AGLI

Recortes de Prensa     Lunes 7 Junio 2004
Victoria en Normandía
Editorial La Razón  7 Junio 2004

EL TRIBUNAL DE ESPAÑA
Jorge TRIAS SAGNIER ABC 7 Junio 2004

UN YOGUR CADUCADO
Valentí PUIG ABC 7 Junio 2004

La tregua obligada de ETA
Iñaki Ezkerra La Razón  7 Junio 2004

REGRESO A NINGUNA PARTE
JORGE MORAGAS ABC 7 Junio 2004

Escándalo en el Congreso
Jaime Ignacio del Burgo La Razón  7 Junio 2004

EL HONOR DE LA PATRIA
GERMÁN YANKE ABC 7 Junio 2004

Café-Concierto
FLORENCIO DOMÍNGUEZ El Correo  7 Junio 2004

Ilusión y pasión nacional
Luis González Seara La Razón  7 Junio 2004

Seguridad Social por autodeterminación
Carlos Dávila La Razón  7 Junio 2004

6. 6. 44.
Carlos Semprún Maura La Razón  7 Junio 2004

Gratuidad como irresponsabilidad
José Javaloyes Estrella Digital 7 Junio 2004



 

Victoria en Normandía
Editorial La Razón  7 Junio 2004

Las playas de Normandía han vuelto a ser, sesenta años después del gran desembarco que cambió el mundo, escenario de otro acto de peso en la política internacional. Sobre la costa donde combatieron, y perecieron miles de soldados en la II Guerra Mundial, EE UU, Reino Unido y Francia, junto a sus respectivos aliados actuales, han escenificado la reconciliación occidental, necesaria tras la ruptura abierta por la guerra de Iraq.

Es muy posible que el recuerdo del sacrificio de los estadounidenses, que acudieron entonces en masa en ayuda de una Europa dominada por los ejércitos de Hitler y que, no hay que olvidarlo, corría un grave y serio peligro de caer en manos de otro tirano como Stalin, haya servido para restañar las heridas abiertas durante el último año.
Hoy el enemigo común no es el nazismo, ni el desaparecido imperio soviético, sino el terrorismo internacional. Y los mandatarios de Francia y Estados Unidos, junto a los principales líderes europeos, han hecho del recuerdo del desembarco un pacto por la seguridad que tendrá su refrendo en la propuesta para Iraq que debe aprobar el Consejo de Seguridad de la ONU.

Una acción bélica que sirvió para recuperar una paz duradera para Europa mueve a la reflexión en el seno de la UE y al recuerdo de que sólo en la unidad de las democracias, en la determinación de combatir y padecer juntos al enemigo común, se puede hacer frente a los totalitarismos y a quienes, como hoy los terroristas de Al Qaida, tratan de sembrar la división y el miedo entre nosotros.

EL TRIBUNAL DE ESPAÑA
Por Jorge TRIAS SAGNIER ABC 7 Junio 2004

EL Gobierno socialista ignora lo que es la España constitucional y tampoco tiene clara una idea, porque quizás no tenga ninguna, de a qué España pretende dirigirnos. Recuerdo una vez a un brillante empresario metido a conferenciante que tuvo la osadía de sostener, ante un atónito público, que el mejor proyecto era el que no sabía a dónde iba y, afortunadamente para los accionistas, otros llegaron que tenían muy claro lo que querían. En el socialismo español del siglo XXI, como en cualquier proyecto político socialista, se confunde casi todo y si Alfonso Guerra piensa que España debe caminar en una dirección, Maragall propone la contraria; si Bono dice blanco, Caldera replica que negro; si Trujillo disparata con lo de la vivienda, Solbes debe remediarlo; en fin, nada tienen que ver los discursos de dos socialistas como Blair o González. Ayer podíamos leer una entrevista con Pierre Rosanvallon, director del centro Raymond Aron, donde pontificaba con autoridad sobre el fin del modelo socialdemócrata. Pero el hundimiento de ese modelo no debería significar que con él también se hundiese el modelo de la España liberal consagrado en la Constitución de 1978, el mejor, sin duda, que hemos tenido desde el inicio pendulante del constitucionalismo español en 1812.

Afortunadamente para todos los amantes de la libertad individual y de la igualdad ante la ley, el Tribunal Constitucional es, todavía y a pesar de sus convulsiones, una gran institución que en líneas generales ha tenido siempre una idea bastante clara de lo que es España. La semana pasada se completó su renovación con la incorporación de dos sólidos catedráticos de Derecho Constitucional, Aragón Reyes y Pérez Tremps, propuestos por el Gobierno, que unidos a los dos competentes magistrados, Rodríguez Arribas y Pascual Sala, designados por el Consejo General del Poder Judicial, formarán una mayoría más que suficiente para que los asuntos de la España constitucional que consagra la igualdad no se desencuadernen más. En la designación al menos habrá que reconocerle al Gobierno de Zapatero una cierta sensibilidad con la Constitución actual, pues los magistrados deberán ser el canal que encauce los disparates de los partidos minoritarios que hoy deciden en el Gobierno de España.

La semana pasada también terminó su mandato de nueve años, tres de los cuales como presidente del Tribunal, el profesor Jiménez de Parga. Soy de los que creo que, al margen de los lógicos errores que todos cometemos, el balance de su actuación ha sido muy positivo y así se lo han reconocido todos sus compañeros sin excepción. Tanto que provocó el griterío nacionalista en varias ocasiones, señal inequívoca de que caminaba por la buena senda. El nacionalismo español, el particular de vascos, catalanes y gallegos, como el general del franquismo nostálgico, debería aprender que en una democracia los criterios minoritarios, perfectamente respetables, no deben imponerse a los de la mayoría. El nuevo presidente que se elegirá esta semana, y casi todos coinciden, por talante y talento, en Vicente Conde, continuará conduciendo al Tribunal por la vía constitucional.

UN YOGUR CADUCADO
Por Valentí PUIG ABC 7 Junio 2004

INCLUSO el sentido de Estado es algo que podríamos tumbar en un quirófano y abrir en canal con un bisturí para ver si el hígado le funciona por interés o si se pone lívido como excusa. En la vida pública, nada late totalmente al margen del afán partidista o de la ambición personal, incluso las constituciones. Fueron seres humanos imperfectos los que redactaron la Constitución de 1978 y fuimos seres humanos de finitud demostrada quienes la votamos en referéndum. Ahora lo que produce estupefacción es ver que quienes buscan la reforma constitucional parezcan emprender la tarea desde una cierta perfección, con infinita capacidad de acertar. El cabeza de lista de Esquerra Republicana, Bernat Joan, sostiene que la Constitución española es un yogur caducado. Josep Pla decía que no hay nada más hermoso que proponer una solución al problema catalán tomando una España diferente de cómo es en la actualidad y una Cataluña idealizada poéticamente. En el caso de ERC el aderezo lírico debe consistir en la idea de perfeccionar la Unión Europea con el ingreso de un nuevo Estado pancatalán que incluya a valencianos y mallorquines, pero aún así el símil del yogur caducado aporta un toque agrio y acre, ofensivo para el olfato y de poco incentivo para la mente.

HAY otros sentidos de Estado, coincidentes en la idea de continuidad constitucional aunque reflejen cada uno por su parte concepciones antagónicas de lo público. Hace unos días, en el Senado, el ministro Jordi Sevilla explicó la agenda territorial del Gobierno socialista. Naturalmente, no le fue ajena la tentación de lo moralmente inmaculado: por ejemplo, a partir de ahora estas cosas se van a hacer sin tensiones, por las buenas, con diálogo y concertación, mirándose a la cara. En definitiva, pasamos de la confrontación a la concertación. Luego añadía el ministro de Administraciones Públicas: «El Gobierno entiende que el Estado de las Autonomías no está agotado, ni sobrepasado, ni superado, ni hay por qué desbordarlo». Añade -como ya se implicaba en el documento de Santillana en agosto del año pasado- que con un cuarto de siglo de experiencia estamos «en un momento idóneo para perfeccionar, desarrollar y adaptar el Estado de las Autonomías», por razones como son la inmigración, la tercera edad o la sociedad de la información.

ÉSA no es, ciertamente, la argumentación casi procaz del yogur caducado, pero involucra de algún modo una concepción biologista de la Carta Magna a la que tampoco se resisten algunos sectores del PP que no quieren quedarse solos ante el hipotético clamor popular en exigencia de reformas estatutarias, puesto que en veinticinco años han cambiado los cuellos de las camisas, van llegando pateras, abunda el «piercing» y cenamos de pizza. También, a diferencia de hace veinticinco años, la variedad de sabores en la sección de yogures es casi abrumadora.

Como no podía ser de otro modo, Jordi Sevilla dijo en el Senado que no se va a abrir un período constituyente ni se trata de reescribir la Constitución, «ni de volver nuevamente a lo que pudo haber sido y no fue, como si tuviéramos que estar revisando continuamente nuestra historia». No podría haber marco de mayor idoneidad que el Senado para que el ministro acote y enmarque esa pasión política contagiosa que consiste en adecuar todos los Estatutos de Autonomía a la existencia de la radio digital y ahormar el texto constitucional al desarrollo hormonal de España en los últimos veinticinco años. En distinto grado, quedan por convencer Ibarretxe, Carod-Rovira y Pasqual Maragall. Sería una propuesta perfecta que en cualquier nuevo estatuto de autonomía se prohíba que los yogures caduquen.     vpuig@abc.es

La tregua obligada de ETA
Iñaki Ezkerra La Razón  7 Junio 2004

Que ETA lleve ya un año y ocho días sin poder cometer un asesinato es ciertamente un hecho que no nos debe llevar al optimismo irresponsable, pero uno no acaba de librarse de la sensación de que hay «algo más que responsable cautela» en esta consigna general de no reconocer el balance positivo que, evidentemente, merece la política antiterrorista llevada a cabo por los gobiernos del PP. Y no es sólo que no se le reconozca un mérito obvio a un partido al que se le están negando todos los méritos, incluidos los económicos. Es también que, por la resistencia de los otros partidos a reconocerle esos méritos, diríase que la propia democracia española no quisiera celebrar sus éxitos y que hubiera quedado fácticamente descalificado el propio movimiento cívico vasco que se halla en la vanguardia civil contra ETA y que ha sido el gran valedor de esa política antiterrorista legitimada por Ermua. Es absurdo pero un hecho que ¬por esa y otras razones que apuntaré a continuación¬ no valoramos hoy esta «tregua obligada» de ETA que, a diferencia de la otra ¬de la primera «tregua-trampa» de Lizarra¬ no les ha servido a los terroristas ni para alimentar la ilusión de una negociación ¬o sea de la consumación del chantaje al Estado¬ ni para rearmarse en la sombra y reponerse del descalabro producido por el cerco policial. Y más absurdo es que seamos nosotros quienes convirtamos esa obligada tregua de ETA en una tregua de nuestra capacidad de análisis y movilización, en un éxito de la banda, como, paradójicamente, está sucediendo.

Resulta, sí, una contradicción sangrante que esa victoria sobre ETA de la democracia no haya servido para ensanchar ni un milímetro los límites de la libertad en el País Vasco ni de la ciudadanía constitucionalista del resto de España, ni tampoco para legitimar a las víctimas o a los amenazados o a los valores morales y políticos que representan estos colectivos sino para lo contrario. Como ETA no ha desaparecido y su amenaza sigue vigente, todo el que representa la oposición al nacionalismo en Euskadi sigue necesitando de protección policial como antes, pero, sin embargo, ahora se le pide que se calle, que no crispe, que guarde silencio ideológico y no haga valer las convicciones ni los principios que le han llevado a esa situación. Y se le pide eso precisamente en nombre de la relajación conseguida por la inactividad forzada de ETA. Se ha diseñado para él incluso un modelo de conducta pública que podríamos denominar el del «escoltado alegre», alguien que lleva su amenaza y su mordaza con gracia y salero; que evita el mal gusto del dramatismo y del desgarramiento a la hora de hablar no ya de su situación personal sino de los temores y las incertidumbres colectivas; alguien que ha de cultivar de forma desinteresada una suerte de santidad posmoderna y anónima que, aunque va de progre, tiene su origen en la imaginería edificante y postconciliar de los colegios de frailes. En manos del PSOE esta consigna toma el tono de aquellas entrañables terceras de las «Selecciones del Readers Digest» que llevaban títulos voluntaristas como «Vivo feliz con mi cáncer de colon» o de aquellos folletos y estampas de los grupos cristianos de los años setenta en los que sobre un valle o un océano crepusculares no faltaba una moralizante leyenda que hoy, reconvertida para la ocasión, vendría a decir algo así como «Sé feliz con tu escolta haciendo felices a los demás». Desde el PNV y el nacionalismo en general la consigna que flota en el ambiente es más explícita y adopta el inclemente carácter del reproche: «¿Por qué os quejáis si ahora no os matan?»

No nos equivoquemos. Esa desautorización de facto que sufre el movimiento cívico y constitucionalista en Euskadi, el desánimo y la orfandad que vivimos hoy los estigmatizados no ya sólo por ETA sino por el nacionalismo y sus compañeros de cama no se debe a la ausencia de asesinatos sino a lo asociado que se halla ese movimiento cívico y ese constitucionalismo al PP así como a la desdichada implicación de este partido en la guerra de Iraq y en sus consecuencias; a que la descalificación que sufre ese partido por esos errores es de índole moral y rebota en quienes avalamos sus aciertos. Es esa circunstancia la que permite a los nacionalistas vascos ir aún más lejos en el reproche a su oposición política y pasar de refrotarle como un delito el alivio que le supone la inactividad etarra a atribuirle una fantástica responsabilidad en la guerra de Bush y los horrores de su posguerra. Del «¿Por qué os quejáis si ahora no os matan?» el nacionalismo da el salto al «¿Asesinos, merecéis que ETA os siga matando!» Del modelo del «escoltado alegre» pasa a proponer el del «escoltado triste» y avergonzado de serlo.

Nada tiene de sorprendente que el nacionalismo vasco se aproveche de ese talón de Aquiles constitucionalista y que se emplee en él a fondo identificando la guerra y la posguerra iraquíes con el movimiento cívico vasco. Nada tiene de raro que ponga en marcha con más euforia que nunca ese mecanismo de categorización binaria que identifica con el franquismo al constitucionalismo y divide a los vascos en «nacionalistas y fascistas» ignorando matices conceptuales y trayectorias individuales; obviando que muchas de esas individualidades se opusieron a esa guerra o que en su día padecieron las cárceles franquistas. Digámoslo claramente: todos los logros en el tratamiento del terrorismo y el secesionismo nacionalista que concitaron el acercamiento al PP de gentes provenientes de la izquierda han quedado empañados por la apuesta bélica de ese partido y por una retahíla de insufribles calamidades, como las torturas a los prisioneros iraquíes, que no sólo enmudecen en el debate de Tele 5 a Jaime Mayor frente al Borrell monotemático de la guerra sino que apuntan directamente a la línea de flotación del constitucionalismo vasco impregnado del PP por ese aludido acercamiento de grupos y personas. Es con esos «aliados» y no con Bush con quien tiene el PP alguna deuda.

REGRESO A NINGUNA PARTE
JORGE MORAGAS, secretario Internacional del PP, diputado y diplomático ABC 7 Junio 2004

Tras la tormenta perfecta que los terroristas desataron sobre España el 11 de marzo, se han dicho muchas cosas en España y en el Mundo. Extramuros se dice que el terrorismo islamista se apoderó entonces del mando a distancia de las democracias europeas. Intramuros algunos afirman que el 11-M fue la lógica consecuencia de una obsesión antiterrorista personal que proyectó una política exterior que situaba a España en el centro de la diana de los terroristas. Nosotros lo tenemos muy claro y nos remitimos a una comisión de investigación que aclarará lo que ocurrió en la semana trágica de marzo. Este es un debate que durará y que se estudiará durante mucho tiempo en todas las escuelas de ciencia política del mundo, incluidas algunas madrazas desperdigadas por el mundo islámico. Lo que nos importa ahora es el presente y el futuro, no interesa saber hacia dónde camina España en este nuevo rumbo arcangélico que está imprimiendo el Gobierno socialista a la Política Exterior de España.

El denominador común en todas las declaraciones, manifestaciones o simples gestos del nuevo Gobierno no es otro que el de una permanente apelación al regreso, a la marcha atrás, a desandar el camino, en definitiva, a volver a la política exterior anterior a 1996. Que vuelvan las tropas, volver a Europa, volver a Iberoamérica, volver a Marruecos, volver a relajarse en Cuba, volver, volver, volver. Es imposible volver a un lugar que nunca se ha abandonado. El Gobierno socialista ha hecho de la exaltación del regreso el elemento inspirador de lo que según ellos debe ser la nueva política exterior de España. Desde luego que se trata de un enfoque legítimo del mismo modo que lo es plantearse si ese recurso al volteo está bien orientado.

Mi opinión es que se trata de un error profundo que convierte a nuestra política exterior en el caballo de troya de un pensamiento reaccionario y anti moderno que sigue incrustado en el encefalograma antiguo de cierta izquierda española. El diccionario entiende por reaccionario aquello que propende a restablecer lo abolido y a oponerse a las innovaciones. Este recurso a la regresión puede servir en muchos órdenes de la vida pero resulta impracticable en política internacional o, mejor dicho, en la política exterior de un país serio en la era de la globalización.

Que el mundo está en plena efervescencia histórica desde hace ya algunos años es una realidad que no discute ni un niño. Los escenarios, los actores, las amenazas y los desafíos han cambiado y vivimos en un mundo muy distinto a aquél que conocieron los socialistas en sus gobiernos de los 80 y primeros 90. El pretender regresar a ese mundo es un ejercicio político imposible. Es imposible volver al sistema de relaciones internacionales previo a la caída del muro de Berlín, previo al 11-S, a la batalla de Irak o al 11-M. La nostalgia socialista empieza a cobrar perfiles de melancolía y, como todo el mundo sabe, la melancolía es aquella malaisse que afecta a los que añoran un pasado que nunca existió. Es decir, el pasado internacional era distinto al presente y por lo tanto es un sin sentido volver a un pasado que es imposible en el presente. En el fondo es mucho más sencillo que todo esto, pero creo que de este modo se entiende mejor la dimensión del lío en el que nos está metiendo el Gobierno socialista.

Lo grave está por constatarse y de ahí que, o se corrige el rumbo o España se verá obligada a iniciar un nuevo aprendizaje a la decepción. La realidad internacional, y más en estos tiempos que corren, no es estática sino tremendamente dinámica. Pretender volver al regazo franco-alemán como si fuésemos todavía la España de los 80 es otra distorsión de la realidad. España es hoy un país distinto con unos niveles de prosperidad y una proyección que nos convierten en un actor internacional con un tremendo potencial. Por todo ello, pretender ahora descapitalizar la Política Exterior de sus nuevos activos sería un mal negocio para todos los españoles.

La relación con Estados Unidos y el respeto que inspira nuestra fuerza negociadora ante nuestros aliados Francia y Alemania son activos por los que cualquier país del mundo pagaría lo indecible. Alejándonos como de la peste del compromiso Atlántico suscrito por el Gobierno del PP es, sencillamente, regresar a ninguna parte. Todo este retórico rodeo para ponerse al lado de Francia y Alemania es un gran error porque Francia y Alemania ya no están en ese lugar hacia donde dice conducirnos el Gobierno socialista. Francia y Alemania se están moviendo y haciendo gestos evidentes de acercamiento a EE.UU, como lo demuestra su buena disposición a aprobar una resolución en el Consejo de Seguridad de la ONU antes del 30 de junio. Como lo demuestra la sustitución de Villepin por Barnier al frente del Quai d´Orsay, como lo demuestran las declaraciones de Fischer, la reciente visita del canciller Shröder a la Casa Blanca o la visita de Bush a Normandía. Hasta Chirac cena a solas con Bush. Por el bien de occidente, la fisura del atlantismo está cicatrizando y mientras, nuestro Gobierno se ha quedado en un lamentable fuera de juego. El aislacionismo pseudopacifista no es la mejor carta de presentación para un país con ambición. España parece hoy hipnotizada por el peligroso síndrome del armiño: aquel animal que se deja atrapar por temor a mancharse.

Y qué dicen los aliados parlamentarios que permiten gobernar al presidente Rodríguez Zapatero. El tripartito, con total coherencia, no va a defender el interés nacional de España porque niega la mayor; para ellos España no es una nación y por lo tanto no hay interés nacional español que valga. Nada que objetar a su coherencia ideológica y nacional. Pero el problema es que no se abstienen sino que participan sin rubor en la agenda internacional española provocando interferencias al Gobierno de la nación. El presidente de la Generalitat se ha reunido con las máximas autoridades marroquíes y ha afirmado una nueva política española en relación con el Sahara que apuesta por una solución regional abandonando así el multilateralismo de la ONU y prescindiendo unilateralmente del plan Baker. Es un absoluto despropósito que se debe denunciar si no queremos que la Política Exterior de España se dicte desde la Plaza Sant Jaume y no desde Santa Cruz.

Antes de que sea demasiado tarde el Gobierno y el PSOE deben despertar del narcotizante efecto tripartito y corregir esta deriva irresponsable. Sólo tienen que coger el teléfono y llamar al Partido Popular, o cruzar el hemiciclo hacia los bancos de la leal oposición, o sencillamente hacernos un guiño y ya daremos nosotros el primer paso. Es el momento para el consenso en política exterior y no para una política de hechos consumados. Actuemos ya, porque en la escena internacional no se permite regresar al tablero a los países que se retiran del juego.

Escándalo en el Congreso
Jaime Ignacio del Burgo es ex-diputado del PP por Navarra La Razón  7 Junio 2004

Tras la votación en el pleno del Congreso del martes 1 de junio sobre la moción relativa a la participación de las selecciones deportivas autonómicas en las competiciones internacionales, me crucé con el portavoz socialista Pérez Rubalcaba, no pude reprimirme y le increpé: «¿Qué escándalo!». Entre sorprendido e irritado me replicó: «No has leído la moción».

En efecto, sólo la había oído, pues lo aprobado con los votos socialistas ¬salvo los de dos históricos del socialismo español, Manuel Leguina y Chiqui Benegas¬, había sido una enmienda transaccional leída segundos antes de la votación por la diputada Begoña Lasagabaster, una de las campeonas del separatismo vasco.
Decidí seguir la recomendación de Rubalcaba y al día siguiente leí en el «Diario de Sesiones» el texto íntegro de la moción aprobada. Pues bien, después de su lectura me ratifico en mi espontáneo exabrupto. Juzguen los lectores:

«Primero.¬El Congreso de los Diputados insta al Gobierno a mantener la lealtad constitucional en el sistema de distribución competencial entre el Estado y las comunidades autónomas, respetando las competencias que el bloque de constitucionalidad atribuye a las comunidades autónomas. Segundo.¬Los poderes públicos promoverán la presencia de las selecciones deportivas que lo soliciten en las competiciones internacionales».
Sorprende, en primer lugar, que en una moción sobre selecciones deportivas el Congreso de los Diputados inste al Gobierno para hacer algo a lo que está obligado, pues en todo momento ha de respetar con lealtad la Constitución y, por tanto, el sistema de distribución de competencias entre el Estado y las Comunidades autónomas.

¿Cuál es la razón de esta genérica exigencia al Gobierno? Pues muy sencilla. Los nacionalistas coaligados en el Congreso ¬ERC, CIU, PNV, BNG y EA¬ consideran que el Estado carece de competencias en materia de deporte, pues se trata ¬dicen¬ de una competencia exclusiva de las Comunidades autónomas. Y aunque en la Constitución sólo se define como competencia exclusiva autonómica «la promoción del deporte», pero no la ordenación, dado que en el artículo 149, donde se definen las competencias exclusivas del Estado, nada se dice al respecto, ha de estarse a lo que digan los respectivos Estatutos de Autonomía. Y todos ellos confieren al deporte a secas el carácter de competencia autonómica exclusiva, con facultades normativas y ejecutivas. En consecuencia, concluyen, el Estado no tiene ninguna facultad para impedir la participación de las selecciones deportivas autonómicas en las competiciones internacionales. La Ley del Deporte de 1990 es papel mojado, pues ni es una ley orgánica ni es una ley de bases.

Se dirá que la interpretación nacionalista es errónea y que el alborozo de la Sra. Lasagabaster y de sus compañeros nacionalistas era injustificado. Comparto el criterio de quienes afirman que la Constitución no puede amparar que España no pueda tener equipos propios en las competiciones internacionales ni menos que deba compartir tal presencia con las selecciones autonómicas con las que podría llegar a confrontarse. Pero lo aprobado supone un inequívoco aliento para las aspiraciones de los nacionalistas. Es un nuevo hachazo para el mantenimiento de la idea de España inserta en la Constitución.

Si el primer punto de la moción es, de por sí, un gran triunfo para reforzar las pretensiones nacionalistas, el segundo lo es aún más. La representación de la soberanía nacional española insta a los poderes públicos a promover la presencia de las selecciones deportivas autonómicas que lo soliciten en las competiciones internacionales. La moción no tiene valor de ley, pero el Gobierno de la nación está obligado, al menos en términos políticos, a llevar a cabo una activa labor de promoción para que en las competiciones internacionales ¬sean amistosas o no¬ puedan participar las selecciones de las Comunidades que lo soliciten. Por otra parte, el propio Congreso estimula a los poderes autonómicos para que realicen esta activa labor de promoción. Los comités olímpicos internacionales van a recibir ahora una avalancha de peticiones por parte al menos de Cataluña y del País Vasco. No se olvide que el dinero manda en tales organismos y que el Gobierno español no sólo no deberá oponerse a ello sino que está obligado a apoyar activamente la presencia autonómica. El ridículo de España ante la comunidad internacional deportiva está servido.

Nada hacía presagiar cuando se inició el debate que la moción nacionalista iba a ser aprobada. La semana anterior, la ministra de Cultura había descartado esta posibilidad. Pero no lo olvidemos: el de Zapatero es un gobierno de coalición entre el PSOE (143 diputados) y el PSC (21 diputados) y Maragall había aceptado introducir esta reivindicación nacionalista en su pacto de gobierno con ERC.

Desde las filas socialistas se trata de quitar importancia a lo ocurrido y recuerdan cómo en la mayor parte de las competiciones internacionales los comités olímpicos exigen que los equipos representen a los Estados, que sólo podrán jugar las selecciones autonómicas en partidos amistosos, que la Ley del Deporte es un obstáculo insalvable...

Pero, por de pronto, el primer consejero del Gobierno del honorable Maragall acaba de declarar que habría que aplicar la fórmula utilizada por las Islas Feroe. Se trata de un archipiélago bajo soberanía danesa pero que no forman parte del reino de Dinamarca con quien mantienen un especial «status» de asociación política circunscrita prácticamente al ámbito de la defensa y de la representación exterior. Al parecer, cuando juegan juntos daneses e isleños en competiciones internacionales el escudo del reino de Dinamarca desaparece y se sustituye por el de la Federación danesa-feroesa de fútbol. Nótese que para el «conseller en cap» de la Generalidad, Cataluña es a España como las Islas Feroe son a Dinamarca. Lo peor de todo es que el propio Maragall no está muy lejos de ese pensamiento, pues aunque apela constantemente a la «España plural» quiere un Estado plurinacional al estilo de Yugoslavia o de la Comunidad de Estados Independientes promovida por Moscú tras el desplome del socialismo real. Lo cierto es que consciente Maragall de la barbaridad conceptual y política que supone la hipótesis de un enfrentamiento internacional entre la selección española (España resto) y la catalana, en vez de descartar que tal acontecimiento pudiera tener lugar señaló que habría que buscar un nombre distinto para la selección española.

El episodio de las selecciones deportivas es un escándalo que pone de manifiesto el escaso margen de maniobra del Gobierno de Rodríguez Zapatero para garantizar la unidad constitucional. Basta con examinar el contenido del pacto de gobierno del tripartito catalán para concluir que el Parlamento de Cataluña aprobará el proyecto de un nuevo Estatuto nacional desde el que se harán trizas los fundamentos de la actual Constitución con la finalidad de expulsar al Estado español de Cataluña. Maragall no saldrá al balcón de la Generalidad para proclamar, como hiciera el presidente Companys en 1934, el «Estat catalá». Le bastará con recordar a Rodríguez Zapatero el cumplimiento de su solemne compromiso de dar su aprobación a cualquier proyecto que surgiera de la voluntad del Parlamento de Cataluña. Y ya sabemos que el presidente del Gobierno tiene a gala cumplir sus promesas.
 
España lleva camino de introducirse en una nueva crisis constitucional. Vamos alegre e irresponsablemente, entre otras razones porque hoy por hoy, quien no esté dispuesto a reformar la Constitución se expone a ser tildado de reaccionario o de fascista, y eso sienta mal. Pero si eso ocurre, la sonrisa de Rodríguez Zapatero no será suficiente para evitar la vuelta de España al túnel del tiempo. Y habremos tirado por la borda los mejores veinticinco años de nuestra historia.

EL HONOR DE LA PATRIA
GERMÁN YANKE ABC 7 Junio 2004

Darío Valcárcel, en un interesante artículo publicado ayer en estas páginas, afirma que, sesenta años después del desembarco de Normandía que estos días conmemoramos, deberíamos, al menos, respetar a unos y otros. A los que murieron por la libertad y la dignidad, contra Hitler, y a no pocas unidades de la Wermacht que lo hicieron por el honor de Alemania. A mi juicio, sin embargo, podemos respetar -y no en todos los casos- a soldados individuales ya sea porque conocemos, o precisamente porque desconocemos, los motivos de sus vicisitudes. Pero no, ni entonces ni 60 años después, un concepto del honor de la patria que contiene la agresión y destrucción de las libertades individuales.

Reconozco que pertenezco a una familia que, ya antes del desembarco de Normandía, antes incluso del comienzo de la guerra, había padecido en las vidas y en las haciendas los perniciosos efectos de una tremenda concepción del honor y del ser de Alemania, pero no creo, sinceramente, que mi comentario a la frase de Valcárcel sea, en su contenido, algo personal. Si la patria y su pretendido honor no son la continuación de la ciudadanía democrática, se convierten en la inaceptable ornamentación de la barbarie. Me interesa la cuestión porque no se trata sólo de una valoración de lo que ocurrió en Europa hace sesenta años, sino algo candente que, aunque afortunadamente no tenga todos los elementos dramáticos del nazismo, lo experimentamos en el tiempo presente.

Hace pocos días, el presidente del Gobierno vasco dio a conocer su intención de que su «plan» se votara en esta misma legislatura del Parlamento autonómico. Lo hizo, además, durante una reunión empresarial en la que, en la misma jornada, iban a participar el vicepresidente del Gobierno de España y el comisario europeo Joaquín Almunia. Parece un escenario estratégicamente buscado para coger a unos por sorpresa y para dar ante otros la apariencia de una propuesta «democrática»: discusión, presentación de alternativas, votación, respeto a la «voluntad de los vascos». Es sabido que los empresarios -aunque reconozco que a mí me resulta pasmoso- están más inclinados a valorar la estabilidad o inestabilidad que producen las decisiones políticas que a juzgarlas desde presupuestos democráticos. Y allí fue Juan José Ibarretxe a decirles que estuvieran tranquilos y que toda opción es respetable. Y, más o menos, como siempre hace el nacionalismo vasco, que negarse a ello es vulnerar el honor de la patria.

No es verdad. Ni ahora ni con el paso del tiempo, aunque pasen sesenta años. La experiencia de la acción de gobierno del nacionalismo, el llamado plan Ibarretxe (en el que se vulneran los derechos individuales para favorecer los supuestos de la patria), la actividad de ETA y Batasuna, las alianzas y contactos entre ellos, etc. demuestran la razón que tenía Mario Onaindía al repetir hasta su muerte que no había en el País Vasco, que no hay hoy, un proyecto nacionalista democrático. Merecen respeto todas las personas, pero no todas las ideologías ni todos los planteamientos políticos. No lo merece el plan del Gobierno vasco, por muy anestesiante que se presente su formulación, como no lo merecía, ni lo merece, el honor de la patria que contenía el nazismo.

Café-Concierto
FLORENCIO DOMÍNGUEZ El Correo  7 Junio 2004

El Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero ha puesto en marcha un proceso de reforma constitucional, por un lado, y de reforma de los estatutos de autonomía, por otro. Apenas iniciado el camino, ya ha habido quien ha invocado viejas metáforas de los primeros años de la democracia para expresar su oposición a una nueva política del café para todos, entendida como el desarrollo de unas reformas igualitarias para todas las autonomías.

Socialistas catalanes y nacionalistas son firmes opositores al café para todos y acreditados defensores del hecho diferencial. Los primeros, los socialistas de Maragall, han teorizado sobre la cuestión y han dado a luz la idea del federalismo asimétrico. Es una extraña línea argumental porque no se basa en reclamar aquello que quieres para tu comunidad, sino que lo más importante es que lo que tú consigas sea diferente a lo que tienen los demás. Y no estamos hablando de políticas lingüísticas, derecho civil foral o pesca lacustre, en caso de que se tengan idiomas propios, normas forales en vigor o lagos con peces. Se trata de poder político y económico diferenciado de las autonomías del común.

La diferencia, naturalmente, siempre es en beneficio del que la invoca, nunca en perjuicio. No hay más que ver cómo el nacionalismo catalán y los defensores del federalismo asimétrico protestan por la existencia de unos hechos diferenciales de raíz histórica como son el Concierto vasco y el Convenio navarro. Los partidarios de la asimetría reclaman airados por la existencia de dos varas fiscales de medir y exigen la equiparación de su modelo financiero con el sistema vasco. Ahí no hay asimetría que valga. La oposición al café para todos tiene como excepción el café-Concierto. Este sí que debe ser para todos o, como mínimo, para Cataluña, porque, si se aplicara a todo el mundo, sería inviable, según pusieron de manifiesto hace tiempo Ignacio Zubiri y Mercedes Vallejo en su estudio 'Un análisis metodológico y empírico del sistema de Cupo'.

En 1978 se podía hablar de nacionalidades históricas para referirse a aquellas comunidades que habían tenido estatuto de autonomía durante la República. En 2004, son 17 las comunidades que tienen estatuto y, con él, capacidad de autoorganización, gobierno propio, competencias y hasta una clase política interesada en defender sus intereses, por lo que va a ser imposible establecer más hechos diferenciales con valor jurídico que supongan desigualdades en la capacidad política o económica de los territorios.

La idea del café para todos, a pesar de su mala fama, puede resultar mucho más democrática que la de quienes abogan por la conveniencia de que unos sean mucho más asimétricos que otros.

Ilusión y pasión nacional
Luis González Seara La Razón  7 Junio 2004

La era de las naciones sucedió al cosmopolitismo ilustrado. La Revolución francesa exaltaba la nación y, a la vez, los universales derechos del hombre. Pero la nación se fue imponiendo y derivó en nacionalismo apasionado y violento. Todo el romanticismo está tocado de esa ambivalencia. Enrique Heine, escritor cosmopolita, canta a la virgen Europa prometida al bello genio de la Libertad. Sin embargo, el poema empezaba diciendo que «el mundo entero será alemán». Victor Hugo, rapsoda de la Humanidad, campeón de los Estados Unidos de Europa, enaltecía igualmente el gran pueblo francés.

El culto de la nación fue desplazando el sentimiento de hermandad cosmopolita, de ciudadanía mundial, y se agudizó el nacionalismo expansivo, los patriotismos excluyentes, que llenaron de guerra, muerte y devastación los dos últimos siglos. La modernidad se ha visto ennegrecida por el belicismo nacionalista, la barbarie terrorista, el espíritu tribal. Hay que volver a la luminosidad ilustrada, a la serenidad pacífica de la razón.

Es admirable la claridad de ideas que, en este orden, muestra el Padre Feijoo en su «Teatro crítico». Debería declararse de lectura obligatoria en las escuelas su discurso «Amor de la patria y pasión nacional». Nada más empezar, dice el buen fraile: «Busco en los hombres aquel amor de la Patria que hallo tan celebrado en los libros: quiero decir, aquel amor justo, debido, noble, virtuoso, y no le encuentro. En unos no veo afecto alguno a la Patria; en otros sólo veo un afecto delincuente, que con voz vulgarizada se llama pasión nacional». Feijoo ve que, al ídolo nacionalista, le han sido sacrificadas muchas víctimas, guerras, campañas, que tienen más que ver con la ambición personal que con el amor a la patria. Incluso en Roma, donde tanto se exaltó ese amor. Incluso en Cicerón, llamado Padre de la Patria por sus servicios a la República.

El amor a la patria puede ser un disfraz de la conveniencia propia, para vivir las costumbres, leyes, usos, lenguas a las que uno está vinculado, y que suelen llevar al error de «pensar ventajosamente» de la Nación donde se ha nacido. Este vicio de la pasión nacional, hija de la vanidad y la emulación, atribuye a su país mil fingidas excelencias, por parte incluso de quienes saben que son fingidas, llenando el mundo de mentiras y de historias falsas, desde Plutarco y Tito Livio hasta nuestros días. Sin embargo, esta pasión nacional le parece a Feijoo un vicio menor, al lado del pernicioso patrioterismo local.

El afecto al suelo donde uno nace es comprensible y natural, mientras se evite caer en la «peste del paisanismo», dice, dispuesto a cometer toda clase de injusticias y prebendismos, enemigos de la razón y la equidad, para favorecer al paisano. El gran patriotismo puede ser útil a la República. El patriotismo particular, la pasión tribal, suele inducir a la división de los ánimos que debieran estar unidos, constituir un incentivo para las guerras civiles y un estorbo para la aplicación recta de la justicia. Se explica que Feijoo lo viera como un «afecto delinqüente». El odio terrorista vendría después.

Seguridad Social por autodeterminación
Carlos Dávila La Razón  7 Junio 2004

Cada semana, el Gobierno nos depara no menos de tres ejemplos de pura contradicción. El de ésta ha sido grandioso. Días después de que el PSOE autorizara en el Congreso la internacionalización de los equipos regionales, Zapatero se viste de futbolista y se concentra un rato con la selección española. Como el presidente, siempre tiene preparada una frase, dice en Las Rozas que «esta es la selección de todos», y a Maragall, en Barcelona, se le mueven las tripas de risa. Bueno, al jefe de la Generalitat y al de Andalucía, Chaves, que siempre va de calderero de su supuesto correligionario catalán. La peripecia no es chusca, por más que algunos zopencos piensen que se trata de un anécdota menor en la vida de una nación ahora mismo dispuesta a dejarse trocear como una mortadela. En estas fechas pasadas, y a la vista de cómo se está corriendo en pos de la disgregación, Aznar sugería, a quien quisiera escuchar, que España ha tenido una oportunidad de convertirse en un país de primera, pero ha optado increíblemente por seguir en el pozo de la segunda. Quizá se le podría matizar que lo que le pasa a España es que desde muchos lados pretende dejar de serlo.

Presos del lazo para lobos de Maragall y del inefable separatismo de su querida Esquerra, los socialistas hacen funanbulismo para ir apagando fuegos. Y eso, encima, sin el debido respeto al Parlamento, donde, diga lo que diga el tránsfuga López Garrido, el PSOE ha posibilitado que Cataluña y otras más, compitan, por ejemplo en el rudo deporte del voleibol, con Alemania o Nigeria. Los socialistas se ríen incluso de lo que ellos mismos aprueban porque, según uno de ellos, el citado portavoz, ninguna federación mundial admitirá la participación de estos apéndices autonómicos. Es decir, que el PSOE soba el lomo de los independentistas, vota con ellos, y al tiempo proclama: «Que no cunda el pánico: lo que hemos votado es imposible». Una trampa o una desvergüenza.
Solía repetir el mil veces añorado Xavier Domingo, que «los socialistas se caracterizan por decir una cosa y la contraria y afirmar que las dos son verdad». Si viviera, podría corregirse asegurando ahora que también se distinguen por aprobar algo, mofarse de ello, y tranquilizar al personal con un descarado: «No lo podemos cumplir».

En este momento, la opinión espera expectante cuál será la próxima ocurrencia de un ministro/ministra que tenga que desautorizar Pedro Solbes, y aún más preocupadamente, qué nueva cesión hará Zapatero al secesionismo de los catalanes. Estos parece que marchan más deprisa que los vascos, pero es un error: corren a la misma velocidad. Tanta, que el rumor sobre el cambio de impresiones ¬negociación en toda regla¬ que el PSOE y el PNV están realizando a cuenta de la caja única, su ruptura, de la Seguridad Social, es algo más que una especie repetida; es la constancia que, para cumplir con el latiguillo de Zapatero, de todo se puede dialogar.

Y si la pasada semana el fruto del manido diálogo han sido las selecciones autonómicas, en esta que empieza pueden ya barruntarse noticias sobre la exigencia que el PNV ha planteado al rocoso ZP: a cambio del adormecimiento formal del derecho a la autodeterminación , que la Seguridad Social vuele por los aires. Ocurre todo esto en vísperas de unas elecciones europeas en las que lo importante es Iraq, no la desmembración de España. La pregunta es: ¿nos estamos volviendo chavetas los españoles? Por lo menos, lo que aparenta, es que nos importa más el futuro ajeno y no el muy comprometido nuestro. Por fuera, los aliados, que en opinión del renacido Borrell (¿es que nadie recuerda por qué tuvo que dimitir como candidato?), nos están esperando en Europa, firman acuerdos contraterroristas, nada menos, sin pensar ni una vez en nosotros, y hasta un periódico tan sesudo como el «Frankfurter Allgemeine Zeitung», hace escarnio de lo poco que les importamos a los presuntos receptores de nuestros recientes favores. Esto es lo que se llama «Volver a Europa», eso es lo que votamos el domingo que viene.

6. 6. 44.
Carlos Semprún Maura La Razón  7 Junio 2004

El 93 por ciento de los franceses declaran odiar a Bush; detrás de esa unanimidad se pueden notar matices y diferencias: por ejemplo, son muchos quienes no sólo odian a Bush, sino a EE UU, esa «superpotencia agresiva e imperialista», culpable de todo, del hambre en el mundo, del terrorismo islámico, del calentamiento del clima, y hasta del trasvase del Ebro. Otros, pero menos, matizan las cosas: EE UU no son los malos de la película, sino Bush y los republicanos, cuando gobiernan los demócratas ¬y sueñan con una victoria de John Kerry, en noviembre¬, los USA se convierten en país amigo, y deja de ser «fascista». Recientemente, una inmensa mayoría de franceses apoyaba a Chirac, cuando el presidente galo intentaba salvar la tiranía iraquí y su tirano Sadam Husein, oponiéndose como pudo a los USA, pero sin lograrlo. Eso no quita que sigan manteniendo que Francia tenía razón, visto el caos actual en Iraq. Lo cual significa que no había que derrocar a la tiranía. Pero ¿qué hacen contra ese «caos»? Absolutamente nada, dan consejos desde el palco.

En estas circunstancias, las ceremonias en torno al 60° aniversario del desembarco aliado en Normandía, curiosamente más solemnes que las precedentes, cobran un aspecto irreal, y esto más que nunca. No podían faltar, en semejantes ceremonias, el elogio póstumo a los muertos, al heroísmo de los combatientes norteamericanos, británicos, canadienses, y algunos más, que iniciaron en Normandía (en realidad ya lo habían iniciado en Italia), la liberación de Europa del yugo nazi. Y si George W. Bush habló de todo ello, como es lógico, y de la histórica amistad y alianza entre los EE UU y Francia, la insistencia de Chirac para proclamar que esa amistad de siempre existe hoy, tanto o más que nunca, lo cual es falso, me hace pensar que tal vez sea consciente de que ha perdido esa batalla que quiso librar, muy solo, contra los USA, y ahora intenta apaciguar los ánimos echando la patata caliente del problema iraquí, a la ONU. Pero ¿qué es la ONU? Rusia, China, Cuba, Siria, Francia, Irán, como USA, Reino Unido y otros países, cuyos desacuerdos sobre Iraq, y el resto de los problemas mundiales, son evidentes. ¿Qué ONU, o qué trozo de ONU va a decidir cuál será la mejor solución a los problemas iraquíes? ¿Arabia Saudí?

Habiendo asistido desde lejos, desde los arrabales parisinos, al desembarco en Normandía de las tropas aliadas, esa tremenda y magnífica batalla militar para mí, después de 60 años, nada ha cambiado, los yanquis nos liberaron.

Gratuidad como irresponsabilidad
José Javaloyes Estrella Digital 7 Junio 2004

Al final, pelillos a la mar. Bush y Chirac reconocían en París, al aire del LX Aniversario del desembarco de Normandía, que pocas o ningunas son las discrepancias que restan de la bronca franco-americana sobre Iraq. Lo que ha sido no puede ser de otra manera, y para lo que tenga que ser, ya se ha establecido un consenso más que suficiente. Hace un par de meses ya se veía venir que sería así, sin recurso a los augures ni consulta a los profetas. Las cartas estaban tan echadas como la suerte. Y, sin embargo, estribado en la inercia de la campaña electoral, montado en la onda del 11M y al aire de la inexperiencia plena, José Luis Rodríguez Zapatero decidía en solitario, sin modulación de formas y sin dejar que corriera el reloj, traer de inmediato las tropas españolas que estaban en Iraq.

Ahora, los dos interlocutores de París, Francia y Estados Unidos, pujan en la subasta para alcanzar la preferencia de Marruecos. Del Perejil a la fecha, la política exterior española queda instalada en la más absoluta soledad, en un compás de aislamiento parangonable al de los tiempos internacionalmente más críticos del franquismo. En política no hay actos gratuitos, y en política exterior mucho menos que en ninguna otra. Una visita en diciembre a Rabat de Rodríguez Zapatero, mientras la tensión diplomática hispano-marroquí alcanzaba niveles críticos, pudo generar en el vecino equívocas expectativas de disenso entre los españoles, hasta el punto de tensar más la cuerda con la toma del Perejil. Aquello arrastró como consecuencia el arbitraje norteamericano y el consecuente disgusto francés. Pero hizo algo más: desplazar la diplomacia española a la órbita política de Washington y a la compleja galaxia imperial de EEUU. De ahí en adelante todo fue una cadena de despropósitos sintácticos en la política exterior de Aznar, culminada con el eslabón de la foto de las Azores.

Desde aquel diciembre del 2002 al abril de este 2004. De la bajada al moro a la anabasis iraquí; una cosa y la otra, sin pensárselo dos veces, o llevado de las consultas a los peores consejeros posibles: gentes, entre los propios, que llevan las palabras por delante de los pensamientos; entre los ajenos, con un sintético y caliente discurso de pancarta. Y de manera tal hemos llevado este Gobierno a la soledad diplomática más palmaria, al despiste político y a la irrelevancia internacional. Tras de las cabreantes risitas franco-alemanas, de Chirac y Schroeder, y de los subsiguientes lances de capa en Bruselas, amén del dejémoslo/para/más/adelante de Londres a la propuesta de retomar las negociaciones sobre Gibraltar, al cabo de todo eso, el balance provisional arroja el aupamiento franco-americano de la orilla sur del Estrecho, con el vaciamiento diplomático de nuestro esquema de seguridad nacional en el flanco sur, y la desvitalización internacional de nuestros modestos efectivos de defensa.

Dicen que ahora, en la OTAN, la intervención de los mandos españoles precede indefectiblemente a la no comparecencia de muchos de los demás representantes. Y es muy lógico que así ocurra. Plebiscitar la política exterior, algo inédito en las naciones serias, implica una suerte de prevaricación sobre los recursos y necesidades del Estado; pero hacer lo propio en política de defensa arrastra el descrédito internacional y arruina las alianzas. Como para seguirse poniendo medallas.

No habrá de pasar mucho tiempo para que acabemos de saber qué y cuánto va a costarnos la retirada de nuestras tropas en Iraq, tanto por el hecho en sí como por la manera en que se ha decidido y lo perentorio de los plazos en que se ha ejecutado. Dentro del principio general de que en política no hay errores gratuitos, sobrevendrá en breve la evidencia de que en este caso el precio será ruinoso.     jose@javaloyes.net

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