AGLI

Recortes de Prensa     Martes 13 Julio 2004

BAJO LA PRESIÓN NACIONALISTA
EDURNE URIARTE ABC 13 Julio 2004

El idioma de Neruda

Lorenzo Contreras La Razón 13 Julio 2004

Lenguas, veintitantas (orejas, dos)

JUAN JOSÉ R. CALAZA La Voz 13 Julio 2004

Falsas nacionalidades históricas
José María CARRASCAL La Razón 13 Julio 2004

EL SEGUNDO ASALTO

César ALONSO DE LOS RÍOS ABC 13 Julio 2004

Palmaditas y sonrisas de ZP

Francisco Marhuenda La Razón 13 Julio 2004

Un sargento rumboso

SANTIAGO GONZÁLEZ El  Correo  13 Julio 2004

Operación Jenofonte

Ángel Cristóbal Montes La Razón 13 Julio 2004

Bruselas denuncia la regulación comercial catalana
EDITORIAL Libertad Digital 13 Julio 2004

Peligroso patetismo
Cartas al Director ABC 13 Julio 2004

Más pluralidad

Cartas al Director ABC 13 Julio 2004
 


BAJO LA PRESIÓN NACIONALISTA
EDURNE URIARTE ABC 13 Julio 2004

Hay una cuestión central de nuestro debate político en el que las similitudes entre el PSOE y el PP son mayores de las que parece: la reforma constitucional. No me refiero al contenido de las propuestas sino a la confusión de los dos partidos. Porque el PSOE no sabe realmente qué quiere reformar y el PP no está seguro de hasta dónde quiere dialogar.

Y ambos tienen dos elementos más en común. Sus posiciones responden a la presión nacionalista y no a las demandas de sus votantes por lo que dejan con un liderazgo precario a esa mayoría de ciudadanos que están satisfechos con la Constitución (54% frente al 34% de insatisfechos según el CIS) y el actual modelo del Estado de las Autonomías (44% frente al 29% que aboga por un aumento de las competencias autonómicas).

España se mueve al ritmo nacionalista mientras los dos grandes partidos nacionales parecen competir por demostrar quién se adapta mejor a ese ritmo. Es cierto que las circunstancias han cambiado, porque un PSOE en el poder arrastra al PP hacia la reforma mientras que un PP gobernante hubiera frenado el entusiasmo socialista por satisfacer las demandas nacionalistas. Pero el asunto central es el mismo: los españoles vamos a abordar una reforma constitucional porque los nacionalistas, y no la mayoría de los españoles, así lo exigen.

Sobre la confusión socialista, fijémonos en dos elementos recientes. El PSOE habla de los límites constitucionales, pero Pascual Maragall los cuestionaba en estas páginas hace dos días cuando afirmaba que los catalanes se sentirían cómodos con «una soberanía compartida». El PSOE rechaza abiertamente el Plan Ibarretxe y, sin embargo, el Euskobarómetro acaba de revelar que un 52% de los votantes socialistas vascos es favorable a negociar el Plan. Las incongruencias son inevitables porque el proyecto socialista no deriva de la convicción propia sino de las exigencias del PSC y de la construcción forzada de una alternativa al proyecto de cierre del Estado de las Autonomías del PP.

Sobre la confusión popular, ha quedado de relieve con la polémica en torno al último discurso de Aznar. Una buena parte del PP cree, como Aznar, que el modelo del Estado de las Autonomías está completado y que una reforma constitucional dirigida hacia unos nacionalismos imposibles de satisfacer es rechazable. Pero Rajoy y la actual dirección piensan que esa posición es difícil de gestionar políticamente frente a una mayoría formada por el Gobierno, IU, nacionalistas, regionalistas y la corrección política. No creen en la reforma, pero apoyan un vago e indeterminado diálogo sobre ella.

Tan sólo los nacionalistas defienden posiciones perfectamente congruentes con su filosofía y objetivos y el extraño juego de mayorías y minorías que ha presidido la construcción de nuestra democracia se dibuja de nuevo: la mayoría autonomista sucumbe entre confusa, voluntariosa y entusiasta a la minoría nacionalista.

El idioma de Neruda
Lorenzo Contreras La Razón 13 Julio 2004

El centenario del nacimiento de Pablo Neruda ha desencadenado una torrentera de elogios a su producción poética. Todo el mundo hispanohablante, con independencia de las simpatías o antipatías que la figura del bardo chileno pueda concitar, se ha rendido o se está rindiendo a la excelsitud de su obra. Y es justo que con esta conmemoración gire hacia el idioma español el reconocimiento de sus enormes posibilidades expresivas, de su plasticidad como instrumento creador de belleza.

Cuando estamos observando que la enseñanza de la lengua común de España y de tantos otros países de nuestra herencia histórica sufre en determinadas «nacionalidades» del «Estado» un proceso de restricciones de su cultivo y práctica, parece oportuno volverse hacia la infinita admiración que Neruda profesaba a la lengua del imperio, que no por ser en su día, efectivamente, exportado e implantado como una mercancía de obligatorio consumo, la más importante de todas las que diseminaron por el mundo las carabelas de Castilla, dejó de constituir un maravilloso legado. Neruda siempre sintió esa imposición como un obsequio impagable. Lo dijo de modo imperecedero en sus memorias, las que titulan «Confieso que he vivido», una recapitulación de su experiencia cultural y poética, con el idioma como «algo» que trascendía cualquier insultante interpretación sobre el famoso «encontronazo», según la definición que algunos personajes de nuestra cultura dieron del Descubrimiento cuando se cumplió el Quinto Centenario.

Merece la pena recordar estos párrafos antológicos: «Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos... Estos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo... Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas... Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra... Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes... el idioma. Salimos perdiendo... Salimos ganando... Se llevaron el oro y nos dejaron el oro... Se lo llevaron todo y nos dejaron todo... Nos dejaron las palabras».

Son esas mismas palabras con las que algunos españoles, que se niegan a reconocerse como tales, no quieren convivir o conviven a regañadientes. Peor para ellos. El «conquistado y colonizado» Neruda, apellidado Reyes Bascaldo ¬no se olvide¬, recibió con gratitud esa vituperada herencia. El idioma español no era culpable del «encontronazo». Conducía directamente a uno de los mejores instrumentos que el latín produjo. Todo un encuentro.

Lenguas, veintitantas (orejas, dos)
JUAN JOSÉ R. CALAZA La Voz 13 Julio 2004

CUENTAN de un emperador de China que entre las ciento cincuenta concubinas de su harén era favorita una con dos cabezas que le susurraba en un oído dulces ternuras de amor y simultáneamente en el otro tórridas procacidades de sexo duro. He ahí la evidente ventaja de tener dos orejas y hablar un idioma común. Pero lejos de la corte del celeste imperio los gustos cambian y en la Europa democrática del siglo XXI hay quien prefiere las hidras de lenguas veintitantas... aunque sigamos teniendo solamente dos orejas para escucharlas al mismo tiempo. A ese guirigay, consecuencia en parte del retroceso que sufrió Europa con la degeneración del latín, hay quien le llama riqueza cultural. Y a la hetera con dos cabezas supongo que le llamarán diversidad biológica.

De los traductores automáticos para hacer frente al problema de los documentos que emanan de la burocracia europea -y no digamos las intervenciones orales en tiempo real- no podemos esperar gran cosa porque las sutilezas de la prosa administrativa, que es en la que se elaboran las leyes, no garantiza fiabilidad suficiente. A la ley de Zipf me remito.

Supongamos que después de haber digitalizado todos los ejemplares de La Voz, desde que se publicó el primero hasta hoy, la palabra más frecuente en sus páginas fuese «no» (es decir, con el orden de aparición 1) contabilizada 1.000.000 de veces. En ese caso, si la palabra de orden 10 -por ejemplo, «día»- aparece computada aproximadamente 100.000 veces podemos predecir que la palabra de orden 100, «penas», aparecerá 10.000 veces, aproximadamente. La ley de Zipf explica, entre otras cosas, lo costoso que es obtener buenos diccionarios. También tiene gran importancia en geografía y economía al relacionar rango y talla de las ciudades. En algunos casos a esta ley -que sirvió a Shannon como punto de partida para su teoría de la información- se la denomina 10/90, significando, verbigracia, que el 10% de los clientes de un supermercado conocen el 90% de los productos. O que aproximadamente el 10% de los lectores de un periódico, como máximo, leen (en el sentido de «visitar») el 90% de su contenido; visto desde otro ángulo, el 90% de lectores lee «al menos» el 10% del contenido, esto es, habrá dentro de ese 90% quien lea más pero no habrá quien lea menos del 10%.

Si hacemos un diccionario que contenga todas las entradas correspondientes a las distintas palabras, N, que se encuentran en la biblioteca digitalizada de La Voz, la mitad de las palabras del diccionario, N/2, aparecerán sólo una vez en la biblioteca. Por tanto, al eliminar los « hapax legomena » el tamaño del diccionario se reduce a la mitad. Además, las palabras que aparecen únicamente dos veces constituyen otra parte considerable del diccionario (alrededor de un sexto), y así sucesivamente. Finalmente, con un diccionario que contenga el 10% de entradas cubrimos el 90% del léxico de la biblioteca. En sentido contrario, a partir de cierto umbral, mejorar adicionalmente la cobertura del diccionario requiere multiplicar varias veces su tamaño e implica una tarea de supervisión fabulosa que adquiere tintes heroicos en los casos de reconocimiento vocal, y a fortiori cuando entran en juego la síntesis y la sintaxis. La presencia del traductor humano es imprescindible pues, al dejar el trabajo a una máquina, del «don de lenguas» de la Biblia nos puede salir el «lenguas donde» del Corán.

Falsas nacionalidades históricas
José María CARRASCAL La Razón 13 Julio 2004

La última, de momento, reivindicación nacionalista es que se haga constar en la Constitución las «nacionalidades históricas» por su nombre, a saber, Cataluña, País Vasco y Galicia. No tendría nada en contra si se tratase del viejo prurito de figurar, de presumir, de darse aires ante los demás, deporte en el que están compitiendo infantilmente todas las autonomías. El problema es que, detrás de ello, hay algo más grave y peligroso: el viejo proyecto político de los nacionalistas más radicales. Si se tiene historia, es su razonamiento, se tiene nación. Y si se tiene nación, se tiene derecho a tener Estado. O lo más parecido posible a un Estado. En ello estaban, están y estarán.

El razonamiento resulta políticamente todo lo correcto que quieran, pero a tenor de los hechos, se cae por su propia base. El término «histórico» es el segundo más desafortunado introducido en nuestra Constitución. El primero fue el de «nacionalidad», un adjetivo convertido en sustantivo, a medio camino entre región y nación, inventado para aplacar a los nacionalistas, que, como podía suponerse, en vez de aplacarlos, sólo les ha activado el apetito. Pero si lo de «nacionalidad» mereció un suspenso en gramática, lo de «históricas» lo mereció en historia. Considerar «históricas» sólo a esas tres comunidades españolas es falso. Si hay algo que no falta en España es historia, que se esconde bajo cada piedra y donde a veces incluso sobra. Puestos a presentar títulos históricos, Burgos podría enarbolar los primeros, con los hombres de Atapuerca, seguidos de Cantabria y Almería con sus pinturas rupestres.

Y de ahí en adelante, lo que ustedes quieran. Aquí, el que no saca un antepasado de los godos, lo saca de los griegos, de los romanos, de los cartagineses, de los suevos, de los omeyas y, si es preciso, de los vándalos, pero por raigambre que no quede, y dar exclusiva «histórica» a sólo tres comunidades es, de entrada, una cursilería y, de salida, una barbaridad documental. Es más, un simple vistazo a cualquier manual que no haya sido editado por la consejería autonómica nos advierte de algo curiosísimo: que de esas tres comunidades, sólo Galicia puede preciarse de haber tenido reino propio, y no por demasiado tiempo, pues el suevo fue absorbido por el visigodo rápidamente y el que surge en los albores del medievo, incorporado al de León tras escasos reinados. Cataluña fue en principio Marca Hispánica del imperio carolingio, luego, Principado, llamado así no por tener un príncipe, sino porque el conde de Barcelona se convirtió en el primero de los condes catalanes, para incorporarse más tarde a la Corona y Reino de Aragón, algo que trata de resucitar Maragall. El País Vasco, ni eso. Nunca pasó de señorío que se unió, eso sí, voluntariamente, a la Corona de Castilla. O sea que las tres nacionalidades que reclaman en exclusiva el título de «históricas» son las que históricamente menos recorrido a solas pueden exhibir. En este sentido, Asturias, León, Navarra, Valencia, Murcia, Andalucía, por no hablar de Castilla, podrían reivindicar con bastantes más derechos el calificativo de «históricas». Es por lo que dije al principio que lo consideraba uno de los mayores dislates de nuestra Constitución. Si se hubiera utilizado algún adjetivo relacionado con el idioma, «nacionalidades bilingües» por ejemplo, hubiese sido mucho más apropiado, ya que nadie puede negarles la lengua propia que tienen. Pero no historia. Historia la tienen todas y hacer de ella el rasgo diferencial es objetivamente erróneo y políticamente ofensivo.

Pero esto tiene mal arreglo. Tanto las «nacionalidades» como lo de «históricas» están incorporadas a nuestra Constitución y hay que apechugar con ello. Lo que sí puede hacerse es intentar que el error no se agrande, que la metedura de pata no se amplíe, como ya se está intentando. No sólo los nacionalistas catalanes, el propio Maragall pide que se especifique en el texto constitucional que las únicas nacionalidades históricas son Cataluña, el País Vasco y Galicia, y jubilar para Cataluña el calificativo de «nacionalidad» para dejarlo en el nuevo estatuto lisa y llanamente en el de nación. Tan comido el coco y el ánimo tienen a los demás españoles, que hasta el propio PP catalán ha dado de entrada su aquiescencia. Ya me dirán cómo lo encajan con la Constitución que sólo admite una Nación, con mayúscula, la española, adjudicando a las comunidades autonómicas el título de nacionalidades. A no ser que se den por satisfechos con dar un medio paso adelante y reclamen, de momento, sólo una nación con minúscula, en espera de dar el otro medio y conseguir la mayúscula cuando las circunstancias lo permitan.

Conociéndolos, no nos extrañaría. Y nos extrañaría aún menos que nuestro actual Gobierno, hipotecado parlamentaria e ideológicamente, no cediera. Como en el otro asunto, el de citar por su nombre a las «nacionalidades (falsamente) históricas». Maragall dice que es la forma de corregir un lapsus y establecer las diferencias entre regiones y nacionalidades, «ya que mucha gente piensa que todas las comunidades son iguales.» Para remachar, «alguna diferencia tiene que haber entre las que tienen lengua propia y tradiciones muy robustas y las que no». Ya estamos en lo de siempre. En establecer prioridades, en falsear la historia. Dígale usted a un andaluz o a un asturiano que no tiene tradiciones robustas. En cuanto a la lengua, un par de lingüistas le montan a usted una en seis meses, como ya está ocurriendo en algunas autonomías. Pero, en fin, por ahí van a ir los tiros en los próximos años. Así que ojo al Cristo, que es de plata.

EL SEGUNDO ASALTO
Por César ALONSO DE LOS RÍOS ABC 13 Julio 2004

ESTOS días cantan a Pablo Neruda como si se tratara de un descubrimiento poético y/o como si quisieran desquitarse de no se sabe qué fracaso histórico; celebran las memorias que acaba de publicar un sujeto feísimo llamado tío Jess, que ha triunfado en Alemania como realizador de cine porno, que aduce como gran mérito haber llamado la atención de Orson Welles hace medio siglo y que explica su fracaso profesional por haber sido criado en el seno de una familia franquista y nacionalcatólica; reclaman el cinco por ciento de los beneficios a las empresas de televisión para financiar un cine español que «al fin» pueda competir en el mundo; hacen apostasía pública para que la Iglesia Católica no pueda manejar sus nombres a favor de la enseñanza de la religión ni utilizarlos en contra de los matrimonios de homosexuales y la adopción de hijos por éstos; sin embargo, están a favor de la enseñanza de la religión islámica en las escuelas españolas; establecen una discriminación positiva a favor de las mujeres en la legislación contra los malos tratos en el seno de la familia y de la paridad hombre/mujer aun cuando esto perjudique a la Administración y, desde luego, a las mujeres con sentido de la dignidad; piensan que España no será un país plural hasta que no haya diecisiete cantones cartageneros... pero, sobre todo, tienen a gala no ser franquistas aunque sus padres y abuelos sí que lo fueron y por eso pudieron colocarlos como redactores jefes, jefes de los servicios médicos de hospitales públicos, «penenes» de Universidad, asesores jurídicos de la tele pública...

ESTO último es lo que verdaderamente me llama la atención, ya que el resto está en la línea del deslizamiento de una izquierda que ha perdido toda referencia de tipo moral y que desconoce cuáles son hoy sus señas de identidad una vez que ha aceptado la economía de mercado y es consciente de que la idea de clase-obrera ha desaparecido. Es normal, por tanto, que en su necesidad de diferenciarse de la derecha tenga que recurrir a elementos rompedores en los campos de la moral y buenas costumbres, y entrar en los nuevos de la defensa de la naturaleza y en otros tan retóricos como la defensa de la paz y la solidaridad internacional, esto es, retirarse hoy de Irak y aterrizar mañana en Afganistán...

TODO esto, digo, se entiende por necesidades de márketing electoral y de afirmación política. Es lógico que el televidente de izquierdas se solace con el programa de Sardá como propuesta que es de un reino laico, provocador, amoral, inmoral, feísta, de mal gusto, antiestético y populachero. Ésta es la clientela, ésta es la pendiente, ésta es la demanda. Por lo mismo es coherente que Zapatero y sus chicos descalifiquen a las gentes de la derecha por homófobos, puritanos y nacionalcatólicos... y que ya a un nivel más académico, más de seminario, les llamen a aquéllas neoliberales, proimperialistas y euroescépticos...

Pero lo más difícil de entender es que, a casi treinta años de la muerte de Franco, los socialistas estén intentando recuperar el término franquista para desprestigiar a los políticos del PP. Adelanto mi teoría, compartida por algún compañero, según la cual la izquierda está en un segundo asalto, en la búsqueda de un discurso laico, amoralista, republicano y anacional cuya síntesis sería el antifranquismo como categoría.

Escribiré sobre ello otro día, que también hay que dar un poco de suspense a estas columnas.

Palmaditas y sonrisas de ZP
Francisco Marhuenda La Razón 13 Julio 2004

La Constitución de 1978 alumbró un modelo territorial del Estado razonablemente bueno que ha dado, sobre todo, un excelente resultado. El problema de fondo es que hay unas formaciones nacionalistas que tienen que dar sentido a su existencia por la vía de elevar constantemente sus reivindicaciones. No hay forma de saciar su sed. Es algo consustancial a su razón de ser porque el horizonte que quieren alcanzar pasa, necesariamente, por lograr la independencia de su «nación». Ningún modelo de Estado, sea autonómico, federal o confederal, puede aplacar sus ansias porque sólo son estadios para alcanzar ese horizonte utópico que contemplan como la panacea que resolverá todos sus males.

El modelo autonómico ha permitido una extraordinaria descentralización política y administrativa del Estado que ha sido muy beneficiosa para el conjunto de los españoles. A pesar de esta realidad, todo el mundo parece que quiere experimentar a costa de España, las autonomías y la Constitución. La imprevista victoria de Zapatero despertó grandes expectativas entre los partidos nacionalistas. Desde el gobierno tripartito catalán, donde los socialistas gobiernan con los independentistas de ERC, hasta el PNV pasando por el BNG todos quieren aprovechar esta legislatura para reformar los estatutos. Es cierto que ZP ha insistido en que deberá ajustarse al marco constitucional, pero es evidente que las pretensiones de los nacionalistas vascos y catalanes lo desbordan.

Convergència ha celebrado su congreso, el primero tras perder el gobierno catalán y sin tener a Pujol como líder, este fin de semana y se ha reafirmado en sus pretensiones soberanistas. En este mismo sentido se ha expresado ERC, que es el socio de los socialistas catalanes. El PNV sigue adelante con el Plan Ibarreche y parece que el talante de ZP no ha producido efectos balsámicos. Es la otra cara de la moneda de una victoria imprevista, que fue el epílogo de una sucesión ininterrumpida de compromisos imposibles de cumplir. ZP deberá tener muy claro que los nacionalistas vascos y catalanes no se quedarán satisfechos con una sonrisa y una palmadita en el hombro.

Un sargento rumboso
SANTIAGO GONZÁLEZ El  Correo  13 Julio 2004

No sabe, admirable sargento O'Gibar, con cuánta atención estoy siguiendo el culebrón municipal y espeso de sus andanzas como alcalde de ese pueblo que le ha caído en suerte por la ilegalización del partido que lo había gobernado durante los últimos 24 años.

Destaqué en otra ocasión su temple y su coraje para acudir a la toma de posesión en un ambiente francamente hostil, de donde tuvo que marchar al cabo de media hora de insultos. Pero hizo usted frente a su reponsabilidad, no como algunos otros alcaldes de su partido que renunciaron a la ceremonia o prefirieron tomar posesión en el palacio foral. Como le ponderé en aquel entonces, mi sargento, la autoridad tiene que hacerse presente siempre; es incompatible con la elipsis y más todavía con la ausencia.

Pero nunca ha hilado usted muy fino al hacer analogías, como le digo una cosa le digo la otra. Ya sabemos por qué nunca eran los sargentos los que establecían la estrategia en las películas de Ford. ¿Cómo se le ocurre que una norma pensada para garantizar la representación a las víctimas de ETA, sirve lo mismo para favorecer unas candidaturas que han sido proscritas precisamente por su vinculación a ETA? Eso es un fraude de ley, tal como ha denunciado atinadamente el delegado el Gobierno y no va a prosperar. En rigor es mucho más, pero esta calificación habla a favor de la mesura política de Luesma.

No puede usted regalar concejalías o escaños parlamentarios porque no son de su propiedad. El presidente de su partido le recordaba en días pasados que ese gesto suyo, tan rumboso y tan característico de su talante desprendido, no responde a «los criterios emanados en su momento del EBB». Su momento era cuando el sanedrín nacionalista era presidido por su mentor, Xabier Arzalluz, y cuando usted ejercía allí el papel de portavoz.

Por explicarlo en términos más castizos, una cosa es predicar y otra dar trigo. No es lo mismo protestar por la ilegalización que tratar de indemnizarles cediéndoles nuestros propios cargos. Lo primero nos sirve, por una parte, para hacer campaña contra el PP y los socialistas y, por otra, nos permite ir atrayendo poco a poco el voto errante de la antigua Batasuna hacia criterios de utilidad. Lo segundo, ceder la representación institucional jeltzale es un disparate. Se trata de hacernos con lo suyo, no de regalarles lo nuestro, hombre de Dios.

Tenga en cuenta, además, que no se van a conformar con eso. La plataforma Axurdario, beneficiaria de dos de las tres concejalías de Lizartza que usted les quería ceder (la otra era para la madre de un etarra preso), no se conforman con eso y exigen a los partidos que están en contra de la ilegalización, (PNV, EA, Aralar y lo de Madrazo), que hagan lo mismo en otros 225 municipios del País Vasco y Navarra. De desagradecidos insaciables está el mundo lleno, qué quiere que le diga.

Operación Jenofonte
Ángel Cristóbal Montes es catedrático de Derecho Civil de la Universidad de Zaragoza La Razón 13 Julio 2004

A veces las palabras trastornan los hechos y expresiones grandilocuentes esconden la penuria de lo sucedido, pues «cada cosa es lo que es, y no otra cosa» (Butler). La retirada-huida, que ordenó Rodríguez Zapatero de inmediato tras su toma de posesión, de los soldados españoles estacionados en Iraq, y no en misión de guerra, fue denominada pomposamente «Operación Jenofonte». ¿Por qué ese nombre? Pues, al parecer, porque hace veinticinco siglos diez mil griegos mercenarios que habían combatido a favor de Ciro, muerto de un lanzazo en la batalla de Cunaxa, tuvieron que retirarse desde Media hasta Grecia comandados, precisamente, por Jenofonte, al que Warner Jaeger, autor de la monumental Paideia, llamaba «caballero y soldado». Hay un mundo de distancia entre una y otra situación. El culto ateniense Jenofonte (discípulo de Sócrates e Isócrates) no sólo dirigió la operación, sino que luego la narró en el más brillante de sus libros, la Anábasis o Expedición de Ciro. Aquello sí que fue una epopeya, pues la retirada se produjo cercados los griegos por amenazadoras tribus bárbaras y ejércitos enemigos, y, sin embargo, en su mayor número a la patria: «Diez mil griegos, abriéndose paso por sus propios medios desde las tierras del Eúfrates hasta las costas del Mar Negro, entre peligros y combates sin cuento, y consiguiendo salvarse después de perder a sus oficiales» (Jaeger).

Cuán diferente ha sido ahora. Mil soldados españoles que, junto a tropas de otros 34 países, no estaban guerreando sino por mandato de la ONU, colaborando en tareas de reconstrucción y pacificación de Iraq, fueron repatriados, con precipitación y sin visión político- estratégica, tras unas pocas horas por carretera en vehículos blindados y tras un corto vuelo en avión. Y así tuvimos nuestra particular «Operación Jenofonte». Los soldados profesionales cumplieron a rajatabla las órdenes recibidas, como no podía ser de otra manera en un Estado democrático, y una parte del país respiro aliviada ante la presencia de las tropas en casa, pero ¿era eso lo que estaba en juego? Zapatero resultó prisionero de sus desmesuradas y gratuitas promesas, careció de valor para rectificar, se salió del tablero estratégico mundial y nos sumió en una política internacional desorientada, sin pulso y sin tino.

¿Cómo explicar y justificar, si no, semejante retirada-huida político-militar? Es fácil. Se podrá alegar el compromiso electoral, el pacifismo del pueblo español, el antiamericanismo siempre latente en el PSOE (¿se escuchó a Kerry, se preguntó a Solana?), el bobalicón progresismo que lleva en tantos casos a confundir y desfigurar la realidad, el electoralismo ante las urnas europeas, insólito caudillismo de un presidente novato («generalísimo» le llamó el ponderado «Wall Street Journal»), la ingenua presión de unos cientos de jóvenes de izquierdas gritando la noche del 14-M «Zapatero no nos falles» (¿qué habían gritado la noche anterior?), o lo que se quiera, pero no parece de recibo que entre tantos países presentes en el problema (once sólo de Europa) y tantos análisis estratégicos en curso, hayamos sido nosotros la nota disonante y los únicos en acertar la solución de aquél.

¿Desde cuándo poseemos tal magnificencia diplomática? Las consecuencias internacionales de tan alocada decisión serán, están siendo ya, graves. Cosas como ésta ni se ignoran, ni se olvidan, ni se perdonan, sino que irremediablemente pasan factura. Moratinos no tiene por qué ser Kissinger, ni Zapatero, Churchill o Brandt, pero la categoría, el peso, la responsabilidad a escala mundial (Bosnia, Kosovo, Centroamérica, etcétera) de España no permiten, no pueden permitir, actuar con semejante irreflexión. En ocasiones, querer obviar ingenuamente una situación peligrosa conduce a un peligro mayor. Internamente, el daño también ha sido muy grave, porque se han irrespetado compromisos exteriores de Estado y se ha dado un mal ejemplo de dejadez, precipitación, abandono, egoísmo y cobardía, y todo ello a cuenta de la dignidad y el buen nombre de España y del honor de las fuerzas armadas. Jenofonte, que daba gran importancia al «ponos», a la fatiga y el esfuerzo, seguramente no habría actuado así.

Bruselas denuncia la regulación comercial catalana
EDITORIAL Libertad Digital 13 Julio 2004

El Gobierno español acaba de recibir una carta de la Comisión Europea en la que se le comunica oficialmente que la legislación catalana sobre grandes superficies supone una violación del Tratado de la Unión. Aunque Bruselas se limita por ahora a la advertencia, las autoridades españolas tendrán más o menos dos meses para atender esta “carta de emplazamiento” si quieren evitar que las autoridades comunitarias abran un procedimiento de infracción que puede acabar en una denuncia contra nuestro país ante el Tribunal de Justicia de la UE.

La misiva comunitaria considera acertadamente que las leyes catalanas 16/2000, que penaliza fiscalmente a las superficies comerciales de más de 2.500 metros cuadrados, y la 17/2000, que restringe la apertura de nuevos establecimientos, van contra la "libertad de establecimiento".

Aunque Bruselas espera iniciar "lo más pronto posible" procedimientos similares contra Portugal y Francia, y aunque Cataluña tampoco sea en España la única Comunidad autónoma donde las autoridades restringen y penalizan el establecimiento de grandes superficies, sí que hay que advertir que es en Cataluña donde las cesiones y los privilegios otorgados a los grupos de presión que constituyen las asociaciones del pequeño comercio, han alcanzado mayores cotas de perjuicio a la libertad de empresa, la libre competencia y la soberanía del consumidor.

La advertencia que ahora dirigen las autoridades comunitarias adquiere todavía mayor relevancia en estos momentos si tenemos en cuenta que el Gobierno de ZP, presionado por el Tripartito catalán, todavía no ha disipado si va o no a acceder a una nueva y liberticida vuelta de rosca entorno a la cuestión de los horarios comerciales.

El PSOE, que tanto invoca su europeismo, bien haría en atender, aunque fuera como imperativo europeo, lo ya se debería haber atendido desde la mera sensatez y el respeto a la soberanía del consumidor. En cualquier caso, tiempo habrá de recordar las promesas de “mayor libertad económica” proclamadas por Zapatero en su entrevista a la COPE, por no hablar de los críticos informes dirigidos contra esta misma legislación que ahora denuncia Bruselas provenientes del Tribunal de Defensa de la Competencia en los tiempos en los que lo presidía el actual secretario de Estado de Hacienda y Presupuestos, Miguel Ángel Fernández Ordóñez.

Peligroso patetismo
Cartas al Director ABC 13 Julio 2004

«Sostenella y no enmendalla», algo tan español, le es muy caro al lendakari vasco, que en la radio pública ha vuelto a repetir, por enésima vez, cómo él ya ha presentado su inefable Plan y que espera -igual que Godot- que los socialistas presenten el suyo. Plan éste que ni los socialistas ni los populares tienen la menor intención de plantear, pues saben (lo mismo que el lendakari, ojo) que el 48 por ciento de los vascos no nacionalistas sólo desean vivir tranquilos y sin sobresaltos políticos. Así que nuestro presidente autonómico ve cómo se tambalea la base industrial de Álava, por mor del gigante alemán (por cierto, nada que ver con los odiados París y Madrid) y, por otro lado, asiste impotente a la oleada de cartas de extorsión de la residual ETA -¿qué estructura hace falta para escribir cartas?-, mientras los beneficiados del tinglado nacionalista le aplauden por su tenacidad.

Con un Parlamento vasco inane, sin producción legislativa y deliberando si son galgos o podencos, la pretensión del presidente autonómico norteño sería patética si no fuera por la grave amenaza que supone para el futuro de la sociedad vasca, en el caso de que el Gobierno español mirase cruzado de brazos, algo inimaginable.     Gabriel M. García.      Guecho (Vizcaya).

Más pluralidad
Cartas al Director ABC 13 Julio 2004

El pasado domingo leí atentamente la entrevista a Pasqual Maragall que publicaba este periódico. Todas sus respuestas fueron muy «maragallmente» correctas, y hasta por un momento pensé que leía las declaraciones de un no nacionalista. Por supuesto, no me sorprendió que ante una pregunta que contenía la afirmación «es usted un catalán que se siente español», su respuesta comenzara con un rotundo no. Lo que más me sorprendió fue la tendencia que tienen los nacionalistas a simplificar y homogeneizar las circunstancias cuando hablan de alguno de los territorios más proclives al nacionalismo. Los españoles estamos adecuando nuestro lenguaje para acostumbrarnos a usar palabras como pueblos de España o diversidad, de cara a no ofender esas sensibilidades tan susceptibles de las que hacen gala estos nacionalistas. Sin embargo, Maragall se refirió a la realidad de la sociedad vasca de la siguiente forma: «Los vascos no aceptan la soberanía exclusivamente en el pueblo español».

Me pregunto cómo puede simplificar tanto los deseos del pueblo vasco o del pueblo catalán en una sola frase. El señor Maragall me deja con la sensación de que para hablar de España debemos esforzarnos en diferenciarnos y en puntualizar absolutamente todo. Sin embargo, para hablar de Cataluña o del País Vasco, dejamos a un lado la diversidad y tomamos como hechos las tesis de los nacionalistas. No se ría de nosotros. El País Vasco es tan nacionalista como no nacionalista, o al menos eso dice el empate técnico del PNV con PP y PSE. En Cataluña, si aceptamos que el PSC no representa una opción nacionalista (apuesta arriesgada), tenemos que PSC y PP le dan una somanta a los nacionalistas (últimas elecciones europeas). Pues eso, más pluralidad, señor Maragall.    Eduardo Rodríguez Lorenzo. Madrid.
Recortes de Prensa   Página Inicial