AGLI

Recortes de Prensa     Miércoles 2 Junio 2004
Llegó el momento de los iraquíes
GEES Libertad Digital 2 Junio 2004

Secreto a voces
Lucrecio Libertad Digital  2 Junio 2004

Los nuevos amigos de ETA
José García Domínguez Libertad Digital  2 Junio 2004

El control de los políticos
Jorge Vilches Libertad Digital  2 Junio 2004

La aritmética de ETA: su único legado
ROBERTO L. BLANCO VALDÉS La Voz 2 Junio 2004

El punto de mira
Juan Van-Halen La Razón  2 Junio 2004

ACHARES DE EUROPA
Ignacio RUIZ QUINTANO ABC 2 Junio 2004

Un solo terrorismo
Editorial El Ideal Gallego 2 Junio 2004

Borrell, un buen vendedor de mercancías averiadas
EDITORIAL Libertad Digital  2 Junio 2004

A las órdenes de Rabat
Editorial La Razón  2 Junio 2004

Hacer amable el gallego
ARTURO MANEIRO La Voz 2 Junio 2004

Idiomas, Parlamento y democracia
Manuel Martín Ferrand Estrella Digital  2 Junio 2004
 

Irak
Llegó el momento de los iraquíes
GEES Libertad Digital 2 Junio 2004

Irak está a punto de iniciar una nueva fase en su complejo proceso de reconstrucción política. El esfuerzo conjunto de Estados Unidos, Naciones Unidas y los partidos reconocidos iraquíes, tras difíciles sesiones de negociación, han acabado de dar forma a la estructura política que recibirá del Virrey Bremer las competencias propias de un estado soberano, con la misión de dirigir su país hasta la celebración de unas elecciones generales, que deberán dar a su vez paso a un Gobierno libremente elegido.

La nueva fase nos llega cargada de esperanzas y temores. Las primeras giran en torno a la asunción por el pueblo iraquí de las decisiones fundamentales sobre su propia convivencia. Reconstruir un país y establecer una democracia exigen, sobre todo, el autogobierno. Sólo los iraquíes pueden acabar definitivamente con el terrorismo y establecer, de forma solvente, las reglas de su estado de derecho. Una de los problemas más importantes que hemos encontrado en los últimos meses es cierta falta de voluntad ciudadana, en especial en la zona sunita, a colaborar en la persecución de los violentos. Para muchos, al fin y a la postre, éstos son iraquíes y los otros no. Más aún, unos son creyentes en la fe verdadera y los otros “cruzados”. Con un gobierno iraquí, representativo de un amplio abanico de fuerzas, la movilización de la sociedad en pro de su propia reconstrucción podrá ser mayor, el proceso irá ganando credibilidad y la democracia comenzará a ser viable.

Por el contrario, la nueva fase generará, con mucha probabilidad, más violencia. En los últimos meses hemos visto cómo las acciones de fuerza se dirigían, de forma creciente, contra dirigentes políticos o responsables de la seguridad iraquíes e, indiscriminadamente, contra la población civil. Como hemos repetido en anteriores ocasiones, la razón de ser de la acción terrorista ya no es la victoria militar sino el éxito o el fracaso de la reconstrucción política. La conversión de Irak en la primera democracia árabe sería una catástrofe para baasistas, islamistas de Al-Qaeda y chiítas radicales. En el primero de los casos, por pérdida definitiva de influencia política, en el grado y la forma de décadas precedentes. En el segundo y tercero, por enraizamiento de una cultura política, el liberalismo, que consideran una amenaza para su forma de entender el Islam. Para ellos la agresión fundamental de la coalición aliada no es tanto la campaña militar como el intento de imposición de una democracia, de unos valores que actuarían como un cáncer en la sociedad musulmana. Por eso harán todo lo que esté en su mano para impedirlo. Cabe así esperar un incremento de las acciones terroristas dirigidas contra los iraquíes dispuestos a colaborar en esta empresa, contra estados o entidades que apoyen el proceso y contra la población civil, para crear una situación de caos que aborte la constitución de un estado de derecho y cree las condiciones para un proceso revolucionario de características islamistas.

Lo peor puede estar por llegar, pero en esta ocasión deberán ser los propios iraquíes los que asuman las máximas responsabilidades, con la colaboración de todos aquellos que se han involucrado voluntariamente en dar la oportunidad al pueblo iraquí de vivir en libertad.     GEES: Grupo de Estudios Estratégicos.

ETA / Al Qaeda
Secreto a voces
Lucrecio Libertad Digital  2 Junio 2004

Lo que menos entiendo de todas las retóricas que acompañan a la formación de la comisión parlamentaria sobre la matanza del 11 de marzo, es el pretendido aire de sorpresa –o, en la versión alternativa, de secreto de Estado o, en todo caso, de información policial confidencialísima— acerca de las relaciones que, desde más de dos años antes, venían anudándose entre las corrientes extremas del abertzalismo y el terrorismo islamista.

Para cualquier lector de la prensa radical vasca, era una evidencia. Desde el 11 de septiembre de 2001, la fascinación por el modelo Al Qaeda tomó tintes de euforia muy explícitos. Del viejo marxismo-leninismo de final de los años sesenta, quedaba poca cosa ya. Y, de hecho, la filiación que liga el abertzalismo vasco a la URSS, en los años setenta-ochenta, es más pragmática fidelidad al proveedor logístico que otra cosa. La caída a plomo del muro, y, con él, de las dictaduras post-stalinianas del Este, era mortal de necesidad para los últimos residuos armamentistas europeos. Una parte, al menos, del IRA se apercibió de eso, y entró en la laberíntica –y, hasta hoy, fallida— tarea buscar alguna salida negociada al drama. ETA permaneció fósil.

Y el 11 de septiembre fue una iluminación casi mística: el retorno de la épica perdida. No eran los primeros en pasar por esa hipnosis, los terroristas vascos. Ílich Ramírez, alias Carlos, el mítico castrista de otros tiempos, tras convertirse al Islam en su prisión francesa, había publicado un libro delirante en el cual llama a hacer del Corán el nuevo código de los revolucionarios, que, treinta años antes, habrían errado al buscarlo en Marx, Lenin, Guevara o Mao. Y cualquiera, en Gara, podía empezar a leer la versión kokotxa de eso: llamamientos a la alianza estratégica de izquierda revolucionaria e Islam (religión de los pobres de la tierra, solía añadirse), para derrotar al capitalismo genocida. Algún llamamiento explícito a aprender del atentado contra las torres gemelas que “nada hay más invencible”, en esa lucha revolucionaria, que “el cuerpo de un mártir” envuelto en dinamita y “dispuesto a inmolarse” por la salvación del pueblo oprimido, puede rastrearlo cualquiera con sólo darse una vuelta por las hemerotecas.

No, la deriva de ETA (o, al menos, de un sector importante de ella) en busca de un frente antiimperialista cuyo núcleo de acero fuera el integrismo islámico, no era ningún secreto en marzo de 2004. No lo era, al menos, para nadie que supiera leer.

Terrorismo
Los nuevos amigos de ETA
José García Domínguez Libertad Digital  2 Junio 2004

Entre los hijos de Alá y los nietos del cura Santa Cruz hay buen rollito, eso está claro. A fin de cuentas, lo de “Dios y leyes viejas” no deja de ser una variante de la sharia regada con chacolí. Así que no hay que extrañarse de que entre ellos la cosa vaya de tuteo y de cartitas comentando la jugada: “¿Has visto lo que ha pasado en Nueva York?... Ja, ja, ja”. “¿Te acuerdas, Joseba, hace cuatro años cuando te hablaba de la teoría de las cargas…?” De momento, por lo que ha publicado El Mundo, no sabemos todavía si Joseba se acordaba de la las cargas de Ismail. Pero sí tenemos la certeza de que los colegas muslimes de Urrusolo Sistiaga aprendieron de alguien a confeccionar mochilas bomba activadas por teléfonos móviles, igualitas a las que los muchachos de Joseba pretendieron utilizar contra el Rey en el Valle de Arán.

El 11-S, los integristas catalanes siguieron con la fiesta cuando ya se sabía que cuatro mil personas habían sido asesinadas en Nueva York. Lluis Llach, más alegre que nunca, cantaba aquello de que “si tú estiras fuerte por aquí, y yo tiro fuerte por allí, seguro que cae, cae, cae…” Bueno, pues por lo visto va de eso lo que piensan algunos en ETA. Es la teoría de la “doble presión” de De Juana Chaos, que no es un don nadie dentro de la banda. Puede ser que hasta hayan aprendido algo de historia en la cárcel y sepan ya que la única vez que se fracturó la unidad política de España, allá por 1640, fue por la necesidad de tener que elegir entre dos territorios, Cataluña y Portugal. Así es que El Chino y El Mogwi tirando fuerte por aquí, los chicarrones del norte por allí, y seguro que cae, parecen barruntar.

Es cierto que a día de hoy no existe ninguna prueba que vincule a ETA con el atentado que determinó el resultado de las últimas elecciones. Es tan cierto como que ningún historiador del futuro va a admitir que la aritmética parlamentaria de un periodo decisivo en la determinación de la forma del Estado fuera fijada por una pandilla de carteristas marroquíes semi analfabetos, la mitad de ellos confidentes de la policía. Porque si a algo recuerda lo que ocurrió en Madrid el 11 de Marzo es al atentado contra el almirante Carrero Blanco. Igual que aquella vez, el destino constitucional del país es incierto. Igual que aquella vez, una legión de terroristas torpes e inexpertos cometieron todos los errores posibles y de manual, sin que ello les impidiera consumar su crimen. Igual que aquella vez, para demasiados jugadores del tablero internacional es muy importante la posición que ocupe la ficha española. E igual que aquella vez los responsables de la investigación son los que menos saldrían ganando si se descubriera otra verdad distinta de la oficial.

Entre los hijos de Sabino Arana y los nietos de Mahoma hay buen rollito, eso es lo único claro. Eso y la extraña clarividencia de un tipo como De Juana Chaos: “Si los integristas quisieran, los españoles echaban a correr en una semana”. Sólo le faltó predecir que al primero que saliera por piernas le colgarían una medalla.

PSOE
El control de los políticos
Jorge Vilches Libertad Digital  2 Junio 2004

¿Qué pasa cuando un Gobierno no cumple su programa electoral? La penalización electoral puede ser mínima porque el elector corriente está acostumbrado y, además, se usan los medios de comunicación públicos y adictos para justificarlo. Pero ¿y si ese programa no estaba hecho para gobernar porque a sus autores les sorprendió la victoria? La expectativa generada en su electorado es mucho mayor y, por tanto, el seguimiento de su observancia es superior al normal. Ya, ¿y si ese Gobierno hace del cumplimiento de las promesas electorales una “cuestión de honor” para compensar las dudas sobre la legitimidad moral de su victoria? En este caso, lo que está en juego es el crédito del Gobierno y de su partido y, en ultima estancia, mantiene abierto el debate sobre la naturaleza y el manejo de la opinión pública.

¿Y si, además, para esconder la imposibilidad de cumplir las promesas, reescribe su programa electoral? Por ejemplo, ¿qué ocurre si la ministra de la Vivienda dice que donde ponía “180.000 viviendas” debe leerse “180.000 actuaciones”? ¿O si el director de TVE, el presidente de la Agencia EFE y el Defensor del Pueblo, al contrario de lo que se anunció, no son elegidos por una mayoría cualificada de dos tercios del Congreso? ¿O, después de visitar a Berlusconi, se sostiene que la firma de la Constitución europea no debe ser en Madrid? ¿O que la paga de 100 euros a todas las madres es imposible, como dijo Solbes corrigiendo a Caldera? ¿O si no se permite la sindicación en la Guardia Civil?

El PSOE hizo un programa electoral pensando que estaría en la oposición una legislatura más, lo que aprovecharía para consolidar internamente el liderazgo de Zapatero, fortalecer su imagen de hombre de gobierno, reunir un equipo de expertos de verdadera talla, y esperar el desgaste del Ejecutivo popular. La conmoción electoral provocada por el 11-M les dio de forma inesperada la victoria. Esto les confirió una debilidad moral importante, por lo que pensaron remediarlo anunciando que habían firmado un “contrato” con la ciudadanía, el programa electoral, en cuyo cumplimiento iba su honor.

Así, para reforzar su legitimidad moral, por ejemplo, sin debate parlamentario ni auténtico sondeo internacional, Zapatero, a las pocas horas de prometer su cargo, ordenó la vuelta de las tropas destinadas a Irak. El Gobierno mandó el mensaje de que lo importante era que cumplía su promesa –lo que tampoco era cierto-, incluso por encima de que se abandonaba a las tropas de la coalición en el frente iraquí y de sus repercusiones para la paz de aquel país y la política exterior española.

Los socialistas insisten en el contrato con la ciudadanía. Este republicanismo cívico, señalado por P. Pettit, un pensador muy al gusto de Zapatero, choca con la realidad y límites de su acción gubernamental. No me refiero al anuncio de la rebaja del IVA de los libros y discos que terminó con el rapapolvos europeo, sino al trágala antisistema al que voluntariamente se ha sometido el PSOE. El verdadero “contrato” no es con la ciudadanía, término engañoso si prescinde de todos aquellos que no votaron al partido socialista o a sus socios, o, simplemente, no votaron y que son ciudadanos. El “contrato” lo han firmado con un par de partidos, ERC e IU, pequeños y extremistas, antisistema, muy alejados del sentir de la mayoría de la ciudadanía.

El incumplimiento de las promesas electorales se suele presentar como “normas de excepción”, es decir, decisiones motivadas por imprevistos no deseados, nuevas informaciones o presión popular. En el caso del PSOE son “normas de transgresión”; esto es, las que rompen promesas incoherentes, irreales o falsas. A esto se le une la evidente descoordinación gubernamental, en la que el vicepresidente Solbes desvanece al instante las ínfulas presupuestarias y fiscales de sus compañeros de Gabinete.

La fiscalización de la acción gubernamental en las democracias históricas se hace a través del Parlamento, los medios de comunicación y los órganos judiciales. En los regímenes políticos en los que el poder Ejecutivo tiene un origen popular y propio, o que las elecciones favorecen sin ambages la formación de mayorías absolutas, la identificación de la política con su autor es mucho más sencilla para el elector común. No sucede así en una democracia de consenso, donde un Gobierno sin mayoría absoluta, con un programa redactado para ser oposición, se basa en el diálogo con los partidos antisistema para tomar la mayoría de sus decisiones. El control de los políticos es, en definitiva, más difuso.

El contrato entre Gobierno y ciudadanía no puede quedar, por tanto, al albur de las tergiversaciones del programa electoral, de los acuerdos con grupúsculos políticos, o a las declaraciones condescendientes de un portavoz parlamentario. La opinión pública es la fortaleza y, al tiempo, la debilidad de las democracias. En consecuencia, la labor de la oposición para controlar la acción gubernamental debe ser contundente y continua, no acomodaticia y resignada. El voto es el último recurso para el control de los políticos, y hay que ganárselo todos los días.

La aritmética de ETA: su único legado
ROBERTO L. BLANCO VALDÉS La Voz 2 Junio 2004

ES ÉSTE un país donde solemos celebrar el aniversario de las cosas más absurdas. Por eso resulta bastante sorprendente lo inadvertido que ha pasado el hecho importantísimo de que acabe de cumplirse un año sin que ETA haya conseguido cometer ni un solo asesinato. El primer año sin muertos (con la excepción del de la mal llamada tregua) desde que en 1972 la banda terrorista retomara una carrera criminal que ha segado la vida ¡de 807 personas!

El lunes 30 de mayo de 2003, y en la localidad navarra de Sangüesa, una bomba lapa provocaba la muerte de los policías nacionales Bonifacio Martín y Julián Embid mientras trabajaban en una oficina del Documento Nacional de Indentidad. Fueron, pobriños, los últimos de una lista ignominiosa: la que con sangre han ido escribiendo año tras año los únicos torturadores que todavía quedan en España: 333 víctimas en la década 1972-1981; 344 en la década 1982-1991; 129 en la década 1992-2001; 8 víctimas más desde al año 2002, que cierran -ojalá que para siempre- esa siniestra relación.

Si excluimos las tres personas asesinadas por ETA en 1968 y 1969, y no computamos el tiempo de la tregua, el número de muertos entre 1972 y 2003 arroja una media escalofriante de 26 personas al año, es decir, de un asesinato cada dos semanas: ¡y así, uno tras otro, durante treinta y un años! Con esa pesadilla hemos tenido que vivir.

Con esa, y con la de los miles de heridos, algunos de extrema gravedad, para quienes su vida experimentó un empeoramiento, muchas veces radical, tras las lesiones sufridas, a veces por pura casualidad, en un atentado terrorista; y con la de los ciudadanos secuestrados, algunos durante períodos larguísimos (¿quién no recuerda aún a Ortega Lara?); y, en fin, con la de todos los extorsionados, amenazados, amedrentados y asustados que se han visto obligados a mal vivir entre el sectarismo criminal de los pistoleros y la indiferencia cobarde e indecente de muchos de sus conciudadanos.

Una aritmética, ciertamente, sobrecogedora la de ETA y sus compinches. Una aritmética que será, por lo demás, el único legado de la banda terrorista cuando esta pesadilla finalice: su única contribución a la historia de España y, dentro de ella, a la de ese País Vasco que dicen defender, pero al que han infligido sufrimientos que nadie hubiera sido capaz de imaginar. Eso quedará cuando, al fin, ETA sea derrotada: unas cuantas líneas en los libros de historia sobre el terrorismo independentista que sufrió España en el último tercio del siglo XX. Y el sufrimiento de tantos inocentes, que se irá transmitiendo, de padres a hijos, como una de las señas de identidad de miles de familias españolas.

El punto de mira
Juan Van-Halen La Razón  2 Junio 2004

Ha declarado Llamazares que la Comisión parlamentaria que se ha constituido para aclarar lo que se movió alrededor del trágico 11-M llegará a la conclusión de que la actitud de Aznar sobre la guerra de Iraq puso a España en el punto de mira del terrorismo islámico. Vaya con el pitoniso. Esa predicción del dirigente de IU adelanta sus deseos.

El 11-S se produjo antes de la guerra de Iraq. El fanático terrorismo islámico es una asimilación vengativa de la Historia con el objetivo global de Occidente. Hace más de veinte años el terrorismo islámico tiñó de sangre el restaurante «El Descanso» cerca de Madrid, y estaba lejos la guerra de Iraq. En una de sus primeras declaraciones televisivas Ben Laden habló ya de la «ocupación» de Al Andalus y aún Sadam Hussein sojuzgaba a su pueblo y lo diezmaba, por cierto con armas químicas como hizo con los kurdos.

Partiendo de la tozuda realidad de que España no combatió en la guerra de Iraq, pese a lo que repiten las intoxicaciones interesadas, cabría preguntarse por qué los terroristas islámicos atentaron en España y no en países directamente implicados en la guerra con fuerzas de combate sobre el terreno: Estados Unidos y Gran Bretaña.

España se había llenado de pancartas en las que se llamaba asesinos a legítimos representantes de la soberanía nacional, increíble irresponsabilidad en una democracia, y se atacaron sedes del partido que apoyaba al gobierno. Eso no ocurrió en Estados Unidos ni en Gran Bretaña. Testimonios gráficos demostraban que detrás del aderezo callejero estaban miembros cualificados de partidos y organizaciones de la entonces oposición.

Una hipótesis, y no descabellada, es que esta marea de odio, que manipuló en un principio a personas no partidistas que estaban a favor de la paz ¬¿quién no lo está?¬ y la certidumbre de que un gobierno socialista no aguantaría el tirón y España saldría corriendo de Iraq, con la repercusión internacional que ello tendría, pudieron llevar a que nuestro país fuese punto de mira del terrorismo islámico y precisamente días antes de unas elecciones. Por eso uno de los terroristas al salir de su incomunicación preguntó: «¿quién ha ganado las elecciones?». Poco antes un dirigente socialista brindaba con champán.

ACHARES DE EUROPA
Por Ignacio RUIZ QUINTANO ABC 2 Junio 2004

«NOS gusta Europa», dicen los socialistas, y esta declaración de amor de Zapatero, vía Borrell, ha despertado en algunas naciones europeas la travesura de darnos achares. «Nos aman, pues a castigarlos». A mí también me gusta Europa, y desde años me niego a salir de ella, ni para saltar otra vez al África, ni para volver de nuevo a América, ni para conocer Oceanía. Me gusta Europa aunque a veces me acuerdo de mi amigo Rafael García Serrano, aquel que decía con su sagrada desvergüenza: «Europa, esa vieja puta».

Una parte de la vieja Europa nos ha hecho una pirula. Se trata concretamente de Alemania, Austria y el Benelux (Bélgica, Holanda y Luxemburgo), aquella Europa que tanto le gustaba también a Carlos V. Esas naciones de la Unión Europea han firmado un pacto antiterrorista sin acordarse de España, y eso es un desdén que no se comprende a los dos meses de la gran matanza del 11-M, después de muchos años de sufrir el terror etarra, y después de tanto como hizo España en estos últimos ocho años por concertar en Europa una eficaz acción antiterrorista.

«Volvemos a Europa» es frase que los socialistas han elevado a categoría de eslogan electoral para el reencuentro con las urnas el 13-Junio, o sea, dentro de un par de semanas escasas. Parece que no han elegido un buen momento nuestros socialistas para lanzar ese grito al aire, porque eso de volver a Europa está muy bien, siempre en el caso improbable de que nos hayamos ido, pero no está tan bien si es para quedarse fuera de lo más importante.

Miguel Ángel Moratinos, flamante y aparente ministro de Asuntos Exteriores, además de recomponer nuestra estrecha amistad con Cuba y la devoción a ese dechado de demócratas que es Fidel Castro, podría haberse enterado del puchero antiterrorista que se cocía a nuestras espaldas en esa Europa a la que «volvemos». Porque lo menos que se merecen esas naciones es que España les hubiese dicho: «Eh, pare usted la jaca, amigo, que aquí estamos nosotros, coño». Todo esto dicho, naturalmente, en el elegante lenguaje diplomático que usamos, imagino yo, con Fidel Castro, cuya fina sensibilidad para el coloquio político es bien conocida; no sé yo cómo se las arreglará Moratinos, a pesar de su larga y profunda formación diplomática, para acompañarle, sin desmerecer, en sus singulares finezas.

Como nos gusta Europa, volvemos a Europa, y volvemos con Borrell, «cuidado con él», que decía Antonio Gala. Volvemos a Cuba con el nuevo embajador, que es un rojelio de toda confianza, con mucha nostalgia de aquellas veladas con mojito y mulata en «Tropicana», y de visita de don José Federico para llevar al Comandante la Medalla de Oro del Congreso. Volvemos a Marruecos, donde nos espera el moro amigo, y perejiles a la mar. Volvemos a Haití con la ONU y con ese puñado de soldados que salvan la civilización según Spengler. Y menos mal que nos hemos ido de Iraq en un acto de coherencia y audacia que nadie hasta ahora ha osado imitar, porque de no hacerlo, en los dominios de Rodríguez Zapatero (nuevo Felipe II González) nunca se pondría el sol.

Un solo terrorismo
Editorial El Ideal Gallego 2 Junio 2004

La trascendencia de la lucha antiterrorista aconseja que el PP no se ensañe con el Gobierno después de que España haya sido excluida de la última reunión multilateral de varios países de la Unión Europea para reforzar su cooperación en la estrategia contra el crimen organizado. Sin embargo, el propio Ejecutivo debería analizar con detenimiento los motivos que han llevado a que ninguno de los estados participantes en esa conferencia se acordase de convocar a España -el miembro de la UE que más ha sufrido la violencia de los terroristas y el que ideó esas “cumbres parciales”- porque la conclusión que se saca a la vista de lo ocurrido es que se ha perdido todo el peso que se había ganado en los últimos años.

Esa impresión la refuerza la decisión adoptada por los tribunales franceses de no entregar a tres miembros de Segi (la rama juvenil de ETA) alegando que esa organización no está ilegalizada al otro lado de los Pirineos, acuerdo que contrasta con el que supondrá la entrega del grapo coruñés Fernando Silva Sande. En este caso, la Corte de Apelación de París se ha atenido a la euroorden, lo que hace pensar que en la Administración de Justicia del país vecino se cree todavía que existen varios terrorismo diferentes, un error que se daba por superado desde hace tiempo, pero especialmente desde que los radicales islamistas empezaron a sembrar la violencia por todo el mundo. Al Gobierno no le queda, por lo tanto, más remedio que iniciar de nuevo la labor “evangelizadora” en la UE, aunque es lamentable que en poco más de un mes se haya desandado un camino por el que costó tanto avanzar.

Borrell, un buen vendedor de mercancías averiadas
EDITORIAL Libertad Digital  2 Junio 2004

El primer cara-cara entre Jaime Mayor Oreja y Josep Borrell ha dejado en evidencia que si el PP tiene un buen producto que ofrecer, el PSOE, aun a falta de mercancía, cuenta con un espléndido vendedor de cara a las próximas elecciones europeas.

Mayor Oreja, con todo, ha sabido mostrase como esa “España que es motor y corazón en Europa”, tal y como le calificábamos hace unos días; como esa España que tiene una idea clara de sí misma y que pretende proyectarse y hacerse valer e influir en Europa, como una España que trata de exportar su política de firmeza y coraje contra el terrorismo y que reivindica la política económica que, con el PP, ha hecho crecer a nuestro país en bienestar, empleo y creación de riqueza.

Borrell, con gran seguridad en sí mismo y en su capacidad dialéctica, ha sabido sortear su carencia de datos y hechos que avalen la gestión de los socialistas, tanto en España como en Europa, con una defensa de valores intangibles como la solidaridad, el europeismo, el acuerdo, el talante y, sobretodo, su reiterada obsesión por hablar de Irak.

Sólo hay una cosa que a los socialistas les excite hablar más de Irak y de Bush, y es saber que los asesores políticos o mediáticos del PP consideran que es “inoportuno” hacerlo. Sin embargo, cuando Borrell habla de las “causas del terrorismo islámico”, ¿qué quiere decir? ¿qué los españoles nos merecemos la masacre del 11-M por el respaldo de nuestro Gobierno a Bush y a quienes combaten a los terroristas que se oponen a la transición democrática en Irak? ¿Es eso lo que los socialistas van a predicar en Europa? Cuándo Borrell habla de los derechos humanos en Irak, ¿se refiere a los que pisotean a diario los terroristas, o a los que, en el pasado, violaba de forma sistemática el régimen de Sadam Husein?

Al margen de este capítulo, Mayor Oreja ha sabido acompañar la credibilidad que su persona transmite con una gestión y unos hechos que le avalan, mientras que a Borrell sólo le ha acompañado una innegable habilidad escénica. Esperemos que Mayor Oreja se entrene para que en la próxima ocasión desenmascare a su rival y espléndido vendedor de mercancías averiadas.

A las órdenes de Rabat
Editorial La Razón  2 Junio 2004

Los servicios secretos españoles mantienen una estrecha vigilancia sobre los movimientos de la población de origen marroquí que reside en las ciudades españolas de Ceuta y Melilla. Un trabajo lógico y necesario que, sobre todo después de los atentados de Casablanca y del 11-M ¬sin olvidar que uno de los implicados del 11-S era ceutí¬, ha cobrado especial importancia. Las mezquitas son, en este sentido, un claro objetivo de los responsables de la seguridad del estado, que han detectado una clara e inadmisible injerencia del Gobierno de Mohamed VI sobre los imanes de los centros religiosos en ambas ciudades.

En un documento confidencial elaborado por los servicios de información, al que ha tenido acceso LA RAZÓN, se alerta al Gobierno español de la existencia de mandatos emitidos desde Rabat, que llegan a los imanes de Ceuta y Melilla. En concreto, después de los atentados de Casablanca, las autoridades religiosas marroquíes ordenan alejarse de discursos radicales y huir del integrismo. Este hecho, en sí mismo, no tendría demasiada importancia si permaneciera exclusivamente dentro del ámbito religioso, pues no hay que olvidar que el Rey de Marruecos es, además, el líder religioso por excelencia y el mensaje habla de moderación. Podría pensarse en un paralelismo con la autoridad y el magisterio ejercidos sobre la Iglesia en España desde el Vaticano, aunque el caso es bien distinto. De entrada, no existe concordato alguno y, además, desde el departamento de Asuntos Religiosos de Rabat se hace mucho más que orientar en materia de religión.

Las directrices de Rabat a sus imanes en Ceuta y Melilla se hacen voluntariamente de espaldas a las autoridades españolas. Y, además, el canal informativo sirve para otras muchas cosas de orden político y al servicio del reino de Marruecos, como demuestra que existan órdenes para que se predique entre los fieles musulmanes que el ex Sahara español forma parte integrante del país vecino, ignorando la existencia del proceso descolonizador y las resoluciones de la Organización de Naciones Unidas. Por si fuera poco, también se obliga a los imanes a fomentar la obediencia hacia el Rey de Marruecos y rezar por él y su familia.

La injerencia en los asuntos internos españoles es clara y manifiesta. Como lo es el desprecio absoluto por la soberanía española en Ceuta y Melilla. Difícilmente puede admitirse esta actitud en un país supuestamente aliado, que se jacta de haber recuperado con el Gobierno de Rodríguez Zapatero los lazos de hermandad y hace gala de una absoluta transparencia que luego no se refleja, ni mucho menos, en los hechos. Insistir, desde suelo español, en que el Sahara forma parte del reino alauita es una bofetada a la política exterior española, que, hasta el momento, ha querido respetar las decisiones del Consejo de Seguridad de la ONU. No es ésta la mejor fórmula de estrechar lazos entre Madrid y Rabat, con actos desleales en lugar de las prometidas transparencia y colaboración.

Hacer amable el gallego
ARTURO MANEIRO La Voz 2 Junio 2004

SERÍA muy conveniente que los nuevos aires de diálogo, negociación y consenso llegaran también a los sectores que militan en la recuperación y normalización del gallego. El aprecio al gallego hay que ganarlo, no se puede imponer ni con la coacción ni con la ley. Es bueno recordar esto, porque algunos profesores de instituto se sienten últimamente vigilados y coaccionados para que utilicen el gallego en sus clases. En algunos centros de enseñanza secundaria se han publicado listas negras de docentes que no utilizan el gallego. Unas listas que incluso llegan a estar encabezadas con el calificativo de «delincuentes». Algunos de ellos han sufrido manifestaciones de alumnos delante de sus aulas o salas comunes. Otros han recibido denuncias ante los inspectores. Los propios inspectores de Enseñanza Media, que hasta ahora vivían este problema con normalidad, han dicho que ante el nuevo clima de denuncias volverán a la intransigencia y a la apertura de expedientes.

Con ley o sin ley, no parece que lo más adecuado para hacer amable la utilización del gallego sea la coacción, la protesta pública, la denuncia.

Quizás aquí hay una interesante labor de la Mesa por la Normalización. Esta institución debe hacer más por normalizar la situación, pero en el sentido de hacer normal que el ciudadano medio hable gallego o castellano. En una sociedad basada en la tolerancia, la libertad, el diálogo y la transigencia, es muy necesario que este tipo de instituciones ayuden a evitar que algunos jóvenes encuentren justificación en el gallego para imponer el idioma, para llevar a cabo actitudes coactivas no exentas de violencia psicológica. La normalización debe evitar delaciones, impedir que se formen espías o chivatos entre los alumnos de secundaria para denunciar a sus profesores y conseguir obligarles a que den clase en gallego. Todo ello sonaría a ese fundamentalismo que provoca tanto rechazo social.

Se hace amable la utilización de un idioma cuando tiene prestigio social, cuando no está ligado a una tendencia política, cuando nadie se siente obligado o coaccionado a usarlo. El idioma debe salir de dentro, espontáneo.

Qué triste sería estar asistiendo a una clase impartida por un profesor que se siente obligado o coaccionado a hablar gallego, por miedo a sus alumnos, por miedo a las denuncias o por miedo a los inspectores. El idioma gallego no merece esto.

Idiomas, Parlamento y democracia
Manuel Martín Ferrand Estrella Digital  2 Junio 2004

No creo que sea necesario insistir, sin hacer de menos a quienes puedan leer estas líneas, en que la pluralidad cultural —incluyendo en ella la de los idiomas españoles— es una de las fuentes de riqueza de nuestro patrimonio colectivo. Por eso mismo sorprende la “amenaza” de Joan Tardá, portavoz adjunto de ERC en el Congreso de los Diputados, de que hoy, en el curso de la sesión de control al Gobierno, formulará su intervención en catalán, en lugar de hacerlo en castellano como suele ser costumbre.

Aunque la mayoría de los usuarios de nuestro idioma común le llamen español al idioma de Miguel de Cervantes, está claro que son, geográfica y constitucionalmente, españoles todos los idiomas con los que, más o menos, nos entendemos en España: el vascuence, el gallego, el catalán y el castellano. Este último es el común denominador de una cultura que se expande más allá de las fronteras nacionales y los tres primeros son cooficiales en sus distintos ámbitos de aplicación.

El castellano, o español, es un gran idioma de comunicación que comparte con el inglés —dejemos a un lado la pluralidad lingüística de China e India— la hegemonía de uso en el escenario mundial y, sin desdoro alguno para los restantes idiomas de España, parece razonable que en la Cámara en la que 350 ciudadanos/diputados representan al total de los 40 millones de vecinos de la nación se busquen los factores, también idiomáticos, que más puedan propiciar la convivencia y el entendimiento entre las diecisiete Autonomías, y dos ciudades autónomas, que integran el Estado.

Joan Tardá no es un representante de Cataluña, aún habiendo sido elegido en Cataluña y bajo la bandera de ERC. Es, según marca la Constitución, un representante del pueblo español y, en principio, no debiera renunciar a facilitar el entendimiento de sus ideas —en el supuesto de que las tenga— por parte de todos sus representados.

Otra cosa es que en el Senado, que aspira a ser Cámara de representación territorial, se alcancen las reformas convenientes para darle contenido a lo que todavía no lo tiene y, en respeto a todos los idiomas españoles, se generalice el uso —con la debida traducción simultánea— del que prefiera para su expresión, y allá cada cual con sus caprichos, cada uno de los senadores que, al menos en los plenos, quiera dar testimonio de su procedencia cultural.

Tengo la creciente sensación de que, más que reivindicar la vigencia y el uso de un idioma, lo que muchas veces pretenden algunos nacionalistas fervorosos es introducir palitroques entre los radios de la bicicleta.

La animación y urgencia con que debiera funcionar el Congreso, para que esto sea de veras una “monarquía parlamentaria”, no parece aconsejar el pluralismo lingüístico fuera de las sesiones de ceremonia y boato. Está muy bien lo de defender el principio del idioma materno, pero tampoco está mal contribuir con entusiasmo al más eficaz funcionamiento de las instituciones.

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