AGLI

Recortes de Prensa     Domingo 6 Junio 2004
ESOS GRANDES CEMENTERIOS BAJO LA LUNA
EMILIO LAMO DE ESPINOSA Catedrático ABC 6 Junio 2004

EL VÍNCULO ATLÁNTICO, SESENTA AÑOS DESPUÉS
Editorial ABC 6 Junio 2004

«Maraña de nacionalidades enfrentadas»
Ángel Cristóbal Montes  La Razón  6 Junio 2004

EL DERECHO A DECIR NO
José Antonio ZARZALEJOS ABC 6 Junio 2004

JUSTICIA DE TAIFAS
Editorial ABC 6 Junio 2004

BORRELL NO PIENSA DOS VECES
César ALONSO DE LOS RÍOS ABC 6 Junio 2004

La importancia de saber historia
José María Carrascal La Razón  6 Junio 2004

Galeuzca
ALFONSO DE LA VEGA La Voz 6 Junio 2004

LA SELECCIÓN DE LAS FEROE
M. MARTÍN FERRAND ABC 6 Junio 2004

LAS PATRIAS Y EL FÚTBOL
ÁLVARO DELGADO-GAL ABC 6 Junio 2004

¿Referéndum o plebiscito
FERNANDO MAURA EL Correo 6 Junio 2004

Sometidos en el engaño
Gabriel Carretié es escritor La Razón  6 Junio 2004

El PSOE y los nacionalistas
Cartas al Director Libertad Digital  6 Junio 2004

PSC no es PSOE
Cartas al Director ABC 6 Junio 2004

«La autodeterminación conduciría al País Vasco a la balcanización»
ÓSCAR B. DE OTÁLORA VITORIA El Correo 6 Junio 2004

 

ESOS GRANDES CEMENTERIOS BAJO LA LUNA
Por EMILIO LAMO DE ESPINOSA Catedrático de Sociología Director del Real Instituto Elcano ABC 6 Junio 2004

ERAN las 6.30 de la madrugada del 6 de junio de 1944 cuando las playas de Normandía se llenaron de estruendo. Había amanecido el Día-D, la operación Overlord, que confundió a los alemanes que esperaban el desembarco aliado más al norte, en el paso de Calais. Más de 20.000 hombres, dos divisiones aerotransportadas americanas y una británica, fueron lanzados con paracaídas y, tras ellos, hasta 156.000 soldados (incluidos numerosos canadienses y franceses) y 20.000 vehículos blindados fueron arrojados en lanchas de desembarco sobre las hoy famosas playas de Omaha, Utah, Gold, Juno o Sword. Sólo en Omaha y en las cuatro primeras horas del combate murieron 3.000 hombres en un infierno que hoy podemos atisbar gracias al cine. Oleada tras oleada de soldados fueron desembarcando mientras penetraban hacia Cherburgo, Cayeux, el aeropuerto de Carpiquet y Caen, donde los alemanes se hicieron fuertes. Pero el 30 de julio los aliados conquistaban el puerto de Cherburgo, el 15 de agosto un nuevo desembarco en la Provenza permitió tomar Marsella y el 17 de agosto París se declaraba en huelga y la resistencia se subleva. Siete días más tarde las vanguardias de Leclerc, con quien combatían numerosos republicanos españoles, entran en París y el general De Gaulle toma posesión del Ayuntamiento en medio de multitudes que le aclamaban por los Campos Elíseos. Era el comienzo del fin.

Años más tarde se construirían los grandes cementerios. El cementerio alemán de La Cambe en el que bajo 21.500 teutónicas cruces negras reposan los restos de otros tantos jovencísimos soldados alemanes, la mayoría menores de 21 años, conducidos al matadero por unos líderes irresponsables. Y el de Colleville, al lado de Omaha Beach, en el que más de 9.000 blancas cruces y estrellas de David abrigan la memoria de los americanos que allí dieron su vida. Los veteranos y sus descendientes acudirán estos días a depositar flores en sus tumbas recordando que dieron su vida para liberar Europa. Yo me uno a ese homenaje.

El desembarco de Normandía, del que hoy conmemoramos los 60 años, pertenece a esa escasa lista de batallas verdaderamente cruciales en la historia de la humanidad. Alejandro frenando a los persas en Isso, Roma acabando con el poder de Cartago en Zama, europeos o chinos poniendo límites a la expansión del Islam en Poitiers y Tallas, la cristiandad frenando el avance turco en Lepanto, o los anglo-prusianos agotando la expansión revolucionaria francesa en Waterloo. Y ciertamente en las playas de Normandía se jugó la suerte del mundo y la libertad en Europa.

Pues si el objetivo hubiera sido acabar con la amenaza nazi, el desembarco no era necesario. Casi 4/5 partes del ejército alemán estaba siendo destruido por los rusos en el frente del este y estos se bastaban para poner fin a la guerra, como demostrarían tomando Berlín meses más tarde. Lo que estaba en juego en Normandía no era la derrota nazi sino la libertad de Europa occidental frente a la amenaza soviética. Si los americanos no hubieran desembarcado en Normandía Europa no hubiera sido nazi, hubiera sido soviética y por ello François Mitterrand dirá que «el 6 de junio marcó la hora en que la historia se inclinó hacia el campo de la libertad». Normandía fue así, en muchos sentidos, la última gran batalla de la Segunda Guerra Mundial en Europa, pero también la primera de la Guerra Fría, y menos de seis meses más tarde, en Yalta (febrero de 1945), se confirmaría lo acertado del pronóstico. La Unión Soviética, vencedora de Alemania, dividía ese país y se hacía con el control de Europa central y del Este. Por algo Churchill prefería un desembarco en Grecia; para cortar el paso soviético hacia Europa central.

Pero se trataba de la segunda vez que los Estados Unidos regresaban al viejo mundo para acabar con los demonios que nosotros mismos habíamos desatado. Tras la primera «guerra civil europea», la Gran Guerra contra los viejos imperios (Ruso, Prusiano, Austríaco, Turco), la segunda «guerra civil de Europa» fue también ganada por los Estados Unidos contra un fascismo que se había amamantado en nuestro suelo y había triunfado, legal o ilegalmente, en Italia, en Alemania, en Austria, en Polonia, en Hungría, en Portugal, en España, incluso en buena parte de Francia. Y todavía fue necesario que los Estados Unidos libraran una tercera guerra más, la non nata guerra fría contra la Unión Soviética, y la ganara el denostado Reagan en 1989, para que hoy podamos disfrutar con orgullo de una sola Europa democrática que el pasado 1 de mayo celebró su re-unificación.

No es frecuente que vencedores y vencidos conmemoren conjuntamente las batallas pero en esta ocasión Bush y Chirac, pero también Schröder, coincidirán allí rememorando aquellas dramáticas jornadas. Será una oportunidad para la reconciliación pero también para recordar y valorar muchas cosas. Para comenzar, que de aquel horror nace el proyecto de los padres fundadores de una Europa en la que ya no sería posible la guerra, un proyecto que se ha extendido como una mancha de aceite y es hoy un éxito indiscutible. Para continuar, que fue una invasión y una ocupación militar lo que liberó Europa de la amenaza de la Unión Soviética, pero también de sus demonios internos. Cuando hoy nos impacientamos en Irak quizá sea bueno recordar que la ocupación de Alemania duró cuatro años, la de Japón siete y en Bosnia y Kosovo dura ya nueve y cinco años, respectivamente. En tercer lugar, que de aquella victoriosa alianza transatlántica que enlazaba a las democracias del mundo ha dependido la libertad hasta la caída del muro de Berlín e incluso después. De hecho, la Unión Europea hubiera sido inconcebible sin el paraguas de seguridad americano y, aún hoy, Europa es incapaz de garantizar su propia seguridad y es dudoso que tenga la voluntad de hacerlo. En cuarto lugar, que si durante la guerra fría tuvimos un solo occidente pero una Europa dividida, hoy tenemos una sola Europa pero dos occidentes enfrentados por Irak y la «guerra» contra el terrorismo, occidentes que se desgarraron primero en las Naciones Unidas, después en la OTAN, finalmente en la misma UE, debilitando el proyecto de un mundo libre y reforzando el fanatismo de nuestros enemigos. Si en 1963 Kennedy podía decir en Berlín Ich bin ein Berliner es dudoso que hoy Schröder pueda decir Yo también soy americano. Finalmente, que si la salud democrática de los Estados Unidos pasa por horas bajas y merece nuestra crítica, también merece nuestro apoyo pues se trata de la más antigua democracia del mundo que jamás ha sucumbido a tentación, no ya fascista, sino cesarista o populista alguna.

De modo que cuando Europa cae en la tentación de la arrogancia moral no está de más que echemos la vista atrás para recordar quién produjo el horror, cuáles fueron las consecuencias del «equilibrio de poderes» europeo, quien inventó los campos de concentración, el Holocausto o el Gulag, o quién la liberó de ella misma. Los Estados Unidos pretenden ahora llevar a Naciones Unidas una nueva resolución que internacionalice la ocupación de Irak y sea la base de una reconciliación atlántica. Bienvenido sea este nuevo multilateralismo, al que España debe contribuir, y ojalá las playas de Normandía sean, otra vez más, escenario del pacto de las democracias del mundo libre para hacer frente al «nuevo totalitarismo» de la yihad (y la expresión es de Joschka Fischer, no mía).

EL VÍNCULO ATLÁNTICO, SESENTA AÑOS DESPUÉS
Editorial ABC 6 Junio 2004

HACE sesenta años, las tropas aliadas, con una determinante presencia norteamericana, desembarcaban en Normandía dando paso al comienzo del fin de la Europa ocupada por las tropas de Adolf Hitler. Las incertidumbres del momento eran muy grandes y el propio Eisenhower, al mando de la operación, dejó una nota escrita asumiendo toda la responsabilidad por si la operación acababa en un estrepitoso fracaso. No lo fue, y la prensa de entonces ya daba cuenta de algo muy importante, no sólo del compromiso de América con los europeos, sino también del nacimiento de un concepto que ha definido las relaciones entre ambas orillas del Atlántico desde entonces hasta nuestros días, el de «comunidad atlántica». The West, como sentencia el inglés parco pero preciso. Efectivamente, en la lucha contra el nazismo se mezclaban unos intereses, una moral y una visión alternativa de cómo concebir el orden político y la convivencia internacional. Muchos miles de soldados perdieron la vida aquellos días no sólo por abrir una cabeza de playa, sino por la libertad y la democracia, sus máximos ideales.

La celebración del LX aniversario de aquella proeza militar, construida sobre el sacrificio personal de decenas de miles de individuos, todos con nombre, familia y sueños, está siendo cuestionada por muchos que no recuerdan o no quieren recordar el porqué y el para qué de ese esfuerzo, ni el papel que jugaron los americanos en la resolución de la guerra. Parecería que, quince años después de la caída del muro de Berlín y el final de la división de Europa impuesta por el Ejército soviético, la idea de «Occidente» se encuentra difuminada y en su momento más bajo en tanto que comunidad de valores, decisiones y acciones compartidas responsablemente. La misma idea de fuerza o guerra de hecho distancia más que une a Norteamérica de Europa. En 1944 nadie tenía consigo todas las respuestas respecto al desembarco, como el propio gesto dimisionario de Eisenhower demuestra, pero desde luego, muchas de las preguntas que suelen plantearse hoy ante cualquier conflicto entonces no se hacían. Nadie intentaba adelantar cuánto duraría la guerra, cuánto costaría el esfuerzo bélico, o cuántos jóvenes perderían su vida en el empeño.

Es más que probable que en torno a un 5 por ciento de las bajas en aquel 6 de junio de 1944 se debieran a fuego amigo y es obvio que las fuerzas aliadas pagaron un precio muy elevado por pisar el suelo del Continente. Es más, el éxito del desembarco no se pudo comprobar hasta semanas más tarde y así y todo los aliados sufrieron una contraofensiva brutal en las Ardenas. Pero nadie se llamó entonces a engaño, ni surgieron voces de agoreros, ni insultos a los mandos militares y políticos. Sesenta años más tarde, inexorablemente todas las guerras se están perdiendo hasta que, de la noche a la mañana, se han ganado. Sucedió en Kosovo, se repitió en Afganistán y en sólo tres días de la invasión de Irak, ya a las puertas de Bagdad, se hablaba de atolladero y empantanamiento. A los actores de aquellos días, los libertadores de Europa, se les ha llamado la generación responsable. Y en realidad lo fueron. Sabían que la guerra era el infierno pero que, en determinadas circunstancias, vale la pena lucharla. Ésa es la gran diferencia entre 1944 y 2004. Y entre la Norteamérica de hoy y buena parte de Europa. Recuperar la fe en ese vínculo compete a las dos orillas, pues no en vano llevamos seis décadas comprobando las virtudes de ese extraordinario puente.

«Maraña de nacionalidades enfrentadas»
Ángel Cristóbal Montes es Catedrático de Derecho Civil de la Universidad de Zaragoza La Razón  6 Junio 2004

Estados Unidos aunque con una base fundadora británica, es un país de aluvión, nunca mejor dicho, una nación de naciones. Minorías raciales, étnicas, culturales y lingüísticas venidas de todas las partes del mundo acabaron fundiéndose en una unidad («et pluribus unum»), la actual nación americana, por más que el proceso no fuera rápido ni sencillo. Una cruenta guerra civil (la mayor guerra entre 1815 y 1914, al decir de Huntington), intentos de independencia territorial (Texas) y serias fricciones entre grupos nacionales evidenciaron las tensiones de la forja nacional, hasta el punto que el presidente Theodore Roosevelt llegó a advertir: «El único modo absolutamente seguro de llevar esta nación a la ruina, de impedirle toda posibilidad de continuar como nación, sería permitir que se convirtiera en una maraña de nacionalidades enfrentadas».

En España estamos comenzando a saber qué significa eso. Uno de los primeros Estados unificados territorialmente de Europa, pero con peculiaridades históricas significativas (Reconquista, diversidad de reinos, idiomas distintos y culturas propias), España importó de Francia el centralismo y la concepción del Estado-nación, logrando tejer un cesto de relativa firmeza com mimbres distintos y en ocasiones antagónicos. El experimento funcionó moderadamente bien durante casi tres siglos, pero el calor de la instauración de la democracia y de la descentralización político-administrativa que le acompaña la tensión se ha instalado en tan delicado sector.

Con la Constitución de 1978 se intentó-consiguió una solución de momento. El arranque preferente y el trato diferenciado a Cataluña, País Vasco y Galicia (los tres territorios con lengua propia) acallaron temporalmente reivindicaciones mayores, pero, transcurridos 25 años, la situación se ha tensionado peligrosamente, y lo peor es que no se advierte una vía razonable y aceptada de salida. Las tres Comunidades diferenciadas ya han tocado techo y aspiran a otras cosas; las restantes han ido acortando distancias, algunas han conseguido su catalogación como «nacionalidades» y todas quieren la homologación, porque con la Constitución en la mano en España no existe más que un modelo autonómico de llegada. Euskadi y Cataluña, pero probablemente también mañana Galicia y Canarias, han emprendido un camino al que no se le ve final sensato. ¿Estado plurinacional y federalismo asimétrico? Con la actual Constitución no son factibles, porque no hay más nación que la española (art. 2ª) y España no es un Estado federal sino unitario descentralizado o autonómico (arts. 137 y 149,3), aparte de ser bien conocida la suerte histórica de los Estados plurinacionales (Austria-Hungría, Turquía, URSS, Yugoslavia, etc.), y de que la idea del federalismo asimétrico encierra una «contradicitio in terminis», ya que «no es posible consolidar el modelo federal si no se parte de la igualdad entre todas y cada una de las partes federadas» (Caminal), con el inconveniente añadido de que en España existen poderosos y gobernantes partidos nacionalistas periféricos, y, como dice González Casanova, «el nacionalismo tiene una lógica que conduce al separatismo o a la independencia, pero no a la federación».

¿Solución razonable y consensuada? Aunque la esencia de la democracia sea el compromiso (Ross) y aunque la misma exija el acuerdo en lo fundamental (Friedrich), las tensiones nacionalistas que entre nosotros son muy fuertes hacen muy difícil el avance y el acuerdo, porque en el fondo no luchan por la reforma del Estado español sino por la aparición de otros Estados soberanos. Mientras los dos grandes partidos nacionales (PP y PSOE) no cedan, aunque en uno de ellos se observan preocupantes grietas, y mientras el Tribunal Constitucional mantenga su doctrina de organización territorial, aunque su estructura y escaso prestigio-autoridad animen poco, podrá mantenerse el edificio y trabajar-negociar por la solución. Pero el tiempo se acorta, la presión va en aumento y los factores de fragmentación crecen y se multiplican. Si no estamos en camino de esa «maraña de nacionalidades enfrentadas» de que hablaba T. Roosevelt, se le parece peligrosamente. ¿Ojalá no tengamos que aplicarnos el sabio dicho ruso, «una gavilla sin atar no es más que paja».

EL DERECHO A DECIR NO
Por José Antonio ZARZALEJOS ABC 6 Junio 2004

Escribió Bertolt Brecht que «las convicciones son esperanzas» y el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero cree que su política de granjear expectativas resulta, además de inocua, rentable para sus propósitos. Probablemente, se confunde. O, al menos, los hechos demuestran que lo hace. La aparente facilidad con la que el Ejecutivo asiente a todo lo que se le plantea puede ser, más que una muestra de buen «talante», un síntoma de irresponsabilidad. Al margen ya de la contención que merecía la autocomplacencia instada por el propio presidente, y de la que ha sido víctima el ministro de Defensa, que ha terminado como el rosario de la aurora -más grave por el síntoma que por la materialidad de la decisión-, la táctica de afirmar sin hacerlo abiertamente, como una especie de recurso de jugador pícaro, no le dará al Gobierno socialista más que quebraderos de cabeza.

No es impune declinar la sede para la firma de la Constitución europea; tampoco lo es una confusa proposición no de ley para contentar a los nacionalistas a cuenta de su presencia internacional deportiva; mucho menos ofrecer concesiones sin retribución en el escenario internacional, sea cual sea el interlocutor, grande o pequeño, y, desde luego, de poco vale amagar con un imposible propósito de hacer políglota el conjunto de España cuando la realidad lingüística es la que es. La lista es meramente enunciativa; hacerla exhaustiva, aburre.

Lo importante es saber qué se pretende con esa actitud concesiva. O en otras palabras: si esta es una política de piqueta, destructiva, revisionista, o meramente instrumental para superar una etapa inicial, a la espera de un asentamiento definitivo del panorama político y social en España y en el ámbito internacional. En cualquiera de los casos resulta preocupante. Si lo que se quiere es minar determinados estatus quo y hacerlo de forma más o menos taimada o sibilina, estamos ante una impostura, ante una simulación gravísima. Si a lo que se aspira es a salir del paso y mantener la cohesión precaria de la actual mayoría parlamentaria, con el ánimo, luego, de dejarla en la estacada, el propósito es igualmente peligroso porque la lección de Brecht cobraría todo su sentido: alimentar las esperanzas es acendrar las convicciones.

En un país como el nuestro en el que los nacionalismos han emprendido un camino de vuelta sobre el pacto constitucional de 1978, recorriéndolo paso a paso, mediante pequeñas conquistas, relativizando el alcance de cada concesión anterior, estas trampas funcionan mal, encrespan los ánimos y se vuelven contra los «listos» que confunden la política con la estrategia de un entrenador de segunda división en apuros. Así no se manejan asuntos tan serios como los que están encima de la mesa.

El Gobierno, por democrático, legítimo y responsable, tiene derecho a decir no. Es más: la dificultad de gobernar reside en la necesidad de una constante opción, en la provocación infalible -por que jamás falla- de originar conflictos de intereses y generar filias y fobias. El derecho a negar es todavía más democrático que el de afirmar. Más aún cuando el horizonte que nos ofrece el Gobierno de Rodríguez Zapatero es la apertura de un proceso de rediseño básico para alcanzar una inconcreta «España plural» que exige, según los intérpretes más autorizados de ese concepto tan indeterminado, meter el bisturí en la Constitución. En las actuales condiciones de condescendencia gubernamental, sólo pensar en el tránsito hacia un debate con tintes constituyentes provoca una inquietante sensación de inseguridad colectiva.

JUSTICIA DE TAIFAS
Editorial ABC 6 Junio 2004

GRACIAS al apoyo del PSOE, el Congreso ha admitido la tramitación de una reforma de la Ley Orgánica del Poder Judicial que traslada al Parlamento una parte del programa del tripartito catalán sobre la Justicia. Como en otras ocasiones, los socialistas han dicho cosas distintas de las que han acabado haciendo. Si las reflexiones del ministro de Justicia, Juan Fernando López Aguilar, hubieran sido consideradas previamente, el PSOE habría tenido que votar en contra. Sin embargo, votó a favor de unas reformas que el ministro ya ha anunciado que no se producirán, al menos en parte. Por eso hay que atender a los hechos y no a las palabras para juzgar las intenciones y lo cierto es que el PSOE ha anunciado una reforma propuesta por el Parlamento catalán que incluye la exigencia del conocimiento de la lengua cooficial para ser destinado a una Comunidad bilingüe, la reclusión del castellano a la condición de lengua secundaria de la actividad judicial, la atribución del horario de los Juzgados a las Autonomías y la supresión del carácter nacional de los cuerpos de funcionarios no jurisdiccionales.

Diga lo que diga el ministro, lo que está escrito es el apoyo de su partido a la proposición de la Cámara catalana, que el portavoz socialista calificó en el Congreso como «sensata» y «modesta», y que coincidía «de una forma absoluta con la voluntad de mi partido». Hasta que el tiempo diga qué autoridad tiene el criterio de López Aguilar, por ahora el PSOE está cediendo ante la estrategia nacionalista de polemizar sobre el único poder unitario del Estado, imprescindible para dar contenido real al principio de igualdad entre los españoles.

Lo obvio se hace así cuestión de polémica, porque es obvio que un poder del Estado, sometido al principio constitucional de unidad de funcionamiento y encargado de velar por la aplicación igualitaria de la ley a todos los españoles, se exprese en el idioma oficial del Estado, que es el castellano. El uso de las lenguas cooficiales ya está regulado satisfactoriamente en la Ley del Poder Judicial como un derecho del ciudadano en el ámbito de su Comunidad, pero no como una condición imperativa para jueces, fiscales y funcionarios. Tampoco para quienes sean castellanohablantes o no siendo residentes en esa Comunidad se vean obligados a pleitear. No se busca más eficacia en la Justicia, sino una limpieza lingüística, por duro que suene, que haga desistir de optar a plazas en el País Vasco o Cataluña a quienes no conocen la lengua cooficial, a pesar de pertenecer a cuerpos nacionales. Todo está previsto en el Plan Ibarretxe y en los programas del tripartito. Por eso, todo esto no es más que el principio de la persistente aspiración nacionalista de tomar el Poder Judicial y despojar al Estado de Derecho de su columna vertebral.

BORRELL NO PIENSA DOS VECES
Por César ALONSO DE LOS RÍOS ABC 6 Junio 2004

EN el debate de Telecinco José Borrell cometió un error muy revelador. Dijo que el Partido Popular había sido el responsable de la división de Europa en política internacional. Al margen de la fuerza que el candidato socialista atribuye al PP y al margen de cualquier otro tipo de valoraciones sobre la guerra de Irak o el atlantismo, los hechos son los hechos. Quienes tomaron una posición provocadora para el resto de miembros de la UE fueron franceses y alemanes. Precisamente a causa de aquella actitud los norteamericanos quisieron distinguir entre la «vieja» y la «nueva» Europa. Más aún, Jacques Chirac llegó a amenazar a los países que estaban esperando la entrada en la Unión. La prensa francesa, incluida la que podía apoyar las mismas tesis, le crítico muy duramente. Su prepotencia quedó en ridículo. ¿Habría que impedir la ampliación de la Unión porque la mayoría de los nuevos miembros quisieran encontrar en el liderazgo norteamericano la salvación «histórica» frente a alemanes y rusos?

Fue después de esa eclosión de insufrible hegemonía franco-alemana cuando José María Aznar comenzó a moverse diplomáticamente. En Moncloa se redactó un texto que se presentó a la aprobación de Tony Blair y que, en conjunción, los dos gobiernos presentaron a otros países. Recordará el lector que el texto, inspirador de un nuevo atlantismo, fue firmado por ocho jefes de Gobierno y Estado. Por tanto, la «carta» no venía a dividir, sino a responder a las pretensiones de dos países. Y ¿qué decir cuando a los pocos días otra carta, en la misma línea, era firmada por diecinueve países, algunos de los cuales iban a necesitar la anuencia de Chirac para ser admitidos en la Unión?

PERO más que señalar la grosería histórica de Borrell al olvidarse de todos esos hechos, interesa detectar las intenciones que con ello revela. Está muy claro: el candidato socialista necesita liquidar el papel de España en Europa y en el mundo, en los últimos años. Se ha dicho que habría que ascender historia arriba varios siglos para encontrar otra ocasión semejante. Con Tony Blair, José María Aznar comenzó a definir, por vez primera, una política de la periferia europea como contrapeso al Eje: además de Gran Bretaña y España, se habían sumado a esa nueva línea y al nuevo atlantismo Portugal, Italia, Polonia, República Checa y algunos países nórdicos.

ESPAÑA no sólo no dividió a Europa, sino que contribuyó a una nueva definición de la política exterior europea. Por supuesto, en toda esa batalla creció la autoestima de los españoles. Tanto como iba a bajar con la llegada al poder de Zapatero. Toda esa política ha quedado barrida ciertamente con la masacre del 11 de Marzo. Ésta invirtió, por lo mismo, el proceso europeo. Fue una jugada tan macabra como eficaz. No sólo hizo posible que el PP fuera desplazado del poder, sino que, al conseguir ese objetivo, cambió la relación de fuerzas en Europa. Algo que sin duda puede contentar a los islamistas pero, sobre todo, a los propios beneficiarios. Si tuviera en cuenta estos datos, José Borrell tendría que pensarse dos veces algunas de sus incursiones en la política de la Unión. Desde luego, y para comenzar, debería corregir el dato básico y revelador de que fue el PP el que llevó la división a Europa. Ni siquiera Chirac le agradecería un error tan abultado.

La importancia de saber historia
José María Carrascal La Razón  6 Junio 2004

D urante el debate polifónico del jueves ¬bastante mejor que el soporífero monólogo a dos anterior¬, Bernat Joan se descolgó con algo sutil y afilado como una daga. Acababa Rojas Marcos de soltar un topicazo sobre Gibraltar cuando el representante de ERC le dijo: «Celebraría que se devolviera Gibraltar porque eso derogaría el Tratado de Utrecht y nos vendría muy bien a catalanes y aragoneses.» El líder andalucista se quedó de piedra, saliéndose por los cerros de Úbeda. Si Rojas Marcos conociese el Tratado de Utrecht, habría dicho a su colega catalán que la realidad es justo lo contrario. La devolución de Gibraltar a España no significa la derogación del Tratado de Utrecht, sino su estricto cumplimiento. Tengo el tratado ante mi y les paso el párrafo correspondiente: «Si en algún tiempo a la Corona de la Gran Bretaña le pareciese conveniente dar, vender o enajenar de cualquier modo la propiedad de la dicha Ciudad de Gibraltar, se ha convenido y concordado por este Tratado que se dará a la Corona de España la primera opción antes que a otros para redimirla». O sea que la devolución de Gibraltar a España no significaría la derogación del Tratado de Utrecht, sino al contrario, cumplirlo hasta su último extremo.

Otra cosa es que al Sr. Joan y a todos los nacionalistas periféricos dicho tratado les siente como una patada en salva sea las partes y traten por todos los medios de, si no anularlo, un poco tarde para ello, al menos revertir sus consecuencias. Aquel tratado (1713-1714) reconoció a Felipe V como Rey de España y significó el inicio no sólo de la nueva dinastía, la Borbónica, sino tambin de una nueva concepción de nuestro país. Los Austrias tenían un concepto supranacional de sus posesiones y más que reyes de España, se veían como señores de un piélago de reinos y territorios, cada cual con su estilo, leyes y características propias. Los Borbones, en cambio, tenían muy claro el concepto de nación ¬lo habían mamado en su nativa Francia¬ y su sentido de unidad. De ahí que una de las primeras cosas que hizo Felipe V, antes incluso de que acabase la Guerra de Sucesión, fuese empezar a unificar los distintos «reynos» bajo su corona, empezando por Valencia y Aragón (1707-1711) y acabando por Cataluña (1716). Fueron los famosos Decretos de Nueva Planta, que acabaron con las jurisdicciones particulares de esos territorios y normatizaron la maraña administrativa en todo el país. El Consell de Cent, entre otras instituciones, acabó ahí. Nada de extraño que los nacionalistas catalanes tengan una inquina especial al Tratado de Utrecht, que desearían ver derogado, afán iluso, pues la historia no es un vídeo que puede rebobinarse. A falta de ello, la distorsionan en cada ocasión que se les presenta. Como en el citado debate. ¿Qué gran ocasión desaprovechó Rojas Marcos para poner las cosas en su punto y demostrar que sabe historia!

Galeuzca
ALFONSO DE LA VEGA La Voz 6 Junio 2004

LOS SUEÑOS de la razón producen monstruos. Los de un insigne pintor aragonés e ilustrado, las pinturas negras de su quinta del Manzanares conservadas en el Prado: el perrito semiahogado que lucha desesperadamente contra la adversidad, las dos Españas destrozándose mutuamente para regocijo y provecho de sus vecinos y enemigos o el impresionante aquelarre bajo la presidencia del Gran Cabrón.

Los de un médico gallego ilustrador de las miserias de su pueblo, una mixtura: Galeuzca, que recuerda la España negra del aquelarre antiliberal y anti derechos humanos. Palabra producto del fanatismo y ejemplo de cómo la ideología exacerbada puede encubrir los mayores despropósitos. Pues, en efecto, ¿qué pinta el BNG, que presume de ser de izquierdas, junto con los representantes del más rancio integrismo clerical, racista, xenófobo, detentador de privilegios económicos y políticos medievales contrarios a la más elemental igualdad y solidaridad? El propio neologismo Euzkadi inventado por el lamentable Arana, al que se asocia su coalición, no significa un lugar o territorio, sino una cualidad étnica y cultural: la descendencia de la pura raza de Euzko, mejor si además habla eusquera. Es decir, los poco avisados electores gallegos que votaran ese monstruo, estarían apoyando su propia discriminación. ¿Qué Europa puede construirse con estas patrañas? ¿La que intentó Hitler con el mito de la superioridad de la raza aria (o vasca)?

Para colmo, la otra pata de este tinglado es CiU, es decir, demócratas cristianos catalanes, ¿ mejores acaso que los gallegos?, y eximios representantes del histórico capitalismo ventajista catalán a cuyas actuaciones tanto le debe la España más relegada y pobre, incluida la Galicia de nuestro médico. Si el BNG actuara con sinceridad debería explicar a sus despistados votantes quién cree que va a presidir ese aquelarre.

LA SELECCIÓN DE LAS FEROE
Por M. MARTÍN FERRAND ABC 6 Junio 2004

LA política, como los ferrocarriles, puede ser de cercanías o de larga distancia. La primera tiende a dar vueltas sobre un eje que termina por tener el valor de los ombligos y la segunda, más ambiciosa, circula con la firme voluntad de romper el horizonte. Josep Bargalló, consejero jefe de la Generalitat y cacumen de ERC, es el maquinista del tripartito que gobierna en Cataluña y que ambiciona cocer a los catalanes en su propio jugo para darle algún contenido real a su ambición independentista. Circula por la izquierda, como los viejos ferroviarios, y viaja constantemente de ningún sitio a ninguna parte, que es el sino de los maquinistas de circuito cerrado.

Ante la absurda polémica desatada, a medias entre la contumacia nacionalista y el afán de componenda de Rodríguez Zapatero, sobre las selecciones deportivas autonómicas, Bargalló ha encontrado la piedra filosofal y está en condiciones de desfacer el entuerto provocado, siempre en aras del talante, por la falta de rumbo nacional que tiene confundido al mismísimo PSOE. Propone el conseller en cap que lo prudente y equitativo sería imitar la relación entre el Reino de Dinamarca y las Islas Feroe para que las selecciones catalanas puedan participar en las competiciones deportivas oficiales internacionales: la selección danesa de fútbol no luce el escudo de Dinamarca, sino el de la federación correspondiente.

Como español me duele la machacona insistencia separatista, en todo y por todo, de los grupos nacionalistas; pero, como demócrata, soy capaz de entenderla. Lo que no soporto, como persona, es el pertinaz intento diferencial que, en desprecio de la Historia y la realidad, trata de tomarnos el pelo sin tregua ni descanso. El archipiélago de las Feroe, una veintena de islas volcánicas en el Atlántico Norte que constituyen territorio danés, suma un total de población que no alcanza los treinta mil habitantes. ¿Cabe hablar de una selección de fútbol de las Feroe? Si es así, reivindiquemos también la de Sabadell, que es un lugar más grande, más rico, tiene banco propio y tradición larga.

Si el tripartito que, hoy por hoy, controla la Generalitat no tuviera secuestrada la voluntad de Pasqual Maragall, y si éste, en un acto reflejo de supervivencia, no sostuviera en incómodo equilibrio a José Luis Rodríguez Zapatero, propuestas como las de las Feroe resultarían apasionantes y nos mantendrían en la emoción vivificante de la carcajada; pero, siendo las cosas como son, Carod-Rovira o su sombra Bargalló se convierten en elementos de provocación continuada. Puestos a ejemplos daneses, prefiero los cuentos de Hans Christian Andersen que, además de ser de allí, murió en Copenhague. Antes nos dejó piezas tan hermosas e internacionales como Pulgarcito, El patito feo y El soldadito de plomo, hermosas anticipaciones poéticas y al alcance de cualquier fortuna intelectual de, por ese orden, Bargalló, Carod y el nacionalismo propiamente dicho. Además, en las Feroe, el viento no deja crecer los árboles.

LAS PATRIAS Y EL FÚTBOL
Por ÁLVARO DELGADO-GAL ABC 6 Junio 2004

No sabemos muy bien qué ocurrió el martes en el Congreso, a propósito o con motivo de las selecciones deportivas autonómicas. Al parecer, socialistas y nacionalistas varios votaron una moción para que «los poderes públicos promuevan la presencia de los combinados autonómicos que lo soliciten en torneos internacionales». El deporte es la lírica del ciudadano democrático, y todos los oídos se afinan tan pronto atraviesa el aire un verso mal rimado. Lo de los combinados autonómicos sonaba a que no habría ya selección española de fútbol, y Zapatero ha tenido que salir al quite y ofrecer explicaciones con la esperanza de restablecer la rima. Entre una cosa y otra, circulan por ahí tres interpretaciones sobre lo sucedido.

1) Una moción no obliga a nada. Ítem más, lo acordado no suprime en absoluto a las selecciones nacionales. A todo tirar, los combinados autonómicos podrán participar en torneos amistosos.

2) Se ha dado un paso positivo hacia la creación de las futuras selecciones nacionales de Cataluña y Euskadi.

3) Lo del martes fue una burla hacia las legítimas aspiraciones de Cataluña, y su deseo de contar con representación propia en las competiciones internacionales.

Antes de seguir adelante, conviene aclarar que la primera lectura o exégesis corresponde al PSOE. La segunda, a ERC y el PSC, y la tercera a CiU. El PP se opuso a la moción, y estima que el Gobierno se ha dejado avasallar por los nacionalistas. Vayamos ahora por partes: ¿son estas interpretaciones mutuamente compatibles? No, desde un punto de vista puramente técnico. Pongamos, como afirma el Gobierno, que no se ha vulnerado en absoluto la Constitución, y que la moción permite una expansión deportiva inofensiva y casi pueril a las autonomías que quieran arrogarse, fuera de los circuitos oficiales, la condición interina de naciones. Podrá decirse, como dice Esquerra, que éste es un primer paso hacia algo más sustantivo. Y podrá decirse, como dice CiU, que esto es una broma. La clave reside, por tanto, en el diagnóstico político, o si se prefiere, en el futurible político. Según Esquerra, se está preparando el camino a auténticas selecciones nacionales. Según CiU, que no comparte intereses con el Gobierno en Cataluña, los socialistas están mareando la perdiz. Bien, ¿a qué palo quedarnos?

Probablemente, a los dos. En mi opinión, el Gobierno no desea en absoluto que deje de existir, qué sé yo, la selección española de fútbol. Y a la vez, se está orientando en esa dirección. Seré... más preciso. Hagamos la hipótesis de que la legislatura presente termina siendo corta. Entonces, la moción se quedaría en eso, en una recomendación simpática, y el gobierno emergente de las próximas elecciones adoptaría los acuerdos a que diera lugar la composición de la nueva mayoría. Supongamos, por contra, que la legislatura se alarga, o que la siguiente vuelve a depender de apoyos nacionalistas. En ese caso, se redactaría una nueva Ley del Deporte o lo que fuere y tendríamos tantas selecciones nacionales como autonomías inclinadas a competir por su cuenta por esos mundos de Dios.

El asunto es interesante, por cuanto nos brinda la ocasión de ver materializados en términos deportivos principios o tendencias típicos de la teología política. Demos por bueno, en efecto, que se funda una selección catalana de fútbol. ¿Competiría con una selección española? La idea es impensable para Zapatero. Lo último, sin embargo, no es demasiado impresionante. El que Zapatero se resista a pensar algo, no significa que ese algo no pueda existir. Significa sólo que Zapatero no lo quiere pensar. Maragall, hace unos meses, excluyó igualmente que Cataluña pudiera competir con España. Fue, sin embargo, más concreto que Zapatero. Según Maragall, lo otro que no fuera Cataluña habría de bajar al césped acogiéndose a una denominación distinta a la de «España». No abundó en detalles. «España residual» parece un título agraviante. Pero es el contenido que inevitablemente habría de corresponder a esa selección seudoespañola, o, sencillamente, no catalana.

¿Más? Sí. Los escrúpulos de Zapatero y Maragall son innecesarios. Lo son porque, de rodar las cosas como quizá rueden, no habría una selección española residual. Habría una multiplicidad de selecciones, empatadas entre sí en su dimensión simbólica, aunque no, claro está, en su empaque material. Desconocemos si habría también otras tantas ligas de fútbol. Lo que parece claro, es que la lírica dominical del Madrid/Barcelona, o del Valencia/Deportivo de la Coruña, entraría francamente en entredicho. Se me acaba de ocurrir, por cierto, una idea. En Gran Bretaña, las cuatro selecciones de rugby -Inglaterra, Irlanda, Gales y Escocia- conspiran de tarde en tarde para formar una supraselección: «all Lions», o algo por el estilo. Podría hacerse lo mismo aquí. ¿Se llamaría esa selección... «selección de España»? Sería cómico después de todo lo andado, e intolerable para los nacionalistas. ¿Entonces? Segunda idea: invitar a Portugal, y fundar una selección ibérica. Habríamos trascendido la fecha de 1714, para pasar a la más capaz de 1580. Pero no creo que los portugueses quisieran.

¿Referéndum o plebiscito?
FERNANDO MAURA/PARLAMENTARIO VASCO DEL PP EL Correo 6 Junio 2004

El presidente del PNV, Josu Jon Imaz, ha declarado que el 'acuerdo de convivencia entre los vascos' -así vienen bautizando los nacionalistas al plan Ibarretxe, que es precisamente todo lo contrario- será sometido, en su día, a consulta del electorado vasco. Imaz no abandona la estudiada ambigüedad que siempre les ha sido cara a los nacionalistas. En efecto, ¿qué es eso de 'consulta'? ¿Nos habla Imaz, por ejemplo, de referéndum o de plebiscito? Es cierto que para mucha gente la cuestión resulta ociosa. «¿Y yo qué sé y qué más da!», decía un ilustre liberal bilbaino. Pero, en este caso, el asunto tiene sus derivaciones y éstas no dejan de ser importantes.

Para empezar por el principio: los ciudadanos españoles decidimos hace algo más de 25 años que nos dotábamos de una democracia representativa, por lo cual delegábamos nuestras decisiones en un Parlamento elegido democráticamente, que tiene la función de votar al presidente del Gobierno, controlar al poder ejecutivo y hacer las leyes. Y la idea de la democracia representativa trae consigo la de Constitución, ese cuerpo de normas que regula los poderes del Estado y sus relaciones entre ellos. Un límite existe a esta figura de democracia representativa: el referéndum.

Y el referéndum se diferencia del plebiscito en que aquél es una institución derivada de la Constitución. El plebiscito, por el contrario, es previo o existe cuando no hay Constitución. Ya sé que esta idea chocará a algunos. ¿No hacía referendos el general Franco? ¿Claro! Y ésta es una de las claves del asunto. Porque lo que organizaba el dictador eran más bien plebiscitos. Por supuesto que la España del régimen anterior había establecido un remedo de democracia -'democracia orgánica', la llamaban- que no se parecía a las democracias ni por el forro, y cuando le convenía utilizaba denominaciones que valían para otros pueblos más correctos, políticamente hablando. El referéndum, por ejemplo, pero que en nuestro caso nada tenía que ver con las instituciones verdaderamente democráticas de otros países -los suizos, por ejemplo, han usado y usan con frecuencia este sistema, pero a nadie se le ha pasado por la cabeza la idea de calificarlos como anticonstitucionales o predemocrátas-.

Nacieron los plebiscitos precisamente como instrumentos de los dictadores para legitimar su poder, apelando directamente al pueblo en su beneficio. Y los montaban sin control, sin debate alguno. Era el caso francés de Napoleón III, también de Napoleón Bonaparte. En España, ya se ha dicho, el de Franco. Y coetáneo con éste, el mismo general De Gaulle, a quien le gustaba -quizás en demasía, por eso perdería el poder, a consecuencia de un referéndum, éste sí- fue muy criticado por su sucesor, andando el tiempo, François Mitterrand, por practicar lo que llamaba el socialista francés 'el golpe de Estado permanente'.

El reférendum es una institución que tiene, entre nosotros, un cierto sabor rancio a dictadura, quizás por la confusión entre los procedimientos avalados por la democracia hoy y que antes sólo eran sistemas de confirmación de los que habían conquistado el ejercicio del poder a través de medios, digamos que poco ortodoxos. Algo así como una especie de lavado de imagen a lo bestia. En el referéndum y en las elecciones es el pueblo el que resulta plenamente soberano. Es verdad que, en ambos casos y cumplida su misión, la ciudadanía vuelve a ocuparse de sus funciones habituales. Son ya los políticos los encargados de dar cumplimiento a sus criterios. Es el pueblo soberano el que decide. Y la soberanía la tiene, en España, el conjunto de la ciudadanía española. No existen ciudadanos vascos, catalanes, gallegos o murcianos. Mal que les pese a los nacionalistas, claro que sin ánimo de ofender.

¿Y cuál sería la pretensión de Imaz, que en este caso y en otros muchos no se despega de las tesis de Ibarretxe ni siquiera para tomarse un 'txikito' en el batzoki? Pues parece claro: un plebiscito por el que pretenden crear un pueblo soberano -el vasco- donde antes no existía tal cosa. ¿Una confusión?, pensarán ustedes. Sí, una confusión, pero algo más que eso. Se trataría de quebrar, por etapas, eso sí, una convivencia que nos ha costado muchas decenas de años conquistar a los españoles y, entre ellos, a los vascos que residimos en esta comunidad autónoma.

Sometidos en el engaño
Gabriel Carretié es escritor La Razón  6 Junio 2004

En el artículo titulado «La realidad y la realeza», publicado en el diario «El Correo» el 11/5/04, la importante personalidad oficial del vasquismo que es Henrike Knörr, haciendo referencia a un discurso de S.M. Rey pronunciado en la Base Militar de Araka en el cual nominaba como Vascongado al territorio de nuestra autonomía, trata de «ilustrarnos» sobre «el error incomprensible que la Casa Real debió evitar», y lo hace apelando a la presunta historia étnica del referido país y por último a la legalidad vigente según nuestro Estatuto de Autonomía. El comportamiento en el presente del Rey lo observo razonable, ya que cualquier persona coherente y ecuánime que haya sido instruida en profundidad en la verdadera historia hoy conocida de este país, siente cierto rubor y le parece vergonzante llamarlo Vasco, Euskal Herria o Euskadi, como por tristeza dicta el Estatuto de Autonomía.

Los antiguos habitantes del país, los llamados autrigones o autricrones, caristios o carietes y várdulos, no tenían el mínimo parentesco con los vascos y muchos menos hablaban el euskera, ya que los primeros eran celtas de la más pura estirpe y los otros dos europeos inmersos en una cultura clásica; también he demostrado documentalmente intrusiones medievales de éuskaros en el país, que por dicho motivo llamose después Vascongado, aunque no con una definición estricta, ya que los vasconizados en general fueron siempre minoría y culturalmente marginales. Se preguntará el lector: ¿por qué motivo tales descubrimientos son desconocidos de forma general entre la población?; sencillamente porque el Gobierno vasco utiliza de forma maquiavélica toda su influencia y recursos económicos para evitar su difusión; eso representa una transgresión de los principios legales fundamentales, tanto de la Declaración Universal de los Derechos Humanos como de la misma Constitución Española; incluso difundiendo oficialmente la mentira, vulneran desde el ejercicio de gobierno los principios básicos de la filosofía indoeuropea más antigua conocida.

En la actualidad, los más doctos especialistas de historia local en Galicia, Asturias y Cantabria han llegado a la conclusión de que en el año 214 d.C., reinando Caracalla en el Imperio Romano, la comarca actual de Las Encartaciones entonces directamente vinculada al Bilbao antiguo, junto con los territorios citados, formaba parte de una provincia hispana llamada Callaecia o Gallaecia, o sea Galicia.

El PSOE y los nacionalistas
Cartas al Director Libertad Digital  6 Junio 2004

Zapatero es un tipo majo (para mi, además, es un idealista) pero inasible. Tanto en la oposición como en el Gobierno, el PSOE tiene que aprender a coordinar un discurso, o, más que coordinarlo, a inventarlo. No lo tendrán mientras se dediquen a llevar la contraria al PP). Tampoco lo tendrán si se dedican a expresar "deseos". Pues, mientras tanto, ¿quiénes le hacen la jugada? Los que por definición y por realidad siempre quieren más y más y más y más poder: los nacionalistas.

A los partidos nacionalistas tradicionales (PNV, CiU, BNG) se les han unido otros dos: ERC y PSC, incluso más nacionalistas que aquellos. Ninguno de los cinco quiere oír hablar de la Constitución. La Carta Magna está ahí para decir una cosa y para decir otra, o como una escultura siempre disponible para ser reformada. La sociedad lo permite pues aún sigue bajo los efectos hipnóticos de la sonrisa de Zapatero. Me pregunto hasta cuándo van a aguantar los ciudadanos la vuelta a uno de los peores tics heredados de la izquierda histórica: la desestabilización. Algunos parece que no entiendan que no se puede vivir en un estado de permanente cambio ("revolución" lo llamaban antes), sobre todo cuando no se sabe adónde se va. No está mal la reforma, pero no "porque sí".

Con los nacionalistas es la historia de nunca acabar: si les dices que sí, quieren más; si les dices que no, acusan al Estado de oprimirles. Esto adquiere tintes preocupantes. Creo que hace mucho tiempo que se han distanciado de las personas, andan metidos en sus asuntos, en su "construcción nacional". Pero ¿la gente lo pide? ¿alguien sabe de verdad lo que significa destruir un país? Se aprovechan porque saben que hoy lo que rige es el relativismo, el todo vale o el "nada tiene valor". ¿España? ningún valor. La última ha sido la noticia de las selecciones autonómicas. La próxima será que, para entrar en una comunidad autónoma habrá que pagar algún peaje o impuesto. ¿Por qué no? Lo anoto porque me resulta llamativo que esta absurda pero aplaudida expresión de inmovilismo camuflada bajo el "amor a la tierra" sea hoy vista como un ejemplo de "progresismo". A la izquierda desde hace un par de años le está pasando lo que a la derecha desde hace más: está acomplejada (ante los nacionalismos), se ve incapaz de construir un discurso propio y se queda en un par de eslóganes. Una pena.
Juan Pablo Serra Bellver -Madrid

PSC no es PSOE
Cartas al Director ABC 6 Junio 2004

Se dice que el Partit Socialista de Catalunya es parte del PSOE, cuando no es así. El PSC lleva una política aparte, sabotea el Pacto Antiterrorista, se pone de acuerdo con Pérez Carod y su gente y corta en seco a Zapatero cada vez que éste le llama la atención sobre ciertos excesos. No es parte del PSOE, sino un partido socio, como puede ser Esquerra o IU. Un socio privilegiado, porque así como el PSC manda mucho en el PSOE, el PSOE no manda nada en el PSC. Esa alianza es una olla de grillos, y lo único en que todos esos partidos están de acuerdo es en atacar al PP y avanzar en la desmembración de España.     Pedro Ibarra Leonés.    Madrid.

SANTIAGO ABASCAL, PRESIDENTE DE NUEVAS GENERACIONES EN EL PAÍS VASCO
«La autodeterminación conduciría al País Vasco a la balcanización»
«Durante muchos años, el nacionalismo ha pretendido convertir sus proyectos políticos en derechos»
ÓSCAR B. DE OTÁLORA/VITORIA El Correo 6 Junio 2004

El parlamentario del PP y presidente de Nuevas Generaciones del País Vasco, Santiago Abascal, acaba de publicar el libro '¿Derecho de Autodeterminación? Sobre el pretendido derecho de secesión del pueblo vasco'. En esta obra, editada por el Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Abascal considera una falacia el derecho de autodeterminación y defiende la indivisibilidad del Estado como garantía «ante la balcanización».

-Usted dedica su libro a intentar desmontar el derecho de autodeterminación, uno de los ejes sobre los que pivota la política vasca.
-Intento desmontar una de las principales tesis nacionalistas. Durante muchos años, el nacionalismo ha pretendido convertir sus proyectos políticos en derechos, mientras que las aspiraciones de los demás eran imposiciones arbitrarias. Así se han presentado ante la sociedad vasca con un plus de legitimidad, que ellos mismos se han otorgado.

-Según usted, el derecho de autodeterminación sólo es 'marketing'.
-Creo que apelar a la legitimación democrática del derecho de autodeterminación es una forma de ocultar reivindicaciones étnicas. Me explico: si al nacionalista se le plantea la autodeterminación de alaveses, vizcaínos o guipuzcoanos, como respuesta a la autodeterminación del País Vasco, ellos apelan entonces a un concepto esencialista del pueblo vasco, a la indivisibilidad. Por lo tanto, la legitimidad democrática de la autodeterminación tiene un carácter instrumental.

-Sin embargo, la aspiración política de la secesión podría tener una legitimación democrática.
-Hay legitimidad democrática para plantear lo que se quiera, pero no para calificarlo como derecho. Pero yo voy más allá: creo que, en un Estado democrático con voluntad de permanencia, tiene que haber cuestiones al margen del debate político y de las decisiones mayoritarias; de las decisiones democráticas periódicas. Y estos temas son los derechos y libertades individuales de los ciudadanos y la propia unidad del Estado.

-¿Ni siquiera admite cambios ante una reclamación mayoritaria?
-No tendría sentido. Dentro de esa mayoría surgirían minorías que querrían la autodeterminación. Eso conduce a la infinita divisibilidad, a la balcanización. Supondría la disolución del Estado y del sistema democrático.

-En su libro abundan las referencias a Arzalluz. ¿No le parece que su sustitución por Josu Jon Imaz puede aportar otro prisma?
-No hay ningún cambio. La última reformulación del derecho de autodeterminación es el plan Ibarretxe. En él, el PNV ha buscado confundir a la sociedad ocultando el término autodeterminación.

-¿No cree que la dureza del PP es la que ha conseguido que el nacionalismo aumente sus votos?
-Es innegable, pero también es verdad que el PP, cuando más apoyo ha recibido, ha sido en las generales de 2000 y en las autonómicas de 2001. Que el PP haya descendido y el PNV se haya reforzado está al margen de estos planteamientos.

«URSS y Yugoslavia»
-¿No es una contradicción decir que el PNV puede aspirar a la independencia y, a renglón seguido, añadir que nunca prosperará?
-Puede parecer una contradicción. Pero ningún Estado democrático con voluntad de permanencia permite que su unidad sea puesta en cuestión por mayorías territoriales, que normalmente están al servicio de líderes locales con afán de poder. Sólo dos constituciones en el mundo han reconocido el derecho de autodeterminación: la antigua URSS y la antigua Yugoslavia. Y no creo que sean ejemplos que quieran reivindicar los nacionalistas.

-¿Pero ni siquiera le parece adecuado buscar acuerdos para desactivar el problema?
-Puede tener sentido si la otra parte está dispuesta a llegar a acuerdos. Pero yo creo que el PNV no quiere desactivar el problema. Busca la secesión; y, de una forma u otra, pretende llegar a ella. Durante años, se ha apoyado en las apelaciones al diálogo, incluso con los terroristas. Ahora, con la debilidad de ETA, busca otras vías.

-¿Le enviará el libro a Ibarretxe?
-Ibarretxe tiene los recursos necesarios para hacerse con él. No tiene sentido que se lo regale cuando yo era concejal en su pueblo y él ha dejado de saludarme.

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