AGLI

Recortes de Prensa     Miércoles 5 Mayo 2004
LA TIBETANIZACIÓN KRAUSISTA DE ESPAÑA
JOSÉ MARÍA LASSALLE ABC 5 Mayo 2004

Pero, ¿quién es el enemigo
GEES Libertad Digital  5 Mayo 2004

Terrorismo, unidad y legalidad
Editorial Heraldo de Aragón  5 Mayo 2004

La guerra útil
Juan Van-Halen La Razón  5 Mayo 2004

Una extraña amalgama
Lucrecio Libertad Digital  5 Mayo 2004

La complejidad iraquí y el atrezo socialista
Jorge Vilches Libertad Digital  5 Mayo 2004

El terrorismo y la izquierda demagógica
Alberto Acereda Libertad Digital  5 Mayo 2004

Protagonismo judicial del Parlamento vasco
José Luis Manzanares Estrella Digital 5 Mayo 2004

Los interrogantes de la ampliación
JOSÉ MARTÍN Y PÉREZ DE NANCLARES El Correo  5 Mayo 2004

Caerse del caballo
TONIA ETXARRI El Correo  5 Mayo 2004

Un hombre de confianza de Vera dirigía la unidad a la que informaba uno de los confidentes del 11-M
Libertad Digital  5 Mayo 2004

 

LA TIBETANIZACIÓN KRAUSISTA DE ESPAÑA
por JOSÉ MARÍA LASSALLE ABC 5 Mayo 2004

HAY que empezar a hablar claro. La devaluación del lenguaje por el empleo de una corrección política en torno a su uso nos sitúa en una peligrosa debilidad que España no puede permitirse en estos momentos. La matanza de Atocha es una circunstancia que debe estar presente en cualquier análisis sensato de la realidad política nacional. De lo contrario incurriremos en una somnífera beatitud de la que pueden despertarnos, de nuevo, los orejas del lobo hobbesiano que asomó detrás del efímero «fin de la historia» inaugurado con la caída del Muro de Berlín.

El 11-S fue el comienzo de una guerra no declarada, nos guste o no. Con aquella operación kamikaze el integrismo islámico incubado a finales del siglo XVIII adquirió el estatus de una amenaza global para todo el Occidente libre, laico, igualitario, desarrollado y técnico. De hecho, como explica con acierto Abdelwahab Meddeb: los terroristas de Al Qaida son el producto mórbido de un islam resentido que trata de frenar desesperadamente el avance imparable de la globalización y la amenaza que ésta significa para una doctrina totalitaria que trata de reislamizar la civilización musulmana. La alianza tejida en los años 80 del siglo pasado entre los petrodólares y wahhabismo se ha convertido en una hidra con muchas cabezas que están dispuestas a dar sus dentelladas sobre la expuesta carnosidad planetaria de la sociedad abierta.

La Guerra Fría nos hizo amigos de los enemigos de nuestros enemigos, no lo olvidemos si queremos desentrañar autocríticamente las causas del totalitarismo que nos amenaza. Dimos aliento a un monstruo y, éste, vencido el enemigo común soviético, reorienta su violencia contra nosotros: los impíos occidentales que, con nuestro modo de vida y nuestro bienestar, hacemos imposible el ideal arcaico de una Medina mítica añorada por los integristas. De ahí que la primera tarea que tenemos por delante los defensores de la sociedad abierta sea comprender que no estamos ante un enemigo «occidental» que exige una estrategia de confrontación, también occidental. Sé que para los seguidores de Edward Said este comentario es demasiado orientalista, pero es necesario que tratemos de mudar las claves de nuestra reflexión y de nuestra acción estratégica. Por un lado, releyendo a quienes como Ali Bey, Burton, Lawrence o Thesiger, entre otros, convivieron con los horizontes físicos, los escenarios teóricos y los resortes emocionales que están detrás de los complejos laberintos interiores y exteriores que entrecruzan la faz del islam. Y por otro, urdiendo acciones inteligentes que nos aproximen hacia los elementos modernizadores que larvadamente aloja en su seno la civilización islámica, al tiempo que contribuimos a desactivar eficazmente los frentes que lastran la permeabilidad del discurso occidental en el seno de los países musulmanes.

Hay que decir bien alto que la elección por los integristas del Trade World Center neoyorquino, de una discoteca repleta de australianos en Bali o de varios trenes de cercanías en Madrid no es el producto de una azarosa casualidad. Como explica Bernard Lewis: hasta que el planeta no sea santificado completamente por el Corán aquél permanecerá dividido entre los territorios del islam y de la guerra. Para los integristas, entre ambos territorios existe un estado de violencia moral, legal y religiosamente necesaria que sólo puede concluir con la victoria final del islam. De ahí que Al Qaida y sus franquicias islamistas tengan un doble objetivo: primero, provocar el terror y la desolación de Occidente con el propósito de forzarle a aceptar un «statu quo» mundial que permita al islam transformarse en una ciudadela totalitaria que someta a mil millones de personas al fanatismo de una fe convertida en la única ley posible; y, segundo, regenerada y virilizada esta base operativa, retomar la inconclusa islamización del mundo porque, aunque no nos guste recordarlo, la palabra de Alá fue dada para toda la humanidad, no sólo para quienes ahora la hacen suya. Precisamente estos objetivos secuenciados están recogidos polisémicamente en la palabra árabe elegida por Bin Laden para su grupo terrorista, pues, «qaida» combina la disposición para esperar algo con la firmeza emboscada para actuar resueltamente en su consecución.

Como criatura totalitaria que es, el integrismo islamista sabe muy bien que tan sólo puede triunfar mediante una alianza diabólica de ideología y terror, intramuros y extramuros. La disección de Hannah Arendt es tan eficaz con él como lo fue antes con el comunismo y el nazismo. Al Qaida actúa y espera poder seguir actuando llevado, siempre, por la consecución de su finalidad totalitaria. La aplicación de la doctrina ismaelí urdida por el famoso Viejo de la Montaña y sus asesinos de Alamut ha sido reinterpretada postmodernamente por Bin Laden y sus secuaces. Golpean a Occidente y esperan que prospere nuestro desistimiento de oponernos a sus planes totalitarios. Confían en nuestra debilidad materialista y, sobre todo, en la excesiva sensibilidad hedonista de nuestra piel utilitaria.

No olvidemos este dato porque a sus fanáticos pero astutos ojos, somos un gigante con pies de barro que se fía de su superioridad en el poder técnico, mientras vive instalado moralmente en los antípodas del vigoroso ideal islamista. De hecho, su desprecio hacia nuestra vocación ilustrada de «paz y prosperidad» ilimitadas es absoluta, oponiendo un ideal que tratan de edificar con paciencia beduina siguiendo las pautas de esa «Odisea del rencor» que describió Cioran, y que nuestro racionalismo hedonista no es capaz de comprender ni asimilar; como tampoco fue capaz de hacerlo en nuestros bisabuelos cuando tuvieron que combatir los inicios del totalitarismo comunista y fascista.

Herederos de la Ilustración, vivimos impotentes ante la enorme complejidad sensible que late agazapada en la mente integrista de quienes nos odian por ser como somos. Volver a hojear a Nietzsche no estaría mal para sumergirnos con lucidez en las miasmas del resentimiento islamista. Pensamos que el diálogo apaciguador y el respeto hacia el otro siempre tendrán su reciprocidad. Y olvidamos que con el intolerante no puede haber tolerancia salvo que estemos dispuestos a aceptar el envilecimiento de tener a aquél como un igual kantiano: un agente moral que asume nuestro horizonte categórico de conducta. En este sentido, no hace falta ser hobbesiano ni schmittiano para que podamos justificar moralmente que rehusemos a poner la mejilla a quien es nuestro enemigo por ser racionales, discursivos y tolerantes. Basta estudiar a Locke y a Kant para ver que no son equiparables moralmente los amigos y los enemigos de la barbarie.

Por eso mismo es un peligroso error afrontar el desafío islamista con la retórica de un krausismo redivivo que trate de armar intelectualmente una estrategia de gobierno apaciguadora. La crisis de seguridad mundial que sufre Occidente desde el 11-S no puede ser resuelta aduciendo un ansia infinita de paz, el amor al bien y la voluntad de mejorar a los humildes. España no puede -como apuntaba acertadamente Ignacio Sánchez Cámara citando a Ortega- «tibetanizarse» cultivando un Nirvana aislacionista. Y menos aún si trata de atemperarse esta decisión urdiendo una doble alianza estratégica: con un Marruecos propenso a exhibirnos su fortaleza norteafricana y con una Francia enferma de soberbia pretendidamente europeísta. La Historia vuelve sobre sus pasos cíclicos y no lineales. Vico vuelve a estar de moda y como cuenta Julien Gracq en El mar de las Sirtes: hay que de nuevo interrogar a la Historia para «saber para prever, y prever para prevenir». Desandar la alianza atlántica puede precipitarnos en un error mayúsculo de consecuencias imprevisibles. Uno de esos errores terribles que nuestro afán de libertad no puede permitirse el lujo de correr. Hay que ser fuertes y vigorosos en nuestra libertad frente a quienes desean arrebatárnosla. Y tan sólo quienes aman la libertad tanto como nosotros pueden ayudarnos en nuestro esfuerzo, pues, como diría Pascal: «la justicia sin fuerza se contradice porque siempre hay malvados».

Guerra antiterrorista
Pero, ¿quién es el enemigo?
GEES Libertad Digital  5 Mayo 2004

Mucho se ha hablado y escrito sobre la Guerra Antiterrorista y el nuevo entorno estratégico, pero pasados los años desde el 11-S y tras el impacto nacional del 11-M seguimos hallando aquí y allá comentarios contradictorios sobre cuál es el objetivo de nuestras acciones.

Con el transfondo de la campaña electoral norteamericana, el anterior zar antiterrorista, el señor Clarke, ha testificado ante la Comisión especial que trata de averiguar qué fallos permitieron que el 11-S ocurriera y ha afirmado con rotundidad que la guerra en Iraq fue un error, que distrajo la atención de las fuerzas armadas y de los servicios de inteligencia de su cometido esencial, que en su opinión no es otro que la captura de los máximos dirigentes de Al Qaeda y de sus células operativas o durmientes en todo el planeta. En estos últimos años, hemos podido oír en Estados Unidos, Europa e incluso España, comentarios semejantes de profesionales solventes que tienen en común su especialidad en el estudio del terrorismo.

Esta corriente de opinión basa su análisis en que el enemigo a batir es un grupo terrorista adaptado a un entorno global, con una estructura en forma de nebulosa apta para evitar la persecución de agentes de policía o inteligencia. Para combatirlo con eficacia hay que establecer redes de información con los servicios de países aliados, amigos o, si llega el caso, enemigos. Con la información conseguida se debe animar a los gobiernos afectados a perseguir y capturar a los miembros localizados, así como a desmontar sus infraestructuras de formación, entrenamiento y financiación. Sólo cuando un estado proporciona cobijo a un grupo terrorista o, más aún, si colabora con él en el terreno operativo cabe hacer uso de la fuerza, llevar a cabo una guerra que deberá concluir en la reconstrucción nacional y en el fin de la presencia de terroristas en su suelo. En esta lógica la guerra de Irak fue un error, puesto que:

– No había suficientes pruebas de colaboración entre los servicios de inteligencia iraquíes y Al Qaeda;
– Ha requerido un enorme esfuerzo de los Ejércitos y de los servicios de inteligencia norteamericanos, en detrimento del trabajo que se venía haciendo en Afganistán, Pakistán y otros países;
– Ha creado un área de desestabilización, que puede concluir en una guerra civil, donde los grupos vinculados a Al Qaeda han encontrado un espacio perfecto para actuar, tratando de evitar que se reconstruya Iraq en clave democrática, lo que sería un inaceptable ejemplo de influencia occidental en la sede de uno de los califatos históricos.

Pero, ¿es Al Qaeda el enemigo? En la ya citada comisión norteamericana, la consejera de Seguridad Nacional comentó, a propósito de las previas declaraciones de Clarke, que respondían a una visión muy limitada de los retos estratégicos a los que Estados Unidos tenía que hacer frente. En otras palabras, Al Qaeda es un enemigo de Occidente, pero no es el enemigo. La estrategia norteamericana, revisada en profundidad desde el 11-S, responde a la necesidad de derrotar a un conjunto de amenazas distintas –terrorismo, armas de destrucción masiva, estados fallidos, ciberguerra, delincuencia organizada– pero cuya combinación puede tener efectos gravísimos para nuestra seguridad. Últimamente, tiende a imponerse la expresión “islamismo radical”, que sin ser completa se acerca más a la descripción de un enemigo que no se circunscribe al ámbito del Islam, aunque es allí donde más claramente es percibido. Sin embargo, el seguimiento mediático de la crisis de Irak tiende a ocultar otros problemas. La situación de Corea del Norte o la evolución del triángulo Cuba –Venezuela - Colombia y su influencia sobre los movimientos antidemocráticos implican gravísimas amenazas que no tienen nada que ver con la adaptación del Islam al mundo moderno o con las acciones terroristas de Al Qaeda.

La nebulosa diseñada por ben Laden es una expresión de ese “islamismo radical”, pero sólo eso. Desmantelar células no resuelve el problema, sólo aplaza la ejecución de acciones terroristas. Para combatir a Al Qaeda hay que actuar sobre sus raíces políticas y sociales. Hay que combatir las formaciones que animan la interpretación radical del Islam y la desestabilización de los gobiernos moderados. Hay que luchar contra los gobiernos que permiten o apoyan estas acciones así como la canalización de dinero para el mantenimiento de las redes terroristas. Hay que evitar aquellas situaciones que están en la base de esa sensación colectiva de frustración de la que se nutren los fundamentalistas. El origen del islamismo no es la pobreza, como tantas veces se repite desde los foros antiliberales europeos, sino el reconocimiento del fracaso de una civilización, lo que lleva tanto a asumir las tesis del islamismo radical como a esos comportamientos ridículos de culpar a Estados Unidos de todas sus desgracias, cuando nadie mejor que ellos saben de su propia responsabilidad; a que el antinorteamericanismo crezca por todas partes; a que cualquier bulo, por absurdo que sea, sea tomado por cierto si supone culpar a Washington; a que ben Laden sea admirado y considerado por muchos el ídolo que ha logrado humillar al Imperio. Sólo transformando aquellas sociedades mediante la educación, el libre mercado, el estado derecho y la democracia liberal se podrá acabar con esta lacra. No es labor de un día ni de una década sino de mucho tiempo. Pero para llegar al final del camino hay que empezar a recorrerlo.

La proliferación de armas de destrucción masiva es en sí un grave problema, pero lo es mucho más si se combina con el islamismo radical. Los servicios de inteligencia occidentales han cosechado recientemente estruendosos fracasos, el más importante de los cuales ha sido el no enterarse de la dimensión y actividad de la red establecida desde Pakistán para la proliferación nuclear, así como sus importantes vínculos con Corea del Norte. La posibilidad de un Pakistán islamista con armamento nuclear o de un Irán capaz de colocar una cabeza nuclear a sus misiles de alcance medio desarrollados a partir de tecnología coreana son escenarios estratégicos de enorme gravedad, así como la posibilidad de que Irak cediera armamento químico o biológico a Al Qaeda –el que no hayan aparecido arsenales no quiere decir que no dispusieran de los medios para producirlos en cualquier momento– o de que Irán hiciera llegar a Hamás sustancias químicas.

El caso de Corea del Norte es un buen ejemplo de amenaza del máximo nivel que nada tiene que ver con Al Qaeda. Su pulso con Estados Unidos, su incumplimiento de los acuerdos establecidos con la administración Clinton, su disposición a seguir vendiendo tecnología de misiles a quien no pueda adquirirla de otra manera, su decisión de desarrollar armamento nuclear... son razones suficientes para poder afirmar que será uno de los temas, junto con Pakistán, que protagonizarán la agenda exterior de Estados Unidos durante los próximos cuatro años.

Tristemente, los retos de seguridad a los que Occidente tiene que hacer frente son mucho más complejos que el combate contra un grupo terrorista bien adaptado al entorno global de nuestros días. La campaña de Irak no sólo no ha sido una distracción, sino que representa el primer peldaño en la transformación de la región. Una misión “homérica”, imposible de asumir para una Europa decadente y difícil de concluir para una democracia de ánimo tornadizo como es Estados Unidos.                      GEES: Grupo de Estudios Estratégicos.

Terrorismo, unidad y legalidad
Editorial Heraldo de Aragón  5 Mayo 2004

EL NUEVO fiscal general del Estado, Cándido Conde-Pumpido, acordó ayer con el fiscal jefe de la Audiencia Nacional, Eduardo Fungairiño, elevar de dos a seis los fiscales dedicados a la defensa de la sociedad frente al terrorismo integrista islámico. Olga Sánchez, la fiscal que investiga la execrable matanza perpetrada por los criminales en Madrid el 11 de marzo, pasará a dedicarse en exclusiva a conocer los casos relacionados con esta variedad del terrorismo y al equipo de fiscales hasta ahora adscritos a estas causas, y que ya tienen experiencia adquirida, se sumarán dos más.

El 11-M ha multiplicado la alerta sobre las evidentes intenciones y las posibilidades reales que este terrorismo, aglutinado difusamente en torno a Bin Laden, tiene de actuar en España. Yerran quienes piensan que su objetivo se ha desvanecido: la amenaza contra España data de 1991 y el episodio iraquí no ha hecho sino reactivarla. El deseo de emular a Al Qaeda es un fuerte estimulador entre los fanáticos y, además, los expertos calculan que la organización mantiene quizá hasta cuatro mil agentes propios en el mundo. Si no se le había prestado suficiente atención, como ha reconocido José María Aznar, se debió a la concentración de esfuerzos en el terrorismo etarra, que sigue activo y a la espera de poder actuar. La amenaza es real, conocida y permanente y es preciso mantener la tensión cívica, institucional e internacional en su contra. Los frentes social, diplomático, judicial y policial son esenciales y, por ello, son bien venidas las medidas que adopta el Ministerio Público, que está en la vanguardia de esa lucha, como defensor específico de la legalidad y de los derechos de la sociedad.

La ley es una herramienta formidable y lo que precisa es el apoyo de la política, porque el de la opinión ya lo tiene. El Pacto contra el terrorismo debe ser renovado y afianzado y, a ser posible, ampliado. La democracia y la Constitución se defienden únicamente desde sí mismas, no desde sus márgenes. Es una hora de prueba que, sin duda, España superará y en la que los partidos políticos no deben ofrecer resquicios al enemigo común.

La guerra útil
Juan Van-Halen La Razón  5 Mayo 2004

La escenificación, el momento del anuncio, la fecha del 27 de mayo como tope para el regreso de Irak de los últimos soldados españoles, se deben a una calculada estrategia. El punto de mira es el 13 de junio. Precisamente la campaña electoral de las europeas comenzará el 27 de mayo. Zapatero quiso, olvidando sus compromisos, anunciar la retirada como decisión propia, sin acuerdo del Consejo de Ministros y sin información previa al Parlamento. Respeto a la palabra dada, dijo. Pero esa promesa electoral era anterior al 11 de marzo, y su cumplimiento coincidía, precisamente, con la exigencia de los terroristas.

Había motivo suficiente para no afrontar la retirada de Irak o por lo menos no acelerarla y, por lo mismo, para no incumplir los acuerdos internacionales de España. Dar al mundo esa imagen de un Ejército que sale corriendo no es buena cosa. Pero los estrategas socialistas entienden que el mantenimiento, por artificial que sea, de una permanente referencia a Irak volverá a suponerles votos.
 
Borrell ha anunciado que hablará de la guerra durante toda la campaña. Pese a ello, lo que se ventila el 13 de junio es quién tiene la fortaleza para defender los intereses de España en Europa, no como apéndice de París y Berlín, cuyos intereses no son los españoles. Por supuesto hay promesas electorales que Zapatero ya ha aparcado o, sencillamente, ha olvidado. Pero no podía aparcar ni siquiera hasta el 30 de junio el regreso de las tropas ¬profesionales y formadas por voluntarios¬ porque ese plazo iba más allá de las elecciones europeas. Dispongámonos a tener esa guerra útil hasta el 13 de junio.

Pensé que el PSOE se tranquilizaría tras su victoria electoral, cuya legitimidad indudable no debería excluir una reflexión objetiva sobre en qué circunstancias se ganaron, y en qué forma se aderezaron no con mucha sutileza determinadas situaciones. Pero aún el PSOE esgrime cierto talante excluyente, de modo que Zapatero denuncia una y otra vez la soledad del principal partido de la oposición. Parece que la no escasa compañía de cerca de diez millones de votos significa poco. No importa, nada importa, sólo la guerra. La guerra utilizada como coartada para no hablar de otras cosas, para no tener que concretar. Pero el llamado «método de la sonrisa» tiene un plazo de caducidad: el del pago de las hipotecas políticas a unos socios que ya se están impacientando.

Libertad de culto
Una extraña amalgama
Lucrecio Libertad Digital  5 Mayo 2004

Amalgamar irrebatibles datos con suposiciones mucho menos evidentes, es uno de los procedimientos más habituales de la retórica política. El dato planta la evidencia ante el oyente. Y, bajo su deslumbramiento, las suposiciones e hipótesis más peregrinas son, a toda velocidad, pasadas como mercancía de ley. No hay tanta diferencia, en el fondo, entre un político y un charlatán de feria.

Lo alarmante no es que el actual ministro del Interior, José Antonio Alonso haya hecho, en menos de dos semanas, un uso tan abusivo de esa técnica de sacamuelas. La política es eso. Lo alarmante –o lo que a mí me alarma, por lo menos— es que, hasta hace cuatro días, este señor Alonso era juez. Sólo imaginar lo que semejantes modos de “razonar” pueden producir en el espacio penal, le hace sentir a uno algo que es muy bondadoso llamar pánico. La política sirve para algo al menos: hace aparecer, sin máscaras, cómo funciona la cabeza de gentes en cuyas manos están las cosas serias de esta vida.

Amalgama, pues. Fue lo que hizo ya, nada más tomar posesión del cargo, y ante la SER, a costa de las supuestas informaciones policiales (¿quién?, ¿a quién?, ¿cuándo?) sobre la inminencia del atentado islamista. Vuelve ahora, idéntico, el procedimiento, en declaraciones a El País acerca del riesgo extremo que late en las mezquitas españolas.

Dato incuestionable, primero: las mezquitas son la verdadera red organizativa del terrorismo islámico a escala mundial. Es un hecho, que todas las investigaciones ratifican tras el 11 de septiembre de 2001. Si Al Qaeda, o cualquiera en su galaxia de firmas, puede funcionar sin necesidad de la estructura piramidal propia a todas las organizaciones clandestinas, es, sencillamente, porque no precisa para nada de red organizativa estable: la trama de las mezquitas (masivamente financiadas por el fanatismo whabbí saudita con cargo al infinito fondo de los petrodólares) garantiza, sin ningún riesgo, esa función. La expulsión del Imam de Vénissieux en Francia, y los procedimientos en curso en Gran Bretaña, dan cumplida cuenta de esa diferencia esencial entre el islamismo y los terrorismos de tradición revolucionaria, cuyas rígidas estructuras no eran sino caricaturas del modelo de Estado al cual buscaban confrontarse en las sociedades capitalistas modernas. El islamismo no conoce el modelo centralista-democrático, porque el Islam no reconoce el Estado-Nación. Sólo la umá. Comunidad universal de los creyentes, cuya red no puede ser otra que la de los centros de culto.

Hasta ahí, impecable. Lo que viene luego, es mucho más difícil de interpretar.

A) El ministro oscila entre aplicar rigurosamente la ley a los clérigos musulmanes y elaborar una indefinida nueva ley, “necesaria para controlar a los imames y las pequeñas mezquitas”.

B) Plantea la extensión de ese control a la totalidad de las actividades religiosas existentes en nuestro país, sin distinción de cultos.

C) Propone el paso por censura previa de las prédicas o sermones de cualquier clérigo ante su grey, dando como evidente la tesis –verdaderamente extraordinaria en un jurista— de que el Estado tenga derecho a conocer, por adelantado, “qué va a decir” un sujeto determinado en un lugar público.

Si A) es sólo confuso, B) plantea un conflicto de orden constitucional explícito y C) la violación del principio de garantía conforme al cual no se delinque de intención, sino de hecho. No es pensable que un magistrado con años de ejercicio suelte eso inocentemente.

Es difícil recomponer la lógica del ministro. Salvo que lo que esté intentando sea precisamente eso: crear un callejón sin salida, una imposibilidad constitucional y política, para mejor acabar cediendo a la coartada de dejar el asunto de las mezquitas en manos del “amigo del Sur”, ese sultán marroquí, al cual la tradición hace jefe de los creyentes y con el cual siempre puede negociar el Sahara Moratinos.

Porque el nudo de esta trama, él lo sabe, cualquier jurista lo sabe, se rompe de un solo tajo: Código Penal en mano. Quien lo infrinja, sea musulmán, católico, politeísta, ateo o animista, no tiene más que un horizonte ante sí: la cárcel. Aunque eso molete a Bin Laden tanto como la presencia de tropas españolas en Irak. O Afganistán.

Zapatero
La complejidad iraquí y el atrezo socialista
Jorge Vilches Libertad Digital  5 Mayo 2004

Ahora que Kofi Annan anuncia lo que parecía más probable, para todos menos para Zapatero, Moratinos y Bono, y es que una fuerza internacional actuará en Irak, es hora de repreguntarse por la cuestión iraquí. No se trataba, meramente, de apropiarse de su petroleo, pues hay métodos económica, política y militarmente más baratos, o de un expreso repudio a la supuesta “guerra preventiva” y al imperialismo yanqui, ya que, si así fuera, con la retirada de las tropas todo se habría solucionado.

La complejidad de Irak, en estos momentos, se cifra, al menos, en cuatro problemas. El primero de ellos es el de si es posible el establecimiento y vida de un régimen democrático en aquel país. Y junto a esto, la preocupación por la extensión del integrismo islámico, en Medio y Próximo Oriente. La violencia terrorista que acompaña a este planteamiento religioso y político, que ha originado, tras el 11-S, la ruptura más importante de la historia contemporánea reciente, se configura como el tercer problema inseparable hoy de la cuestión iraquí. Por último, y quizá englobando a los problemas anteriores, es la cuestión geoestratégica: cómo ordenar Oriente Medio.

Entre lo políticamente correcto se ha instalado, sin más, el aserto de que la democracia es un régimen del que cualquier sociedad puede disfrutar inmediatamente. Pero lo cierto es que son precisas determinadas condiciones, como han demostrado en el siglo XX incluso algunos países europeos cultos, entre ellos los que el PSOE, con ligereza, llama la “Vieja Europa”: Alemania y Francia. ¿Existen en Irak las instituciones, los partidos, los líderes, una clase media instruida y un interés popular suficientes como para establecer, con unas mínimas garantías, una democracia? Es difícil contestar que sí a alguna de estas preguntas. La oposición a Sadam Husein y al partido Baas se centralizó en el Congreso Nacional Iraquí. Su líder, Ahmed Chalabi, aseguró a los estadounidenses que Irak contaba con una amplia clase media que sostendría la democracia. No sólo esto se ha demostrado incierto, sino que los principales apoyos de Chalabi eran los partidos kurdos, precisamente aquellos que ahora luchan sin tapujos por un Kurdistán independiente. La restauración de la Monarquía hachemí, por otro lado, es un sueño minoritario y ajeno a los iraquíes.

El islamismo integrista se ha extendido al calor del fracaso del panarabismo y del socialismo. Desde las mezquitas surgió un discurso que, basándose en la recuperación de la Sharia y el pasado glorioso del Islam, culpaba a Occidente de la relajación de las costumbres por el colonialismo, del malestar económico debido a la apropiación del petróleo, y de una crisis política que comenzaba con el reparto europeo de África en el siglo XIX, y que desembocaba en la imposición del Estado de Israel. Los chiíes iraquíes, dominados por el integrismo, no creen en la democracia. Pretenden una República islámica, a imitación de la iraní. Sostienen la unidad del poder político y el religioso, la revelación divina como fuente de conocimiento y de ley, y el sometimiento de los derechos individuales a los preceptos coránicos. Es el totalitarismo del siglo XXI, dispuesto a extender por el mundo su “buena nueva”, como ya indicó Mahoma, pasando por encima de nuestras democracias. La participación del islamismo moderado en las elecciones en Turquía, Marruecos o Pakistán no es equiparable a la que pueda haber en Irak, pues en estos países existe un Estado con todos sus atributos y otros partidos con igual o mayor apoyo popular, y la alianza con EE.UU., especialmente con sus Fuerzas Armadas, es estrecha.

El terrorismo islámico es la consecuencia del integrismo. La irrupción grave de la violencia integrista surgió en las escuelas coránicas y, por ende, en las mezquitas, especialmente en las de confesión suní. Del wahhabismo, credo oficial de Arabia Saudí, surgieron los imames argelinos del FIS, los talibán afganos y el integrismo de los suníes, el de Ben Laden y Al Qaeda, que le tiene la guerra declarada al infiel, ya sea occidental o chií. Y este es un conflicto del que no se puede hacer objeción de conciencia, o retirarse como medida preventiva.

Mesopotamia, el Creciente Fértil, ha sido fuente de conflictos internacionales desde que el mítico rey Sargón unificara las tierras del Tigris y del Eúfrates, 3.500 años a. C. Hoy, el futuro de Irak influirá en Oriente Medio de manera determinante. Si los iraquíes consiguen por sí mismos el establecimiento de una democracia, lo que se antoja casi imposible, su trayectoria marcará el desarrollo político de los países de su entorno, quizá hacia regímenes más tolerantes. Por el contrario, si la democracia es impuesta por la ONU, lo que parece ser la única posibilidad, contará con un rechazó de suníes y chiíes, aunque no de kurdos. Estos sí tienen una asamblea representativa, dos partidos políticos –el Partido Democrático del Kurdistán y la Unión Patriótica del Kurdistán-, y un interés colectivo por un cierto gobierno representativo, aunque no dentro del Estado iraquí. Pero esa democracia siempre será un régimen foráneo, extraño a la soberanía de los iraquíes, y será interpretado como una humillación occidental más al Islam y a los árabes.

Y aquí está la segunda parte del problema, ¿por qué Irak, inventado por los británicos tras la Primera Guerra Mundial, debe seguir existiendo como tal? La división del país en tres zonas –chií, suní y kurda-, generaría problemas nuevos. Para empezar, en el Sur se impondría una República islámica chií, que haría frente común con Irán ante Occidente y los suníes. En el centro –y sin salida al mar-, un Estado suní, cuya única organización social y política sigue siendo el partido Baas, el de Sadam Husein. Y al norte, el Estado kurdo, que reclama los territorios de los que fueron expulsados, entre ellos Mosul y Kirkuk –las joyas del petróleo mesopotámico, y hoy en zona suní-, el sur de Turquía, y partes de Siria, Irán y Armenia.

¿Y cuál es la política exterior española frente a todo esto? La retirada de la tropas, el desperdicio de ser miembro del Consejo de Seguridad de la ONU para lograr una implicación mayor de esta organización, y el enroque europeo. La imprevisión y la precipitación del Gobierno Zapatero, puesta al descubierto al anunciar Kofi Annam la búsqueda de la ansiada resolución, resta crédito y prestigio a nuestro país. El antiamericanismo patológico y el electoralismo han llevado a trocar el papel de actor de reparto en la política internacional que tenía España, no por el de figurante, sino por el de atrezo, francés, pero atrezo.

La cooperación contra Al Qaeda
El terrorismo y la izquierda demagógica
Alberto Acereda Libertad Digital  5 Mayo 2004

La defensa de la libertad y la paz en el mundo exige una lucha sin descanso contra el terrorismo, cualquiera que sea su forma o su geografía. En los últimos dos años y medio el terrorismo islámico amenaza la libertad del mundo civilizado: tres mil muertos en Nueva York, ciento ochenta en Bali, cien en Moscú, sesenta en Estambul, ciento dieciséis en Manila, casi doscientos en Madrid… Toda una nueva generación de radicales islámicos están bombardeando nuestra libertad, matando a nuestras familias y amigos bajo el fanatismo de la guerra santa. Keith Johnson y David Crawford, dos periodistas del Wall Street Journal, publican en su edición del 4 de mayo un escalofriante artículo en el que muestran la falta de colaboración entre los gobiernos del mundo en materia de lucha terrorista. Esa ruptura, indican, es el resultado del desacuerdo de algunos países europeos con las prácticas norteamericanas para enfrentarse a la lacra terrorista.

El artículo menciona los casos de Francia y España y, como ejemplo de tal desconexión, se alude a fuentes cercanas a la investigación del juez Baltasar Garzón sobre las células de Al Qaeda en España. Según el Wall Street Journal, los investigadores españoles se quejan de que los Estados Unidos no les proporcionen toda la información ya que optan por el uso de operaciones militares y el empleo de la inteligencia militar frente a lo judicial. El abogado general del estado, John Aschcroft, desmiente esas acusaciones y asegura que la colaboración norteamericana está siempre de acuerdo con la legalidad constitucional de Estados Unidos y la seguridad nacional. El artículo aporta informaciones que apuntan a un progresivo deterioro de las soluciones transatlánticas para acabar con el terrorismo internacional.

Ante todo esto no caben medias tintas. Vale todo lo que dentro de la legalidad permita acabar con el terrorismo asesino. Por eso, esta desconexión entre Europa (y de manera más clara entre España) y Estados Unidos resulta tan descorazonadora como peligrosa. Bien mirado, estamos ante la misma desconexión que en el seno de la política española hemos visto en los últimos años: desde la incompleta investigación sobre los GAL (con la X todavía por encarcelar) hasta las sombras alargadas del 11-M (que sigue sin tener todavía una comisión de investigación gracias a los esfuerzos de la izquierda socialista y de algún botarate de la derecha centrista sonámbula).

En España, la izquierda demagógica es genéticamente antiliberal, sustancialmente antidemocrática y electoralmente antiamericana. Antiliberal porque no cree en la defensa de la libertad, como prueba la retirada de las tropas españolas de Irak cuya misión allí tenía directa relación con la lucha contra el terrorismo internacional. Antidemocrática porque desprecia las reglas del estado de derecho, especialmente si gobierna la derecha. Antiamericana porque abandona a los soldados de Estados Unidos a cambio de traer a los nuestros como respuesta al “fracaso” y a la “unilateralidad” imperialista. Estas sí son las grandes “cosechas” de la izquierda socialista en España, las que olvidó Zapatero mencionar en Vistalegre, y a las que podrían sumarse otras añadas del comunismo rancio y el separatismo tribal. La falsificación de la realidad se lleva a cabo por parte de la izquierda mediante una campaña demagógica apoyada en la mentira y en un falso pacifismo que traiciona la libertad, obstaculiza la lucha contra el terrorismo y pone el peligro nuestra seguridad.

El gobierno norteamericano entiende que es necesaria la colaboración y el uso real y verdadero (no demagógico) de todos los recursos militares y de los servicios de inteligencia. Pero sabe muy bien que los primeros gestos de la izquierda española en el gobierno han sido fatales para esa colaboración. Los norteamericanos entienden que los resquicios legales de la democracia y de todo estado de derecho dificultan a menudo luchar contra los terroristas. Pero no agradecen que se pongan trabas en esta guerra contra el terrorismo retirando a las tropas. Tampoco valoran nada positivamente la manipulación de una campaña electoral infiltrando datos para condicionar los resultados.

Mientras el mundo llora cada día a los muertos por el terrorismo los criminales y sus cómplices andan por ahí sueltos o de juicio en juicio. Mientras a los soldados norteamericanos se les pide que procuren no herir la sensibilidad de las milicias chiítas refugiadas en las mezquitas, un clérigo asesino como Al Sader se dedica a avivar las matanzas. Mientras el terrorismo islámico avanza a pasos agigantados, los cuerpos muertos de los soldados norteamericanos se queman y se ultrajan. Mientras siguen muriendo más soldados de la coalición internacional, a los españoles se les manda a casa para no volver más, haya o no nueva resolución de Naciones Unidas. Por eso hay que acabar de una vez para siempre con el relativismo de la izquierda demagógica que tiene hoy en Zapatero su máximo exponente. Hay que cercenar la mentira y actuar con claridad. Sabemos quiénes son los terroristas, cómo actúan, dónde actúan y cómo se llaman. Sabemos también que esos terroristas no se esconden ni en las iglesias católicas ni en las sinagogas judías, sino en las mezquitas islámicas.

Desde hace más de un siglo, los niños norteamericanos –de distintos orígenes, culturas y religiones- crecen saludando cada mañana en los colegios y escuelas a su bandera al tiempo que recitan de memoria la breve “Promesa de Lealtad”: “Juro mi alianza a la bandera de los Estados Unidos de América y a la república que representa, una nación bajo Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos”. Su promesa es una reafirmación de la herencia liberal y democrática de los Estados Unidos que incluye también la mención a Dios como trascendencia divina y de libre confesión.

Esta promesa no es un gesto ni patriotero ni barato sino la identificación desde la infancia con el sueño americano de verdadera libertad y justicia. Esa es la misma promesa que lanzaron los niños que luego crecieron y se hicieron soldados para salvar a Europa del fascismo y del comunismo. Es la misma promesa hecha por quienes son ya hoy nuestros soldados americanos en Irak y en Afganistán que luchan contra el terrorismo. Ellos son quienes defienden nuestra libertad, también la de los niños españoles, más allá de la farsa de la izquierda demagógica.

Protagonismo judicial del Parlamento vasco
José Luis Manzanares Estrella Digital 5 Mayo 2004

Seguimos a la espera —es un bello decir— de que la ilegalización del partido batasuno, bajo un nombre u otro, surta efecto en el Parlamento de Vitoria. Hemos perdido la cuenta del tiempo transcurrido desde los últimos requerimientos del Tribunal Supremo, sin que, de otro lado, el rodeo a través del interventor y la congelación de fondos haya servido para mucho. Eso sí, la magistrada que instruye diligencias penales por un delito de desobediencia ha rechazado la solicitud de archivo. Algo es algo y quizá dentro de unos años —cuando la Cámara se haya renovado— el señor Atutxa empiece a cumplir una pena de inhabilitación que ya no servirá de nada porque otra persona ostentará la presidencia.

El contencioso se resolverá —por muerte natural, cabría decir— con las próximas elecciones autonómicas, pero ese desenlace no borraría el fiasco del Estado de Derecho. Al legislador le incumbe poner a disposición de los jueces los instrumentos necesarios para poder ejecutar —de verdad— lo juzgado, suponiendo que los actuales fueran insuficientes. El problema es bastante más grave que otros aireados machaconamente en nuestros medios de comunicación. Las actitudes rebeldes tienden a consolidarse —y en nuestro caso a institucionalizarse— cuando salen gratis e incluso pueden interpretarse como un pulso ganado al adversario. El reciente Auto del Tribunal Constitucional rechazando la admisión a trámite de los recursos del Gobierno de España contra la tramitación del Plan Ibarretxe suscitará críticas positivas y negativas, pero quizá haya evitado el escándalo de una nueva desobediencia. ¿Cómo se habría impedido la continuación del debate? ¿Con otra querella por desobediencia?

Ignoramos la suerte que correrá la reciente sentencia del Tribunal Superior de Justicia del País Vasco obligando al Parlamento vasco a izar la bandera española de forma preferente y permanente en su fachada y en su sala de plenos. Tal vez se presente un recurso ante el Tribunal Supremo, pero la Abogacía del Estado ha solicitado la ejecución provisional del fallo. Así las cosas, lo verdaderamente preocupantes es que los nacionalistas vuelvan a refugiarse —como en un fortín inexpugnable— en una pretendida autonomía parlamentaria con vocación soberanista. El consejero vasco de Justicia hace causa común desde el Ejecutivo. En su opinión, sólo al Parlamento de Vitoria compete decidir, conforme al juego de las mayorías políticas, qué banderas deben ondear en su sede. Únicamente a la Cámara vasca le correspondería interpretar en su ámbito la Ley 39/1981, de 28 de octubre. Y, naturalmente, el consejero aprovecha la ocasión para recordar que él no se siente representado por la enseña española. Poco importa que todas las instituciones vascas traigan causa de esa misma Constitución Española que confía la interpretación última de nuestro ordenamiento jurídico al Tribunal Supremo o, en su caso, al Tribunal Constitucional.

Los interrogantes de la ampliación
JOSÉ MARTÍN Y PÉREZ DE NANCLARES/CATEDRÁTICO DE DERECHO INTERNACIONAL PÚBLICO DE LA UNIVERSIDAD DE LA RIOJA El Correo  5 Mayo 2004

Desde el pasado 1 de mayo, ya somos 25 los Estados que formamos parte de la Unión Europea y ello ha merecido con razón los máximos honores en la foto de los jefes de Estado y de gobierno posando sonrientes en Dublín ante el antiguo caserón de la familia Guinness. No en vano, esta quinta ampliación de la Unión cierra profundas cicatrices de la convulsa historia europea del último siglo y encarna un inédito proceso de unificación basado en la decisión política voluntaria. Encarna por sí sola uno de los más relevantes tributos al ideal de la declaración Schuman (1950) de «sentar las bases de una federación europea indispensable para el mantenimiento de la paz», de manera que se lograra introducir «el fermento de una comunidad más ancha y más profunda entre países mucho tiempo opuestos por divisiones sangrientas».

Sin embargo, no puede negarse que por diferentes motivos buena parte de los Estados han perdido el entusiasmo que en los primeros años noventa impulsó la apertura del proceso negociador con quienes entonces se liberaban de cuatro décadas de sometimiento a la extinta Unión Soviética; en el caso de las tres repúblicas bálticas, hasta formaban parte territorial de aquélla. También son cada vez más los analistas comunitarios que, sin atreverse a pronunciarlo en un tono demasiado explícito, llaman la atención sobre los riesgos excesivos que asume la Unión Europea con esta ampliación.

Por ello, una vez acallados los ecos mediáticos de las merecidas celebraciones, podrían realizarse algunas reflexiones al respecto. De hecho, no parece suficiente recurrir a los manidos argumentos de estos días a propósito de las ventajas que proporcionará a todos una Unión que se convierte en el mayor bloque comercial del mundo, con casi quinientos millones de ciudadanos que representan una quinta parte del comercio mundial. Como tampoco lo es por sí solo el hecho de que su superficie crezca un 30% ó la tasa de crecimiento económico de los nuevos sea notablemente superior a la del resto.

De entrada, en lo económico existe un profundo desequilibrio y un enorme diferencial de renta entre el 20% de la población que aportan y el escaso 5% del PIB que arrastran. Para favorecer un acercamiento, no hay más salida que mantener la activa política de cohesión que tan buenos resultados han dado en España o en Irlanda en los últimos quince años. Ello exigiría aumentar el presupuesto comunitario para las próximas perspectivas financieras (2007-2013) del actual 1,24% a cifras cercanas al 1,30% del PIB comunitario. Sin embargo, los derroteros van en dirección bien diferente. Los Estados que deberían sufragar esta abultada factura, en lugar de aumentar el presupuesto comunitario pretenden reducirlo hasta el 1% del PIB (carta de los seis). La Comisión, por su parte, ha propuesto dejarlo en un salomónico 1,14% que resulta claramente insuficiente.

Tampoco son irresolubles los problemas políticos derivados del control de las nuevas fronteras, la corrupción existente en algunas administraciones nacionales, las difíciles relaciones de vecindad, el nacionalismo incipiente en algunos Estados o la cuestión de las minorías. Mal podrá hacerse, empero, si esos nuevos Estados miembros perciben desde el primer día los sacrificios (reconversiones estructurales, asunción de las obligaciones derivadas del acervo comunitario, pérdida de soberanía, etcétera) y los alicientes se esfuman en buenas palabras y dilaciones (aplazamiento de la libre circulación de trabajadores, recorte de las ayudas estructurales, sensación de ser Estados de segunda...).

Sin embargo, el mayor interrogante es el que plantea su incidencia en el funcionamiento interno de la Unión. La Unión tiene, en efecto, experiencia suficiente al respecto. Sin embargo, las anteriores ampliaciones han sido siempre inferiores en número y con intervalos de tiempo suficientes para asimilar sus consecuencias. En realidad, las cuatro ampliaciones anteriores se han canalizado en grupos de tres Estados por década: Reino Unido, Irlanda y Dinamarca en la década de los setenta; las dos difíciles ampliaciones mediterráneas de Grecia, España y Portugal en los ochenta; y la más sencilla de Austria, Finlandia y Suecia en los noventa. Ahora, por el contrario, llega de repente una oleada de diez Estados que, en realidad, serán doce en 2007 (Rumanía y Bulgaria) y acaso podrían ampliarse a trece si a finales de este año se abriera la puerta a la negociación con Turquía.

Ello representa un cambio profundo con consecuencias de gran calado. Piénsese, por ejemplo, lo que significa el paso de 11 a 20 lenguas oficiales en el trabajo diario de las instituciones o las negociaciones que se necesitarán para lograr en determinadas materias un acuerdo por unanimidad en el Consejo. Por otro lado, tras la herida interna abierta por el conflicto de Irak, se constata que en las grandes cuestiones existe una enorme distancia entre las concepciones integracionistas de inspiración federal existentes en buena parte de los Estados originarios y la visión netamente intergubernamental y atlantista sostenida por la mayor parte de los nuevos socios.

Por ello, al margen de la financiación, el éxito de la ampliación conlleva, al menos, dos exigencias. De un lado, la necesidad de un renovado liderazgo europeo actualmente inexistente, tanto de los Estados como de la nueva Comisión que se forme a partir del 1 de noviembre. Y, de otro lado, la pronta aprobación de la Constitución europea. Con ello no habrían desaparecido los obstáculos ya que su ratificación por todos los Estados miembros podría reportar sorpresas que impulsaran la creación de núcleos duros o una Europa de integración diferenciada. Pero se tendría el marco jurídico necesario para encauzar con mayor transparencia, eficacia y democracia el funcionamiento de las instituciones y, como establece su preámbulo, conseguir así que los pueblos de Europa logren superar «sus antiguas divisiones y, cada vez más estrechamente unidos, forjar un destino común».

Caerse del caballo
TONIA ETXARRI El Correo  5 Mayo 2004

No son pocos los ciudadanos que en Euskadi, después de tan intensos años de construcción autonómica trufados de confrontaciones políticas insoportables, hablan de su particular 'caída del caballo' para referirse a su particular decepción. Con la propia trayectoria personal, con la de los amigos que ya no lo son, con la historia de Euskadi en general desde que se se recuperó la democracia en España. Y no es casual que, en muchas ocasiones, las alusiones tengan que ver con el terrorismo que tanto daño ha provocado en este país.

Ayer en la presentación del libro póstumo de memorias de Mario Onaindia ('El aventurero cuerdo') sus amigos rescataron de su legado, la narración del momento de crisis del que fue secretario general de Euskadiko Ezkerra. Su momento de ruptura, de desgarro intelectual y de revolución en lo personal cuando ETA asesinó a Ustaran (UCD). Para Mario, que entonces dedicaba sus energías en influir en el logro de una tregua de ETA, hubo un 'antes y un después'. Y él también se cayó del caballo. Como les ocurrió a tantos miles de ciudadanos con otros asesinatos.

Para Emilio Guevara que, además de caerse como tantos otros tras el atentado de Buesa, le 'echaron' del PNV, vivimos un momento esperanzador. Eso dice. Y preconiza que ahora que al PNV - conoce bien a sus clásicos -se le ha acabado el chollo del inmovilismo del Gobierno central va a tener que rectificar. Y como el plan soberanista de Ibarretxe es un inmenso error tendrá que reconducirlo. Ya les ocurrió con el Estatuto del 32, con los carlistas, en cuyo prólogo ya hablaban de 'Estado vasco', y al final tuvo que adaptarse a los tiempos hasta elaborar el del 36. Guevara se paseó ayer con la dedicatoria de Onaindia de un anterior libro suyo, como un preciado tesoro. En ella le decía que había tenido el honor de compartir la ilusión de trabajar juntos en la ponencia del Estatuto de autonomía, «ahora» - seguía- «comparto la voluntad de que no nos arrebaten la esperanza los carlistas de siempre».

Puede ser que sea el peso de la ausencia de Onaindia y la responsabilidad de querer seguir con su empeño truncado por 'la parca'. El caso es que Guevara quiere transmitir ese mensaje de optimismo ante la inercia de quienes piensan que no habrá nunca alternancia en Euskadi. Pocos socialistas han sido capaces de reconocer lo que él dijo ayer al referirse a la fase terminal en que se encuentra ahora ETA. «El Estado está actuando, la Justicia funciona y eso, hay que reconocerlo, se lo debemos al Gobierno anterior».

En el PP se lo agradecen. Entre otras cosas porque tienen el prado lleno de jinetes descabalgados. Iturgaiz va de candidato en las listas europeas sin dejar de ser presidente del PP vasco. De los resultados electorales de esta contienda y de la posterior elección de la candidatura a lehendakari dependerá una de las patas donde debería apoyarse la alternancia del gobierno nacionalista.

EL CORONEL HERNANDO, IMPLICADO EN EL CASO GAL
Un hombre de confianza de Vera dirigía la unidad a la que informaba uno de los confidentes del 11-M
Nuevos agujeros negros en la investigación del 11-M. Según desvela este miércoles El Mundo, Rafá Zhueir –el confidente del 11-M que informaba a la Guardia Civil– desveló en una carta dirigida al Rey y a Rodríguez Zapatero que llevaba casi tres años trabajando para la unidad de élite dirigida por el coronel Félix Hernando. Este último, trabajó en el pasado a las órdenes de Rafael Vera y está imputado por malversación de fondos en un sumario del caso GAL.
Libertad Digital  5 Mayo 2004

El marroquí Rafá Zhueir –conocido como Rafael en los ambientes delictivos– era confidente de un capitán de la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil (la policía científica de la Benemérita). Eso fue lo primero que dijo el propio Zhueir cuando fue detenido el 20 de marzo en Madrid –por efectivos de la Guardia Civil–, acusado de ser el enlace entre la Goma 2 y el grupo de terroristas islamistas liderado por Jamal Zougam.

Según desvela este miércoles el diario El Mundo, Zhueir ha informado en una carta enviada al rey Juan Carlos I y al presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, que desde hace casi tres años trabajaba pasando información para la Unidad Central Operativa del Instituto armado.
Al frente de la UCO está el coronel Félix Hernando. Según recuerda El Mundo, Hernando trabajó a las órdenes directas de Rafael Vera, ex secretario de Estado de Interior Rafael Vera en el Gobierno de Felipe González –en aquél último Gobierno figuraba también Alfredo Pérez Rubalcaba, portavoz hoy en día del grupo socialista en el Congreso y coordinador de la campaña de Zapatero–.

Medallas y maletines
El coronel Hernando, que está imputado por la Audiencia Nacional por malversación de fondos y delitos monetarios, habría viajado hasta Ginebra para entregar a las mujeres de José Amedo y Michel Domínguez maletines con 50 millones de pesetas. Según el sumario de juez Garzón, Hernando, junto a Machín y De Justo, intentaron "comprar el silencio de Amedo y Domínguez y pagarles por los servicios prestados" mientras permanecían en prisión.

El coronel Hernando ascendió a máximo responsable de la UCO en el año 2000, con Jaime Mayor Oreja todavía al frente de Interior. Hernando fue jefe de esta unidad durante los casi tres años en que Zhueir fue confidente de esa unidad. En 2003, Hernando recibió la medalla de Plata de la Orden de Mérito del Plan Nacional Sobre Drogas. En 1999, siendo todavía teniente coronel, fue propuesto por la Dirección General de la Guardia Civil para recibir la Cruz del Mérito del Cuerpo, pero Mayor Oreja revocó la orden al enterarse de que estaba implicado en un sumario del caso GAL.

Carta del confidente al Rey y Zapatero
Rafá Zhueir envió una carta de cuatro folios escrita a mano al Rey y Zapatero en la que defiende su inocencia porque se considera un español más. Recuerda que su novia es española y dice que en los trenes que sufrieron los atentados podrían haber viajado su madre y su hermana de cuatro años, que solían tomarlo con cierta frecuencia para ir al mercado del Pozo del Tío Raimundo. En alusión a su colaboración como confidente de la Guardia Civil, añade: "Yo he estado con España siempre que me ha necesitado. Porque considero a este país (España) mi país y me ha dado todo".

Zhueir, que reconoce en la carta que conocía al ex minero José Emilio Suárez Trashorras, acusado de proporcionar los explosivos utilizados en el 11-M, cuenta que él se limitó a poner en contacto a los dos grupos y que siguió investigando "durante casi cinco meses" para la Guardia Civil para saber a qué se dedicaban todos sus miembros.

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