AGLI

Recortes de Prensa     Domingo 13 Junio 2004
El problema nacional
Amando de Miguel La Razón  13 Junio 2004

El Egipcio lo aclara todo
Luis María ANSON La Razón  13 Junio 2004

Votaremos al PP, ¿pero cuántos
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital  13 Junio 2004

Repásalo
Cristina Losada Libertad Digital  13 Junio 2004

EL RAPTO DE ESPAÑA/EUROPA
César Alonso DE LOS RÍOS ABC 13 Junio 2004

Resurrección de la derecha
EDITORIAL Libertad Digital   13 Junio 2004

PROBLEMA
Jon JUARISTI ABC 13 Junio 2004

EL SOCIALISMO CATALÁN
Jaime CAMPMANY ABC 13 Junio 2004

El detonante
José María Carrascal La Razón  13 Junio 2004

Los protagonistas de la Historia
FERNANDO SAVATER El Correo  13 Junio 2004

Hablar para confundir
Amando de Miguel Libertad Digital  13 Junio 2004

El dadivoso
Alfonso Ussía La Razón  13 Junio 2004
 

El problema nacional
Amando de Miguel La Razón  13 Junio 2004

Desde hace más de un siglo, cuando surgieron los nacionalismos actuales, tenemos vivo en España el problema nacional. Nadie lo ha resuelto. Quizá Franco lo agravó al exaltar una especie de nacionalismo español que no fue a ninguna parte. La democracia actual complicó más las cosas al conceder un desmesurado papel a los partidos nacionalistas, por ejemplo, a través de la ley electoral. La razón fue que los minúsculos partidos nacionalistas habían sido antifranquistas.

La cuestión es simple. Vamos a suponer que en España dos de cada diez españoles se consideran nacionalistas o afines. Eso quiere decir que les molesta España, se sienten incómodos siendo españoles o manejando sus símbolos: bandera, escudo, himno, pasaporte, moneda, sellos, selecciones nacionales de deportes y, en general, todo lo que lleva la palabra nacional o España. La Telefónica dejó de ser «nacional» y de «España», y lo mismo pasará con la Renfe y otras compañías nacionales o españolas. El «.es» de la internet dejará de serlo.

El problema no está en que ese 20% de españoles no quieran serlo. Faltaría más. Nada más español que no querer serlo o abominar de los toros o el flamenco. (También es curioso que se llame flamenco a una expresión artística que se considera en la raíz de lo nacional). El problema está en que ese 20% ejerce un desmesurado peso no sólo en el Gobierno vasco o catalán, sino en el Gobierno de España. Ese peso desproporcionado se nota en la progresiva y sutil desaparición de los símbolos nacionales. Quedan pocas banderas españolas en los centros de enseñanza; en los del País Vasco o Cataluña, ninguna.

Se nos impone una especie de federalismo de hecho, por lo menos a través de los símbolos. Se ha llegado a promover en serio que el catalán, el vasco o el gallego sean idiomas oficiales ¿en Europa! A mi modo de ver, ni siquiera el español tendría que ser oficial en la Unión Europea, aunque sí en la ONU. No está lejano el día en que habrá traducción simultánea de las cuatro lenguas (los valencianos, allá ellos) en el Congreso de los Diputados. Naturalmente, habrá que cambiar la Constitución, pero se cambiará. El 20% de nacionalistas tiene mucho más peso que el que corresponde a esa proporción. En España se puede criticar todo, menos a los nacionalismos. Sus tesis se consideran sagradas. Los altos cargos no juran o prometen guardar la Constitución sino favorecer a los nacionalistas en todas sus peticiones y exigencias. Eso es lo que prometen.

El problema es que el 80% de los españoles están hartos de las tendencias apuntadas. Votan a sus respectivos partidos nacionales, pero por inercia. Saben perfectamente que esos partidos no van a defender los intereses o los símbolos de la nación española. Ése es el problema nacional.

El Egipcio lo aclara todo
Luis María ANSON de la Real Academia Española La Razón  13 Junio 2004

No hubo relación de causa-efecto entre la guerra contra Sadam y el 11-M. Rabei Osman El Sayed, El Egipcio, llevaba desde el año 2002 preparando la matanza. La escandalosa manipulación del PSOE, favorecida por la incapacidad invertebrada del PP para reaccionar, ha quedado al descubierto ante la opinión pública a pesar de las veladuras de los medios oficiales, como anticipé en la canela del pasado jueves, que tanto ha mortificado a algunos.

Para mayor abundamiento: El Egipcio preparaba un atentado, similar a la salvajada del 11-M, en el Metro de París. Francia ha sido el adalid europeo frente a la intervención americana en Iraq. Pero el terrorismo internacional, a pesar de los cacareos franceses, proyectaba ensangrentar el corazón de París.

Zapatero, en fin, ha hecho algo más que el ridículo. Ha ofendido la dignidad de España con la precipitada y cobarde retirada de nuestras tropas, cuando en Iraq trabajaban por la reconstrucción soldados de treinta y tres países. Ha apoyado después la última resolución de la ONU a favor de que nuevas naciones envíen efectivos militares a Iraq. Y no ha sido capaz de reconocer que la escandalosa campaña intoxicadora del 11 al 14 de marzo pasado, bajo la consigna «represalia contra Aznar por la participación española en la guerra de Iraq», era una falacia electorera, como ha demostrado la detención de El Egipcio. «Este cabroncete, se habrá dicho Zapatero, nos ha dejado con el rabel al aire». Eso sí, asentado en el Gobierno sobre los votos manipulados de los españoles.

Votaremos al PP, ¿pero cuántos?
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital  13 Junio 2004

Seguimos bajo el trauma político del 13-M. No del 11-M, el día de la masacre de Madrid, ni el 14-M, la jornada de la victoria del PSOE, sino el día terrible, inolvidable, de golpe políticomediático del PRISOE, que en la jornada de reflexión arrojó contra el Gobierno del PP los casi doscientos cadáveres de las estaciones madrileñas y los mil quinientos heridos por las mochilas-bomba, los dieciséis millones de manifestantes contra el terrorismo el 12-M y los diez millones de votos del PP, desnortados, extraviados, abandonados por una derecha política idiotizada y manipulados por una izquierda desvergonzada. Esa izquierda cuyo símbolo es Rubalcaba pero cuyo jefe real es Polanco supo manipular la tragedia hasta convertir al Gobierno Aznar, gobierno zombie, en supuesto responsable del más horrible atentado de la historia de España. El resultado ha sido doble: el débil gobierno Zapatero y la débil situación de la democracia española, que se ha rendido ante el terrorismo, ha desertado de la trinchera occidental y se encuentra en tierra de nadie, entre Marruecos y Francia, sin los USA que nos ayuden.

Y en estas, llegan las elecciones europeas. ¿Europeas? Euroasiáticas, como poco. La capital más invocada por la Izquierda no ha sido Bruselas sino Bagdad. Todo su programa consiste en repetir las mentiras del 13-M, la culpabilización del PP a toda costa, con atroz desvergüenza, con ciega irresponsabilidad. En cuanto a la Derecha, la última semana ha parecido desperezarse, despertarse en su parte más joven y activa, más politizada. Recobrado el pulso, la razón última de su movilización es gemela y opuesta a la del PSOE: recuperarse del 13-M, de la mentira y la criminalización que las siglas del PP han padecido a manos de ese poder político y mediático amalgamado por PRISA y formado por socialistas, comunistas y separatistas. Un poder cuya única razón de ser y de existir es la aniquilación de la derecha española, por dos razones: porque es española y por que es derecha. Hasta qué punto ese programa común del odio es capaz de movilizar a un electorado satisfecho en lo fundamental, que era echar al PP del Gobierno, tardaremos poco en saberlo. Las mismas horas que nos faltan para saber si los que vamos a votar al PP precisamente por lo mismo que lo atacan, porque es español y de derechas, seremos muy pocos o bastantes o muchos. Lo único evidente es que el 13-J será un episodio más, aunque significativo, de un ciclo político en el que no se sabe si prevalecerá el socialismo o el liberalismo, si se asentará una idea de España o de su demolición, si seguiremos en Europa o empezaremos a navegar entre el Rif y el Caribe, entre la nada y París. Al final, siempre volvemos a Madrid. Tenemos ahí, desde hace meses, una cuenta pendiente. Que no sabemos cuándo se llegará a pagar.

Mientras tanto, a votar.

13-M
Repásalo
Cristina Losada Libertad Digital  13 Junio 2004

¿Qué pensará ahora quien me envió aquel mensaje el 13 de marzo? Decía: “Intoxicación informativa al qaeda ha reivindicado el atentado cuatro veces a través de medios árabes el gobierno lo niega. Pásalo”. A estas alturas, ya debe de tener claro que intoxicaciones informativas hubo más de una, pero quizá me reenvíe el texto debidamente corregido cuando se corrobore ese dato en la comisión de investigación. Ésta empezará a trabajar después y no antes de las elecciones europeas, porque hay cosas que es perentorio conocer antes de ir a las urnas, y otras que pueden esperar.

La reivindicación a la que se refería supongo que es el e-mail de aquel grupo islamista fantasma, pero no es cuestión de hacer tiquismiquis por eso, ni por las “cuatro veces”, detalle éste que me recuerda a algunos mensajes que circulaban cuando el Prestige: un gallego en el extranjero ofreció por tres veces el envío de barreras pero no se le hizo caso; una universidad ofreció cinco veces un programa informático para controlar la mancha, pero ni flores. Y así. Se quedaba uno preguntándose cómo afinaban tanto en ese dato y tan poco en otros. La pregunta adecuada era: ¿para qué?

Pero sobre lo sustancial, que es el papel de Al Qaida en la masacre, imagino que no estará tan seguro como lo estaba acerca de las veces que reivindicó. Los detenidos como presuntos autores andaban en la pequeña delincuencia, muchos estaban fichados y parece que consiguieron los explosivos trapicheando con soplones. Ni la banda de Ben Laden, ni otras que conocemos mejor aquí, se arriesgan a trabajar con tipos así. Cierto que ahora parece que “El Egipcio” era el “cerebro” (y van ¿cuatro?), y que le consideran un importante “ideólogo” de AQ, pero si le hacemos caso, empezó a planificar la matanza en otoño de 2001, y eso hace trizas el núcleo de los mensajes que rularon el 13-M.

El texto sólo decía que habían sido los de AQ y que el gobierno lo negaba. No hacía falta más. Cualquiera podía completar la ecuación, incluso los chicos de la LOGSE y, tal vez, ellos más que nadie. El problema era tan sencillo que un 75 por ciento de españoles, según las encuestas, lo ha resuelto: cree que el atentado nos tocó por nuestra presencia en Irak. Ni “El Egipcio” va a conseguir convencerlos de lo contrario. Es una creencia reconfortante. Como también era reconfortante castigar ipso facto a alguien: al gobierno que niega, que se resiste a confesar, como los sospechosos.

El proceso de transferencia de la culpa, y de proyección de la rabia y el dolor, o sea, del miedo, fue sencillo e impecable. Claro que se desplegó so capa más presentable: saber la verdad. A tal fin se congregó gente ante las sedes del PP aún violando las reglas del juego electoral; esperaban que allí se les dijera lo que necesitaban saber antes de votar. No fue así, pero todo lo que querían saber lo supieron al día siguiente. El resultado electoral colmó el ansia de verdad. Tanto, que los obedientes transmisores no han debido molestarse en repasar otra vez el texto para ver si contiene alguna micra de verdad. Quiero decir, una más, aparte del “pásalo”.

EL RAPTO DE ESPAÑA/EUROPA
Por César Alonso DE LOS RÍOS ABC 13 Junio 2004

LA masacre del 11 de marzo marca un antes y un después en relación con la presencia de España en la Unión Europea. Ha abortado el papel que España estaba comenzando a tener en ésta y que venía a retomar, si no aquella rectoría de la que nos habló Camoens al referirse a España como «cabeza da toda Europa», al menos a la influencia que tuvo en tiempos de Carlos III.

Los cerebros de un atentado con tal objetivo no han sido ni «el Tunecino» ni «el Egipcio» de los que se habla. Se trata de alguien que ha querido impedir -de forma bestial- la posibilidad de un liderazgo español en Europa, compartido, por supuesto, con naciones como Gran Bretaña, Italia, Portugal, Polonia, la República Checa... Y si esto no quieren verlo los españoles de izquierda es que ya no saben siquiera lo que son.

No fue el azar el que desbarató el diseño de Europa y el papel de España en ésta. No fue un hecho natural. En esta ocasión no fue la tormenta la que decidió la derrota de la Armada. Hubo una autoría. Hubo un cerebro criminal, antiespañol y con una idea muy raquítica de Europa. Se impidió la «salida» española al exterior, que, curiosamente en esta ocasión, estaba dirigida por mano conservadora, es decir, por aquéllos a quienes siempre se había acusado de autárquicos y casticistas.

Éste es un hecho que no podemos dejar de tener en cuenta. La masacre no sólo ha abortado la acción española en Europa, sino que ésta pudiera estar dirigida por la derecha. Lo que es evidente (al margen de la cuestión misma de la autoría de la masacre) es que la izquierda española no podía soportar que el PP fuera el partido que sacara a España del ensimismamiento tradicional, del exclusivismo y del casticismo, y que lanzara a la nación a empresas internacional. Por vez primera en siglos, se optaba por el europeísmo y la comunicación, y los responsables de ello eran conservadores.

Y también paradójicamente ha sido la izquierda española, sedicentemente progresista, la que se ha portado de forma melancólica y retardataria al apuntarse a la consigna de Ganivet: «Noli foras ire. In interiore Hispaniae habitat veritas». El atentado ha rubricado este estado de ánimo del español que mira con miedo al exterior.

España ha perdido su ocasión internacional y ha sido por culpa de la izquierda. Ya había habido muchas manifestaciones antiatlantistas y contra la intervención en Irak. El atentado fue (lo he dicho en otras ocasiones) su coronación. Y debo recordar también que, en esta columna y con motivo de la reunión de las Azores, escribí que la izquierda no podía tolerar que esa subida de España a la escena internacional estuviera dirigida bajo la dirección de la «derecha». Otra cosa habría sido la foto de las Azores con González y Bush padre o Bush hijo... Pero lo cierto es que en las Azores estuvieron los dos viejos imperios, el británico y el español, con la supernación que es Estados Unidos... y Portugal -Imperio también- como anfitrión. Insoportable para la izquierda y para los autores de la masacre (no confundirlos).

PERO la masacre tuvo otra víctima: la propia Europa. Ésta ya no era la que describió Luis Díez del Corral en las primeras líneas de «El rapto de Europa», cuando entra en la época contemporánea con una gran seguridad en sí misma y convencida de su preeminencia sobre los demás pueblos y culturas. La Unión Europea de ahora es frágil y tiene conciencia de tal e incluso es incapaz de definirse. Contra esta Europa se hizo la masacre del 11 de marzo: para que pavlovianamente no tuviera viejas certidumbres. A sí que la masacre atentó contra una nueva idea de Europa y la presencia de España en ésta. Por eso sería terrible que los resultados de las elecciones de hoy dieran la razón a los «cerebros» de aquélla.

Resurrección de la derecha
EDITORIAL Libertad Digital   13 Junio 2004

Desde 1898 hasta hace muy pocos años, la política internacional apenas había ejercido una influencia sensible en la opinión pública española. Y puede decirse que las elecciones del pasado 14 de marzo son las primeras en que el factor internacional ha sido determinante. El rechazo a la mal llamada guerra de Irak –nuestros soldados, a diferencia de la guerra del Golfo, no estuvieron implicados en el esfuerzo bélico, tan sólo en tareas de ayuda humanitaria y, después, en misión para garantizar la paz, la seguridad y la reconstrucción de Irak–, a falta de un auténtico programa de gobierno, fue el único argumento del PSOE durante todo el año anterior. Un argumento que consiguió rentabilizar gracias a la concienzuda manipulación de la tragedia del 11-M.

Hoy ya sabemos que la relación entre la guerra de Irak y los atentados del 11-M, sobre todo después del testimonio de "El Egipcio", se diluye como un azucarillo en una taza de café. Y también sabemos que en la trama del 11-M hay tantos agujeros negros y tantas preguntas sin respuestas razonables que ya resulta imposible descartar que ciertos sectores de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado actuaran antes del 11-M con una negligencia que se adentra peligrosamente en la imprudencia temeraria. Una negligencia que, en las horas siguientes al 11-M, pudo transformarse en algo mucho peor: en la ocultación deliberada al Gobierno de información trascendental sobre la posible autoría de los atentados, y la casi segura filtración de esa información al partido entonces en la oposición.

Estos hechos y circunstancias –que ya son del dominio público– unidos a la reciente resolución de Naciones Unidas aprobada por unanimidad (incluido el voto de España), que solicita el envío de tropas para garantizar la transición democrática de Irak, han dañado sensiblemente el único capital con que el PSOE concurría a estas Elecciones Europeas: la retirada precipitada de nuestras tropas en Irak, basada en la afirmación categórica de Zapatero de que era imposible que antes del 30 de junio las Naciones Unidas aprobaran una nueva resolución. El Gobierno de Zapatero ha quedado en evidencia y en ridículo en su única baza electoral: la política internacional. Especialmente cuando Francia y Alemania, después de que Zapatero renunciara a Niza a cambio de entrar en el eje antiamericano Chirac-Schroeder, han hecho las paces con EEUU. El resultado es que nos hemos quedado sin aliados, en tierra de nadie, con el agravante de que Marruecos ocupa ahora nuestro lugar como aliado preferencial de EEUU en el Estrecho.

Si a todo esto se añade el espectáculo de la descoordinación entre los ministerios y las continuas rectificaciones y desmentidos sobre materias especialmente sensibles (economía, vivienda, fiscalidad, modelo autonómico, etc.), la lamentable disposición a acatar los caprichos de los separatistas (selecciones autonómicas, derogación del PHN) y la insólita prepotencia empleada en la paralización de la LOCE, el balance del Gobierno socialista no puede ser más decepcionante en tan poco tiempo. Y todo ello explica que la campaña de las Elecciones Europeas haya acabado de un modo muy distinto al que la inmensa mayoría esperaba: con una derecha en auge y con una izquierda a la defensiva. El síntoma más claro fue la burda manipulación de la entrevista a Jaime Mayor Oreja en TVE, donde el entrevistador abandonó la neutralidad que, por su posición, debía observar –primero como entrevistador y después como trabajador de la "televisión de todos", al decir de Borrell–, para asumir, por órdenes quizá de la superioridad, el papel de fiscal acusador en juicio sumarísimo donde la sentencia estaba dictada de antemano.

Pero la derecha, congregada en torno a Mariano Rajoy –que ha demostrado ser un magnífico parlamentario y un líder muy sólido también en la oposición– y a Jaime Mayor Oreja –flojo al principio, pero excelente al final de la campaña–, se ha recuperado en apenas tres meses del peor golpe que ha recibido en la historia de la democracia. Y ha abortado los intentos del antiguo bloque de la oposición, hoy en el Gobierno, de desmoralizar y de destruir, con sofismas, mentiras e infamias, al primer partido de España en número de afiliados.

Nuestro editor, Federico Jiménez Losantos, acuñó el término Mari Complejines, para definir, de una forma admirablemente compacta y certera, a la derecha española, firme en sus valores y convicciones íntimas pero, casi siempre, acomplejada ante la siempre supuesta e hipervalorada legitimidad democrática de la izquierda. Pero la campaña de las Europeas ha demostrado que la derecha, cuando es golpeada e infamada sin justificación, también sabe reaccionar con serenidad y con firmeza. Y lo cierto es que Borrell, que nada tenía que ofrecer salvo la humillante sumisión a Francia y Alemania y la absurda, precipitada e inútil retirada de las tropas de Irak, ha acabado pidiendo la hora. Si la campaña hubiera durado una semana más, la sorpresa, que ya hoy es notable, habría sido mayúscula. La derecha empieza a dejar de ser Mari Complejines. Y la izquierda, una vez agotado el efecto de la demagogia antiamericana y de la sonrisa fácil, está volviendo, a marchas forzadas, a los mismos métodos y al mismo talante que la expulsaron del poder en 1996. Si es que, alguna vez, había salido de ellos de verdad. Mañana sabremos si la resurrección de la derecha, patente en la campaña, también se traduce en las urnas.

PROBLEMA
Por Jon JUARISTI ABC 13 Junio 2004

SEGÚN Mohamed Benaissa, canciller marroquí, sin el desequilibrio en el tratamiento que los Estados Unidos han dado al conflicto palestino-israelí (traducción al español: sin el apoyo de los Estados Unidos a Israel) no habría antiamericanismo árabe. O sea, que ni los americanos habrían sufrido su 11 de septiembre ni los españoles, es un suponer, nuestro 11 de marzo. No es una tesis original: ya la esgrimió Bin Laden, el día siguiente de la matanza de Nueva York, y se ha convertido desde entonces en el tópico más trillado del secano mental progresista cuando hay que explicar ese choque de civilizaciones -islam contra Occidente- que, al parecer, es pura fantasía. Se recordará que incluso el presidente Rodríguez vino a decir algo semejante durante la visita a España del primer ministro de la Autoridad Nacional Palestina. La complejidad de la situación presente resulta engañosa porque, en realidad, no hay más que un problema. Un único problema. ¿El problema palestino-israelí, quiere usted decir? No, joven, eso son dos problemas, y estamos hablando de uno solo, de la matriz del embrollo, de la madre de todos los problemas, del problema por antonomasia. Del Problema, vamos. No se haga el tonto. Cuando en Damasco, en Rabat, en Yakarta y ahora también en Madrid se habla del Problema, se habla de Israel.

Y, mire usted lo que son las cosas, en Europa creíamos haber resuelto ese problema. Si hoy, domingo 13 de junio, podemos elegir a los diputados que nos representarán en el Parlamento Europeo, es porque el problema se resolvió hace sesenta años, o eso parecía. Resulta molesto hablar del problema, créame. En realidad, todo fue muy bien mientras se mantuvo el pacto de silencio: Europa ha llegado a ser lo que es porque el problema tuvo solución. Quizá no la que usted y yo habríamos deseado, pero vaya si la tuvo. Nuestros abuelos se pasaban el día discutiendo del problema, todo el mundo sabía que había un problema y sabía cuál era el problema y cómo se llamaba el problema. Y, como todo problema debe tener una solución, no cesaban de dar vueltas al problema para encontrársela. Nuestros abuelos, los abuelos de los ciudadanos europeos actuales, discrepaban en este punto. Aquí, en la Europa católica, se confiaba desde hacía muchos siglos en las virtudes lustrales del agua (bautismal). Allí, en la Europa ortodoxa, optaban de vez en cuando por el fuego purificador. En la Europa posluterana, más filosófica, alguien descubrió la superior eficacia de ciertos fluidos gaseosos y se acabó el problema. Es decir, el problema de encontrar la solución final del problema. Es de mal gusto, como usted sabe, hablar de aquello. Pero demuestra un gusto pésimo, además de un preocupante déficit de patriotismo (europeo), recordar que Europa es hoy lo que es, más los países de la ampliación, gracias a que alguien solucionó el problema.

No deja de ser un incordio que los musulmanes vengan ahora a asegurarnos que «no es posible la reforma que Washington desea en Oriente Próximo sin la resolución del problema» (Benaissa) y que, en consecuencia, de tal ausencia de solución o de persistencia del problema se derivará, para nosotros, para el mundo en general, Europa incluida, toda una serie de problemas (Bin Laden). Pero ya sabemos -gracias al presidente Rodríguez, entre otros- que la guerra contra el terrorismo internacional no puede ser una guerra convencional. Se trata, por el contrario, de atacar el problema en su raíz. Ahora bien, si Rodríguez tiene tan claro que el problema está donde dijo que estaba, ante la complaciente sonrisa del primer ministro de la Autoridad Nacional Palestina, ¿a qué viene tanta murga gubernamental sobre cooperación y ayuda al desarrollo como lenitivo del inexistente choque de civilizaciones? Menos mal que, desde 1492 hasta la fecha, España no se ha caracterizado por estar a la vanguardia de los especialistas en resolver el problema (es decir, el Problema). Esperemos que, en este aspecto, el gobierno de Rodríguez alcance felizmente el nivel de inoperancia de los anteriores.

EL SOCIALISMO CATALÁN
Por Jaime CAMPMANY ABC 13 Junio 2004

PARTE de nuestro socialismo se ha hecho nacionalista, que es algo así como si Gaspar Llamazares se hace cura o como si Boris Izaguirre se mete a benedictino. Ahora, en Cataluña no se sabe bien si ser socialista es ser del partido que fundó Pablo Iglesias o ser un esquerrista de Companys. No parece sino que el socialismo catalán, de tanta historia y de tanto predicamento, se haya desgajado del socialismo español y se haya convertido en la facción más o menos socialista de Esquerra Republicana de Catalunya.

Pasqual Maragall ha cogido el socialismo catalán por los cuernos y se lo ha llevado a otra dehesa. Desde el primer momento de la victoria socialista en las elecciones generales, Maragall amenaza con formar un grupo aparte en el Congreso de los Diputados y con presidir un socialismo independiente dentro de una Cataluña independiente. En esta situación y ante las exigencias independentistas del nieto del poeta, Rodríguez Zapatero calla y come, es decir, aguanta y sigue gobernando con esos votos absolutamente necesarios para formar mayoría parlamentaria. Rodríguez Zapatero sonríe, pone el talante para la tolerancia, calla y sigue. Acepta en silencio que Maragall diga que quiere tener una «selección nacional» de fútbol como Escocia, una Agencia Tributaria propia para recaudar y gastar como le salga del níspero o que de los actos oficiales de la Generalidad destierren la bandera española y el Himno nacional.

Carod-Rovira manda en el tripartito gracias a que sus votos, equivalente a un quince por ciento de los votantes catalanes, son necesarios en esa coalición. Carod-Rovira se ha constituido en un enano imprescindible. Y Pasqual Maragall, que preside la Generalidad gracias a esos votos, se encuentra cautivo de ellos. Un escalón más arriba, Zapatero se halla en situación idéntica a la de Maragall, y se encuentra preso y condicionado de los votos catalanes, que un día fueron socialistas y hoy son nacionalistas y republicanos. Si se examina seriamente esta situación, tendremos que concluir en un diagnóstico pesimista. No parece muy descabellado afirmar que ese doble condicionamiento en que se encuentran, primero Maragall y después Zapatero, conduce a un callejón sin salida y mete al Gobierno de la Generalidad y de la Nación en una posición insostenible.

El Gobierno de uno y de otro, Maragall y Zapatero, está pendiente de una cuerda débil, casi de un hilo poco resistente, que si no se rompe será porque Zapatero ceda todo cuanto tenga que ceder para que el hilo no se tense demasiado. Pero ya estamos comprobando que las cesiones son demasiado graves para que resulten soportables. Carod-Rovira exige a Maragall y Maragall exige a Zapatero claudicaciones demasiado escandalosas para que levanten resistencias graves en el socialismo español, de una parte, y en la propia España -socialista o no- de otra. Un día es la selección catalana de fútbol, otro día se plantea la representación de Cataluña en Europa, el catalán en el Parlamento europeo, el Archivo de Simancas para Cataluña, el nuevo Estatuto, etcétera, etcétera. Llegará un momento en que ya no queden palacios de Montjuich que ceder ni Companys que ensalzar. Algún día habrá que decir «no» a ese Rovira metido en la piel de Maragall.

El detonante
José María Carrascal La Razón  13 Junio 2004

Se les están cayendo los palos del sombrajo y tratan desesperadamente de sostenerlo con los brazos. Contaban con que no habría resolución de la ONU sobre Iraq, y la ha habido. Creían que franceses, alemanes y norteamericanos continuarían peleados, y se han reamigado. Pensaban que París y Berlín les pagarían su alejamiento de Washington cediéndoles poder en Europa, y le han contestado lo que aquel caballero a la dama que le pedía dineros tras el acto: «Amor con amor se paga». Creyeron que Bush se achantaría ante su desplante, y ha firmado un acuerdo con Marruecos. Dieron por buena la falsa traducción de una agencia, como si en Exteriores no se supiera inglés, y han tenido que pedir disculpas. ¿Qué imprevisión! ¿Qué infantilismo! ¿Qué atolondramiento! ¿Qué autocomplacencia! ¿Qué espectáculo ante el mundo!

Yo sé cómo va a salir de este berenjenal el presidente Zapatero: cediendo ante Marruecos en la cuestión del Sahara. Cambiando 180 grados la política, no ya del PSOE, sino de España hacia ese contencioso. Dejando caer la tesis de que debe solucionarse según las resoluciones de la ONU, para dar paso a otra que lo mete en su marco regional. O sea, la tesis de Marruecos. La sostuvo ya Maragall en su última visita a Rabat y la avaló Zapatero posteriormente en Casablanca. Incluso Moratinos anda haciendo ya gestiones por esas cancillerías para sacar adelante lo que él llama «Plan integral para el Magreb». Si yo fuera saharaui andaría preocupadísimo, pues intenta quitárseles la cobertura de la ONU para dejarles a merced de sus poderosos vecinos. Por cierto, ¿qué va a decir a ello Chaves, su máximo valedor en España? Bueno, Chaves está demasiado ocupado en gastarse los millones que le han dado.

Pero si Zapatero y Moratinos creen que Marruecos va a contentarse con ese favor vuelven a demostrar que son unos pardillos. Al revés, sólo le abrirá el apetito. Una vez asegurado su frente sur, se dirigirá hacia el norte, que nunca ha olvidado. ¿Qué vamos a hacer ante una marcha verde sobre Melilla? ¿Disparar contra las mujeres y niños que la encabezarán? ¿Pedir ayuda a Francia, tradicional protectora de Marruecos? ¿A la Unión Europea, que es incapaz de solucionar los conflictos en Europa? ¿A Estados Unidos, tal vez, como cuando lo de Perejil? Serían capaces. Lo que ya dudamos es que Estados Unidos les hiciese caso.

En fin, que Moratinos tenía la razón al decir que la retirada de nuestras tropas de Iraq ha sido el detonante de cuanto ha ocurrido después. En lo que se equivocaba era dónde. Ese detonante estaba justo debajo de nuestra silla. Es lo que suele ocurrir cuando se unen demagogia, improvisación e inexperiencia. Gracias a estos nuevos señores que nos gobiernan, España vuelve a estar donde estaba: en ningún sitio. Otra cosa es que los españoles lo vean.

Los protagonistas de la Historia
FERNANDO SAVATER El Correo  13 Junio 2004

El mayor agobio de la condición humana y también su más inequívoca fuente de dignidad consiste, si no me equivoco, en la urgencia de buscar explicaciones más o menos racionales a cuanto ocurre en cielos y tierra. En especial cuando se trata de acontecimientos históricos, en los que además de motivos hay que señalar responsabilidades, culpas y méritos. En los asuntos del mundo físico basta con explicar los mecanismos que necesariamente dan lugar a los sucesos pero en cuestiones políticas y sociales es preciso también identificar a los protagonistas del gran drama -o la gran comedia- humano. Y atribuirles elogios o condenas, a unos la palma del martirio y a otros el sambenito que estigmatiza al delincuente. Por eso Hegel aseguró que la Historia es el verdadero Juicio Final, el cual tiene lugar por cierto todos los días y no sólo al final de los tiempos como se nos había dicho.

Desde el 11 de septiembre del 2001, cuando Al-Qaida demostró patentemente su proyecto bélico y su capacidad destructiva, las explicaciones sobre la nueva situación mundial proliferan de manera casi abrumadora. Unos se inspiran en Samuel Huntington y su apocalíptico 'choque de civilizaciones', otros prefieren referirse al envenenado conflicto de Oriente Próximo, mientras algunos opinan que la arrogancia de EE UU en general y de la Administración Bush en particular ha terminado atrayendo sobre nuestras cabezas esta amenaza fatal. Me apresuro a decir que a mí me pasa lo mismo que a la mayoría de los que ofrecen estas argumentaciones más o menos convincentes: yo tampoco tengo la clave de lo que está pasando y ni siquiera me decido a fingir que la tengo, aunque supongo que no será única sino que mezclará más bien razones y motivos de orden diverso. Que la Historia es pluricausal es una de las pocas cosas ciertas que sabemos respecto a su complejo devenir.

Ahora bien, en gran parte de estas explicaciones sobre el terrorismo global de Al-Qaida y su amenaza llama la atención una especial y sutil forma de arrogancia etnocéntrica que preside los discursos ideológicos de la gente llamada de izquierdas: la causa del mal está en nosotros, en las democracias occidentales, en nuestros errores y abusos que por otra parte son -ay- bastante indudables. Es algo así como un narcisismo de la culpa: preferimos flagelarnos por nuestros pecados que admitir que quizá no seamos los únicos protagonistas de la Historia universal. Alan Finkielkraut ha denunciado con acierto esta forma de prepotencia disfrazada de contrición: «El mundo no está solamente dividido en dos campos sino en dos categorías, en dos tipos de seres: los hombres-causas (nosotros, Occidente) y los hombres-efecto (los otros). Nosotros tenemos soberanía para actuar. Los otros se las arreglan como pueden. Mientras que nosotros violamos alegremente las normas del derecho internacional, ellos sólo caen en la ilegalidad cuando su situación es desesperada. Nosotros somos culpables de nuestras transgresiones; las suyas son explicables. Para nosotros, la infamia; para ellos, la sociología» (en 'Les battements du monde').

Según algunos, sólo las democracias occidentales padecen el vicio de la ambición y la codicia: sobre todo, sólo nosotros somos capaces de inventar planes terribles, agresiones, expolios, invasiones y guerras injustas. Si otras naciones o sectas fanáticas cometen a veces pecados similares es porque nos imitan y se dejan llevar por nuestro mal ejemplo. Y si nosotros nos regenerásemos de una santa vez, los restantes pueblos también nos seguirían por la senda de la paz. A fin de cuentas, los únicos que movemos la Historia -aunque sea para mal- somos los occidentales, colonizando, inventando expoliando y dominando. Los demás son comparsas que nos soportan como si fuésemos un chaparrón y de vez en cuando se vengan porque no tienen más remedio. En cuanto los malos depongamos las armas, todos regresaremos a la era pastoril y llegará el añorado fin de la historia que en otro contexto profetizó Fukuyama.

Estas explicaciones halagan mi vanidad colectiva pero me dejan bastante dubitativo. Por supuesto, ojalá que las democracias más desarrolladas colaborasen en la resolución definitiva de problemas como el hambre, la destrucción del medio ambiente, la extensión de la educación y la protección de la infancia o la erradicación internacional de la guerra. Pero sospecho que también hay otros agentes históricos en el mundo, con sus propias ideas, sus propios planes y el proyecto de sus propias fechorías. Creo que haremos bien en tomarlos en serio y si llega el caso defendernos de ellos... aunque eso conlleve aceptar por una vez el papel de quienes responden y no el de protagonistas. Después de todo, no bastan los pecados del zarismo para explicar a Stalin, ni los abusos de algunos capitalistas judíos para comprender la vesania de los nazis.

Errores y erratas
Hablar para confundir
Amando de Miguel Libertad Digital  13 Junio 2004

Lo del nacionalismo produce cascadas de razonamientos. No sé si vamos a entendernos. Por lo menos yo quiero dejar las cosas claras por lo que a mí respecta. Me da pie para ello el divertido comentario de Javier C. Álvarez. Su idea es que el nacionalismo consiste en una especie de contraposición entre las afiliaciones territoriales de uno y las de todos los demás. Así, él se siente de su calle, de su barrio, de Orense, de su “país” (Galicia), de su “país-estado” (España) y de Europa. Supongo que del mundo no se siente partícipe, pues no hay contraposición con otros mundos. Todo eso está muy bien, pero no acabo de ver qué tiene que ver con el nacionalismo. Si fuera solo una cuestión de sentirse de un lugar o de otro, no habría ningún problema. Pero lo cierto es que, allí donde hay nacionalismos, surgen los problemas. Ello es así porque el nacionalismo no es solo identidad sino exclusión. Yo soy castellano pero no castellanista, es decir, no excluyo a los vecinos, ni mucho menos considero que son inferiores. En el fondo de los nacionalismos hay un sentimiento no ya de exclusión, sino de superioridad respecto a los vecinos. Por eso los nacionalitas quieren estar “nosotros solos”. Eso es lo que significa Sinn Féin en gaélico. Para mí, como castellano y español, Galicia o Cataluña son parte de mí mismo. En cambio, un nacionalista gallego o catalán nunca considerarán que Castilla o España son parte de ellos. Quieren estar solos. El problema es que llevan mil años no estando solos. Tendrán que inventarse una Historia que se acomode a sus deseos. Los nacionalismos suelen reinventar la Historia; lo necesitan. El nacionalista no pretende distinguirse del vecino, sino confundirlo.

Jorge López vuelve sobre una vieja discusión, si se debe contraponer el “deber ser” (obligación) con el “deber de ser” (probabilidad). Aduce la autoridad de Emilio Alarcos, para quien esa distinción es una tontería académica. La verdad es que en el uso corriente del español la distinción no se mantiene; ni siquiera la siguen muchos escritores de renombre. Lo único que yo digo es que los españoles tenemos la desgracia de confundir el deseo con lo que resulta probable, y, a su vez, con lo que es moralmente exigible. Para deshacer esa confusión sería bueno que nos acogiéramos a esa distinción entre “debe ser” (moralmente) y “debe de ser” (probablemente). Pero, si alguien quiere confundir esos dos planos, está en su derecho. Estamos ante una vacilación léxica más. Lo más divertido es que algunas personas hacen la distinción que digo, pero la interpretan al revés. Es decir, “deber de ser” equivale a obligación moral y “deber ser” a probabilidad. En ese caso la confusión resulta babélica.

Me reafirmo en mi idea de que conversamos y discurseamos para tratar de entendernos, pero también para intentar confundir al otro. El hombre habla porque engaña. La mentira es el fundamento y la explicación de la especie humana.

El dadivoso
Alfonso Ussía La Razón  13 Junio 2004

El castillo de Montjuic, en Barcelona, es propiedad del Ejército, y por lo tanto del Estado, y por ende de los españoles. No pertenece al Gobierno y menos a quien lo preside. No se puede regalar lo que no es de quien lo regala. Me temo que Zapatero, un recién llegado a los altos poderes, no se aclara en cuestiones de propiedad. Las Fuerzas Armadas tienen unos bienes que administran, custodian y mantienen y que forman parte del patrimonio común. También lo hace Patrimonio Nacional con otros establecimientos más que apetecibles. Pero Zapatero por un puñado de votos es capaz de regalar cualquier cosa. Menos mal que el mitin se celebró en Barcelona y no en Segovia. Tiene lugar en Segovia y le regala a Carod-Rovira el acueducto, o la Academia de Artillería con su riquísima biblioteca. Uno de los emblemas estéticos de Sevilla es la Torre del oro, que es propiedad de la Armada. Si Zapatero le regala a Maragall el castillo de Montjuic, ¿por qué no hace lo mismo con la Torre del Oro y se la ofrece a Chaves? A este paso, para conseguir que el alcalde de San Lorenzo del Escorial sea socialistas, le regala el Real Monasterio, con los agustinos dentro.

Además de desvencijada, Zapatero nos va a dejar una España regalada. Promete monumentos a cambio de votos y apoyos parlamentarios. El problema está en que los monumentos que promete regalar no son suyos. Pero más problemático es aún que los receptores del regalo lo acepten y se queden encantados de la vida. Son tan frescos los que aceptan como los que ofrecen. Hay colgado en el «Thyssen» un cuadro por el que muero. El retrato de Giovanna Tornabuoni de Domenico Ghirlandaio, pintado en 1488. Le voy a pedir a Zapatero que me lo regale. No es suyo, pero si le sorprendo en un buen momento, se lo quita a la baronesa y aquí paz y después gloria. Claro que Zapatero no regala lo que no le pertenece a cambio de nada. De acuerdo. Todo sea por tener en mi casa esa maravilla de sedas anaranjadas con el perfil bellísimo de la Tornabuoni. Si Zapatero me lo regala, prometo escribirle un artículo elogioso sin límite en los calificativos encomiásticos. Ejemplo de una oración: «El prestante político y eximio gobernante apabulló a todos los mandatarios europeos con su verbo bruido y convincente». Ningún articulista de «El País» se atrevería a tanto.

La diferencia entre Maragall y quien escribe es que mientras yo terminaría rechazando el retrato de doña Giovanna Tornabuoni, Maragall se quedaría con el castillo de Montjuic, que regalaría a su vez a Carod-Rovira para no perder su apoyo en el Gobierno de la Generalidad de Cataluña. Es de esperar que los propietarios de Montjuic se opongan a esta chapuza de cambalache. Más aún cuando el que regala lo que a ellos les pertenece ha sido el responsable de su más lacerante humillación. No creo que haya un militar en España que quiera regalarle a Zapatero ni un cordón de sus botas. Los militares no son hipócritas. Y lo suyo es de todos y queremos seguir teniéndolo.

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