AGLI

Recortes de Prensa     Lunes 12 Abril 2004
CONSPIRACIONES
SERAFÍN FANJUL  ABC 12 Abril 2004

Acoso a la democracia
Luis González Seara La Razón  12 Abril 2004

LA GUERRA DEL SIGLO XXI
DANIEL UREÑA  ABC 12 Abril 2004

La insurrección
David Gistau La Razón  12 Abril 2004

BALANCE DE UNA TRAGEDIA (y II): CONFUSIÓN E INDECISIÓN
JOSÉ VARELA ORTEGA ABC 12 Abril 2004

TERRORISMO Y XENOFOBIA
Editorial ABC 12 Abril 2004

Nueva York-Madrid
José María Carrascal La Razón  12 Abril 2004

NOS ODIAN
Juan Manuel DE PRADA ABC 12 Abril 2004

Peor, imposible
José Javaloyes Estrella Digital 12 Abril 2004

Un Aberri Eguna ante la UE
Editorial La Razón  12 Abril 2004

Integrismo político
Editorial El Ideal Gallego 12 Abril 2004

PALETERÍA NACIONALISTA
Jaime CAMPMANY ABC 12 Abril 2004

La vida sin Arzalluz
Iñaki Ezkerra La Razón  12 Abril 2004

OTRO ABERRI MÁS
Editorial ABC 12 Abril 2004

Jornada nacionalista
Editorial El Correo  12 Abril 2004

Ibarreche contrata al autor que incluyó a etarras en el libro sobre vascos eminentes
Redacción La Razón  12 Abril 2004

El Foro Ermua alerta de que los nacionalistas han iniciado un «asalto al Estado»
Redacción La Razón  12 Abril 2004
 

CONSPIRACIONES
Por SERAFÍN FANJUL Catedrático de Literatura Árabe U.A.M. ABC 12 Abril 2004

BASSAM Tibi es un sirio que, naturalmente, vive en Alemania. Uno de los rarísimos árabes con capacidad autocrítica no puede permitirse el lujo de residir en su propio país pues, amén de la libertad de expresión, perdería la vida. Su libro La conspiración no constituye una mera denuncia de unos u otros gobiernos sirios, árabes o musulmanes, sino el desvelamiento descarnado de algo omnipresente en el discurso político, en la fraseología periodística, en los sentimientos de victimismo sistemático que estructuran cualquier pensamiento de los árabes sobre sí mismos: la idea de la conspiración permanente y eterna contra ellos, en lo chico y en lo grande. Al-Mu´amarah es la palabra más repetida en la prensa árabe junto con el nombre (con foto diaria incluida en primera plana) del tirano de turno en el país que sea: del Golfo al Océano, todos iguales. Por supuesto que el vocablo suele ir acompañado por varios adjetivos fijos: imperialista, colonialista, sionista...

Siempre idénticos clichés, fórmulas inalterables y manidas de rapsodas malos. La conspiración cósmica -visión paranoica y escapista de las propias responsabilidades- se centra en hechos del pasado o en conflictos reales del momento, interpretando a su conveniencia de modo unilateral y plano fenómenos complejos en los cuales las responsabilidades históricas, desde luego, no caen de un solo lado. «Nos colonizaron porque éramos colonizables», oí decir a una profesora marroquí en cierta ocasión, con gran escándalo de los demás árabes presentes. Significaba reconocer que algo «hicimos» mal: en realidad, «hicieron nuestros antepasados», con lo cual el reparto de cargas y culpas históricas comienza a volverse más equitativo y asumible por los cerebros pensantes de Occidente, que algunos hay.

Muy al contrario, la tónica dominante en nuestros países, gracias a la asunción acrítica de lo políticamente correcto, va por otros derroteros, fluctuando en la tenue frontera entre la autocrítica irrenunciable y el masoquismo ciego que otorga la razón al adversario por constituir en el fondo una decisión más cómoda: evita documentarse y pensar, en la inteligencia, o la esperanza absurda, de que nunca será el autocrítico quien cargue con las culpas y las consecuencias, destinadas a abstracciones lejanas o próximas (el Imperio español, el imperialismo americano, la conspiración sionista, la antiglobalización) o a personas (los Reyes Católicos, Felipe II, Bush o Aznar, siempre otros). La idea de la conspiración que nos llega de la otra orilla empieza a prender en ésta, pero no respecto a los de enfrente, sino contra nosotros mismos.

Y, sin embargo, en la ribera sur del Mediterráneo -frontera nada imaginaria-, hace años que anidan y se alientan deseos de desquite, de venganza y de imponer el Islam como religión universal, basándose en hechos del pasado -y por tanto irreversibles- pero cuya utilidad como guía es nula, y en la «conspiración occidental» arriba mencionada. Una agresividad acomplejada y hostil que, en el caso de España, ha tardado en manifestarse (lo que ha tardado en haber comunidades musulmanas numerosas) pese a nuestra condición de frontera, como lo eran y lo son Yugoslavia, Israel, Chechenia o las Repúblicas ex soviéticas del centro de Asia, o Filipinas, Timor, las Molucas o Nigeria. Por no eternizar el despliegue del mapa. Pero líbrenos Dios de pensar en una segunda conspiración de los mil millones de musulmanes contra nosotros. No parece razonable tal exageración, pero sí lo es la exigencia a nuestras autoridades, las actuales y, sobre todo, a las venideras -tan dada como es la progresía al multiculturalismo angelical-, la adopción de medidas serias para controlar al islamismo en nuestro país, no mediante remiendos folclóricos de inutilidad bien probada como la promoción de foros de encuentro, simposios variopintos, diálogos interculturales y otros festejos, o con la creación de un Consejo Islámico (más burocracia que pagaremos y ofrecerá buenos pesebres a los «mediadores»: está cantado y por eso lo proponen), sino a través de un conjunto de medidas legislativas, policiales, administrativas y culturales que favorezcan la integración en plazos prudentes.

Y sabiendo de antemano que nunca nos ganaremos la voluntad de los renuentes a la integración: uno de los asesinos detenidos por el 11-M había colgado un crespón negro en su tienda el mismo día del atentado. Es imposible discernir quiénes son sinceros y quiénes no en sus condolencias, y los españoles estamos hartísimos de este género teatral; por consiguiente, sólo valen los hechos, por ejemplo no fomentando la endogamia y el control de los individuos dentro de las comunidades islámicas, o sea, justo lo contrario de lo acaecido hasta la fecha con los recién venidos. Porque los meros signos externos nada demuestran: los asesinos de Madrid, como los de Nueva York, aparentemente participaban de gustos, costumbres, entretenimientos «occidentales»: es la taqiya u ocultamiento de los verdaderos sentimientos religiosos, algo admitido y promovido en el Islam cuando el musulmán está rodeado de infieles y se ve forzado a simular lo que no siente; en nuestro caso, tan obligado a colocar bombas en los trenes como el asesino etarra a disparar contra la nuca de un concejal de Málaga.

Y así damos en la tercera y última conjura, la de los necios, que nos toca muy de cerca. No nos la merecemos, colectivamente no. Que haya caído la lotería a quienes ni siquiera jugaban sólo se explica por el escrupuloso respeto a las formas democráticas de Aznar y su Gobierno. Dicen que las elecciones las desequilibraron los terroristas musulmanes mediáticamente asociados con chiquitos que portaban el móvil en una mano y la litrona en la otra: no es imposible. Triste galardón de un país que antaño presumió de noble y pugnaz (tal vez, más de la cuenta) mientras se enorgullecía por Numancia (¿saben los niños-LOGSE del PSOE qué es eso de Numancia además de un club de fútbol?). Un país que, de rodillas, implora perdón a sus asesinos, les comprende y disculpa, y se apresta feliz a cumplir el papel de Patio de Monipodio del Mediterráneo que nos preparan los ganadores. Eso sí: de sus dos orillas, por aquello del multiculturalismo. Y avergüenza que una parte numerosa de la opinión pública, en vez de centrar su atención y sus condenas en los criminales islámicos -los autores de los casi doscientos asesinatos-, se revuelve contra el Gobierno y su presidente por si informó una hora antes o después sobre las pesquisas en curso, bien que eficazmente pastoreado el rebaño por rabadanes que ahora, como antes, demuestran su insolvencia moral.

Extraño pueblo, que alterna destellos de buen sentido y cordura -como figurar a la cabeza en donaciones de órganos o responder masivamente el pasado día 12- con desistimientos y trapacerías de tendero golfo. Ahora el pretexto para desentenderse del peligro que nos toca -que nos toca de lleno, entérense, por más que se intente ignorar, con tropas o sin tropas en Irak- es la cantaleta de la «guerra ilegal», como si el terrorismo islámico necesitara de razones y la palabra Irak supusiera algo más que una nebulosa. Sólo una descorazonadora amalgama de ignorancia, mala fe y cobardía puede establecer una relación entre la presencia en ese país de un contingentito de soldados españoles y la bestialidad desatada contra nosotros el 11 de marzo. Unos soldados que, hasta la fecha, han sufrido once bajas y a los que se va a agraviar retirándolos de allí sin honor. Los Ejércitos españoles han perdido muchas guerras y se han retirado de los cinco continentes, pero nunca -si la memoria no me falla- de un modo tan infame.

En estas mismas páginas se han publicado excelentes análisis desde los ángulos interior y exterior sobre lo acaecido, sus consecuencias y la catadura moral de quienes se pliegan encantados al chantaje. No repetiré argumentos ya expuestos, pero sí debo recordar que los mayores y más sangrientos crímenes masivos de terrorismo islámicos en sus varias advocaciones (Nueva York aparte) se han producido en Irak y se han dirigido contra la población civil de manera indiscriminada, es decir, contra musulmanes. O en Turquía, país que no autorizó el paso de las tropas americanas hacia Irak. Luego muy poco importa a los asesinos actuar de vengadores justicieros en defensa de los iraquíes. Se patentiza que atacan a Occidente en el punto más débil, un pueblo que se deja amedrentar para disfrutar otra semana más del botellón, lejísimos ya del muy hispánico «me quiebro pero no me dueblo» (¿cuántos muchachitos-LOGSE del PSOE saben qué es Martín Fierro?). ¿Tendría sentido que, a la vista de las matanzas masivas de cristianos en Timor por parte de los musulmanes indonesios, un grupo de suecos cristianos acudiera a Marruecos a vengarse exterminando muslimes a bombazos en los zocos? ¿Qué manera de razonar es ésta? ¿Por qué un sector numeroso de nuestra ciudadanía encubre su inconsecuencia y su pánico culpándonos a nosotros mismos y buscando un chivo expiatorio para su miedo en la cabeza de Aznar?

Y volvamos a los clásicos. José Cadalso, en las tan invocadas -cuando conviene- Cartas Marruecas lo expresa muy claro: «¿Tenéis por cierto que para ser buen patriota baste hablar mal de la patria, hacer burla de nuestros abuelos, y escuchar con resignación a nuestros peluqueros, maestros de baile, operistas, cocineros; y sátiras despreciables contra la nación; hacer como que habéis olvidado vuestra lengua paterna, hablar ridículamente mal varios trozos de las extranjeras y hacer ascos de todo lo que pasa y ha pasado desde los principios por acá?». Han transcurrido más de dos siglos desde que se escribieron esas líneas, pero mutatis mutandis ¿es tan difícil reconocer en ellas a los cocineros, operistas y lánguidos peluqueros de nuestro tiempo, los dispuestos a sacrificar lo que sea -colectivo, nacional, claro- por su beneficio personal estricto?

Acoso a la democracia
Luis González Seara La Razón  12 Abril 2004

Es sabido que la democracia vive un permanente conflicto con sus enemigos. Es una lucha donde no cabe el vacar festivo de los narcisistas irresponsables, ante la continua exigencia de reforzar los flancos débiles. La democracia española tuvo el acierto de plasmar en un texto constitucional, refrendado por la inmensa mayoría del pueblo español, las bases de la prosperidad de una sociedad abierta que figura entre los diez o doce países más dinámicos y libres del mundo actual. Sin embargo, es también uno de los países con alto riesgo de fractura, en parte debido a la desmesura de sus reacciones críticas, a la vieja querencia de volver a las andadas, y, sobre todo, al acoso simultáneo del terrorismo criminal y de unos nacionalismos independentistas y separadores, empeñados en imponer una marcha a contrapelo de la historia. En cuanto a las viejas querencias, hay que insistir en la primacía de la legitimidad otorgada por el sufragio popular, frente a los populismos descalificadores de izquierda o de derecha, en la peor línea del sovietismo y del nazismo de otrora. Aquí no caben equívocos pseudoprogresistas.

Una cosa es manifestarse democráticamente por la paz, y otra, de signo nada democrático, insultar y llamar asesinos a quienes son dignos representantes de la voluntad popular o simples ciudadanos honorables, que expresan libremente sus ideas. El vicio antidemocrático se agrava con la «insistencia» en repetirlo. Ha sido especialmente obsceno el espectáculo de unos manifestantes haciendo teatro malo en el escenario de Leganés, donde los asesinos suicidas preparaban una masacre mayor que la del 11 de marzo. El terrorismo es el primer desafío que amenaza a la sociedad libre, extendido como una red opaca de tramas y equipos de iluminados asesinos, que exige una respuesta inteligente, resuelta y unitaria de la sociedad y las instituciones democráticas. Hay que frenar la escalada de provocaciones callejeras, que sólo pueden favorecer a los enemigos comunes. Los responsables políticos deben ser los primeros en hacerlo, pero es indispensable que los intelectuales y los medios de comunicación se hagan cargo de la gravedad de los riesgos y amenazas, procurando analizar con lucidez la situación, como requiere su oficio pensante.

En vez de criticar tanto el denostado pensamiento único, sería muy positivo que dejaran de azuzar sectariamente a unos ciudadanos contra otros, al mismo tiempo que deberían esforzarse en pensar algo por su cuenta, que vaya más allá de las ocurrencias simplistas de cómicos, comediantes e iconos de la televisión. El juicio crítico debe alcanzar especialmente a los despropósitos nacionalistas, incompatibles con el propio Estado de derecho, ya se trate del Plan Ibarreche o del anuncio de que se van a desobedecer las leyes educativas vigentes. Las leyes sólo se pueden cambiar o derogar por otras leyes. El principio de legalidad y de seguridad jurídica son elementos básicos de la democracia y del Estado de derecho. Si se empieza por vulnerarlos de forma abierta y descarada, poco talante democrático se puede alegar.

LA GUERRA DEL SIGLO XXI
Por DANIEL UREÑA Presidente del Círculo de Opinión Pública ABC 12 Abril 2004

EL 11-S de 2001 fue para muchos la fecha en la que comenzaba el siglo XXI. Si bien otros acontecimientos han marcado el inicio de diferentes etapas históricas, el 11-S abría este nuevo siglo que nos ofrece numerosos y desconocidos desafíos que afrontar para los países occidentales. El siglo XX pasará a la historia por el avance de la democracia y por la mejora de la calidad de vida de gran parte de los habitantes del planeta. Pero también lo hará por los numerosos y sangrientos conflictos bélicos que se han multiplicado en todo el mundo.

El 11-S el fundamentalismo islámico declaraba la guerra a Occidente. Era la plasmación de una amenaza que se había ido materializando poco a poco con acciones terroristas en Europa, Estados Unidos y África contra intereses occidentales. Durante los últimos días, mucha gente ha pensado que por vez primera el terrorismo islámico golpeaba a Europa, e incluso en España. Pero, lamentablemente, los antecedentes son muy anteriores.

Al mismo tiempo que el terrorismo etarra comenzaba a golpear el norte de España, diferentes grupos terroristas islámicos hacían lo propio en Europa. En 1969 tuvieron lugar los atentados contra las embajadas de Israel en Bonn y La Haya y contra la compañía El Al en Bruselas. En 1974, el secuestro en la embajada francesa de La Haya. En 1975, la toma de rehenes en una reunión de la OPEP en Viena. En 1976, el secuestro de un avión de Air France rumbo a Tel Aviv. En 1977, el secuestro de otro avión de Lufthansa. Todas estas acciones fueron llevadas a cabo por el Frente Popular para la Liberación de Palestina.

Otro grupo muy activo durante los años 70 fue Septiembre Negro, que en 1972 secuestró un avión belga de la compañía Sabena, y que meses más tarde realizó el secuestro de la delegación israelí en los Juegos Olímpicos de Munich con un balance de once atletas asesinados. Durante esos años otros grupos como Abu Mahmud, de origen libio, atentaron también contra intereses occidentales. En 1973, contra un avión de la TWA en Atenas y meses más tarde, causaron 32 muertes en el aeropuerto de Roma al asaltar un avión de Pan Am.

En los años 80 el terrorismo islámico no se detuvo en su lucha contra Occidente. En 1982 tuvo lugar el ataque contra la embajada de Francia en Beirut; en 1983 se cobraron 242 muertos americanos y 58 franceses en un sanguinario ataque contra las tropas de paz de Estados Unidos y Francia en el Líbano. En 1985, el terror se instaló en Francia con una serie de atentados contra civiles en cafeterías y centros comerciales que originaron más de diez muertos y casi doscientos heridos. En 1985, España sufrió un brutal atentando en el restaurante El Descanso, en Madrid, que tuvo un balance de 18 muertos y 100 heridos y fue reivindicado por la Yihad Islámica, aunque nunca se produjeron detenciones.

A mediados de los 90, todos recordamos la campaña terrorista de los Grupos Islámicos Armados (GIA) contra intereses franceses en Argelia y la propia Francia. El 26 de febrero de 1993 ocurrió el primer ataque contra el World Trade Center en Nueva York, en el que un camión cargado de explosivos produjo la muerte de seis personas, y era un serio preámbulo de lo que sucedería ocho años más tarde. Poco después tuvieron lugar los ataques del 7 de agosto de 1998 contra las embajadas norteamericanas en Nairobi y Dar Salam y que causaron 224 muertos y llevaban ya la firma de Al Qaeda, al igual que el atentado contra el navío estadounidense Cole el 12 de octubre de 2000 en Yemen, donde murieron 17 militares norteamericanos.

Con todos estos antecedentes sucedió el 11-S, de sobra conocido. Millones de espectadores contemplaron en directo a través de la televisión la matanza de miles de personas. Al Qaeda, máximo representante actual del terrorismo fundamentalista islámico, daba un salto cualitativo al asestar un duro golpe en el símbolo y en el centro neurálgico de Occidente. A partir de este momento, la Administración norteamericana comprendió la dimensión de las nuevas circunstancias internacionales y comenzó una campaña contra el terrorismo a escala global con la intención de acabar con los grupos terroristas y los regímenes que les apoyan, les dan cobijo o les financian. Por el contrario, muchos países europeos no vieron el 11-S como un problema propio, sino como un ataque contra Estados Unidos y decidieron mantener su aislamiento en esta cuestión. Esto supuso un error, ya que el objetivo del fundamentalismo islámico, representado por Al Qaeda, no es vencer a Estados Unidos, sino acabar con la civilización occidental. Y Occidente es Estados Unidos, Europa, Hispanoamérica y todas aquellas zonas del mundo donde impera la democracia y el Estado de Derecho. Su objetivo es aniquilar nuestra forma de vida basada en la libertad. Como «infieles», tenemos que morir.

Los salvajes atentados de Madrid del 11-M son una continuación de esta campaña del terrorismo islámico contra Occidente, que tratan de aprovechar la desunión y la falta de conciencia de la magnitud del problema tan abundante en Europa. Es la guerra del siglo XXI. El terrorismo islámico está en guerra contra Occidente y muchos países occidentales no quieren enterarse. Prefieren vivir aislados, sin comprometerse, sin afrontar riesgos, confiados en que el tema no va con ellos. Pero no se dan cuenta de que sólo puede haber dos bandos. El de los terroristas y el de las democracias que se enfrentan al terror.

Estamos en unos momentos históricos cruciales, en los que el terrorismo está echando un pulso a Occidente y, de momento, va ganando. Se aprovechan de nuestro sistema de elecciones para coaccionar el voto y, si como parece, les sirve para conseguir sus objetivos a corto plazo será una forma de animarles a seguir utilizando las bombas como forma de presión. Por eso, en estos momentos es cuando se necesita más firmeza y una verdadera cohesión de todos los países occidentales. Está en juego la supervivencia de nuestra forma de vida, de nuestra civilización, que están muy por encima de unas siglas o de unos líderes políticos. ¿Cuántos 11-S y 11-M necesitamos para ser conscientes? No veamos sólo la punta del iceberg, porque el problema es mucho más grave. Es la guerra del siglo XXI que hay que vencer.

La insurrección
David Gistau La Razón  12 Abril 2004

Incluso después del 11-M y de la declaración de guerra islámica a todo Occidente, todavía hay una corriente de opinión progre, basada en el anti-americanismo de cuando aún había Muro, para la cual Iraq es un «Vietnam ajeno» en el que nada nuestro está en juego. Y del cual, por tanto, hay que irse a buscar refugio en una distancia desde la cual resulta cómodo contemplar cómo Usa, que ya nos salvó a todos los occidentales ¬euroidiotas incluidos¬ de Hitler y de Stalin, acaba sola con este nuevo dragón universal cuyos dientes ya tenemos marcados en nuestra propia piel: los trenes, idiotas, los trenes.

Esta misma corriente de opinión es la que está festejando el levantamiento chiíta ¬yo progre, tú chiíta¬ y la «vietnamización» de Iraq, tal es la apetencia de una derrota americana de los resentidos que tienen cuentas pendientes con Usa desde que les derribó el Muro, clavando una estaca en el corazón del totalitarismo comunista.

De lo que no parecen apercibirse estos progres a la Bardem ¬los trenes, idiotas, los trenes¬ es que, en la mejilla de Usa, que no nos es ajena, el integrismo está golpeando a todo Occidente. Y que una derrota de Usa sería una derrota nuestra. Como cuando luchó contra Hitler. Como cuando luchó contra Stalin. Contra la invasión de Iraq estuvimos casi todos. Pero es tan irremediable que seguir protestándola equivale a intentar impedir evitar el rapto de las sabinas. Ésa ya no es la causa. La causa, ahora, es que todas las naciones occidentales, sin que se repliegue ninguna, se defiendan a sí mismas de quien ha jurado exterminarlas. En esa pelea, Usa no es nuestro enemigo, sino nuestro capitán, que a Bush ya le harán justicia sus electores y, cuando se haya ido, permanecerán quienes intentan volarnos los trenes. En esta guerra mundial, hay dos frentes, España dentro de nuestras marcas e Iraq fuera de ellas. Valorar cuanto ocurre desde el anti-americanismo patológico es un error de resentidos.
¿O es que le apetece, a la Bardem, llevar «bhurka», a su edad?

BALANCE DE UNA TRAGEDIA (y II): CONFUSIÓN E INDECISIÓN
JOSÉ VARELA ORTEGA ABC 12 Abril 2004

La comprensión del fenómeno terrorista -mucho más que Aznar- ha sido la víctima en la estrategia del odio al rival. Porque el rito de exorcismo al buscar un culpable entre nosotros y encontrar un chivo expiatorio en Aznar ha escamoteado con ello la realidad que nos ha golpeado y sigue amenazando. El odio nubla la vista. Nos confunde porque se confunde. Y es revelador que al trust de la venganza, en su afán por encontrar al culpable entre nosotros, se le haya escapado un debate responsable: el de la inteligencia de fundamentalistas sin seguimiento, el de la prevención de explosivos sin vigilancia y robos sin denuncia. Culpar al presidente González de los asesinatos de ETA en los años ochenta y al actual presidente en funciones de la matanza del 11 de marzo es peor que una injusticia. Es un error.

Lo peor de plebiscitar a Al-Qaida como muñidor electoral de la izquierda es que, al hacerlo, se ha administrado a la opinión la primera dosis de una proposición tan falaz como letal: guerra de Irak igual a atentado de Madrid.

Es la conclusión falsa a que una campaña de venganza personal ha conducido a buena parte de la opinión, precipitándola en una relación de causalidad falaz. Las bombas de Madrid tienen, desde luego, un propósito, pero no son la consecuencia de la guerra de Irak ni tienen en ésta su causa. El ataque a las Torres Gemelas se produjo antes -que no después- de la intervención en Irak, del mismo modo que los atentados de Bali, Luxor, Casablanca y Turquía se perpetraron contra países musulmanes que se habían opuesto a la guerra.

Me pregunto si los manifestantes que asediaron la sede del Partido Popular en la calle Génova se desplazarán a los cementerios de París para protestar contra Waldeck-Rousseau o Emile Combes, «culpables» hoy, como responsables que fueron ayer (entre 1901 y 1904), de la admirable legislación de enseñanza laica que está en la base de la actual disposición contraria al velo, «causa», según los terroristas, de la sentencia fundamentalista que pesa sobre el país vecino y de la que su oposición a la guerra no les ha podido librar.

Como no nos hubiera librado a nosotros, en la medida que somos «culpables» del genocidio cometido con Al-Andalus siglos atrás (Ben-Laden dixit). En Noruega, que ocupa también un lugar destacado en la lista de «culpables», la coartada es diferente pero la búsqueda de un pretexto semejante. Claro que, metidos en ceremonia de confusión, bien podemos ampliar el alcance del disparate y, con la inestimable ayuda de Günter Grass y del canciller Schröder, concluir que la causa del terrorismo es el hambre en el mundo, sin que la ausencia de la primera de las plagas mencionadas en Burkina-Faso y la financiación y participación en la segunda de algunos millonarios saudíes les haga a muchos pestañear en el argumento.

En contra del optimismo bienpensante, tengo para mí que, desgraciadamente, estos fenómenos pocas veces son consecuencia de intransigencia ni resultante de carencias. Al respecto, parece prudente distinguir entre causas y coartadas, no sea que de la legítima atención a las primeras se derive la frustración de comprobar que no resuelven fenómenos de violencia política que responden a resortes más prosaicos y prácticos. Por eso le pedía yo hace unos días al profesor Reinares -uno de los mejores expertos en terrorismo que hay en España- que impartiera unas clases aceleradas para que algunas tertulias de periodistas aprendieran a no confundir pretextos con causas. Porque es un error común, con frecuencia derivado de la peculiar interpretación etnicista de la historia, rebuscar en la mito-genética del conflicto en la errada presunción que estos fenómenos de violencia responden siempre a legados de un pasado de opresión, pesadillas de un remoto y recurrente conflicto histórico, nacional, cultural o religioso. Muchas veces son opciones del presente. Estrategias de poder. De poder totalitario, se entiende, que se alimenta, pero no se sacia, de concesiones o sumisiones.

La pregunta del por qué en fenómenos multi-casuales e infinitamente complejos es racional, pero no siempre razonable. Blanquí y Lenin, que sabían del asunto porque andaban en este negocio de la violencia política, pensaban que la cuestión pertinente es la de «pour quoi faire?» Estaban mucho más interesados en los propósitos y objetivos de la violencia que en investigar sus causas. Y del enemigo, el consejo: el objetivo último del fundamentalismo islámico es un poder teocrático que modele sociedades al estilo del Irán de Jomeini o el Afganistán de los talibanes; «la Patria lejana» del nacionalismo etnicista es la implantación de un poder totalitario que logre la limpieza étnica y coadyuve a la construcción de una sociedad nacional-socialista. Lo demás son pretextos y coartadas, como mucho etapas.

Ésa es una de las razones, en modo alguno la principal (cual es el trapicheo con nuestros derechos individuales fundamentales, que no van cedidos a político alguno, ni siquiera al señor Carod-Rovira, en ninguna papeleta de voto, porque son indelegables, intransferibles,«ilegislables», que decían los viejos republicanos españoles y, por ende, innegociables), por la que traficar autodeterminaciones, independencias, o «velos» -que no son mas que objetivos tácticos-, que no resuelven nada aunque lo agraven todo. Porque remunerar la violencia es estimularla, en lugar de desactivarla. Por eso, como nuestro objetivo estratégico es la derrota de un método -el de la violencia- llevando al enemigo del desaliento al desistimiento, debemos evitar cualquier gesto, cualquier interpretación que alimente la esperanza de que su macabro sistema paga dividendos. Y retirar las tropas de Irak tendrá, guste o no, esa lectura.

El terrorismo es una economía de la violencia. Un método coactivo, un recurso militar que maximiza crueldad para ganar imagen con la que ocultar la enorme fragilidad de los grupos que lo practican. Es, desde luego, una manifestación de inferioridad moral y política. Pero, sobre todo, es una manifestación de inferioridad militar. Somos mucho mejores, muchísimos más e infinitamente más fuertes que los terroristas. Conviene no olvidarlo. Sin embargo, los terroristas tienen una esperanza y un propósito que no carece de racionalidad. El objetivo de un acto terrorista no son las víctimas. El objetivo somos nosotros. El inesperado fogonazo truculento proyectado en nuestra retina psicológica, una imagen sangrienta en cualquiera de nuestros tiempos y lugares habituales, contra gentes corrientes, gentes como cualquiera de nosotros. Busca eso, aterrorizar; es decir, producir un espectáculo neroniano que nos deje fascinados, hipnotizados, «paralizados y sin voluntad de resistencia» (Fuller). La idea de que la mayor victoria es aquélla en la que el enemigo (nosotros, en este caso) se pliega a nuestros dictados (los de los terroristas) con el menor gasto de un poder coactivo del cual sólo se dispone en cantidades muy limitadas, es una aguda observación recogida por Engels pero derivada de Clausewitz. Escuchemos con atención a otro de los grandes expertos en «guerras baratas» y estrategias del pánico. Las guerras del futuro -explicaba Hitler a sus colaboradores- utilizarán la psicología del terror más que armas convencionales: confusión mental, emociones encontradas, indecisión, pánico, esas serán nuestras armas.

La indecisión a que aludía Hitler es una consecuencia de la incredulidad que produce el sinsentido de la absurda desproporción del acto terrorista. El rechazo de la maldad, la natural repugnancia a enfrentarse con algo demasiado horrible para ser admitido, quizá -como escribiera pesaroso T. S. Elliot, precisamente días antes de estallar la II Guerra Mundial-, porque el género humano no es capaz de soportar una dosis excesiva de (su propia) realidad. La búsqueda de una coartada explicativa simple que nos tranquilice y libere de retos desagradables -por más que inevitables, a la postre- es producto de la indecisión y antesala de la negociación. Y en ésta, los totalitarios violentos traducen por claudicaciones lo que nosotros declinamos como compromisos.

Más que ahorrar, incrementa el sufrimiento, en la medida que estimula la violencia remunerándola. Y, lo que es peor, la injerta como un virus en nuestro sistema, de modo tal que la violencia queda incorporada, como un dato letal pero funcional, en nuestra economía de la política. A partir de ese precedente, lo que ha servido para descerrajar un problema de reparto de la soberanía, retirar tropas o correr un «velo», pongamos por caso, este simio imitativo no resistirá la tentación de utilizarlo para imponer cualquier cambio a tiros en vez de a votos. Habremos dado la vuelta a nuestra civilización democrática como a un calcetín: en lugar de procesar problemas, lo que habremos integrado en el sistema será la violencia. Nuestro natural anhelo de paz, nuestra saludable repugnancia por -y renuncia a- la violencia será la llave de yudo con la que los terroristas, pasando por la renuncia y la negociación, nos habrán llevado de la indecisión al enfrentamiento entre nosotros, destruyendo nuestros propios valores.

Es la forma que tiene el terrorismo de abordar un problema militar, de salida imposible para ellos, por vía de la aproximación indirecta. Habrán dado así un paso estratégico gigantesco en el camino de sus propósitos: la destrucción de la sociedad occidental. Un camino que se pavimentará con la confusión mental. La confusión de -y sobre el- enemigo por una campaña de venganza personal que puede precipitarnos en una espiral cainita que nos haga perder en el enfrentamiento lo mucho, lo muchísimo logrado. Pero que, además -y a mayor gravedad-, oscurezca los problemas que tenemos y oculte los peligros ciertos que nos acechan.

Desde que los americanos desembarcaron en Normandía en 1944, retuvieron al Ejército Rojo más allá del Elba en 1945 y contuvieron «con serenidad y firmeza» -que decía George Kennan- el expansionismo totalitario soviético, hasta provocar su desmoronamiento con el Muro de Berlín en 1989, hemos vivido una época excepcional en el mundo occidental. Un tiempo -que en España ha sido más breve pero también más intenso- de libertad y seguridad, democracia política y movilidad social, prosperidad económica e igualdad de oportunidades, una época de plenitud de la cual «hasta los intelectuales parecen haberse dado cuenta», escribía Popper poco antes de morir. Pero, si confusión e indecisión y sus derivados se instalan en nuestra sociedad, ya nada será igual. Si, en vista del éxito formidable alcanzado por la empresa España en este cambio de siglo, un diálogo mal entendido nos enreda en el equívoco de que la suma de las partes valen igual o más que el todo y nos precipita en la disolución de una sociedad cinco veces centenaria, lo lamentaremos profundamente. Sobre todo, lo lamentarán, trasquilados y desengañados, quienes creen poder alzarse con su parte de una mutilación conservando al tiempo los beneficios del conjunto.

Pero si pensamos mal: devaluamos nuestros propios principios negociándolos, nos confundimos de enemigo, nos enfrentamos y abandonamos a nuestros aliados, en la secreta esperanza de ser devorados por el monstruo los últimos, nos enzarzamos entre nosotros y, un atentado terrorista con armas «sucias» o biológicas nos sorprende en cualquiera de nuestros países ocasionándonos decenas o centenares de miles de muertos, sufriremos todos sus consecuencias amargamente. Quizá de forma irreparable. Porque un vendaval de desconfianza en nuestro sistema de convivencia se apoderará de muchos, demasiados ciudadanos, arrastrando con él nuestros valores, nuestra prosperidad, nuestra vida de seguridad, libertad y tolerancia. Recitaremos entonces los versos de Horacio: «una turba de ciudadanos clamando por la injusticia / la mueca colérica de un tirano». Porque se recompondrá algún orden, pero con la maldición contenida en la Farsalia: «esa paz vendrá con la autocracia». Rememoraremos las palabras premonitorias de lord Grey en aquel agosto de 1914, cuando un atentado terrorista etno-nacionalista apagó las luces de una Europa confusa, sin que los coetáneos «las volvieran a ver encendidas en lo que les restaba de vida». Releeremos los recuerdos de Bertrand Russell sobre aquel mundo libre, abierto, tolerante y reposado pero destrozado en Sarajevo. Y recordaremos, con la ayuda transpuesta de Stefan Zweig, donde estábamos -o peor- en qué estábamos pensando aquél 11 de septiembre o de marzo. Y ya nada tendrá mucho sentido. Los odios se nos antojarán pequeñas ruindades, minúsculas querellas de familia y, las venganzas personales, míseras pasiones. Porque nuestro mundo se habrá desvanecido.

Pero no tendría porqué ser así. Porque, en Occidente, ni siquiera la «Historia de España es la más triste», porque ya no «termina mal»: bastaría con seguir votando como queramos, pero pensando como debemos.

TERRORISMO Y XENOFOBIA
Editorial ABC 12 Abril 2004

PARA vencer al terrorismo no existe otro camino que el del conocimiento. Sin saber la naturaleza de la amenaza y sus objetivos fundamentales, todo está abocado al fracaso. Luego, hace falta además valor para tomar las decisiones pertinentes y determinación para afrontar sus consecuencias. Al margen de la parte que haya que imputar a los factores de marginación y resentimiento, e incluso a los errores políticos occidentales, basta con atender a las proclamaciones de los portavoces y dirigentes del terrorismo islamista. El fanatismo, al menos en este caso, no engaña, y proclama con terrible veracidad sus objetivos: la reconstrucción del Islam bajo la égida del fundamentalismo radical y la destrucción física y moral del Occidente impío. También en este caso, del enemigo el consejo. Es claro que ante una amenaza global contra nuestra forma de vida, la respuesta ha de ser también global y, por lo tanto, plurinacional. Así lo declaraba Rafael L. Bardají en su Tercera de ayer.

Esto significa que la mera eficacia policial y judicial, como si de un tipo especial de delincuencia se tratara, no basta. Es condición necesaria, pero insuficiente, de la victoria. Una guerra declarada no se gana simulando que nos encontramos ante una banda de delincuentes desalmados. Habrá que operar sobre sus causas profundas. Entre ellas, se encuentran los grupos terroristas, especialmente peligrosos en la medida en que están decididos a suicidarse con tal de quebrantar la moral de su enemigo. Se encuentran también los dirigentes religiosos que infundan en sus mezquitas el odio antioccidental, la semilla del terrorismo islamista. Lo mismo cabe decir de los Gobiernos que promuevan o amparen la obra del terror. Todos ellos deben estar en el punto de mira de la lucha contra el terrorismo. También habrá que profundizar en la tarea pedagógica de convencer a los nutridos sectores de la opinión occidental que se resisten a reconocer la naturaleza e identidad de la amenaza y que se obstinan en creer que el peligro nace de la política imperialista de Estados Unidos. Deberemos insistir en que nunca es razonable combatir el terrorismo por la vía de la concesión, que siempre es percibida, con razón, por los terroristas como debilidad y claudicación. También será necesario luchar contra el propio miedo, pues allí donde se asienta el temor se va desvaneciendo la libertad.

Pero donde no se encuentra la amenaza es en la inmensa mayoría de la población magrebí que busca dentro de nuestras fronteras lo que la miseria y, en ocasiones, la tiranía de sus países de origen les niega. Por el contrario, entre ellos debemos encontrar a nuestros aliados. Sin la democratización de las naciones de mayoría musulmana, la solución será imposible o inmensamente más difícil. La xenofobia sería la peor terapia para el tratamiento del mal que nos amenaza. No se trata de aumentar la nómina de nuestros enemigos, sino la de nuestros aliados. Pero no es sólo cuestión estratégica, sino también asunto de estricta justicia. Nada de esto impide la exigencia a todos los inmigrantes del cumplimiento estricto de las leyes y de los deberes para con la sociedad que los acoge.

Nueva York-Madrid
José María Carrascal La Razón  12 Abril 2004

Si usted llega a Nueva York por estos días, y es madrileño por añadidura, lo primero que le preguntarán sus amistades es si toda su familia está bien. Es una forma discreta y sensible de preguntar si algún miembro de ella se vio afectado por el 11-M. Y una muestra de hasta que punto esas explosiones se han sentido en Nueva York.

Pero aparte de esa solidaridad, que llega al hermanamiento en el dolor, los neoyorkinos le dirán muy poco respecto a los atentados, a Iraq, a la crisis política, a la situación militar. Como el resto de los norteamericanos, se hallan sumidos en una enorme confusión, en un dramático silencio. Poco a poco se abre paso la certidumbre de que fue un error meterse en Iraq. Pero al mismo tiempo se abre paso la noción de que marcharse ahora de allí sería un error todavía más grande. Y no sólo porque significaría la guerra civil y el caos en una de las zonas políticamente más volátiles y estratégicamente más importantes del planeta, sino también porque esa retirada, con aire de huida, daría alas a los fundamentalistas islámicos, convenciéndolos de que sólo tienen que golpear fuerte al Oeste para que su gran enemigo se rinda. Con lo que puede imaginarse un escenario de múltiples atentados y chantajes insoportables por todas partes. Lo ocurrido en Irán tras dejarlo en manos de los ayatolás sería un juego de niños comparado con lo que ocurriría en un Iraq dejado a su suerte. Mejor dicho, a la de los terroristas.

Ensombrece aún más el panorama que no se vea salvación dentro de casa. La democracia dispone que si un gobierno lo hace mal, se le cambia. Pero los norteamericanos no tienen, al menos hasta el momento, ese consuelo. Si Bush pierde a chorros la confianza de su país, Kerry aún no se la ha ganado con sus dudas y ambigüedades. Es posible que, allá por noviembre, si las cosas se han puesto todo lo mal que le están yendo a Bush, sus compatriotas no tengan más remedio que elegir a su rival. Pero será si éste no cambia, como mal menor, sin demasiadas esperanzas de que los saque del agujero en que se han metido.

Oigo cada vez más alusiones a Vietnam. Con argumentos tanto a favor como en contra de que aquella crisis se repite. Todos ellos convincentes, lo que no hace más que aumentar la confusión. Es verdad que hay muchas semejanzas entre ambas crisis. Pero también lo es que existen notables diferencias. Empezando porque Iraq no es Vietnam y que estos Estados Unidos no son aquéllos. Éstos sienten la amenaza terrorista mucho más cerca que la comunista, por haberla sentido en sus carnes. Aparte de que los norteamericanos, ante una crisis, tienden a unirse en torno a su gobierno, el que sea. A diferencia de nosotros, entre los que las diferencias ideológicas prevalecen. Quiero decir que las semejanzas entre el 11-M y el 11-S se quedan en el plano humano, emotivo, sensible. En el político están a mil leguas. Ustedes dirán si por suerte o desgracia.

NOS ODIAN
Por Juan Manuel DE PRADA ABC 12 Abril 2004

LAS encuestas demoscópicas quizá sean, como pretenden sus promotores, un espejo de la sociedad. Repescado del Callejón del Gato, habría que añadir. Las encuestas devuelven una imagen favorecedora de la población encuestada, que aprovecha la oportunidad que se le ofrece para contemplarse despojada de adiposidades y flacideces, exonerada de arrugas, redimida de alopecias y celulitis. Si a uno lo asaltan en la calle para preguntarle, pongo por caso, «¿Usted le sacude coscorrones a sus hijos?», es natural que responda negativamente, aunque cultive tan bárbaro método reprensor; pues a nadie le gusta que le hurguen en las recámaras donde esconde sus bajezas. Salvo que el interrogado sea, claro está, un exhibicionista que disfruta alardeando de sus lacras. Esas encuestas sobre hábitos de lectura de los españoles en las que se concluye que la mitad de la población desdeña la letra impresa no resultan tan pavorosas por los resultados desalentadores que ofrecen como por la realidad oculta que sugieren: pues ese abultado porcentaje de españoles que confiesa no leer no lo componen quienes se muestran indiferentes a los libros, sino sus aborrecedores más chulescos; además de ellos, existe otro porcentaje de personas que, aunque no posen la mirada sobre un libro, aún se avergüenzan de ello y mienten, temerosas de ingresar en las hordas de la burricie.

Una encuesta recién realizada entre marroquíes depara unos resultados espeluznantes. Un cuarenta y cinco por ciento expresa una opinión favorable de Osama bin Laden; el porcentaje se eleva hasta el sesenta por ciento cuando se les pregunta si consideran justificados los ataques suicidas con bombas contra objetivos occidentales, y hasta el setenta y tres por ciento cuando se trata de declarar sin ambages su rechazo hacia los cristianos.

Podría objetarse que la muestra de población encuestada -apenas mil personas- no basta para representar fielmente al pueblo marroquí; pero nadie nos asegura que, si dicha muestra se ampliara, los porcentajes no podrían resultar aún más escandalosos. Por otro lado, nadie discutirá que entre esos mil marroquíes encuestados habrá muchos que oculten sus opiniones aviesas por hipocresía, sonrojo o mero hastío. La única conclusión que dicha encuesta permite extraer es de un laconismo aterrador: nos odian. Así de simple y así de claro.

La charlatanería ambiental ha desplegado monsergas inspiradas por un loable espíritu conciliador, pero angelicalmente distanciadas de la realidad. Se insiste en deslindar la aversión que merecen unos pocos extremistas fanáticos del respeto debido a una mayoría musulmana pacífica, etcétera, etcétera. ¿De qué mayoría estamos hablando? ¿De ese setenta y tres por ciento que confiesa sin ambages su rechazo hacia los cristianos (y entiendo que aquí «cristiano» significa «occidental»)? Algunos pensarán -o preferirán pensar, para seguir disfrutando de los réditos que les proporciona la contemporización- que este artículo peca de alarmismo; coincidirán con quienes se empeñan en reflejar la realidad ante un espejo embellecedor. Pero este artículo sólo pretende señalar que existe un odio atávico -y no circunscrito a cuatro fanáticos aislados- que aspira a destruir los principios sobre los que se organiza nuestra sociedad, a la vez que se aprovecha de sus ventajas. No hace falta que las encuestas lo ratifiquen; basta con que nos desprendamos las anteojeras de la corrección política y dejemos de mortificarnos con los cilicios de la mala conciencia. Nos odian. Y el odio es la más eficaz arma de destrucción masiva ideada por el hombre. La protección contra ella no consiste en pronunciar pánfilas declaraciones de hermandad.

Peor, imposible
José Javaloyes Estrella Digital 12 Abril 2004

Inimaginable para el Pentágono que un año después de la toma de Bagdad las cosas estuvieran como están. Cabría decir que es imposible que todo pueda empeorar más de lo que está. Habría que oponer reparos, sin embargo. Con el sangriento episodio de Faluya, apenas controlado por la tregua, y la generalización de la violencia a todo el país, hasta el propio Consejo de Gobierno padece una implicación en la crisis que hace temer por su supervivencia. Tiene razón Bush cuando dice que la generalización de la violencia busca bloquear el paso político hacia el 30 de Junio, cuando se cumplirá el plazo para la transferencia de la soberanía. Es una obviedad. Como también lo es que la fase actual del conflicto es la del paso de la posguerra a una guerra política en toda la acepción de la palabra. En una inversión dramática de las palabras aquellas de Clausewitz, cabe decir ahora que, en Iraq, la política es la continuación de la guerra por otros medios que los bélicamente convencionales.

Es una política en la que todo vale. Desde la sermones de los ayatolás y las prédicas de los ulemas, a las acciones de la guerrilla y las más varias expresiones del terrorismo, incluyendo la generalizada toma de rehenes y las dimisiones de la Administración “petenista” que asiste al procónsul Bremer. Dice el senador Edward Kennedy que Iraq es el nuevo Vietnam. Pero se queda corto. Hay más complejidad interna, y una proyección exterior mayor aun que la muy importante que tuvo el conflicto en el Sureste Asiático. El vector terrorista, por ejemplo, no estuvo presente entonces. La guerra revolucionaria, soportada en el concepto de “movimiento de liberación nacional”, resumía y agotaba la respuesta del Vietcong al martillo pilón del Ejército norteamericano, y ahora, en Iraq, esa guerra revolucionaria está acompañada de muchas más cosas: movilización de clérigos, esgrima de etnias y culturas, despliegue interno e internacional de terrorismo, guerra política y articulación estratégica del integrismo islámico. Aunque sólo sea, esto último, para darle la razón al presidente Bush cuando decidió incluir la causa de Ben Laden como razón de su campaña contra Iraq.

Sorprende el poco relieve que se le ha dado a la iniciativa de Vladimir Putin de propiciar una conferencia internacional sobre Iraq, al que califica de “nido de terroristas”, como instrumento de cooperación para la transferencia de soberanía. Por mucho que sea el interés de Putin en conseguir apoyos frente al terrorismo checheno – que es de la misma cepa de Al Qaeda -, lo más significativo puede ser todo lo que supone, su iniciativa, de apartamiento de la línea franco-alemana en la cuestión iraquí. La fórmula sugerida por Putin no hace mención de la ONU como marco especifico para esa conferencia internacional. Se trata, pues, de una variante que desvincula la internacionalización de los remedios políticos para el conflicto iraquí del discurso de Chirac y de la dialéctica de París y Berlín en el Consejo de Seguridad.

Otro político con problemas con el terrorismo, y con éxitos indiscutibles en su lidia, Abdelaziz Buteflika, conseguía su reelección como presidente de Argelia en las elecciones del pasado jueves. El electorado argelino ha votado contra dos cosas: el fundamentalismo islámico, representado por el FIS, y el fundamentalismo marxista del FLN, representado por Benflis. Uno y otro parecen incompatibles con toda dosis razonable de bienestar económico y libertad política.       jose@javaloyes.net

Un Aberri Eguna ante la UE
Editorial La Razón  12 Abril 2004

Una cierta moderación en las formas, y en los discursos, parece haber marcado el día de «patria vasca» instaurado por el PNV y cabe pensar que la ausencia de Arzallus tiene mucho que ver en este asunto. Pero la falta de palabras de grueso calibre no cambia en absoluto el mensaje que ayer se pudo escuchar de los líderes del nacionalismo y que sigue centrado en la creación de la «nación vasca», en el proyecto de independencia que se desprende del vigente Plan Ibarreche.

Cabe destacar, sobre todo, las apelaciones a Europa y al deseo expresado del nacionalismo de que «Euskal Herría» tenga representación plena en la nueva Europa. Es evidente que el vuelco electoral y la conmoción creada por los atentados del 11-M han propiciado que no se diese ayer la acostumbrada contundencia en los mensajes y críticas dirigidas contra el Gobierno de la Nación. También cabe pensar que sienten, con la llegada al poder de un PSOE en mayoría simple y con la imperiosa necesidad de apoyarse en los partidos nacionalistas para gobernar, que la batalla por la reclamación de una «nación vasca» es ahora diferente y se presenta más favorable para ellos. Está claro, al menos por ahora, que entienden que su exigencia está más cerca de cumplirse que cuando era el Partido Popular quien estaba al frente de la Nación. Quizás por ello sea en la Unión Europea, en sus estrictas normas y en la realidad histórica y actual de Europa, donde han detectado su próximo muro de contención, hacia el que dirigir la mayoría de los esfuerzos de los próximos años.

Integrismo político
Editorial El Ideal Gallego 12 Abril 2004

El primer Aberri Eguna (día de la patria vasca) sin Arzalluz al frente del PNV ha servido para sosegar los discursos, que no el mensaje. Se ha rebajado el nivel de exabruptos pero no el de estupideces disfrazadas de ideología. Ahora, con Josu Jon Imaz al frente, los nacionalistas vascos anuncian que buscarán apoyo a sus fines secesionistas en Europa. Eso sí, antes de recurrir a Bruselas harán escala en Pamplona para, de la mano del ilegalizado brazo político de ETA, participar en un autodefinido como foro de debate nacional que, por supuesto -no podría faltar ni una sola de sus provocaciones-, ni tan siquiera celebran en el País Vasco. Los batasunos y sus aliados prefieren ir a Navarra a ver si, a base de reiterar la mentira de esa Euskal Herria inventada, acaban por convencerse ellos mismos de su existencia. Sin embargo, hasta puede resultar positivo que los nacionalistas vascos busquen apoyo más allá de los Pirineos para sus planes independentistas. Hasta es posible que Francia respalde sus reivindicaciones para luego conceder un estatus especial a Bretaña, Córcega e incluso al País Vasco francés. También puede pedirle a Berlusconi ayuda y, de paso, reclamar la secesión del norte italiano. Y si no, que recurran a los estados de la antigua Yugoslavia. Al fin y al cabo, la limpieza étnica que practica ETA en Euskadi se parece bastante a la que ellos padecieron. España ha sufrido en sus propias carnes la bestialidad del integrismo religioso. Es una lástima que el PNV y sus amigos sigan empeñados en apostar por el integrismo ideológico, por un nacionalismo decimonónico que no puede conducir a ningún buen puerto.

PALETERÍA NACIONALISTA
Por Jaime CAMPMANY ABC 12 Abril 2004

AL parecer, la paletería nacionalista y el aldeanismo vecinal han infectado el deporte, y ya encontramos España adelante algunas taifas que quieren tener su selección nacional y algunos deportistas que prefieren salir en las competiciones internacionales con la camiseta de su pueblo o el uniforme de su barrio en vez de llevar la camiseta de España. Con estos síntomas de desmenuzamiento del mapa, además de la guerra del moro, las luchas entre moros y cristianos han comenzado a revivir, estamos ya a punto de formalizar nuestra progresión hacia el Medioevo.

Tengo entendido que estas peteneras empezaron hace años cuando un portero vasco de la selección nacional de fútbol se negaba a calzarse las medias del uniforme porque llevaban una cenefa con los colores nacionales. No le importaba representar a España en una competición internacional, que eso daba fama y dinero, pero se resistía heroicamente a lucir el distintivo de la nacionalidad que representaba el equipo. Decía don Miguel de Unamuno que jugar bien al ajedrez solamente significa que se juega bien al ajedrez. Pues eso. Está claro que ser un buen portero de fútbol sólo demuestra que se es un buen portero de fútbol.

Con mayor o menor vehemencia, algunos vascones y algunos catalanes han pedido tener una «selección nacional» de este o de aquel deporte, generalmente el fútbol, que es el deporte más universal, y participar con ella en competiciones internacionales. Si eso se consigue y el ejemplo cunde, dispondríamos de diecisiete selecciones nacionales y podríamos asistir, pongo por caso, a un encuentro entre la selección riojana y la monegasca, con el príncipe Alberto en el palco presidencial haciendo aspavientos y jeribeques.

Hace poco, salió en Cataluña un trompeta del nacionalismo vecinal proponiendo que los atletas catalanes participaran en los Juegos Olímpicos vistiendo los colores de Andorra, que bajarían a la cancha después de recibir la bendición de Su Ilustrísima el Obispo Copríncipe. Seguro que reventaban el medallero. Ahora, con la propuesta de federalismo europeo, respetuoso con la independencia de las regiones, o sea, lo que podría llamarse el «cantonalismo europeo», último producto del caletre de Ibarreche, tendríamos, no ya selecciones nacionales en cada Comunidad, además de Ceuta y Melilla, sino selecciones cantonales. En mi tierra, la selección cartagenera, la jumillana y así.

He pasado buena parte de la mañana y de la tarde de hoy delante del televisor. He visto cómo el equipo de España vencía la eliminatoria de cuartos de final de la Copa Davis. Juan Carlos Ferrero vestía una camiseta blanca con el nombre de España estampado a la espalda, que es uniforme acostumbrado para todos los equipos en esa competición. En el partido de dobles, Robredo usaba una camiseta igual, pero Rafael Nadal lucía una camiseta roja sin las letras de España. Nadal es mallorquín y el partido se jugaba en Mallorca. No quiero pensar que eso sea una muestra de paletería nacionalista y de aldeanismo vecinal. Si lo fuera, habría que preguntar al presidente de la Federación qué hacía un chico así en un partido como ése.

La vida sin Arzalluz
Iñaki Ezkerra La Razón  12 Abril 2004

Ha habido un hecho esperanzador y positivo en la vida española de los últimos meses que no se ha valorado todavía lo suficiente y que supone un consuelo frente a los abundantes sinsabores políticos: la desaparición de Arzalluz de la escena pública. Las mismas horas vividas entre los atentados del 11-M y las elecciones del 14-M podían haber sido aún peores de lo que ya fueron con Arzalluz en activo y con esas tradicionales declaraciones de contenido estúpido, doloroso y sangrante con las que el desbancado líder del PNV siempre aportaba a la actualidad un insustituible granito de crispación que ¬como puede ahora observarse¬ era absolutamente prescindible.

Esa inédita ausencia es la que ha marcado el Aberri Eguna de ayer más que la propia división interna del PNV que, en el fondo, tiene al mismo Arzalluz y a la línea de Arzalluz y a los monaguillos de Arzalluz como causantes. No es casual que haya sido en vísperas de este Aberri Eguna precisamente cuando el desbancado líder del nacionalismo ha vuelto a asomar la cabeza diciendo que quiere volver a la política y que tiene derecho a un despacho de veterano en Sabin Etxea (yo creo que sólo va a conseguir un bono de jubilado para que le hagan descuento en la máquina del café). No es casual que esta resurrección súbita se haya producido en vísperas del domingo de Resurrección y precisamente para expresar sus escasas esperanzas en el PSOE así como para recordar a su parroquia que ese partido «cree en la nación española». Lo que quiere Arzalluz en estas fechas es conjurar cualquier posibilidad de pacto de reforma del Estatuto con los socialistas y que se aproveche más bien la debilidad y la incoherencia de estos para sacar adelante el Plan Ibarretxe. Mientras el PSOE anda organizando manifestaciones en Leganés contra un Aznar que ya se ha ido, Arzalluz ya se ha dado cuenta de que contra quien tiene que luchar a partir de ahora el nacionalismo vasco no es contra Aznar sino contra Zapatero.

Hay algo en lo que Aznar sí se ha acabado pareciendo a Franco y no por su culpa: en sus detractores nostálgicos. El famoso «contra Franco vivíamos mejor» ha hallado una réplica en este «contra Aznar vivíamos mejor» de los socialistas que no acaban de creerse que han ganado las elecciones por un lado y por otro no quieren pensar en el enfrentamiento que les espera consigo mismos y con los nacionalistas. Zapatero está todavía en la inopia de su increíble victoria electoral, en la nostalgia de su odio a un PP que le iba a hacer el trabajo sucio de frenar el Plan Ibarretxe y el Plan Maragall, que en el fondo encierran el mismo hueso duro de un referéndum de autodeterminación. Aunque ambas se llamen «reformas estatutarias» la de Egiguren no es la de Maragall. La primera quiere parar el referéndum de Ibarretxe. La segunda quiere llevar un referéndum a Cataluña. Estas contradicciones e incoherencias internas del PSOE auguran una legislatura turbulenta para Zapatero que o bien carga con el marrón histórico de ser «el hombre que rompió España» o bien acaba por ser tildado de «Aznar II» por un nacionalismo vasco que ¬como Arzalluz ahora nos lo recuerda¬ es insaciable.

En este contexto hay cosas que el PSOE tiene a su favor. El esfuerzo que se ha hecho por «criminalizar» a Aznar ha sido de tal envergadura y ha costado tantas energías que volver todas esas mismas baterías contra Zapatero, volver a empezar de nuevo con una campaña semejante pero contra otra diana que se ha tenido como aliada es una tarea monumental y además poco verosímil. Por más que Arzalluz ya ande manos a la obra dispuesto a hacer girar toda esa pesada maquinaria de guerra, estigmatizar a Zapatero de la misma forma que a Aznar es algo que, en caso de que el nacionalismo lo lograra llevar a cabo, costaría más de una legislatura. Esta imposibilidad motriz de quien está condenado a ser su enemigo político puede permitir a Zapatero hacer de la necesidad virtud y que esa alianza con los nacionalistas que le ha servido para derrotar al PP le sirva en un futuro nada lejano para presentar como injustos y como inverosímiles los reproches nacionalistas de inmovilismo. El PSOE está en este momento en la privilegiada situación de poder permitirse asegurar históricamente de una vez por todas la unidad nacional y ser más «inmovilista» que nadie frente a las demandas de un nacionalismo al que le queda sólo esta oportunidad y muy poco tiempo para aprovecharla. En otras palabras, si el PSOE frena en esta legislatura al nacionalismo ese freno será definitivo. El hecho de que el PSOE ya no tenga que desmarcarse del PP en un asunto tan delicado para ganar un espacio político, pues ya lo ha derrotado electoralmente, le da aún más capacidad de movimiento al partido de Zapatero.

Otro factor que juega a favor del PSOE en ese sentido es la propia desaparición de Arzalluz del aparato nacionalista que ha marcado este «Aberri Eguna de baja intensidad» diseñado por Josu Jon Imaz de antemano con unas tonalidades tenues y conciliadoras. A la ausencia de Arzalluz en la tribuna ayer se añadían las alusiones a «la nación cívica y solidaria» que integre a todos las vascos y a la integración vasca en «la Europa de los pueblos». Y se añadía también el fantasma de la «tregua indefinida» de ETA que sirva para integrar a todo el mundo abertzale en el «proceso democrático» de construcción nacional. La palabra «integración» era, así, la gran clave del Aberri Eguna de ayer y la palabra mágica que intenta ocultar las realidades que la desmienten. Pero, por muy perverso y sibilino que sea, un nacionalismo suave en las formas como el de Imaz no ocupa el mismo lugar mediático que el duro y puro de Arzalluz menos en un momento en el que ese lugar lo ocupa el terrorismo de Al-Qaida. Sin Arzalluz y sus gritos, la vida es, sin duda, mejor.

OTRO ABERRI MÁS
Editorial ABC 12 Abril 2004

LOS nacionalistas celebraron ayer por separado el Aberri Eguna, o «Día de la Patria», pero la coincidencia de planteamientos y objetivos entre los diversos partidos y sectores sociales fue tan explícita como en los tiempos en que estaba oficialmente vigente el Pacto de Estella. El inmovilismo nacionalista sigue siendo la seña de identidad de unas formaciones que siempre reclaman de Madrid cambios y evoluciones. Pero el nacionalismo vasco, ajeno a las preocupaciones y prioridades de la sociedad española, reafirmó ayer las mismas prioridades de siempre, quizá alentado porque el reflujo electoral de la guerra en Irak y del atentado en Madrid haya instalado en el Gobierno central no sólo a un partido, sino también a una actitud política que no afronte las embestidas contra el orden constitucional con la firmeza precisa. Si es un error de percepción de los nacionalistas, pronto se verá. En las diversas declaraciones que ayer hicieron los dirigentes del PNV y EA quedó claro que para el nacionalismo vasco el futuro se reduce a la consolidación de su hegemonía a través de tres tácticas: el rescate de ETA -a la que piden, ni más ni menos, valentía y reflexión- para atajar su derrota policial, la ruptura del Pacto Antiterrorista (expresamente reclamado por Imaz) -es decir, del último vínculo entre PP y PSOE frente al nacionalismo- y la ejecución del plan Ibarretxe.

La expectación artificiosa sobre una tregua de ETA respondería al deseo nacionalista de jugar la baza del cese temporal de la violencia para comprometer al nuevo Gobierno del PSOE y dar valor a una banda terrorista en declive. Sin embargo, no hubo ayer una sola oferta de contrapartida, de lealtad constitucional, de regeneración democrática en el País Vasco. Fuera de las inflexiones de verbo y de tono, el cambio en la dirección del PNV no ha introducido variaciones sustanciales en su acción política. Para algunos puede ser satisfactorio que Imaz afirme que «ETA no tiene cabida en una nación libre», pero es la repetición del mismo discurso que siempre ha rechazado el terrorismo pero nunca ha querido su derrota, palabra proscrita del diccionario nacionalista siempre que se refiere al final de ETA. Ha sido otra derrota, la del PP, la que ha diluido la expectativa de un cambio real en el nacionalismo, que se ha reanimado ante la victoria socialista y la predisposición del socialismo vasco de implantar la fórmula del tripartito catalán, para lo que ya se acomodan dirigentes socialistas que hasta hace poco comparaban la situación de los constitucionalistas con la de los judíos en la Alemania nazi y ahora aseguran que «Ibarretxe respetará las reglas». Otro Aberri Eguna que avisa a Zapatero de lo difícil que le va a resultar normalizar las relaciones con el nacionalismo vasco dentro de un marco de respeto constitucional.

Jornada nacionalista
Editorial El Correo  12 Abril 2004

El nacionalismo vasco celebró ayer el Aberri Eguna en un clima que, más que nunca, atestiguó que el día de la patria vasca constituye una cita obligada para los partidos abertzales, pero no así para el conjunto de la ciudadanía; ni siquiera para los miles de vascos que apoyan con su voto a dichas opciones. El Aberri Eguna no ha sido nunca una manifestación unitaria de reivindicación. Pero cada año su celebración recuerda que la comunidad política llamada Euskadi no cuenta con una jornada unitaria que evoque su singularidad, su voluntad de autogobierno o el logro de su autonomía. Es la única comunidad de la España autonómica que carece de un día para celebrar su constitución como tal. Ello no ha sido más que consecuencia del afán nacionalista por erigirse en intérprete exclusivo de la voluntad de autogobierno de los vascos, cuya negativa a institucionalizar un día de la autonomía ha reflejado todos estos años su intención de ver superado el marco de convivencia refrendado en 1979.

El PNV de Josu Jon Imaz aprovechó la jornada para reivindicar la memoria de quienes, dentro de la trayectoria jeltzale, han representado su alma más europeísta y moderna. El documento del EBB rendía homenaje a figuras que, como José Antonio Agirre o Javier de Landaburu, fueron pioneras en la adscripción del partido fundado por Sabino Arana a la corriente democrática y humanista que hace ya medio siglo contribuyó a asentar los cimientos de la actual UE. Sin embargo, la concepción que del europeísmo tiene hoy el PNV se basa en una poco disimulada amortización de la España democrática como realidad que hace posible no sólo el bienestar sino también el autogobierno de los vascos. Lo que en tiempos del franquismo podía entenderse como un olvido consciente que el nacionalismo justificaba por la naturaleza del régimen que acabó con las libertades y con el propio Estatuto se convierte, dos décadas y media después de haberse restablecido la democracia, en un abierto falseamiento no sólo de la verdad histórica sino de esa otra verdad que encarna la sociedad vasca actual dentro de la sociedad española.

Resulta incongruente abogar por una «Europa sin fronteras» cuando los mismos dirigentes que enarbolan dicha consigna afirman con rotundidad que «Euskadi es una nación» sin siquiera pararse a precisar que ésa es la concepción que los abertzales tienen de Euskadi. O cuando propugnan una vía de superación del marco jurídico-político vigente mediante un plan desde el que se auspicia un «diálogo sin límites ni condiciones previas», al tiempo que los límites y condiciones previas contemplados en el citado plan se muestran inamovibles. Tal y como advierte el documento del EBB, es indudable que la revolución tecnológica que ha dado paso a la sociedad de la información y del conocimiento induce también cambios en el futuro de los Estados-nación. Pero por eso mismo resulta significativo que el nacionalismo vasco entienda que esos cambios modificarán todos los paradigmas en la organización del poder político en las sociedades democráticas con excepción de los postulados abertzales que, en su interpretación, quedarían consagrados por la globalización.

El Aberri Eguna ha sido precedido por la especulación en torno a una eventual tregua de ETA. La periódica aparición de iniciativas inspiradas en la mayoría de los casos por la izquierda abertzale y secundadas de forma directa o contempladas de manera pasiva por el nacionalismo gobernante está ayudando a prolongar la pervivencia de la trama terrorista. La propia especulación sobre la tregua obtiene ese mismo efecto porque pretende situar a la clase política y a la opinión pública vasca a la expectativa de una decisión que se hallaría en manos de ETA, evitando así hacer explícito el compromiso que debería unir a todos los demócratas de acabar cuanto antes con la banda terrorista. El presidente del EBB afirmó ayer que «ETA no tiene cabida en una

Ibarreche contrata al autor que incluyó a etarras en el libro sobre vascos eminentes
Según denuncia «¿Basta ya!», dará clases a docentes por cuenta de la Consejería de Educación
La consejera de Educación del Gobierno vasco anunció hace tres meses en la Cámara de Vitoria que tomaría medidas por la subvención concedida a un libro sobre un centenar de vascos ilustres, que incluía a diez miembros de la banda terrorista ETA. La primera medida del Gobierno Ibarreche, según ha denunciado la plataforma ciudadana «¿Basta ya!», ha sido contratar al autor, Erlantz Urtasun Antzano, para que imparta cursos de formación del profesorado, con asignaturas como «El ataque de Castilla» y «Pérdida de los territorios occidentales. Importancia del año 1200».
Redacción La Razón  12 Abril 2004

Vitoria- El Gobierno de Vitoria, que preside Juan José Ibarreche, ha contratado para impartir cursos de formación del profesorado a Erlantz Urtasun Antzano, coordinador del libro escolar «100 personajes», aprobado y subvencionado por el Ejecutivo autonómico, y que incluye los nombres de diez miembros de ETA junto a los de otros vascos que han destacado por su relación con el euskera.

Según informaron a Servimedia fuentes de la plataforma ciudadana «¿Basta Ya!», Erlantz Urtasun forma parte del profesorado que impartirá el curso «Hitos de la historia de Euskal Herria», con el que la Consejería de Educación del Ejecutivo de Ibarreche pretende complementar la formación de sus docentes. Este curso, según la documentación oficial, tiene como objetivos ofrecer a los profesores «estrategias e instrumentos» para analizar «algunos acontecimientos principales de la historia de Euskal Herria», para lo cual se impartirán asignaturas sobre cuestiones como el «Reino vasco» o la «demolición de las instituciones vascas».

«El ataque de Castilla». En este sentido, la documentación del departamento de Educación alude a que Urtasun Antzano se encargará de la asignatura «Pérdida de los territorios occidentales. Importancia del año 1200», que, entre otros, contiene apartados como «el ataque de Castilla» o «El Reino vasco pierde los territorios occidentales».

Las fuentes consultadas de la plataforma «¿Basta Ya!», varios de cuyos responsables tienen relación con el sector educativo vasco, señalaron que el curso en que participará Urtasun Antzano se está impartiendo en Vitoria, Eibar, San Sebastián y Bilbao. Además, desde esta plataforma ciudadana se asegura que como docentes del curso figuran otros profesores relacionados con la asociación «Nabarralde», que se han significado por sus críticas a los partidos constitucionalistas y su defensa de la integración de Navarra en el País Vasco.

La denuncia de «¿Basta Ya!» respecto a la contratación de Urtasun Antzano por el Gobierno vasco se produce después de que en noviembre del pasado año se supiese que el libro «100 personajes», aprobado y subvencionado por el Gobierno vasco, incluye a diez miembros de la banda terrorista ETA por supuestamente haberse significado en la defensa del euskera.

Beñarán e Iturbe. Entre estos miembros de la banda etarra figuran José Miguel Beñarán, Txomin Iturbe o Mikel Castillo, que son citados junto a otros vascos como el histórico dirigente del PNV Juan Ajuriaguerra o los músicos Sarasate y Arriaga. No son mencionados, sin embargo, escritores como Pío Baroja o Miguel de Unamuno, también vascos y conocedores del euskera.

A este respecto, la consejera vasca de Educación, Angeles Iztueta, miembro de Eusko Alkartasuna, anunció en el Parlamento vasco el pasado 6 de enero que su departamento «tomará medidas» en relación con la subvención de 3.645 euros concedido a la editorial «Gaiak», que es la que ha publicado el libro «100 personajes».

El Foro Ermua alerta de que los nacionalistas han iniciado un «asalto al Estado»
Redacción La Razón  12 Abril 2004

Madrid- El Foro Ermua considera que con la reclamación de una «nación vasca» realizada en el Aberri Eguna por partidos como PNV y EA, los nacionalistas ponen de manifiesto que para ellos «ha empezado el asalto al Estado». El portavoz del Foro, Rubén Múgica, dijo a Servimedia que para contrarrestar esta amenaza el Estado debe «seguir defendiéndose frente a una agresión que es intolerable», en referencia a reivindicaciones como las formuladas hoy por PNV o EA durante los actos del que denominan Día de la Patria Vasca.

En este sentido, Múgica opinó que el líder del PSOE y próximo presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, debe hacer frente a este planteamiento nacionalista «con más Constitución», ya que es en esta norma fundamental donde está «la solución».

Asimismo, el portavoz del Foro destacó que los nacionalistas vascos están actuando como «los aprovechados de siempre, como los ventajistas» que son, al iniciar el «asalto al Estado» cuando España sufre otra ofensiva por parte de los fundamentalistas islámicos. Respecto a la posibilidad de que ETA declare de manera inminente una tregua, como se viene especulando en las últimas semanas, Múgica opinó que la banda etarra «está en las últimas e intentará disimular su inmediata desaparición» con cese de sus atentados. A este respecto, advirtió de que «en la tregua está la trampa, y lo que tiene que hacer el Estado es seguir golpeando a ETA sin ningún tipo de miramiento».

«Aquelarre nacionalista». Por su parte, el PP vasco afirmó que el Aberri Eguna ha sido un «aquelarre nacionalista» y la prueba de que la «mayor pretensión» de estas fuerzas políticas es la independencia del País Vasco.

El secretario general de los populares vascos, Carmelo Barrio, aseguró que desde que el «plan Ibarreche» se puso en marcha «se ha desatado todo lo referido a la reivindicación independendista del nacionalismo». Según Barrio, está aspiración secesionista es la «pretensión fundamental» de «una manera más explícita o soterrada» tanto de Josu Jon Imaz, presidente del PNV, de Begoña Errazti, presidenta de EA, como de Arnaldo Otegui.

Recortes de Prensa   Página Inicial