunistas. No se trata ahora de darse golpes de pecho ni de acusar a nadie con el dedo,

pero es preciso pedir más generosidad y grandeza de ánimo a quienes, llevados por la vehemencia del carácter o el ardor de la expresión, han convertido el terrorismo y sus secuelas en campo de batalla e instrumento a utilizar en la liza por el poder o el protagonismo social. Los cuerpos ensangrentados de cientos de inocentes, y los millones de víctimas en los que nos hemos convertido todos los españoles, así lo demandan.

En medio de esa reflexión global a la que nuestros ciudadanos tienen derecho, y mientras se aclaran la autoría y circunstancias del salvaje ataque, los medios de comunicación no podemos permanecer ausentes ni llamarnos a andana. Sabemos desde hace tiempo que si hay algo que caracterice a los movimientos terroristas de cualquier signo es su deseo de notoriedad o de publicidad de sus actos. Umberto Eco ha llegado a afirmar que "el terrorismo es un fenómeno de la época de los medios de comunicación de masas. Si no hubiera medios masivos no se producirían estos hechos destinados a ser noticia". Cualquier interpretación de lo que sucede que se aparte de esa comprensión no contribuirá a facilitar la búsqueda de soluciones. La sociedad mediática es, por lo mismo, aliada principal y víctima preferente del terrorismo moderno, pues de lo que éste trata es de someter a la opinión pública a la dictadura del terror, la desconfianza y el miedo. A la luz de semejantes consideraciones, y al margen cualquier otra responsabilidad de los dirigentes políticos, los periodistas nos tenemos que preguntar sobre la nuestra propia. La Asamblea del Consejo de Europa, en una resolución de 1979 estableció que "los medios de comunicación, cuando dan cuenta de acciones terroristas, deben aceptar un cierto autocontrol para establecer un justo equilibrio entre el derecho público a la información y el deber de evitar ayudar a los terroristas". Líderes tan dispares como Margaret Thatcher o Felipe González han pedido que no se proporcione al terrorismo "el oxígeno de la publicidad", en palabras de la antigua primera ministra británica. Siempre he pensado que eso nos obliga a los medios a tratar el fenómeno terrorista con idéntico o mayor rigor, profesionalidad y deseo de servir a la verdad que debe animarnos en cualquier otra instancia. Una regla de oro es la comprobación de datos y la preocupación por servir el interés de quienes nos leen y nos escuchan. Y me pregunto, demasiadas veces lo he hecho, si desde ese punto de vista es lícito y lógico que la imagen de dos indeseables encapuchados haya inundado durante días las pantallas de nuestras televisiones, poniendo en jaque a nuestra joven democracia. La utilización sectaria del dolor de las víctimas y sus allegados, el recurso a la truculencia, con desprecio a los derechos inalienables de quienes padecen más directamente la agresión letal de esos criminales, la repetición innecesaria de imágenes que reiteran la desolación y el dolor en que se ven sumidos tantos ciudadanos, son otros ejemplos de deformaciones en las que incurrimos los medios de comunicación.

La enormidad de lo sucedido ayer en Madrid debería servir para que procuráramos una meditación colectiva sobre estas actitudes. Muchos gestos guiados por la benevolencia y el deseo de colaboración pueden, en ocasiones, contribuir sutilmente a extender ese ambiente de desconfianza y desánimo que los criminales tratan de provocar. Las declaraciones de varios de quienes padecieron ayer en su propia carne los efectos de los atentados, en el sentido de pedir a los políticos "que hagan algo", pueden verse justificadas por la natural crispación del momento, pero es justo reconocer que todos los gobiernos de la democracia han puesto un empeño singular en este combate, y que numerosos funcionarios del Estado han pagado hasta con su vida la defensa de las libertades de todos. Por lo mismo es necesario insistir en que esa unidad que tantos piden solo podrá lograrse desde el abandono de las posiciones partidarias y desde un respaldo inequívoco a la independencia de los jueces y al aparato policial y represivo del Estado. Igualmente es necesario el restablecimiento del consenso en nuestra política exterior. Sin una administración de justicia poderosa y unánimemente respetada, y sin una colaboración internacional basada en la legalidad, serán inútiles cuantos esfuerzos se hagan contra la existencia del crimen organizado. Hemos visto que, en países de inmensa tradición democrática, las secuelas de un hecho tan horrible como el derribo de las Torres Gemelas han minado la credibilidad y el aprecio de instituciones centenarias, básicas para la continuidad del sistema de libertades. Esto es algo sobre lo que debe reflexionar el gobierno que salga de las urnas el próximo domingo, precisamente para evitar incurrir en errores ya conocidos.

Por lo demás, la única arma que los ciudadanos tenemos en nuestras manos, el único resorte eficaz para oponernos a la barbarie de la que hemos sido objeto, es precisamente la de nuestro voto. Un buen funcionamiento, eficaz y legal, de la policía y los jueces es el mejor de los pactos que contra el terrorismo puede exhibir este país, y eso solo puede lograrse con instituciones fuertes, inmunes al chantaje, más preocupadas por el servicio a los ciudadanos que por el disfrute del poder. Contra los enemigos de la democracia, la única respuesta posible es más democracia. Algo que, como he tenido ocasión de decir en un reciente ensayo, no constituye la solución de nada pero es, en cambio, la condición para todo. Que eso sea cada vez más posible está felizmente en nuestras manos y podemos demostrarlo acudiendo a votar el próximo domingo. Para que el sacrificio de la antigua barriada obrera del Pozo del Tío Raimundo, de los muertos en Atocha y Santa Eugenia, de los inmigrantes, trabajadores, estudiantes, niños y ancianos que han perdido la vida a manos de un fanatismo criminal, no caiga en el vacío.

Todos contra la masacre del terrorismo
Pablo Sebastián Estrella Digital 12 Marzo 2004

No sabemos si va a ser posible conseguir la unidad de todos los españoles y de todas las fuerzas políticas ante el brutal desafío del terror que ha pretendido, además de la muerte y del dolor consumados, enfrentar a los ciudadanos, destruir el proceso electoral en España y producir una involución democrática, sean ETA o Al Qaeda los autores del atentado. Pero estamos ante un momento crucial de nuestra historia y a los responsables políticos les toca articular la unidad como primera respuesta a las bandas terroristas y preservar las libertades, el Estado de Derecho y la democracia que ellos han querido dinamitar, junto con la vida de doscientos inocentes y el dolor de las más de mil familias afectadas por la catástrofe que hoy, y para siempre, son familias de todos los españoles.

La presencia masiva de los ciudadanos en las manifestaciones convocadas en toda España debe ser la respuesta inmediata a este desafío criminal que lleva el sello de ETA, aunque en las últimas horas el Ministerio de Interior reveló que ha descubierto en Alcalá de Henares un vehículo con detonadores y versículos del Corán, lo que ha abierto una doble línea de investigación que une, a la ya puesta en marcha sobre ETA, otra sobre grupos extremistas islámicos, especialmente Al Qaeda, que parece haber reivindicado a un periódico árabe en Londres la autoría del atentado. Sin descartar una conexión entre etarras y miembros de Al Qaeda, e incluso la simulación por parte de los etarras de un golpe de mano del terrorismo islámico.

No en vano el atentado que los terroristas han perpetrado en Madrid, el mayor de nuestra historia, con paquetes bomba distribuidos en cuatro trenes de cercanías de la capital en el momento de su máxima ocupación matinal y con la intención de producir, en vísperas de las elecciones generales del próximo domingo día 14, el mayor número de víctimas posibles, responde a una estrategia y a un plan que habían intentado los etarras días atrás cuando se detectaron maletas bomba en trenes que llegaban a Madrid procedentes del País Vasco, o cuando se detuvo en Cuenca a un comando de ETA que transportaba una bomba para ser explosionada en la capital española. Aunque también es cierto que los atentados masivos indiscriminados son el estilo y la marca de Al Qaeda.

En estos momentos, la duda planteada por las últimas revelaciones del ministro del Interior por causa de la aparición de unos versículos del Corán en una furgoneta con detonadores ha provocado una mayor incertidumbre y temor de los ciudadanos que podría tener consecuencias imprevisibles en las elecciones del próximo domingo.

Estamos, en todo caso, ante un brutal atentado comparable al ataque lanzado por el terrorismo islámico el 11 de septiembre contra las ciudades de Washington y Nueva York, o por el terrorismo checheno en Moscú en los últimos meses. Con la diferencia de que, en este caso, además de buscar la muerte y el terror de los ciudadanos españoles, los autores de la masacre pretenden dinamitar la vida democrática y la convivencia entre los españoles, usando como telón de fondo de su execrable acción la campaña electoral en curso y las divergencias políticas que en ella se han puesto de manifiesto: tanto por el caso de la entrevista de Carod-Rovira con ETA como por la guerra de Iraq.

El primero de los objetivos terroristas, muerte, heridas, destrozos y pánico, lo han conseguido, pero en el segundo, la destrucción democrática y de la convivencia ciudadana, parece haber fracasado desde el inicio mismo del ataque terrorista, como quedó acreditado por la primera reacción solidaria del pueblo de Madrid, y todos los pueblos de toda España, las instituciones y los partidos políticos unidos en el dolor, la rabia y la determinación de hacer frente, ahora más que nunca, a la nueva oleada de terror.

La suspensión de la campaña electoral por parte de las fuerzas políticas es una prueba de unidad de acción contra el terror, pero en ningún caso debe ir acompañada de la suspensión de la fecha electoral, como pretendían los terroristas para así alterar el orden democrático del que había sido excluido su brazo político Batasuna, desde donde se ha querido imputar, desde primera hora, a comandos terroristas islámicos la andanada criminal, con el argumento de que ETA siempre avisa. Repugnante excusa que falta a la verdad como lo prueban los más de 800 muertos de sus atentados. ¿Avisan cuando dan un tiro en la nuca de un inocente?

La respuesta a semejante masacre está siendo y debe ser unánime en toda España, pero esa unidad debe tener consecuencias institucionales y, por supuesto, políticas, especialmente en el País Vasco, donde sus gobernantes han tomado en los últimos años iniciativas que, lejos de velar por la convivencia ciudadana, han provocado fracturas sociales y políticas importantes, como las que se desprenden del Plan Ibarretxe, que ETA y su brazo político han manipulado y utilizado para dar cobertura a su acción criminal.

La disparatada entrevista del líder de Esquerra Republicana con dirigentes de ETA a principios de año ha quedado en evidencia definitiva, por más que insista Carod-Rovira en su intento de pacificación. Pero esa disparatada entrevista y la posterior tregua de ETA en Cataluña han servido a los criminales para intentar la ruptura del tejido social y político de España, y no podemos de ninguna manera consentir que se abra una brecha entre Cataluña y el resto de España, ni lo van a permitir los catalanes y el resto de españoles, y mucho menos vamos a consentir, unos y otros, que se abra en Cataluña una fractura social como la que ya existe en el País Vasco.

Asimismo, en el plano de la política es necesaria la mayor transparencia informativa del Gobierno en la investigación sobre la autoría de los atentados, porque llamó ayer la atención que ni Aznar ni el Rey, en sus discursos institucionales, mencionaran a ETA mientras sí lo hacía el ministro del Interior, hasta que a última hora de la tarde admitió la doble investigación incluyendo a Al Qaeda entre sus objetivos.

Éste es el momento del dolor, de la reacción policial y judicial contra los terroristas, vengan de donde vengan, y sobre todo de la unidad de España y de los españoles. Y ojalá que esta acción criminal confirme, al menos en el ámbito de la convivencia y la unidad de los españoles, su rotundo fracaso y el inicio de un tiempo nuevo y mejor.

Al estilo Al Qaeda
JOSEP RAMONEDA El País  12 Marzo 2004

En primer lugar las víctimas. La terrible fatalidad. Y la imposibilidad de comprender por qué ellos. El sin sentido de una muerte encontrada, simplemente, por haberse levantado a la hora de cada día para ir a trabajar o por haber cogido el tren unos minutos más tarde de lo habitual porque se pegaron las sábanas. El más radical de los absurdos.

Después, la ciudadanía. Aturdida, desconcertada porque no hay categorías en nuestro cerebro para integrar una carnicería de estas proporciones. Creo que lo más importante de todo es no cerrar los ojos ante la barbarie: lo peor es la banalización del mal. La ciudadanía tiene el domingo la cita democrática con las urnas. Se me ocurre pedir que nadie falte y que cada cual vote lo que tenía decidido votar ayer. ETA no puede cambiar un solo voto.

A partir de aquí, cuesta mucho entrar por la vía de los análisis. Tendemos siempre a esperar lo mejor. Sabíamos que ETA estaba debilitada. Pensábamos que por esta razón esta vez su intervención en campaña se limitaría al obsceno comunicado de la tregua selectiva. Cuando las fuerzas de orden público detuvieron una furgoneta cargada de explosivos comprendimos que lo seguían intentando pero preferimos creer que el peligro estaba desactivado. No, ETA ha intervenido con su instrumento de siempre: matar, porque es su única forma de existir. Y lo ha hecho a una escala sin precedentes.

Es muy arriesgado hacer especulaciones sobre las acciones de ETA. Los que la han conocido desde dentro aseguran que su toma de decisiones es mucho menos elaborada de lo que a veces se supone y que dan los golpes cuando y como pueden. Pero las características de este atentado no pueden pasar desapercibidas. ETA ha matado ayer más ciudadanos que la suma de las víctimas de sus cinco atentados anteriores más sanguinarios. Se trata de un salto cualitativo perfectamente buscado. De una masacre hecha con toda conciencia. Esta vez no ha habido llamada de aviso. No se buscaba asustar, se buscaba aterrorizar. Porque el terror es paralizante.

Es inevitable mirar al exterior. Han sido Al Qaeda y otros ramas del terrorismo islamista los que, en los últimos años, han practicado repetidamente los atentados indiscriminados, con explosiones simultáneas en diversos puntos, y altamente mortíferos. No hace falta mirar sólo al 11-S. En Irak, cada día hay ejemplos de este tipo de terrorismo. ¿Puede pensarse en cierto mimetismo por parte de los dirigentes de ETA? ¿O más bien hay que pensar en un intento de producir el mayor daño posible optimizando la capacidad mortal de los limitados recursos operativos de la banda? "El terrorismo -escribía Amos Oz- actúa como la heroína: las dosis han de ser cada vez más fuertes para que el efecto se mantenga". La dificultad de ETA para actuar estaba desdibujando su imagen. Hacía muchos meses que no mataba, con lo cual, en cierto modo, era ya más una sombra que una amenaza. ETA ha querido acabar con cualquier tipo de ilusión. Una masacre para que nadie dude de que sigue ahí. Pero el hecho de que ETA opte por un masacre estilo Al Qaeda, aún sabiendo que es el tipo de atentado que más rechazo social produce, es a tener en cuenta. Sembrar el pánico colocando a toda la población como víctima potencial. Esta es la estrategia. Porque ciertamente ninguno de los que tomaron ayer los trenes en los que encontraron la muerte tenía razón alguna para pensar que ETA iba a por él.

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