AGLI

Recortes de Prensa     Lunes 17 Mayo 2004
La fe del zapatero
Iñaki Ezkerra La Razón  17 Mayo 2004

Manipulación y torturas
EDITORIAL Libertad Digital  17 Mayo 2004

Las fisuras de la democracia
Alberto Acereda Libertad Digital  17 Mayo 2004

Claves de la España contemporánea
Pío Moa Libertad Digital  17 Mayo 2004

Deslealtades
Juan Carlos Girauta Libertad Digital  17 Mayo 2004

LA CASA DE LA ESPERANZA
Luis DE VEGA ABC 17 Mayo 2004

IMAZ SE TOPA CON EGIBAR
Editorial ABC 17 Mayo 2004

La nueva Babel
José Javaloyes Estrella Digital 17 Mayo 2004

La tragedia educativa
Luis González Seara La Razón  17 Mayo 2004
 
La fe del zapatero
Iñaki Ezkerra La Razón  17 Mayo 2004

Sucedió ya durante la llamada «tregua» de ETA. Se creó tal clima de fe y esperanza en la bondad de los terroristas y en su decidida voluntad de olvidar las armas que la cuestión dejó de ser política para pasar a ser directamente teológica. Había que creer a pies juntillas en que esa «tregua» era una «tregua» en efecto por mucho que no nos halláramos en ninguna guerra y que aceptar tal término supusiera colocar al Estado de Derecho a la misma altura que a unos delincuentes. Y había que creer además que la supuesta «tregua» iba a ser «definitiva» por más que la presentación de esos dos términos unidos el uno al otro formara una contradicción insalvable, una antilogía de manual pues lo que caracteriza de manera esencial a todas las treguas ¬como bien saben hasta los párvulos¬ es que no son definitivas como los son las victorias, las derrotas o los armisticios.
Pues bien, el socialismo español que parece empeñado en heredar las peores mañas y artimañas del nacionalismo vasco ha logrado crear un clima teológico similar en torno al talante de Zapatero.

No creer en las bondades y capacidades de ese ambiguo por no decir inexistente programa con el que va a contentar a unos y a otros así como a salvarnos a todos se ha convertido en un «pecado mortal» en España y quien se atreve a su práctica es directamente amenazado con el infierno. Como los nacionalistas con la famosa «tregua etarra», los del PSOE y sus aledaños acusan al ateo o al agnóstico del zapaterismo de desear que Zapatero fracase y de que caigan sobre nosotros todas las plagas. La nocturna figura del inquisidor que ve por todas partes resentidos que quieren que España «vaya mal» es, de este modo, bastante más insufrible que la figura diurna del optimista que se empeñó en seguir repitiendo que «España iba bien» aun cuando comenzaba a tener fundados motivos para pensar otra cosa. De la fe del carbonero hemos pasado, así, a la fe del Zapatero, la fe que el propio presidente del Gobierno tiene en sí mismo y que los ciudadanos debemos compartir con él aunque suframos un desgarramiento unamuniano y la razón nos diga que no, que el milagro no es posible y que ese camino emprendido por el PSOE en su relación con los nacionalismos vasco y catalán es el verdadero callejón que no tiene salida.

En realidad el carbonero se lleva la mala fama pero otros cardan la lana. Aunque esa manoseada expresión ¬«la fe del carbonero»¬ ha pasado a significar poco menos que fanatismo religioso su origen está en un cuento popular y en la modestia con la que el carbonero que lo protagoniza hizo tres dobleces en su mandil para explicar el misterio de la Santísima Trinidad a requerimiento de un teólogo. El carbonero de la leyenda se limitaba a prescindir de los farragosos argumentos del teólogo para demostrar que esas tres partes de su mandil formaban un todo con sólo desdoblar la tela. Dicho carbonero, en fin, no desafiaba a la lógica sino enseñaba al sabio cómo las razones sencillas pueden ser más eficaces que las complicadas. Pero Zapatero lo que está exigiendo sin ninguna sencillez ni ninguna modestia, sin ninguna lógica ni doméstica ni carbonera, es la simple suspensión del juicio, la inhibición de toda actividad crítica en nuestras cabezas ante ese trinitario e indemostrable misterio gracias al cual es capaz de conciliar simultáneamente las demandas del Estado español, del nacionalismo vasco y del tripartito catalán.

Parodiando las virtudes de este último, Els Joglars ha estrenado una obra con el título de «Retablo de las Maravillas», el entremés de Cervantes en el que unos pícaros eran capaces de embaucar a una localidad con un espectáculo inexistente pero presuntamente prodigioso que sólo podía ser apreciado por los cristianos viejos. No conozco la obra de Els Joglars pero creo que en el momento que hoy vive España, no sólo Cataluña, es más que oportuno invocar esa comedia que viene a ser una versión culta del cuento popular «El rey está desnudo» en el que unos granujas parecidos pretenden vestir a un monarca con un traje que ¬según dicen¬ sólo es invisible e intangible para los hijos ilegítimos y las mujeres sin honra.

Usando la razón uno puede valorar como positivo en el panorama catalán que una formación política como CiU que se había perpetuado en el poder de tal forma que se consideraba imprescindible para la marcha del universo y que amagaba la eternidad quede desarticulada de pronto en toda su espesa red de intereses institucionales y económicos. Utilizando la razón uno no tiene inconveniente en valorar positivamente también la coincidencia del PSOE con el PP a la hora de impedir que la post-Batasuna se presente a las elecciones europeas o la misma negativa de Zapatero a bajarse del Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo que él mismo ideó y propuso pese a que ambas posturas no favorezcan el acercamiento al PNV.

Ahora que el PNV ya empieza a identificar a Zapatero con Aznar, tal y como era previsible, uno no va a caer en la fácil tentación de perder la razón y los principios reprochando a los socialistas la incapacidad para el diálogo que han predicado aunque ésa fue la incoherencia en la que incurrieron para hacer oposición al Gobierno popular. Es mucho más importante que ganar unas elecciones tener la mente sana y no perdida en una marea de contradicciones. Es muchísimo más importante asegurar la estabilidad de España que hacer caer al PSOE hoy o al PP ayer.

Usar la razón es dársela a este Gobierno en aquello en que lo merezca, o sea lo contrario a practicar la fe del Zapatero y a incurrir en este neoconfesionalismo que se nos propone desde cierta izquierda. Si el fariseo de la religión se caracterizaba por pegar una patada al primer pobre que veía al salir de misa, el fariseo y el meapilas del PSOE se caracterizan por creer que basta con confesarse y con comulgar en Ferraz para ser de izquierdas.

Manipulación y torturas
EDITORIAL Libertad Digital  17 Mayo 2004

Segun informaba este domingo The New York Times, una de las ex vigilantes militares de la cárcel de Abu Ghraib, acusada de haber torturado a los detenidos iraquíes en la prisión, dijo a los investigadores que algunas de las fotos que les tomaron, masturbándose o tirados en el suelo desnudos, las hicieron por "diversión”. Así lo ha comentado la soldado Lynndie England, la mujer que aparece en una de las fotos sujetando con una soga al cuello a un hombre desnudo tirado en el suelo.

Por su parte, el general Antonio Taguba, encargado de redactar el informe sobre los abusos a los presos iraquíes, también ha denunciado unas imágenes en las que, según dice textualmente, hay un “policía militar que mantiene relaciones sexuales con una prisionera” y también de uno de los cautivos en momentos en que es sodomizado con una linterna.

Junto a estas noticias, el diario The New Yorker ha relacionado estas fotografias nada menos que con un presunto plan secreto, aprobado por Rumsfeld en 2003, para extraer información a los prisioneros.

Desde el Pentángono no han tardado en desmentir tajantemente ese informe, que uno de sus portavoces ha tildado de "descabellado, cómplice y lleno de conjeturas anónimas".

Las estremecedoras fotografias que han dado la vuelta al mundo, efectivamente parecen apuntar más al cobarde sadismo de sus autores que a la ejecución disciplinada de un plan elaborado por el Pentágono para extraer de forma coercitiva a los detenidos información sobre Al Qaida.

En cualquier caso, a la espera de que se concluyan las investigaciones y se castigue con la máxima dureza a los autores de esas crueles e infames vejaciones y violaciones, lo que sí ya cabe denunciar es la enorme manipulación que de estas fotografías están haciendo quienes han venido silenciado la sistemática aplicación de la tortura llevada a cabo por el régimen de Sadam Husseín.

No nos referimos en exclusiva al Daily Mirror, cuyo director ha tenido que dimitir al destaparse que las fotografías que implicaban a soldados británicos eran falsas; tampoco a los terroristas que hace unos días han agitado las fotografías de los los prisioneros en Abu Ghraib como excusa para degollar ante las cámaras a un ciudadano norteamericano; ni siquiera, a los dictadores que, como Fidel Castro, se rasgan las vestiduras ante esas imágenes, a pesar de haber hecho del uso sistemático de la tortura uno de sus pilares de gobierno.

Nos referimos también a todos los medios de comunicación que han utilizado y utilizan esas fotos, no para denigrar a los autores de esa cobarde barbarie, sino a la intervención militar aliada en Irak; nos referimos a todos esos pseudoperiodistas que dicen perseguir la verdad pero que han ocultado las imágenes de las fosas comunes de los miles y miles de iraquies inocentes torturados y asesinados por los esbirros de Sadam; nos referimos a esos dominantes medios de comunicación que utilizan esas imágenes de Abu Graib para exigir la retirada de las tropas aliadas, a pesar de saber perfectamente que eso conllevaría un incremento exponencial del número de torturas y exterminio de ciudadanos iraquíes, tal y como el que perpetrarían los terroristas de Al Qaida o los fundamentalistas chiies de Al Sadr.

¿Qué valor dar a sus denuncias contra la tortura que no sea la de decir que, en su caso, no son más que “un homenaje que el vicio rinde a la virtud”? Pues así definía La Rochefoucauld a la hipocresía.

Terrorismo
Las fisuras de la democracia
Alberto Acereda Libertad Digital  17 Mayo 2004

Uno de los mayores logros de la democracia liberal ha sido y es la creencia en tres pilares básicos: la libertad individual de todo ser humano, la igualdad de derechos para todos y la fraternidad entre los hombres del mundo. John Stuart Mill ya nos explicó hace siglo y medio que una de las funciones indiscutidas de todo gobierno radica en hacer respetar esa libertad y en tomar precauciones contra el crimen. También nos recordó que “él único fin por el cual es justificable que la humanidad, individual o colectivamente, se entremeta en la libertad de acción de uno o cualquiera de sus miembros, es la propia protección”. Una de las grandes fisuras de la democracia es no desarrollar hasta el máximo necesario todos los mecanismos legales para acabar con quienes atentan contra la misma democracia. Su pervivencia como forma de gobierno radica en saber cómo detener a los grupos asesinos y terroristas que detestan los valores democráticos pero que se benefician de ellos para generar horror y muerte entre la ciudadanía.

En su reciente libro An End to Evil, Richard Perle y David Frum sugieren que en la guerra contra el terrorismo los Estados Unidos no deberían reconocer a los asesinos los mismos derechos que a cualquier otro ciudadano. Alan Dershowitz, prestigioso abogado y catedrático de Derecho en la Universidad de Harvard, defiende el uso de la tortura contra los terroristas en circunstancias claramente estipuladas por la ley. En su último ensayo The Lesser Evil: Political Ethics in an Age of Terror, Michael Ignatieff también es partidario de la adopción temporal de medidas excepcionales y justificadas para luchar contra el terrorismo. El debate sobre cómo deben las democracias combatir el terror ha calado en la opinión pública mundial y es posible ya ver en las cadenas de televisión norteamericanas las diferentes posturas sostenidas, por ejemplo, entre un antiguo agente de la CIA y un miembro de la organización Human Rights Watch.

Este debate no resulta nuevo en países como España, Colombia o Israel. En los ochenta, España vivió el estrepitoso fracaso del socialismo en su particular guerra ilegal y antidemocrática contra el terrorismo. A finales de los noventa, y sólo cuando el gobierno de la derecha española pudo poner a funcionar los mecanismos legales para combatir el terrorismo, los asesinos se vieron contra las cuerdas. Las masacres terroristas perpetradas entre Nueva York y Madrid demuestran que estamos ante una nueva dimensión del terrorismo global. De ahí que sea tan importante no dejar ninguna fisura abierta en nuestras democracias, emplear todas las vías del estado de derecho y seguir manteniendo inalterables los pilares básicos que han hecho viable la democracia liberal en los últimos dos siglos.

Será un error no reconocer las fisuras de la democracia y negar la necesidad de ampliar y desarrollar un sistema legal que, sobre la base de la fundamental Declaración Universal de los Derechos Humanos, utilice todos los medios para acabar con los asesinos y quienes los protegen. El mismo Stuart Mill nos advirtió que de los actos perjudiciales para la libertad de los demás es responsable el individuo. Los terroristas y quienes los apoyan tienen, como individuos, nombres y apellidos. Hay que perseguirlos y encarcelarlos. Quienes se niegan a participar en esa labor amparan a los criminales y atentan contra la democracia. Quienes pactan con los terroristas o con grupos que los apoyan cercenan nuestra libertad. Quienes retiran los soldados en esta guerra global son cómplices de que los asesinos sigan incrustados en las fisuras de nuestra democracia.

Un libro de Cuenca Toribio
Claves de la España contemporánea
Pío Moa Libertad Digital  17 Mayo 2004

España y el estado español existen desde Leovigildo, con un breve paréntesis tras la invasión musulmana (y luego la prolongada división en varios estados españoles, hasta los Reyes Católicos… dejando aparte, definitivamente, a Portugal). Pero también es verdad que el modelo de estado nacional salido de la revolución francesa, predominante, al menos como orientación política, en Europa desde principios del siglo XIX, se ha ido desarrollando en España entre considerables dificultades. Estas dificultades han nacido, en el siglo XIX, de la tensión entre la concepción liberal centralista y la del antiguo régimen, y, luego, entre el liberalismo conservador y el “exaltado”, que debilitaron el proyecto estatal. En el siglo XX los problemas surgen, de una parte, de los internacionalismos revolucionarios, y de otra de los llamados “nacionalismos periféricos”.

A esta apasionante cuestión dedica el profesor Cuenca Toribio un reciente libro Ocho claves de la historia de España Contemporánea (Ed. Encuentro), repaso de la empresa estatalista desde el último decenio de Fernando VII –la década ominosa para sus enemigos–, hasta la experiencia socialista reciente, pasando por la época del nacimiento de los partidos políticos y de la idea del progreso, la etapa de la Unión Liberal, la dictadura de Primo de Rivera, la II República, y el franquismo de los años 40. Ofrece, al mismo tiempo, unas líneas generales sobre un siglo de nacionalismo español hasta 1936. Nacionalismo, salvo momentos o expresiones particulares, amable y ampliamente comprensivo, poco doctrinario, simpatizante con los regionalismos y nada fanático. Nada que ver, por tanto, con el monstruo inventado por los nacionalismos vasco y catalán para justificar sus propias doctrinas, ellas sí extremadamente excluyentes y fanatizadoras.

¿Cuál es el balance de la empresa estatalista española, al terminar el siglo XX? Desde el lado del internacionalismo o desde el de los nacionalismos regionales abundan los autores y políticos que vienen dando por fracasado el proyecto, desde hace ya muchos años. Tantos años que cabe sospechar que quienes han fracasado son precisamente ellos, después de un siglo largo de tenaz y persistente empeño por disgregar España. El profesor Cuenca apenas se ocupa de este aspecto que aparece, no obstante, como trasfondo de buena parte del libro. Su conclusión es básicamente positiva: a través de mil avatares, la nación española con su estado permanece como una realidad fundamental. Incluso la reciente etapa socialista ha resultado, en su opinión, una época básicamente formativa en el asentamiento del estado español: “Enfrentado a un nuevo y gran envite al término de la segunda dictadura española del siglo XX, el Estado, ese Estado del que dudaba de su eficacia y hasta de su existencia el más hablador de los “jóvenes nacionalistas” que se hicieron cargo del poder en el otoño de 1982, había una vez más cumplido su misión. Sin derrumbes ni adanismos, sin soluciones de continuidad ni giros copernicanos, pero también sin hipotecas ortopédicas ni finalismos impuestos, había conducido a los españoles a una nueva e ilusionante etapa de su muy larga andadura por la historia”.

Esto, escrito poco antes de las últimas elecciones, suena ahora un poco exageradamente optimista. Los daños causados por el PSOE en su primera época de poder no fueron, afortunadamente, irreversibles, pero ¿qué ocurrirá ahora, cuando apuntan los fantasmas del “giro copernicano” en medio de nuevos y graves desafíos, casi impensables hace poco tiempo? En estas circunstancias resulta extremadamente conveniente repasar lo que ha sido España en estos dos siglos, como nos propone Cuenca Toribio en un libro de lectura necesaria para buscar signos orientadores ante un porvenir mucho más brumoso de lo que habría parecido hace sólo unos pocos meses.

Aznar en EE UU
Deslealtades
Juan Carlos Girauta Libertad Digital  17 Mayo 2004

Querría este gobierno que Aznar enmudeciera y, a poder ser, se encerrara en su casa sin teléfono ni internet. Es comprensible, no resisten la comparación. Y aunque el hombre viajara amordazado, su sola presencia pública les recordaría algunas cosas aun a los más olvidadizos: por ejemplo, que se ha retirado voluntariamente; por ejemplo, las turbias circunstancias en que su partido perdió el poder. O su deslumbrante gestión económica. O cómo frustró el encastillamiento de Europa retratando a Chirac ante el mundo.

Existe un contraste asombroso entre el reconocimiento al estadista por parte de amigos y adversarios internacionales y el insulto constante a la caricatura, la cosificación aniquilante que practica en España la punta de lanza de la plutocracia antisistema, los jefes del guiñol, los imitadores que, encarnando a su fantasma, permiten el linchamiento simbólico y hasta la insinuación muy poco sutil de su eliminación física. Si hemos de creer a Ussía –y yo, desde luego, no encuentro ningún motivo para no hacerlo– la caricatura ha llegado a sustituir al Aznar real incluso en la mente de la ministra de cultura. “El enano fascista del bigote”, le habría llamado en una reunión con cineastas. Espero la confirmación definitiva de la anécdota para señalar en cuál de los tres atributos de que consta el improperio la deslenguada se parece al objeto de su rencor.

Ahora toca linchar al ex presidente por la “deslealtad” de verter en EEUU las mismas opiniones sobre la guerra y el terrorismo que el planeta entero le conoce. En el papel de Charles Lynch, Pepiño Blanco, y de reparto el equipo lacerante habitual. Hay que echarle unos dídimos de titanio para hablar de deslealtad en el partido del one, que sigue nutriendo o inspirando al aparato socialista a través de ese cordón umbilical o demiurgo que se llama Rubalcaba.

El ex decente dijo en México que si hubiera sido por Suárez no se habría elaborado una Constitución en España. Toma lealtad. El hijo de don Adolfo le dedicó una carta pública de lo más sabroso. No ha dejado de dar conferencias y charlas en Hispanoamérica desde que el pueblo español decidió prescindir de sus servicios. Allí ha creado una extraordinaria red de contactos mientras cobraba del Congreso por no ir. Interfirió en la crisis diplomática con Cuba enterándose antes que el gobierno de Aznar (directamente por Fídel Castro) de que a nuestro embajador José Coderch le iban a retirar el plácet. ¿Qué entenderán los socialistas por lealtad? Pues eso. Ah, y lo de Zapatero en plena crisis con Marruecos en plan de nuevo Conde don Julián, también una cosa muy leal y muy patriótica.

LA CASA DE LA ESPERANZA
Por Luis DE VEGA ABC 17 Mayo 2004

Estas mismas páginas recogían hace un año, bajo el título «La casa de los horrores», la crónica más negra escrita desde Marruecos en muchas décadas. Los radicales islámicos que se suicidaron en Casablanca se cebaron de manera especial con la Casa de España, centro cultural abierto en 1958 que simbolizaba la convivencia de las comunidades española y marroquí. Aquel viernes infausto, sin apenas resistencia, varios terroristas llegados de un barrio marginal de las afueras de Casablanca degollaron al portero antes de situarse, cargados de bombas, en medio de la terraza. Instantes después todo saltó por los aires, incluida la imagen hasta entonces intacta de un Marruecos apacible y tolerante.

Venciendo al miedo por el recuerdo de aquellos atentados, los responsables de la Casa de España quisieron conmemorar ayer el aniversario del 16 de mayo con la reapertura de sus puertas. Aunque ya nada volverá a ser como antes, pretenden recuperar la normalidad de sus actividades y convertirse de nuevo en centro de encuentro tanto de los que viven en la capital económica de Marruecos como de los que vienen de fuera.

Se trata de lanzar un órdago a la tolerancia en un país herido de máxima gravedad por la acción del terrorismo. Frente a aquéllos que ondeando la bandera del islamismo más retrógrado fomentan acciones como la del 16 de mayo o el 11 de marzo en Madrid, la Casa de España volverá a organizar sus bingos y cursos de sevillanas, servirá vino y cervezas y sentará en las mismas mesas a musulmanes, cristianos y judíos.

En el camino hacia un Marruecos más abierto, libre y democrático, esto no será más que un grano de arena en medio de un inmenso desierto, pero bueno es que no se pierda esta senda.

IMAZ SE TOPA CON EGIBAR
Editorial ABC 17 Mayo 2004

LA victoria de Joseba Egibar en el PNV guipuzcoano abre a Josu Jon Imaz, presidente del partido, un frente complicado y, sobre todo, inoportuno. Egibar ha sacado la cabeza después de que su derrota en las elecciones a la presidencia del PNV diera por enterrado -ahora se ve que precipitadamente- el legado de su mentor, Xabier Arzalluz, cuyo fracaso en el apadrinamiento de Egibar sobrevaloró las expectativas de cambio que se atribuyeron a Imaz y que, por el momento, no han pasado de meras especulaciones. El acceso de Egibar a la presidencia guipuzcoana le da plaza en la ejecutiva del PNV, lo que para Imaz supondrá una tensión permanente entre la ortodoxia soberanista del discípulo preferido de Arzalluz y la ambigüedad calculada que ahora necesita el nacionalismo gobernante para jugar con todas las barajas hasta las elecciones autonómicas de 2005.

La elección de Imaz respondía a la necesidad de contar con alguien que sirviera para mantener el rumbo del plan Ibarretxe, del que fue infalible portavoz, sin cerrar acuerdos públicos con la izquierda proetarra, y, al mismo tiempo, para hacer dudar al socialismo vasco. Hay que reconocerle a Imaz que estaba consiguiendo ambos objetivos, pues sin cuestionar una coma del plan Ibarretxe ha logrado que el PSE ya entre en la dialéctica de un tercera vía que concilie el actual Estatuto de autonomía y la propuesta soberanista del lendakari.

El éxito de Egibar, al que también respalda Álava, es una amenaza para este juego de equilibrios que pretende Imaz, representante de ese PNV que quiere más el poder que la independencia, sobre todo si la agitación soberanista es, sin más, suficiente para perpetuarse en el poder, bastando dosificarla para saltar del socialismo a la izquierda abertzale, y vuelta, según la coyuntura. Pero Egibar no quiere más tacticismo sino procedimientos directos y objetivos puros y por eso compromete la aprobación del plan Ibarretxe antes de fin de año, implicando a Batasuna en la suma de votos necesarios para sacar la propuesta adelante y, en última instancia, amarrar el frente abertzale, que seguiría dando el poder al nacionalismo.

El problema para Imaz no es de mayoría de votos dentro de la ejecutiva del PNV, que la tiene, sino de contrarrestar la atracción que el soberanismo simple de Egibar puede ejercer sobre las bases nacionalistas, incompatible con cualquier fórmula de transacción con los socialistas, incluso con cualquier pretensión de situar al PNV en una posición dialéctica y estratégica más apta para la relación política con otras fuerzas.

La nueva Babel
José Javaloyes Estrella Digital 17 Mayo 2004

El establecido principio general de que no puede saberse cómo acaban las guerras encuentra en el caso de Iraq vigencia y reconocimiento especialmente enfáticos. Frente a lo desconocido variablemente previsible, calculable en alguna medida, se alzan supuestos como los de esta Babel en que se ha resuelto la cantada victoria de hace un año sobre las fuerzas regulares del régimen de Sadam Husein. Parece imposible llegar a cotas de confusión más profundas. Washington ya tiene asumida la hipótesis de que el Gobierno provisional iraquí, al que se le transferirá la soberanía dentro de 43 días, pueda pedir que las fuerzas de la coalición angloamericana abandonen el país. Y por muy improbable que resulte una demanda de tal naturaleza, tiene ese reconocimiento apreciable valor testimonial: el proclamado éxito militar de un día se ha transformado en reconocida frustración política de largo aliento. En un cuadro que, incluso militarmente, se ha vuelto poco menos que insostenible.

Pese a la señalada imprevisibilidad del desenlace de las guerras, existían precedentes iraquíes que no se tuvieron en consideración, a lo que se ve, en los análisis previos al 20 de marzo del 2003. La revuelta de los chiíes en los años 20, tras de la derrota y demolición del Imperio Otomano en la Primera Guerra Mundial, anticipó en muy buena medida el orden de dificultades que habría de acarrear cualquier ocupación posterior del territorio. Ese dato sí fue tenido en cuenta por la anterior Administración republicana, la del padre del actual huésped de la Casa Blanca. Quizá por entender entonces, en 1991, que la ocupación total del territorio y el derrocamiento del régimen excedían de los términos del compromiso internacional para sancionar la anexión de Kuwait, se decidió detener la campaña “Tormenta del Desierto”, no llegar hasta Bagdad y dejar que la dictadura sadamista continuara en pie.

Sin embargo, previamente a esa decisión de permitir la supervivencia del régimen de Sadam, se había llevado a cabo una campaña de movilización de los chiíes. Se pusieron éstos en pie y quedaron abandonados a su suerte. Las consecuencias son de todos sabidas: la represión fue implacable. El año pasado se han podido descubrir las fosas comunes y cuantificar aproximadamente las víctimas de la masacre. Ese chiismo, enemigo mortal de Sadam Husein, tenía sus cuentas pendientes con la coalición ocupante de Iraq, pues resulta imposible olvidar que se les movilizara y después se les dejase en la estacada. La mayoría chií representada por Ali Sistani había hecho de tripas corazón: optaba por la frialdad y el pacto político.

La rebelión de Muqtada al Sadr ha descompuesto esa pieza central del esquema sobre el que se operaba para efectuar la transferencia de soberanía. Y así, la apuesta del chiismo que equilibraba el peso de la beligerancia agrupada sobre el baasismo residual y en pie de guerra se ha desplazado hasta nuclear alternativamente la violencia contra la coalición. Efecto de ello ha sido la parálisis de la reconstrucción del país, el bloqueo de las exportaciones de petróleo —con repercusión tan grave sobre sus precios— y la desembocadura del proceso de transferencia de soberanía en un escenario de confusiones y perplejidades capitales. Para la Casa Blanca las cuentas son de números rojos, negativas y electoralmente ruinosas. El petróleo se ha ido por las nubes en vez de abaratarse, y la renta política es negativa. Se propuso tocar el cielo de la estabilidad en Oriente Próximo, construyendo en Iraq un orden alternativo al de Sadam, pero todo se ha convertido, al cabo, en un diluvio de violencia que ha terminado por confundir a todos.     jose@javaloyes.net

La tragedia educativa
Luis González Seara La Razón  17 Mayo 2004

Es como una fuerza ciega del destino. Cuando el horizonte se abre al conocimiento y al despliegue del espíritu, con los mayores medios y recursos que se recuerdan en la historia humana, un perverso olvido de los errores educativos, incluso recientes, nos lleva a repetir los fracasos contra los que hemos combatido en busca del saber y de la verdad libre de supersticiones. El naufragio del conocimiento liberador, en un mar de información manipulada y confusa, tal vez se deba a la persistencia del castigo bíblico de la Torre de Babel, que impedía a unos entender la lengua de otros, y el hecho, no menos trágico, de la falta de memoria colectiva, para impedir los silencios, los falseamientos y las selecciones tendenciosas de la Historia.

El babelismo se explayó en nuestro inmediato pasado, con la ayuda de los refinamientos totalitarios de la «neolengua» de Orwell, donde «la guerra es la paz» o «la libertad es la esclavitud». Pero nuestras democracias «posguerra fría» se complacen en imaginar desarrollos de la neolengua, que hubieran sorprendido al mismo Orwell, como la «guerra humanitaria» de los Balcanes, la «guerra misericordiosa» del general Gadner, el «nacionalismo universalista» de Robert Kagan o el «federalismo asimétrico» de Maragall.

Como se ha relegado a los clásicos, ya no se recuerda el verso de Píndaro: «Ser sincero es el comienzo de una gran virtud». Ahora se prefiere ocupar el tiempo de los alumnos con disertaciones transversales sobre «el ligue». Y cuando se constata la profunda ignorancia de las generaciones «mejor educadas de la historia», se pretende paliar el desastre con una nueva ley educativa. Esta manía «legiferante» es un viejo vicio español. Ya, en los comienzos de nuestra Ilustración, Melchor de Macanaz prevenía contra el exceso legislativo. «La multitud de nuestras leyes ¬decía¬ más confunden que dirigen a la equidad y la justicia». Y aconsejaba promulgar un código en que las leyes «fueran pocas, sólidas y no ocasionadas a ofuscar el entendimiento en vez de ilustrarlo».

La consecuencia de esa proliferación legislativa hispana fue el escaso respeto y cumplimiento de las normas. «Se acata y no se cumple» fue la fórmula corriente en nuestra historia, especialmente en los dominios ultramarinos.

Ahora, ya ni siquiera se acata, ni se espera a sustituirla por otra ley, como exigen el principio de legalidad y la jerarquía normativa, que garantiza nuestra Constitución. Simplemente, se empieza por considerar suspendida la ley educativa vigente, por mera declaración voluntarista de quien carece de competencias para ello. Como escenificación de la tragedia de nuestros avatares educativos no puede ser más elocuente. Luego, cuando se vea el daño que tales actuaciones suelen producir en una educación democrática, la neolengua acudirá en socorro del necio de turno: «Yo lo hice con la mejor intención». El hecho no es nuevo. Por eso, los griegos, convencidos de que la necedad es la cosa del mundo mejor repartida, elegían por sorteo a los responsables de la ciudad.

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