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Recortes de Prensa     Lunes 26 Julio 2004

Filosofía del comisario
Luis González Seara La Razón 26 Julio 2004

La campaña de ZP contra Aznar

Carlos Dávila La Razón 26 Julio 2004

ETA sigue
FLORENCIO DOMÍNGUEZ  El Correo 26 Julio 2004

Frentes nacionales
José María Carrascal La Razón 26 Julio 2004

Los cien días
Juan Van Halen La Razón 26 Julio 2004

Vuelve Filesa
José García Domínguez Libertad Digital 26 Julio 2004

EL EFECTO VIDAL-QUADRAS
Jorge TRIAS SAGNIER ABC 26 Julio 2004

La regeneración con los condenados de Filesa
EDITORIAL Libertad Digital

Cien días de Zapatero
Editorial La Razón 26 Julio 2004

La comisión del 11-M y el futuro del PP

Federico Jiménez Losantos Libertad Digital

Atención a las mezquitas
Luis María ANSON La Razón 26 Julio 2004

LOS CIEN DÍAS.
Jaime CAMPMANY ABC 26 Julio 2004

De lobbies, visitas y despilfarros

GEES Libertad Digital 26 Julio 2004

SIN OLVIDARSE DE ETA
Editorial ABC 26 Julio 2004

ZAPATERO E IBARRETXE
ABC 26 Julio 2004

Memorias
JOSEBA ARREGI El Correo  26 Julio 2004
 



 


Filosofía del comisario
Luis González Seara La Razón 26 Julio 2004

Los tiempos modernos están llenos de referencias y juicios irónicos sobre la incapacidad de las comisiones para solucionar tal o cual problema o para llegar a conclusiones clarificadoras de cualquier investigación o proceso. No cabe esperar grandes cosas de una comisión y más aún si se trata de una comisión parlamentaria. Sin embargo, es difícil hallar una comisión tan gris y presa de prejuicios partidistas como la que viene investigando la bárbara masacre terrorista del 11 de marzo. De no haber sido por las investigaciones realizadas por algunos medios de comunicación, la comisión del parlamento nos hubiera mantenido en Babia, como asistentes a un torneo encaminado a dirimir a qué partido favorecía más el atentado y quién mintió o manipuló más después de la matanza, dejando de lado la verdadera cuestión en juego: quién está realmente detrás del atentado terrorista, perpetrado en plenas elecciones legislativas, con sobradas evidencias de querer influir en los resultados.

Aquí es donde la Comisión se ha hecho devota militante de la llamada, por Artur Koestler, filosofía del comisario: una forma de tratar las cosas más complejas como un conjunto de elementos simples, que no se relacionan entre sí, como si fueran meros accidentes naturales, sin conciencia profunda de su significado, ni de la menor concesión a la lógica. Que dos furgonetas cargadas con los mismos explosivos se dirijan el mismo día hacia el mismo punto de Madrid, una desde Francia, conducida por etarras, y otra desde Asturias, conducida por terroristas islámicos, al parecer es mera casualidad cósmica. Que la dinamita de unos y otros proceda del mismo lugar de Avilés, donde viven unos confidentes de las Fuerzas de Seguridad del Estado, y que los etarras hayan robado un coche en Avilés, en la misma calle donde viven los confidentes y suministradores de dinamita, es aún mayor casualidad. Y que parte de esa dinamita se usara en un atentado en Santander, y parte viajara en la furgoneta que se dirigía hacia Madrid, interceptada por la Guardia Civil, el mismo día que la otra furgoneta arribó a Madrid, con la dinamita que se distribuyó en las bolsas de la matanza en los trenes, sería otra casualidad superlativa.

Pues bien, sin perjuicio de que las investigaciones hagan lo que puedan por aclarar y afianzar los hechos ocurridos, es sorprendente que la primera y precipitada conclusión de los seguidores de la filosofía del comisario haya sido negar cualquier relación entre los terroristas de ETA y los terroristas de la matanza de Atocha. La causa de tan extraña deducción no puede ser solamente la debilidad lógica. Hay que añadirle la fe en el partido. «Tú y yo podemos equivocarnos decía Rubachov, en El cero y el infinito pero no el partido». La filosofía del comisario es el homenaje que el vicio militante rinde a la virtud del partido, que diría Saint-Just, el mismo que hablaba de los «debates paródicos» en el Tribunal Revolucionario.

La campaña de ZP contra Aznar
Carlos Dávila La Razón 26 Julio 2004

Y ahora, de pronto, descubre el PSOE y su Gobierno que Aznar pagó por obtener una medalla del Congreso norteamericano. Como gran delito se ha presentado el episodio. Ya hay quien, sin cortarse un pelo , ha pedido el exilio, «al menos por un par de años», del ex presidente. Una feroz tropelía política-cinegética se está perpetrando contra José María Aznar, aunque, atención, la referencia, el objetivo del tiro, no es él sino el Partido Popular y, más concretamente: hacer imposible que el Partido Popular pueda volver a ganar unas elecciones democráticas. Pero la estrategia es tan implacable como históricamente desastrosa: en el proceso de revisión que ha iniciado ZP Netol, sabiéndolo o sin saberlo, que todo cabe en él, se está demostrando toda la arquitectura que, trabajosamente, se ha venido construyendo desde la Transición. Uno de los políticos que estuvieron en aquel momento sublime denuncia ahora: «El odio que el Partido Socialista, pero sobre todo González y Zapatero, profesan a Aznar, les está conduciendo a perpetrar la más horrenda voladura que a nadie se le haya ocurrido». Este protagonismo está revelando estos días el calado de la destrucción: desde la propia realidad de España al enfrentamiento entre dos sociedades antagónicas, a lo más reciente: la apertura de un gran proceso criminal no ya al franquismo, sino a la «media España» que ganó a la «otra media» hace exactamente sesenta y cinco años. La brutal e insensata iniciativa de este presidente que confunde la pequeña historia de su familia con la grande de nuestra patria, puede reabrir una herida por la que pueden brotar mil venganzas, mil enconos, todo lo más feo, soez y desgarrado de nuestra trayectoria.

Se trata de dejar a la derecha adosada a sus errores y más que eso, pegada a sus desmanes. El honor de los españoles muertos o asesinados en el campo republicano reclama a Zapatero una desmadrada catarsis en la que los cadáveres antiguos van a regresar a nuestra actualidad. Se preguntaba aquel político de la Transición: «Pero, ¿realmente Zapatero es consciente de lo que va a hacer?». Empujado por el recuerdo tremendo de un abuelo paterno asesinado, este atolondrado ejecutivo va a poner otra vez a España boca abajo. A lo peor, ni sabe que en su bando de ahora habitan miles y miles de sucesores de aquellos nacionales que ganaron a sus republicanos, entre ellos, sin ir más lejos, su abuelo-pedíatra materno. No hay que fisgar mucho en las biografías de los antecesores de los socialistas de ahora, para encontrar nombres y apellidos de personas que o, por que les tocó aquel sitio, o porque le creían el más adecuado, lucharon en las huestes de Franco. Pero, ¿qué es esto?: ¿el «doberman» de Rubalcaba convertido en un atroz león que, como Saturno, devora a sus propios hijos?

La locura, además, se asienta en un ánimo concreto de venganza; dejar a Aznar al borde mismo de un proceso judicial de imposible predicción, y al Partido Popular en la linde de la desaparición. Para que nunca más vuelva la nefanda derecha a gobernar. Todo una horrible conspiración contra diez millones de españoles, que se asemeja, como una gota de agua a otra, a la extraordinaria campaña de acoso y derribo que sufrió don Antonio Maura en los primeros veinte años del Siglo XX. El «Maura, no» de entonces, es el «Aznar, no» de ahora. Uno y otro fueron víctimas del terrorismo (Maura por dos veces), y uno y otro sobrevivieron a él, y no por el gusto de Pablo Iglesias en el caso de don Antonio, del que justificó su atentado nada menos que en las Cortes de la Nación. Socialistas y republicanos formaron toda una conjunción para evitar que Maura recuperara el aliento una sola vez, y socialistas, comunistas y separatistas la ha constituido en esos meses para colocar a Aznar en el arrastre político, y al Partido Popular en la marginación. Aquel horror terminó en la guerra civil que empezó Largo Caballero en el 34; la erosión de hoy es culpable del enfrentamiento que soslayaron nuestros hombres de la Transición. ZP Netol, el hombre de la sonrisa falaz, ha asestado un cruel espadazo a las dos manos que se cruzaron hace ahora veinticinco años.

ETA sigue
FLORENCIO DOMÍNGUEZ  El Correo 26 Julio 2004

Cada vez que ETA pasa una larga temporada inactiva tendemos a preguntarnos qué le estará ocurriendo o por qué no pone bombas ni mata a nadie. Después de tantos años padeciendo una continuada actividad terrorista, de manera inconsciente, hemos terminado interiorizando que esa es la situación de 'normalidad' y nos resulta algo sorprendente que transcurran los meses sin que estalle una sola bomba. Reaccionamos interrogándonos acerca de qué estará sucediendo dentro de ETA, si habrá algún tipo de debate o, simplemente, si estarán tan mal que no son capaces de hacer otra cosa que comunicados.

Lo patológico ha tomado carta de naturaleza en nuestra percepción de la vida política vasca y nos cuesta acostumbrarnos a un día a día sin más emociones fuertes que el debate sobre la vivienda, las ayudas sociales, las prestaciones de la Sanidad pública o el futuro de las pensiones.

Cualquier duda que pudiéramos tener sobre estas cuestiones ha quedado despejada en los últimos días. Por un lado, ETA ha enviado una de sus células al Mediterráneo para continuar con su inercia veraniega atacando intereses turísticos. Ya se sabe que en cuanto la temperatura marca unos grados de más algunos no tienen mejor idea que colocar unos artefactos por las playas. Por otro, ha enviado a otra pareja de activistas a intentar resucitar el 'comando Vizcaya' diez meses después de que fuera desmantelado el anterior. Por suerte, los enviados al Levante han sido identificados y los llegados a Vizcaya, detenidos.

Lo que cuenta, más allá de las detenciones, es el mensaje que la organización terrorista transmite con estas actuaciones: ETA sigue decidida a continuar con sus actividades, lo cual no tiene por qué sorprendernos ya que así lo está diciendo en todos sus documentos, tanto internos como públicos. Es posible que el tiempo muerto abierto por los atentados del 11-M haya llegado a su fin y que los 'Antzas', 'Terneras' y 'Anbotos' hayan decidido que los vascos y, sobre todo, la base social que les apoya, están en condiciones de asimilar una nueva campaña terrorista porque ya se ha superado la impresión causada por la masacre de Madrid. Seguramente se equivocan, pero ese será su problema, un problema más que añadir a los muchos que tienen.

Postdata: el ministro de Interior, José Antonio Alonso, ofreció ayer una rueda de prensa para informar de las detenciones de Vizcaya. Sólo una pregunta de los periodistas se refirió a esta cuestión. Las demás, al 11-M. A los informadores presentes no pareció interesarles gran cosa la suerte del 'comando Vizcaya' ni la de ETA. Es el reflejo de la curiosidad que despierta hoy en día «el conflicto». Y eso que estamos casi en agosto, tiempo en el que antaño todas las serpientes de verano venían enroscadas en el hacha.

Frentes nacionales
José María Carrascal La Razón 26 Julio 2004

Ocurrió el miércoles, en el Parlamento europeo, y no se le dio otra importancia que la anecdótica: el diputado Bernard Joan, de Esquerra Republicana, intervino en catalán, aunque luego explicó en inglés lo que había querido decir para que le entendieran. El nuevo presidente de la Cámara, el también catalán Josep Borrell, le recordó que esa lengua no es oficial en la UE y por tanto sus palabras no figurarían en acta. Nada nuevo, en fin, como ven, en Estrasburgo o en Madrid. Otro intento nacionalista de doblegar la realidad, de luchar contra la marea de la historia, que funde pueblos en vez de separarlos.

Pero no era de la historia, líbreme Dios, de lo que quería hablarles, ni siquiera de la anécdota, ya un tanto gastada, del señor Joan. Lo que quería señalarles era que, en su defensa, sólo se alzó un eurodiputado: Bruno Gollnisch, del ultraderechista Frente Nacional francés. ¿Equivocación? ¿Casualidad? Ni una cosa ni otra. Lógico y coherente. Lo más próximo al nacionalismo radical es el ultraderechismo. No por nada, Le Pen y sus seguidores se hacen llamar Frente Nacional. Es algo que olvidamos en España, algo que tiene distorsionada nuestra escena política y trae tarumba tanto a políticos como al gran público. Aquí consideramos a los nacionalismos de izquierdas. Incluso a los más conservadores, a los de misa diaria y estrechas relaciones con la iglesia, su iglesia desde luego. En cuanto a los que se consideran laicos, se les adscribe a la izquierda más legítima, no teniendo el menor reparo tanto PSOE como IU en pactar con ellos. Por ahí fuera, con bastantes más horas de vuelo, saben que no es así, que Hitler se cargó a cuantos socialistas y comunistas cayeron en sus manos y que los nacionalistas actuales, sean de Le Pen, de Bossi o de Heider, son derecha pura y dura, en muchos casos, extrema derecha. La mejor prueba de que ellos tienen razón y nosotros nos equivocamos, nos la suministro M. Gollnisch, levantándose a defender al Sr. Joan.

Más de una vez me he preguntado por qué en España seguimos considerando al nacionalismo de izquierdas cuando en todo el mundo se le considera de derechas e incluso desde la izquierda que ha sido por sistema internacionalista se le ha definido como «el último refugio de la escoria humana». Y la única explicación que he encontrado es que la equivocación vienen de la guerra civil, esa especie de hoguera que nos sigue deslumbrando. Los nacionalistas se opusieron a Franco y eso basta para que nuestra izquierda siga considerándolos aliados, no importa las muchas traiciones que sufrieron de ellos durante la guerra y los años transcurridos. Estaban contra Franco, punto. Pero que nuestra izquierda se equivoque, una vez más, no cambia las cosas. El nacionalismo es derecha, extrema derecha muchas veces, y ahí está la sesión del miércoles en Estrasburgo para demostrarlo.

Los cien días
Juan Van Halen La Razón 26 Julio 2004

Los famosos cien días. La sucesión de afirmaciones y rectificaciones del Gobierno y la actuación inmediata del equipo de demoliciones contra los gobiernos de Aznar han favorecido un periodo con la escopeta cargada.
Se ha escrito mucho sobre las rectificaciones y el nuevo talante del Gobierno, tan proclamado. Cada día nos trae un nuevo ejemplo de improvisación y de talante viejo, no nuevo. Estas líneas, más de lo mismo. O sea, algunos casos últimos.

La expulsión de la FERE del Consejo Escolar del Estado sin aviso previo. Inmediata rectificación de la ministra y vuelta de la FERE a ese órgano educativo, aunque el cese ya estaba en el Boletín Oficial del Estado.

Dos mil colegios, sesenta mil educadores y más de un millón de alumnos habían sido ignorados. La denuncia del vicepresidente Solbes de que habrá déficit este año por las «deudas ocultas» de los gobiernos de José María Aznar.
Y resulta que quien auditaba las cuentas de España era el propio Solbes como Comisario Europeo de Economía, y entonces le parecían correctísimas. Este Solbes (el de ahora y el de antes, que son el mismo Solbes) es un cuco (en la quinta acepción del Diccionario de doña María Moliner).

Los ceses de la ministra de Cultura. Un día tranquiliza y otro fulmina. Parece que ha sido así con el académico de la Historia y catedrático Enciso Recio, en la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, y podría ser así con la cúpula del Teatro Real. Los anuncios ante ajenos, no ante los órganos correspondientes o ante los interesados.

El Presidente, mientras, emplaza a su partido «a no hacer propaganda de los cien días de Gobierno». Se entiende. También por asuntos mayores. Por ejemplo: ¿Cataluña es y será un Estado que tendrá su política exterior? como dice Maragall. Esa no es la ocurrencia de un ministro bisoño.

Y la intoxicación que no cesa. Un diario escribía sobre Borrell, presidente del Parlamento Europeo con los votos del Partido Popular eso si es talante : «logró un claro triunfo frente a la lista popular de Mayor Oreja». (21-07-2004).

Qué cosas. 25 escaños PSOE y 24 Partido Popular. Y el 25 del Partido Socialista se pasó a los verdes nada más llegar a Estrasburgo. Así (se) informan algunos.

Vuelve Filesa
José García Domínguez Libertad Digital 26 Julio 2004

Cuentan de Carmen Romero que solía recomendar a los jóvenes y jóvenas de la organización que viesen El padrino si querían hacer carrera en el partido. Obedecieron con diligencia. La prueba es que la gente de Zapatero ha celebrado los primeros cien días de gobierno con un gesto simbólico que reafirmara su fidelidad a sus enseñanzas y a esa tradición cinéfila, por otro lado, la única genuina de la casa. De ahí que eligieran la efemérides para elevar a la Ejecutiva del PSC a un condenado en firme por delitos comunes. El nombrado, festejado y homenajeado se llama Josep Maria Sala, un ex presidiario que cumpliera condena por fechorías relacionadas con la extorsión a empresas para financiar al PSOE.

Como era lógico prever, tal personaje fue el más aclamado por el auditorio en el Congreso del PSC del pasado fin de semana. En eso destacaron sus socios comunistas en el tripartito, que se rompían las manos a aplaudir. Eran los mismos que lo empujaron a la cárcel gracias a un baúl lleno de facturas falsas que les entregó el contable chileno de Filesa; un pobre tipo al que no quisieron pagar los cuatro duros que pedía para abrir un Frankfurt en las Ramblas y callarse.

El caso es que aquí está Sala, de nuevo. El hombre de Filesa, Malesa y Time Spot, retirado ya de la primera línea de fuego, será el nuevo responsable de Formación de los socialistas catalanes. Y es que los segundos del ministro de Industria creen que no se debe perder la valiosísima experiencia que atesoró antes de ser atrapado por la Justicia. Por eso, lo han elegido para que sea él quien imparta magisterio sobre el verdadero significado de la renovación ética y moral que prometió Zapatero al hacerse con el Poder.

No hay que descartar que el propio ZP asista en calidad de alumno a las clases magistrales. Podría aprenderlo todo sobre cómo pasear con desenvoltura por las cafeterías de los hoteles, cargado de bolsas de deportes. Si al final se anima, es probable que el formador le haga salir a la pizarra para que escriba cien veces lo que le dijo a Pedro Jota durante su primer día en La Moncloa: “He dado todas las instrucciones de seguimiento más absoluto de los currículos de los altos cargos para exigirles un comportamiento absolutamente impecable”. Si es así, salvo que se lo impidan las constantes llamadas de Roldán para ver qué hay de lo suyo, seguro que superará con nota el ejercicio.

EL EFECTO VIDAL-QUADRAS
Por Jorge TRIAS SAGNIER ABC 26 Julio 2004

AZNAR, que con tanto rigor y buen gobierno presidió el Consejo de Ministros durante ocho años, cometió algunos errores de libro, los justos para arrastrar a su partido a la derrota electoral del 14 de marzo. Por supuesto, no voy a ser yo quien vuelva sobre ellos, pues ya se dedica a airearlos alguno de sus colaboradores. Sin embargo, hay un hecho que me llamó poderosamente la atención y cuyo significado nunca entendí. ¿Por qué entregó en 1996 a Pujol la cabeza del presidente del PP catalán, Alejo Vidal-Quadras, sin resistencia alguna? En Cataluña había entonces un Partido Popular organizado y movilizado, es cierto que con un equilibrio interno inestable, pero no menos inestable que en Aragón, Andalucía o Valencia. Posiblemente, Aznar no quiso tener problemas con sus socios de Gobierno y pensó que Vidal tenía demasiada personalidad y que eso podía ser un obstáculo para entenderse con los nacionalistas. Posiblemente. Pero la historia no quedó ahí. Aznar tuvo una idea de esas que él decía que si salían bien eran «geniales», y en este caso la genialidad consistió en nombrar ministro de Industria por la cuota catalana a un personaje que ni siquiera era del partido y a quien, no contento con ello, luego lo hizo nada menos que portavoz del Gobierno y después ministro de Asuntos Exteriores. Posteriormente tuvo otra genialidad: nombrar un nuevo ministro catalán -esta vez a la cuota catalana se le añadía la femenina-, cuyo historial político consistía en ser amiga -empresarialmente, se entiende- del otro ministro y en que tampoco tenía nada que ver con el PP. A veces los militantes de ahí, y también los de otros lugares, tuvieron la sensación, en esos años gloriosos de Gobierno, de ser un estorbo para la dirección de su partido.

Mariano Rajoy, que es hombre lúcido y eminentemente práctico, le debió de soplar a la nueva cúpula de la dirección popular catalana, compuesta esencialmente por personas de ideas ajenas, que al paso que iban se quedaban sin militancia y que a lo mejor no era malo sacar a Vidal-Quadras del baúl del olvido y volverlo a pasear por Cataluña. Al fin y al cabo Alejo era el único catalán del Partido Popular con escaño seguro en la lista de las elecciones al Parlamento Europeo. Me contaron que en los actos públicos en los que participó Vidal-Quadras volvió a emocionarse la militancia y a llenarse los mítines hasta el palo de la bandera. El resultado fue fulminante. En las últimas elecciones, en las que Jaime Mayor devolvió la ilusión a los populares, el PP catalán se convirtió en la segunda fuerza más votada, por encima de CiU y de Esquerra. Cada uno, ahora, que haga la lectura que quiera sobre la abstención, etcétera, pero también que la haga sobre «el efecto Vidal-Quadras». En Cataluña hay más de 30.000 militantes populares, militantes que no son como los de otros lugares, pues el de ahí, como el del País Vasco, es un verdadero apóstol, alguien que está dispuesto a no dejarse avasallar por el griterío, minoritario y amenazante, de los independentistas. Pensar, pues, que desmovilizando su propio electorado o asumiendo eso de «la nación catalana», el PP pescará en el caladero de CiU, es una gran torpeza abocada al fracaso. Hay quien todavía no se explica por qué los socialistas llevan cien días gobernando. En Cataluña y en Andalucía tienen la respuesta.

La regeneración con los condenados de Filesa
EDITORIAL Libertad Digital

Uno de los hechos más característicos de la vida política nacional desde hace décadas es cómo los socialistas exageran y sacan punta ante la opinión pública al más mínimo error del PP, mientras que el tono de la reacción de la derecha casi nunca está a la altura de la gravedad de los errores o fracasos de sus adversarios políticos. Si los dirigentes del PP han demostrado ser buenos gestores, siguen siendo pésimos comunicadores. Y la actividad política en la oposición es básica y fundamentalmente una labor de escenificación, amplificación y comunicación de los errores del Gobierno, a la que no se debe renunciar excusándose en falta de medios afines.

La vuelta del ex condenado por financión ilegal del PSOE, Josep María Sala, a la dirección del PSC no sólo vendría a poner de manifiesto hasta que punto es una farsa la supuesta renovación ética de los socialistas que propaga ZP, sino hasta que punto los socialistas, pese a todo, confían por adelantado en el bajo perfil y coste de las críticas de la oposición a sus nombramientos.

¿Se imaginan los lectores cómo los socialistas hubieran hecho oír el rasgado de sus vestiduras si al PP se le hubiera ocurrido presentar como candidato a las europeas a un dirigente que años antes hubiera dimitido de sus responsabilidades políticas salpicado por casos de corrupción?

Pues eso es precisamente lo que hizo el PSOE en las últimas elecciones, sin que desde el PP se recordara a la opinión pública ni a los jóvenes se les informara de por qué Borrell años antes tuvo que dimitir como candidato socialista a la presidencia del Gobierno.

Ahora los socialistas catalanes vuelven a llevar a la dirección de su partido a un dirigente que, como Sala, no es que quedara como Borrell salpicado por el corrupto proceder de sus subordinados; es que Sala mismo cometió delitos por los que tuvo que ir a cárcel y por los que ha estado inhabilitado hasta hace poco para ocupar cargo público.

Y nosotros nos preguntamos si los dirigentes del PP —de Rajoy a Piqué— van a expresar alguna critica a los socialistas por volver a llevar a la dirección del PSC a un condenado por financiar ilegalmente a su partido. No lo han hecho el domingo. Veremos si lo hacen hoy lunes.

Cien días de Zapatero
Editorial La Razón 26 Julio 2004

Los primeros cien días del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero se han caracterizado por una vuelta al énfasis en la acción política que, con un acento más pragmático, parecían haber desdeñado los últimos gobiernos de José María Aznar. Desde la retirada de la tropas de Iraq hasta el incremento, ciertamente testimonial, del salario mínimo, el equipo socialista que nos gobierna ha vuelto a vestir con los ropajes de las grandes decisiones trascendentales cualquier medida o proyecto salido de la mesa del Consejo de Ministros.

Es, pues, la vuelta de la vieja semántica, donde, a veces, parece más importante el significante que el significado, la seña de identidad más destacable del inicio de la legislatura. Y así, al cambio brusco de nuestra política exterior se le denomina «apuesta por la paz mundial»; a unas modestas ayudas, que sólo llegarán a un sector muy minoritario de los jóvenes, se las identifica con un «programa global de vivienda», o a la imposibilidad de decir «no» a las minorías parlamentarias, de las que depende la estabilidad del Gobierno, se la viste de «recuperación del clima de diálogo».

Por lo demás, las dos grandes cuestiones de Estado abordadas por el nuevo Ejecutivo socialista, las suspensiones de la Ley de Calidad de la Enseñanza y del Plan Hidrológico Nacional, han sido medidas de carácter rectificativo de la política anterior, en cierto modo dictadas por la necesidad de contar con la minoría catalana como inevitable aliada en el Congreso.

Es cierto que, en estos cien días, José Luis Rodríguez Zapatero puede presumir de haber rebajado la tensión política nacional y el nivel de enfrentamiento con Cataluña y el País Vasco que caracterizó la última etapa del segundo Gobierno de Aznar; pero también lo es que se han hecho desparecer a golpe de Boletín Oficial del Estado unas leyes vertebradoras que molestaban especialmente a los nacionalismos periféricos.

La gran piedra de toque será, sin embargo, el diseño de la política económica nacional para los próximos tres años. Porque, al contrario de lo que ocurre con las medidas de carácter ideológico, donde las consecuencias para la sociedad se revelan a largo plazo, la Hacienda de la Nación no admite experimentos. Han pasado cien días, pero sólo eso. Queda demasiada legislatura por delante para emitir un veredicto que, como siempre, quedará subordinado a la mayor autoridad de las urnas.

La comisión del 11-M y el futuro del PP
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital

El PSOE ha quedado retratado en la comisión del 11-M como el partido de los que tienen algo que tapar. Con doscientos muertos y un dramático cambio de Gobierno de por medio, es una auténtica losa ante la opinión pública sensibilizada, que es la que al final conforma los estados de opinión, que le costará mucho levantar. Por supuesto, esta convicción de que el PSOE oculta algo, está protegiendo bajo un manto de silencio a los que ayudaron por acción u omisión a la masacre y a los que le ayudaron a manipularla en la opinión pública, es más acusada en los electores de Derecha, pero también en los de Izquierda que antaño votaban a la IU de Anguita (y de “la pinza” con el PP) o incluso entre los que votaron al PSOE el 14-M por un impulso emocional que ahora consideran desvergonzadamente manipulado.

El golletazo final de Rubalcaba a la comisión, impidiendo, en comandita con los escombros parlamentarios de comunistas, nacionalistas y republicanos separatistas, que testimoniaran los confidentes, los periodistas y hasta el secretario de Estado de Seguridad, después de haber sometido a un auténtico baño de perjurio a la comisión, desde el Portero Automático Aleccionado hasta el Forense Indocto pasando por los arruches, cuadros, telesforos y hernandos, que más tarde o más temprano acabarán en un sumario por su actuación antes o después del 11-M y por denegación de auxilio a la Justicia, entre otros cargos. Y si no, al tiempo y a los garzones. ¡Viene en la Historia!

Pero el PP, aunque fortalecido en la medida en que se debilita su adversario, no sale tampoco fortalecido de esta prueba, porque ha quedado claro que sólo a remolque de los acontecimientos, en función de las revelaciones periodísticas de “El Mundo” y por su propia debilidad mediática y el acoso a que le somete la mayoría parlamentaria ha asumido el mandato moral de llevar hasta el final la investigación sobre el 11-M, sobre quién mató a 192 personas para cambiar el Gobierno y la política de España, con triste e indudable éxito.

Rajoy y Acebes entraron en la comisión con el único propósito de lavar el honor de Aznar, Acebes y el Gobierno del PP. No tuvieron la sensibilidad elemental de entender que el honor de unos políticos, aunque los votemos, nos importa muy poco. Por visto, a ellos les importa mucho más salvar su honorcito lastimado que averiguar lo que pasó antes y después del 11-M, al margen de que perdieran el Poder, que es lo único que, además de su honor, parece importarles. Esa falta de principios y de criterio afecta tanto a Aznar como a Rajoy, a la dirección del PP de ayer y a la de hoy. Pero, evidentemente, al que más debilita es a Rajoy, que en sintonía con Acebes y demás, ha mostrado su peor cara: la del hombre de las componendas con el pasado presente, sin ganas de renovar a fondo el partido, hacer oposición y preparar el futuro. No sale Rajoy fortalecido de esta comisión, y aunque culpe con razón al PSOE de esa “burla”, también él estaba por la labor de tomarnos moderadamente el pelo y “pasar página” cuanto antes. Eso no era posible moralmente y ahora no lo es políticamente, pero tanto bandazo ha debilitado al PP. Y también a Rajoy ante su Congreso. Las aplastantes mayorías de culiparlantes y nóminas no duran mucho en la Oposición. Rajoy no ha querido hacer de la comisión del 11-M su primera trinchera moral y política en esta guerra de desgaste contra el zapaterismo. Y se le ha notado mucho. Puede ser y es un brillantísimo jefe de la Oposición. Nos gustaría mucho más que fuera una Alternativa.

Atención a las mezquitas
Luis María ANSON La Razón 26 Julio 2004
de la Real Academia Española

Resulta que José Antonio Alonso tenía razón. Le atacaron por un lapsus línguae al decir que era necesario conocer previamente lo que los imanes predicaran en sus templos. Previamente, no, claro, eso sería censura, lesionar la libertad de expresión, pero el fondo de lo que quería decir el ministro estaba claro: una parte sustancial de la violencia islámica se genera en algunas mezquitas. Es necesario vigilar y saber lo que se dice en ellas para prever actos terroristas. En este sentido hay que actuar sin contemplaciones. Entre otras cosas porque el terrorismo islámico y el de Eta terminarán dándose la mano si es que no lo han hecho ya.

Los que en España se dedican a la labor de zapa para fracturar el orden social reinante se han lanzado a la apoteosis del islamismo, con el objetivo apenas disimulado de fastidiar a la Iglesia Católica. He dicho muchas veces que la religión del Corán es admirable, está espiritualizada, predica sustancialmente la paz y debe ser respetada y protegida. Pero los peligros que en estos momentos dimanan de algunas mezquitas, y que nuestras Fuerzas de Seguridad han calibrado muy bien, exigen prudencia y cautelas. Lo que se niega a la educación cristiana en España se empieza a otorgar a manos llenas al islamismo. El cardenal Rouco Varela ha lanzado la voz de alarma: «Nos quieren colocar en el 711», año de la invasión musulmana. La libertad religiosa está garantizada en nuestra Constitución, y también la atención a la religión mayoritaria entre los españoles. Pero algunos no quieren enterarse.

Al caer de hinojos ante la educación islámica, el Gobierno Zapatero está haciendo un flaco servicio a la paz y la convivencia españolas. Una cosa es el respeto a todas las religiones y otra cosa es no darse cuenta de lo que en estos momentos se está difundiendo en muchas mezquitas, con enseñanzas que pugnan con la Constitución de nuestro país y que, a veces, incitan abiertamente a la violencia y al terrorismo. Asistimos indiferentes, dsede hace muchos meses, con excepciones como las de Alonso, a la construcción de un polvorín que unos fanáticos organizados y financiados internacionalmente pueden explosionar en cualquier momento. Lo han hecho en una ocasión. Repetirán. Nos acaban de decir que, sobre lo que ya había en España, 400 islamistas marroquíes entrenados en Afganistán y no controlados, pueden maniobrar en nuestro país.

LOS CIEN DÍAS.
Por Jaime CAMPMANY ABC 26 Julio 2004

SE cumplen ahora los cien primeros días del Gobierno Zapatero. El balance es largo y a muchos observadores políticos les parece positivo. Incluso hay algunos, más entusiastas o mejor predispuestos, que lo encuentran espectacular y le dedican elogios desmedidos. Las encuestas primeras son favorables. Una mayoría de españoles -algo más de la mitad- encuentran que las primeras medidas de ese Gobierno están bien o muy bien, y conceden un aprobado general a los ministros, incluso a las ministras, y eso quiere decir que perdonan indulgentemente las novatadas y las primeras meteduras de pata.

No podrán quejarse Zapatero y sus ministros de falta de generosidad en la opinión pública al calificarles en el primer examen. En cambio, la España cainita se ceba ahora con José María Aznar, con algunos de sus ministros y con su sucesor, y entra abiertamente en esa rutina celtibérica de hacer leña del árbol caído. Bueno, ya pasará el verano y habrá leña para todos. Los políticos están destinados generalmente a ser leña, y terminan por serlo, tarde o temprano. En eso consiste su servicio y su sacrificio. Yo debo confesar, para ser tan sincero como procuro serlo siempre, que el balance de estos cien días no me parece tan positivo, y bien que lo siento, en primer lugar pensando en el bien de España y de los españoles, y después porque un Partido Socialista capaz de asumir la gobernación con acierto sería una bendición para la democracia.

Pero pienso que la promesa de sacar las tropas españolas de Iraq se ha hecho con precipitación y de la manera que más podía enemistarnos con Estados Unidos. Al mismo tiempo, nuestro acercamiento obsequioso e incondicional a Francia y Alemania se realizó en tiempo inoportuno, precisamente cuando las dos potencias olvidaban sus diferencias con Norteamérica y Chirac y Schröder se daban el pico con el malvado Bush. Si la retirada de las tropas de Iraq era una forma de agradecer a USA su intervención con Marruecos en el conflicto de Perejil, donde Francia, y Europa a su vez, nos dejaron solos ante el peligro, pronto nos llegó la respuesta. Norteamérica firmó un acuerdo militar con Mohamed VI y los dos Ejércitos -americano y marroquí- se dedicaron a realizar maniobras ante las costas de las Islas Canarias. Y todo eso para terminar mandando tropas a Afganistán y Haití.

A los pies de Francia y de Alemania dejó España la posición conseguida en Niza acerca del reparto de poder en la nueva Europa. A la lamentable pérdida de esa posición se la llama ahora «desbloqueo de la Constitución» y se presenta como un triunfo. Apenas llegar al poder, nuestros benevolentes socialistas acabaron de un plumazo con las exigencias de la calidad de la enseñanza, tan necesarias a la vista del nivel educativo de los españolitos niños y jóvenes, niñas y «jóvenas», como enseña Carmen Romero de González. El gran triunfo de los «cien días» consiste en sustituir el trasvase del Ebro por una tira de plantas desalinizadoras extendida por todo el Levante. Echar agua dulce al mar por Tortosa y desalinizarla por toda la costa hasta Almería. Y encima, el sainete de la Comisión del 11-M. Y eso sólo en «cien días», con toda una legislatura por delante.

De lobbies, visitas y despilfarros
GEES Libertad Digital 26 Julio 2004

En sus vulgares intentos de destruir políticamente al PP mediante la laminación personal de Aznar, el PSOE echa mano de cuanto argumento cree que le es válido, como la supuesta utilización para fines personales del lobby Piper, contratado por el Gobierno anterior para mejorar la penetración de España en Norteamérica. Zapatero ha dicho solemnemente que “él no lo haría”. Pero la realidad es que no sólo miente cuando intenta embarrar al ex-presidente popular, sino cuando oculta que él ya lo está haciendo.

La supuesta política de integridad y transparencia de Zapatero no se sostiene. Su ministro de asuntos exteriores, Miguel Angel Moratinos, mantuvo una reunión oficial con los representantes de Piper en su primera visita a Washington y desde entonces, con su aprobación, el gobierno ha recurrido a los servicios de dicha empresa y, sobre todo, pagado religiosamente los cien mil dólares mensuales de su nómina. Nadie en el gobierno, en estos primeros cien días, había criticado la contratación de un lobby, cosa que como todo el mundo reconoce, es un trámite habitual, legal y transparente en los mecanismos políticos norteamericanos.

La denuncia de la contratación de Piper por el gobierno Aznar se produce sospechosamente poco después de la entrevista de un representante de la firma Kissinger Mclarty, otro importantísimo bufete, grupo de presión y lobby americano, de nacionalidad española, aunque residente en Estados Unidos y políticamente afín al PSOE, con el secretario de organización socialista, Pepín Blanco. En el entorno de Kissinger se explica esa reunión por el deseo personal del propio Kissinger de que el gobierno socialista haga cuanto pueda para que se le permita viajar a España sin toparse con problemas a causa del auto del juez Garzón sobre los desaparecidos chilenos bajo la dictadura de Pinochet, en donde Kissinger sale mal parado. Sin embargo, en círculos políticos washingtonianos, sin descartar esa gestión para el ex-secretario de estado americano, también se baraja como explicación el deseo de su firma por hacerse con el contrato del gobierno español, desplazando a Piper. Y nada mejor para eso que salpicarles con la sombra de la duda. De hecho, las denuncias de los socialistas españoles justifican el uso de un lobby pero cuestionan a Aznar y a “su” lobby, como si estuvieran preparando el terreno para una nueva contratación.

A todo esto, el ex–presidente socialista, Felipe González, parece emperrado en seguirle los pasos a José María Aznar. No sólo viaja a Colombia en las mismas fechas, sino que, de regreso a España, se decide por un salto a Washington a reunirse con los responsables de la política exterior americana. Si finalmente Colin Powell acepta recibirle, es de suponer que los voceros de Zapatero lo denuncie por traición como cuando Aznar visitó a Bush, Rumsfeld y Powell el pasado mes de mayo.

Por último, una aclaración necesaria sobre la supuesta malversación de fondos por parte de Aznar en relación al lobby. Como se ha publicado ampliamente, el contrato suscrito con dicha firma estipula un pago mensual de cien mil dólares al mes durante 20 meses consecutivos. Es de suponer que, comenzando las actuaciones en enero, Piper podría haber dedicado a ensalzar la figura de Aznar dos meses y medio como mucho, hasta el 14 de marzo. Y suponiendo, que es mucho suponer, que se hubieran gastado todos sus emolumentos en esa tarea, el monto sería de 250 mil dólares. Zapatero ya les ha pagado bastante más, sin que sepamos ni una palabra de en qué concepto y para qué fines.

En cualquier caso es sorprenden el celo por el control estricto del gasto del gobierno anterior, cuando en sus primeros cien días han sido incapaces de imponerse limitación alguna. Por ejemplo, durante años el boeing 707 de la fuerza aérea ha estado reservado para uso de Su Majestad y la figura del Presidente del Gobierno (en ocasiones, para cumbres con presencia de numerosos ministros). Ahora, hasta un simple secretario de estado para cooperación, como Leire Pajín, puede aprovecharse de su existencia. De hecho los utilizó –al avión, a sus trece tripulantes y al coste de cerca de 6 mil euros la hora de vuelo- para su gira por Haití y Panamá, cuyo único propósito era salir en los telediarios.

Este gobierno no dice la verdad en nada.

SIN OLVIDARSE DE ETA
Editorial ABC 26 Julio 2004

LA detención de cuatro presuntos etarras en diversas localidades de Vizcaya y la identificación de otros posibles miembros de la banda terrorista en la zona de Levante son datos que demuestran que ETA mantiene su estrategia de reorganización y de desplazamiento de «comandos» dentro del territorio nacional. El valor de estas acciones policiales trasciende el evidente éxito en cuanto a la reducción de la capacidad operativa de ETA y entra de lleno en un efecto perverso del 11-M, que, en plena Comisión de investigación, hizo olvidar o, como mínimo, relegar a un segundo plano al terrorismo etarra. Nada más erróneo que la sustitución de ETA por Al Qaida como principal amenaza para la democracia española. En todo caso, habrá que admitir una coexistencia de terrorismos con motivaciones y tácticas diferentes, pero con objetivos comunes, en la medida en que persiguen dañar al Estado y a sus instituciones.

Este recordatorio de ETA también implica la recuperación del valor político del Pacto Antiterrorista, afectado al menos en el discurso político vigente por el silencio forzado al que se ha visto obligada ETA ante la eficacia de la acción policial. Sigue siendo imprescindible desarticular «comandos» y detener terroristas, pero también lo sigue siendo la deslegitimación política absoluta de sus objetivos, más aún ante un escenario político en el País Vasco que, a corto plazo, va a forzar un debate parlamentario definitivo sobre una propuesta soberanista, la del lendakari Ibarretxe, que recoge las principales aspiraciones de ETA y la izquierda abertzale.

ZAPATERO E IBARRETXE
ABC 26 Julio 2004

Hoy recibe José Luís Rodríguez Zapatero al lendakari Juan José Ibarretxe y ayer, en estas mismas páginas, el presidente decía, presentándolo paradójicamente como una reflexión, que su plan, el de Ibarretxe y sus socios, «responde a un momento político» que ha pasado y que, por ello, «ha perdido fuerza y sentido». Para quien encare este día con la esperanza de que las instituciones del Estado, incluido naturalmente el Gobierno, sean las garantías de sus derechos frente al reto nacionalista, las palabras del presidente Zapatero resultan, cuando menos, desilusionantes. ¿Responder a un momento político significa que, en una circunstancia pasada, aunque ahora a su juicio haya desaparecido, podría tener validez el plan como propuesta a considerar o justificado elemento de debate? ¿Si añade que ahora ha perdido sentido se debe entender que lo tuvo en aquel momento?

Parece deducirse de la supuesta buena voluntad del presidente que la radicalización del nacionalismo vasco (añadiendo al etnicismo el afán de que desistan los no nacionalistas y, a continuación, una formulación no democrática y excluyente del País Vasco) es una suerte de respuesta a la intransigencia mostrada por anteriores gobiernos populares. Ahora estoy aquí yo, se terminaría por entender, el talante es otro, el diálogo está abierto, y el plan que aunque no comparto comprendo por las circunstancias anteriores, debe quedar aparcado. Una actitud así constituiría un lamentable punto de partida desde el punto de vista intelectual y un puro peligro desde el práctico. Rodríguez Zapatero ya rectificó documentalmente aquella esperpéntica concepción de España como la suma de las autonomías y, si rectificar es de sabios, tiene aún unas horas para cambiar los presupuestos actuales de su oposición al plan de Ibarretxe.

No hay plan Ibarretxe porque el PP de Aznar fuera más o menos intransigente. Lo que hace el nacionalismo vasco, en toda circunstancia, es aprovechar cualquier resquicio, o crearlo, para su proyecto. Esta estrategia nacionalista es independiente de lo que hagan los demás y el PSOE lo sabe bien porque ya fue premiado, cuando teniendo más parlamentarios que el PNV cedió la presidencia del Gobierno vasco, con la presentación en el Parlamento autonómico de la moción sobre el pretendido derecho de autodeterminación, que se enarbola ahora como fundamento del Plan Ibarretxe. Existe ese plan como enésima formulación del empeño por imponer a la ciudadanía los falsos derechos y los privilegios ciertos de un «pueblo» que sólo los nacionalistas administran. No es un problema de competencias, ni de transferencias, ni incluso de modelo de Estado. Es un problema de pretender fórmulas contrarias al Estado de Derecho y la democracia.

Memorias
JOSEBA ARREGI El Correo  26 Julio 2004

Con la memoria parece suceder lo mismo que con la identidad y los valores: se habla de ella porque está en peligro. Así como la identidad se convierte en preocupación cuando deja de ser evidente, siendo la frecuencia de las referencias a ella indicador claro de su propia debilidad; y así como el discurso sobre la necesidad de los valores es también indicativo de la precariedad de los mismos en las sociedades actuales, es decir, de la poca relevancia que poseen en la vida diaria y en el espacio público, se habla de la memoria cuando es débil.

Se ha vuelto necesario hablar de la memoria porque ya no forma parte evidente de nuestras conciencias, de nuestro manera de ver las cosas. Es preciso subrayar la importancia de la memoria para construir un futuro humano porque la fuerza del presente lo ahoga todo, porque nuestra visión del tiempo se ha vuelto roma, una visión sin pasado ni futuro, sin memoria y sin proyecto, sin provenir ni porvenir. El presente lo tapa y lo sofoca todo: la satisfacción inmediata de las necesidades y de los deseos, núcleo del capitalismo de consumo, es el eje sobre el que se articula la conciencia de los habitantes de las sociedades actuales.

La fuerza sofocante del presente puede hacer que el pasado y la historia no entren en el horizonte de visión de las conciencias actuales, pero no tiene la fuerza suficiente para hacer que el pasado sea inexistente. Sólo puede ocultarlo. Y ocultándolo hacer que su efectividad sea ciega, no pueda ser controlada ni dirigida. Y en esa ceguera se producen todas las manipulaciones posibles al servicio de un presente simplemente ciego.

Más de una vez se ha podido leer, en referencia a la reciente historia vasca, que todos los males que han caído sobre la sociedad vasca, descontada la acción de ETA, eran debidos a la crispación creada por Aznar. Como si antes de que la palabra crispación hiciera acto de presencia no se hubieran dado los esfuerzos del PNV negociando con ETA, el acuerdo de Estella/Lizarra excluyendo a los no nacionalistas de la definición de la sociedad vasca, los papeles firmados por el nacionalismo con una ETA en tregua condicionada y temporalmente limitada. Pero los intereses presentes de la lucha política exigían cegar estos aspectos de la historia vasca reciente.

De la misma forma se ha podido leer recientemente, coincidiendo con el aniversario del desmbarco de Normandía, que este desembarco no era necesario para derrotar a Hitler y al nazismo, puesto que para ello, después de la batalla de Stalingrado, se bastaba la Unión Soviética. Y que si EE UU desembarcó en Normandía, lo hizo para arrebatar a los soviéticos la gloria de haber derrotado en solitario a Hitler y al nazismo, no para liberar a Europa de esas tremendas lacras.

Esta visión, dirigida por el interés de negar a EE UU aportación alguna a la libertad de nadie, dirigida más bien por el interés de hacer aparecer a EE UU como el principal enemigo de la libertad en la actualidad y sin que ejemplos históricos puedan hacer dudar de ello, pasa por alto que al inicio de la guerra, en 1939 con la invasión de Polonia por parte de Hitler, la Alemania nazi se hallaba ligada por pacto con la Unión Soviética de Stalin, que es lo que permitió la fácil entrada de los nazis en Polonia, porque habían acordado repartírsela; pasa por alto que Hitler pudo contravenir lo previsto en los acuerdos de Versalles respecto a la prohibición de desarrollar una aviación de guerra porque trasladó la producción de aviones militares a la Unión Soviética; pasa por alto que Stalin, después de haber sido agredido brutalmente por Hitler, pidió insistentemente la apertura de un segundo frente en Europa; pasa por alto la doctrina del Alto Estado Mayor Alemán, resultado de las enseñanzas de la Primera Guerra Mundial, de que Alemania no se podía permitir luchar en dos frentes a la vez; y pasa por alto que muchos alemanes, después de la derrota nazi, reprochaban al general Eisenhower no haber avanzado más allá de un determinado punto, aunque los soviéticos estaban aún lejos, abandonando así una buena parte de Alemania en manos de la Armada roja, y poniendo así parte del territorio alemán en manos del Imperio soviético.

Mucho se ha hablado y escrito en las útlimas semanas acerca del futuro de Europa con ocasión de la aprobación del Tratado Constitucional, de las esperanzas y de las frustraciones vinculadas a dicho tratado. Algunos pocos han recordado que si la Europa unida es algo, es -o debiera ser, porque así comenzó- un proyecto de paz, un proyecto de paz poniendo en cuestión la soberanía como principio articulador de los sistemas políticos. Y casi nadie ha recordado ni ha subrayado que el problema fundamental de Europa -más allá, y más acá, de los aspectos formales del federalismo posible o no, de la situación económica, de la voluntad de hacer sombra a EE UU- es un problema de memorias.

La memoria política fundamental de la Europa occidental es una memoria fundada sobre la lucha contra el fascismo y el nazismo. Especialmente la izquierda, pero no sólo ella, ha construido su identidad política como movimiento antifascista. Pero con la ampliación de Europa hacia el centro de la misma han entrado en la UE sociedades cuya identidad política está construida sobre una segunda memoria, la memoria de la lucha contra las dictaduras comunistas, contra el estalinismo, contra el Imperio soviético, la memoria que no puede separar la sombra de Auschwitz y de los Gulag, porque más de uno de sus ciudadanos las han tenido que vivir en unidad personal.

Alquien puede pensar que la integración de estas memorias es tarea sencilla, pero se equivoca. Las divisiones que han aparecido en política exterior en los últimos tiempos, las dificultades para acordar el Tratado Constitucional, la sensación de que la ampliación ha sido y va a seguir siendo fuente de problemas, son señales de la dificultad de integración de las distintas memorias de Europa. Porque la memoria labrada en la lucha antifascista ha conllevado durante demasiado tiempo la prohibición de que nada pudiera equipararse al Holocausto, nada pudiera ser colocado a la altura de la dictadura nazi, nada pudiera alcanzar el significado político de mal absoluto que le corresponde en exclusiva al nazismo como manifestación suprema del fascismo europeo.

Prueba de esta prohibición, y con ello de la dificultad de admitir la memoria de la lucha contra las dictaduras comunistas con el mismo valor que la memoria de la luha antifacista se puede ver en el destino que le cupo al estudio histórico de François Furet sobre el comunismo en Francia, 'El pasado de una Ilusión, ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX', (1995) y el silencio casi completo con el que se cubrió el estudio de los crímenes cometidos por los regímenes comunistas, el 'Libro negro del comunismo' (Stéphane Courtois y otros, 1997).

La elaboración de la memoria no es una cuestión ni fácil ni banal. La diosa de la memoria puede ser, como bien lo sabían los griegos, una diosa tremenda, vengativa. Y el significado político de la memoria no puede radicar en la venganza, pues sobre ese principio es imposible construir futuro: la memoria así entendida queda atrapada en el círculo vicioso de la venganza tribal.

Se trata más bien de aquello que trata de explicar, de forma poética, Esquilo en su trilogía de Orestes, que en el fondo no es otra cosa que la transformación de las diosas de la venganza, de las Furias que quieren continuar con el ritmo implacable de la venganza, prolongando las luchas intestinas, en Euménides, en Bienhechoras que aceptan someterse a los dioses nuevos de la ciudad, a las nuevas leyes impuestas de la mano de la diosa Atena que salva a Orestes de la venganza.

La integración de las distintas memorias que articulan las distintas identidades políticas en Europa es también una oportunidad para ahondar en la conciencia de la limitación de cada una de las memorias, una oportunidad para no pretender construir Europa sobre ningún tipo de hegemonía.

Tiempo habrá en el futuro todavía para hablar de los problemas de Europa hacia su unidad política, para discutir qué forma debe adquirir esa unidad política, si Europa debe ser un Estado nacional en grande, o si Europa será una, políticamente, bajo la condición de desarollar otros principios distintos al del Estado nacional en el momento de articular la política. Pero Europa no avanzará en ninguna dirección si olvida que sus ilusiones de unidad siempre han fracasado cuando se ha intentado imponer algún tipo de hegemonía, de una única nación o de directorios.

Y a veces no se sabe muy bien si los discursos de la Europa de diferentes velocidades, de distintas geometrías, no esconden, también, deseos de establecer algún tipo de hegemonía de unos sobre otros en Europa. Entonces el fracaso estaría cantado.
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