AGLI

Recortes de Prensa     Lunes 12 Julio 2004

REGIONES Y NACIONALIDADES
Jaime CAMPMANY ABC 12 Julio 2004

Desdramatizar la autonomía

Iñaki EZKERRA La Razón 12 Julio 2004

Hamlet y Piqué

José García Domínguez Libertad Digital 12 Julio 2004

El camelo de la repoblación catalana
Juan Vanrell Nadal La Razón 12 Julio 2004

¿Qué pretenden Alonso y Rubalcaba ¿Hundir a ZP
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 12 Julio 2004

El Yak contra el Ejército
Carlos Dávila La Razón 12 Julio 2004

Los papeles de la guerra civil
Editorial La Razón 12 Julio 2004

Alonso y el ministerio de la desinformación
EDITORIAL Libertad Digital  12 Julio 2004

CACERÍA JUDICIAL
Jorge TRIAS SAGNIER ABC 12 Julio 2004

Al-Qaida amenaza
Editorial El Correo  12 Julio 2004

La historia como pesadilla

AURELIO ARTETA El Correo  12 Julio 2004

«A los terroristas de bajo rango se les deja actuar bajo control»
Ángel VILLARINO La Razón 12 Julio 2004

Ermua, con las víctimas del 11-M en el séptimo aniversario del asesinato de Blanco
Redacción La Razón 12 Julio 2004

 


REGIONES Y NACIONALIDADES
Por Jaime CAMPMANY ABC 12 Julio 2004

EN la muy interesante conversación que el director de este periódico ha mantenido con el presidente de la Generalitat, recuerda Pasqual Maragall que la Constitución distingue entre nacionalidades y regiones, y en esa distinción hace descansar la esencial diversidad de España. Y aspira a renglón seguido a que una reforma constitucional explicite la denominación de las nacionalidades, que para él serían obviamente Cataluña, País Vasco y Galicia, los tres estatutos plebiscitados en los años de la República. Tres nacionalidades, incluso tres naciones, porque Maragall repite ese concepto tan bonito, tan sonoro y tan equívoco de «España, nación de naciones». Todo lo demás serían regiones.

Claro está que no se trata sólo de una cuestión de nomenclatura. No se trata, pienso yo, de que a Castilla o a Asturias las llamemos región y que a Cataluña la llamemos nación o nacionalidad, y asunto terminado. Ahí alientan diferencias de contenido en la autonomía o de reconocimiento de hechos diferenciadores. Un hecho diferenciador evidente e indiscutible es el de la lengua, y merece tratamiento especial, que no puede ser otro que el de compartir la oficialidad con el castellano en la comunidad donde se habla. El catalán, que posee una literatura ilustre y admirable; el gallego, que viene de una literatura excelsa y de muy vieja estirpe, y el euskera, que anda en proceso de unificación, de formas territoriales a veces muy singularizadas, merecen trato diverso al de las varias formas dialectales que florecen en España, bable, fabla, panocho o castúo.

La oficialidad de esas tres lenguas, compartida con la oficialidad común del castellano, ya viene reconocida y usada en la comunidades correspondientes. Pero los nacionalistas hablan de otras particularidades de la personalidad de «sus» pueblos que los identifican de las restantes regiones y conforman con claridad las nacionalidades o lo que algunos llaman afanosamente naciones. No sólo los nacionalistas, sino algunos socialistas catalanes, entre ellos el señor Maragall. Y eso es lo que yo quisiera que alguien me explicara. ¿En cuáles otras diferencias con todas las demás «regiones» deben profundizar los estatutos de las «nacionalidades»? ¿Qué reconocimientos privilegiados espera Maragall para Cataluña y que quedan fuera del alcance de la España «diferente», integrada por esos territorios que no llegan a nacionalidades, ni mucho menos a naciones?

Porque escuchando algunos o casi todos los discursos nacionalistas recibe uno la impresión de que no se trata tanto de lograr el reconocimiento de la identidad propia, sino de asegurar una preeminencia de situaciones de la llamada «nacionalidad» sobre la llamada «región». Y ahí salta la palabra «co-soberanía». ¿Acaso se aspira a que la soberanía -ahora una e indivisible- del pueblo español sea soberanía en tanto en cuanto coincida con la hasta ahora inexistente «soberanía» del pueblo catalán, vasco o gallego? Los nacionalistas moderados lo explican con alguna timidez. Los nacionalistas rabiosos, con toda claridad: «Queremos la independencia total de Cataluña». Pero el socialista Pasqual Maragall debería explicarlo mejor. No lo espero, pero lo deseo.

Desdramatizar la autonomía
Iñaki EZKERRA La Razón 12 Julio 2004

La televisión oficial vasca emitía un informativo. La cámara enfocaba los primeros planos de una rueda de prensa. Por la seriedad patibularia de las caras que se alineaban en la mesa, las fisonomías abruptas, las camisas a cuadros modelo leñador nacional-sindicalista de LAB o ELA-STV, la enorme ikurriña que colgaba como telón de fondo y toda la grave solemnidad de aquella estudiada escenificación cualquiera podría pensar que se trataba de otro Lizarra o la comparecencia de un nuevo partido político. De pronto la cámara del «Teleberri» («Telediario» de ETB) comenzó a alejarse y enfocó en su retirada a tres botellas de vino que se hallaban colocadas sobre el mantel de una peana enana estratégicamente situada delante de la mesa. La voz del locutor explicaba por fin ¬y tras aquel intimidatorio despliegue escenográfico¬ que se trataba de la presentación en sociedad de una marca de vino de la Rioja Alavesa y que las botellas que presidían el acto correspondían a las modalidades básicas del nuevo sello bodeguero de tinto crianza, de tinto reserva y de clarete.

Al percatarse uno de modo repentino de que toda aquella gravedad y ceremoniosidad se debían al mero estreno publicitario de una marca vinícola sólo sintió ganas de morirse de risa. Y es que uno tenía perfecta conciencia de que lo que acababa de ver no era un hecho casual sino todo un síntoma de una realidad o una deformación de la realidad; de algo mucho más amplio que sobrepasaba la anécdota concreta, de toda una patología que caracteriza a la vida vasca de las tres últimas décadas. Respondía, sí, a la dramatización del fenómeno autonómico, a la sublimación de lo «popular» en el doble sentido de «trivial» y «folclórico», a esa desviación de la que hablaba Finkielkraut ya a finales de los ochenta ¬cuando denunciaba que «un par de botas no equivalen a Shakespeare»¬ y que ahora marca machaconamente la cotidianidad vasca no sólo en el plano político; desviación por la cual se ha logrado que algunos ciudadanos sientan cuando degustan talo con chistorra que están haciendo patria y ejerciendo de vascos.

El ejemplo del Teleberri reúne todos los ingredientes de la impostación de la vasquidad promovida por el nacionalismo. Y el principal de esos ingredientes es la propia impostura, la exageración, el carácter teatral de esa puesta en escena que queda desvelada en esta ocasión de un modo impagable por el carácter poco serio de la publicidad vinícola y que a su vez delata un factor que no se tiene en cuenta al hablar del actual nacionalismo vasco: su segunda y posmoderna naturaleza. Lo que Vattimo ha llamado el «pensamiento» débil tiene mucho que ver con la «debilidad» artificial, aideológica o por lo menos asistemática en su aspecto doctrinal con la que se asume con frecuencia hoy en Euskadi el credo nacionalista. No se va a las últimas consecuencias de la doctrina sabiniana; no se asume a Arana con todas sus consecuencias doctrinales y hechos tan desconcertantes como el fulminante despido de Arzalluz demuestran la falta de solidez y la incoherencia, lo que de postizo hay en ese falso sabinismo.

De la misma manera que un ciudadano puede abrazar esa ideología y llevarla al márketing del vino puede desprenderse de ella repentinamente y sin necesidad de responder de su decisión, como el PNV se ha desprendido de Arzalluz. Del mismo modo que el nacionalismo adopta con absoluta impunidad la retórica del «western» para explicar su «conflicto histórico» con la nación española y usa los tópicos del más estereotipado piel roja de Hollywood ¬«el español incendió nuestros poblados, saqueó nuestras casas, raptó a nuestros hijos, violó a nuestras mujeres »¬ también se puede deshacer de ella a conveniencia, traicionar la pureza sanguínea que reclamaba Arana y hacer posible ¬gracias a esa traición¬ sus planes de euskaldunización en los que integra a la población que luego llama «inmigrante» en sus actas oficiales.

Para hacer honor a la verdad cuando se habla de «limpieza étnica» en Euskadi habría que especificar que asistimos a una «fase de racismo blando en la que la limpieza etno-ideológica y etno-cultural sustituyen de momento a la sangría racial». No hablar con exactitud a la hora de hacer un diagnóstico es dar ventajas al nacionalismo, que presenta las inexactitudes como mentiras urdidas para su «criminalización». Si denunciamos las dramatizaciones del aranismo hemos de renunciar a las de otro signo o ser muy precisos cuando éstas se hagan necesarias para describir la situación vasca. Pero volvamos al «Teleberri», a la presentación solemne de aquel sello bodeguero para hallar en su antítesis los valores de un moderno autonomismo que no pueden ser otros que la experiencia desdramatizada de la realidad estatutaria, la normalización de esa realidad frente la enfatización histriónica del hecho autonómico, el laicismo frente a la sacralización, la vivencia cotidiana frente a la mistificación, el realismo frente a las sublimación esencialista y reaccionaria.

El problema con el que choca esta revisión del autonomismo es que la dramatización de lo autonómico a la que se opone viene favorecida por la verticalidad que marca las relaciones de cada autonomía con los gobiernos centrales y por la cual cada comunidad se halla en permanente demanda transferencial. No hay entre las autonomías vasos comunicantes y unas relaciones horizontales, un comercio de ideas e intereses que permitan vivir la experiencia autonómica de forma compartida. Cada autonomía sólo mira a la otra para compararse en el aspecto competencial. Así, aunque hoy se presente como «pronacionalista», la vía de un «federalismo constitucional» desdramatizaría el hecho autonómico al limar su singularidad en cada comunidad. Se acabaría el dramatismo que ponen los propios medios de comunicación a cada viaje de un lehendakari o un «honorable» a la Moncloa, ese eterno «revival» de la visita de Añoveros a Tarancón en la Transición.

Cataluña
Hamlet y Piqué
José García Domínguez Libertad Digital 12 Julio 2004

“Yo ya no sé si soy de los nuestros”, fue la frase con la que Pío Cabanillas se ganó la inmortalidad en la Historia de España. El gallego más gallego que haya tenido la derecha dejó difícil el terreno a quien quisiera desbordarlo por cáustico. Porque sólo cabía superarlo con un “los nuestros son los suyos”. Difícil, pero no imposible. La prueba es que Josep Piqué y el Partido Popular de Cataluña en pleno lo hicieron ayer. Y no sólo han eclipsado al que fuera Gran Maestre de la Orden de la Vieira. En la misma atacada, también han arrinconado a Cánovas para entregarse a las enseñanzas de Cantinflas, al parecer, el nuevo mentor ideológico y estratégico de los conservadores catalanes.

El caso es que se somete a votación en el Parlament el texto de un papel en el que se afirma que Cataluña es una nación, y el PPC dice que sí, que vale. Y al cabo de un rato sale Piqué para aclarar que él no lo tiene claro. Que Cataluña aporta “rasgos” de eso, pero que España también. Que, por supuesto, está en contra aunque, cuidado, porque hay otros que están a favor. Que ya se sabe que las naciones no son conceptos jurídicos precisos sino suspiros del alma, como las letras de los boleros. Y que no se trata ahora de crear confrontaciones por una cuestión de sentimientos. O sea, que no pero sí, aunque depende.

Es la misma doctrina Mario Moreno con la que el PPC cosechó su peor fracaso en las últimas elecciones generales. La radicalmente opuesta al discurso español desacomplejado que defendieron Mayor Oreja y Vidal Quadras en las europeas. Ese que relanzó al partido hasta convertirlo en la segunda fuerza política del Principado, sólo tres meses después de aquel naufragio. Por cierto, el mismo discurso que permitió a Borrell lograr una victoria aplastante en las cuatro provincias catalanas, tras gritar en todos sus mítines: “¡Yo no soy nacionalista!”

Es altamente improbable que Rodríguez Ibarra tenga la más remota idea de quién fue Valentí Almirall, lo que explicaría su reciente fe en el hecho nacional catalán. Pero los votantes de Piqué sí lo saben. Almirall es el padre intelectual del nacionalismo que abandona la causa en la madurez para afiliarse al Partido Radical de Alejandro Lerroux, un personaje que aún hoy provoca escalofríos de temor en el establishment local. Almirall encabeza la larga lista de los catalanes que no modularon jamás sus ideas con el objetivo de caer simpáticos y hacerse respetables ante el poder nacionalista. Los que en Cataluña apoyan al PP son herederos de esa tradición de firmeza intelectual y moral. Y es que si tuviesen la más mínima duda sobre la naturaleza de sus convicciones políticas no asumirían el coste personal que implica nadar contracorriente en el Reino de Maragall. Por eso, al propio Piqué le convendría recordar de vez en cuando que no hay un solo Hamlet entre sus votantes. A menos que también se haya propuesto emular a aquel otro que sostuvo feliz: “Pensaba que íbamos a ganar las derechas, y resulta que hemos triunfado las izquierdas”.

El camelo de la repoblación catalana
Juan Vanrell Nadal es presidente de la Academia de la Lengua Balear La Razón 12 Julio 2004

Creo que complacerá a los responsables de LA RAZÓN y a sus fieles lectores conocer dos hechos curiosos:

1.- Un señor, en un autobús de Valencia, repartía fotocopias de mi artículo «No dicen la verdad» (La Razón 05/06/04) porque, según él, todos los valencianos deberían leerlo.

2.- Un magistrado del Tribunal Supremo amigo mío me felicitaba también por dicho artículo y me pide más información. Me comenta que un compañero catalán, a pesar de la claridad y evidencia de mi exposición, sigue empecinado en que, por un dato básico que yo callo, el balear y el valenciano proceden irrefutablemente del catalán.

El dato que callo en el artículo según ese magistrado es que los catalanes repoblaron los reinos moros de Mallorca y Valencia tras la conquista de Jaime I, y con la repoblación trajeron la lengua catalana. Una vez más estamos ante otro camelo que ¿incluso un magistrado del Tribunal Supremo cree a pie juntillas!. Lo que decía el catedrático Boceto: «Los historiadores catalanes hacen histeria en vez de historia». Demasiados enseñan la historia que quisieran que fuera, no la que realmente fue. Y así tenemos que los datos ciertos del hecho de la conquista del reino de Mallorca son que el ejército estaba compuesto por: Don Jaime con nobles de Aragón y caballeros de Montpelier sumaban 200; Gastón de Moncada (Vizconde de Beam-Francia) familiar de Jaime I aportó 400 caballeros; Nuño Sanz (Conde de Rosellón y Cerdaña-Francia) familiar de Jaime I, aportó 150; Caballeros de Provenza, Marsella, Narbona, Castilla, Navarra, Carcassona, Bezier, Foix, Toulouse, sumaban 500; Ponce Hugo (Conde de Ampurias) 60 caballeros, el Obispo de Barcelona Berenguer de Palou aportó 100; el Obispo de Gerona Guillén de Montgrí, 30; el Abate de Sant Feliu de Guíxols, 5; y el Preboste de Tarragona, 4. Siendo el grueso del ejército 28.251 en proporción aproximada a los caballeros.

Con los susodichos datos a la vista podemos apreciar que tan sólo un 13,5 por ciento son de procedencia catalana. Luego no es posible que la Conquista fuese una conquista «catalana», tal y como se hace estudiar en colegios y universidades. A ese dato podemos añadir que sólo para repoblar la ciudad de Palma, no hubiesen sido suficientes todos los habitantes de Barcelona, pues en esa época Palma tenía una extensión (110 Has) casi tres veces superior a la de Barcelona (42 Has). Y no fue hasta el siglo XVIII en que Barcelona se asemejó a Palma en extensión y población. Palma además era una de las nueve ciudades más ricas y populosas de Europa. Ésta fue la causa principal de su conquista. Tal es así que los sirvientes del rey D. Jaime I tardaron ocho días en presentárselo después de entrar a saco en Palma, por lo muy ocupados que estaban en poner a buen recaudo su rapiña.

Otro dato que tampoco se enseña es que, a los pocos meses de la conquista de Mallorca, se queja Jaime I de haberse quedado con tan poca gente que no le eran suficientes ni para guardia personal.

Otro dato más también muy importante y que tampoco se enseña en los libros de historia es que la cultura balear es de origen hebreo-árabe y la cultura catalana cristiano-germánica. Cultura balear que se ha preservado hasta el presente, a pesar de la posterior cristianización de la población.

Luego, ¿de qué repoblación se está hablando? De una repoblación imaginaria soñada sólo por catalanistas visionarios.

Y si de Valencia hablamos, los señores catalanes le hicieron saber a D. Jaime I que no le ayudarían a conquistar Valencia porque les había bastado con ir a Mallorca (amasando un buen botín). En vista de ello, Jaime I emprendió la conquista de ese reino con gentes de Aragón y mercenarios de todas castas y religiones. Estudien a Ubieto, Menéndez Pidal y Álvaro Santamaría. ¿Ah!, todo ello sin contar que en 1229 y 1238, fechas de las conquistas de los reinos de Mallorca y Valencia respectivamente, Cataluña aún no existía políticamente. Fue en el año 1241 en el que Jaime I rey de Aragón, Mallorca y Valencia, Conde de Barcelona y Señor de Montpelier, marcó las fronteras de la comarca del reino de Aragón denominada Cataluña. Ni reino, ni ducado, ni marquesado, ni condado....  ¿COMARCA!

Ante este hecho documentado históricamente, hemos de preguntar una y otra vez: ¿cómo puede ser que una nación inexistente pudiera conquistar los reinos de Mallorca y Valencia, darles su lengua, sus costumbres y además repoblarles? Respuesta: ¿porque es un camelo!, ¿ otra invención intencionada del insaciable nacionalismo catalán!

¿Qué pretenden Alonso y Rubalcaba? ¿Hundir a ZP?
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 12 Julio 2004

Cuanto más detenidamente se observa la chapuza de la filtración este fin de semana de los informes sobre los confidentes del 11-M, cuya comparecencia el PSOE niega al Parlamento, menos se entiende el propósito a medio plazo de los filtradores, más torpe parece la estrategia de Producciones Rubalcaba y el Ministerio del Interior de la SER. ¿A qué viene mentir como bellacos en los titulares, como ha hecho el Imperio y sus satélites (incluidos algunos necios antisistema en Internet), si al leer la noticia quedaban automáticamente desmentidos? ¿Por qué titular que los confidentes no habían alertado sobre el 11-M a la Policía y a la Guardia Civil cuando lo que consta en los informes que se han negado al Parlamento es exactamente lo contrario, que los contactos de unos y otros, incluidos los otros y los unos, estaban al cabo de la calle del tráfico de dinamita? ¿En qué cabeza cabe que, una vez en la cárcel, Zuhier y Trashorras (cada vez es más asombroso que no lo estén los hermanos Toro, y cada vez resultan más inquietantes las incoherencias del juez Del Olmo) van a creerse que los van a sacar de allí, limpios de polvo y paja, los mismos inútiles que están objetivamente condenándolos, al tiempo que se delatan a sí mismos? ¿O es que creen que puede reeditarse el saqueo de los fondos reservados de Interior en los 90 para encubrir crímenes y comprar silencios criminosos?

Este Alonso en que confía Zapatero está resultando como el Belloch en que confiaba Felipe: ambos pretenden sacarlos del agua pero les ponen piedras al cuello. Con una diferencia esencial: González era Mister X y temía, por su cobardía personal y su incapacidad moral para asumir la responsabilidad última de los GAL, acabar en la cárcel. Si desde el principio hubiera asumido los hechos y hubiera convocado elecciones, ni habría ido a la cárcel, ni la democracia española habría quedado hecha unos zorros. Pero ¿y Zapatero? ¿Qué quiere encubrir Zapatero? ¿Que algunos sectores de la policía y la Guardia Civil, ligados al felipismo, fueron cómplices por omisión de la masacre del 11-M? ¿Y qué? Con ese dato político ya contamos los que no votamos al PSOE ni comulgamos con las ruedas de molino de Polanco, pero de ahí a culparle a él de los hechos hay un gran trecho, que hasta ahora nadie ha cubierto. Digo nadie y no es cierto. Lo era hace una semana, pero tanto las mentiras en la Comisión del 11-M de los testigos preparados del PSOE como esta ridícula filtración de Interior que demuestra lo que pretende desmentir están convenciendo cada vez a más gente de que el Gobierno de ZP, no sólo sectores del felipismo, tiene mucho que ocultar, puesto que trata de hacerlo.

A lo mejor piensa ZP o le han hecho pensar sus rubalcabas que lo fundamental es blindar informativa y moralmente a los suyos, porque a la vuelta del verano nadie se acordará de nada. Se equivoca por completo. En primer lugar, porque el verano es época de bulos y murmuración. En segundo lugar, porque al volver la esquina de agosto nos espera con toda probabilidad una lúgubre sucesión de sordideces, entre confidentes, comisarios, terroristas y trapisondistas que ocuparán el primer plano de la información. Y, al fondo, el juicio del 11-M. ¿Piensa aguantar así ZP, mintiendo y enredando, toda la legislatura? Pues, sobre triste y lamentable, será cortísima. Y para él, absurdamente, puede ser la última. ¿Esto es lo que persiguen sus amigos? Pues esto es lo que está logrando ZP.

El Yak contra el Ejército
Carlos Dávila La Razón 12 Julio 2004

El Gobierno y todo el Partido Socialista no han medido bien los efectos de su feroz estrategia en el accidente del Yak. La impresión es que depositan más esperanzas de rédito político en este tremendo asunto, que en las conclusiones que puedan extraerse de la Comisión de Investigación del 11-M. La primera semana de trabajos ha dejado en paños menores la predeterminación que lleva vendiendo el Partido Socialista desde el propio atentado: que el Gobierno de José María Aznar mintió deliberadamente con fines electorales atribuyendo la autoría a la banda terrorista ETA.

Tan descalificada ha quedado ya esa imputación, que el Partido Socialista entero sigue la consigna del Grupo Prisa y han trasladado la producción de la mentira dos días: del 11 al 13 de marzo, a ver si por ahí cazan algo. La mentira no es evidente, sí lo es sin embargo, la presión que los socialistas han ejercido sobre el estúpido portero de Alcalá, o sobre el partidista policía Telesforo al que manipulan como un pelele con la mayor de las impudicias.

La Comisión ¬ya se ve¬ no les va a resultar un chollo, y al tiempo, menudean las opiniones de quienes (desde el favorito Antonio Banderas a responsables del terrorismo en Europa) desvinculan la guerra de Iraq con las acciones del Al Qaida, y atribuyen al atentado de marzo el vuelco electoral. O sea, lo contrario a las tesis de José Luis Rodríguez Zapatero, su Gobierno de insolventes y el partido que los ovaciona. «Por aquí se saca poco», ha pensado en una de sus clásicas reflexiones, y por eso ha ordenado a José Bono y a Rubalacaba (tampoco se deposite en él toda la ciencia de maldad), que conviertan al Yak en la nueva guerra de Irak y eso sí, que pasen por encima del «Tirolés», según la acepción castiza de la vicepresidenta, sin romperse, ni mancharse. Ahora no hay peligro, ha dictaminado López Garrido.

Desagrado en el Ejército. El ministro de Defensa lleva en el cargo el suficiente tiempo como para conocer el desagrado que causa en los Ejércitos el uso político de aquellas muertes del Yak. José Bono, como un justiciero de partido, se ha cargado ya a la dirección que gobernaba nuestras Fuerzas Armadas en el desgraciado trance, y ha enviado a la reserva punitivamente a dos generales, Beltrán y Navarro, con lo que se ha manchado su hoja militar de servicios y su competente carrera médica. Ha contado José Bono con la aquiescencia de una parte de los familiares de las víctimas, febrilmente removidos en su justo dolor por Ripollés, y, claro está, con el aplauso del antimilitarismo que, como excipiente del más rancio progresismo de horchatería, aún existe en España. José Bono o no se ha dado cuenta del peligro, o le ha traído al fresco. Nuestras Fuerzas Armadas naturalmente que ya no son las de aquellos vesánicos espadones del 23-F; están acatando con disciplina los vaivenes políticos, las depuraciones crueles, y la vergüenza de que algunos de sus mejores protagonistas aparezcan públicamente como culpables del Yak o ignorantes en la identificación de los cadáveres. No son ni una, ni otra cosa: los técnicos más avezados repiten que ni un solo accidente de aviación se ha saldado nunca con la certeza de haber señalado sin errores posibles, la personalidad de los muertos. Ni sin ADN antes, ni con ADN ahora. Nunca. Ahora parece que esta realidad estorba la estrategia.

Los militares mientras tanto aguantan e insisten, cuando se les deja, en que ellos son conscientes del riesgo que entraña su profesión, hasta el punto que salen si pestañear a misiones que, como la de Afganistán, consideran más oportunista que necesaria. Exigen, por Dios, que no se les utilice como coartada para la refriega política: «Que nosotros no pongamos los muertos ¬dicen¬ y los políticos los saquen a pasear para aprovecharse de ellos».
El Gobierno y el Partido Socialista están propinando patadones al Partido Popular en el tafanario del Ejército. En esta España troceada de Pascual Maragall y Netol ZP, quedan escasos elementos de unión: uno es el Ejército. No es decente lo que se está haciendo con él.

Los papeles de la guerra civil
Editorial La Razón 12 Julio 2004

Hoy se reúne, presidido por la ministra de Cultura, Carmen Calvo, el Patronato del Archivo de Salamanca para tratar el envenenado asunto de la reclamación de los documentos de la Generalitat de Cataluña incautados tras la Guerra Civil. La ciudad universitaria castellano-leonesa alberga la mayor colección documental sobre nuestra pasada contienda, pero no detenta en exclusiva la custodia de la ingente información escrita generada por el conflicto. En el archivo militar de Ávila, dependiente del Ministerio de Defensa, se guardan, como informa hoy LA RAZÓN, importantes legajos con documentos procedentes de toda España, incluidos, especialmente, Cataluña y el País Vasco, que, sin embargo, nunca han sido objeto de reclamación alguna por parte de los nacionalistas, pese a que han estado abiertos al público y son de sobra conocidos por los especialistas. Es fácil, pues, colegir de este «olvido» que la polémica salmantina, mantenida viva durante veinte años por el nacionalismo, ha respondido más a intereses partidistas de oportunidad electoral, que a una posición rigurosa sobre el destino de los diversos fondos documentales.

Con la «puesta de largo» en público del archivo de Ávila, hasta ahora al margen del enfrentamiento, el problema se extiende al Ministerio de Defensa, que podría verse obligado, por coherencia, a dispersar sus fondos si es que, al final, se fuerza al Patronato salmantino a devolver lo que desde los nacionalismos catalán y vasco se considera, impropiamente, botín de guerra.

Sería, además, un precedente peligroso para la conservación y unicidad de los fondos documentales españoles de ese período, puesto que si los papeles de la Generalitat se consideran «botín de guerra», lo mismo habría que hacer con los de la CNT de Asturias o los de la Diputación de Valencia, a menos que se acepte la intencionalidad implícita en la demanda de los nacionalistas de convertir la derrota de la República española en Cataluña y el País Vasco en una guerra de conquista sobre territorio extranjero, una interpretación torticera que, simplemente, no se sostiene con la historia en la mano.

Sin embargo, desde nuestra perspectiva, el desafuero nacionalista tiene una fácil solución. Con las nuevas tecnologías de reproducción e impresión, se pueden duplicar con toda exactitud, hasta hacer un «Original-B», los fondos reclamados desde Cataluña y el País Vasco, que podrán de este modo archivar e interpretar la documentación de acuerdo a sus criterios. Se garantizaría así la unidad del Archivo de Salamanca y su integridad, preservando el legado de esos terribles años para las futuras generaciones de españoles, sin distinción de origen regional o de ideología política.

Lo contrario es exponer los distintos archivos nacionales al capricho de una reivindicaciones que, por lo sucedido con Ávila, responden a intereses de oportunidad partidista. Porque la protección de la memoria colectiva de esta nación, llamada España, es responsabilidad de todos, pero principalmente, del Gobierno.

Alonso y el ministerio de la desinformación
EDITORIAL Libertad Digital  12 Julio 2004

La filtración a La SER y a la agencia Efe por parte del Ministerio del Interior de los informes de la Guardia Civil y la Policía, con la que se pretende demostrar que los confidentes Suárez Trashorras y Rafá Zouhier no informaron a las Fuerzas de Seguridad de la venta de explosivos a los terroristas del 11-M, no debilita sino que refuerza todavía más la exigencia del PP respecto a la comparecencia de los confidentes y el ministro del Interior en la Comisión de Investigación.

En primer lugar, ya va siendo hora de que el PP haga pie con pared y saque los colores a un ministro del Interior que de forma tan reiterada como vergonzosa recurre a un mecanismo tan improcedente como es la filtración a los medios afines de determinados informes secretos para ser utilizada con fines propagándisticos, cuando al tiempo Alonso y su partido se niegan a dar explicaciones de las presiones de las que han sido objeto confidentes encarcelados como Zouhier para que no declaren ni ante el juez ni ante la comisión que supuestamente tiene por objetivo esclarecer lo sucedido.

En segundo lugar, aunque el ministro que ha perpetrado la filtración haya buscado con ella justificar la decisión del PSOE y de sus aliados de oponerse a la comparecencia de Trashorras y Zouhier en la comisión, los informes no sólo no acreditan que los confidentes no informaron de la compraventa de dinamita antes del 11-M, sino que acrecientan las sospechas sobre la actuación de determinadas unidades policiales. Además de tramposos, torpes.

Ejemplo de ello es que el informe reconoce tanto que el confidente Zouhier alertó, en enero de 2003, a sus contactos de la UCO de la Guardia Civil sobre las gestiones de Suárez Trashorras para buscar compradores para unos explosivos que había sustraído de unas minas de Asturias, como que la Policía de Oviedo tenía informes de que Suárez Trashorras estaba traficando con dinamita.

El PP no se debe contentar con dejar acreditado que el anterior Gobierno no mintió a la hora de informar sobre el 11-M; rebatir esa falsa imputación sólo es una parte de la lucha contra la infamia que padeció el partido de Rajoy en esos aciagos días del 11 al 14 M. El PP debe aspirar a que se esclarezca toda la verdad, sin apaños ni entendimientos ni ilusos equilibrios. Del 11 al 14 M no sólo se cometió una masacre terrorista sino también una infamia política que no puede ser saldada repartiendo a todos los cargos de inocentes.

Hace hoy justo dos meses que en la reunión del Pacto Antiterrorista, Rajoy se daba por “satisfecho” con las explicaciones de Alonso que días antes habían provocado la justificada y airada protesta de Acebes. “La mejor aportación es lo que he dicho, todo lo demás no sirve a causas nobles", dijo entonces el líder popular tras su reunión con Zapatero y su ministro.

Nosotros sabemos suficientemente a qué causa iba a servir Alonso cuando Zapatero lo nombró en el cargo como para no tener dudas respecto a la aquiescencia de ZP con las “producciones Rubalcaba”. El conocido perfil de este sectario miembro de Jueces para la democracia era tan ajeno a lo que debía ser un ministro del Interior como lo es a la trayectoria socialista del nuevo comisario general de Información. La cuestión ahora es si Rajoy, que tantos elogios recibió de Gallardón por la forma en que tras el 14 M “tiene de mirar al futuro, sin caer en la tentación de la radicalidad y la nostalgia”, va a situar entre sus “causas nobles” el que se sepa todo de la mayor masacre terrorista y del mayor vuelco electoral que se ha conocido en la historia de España.

CACERÍA JUDICIAL
Por Jorge TRIAS SAGNIER ABC 12 Julio 2004

ALGUNAS personas, de dudosa estética, sólo acatan el resultado de una elección si les favorece. De esta forma, cuando esas personas son las que gobiernan o son mayoría en una asociación o pueden inclinar en un sentido u otro una determinada decisión, pretenden, con mucha razón, que su criterio mayoritario sea respetado por los demás. Pero, ay, cuando inexorablemente les llega a esas mismas personas estar en minoría, entonces aceptan muy mal que otros criterios sean los que se impongan. En ese momento se lanzan a la descalificación personal o contraponen la fuerza siempre manipulable, y por lo tanto dudosa, de la calle a la emanada de las urnas o reclaman a gritos un diálogo que compense su pérdida de influencia. Por lo general esa forma de actuar, siempre ventajista y carente de ética, es la que comúnmente se denomina, hoy, «progresista». Progresismo que se dedica, en los asuntos relacionados con los tribunales, a la «caza de brujas» o, mejor dicho, a la cacería judicial.

¿Y cómo actúan estos «progresistas» en los asuntos judiciales? Depende. Pero siempre bajo la lupa de la doble moral. Así, por ejemplo, los «progresistas» cerraron en cierta ocasión la puerta del Tribunal Supremo a un magistrado de izquierdas porque «su nombramiento podía molestar al PSOE». A otro magistrado, gobernando el PP pero estando los conservadores en minoría en el Consejo General del Poder Judicial, le impidieron que presidiese una Sala por sus creencias religiosas, los mismos que ahora, con el Gobierno en las manos pero en minoría en ese Consejo han pretendido imponer, y por supuesto han impuesto, algo que para cualquier jurista que se precie y al margen de su ideología resulta, por discriminatorio, inaceptable: el «género» como categoría legal. A los «progresistas» debe reconocérseles, de todas formas, una buena organización ya que, aunque estén en abrumadora minoría, nunca se saltan el guión y jamás practican el libre pensamiento. Así, mientras que los conservadores se arman siempre un lío pues cada uno piensa, dice y escoge bastante libremente, los «progresistas» se sujetan siempre al pensamiento único, es decir, al pensamiento «correcto». Si hay que descalificar a un juez y crucificarlo en el madero de un editorial, se le descalifica; si hay que poner una zancadilla en la carrera de este o aquel magistrado porque «no es de los nuestros», se le pone. No importan los motivos. Se los reviste del calificativo de «progresistas» y así todo queda justificado.

Los populares, en sus ocho años de gobierno, avanzaron poco en la regeneración de las instituciones y con este nuevo socialismo parece que vamos a seguir por el mismo camino del antiguo, aunque con el valor añadido de que los de ahora son expertos en el ejercicio de la doble moral. Eso se traduce en asuntos judiciales en lo siguiente: Un magistrado, actualmente en el órgano de gobierno de los jueces, José Luis Requero, es descalificado por el ministro de Asuntos Sociales por sus ideas religiosas, pero el mismo día el Consejo de Ministros nombra fiscal del Tribunal Supremo a Jesús Bermejo, quien había declarado públicamente: «Yo soy un hombre de izquierdas y desde ese esquema actúo y digo en alto lo que pienso». La cacería judicial siempre dispara hacia el mismo lado. Quizás habría que ir pensando en un prolongado tiempo de veda.

Al-Qaida amenaza
Editorial El Correo  12 Julio 2004

La advertencia lanzada por el secretario estadounidense de Seguridad Interior, quien afirmó que su Gobierno teme un atentado de grandes proporciones en suelo norteamericano para alterar sangrientamente el proceso electoral, ha despertado las suspicacias del Partido Demócrata, toda vez que la inesperada intervención de Tom Ridge no se acompañó de una modificación del nivel de alerta ahora vigente en el país. Al margen de las dificultades para explicar la aparente contradicción, el ministro se limitó a decir que, aunque reconoce que no dispone de detalles, le ha parecido útil dirigirse a la opinión pública para, sin crear alarmas innecesarias, recordar el peligro latente y transmitir la seguridad de que las agencias especializadas trabajan sin descanso en la prevención. El partido de John Kerry sugiere que la Casa Blanca estaría tentada de utilizar la amenaza terrorista como un arma electoral, pero tampoco se atreve, sin correr un grave riesgo político, a criticar abiertamente la estrategia 'defensiva' de la Administración Bush. El precedente español del 11-M y la influencia que los terribles atentados tuvieron en los resultados electorales del 14 de marzo están presentes en la mente de los estadounidenses.

Ridge, aparentemente, habría obrado tan difusamente por consejo de los especialistas; en realidad su mensaje se dirigiría más a la propia red terrorista de Al-Qaida que al público norteamericano, como parte de una sutil guerra psicológica que, entre otras cosas, advierte a los terroristas de que el Estado más poderoso de la Tierra no olvida lo sucedido y se mantiene en guardia, contando además con la preciada cooperación de una sociedad ahora muy atenta al peligro y totalmente motivada con la colaboración en el mantenimiento de su seguridad nacional. La muerte de casi tres mil personas el 11-S, en el mayor atentado de la historia, pesa poderosamente sobre las cabezas de todos los norteamericanos, políticos o simples ciudadanos, y atribuir a las autoridades oscuras intenciones políticas sería demasiado imprudente, incluso en año electoral.

La historia como pesadilla
AURELIO ARTETA/CATEDRÁTICO DE FILOSOFÍA MORAL Y POLÍTICA DE LA UPV/EHU El Correo  12 Julio 2004

El presidente Ibarretxe ha vuelto a uno de sus latiguillos más queridos: «Los derechos históricos son la auténtica Constitución del pueblo vasco». Real o más bien ficticia, la historia se vuelve para el nacionalista pieza básica de la pretendida diferencia nacional, de la construcción de nuestra identidad colectiva y, en último término, de nuestro derecho a la soberanía política. Lo que importa es adquirir 'autoconciencia' histórica. Es decir, que nos reconozcamos productos de una misma tradición, descendientes de los mismos antecesores, herederos de sus victorias y fracasos, obligados a vengar sus derrotas y exigir sus deudas...

Siempre la historia en nuestra ayuda. Se diría que el recurso al pasado viene a ser como una huida del presente; si se prefiere, un modo de compensar por el recuerdo de borrosas hazañas las penalidades de nuestro colectivo vivir cotidiano. Mientras los creyentes en algún Dios acostumbran a refugiarse en el futuro anhelado, los idólatras de su Nación encuentran su particular paraíso en algún tiempo remoto. Los unos desean actualizar el futuro soñado, los otros el presunto pasado. De un lado, el reino de los cielos y la comunión de los santos ya en este mundo; del otro, la comunidad de los nacionales y la restauración del reino de Túbal o de Sancho III en esta tierra. Puestos a preferir, nos quedaríamos con los primeros por ser hoy menos peligrosos para la ciudadanía. Al fin y al cabo, y pese a las protestas episcopales de rigor, en nuestras sociedades laicas y plurales los cristianos han renunciado a convertir sus creencias en obligaciones civiles. Los nacionalistas, en cambio, dejarían de serlo como renunciaran a imponer su fe política sobre los demás ciudadanos.

Tiempo sagrado y tiempo profano
No son, pues, unos u otros contenidos particulares, estos o aquellos datos históricos amañados por el fervor nacionalista, lo que más importa. Desde el punto de vista moral y político, lo que debe importarnos es la idea misma de historia que cultiva el nacionalismo, por lo mucho que revela acerca de la 'lógica mítica' que la subyace. «El mito es una versión del pasado que lo prolonga en el presente, una narración creada por el deseo, no por la realidad, sino por nuestra desesperada necesidad de tranquilidad y consuelo», escribe Ignatieff.

La obsesión por dotar a un Pueblo de la más venerable antigüedad, la constante referencia a su enraizamiento en la noche de los tiempos, por ejemplo, manifiesta la creencia en el valor inconmensurable de los orígenes. Al igual que para la mentalidad mítica, el tiempo originario es el tiempo sagrado, el momento en que los dioses crearon el mundo o los primeros hombres fundaron los modos de vida e instituciones centrales de cada sociedad. Todo lo que ha seguido después es tiempo profano, es decir, un continuo proceso de degeneración conforme se alejaba de lo primigenio. Por eso, puesto que cualquier tiempo pasado fue mejor, el afán de los hombres habrá de orientarse a salvar el monótono transcurso de nuestros días mediante la inyección de la potencia sagrada que se dio al inicio. Hay que volver así a contar el mito que relata el comienzo de nuestro Pueblo y a representarlo repetidamente en forma de rito.

De modo que, al margen de su valor real, lo viejo vale por ser viejo. Todo lo demás vale en la medida que exprese lo viejo, que se incruste en él, que prometa fidelidad a los gestos ancestrales de la tribu. Es en los hechos irreversibles de las generaciones pasadas y no en las aspiraciones o propósitos de las presentes donde se halla el depósito de la legitimidad de nuestras instituciones públicas. Lo que comparezca aureolado de primitivo otorga prestigio a la práctica o a la reivindicación que en él se apoyen. Vayamos a la búsqueda (o a la pura invención) de lo más antiguo, ya se trate de toponimia, de atuendos locales, instituciones jurídicas o bailes populares. Siempre habrá una Edad de Oro a la que acudir. Claro que tal vez eso antiguo no sea ya tradicional, porque tradición (de 'trado', entregar) es sólo lo que unas generaciones transmiten para su conservación a las siguientes y 'llega hasta nuestros días'. Pero aquí llamamos tradicional a lo remoto ya desaparecido, a fin de disimular esa desaparición y mantener el hechizo de lo propio como un continuo ininterrumpido. A la vez, y a la inversa, no paramos de inventar tradiciones, unos usos que enseguida se erigen en prueba de nuestra antigüedad colectiva y en medio para fortalecer ese hilo que nos conecta con los gloriosos orígenes.

Sea como sea, hay que conmemorar sin descanso lo que 'in illo tempore' supuestamente fuimos, aunque hace tiempo que ya no lo seamos. Mejor dicho, precisamente 'porque' ya no lo somos y 'para' volver cuanto antes a serlo. Eso que alguien por nosotros ha decidido que fuimos, eso es lo que al parecer tenemos que seguir siendo.

La historia de un despojo
Pero los tiempos que corren son profanos, sobre todo, por haber sido profanados. La nuestra es la historia de un pecado permanente contra nuestro Pueblo; y, su narración, el recuento de los atropellos, agravios y despojos que Euskal Herria ha sufrido. Ya sean sus fueros y otros derechos, su territorio, su lengua o sus hábitos más acendrados, nos han arrebatado lo que era nuestro, lo que nos infundía nuestra identidad personal a fuerza de fundirnos en la identidad colectiva. Y no han sido las transformaciones de la sociedad y de sus modos de vida, ni la irrupción del industrialismo o del mercado, las causas impersonales de esa presunta pérdida. El culpable es siempre alguien personal: fueran los Reyes Católicos o, en tiempos próximos, el caudillo Franco o el presidente Aznar.

El pasado mítico era ya la fuente de legitimidad de nuestras reivindicaciones políticas. Ahora hay que añadir, como fundamento de nuestras pretensiones, lo legítimo de nuestra venganza por las afrentas sufridas en un pretérito más reciente. Una venganza disfrazada bajo el honesto manto de la justicia. Así es como los que hemos sido perseguidos tenemos derecho a perseguir, las víctimas del pasado estamos autorizadas para causar otras víctimas en el presente y en el porvenir. No importa que estas nuevas víctimas sean conciudadanos inocentes, porque alguien tiene que pagar por tanta derrota. Tampoco es preciso que nos esforcemos en afinar nuestros argumentos ni en afilar nuestras armas dialécticas. La cosa es sencilla: tenemos derecho a la soberanía por seguir siendo lo que fuimos: un Pueblo.

Sea como gozosa rememoración de los orígenes o como recordatorio resentido por tanta injusticia, el nacionalismo vive en un ejercicio incesante de inventar y repasar la historia de su nación. El nacionalista está condenado a cargar con su historia como con un peso del que no puede desprenderse. Él vive la pervivencia del pasado como presente; o sea, el tiempo como simultáneo y no como lineal. Pero entonces la historia, esa herencia de la que no puede renegar porque constituye toda su riqueza, es al mismo tiempo su pesadilla y la nuestra.

«A los terroristas de bajo rango se les deja actuar bajo control»
El magistrado italiano Stefano Dambruoso dirigió durante ocho años las investigaciones contra el terrorismo islámico desde Milán, donde han sido capturados algunos pesos pesados de Al Qaida. El semanario «Time» le calificó el «héroe europeo».
Ángel VILLARINO La Razón 12 Julio 2004

Roma- Sus notables éxitos y su incansable empeño le valieron el calificativo de «héroe europeo» en las páginas del prestigioso semanario «Time». Ahora acaba de publicar un libro en Italia, «Milano-Bagdad» (Mondadori, 2004), escrito con la ayuda del periodista Guido Olimpo. Como reza el subtítulo, se trata del «diario de un magistrado en primera línea de la lucha contra el terrorismo islámico en Italia», un lúcido retrato de cómo el yihad qaidista atraviesa el corazón de Europa.

-¬¿Cree que la guerra ha contribuido a combatir el terrorismo islámico?
¬No es competencia mía opinar sobre esto. Puedo decir que Iraq ha supuesto un punto de encuentro, un destino para los diferentes muyahidin (combatientes islámicos) repartidos por el mundo.

¬Los países que no han desplegado tropas en Iraq, o que las han retirado como España, ¿quedan fuera del alcance del terrorismo islámico?
¬Yo no asociaría ambas cosas. Está claro que los países que más claramente han expresado su oposición por la presencia en Iraq de elementos particularmente inquietantes, y que de algún modo estaban conectados con el terrorismo, están en el punto de mira mucho más que otros países. Eso es evidente. Sin embargo, no se puede relacionar la presencia de tropas militares en Iraq con un peligro que incumbe a todo el mundo occidental, el terrorismo islámico. Se trata de un fenómeno independiente. Es cierto que la inestabilidad de Iraq es inquietante, que está creando muchos problemas, pero el terrorismo existía antes de Iraq y me temo que seguirá existiendo también después.

¬Se ha hablado mucho de la presencia de terroristas occidentales en Iraq. ¿Es razonable esta sospecha?
¬No me extrañaría nada. Estamos habituados a ver de todo dentro del fenómeno terrorista. Es cierto que no se trataría de un número relevante porque no hay una cohesión definida entre grupos occidentales y grupos terroristas islámicos. Si existe es un caso que puede dar que hablar precisamente por que es poco común y no caracteriza el fenómeno.

¬¿Cómo son las relaciones entre los servicios de Inteligencia de los diferentes países empeñados en luchar contra el terrorismo?
¬Podríamos decir que bastante buenas. En un tema tan sensible como el terrorismo, la colaboración es bastante eficaz y el intercambio de información es fluido entre los diferentes servicios secretos.

¬De su libro se deduce que en la guerra contra el terrorismo hay, también, mucho papeleo. ¿Cuánto pesan los trámites burocráticos?
¬A esta pregunta hay que responder manteniéndonos dentro del plano del trabajo de los jueces, no de los servicios de Inteligencia, que son cosas diferentes. Cuando tengo que enviar pruebas desde Italia al extranjero, a través del instrumento de la Comisión Rogatoria, hay muchísimos formularios que rellenar para los diferentes ministerios de Justicia, etcétera. Lamentablemente, esto puede ralentizar mucho los tiempos, en el sentido de que las pruebas pueden tardar demasiado en llegar. Entretanto, los terroristas se mueven libremente en Europa. De modo que mientras ellos no tienen límites de movimiento, los jueces encontramos muchas dificultades ligadas a la burocracia.
Y esto es porque no existe todavía un espacio común europeo con el que resolver y facilitar el trabajo. Es necesario crearlo para hacer más eficaz la lucha antiterrorista.

¬En su libro asegura que es común permitir que ciertos terroristas «menores» se muevan libremente para intentar capturar a sus jefes o a toda su organización. ¿No es peligroso?
¬A estos terroristas «menores», de bajo rango, se les deja actuar, pero siempre teniéndolos bajo control. Cuando hay sospechas de que pueden cometer un atentado o un delito particularmente grave, se les arresta. Cuando se limitan a intercambiar documentos falsos, por ejemplo, se espera a ver donde van a parar estos documentos. No, no es peligroso.

¬¿Por qué ciertos sujetos acusados de pertenecer a grupos terroristas son liberados?
¬No es tan sencillo como parece. Son problemas técnicos, de justicia técnica. Lo que pasa es que en ocasiones no se consigue transmitir al proceso todo el material (pruebas) adquirido por la Inteligencia, ya que los servicios secretos se mueven en un plano mucho más flexible, mientras las pruebas jurídicas, las únicas que pueden usar los magistrados, obedecen a unas reglas legales que, si no se aplicasen, sería como si no existiesen. Aunque la información obtenida por la Inteligencia sea auténtica, no siempre es posible convertirla en una prueba.

¬Por ejemplo, en la defensa del «Egipcio», el presunto organizador del 11-M arrestado en Milán, los abogados han pedido que sea puesto en libertad porque consideraban que las escuchas eran ilegales
¬Es imposible que las interceptaciones que se han realizado para arrestar a una persona sean declaradas ilegales. En Italia no existen escuchas ilegales que puedan ser utilizadas por los jueces.

¬¿Se puede fabricar una bomba con productos de ferretería?
¬No sólo en una ferretería. También en una farmacia. Existen auténticos manuales de terrorismo, incluso páginas web de guerrilla, donde se aprende como fabricar una bomba utilizando fertilizante, por ejemplo.

¬Usted habla de «qaidismo» más que de un terrorismo internacional orquestado por Al Qaida. ¿Hay confusión mediática al respecto?
¬Al Qaida es algo que identifica el fenómeno, pero lo que tenemos delante es una galaxia de células y sujetos que se reconocen con los principios originales de Al Qaida pero que, actualmente, no están organizados técnicamente en colaboración con Al Qaida. Además, la organización terrorista ya no tiene campos de entrenamiento en Afganistán, ni una base en este país capaz de hacer todo eso que hacía antes sin sufrir presiones y controles por parte de los gobiernos locales. Ya no podemos hablar, pues, de células organizadas en todo el mundo con directo contacto con la base.

¬Entonces Al Qaida es un símbolo, más que una organización
¬Es un paraguas ideológico reivindicativo. Si uno reivindica un atentado diciendo que se trata de un grupo somalí o marroquí desconocido tiene menos resonancia mediática.

¬¿Qué opina de la supuesta asociación de las mezquitas de Occidente con el terrorismo islámico?
¬La gran mayoría de mezquitas son simples lugares de agregación religiosa, no cuevas de terroristas. Tan sólo algunas, especialmente las más radicales, representan desde hace tiempo un lugar donde, entre los más fundamentalistas, hay quien se encarga de dar apoyo logístico o de llevar a cabo auténticos atentados.

¬¿Es Italia la mayor fábrica de documentos falsos de Europa?
¬Más que ser una gran fábrica, se trata de un problema asociado a la calidad del documento italiano, que es difícilmente reconocible en el extranjero. De todos modos, falsificar un documento no es difícil.

¬Se dice que la Prensa da demasiados detalles de las investigaciones policiales. Usted también lo hace en su libro.
¬En mi libro se cuentan cosas que ya habían sido hecho públicas. Las pruebas son puestas a disposición de la defensa y de los terroristas, por lo que ya tienen conocimiento de todo ello. Si utilizamos una prueba contra alguien estamos obligados a explicar cómo la hemos adquirido.

Ermua, con las víctimas del 11-M en el séptimo aniversario del asesinato de Blanco
Redacción La Razón 12 Julio 2004

Bilbao- Vecinos de Ermua y militantes de distintas plataformas cívicas contra el terrorismo homenajearon la noche del sábado en esta localidad vizcaína a Miguel Angel Blanco, edil del PP en este municipio secuestrado y asesinado por ETA hace siete años, en un acto que convirtieron en un hermanamiento simbólico con las víctimas del 11-M. Frente a la escultura que el artista vasco Agustín Ibarrola erigió hace tres años en memoria de las víctimas y junto a una pancarta con la leyenda «Ermua con Madrid» fueron encendidas decenas de velas en memoria del edil y de las movilizaciones ciudadanas que, con motivo de su secuestro, reclamaron en toda España su puesta en libertad.
 
Los padres del concejal, Miguel Blanco y Consuelo Garrido, presidieron un homenaje en el que intervinieron el alcalde de Ermua, Carlos Totorika; el portavoz de «¿Basta Ya!», Carlos Martínez Gorriarán; la eurodiputada socialista, Rosa Díaz; el ex secretario general de Comisiones Santiago Abengoa; el secretario general del PP del País Vasco, Carmelo Barrio; el periodista Santiago González, el escritor Raúl Guerra Garrido y el artista vasco, Agustín Ibarrola. También tomó parte María Ángeles Pedraza, madre de Miriam, joven de 25 años que perdió la vida en los atentados del 11-M. El ministro del Interior, José Antonio Alonso, excusó su ausencia en una carta leída por el alcalde de Ermua en la que explicó que está en el homenaje «con el corazón», ante la imposibilidad de acudir personalmente.

Durante el acto, la Iniciativa local por la Paz, constituida por el Ayuntamiento de Ermua, entregó el premio Llama de la Libertad al periodista vasco josé María Calleja, quien en julio del pasado año fue galardonado también con el tercer premio Pedrosa, en memoria del concejal del PP de Durango asesinado por ETA Jesús María Pedrosa.

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