AGLI

Recortes de Prensa     Domingo 21 Marzo 2004
Madrid en el corazón
Mario Vargas Llosa, El País 21 Marzo 2004

Rubalcaba miente
EDITORIAL Libertad Digital  21 Marzo 2004

¿POR QUÉ SIGUEN EN EL ODIO
César ALONSO DE LOS RÍOS ABC 21 Marzo 2004

QUIÉN TIENE RAZÓN, ¿LOS IRAQUÍES O ZAPATERO
JANET DALEY Columnista de «The Daily Telegraph» ABC 21 Marzo 2004

Entre la vergüenza, la indignación y el asombro
Alberto Recarte Libertad Digital 21 Marzo 2004

«PRESIDENTE, HEMOS PERDIDO LAS ELECCIONES»
José Antonio ZARZALEJOS ABC 21 Marzo 2004

La nueva guerra de Kosovo
Alberto Míguez Libertad Digital  21 Marzo 2004

Otra vez Kosovo
Alejandro Muñoz-Alonso La Razón 21 Marzo 2004

El español detenido en Asturias sólo reconoce que facilitó los detonadores
J. M. Zuloaga - Madrid.- La Razón  21 Marzo 2004

 
Madrid en el corazón
Mario Vargas Llosa, El País 21 Marzo 2004

¿Qué va a ocurrir ahora en España, con el nuevo Gobierno de Rodríguez Zapatero?

Madrid no tiene la gracia de Sevilla, ni la elegancia de Barcelona, y pese a sus espléndidos museos, palacios,
parques y conventos centenarios, no es profunda a la manera de Santiago de Compostela o Ávila donde el pasado parece más vivo que el presente. Lo que hace inconfundible a Madrid es ser la más abierta y universal de las ciudades españolas, una ciudad que no pertenece a nadie porque pertenece a todos, los que nacieron y viven en ella o están sólo por temporadas o de paso, el tiempo justo para, sentados en una de sus innumerables terrazas, tomarse una cerveza contemplando ese cielo extraño, tornadizo, que todavía hace esfuerzos para
parecerse al que le atribuyen los cuadros de Goya, una de las pocas cosas que en Madrid no haya cambiado en las últimas décadas hasta lo irreconocible.

Cuando yo conocí Madrid, en 1958, era todavía bastante provinciana, con sus serenos cojitrancos y sus beatas con pañolones que miraban con irritación a las muchachas que se ponían pantalones. En ese Madrid uno podía reconocer aún la ciudad decimonónica de Pérez Galdós y reconstruir las trayectorias de los personajes de Fortunata y Jacinta o recorrer el paisaje urbano por el que se movían los anarquistas de Pío Baroja en Aurora Roja y La busca. Ahora aquellas expediciones de arqueología literaria son casi imposibles porque, a partir de
los sesenta, en Madrid el presente comenzó a devorar el pasado y a convertirlo en un lejano horizonte.

La modernidad de Madrid no está sólo en sus edificios, urbanizaciones nuevas, atascos infernales, proliferación de locales de fast food, ni en la variopinta invasión de turistas, ni en que un oído alerta pueda reconocer, en las colas a las puertas de El Prado o, en las noches, alrededor de la Plaza Mayor, todos los idiomas del mundo. Está en el cosmopolitismo mental de sus gentes que, a fuerza de ser tan diversas, se han emancipado del estigma de una identidad "municipal" de madrileños (como diría Rubén Darío) y, al igual que los londinenses, parisinos o neoyorquinos, convertido en ciudadanos del mundo. Por eso, en una exposición en la Galería Moriarty, la fotógrafa japonesa Atsuko Arai pudo mostrar hace un par de años que, sin salir del casco viejo, la capital de
España era un microcosmos que albergaba los paisajes y culturas de medio planeta.

Ha sido ese espíritu libre y esa mentalidad sin orejeras de ciudad abierta, hospitalaria y democrática -ciudad-emblema de la notable transformación de España en el último cuarto de siglo- lo que quisieron volar en pedazos los fanáticos que, en la mañana del 11 de marzo, pusieron en Atocha las bombas que han causado más de 200 muertos y 1.500 heridos -es sintomático que haya doce nacionalidades representadas entre las víctimas-, en el más feroz atentado de masas terrorista sufrido por Europa Occidental en toda la historia moderna. No se equivocaron de blanco los asesinos: el Madrid de hoy representa exactamente la negación de esa radical
inhumanidad del espíritu obtuso, exclusivo y excluyente, tribal, del fundamentalismo religioso o político, que odia la mezcla, la diversidad, la tolerancia y, por encima de todo, la libertad. Ésta es la primera batalla europea de una salvaje guerra que comenzó exactamente dos años y seis meses atrás, con la voladura de las Torres Gemelas en New York, y cuyos estragos y cataclismos llenarán de sangre y horror, probablemente, buena parte del siglo que comienza. Es una guerra a muerte, desde luego, y, debido al fantástico desarrollo actual de la
tecnología de la destrucción y el celo fanático y suicida que anima a la internacional del terror, acaso constituya una prueba más difícil todavía que la que representaron el fascismo y el comunismo para la cultura de la libertad.

Respecto al 11-S estadounidense, el 11-M madrileño ostenta un añadido en la estrategia terrorista: además de causar el mayor número posible de asesinatos, la intención de influir brutalmente en la circunstancia política del país victimado. Lo consiguió en toda la línea: gracias a la salvaje matanza, un número considerable de electores españoles, dolidos y enfurecidos, votaron a la oposición y derribaron al partido de Gobierno, al que hasta entonces todos los sondeos auguraban la victoria. Según un consenso unánime castigaban así la decisión de Aznar de apoyar la intervención militar anglo-norteamericana en Irak contra Sadam Husein, que fue siempre muy impopular en toda España. De este modo, José María Aznar, el estadista que desde la transición dio el impulso
más potente al crecimiento económico del país, creó cerca de cuatro millones y medio de puestos de trabajo, modernizó más las instituciones y dio a España una presencia y dinamismo en la escena internacional que no tenía desde el Siglo de Oro, era humillado y convertido en chivo expiatorio de la bestialidad homicida de Al Qaeda. De ingratitudes semejantes está hecha también la democracia y, ésta, recuerda la que infligió el electorado británico a Winston Churchill, que había salvado al Reino Unido de Hitler y ganado la guerra, enviándolo en las elecciones de 1945 a pintar acuarelas marinas a la Costa Azul.

¿Qué va a ocurrir ahora en España, con el nuevo Gobierno de Rodríguez Zapatero? En política económica, probablemente nada. Por fortuna para todos, el PSOE es ya un partido mucho más liberal que socialista y su programa económico era, en lo esencial, muy parecido al del Partido Popular, de modo que todo indica que el apoyo a la economía de mercado, a la empresa privada y a la inserción de España en los mercados mundiales continuará, aunque la retórica y las personas sean otras. Parece imposible que, a estas alturas, el país pueda
retroceder hacia el populismo de infausta memoria o al intervencionismo corruptor. En este ámbito, al menos, el
progreso alcanzado en estos últimos ocho años, debería continuar.

En política internacional, Rodríguez Zapatero se propone distanciarse con prudencia y sin acritud de Estados Unidos para acercarse más a la versión de Europa que personifican Francia y Alemania. Esto puede querer decir mucho o nada, salvo gestos desprovistos de sustancia. Lo último es lo mejor que podría ocurrirle a España, desde luego, si no quiere perder el protagonismo que ha alcanzado en los últimos años en asuntos internacionales y pasar a ser lo que era antes, un don nadie, o, a lo más, un oscuro acólito de Francia, sin presencia ni voz. El anuncio hecho por Rodríguez Zapatero de que retiraría las tropas españolas de Irak a fines de junio si la ONU no toma antes el control de la transición, ha sido a mi juicio un error, como se lo ha recordado el senador Kerry, que tiene muchas posibilidades de ser el próximo presidente de Estados Unidos.

La oposición a la intervención armada del nuevo mandatario español, perfectamente legítima, es una cosa; otra, la presencia de los militares españoles en aquel país, donde no han ido a pelear sino en una misión de paz tan generosa y tan noble como la que desempeñan esas mismas tropas en Afganistán, en la ex Yugoslavia o en los países latinoamericanos donde entrenan a los policías y militares para actuar en democracia.

Retirarlos ahora, cuando según la encuesta de Oxford Research International publicada el 17 de marzo, el 70% de los iraquíes declara que (a pesar de los monstruosos atentados) su vida ha mejorado desde que se libraron de Sadam Husein, es un acto injusto e inamistoso hacia los millones de iraquíes que, como los millones de españoles en tiempos de Franco, desean ardientemente vivir en paz y en libertad, y, también, un mensaje
que no sólo Al Qaeda y sus huestes de dementes homicidas, sino los propios países democráticos interpretarían como un rendirse ante el terror y reconocer que éste, poniendo bombas y matando inocentes, sí consigue lo que se propone. La guerra de Irak ya pasó. Lo que ahora está en juego, allí, es una lenta y difícil transición hacia la democracia, y un país como España, con un Gobierno ahora socialista, no puede ni debe dejar de echar una mano en ese proceso hacia la legalidad y la libertad del pueblo iraquí.

En los campos de la educación, de la cultura, de la cooperación con América Latina, Rodríguez Zapatero ha esbozado proyectos razonables y mostrado un entusiasmo que sólo cabe aplaudir. Ojalá, durante su gestión, el Gobierno siga apoyando a instituciones como el Instituto Cervantes y la Casa de América que, cuestiones políticas aparte, han venido realizando en los últimos años una labor ejemplar.

Y ojalá tenga el nuevo primer ministro español la sutileza, la firmeza, la inteligencia y la colaboración necesarias para sortear con éxito los tremendos desafíos que le esperan en el conflicto más áspero y peligroso
para el futuro de España: el de los nacionalismos periféricos.

Ese problema no ha mermado, más bien crecido con el formidable aval en las urnas que ha recibido Esquerra
Republicana, un partido que, por más pacífico que sea, sabe muy bien lo que quiere, y lo que quiere es acabar con la monarquía y la secesión integral de Cataluña, en tanto que, aunque por razones distintas, tanto el PNV y el terrorismo etarra abiertamente dicen creer que con el nuevo Gobierno tendrán menos obstáculos en la consecución de sus designios, que a fin de cuentas son el mismo: la independencia del País Vasco.

No se necesitan dotes de vidente para predecir que, en este campo, más pronto de lo que quisiera tendrá el nuevo Gobierno español serios problemas que encarar. Ojalá que los afronte recordando siempre que, pese a las grandes antipatías y diferencias doctrinarias que lo separan del Partido Popular, en lo que concierne a la defensa de la Constitución, del orden democrático y la unidad de España, esta fuerza política es el único aliado real con el que cuenta.

Regreso a las bombas y los muertos de Atocha. Ellos habrán servido, en lo que a mí concierne, para descubrir lo metido en las entrañas que tenía a Madrid, lo mucho que quiero a esa ciudad, y saber hasta qué punto se ha convertido en mi querencia. Cómo explicar si no la mala conciencia con que he vivido desde el 11 de marzo por no haber estado allí, compartiendo los riesgos, el miedo y la rabia con tantos amigos queridos en esos días de espanto, la tristeza que he sentido con esos tres muertos que eran empleados de la Biblioteca Nacional donde he pasado tantas tardes felices leyendo, y las veces que me he preguntado si alguno de los comensales con que cambio saludos en el Café Central donde recalo a veces no figurará entre las víctimas. Madrid sobrevivirá al fanatismo y al terror, qué duda cabe, y a partir del 11 de marzo añade a sus muchas credenciales la de haberse metido en el corazón de todo lo que queda de libre y decente en el mundo.

Rubalcaba miente
EDITORIAL Libertad Digital  21 Marzo 2004

Lenin dijo que la mentira es un arma revolucionaria. Netchaiev, para destruir la voluntad de resistir del adversario, recomendó en el “Catecismo revolucionario” aplicar “a los cuerpos, la violencia; y a las almas, la infamia”. Revel, en las antípodas de estos dos enemigos de la libertad y de la humanidad, constató, muy a su pesar, que la principal de las fuerzas que mueven el mundo es la mentira.

La operación de intoxicación de masas que llevaron a cabo Rubalcaba y la “casa matriz” del PSOE tras el 11-M responde precisamente a esos siniestros patrones: la utilización de la violencia, la mentira y la infamia al servicio de sus fines políticos. La violencia la pusieron los terroristas –Al Qaeda, la ETA, o ambas, aún no lo sabemos a ciencia cierta–; la mentira, el grupo PRISA en los días posteriores a la masacre de Madrid –hay que recordar, por ejemplo, el famoso cadáver del suicida que nunca apareció–; y la infamia Alfredo Pérez Rubalcaba y los manifestantes “espontáneos” ante las sedes del PP el pasado sábado, cuando acusaron al Gobierno de mentir y ocultar información.

Pero una vez que comienza a disiparse la nube tóxica que PRISA y su brazo político insuflaron en la atmósfera política el viernes y, sobre todo, el sábado, en plena jornada de reflexión y apenas 10 horas antes de que se abrieran los colegios electorales, muchos ciudadanos empiezan a darse cuenta de que han sido burdamente manipulados, de que han sido objeto de un gran engaño. La desclasificación de los documentos del CNI demuestra que el Gobierno no mintió en ningún momento sino que, primando la transparencia y la honradez sobre los intereses políticos, el Ministro de Interior hizo pública toda la información de que disponía el Gobierno a medida que éste la iba recibiendo.

Esos documentos demuestran que quienes mintieron vil y descaradamente el pasado sábado fueron PRISA y Rubalcaba cuando acusaron al Gobierno de ocultar información sobre la autoría de los atentados. Y al mentiroso, cuando es descubierto, sólo le quedan dos opciones: reconocer que ha mentido o inventar mentiras incontrastables y de mayor calibre. Rubalcaba ha elegido la segunda opción. Ha decidido contraatacar con más mentiras, esta vez imposibles de verificar: ahora acusa al Gobierno de desclasificar sólo los documentos que contribuyen a probar su inocencia. Y afirma que el PSOE contaba con "información suficiente" obtenida de diversas fuentes, "también del CNI", que demostraría que el mismo jueves por la tarde ya se sabía a ciencia cierta que los atentados habían sido perpetrados por Al Qaeda.

Pero, de momento, no ha aportado esa documentación. Ni parece probable que lo haga. En primer lugar porque esa documentación no existe. En segundo lugar, porque todavía no puede descartarse una posible colaboración entre la ETA y Al Qaeda. Y en tercer lugar, en el caso de que existieran esos informes, porque tendría que explicar cómo es posible que él recibiera información clasificada del CNI antes incluso que el Gobierno. Rubalcaba tendría que explicar al Gobierno y a los ciudadanos qué personas o agentes filtran esa información, destinada exclusivamente a las autoridades, a partidos políticos y medios de comunicación. En definitiva, Rubalcaba no revela la identidad de sus “espías”, bien porque no existen o bien porque tendría que denunciarlos ante la Justicia de inmediato. Es decir, o Rubalcaba miente o actúa como encubridor de un delito. Y en cualquiera de los dos casos habría motivos para su procesamiento si no fuera porque para probar la falsedad de sus acusaciones sería preciso desvelar secretos de Estado que, por razones evidentes, no pueden ser revelados.

He aquí la infamia y la trampa saducea a la que ha recurrido Rubalcaba para tapar sus vergüenzas. Si Rubalcaba quiere que también se desclasifique “el trabajo cotidiano" de la Policía, la Guardia Civil y el CNI, que, efectivamente, no sólo trabajan "con papeles", también debería explicar a los ciudadanos que eso equivaldría a revelar a los terroristas cuál es el modus operandi de la lucha antiterrorista. Algo que ningún gobierno responsable, ni siquiera el de Zapatero, puede siquiera pararse a considerar.

Pero mal que le pese a Rubalcaba, por muchas trampas saduceas que interponga en el camino de la verdad, el Gobierno que ha contribuido a encumbrar jamás podrá librarse de la mancha de haber accedido al poder encaramándose sobre una pila de cadáveres y de infamias. Si no fuera por la gravedad de los hechos y de las acusaciones sin fundamento, sería realmente cómico que quien formó parte de los gobiernos que elevaron la corrupción y el crimen de Estado a práctica habitual se atreva a exigir transparencia y honradez a un Gobierno que ha dado sobradas pruebas de honorabilidad. La mejor de ellas es que, precisamente por honradez y transparencia, ha perdido el poder.

¿POR QUÉ SIGUEN EN EL ODIO?
Por César ALONSO DE LOS RÍOS ABC 21 Marzo 2004

SI han ganado las elecciones ¿por qué siguen en el odio?

En la estrategia que han llevado los socialistas desde el comienzo del atentado han existido dos fases. La primera, bien debatida, comienza en la mañana del once, recién conocida la tragedia. Hay que responder a la pregunta sobre la autoría y hay que negar la hipótesis etarra. Hay que dar la razón a Otegi. Hacer otra cosa sería reconocer la cadena de responsabilidades Batasuna-PNV-Carod-Rovira-Tripartito-Maragall. Eso sería mortal para el candidato Zapatero el día 14. Hay que apartar a ETA no sólo de la autoría única sino de la compartida o como inspiradora del plan,aunque todos los precedentes apunten a ella. Así que se le va a acusar al ministro Acebes de orientar las sospechas en esa dirección, es decir, con la intención de echar la culpa al PSOE. Así que en cuanto aparecen las pistas de la furgoneta y la mochila -claramente dejadas por los criminales para alimentar la tesis islamista (de un modo excluyente)- se ceban en Acebes. Desde el poder -se dice- se quiere destruir al PSOE porque los sondeos de la campaña iban dando una aproximación al PP. Es la derechona que, por definición, no puede aceptar la alternancia cuando la verdad es que la tragedia madrileña se deriva de la soberbia criminal de Aznar, que nos metió en la guerra de Irak. Asesino, asesino.

Si esta primera fase es defensiva, la segunda es agresiva y se va a concretar en la manifestación frente a la sede del Partido Popular. Es una repetición de lo que ya habíamos vivido con motivo de las movilizaciones pacifistas, sólo que ahora con el argumento de dos centenares de muertes y a unas horas de las urnas. El cierre violento de una jornada de reflexión. Se trata de poner contra la pared a la dirección del PP, de crear un clima exasperante que pueda ser interpretado por Rajoy como inapropiado para la celebración de unas elecciones en libertad. En definitiva, se trata de presionar a la dirección del PP para que aplace las elecciones. Las notas electrónicas sobre una posible posposición de las elecciones, los rumores de los que se iba a alimentar Almodóvar, tienen este sentido.

¿POR qué se confía en que la dirección del PP va a caer en esa trampa? Porque en la izquierda conviene seguir creyendo que el PP es un partido autoritario, criptofascista, de un extremismo derechista disimulado. Lo han dicho tantas veces que han llegado a creerlo. Esa noche pensaron que en la calle Génova funcionarían los mecanismos golpistas y se equivocaron. Ven el autoritarismo en el ojo del PP cuando tienen en el suyo la viga del totalitarismo y, de ese modo, se equivocan. No hubo intento de golpe esa noche. No podía haberlo. Afortunadamente la derecha española (me da igual que sea o no centrista) es democrática y sabe perder unas elecciones democráticamente aun cuando -como nos demuestra el voto de los residentes en el extranjero- iban a ser ganadas por él y quizá con mayoría absoluta.

HOY la amalgama de partidos nacionalistas que rodea al PSOE y que va a hacer posible su gobernación dan a la izquierda este rostro no sólo antipático, que diría Carod-Rovira de Aznar, sino agresivo hasta la desestabilización. Cabe esperar que su ascenso al poder les lleve a una cierta relajación, a una distensión, porque de lo contrario deberíamos seguir preguntándonos por qué alimentan ese odio en sus corazones. No conciben su desplazamiento del poder cuando se encuentran en la oposición pero ni siquiera cuando ocupan el poder. ¿Por qué? Justifican su disfrute de éste no como el fruto de la alternancia democrática sino como algo que les corresponde por naturaleza. Por lo mismo piensan que la derecha no está legitimada para gestionar el poder. En una palabra, vacíos de ideología socialista, han hecho de la condena de la derecha toda su razón de ser y para mantener ésta necesitan alimentar el odio.

QUIÉN TIENE RAZÓN, ¿LOS IRAQUÍES O ZAPATERO?
JANET DALEY Columnista de «The Daily Telegraph» ABC 21 Marzo 2004

El nuevo presidente del Gobierno español declaró que la invasión de Irak ha sido un «desastre». ¿Un desastre para quién? De acuerdo con una encuesta realizada por un grupo de organizaciones de radiodifusión, incluida la BBC (que debe haberse quedado bastante sorprendida por los resultados), la mayoría (57%) de los iraquíes creen que les va mejor ahora que Sadam no está. Algo menos de la mitad (49%) cree que la invasión fue lo correcto, frente al 39% que opina que no lo fue. No sólo consideran la situación inmediata como una mejora respecto a la vida bajo el régimen baaz, sino que más del 70% es optimista respecto al futuro y espera que su vida mejore más de aquí a un año. Una proporción aún mayor de iraquíes (80%) piensa que los ataques contra las fuerzas de la coalición están mal y deben parar. Imagínense. Una idea bastante diferente de la que nos ofrecen aquí, ¿cierto? Lo que vemos de Irak a través de los medios contrarios a la guerra es un caos: un país que apenas se puede considerar país, más bien una masa hirviente de odio caótico hacia Estados Unidos y sus aliados, en el que el aborrecimiento de todo el pueblo estalla constantemente en forma de violencia contra las tropas (cuando, de hecho, la mayoría desea que se queden para ayudar a restablecer la seguridad) y repercute en todo el mundo en forma de terrorismo aumentado.

Lo que dicen entre líneas de forma no muy sutil muchas de las noticias sobre Irak (ver especialmente la mayoría de las portadas de «The Independent» en meses recientes) es que hemos conseguido que la vida de los iraquíes sea peor y la nuestra, más peligrosa. Enormes columnas de las páginas de opinión de «The Guardian» e interminables horas de cobertura de la BBC (en las que generalmente participa el ubicuo portavoz de Asuntos Exteriores liberaldemócrata, Menzies Campbell) se han dedicado a reforzar lo que se ha convertido en la opinión aceptada por los intelectuales liberales: tras entrar a saco en una región con una volatilidad que habíamos subestimado, bien porque -elijan la calumnia favorita- Bush y sus amigos han sido completamente cínicos y sólo les interesaba el petróleo iraquí o porque han sido ingenuamente idealistas al pensar que de la noche a la mañana podían instalar en Irak una libertad democrática similar a la estadounidense, hemos reducido el país a la ruina. Sólo la contrición seguida de la retirada puede reparar el daño. Ahora, el recién elegido presidente español, José Luis Rodríguez Zapatero, ha expresado este mensaje como amenaza: sólo una completa «revolución» en la política estadounidense podría impedirle que abandone la coalición que ocupa Irak.

A juzgar por las opiniones de los propios iraquíes, eso sería lo más irresponsable e inútil que podría hacer. Ahora que la guerra ha terminado y Sadam se ha ido, lo que los iraquíes desean, como dicen el 85 por ciento de ellos, es recuperar la seguridad y, para ese fin, necesitan la ayuda de las tropas occidentales ocupantes. Pero presumiblemente Zapatero sólo estará satisfecho si el resto de la coalición se une a él en una salida rápida y después se somete a los mecanismos terriblemente ineficaces de una «operación de paz» de la ONU. ¿Qué se podría conseguir saliéndose ahora y dejando a los iraquíes a merced de la minoría a la que le gustaría contemplar el retorno de la tiranía baazista o, en otro caso, con suficiente caos como para proporcionar cobertura a las organizaciones terroristas panarábicas? Bueno, lo que se conseguiría sería una breve ventaja política extremadamente oportunista para el partido de Zapatero en España y una aparente justificación para quienes se oponen a la guerra en el Reino Unido. Lo siguiente sería la epidemia de terrorismo mundial más todopoderosa de la historia, dado que Al Qaida habría aprendido la lección definitiva de que el asesinato masivo funciona. ¿Cuál es la lección para aquellos que creen verdaderamente en la libertad de los iraquíes y en el fin de la amenaza islámica? Que deben defender su causa con mucha menos ambivalencia y apología. Los grupos de presión contra la guerra no sólo han tergiversado el estado de la opinión pública iraquí, sino que también han manipulado criminalmente las percepciones británicas. Han conseguido convertir en una cuestión de vergüenza nacional una guerra breve, con enormes triunfos y extraordinariamente poco sangrienta, que derrocó a un tirano genocida.

Para comprender lo nocivo que esto podría resultar, viene bien echar una ojeada a una encuesta publicada el martes en «The Guardian», en la que se analizan los sentimientos de los musulmanes británicos. A diferencia de sus correligionarios de Irak, los musulmanes que viven aquí no ven con buenos ojos a los libertadores de ese país. Y, a diferencia de los iraquíes, tampoco se sienten optimistas respecto a su futuro en el país en el que residen. Han llegado a creer que cada vez están más aislados en Reino Unido, y la encuesta parece atribuir este alejamiento directamente a la guerra de Irak y a la legislación antiterrorista. Un 61 por ciento cree que los soldados británicos y estadounidenses deberían retirarse de Irak, lo cual, recordarán ustedes, es justamente lo contrario de lo que desea la mayoría de los iraquíes. ¿Por qué los musulmanes británicos tienen una visión de los acontecimientos tan contraria a la del pueblo por el que tan preocupados están como para sentirse «aislados» en su propio país? A lo mejor porque también a ellos les ha engañado el estridente grupo de presión contrario a la guerra y a EE.UU. Añádase a esto que muchos de ellos han sido inflamados, amedrentados y chantajeados moralmente por los demagogos islamistas a los que se ha permitido una retórica de odio e incitación a la violencia que nunca se habría permitido a cualquier otro grupo de nuestra sociedad. Esta «tolerancia» fuera de lugar, que fomenta activamente la desconfianza y el resentimiento entre razas, es parecida al odio a uno mismo pregonado por el campo contrario a la guerra, para quienes su país, especialmente si está aliado con Estados Unidos, no puede hacer nada bien. La mayoría de los musulmanes británicos, al igual que la mayoría de los iraquíes, desean la paz y la libertad. Los que piensan que están proporcionando ambas, deben mostrarse tan firmes en sus argumentos como los idiotas útiles de Osama lo son en los suyos.     EDA/ c The Daily Telegraph

14-M
Entre la vergüenza, la indignación y el asombro
Alberto Recarte Libertad Digital 21 Marzo 2004

No puedo remediar el sentimiento de indignación que me invade ante el comportamiento del PSOE y el resto de las izquierdas en los días posteriores al atentado de Madrid y previos a las elecciones. La tradición golpista de la izquierda española se puso una vez mas de manifiesto. No se respetó ni el dolor de las victimas, ni la legalidad ni, por supuesto, la verdad. El pasado —y presente— revolucionario del PSOE, verbalizado y organizado por Prisa, apareció una vez más; primero por el temor a perder las elecciones y después para propagar la infamia de que el ministro Acebes mentía al atribuir el atentado a ETA y ocultaba información vital a los españoles.

La vergüenza que siento, compartida por más de nueve millones de personas, no va a variar el resultado de las elecciones. Pero quiero que quede constancia de que a mí, y a muchos españoles, nos afecta la manipulación de la izquierda. Y que no tienen razón, aunque una mayoría de españoles les apoye.

Durante el último año hemos vuelto a comprobar que la violencia, la intimidación, las amenazas y la mentira son las señas de identidad de buena parte de la izquierda española. Es posible, incluso, que sin la colaboración de los terroristas, el PSOE hubiera ganado las elecciones, o hubiera igualado los resultados del PP, lo que sumado a los escaños de todos los nacionalistas le hubiera permitido gobernar. Pero la utilización del dolor de las víctimas deslegitima el próximo Gobierno del PSOE. Gobernara legalmente, y no seré yo el que proclame lo contrario, pero su mandato estará manchado de ignominia.

No es muy frecuente que unas elecciones se ganen por la política exterior defendida por uno u otro. Y en esta ocasión tampoco ha sido así. La guerra de Irak parece haber sido determinante, pero aún más inmediato era su influjo en las elecciones de mayo y no pesó en los resultados, a pesar de ser unas elecciones locales y autonómicas en las que podía haberse castigado mucho más al Gobierno del PP. Estas elecciones se han decidido por el atentado de Madrid, no por la política exterior.

Es posible, por lo que se va sabiendo, incluso, que pesara en los terroristas marroquíes más Perejil que Irak. Aunque tampoco está claro el nivel de colaboración con Al-Qaeda y con la ETA. Quizá lo sabremos, o quizás no, porque ahora gobernará el PSOE y seguro que el ministro del Interior no será una persona tan recta como Acebes.

Para mantener, ante muchos votantes, que el PSOE ha ganado por su posición en política exterior, Zapatero y Moratinos no han dudado, en sus primeras intervenciones, en afirmar que España cambiará sus alianzas, aunque nos perjudique. A cambio de nada renunciamos a los acuerdos de Niza, que nos permiten, como Estado, hacer valer nuestros intereses y opiniones en la construcción de la Unión Europea. Directamente nos declaramos país de tercera división, vasallos de Francia, y nos entregamos a la volubilidad del presidente francés de turno, que decidirá por nosotros. Sin negociación, sin compensación, sin hacer siquiera la pantomima de una cumbre de la reconciliación con la vieja Europa.

Lo que significa una entrega de soberanía, sin consulta popular, mucho mayor que la que supusieron los acuerdos de entrada en la Unión Europea y los posteriores de Maastricht y de Amsterdam. Aceptamos todo lo que decidan Francia y Alemania, sin posibilidades de razonar. Renunciamos a nuestro voto. Renunciamos a defender nuestros intereses económicos y políticos. Renunciamos a poder defender a otros países aliados. Traicionamos a Polonia y a muchas nuevas democracias del este de Europa, que se apoyaban en nosotros para completar su transición a la democracia y defender sus intereses. No hay incompetencia en las posiciones políticas del PSOE, hay el deseo de ocultar cómo se han ganado las elecciones. Y por ello se sacrifican, sin negociación, los intereses de todos los españoles, excepto los de la clase política gobernante.

El giro en política exterior se completa con el cobarde abandono a nuestros aliados en Irak. No importan los acuerdos ni los compromisos. Aunque en esta ocasión no se puede acusar a Zapatero, como en el caso de la Unión Europea, de no haber advertido lo que pretendía hacer. Pero debemos ser conscientes de que una declaración de hostilidad abierta contra Estados Unidos supone unos tremendos costes para España. Económicos, pues vamos a perder la posición privilegiada que habían ocupado allí nuestras empresas en estos meses, con lo que eso implicaba para Iberoamérica, y políticos, pues frente a los riesgos que puede desencadenar una crisis nacional, la amenaza a Ceuta y Melilla por parte de Marruecos, y el desafío terrorista, etarra e islámico, dejamos de contar con el apoyo de la única superpotencia mundial; incluso peor, nos encontraremos con su indiferencia o su hostilidad. Gane quien gane las elecciones norteamericanas. ¿En quién va a confiar Zapatero? ¿En la Francia de Giscard —el protector de etarras—, en la de Chirac —enemigo de España durante la crisis de Perejil—?

A la demagogia previa a las elecciones ha sucedido el cinismo, por parte del PSOE, de pretender defender posiciones europeístas y antimilitaristas, cuando lo que se quiere es ocultar la utilización partidista del atentado de Madrid.

Durante unos días me he sentido profundamente avergonzado; después me he indignado. Ahora estoy asombrado. De momento por la política exterior. Pero seguro que esto sólo es el aperitivo y que tendremos, desgraciadamente, muchos más motivos para la estupefacción.

CINELANDIA
Por Jon JUARISTI ABC 21 Marzo 2004

EL cine ya no es parte de la vida: es la vida. Lo ha dicho Manuel Gutiérrez Aragón en mitad de la campaña para las elecciones de 2004 y el resultado de éstas lo confirma. La vida se ha vuelto un interminable programa de cine de barrio. Zetapé hizo el primer chiste al respecto, aquello de Lo que el viento se llevó. Un chiste facilón, por cierto, pero es sabido que, en el cine, incluso los peores chistes funcionan.

La invasión de la vida por la novela se llamó en su día romanticismo. Cómo conocerán en el futuro este vivir desviviéndose en sesión continua es algo que todavía no podemos imaginar, aunque ciertos rasgos básicos de la nueva cultura estén ya a la vista. Por ejemplo, la aparición de un nuevo poder espiritual: el Peliculero, categoría que engloba a directores, actores, productores, guionistas, etc. Se sorprendía el jueves Almodóvar de que su imputación de golpismo al PP hubiera producido tanto jaleo y a uno le sorprende que se sorprendiera, porque la ciudadanía transmutada en público estaba en ascuas, con la mirada fija en la nueva corporación sacerdotal, esperando el enésimo episodio de la saga para saber a qué atenerse. Lo que a muchos nos parecía, la noche del domingo, una masiva capitulación ante el terror se convertía el lunes en victoriosa insurrección democrática contra el franquismo y el martes nos enterábamos de la desesperada intentona de los derrotados. Es lógico que nos desvelase el ansia de saber cómo acababa la película.

Por si alguien se perdió alguna secuencia anterior, resumo la serie. Ante la inminencia de la invasión de Irak, la flor del cine patrio se lanzó a la calle, recabando a los transeúntes firmas contra la guerra. Su rapidez de iniciativa los catapultó a la cabeza de las movilizaciones contra Aznar y Bush, a las que no asistimos los intelectuales orgánicos del imperialismo; es decir, los que hemos suministrado al sistema ideología antiterrorista. Hasta Fernando Savater, que es un cinéfilo, se pasmó de ver tanta combatividad pacifista en habituales del festival donostiarra que jamás habían abierto el pico contra ETA. En fin, la abundancia de rostros conocidos de la pantalla dio verosimilitud fílmica a la hipótesis de que Sadam estaba acabado, como los americanos tuvieron ocasión de comprobar. Ante la concentración madrileña en repulsa de la represión castrista, los peliculeros mostraron menor entusiasmo y enviaron un solo representante, que dedicó su intervención a glosar las virtudes democráticas de un amigo suyo no muy bien visto por el exilio cubano. Vino después el caso de Julio Medem, que de entrada nos acusó a mí y a un par de amigos de haber intentado cargarnos su película, al negarnos a aparecer en la misma sosteniendo que ETA y el PP eran peligros equiparables para la paz y que sólo el plan Ibarretxe arreglaría las cosas. La corporación casi en pleno lo arropó en la entrega de los Goya, denunciando de paso la falta de libertad de expresión bajo el aznarismo y comprometiéndose a realizar un reportaje colectivo sobre las miserias que el régimen ocultaba (confío en que, una vez que los suyos han ganado, nos ahorren la emisión televisiva de estos suspiros de España).

Digo los suyos, pero, en realidad, el nuevo poder político lo va a tener difícil con este poder espiritual ya constituido, porque, como se ha demostrado, el Peliculero no es fiel a quien le paga sino a quien le coproduce. De momento, la primera parte de la saga ya ha concluido con el esperable triunfo del Bien. El Pueblo ha expulsado al Gran Dictador (adivinen cuántas veces ha emitido la película de Chaplin cierta cadena estos últimos meses). Yo, qué quieren, sigo encontrando a Aznar un parecido inquietante con el barbero judío.

«PRESIDENTE, HEMOS PERDIDO LAS ELECCIONES»
Por José Antonio ZARZALEJOS ABC 21 Marzo 2004

A las 23 horas del sábado 13 José María Aznar recibió un mensaje en su teléfono móvil. Se lo enviaba uno de sus más próximos colaboradores. El texto era de una dramática contundencia: «Presidente, hemos perdido las elecciones». No había entrado todavía en estertor la concentración ante la sede central del partido en la calle Génova de Madrid y continuaban vivas las de Barcelona, Málaga y otras ciudades. En esas horas vertiginosas se ha llegado a insertar lo que Mariano Rajoy ha calificado como «una colosal mentira». La conciencia perdedora, diez horas antes de que se abriesen los colegios electorales, se instaló con serenidad y conmoción en el Gobierno y en el PP con un total y absoluto aquietamiento democrático. Es una pura alucinación la mera suposición de que se barajasen medidas de cualquier carácter excepcional. La aparición del candidato popular en la televisión para condenar esas movilizaciones e instar a la responsabilidad de los líderes de la oposición -inmediatamente contestada por Pérez Rubalcaba- fue un paso en falso que remató la comparecencia del portavoz del Gobierno, Eduardo Zaplana, mientras -con la torpeza que les ha venido caracterizando- los responsables de TVE tuvieron la ocurrencia de emitir la película de Elías Querejeta «Asesinato en febrero», que glosaba el atentado que costó la vida al secretario general del PSE en Álava, Fernando Buesa, y a su escolta, Jorge Díaz Elorza.

«Alea jacta est» fue la interjección juliana de un ministro que supo esa misma tarde-noche que el PP había traspasado el rubicón de la derrota, pero que se cuidó de comentarlo a sus compañeros. Lo hizo, sin embargo, a sus próximos. «Sólo a la gente con la que tengo confianza» según expresión literal. ¿ Por qué?

Ni el presidente del Gobierno, ni el ministro del Interior -un hombre honrado, de principios, discreto y eficaz- actuaron de modo doloso. Cuando José María Aznar me telefoneó entre las 13,00 y 13,30 horas del 11 de marzo -como lo hizo con los demás directores de los periódicos de Madrid y Barcelona-, la edición especial de ABC estaba concluida a falta de ligeros retoques. El presidente, en una breve conversación de apenas dos minutos, me trasladó su convicción de que la autoría de la masacre correspondía a la banda terrorista ETA. Supuse -y supuse bien- que la intervención personal del presidente se debía a las declaraciones previas de Arnaldo Otegi atribuyendo a «radicales árabes» el terrible atentado. La información de Aznar no modificó ni en una línea ni en un titular el contenido de la edición especial de ABC, entre otras razones, porque tanto Ibarretxe como Acebes se habían pronunciado en el mismo sentido y los indicios de contexto y precedentes resultaban casi apabullantes.

La segunda llamada de Aznar se produjo por la tarde, poco antes de la comparecencia del ministro del Interior para dar cuenta de la localización de una furgoneta con detonadores y una cinta con fragmentos coránicos. La conversación, de nuevo, fue brevísima. El presidente se ratificaba en su criterio inicial, pero advertía de la necesidad de abrir una nueva vía de investigación y manifestaba su propósito de máxima transparencia. La segunda comparecencia de Acebes se produjo en los mismos términos que los manifestados por Aznar y, como es obvio, introdujo en el planteamiento informativo una segunda hipótesis -la del terrorismo islámico, pero con atribución prioritaria a ETA del atentado- que por la mañana no se contemplaba.

Sin embargo, la secuencia de comparecencias y la retransmisión casi en directo de los hallazgos policiales, en las que, además, el ministro del Interior se sometía a preguntas de los periodistas sin aportar nada sustancial, lejos de provocar sosiego, creaba desazón. Entre otras cosas porque, sin que a mi juicio mediase ánimo de engaño, demostraba una resistencia intelectual a la apertura franca a una hipótesis -la del terrorismo islámico- que no se igualó en verosimilitud a la etarra. Y a partir de esa percepción y de ese afán informativo inusual, se fue cociendo una extraña sensación de simulación, de tactismo. Los contragolpes informativos de las instancias gubernamentales a los indicios, en unos casos, y a las especulaciones, en otros, procuraron un auténtico caos de mensajes. Todos los protocolos de comportamiento en situaciones de crisis, saltaron en pedazos. El veredicto social -espontáneo en lo que tuviera, inducido en lo que también tuviera- comenzó a pronunciarse entre la noche del viernes y la mañana del sábado y se formalizó en las últimas horas del 13-M. Sobre una sensación para unos de engaño y para casi todos de precipitación, sobrevino el designio de las urnas para el que estas 48 horas resultaron ser un elemento catalizador que precipitó en la conciencia colectiva posos más espesos y turbios que la evanescencia de los éxitos y logros alcanzados.

«Así es si así os parece», escribió Pirandello. Y así le pareció a la mayoría sin que el que esto firma y en la responsabilidad que le ocupa pueda hablar de mentira ni de presión, sino de obstinación intelectual, lo que, siendo grave, no lo es como el engaño o la simulación dolosa. Pero fuera lo que fuera según cada cual, lo cierto y verdad es que el Gobierno y el PP recibieron un castigo tan enorme que alcanzó a sus errores, pero fue más allá y enterró unos reconocimientos que el tiempo, que todo lo pone en su lugar, también sabrá reconocer, cuando transcurran estas horas en las que hay que recordar la expresión «¡Ay de los vencidos!».

La noche de los móviles
José Clemente La Razón  21 Marzo 2004

La noche de los cuchillos largos, la noche de los cristales rotos, la noche de los móviles..., siempre hay una noche para violentar la conciencia ciudadana, torcer la voluntad popular y lograr aquello que la mayoría no está dispuesta a dar. Y tras cada noche de sangre, fuego y miedo hay personajes que mueven los hilos de las marionetas, la mano del ventrílocuo. El guión ya lo pondrá quien sabe de guiones y la voz, quien mejor sabe de ondas. El cómo, ya lo vimos. La trama de lo que ocurrió esa noche está todavía por descubrir, pero sabremos toda la verdad. No podemos pasar esta página de nuestra historia sin conocer cada detalle, el papel de cada personaje y el apoyo que tuvieron para que todos, aquella larga noche, sintiéramos miedo.

En Murcia sabemos que ciertos dirigentes de la izquierda local estaban esa noche en el puente de mando de esa operativa golpista. Sus nombres y sus funciones saldrán a la luz. Es un derecho y un deber que tenemos todos los demócratas.

En bares cercanos a las sedes asaltadas, en coches camuflados próximos a esos lugares, en sedes políticas, al frente de miles de móviles estaba la trama antidemocrática e ilegal más activa que nunca, dispuesta a que el país entero votara, a la mañana siguiente, lo que ellos provocaron esa noche. Pero esa noche, la noche de los móviles, no quedará impune, porque de no hacerlo estaríamos condenados a repetirla y a seguir siendo víctimas de la estrategia final del terrorismo.

La violencia difusa
DANIEL INNERARITY/PROFESOR DE FILOSOFÍA EN LA UNIVERSIDAD DE ZARAGOZA
El Correo 21 Marzo 2004

Tal vez sea todavía demasiado pronto para comprender la naturaleza de los fenómenos de terrorismo que vienen sucediéndose en los últimos años. A mi juicio, lo más significativo es entender esos acontecimientos como una brutal llamada de atención sobre la verdadera condición de nuestro mundo, cuyo horizonte es una nueva invisibilidad desde la que deben reinterpretarse muchas de nuestras habituales categorías. Cuando se interpreta así este nuevo tipo de violencia en la era global, en un mundo en el que todo fluye, discurre y se transmuta, entonces se advierte hasta qué punto las nuevas guerras son parte de un proceso que invierte las tendencias que habían conducido a la formación de los Estados modernos. Evidentemente esto requiere una cierta explicación.

La modernidad, ese proceso histórico en el que se configuraron los Estados nacionales, pensó y manejó lo salvaje como algo que puede y debe ponerse tras unos umbrales, más allá de unos límites; había una contraposición clara entre el espacio controlado de la civilización y el espacio incontrolado de la barbarie. Probablemente esa distinción no fue nunca tan nítida como pensaron sus formuladores, pero su validez de principio era al menos un horizonte incuestionado. En el momento en el que la expansión civilizatoria abarca al mundo entero, cuando la globalización no deja nada fuera ni concibe ningún más allá fuera de sus límites, entonces parecen entremezclarse la civilización racional y la violencia. El potencial de barbarie que había sido empujado hacia la periferia vuelve hacia el centro. La separación entre la civilización y la violencia ya no está trazada por unos límites que separen unas tinieblas exteriores del espacio interior de la razón, sino que esos límites atraviesan el corazón mismo del mundo civilizado con la misma naturalidad con que se mueven entre nosotros los terroristas.

El asunto sería menos inquietante si nos encontráramos ante una guerra clásica, es decir, si chocaran dos mundos realmente distintos, si la agresión hubiera tenido lugar desde un exterior localizable; si los terroristas fueran realmente agentes de alguna tiranía lejana y subdesarrollada y no gentes que han estudiado en Harvard, manejan perfectamente nuestra tecnología y conocen la lógica que gobierna nuestros medios de comunicación; si su legitimación ideológica fuera solamente una interpretación fundamentalista del Corán en vez de una mezcla entre esa interpretación y el desecho de determinados elementos ideológicos del mundo occidental. Desgraciadamente no podemos concebir esa nueva hostilidad como algo completamente ajeno a nuestra cultura.

Las guerras ya no son lo que entendieron los grandes filósofos de la modernidad, el derecho internacional o la política clásica. Cuando se podía distinguir entre amigos y enemigos el mundo estaba al menos en orden. Había incluso no combatientes, convenciones y un cierto derecho. El terrorismo, en cambio, escapa de cualquier regulación jurídica, sabotea todas distinciones y convierte la enemistad en algo absoluto. La violencia difusa deconstruye no sólo la distinción entre civil y militar sino también la distinción entre victoria y derrota, e incluso entre vencedor y perdedor (el ejemplo más claro de ello se puede encontrar en el hecho de que no se sepa cuándo ha terminado la guerra de Irak y quién ha ganado, que el mayor número de víctimas se produzca cuando parecía que la guerra había acabado). El terrorismo que desconoce los límites ha difuminado también unas distinciones que eran características de nuestra cultura: entre la barbarie más allá de unas fronteras y la civilización en su interior, entre soldados y no combatientes, entre soldados y policías, por una parte, y criminales por otra. Y la distinción cuya pérdida nos produce más perplejidad es la que diferenciaba la paz y la guerra, a la que sigue ahora una situación general de amenaza indiferenciada. La teoría política concebía tres situaciones posibles: paz, guerra y postguerra. Pues bien, es como si la amenaza del terrorismo hubiera eliminado la posibilidad de las dos primeras y ahora viviéramos todos en una situación de postguerra.

El miedo de los amenazados es expresión de una absoluta inseguridad, tanto mayor cuanto menos identificable es el enemigo. La determinación de un enemigo es un modo de absorber esa inseguridad y por eso los gobiernos saben que tranquilizan a sus poblaciones si dirigen toda la atención hacia un enemigo reconocible. Pero cualquiera sabe que esa estrategia es un placebo frente a la verdadera naturaleza del peligro. Los enemigos del siglo XXI son intransparentes, difícilmente localizables, no están más allá de los límites sino en medio del mundo contra el que luchan. Todo el fenómeno del terrorismo contemporáneo resulta especialmente inquietante a causa de esa invisibilidad.

El énfasis no suele contribuir a aclarar la verdadera naturaleza de los problemas, que tienen que ser, antes que nada, bien comprendidos. Tenemos delante un nuevo fenómeno que no es revolución ni guerra fría y que se comprende mejor con las categorías de la conspiración. La figura del delincuente o criminal es obsoleta y su lugar lo ocupa ahora el conspirador, el que confunde mediante signos que no significan lo que deberían. Las causas que aduce (religión, conflicto palestino, globalización y pobreza) no deben ser tomadas en serio, porque no son causas sino justificaciones a posteriori de unas acciones que, efectivamente, no tienen una explicación suficiente. Para este tipo de asuntos vale la recomendación de Graham Greene de no tomarse demasiado en serio ningún juego, porque entonces se pierde. Hay que entender y luchar contra el terrorismo sin creerse necesariamente lo que afirman los terroristas, una de cuyas armas consiste precisamente en generar confusión.

Ha comenzado una nueva era del terrorismo, que también exige ser pensado y combatido de otra manera. Los simulacros de guerra tradicional (Afganistán, Irak) se llevaron a cabo sin querer reconocer que el enemigo se sitúa en un frente interior y contra el que hay que luchar de otra manera. Al hacer una guerra convencional, Bush y sus aliados se comportaron como alguien que se va por las ramas cuando le hacen una pregunta. Todas las pretensiones de identificar 'Estados terroristas' no hacen más que tratar inútilmente de reconducir a categorías conocidas un fenómeno que requiere otra explicación. Los célebres 'Estados-canalla' son, a lo sumo, puntos de apoyo del terrorismo, pero el terrorismo sobrepasa los territorios y las fronteras. La confrontación ya no es territorial. En última instancia falta un enemigo al que corresponda un estatus como sujeto político. Ya no estamos en aquel mundo más simple, en el que el enemigo tenía un rostro y un mensaje, con el que era posible negociar, al que se le podía enviar una declaración formal de guerra y que podía perderla.

El futuro inmediato no va a permitir que nos consolemos con los esquemas tradicionales que ayudaban a combatir la confusión. Asistiremos a unos conflictos sin uniformes, con explosiones dispersas, métodos de destrucción siniestros, sin signos en los mapas como los señalizados por los frentes, con estrategias diseñadas más para producir miedo que bajas. Hay en todo ello una metamorfosis que va más allá de lo militar: termina la época de la estatalidad moderna, de la soberanía reconocible, del monopolio de la fuerza monopolizada y la seguridad garantizada. El mundo no será más seguro mientras no acertemos a darle una forma que sustituya la anterior. La violencia difusa es expresión de este desajuste, como si estuviéramos en el punto de fricción entre dos grandes placas de la historia. Mientras tanto, queda todo un trabajo por hacer que exige menos emoción y más inteligencia, hace falta configurar un nuevo escenario multilateral, construir la seguridad sin límites territoriales o hacer frente a problemas y conflictos que no pueden ser considerados como ajenos en un mundo en el que ya no hay asuntos exteriores sino sólo política interior.

Una derrota general
PEDRO ARIAS VEIRA La Voz 21 Marzo 2004

HASTA EN los que han ganado formalmente, el desasosiego desluce su triunfo. Llegó envuelto por una pesadilla inimaginable. La identificación de los ejecutores del crimen fue sospechosamente fácil. Nunca el terrorismo islámico había dejado huellas palpables para una identificación tan evidente, tan intencionada. Ni tampoco reivindicara con tanta celeridad sus crímenes. Ni afinara con tanta precisión política el calendario del terror, hasta acoplarlo a las jornadas de dolor y reflexión, sin tiempo para el juicio. Algo se presiente que no acaba de encajar.

Al final, las elecciones ofrecieron un resultado demasiado buscado por los terroristas. Inquietante para nuestra democracia y alarmante para otras naciones, que ahora serán sus objetivos preferentes. Ningún votante quería esta consecuencia; tal es el drama del 14-M. Los políticos deberían haber acordado el aplazamiento de las elecciones, para que nadie tuviese que votar con la razón aterida por la muerte. No hubiera sido un triunfo de los criminales, cambiar las fechas de una convocatoria es logro baladí; minar las convicciones subyacentes sobre la legitimidad de los resultados, cosa bien distinta.

Los hechos de la jornada de reflexión, con gentes airadas acosando las sedes del partido del gobierno, han sido muy graves. La siembra de odio hizo muy bien su trabajo. Fue nuestra particular derrota civil. Y en esos momentos cruciales, en la hora de la verdad, Zapatero se ocultó en la inocencia programada, y delegó en un experto en descabellos para rematar a unos gobernantes conmocionados por el mal absoluto. Después negó la secuencia real de los hechos y atribuyó el éxito del apoyo anónimo en las urnas, a una supuesta corriente de cambio no detectada por las encuestas.

Por su parte, Rajoy pecó de una indefinición paralizante desde su nombramiento como sucesor. Evitó el imprescindible debate y lo fió todo al aval pasivo de una gestión que había sido realmente notable. No fue suficiente. Adoleció de la debilidad crónica del carácter gallego, la de no comprometerse. Reaccionó en el último momento, sin tiempo, cuando ya la sentencia se había acordado.

Lo más grave son las conclusiones que pueden sacar los fanáticos. El terrorismo selectivo, -matar a un guardia civil, a un concejal o a un militar-, causa indignación aunque no pánico general. Pero un atentado masivo, el terrorismo indiscriminado, es susceptible de cambiar la voluntad electoral y política de las democracias. Pavoroso descubrimiento, nuevo teorema fundamental para los nihilistas globalizados, brutal constatación de los efectos del 11-M.

Muchos han sido los perdedores y pocos los ganadores. El 14 de marzo del 2004 será una fecha de derrota general en España. Sin tiempo a la reflexión, heridos por la atrocidad y espoleados por los irresponsables, intentamos exorcizar los males del mundo y situarnos al margen de la crueldad de la historia. Pero el aislamiento es un sueño imposible.

Lo malo, lo regular y lo bueno
FERNANDO SAVATER El Correo 21 Marzo 2004

Uno de mis vicios es despertarme temprano y escuchar un rato las noticias de la radio antes de levantarme. De modo que el día 11 de marzo pude seguir en directo cómo iban tomando cuerpo las informaciones sobre la tragedia de Atocha: primero se creyó que podía ser un accidente con algunos heridos, enseguida se habló de muertos, de un atentado, de varios atentados, de muchos o muchísimos muertos...Inmediatamente, todos nosotros (los informadores y los que escuchábamos la información) pensamos en la autoría de ETA. Sobre todo en el País Vasco, empezando por el propio lehendakari y siguiendo por el consejero de Interior Balza, hasta llegar a simpatizantes abertzales que llamaban a la emisora local para explicar cómo la inflexibilidad del Gobierno nos había llevado a esta triste situación. El único que desmintió la autoría etarra fue Otegi, que por lo visto recibe información sobre tales fechorías presentes o venideras 'de la propia boca del caballo', como decimos los hípicos.

Aunque luego se haya demostrado errónea, esta atribución del atentado era perfectamente lógica. ETA había intentado recientemente atrocidades ferroviarias semejantes y no parece que le falten ganas ni recursos para seguir probando suerte... al menos fuera de Cataluña. Las sospechas tenían en primer lugar que dirigirse hacia la banda terrorista local y que el Consejo de Seguridad de la ONU la mencionase en su condena de la masacre, aunque en esta ocasión equivocadamente, no es para sonrojarse: lo que debería avergonzar a dicho Consejo es no haber condenado aún explícitamente a ETA tras casi mil asesinatos firmados por ella. Sin embargo, pocas horas después de los atentados comenzaron a crecer las sospechas que apuntaban hacia Al-Qaida, aunque el Gobierno de Aznar se obstinaba en aferrarse a la pista etarra. Y sin duda ha sido tal obstinación la que ha hecho perder las elecciones al PP. No es propiamente que el Gobierno mintiese, sino que por razones electorales intentó al máximo retrasar el descubrimiento de la verdad, algo imposible en esta época de Internet y de los teléfonos móviles. Ahora ya no funciona el boca a boca, sino el mail a mail... Por cierta justicia poética -y política-, al PP le alcanzaron finalmente las mentiras de la guerra de Irak, y la matanza de Atocha reactivó el rescoldo aparentemente apagado de la protesta contra nuestra implicación en ese conflicto tan escasamente justificable. El gran error de Aznar terminó siendo fatal para su delfín.

Más allá de sectarismos, sin embargo, este impacto no puede ser simplemente celebrado. Es obvio que Al-Qaida o la filial de turno cometió su atroz crimen en la fecha precisa para hacer perder al PP las elecciones, y ha logrado su objetivo. Las turbas que la tarde y la noche del sábado asediaron las sedes del PP en diversas localidades respondían, supongo que sin quererlo, al plan trazado por la internacional terrorista. Hasta una intoxicación radiofónica llegó a hablar de un supuesto 'estado de excepción' gubernamental, cuando lo más parecido al golpismo era lo que se veía en ese momento en las calles, en el día de reflexión electoral. Ciertamente puede haber buenas razones para que España modifique su política exterior, pero la peor de todas sería aceptar que no debe desagradarse a un grupo de asesinos que ahora utiliza Irak como en otras ocasiones ha empleado justificaciones distintas o su simple odio para legitimar barbaridades contra Occidente o las sociedades democráticas que le desagradan. Siguiendo esta misma lógica, acabaríamos modificando nuestra Constitución para evitar las iras criminales de los etarras. Ya hay planes semi-institucionales que apuntan en esa dirección, en el País Vasco y también en Cataluña. Sin embargo no deberíamos olvidar, como dijo en una ocasión Adenauer, que «la única forma de complacer a un tigre es dejarse devorar por él».

Pero creo que hay fundadas razones a pesar de todo para cierto prudente optimismo. El futuro presidente Zapatero ha insistido en que la lucha antiterrorista será una prioridad de su gobierno y hasta ahora su trayectoria personal invita a creerle. Su actual mayoría y las esperanzas que ha suscitado le ponen en buena situación para mostrar firmeza sin que se le acuse de 'neofranquista' o dicterios semejantes. El PNV, a través de Josu Jon Imaz, le ha ofrecido diálogo sin límites sobre el plan Ibarretxe aunque pidiéndole que explicite su 'modelo de Estado'. Es una ocasión excelente para que deje claro que tal modelo, aunque envuelto en formas más amables y dialogantes que las que acostumbraba Aznar, es tan constitucional como el que más y tan escasamente secesionista como el del pasado Gobierno. Tiene también la oportunidad de acelerar la aprobación de la Constitución europea, que puede ser un buen elemento disuasorio contra las aventuras disgregadoras que pretenden los reaccionarios del nacionalismo radical.

Un último aspecto positivo del horror que hemos vivido: se ha creado un ambiente de sensibilidad ante el crimen que pone muy difícil la 'venta' política de cualquier nuevo atentado etarra... incluso entre su público habitualmente más adicto. Es lástima, tan sólo, que para llegar a este cuerdo repudio algunos hayan tenido que contar los muertos en lugar de bastarles la injusticia cualitativa de uno solo de ellos.

Limpieza étnica
La nueva guerra de Kosovo
Alberto Míguez Libertad Digital  21 Marzo 2004

Cinco años después de haber concluido una de las matanzas más irracionales e indiscriminadas de cuantas se produjeron en Europa tras la II Guerra Mundial, en Kosovo vuelve la limpieza étnica. La diferencia estriba en que esta vez son los albano-kosovares musulmanes quienes exterminan a los serbios cristianos (ortodoxos), queman sus templos y expulsan a la población civil de barrios donde llevaban instalados desde hace muchos años. La brutalidad, la vesania y los protagonistas son los mismos aunque las víctimas sean diferentes.

Casi trescientos mil serbios de Kosovo abandonaron en los últimos años sus casas, negocios, granjas y empleos huyendo de las amenazas y chantajes de los albaneses. La presencia de las tropas de la OTAN (Kfor) bajo mandato de Naciones Unidas trataba precisamente de evitar el éxodo masivo de los serbios y gitanos a quienes hace años se acusó precisamente de haber expulsado a miles de albaneses y haber asesinado a varios cientos.

En estos años mal que bien se había logrado un statu quo aceptable aunque no se hubiera resuelto el problema clave: cuál será el futuro del enclave, independencia o pertenencia a Serbia. Pero las nuevas matanzas están demostrando que los paramilitares albaneses no se han desarmado (una de las misiones de la Kfor era precisamente ésa) y que las heridas de ambas comunidades no han cicatrizado todavía. Deberán pasar dos o tres generaciones, advertía hace horas el ex representante de Naciones Unidas y ex ministro francés, Bernard Kouchner, que conoce como muy pocos lo que allí sucede.

El peligro está en que la agitación se está contagiando a toda Serbia, un Estado del que —al menos en teoría— Kosovo forma parte. Las manifestaciones se están repitiendo en Belgrado y el recién elegido presidente Kostúnica — “es igual que Milósevic pero tiene mejor imagen”, aseguran los radicales albaneses— advirtió ya a la comunidad internacional que no permanecerá con los brazos cruzados mientras la nueva limpieza étnica se produce.

La Kfor (18.500 soldados, entre ellos 800 españoles) no tiene fuerza suficiente para evitar un enfrentamiento generalizado y por eso ha pedido a los principales países contribuyentes (Reino Unido, Alemania, Francia y Polonia) que envíen más tropas. No sería de extrañar que la OTAN pidiera también a España que se uniera al esfuerzo aunque en el Ministerio de Defensa español aseguren que no está previsto. Si así fuera, el nuevo gobierno socialista debería decidir con celeridad si contribuye o no más al esfuerzo de la OTAN mientras anuncia que retirará la brigada de Irak. Por supuesto que Kosovo no es Irak ni la presencia de nuestras tropas en la ex Yugoslavia puede compararse, pero se trata en ambos casos de enviar tropas al exterior con los riesgos inherentes y el significado político consiguiente. A los pacifistas de toda laya, ahora tan crecidos y ufanos, no les gustará aunque lo disimulen.

Otra vez Kosovo
Alejandro Muñoz-Alonso La Razón 21 Marzo 2004
 
Cinco años hace estos días que empezó la guerra de Kosovo ¬la única llevada a cabo por la OTAN¬ que puso fin a la sistemática limpieza étnica llevada a cabo por los serbios contra los albaneses, abrumadoramente mayoritarios en aquella provincia. Durante las matanzas murieron unos 10.000 albanokosovares y aproximadamente un millón huyó a los países vecinos.

La intervención de la OTAN ¬que a medio plazo supuso la caída de Milosevic y convirtió a Kosovo en una especie de protectorado bajo la dirección de la ONU¬ no pudo impedir, sin embargo, que, cambiadas las tornas, los perseguidos albanokosovares se convirtieran en perseguidores de lo que queda en la provincia de la minoría serbia, ya que los que pudieron huyeron a Serbia.

Desde entonces, se vive una peculiar situación: Kosovo sigue formando parte de oficial de Serbia, pero está excluido de su autoridad y ni la ONU ni la OTAN han dicho nada acerca del futuro destino de la provincia. Los albanokosovares aspiran sin más a la independencia, con la oculta intención de formar parte de una Gran Albania de la que, salvo ellos, nadie quiere oír hablar porque sería un factor de mayor inestabilidad en la zona.

Por su parte, los serbios, convencidos de que tienen perdida la partida, se conformarían con una partición de la provincia que dejara en sus manos la pequeña parte donde se concentra el mayor número de personas de su etnia. Ninguna de ambas soluciones es aceptada por la ONU, que propone una convivencia imposible entre serbios y albaneses, como muestran los recientes incidentes.

Como telón de fondo hay que tener presente la extrema pobreza de Kosovo, que me impresionó en un reciente viaje. Difícilmente se hace uno a la idea, visitando la capital, Pristina, y sus alrededores de que aquello es Europa, a pesar de la notable tarea llevada a cabo por las dos organizaciones internacionales.

OTAN y ONU han puesto allí lo mejor que tienen, pero no han podido acabar con el odio étnico, cuya manifestación más importante es la intolerancia albano-kosovar, que tuve ocasión de constatar en una reunión con los miembros de la asamblea representativa que allí se ha creado. Mitrovica, que es donde empezaron los incidentes de esta semana, dividida por un puente entre ambas comunidades, ha sido todos estos años un barril de pólvora a punto de estallar y una triste muestra de que la convivencia es por el momento un objetivo inalcanzable.

El español detenido en Asturias sólo reconoce que facilitó los detonadores
J. M. Zuloaga - Madrid.- La Razón  21 Marzo 2004

El español detenido en Asturias en relación con los atentados del pasado día 11 de marzo en estaciones ferroviarias de Madrid, sólo ha reconocido que facilitó, a ciudadanos marroquíes, una partida de detonadores, pero niega haberles entregado dinamita ni otro tipo de explosivo, según han informado a LA RAZÓN fuentes de la investigación.

La Policía, tras arrestar a este individuo, consideró como hipótesis más fiable que hubiera entregado a los marroquíes los explosivos y los detonadores, pero, en lo que se refiere a la dinamita, todavía no ha podido ser confirmado.

Por lo tanto, están abiertas todas las vías de la investigación para determinar el origen de los explosivos. La Guardia Civil, con amplias competencias en esta materia, esta colaborando desde el primer momento con el Cuerpo Nacional de Policía y ha «aportado importantes datos», según las citadas fuentes.

La posibilidad de que pudiera haber sido robada en alguna de las grandes obras civiles que se desarrollan en España, como la construcción de las infraestructuras de los trenes de alta velocidad, está abierta, aunque no parece la más fiable.

El español arrestado conoció a los marroquíes en el mundo del tráfico de estupefacientes ¬no se descarta que fuera durante una estancia en prisión¬ y, al parecer, habría recibido droga a cambio de los detonadores.

Las mencionadas fuentes subrayaron que las investigaciones «van por buen camino aunque están en una fase muy delicada en la que hay que determinar el grado de participación en los atentados de todos los detenidos».

Los cuatro marroquíes que permanecen arrestados en dependencias policiales están relacionados con el ciudadano español o con el asunto de los teléfonos móviles con los que se activaron las bombas.

Aunque no se descarta que entre todos los arrestados pueda estar alguno de los autores materiales de los atentados, las referidas fuentes señalaron que este extremo no se puede afirmar todavía con rotundidad. Tampoco se han podido concretar las vías de financiación aunque, dadas las actividades a las que se dedicaban algunos de los marroquíes, no se puede descartar que lo haya sido total o parcialmente con la venta de droga.

Huellas en la furgoneta
La Policía trata de determinar quienes fueron los autores de la sustracción de la furgoneta que apareció el mismo 11 de marzo y en la que se encontraron algunos detonadores y una cinta con versículos del Corán. En el vehículo aparecieron una serie de huellas que están siendo cotejadas con las de los últimos detenidos y con las obrantes en los archivos de las Policías de diversos países, en especial en la de Marruecos.

El hecho de que los principales detenidos sean de esta nacionalidad y que, según todos los indicios, los otros integrantes de la célula integrista sean también originarios del país magrebí, está siendo considerado por los investigadores para no descartar ninguna hipótesis a la hora de establecer el móvil de los atentados, porque lo que ha quedado claro es que «querían causar el mayor daño posible», subrayaron.

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