AGLI

Recortes de Prensa     Lunes 26 Abril 2004
Difícil regreso de Iraq
Editorial La Razón  26 Abril 2004

DESISTIMIENTO IRRESPONSABLE
JOSÉ MARÍA AZNAR ABC 26 Abril 2004

UNA RETIRADA INNOBLE Y APRESURADA
Florentino PORTERO ABC 26 Abril 2004

Más cerca de Al Sader que de Bush
EDITORIAL Libertad Digital   26 Abril 2004

España, de rodillas
Carlos Semprún Maura La Razón  26 Abril 2004

Las traiciones de Mr. Bean
Pío Moa Libertad Digital  26 Abril 2004

La peste globalizada
Luis González Seara La Razón  26 Abril 2004

La hora del PP vasco
Iñaki Ezkerra La Razón  26 Abril 2004

LA SONRISA DE ZAPATERO
GERMÁN YANKE ABC 26 Abril 2004

«Los islamistas viven una epopeya ilusoria»
FERNANDO ITURRIBARRIA CORRESPONSAL PARÍS  El Correo
 

Difícil regreso de Iraq
Editorial LR 26 Abril 2004

Desde el cuartel general del líder chií Al Sader, cuyas milicias del «ejército del Madhi» han encendido otro polvorín más en Iraq, ha llegado hasta los soldados españoles una curiosa propuesta de «protección» en su retirada, «si nos dan sus armas y un vehículo blindado». Bien puede pensarse, a la vista de los términos de la propuesta, que los chiís han entendido que más que obedecer una orden de retirada por motivos políticos, los militares españoles han sido derrotados. Porque sólo en los términos de una rendición cabe pretender que los soldados entreguen sus armas antes de abandonar sus posiciones y emprender el viaje de regreso a España.
Esto ha sido, para las milicias del Mahdi, una demostración de que están dispuestas a «extender su mano de amistad a las fuerzas españolas en Iraq, proporcionarles protección en Nayaf y Diwaniya y despedirles con flores». Antes de la decisión de Rodríguez Zapatero, el nuevo «Saladino» de la opinión pública musulmana, «éramos sus enemigos y hoy somos ya amigos». Sin embargo, y pese a que el propio Al Sader ordenó que cesaran los ataques contra los españoles de la brigada «Plus Ultra», su base ha sido objeto constante de ataques con morteros durante estas noches.

La situación no es fácil, pues mientras los militares españoles preparan su retirada del país en cumplimiento de la órdenes del Gobierno, sostuvieron ayer en Diwaniya un tiroteo con un grupo de iraquíes que habían atacado a una patrulla estadounidense. Los soldados de la brigada «Plus Ultra», que no sufrieron bajas, respondieron al fuego y mataron a dos guerrilleros que viajaban en un automóvil cargado de explosivos. La acción, de respuesta ante una agresión, ratifica el buen trabajo que nuestras Fuerzas Armadas han realizado en Iraq, donde sus tareas de ayuda a la reconstrucción del país han superado con mucho, ante los ojos iraquíes, los enfrentamientos de las últimas semanas provocados por la revuelta de Al Sader.

En estos momentos, y mientras se completan los planes de retirada, nuestros soldados se limitan básicamente proteger sus acuartelamientos para evitar que se produzcan bajas. Así, al margen de operaciones puntuales como la ayuda a la patrulla aliada en dificultades, no existen ya razones para participar en acciones aliadas, como el cerco de Faluya, para una unidad obligada ahora a pensar sólo en el regreso.

El cambio de misión se ha producido justo en el momento en el que el clima bélico crece en Iraq. A medida que se aproxima la fecha prevista para la transferencia de poderes al nuevo Ejecutivo iraquí, se multiplican los ataques de guerrilleros y terroristas de Al Qaida, hasta hacer del país un gran avispero del que no es nada fácil salir con seguridad, que es lo que tienen que hacer ahora nuestros soldados para cumplir la primera gran decisión adoptada por el Gobierno socialista.

DESISTIMIENTO IRRESPONSABLE
Por JOSÉ MARÍA AZNAR ABC 26 Abril 2004

LA decisión de retirar nuestras tropas de Iraq es legítima. Pero es también una grave irresponsabilidad. Aumenta los riesgos de España y deteriora las relaciones exteriores de nuestro país. Nos aleja de nuestros socios y aliados y no contribuye al consenso en política exterior que se nos había prometido. Supone una falta de solidaridad con el pueblo iraquí y es la mejor noticia que podían recibir quienes atacaron a España el pasado 11 de marzo.

Muchos españoles nos sentimos avergonzados por la retirada de nuestras tropas. Y muchos más estamos preocupados por las consecuencias que va a tener para la seguridad de todos y para la defensa de nuestras libertades frente al terrorismo.

La decisión del 18 de abril es equivocada aunque se corresponda con un compromiso electoral. Hay compromisos equivocados y éste es uno de ellos. Lo es porque por ella hoy estamos peor situados en el escenario internacional. Nuestra seguridad es menor. Somos más débiles, como es más débil nuestra alianza con las democracias más poderosas y antiguas del planeta. Pero no sólo con ellas, sino con la mayoría de las naciones que dentro de muy pocas fechas serán nuestros socios de pleno derecho en la Unión Europea.

La decisión del Gobierno socialista ha sido un golpe a todo aquello que conviene a España y al mundo libre. Porque nos vamos de donde más se nos necesita. Retiramos nuestra presencia, nuestra colaboración y nuestra capacidad de influencia de Iraq. Un país que ha sufrido una de las más crueles dictaduras de la historia y que ahora sufre el acoso del terrorismo y de los nostálgicos del tirano. Si el Gobierno afirma su compromiso con la reconstrucción iraquí y su fortalecimiento institucional, sin duda es un compromiso poco creíble, porque no se corresponde con los hechos. Si el Gobierno quería realizar una declaración de principios en política exterior, no ha podido elegir un momento menos oportuno. Es muy difícil comprender las prisas para tomar una decisión tan grave. Sólo el oportunismo encadenado a unas elecciones marcadas por el terror puede explicar una decisión que se aleja por completo del interés del país.

La retirada de nuestras tropas es lo que deseaban los terroristas. Los que atentan en Iraq contra los iraquíes, y los que atentan en España contra los españoles. Son los mismos. Quieren lo mismo. Tienen los mismos objetivos. Uno de ellos era sin duda nuestra retirada y ya la tienen. No es el mejor paso que se puede dar tras un ataque como el que sufrió España el 11 de marzo. El mensaje que se lanza al mundo es el del desistimiento, pero es también el del valor del asesinato como herramienta para conseguir objetivos políticos. Si España es más débil por nuestra retirada, los terroristas por el contrario son más fuertes. El Gobierno ha tomado el camino del apaciguamiento, un camino que la historia ha revelado como el peor posible ante las amenazas. Porque no aleja el peligro, sino que lo fortalece.

El Gobierno no ha dado más explicaciones que la que corresponde a su compromiso electoral. Si tanto respeto les merecen los ciudadanos, podrían haberse tomado la molestia de explicarles qué alternativa proponen a la del compromiso firme con la estabilidad de Iraq y la lucha en primera línea contra el terrorismo. Si se quiere fortalecer la democracia, la huida de las responsabilidades en la defensa de la libertad en el mundo no parece el camino más aconsejable.

Los iraquíes llevan décadas sin poder expresarse a través de unas elecciones libres. Pero sabemos, por cuantas encuestas se han realizado en los últimos meses, que son conscientes de la necesidad de la presencia de las fuerzas internacionales como garantía de su seguridad frente al terrorismo, así como su voluntad de que traspasen su poder a una autoridad nacional representativa. Es posible que la decisión del Gobierno responda a la voluntad de buena parte de los españoles, pero nadie podrá decir sin mentir que es un gesto amistoso hacia los iraquíes. Porque lo que se les está diciendo es que no pueden contar con nosotros. Se les dice que no vamos a ayudarles a conseguir las libertades que nosotros disfrutamos. Que no estamos dispuestos a correr el menor riesgo por ellos. Nosotros tuvimos una Transición -afortunadamente mucho más pacífica- pero entonces agradecimos mucho todo el apoyo que desde fuera se nos facilitó. Y ahora le negamos esa ayuda a los que la necesitan.

Pero no se trata sólo de ayudar a los iraquíes. Se trata también de trabajar por la seguridad de los propios españoles. Los asesinos terroristas del 11 de marzo no atacaron por nada relacionado con Iraq. De hecho, según las investigaciones, empezaron a tramar los atentados hacia octubre o noviembre de 2002. Que después hayan exigido nuestro abandono de Iraq -también de Afganistán- no es sino el oportunismo de unos criminales dispuestos a sacar partido del asesinato de casi doscientas personas. Y, sin embargo, se les lanza el mensaje completamente equivocado. Aunque no sea ésa la intención de la retirada, se les está dando lo que piden.

¿Está España dispuesta a entregar todo aquello que se le pida mediante el uso de la fuerza, incluido su territorio o su modo de vida libre? ¿A quién vamos a pedir ayuda si volvemos a sufrir ataques? Esas son las preguntas que el Gobierno socialista debía haberse hecho antes de tomar una decisión tan irresponsable.

En su discurso de investidura, José Luis Rodríguez Zapatero habló de consensos rotos en política exterior. Con su decisión -reitero, completamente legítima- no sólo se ha alejado del consenso europeo y atlántico, sino que no ha avanzado un solo paso hacia el consenso nacional. Ha decidido retirar las tropas sin oír al Consejo de Ministros e informado antes a la prensa que al Parlamento. Es más, a pesar de que la única explicación que ha dado ha sido la de «hacer honor a la palabra dada», de hecho ha faltado a ella, puesto que no ha dado la menor oportunidad a que las Naciones Unidas -«o cualquier otra organización de carácter multinacional», en sus propias palabras- tomaran un papel más activo y no ha esperado al 30 de junio.

No debería extrañarle al Gobierno de Zapatero si a partir de ahora nos faltan apoyos esenciales en la comunidad democrática internacional. Cuando alguien abandona su puesto no puede confiar sin más en recibir la ayuda de quien permanece en él. Este motivo habría bastado para pensarse mucho mejor una decisión como ésta.

Creo que España debería mantener otras políticas. Que debería ser más solidaria tanto con las naciones que más han trabajado por las libertades en todo el mundo. Y también más solidaria con quienes aspiran, después de muchos años de dictaduras, a avanzar en sus libertades individuales.

Creo que las decisiones en política exterior deberían ser otras. Creo que deberían basarse más en la defensa de nuestros valores esenciales. Creo que deberían basarse más en la realidad que tenemos ante nuestros ojos, la de una guerra internacional contra el terror. Un terror que quiere precisamente que abandonemos. Apartar la vista, huir de la realidad, no hará que ésta desaparezca, ni siquiera que se retrase, sino que nos tendremos que enfrentar ante ella peor preparados y más inseguros.

UNA RETIRADA INNOBLE Y APRESURADA
Por Florentino PORTERO ABC 26 Abril 2004

LAS tropas españolas se retiran de sus bases en Iraq y vuelven a la Península siguiendo las órdenes que les llegan del Gobierno, órdenes tan legítimas como legales, fundadas en el sentir de una amplia mayoría de la ciudadanía que no considera que haya razón alguna para mantener un contingente en aquellas tierras.

La Brigada Plus Ultra fue a Iraq para colaborar en su reconstrucción. La población iraquí ha expresado en los distintos sondeos que se han realizado su deseo de convertirse en un Estado de derecho y su apoyo al proceso político en marcha. Cuando han surgido dificultades y más necesaria es su presencia, nuestros soldados abandonan la misión, dejando a los iraquíes un poco más solos ante los importantes problemas de seguridad que tienen ante sí. La precipitación con la que se realiza la retirada ha descompuesto la estructura organizativa de una división multinacional de la que formaban parte. Un penoso ejemplo de falta de solidaridad que mina no sólo nuestro prestigio internacional, sino también la moral de nuestros hombres. Aquéllos que fueron allí exponiendo sus vidas ahora se ven reflejados en los ojos de sus colegas de otras naciones como parte de un colectivo poco serio en el que no se puede confiar para misiones de cierto calado.

De confirmarse la información sobre el pacto entre el CNI y el dirigente chiíta Muqtada al-Sadr para facilitar la retirada, la humillación de nuestra gente y el desprestigio de la Nación será mucho mayor. ¿Cómo es posible negociar con el enemigo que desvíe el fuego hacia nuestros aliados? ¿Con qué consideración nos tratarán los que hasta ahora confiaban en nosotros y valoraban nuestro trabajo?

Legitimidad y legalidad no implican ni sentido común ni responsabilidad.España ha cometido un grave error que traerá consecuencias negativas para la defensa de nuestros intereses en el corto y medio plazo, empezando por la pérdida del necesario prestigio, de la autoridad con la que defender nuestras posiciones.

Más cerca de Al Sader que de Bush
EDITORIAL Libertad Digital   26 Abril 2004

Este domingo se han producido en Irak dos noticias que tienen a las tropas de nuestro país como protagonistas. Por una parte, soldados españoles han matado en Diwaniya a dos integristas islámicos que les atacaron con sus Kalashnikov tras explotar un coche al paso de tres blindados de la Brigada Plus Ultra II. Estos “insurgentes” formaban parte del mismo “comando” que, horas antes, había atacado a soldados de Estados Unidos en las proximidades de Base Santo Domingo, también en Diwaniya, y herían a dos de ellos, uno de carácter muy grave. Los españoles intervinieron entonces para ayudar a la tropa norteamericana y rescatar a los heridos.

Por otra parte, mientras el fanático clerigo Chí Muqtada al Sader sigue ordenando a los pistoleros de su denominado “Ejercito Mahdi” que maten al mayor número de aliados posible, su portavoz, el jeque Ahmad a-Sheibani, ha vuelto este domingo a ofrecer “su mano de amistad y protección” a las tropas españolas y a “despedirlas con flores” si les entregan a cambio armas y vehículos blindados.

Ahmad a-Sheibani ha explicado también a EFE que "si los ataques contra las tropas españolas continúan, a pesar del llamamiento a su cese por parte de Al Sader, es porque los luchadores consideran que los soldados ahora en la antigua base española ya no son españoles". Asimismo, expresó su compromiso a enfrentarse con "todas nuestras fuerzas" a las tropas que permanezcan en Nayaf y las que vengan a reemplazar a los españoles.

En estas dos noticias del presente se condensan lo que ha sido el pasado y el futuro de la posición de nuestro país respecto de Irak: Por una parte, los últimos coletazos de solidaridad con nuestros aliados —y con la mayor parte de la población civil iraquí— en su lucha contra los terroristas y contra todo el fanatismo que se opone a la transición democrática en Irak; y por otra, la inaugurada ruptura de nuestras alianzas occidentales que conlleva dejar a los aliados—y la mayor parte de la población iraquí— a su suerte y en el punto de mira del fanatismo armado. Que un bárbaro fanático como Al Sader —cuyo “Ejercito Mahdi” ha sido financiado y entrenado por organizaciones terroristas como Hezbolá o la Guardia Revolucionaria Iraní— se anime a ofrecer “su amistad” al nuevo gobierno español es todo un símbolo del irresponsable giro emprendido en nuestra política exterior. A ella se suman, los halagos provenientes de Marruecos, el entusiasmo del nuevo dirigente de Hamas, la satisfechas demandas de Ben Laden, por no hablar del esperanzado último comunicado de ETA...

España, de rodillas
Carlos Semprún Maura La Razón  26 Abril 2004

El cada día más improbable Miguel Ángel Aguilar escribía en «El País» (15.4): «Retirarse es lo contrario de huir en desbandada». Pues bien, hablando en castellano, es desertar. Y cuanto más se evocan los peligros, más cobardía se demuestra. Ya podrá Aguilar exaltar el cumplimento de un promesa electoral, los hechos siguen siendo los hechos, las pocas tropas españolas en Iraq van a desertar del frente, porque podría convertirse en peligroso. Desde luego, la descisión de Rodríguez no será impopular, al revés, ya que el miedo le ha permitido ganar las elecciones, cuanto más miedo demuestre, más popular será. Al menos hasta los próximos atentados.

Esto nada tiene de nuevo, la cobardía como motor de la política nacional, o internacional, es de clavo pasado y sin remontar a los años treinta y a la vergüenza de tantos países (empezando por la URSS) cediendo a Hitler, para evitar la guerra, sin evitarla, daré un solo ejemplo, más reciente y más relacionado con los conflictos actuales: cuando durante la caótica guerra del Líbano los sirios atacaron con camiones bombas suicidas tropas norteamericanas y francesas, éstas se retiraron de inmediato, y cuando como guinda de ese apestoso pastel, esos mismos sirios asesinaron al embajador francés en Beirut, aquello no le impidió al presidente Chirac ser el único jefe de estado occidental presente en el entierro del tirano sirio: Afez el-Asad. Se podrían dar muchos otros ejemplos del «espíritu muniqués» que tantas veces domina el escenario internacional.

Desde luego Rodríguez afirma que la lucha contra el terrorismo será una prioridad de su gobierno, pero en términos tan generales y tan vagos, que me recuerda a otros jefes de gobierno que proclaman que la lucha contra el paro, por ejemplo, será su prioridad, mientras el empleo sigue disminuyendo inexorablemente, (salvo en los países con política un poco más liberal, como USA y Reino Unido dicho sea de paso). Pues lo mismo, Rodríguez Z. habla del terrorismo, pero retira nuestras tropas del «frente», hace lo contrario de lo que dice.

Porque la guerra contra el terrorismo no es una guerra «clásica», es una guerra que transcurre tanto en Atocha, como en Casablanca, tanto en Europa, como en USA, o Indonesia y Filipinas, también transcurre en Iraq y Afganistán. En cualquier lugar del mundo en donde existan grupos o masas musulmanes, existen núcleos de islamistas fanáticos y terroristas, porque el terrorismo hoy, sin ser únicamente islamista (ETA, FARC, etcétera), esencialmente lo es, y si vosotros no creeis que han declarado la guerra santa contra las democracias occidentales, ellos no sólo se lo creen, sino que actúan en consecuencia. Para intentar justificar su condena de la intervención militar ¬y la retirada de nuestras tropas¬ se ha dicho que Iraq no tenía armas de destrucción masiva (salvo su propia tiranía, como dijo Bernard Kouchner), y que Sadam Husein no se acostaba con Ben Laden. Pero éste no es el único jefe terrorista en el mundo, y mucho antes que él, Sadam no sólo terrorizó su pueblo, sino que durante decenios organizó, subvencionó y armó a organizaciones terroristas fuera de sus fronteras, y no sólo a palestinas, también europeas. Las Brigadas Rojas italianas, la RAF alemana, etcétera, estuvieron ayudadas directamente por Siria e Iraq (sin hablar del KGB, «off course»).

Resulta, pues, evidente que las frases huecas de Rodríguez sobre la lucha contra el terrorismo, resultan siniestras farsas, cuando su primera acción como presidente de gobierno, es desertar el terreno de esa lucha en Iraq. Y cuando piensas en ETA en el contexto actual de retirada en «buen orden» pero generalizada, se te ponen los pelos de punta. Desde luego, el anuncio de la deserción inmediata de nuestras tropas ha sido ampliamente comentado en todo el mundo, ya se trate de los medios o de los gobiernos. Como es lógico, el presidente Bush la ha criticado, pero Javier Solana la ha aprobado, y Honduras ha decidido seguir el ejemplo luminioso de España... Se me dirá que el peso específico de los señores Bush y Solana no es exactamente el mismo, pero sin embargo, muchos medios le han dado la misma importancia. ¿Pobre Solana! Lleva años de representante diplomático de la UE, y aún no sabe dónde está su despacho. Por lo visto también Romano Prodi aprueba la decisión zapaterista. ¿Otro desastre! Y además no se sabe si Prodi sigue siendo presidente de la Comisión europea, o líder de la oposición italiana, pero se mire como se mire, es igual de desastroso.

Este vódevil sólo se merecería carcajadas, si no se tratara de cosas muy graves, de atentados, de muertos, de una guerra en suma. Está visto que en la UE, que subvenciona el terrorismo palestino, existen fuerzas, cuya obsesión antiyanqui es tal que les conduce a las peores barbaridades. Con tal de construir una potencia superior a la potencia norteamericana, son capaces de aliarse con quien sea, y concretamente con los países árabes que tengan no sólo terrorismo, sino también petróleo. Porque si alguien se cree la propaganda según la cual el terrorismo sería «la única arma de los pobres», y que defender a Ben Laden es defender al «felah» egipcio y al barrendero marroquí, mejor sería suicidarse de una vez.

Los países europeos más abiertos al «diálogo de civilizaciones y al multiculturalismo» son los que peor han tratado a los moros pobres, como a los demás pobres. Esta guerra subversiva está en el corazón mismo de Europa, no sólo por los atentados habidos y por haber, sino también debido a los problemas de democracia, de integración, de resistencia al fanatismo terrorista, y si el zapaterismo, o sea la cobardía, triunfa, la guerra triunfará, y podremos sonar el toque de queda.

ZP en Marruecos
Las traiciones de Mr. Bean
Pío Moa Libertad Digital  26 Abril 2004

Ante la retirada zapateril de Iraq, un desafortunado artículo del Wall Street Journal comparaba a su autor con el franquismo y su supuesto aislamiento de Europa. Ni Franco creía que Europa empezaba en los Pirineos, ni estuvo aislado a partir de mediados de los 50. Casi podríamos decir al contrario, sólo dejó de tener relaciones con quienes no quiso tenerlas, y obtuvo unas condiciones muy ventajosas de la entonces Comunidad Económica Europea. Y tampoco se aísla Zapatero de Europa, sino que coopera con sus dirigentes más poderosos, aunque sea contra los intereses más evidentes de España. El periódico useño cae en la misma trampa oportunista de llamar “fascistas” a los comunistoides batasunos. Como la izquierda ha conseguido demonizar a sus adversarios como fascistas o franquistas, se les quiere devolver la pelota, pero sólo se exhibe falta de criterio y de capacidad para explicar debidamente las fechorías del comunismo o, ahora, del terrorismo.

La retirada de las tropas de Iraq constituye una abierta y desvergonzada traición a quienes luchan contra el terrorismo, y un servicio inapreciable a Ben Laden. Éste, con toda razón, habrá interpretado el hecho como un ataque al frente antiterrorista y una espléndida y poco costosa victoria para él, brindada por el esperpéntico líder español, cuya inconsciencia y bobería se revela en la pretensión de vendernos la burra como una manifestación de su absoluta oposición al terrorismo “internacional”. Tampoco extrañará que los terroristas domésticos y los separatismos que de un modo u otro le apoyan o se valen de él, estén no menos contentos y esperanzados que Ben Laden, porque coinciden en gran parte de sus objetivos. Estos son datos tangibles, mucho más significativos que el de quién, concretamente, pudo estar detrás del 11-M (sin que esta última cuestión deje de tener importancia, desde luego).

La zapaterada en Iraq no se relaciona en modo alguno con Franco, sino con un precedente mucho más próximo: la visita a Marruecos en plena crisis entre Madrid y Rabat. Recuérdese que la crisis fue provocada unilateralmente por Mohamed VI, y precisamente porque Aznar mantuvo una posición de principio en relación con el Sahara, sin ceder al oportunismo francés y useño en la cuestión. Fue una presión del déspota marroquí sobre un país democrático para que éste aceptase la vulneración de los acuerdos de la ONU sobre los saharauis. Entonces Zapatero, cuyo partido siempre ha defendido a los saharauis –de boquilla y por hacer demagogia–, viajó a Rabat a congraciarse con Mohamed. A veces, en los países democráticos, el líder de la oposición ha realizado gestiones internacionales para suavizar una tensión, pero siempre a favor de su propio país y a petición o con permiso del gobierno, que legalmente es el único capacitado para gestionar la política exterior. En este caso ocurría al revés. Zapatero actuó al margen y en contra del gobierno español y a favor del marroquí, en contra de una democracia y a favor de una tiranía, en contra de la ONU y a favor de la imposición violenta contra los saharauis. Fue un episodio de abierta e indisimulada traición, como señaló entonces Jiménez Losantos, aunque casi todo el mundo prefirió mirar a otra parte y dejarla impune.

Con su traición en Iraq, Zapatero no hace sino repetir la de entonces. Nuestro panderetesco jefe de gobierno realiza sus fechorías con una sonrisa vacua y bajo el lema hippy de paz y amor. Pervirtiendo absolutamente el lenguaje, disfraza de “generosidad”, “buen talante” y hasta “regeneración democrática” sus cesiones y obsequios a los enemigos de la paz y de la democracia, y sus vulneraciones de las reglas del juego, como habla de la promoción social de los “humildes” el jefe de un partido que dejó España con más de tres millones de humildes en paro. Por esa aparente inconsciencia, algunos lo han confundido con el mister Chance de la película famosa, pero recuerda mucho más a mister Bean: un necio malintencionado. Quien le tomó las medidas desde el primer momento fue Mohamed VI, cuando lo hizo retratarse bajo el famoso mapa en que las islas Canarias tenían el mismo color que el territorio marroquí.

La peste globalizada
Luis González Seara La Razón  26 Abril 2004

Este país tornadizo, de público de toros, da la impresión de pasar del anuncio del Apocalipsis a la llegada de la parusía, sin causa justificada. Después de la desolación creada por la barbarie terrorista, intelectuales, políticos y comunicadores parecen tocados de un soplo primaveral arcangélico, como si se hubiera materializado el viejo sueño del socialismo como organización de la producción del Bien, por las gentes buenas y bellas, moral y estéticamente unidas por los mismos fines justicieros que alumbró la utopía occidental.

Y, así, Zapatero nos cuenta que trae en su mochila, en vez de bombas, una democracia ejemplar. Ya se contentaría uno con que fuera eficaz y honesta, en el sentido ciceroniano del término. Pero ocurre que otros son los horizontes, dentro y fuera de España. Es cierto que las buenas gentes y los espíritus nobles gustan de imaginar un orden social pacífico, presidido por la paz y el amor fraterno. «Quien mira en silencio en torno suyo, ve cómo edifica el amor», escribió Goethe. Sin embargo, el silencio es aniquilado por el ruido bélico y la devastación del odio supera la creación del amor. Europa se vanagloria de haber globalizado su técnica y sus modos de producción, pero aún ha globalizado más sus modos de destrucción, que ahora se vuelven contra ella.

El terrorismo globalizado es la gran peste del siglo XXI. Las bombas de los terroristas suicidas, convertidas en pavoroso espectáculo, parecen unir a Eros y Thanatos en la muerte final. En esa orgía nihilista, devuelven a Occidente el símbolo de la civilización fáustica y racionalista, gritando: destruyo y mato, luego existo, tengo mi identidad. Y Europa se enzarza en querellas de barrio y guerras de identidades, que ya ensangrentaron masivamente el siglo veinte, en una de las muestras más palmarias de estupidez que han visto los siglos.

El hombre parece ser el único animal capaz de volverse reiteradamente estúpido y comportarse como tal, incluso cuando no es imbécil de nacimiento. Los nacionalismos belicosos y el terrorismo, convertidos en la peor peste del presente, tienen sus focos de incubación parciales, pero la amenaza es global. Tucídides nos contó magistralmente como las guerras de los atenienses y los helenos empezaron siendo exteriores y nacionales, para acabar siendo civiles y sociales, acompañadas de la gran peste negra de Atenas. También Albert Camus situó su relato novelado de la peste en la zona de Oran, pero Tucídides apuntaba ya a una epidemia universal como la que representa hoy el terrorismo globalizado, sucesor de las guerras mundiales del siglo veinte.

El terrorismo global, que puede alcanzar las mayores cotas de inhumanidad, no se corresponde unicamente con Al Qaeda, ETA o Hamas, sino que se revela como un permanente estado de guerra planetaria, donde no caben neutrales ni pacifistas despistados, que sueñen con escapar a la epidemia de peste generalizada. No hay lugar para la parusía, ni para estupideces políticamente correctas.

La hora del PP vasco
Iñaki Ezkerra La Razón  26 Abril 2004

En un panorama político tan repetitivo, monótono y en el fondo tan conservador como el vasco en el que desde hace treinta años mandan los mismos y en el que hoy más que nunca se ha acabado imponiendo hasta por parte de los que obedecen la impresión generalizada de que todo el bacalao está vendido, las sensatas y obvias objeciones de Antonio Basagoiti a que Loyola de Palacio sustituya a Jaime Mayor al frente del PP vasco y su inteligente advertencia de que ese partido «nunca será una alternativa al nacionalismo mientras no se le reconozca la mayoría de edad» han sido una ráfaga de aire fresco. Basagoiti no ha hecho más que decir algo que responde al sentir general y abrir las ventanas para despejar el humo cargado de lo que ya es ¬más que el obligado comentario que siempre se queda entre los bastidores de la militancia¬ una asignatura dramáticamente pendiente dada la difícil situación del constituicionalismo en Euskadi.

«Quienes tienen madurez para arriesgar sus vidas también la tienen para decidir» Basagoiti dixit. Este argumento es irrebatible. En principio a nadie le gusta que decidan por él y que le tutelen desde horizontes y despachos lejanos pero en el contexto vasco ese autonomismo -que no sólo no tiene que ver nada con el nacionalismo sino que es incluso su respuesta y su antítesis- se hace más necesario que en cualquier otro lado porque es en su carencia en la cual los nacionalistas van a hacer sangre y van a ver reforzada su eterna tesis de que ellos son los legítimos representantes del País Vasco («el PNV es lo nuestro») que es donde tuvo su talón de Aquiles la campaña de Jaime Mayor para las elecciones del 13-M. Hay que aprender de los errores o ¬como fue el caso de aquel 13-M¬ de las insuficiencias que entonces eran inevitables pero que ahora pueden y deben corregirse.

El desembarco electoral de Jaime Mayor en Euskadi dio todos los resultados que podía dar una operación de ese tipo y se produjo en unas circunstancias muy particulares que no serían las de Loyola de Palacio. Jaime Mayor había obtenido un enorme prestigio como ministro de Interior, y había conectado de un modo natural, sin improvisaciones electoralistas, con todo el movimiento cívico. Su apuesta vasca fue una idea demandada por ese movimiento y no a la inversa. Y a pesar de todo eso, como digo, tal apuesta tuvo sus limitaciones y sus inevitables puntos débiles.

De este modo, el desembarco ahora de Loyola de Palacio para las autonómicas del 2005 supondría un «volver a empezar» con los mismos inconvenientes pero sin las mismas ventajas. Sería regalarles a los nacionalistas una campaña en la que la expresión «paracaidismo político» iba a ser, sin niguna duda, más invocada que el pobre bigote de Aznar, que ha sido el más vituperado y sobado de todos los bigotes en la historia de la Humanidad. Si a ese se añade la gravedad de la situación vasca, el desafío del Plan Ibarretxe y el carácter plebiscitario con respecto a ese desafío que, obviamente, va a tener esa próxima consulta electoral, las palabras de Basagoiti quedan más que justificadas y son algo más que una opinión.

Son una voz de alarma para evitar que el electorado constitucionalista experimente el «día después» de esa consulta una sensación de expulsión todavía más patética que la que ya vivió en mayo del 2001 y con sólo 25.000 votos menos que los nacionalistas.

En este preocupante panorama sería de una imperdonable cortedad de miras interpretar esa voz de alarma como una descalificación hacia alguien que, como Loyola de Palacio, goza de un total reconocimiento a su valía política y humana en el propio PP vizcaíno y fuera de él. Ni es ése el problema ni se debe reducir torpemente a un «prejuicio nacionalista» o a «cosa de bilbaínos» como ha dicho alguien que al parecer no distingue el nacionalismo del autonomismo ni el centralismo del constitucionalismo y que ha incurrido en un tic tan «antiguo» como el de avivar rivalidades provincianas con una cuestión decisiva que preocupa a vizcaínos, guipuzcoanos y alaveses.

Aquí de lo que se trata no es de ser más papistas que el Papa sino de acertar en un momento crítico. El PP no se puede permitir dejar de ser la alternativa en el País Vasco, salir mal parado de unas autonómicas y tirarse otros cinco años preguntándose qué hacer con otro candidato que merecía algo mejor que el destierro lejos de Madrid y la familia o el destino laboral de un escaño en Vitoria para que lo maltrate el Atutxa de turno. Porque, con ser eso un drama, lo es menor que el de todas las gentes de ese partido que viven en el País Vasco diariamente con sus familias y que se tiraron a la política de un modo heroico, sin paracaídas. A esos nadie les «coloca». En Madrid alguien deja de ser ministro y puede abrir un bufete, irse a la empresa privada o a la Juan Carlos I.

En Euskadi desde un parlamentario hasta un concejal que dan el paso adelante no tienen luego ninguna salida profesional. No pueden abrir un negocio porque se lo queman ni pueden ir a una empresa porque les rechazan. Y no hay Universidad Juan Carlos I que valga sino la UPV o Deusto. O sea la boca del lobo. Lo ha dicho también Basagoiti estos días: «Es la hora del PP vasco». Esto quiere decir que es la hora de que tome la palabra ese emocionante capital humano que no tiene que aprender nada de Génova sino que enseñar. Quiere decir que es hora de aprender de la prepotencia, de la rigidez, del hermetismo y los demás errores cometidos, de aprovechar este momento crítico de la ida de Jaime Mayor para recoger lo que él ha sembrado (lo contrario sería para él un fracaso) y de abrir ese partido a la sociedad vasca, a las clases medias, al debate en los medios de comunicación. Ya no vale seguir diciendo «los periodistas no nos quieren, los empresarios no nos apoyan, los jóvenes no nos entienden » Lo que es de verdad se nota y se contagia.

LA SONRISA DE ZAPATERO
GERMÁN YANKE ABC 26 Abril 2004

Dice Mariano Rajoy que la sonrisa de Zapatero va a llevar a España «al cachondeo padre». No hay por qué desacreditar la sonrisa. Por el momento, además, el «talante» del presidente es el que mueve a la sonrisa y a mí me recuerda, más allá de la sesuda memoria de Marina —que le lleva hasta a Aranguren— la losa que han tenido los liberales españoles durante años, cuando tantos adversarios y hasta supuestos compañeros de viaje se empeñaban en decir que aquello, el liberalismo, era un talante.

«Es una ideología», decían ellos con insistencia, convencidos de que con el talante ni se consiguen objetivos políticos ni, en el fondo, se sabe cómo formularlos.

Si uno se fija en el País Vasco, en donde los afanes secesionistas y antidemocráticos dibujan uno de los grandes problemas de esta legislatura, se comprueba que el talante, y hasta la sonrisa, sirven lo mismo para un roto que para un descosido. Es decir, para casi nada.

El presidente ha podido constatar, si las celebraciones de inauguración de su mandato no le tienen despistado, que sus palabras sirven a unos para fomentar un diálogo por un «nuevo marco» que incluya incluso a Batasuna y a otros para sostener un discurso más firme y contundente contra el nacionalismo, incluyendo la negativa a dar otra consideración al Plan Ibarretxe que no sea su retirada. Se puede estar así unos días, pero no más si, al mismo tiempo, se está en el Gobierno.

Lo que se debería tomar con una sonrisa, para a continuación elaborar un coherente proyecto de Gobierno, son las promesas electorales hechas, aunque se pretenda negarlo, cuando el PSOE no pensaba gobernar esta legislatura. La financiación autonómica, por ejemplo, era un renglón para contentar a algunos líderes regionales del partido y ahora debe ser una cuestión de la Administración socialista en la que, a mi juicio, tiene más sensatez el ministro Sevilla que su colega Montilla. Esperaban algunos el inmediato incremento del salario mínimo y, tras tomar posesión, parece que hay que hacer cuentas y determinar con mayor precisión que supone, cada año de estos cuatros, esa fórmula del equilibrio presupuestario «a lo largo del ciclo».

Después de una campaña tan almibarada con Francia y Alemania —ratificada por el aplauso a este último país en la sesión de investidura—, vemos que ni una ni otra estaban de nuestro lado en el primer tropezón en Bruselas con importantes subvenciones agrícolas.

Uno puede decir que lo que es bueno para Europa es bueno para España, pero tiene que estudiar el modo de participar en la definición de lo que es bueno para Europa. Con sólo sonrisas no resulta fácil. Y si para sonreír en Casablanca hay que evitar hablar de Ceuta y Melilla, y del Sahara, el asunto se torna un tanto teatral.

Así que lo que Zapatero debería tomarse con una sonrisa son algunas de sus promesas. Creo que es el mejor modo de tomarse en serio sus responsabilidades de ahora.

gérard chaliand, geopolitólogo
«Los islamistas viven una epopeya ilusoria»
El geopolitólogo francés Gérard Chaliand ha codirigido la obra colectiva 'Historia del terrorismo. De la antigüedad a Al-Qaida'
FERNANDO ITURRIBARRIA/CORRESPONSAL. PARÍS  El Correo

Título: 'Histoire du terrorisme. De l'Antiquité à Al-Qaida'.
Editorial: Bayard.  Páginas: 668, Precio: 39,90 euros.

Dirigida por Gérard Chaliand. Especialista en problemas políticos y estratégicos del mundo contemporáneo, fundamentalmente, de las guerrillas y de los terrorismos. Profesor invitado en Harvard, UCLS y Berkeley; y Arnaud Blin. Especialista en relaciones internacionales y estudios estratégicos, formado en las universidades de Georgetown y de Harvard.

«A ETA se le ha acabado la temporada de caza»
«Los islamistas tienen la impresión de vivir una epopeya. Creen que tienen una posibilidad de desembocar en la victoria. Pero es una sensación ilusoria». Son palabras del geopolitólogo francés Gérard Chaliand, que, junto a su colega Arnaud Blin, ha codirigido 'Historia del terrorismo. De la Antigüedad al Al-Qaida'. Esta obra colectiva, recién publicada en Francia por la editorial Bayard, es la primera gran historia de un fenómeno que hoy reviste una dimensión religiosa, como en sus orígenes. Con la particularidad de que, esta vez, no hay nada que negociar. «En realidad, es una lucha a muerte», apunta Blin.

En la presentanción del libro a la prensa extranjera en París, sus autores insistieron en la incapacidad del terrorismo islámico para desestabilizar el orden mundial, salvo en el plano psicológico. «Va a ser necesaria al menos una generación para que se aperciban de que la vacuidad de ese combate no les va a llevar al hundimiento de los regímenes odiados o impíos, ni mucho menos a doblar la rodilla de Occidente», expone Chaliand.

A su juicio, en Europa, la lucha contraterrorista es efectiva. La prueba son las células desmanteladas y los atentados frustrados desde hace tres años por las policías británica, francesa, belga, alemana, española y griega. «Ha habido alrededor de un millar de muertos, mil de más, pero un balance militar extremadamente modesto respecto al apocalipsis prometido por Osama Bin Laden. Por supuesto, de vez en cuando, habrá algún atentado en Gran Bretaña, Francia, Italia u otro sitio. Pero, so pretexto del 11-M en Madrid, no habrá una oleada generalizada ni ataques por turnos a Italia o Gran Bretaña. Esos grupos hacen lo que pueden, cuando pueden y como pueden», opina.

Chaliand relaciona a Al-Qaida con la crisis abierta por la modernidad en el mundo musulmán tradicional. «Los nacionalismos árabes no han dado los frutos esperados y, sobre todo, han fracasado las experiencias de carácter socialista. Los islamistas tratan de recobrar un poder perdido mediante su combate contra un adversario despreciable y despreciado, del que no aman ni la cultura ni las costumbres. No van a resolver la crisis de sociedad del mundo musulmán de esa manera, porque el único medio es el crecimiento económico», expone.

El 'santuario' afgano
En este contexto, ambos ensayistas sostienen que el terrorismo es el precio que pagan hoy las sociedades democráticas industrializadas por su hegemonía. «El objetivo principal de quien emplea el arma del terrorismo es desestabilizar el Estado. En una sociedad no democrática, se ataca al representante más alto posible. En la sociedad democrática, el representante del Estado es el ciudadano; y, por tanto, los civiles son su blanco primordial», analiza Blin.

Los autores sitúan la emergencia del islamismo extremista combatiente en 1979, con el triunfo de la revolución islámica en Irán y la intervención soviética en Afganistán. «Estados Unidos, Arabia Saudí y Pakistán van a servirse de los islamistas más radicales a fin de devolver a los rusos la moneda que habían sufrido los americanos en Vietnam», indica Chaliand.

«En ese santuario afgano van a formarse y entrenarse varias decenas de miles de jóvenes musulmanes islamistas. Ese movimiento cristalizado contra la Unión Soviética, sin ser por definición anticomunista, culminará en 1996 con la declaración de guerra de Bin Laden contra los cruzados y los judíos, contra Occidente de manera general», recuerda.

La polémica sobre la legitimidad de la guerra en Irak es ya estéril, desde el punto de vista de Chaliand. «Tal como está la situación, una derrota política de los occidentales sería interpretada, sobre todo, como una victoria política del islamismo. Por tanto, debe hacerse todo lo posible para estabilizar Irak. Esa es la partida en juego. Si se suman fracaso sobre fracaso, al cabo de un cierto tiempo, los militantes dejarán de creer en la epopeya», dice.

Por su parte, Blin objeta la insuficiencia de operaciones contraterroristas de gran envergadura como la guerra en Afganistán. «La historia muestra que a menudo son los acontecimientos de gran amplitud ligados a una crisis geopolítica mayor los que consiguen erradicar el mal. Así, el terrorismo de inspiración anarquista desapareció casi por completo con la Primera Guerra Mundial», plantea.

En las casi 700 páginas del libro, comparativamente se habla poco del terrorismo de destrucción masiva, ya sea nuclear, químico o bacteriológico. «Está en fase balbuciente porque es caro, complicado y, sobre todo, innecesario», señala Blin. «Como se ha constatado hace un mes en Madrid, la alta tecnología no es indispensable al choque psicológico que trata de infligir el terrorista», concluye el especialista en relaciones internacionales.

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