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Recortes de Prensa     Lunes 5 Abril 2004
La sinrazón de nuestra huida de Irak
EDITORIAL Libertad Digital 5 Abril 2004

¿HAY TERRORISMOS DISTINTOS
CARLOS MARTÍNEZ GORRIARÁN ABC 5 Abril 2004

España como objetivo
Editorial La Razón  5 Abril 2004

¿Qué falló
Cristina Losada Libertad Digital  5 Abril 2004

UNA NUEVA POLÍTICA DE SEGURIDAD
Editorial ABC 5 Abril 2004

Víctimas del tercer once
Iñaki EZKERRA La Razón  5 Abril 2004

De inmolación, nada
ANTONIO BURGOS El Mundo 5 Abril 2004

Un desafío supremo
Opinión El País  5 Abril 2004

Terrorismo incondicional
Lorenzo Contreras Estrella Digital 5 Abril 2004

LOS «DURMIENTES» EXISTEN
Valentí PUIG ABC 5 Abril 2004

EL PARTE DE GUERRA
Jaime CAMPMANY ABC 5 Abril 2004

UNA FORMA DE VIDA EN PELIGRO
Juan Manuel DE PRADA ABC 5 Abril 2004

El nuevo terrorismo
CARLOS G. REIGOSA La Voz 5 Abril 2004

Con Aznar y contra Moratinos
Alberto Acereda Libertad Digital  5 Abril 2004

Suicidio asesino
Editorial El Correo  5 Abril 2004

El peligro del fanatismo
Editorial El Ideal Gallego 5 Abril 2004

En guerra
David Gistau La Razón  5 Abril 2004

FALSAS ILUSIONES
FLORENTINO PORTERO ABC 5 Abril 2004

Terrorismo(s)
José María Carrascal La Razón  5 Abril 2004

Temor y recelo en Madrid
Carlos Dávila La Razón  5 Abril 2004

El ozono y la ceniza
Luis González Seara La Razón  5 Abril 2004

Malas compañías
PABLO MOSQUERA La Voz 5 Abril 2004

¿Para qué un sistema educativo nacional
Ernesto Ladrón de Guevara La Razón  5 Abril 2004

Detenidos en Francia 15 terroristas islámicos vinculados con los atentados de Casablanca
Efe - París. La Razón  5 Abril 2004

Las operaciones continuaron con el hallazgo de 300 kilos de dinamita y otras sustancias y numerosas armas
J. M. Zuloaga La Razón  5 Abril 2004

 

La sinrazón de nuestra huida de Irak
EDITORIAL Libertad Digital 5 Abril 2004

Cuando las organizaciones terroristas islámicas están exigiendo, bomba en mano, tanto en Bagdad como en Madrid, la retirada de las tropas aliadas de Irak, acceder a sus pretensiones alegando que este era un compromiso electoral previo al 11-M, no sólo muestra el empecinamiento en el error de negar que Irak constituye un campo de batalla contra el terrorismo de Al Qaida, sino que constituye una infame propaganda y justificación de los objetivos terroristas. Sabemos que hay diarios que dan lecciones de centrismo que, antes del 11-M, no tuvieron empacho en “servir de plataforma a grupos que practican la lucha armada” en Irak y que dedicaron sus portadas a terroristas encapuchados. Pero ya va siendo hora de que estos medios vean su equívoco y su manipuladora visión sobre Irak a la que les ha abocado su patológico antiamericanismo. Más aun, después del conmovedor exhorto que el viernes pasado dirigió en Madrid el ministro iraquí de Exteriores, Hoshiar Mahmud Zibary a Zapatero para que reconsiderase su decisión de retirar a nuestras tropas; más aun, después del comunicado de este fin de semana del grupo terrorista que reivindicó el 11-M que ha dado un plazo de un mes a nuestro Gobierno para que abandone Irak y Afganistán.

Quienes han servido inconscientemente a Felipe González y a Prisa a colocar a Zapatero al frente del Gobierno no se contentan, a diferencia de estos, con que el PP haya perdido las elecciones. De hecho, no era ese su objetivo, por mucho que, con ocasión de los atentados de Casablanca, fueran los primeros en lanzar la infame tesis de que “la oposición podría colocar los atentados de Casablanca en el otro plato de la balanza contra el Gobierno”. Fue González el que, a raíz de esa línea editorial de El Mundo, dio el timonazo en la sección editorial de El País para que este diario dejara de considerar “una imprudencia, cuanto menos, afirmar que los atentados son una respuesta directa a la posición que ha mantenido el Gobierno de Aznar sobre la guerra de Irak”. Aunque la estrategia de echar contra el Gobierno los muertos de un atentado no era, pues, original por parte de Prisa, sus medios de comunicación la explotaron como suya hasta niveles nauseabundos los días posteriores a la masacre madrileña del 11-M.

Una vez conseguido el poder, no sabemos que hará el Gobierno de Prisa respecto a Irak. Las últimas declaraciones de su títere y futuro presidente de Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, apuntan a que "debe haber un consenso internacional" aunque considera necesario que los soldados españoles permanezcan en Irak "en estos momentos tan difíciles". Ya veremos en que queda. Lo que sabemos—por supuesto, por la prensa internacional— es el descrédito y la enorme irresponsabilidad en la que incurriría Zapatero de llevar a cabo esa retirada. The Washington Post ha denunciado que “los islamistas de todo el mundo pueden comprobar que hay importantes y duraderos resultados políticos y estratégicos a favor de su causa. Lo que la Unión Soviética no consiguió en los 45 años de Guerra Fría, Al Qaeda lo ha hecho en tres días: un aliado europeo clave se ha desvinculado de una alianza creada por un presidente de Estados Unidos”.

Mientras tanto, los medios que en España sienten horror al ver en el horizonte la posibilidad de quedarse solos en compañía de los terroristas y la extrema izquierda —y la extrema derecha, por cierto—pidiendo la retirada de las tropas en Irak, nos salen ahora con reportajes ad hoc en los que se nos asegura que la “población de Diwaniya pide que los españoles se vayan cuanto antes”. Y es que El Mundo se lo ha preguntado a una directora de colegio, y a una periodista y hasta una enfermera de esa localidad iraquí.

Hay que decir que El Mundo no se atreve a desmentir —tampoco los menta— a todos los sondeos que dan un mayoritario respaldo de la población iraquí a la presencia de las tropas aliadas que combaten allí el terrorismo. No. Los escogidos testimonios de El Mundo, más bien, lo que denuncian, no es tanto la presencia aliada, como la supuesta poca implicación de la brigada plus ultra en las labores de seguridad. Lo que les reprochan a los soldados españoles es que supuestamente “permanezcan acantonados”, “más pendientes de su seguridad que de la de los iraquíes”. Según su editorialista, “el Gobierno, consciente del coste político de las bajas en una misión masivamente rechazada por los ciudadanos españoles— ha dado prioridad desde el primer momento a la seguridad de las tropas, restringiendo sus movimientos y los contactos con la población, lo que ha provocado ese alejamiento que lamentan los iraquíes”.

Si lo que reprochan los iraquíes de ese reportaje es la poca implicación de los soldados españoles en su seguridad, la derivación lógica sería exigir una mayor asunción de riesgos y de tropas en pro de la seguridad de los iraquíes, no la retirada inmediata por la que sigue abogando incansablemente El Mundo.

Dando por ciertas esas quejas de los ciudadanos de Diwaniya, ¿de quien es responsabilidad, si no de diarios como El Mundo, de que la mayoría de los españoles esté en contra de una arriesgada misión de la que nadie debería dudar que estén necesitados los iraquíes? ¿Quién, sino El Mundo, ha arremetido contra la presencia española en Irak cada vez que se ha producido una baja? ¿Cuántas veces se ha confundido a la opinión pública española llamando a los terroristas, resistentes? Ahí están las hemerotecas para dejar constancia de que la manipulación mediática de la que hicieron uso los terroristas nació mucho antes del 11-M.

¿HAY TERRORISMOS DISTINTOS?
por CARLOS MARTÍNEZ GORRIARÁN. Profesor de Filosofía. Universidad del País Vasco ABC 5 Abril 2004

CUANDO se intenta definir el terrorismo reaparece la famosa perplejidad de Agustín de Hipona cuando quiso definir el tiempo: se sabe muy bien lo que es -decía el obispo filósofo-, pero no cómo definirlo. Con el terrorismo ocurre algo parecido: todo el mundo sabe en qué consiste, pero ninguna definición contenta a todos. Es un problema teórico lleno de consecuencias prácticas; por ejemplo, hay países europeos que todavía no han introducido el terrorismo en su código penal. No es fácil acordar una estrategia común contra algo tan fantasmagórico, aunque sea tan brutal para quien lo sufre.

La falta de concreción de lo que puede o no llamarse terrorismo permite utilizar el término como un comodín emocional. Por ejemplo, se ha popularizado la expresión «terrorismo doméstico» para calificar lo que llamamos «violencia de género» -y que los franceses, más precisos, llaman «violencia conyugal». Pero si aceptamos que esa clase de maltrato, salvaje pero acotado en su propia brutalidad, es lo mismo que el terrorismo de un grupo organizado para tomar el poder, tropezaremos con el problema de la respuesta que daremos no a esos «terroristas» espontáneos del maltrato doméstico, bastante evidente, sino a los grupos terroristas organizados para cometer matanzas como las de Hipercor o el 11-M. ¿Llevamos los culpables al psiquiatra, ignoramos sus redes de apoyo, nos quedamos esperando a que maten otra vez?

Se está aceptando llamar «terrorismo» a las conductas violentas particularmente repugnantes o reprobables para cada cual, y de ahí denominaciones como «terrorismo ecológico», «terrorismo informativo» y otras semejantes. Esa multiplicación hace del terrorismo un adjetivo, un epíteto sin sustancia que sólo remite a la repulsión o condena que cierta violencia nos merece, sin entrar en su naturaleza y consecuencias. Por eso ciertos medios de comunicación de Europa y América siguen negándose a llamar terrorista a ETA, que no les ataca a ellos, mientras usan profusamente el calificativo para grupos que amenazan la seguridad de sus países o grupos de interés. La confusión apareció en toda su crudeza tras el terrible 11-S en Estados Unidos. Incluso sirvió para calificar de «terroristas» a regímenes políticos enemigos y, dando un salto en el vacío de efectos incalculables, encomendar la guerra contra el terrorismo al ejército, en lugar de a los legisladores, los jueces y la policía, que como bien sabemos en España por tanta infausta experiencia, son los únicos capaces de combatir correctamente esta amenaza.

Es fundamental elaborar una buena definición del terrorismo, que sirva para cualquiera que lo practique y que elimine la diferencia entre terroristas buenos y malos, aceptables e inaceptables. Pensemos en nuestra propia experiencia con ETA. La lucha contra la banda progresó de verdad cuando se rechazó cualquier explicación de sus aberraciones como formas de «lucha armada» o «expresiones de un conflicto», según prefiere la visión nacionalista. Fue trascendental comprender que los «métodos» y «fines» terroristas son inseparables, que el terrorismo consiste, precisamente, en el intento de imponer un proyecto de violencia ilimitada. Llevó algún tiempo llegar a esta conclusión, pero una vez aquí los principales partidos democráticos nacionales pactaron excluir cualquier tipo de pacto o concesión al terrorismo, sabiendo que cualquier negociación lo estimula en lugar de apaciguarlo. Conviene tener muy presente la historia de la lucha contra ETA a la hora de enfrentarse a ese terrorismo islamista que tan salvajemente ha irrumpido en Madrid. Conviene recordar que cualquier maniobra interpretable como una concesión se traducirá, tarde o temprano, en nuevas matanzas y exigencias.

Como sucedía con ETA, existe cierta resistencia intelectual a caracterizar como terrorismo las «acciones armadas» islamistas. Obviamente, la percepción cambia cuando el teatro de operaciones pasa de Bagdad o Nueva York a Madrid -qué brutal despertar del sueño español de vivir en una burbuja, contemplando las desdichas del mundo desde la barrera-, pero con toda seguridad muchos seguirán sin aceptar que la política de tolerancia cero seguida contra ETA en los últimos años sirva para el nuevo problema. Síntoma elocuente, hay una fuerte resistencia a cualquier explicación del terrorismo islamista como resultado de ciertas corrientes o creencias intrínsecas al Islam. Por el contrario, el islamismo radical sería la desgraciada consecuencia de las agresiones occidentales en materia cultural, económica y política. Más o menos, lo mismo que aducían, y siguen aduciendo muchos, cuando decimos que ETA lleva a su extremo algunas propensiones originales del nacionalismo étnico vasco, quitando importancia a la dudosa «contaminación marxista» que algunos pretenden culpable de todo.

Es evidente que entre ETA y Al Qaida hay diferencias de fondo. No podemos ilegalizar las tramas políticas legales de la segunda porque no hay un partido político islamista que gobierne municipios, capte subvenciones y administre los efectos del terror para extraer beneficios ilegítimos. Pero también hay coincidencias nada superficiales: un gran entramado propagandista y educativo que ha sido subestimado e ignorado durante mucho tiempo, por ejemplo. Es verdad que los islamistas no dudan en suicidarse, en afortunado contraste con el apego a su pellejo del etarra vulgar. Y es cierto que la obsesión con ETA sin duda nos ha distraído de otros peligros. Pero la comunidad de «métodos» instaura una comunidad de lógica y fines mucho mayor de lo que suele admitirse, y eso ya nos da una pista sobre la conducta a seguir. Por supuesto que no es lo mismo tratar con ETA que con Al Qaida, pero no porque sus fines respectivos sean distintos o diferentes los efectos de sus crímenes.

Sea cual sea la quimera totalitaria perseguida en cada caso, el terrorismo pone en peligro la libertad destruyendo la seguridad, perturba y distorsiona absolutamente la vida de la sociedad atacada y, sobre todo, mata. Se dirá que este es el punto de vista de las víctimas, un punto de vista que muchos prefieren ignorar y acallar. Pues claro que sí. Esta es otra de las enseñanzas de nuestra larga y terrible lucha contra ETA: la injusticia radical del terrorismo y el modo de hacerle frente preservando lo que busca destruir sólo se aprecia en toda su compleja plenitud desde la situación de las víctimas. Y desde este punto de vista, ETA o Al Qaida, que no son lo mismo, resultan igualmente perversas para todas sus víctimas actuales o futuras.

España como objetivo
Editorial La Razón  5 Abril 2004

Las Fuerzas de Seguridad del Estado consideran que la principal célula integrista islámica establecida en España ha sido prácticamente desarticulada. Es, sin duda, una magnífica noticia a la que hay que conceder todo su valor. La operación policial de Leganés, que ha costado la vida de un valeroso agente del Cuerpo de Operaciones Especiales, nos trae, pues, unos momentos de respiro, puesto que no parece probable que los terroristas que han conseguido huir dispongan de la infraestructura y medios para seguir matando, al menos de una manera inmediata.

Esto no significa, ni mucho menos, que la amenaza integrista islámica haya desaparecido. Aunque a lo largo de los dos últimos años se ha avanzado mucho en el conocimiento de cómo actuan y se organizan los grupos islamistas, lo cierto es que resulta extremadamente difícil penetrar en el seno de un movimiento que carece de dirección única y que se articula a través de células independientes. Hoy, cientos de fanáticos aguardan en Europa como «durmientes» la llegada de una orden de activación, siempre de origen impreciso, y en muchos casos sólo sujeta a la decisión de los llamados «dinamizadores» de las células locales.

Suicidas en Europa. El hecho de que España haya tenido el dudoso honor de ser el primer país europeo donde los terroristas islámicos han recurrido al suicidio añade muchos grados a la intensidad de la amenaza. Porque, para el terror islamista, la inmolación en el transcurso de un atentado tiene dos claros fines. El primero es de carácter práctico, puesto que anula la mayor parte de las medidas de seguridad al uso y aterroriza a unas sociedades indefensas ante la barbarie ciega. El segundo objetivo es de proselitismo religioso. Con el «martirio», los combatientes de la yihad extienden el ejemplo entre los jóvenes musulmanes más próximos al integrismo y facilitan la labor de los reclutadores.

Lo ocurrido en España desde el pasado 11 de marzo nos demuestra, también, que la «guerra global» declarada por un sector del islam contra Occidente y sus aliados tiene una unidad de propósito, una clara dirección ideológica, aunque quienes la llevan a cabo estén divididos en múltiples facciones. Los integristas islámicos, con el referente de Al Qaida, se sirven de toda una red de medios de comunicación escritos, páginas de internet y emisoras de radio y televisión, a través de los cuales extienden consignas y señalan objetivos. No pretenden marcar blancos concretos, sino señalar genéricamente los puntos de ataque, en la confianza de que las distintas células actuarán de acuerdo a sus planteamientos y en el tiempo y lugar que sus medios les permitan. Este «mando descentralizado», tremendamente peligroso, es el que ha difundido la orden de tratar España como un enemigo más, al mismo nivel que los Estados Unidos y la Gran Bretaña, para lo que ha inundado de consignas los medios de comunicación integristas a los que nos referíamos antes.

Desestabilización en Iraq. Con estos datos en la mano, es forzoso deducir que el terrorismo de origen islámico intentará actuar de nuevo contra nuestro país sin que, en este caso, el tiempo tenga la más mínima importancia. Y sería llevarnos a engaño el pensar que a base de concesiones se puede apaciguar a un enemigo que, en resumen, busca nuestra derrota total.

Es importante advertirlo porque lo sucedido en estos últimos días coincide con un dramático empeoramiento de la situación en Iraq, convertido a raíz de la ocupación, junto con Afganistán y Chechenia, en uno de los principales campos de batalla de los islamistas. A medida que se cumplen los plazos para la transferencia del poder civil al Gobierno provisional iraquí, se advierte una mayor radicalización de los movimientos chiíes más extremos. Los últimos incidentes en la ciudad santa de Nayaf, en los que se ha visto envuelto el contingente español allí desplegado, y que han costado la vida a un soldado salvadoreño bajo nuestro mando, son un aviso de lo que puede deparar una sublevación generalizada de la población chií contra las fuerzas de la coalición. Seguidores de una interpretación extrema de la religión islámica, aspiran, por ser la población mayoritaria, a dominar el nuevo Estado.

Responsabilidad internacional. A este respecto, nos remitimos a las recientes declaraciones, hechas al periódico «La Vanguardia» por Piero Fassino, uno de los principales líderes del centroizquierda de Italia, país comprometido en el despliegue multinacional iraquí y, también, bajo la amenaza terrorista. Afirma Fassino que, pese a todos los errores cometidos, sería irresponsable retirarse de Iraq. El nuevo Gobierno español debe hacer un esfuerzo por conciliar con nuestros aliados, especialmente los Estados Unidos, una fórmula que permita a Naciones Unidas coordinar la transición. En medio de una ofensiva global del terrorismo, como la que estamos viviendo, hay que ser muy cautos con los mensajes que transmitimos al resto del mundo.

La trama del 11-M
¿Qué falló?
Cristina Losada Libertad Digital  5 Abril 2004

Cuánto más sabemos, menos entendemos. No pretende ser ésta una máxima filosófica de andar por casa, sino expresión de una perplejidad que crece a medida que conocemos la amplitud de la red terrorista vinculada al atentado del 11 de marzo. Si además del alto número de implicados, se nutría de delincuentes convertidos al islamismo en cursillos carcelarios, aunque también cabía el fanático que muere asesinando, como en Leganés, no es fácil explicarse cómo la conspiración se pudo mantener en un secreto tan absoluto hasta que cumplió sus propósitos criminales. Tan absoluto, que los servicios secretos españoles, de cuya pericia sería absurdo dudar con ligereza, cuando se produjo el atentado, pensaron primero en la ETA.

Desde 1997 se ha ido deteniendo en España a terroristas islámicos. Sobre todo, relacionados con grupos argelinos, pero también con Al Qaida. Antes del 11-M, prevalecía la idea de que esos grupos utilizaban el territorio español como base para operaciones contra otros países. Nada permitía suponer que planearan alguna acción criminal en España. Lo cual entra en la lógica del criminal, que no suele cometer los delitos allí donde vive o se refugia. Más aún tratándose de terroristas habituados a una acción transnacional. El documento publicado en diciembre del 2003 en una web islamista, y aireado tras el 11-M como posible antecedente, proponía ataques contra las tropas españolas en Irak, no atentados en España.

Si existía ese conocimiento del medio islamista en España, más el que se derivara del atentado suicida contra la Casa de España en Casablanca, en mayo del 2003, la pregunta inevitable tras el 11-M es: ¿qué falló? ¿Por qué los servicios de seguridad españoles no lograron siquiera sospechar lo que se preparaba? El intento de responder a esa pregunta, que ya se habrá hecho el propio CNI, puede llevar a conclusiones esclarecedoras. Pues si no había sospecha alguna, es que el 11-M se tramó circunvalando totalmente las redes de información del CNI. Y ello ya resulta indicativo. O ha sido el azar, o todo lo contrario.

Pero, ¿veremos aquí una investigación de ese alcance? ¿Habrá algo similar a la Comisión creada en los Estados Unidos? No lo parece. El 12 de marzo, los dirigentes socialistas clamaban por una información inmediata sobre la autoría, y acusaban al gobierno de mentir y de intentar ocultar los datos hasta que pasaran las elecciones. El 13 de marzo, hubo manifestaciones ante las sedes del PP para “exigir la verdad”. Desde el 14 de marzo, el empeño por “la verdad” se ha evaporado bajo el resplandor de la victoria. El PSOE no ha asumido públicamente ningún compromiso de que su gobierno investigará lo sucedido hasta el final, y en todas sus ramificaciones.

La investigación sobre el 11-M no puede despacharse sólo con la que lleva a cabo el juez. Y menos, con un cese del director del CNI. Tenemos que saber por qué falló el sistema. Y algunas cosas más. En enero, conocida ya la charla que había tenido su socio en Cataluña con los capos de la ETA, Zapatero pidió una investigación del parlamento y de la Fiscalía. No sobre la reunión, sino sobre cómo se había enterado la prensa: acusó al gobierno de filtrarle al diario ABC información del CNI. Pues bien, ahora tiene que contarnos cómo los informes y las conjeturas de los servicios secretos llegaban antes, durante esas jornadas tremendas, a la cadena Ser que al gobierno. Dijo entonces Zapatero: “Está en juego la credibilidad de instituciones públicas muy importantes en democracia”. Ahora más.

UNA NUEVA POLÍTICA DE SEGURIDAD
Editorial ABC 5 Abril 2004

LA operación antiterrorista desarrollada el pasado sábado en Leganés (Madrid) y los graves incidentes producidos en Nayaf tras el ataque de chiíes radicales a la base española «Al Andalus» -con al menos dos soldados y una veintena de manifestantes muertos- son episodios concurrentes tanto en el tiempo como en la prioridad del Gobierno, sea el que está en funciones, sea el oficioso de Rodríguez Zapatero, y de los ciudadanos: una nueva política de seguridad colectiva. Sin embargo, son situaciones, como es notorio, muy diferentes y el mayor riesgo que se corre, parejo a la gravedad del error que se puede cometer en tal caso, es hacer una mezcla de elementos similar a las que se vienen prodigando con la supuesta relación de causalidad entre la intervención militar en Irak y la amenaza del terrorismo islamista sobre España. Esta amenaza es general sobre los países democráticos occidentales, aliados entre sí y con Estados Unidos, comprometidos contra el terrorismo internacional, y en esta categoría está España, lo que ya era motivo suficiente para quedar marcado como objetivo.

Como se ha visto, las especulaciones sobre una tregua de Al Qaida ante el anuncio de retirada de las tropas españolas de Irak sólo alimentaban la confusión de los inquisidores del PP. En el AVE Madrid-Sevilla y en Leganés están las pruebas de que la percepción de los terroristas sobre España como víctima no se agotaba en Irak, ni aun sumándole Afganistán -como ha hecho, al parecer, un grupo de Al Qaida en Egipto mediante un comunicado dirigido a la Embajada española-, ni en la derrota electoral del PP. Pasaban por estos hitos, pero buscan ante todo un efecto multiplicador sobre los demás países europeos y, especialmente, sobre sus opiniones públicas, orientado a alcanzar el desistimiento frente al chantaje. La ignorancia de este verdadero objetivo del terrorismo integrista está alimentando un discurso segregador de España respecto del esfuerzo internacional contra la amenaza de Al Qaida, como si nuestra exclusión de la «lista negra» terrorista dependiera sólo de repatriar soldados o de bajar el tono del vínculo atlántico. Lo que anima al terrorismo, más que lograr éxitos tácticos intermedios, es la debilidad de la víctima. Por eso no importan -al menos no principalmente- los motivos de Zapatero para decidir el retorno de las tropas; es suficiente para cuestionarlo cómo va a ser interpretado por los demás aliados y por los terroristas, estén dentro o fuera de nuestras fronteras.

LAS características del suicidio de los terroristas islamistas en Leganés imponen una reflexión sobre las adaptaciones de la acción policial contra esta forma de terrorismo. Algunos indicios apuntan a que, llegado el caso, los terroristas podrían haber actuado como suicidas en la perpetración de futuros atentados y esta probabilidad abre la lucha antiterrorista ante un riesgo inédito y muy grave. El terrorista tradicional que conocemos -ETA, Grapo, Frap- prepara su crimen con alevosía, evitando toda defensa de la víctima, y con seguridad, planificando su huida. Pero no pone en juego su vida. El terrorismo islamista emplea a sus integrantes como detonadores. No hay plan de fuga. La prevención se hace más difícil, pero es irrenunciable. Por eso, el nuevo Gobierno socialista tendrá que afrontar dilemas inevitables para aumentar los niveles de seguridad colectiva, por ejemplo, para detectar terroristas ahora confundidos con el paisaje social de nuestras ciudades. Quizá corresponda a Rodríguez Zapatero reforzar el control inmigratorio más de lo que esperaba o implantar severos planes de prevención policial sobre lugares y personas sospechosas. Opciones poco gratas para un gobierno «progresista», vigilado por estrictos censores multiculturalistas, pero probablemente tan inevitables como lo han sido para otros gobiernos democráticos.

TAMPOCO será grato simultanear estas o similares medidas contra el terrorismo integrista con la gestión del retorno de las tropas españolas, salvo que la ONU se haga cargo o asuma un «papel central» -cualquiera que sea el significado de esta fórmula ambigua- en la postguerra iraquí. Lo sucedido ayer en Nayaf -y al margen del oportunismo de los terroristas de Al Qaida- es el reflejo de un país que ha reventado sus diferencias religiosas y étnicas y no por culpa de la intervención militar aliada, sino por haber vivido durante décadas bajo una dictadura que las había amordazado con represión, torturas y asesinatos masivos. Es parecida a la historia que siguió a la caída de la Unión Soviética o de la Yugoslavia de Tito. En el primer día de su gobierno, sin más abuso de eufemismos y buenas palabras, a Rodríguez Zapatero le espera la obligación de explicar con claridad qué quiere exactamente de Naciones Unidas para que nuestras tropas sigan, porque, haya o no resolución de su Consejo de Seguridad, las razones éticas, políticas y estratégicas para seguir o para salir no van a ser distintas de las que ahora existen. La reconstrucción y la democratización de Irak, la estabilidad de la región y el desmantelamiento de las organizaciones terroristas, son razones que permanecerán más allá del 30 de junio, y que ya están en las resoluciones del Consejo de Seguridad. Lo que no permanecerá igual, según la decisión que adopte el Gobierno socialista, será la posición de España en el concierto internacional.

Víctimas del tercer once
Iñaki EZKERRA La Razón  5 Abril 2004

Si ya hay dos tristes onces que no van a ser fácilmente olvidados porque han quedado asociados al horror en nuestra memoria colectiva (hablo, por supuesto, del 11-S neoyorquino y del 11-M madrileño) queda un tercer once que no suele ser recordado por los medios de comunicación pero que tiene que ver también mucho con el terrorismo y con la vergonzosa historia de ETA. Me refiero al 11 de diciembre.

Parece que a ETA le gusta especialmente la fecha del 11-D para cometer atentados. Por eso no hay uno sino varios 11-D en los que ETA ha venido actuando a lo largo de los últimos veinticuatro años. El primero de esos fatídicos 11-D fue el de 1980, en el cual la banda terrorista asesinó en Guipúzcoa al inspector de la Policía Nacional José Javier Moreno Castro. El segundo 11-D fue el de 1987, en el cual ETA llegó a simultanear su capacidad de matar en dos provincias distintas. En aquel 11-D de 1987 el asesinato del agente de la Policía Nacional José Luis Gómez Solís también en Guipúzcoa quedó mediáticamente eclipsado por las dramáticas dimensiones del atentado en la casa-cuartel de Zaragoza, que se cobró once vidas humanas. El atentado del tercer 11-D se saldó con la muerte de media docena de personas y se perpetró en el año 1995 dentro del barrio madrileño de Vallecas. El cuarto y último 11-D en el que ha actuado ETA tuvo Guipúzcoa otra vez como triste escenario y ocurrió en 1997. En él fue asesinado José Luis Caso Cortines, un modesto concejal del Partido Popular como lo son todos los que en estas fechas han tenido que oír que los llamaran «asesinos».

He pensado mucho durante estos días en este tercer once que no recordamos colectivamente y que encierra los nombres de una exacta veintena de asesinados. Me he acordado de ese día de diciembre insistente y ominosamente elegido para el asesinato oyendo las cosas que se han dicho sobre el atentado de Madrid y que demuestran que en España no ha acabado de cuajar una verdadera cultura democrática. Me he acordado de todos y cada uno de esos cuatro 11-D cuando oí a un hombre joven decir ante las cámaras de televisión que «este atentado era el más intolerable que se podía cometer porque tenía como objetivos a personas inocentes». ¿Qué quería decir con esas palabras ese muchacho? ¿Quería decir que las personas antes asesinadas por ETA eran de alguna manera culpables de algo? ¿Quería decir de un forma indirecta y tácita que los concejales constitucionalistas, como los policías nacionales y los guardias civiles de esos 11-D que nadie rememora, se lo habían buscado y que por lo tanto su asesinato importaba menos? ¿Quería decir, en lugar de «inocentes», «gente no comprometida políticamente»? ¿Quería decir que un asesinato es más infame y más doloroso, más inadmisible y más condenable cuando la víctima carece de compromiso político y es elegida al azar?

A uno no le gusta cierta realidad que ha desvelado el 11-M de la sociedad en la que vive y cierta infamia evidente como la de quienes no han dejado de llamar en las calles de Euskadi «asesinos» a unos concejales que llevan años con escolta y que son voluntarios candidatos a engrosar esa lista de víctimas de ETA que roza el millar. Una cosa es criticar la decisión de un Gobierno de participar en una guerra y otra responsabilizar del atentado de Madrid hasta al apuntador. Entre esos dos puntos del silogismo hay un salto en el vacío y hasta un viraje ético en el que derrapa la conciencia. Lo que era desinteresado y moral rechazo a una injustificada intervención militar se convierte en reproche interesado e inmoral que justifica una acción terrorista. Lo que se está diciendo con ese reproche es que no se rechaza la guerra por sí misma y por su propia naturaleza sino por el miedo a sus consecuencias. Y lo que se dice cuando se responsabiliza de esas consecuencias a un partido político y no a los terroristas es que éstos tienen razón en hacer lo que han hecho y querían volver a hacer el sábado.

No fue aquel muchacho que hablaba de «víctimas inocentes» el único que mostraba esa extraña y selectiva consternación. Una señora también consultada por las televisiones insistía en la misma idea. Contaba que desde el 11-M no dejaba de llorar pensando en que «le podía haber pasado a cualquiera», a sus propios hijos «que no se meten en nada ». A veces las palabras nos traicionan; a veces dicen más de lo quisiéramos decir de nosotros y de lo que realmente sentimos. A veces son hasta inmorales y atroces cuando creen ser más morales que nunca y estar denunciando una atrocidad. Fíjense en el hondo y terrible calado de la observación: «Le podía haber pasado cualquiera ». De ella se deduce que a esa bienintencionada señora no le arrancaban del mismo modo las lágrimas las bombas que hacen volar en pedazos a unas personas determinadas por estar comprometidas en la defensa de la libertad que las bombas que se ciernen sobre aquel que en defensa de la libertad no movió nunca un solo dedo ni dijo jamás una sola palabra, ni acudió a una sola manifestación ni firmó un solo manifiesto a lo largo de los treinta años en que ETA ha matado, es decir, que «no se ha metido en nada», en efecto. A esa señora no le conmueve tanto como el asesinato indiscriminado el selectivo, no le estremece tanto como el que pone una bomba en un tren el lento goteo de bombas y tiros en la nuca planeado fríamente durante décadas contra un juez, un fiscal, un profesor. Esa señora no ha leído a Blas de Otero. No sabe que «vendrán a por mí y a por ti», que «nos matarán a todos», que en la multiplicación pragmática y logarítmica del asesinato está la esencia de todo terrorismo. No sabe, en fin, esa buena mujer que hay por ahí personas que no necesitan ver tan cerca la posibilidad de morir en un atentado para conmoverse y comprometerse; que ha existido un tercer once y que sus víctimas aunque «se metieran en algo» ¬en una casa-cuartel, como las niñas Miriam y Esther Barrera que no pasaban de los cinco años¬ tampoco habían nacido para morir así.

De inmolación, nada
ANTONIO BURGOS El Mundo 5 Abril 2004

Los tenemos rodeados, Flánagan. Cercamos a la ETA con las murallas del Estado de Derecho. Por muchos portillos que abran algunos en el Pacto Antiterrorista y por muchos diputados que dé sentarse a negociar con los asesinos, cercada. Pero la organización terrorista nos ganó hace muchos años la batalla del lenguaje. Usamos por rutina los términos exactos que quieren los terroristas. Ya saben: comando, legales, ilegales, lucha armada, impuesto revolucionario, zulo. Poco a poco los traducimos al lenguaje del Estado de Derecho, y decimos, respectivamente, cuadrilla de asesinos, pistoleros no fichados, criminales con antecedentes, oleada de asesinatos, extorsión, mazmorra.

Para que nos hiciera cómplices de su lenguaje, la ETA necesitó 30 años y 800 asesinatos, gota a gota de sangre. Los terroristas islamistas están teniendo más suerte. Les han bastado 200 asesinatos de una criminal tacada y menos de un mes de comunicados, vídeos y casés coránicos para ganar su batalla del lenguaje. Oigo al ministro Acebes en TVE. A este Acebes le gusta una televisión más que a Belén Esteban. ¿Es que no te hartas, hijo, de salir en TV con menos papeles que una liebre, en el alambre y sin red, sin guardar el menor sigilo sobre la actuación policial? Al PP lo perdieron las ganas de salir en la tele de Acebes. Si hubieran mandado a un técnico policial a dar la cara, otro gallo hubiera cantado. No hubieran cantado la gallina. Oigo, pues, al ministro Acebes y dice que unos terroristas asesinos (de «presuntos», nada) se han inmolado en Leganés y se han llevado por delante a un padre de familia y herido a una docena de ellos. Pongo la radio: inmolación para arriba e inmolación para abajo. Abro los periódicos: el verbo «inmolar» se conjuga en todos sus tiempos y personas.

No, miren ustedes, de inmolación, nada. El que se inmoló por nosotros fue El que sale en estos días en los pasos de las cofradías.Sí, el bueno de la película de Mel Gibson. Estos moros zarrapastrosos y criminales de Leganés, como los de las Torres Gemelas, son unos simples asesinos suicidas. La palabra es kamikaze, que ya viene exacta en el DRAE: «terrorista suicida». «Inmolar» es «sacrificar una víctima; ofrecer algo en reconocimiento de la divinidad; dar la vida, la hacienda, el reposo, etcétera, en provecho u honor de alguien o algo». Al decir que se han inmolado, los elevamos a la categoría de sacerdotes de un rito divino, de oficiantes de un santo sacrificio. No creo que los americanos dijeran que Mohamed Atta y los kamikazes de las Torres Gemelas se inmolaron. Pero como aquí somos más garantistas que nadie, no oigo en las llamadas de los oyentes una condena enérgica de estos hijos de Alá, no veo cartas al director. No veo contra Al Qaeda la misma contundencia social que contra la ETA. Vamos, que ni Alfonso Ussía, que es el máximo especialista, llama a estos hijos de Alá lo que son: kamikazes hijos de puta.     www.antonioburgos.com

Un desafío supremo
Opinión El País  5 Abril 2004

En un lapso de tres semanas, Madrid y su entorno han sido epicentro de una masacre en trenes de cercanías, la voladura fallida de un AVE y la batalla ocurrida el sábado en Leganés, acontecimientos cuya gravedad y características superan probablemente muchos de los escenarios catastrofistas juzgados verosímiles por los ciudadanos. La consecuencia de esta sucesión de violencia inaudita ha sido un despliegue de fuerzas de seguridad, incluyendo al Ejército, nunca visto en tiempos de paz. Y todo este inmenso daño humano ha sido causado por unas opacas tramas de iluminados sanguinarios con medios muy reducidos, unos pocos kilos de explosivos robados en una mina.

El terrorismo de ETA es relativamente predecible y se halla en claro retroceso. Sus claves y movimientos pueden ser interpretados por las fuerzas de seguridad, y de ahí los golpes cada vez más contundentes que sufren los pistoleros etarras, como el que ha permitido este fin de semana descabezar parcialmente a la banda e incautarse de un gran arsenal. Frente a este fanatismo doméstico y unidimensional, la insania yihadista se mueve en coordenadas mucho más difusas, facilitadas en el caso español por nuestra condición de frontera sur de Europa.

El terrorismo islamista no tiene causas en el sentido tradicional, sino pretextos, y su guerra tiene alcance y pretensiones globales. La complejidad de la madeja y el hecho de que sus servidores esgriman códigos de valores ajenos a la cultura occidental le hace menos visible y previsible que otros fundamentalismos sangrientos. El nihilismo asesino que ejemplifica Al Qaeda busca instalar en las sociedades occidentales, complejas y vulnerables, un sentimiento de angustia permanente.

Los fanáticos islamistas carecen de objetivos realistas, pero juegan con la ventaja de su perfil amorfo, su dispersión y la oscuridad de sus redes financieras. El hecho decisivo de que la inmolación forme parte de sus procedimientos, como se ha confirmado en Leganés, les otorga un plus de peligrosidad insuperable.

Entre las previsiones del Gobierno saliente y el entrante -cuyos responsables coincidieron ayer en Alcalá de Henares para rendir homenaje al geo fallecido- nunca figuró la posibilidad de que el relevo hubiera de hacerse en medio de esta brutal incorporación de España al circuito del terrorismo islamista. Los acontecimientos recientes, si cupiese alguna duda, demuestran la necesidad inexcusable de hacer de la lucha contra el terrorismo, desarrollada estas semanas con eficacia ejemplar por las fuerzas de seguridad, prioridad absoluta del nuevo Gobierno y motivo del mayor consenso político posible.

Los argumentos sirven igualmente para una Unión Europea que el mes próximo tendrá 25 miembros y unas fronteras mucho más permeables. Lo que está en juego excede con mucho el concepto de seguridad individual. Lo amenazado es el sistema de convivencia de que Occidente se ha dotado después de muchos siglos de dolorosos tanteos. La nueva UE debe superar diferencias nacionales, reticencias culturales y desconfianzas políticas para afrontar la mayor amenaza a sus cimientos democráticos, puesto que el ciego terror yihadista pone de relieve la inanidad de los límites entre lo nacional y lo internacional. Su tenebroso milenarismo nos hace a todos pasajeros del mismo barco.

Terrorismo incondicional
Lorenzo Contreras Estrella Digital 5 Abril 2004

El episodio de Leganés, donde la inmolación de los terroristas islámicos se llevó por delante la vida de un geo y la integridad de un edificio habitado, con cientos de vecinos en la calle para no se sabe cuánto tiempo, representa la confirmación de la continuidad de la yihad contra España, incluida en la lista preferente de objetivos occidentales junto con Estados Unidos y Gran Bretaña. Esa continuidad no es una palabra vana. Significa que para los vengadores del islam el anuncio de Zapatero sobre retirada de tropas españolas destacadas en Iraq y, por tanto, el abandono de la colaboración ocupante no equivale a la absolución y la exclusión de la “guerra santa”. Hay, por tanto, que prepararse para lo peor, es decir, para una época de intentos terroristas y probables agresiones consumadas.

Por otra parte, no presenta visos de probabilidad una tácita tregua etarra, “decretada” para Cataluña por el staff de la organización terrorista vasca, pero no para el resto del territorio español, que no había sido incluido en las negociaciones de Carod-Rovira con los dirigentes de ETA o viceversa. El hecho de que en Francia se haya dado con el paradero de varios activistas y con un importante arsenal mortífero invita a pensar que el llamado frente sigue abierto con Zapatero y sin Zapatero, con Aznar y sin Aznar.

Los islámicos no renuncian a nada. Ni siquiera calcularon en realidad la caída del Gobierno del PP como consecuencia de la acción del 11-M. Ese resultado del sabotaje en las estaciones de Atocha, Santa Eugenia y El Pozo no constituía un preaviso dirigido a liquidar la colaboración de España con los planes angloamericanos, sino el mero comienzo de una estrategia de terrorismo ilimitado en el tiempo. Una auténtica declaración de guerra por la vía fáctica, con nuestro país como principio más accesible por razones geográficas y de mayor vulnerabilidad defensiva.

No tendrán los dos terrorismos, el islámico y el etarra, que ponerse de acuerdo ni que orquestar acciones comunes. La tenaza funcionará sola, y Zapatero, si no atiende a las exigencias que ETA le remite en el sentido que todos sabemos, habrá de afrontar el tremendo desafío que se le viene encima o que, mejor dicho, nos cae a los españoles como una losa.

Los pasos emprendidos por el terrorismo islámico son escalofriantes. El 11-M fue el primer hito de su presencia en España. La bomba en la línea del AVE entre Madrid y Sevilla mantenía la siniestra programación, a la que iba a seguir, como demuestran los explosivos localizados en Leganés, con sus servidores dispuestos, una nueva escenificación diversificada, que no por haber sido exterminado un comando y detenidos otros activistas desaparece del conjunto de los planes y de las criminales previsiones.

La peligrosidad de los islámicos es incomparablemente mayor que la de los etarras. Los primeros son más numerosos y no temen morir, sino que utilizan la llamada inmolación como arma de combate. Nada que no se sepa, pero que debe ser valorado adecuadamente para que la defensa se intensifique a través de la información de los servicios de inteligencia puestos a tope. Hasta ahora, los “soldados de Alá” no habían entrado en la proporción debida en la órbita de una vigilancia que sólo a ETA se quiso dedicar con gravísima imprevisión.

LOS «DURMIENTES» EXISTEN
Por Valentí PUIG ABC 5 Abril 2004

ENTRE la matanza de Atocha y la inmolación de Leganés ha transcurrido uno de los períodos más anómalos de la historia moderna de España, con rasgos tan acusados como una presunción de catarsis electoral y una carencia de voluntad a la hora de mirar el enemigo a la cara. En casi su totalidad, la clase política española ha pretendido girar página con la máxima celeridad para dejar atrás la sangrienta jornada del 11 de marzo pensando tal vez que era lo mejor para todos. Incluso en los estadios más articulados de la opinión pública se ha detectado una inapetencia a la hora de reflexionar sobre el horror, como si transformando Al Quaida en tabú innombrable pudiéramos obviar su existencia.

Aún con la mejor de las voluntades, el error es grave porque, en la premura por demostrar que el resultado de las elecciones era normal, ha sido como si se buscase aparentar que entre el macro-atentado y la votación no había vínculo alguno demostrable cuando ese vínculo ya pertenece a la historia de nuestra conciencia moral, aunque por ahora tarde en revelarse en términos de conciencia política. Lo peor sería que llegásemos a una fractura mental, a una suerte de esquizofrenia colectiva, mientras los «durmientes» de Al Quaida prosiguen preparando mochilas con explosivos en sus pisos francos.

UNO se pregunta dónde está la normalidad cuando se sale de un túnel de los horrores como fue el 11-M y se entra en otro episodio como ha sido la inmolación de Leganés. En todo este tiempo, lo menos anómalo, afortunadamente, ha sido la actuación eficacísima de los responsables -del primero al último- de la seguridad del Estado, mientras la clase política y la sociedad en su conjunto anhelaban sustraerse a la verdad de que Al Quaida ha sido y es un enemigo que se ha propuesto acabar con las vidas de los ciudadanos españoles que se le pongan por delante. La ingenuidad de dar la seguridad de todos como un hecho gratuito y eternamente garantizado ha llevado a suponer también que Al Quaida estaba de paso, casi por error o al azar, y que se iría de entre nosotros según sentenciasen las urnas o según fuese modulada la política exterior. Ahora cualquiera que quiera sabe que Al Quaida está en España para no irse, como intentará estar en toda Europa y que la única manera de que sus terroristas dejen de ser una amenaza es perseguirlos, detenerlos y meterlos en la cárcel para todo el tiempo que diga la ley.

Esos terroristas de Al Quaida llevaban largo tiempo «durmiendo» en Madrid, incrustados en la vida cotidiana. Regentaban locutorios telefónicos, trabajaban en andamios de la construcción, tenían bazares y peluquerías, acudían debidamente a la mezquita. Vestían sudaderas, hablaban de fútbol, bromeaban en la fonda. Mientras tanto compraban dinamita, preparaban mochilas-bomba, practicaban con los detonadores y estaban dispuestos a morir para matar, para matar a los españoles con los que hablaban de Beckham y con quienes se codeaban en la cervecería de la esquina. Se comprende que a la opinión pública española, a cualquier opinión pública civilizada, le cueste creer que esos «durmientes» han estado aquí desde quien sabe cuanto hace, pero lo peor es no aceptarlo y mirar para otro lado.

NOMBREMOS Al Quaida con todas sus letras y con todos sus horrores. Nombremos también el miedo y la inseguridad. No tendrá el efecto de un exorcismo ni lograremos que por nombrarla desaparezca, pero sabremos mejor que existe y lo que es. Así es como históricamente las sociedades vienen identificando a sus enemigos y no de otro modo cuaja la tan frágil conjunción entre seguridad y libertad.     vpuig@abc.es

EL PARTE DE GUERRA
Por Jaime CAMPMANY ABC 5 Abril 2004

LAS primeras páginas de los periódicos, los boletines informativos de las emisoras de radio, los telediarios y los espacios periodísticos de internet ofrecen varias veces al día noticias propias de los partes de guerra. Insisto en ello porque son muchos los que quieren cerrar los ojos ante esta alarmante realidad. Estamos en guerra. Esto es una guerra, no una pedrea ni un desfile de batallón infantil.

Tres periodistas, uno de prensa, otro de radio y otro de televisión, han sido bombardeados. Las bombas fueron detectadas e interceptadas gracias a las precauciones de quienes sí han comprendido que estamos en guerra contra un ejército invisible y camuflado. «Gajes del oficio», dice Jiménez Losantos. Gajes de cronista de guerra.

En Francia, una operación de la Policía judicial francesa en colaboración con guardias civiles ha permitido detener a dos destacados jefes de la banda etarra: Esparza, jefe del aparato logístico de «Eta», y «Mobutu», coordinador de todas las operaciones etarras, que estaba acompañado por la también etarra Mercedes Chivite. Gracias a estas detenciones, la Policía francesa ha localizado un local donde los etarras tenían un arsenal de armas dispuestas para perpetrar nuevos atentados presumiblemente en España.

Algunos de los participantes en la masacre del 11-M en Madrid fueron localizados por la Policía en un piso de Leganés. Al verse rodeados, iniciaron un tiroteo y después se inmolaron al producir una gran explosión. La explosión mató a los cuatro terroristas y provocó también la muerte de uno de los «geos» que intervinieron en la operación y varios heridos entre las Fuerzas de Seguridad y algunos más entre la población civil. Parece probable que entre los suicidas se encuentre el «cerebro» de la matanza del 11-M, a quien llaman «el tunecino» o «el chino». Naturalmente la explosión de Leganés, que destrozó el inmueble donde se hallaban los terroristas, produjo el pánico entre los habitantes de la zona.

Las últimas noticias informan de la localización de un piso en la ciudad de Granada donde los terroristas islámicos escapados hasta ahora de la acción policial pensaban refugiarse. Las investigaciones sobre el ataque especialmente sangriento a varios centros ferroviarios de Madrid demuestran que el atentado estaba preparado con cierta minuciosidad.

(Continuará) Desgraciadamente, continuará. Este parte de guerra se añade a los que vienen siendo emitidos y publicados sin interrupción desde hace más de un cuarto de siglo. Viene a ser conocido poco tiempo después de la detención en tierras de la provincia de Cuenca de las furgonetas que traían a Madrid más de quinientos quilos de explosivo, destinados a producir una masacre quizá más sangrienta que la de los trenes el 11-M, y quizá semejante a la de un bombardeo con aviones o un fuego de artillería desde tierra. España, castigada desde hace tres décadas por el terrorismo etarra, se ve ahora atacada también por este terrorismo internacional de Al Qaeda, organizado, mantenido y dirigido por la facción más violenta del fanatismo islámico. Es la guerra. La solución que proponen algunos, entre ellos un contertulio señoritingo y enriquecido, un Cid del siglo XXI, es la de rendirse sin condiciones.

UNA FORMA DE VIDA EN PELIGRO
Por Juan Manuel DE PRADA ABC 5 Abril 2004

LOS vecinos de Lavapiés le confiesan a la reportera Nieves Colli que las alimañas que perpetraron la matanza del 11 de marzo eran «personas educadas y divertidas, perfectamente integradas en el barrio». Frecuentaban playas y discotecas, regentaban comercios de apariencia respetable, vestían ropa de marca, incluso uno de ellos era hincha acérrimo del Real Madrid (¡asistía a los entrenamientos del equipo!) y fan confeso de David Beckham. Rasgos que refutan esa imagen tópica que se atribuye al terrorista islámico: barba intonsa, observancia fanática de los preceptos religiosos, rechazo intransigente de los hábitos occidentales. También esa idea acunada por mentes débiles según la cual los crímenes que estamos padeciendo son fruto de una secular injusticia colonialista que arrasa sin miramientos formas de vida adversas a la nuestra. Por el contrario, comprobamos que los detenidos tras la matanza del 11 de marzo se aprovechaban de las ventajas de nuestra organización social y mercantil, disfrutaban de la tolerancia de nuestras costumbres, incluso se habían apuntado sin rebozo a algunas de las plagas más tontorronas de Occidente: el consumismo y la veneración a las estrellitas balompédicas. Sinceramente, no creo que un fundamentalista musulmán incluya entre sus aficiones la frecuentación de discotecas y la recolección de autógrafos de Beckham.

Quizá el mejor método de combatir el crimen consista en comprender las razones del criminal. Y este esfuerzo de comprensión exige que nos liberemos de algunas rémoras del pensamiento políticamente correcto: lo que estos terroristas pretenden no es combatir una forma de vida que les repugna; su propósito es, a la vez, más alevoso y más sibilino. Envidian esa forma de vida, pero no se conforman con incorporarse al reparto de sus ventajas, sino que aspiran a destruir el sistema de principios que las hace posibles. Occidente no ha llegado a entender esta sutil diferencia, en su afán por soslayar el tan cacareado «choque de civilizaciones»; y así, en lugar de exigir acatamiento al sistema de principios que rigen su forma de vida a quienes aspiran a disfrutar de sus ventajas, se adopta una actitud laxa, se predica el sincretismo, se aboga por la convivencia multicultural. Esta permisividad claudicante se funda sobre el más atroz ingenuismo: pensamos que quienes son invitados a disfrutar de nuestras ventajas acabarán asimilando nuestros principios. Actuamos, en cierto modo, como aquella Viridiana en la película de Buñuel, que abre su casa a los indigentes, creyendo que ese ejercicio de caridad bastará para disolver el odio atávico que alimenta sus corazones. Y olvidamos que ese odio acaba imponiéndose siempre; olvidamos que ese odio primordial se ensaña con quienes se muestran más flojos y acogedores.

Hemos visto a nuestros políticos, a los pocos días de la matanza, reuniéndose con los líderes de las comunidades musulmanas asentadas en suelo español, muy preocupados por transmitirles su apoyo y esa convicción -tan feble, tan políticamente correcta- de que la acción de unos pocos fanáticos no contaminará el espíritu hospitalario de nuestro pueblo (bueno, ahora no se dice pueblo, sino «ciudadanía»). Pero, ¿a qué «fanáticos» se refieren? ¿A esas «personas educadas y divertidas, perfectamente integradas en el barrio», que vestían ropa de marca, frecuentaban discotecas y asistían a los entrenamientos del Real Madrid? En lugar de quedar bien ante la galería, nuestros políticos deberían ocuparse de exigir (sí, sí, exigir) a esos líderes musulmanes acatamiento a los principios de nuestra convivencia y un deber de vigilancia sobre los miembros de su comunidad que disfrazan el odio bajo los ropajes de una perfecta adecuación a nuestra forma de vida. ¿O acaso es pedir demasiado?

El nuevo terrorismo
CARLOS G. REIGOSA La Voz 5 Abril 2004

LA PRIMERA preocupación que han venido expresando los españoles en las encuestas ha sido por el terrorismo. Y todo parece indicar que seguirá siendo así. Los intentos frustrados de ETA, la matanza del 11-M a cargo de Al Qaida, los doce kilos de Goma-2 descubiertos el viernes en la vía del AVE a Sevilla y el cerco del sábado en Leganés con un GEO muerto y cuatro extremistas islámicos suicidados, han sembrado la inquietud entre nosotros. Estábamos ante lo que parecía el final de ETA y de repente nos damos de bruces con el desafío de un terrorismo internacional multitentacular y fanático que ha colocado a Occidente en su punto de mira.

Porque, ¿contra quien pretendían atentar los terroristas del viernes? ¿Contra lo que representa Aznar? ¿Contra lo que representa Zapatero, el mismo día en que se constituía el nuevo Parlamento? ¿Contra la democracia? ¿Contra España? ¿Contra la UE? ¿Contra un aliado de EE.UU.? Hay que abandonar las sutilezas y afrontar la abrupta realidad. Ese terrorismo bárbaro viene contra las instituciones occidentales, contra nuestras mejores conquistas como ciudadanos libres y, preferentemente, contra el propio sistema democrático, que ocupa un lugar cimero entre nuestros logros. Un terrorismo de inspiración radical-islamista con el que no contábamos y que se ha convertido en el más peligroso porque es del que tenemos menos información.

Lo que se avecina ahora es una dura batalla por la seguridad. Y el primer paso corresponde a los políticos, reforzando tanto como sea posible el Pacto Antiterrorista. Después, una labor policial continuada, sostenida, efectiva, capaz de desmantelar las bases en que se apoya ese terrorismo salvaje. El juez italiano Armando Spataro, experto en la lucha antiterrorista y particularmente en las células próximas a Al Qaida, ha sido rotundo: «Las masacres del terrorismo islámico indican que el objetivo indiscriminado es Occidente». La respuesta requiere la coordinación transnacional de políticos, magistrados y fuerza pública. Y también un gran esfuerzo de modernización de sistemas y de medios. Porque Al Qaida es desgraciadamente una moderna factoría del terror.

Del Wall Street Journal
Con Aznar y contra Moratinos
Alberto Acereda Libertad Digital  5 Abril 2004

Apenas han tardado unos días los lectores norteamericanos del Wall Street Journal en responder a los dos artículos que los días 24 y 31 de marzo publicaron respectivamente en ese mismo diario José María Aznar y Miguel Angel Moratinos y de los que ya dimos cuenta para Libertad Digital. La edición del viernes 2 de abril de dicho diario recoge ahora siete cartas al director de lectores estadounidenses respondiendo a tales artículos. Lo hacen, como debe ser, con absoluta libertad, desde ideologías distintas pero exponiendo unos puntos de vista que pueden y deben interesar a cualquier español preocupado ante la actual situación de España en el mundo.

Tres son las cartas respondiendo al artículo de Aznar y procedentes de lectores de Dallas, San Antonio y Nueva York. En todos los casos se repite el elogio a Aznar por su fortaleza y seguridad a la hora de hacer frente al terrorismo internacional. El primer lector matiza que el compromiso de Aznar en favor de la lucha antiterrorista en el mundo hubiera sido más consistente si la política española en Israel durante su mandato habría sido otra y le recuerda el no haber incluido en su artículo mención alguna a Israel como uno de los centros amenazados por el terror. El segundo lector vuelve a elogiar la valentía y el coraje de Aznar y también le recuerda que en su artículo, y al mencionar Nueva York, Bali, Mombasa, Casablanca, Estambul, Kerbala y Madrid como lugares acosados por el terrorismo, debería haber incluido también Jerusalén, Haifa o Tel Aviv. La tercera lectora escribe desde Nueva York y, entre otros elogios, afirma: “El artículo del Sr. Aznar demuestra el líder sano y realista que el pueblo español ha perdido. (…) Ahora que el Sr. Aznar ha perdido estas elecciones, puede dar con claridad su opinión sin preocuparse de las encuestas. Espero que el Presidente Bush siga al Sr. Aznar en el liderazgo y que se mantenga fuerte articulando sus posiciones”.

En la misma página de este diario se incluyen cuatro cartas más de lectores procedentes de estados distintos que opinan ahora sobre el artículo de Moratinos. El primero, desde California, afirma con ironía que si la política exterior del futuro ministro de exteriores de España se reduce a lo que proponía en su artículo “seguramente Al Qaeda y ETA estarán temblando”. El segundo lector asegura desde Pennsylvania: “La arrogancia de este hombre me aterra. Me gustaría ver al Sr. Moratinos decirle a un soldado americano o británico o polaco, que está arriesgando su vida cada día para asegurar la paz y la libertad a los ciudadanos de Irak, que su sacrificio no es ‘una auténtica lucha contra el terrorismo’”. Desde Wisconsin, el tercer lector le recuerda también a Moratinos que “está equivocado cuando dice que los terroristas no vencieron en España” y estima que no sólo fue así, sino que además no hay duda de que si los socialistas ganaron fue gracias a dicho atentado. Finalmente, un lector de Florida recrimina a Moratinos su afirmación de que el mundo es menos seguro hoy que hace un año. Tras recordarle las operaciones contra Al Qaeda, la erradicación del régimen de Saddam Hussein, el desmantelamiento nuclear de Libia y toda una serie de medidas antiterroristas, el lector le advierte a Moratinos que “esconder la cabeza en la arena no soluciona los problemas”.

Estos siete testimonios de ciudadanos norteamericanos pueden ayudarnos a extraer algunas conclusiones. En primer lugar, que existe una excelente consideración de Aznar entre el pueblo estadounidense, hasta el punto de considerarle como un ejemplo a seguir por el mismo Bush. Contrasta esta visión de Aznar en EE.UU. con la transfigurada imagen que la izquierda (anti)española y sus medios de comunicación afines han dado siempre respecto a un Aznar cobarde y postrado ante el presidente norteamericano. Claro está que a esa izquierda y a sus medios de propaganda no les interesa en absoluto recordar que ya en el verano de 2001, dos meses antes incluso del 11-S, Bush pasó voluntariamente por Madrid para comprometerse firmemente frente al pueblo español liderado por Aznar en la lucha contra el terrorismo. Prueba de que así fue y así sigue siendo desde entonces hasta hoy es el gran número de terroristas detenidos y puestos a disposición de la justicia española (sea con o sin la ayuda de Francia). Y ni que decir tiene el papel de EE.UU. en la crisis del Perejil, tan distinto -por cierto- al de Francia.

La segunda conclusión que cabe extraer de estas cartas toca a la opinión de los norteamericanos sobre Moratinos. Sus testimonios son unánimes y claros respecto a que el futuro ministro de Asuntos Exteriores tiene una visión errónea de lo que es el terrorismo y de las medidas para atajarlo. Conforme se cierran las heridas de la masacre y según la ciudadanía española va teniendo perspectiva de lo ocurrido en España el fatídico mes de marzo de 2004, sería deseable que los ciudadanos libres del Reino de España conozcan la opinión del pueblo llano norteamericano. Sus dos siglos largos de auténtica y verdadera democracia, su Constitución liberal, sus instituciones respetadas y su libertad en todos los órdenes de la vida deben ser un ejemplo para nuestra joven y corta democracia española. Por encima de demagogias y servilismos, de opiniones y de partidos políticos, nadie puede llevarse a engaño en algo tan decisivo para todos los ciudadanos: la libertad se conquista; lo difícil es conservarla viva y verdadera. Por eso uno escribe estos artículos, desde tan lejos, con el mismo amor por España, por el respeto a su Constitución y por la libertad de todos y para todos.

Suicidio asesino
Editorial El Correo  5 Abril 2004

La rápida localización y desarticulación del núcleo terrorista que causó la masacre del 11-M -y que trató de provocar otra en el AVE- dio lugar el sábado a uno de los episodios más escalofriantes protagonizados por activistas de la 'guerra santa'. La inmolación de cinco terroristas acabó con la vida del subinspector Javier Torrontera cuando procedía a detenerlos. Sarhane Ben Abdelmajud Fakhet, 'El tunecino', y cuatro correligionarios decidieron morir matando. Así recordaron que el terrorismo islamista no sólo está dispuesto a asesinar en masa a quienes considera enemigos en tanto que infieles, sino que además la actitud resuelta del integrismo terrorista encuentra mediante el martirio una recompensa en la otra vida así como una liturgia para convertir a los verdugos en víctimas de su propia acción sanguinaria.

El acierto en la búsqueda de los responsables del 11-M merece la felicitación de la sociedad española a las fuerzas de seguridad. Pero las circunstancias que han rodeado a tan horribles asesinatos permiten concluir que España y los españoles son, junto al resto de los países occidentales, objetivos de un terror cuyo fanatismo dificulta su prevención y erradicación. La eficaz actuación policial no debe hacernos olvidar que, al parecer, nadie había previsto ni detectado la eventualidad de semejante acto de barbarie por parte de alguna de las diversas franquicias de Al-Qaida. Los mecanismos del Estado de Derecho y las normas internacionales tienen entre su cometido disuadir o penar la comisión de delitos contra la vida y la libertad de los semejantes. Pero su poder coercitivo resulta limitado frente a la naturaleza sanguinaria de un terror protagonizado por quienes no albergan reserva moral alguna.

El adoctrinamiento en tan sectaria concepción de la condición humana puede resultar ajeno a sociedades que accedieron al reconocimiento de la dignidad de la persona individual y a la democracia desde raíces fundamentalmente cristianas. Pero la globalización y el mosaico de tradiciones que conviven en Europa, y que apuntan a una creciente multiculturalidad, obliga a pensar en el integrismo extremo no como un componente lejano, sino como un germen que también se desarrolla entre nosotros. Las fronteras de Europa no podrían impermeabilizarse frente a tan terrible amenaza sin aumentar la separación respecto al mundo árabe y musulmán, y sin inducir conductas xenófobas en su seno. La sociedad española está reaccionando con serenidad frente a este nuevo terror, quizá por las décadas de duro aprendizaje impuesto por el terror etarra. Pero resulta imprescindible y urgente que la específica naturaleza del terrorismo islamista lleve a las fuerzas políticas y a las instituciones a articular una respuesta común que permita adecuar los recursos del Estado de Derecho y compartir responsabilidades en el ámbito europeo para optimizar los mecanismos de defensa.

El peligro del fanatismo
Editorial El Ideal Gallego 5 Abril 2004

La inmolación de los terroristas islámicos al verse cercados por la Policía es la mejor prueba de que los integristas son una amenaza permanente para todos. Por supuesto, hay que partir de la base de que tan extremistas son quienes asesinan en nombre de unas supuestas creencias religiosas -ningún pasaje del Corán ordena a los mahometanos perpetrar matanzas- como quienes lo hacen invocando la falsa redención de la patria. Nada distingue, por lo tanto, a los criminales que el sábado se suicidaron en Leganés para alcanzar el paraíso de Alá de quienes ponen bombas para tratar de convertir el País Vasco en un paraíso en la Tierra. Unos y otros son unos fanáticos con los que no cabe más forma de trato que la persecución policial para sentarlos ante un juez y que éste los envíe a la cárcel.

De ahí que sea un error buscar “culpables” a los que responsabilizar de que los terroristas islámicos hayan colocado a España en su punto de mira; señalar la participación en la guerra de Irak como el motivo que los ha llevado a reaparecer en “Al Andalus” es absurdo. Si se da por bueno ese argumento, ¿cómo se explica el 11-S?; porque hasta ese día no se había producido ninguna “ofensa” al Islam que justificase esa sangrienta reacción contra EEUU. El problema es simple: los fanáticos, sean del tipo que sean, no necesitan razones para cometer una masacre, les llega con que otro anormal, al que ellos piensan que le deben fidelidad, les ordene actuar. Por eso la única solución posible es aislarlos de la sociedad.

En guerra
David Gistau La Razón  5 Abril 2004

Para Al-Qaeda, somos el eslabón débil. La movilización civil que en España protestó contra la guerra no la interpreta el Islam terrorista ¬¿pleonasmo?-¬ como una razón para el indulto, sino como una falta de cohesión en la primera línea de esta tercera guerra mundial que nos convierte en el enemigo ante el cual resulta fácil cobrarse una primera victoria que, por añadidura, sea la primera derrota de Occidente. Occidente, a quien el 11-S hizo más fuerte ¬nadie se replegó entonces¬ y el 11-M más débil. Por eso, para Al-Qaeda somos la «primera ficha» que, de caer en «dos o tres ataques», arrastrará a todas las demás. Somos el pedazo de muralla en el que quieren abrir la grieta por la que ha de colarse esa invasión de los nuevos bárbaros cuyo objetivo no es Usa, sino toda una forma de vida basada antes en la inteligencia y en la importancia del individuo que en la superstición y a la cual pertenecemos. Por eso el anti-americanismo no puede ser el pretexto político con el que lavarse las manos y guarecerse en el burladero.

Desde el 11-S, el Islam sólo había logrado golpear a Occidente en algunos de sus destinos lúdicos ¬Bali, por ejemplo-¬ que estaban siempre extramuros. Con el 11-M han vuelto a dañarnos dentro de nuestras marcas. Para todo Occidente, regresa la certeza de la vulnerabilidad. Están entre nosotros, en Lavapiés, y en Camden, y en cualquier «arrondissement» parisino, esos comandos durmientes que de momento en España han logrado abrir un nuevo frente dentro de nuestro ámbito. Ignoro en qué medida la megalomanía de Aznar es culpable. Pero el caso es que, hoy en día, es en España donde se está jugando su porvenir una forma de vida a la cual pertenecemos con grado de «primera ficha». Si caemos, caerán todos. Si nos replegamos, dejaremos una grieta por la cual se colará la invasión de los nuevos bárbaros. En este trance, en este estado de guerra, no conviene que el anti-americanismo nos impida comprender quiénes somos y con quién está ligado nuestro destino. Porque ellos, los nuevos Darth Vaders del integrismo, lo tienen claro. Y por eso nos golpean mientras, predadores al fin y al cabo, son capaces de oler nuestra debilidad.

FALSAS ILUSIONES
FLORENTINO PORTERO ABC 5 Abril 2004

A fuerza de sustos los mitos que parte de los españoles se habían construido van desmoronándose. El terrorismo islamista no es un problema exclusivo de los norteamericanos, como algunos pudieron creer tras el 11 de septiembre. Si fueron atacados no fue por haber intervenido más o menos en los asuntos internos de los musulmanes, sino por representar un modelo social incompatible con la versión fundamentalista del Islam, por influir en la evolución de ese conjunto de países hacia formas «corruptas».

El terrorismo islamista no actuó en España sólo por el papel jugado en torno a las crisis de Irak y Afganistán, sino por ser parte de ese Occidente próspero y libre, consumista y materialista que contamina a sus vecinos del sur. Podemos cambiar de gobierno, podemos culpar a Aznar de esto y de aquello, pero si seguimos siendo nosotros mismos, si continuamos avanzando hacia una sociedad más libre y más próspera los actos terroristas se sucederán. Hemos conseguido impedir un atentado contra el AVE Madrid-Sevilla, hemos localizado y anulado parte de los restos de la célula operativa responsable del 11-M, si bien a un alto precio, pero nuevas células se activarán en el futuro.

Nos costó demasiado tiempo entender cómo combatir a ETA, si es que lo hemos logrado, y parece que estamos dispuestos a repetir los mismos errores. No hay otro camino que asumir plenamente la amenaza, mantenernos unidos, no mostrar debilidad frente a sus chantajes y actuar en conjunción con nuestros aliados y amigos. No será fácil, pero premiar sus actuaciones sólo les convencerá de que van por el buen camino.

Terrorismo(s)
José María Carrascal La Razón  5 Abril 2004

Uno de los efectos más perversos del terrorismo islámico es que minimaliza el terrorismo de ETA. «Los etarras, al menos, matan individualmente, avisan antes de los atentados, se entregan sin resistencia al ser detenidos», dicen algunos. Olvidando Hipercor y otros atentados colectivos, que sus avisos son muchas veces trampas a los artificieros y que si se entregan es por cobardía y por saber que tras unos años de cárcel, que la banda procurará que sean lo más cómodos y nuestra legislación lo más cortos posible, volverán a la calle. El terrorismo de ETA es tan criminal, inhumano, despreciable y antidemocrático como el islámico, por la sencilla razón de que no hay terrorismo malo y menos malo. Todos son un intento de acogotar a una sociedad, imponiendo en ella por el asesinato una idea cuyos defensores son incapaces de imponer democráticamente. Y en eso no hay diferencia entre los terrorismos políticos, religiosos o étnicos.

Dicho esto, sin embargo, conviene advertir de la peligrosa situación en que nos encontramos los españoles. Mientras occidentales y prooccidentales de todo el mundo se ven amenazados por un terrorismo, nosotros nos vemos amenazados por dos, el islámico y el de ETA, el internacional y el doméstico. Siendo posible que por tener éste más cerca y haber sentido sus zarpazos durante décadas, obviásemos el peligro del otro, con la consecuencia de que se haya instalado entre no sotros con toda comodidad y pudiera golpearnos a su antojo recientemente. En adelante, nuestras policías tendrán que dedicar por lo menos tanta atención al terrorismo islámico como al de ETA para localizar sus células, identificar sus comandos y neutralizar sus actividades como ya lo está haciendo con el etarra.

Es ésta una lucha en la que debe implicarse toda la sociedad, ya que el terrorista procura diluirse entre nosotros, antes de asestarnos el golpe. Y al decir «todos», quiero decir cuantos aquí vivimos, incluidos los inmigrantes musulmanes. España les ha dado acogida, trabajo y posibilidades para que ellos y sus hijos tengan un futuro mejor que en sus respectivas patrias. Ellos son los primeros interesados en que no se les confunda con la minoría fanática que en nombre del islam asesina indiscriminadamente. No hay lazos de religión, de raza, de familia incluso que disculpen el silencio o el encubrimiento en estos casos. Es algo que vale especialmente para los imanes, guías espirituales de la comunidad, ya que los terroristas suelen congregarse en torno a las mezquitas, e incluso a veces siguen los dictados que en ellas se proclaman. Cualquier tipo de «comprensión» o solidaridad por su parte traicionaría su labor de apostolado, convirtiéndolos en cómplices de los asesinos. Los españoles estamos obligados a no equiparar islamismo con terrorismo. Los musulmanes entre nosotros son los más interesados en dejar clara esa diferencia.

Temor y recelo en Madrid
Carlos Dávila La Razón  5 Abril 2004

Otra terrible noche de sábado ha dejado Madrid convulsa, alarmada, irritada. De la matanza inhumana del 11 de marzo, el frustrado ataque al AVE, el caos mortal de Leganés, empiezan ya a vislumbrarse las primeras consecuencias. El pasado viernes, un experto ¬de los mejores¬ en la lucha contraterrorista, se expresaba así ante el cronista: «Quien tuvo en su momento la malhadada idea de alegrarse porque fuera Al Quaeda la autora de la hecatombe de Atocha, va a tener mucho tiempo para arrepentirse».

No es fácil saber si esta frase encierra más una profecía que un aviso. Probablemente sean las dos cosas, porque lo cierto es que desde hace casi un mes, el temor es la característica más palpable del vitalismo de la capital de España. El temor y el recelo: las constantes gacetillas de solidaridad con las víctimas del 11-M por parte de la comunidad islámica de Madrid no están consiguiendo, ni mucho menos, menguar la suspicacia y el desasosiego que produce a muchos ciudadanos, por ejemplo, la sola presencia de un muchacho con rasgos árabes portador de una simple mochila.

En Madrid, son muchos los oyentes que llaman estos días a las emisoras para denunciar, con agobio y sin demasiada cautela retórica, que el barrio de Lavapiés, otrora símbolo del casticismo más puro, es hoy un conglomerado urbano exento en el que ya no se ingresa salvo por asuntos de extrema necesidad. Son dos signos de un momento delicado en el que crece la impresión fundada de que Madrid se ha convertido en el foco privilegiado del terrorismo islamista.

Y bajo esa impresión, los madrileños comienzan a formularse preguntas. La básica es si, de verdad, la posición de España en la guerra de Iraq, es la causa principal de esta letal preferencia terrorista. Se ha producido tanto ruido interesado con esta imputación, que ahora mismo mucha gente es incapaz ¬como se lee¬ de recordar si los crueles atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York, con su espantosa secuela de casi tres mil muertos, ocurrieron antes o después del abordaje americano sobre el régimen de Sadam. En los días que se han sucedido a la catástrofe de Atocha, ha habido incluso personas que han clamado: «¿Nos lo teníamos merecido!» , una tremenda exclamación que encierra el ansia de encontrar justificación a la horrenda fechoría de «El tunecino» y sus secuaces.

El irresponsable político, hoy tan en auge, que celebró con cava la confirmación de la autoría de Al Qaeda porque reforzaba su aspiración electoral, seguro que compartirá esta previsión: el terrorismo de Ben Laden no ha aumentado su virulencia por la caída de Sadam, ahora sólo quiere sembrar la inestabilidad mundial y, para su mayor eficacia, convertir a Iraq en un inmenso campo de entrenamiento. Los socialistas que llegan pasado mañana a la Moncloa se encuentran con una ETA desvencijada, casi arruinada, y con un movimiento criminal integrista homicida y suicida a la vez, que ya avisó a España (lo hizo el propio Ben Laden en 1992 y en el 196), de que era objetivo básico de su acción.

Pero al PSOE que ha ganado bajo el tremendo impacto de la carnicería de Madrid, poco le puede servir aumentar la falacia de la relación Iraq-Atocha con nuevas genialidades de Rubalcaba, el desafío islamista es de tal calado que ya ha desencadenado reacciones populares aún en voz baja o soterradas. Entre éstas no es la menos grave la de la aparición de respuestas racistas, o de acusaciones a los políticos que han ejercido una postura blanda contra la emigración ilegal. El Gobierno de Zapatero no debe estar obsesionado con la herencia recibida sobre Iraq, más bien debe estarlo por garantizar que este país tiene que regresar a la normalidad, sin más espantos, sin más atrocidades. Y si hace falta con las medidas drásticas, en todos los campos, que proceda.

El ozono y la ceniza
Luis González Seara La Razón  5 Abril 2004

Europa no parece despertar de su letargo satisfecho. La conmoción y el dolor suscitados por la masacre terrorista de Madrid han descubierto el peligro y la amenaza que se ciernen sobre su propia casa. Pero se piensa que ello puede atajarse designando un coordinador para la seguridad común. El celo y la energía se ponen en el control del poder de la futura Unión, en la negociación de las ventajas económicas y en el discurso humanista disfrazado de preocupación ecológica y sensibilidad multicultural.

Y se pretende ignorar lo que está pasando en el resto del mundo y la visión que se tiene de Europa en el mundo.

Hace ya medio siglo, Arnold Toybbee indicó que si se pregunta a los pueblos no occidentales qué opinión tienen de Occidente, la respuesta será unánime: todos dirán que Occidente es el gran agresor de los tiempos modernos. Desde luego, eso es lo que siguen pensando hoy los fundamentalistas islámicos del mundo entero, que han jurado venganza contra el explotador occidental. Ningún humanismo europeo indulgente y escéptico puede hacer frente a la amenaza real del fanatismo.

Fue Thomas Mann quien advirtió a Europa que el humanismo europeo, si no es capaz de tomar conciencia de la situación y de prepararse a luchar por la renovación de sus fuerzas vitales, se hundirá y el nombre de Europa «no será ya más que una expresión puramente geográfica e histórica». Han pasado muchas cosas desde entonces, entre ellas la pérdida irremisible del poder político mundial de los europeos, reconvertidos en socios de un gigante económico.

Pero el problema está en que hay elementos intolerantes y combativos que están dispuestos a terminar con tal excepción protegida por el hermano mayor americano. Y no sirve de nada mirar para otro lado.

El jefe de los inspectores de la ONU para rastrear las armas de Sadam, el señor Blix, ha dicho con gran solemnidad que a él le «preocupa mucho más la capa de ozono que Al Qaeda». Es el ejemplo perfecto del discurso banal del funcionario, que quiere presumir de estar preocupado por algo que no sea su escalafón, descalificando un peligro letal, que acaba de perpetrar una sangrienta matanza en Madrid.

Los funcionarios ecologistas no saben que el poder de la sangre supera siempre al del poderoso caballero don Dinero. La sangre da y quita la vida, haciendo vacuas las victorias del dinero, y las vidas se vuelven cenizas en los holocaustos y sacrificios que acompañan al poder en la historia.

Toda la tierra visible está hecha de cenizas, decía Paul Valery, que nos hablan de civilizaciones, riquezas y glorias consumidas. De la capa de ozono se ocupará el padre Sol, enviándonos una nueva glaciación, en lugar del calentamiento pregonado. De las cenizas del terrorismo hemos de ocuparnos los europeos con diligencia, sobre todo para evitar que los fuegos del fanatismo nos consuman antes de tiempo. La prueba de que Europa no esté acabada, como dice Putin, supone preocuparse más de Al Qaeda que por la capa de ozono.

Malas compañías
PABLO MOSQUERA La Voz 5 Abril 2004

ME HA SORPRENDIDO que la Chunta Aragonesista coincida con EA y ERC en lo que han titulado «segunda transición democrática y plurinacional». Más que nada por los antecedentes del nacionalismo radical (aunque democrático) de los Partidos de Rovira y Errasti.

Nada que objetar a una reflexión profunda sobre la necesidad de regenerar el sistema democrático, aquí y en cualquier lugar de Europa; incluso de una forma continuada, como un ejercicio de adaptación a las demandas del ciudadano, como un instrumento para identificar y garantizar el acceso a las nuevas generaciones de los derechos sociales, o la solución a las situaciones de colisión entre los derechos fundamentales, por el propio tamaño del Estado.

Pero tengo serías dudas sobre la coherencia del nacionalismo radical, que defiende la asimetría y los derechos históricos con el progresismo, que busca libertad, igualdad y solidaridad. Desconozco si los dirigentes de la Chunta han hablado, de paisano a paisano, con los aragoneses que residen en Euskadi, especialmente en los territorios gobernados por el Partido de Carlos Garaicoechea; pero si lo hacen, y no se han visto en la necesidad de hacerse supervivientes a base de jurar los principios fundamentales de la construcción nacional, descubrirán lo que quiso decir Arzalluz con aquello de «trataremos a los españoles que vivan en Euskadi como se trata a los alemanes que viven en Mallorca».

Es más, cuando los tres firmantes del proyecto para la segunda transición mezclan el estado de autogobierno, libertades ciudadanas y descrédito de las instituciones democráticas, no sé cual es el orden de las reformas, y si todo nos conduce a un Estado plurinacional donde se diluya la ciudadanía española para así consolidar definitivamente las desigualdades y desequilibrios entre regiones y entre comunidades de ciudadanos en nuestro país.

La desaparición de los órganos de coordinación, la limitación de las actuaciones de los tribunales en materias de cumplimiento de las leyes, ni garantiza las libertades, ni mejora el crédito y prestigio de las instituciones públicas; además de consolidar un Estado en el que, para vivir mejor, habrá que ser ciudadano con todos los derechos y lealtades al régimen, en Cataluña y Euskadi, es decir, donde siempre. Con más riqueza, se pueden ofrecer mejores derechos sociales; pero, ¿y con menos?

¿Para qué un sistema educativo nacional?
Ernesto Ladrón de Guevara es doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación La Razón  5 Abril 2004

Estos días atrás la señora Iztueta, consejera de Educación del Gobierno Vasco, ha dicho que no piensa cumplir la LOCE en el País Vasco y que va a trabajar para una propia regulación legal, o lo que es lo mismo, para un sistema educativo vasco. Entiendo que la consejera de Educación ha querido decir, obviamente, que no acata la organicidad de la Ley de Calidad educativa que tiene carácter de obligado cumplimiento por tratarse de una ley estructural del Estado.

No es nuevo. Hace mucho tiempo los nacionalistas han buscado una educación exclusiva para el País Vasco, que pasaba por cuerpos propios de profesorado, y redes específicas de centros escolares, bajo el signo nacionalista. Podemos recordar que en 1984 se dictó por el Parlamento Vasco una Ley, el EIKE, que creaba un Instituto oficial que ordenaba y organizaba en una red diferenciada a las ikastolas; porque a partir de esa red pretendían lo que ahora dice la consejera, es decir, un sistema educativo diferente y no sometido a la obediencia del Estado. También recordaremos que, después, el consejero socialista, Sr. Buesa, asesinado por ETA sustituyó ese enfoque por otro integrador en el que las ikastolas formarían parte de la red pública o de la privada de la enseñanza, disolviéndose como red propia, aunque no de hecho, como sabemos.

No obstante, consciente de que ese tipo de actitud anunciada a bombo y platillo podría ser constitutiva de un delito de prevaricación, la consejera ha procedido diligentemente a rehacer su posición inicial diciendo que lo que quería manifestar es que la Ley de Calidad debía ser reformada porque no era aplicable. Pero la intención ha quedado clara.

Los nacionalistas saben perfectamente lo que durante más de veinte años han estado desconociendo u omitiendo los gobiernos de España, que es que el sistema educativo es la columna vertebral de un Estado, y que quien tenga un sistema educativo propio y códigos jurídicos diferenciados es, se reconozca formalmente o no, un Estado nacional. Por tanto, los nacionalistas son conscientes de que con Plan Ibarretxe o sin Plan Ibarretxe, en la práctica, el País Vasco puede funcionar casi como un Estado independiente si tiene un sistema educativo propio en la actual Europa que difumina las fronteras nacionales y colectiviza en ese ámbito las políticas que han sido consustanciales de los Estados nacionales.

Coincidiendo con David Easton, pienso que desde hace dos mil años la educación ha ocupado una posición preeminente en el pensamiento político; mientras que hoy en la ciencia política ¬considerada como un todo¬ la atención a los problemas de la educación casi ha desaparecido. Aunque quienes tienen planes con perspectivas generacionales ¬como los nacionalistas¬ no han abandonado esa óptica, pues saben el poder determinante que tienen los sistemas educacionales para configurar la conciencia nacional en las sociedades, ligada a la construcción de una lengua, una etnia y un territorio como premisas para la constitución de una nación con Estado. Como lo hicieron los judíos para la construcción de un Estado israelí en los años cincuenta del siglo XX.

El profesor Green destaca la importancia que tiene la educación en el surgimiento de los Estados modernos en los siglos XVIII y XIX, lo que sabían los constitucionalistas de Cádiz, que en 1812 dedicaron un capítulo entero a la instrucción pública como base para la formación de ciudadanos como piezas esenciales para configurar un Estado Nacional al modo liberal. Por eso dicho profesor Green, estudia el proceso de formación del Estado y el de los sistemas educativos nacionales en Inglaterra, Francia y Estados Unidos y colige que ambas configuraciones, la del sistema educativo y la del Estado van parejas y que los sistemas educativos son como el eje vertebrador de dichos Estados, sin los cuales no se pueden conformar por carecer de arterias y de venas al igual que en los organismos vivos. Respecto a España el profesor Dr. Manuel de Puelles Benítez ha sido quien más ha estudiado el fenómeno afirmando que «el nacimiento de los sistemas educativos nacionales trae su causa de factores principalmente políticos» afirmando que la edificación del Estado liberal español y la del sistema educativo nacional se produjeron de manera pareja y simultánea, cuestión que sería demasiado prolijo detallar pero que es una verdad incuestionable.

Por eso están tan interesados los nacionalistas de poner en marcha un sistema educativo que se diferencie claramente del del Estado. Porque ellos pretenden un Estado Vasco separado de España, como todos a estas alturas conocemos. Y por la misma razón debiéramos oponernos los que no somos nacionalistas, porque ahí está la suerte, precisamente, del futuro de nuestra nación española. Parece mentira que durante tanto tiempo los gobiernos españoles hayan estado tan ciegos y no se hayan posicionado más contundentemente ante esta realidad palpable y sí lo hayan hecho ante otros problemas de entidad menor, aunque de mayor morbo. Lo que ha ocurrido recientemente con la Ley vasca de Universidades es el último eslabón de lo que ha venido aconteciendo con el resto del sistema educativo en el control de los mecanismos para configurar espacios estancos en materia educativa, ya sólo les falta un régimen jurídico regulador de la enseñanza, diferenciado y sin ninguna conexión legal con el del resto del Estado. En ese momento podremos decir que el Estado se ha roto, aunque las apariencias engañen. Espero que quien tenga en sus manos el destino de España no sea tan irresponsable de no verlo y de no poner remedio.

Detenidos en Francia 15 terroristas islámicos vinculados con los atentados de Casablanca
Efe - París. La Razón  5 Abril 2004

Una quincena de personas presuntamente vinculadas con los atentados perpetrados en mayo de 2003 en Casablanca (Marruecos) fueron detenidas hoy, en una amplia operación contra terroristas islámicos practicada por las fuerzas de seguridad francesa, informó el Ministerio del Interior.

Nueve de los detenidos son hombres y la mayoría de ellos estarían vinculados, según el Ministerio del Interior, con el Grupo Islamista de Combatientes Marroquíes (GICM), al que se también se responsabiliza de los atentados perpetrados en Madrid el pasado 11 de marzo. «Estas personas aparecen en las investigaciones relativas a los atentados de Casablanca», precisó el departamento de Interior.

El resto de los detenidos -seis- son mujeres, esposas de algunos de los arrestados. La operación, que comenzó a las 06.00 locales (04.00 GMT) y fue dirigida por la Dirección de Vigilancia del Territorio (DST, contraespionaje francés), se llevó a cabo por orden del juez antiterrorista Jean-Louis Bruguiere, que instruye en Francia el sumario sobre los atentados cometidos en Casablanca.

Agentes de los cuerpos especiales de la policía (RAID) también participaron en la operación, que se llevó a cabo en el barrio Val Fourré de Mantes-la-Jolie, ciudad ubicada al oeste de París, y en Aulnay-sous-Bois, al noreste de la capital. Los atentados de Casablanca, perpetrados en esa ciudad marroquí el 16 de mayo de 2003 fueron perpetrados por terroristas suicidas y causaron 45 muertos, entre ellos los 12 autores de los ataques.
La Policía gala desmantela un importante arsenal y fábrica de explosivos de ETA

Las operaciones continuaron con el hallazgo de 300 kilos de dinamita y otras sustancias y numerosas armas
La Guardia Civil y la Policía francesa descubrieron ayer en el suroeste de Francia, en la localidad de Saint-Michel (Pirineos Atlánticos) un taller clandestino de ETA en el que se encontraba uno de los mayores arsenales con que cuenta la banda terrorista en la actualidad, según palabras del ministro del Interior en funciones, Ángel Acebes. En la operación se detuvo a dos personas, un presunto terrorista y el dueño de la granja. Las operaciones seguidas en Francia en los últimos días contra la dirección de ETA continuaron con el descubrimiento de 300 kilos de explosivos y numerosas armas.
J. M. Zuloaga La Razón  5 Abril 2004

Madrid- El polvorín localizado ayer por la Policía francesa en un caserío de la localidad de Saint-Michel, cerca de Saint-Jean-Pied-de-Port, a unos 10 kilómetros de la frontera con España, era la fábrica de granadas, morteros y explosivos de ETA ya que, según han informado a LA RAZÓN fuentes antiterroristas, en un escondite del inmueble han sido localizados los aparatos que sirven para montar esos artefactos y los que se utilizan para realizar las mezclas de los productos que habitualmente utiliza la banda para sus bombas.

Dos individuos han sido detenidos, entre ellos el dueño de la casa que ejercía como apicultor y conductor de un autobús escolar, y Josecho Ceberio Aierbe, encargado de la «fábrica» en Francia. Ceberio veterano huido hace 13 años que residió en Iberoamérica. El presunto encargado de custodiar la «fábrica» de explosivos que la Policía francesa descubrió ayer en Francia es el veterano miembro de ETA Josecho Ceberio Aierbe, de 38 años, antiguo miembro del «comando Goier informaron a Ep fuentes de la lucha antiterrorista. Fue detenido el 7 de junio de 1996 en la localidad de Liberia (Costa Rica), cuando accedió al país procedente de Nicaragua con documentación falsa después de haber pasado varios años en México. Estuvo un año en prisión, pero no fue extraditado. Nació en Ataun (Guipúzcoa) y en 1986 fue detenido por la Guardia Civil cuando se encontraba colocando en Ordizia pancartas en favor de ETA. Posteriormente se integró en un grupo de apoyo al «comando Goierri-Costa», y huyó de España tras su desarticulación en 1991. Las fuentes consultadas consideran que desde España huyó a Francia y posteriormente a México, país desde el que pudo viajar a Costa Rica, donde fue detenido el día 7 de junio de 1996 con documentación falsa.

La operación ha sido posible gracias a la información aportada por la Guardia Civil. Se trata, según fuentes antiterroristas, de uno de los mayores almacenes de explosivos de ETA que se han conseguido descubrir y puede superar en importancia a los localizados en 1992 en Bidart y el desmantelado, el 16 de julio de 2002, también en Francia, al que la banda llamaba «Chernobil».

En el «zulo» del caserío había tres tipos de granadas: las «Mecar», de procedencia belga; y las Jotake y el mortero Jotasu, (que fabrica la propia banda), que permite lanzar bombonas de butano cargadas de explosivos contra objetivos fijos. Se trata de un arma que ETA ha utilizado en los últimos años en dos ocasiones, contra el cuartel de la Guardia Civil de Ágreda y contra el cuartel del Ejército en Aizoain, en Navarra. Un artefacto de este tipo era transportado por el responsable etarra de frabricación de explosivos, Luis Gárate Galarza, «Aixerico», cuando fue detenido el 10 de febrero en Francia. En total, han sido encontrados unos 300 kilos de explosivos, entre dinamita y otras sustancias, así como numerosas armas. El recuento de todo lo que había en el «zulo» tardará algún tiempo, según las citadas fuentes. El ministro del Interior en funciones, Ángel Acebes, informó ayer de que los detenidos son un presunto miembro de ETA que la policía buscaba y cuya identidad se está tratando de verificar, y el otro es el propietario de la vivienda, el apicultor Jean-Marie Sempée.

Ángel Acebes confirmó ayer que, por los primeros indicios, el zulo descubierto en la localidad francesa de Saint-Michel «podría tratarse de uno de los mayores arsenales de armas de distintos tipos de explosivos con los que cuenta en estos momentos la organización terrorista ETA». El ministro en funciones añadió que este «zulo o arsenal podría no sólo ser utilizado como deposito de armas y explosivos, sino también como fábrica de los mismos».

Acebes destacó que «esta mañana han sido detenidos otros dos terroristas en Saint-Michel» como «consecuencia de la investigaciones que se están produciendo contra la organización terrorista ETA en Francia y las operaciones que les he venido dando cuenta en estos dos días en que se han detenido a importantes miembros tanto de su aparato logístico como del operativo».

El hallazgo del taller en Saint-Michel, aldea muy próxima a la frontera con España, se produce dos días después del golpe asestado a la dirección de la banda terrorista ETA con el arresto del presunto jefe de logística, Iñaki Esparza Luri, del dirigente «histórico», Félix Alberto López de Lacalle, «Mobutu», y de su compañera y lugarteniente, Mercedes Chivite.

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