AGLI

Recortes de Prensa     Martes 15 Junio 2004
¿A qué Europa volvíamos
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 15 Junio 2004

ESPECULACIÓN Y EXTRAPOLACIÓN DEL 13-J

JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS Director de ABC 15 Junio 2004

LOS NACIONALISMOS Y EL MONÓCULO

M. MARTÍN FERRAND ABC 15 Junio 2004

Glotopolémicas

Amando de Miguel Libertad Digital 15 Junio 2004

Plumero nacionalista
Antonio Pérez Henares La Razón 15 Junio 2004

Volvemos a España

Jorge Vilches Libertad Digital 15 Junio 2004

Las lecciones de junio
Juan Carlos Girauta Libertad Digital 15 Junio 2004

Derrota mínima o victoria moral
Lorenzo Contreras La Razón 15 Junio 2004

Petróleo, terror y estulticia

Andrés Montero Gómez La Razón 15 Junio 2004

Madrid fracasa en el intento de dar al gallego mayor estatus en Europa
Domingos Sampedro La Voz 15 Junio 2004



 

¿A qué Europa volvíamos?
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 15 Junio 2004

Pocas veces se ha demostrado tan palpablemente la inanidad de un eslogan y la incompetencia intelectual de un proyecto como en el caso del PSOE en las elecciones europeas. Había algo ofensivamente escolar, pomposamente analfabeto en ese “España quiere a Europa” bajo el que sonreía Borrell como un Mefistófeles al borde del Inserso. Tras los datos electorales, no sólo ha fracasado en España esa manipulación ideológica de los sentimientos en el típico estilo retroprogre sino que se ha volatilizado esa Europa antiamericana forjada por Chirac y Schroeder a la que tan inmoral como estúpidamente se ha sumado el Gobierno del PSOE.

Irak está afortunadamente agotado como argumento de política nacional. La Europa antiamericana y francoalemana está prácticamente liquidada en las urnas, donde sus principales promotores han sido aún más castigados que los proamericanos Blair y Berlusconi, aunque todavía haya medios de comunicación que se empeñen en atribuir la caída limitada del presidente Italiano a su presencia en Irak y no dicen nada del peor resultado de la socialdemocracia alemana desde la Segunda Guerra Mundial. Podríamos decir que es una forma muy adecuada de celebrar Normandía, pero también sería un modo oportunista de argumentar que no se compadece con la realidad. Los gobiernos de Europa que han sido castigados deben su deterioro a la mala gestión y, en el caso británico, a las dudas del proyecto europeo. Lo demás son fantasías ideológicas para ocultar la dura realidad.

Y la realidad es que esa Europa a la que según el PSOE “volvíamos” casi ha desaparecido. La mayoría del Parlamento europeo es de derechas. El PP va a tener casi los mismos escaños que el PSOE y los socios de ZP, comunistas y separatistas catalanes, se han dado un batacazo monumental en las urnas, que le permite ganar al PSOE pero perder sustancialmente en la entidad de sus apoyos. Si la Izquierda fuera capaz de reflexión, éste sería el momento adecuado para hacer una cura de humildad, reconocer los hechos y ahorrarse los dichos graciosetes, cainitas y arrojadizos que se le pueden volver muy pronto como un bumerán. Si no es así y si el PP aprende también la lección moral de estos comicios, la hora de la alternativa se adelantará. Pero la ventaja de la democracia es que las situaciones son reversibles. Incluso las innecesariamente estúpidas. Pensando en las elecciones vascas, esperemos que ese sea el caso del PSOE, que, como es bien sabido, sólo acierta cuando rectifica.

ESPECULACIÓN Y EXTRAPOLACIÓN DEL 13-J
Por JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS Director de ABC 15 Junio 2004

EN la obra colectiva dirigida por Nigel Townson -«Historia virtual de España. Qué hubiera pasado si...?»- varios historiadores de acreditada trayectoria entran en el juego de especular sobre hipótesis verosímiles si algunos hechos y acontecimientos de distinto orden no hubiesen impulsado nuestra historia por los derroteros que nos han traído al presente real, el que ahora vivimos. El ejercicio académico, aunque poco riguroso, es una forma de extrapolación que consiste en la aplicación de conclusiones a partir de datos no homogéneos. De tal manera que tanto la especulación no cabalística como la extrapolación no disparatada son instrumentos válidos para el análisis, a condición de que éste se presente con eso que los investigadores de distintos campos entienden por razonabilidad, que, a efectos prácticos, remite al sentido común que, siempre subjetivo, es el factor argumentativo que ofrece credibilidad a la exposición.

Sobre esos criterios no hay resultado electoral que no permita la indagación de sus causas ni autorice la proyección de posibles consecuencias. La vieja regla de supervivencia política según la cual la aritmética electoral se comporta para la clase dirigente como una bandera de conveniencia, sirviendo igualmente a los derrotados para eludir el fracaso y a los vencedores para exagerar su éxito, hace que la opinión publicada tenga más capacidad persuasiva en la opinión pública que la interpretación auténtica que de los resultados en las urnas hacen sus protagonistas.

En este tablero de juego -especulación y extrapolación- cabría insertar algunas reflexiones sobre los comicios europeos del domingo, ninguna de ellas particularmente optimista; más aún, todas ellas sombreadas por demasiadas inquietudes de naturaleza negativa. La más relevante es que Europa persiste en constituirse como una entelequia recesiva, desapoderando a la Unión del elemento social, que con el territorial y el demográfico es el que compone un proyecto viable. Sabíamos que la Unión Europea, como el Vaticano según Stalin, carece de «divisiones» -lo que es un condicionante casi insuperable porque hace depender el ejercicio de la coacción sobre las posibilidades bélicas de los Estados Unidos, provocando así una unipolaridad contradictoria con la suficiencia europeísta-, pero esperábamos que la vinculación afectiva de las naciones del Viejo Continente fuese la argamasa de un proyecto posible que, con la nutrición atlantista, nos permitiese que Europa y no China, ni India, ni Pakistán, ni Brasil, fuese la fuerza emergente en el ecuador de este siglo.

La abstención, en lo que tiene de desinterés, de rechazo y de desconfianza, provoca que los números rojos de la Unión Europea amenacen con suspensión de pagos. Por más vueltas que se le dé al asunto, los Estados-Nación gozan en Europa de buena salud y sus respectivas sociedades están muy lejos de haber superado los anclajes conceptuales que tradicionalmente les aportan solidez. Planteamientos como los de las actuales administraciones alemana o francesa no han hecho sino ahondar el atrincheramiento estatalista y hacer visibles las más viejas pretensiones de dominio europeo de los legitimistas de París y Berlín. La consecuencia más inmediata es que el Tratado Constitucional de la Unión -entregado a un halcón del nacionalismo francés, Valéry Giscard d´Estaing- ha quedado en estado vegetativo el pasado domingo, mientras el acuerdo de Niza recobra todo su valor equilibrador y es ahora la única alternativa sólida para soportar la inmunodepresión europeísta del 13-J. Posiblemente, José María Aznar tenía razón, pero es seguro que Rodríguez Zapatero no la tiene al apostar por la tesis del eje franco-alemán presidiendo un país medio como España.

El egoísmo galo -que se traduce históricamente en diluir a España de su papel europeo y de su carácter transitorio entre Europa y África- es un elemento genético de la construcción europea, pero siempre travestido de una legitimación democrática que ha subyugado de forma constante a la izquierda española. Parecía obvio que Irak no cuarteó el vínculo atlántico sino que reflejó las fisuras en Europa, pero franceses y alemanes vendieron la mercancía averiada -que el Gobierno socialista ha comprado con sobreprecio- de un respeto a la legalidad internacional que ellos nunca tuvieron y camuflaron la urdimbre de intereses propios que habían cuajado con Sadam Hussein en una oratoria de escrupulosidad pacifista. Ahora vuelven por donde solían, es decir, a componer sus intereses con los EE.UU. después de haber jugado una partida de póquer que ha desvencijado a la Unión Europea, creando anticuerpos en los países de la ampliación -Putin con Chirac y Schröeder es una imagen demasiado indigesta- y provocando con la manipulación de las reglas del Tratado Constitucional -que altera el pacto precedente en Niza- un distanciamiento casi insuperable en los llamados a agregarse al proyecto de la Unión. Que el Gobierno socialista español vaya cuando todos los demás vuelven renovaría el lamento de nuestros noventayochistas.

La posición relativa de España, en función de decisiones precipitadas y reactivas del Gobierno del PSOE, ha quedado extraordinariamente debilitada e incurrido en irrelevancia. La pésima gestión de la salida de nuestras tropas de Irak y el desistimiento en el Tratado Constitucional -por no ahondar en la sintomatología de lo que ocurre en Marruecos, caído James Baker como mediador del conflicto del Sahara, último reducto de nuestra personalidad ex colonial- se han contrastado más aún con los resultados de los comicios europeos en los que los nuevos socios de Rodríguez Zapatero en París y Berlín no están para desarrollar liderazgo alguno a cuyo rebufo podamos acogernos. La recomposición del vínculo atlántico y la relectura íntegra del proyecto de Constitución de la UE son consecuencias que, admitidas o no, se impondrán en el escenario internacional en muy poco tiempo.

En el régimen interno -nacional-, las elecciones del domingo acentúan las dependencias del Gobierno del PSOE a extremos claramente preocupantes. La extrapolación de los resultados sobre unas legislativas dejaría a los socialistas prácticamente sin la victoria que obtuvieron hace tres meses, pero esa conclusión es menos útil que la constatación de que la apuesta por los nacionalismos periféricos está errada tanto para la política interna como para la externa -lo que emerge en Europa es exactamente lo contrario- y que la subordinación del Ejecutivo a los designios del tripartito catalán -en el que el PSC es cada vez más hegemónico- se ahonda, sin el paliativo de unos resultados suficientes de CiU. En Europa, además, no quedan vestigios serios de fuerzas políticas similares a Izquierda Unida, auténtica pieza de museo hispánico. Los procesos electorales, sin embargo, no han cerrado su ciclo. En noviembre, las presidenciales estadounidenses van a deparar otro elemento, definitivo ya, para la proyección de este siglo XXI que ha nacido con las debilidades que se pensaron superadas. Nigel Townson tiene materia para, dentro de unos años, volver a dirigir una historia virtual de España y de Europa. Lo que pudo haber sido y no fue.

LOS NACIONALISMOS Y EL MONÓCULO
Por M. MARTÍN FERRAND ABC 15 Junio 2004

AZORÍN, cuando joven, usaba monóculo y cuenta el maestro que, en cierta ocasión, mientras recorría curioso las callejas de un pueblo castellano, vio venir de frente a un caballero enlutado y parsimonioso que, al advertir la enjuta figura del escritor y al llegar a su encuentro, sacó del bolsillo del chaleco un monóculo que, no sin cierta altanería, encajó entre la ceja y la nariz. Aquí nadie quiere ser menos que los demás y así se escribe la historia. Es lo que ocurre con los nacionalismos. Los tímidos brotes de finales del XIX, mirándose de reojo los unos a los otros, han ido engordando y multiplicándose y, ya en el XXI, constituyen un serio elemento de perturbación para la buena marcha de un entendimiento unitario y clásico de la Nación española.

Circunstancias como las pasadas elecciones para el Parlamento Europeo, las únicas de circunscripción nacional entre todas las de nuestro muestrario democrático, tienen el valor añadido de sintetizar el mapa político español. Salta a la vista, entre los resultados electorales, que la suma de los votos obtenidos por el PSOE y el PP alcanza el 85 por ciento del total de los emitidos. Es decir, si admitimos la hipótesis de que el PSC es, realmente, parte del PSOE, entre los dos grandes partidos de implantación y ámbito nacional la mayoría es rotunda, abrumadora. Si también consideramos que IU, casi el 5 por ciento de los votantes, es -mientras dure- otro partido de aspiración estatal, vemos que todas las fuerzas nacionalistas -regionalistas, nacionalistas propiamente dichas, soberanistas e independentistas- apenas alcanzan el 10 por ciento del total.

Ahí tenemos un punto que sirve para la inquietud y para la reflexión. ¿Cómo es posible que menos de un 10 por ciento de la población tenga, como tiene, la capacidad y la fuerza de polarizar el debate nacional y tenernos a todos, al 90 por ciento restante, marcando el paso de los fervores diferenciales? Estamos ante un sarampión, generador de grandes escozores sociales, que necesita tratamiento. En su búsqueda debe trabajar el revalidado José Luis Rodríguez Zapatero, aunque él mismo, por necesidades de la aritmética parlamentaria, sea beneficiario y víctima del tripartito que, con ansias centrífugas, gobierna en Cataluña y marca la dinámica nacionalista que padecemos.

Después de la epidemia electoral del último año, salvo las elecciones vascas y las gallegas, tenemos por delante tres años de tregua en las urnas. Eso ayuda. Especialmente si, llegados al bipartidismo fáctico que han forzado la Constitución y los acontecimientos, los dos grandes colosos de la política son capaces de entender que la pugna política -tan necesaria, tan vivificante- tiene su límite en el fortalecimiento del Estado. Con todo el respeto debido a las minorías, ha de triunfar el sosiego y la estabilidad que merecen y reclaman las mayorías. No es necesario que todos llevemos monóculo.

Errores y erratas
Glotopolémicas
Amando de Miguel Libertad Digital 15 Junio 2004

He dejado reposar por un tiempo la polémica sobre las lenguas en Cataluña por cortesía hacia los lectores. Me llegan cientos de correos sobre el particular, pero casi siempre repiten los mismos argumentos y sentimientos. Sobre todo se repite la cantinela de que “en Cataluña no hay ningún conflicto lingüístico”. Resulta sospechosa tal insistencia cuando tanto abundan los testimonios en contra.

Guillem Vallés, hijo de catalán y aragonesa, me envía un cuestionario sobre los derechos y deberes de los que hablan una u otra lengua en Cataluña. No es una cuestión de derechos y deberes como de que la realidad institucional refleje lo que se desenvuelve naturalmente en la sociedad. Ya es extraño que en Cataluña la mitad de la población (más o menos) se exprese corrientemente en castellano y que en el Parlamento de Cataluña todo lo que se diga sea en catalán. El problema no es tanto lingüístico como político. Una parte de los catalanes (digamos el 40%, quizá el 50% o más) no quieren pasar por españoles, e incluso muchos de ellos odian todo lo español. La lengua castellana o española es un símbolo de España, simplemente porque es la única lengua en que se han podido entender los españoles desde hace 500 años. No se da (o se da menos) el odio de los castellanoparlantes a Cataluña y al idioma catalán.

El problema es político porque en toda España la minoría de españoles que no quieren serlo y que aborrecen todo lo español influyen en el Gobierno de modo sistemático. De ahí la progresiva eliminación de la bandera española, incluso en actos oficiales y solemnes de la capital de España. No pararán hasta la definitiva eliminación de España, por lo menos de todos sus símbolos. De momento, la liquidación de la lengua castellana en Cataluña a quien más perjudica es a los catalanes todos.

Daniel Tercero García, de Barcelona, considera que yo “he dado por zanjado el tema de Cataluña” y que me despreocupo de un hecho grave: que “de España solo va quedando el concepto histórico”. Bien, ya lo he dicho. Lo que no quiero es que el tema (de lo que se habla) de Cataluña se convierta en la tema (manía o insania). Insisto por última vez. La cuestión es más política que lingüística. También los mexicanos se independizaron un día, al grito (tan español) de “mueran los gachupines”. Pero nunca se les ocurrió cambiar su lengua de comunicación por el inglés. Estuvieron a punto de hacer el cambio por el francés a finales del siglo XIX, pero no prosperó. Hoy el idioma español es un signo de identidad de México, como lo es de Cataluña, aunque muchos catalanes estén pensando en “mueran los charnegos”. Los independentistas catalanes son mucho más corticos que los criollos mexicanos.

Entiendo que España es también una realidad histórica, como lo es Cataluña y las otras regiones. Nunca en el pasado recibieron ese horrendo título de autonomías. No se puede entender lo que somos sin incluir a los que fueron y a los que serán. Me fatiga tener que recordar una y otra vez todas esas obviedades.

También por última vez. Recibo correos insultantes, llamándome de todo, por referirme a la lengua castellana y no a la española. Las llamo de las dos formas según convenga al discurso. No es, pues, ignorancia, mi querido don Alberto Mallofré Sánches-Pantoja.

Plumero nacionalista
Antonio Pérez Henares La Razón 15 Junio 2004

A quien se le ha visto más el plumero, o sea los votos, en las pasadas elecciones ha sido a los nacionalistas. Al ser circunscripción única aquí no valen las prebendas que otorga nuestra ley electoral para las generales, donde algunos partidos como el PNV, ERC o en sus buenos tiempos CiU tienen prima y les sale más barato que a nadie el escaño. El resultado del domingo ha sido, para ellos, catastrófico. Entre todas las coaliciones de independentistas, nacionalistas y regionalistas no han alcanzado ni el 9% y como además la encabezada por Rojas Marcos no ha llegado ni al mínimo, su número de escaños ha quedado reducido a 4, que pueden quedarse incluso en 3 si con el voto de residentes en el extranjero Galeusca pierde a manos del PP uno de ellos. Pero es que esto es lo que hay.

Que el nacionalismo no llega en votos al 10% en España y además en unas elecciones donde de haber mantenido una votación más fiel hubieran podido, dada la abstención, obtener un buen resultado. Pero los electores ha opinado que para representarnos en Europa lo menos apropiado son los que en vez de ir uniendo lo separado lo que pretenden es hacer añicos lo que lleva siglos unido. Y es que a la luz europeísta determinadas actitudes, si no fuera por la gravedad de su amenaza en España, se descubren en su paletismo y en su visión retrograda y reaccionaria. El varapalo ha sido tan sonoro que hasta una inteligencia reconocida como la de Pujol ha sufrido tal nublo que sólo se le ha ocurrido decir como excusa que las elecciones se habían españolizado. Y qué le vamos a hacer, don Jordi, si eso es lo que somos.

Europeas
Volvemos a España
Jorge Vilches Libertad Digital 15 Junio 2004

La circunscripción electoral única marca la verdadera medida de los partidos en España. El PSOE y el PP han obtenido su medida justa, pero también los grupúsculos políticos, los nacionalistas, los republicanos o la izquierda radical. Es decir, fuera de la corrección típica de los sistemas electorales que quieren mostrar, a veces, una exagerada pluralidad, la representación política se ajusta a la realidad. La lectura es evidente: esos pequeños partidos no pueden determinar la política de Estado, máxime si son antisistema, como ERC e IU. La distribución del voto, además, muestra cómo el bipartidismo español se consolida, con más de un 80% de los votos. Esto pone en cuestión la sobredimensión que se ha pretendido dar a un pluralismo victimista, tanto como al debate sobre el desencaje autonómico de ciertas regiones.

El PP ha salido de estas elecciones reforzado interna y externamente. Rajoy ha conseguido que su liderazgo no tropiece en una segunda derrota electoral en tres meses, lo que le hubiera puesto en una situación muy complicada en el congreso popular de septiembre. Para el electorado popular es un respiro, un respaldo moral que le proporciona confianza en su partido. La candidatura popular ha sido la más votada en 11 autonomías, más Ceuta y Melilla, así como en la mayor parte de las provincias. Mayor Oreja ha logrado devolver la imagen de partido con capacidad de volver al gobierno. Y esta percepción es imprescindible para presentar un proyecto creíble. Así, en conjunto, con la consolidación del nuevo equipo director del PP, y la fortaleza electoral, la oposición al Gobierno Zapatero será, presumiblemente, muy dura. La previsión es, por tanto, la de una legislatura complicada para el Ejecutivo socialista.

El PSOE ha conseguido uno de los peores resultados de los que, siendo realista, podía tener, pues poca gente dudaba de su victoria. Ni el PP se ha hundido, ni el PSOE ha conseguido una victoria que le permita desembarazarse de sus molestos aliados parlamentarios. No ha logrado una victoria clara, ya que la diferencia con el PP, un 2%, no ha sido la que aventuraban los sondeos ni, mucho menos, la extraña dada por el CIS de Fernando Vallespín. Una señalada diferencia con los populares hubiera permitido a los socialistas desprenderse del lastre de ERC e IU, y gobernar sin más condicionante que el PSC de Maragall.

Esta exigua victoria, con un PP crecido, devuelve a los socialistas a los brazos de los antisistema para continuar esa política del “talante”. Hasta ahora, el Gobierno Zapatero sólo ha hecho política retrospectiva, de corrección. Y el fin de las citas electorales y del cobro de las facturas al PP por la guerra de Irak, no solo agotan su discurso sino que les enfrenta a la verdadera labor de gobierno. Es hora de que el PSOE atienda a la descoordinación flagrante de sus ministros, fijándose tanto en el humo de su programa electoral como en las demandas de Esquerra Republicana e Izquierda Unida.

Esta coalición, la izquierdista, se va desinflando poco a poco. Su estrategia es equivocada, pues alimentar el fantasma de la derecha es aconsejar el voto para el partido mayoritario de la izquierda. El sector de IU que aboga por extremar su izquierdismo, no hará más que marginar aún más a la coalición. Este discurso es muy similar al que está haciendo caer en picado a CiU desde hace años: el peligro españolista con el que azuzan al electorado acaba dando votos a ERC. Llamazares, siguiendo con lo anterior, se engaña al decir que no han sabido movilizar al votante de izquierdas. Lo mismo es que IU no tiene más de lo que ha puesto en las urnas, porque tampoco tiene más en su discurso antiguo y en sus listas cuajadas de artistas. Pero el gran problema de IU es que los terceros partidos nacionales, esos que cuentan para apoyar un gobierno débil, funcionan cuando son de centro. Y este no es el caso de IU, cuya dimensión social, económica y política, así como el liderazgo, han de ser seriamente revisados porque es evidente que no gustan a los españoles. El papel de partido testimonial, o de conciencia, es plausible para una ONG, pero no para una opción de gobierno.

La abstención, finalmente, ha sido elevada y, esto, para algunos analistas, ha perjudicado a los partidos de la izquierda. Es probable; pero lo cierto es que la baja participación ha afectado a todos los grupos. La participación no debe medirse únicamente con respecto a la desinformación o al desinterés sobre lo que es la Unión Europea, sino a la fidelidad al partido y la confianza que genera, independientemente de la consulta electoral que sea. Es una aceptable noticia, por ende, que seis de cada diez votantes de los dos grandes partidos, PSOE y PP, según los resultados del 14-M, hayan “repetido” su voto. La democracia española, asentada en su Constitución, funciona.

Europeas
Las lecciones de junio
Juan Carlos Girauta Libertad Digital 15 Junio 2004

Reparación moral conseguida. Con la mayoría de los medios en contra, con un gobierno que ha usado la televisión pública como canal de propaganda partidaria, con un CIS indescriptible, con una oportuna lluvia de billetes sobre Andalucía y con la fantasía -labrada sobre la materia de la que se hacen los sueños de la izquierda- del hundimiento del PP, la derecha se ha erguido y resulta que es enorme. Respirando sobre su cogote, el PP le va a recordar a Zapatero hasta el último día de legislatura que ellos no se arrugan y que, como anticipamos aquí, su gente grita sus razones morales con el voto cuando todos creen que el silencio de su impericia comunicacional es síntoma de agonía. Nada estructural puede cambiar en España sin el PP, ni la Constitución ni los estatutos. Nada importante conviene hacer sin ellos. No habrá cambio de régimen.

España es bipartidista. Entre el PSOE y el PP ocupan más de cuatro quintas partes del electorado. Algunos lo negarán agarrándose a la espectacular ventaja del PSC en Cataluña, formación que reputan nacionalista y ligada al PSOE por un mero pacto. En parte tienen razón, si no fuera porque el líder que ha logrado la mayor ventaja jamás obtenida por el socialismo en Cataluña tiene tanto de nacionalista como Mayor Oreja. “Nosotros no somos nacionalistas, nosotros somos socialistas”, dijo Borrell a una semana de los comicios mientras Maragall miraba hacia otro lado. Ese “nosotros” no incluía a la ejecutiva del PSC, pero sí a muchísimos de sus votantes.

CiU puede desaparecer del mapa si no corrige el rumbo. La coalición que ganó las elecciones autonómicas en noviembre pasado se ha convertido siete meses más tarde en la tercera fuerza política de Cataluña. Las razones, increíblemente, sólo se les escapan a ellos. Y son, por este orden: CiU ha existido por y para el ejercicio del poder y la extensa red clientelar que tejió durante un cuarto de siglo es inútil sin acceso al presupuesto; ha decidido ocupar en el mapa ideológico un lugar muy próximo a ERC, estrategia que ahuyenta a sus muchos moderados y que invita a saltar al barco vecino a no pocos de sus radicales; los primeros análisis postelectorales de Mas y Duran hacen vaticinar que su doble pérdida de apoyos continuará. A medio plazo, sólo puede insuflarles algo de vida la deserción de ERC del govern y un abrazo fraternal (o fratricida) del independentismo. Pero cuanto más se acerquen a ERC, más subirá el PP de Cataluña, cuyo ascenso a segunda fuerza en el Principado bajo la batuta de Vidal Quadras niega todos y cada uno de los supuestos en los que se basa la vida política, social y cultural del oasis.

El disfraz de IU ya no engaña a nadie. Llamazares ha logrado recordar, con su radicalismo panfletario y su discurso antisistema, que lo que ahí se esconde y manda es el Partido Comunista. Cualquier otra sensibilidad encuentra mejor acomodo en una organización como el PSOE, que atraviesa un periodo de rediseño de su identidad. Ante la imposibilidad de alterar las líneas maestras de la política económica, el socialismo español necesita arrebatarle el vestuario sectorial a IU, y ya ha empezado a hacerlo. Deja un guardarropa vacío vigilado por un comisario político con cara de pocos amigos que habla de detener a Bush.

Reparación moral de la derecha, una España básicamente bipartidista, posible desaparición de CiU e IU reducida a un minúsculo y extemporáneo comunismo: estas son las principales lecciones de junio. Cuando después del verano el PNV plantee su desafío, veremos quién las ha aprendido.

Derrota mínima o victoria moral
Lorenzo Contreras La Razón 15 Junio 2004

El PSOE ha ganado «por la mínima» la partida de las elecciones europeas. Y el PP, que esperaba o temía un resultado más abultado en contra, considera que ha obtenido una victoria moral. Unos y otros se han mostrado satisfechos (dentro de lo que cabe y no se dice) de los resultados. Como suele ocurrir en estos casos, no se consuela el que no quiere. Ahora bien, igual que en todas las competiciones, lo que acaba valiendo con inmediatez es el triunfo, la diferencia en cifras por mínima que sea. Decía un tratadista británico que nada triunfa tanto como el éxito. Lo cual no evita que con la dulcedumbre de una derrota escasa esa obviedad se sobrelleve mejor. Además, en política, como en otros aspectos de la vida, hay que poner buena cara y henchir el pecho, porque, como afirmaba en privado Felipe González, citando a Omar Torrijos, el dictador panameño, «si te afliges, te aflojan».

Se decía respecto al 13-J que iba a ser una segunda vuelta de las elecciones generales. Y así ha sido, según se desprende de las valoraciones de los dos contendientes principales. El PP ha recibido una inyección de euforia vitaminante. Y ahora queda a la espera no de una segunda vuelta, que ya pasó, sino de otra, la tercera, que está clavada en el horizonte del calendario. Esto le ayudará a soportar mejor la travesía del desierto y a no tener que cambiar de camellos ni de conductores. Entiende que le vale con lo que conserva. Mira hacia el oasis venidero como diciendo: allí te espero.

Quienes no pueden especular demasiado con las delicias del otro lado de la colina son los nacionalismos periféricos. Para ellos las urnas europeas resultan inquietantes. Son cajas de Pandora que no garantizan lo mejor. No es lo mismo someterse al veredicto de un electorado pequeño, regional para entenderse, que al fallo inapelable de una circunscripción única de alcance nacional llamada España.

Y en esas aguas han naufragado varias formaciones de aquel signo, entre ellas la renombrada Galeusca, que tendrá que repartir tres escaños de Estrasburgo entre tres partidos, CiU, PNV y BNG, a sillón por barba. Parva cosecha que recuerda la dimensión microscópica de aquellos proyectos. Nada se diga de otras coaliciones de rótulos europeístas que se han quedado sin entrada a las puertas del paraíso. Lo malo para ellos, por mucho que ahora deliberen, es que no pueden acogerse al consuelo del «otra vez será». Sus opciones son otras, ya lo sabemos.
La fotografía de España ha quedado hecha. Aquí, fuera del Estado bipolar, no hay sitio. Y dentro, depende, dicho sea con el mejor de los fatalismos.

Petróleo, terror y estulticia
Andrés Montero Gómez es presidente de la Sociedad Española de Psicología de la Violencia La Razón 15 Junio 2004

No soy ingeniero, pero tengo un conocimiento pormenorizado de la estupidez humana. Hace un tiempo, alguien que sí era ingeniero de una marca internacional de automóviles rojos que ganan muchos premios de escuderías me aseguró que podían fabricarse motores de agua. Motores de agua para utilitarios. Imaginemos repostar del grifo. Evidentemente, la aplicación en serie de un invento semejante en los automóviles que surcan nuestras calles reduciría exponencialmente nuestros niveles de contaminación. También colapsaría el mercado del petróleo. Ya digo, no soy ingeniero, pero la hipótesis del motor de agua me pareció bien convincente.

Uno de los elementos que se han mencionado hasta la saciedad como desencadenantes reales de la invasión angloestadounidense de Iraq ha sido el petróleo. A tenor del argumentario más utilizado, la coalición anglosajona habría comenzado por Iraq una operación a gran escala en Oriente Medio que no perseguiría sino hacerse con el control de las áreas geoestratégicas más relevantes en la producción mundial de crudo. Es un razonamiento que al final desmontarán o no los hechos, supongo.

Otro, alternativo, que a mí me parece más sugerente, es que la invasión persigue un control estratégico de los gobiernos del Próximo Oriente a fin de evitar que, como ocurrió en Irán, teocracias islamistas pudieran llegar algún día a manejar las reservas energéticas del planeta. Controlando por descontado y por el momento a la dictaduras saudí y kuwaití, los estadounidenses habrían planeado cerrar el camino islamista hacia los gobiernos árabes del petróleo situando regentes que, aunque antidemocráticos, no supongan una amenaza a la estabilidad energética del primer mundo. Es un argumento despótico, en efecto.

Ahora, en pleno caos posinvasión y ocupación de Iraq, el terrorismo de células islamistas más o menos coordinadas trata de influir en el comportamiento del mercado del petróleo. O, para ser más precisos, trata de crear la apariencia de que, efectivamente, es capaz de influir en la articulación de las reservas energéticas basadas en el petróleo. La habilidad del terrorismo para causar un medido impacto en un sector estratégico mundial es uno de los ejemplos más palmarios de la estupidez humana de nuestro tiempo. Estupidez sazonada de falta de escrúpulos, también.

Ninguna organización terrorista por sí misma es capaz de provocar una debacle en la producción de petróleo. Ni en Arabia Saudí, ni en Iraq, ni en ninguna parte. No puede, salvo en cooperación torticera y aprovechada de mercados financieros y especuladores varios. Aun suponiendo que diversos atentados en serie produjeran daños logísticos importantes en instalaciones de extracción o distribución de petróleo, económicamente los costos de reparación e incremento de seguridad tendrían que repercutir mínimamente en el precio del barril. Probablemente ni siquiera eso, puesto que estoy persuadido de que las grandes empresas tienen contemplado ese desgaste eventual ante atentados terroristas en sus planes de contingencia. Pero es que los atentados, hasta el momento, no han tenido ni siquiera ese poder de perturbar estructuralmente instalaciones petrolíferas o canales de distribución. En cambio, el barril aparentemente incrementa su precio a causa del terrorismo. Y los gobiernos representados en la OPEP han debido, azuzados por Arabia Saudí, aumentar considerablemente la producción.

En realidad, no es el terrorismo el causal directo de la minicrisis petrolífera, sino la percepción de amenaza instrumentada perversamente por operadores, intermediarios y especuladores financieros, algunos de los cuales, quizás desde el propio seno de la OPEP, encuentren aún más interés que Ben Laden en desestabilizar al gigante americano, y de paso a todos los demás. Otra prueba adicional de estulticia mezclada de psicopatía mercantilista.

Los especialistas en economía consideran que, en parte, el alza estratosférica del barril de crudo refleja los incrementos en demanda de grandes masas emergentes de consumo, como la población de China. Este análisis económico es razonable. A renglón seguido, añadiría que, además, se ha fabricado interesadamente una percepción de riesgo mundial, ligándola torcidamente al terrorismo, para justificar un esquema mundial de especulación que se disfraza de respuesta ese riesgo de desestabilización terrorista. Quienes maniobran estratégicamente así no se dan cuenta, o sí se dan pero desprecian sus consecuencias perversas, que otorgando al terrorismo un poder que no tiene están multiplicando los atentados potenciales. En realidad, están fabricando artificialmente ese poder.

El terrorismo subsiste de una apreciación perceptiva en el auditorio. El efecto de un atentado trasciende las víctimas del asesinato y procede del miedo que se traslada a un auditorio que está más allá de las personas desmembradas. Si algunos agentes perversos en ese auditorio ayudan a potenciar, artificial e inmoralmente, la sensación de miedo y amenaza, no necesitamos más.

La lucha contra el terrorismo global no puede llevarse a cabo únicamente desde los estados. Necesita el compromiso de sociedades civiles que, como la española, ya se están sumando a desmontar cualquier mínimo de encaje social de bandas criminales. También el aporte de elementos que, de momento, están mirando para otro lado e incluso buscando beneficios indecentes. La minicrisis del petróleo de 2004 es una luminosa señal de alarma. Una que nos debe de servir para reflexionar sobre qué elementos estamos, consciente o inconscientemente, manteniendo para beneficiar el ejercicio del terrorismo por bandas criminales. Las corporaciones financieras pueden sumarse a esa reflexión.

LENGUAS AUTONÓMICAS
Madrid fracasa en el intento de dar al gallego mayor estatus en Europa
La presidencia de la UE no ve necesario ampliar el reconocimiento de las lenguas autonómicas
Moratinos sostiene que la propuesta del Gobierno «no gozaría de apoyo generalizado».
Cuarenta millones de europeos hablan un idioma que no es oficial
Domingos Sampedro | corresponsal. bruselas La Voz 15 Junio 2004

Un verdadero muro de granito aleja al catalán, el gallego y el vasco de la posibilidad de obtener el rango de lengua oficial de la Unión Europea. El Gobierno central fracasó en su primer intento de darle un mayor reconocimiento jurídico a las tres lenguas autonómicas del Estado, algo que para la presidencia irlandesa «no es necesario». El ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, justificó ayer el revés sufrido, alegando que la propuesta del Ejecutivo español «no gozaría del apoyo generalizado».

Ciertamente, hay países como Francia -donde también se habla catalán y euskera, aparte de bretón, corso u occitano- que no ven con buenos ojos que estos idiomas puedan caer más simpáticos en Bruselas que en el Elíseo. Peor incluso, el Gobierno galo intenta prevenir que las comunidades de hablantes de lenguas minoritarias puedan puentear a París, invocando jurídicamente la defensa de la UE ante una determinada política lingüística francesa.

Pretensiones rebajadas
Son estas malpensadas suspicacias del país vecino las que pusieron en alerta a otros Estados miembros, en parte también al español, que fue el que lanzó la propuesta. Quizás obedece a estas razones el hecho de que Madrid haya rebajado sus pretensiones inicialmente de concederle al catalán o al gallego el estatus de que goza el irlandés o gaélico, que pese a no ser una de las veinte lenguas de trabajo de la UE, sí está considerado como idioma oficial.

Los últimos movimientos hechos por la delegación española avanzan en una dirección bien distinta. Nada de oficilidad. Nada de poder jurídico. Con lo que el reconocimiento sería más bien simbólico y, en la práctica, únicamente supondría que la futura Constitución Europea y los demás tratados de la UE no sólo se puedan traducir al catellano, sino también al catalán, al euskera y al gallego.

Brian Cowen, ministro de Asuntos Exteriores de Irlanda, país que detenta ahora la presidencia rotatoria de la UE, manifestó ayer que «no es necesario» ampliar el reconocimiento de las lenguas autonómicas españolas en el futuro texto constitucional, pues basta con la formulación contenida en su propuesta. Ésta recoge, dijo, «disposiciones importantes que reconocen la diversidad lingüística», por lo que no es preciso «ir más allá en el texto».

El Gobierno español dejó claro en más de una ocasión que acepta a regañadientes la solución dada por la UE a su diversidad lingüística. Tanto es así que el ministro de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, hizo circular ayer una nueva propuesta para acomodar sus aspiraciones en una especie de anexo de la futura Constitución.

El ministro Moratinos justificó las declaraciones de la presidencia irlandesa, alegando que «nuestra propuesta no gozaría del apoyo generalizado», lo que obligará a España a hacer «gestiones bilaterales» con otros países para vencer las resistencias.
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