AGLI

Recortes de Prensa     Jueves 17 Junio 2004
LA DEMOCRACIA, REGENERADA
Jaime CAMPMANY ABC 17 Junio 2004

Goodbye Zapatero!

Alberto Acereda LD 17 Junio 2004

La Doctrina Zapatero
GEES LD 17 Junio 2004

La revolución judicial
Editorial El Ideal Gallego 17 Junio 2004

ETA y el final de las analogías
PEDRO OLIVER OLMO JOSÉ IBARROLA El Correo  17 Junio 2004

No
Cartas al Director El Correo  17 Junio 2004

Un incidente de banderas
Lorenzo Contreras Estrella Digital  17 Junio 2004

Drásticas rebajas
José Javaloyes Estrella Digital 17 Junio 2004





 

LA DEMOCRACIA, REGENERADA
Por Jaime CAMPMANY ABC 17 Junio 2004

JOSÉ Luis Rodríguez Zapatero avanza con entusiasmo admirable y denuedo indetenible por el camino de la regeneración democrática del Estado. Como se sabe, el Estado se encontraba en la postración democrática durante los ocho años de gobierno del Partido Popular, aquellas dos legislaturas de la degeneración, con el Estado de Derecho hecho unos zorros. La democracia estaba por los suelos en espera de que los socialistas se agacharan a recogerla y la levantaran para ponerla de nuevo en su sitio. Por suerte, llegaron las manifestaciones populares, tan «espontáneas» ellas según supimos por los programas democráticos y espontáneos de la Ser; llegaron los asaltos a las sedes del Partido Popular, llegaron las pancartas denunciando a los gobernantes populares como asesinos y llegaron los mensajes del «pásalo». Y los socialistas ganaron las elecciones del 14-M.

Ahí empezó la regeneración democrática. Rodríguez Zapatero dio la orden y toda España quedó conmovida, en espera ilusionada de la «regeneración democrática» prometida. El discurso de investidura y los demás discursos del líder socialista, hechura del tripartito, no dejaban lugar para la duda: la «regeneración democrática» se pondría en marcha inmediatamente, acompañada del fin de la crispación, del buen talante, del diálogo y hasta de la sonrisa. La política española entraba así en una etapa de debate sereno, de consenso, de entendimiento entre las fuerzas políticas, de nombramientos pactados, de consulta y de transparencia en las decisiones de gobierno; una etapa cuyo desarrollo por los cauces anunciados queda asegurado por la vigilancia del dialogante y condescendiente Pérez Rubalcaba. No podía haber encontrado Zapatero mejor garante para sus propósitos de regeneración, de moderación, de nobleza en la negociación política.

A los cien días de las elecciones, ya se observan los frutos opimos de esa regeneración. La democracia está a salvo. Ministras y ministros comenzaron inmediatamente a hacer declaraciones donde la democracia brillaba con una nueva talla. Imposible reproducir aquí todas las muestras de tal recuperación. Por el nuevo ministro del Interior nos enteramos de las mentiras que sembró en todos los páramos del país el ministro anterior. Por la directora general de Radiotelevisión Española hemos sabido que la parcialidad política de la pantalla estatal se halla avalada por el resultado de las urnas. Rubalcaba llegó al sacrificio de ofrecer al PP cuatro representantes entre los veintiún miembros de la Comisión de Investigación del 11-M. El problema que plantean las selecciones deportivas nacionales se debe resolver de acuerdo con Carod-Rovira y sus cómplices. Etcétera.

Y con especial mimo hay que cuidar los temas y problemas de la Justicia. Una presidenta nacionalista en el Tribunal Constitucional sería ejemplo muy significativo. Y sobre todo hay que elevar a la categoría de fiscal jefe de Sala del Supremo, diga lo que diga el Consejo fiscal, a Fernández Bermejo, espejo y prez de demócratas, y además felipista de pro. Jope, esto sí que es un baño de democracia.

Estados Unidos
Goodbye Zapatero!
Alberto Acereda LD 17 Junio 2004

La paulatina democratización de Irak, la nueva y unánime resolución de la ONU y los resultados de las elecciones europeas van haciendo cada vez más obvios los errores del ejecutivo socialista de Zapatero. El más grave de todos fue la cobarde retirada de las tropas españolas de Irak. Primero, porque rompió una verdadera alianza entre España y Estados Unidos. Segundo, porque el PSOE regresó al viejo sendero de la mediocre España faldera de Francia. Las actitudes de Zapatero hacia Bush y Powell, sus continuos incumplimientos del programa electoral y las bananeras declaraciones contra Rumsfeld del mago López Aguilar o de la sectaria De la Vega no han hecho sino agravar más aún esa ruptura.

Desde España todavía algunos entienden como más convenientes los lazos con una nación cercana como Francia. Pero la historia (de Napoleón a Perejil…) muestra que nuestra vecina más que dama ha sido siempre alcahueta. Alejarse de Estados Unidos es quebrar la alianza con el país que lidera y seguirá liderando la escena internacional en lo político, en lo militar y en lo económico. Poco importará que sea otra vez Bush o Kerry el presidente elegido en noviembre. El hecho es que, a día de hoy, no ya sólo los políticos norteamericanos sino también sus ciudadanos ven al gobierno de Zapatero como un gabinete acobardado ante el terrorismo, poco fiable en sus alianzas y hasta traidor con sus países amigos.

Cuando el gobierno de Zapatero, además de retirar a los soldados, pacta con partidos comunistas y separatistas, cuando elige a una presidenta del Tribunal Supremo de dudosa firmeza ante el terrorismo y cuando ejerce de antiamericano amigo de desalmados tiranos como Castro, lo que está haciendo es aumentar el calibre de sus errores. De ahí que Rabat prepare ya hueco en su harén para Ceuta y Melilla –y después para el Sahara y Canarias- al constituirse otra vez como el gran aliado norteamericano en el Mediterráneo occidental. Zapatero se lo ha puesto en bandeja. Entretanto, y con meros fines diplomáticos, Bush estrechaba la mano a Chirac en el G-8 aunque sabía muy bien quiénes son los verdaderos amigos de Estados Unidos.

En el cúmulo de desaciertos, la izquierda de Zapatero no tuvo ningún gesto amable tras la muerte de Reagan, el presidente que tendió la mano de amistad a la España de González, recibido cordialmente en la Casa Blanca el 21 de junio de 1983. Reagan fue quien con más firmeza ayudó a España en su camino de entrada en la OTAN. Luego vino la espantada de Guerra. Pero la memoria es corta cuando las mentes son borrosas y los objetivos turbios. El antiamericanismo de la izquierda renegada y envidiosa resulta a veces rentable en la Europa sin ejército, pero no siempre, como se ha visto en las elecciones europeas. En la España socialista de pandereta multicultural, de supuesta diversidad, de falso talante y mentiroso diálogo todo vale para atacar a la derecha, a Israel y a Estados Unidos.

Es la España de telediario y cotilleo, donde la Agencia Efe traduce mal a Rumsfeld o donde la nueva chaqueta de Lorenzo Milá les cuenta en TVE desde Washington que el funeral a Reagan tuvo alabanzas exageradas.

Un reciente artículo del Wall Street Journal incidía en el antiamericanismo de un amplio sector de la ciudadanía española. Su autora, Carlta Vitzthum, explicaba la postura antiamericana del PSOE y citaba con rubor las frases de Borrell respecto a la “guerra ilegal basada en mentiras” por parte del poder imperialista norteamericano. Al final, recogía lo que una peluquera madrileña votante socialista le contaba a la articulista de lo hecho por Zapatero: Han traído las tropas a casa y han roto con los EE.UU. Eso es lo que queríamos y ya está hecho.

Me confiesa aquí un californiano que también lee el Wall Street Journal que lo primero que le viene a la mente es un Goodbye Zapatero!. Lo segundo, me dice otro de Kansas, es su sensación de que el socialismo es un cáncer para España y para Europa. Y eso que ninguno de los dos sabe qué es ese taco de papeletas rectangulares sobre mi mesa con nombres y siglas: Galeusca, Partido Cannabis por la Legalización y la Normalización, Tierra Comunera, Aralar, Estat Català, Izquierda Unida, Europa de los pueblos, Los Parados, PASOC, Partido Obrero Socialista Internacionalista… ¡Ay, Europa…!

Integrismo pacifista
La Doctrina Zapatero
GEES LD 17 Junio 2004

El Gobierno socialista se perfila cada vez más como un Gobierno radicalmente pacifista. Esto significa una renuncia absoluta al uso de la fuerza salvo en caso estricto de una invasión de nuestro territorio, y aún así con dudas. Pero hay una negación expresa al uso de la fuerza ya sea en misiones de imposición o mantenimiento de la paz, ya sea en misiones de lucha contra el terrorismo o la proliferación de armas.

Este pacifismo radical tiene una doble causa. Por un lado, una visión cándida del mundo por parte de Zapatero. Para el actual presidente del Gobierno los problemas que afectan a la seguridad internacional sólo tienen solución desde el dialogo y la cooperación. La utilización de la fuerza, para él, genera y agrava más los problemas en vez de solucionarlos. Hay por tanto un rechazo casi genético en Zapatero a utilizar la fuerza militar.

El segundo origen de este pacifismo gubernamental es la causa por la que el PSOE llegó al poder y la voluntad de seguir rentabilizando políticamente esta causa. El PSOE debe su triunfo electoral a la concatenación de dos circunstancias: El rechazo mayoritario de los españoles a la guerra de Irak y la conmoción que generaron los atentados del 11-M. El Gobierno será prisionero durante todo su mandato de ambas circunstancias. Los socialistas llegaron al poder exacerbando y manipulando las ansias de paz del pueblo español. En la medida en que el Gobierno traicione, aunque sea levemente, ese fundamentalismo pacifista perderá todo su apoyo social.

Esta doctrina se está evidenciando en las primeras decisiones del Gobierno sobre la presencia de tropas españolas en misiones internacionales. En Irak nos retiramos de forma precipitada para que el PSOE pudiera explotar al máximo la decisión en las elecciones europeas. A Afganistán sólo podremos mandar asistencia logística, pero en ningún caso unidades que puedan contribuir a la seguridad del país. La misión en Haití se quiere revestir de una dimensión estrictamente humanitaria. En Kosovo habrá que ver la reacción del Gobierno si la violencia continúa incrementándose.

Este integrismo pacifista tiene dos consecuencias inquietantes. Por un lado, todo gobierno tiene como primera obligación garantizar la seguridad de los españoles en un momento de creciente vulnerabilidad. En este contexto estratégico, renunciar al uso de la fuerza para hacer frente a amenazas como el terrorismo o las armas de destrucción masiva es una temeridad. Si la doctrina Zapatero termina por generar mayor vulnerabilidad, mayor inseguridad o, lo que es peor, permite que esas amenazas se materialicen nuevamente en nuestro país, la responsabilidad histórica de este gobierno iría mucho más allá de una contundente derrota electoral.

En segundo término, el pacifismo del Gobierno coloca a España en una posición de gran debilidad en el concierto internacional y frente a nuestros aliados. El Gobierno es consciente de que no puede asumir ningún compromiso de envío de tropas a escenarios en conflicto en el que haya un riesgo de utilizar la fuerza, porque ello implica romper con su principio pacifista. España se convierte así en un miembro impotente en la sociedad internacional y en un aliado irrelevante para nuestros socios.

La revolución judicial
Editorial El Ideal Gallego 17 Junio 2004

Alfonso Guerra se adelantó al proclamar la muerte de Montesquieu, porque desde que el entonces vicepresidente del Gobierno firmó el parte de defunción hasta ahora el corazón del barón siguió latiendo; sin embargo, en las últimas semanas ha empezado a perder fuerza y está muy cerca de detenerse, ya que el principio de separación de poderes que enunció en el siglo XVIII se encuentra en una situación muy delicada. La independencia entre el Ejecutivo y el Judicial es la mejor garantía del respeto a los derechos de los ciudadanos y, por lo tanto, uno de los pilares de los Estados democráticos, pero el Gabinete que preside Zapatero parece empeñado en reformular esa regla y someter a los jueces a sus órdenes, una situación que es propia de los regímenes totalitarios.

Utilizando a los fiscales como ariete, el PSOE está tomando posiciones sin importarle que su actitud contravenga no sólo los deseos de los propios integrantes del Ministerio Público, sino también los dictámenes del Consejo General del Poder Judicial. Las propuestas de designación presentadas por Cándido Conde-Pumpido no han sentado nada bien entre los fiscales, ya que sus propios compañeros negaron la confianza a los candidatos, pero más grave es aún la intención de desoír la advertencia del CGPJ de que la normativa sobre la violencia de género es inconstitucional, al establecer una discriminación entre el hombre y la mujer. Las reiteradas rectificaciones que han hecho los socialistas son en estas cuestiones más necesarias que en ninguna otra, pero las posibilidades de que se produzcan parecen desgraciadamente inexistentes.

ETA y el final de las analogías
PEDRO OLIVER OLMO JOSÉ IBARROLA/PROFESOR DE Hª CONTEMPORÁNEA EN LA UNIV. DE CASTILLA LA MANCHA El Correo  17 Junio 2004

Las explosiones del 11-M también se llevaron por delante el campo simbólico que en España habíamos creado alrededor de la palabra terrorismo? Todavía no sabemos hasta qué punto ha sido así, entre otras cosas porque va a depender de lo que haga o deje de hacer ETA, pero las formas semánticas han cambiado mucho desde la terrible matanza de Madrid. Recuérdese que, no sólo por el empecinamiento de Aznar y Acebes, hasta el mismísimo 14-M la palabra terrorismo tenía en España un inevitable y único apellido: 'terrorismo vasco'. Y recuérdese también que hasta entonces esa palabra fue una y mil millones de veces inducida y recreada por los mentores intelectuales de las más beligerantes políticas antiterroristas del PP, echando mano de un amplio repertorio de analogías. ¿Seguirán con ellas? Recuérdese que hablaban del 'Gulag vasco' o de 'la dictadura vasca' y del 'Estado de excepción vasco' e incluso de una especie de 'corredor de la muerte vasco' en el que estaría condenado a malvivir un amplio sector de la sociedad vasca (un paralelismo aparentemente muy sofisticado que comentaré más adelante).

Con este juego de representaciones se alentaba, eso está claro, el discurso de determinadas opciones políticas y mayormente las que en el seno del PP y en algunos sectores del PSOE-PSE pretendían equiparar moralmente el terrorismo y el nacionalismo. Pero había también, eso está igualmente claro, una realidad coactiva que aún hoy (no lo olvidemos) se deja sentir de forma terrorífica, en un maldito juego de presiones y exclusiones que sería soportable si la temible amenaza de la muerte no acabara por envolverlo todo, hasta alimentar las peores actitudes de fuerza y las palabras más reactivas. Palabras que no matan y que sin embargo hablan de una cierta cultura de la muerte fatalmente adherida a la vida política vasca.

La nueva situación nos exige a todos y exige también a ETA mirar más atrás del 11-M para reconstruir la genealogía de esa violencia política que venimos arrastrando desde hace ya demasiadas décadas, y para, después de aceptar que el 11-M se nos ha convertido en el hito más insuperable de nuestra propia cultura de la muerte, ponernos a hablar al fin de la necesidad de una cultura de paz en España y en Euskal Herria.

Si al mirar hacia atrás de lo que se trata es de cargar las tintas en los efectos terroríficos de las formas de matar que ha utilizado ETA, yo preferiría buscar analogías en el campo semántico del militarismo, porque no niegan el evidente carácter político de la cosa ni tampoco eluden con eufemismos su inhumanidad. Cuando ETA atenta contra la vida de las personas, aunque está claro que ha eliminado a un individuo o a un grupo de ellos, lo justifica invocando su derecho a luchar contra un enemigo colectivo. Como en la guerra. Alguien muere porque pertenece al bando contrario y ha sido elegido para tal fin, o le ha tocado de forma más o menos aleatoria, más o menos colateral. Alguien ha sido castigado con la pérdida de su vida y para explicarlo ETA apela a una forma de ejecutar su propia idea de justicia, lo cual es algo mucho peor que la peor de las imposturas. Porque el juicio de ETA, como el de todos los señores de la guerra, es prejudicial. Evoca los tiempos míticos de cuando la imputación criminal era colectiva, cuando alguien pagaba por todos y en realidad no se acusaba individualmente. Así, el que va a ser ajusticiado por ETA posee una señal previa a todo juicio. Su delito es colectivo. Su muerte pertenece al universo simbólico del sacrificio.

De todas formas, una de las analogías más socorridas ha sido la de la pena de muerte. ¿Por qué? ¿Por qué el triste nombre de la pena de muerte ha ido apareciendo en las agendas políticas y mediáticas de la sociedad vasca? ¿Por qué si buscas en Internet información sobre la pena capital en el mundo actual rápidamente te encuentras con referencias a la situación política vasca? ¿Ha sido por un ejercicio de pura retórica emitido desde los colectivos antiterroristas y antinacionalistas más activos? Indudablemente, también ha sido por eso, pero, desgraciadamente, la propaganda no es lo más relevante. El simbolismo de la presencia de la pena de muerte en la tensa vida política vasca ha ido provocando un efecto dinamizador por culpa de ETA, porque ETA ha realizado atentados mortales que, además de todo tipo de consideraciones, reprobaciones y condenas, han traído a la memoria de las gentes la imagen vieja del verdugo. Podríamos entrar en más detalles históricos pero, observando los discursos de los últimos tiempos, basta con fijar la atención en una de las más crueles ejecuciones de ETA: la del concejal del PP Miguel Ángel Blanco en julio de 1997.

El escenario que de forma sobrevenida y apresurada se montó para realizar un juego letal de falsas representaciones justicieras y reactivas hizo que la memoria histórica popular se desplegara, y consiguió que durante tres días la pena de muerte irradiara todo el poder simbólico (ancestral) que había acumulado a lo largo de varios siglos. Aunque se trataba de una víctima moderna -alguien a quien se quitaba la vida por aquello que desde el punto de vista de la teoría jurídica defensora de los derechos humanos se suele llamar 'secuestro y homicidio por razones políticas'-, curiosamente ofrecía cierta imagen que rememoraba la de los ajusticiados durante el Antiguo Régimen. Otras ejecuciones de ETA podrían traernos a la memoria el paralelismo de unos jueces falsarios que han dictado sentencia de muerte a su manera judicializadora; pero la del concejal de Ermua parecía revestirse de auténticos signos antiguos, de marcas históricas nunca olvidadas del todo: los tres días en capilla, las apresuradas peticiones de clemencia, la angustiosa esperanza en el indulto, la mecánica ciega de los sentenciadores y la actuación del verdugo a la hora señalada.

Desde entonces nada es igual. Desde aquel verano de 1997 estamos viviendo una etapa del conflicto vasco que todavía no sabemos hacia dónde nos va a llevar. Y más aún tras el 11-M. Ahora, cuando la onda expansiva de Al-Qaida lo ha removido todo, todo lo visible y todo lo oculto, en este nuevo escenario de miedo a un terrorismo que quiere producir auténticas catástrofes e incluso megamuertes, ahora es cuando no sabemos en qué parte del escenario se ha quedado ETA ni qué es lo que desde ahí está viendo ETA cuando mira el paisaje que ha quedado después de la explosión. Quizás sea ahora, ya lo he dicho antes, el momento propicio para el diálogo y para una cultura de paz. Porque si ETA vuelve a matar nadie necesitará paralelismos. Nadie sentirá las diferencias. Hemos llegado al final de un tiempo de analogías.

No
Nino Muñoz/Vitoria-Gasteiz Cartas al Director El Correo  17 Junio 2004

¿Por qué tanta urgencia por parte del lehendakari en hacer una consulta popular sobre su plan? Cuando Ibarretxe se ofreció para lehendakari, en la misiva que buzoneó decía: «Ningún proyecto político llegará a puerto si no se integran en él todas las sensibilidades». A pesar de su promesa, de que conoce la oposición mayoritaria y de que no contará con la aprobación de las Cortes Generales, ¿pretende hacer la consulta en esta legislatura? El lehendakari 'de todos' ¿tratará de imponer su plan nacionalista-secesionista? Porque, ¿se puede calificar su plan honestamente de 'asociación amable' y de 'convivencia' con finalidad independentista cuando excluye a más de la mitad de la sociedad vasca, la divide y la enfrenta? ¿Parece moral hacer la consulta cuando gran parte de la sociedad no puede expresarse ni defender en igualdad de condiciones y sin riesgos una posición contraria a la propuesta?

Dice el lehendakari que la violencia de ETA no debe de impedir defender su ideario nacionalista, pero omite que esa violencia sí que se lo impide a los constitucionalistas. En el País Vasco no se dan las condiciones ni para la consulta del plan, ni para elecciones. Después de 25 años de imposición nacionalista no se puede pretender de la noche a la mañana hacer la consulta popular a la sociedad vasca. Incluso aunque desapareciera ETA, por un tiempo no se debería hacer la consulta porque la ciudadanía está mediatizada por el régimen nacionalista. No, no se puede ir a una consulta sin que desaparezca el etnicismo, mientras haya amenazados y escoltados, mientras no haya libertad de ideas, de información y de asociación, mientras no podamos expresarnos y debatir con libertad, mientras no desaparezca el monopolio de la enseñanza, la intoxicación ideológica y el adoctrinamiento, mientras se sigan acallando las voces de los discordantes. Para la consulta pretendida tiene que pasar tanto tiempo como el empleado para llegar a la situación actual. Para la consulta todos debemos estar debidamente informados y con total libertad, y esto no se da en el País Vasco.

Un incidente de banderas
Lorenzo Contreras Estrella Digital  17 Junio 2004

La guerra de los símbolos y de las banderas continúa produciéndose y desarrollándose en el País Vasco, ahora ya sin el dramatismo de antaño, pero no sin la significación que corresponde al factor distanciador y separador de España. De vez en cuando surgen anécdotas o episodios que revelan la incurable tendencia de los hechos. Por ejemplo, en la cima del monte Urgull, que domina la ciudad de San Sebastián, resulta que la ikurriña fue sustituida hace un par de días por la bandera rojigualda, es decir, por la bandera constitucional española. Esta circunstancia ha sido presentada por la prensa nacionalista como un fenómeno anómalo, revelador, por otra parte, de que la norma que impone esta presencia del símbolo nacional, frente o junto al nacionalista, ha adquirido un carácter irregular más que excepcional. Por ejemplo, miembros del sindicato LAB y vecinos del barrio viejo donostiarra se apresuraron a denunciar no que la ikurriña ondeara hasta ese momento con exclusividad en la cima del Urgull, sino que hubiese sido sustituida por la enseña legal y constitucional. Avisada la guardia municipal, la respuesta no fue establecer una equiparación, sino imponer la vigencia del desequilibrio o la desigualdad en favor de la bandera vasca. Los agentes municipales donostiarras, oportunamente avisados, “interceptaron” en la madrugada avanzada, ya casi de amanecida, a “cuatro individuos sospechosos” no sólo de haber establecido una preeminencia simbólica española, sino de haberla impuesto en perjuicio de la bandera vasca. Las personas identificadas como usurpadoras del símbolo nacionalista resultaron ser “agentes de la Policía Nacional”.

Hacia las 10.30 de la mañana, la “normalidad” había sido restablecida, lo cual quiere decir que la bandera constitucional había vuelto a desaparecer y la ikurriña recuperaba su exclusividad en lo más alto del monte. Ante el peligro de que este monopolio pueda volver a romperse, los vecinos donostiarras han asumido una iniciativa que consiste en garantizar que “en ningún momento falte una ikurriña de repuesto” para permitir, como en este caso, una restitución de la “normalidad”. Las noticias referentes a este “insignificante” episodio nada dicen de la suerte que corrió la bandera constitucional española ni si su destino fue arder o ser vejada.

Los donostiarras sensibles a la protección de su símnbolo, con absoluta indiferencia para el otro, si es que se trata solamente de indiferencia, tienen previsto instalar huchas en diversos establecimientos hoteleros del pintoresco barrio para sufragar con las correspondientes aportaciones económicas la “defensa de nuestras señas de identidad”. El incidente no ha pasado a ser considerado como una anécdota menor, sino como un episodio alarmante, acreditativo del origen ideológico de quienes se atreven a perpetrar “este tipo de hazañas”. Sin ofrecer noticias de que la bandera española goce de ninguna garantía a la hora de ondear en la cumbre del monte Urgull, la información facilitada por las fuentes nacionalistas lamentan que se haya producido el incidente patriótico-sentimental y que “éste sea el orden constitucional que tiene encomendado la policía”. La Policía Nacional, por supuesto con o sin mayúsculas.

Sin mayores repercusiones dentro de esta línea de suceso menor, bueno sería comprobar si la bandera constitucional goza de parecida protección para las autoridades donostiarras, empezando por su alcalde, español por supuesto, el señor Odón Elorza.

Drásticas rebajas
José Javaloyes Estrella Digital 17 Junio 2004

Corto se queda lo de “grandes rebajas” en los grandes almacenes, cuando cambia la estación o se agota el año. Conviene decir, por más preciso, “drásticas rebajas”, si bien el calificativo deba tomarse en la primera de sus acepciones, conforme el Diccionario de la RAE, que se refiere a la condición enérgica y eficaz de ciertos medicamentos purgantes. Pues purgativa es, en su sentido más pleno, la acción exterior en que insiste el actual Gobierno, desde la Niza francesa a la Patagonia argentina. Ve uno a Moratinos con el canciller de Buenos Aires, tan complacido, mientras los piqueteros bonaerenses acaban de asaltar, con la venia presidencial, dependencias de Repsol-YPF, y repara uno, luego, en el mismo rictus de feliz complacencia, puro plenilunio facial, del director de la nueva política exterior de España, mientras Zapatero replica sin derecho a dúplica para el líder de la oposición, a propósito de la Constitución europea. Se advierte tan reiterado talante de revisión de lo practicado durante ocho años en la política exterior que el efecto evacuatorio y tronante de tan drástica terapia más bien semeja lo contrario: ingesta plácida, y deleitosa sin cuento, de exquisiteces y manjares. Moratinos parece que esté en el festín de Baltasar, y su jefe Zapatero, de la mano del doctor Panglos, en el mejor de los mundos posibles.

Sin condiciones previas a lo que parece, España se dispone a levantar el bloqueo, en el ciclo aun abierto de la Conferencia Intergubernamental, a la rectificación unilateral del Tratado de Niza, practicada por el eje franco-alemán con sus instrucciones al presidente de la Convención, Valery Giscard d’Estaing, al objeto de que en el proyecto de Constitución se modificara el reparto de poder en la UE. Una modificación que perjudica palmariamente los intereses nacionales de España
—no los del partido derrotado en las desestabilizadas urnas del 14M— es aceptada de forma previa, sin previa interposición de condiciones, por la aquiescencia metódica de un liderazgo establecido bajo la usura política de sus apoyos parlamentarios. Los intereses permanentes de España en el exterior quedan sometidos, de esta suerte, a la terrorífica sacudida de un cambio que se configura así como de régimen —y potencialmente de Estado, por las hipotecas contraídas con los nacionalismos— más que como un normal y simple turno y cambio de Gobierno.

La aceptación sin precio, fiándolo a la voluntad francesa, hace algo más que devaluar al rango de propina la exigible contraprestación; por ello constituye a España en provincia diplomática de Francia. Decir a París que se renuncia a lo que se tiene por derecho (el Tratado de Niza es el derecho vigente sobre distribución del poder político en Europa) es tanto como rogar a París el establecimiento de un derecho de protectorado sobre la entera política española: la europea, la internacional y la nacional. Como en La Divina Comedia, leamos lo que el Dante inscribe a la entrada del Infierno: “Abandona toda esperanza”. Para lo que en esto de la Constitución europea se haga no cabe marcha atrás ni subsiguiente rectificación, como ocurrió con la visita de Zapatero a Miramamolín en Casablanca. No podrá Moratinos acudir a ninguna parte para explicar rectificando, como en Argel a Buteflika.

Posiblemente antes que otra cosa, el volantazo en política exterior —por su radicalidad y por la totalidad nacional de los intereses afectados— trae de suyo un cambio en la propia concepción de lo nacional en sus concreciones políticas y materiales. El estatuto de sumisión al nacionalismo de Francia que se anticipa ahora parece prefigurar de suyo la sumisión a las exigencias de los nacionalismos intestinos. Aparte de la penúltima, al acrónimo gobernante se le borra la última letra. No pueden ser tan drásticas las rebajas sin daño para el paciente.
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