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Recortes de Prensa     Sábado 11 Septiembre 2004

La conexión Nueva York-Madrid
Editorial La Razón 11 Septiembre 2004

11-S: EL DÍA QUE ESTALLÓ LA IV GUERRA MUNDIAL
RAFAEL L. BARDAJÍ ABC 11 Septiembre 2004

Abandonar no es ayudar
José Antonio VERA La Razón 11 Septiembre 2004

Terrorismo internacional: datos, hechos y especulaciones
Rafael Calduch Cervera La Razón 11 Septiembre 2004

DEL 11-S AL 11-M
Editorial ABC 11 Septiembre 2004

La retirada
David Gistau La Razón 11 Septiembre 2004

Irak, ¿de qué lado está Zapatero
EDITORIAL Libertad Digital  11 Septiembre 2004

Tres años después
Editorial El Correo  11 Septiembre 2004

11-S de 2001, parece que fue ayer
GEORGE L. ARGYROS El Correo  11 Septiembre 2004

Aprendiz de brujo
GEES Libertad Digital 11 Septiembre 2004

El gurú del miedo
Cristina Losada Libertad Digital 11 Septiembre 2004

Una diada patriótica
Editorial La Razón 11 Septiembre 2004

Leedlo, leedlo
José García Domínguez Libertad Digital 11 Septiembre 2004

MARAGALL MIRA AL SUR
César Alonso DE LOS RÍOS ABC 11 Septiembre 2004

La burla de la sonrisa
Ignacio Villa Libertad Digital 11 Septiembre 2004

RODRÍGUEZ IBARRA
Juan Manuel DE PRADA ABC 11 Septiembre 2004

Añoranza
Alfonso Ussía La Razón 11 Septiembre 2004

Banderas
Julia Navarro El Ideal Gallego 11 Septiembre 2004

España, siempre España
Cartas al Director ABC 11 Septiembre 2004

El PP extremeño propone a Ibarra un pacto sobre el modelo de estado ante la amenaza de pillaje
EFE Libertad Digital  11 Septiembre 2004

El PP exige al Gobierno que garantice la enseñanza del castellano en todas las comunidades autónomas
EFE Libertad Digital  11 Septiembre 2004

UN CUARTO DE SIGLO
ABC (Cataluña ) XAVIER PERICAY 11 Septiembre 2004

 


La conexión Nueva York-Madrid
Editorial La Razón 11 Septiembre 2004

La documentación que hoy publica en primicia el equipo de investigación de LA RAZÓN sobre la figura y actividades delictivas de uno de los principales jefes de Al Qaeda, el sirio nacionalizado español Abu Musa Al Suri, deja pocas dudas, si es que había alguna, sobre la conexión de dos de los más terribles ataques terroristas de la historia: el desatado por los pilotos suicidas contra los Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001, y el llevado a cabo contra la capital de España el 11 de marzo de 2004. En ambos casos, el «emir» Al Suri participó directamente en la larga y cuidadosa preparación de las matanzas.

De la investigación se desprenden varios hechos que arrojan una nueva luz sobre lo ocurrido en Madrid, hoy hace seis meses, y que podrían demostrar que nuestro país se había convertido en un objetivo preferente del terrorismo integrista islámico mucho antes de que el anterior presidente del Gobierno, José María Aznar, protagonizara junto a George Bush y Tony Blair la después tan controvertida fotografía de las Azores. Son datos, además, que se complementan con las grabaciones intervenidas a otros jefes de Al Qaeda en las que se afirma que la decisión de cometer un gran atentado en España, como en otros países de Europa y del norte de África, venía gestándose en paralelo a la preparación de los ataques a las Torres Gemelas de Nueva York y a la sede del Pentágono, en Washington, de los que hoy se cumple el tercer aniversario. Dos trágicas efemérides, pues, la del 11-S y la del 11-M, que tienen muchos más puntos en común de lo que podíamos pensar.

Queda ahora claro que Abu Musa al Suri, es decir, Al Qaeda, acometió la labor de preparar una infraestructura terrorista en España completamente «ex novo» para que fuera impermeable a nuestros servicios de información, a quienes consideraban muy bien introducidos desde siempre en los medios islámicos más radicales que operaban desde nuestro país. Luego, sólo quedaría decidir el momento estratégico más oportuno para activar a la «organización durmiente». Ésta es una de las claves del 11-M, con su inmediata repercusión en el vuelco electoral del domingo siguiente, que debería ser atentamente contemplada por la comisión parlamentaria en el momento de reanudar sus sesiones. Porque, más allá de la pugna entre partidos, nos encontramos ante una amenaza global, que se prolongará en el tiempo y que, desde luego, no acaba en la retirada de nuestras tropas del conflicto iraquí.

Debe ser, asimismo, un serio aviso para otros gobiernos occidentales. Nada hace pensar que la misma táctica empleada en Madrid no se haya puesto en marcha en otros países, como Italia o Gran Bretaña, donde el «emir» Al Suri ha dejado rastros de su estancia. De Nueva York a Bali, de Madrid a Beslan, el integrismo islámico presenta siempre el mismo y trágico rostro.

11-S: EL DÍA QUE ESTALLÓ LA IV GUERRA MUNDIAL
por RAFAEL L. BARDAJÍ ABC 11 Septiembre 2004

NO es fácil ponerle nombre a las guerras. El término I Guerra Mundial no fue usado hasta 1920 y no de forma generalizada sino como título de una obra cuyo autor, el teniente coronel Repington, nunca saltó a la fama. Mientras se luchó fue «la Gran Guerra»; Truman sólo dio carta oficial a la denominación II Guerra Mundial en septiembre del 45. Desde que ocurrieron los ataques del 11-S el término «guerra antiterrorista» se ha vuelto común. Sin embargo no da cuenta de la situación real en la que vivimos. El brillante historiador militar y profesor de la Johns Hopkins, Eliot A. Cohen, ha llamado a esta etapa la IV Guerra Mundial. La expresión tiene su mérito y es acertada en la medida en que captura la esencia de la amenaza bajo la que vivimos, el esfuerzo para combatirla, lo global de la lucha y las perspectivas temporales -largas- para ganarla. Es más, sólo entendiendo este periodo como una guerra mundial cobran pleno sentido capítulos que pasan por guerras inconexas como las de Afganistán e Irak.

La primera ventaja del término IV Guerra Mundial (la III habría sido el período de guerra fría, en realidad fría sólo en Europa pero más que caliente en otros rincones del mundo) es que centra bien quién es nuestro enemigo. La definición de guerra contra terrorista se fija en una táctica y no, como debiera ser, en quien la promueve, la financia, la permite y la ejecuta. El enemigo de la IV Guerra Mundial no son los terroristas únicamente. Es mucho más. Es, en realidad, una ideología defendida a través de coches bombas y suicidas y que la comisión del 11-S en Estados Unidos correctamente ha definido como el Islam militante. Y ese Islam militante está compuesto de diversas familias. Por un lado, los Mullas chiíes que forman la élite teocrática dirigente de Irán desde 1979; los fascistas del partido Baas, hoy ya disuelto en Irak, pero en el poder todavía en Siria; y los sunníes radicales, inspirados en el wahabismo de origen saudí, cuya expresión más destructiva es Al Qaida.

El Islam militante odia la modernidad. No soporta lo que nosotros, ciudadanos libres de estados de derecho, economías liberales y culturas políticas separadas de la religión, más apreciamos, la igualdad entre sexos, la igualdad de oportunidades, el derecho a decidir libremente... Inicialmente el Islam militante se concentró en lo que Bin Laden llamó «el enemigo cercano», esto es, los regímenes corruptos del Golfo Pérsico, comenzando por la familia Saud, custodio de los santos lugares. Pero poco a poco su odio giró hacia Israel y el mundo occidental, con los Estados Unidos a la cabeza. Cualquiera que se tome la molestia de navegar por las múltiples webs wahabitas se dará cuenta rápidamente del por qué. La civilización occidental les parece decadente a la vez que peligrosa dado el rápido contagio de sus vicios.

La noción de decadencia es muy importante para entender lo que está pasando. La ambición del Islam militante, que, como dice el estudioso Daniel Pipes, es la única fuerza «con la temeridad de retar el orden mundial liberal en una batalla cósmica sobre el curso futuro de la experiencia humana», sólo puede explicarse porque gentes como Bin Laden creen que somos un tigre de papel, por utilizar su propia expresión, al que se puede derrotar. El 11-S es la fecha simbólica del comienzo de esta IV Guerra Mundial, pero en realidad se venía fraguando desde bastante antes. Prácticamente desde que los terroristas palestinos actuaran impunemente en los años 70. El terror se expandió como arma en el Oriente Medio precisamente porque tenía éxito. Los atentados acaparaban la atención mundial y lo más que arriesgaban sus autores era un breve encarcelamiento, pues nadie quería albergar en sus cárceles terroristas palestinos. O más tarde islámicos. Los europeos fueron irresponsablemente proclives a liberaciones bajo cuerda y al pacto tácito con los terroristas en su afán de evitarse represalias, pero los americanos tampoco fueron muy diferentes. Con la excepción de Ronald Reagan, que autorizó el bombardeo sobre Gadaffi en 1986 por sus conexiones con una serie de atentados contra norteamericanos en suelo europeo, todos los presidentes hasta George W. Bush optaron por una política antiterrorista muy tenue o meramente simbólica. Tómese el uso de unos pocos misiles de crucero aquí y allá por Bill Clinton. Unos en respuesta al intento de asesinato de Bush padre por agentes iraquíes, otros para vengar ataques contra diplomáticos americanos por la red de Bin Laden. En suma, la actual osadía del Islam militante proviene de la ausencia de una respuesta firme y contundente por parte nuestra, los atacados, siempre tentados por la política del apaciguamiento.

Otra ventaja de la expresión IV Guerra Mundial es la implicación de sus muchas dimensiones, comenzando por la ideológica y no necesariamente la militar. Por la movilización de las ideas y no sólo de soldados. Al igual que en la II y la III guerras mundiales, donde se luchó contra el totalitarismo y por la democracia, la batalla que se está librando también responde a dos modelos sociales incompatibles. Arremete contra nosotros una nueva forma de tiranía religiosa y defendemos nuestra libertad. Afganistán e Irak han sido dos frentes contra el terror, pero no se han quedado solamente en eso, en la destrucción de los terroristas y sus apoyos. Para ganar esta guerra se requiere más que eso, puesto que es un pulso entre la democracia liberal y la barbarie. Es necesario perseguir a los terroristas allí donde estén, pero también es necesario cambiar aquellos gobiernos que amparan o prestan colaboración a las redes terroristas. Es más, hay que promover una profunda transformación política y económica de lo que es el caldo de cultivo del terrorismo islámico, el Oriente Medio. Sin la introducción de hábitos liberales, procesos constituyentes y una cultura política moderna, la violencia contra nuestros valores y forma de vida seguirá esparciéndose desde la zona, nos guste o no.

Por último, el término IV Guerra Mundial acaba con la idea de que los terroristas son poco más que criminales y que sus acciones no responden a una estrategia más amplia. Cuando uno opta por la acción policial únicamente y a lo único a que aspira es a llevar a los terroristas ante la justicia, se está condenando al fracaso. Sobre todo en la era del megaterrorismo y los daños catastróficos. La obligación de todo gobierno hoy no es esperar, sino anticiparse, llevar la justicia donde estén los terroristas y no al revés. Eso es lo que el Presidente George W. Bush se ha propuesto tras el 11-S y, guste o no, los Estados Unidos son la única potencia en el mundo, bajo el liderazgo adecuado, de proyectar la fuerza militar, económica y cultural capaz de prometernos una victoria sobre el terror. Como ya hicieron en la I, II y III Guerras Mundiales.

En fin, cuando se vive en una guerra mundial se debe aprender a situar cada momento en una perspectiva temporal más amplia. El desánimo, la confusión y el derrotismo se vencen con paciencia estratégica. De las Ardenas salieron informes muy pesimistas sobre las tropas aliadas y la situación en el Pacífico exigió el recurso a dos bombas atómicas para doblegar a Japón. Es lícito preguntarse dónde estamos en la guerra contra el terror. Y la respuesta es que en estos tres años se han logrado importantes avances: Ya no hay santuarios para Bin Laden, Afganistán es hoy más libre que nunca; se ha eliminado a Sadam, auténtico depredador de la región del Golfo; Libia ha dado un giro espectacular en su actitud; se han destapado redes de tráfico de armas de destrucción masiva y hay una promesa de cambio para el Oriente Medio. ¿Qué más se puede pedir? La perseverancia, porque Bin Laden está todavía ahí fuera.

Abandonar no es ayudar
José Antonio VERA La Razón 11 Septiembre 2004

Aunque estuve contra la guerra de Iraq, más por la forma que por el fondo, no puedo compartir las declaraciones del presidente del Gobierno en Túnez pidiendo al resto de los países de la coalición que retiren sus tropas y abandonen de inmediato aquel país. Y no puedo compartirlo porque, al margen de los errores evidentes de Estados Unidos en el planteamiento del conflicto, creo que ahora es cuando más falta hace que nuestros soldados y los de otras naciones vayan a Iraq a ayudar, a arrimar el hombro en la reconstrucción, a colaborar con el Gobierno iraquí, a levantar puentes y carreteras, a edificar infraestructuras, a trabajar en el restablecimiento de las comunicaciones y de la luz eléctrica.

No, con todo el respeto pero con plena convicción, creo que salir corriendo de Iraq, como hizo España, no es la solución. Primero, y es bueno subrayarlo ahora que se cumplen seis meses del once-eme y tres años del once-ese, porque da la sensación de que cedemos al chantaje del terrorismo, pues si el objetivo de la matanza de Atocha era provocar la retirada de España, hay que reconocer que lo lograron. Pero, en segundo lugar, porque la última resolución de la Onu, que firmó y apoyó el Gobierno, mencionaba expresamente el compromiso de la comunidad de naciones con la reconstrucción de aquel país, siempre y cuando se fueran cumpliendo los plazos de transferencia de poder a las autoridades locales iraquíes, cosa que está ocurriendo.

Además: la retirada española, siento ser así de claro, fue de todo, de casi todo, menos gloriosa. Una retirada militar nunca puede ser motivo de orgullo para los militares, ésa es la verdad. Y esta que protagonizaron nuestras tropas mucho menos, pues nos largamos dejando allí a otros que seguían comprometidos con la reconstrucción de un país que ahora necesita ayuda en vez de deserciones. Y, pese a todo, nos fuimos. Y lo hicimos dando la sensación al mundo de que habían vencido los terroristas. Y pese a que nuestros soldados lo pasaron mal, muy mal, cuando les despidieron los polacos, los portugueses, los sudamericanos, con variedad de insultos, con banderas blancas, con jocosos cacareos, como tuvo ocasión de relatar Diego Mazón en rigurosa exclusiva en La Razón. Nos fuimos pese a que nos lanzaron huevos y nos llamaron gallinas y nos mostraron las letrinas. Pese a que los nuestros salieron de allí llorando, «con la sensación de irnos con el rabo entre las piernas». Y pese a que la retirada fue instrumentalizada por algunos planteándola como un logro del Partido Socialista, con banderas del psóe acompañando a las tropas cuando aterrizaban en suelo español.

No, siento decirlo, pero aquello no fue algo de lo que uno pueda sentirse especialmente orgulloso. Más bien fue una abdicación. Más bien fue un gesto electorero, demasiado vinculado al interés inmediato de las urnas, insolidario en general, partidista en particular. Lo suyo, francamente, hubiera sido decir: señores, nosotros estuvimos contra la guerra, contra la ocupación de Iraq, contra los intereses del petróleo, pero una vez instalados en esta situación, con doscientos muertos en Madrid, con el chantaje terrorista encima, no podemos caer en la torpeza de dar a los terroristas lo que piden, de abandonar a los que necesitan nuestra ayuda, de marcharnos insolidariamente de donde somos necesarios, incumpliendo la última resolución de Naciones Unidas, el compromiso que firmamos de enviar más tropas a Iraq para ayudar, nunca de salir corriendo para desertar.

Se cumplen hoy seis meses del once-eme y tres años del once-ese. Llevamos ya más de año y medio de guerra en Iraq. Van más de mil muertos de la coalición en aquel conflicto absurdo, mal diseñado y planteado, y peor organizado y realizado. Se demuestra cada día que hay que combatir al terrorismo desde la legalidad, no desde la iniquidad de los bombardeos indiscriminados contra la población civil. Se demuestra también que el color del petróleo es negro y su textura espesa y que sus raíces estaban y están en Iraq, como lo están también en Chechenia y en Sudán. Pero se demuestra asimismo que no podemos ceder con debilidad ante el embate del terror suicida y homicida, pues quien termina cediendo al terror acaba dándole la razón al terror y siendo rehén de los terroristas. Y se demuestra sobre todo que por encima de cualquier otra consideración debe hallarse siempre la solidaridad ante el dolor de los que son débiles y sufren por culpa de unos y de otros, sin ser ellos culpables, necesitando más que nadie que les ayudemos en los momentos de soledad, en las situaciones de adversidad.

Los soldados de España no fueron a Iraq a matar. Fueron a ayudar. El Gobierno se comprometió en la ONU a socorrer a los iraquíes en estos momentos de desdicha. Y, sin embargo, nos fuimos de Iraq cuando más nos necesitaban, por motivos probablemente electorales, en el momento en que más necesaria era nuestra ayuda, dando sensación al mundo de que claudicábamos ante la acción del onceme.

No, no puedo estar de acuerdo con esta llamada extemporánea a la deserción que fomenta la insolidaridad y da argumentos a los que matan indiscriminadamente a civiles con aviones bomba y mochilas en los trenes. Habrá que decirle a Bush lo que proceda cuando sea. Pero no podemos irnos dejando el trabajo a la mitad, desaparecer cuando nos reclaman, tomar una decisión de tal envergadura sin contar con los aliados, someter a nuestros soldados a la humillación del cacareo y los huevos de gallina. Porque abandonar no es ayudar.

Terrorismo internacional: datos, hechos y especulaciones
Rafael Calduch Cervera, catedrático de Relaciones Internacionales La Razón 11 Septiembre 2004

Los recientes atentados ocurridos en Rusia, incluida la masacre del colegio de Beslan, han desatado una oleada de interpretaciones que conjugan las contradictorias informaciones recibidas, los reproches a la actuación de las autoridades rusas, los lamentos por las víctimas, especialmente las infantiles, el temor a nuevos ataques terroristas de esta naturaleza y la frustración ante la falta de unas perspectivas claras sobre la respuesta, nacional e internacional, que debería darse para impedir la escalada terrorista. Lo que no se han prodigado son los análisis rigurosos basados en los conocimientos que ya se han acumulado sobre el fenómeno terrorista internacional. Es cierto que ese conocimiento carece todavía de unos datos estadísticos estandarizados y unos estudios sistemáticos y representativos de la diversidad y universalidad del terrorismo. Sin embargo, los pocos datos existentes nos muestran una tendencia histórica, con ciclos cortos y medios, que no difiere sustancialmente de la que presentan otros muchos fenómenos políticos o sociales. La tendencia del terrorismo durante los últimos 30 años nos revela que el número de atentados alcanzó su cénit en la segunda mitad de los 80 y que después de los atentados del 11-S, el número total de actos terroristas internacionales ha disminuido sensiblemente, aunque en los seis últimos años, el número de víctimas ha sido superior a 1.000 en África; Oriente Medio; Asia y América del Norte, mientras que ha sido inferior a esa cifra en América Latina; Eurasia y Europa.

También revelan que la mayoría de las instalaciones atacadas fueron edificios civiles, empresas o centros de negocios mientras que las oficinas gubernamentales, las sedes diplomáticas y las dependencias militares apenas fueron objeto de las acciones terroristas.

El análisis de la lista de organizaciones terroristas que elabora anualmente el Departamento de Estado norteamericano, y que coincide sustancialmente con la elaborada actualmente por la UE, incluye una mayoría de organizaciones terroristas árabes y/o musulmanas, pero difícilmente podría deducirse de ello la afirmación de que tales organizaciones, por el hecho de presentar ese rasgo común, actúan exclusivamente movidas por su fe religiosa o están logística y operativamente articuladas entre sí. Mucho menos cabría suponer que forman parte de una red mundial dirigida, real o simbólicamente, por Bin Laden.

Las acciones terroristas de Hamás; Hezbollah; los independentistas chechenos; el Frente Moro de Liberación Nacional de Filipinas; el Grupo Islámico Armado de Argelia o el Partido de los Trabajadores del Kurdistán en Turquía, no responden a la estrategia mundial de Al Qaida ni sus objetivos coinciden, más que de un modo parcial y secundario, con los que proclama Bin Laden en sus intervenciones y «fatwas». Atribuir a la organización Al Qaida cualquier atentado terrorista en el que participan árabes y/o musulmanes es magnificar su capacidad operativa y con ello reforzar su estrategia propagandista que tiene como finalidad mostrar una capacidad de violencia y operatividad mundial muy superior a la que posee.

Si nos atenemos a los hechos, podemos observar que esta organización tiene una enorme capacidad de llevar a cabo atentados caracterizados por el empleo de ejecutores suicidas; el uso de bombas o sistemas de destrucción indiscriminada; una logística y operatividad descentralizadas y un alto grado de victimización. Algunos llaman a esta conjunción de características una nueva forma de terrorismo, de guerra asimétrica o, incluso, de guerra en red. Pero estos eufemismos no pueden ocultar la contundencia de los hechos y las cifras.

En primer término el empleo de la violencia indiscriminada es practicada por las FARC en Colombia; Hamás, Hezbollah y los Mártires de Al Aqsa, pero sólo contra la población civil de Israel, incluso ETA la utilizó en el atentado de Hipercor y lo ha intentado en varias ocasiones durante los últimos años. Lo mismo podríamos afirmar del secuestro masivo que practican grupos tan diversos como el ELN colombiano o Abu Sayaf en Filipinas. Además, aunque la descentralización logística y operativa varía de unos grupos terroristas a otros, en términos generales se puede afirmar que está propiciada por la creciente mundialización financiera, tecnológica y de los medios de comunicación. Finalmente, el grado de victimización de las actividades terroristas está muy lejos de aproximarse al de las auténticas guerras.

Los conflictos armados en Bosnia-Herzegovina; Kosovo; Ruanda-Burundi; Chechenia; Costa de Marfil; Liberia; Sierra Leona o Sudán muestran un número de víctimas mayor que los atentados de Al Qaida, y han provocado la desarticulación de estados, la división de sociedades y ruina de las oportunidades de desarrollo socioeconómico de generaciones enteras. Nada de eso ha ocurrido en EE UU; Arabia Saudí; España o Rusia como consecuencia de los atentados terroristas. Aceptar que las sociedades, no sólo las occidentales, son cada vez más vulnerables a los ataques terroristas, sean o no de Al Qaida, es la constatación de una realidad que viene desarrollándose desde hace más de un siglo y que está asociada a la creciente complejidad e interdependencia que están experimentando los países como parte de su propio proceso de modernización económica, política y cultural. Un proceso que trasciende las fronteras y sacude con intensidad las viejas estructuras económicas, las formas de organización social tradicionales y las identidades culturales, lingüísticas y religiosas gestadas durante los siglos precedentes.

Más que de los sectores socialmente y económicamente marginados, el terrorismo se nutre de personas y grupos que están política y culturalmente desarraigados y que responden violentamente a los cambios que se producen en su entorno, nacional e internacional, porque son incapaces de adaptar su personalidad individual y su identidad colectiva a unos cambios y unos efectos que no siempre son beneficiosos y justos. Constatar estas raíces del terrorismo internacional no significa que debamos aceptar resignados esta violencia como el precio inevitable que debemos pagar por el desarrollo y la modernización. Por el contrario, supone admitir que cualesquiera que sean las consecuencias perversas del progreso mundial que se aleguen para crear y estimular el terrorismo, las sociedades tienen el derecho y la capacidad de enfrentar, perseguir y erradicar con éxito este tipo de violencia. El primer paso es conocer con rigor las causas, la diversidad, el alcance y la complejidad de las múltiples formas de terrorismo internacional que coexisten actualmente. Sólo así se podrán desarrollar estrategias antiterroristas efectivas que tendrán que ser también diversas, complejas e internacionales. Es evidente que no podemos cambiar el drama cruel cometido por los terroristas en Beslan, pero tal vez si reflexionamos sobre esa realidad arrojemos algo de luz para prevenir futuras tragedias terroristas.

DEL 11-S AL 11-M
Editorial ABC 11 Septiembre 2004

HOY se cumplen tres años del 11-S y seis meses del 11-M. Dos actos criminales de la guerra que el terrorismo internacional islamista ha declarado a la comunidad democrática y que enfrenta a ésta con la tercera encrucijada de su historia moderna, después de la derrota del Eje y de la demolición del Muro de Berlín. Es, por tanto, momento de hacer balance, porque aunque los escenarios y los efectos de ambos atentados fueran radicalmente diferentes, el móvil de los terroristas y su estrategia a largo plazo eran los mismos. Un balance que necesariamente debe juzgar el papel de las instituciones internacionales, del valor de las alianzas para la seguridad colectiva, de la democratización del mundo musulmán y de la condición de Estados Unidos como única potencia mundial. El terrorismo ha puesto al descubierto la falta de preparación ideológica de las democracias para afrontar nuevamente crisis decisivas para su supervivencia. Ni el colaboracionismo de millones de europeos con el nazismo ni la complacencia -¿o complicidad?- de una buena parte de la izquierda europea con la dictadura soviética parecen haber servido de mucho para vacunar a los europeos, «eternos matizadores», según el general Wesley Clark, actual asesor de John Kerry, frente a la tentación de convertirse en árbitros morales de conflictos que nunca le son ajenos.

A la vista de cómo están yendo las cosas en Irak, se está diciendo que la fuerza militar no es suficiente para acabar con el terrorismo. Afganistán se silencia, aunque continúe la lucha contra los talibanes y Al Qaida. Sin duda es así, pero que el uso de la fuerza no sea suficiente no significa que no sea imprescindible en determinadas situaciones extremas. Lo que resulta más dudosa es la eficacia de responder al terrorismo islamista como propone una parte importante de la opinión pública europea y varios de los Gobiernos occidentales, como el español. El diálogo entre civilizaciones y religiones y la profundización en el conocimiento del Islam son propuestas de una bondad obvia -muy frecuentes en el nuevo lenguaje diplomático español-, pero defendidas como soluciones al terrorismo dan a entender que los terroristas son «ángeles decepcionados» por la falta de diálogo y el desconocimiento europeo acerca del mundo musulmán. Tampoco explicaría la hostilidad entre ramas del Islam, muy presente en los idearios de algunas organizaciones integristas. Quizá la situación se habría invertido si por la otra parte hubiera habido voluntad de reciprocidad en el diálogo y en el conocimiento mutuo, porque no es aventurado imaginar los beneficios que supondrían para los pueblos del mundo árabe y musulmán practicar las virtudes de la igualdad entre hombre y mujer, de las libertades políticas, del gobierno democrático y de la vigencia de los derechos humanos. Ninguna religión que promueve estos valores y ningún Estado en que se hallen implantados genera terrorismo.

Las lecciones del 11-S y del 11-M confirman que no es suficiente el uso de la fuerza para derrotar a un terrorismo que busca un cambio de civilización. Es necesario, además, que exista una convicción común entre las democracias de que la calidad de sus principios y sus valores no está a expensas de lo que digan los terroristas que quieren destruirlos. El terrorismo islamista perderá una importante batalla ideológica cuando las democracias se aprecien por sí mismas y no busquen más legitimidad para su lucha antiterrorista que la que aporta la defensa de sus principios políticos. Algunos países lo han entendido así y asimilan las agresiones terroristas como situaciones críticas para la cohesión nacional. No sólo sucedió esto en Estados Unidos tras el 11-S. Ahora está pasando en Italia con el secuestro de dos cooperantes, y en Australia, tras el atentado en Yakarta contra su Embajada. Y ninguno de sus Gobiernos acepta que, en un pulso por la democratización del Oriente Próximo frente al terrorismo y al integrismo, lo mejor sea retirar sus tropas de Irak. España fue diferente.

La retirada
David Gistau La Razón 11 Septiembre 2004

Algún Zetapé habría en el Senado de Roma que exigiera la retirada de Germania, donde las legiones sufrían, en verano, emboscadas guerrillerras como las de Nayaf pero con hacha, y, en invierno, el desgaste anímico del acantonamiento con un frío de quedársete la picha como un haba. Sin embargo, Roma sólo se fue de Germania cuando empezó un derrumbe general del Imperio: esa retirada inciada en las marcas más remotas no acabó sino cuando la ciudad fue saqueada. Porque antes, mientras Roma fue sólida y la guerra, inevitable, el Senado, como Estados Unidos siglos más tarde, defendió como estrategia esencial para la propia supervivencia la teoría militar del «limes»: el enemigo existe, eso no hay quien lo remedie, por lo tanto, mejor combatirlo en su propio suelo, en las fronteras más lejanas, antes que en nuestras propias calles después de ser invadidos. Por eso, Roma no se retira de Germania. Y, cuando lo hace, por debilidad antes que por estrategia, se encuentra al enemigo en el jardín de casa.

En la actualidad, el enemigo existe, eso no hay quien lo remedie. Y el enemigo no lo es del gringo, sino de Occidente, esto conviene que alguien se lo explique a Zetapé, hablándole muy despacio o con marionetas, para que se entere. A ese enemigo, salvo en las dos ocasiones recientes en que nos lo hemos encontrado en el jardín de casa –el 11-S, el 11-M–, estamos logrando combatirle, como exige la teoría del «limes», en nuestras marcas más lejanas. La opción a eso –el repliegue, la retirada– no es la paz, sino el cambio de escenario bélico: esta vez, pelearíamos en nuestras propias calles. Porque no sé yo si bastaría, para acabar con esto, que Zetapé invitara a una caña a Ben Laden para convencerle de lo del talante, tío, buen rollito. Escribió Oswald Spengler que, más allá de los discursos y los talantes, «al final, a la civilización occidental siempre la salva un pelotón de Infantería». Que suele ser gringo, en el último siglo. Que desde luego no será español, porque Zetapé tocó retirada y nos sacó del escenario donde esta civilización está siendo salvada. Donde se está evitando tener que pelear en el jardín de casa. Pretende que se vayan también quienes están dispuestos a poner ese pelotón de Infantería, quienes siempre lo han puesto, mientras nosotros cacareábamos.
(A Alberto Martínez)

Irak, ¿de qué lado está Zapatero?
EDITORIAL Libertad Digital  11 Septiembre 2004

Hace unos meses una periodista occidental preguntó, con cierta autosuficiencia, al secretario Colin Powell hasta dónde estaba su país dispuesto a llegar en Irak, es decir, cuántos muertos hacían falta para que los norteamericanos se replanteasen su intervención. Powell no dudó un segundo e invitó a la periodista a darse un paseo por los cementerios europeos donde yacen los miles de estadounidenses que dieron su vida, en dos guerras consecutivas, por la libertad en Europa.

La periodista se quedó de piedra y no prosiguió el interrogatorio, acaso por haber sufrido un jaque mate inesperado. Tal es la determinación de los Estados Unidos. En el extremo opuesto, al otro lado del tablero, se encuentra nuestro presidente del Gobierno. Hace dos días, aprovechando un viaje a Túnez, se despachó a gusto sobre la situación en Irak y sobre cuál ha de ser el papel de Occidente en el arduo proyecto de pacificación y democratización de aquel país.

A juicio de Zapatero, ZP para su parroquia de irreductibles, la intervención aliada en Irak fue un "camino profundamente equivocado", para acto seguido añadir que lo deseable sería que todos los países que están presentes en Irak se retirasen al modo y manera española. Si Zapatero fuese un simple diputado de un partido de la izquierda ultramontana no pasaría nada, pero no es así. José Luis Rodríguez Zapatero es el presidente del Gobierno de una nación europea, integrada en la OTAN desde hace más de 20 años y castigada con saña por el terrorismo islámico hoy hace seis meses.

Para ahondar más en la herida, el mismo día que el ufano Zapatero hacía estas declaraciones en el norte de África, dos cooperantes italianas fueron secuestradas por una banda terrorista que, casualmente, pedía lo mismo que nuestro primer ministro. El titular de Defensa del Gobierno Berlusconi ya ha anticipado que de retirar las tropas ni hablar. Los soldados italianos no están invadiendo un país sino acompañando a la balbuciente democracia iraquí a dar sus primeros pasos. Y no por capricho de il cavaliere, sino porque así lo ha demandado la ONU a través de una resolución ratificada, entre otros, por el Gobierno español, y porque ante la adversidad las democracias tienen que crecerse.

La postura demagógica de Zapatero le coloca en una incómoda tesitura y nos devuelve al tercermundismo en política exterior que ya creíamos olvidado. Si nuestro embajador en las Naciones Unidas ratificó la resolución 1546 en la que se decidió el envío de una fuerza internacional de paz a Irak, por qué el presidente viene ahora con las rebajas y, contradiciendo a su idolatrada ONU, se manifiesta públicamente en su contra. ¿En cuál de los dos lados de la raya se encuentra?, ¿de qué lado está?

Tres años después
Editorial El Correo  11 Septiembre 2004

Los atentados terroristas en Estados Unidos, que hoy hace tres años conmovieron al mundo, han sido descritos como «un antes y un después». Y visto lo sucedido desde entonces, no es exagerado atribuir a los brutales ataques en Nueva York, Washington y Pensilvania la peor prueba imaginable de que el terrorismo global se convirtió en ese mismo instante en el mayor reto al que la sociedad democrática actual se enfrentaba. La conmoción que para el mundo entero significó que un grupo de fanáticos pudieran asestar semejante golpe en el núcleo de la única hiperpotencia mundial aún permanece en la memoria de la comunidad internacional y mucho más en la de la norteamericana. No podría de otra manera entenderse el curso de acontecimientos como la guerra de Afganistán, la invasión de Irak, la restrictiva legislación sobre seguridad interior -'Patriotic Act'- impulsada por la Administración Bush o el cierre de filas estadounidense frente al enemigo exterior. Es posible que para algunos no haya habido en Estados Unidos un debate a fondo sobre las causas y, sobre todo, sus remedios.

Y probablemente así haya sucedido, pero la brutalidad con la que los norteamericanos fueron golpeados en su propio país no dejaba mucho margen de maniobra. Si una docena de terroristas eran capaces de infligir semejante castigo secuestrando simplemente tres aviones comerciales para después estrellarlos, ¿qué no podrían hacer de disponer de armamento más sofisticado y letal? El temor a las terroríficas posibilidades que se abrían desde ese momento y la falta absoluta de información fidedigna sobre la capacidad real de un enemigo que ya había puesto sobre la mesa parte de sus cartas con los atentados de las embajadas estadounidenses de Kenia y Tanzania, en 1998, y el ataque a un acorazado en Yemen en 2000 -todos durante la era Clinton- hicieron el resto. Hoy se cumplen tres años del mayor ataque terrorista sufrido jamás por una nación, también se cumplen seis meses del peor atentado que nuestro país haya vivido nunca. Y en esta triste fecha es importante recordar que el mejor refugio que pueden encontrar los asesinos es la división de la comunidad internacional.

11-S de 2001, parece que fue ayer
GEORGE L. ARGYROS/EMBAJADOR DE ESTADOS UNIDOS EN ESPAÑA El Correo  11 Septiembre 2004

Hoy hace tres años, el mundo fue testigo de un ataque sin precedentes contra el mundo civilizado. Los atentados del 11-S conmocionaron a los hombres y las mujeres de todo el mundo, y acabaron con la vida de ciudadanos de más de noventa países. El recuerdo de estos sucesos impulsa los continuos esfuerzos de EE UU por defender a los estadounidenses y a sus aliados, privando a las organizaciones terroristas de su capacidad para operar y para reclutar a nuevos miembros.

Las imágenes de aquel día permanecen grabadas en la mente de todos los que las vieron. A muchos estadounidenses les sigue pareciendo que el 11-S fue ayer. Aquel día, los secuestradores de Al-Qaida robaron el futuro de casi 3.000 personas inocentes de todo el mundo y destruyeron la vida de sus familiares y amigos. Asesinaron a bebés en brazos de sus madres y a abuelos que volaban para visitar a sus seres queridos. Y ahora, cuando en Manhatan avanzan los planes para construir un monumento en memoria de las víctimas en la Zona Cero, así como una nueva torre de oficinas -de más de 532 metros de altura, como símbolo del año de la independencia de EE UU-, rendimos homenaje a las vidas que se perdieron aquel día en Nueva York, Washington y Pensilvania. Rezamos por sus familias y seres queridos, que siguen luchando contra su pérdida y a los que sólo les quedan los recuerdos.

Que nadie dude que el recuerdo de los que murieron aquel día nos da fuerzas, y que permanecemos vigilantes ante los que siguen intentando hacernos daño a nosotros y a nuestros amigos en todo el mundo.

Los estadounidenses somos muy conscientes de que el terrorismo no fue inventado el 11-S. Demasiados países en todo el mundo han sufrido trágicos atentados durante decenios e incluso siglos. Sin embargo, los atentados del 11-S demostraron que los terroristas de hoy tienen la intención de golpear hasta el límite de sus fuerzas. Durante los últimos tres años, la capacidad de Al-Qaida se ha reducido gracias a la implacable actuación internacional en diferentes frentes: de aplicación de la ley, militar, de inteligencia, diplomático y económico. Pero el deseo de Al-Qaida de matar a gran escala no ha cambiado. Y este peligro aumenta cuando regímenes fuera de la ley fabrican o adquieren armas de destrucción masiva y mantienen vínculos con grupos terroristas.

La tragedia del 11-S fortaleció la determinación de EE UU para afrontar las nuevas amenazas, no ignorarlas o simplemente esperar futuros atentados. En el escenario posterior al 11-S, EE UU trabaja con sus aliados para configurar de nuevo los acuerdos en materia de seguridad nacional e internacional, con el fin de vencer a los terroristas y a los Estados y las organizaciones que les apoyan.

Nuestro objetivo es una paz duradera y democrática en la que las naciones puedan desarrollarse y prosperar libres de la amenaza del terror. Estamos ayudando a construir un futuro esperanzador para personas que han sufrido durante demasiado tiempo. No permitiremos que regiones convulsas permanezcan anegadas en la desesperanza y la violencia.

Ni Al-Qaida ni sus socios ofrecen una visión constructiva del mundo. Su única misión consiste en destruir lo que otros han construido con trabajo duro y compromiso. Por tanto, los esfuerzos internacionales comunes para derrotar a los terroristas sirven para proporcionar la seguridad mundial sobre la cual las naciones libres y en paz puedan acercarse a sus metas de desarrollo social, cultural y económico.

EE UU y sus embajadas en todo el mundo trabajan diariamente para cimentar la paz fomentando el desarrollo de la democracia. Apoyamos la esperanza y el progreso que ofrece la democracia como alternativa a la tiranía y al terror. Simplemente, en las sociedades democráticas y prósperas, los hombres y mujeres no adoptan el asesinato en masa como política nacional; utilizan su corazón y su mente para construir una vida mejor para sí mismos y para sus familias a través de la educación y del trabajo duro. Los gobiernos democráticos no albergan bases terroristas, ni matan a hombres, mujeres y niños inocentes. Al contrario, protegen a sus ciudadanos, empleando sus energías y recursos en fomentar el Estado de derecho, y buscando más oportunidades para el comercio y otros modos de intercambio.

Los trágicos sucesos ocurridos en Rusia la semana pasada y las reacciones en todo el mundo nos recuerdan lo importante que es no culpar a las víctimas del terrorismo de los despreciables actos de los terroristas. Cuando el debate sobre los motivos de los terroristas tiene prioridad sobre la denuncia de sus crimenes, ellos ganan y el resto de nosotros perdemos.

Igual que España ha convencido al mundo con éxito, y con razón, de que ETA es una organización terrorista y no un grupo separatista, debemos trabajar juntos para convencer al mundo de que el terrorismo bajo cualquier apariencia es un crimen contra la Humanidad.

Hoy, los estadounidenses hacemos un alto para recordar junto con los españoles a las víctimas de más de 90 países que fallecieron el 11 de septiembre de 2001, así como a las 190 asesinadas en Madrid el 11 de marzo de este año. Recordamos también a sus amigos y familiares, cuya vida cambió para siempre. Repasamos en nuestra mente las imágenes de aquellos días horrendos, pero también incorporamos imágenes de esperanza. Recordamos el torrente de dolor y solidaridad en todo el mundo -en las plazas de las ciudades, en las embajadas de EE UU, en las calles de Madrid-, semilla de la campaña internacional contra el terrorismo lanzada tras los atentados. Estamos comprometidos con una labor continua junto con la comunidad internacional para que llegue el día en que los mensajes de los terroristas caigan en saco roto, sus bolsillos estén vacíos y sus seguidores les abandonen para aprovechar las oportunidades que existen gracias a aquellos que no quieren destruir, sino construir.

Rusia
Aprendiz de brujo
GEES Libertad Digital 11 Septiembre 2004

El reciente atentado terrorista en Osetia del Norte ha llevado a las autoridades militares y políticas rusas a realizar interesantes declaraciones, que merecen atención y comentario.

Unos y otros han insistido en que los autores de la masacre son parte del terrorismo islamista, la amenaza global, y exigen una clara solidaridad. Tanto la Comisión Europea como la Alianza Atlántica han emitido comunicados expresando su condena, pero gobiernos y ciudadanos se han distanciado, vinculando lo ocurrido con la represión ejercida sobre los chechenos. Los europeos sienten simpatía por un pueblo que desde hace siglos resiste heroicamente el expansionismo imperial ruso en el Cáucaso y no quieren valorar, por interés propio, el componente islamista de su militancia. De hacerlo, tendrían que asumir que allí se había abierto un nuevo frente y que el uso de la violencia estaría justificado, lo que va en contra de sus sentimientos pacifistas y pacificadores. Los rusos están convencidos, desde hace siglos, de que los europeos animan a los pueblos del Cáucaso a levantarse en su contra.

Una actitud nada altruista, pues el objetivo no sería otro que controlar la ruta hacia el Extremo Oriente. Hoy día ya no serían sólo los europeos, sino también los norteamericanos, y el interés por la ruta tendría un componente energético fundamental. La suspicacia rusa no está fundada en el caso checheno, aunque sí en el georgiano. Pero europeos y norteamericanos no tenemos por qué avalar un comportamiento tan salvaje como inútil. El pueblo checheno merece una negociación política para establecer su situación en Rusia, de la misma forma que el combate contra los terroristas requiere de una acción contundente y prolongada.

Las autoridades militares han declarado que realizarán acciones de anticipación, persiguiendo a los terroristas allí donde se encuentren, lo que puede entenderse como disposición a intervenir fuera de su territorio nacional, eliminando a personas que consideren responsables de actos terroristas. Rusia ha condenado acciones de anticipación realizadas por otros países, como Israel. Sin embargo, aunque sin reconocerlo, ellos también las ejecutan. En estos momentos la diplomacia rusa negocia con la qatarí la liberación de dos miembros de su servicio de inteligencia que asesinaron en febrero, mediante un coche bomba, al dirigente checheno Zelimkhan Yandarbiyev. No hay, por lo tanto, novedad pero sí publicidad. Ahora parece que Rusia está dispuesta a asumir su responsabilidad en futuros actos de anticipación.

En Europa el rechazo a este tipo de acción es generalizado, aunque los Estados europeos la utilizan cuando lo consideran oportuno. Es bien conocida la intervención de Lady Thatcher ante los Comunes, a propósito de la eliminación de miembros del IRA en Gibraltar. También lo es la actuación del Gobierno socialista español de Felipe González contra miembros de ETA. En este último caso se producen dos coincidencias con Rusia: el negar la evidencia y el condenarlo cuando son otros los autores, y dos elementos diferenciadores: el grado de incompetencia y la “externalización” de la gestión. No deja de sorprender que un partido político que ha montado un dispositivo como el GAL y que reivindica la trayectoria política de personalidades como Barrionuevo sea tan exquisito y legalista cuando se trata de enjuiciar acciones similares realizadas por otros gobiernos.

El abismo que se ha creado en estos últimos días entre Rusia y los europeos pone de manifiesto la débil cimentación de la alianza antinorteamericana pergeñada por Chirac. Sólo les une el reflejo antihegemónico, pero poco más. Los valores sobre los que descansan sus políticas exteriores son radicalmente distintos.

La reivindicación de la guerra antiterrorista y de las acciones anticipatorias colocan a la política rusa en situación de acercamiento a Estados Unidos y a algunos de sus aliados, como Israel o India. Cabe imaginar que tras las elecciones presidenciales, en noviembre, la nueva Administración norteamericana abrirá un diálogo estratégico con Rusia sobre los fundamentos de la política antiterrorista. No hacerlo sería un grave error, aunque los límites de la aproximación son evidentes. Rusia se queja de que los demás utilizamos el terrorismo islamista para contenerla, pero nadie más que ella practica esta variante de la diplomacia de poder. La lucha contra el terrorismo implica, como recordaba el editorialista del Wall Street Journal, el combate contra los Estados que lo apoyan o fomentan, entre los que se encuentran algunos de los mejores socios de Moscú, como Irán o Siria. Rusia tiene derecho a exigir la solidaridad internacional ante los ataques terroristas que ha sufrido recientemente, pero debe adaptar su política exterior y ser coherente. De otro modo no dejará de ser el aprendiz de brujo que alimenta a su propio enemigo.

GEES, Grupo de Estudios Estratégicos.

Noam Chomsky y el 11-S
El gurú del miedo
Cristina Losada Libertad Digital 11 Septiembre 2004

A los millones de personas que, tras aquella masacre y las posteriores, se han sentido lógicamente atemorizadas, les ha ofrecido un pensamiento cómodo: la manera de acabar con el terrorismo es dejar de luchar contra él He tenido que leer The Anti-Chomsky Reader, un magnífico conjunto de ensayos que reseñó Gorka Etxebarría en la Revista de Libertad Digital, para entender por qué aquel lingüista, viejo conocido de los de mi quinta, ha pasado de su exclusivo reducto en el MIT al ránking de los más buscados en Internet, donde navega en compañía de Letizia Ortiz, El Canto del Loco, El Código da Vinci, las letras de canciones y otros asuntos de pareja trascendencia. Cierto que tal popularidad, chocante en quien se orna con la mitología del perseguido, ya era visible en las librerías desde el 11-S. Chomsky, como un best-sellerista de pro, no paró de sacar al mercado nuevas producciones desde entonces. El filón anti-americano ha resultado muy rentable. Y el profesor estaba preparado para hacer frente a la demanda.

Un mes después de los ataques contra Nueva York y Washington, Chomsky entregó a sus seguidores las tablas de la ley de siempre, gozosamente actualizadas: al fin, las pistolas apuntaban en la otra dirección. Eso era, dijo, lo que hacía del 11-S un punto de inflexión histórico. Habían aparecido unos enemigos de USA y de Occidente con ganas de continuar la misión que sus antiguos amigos, los comunistas dispuestos a fundar “la sociedad nueva” sobre los cadáveres de quienes se opusieran a su diktat, no habían podido llevar a término: la destrucción de los sistemas capitalistas liberales, los grandes enemigos de la Humanidad, en su “visión de ungido”.

Claro que Chomsky no se identifica con el comunismo, dice aborrecer el leninismo y hasta le da no sé qué etiquetarse de izquierdas. Es éste un artificio muy práctico: no hay que dar cuentas por los millones de muertos y de hambrientos que ha producido el mesianismo socialista. La reflexión sobre la barbarie del socialismo se reduce, en esencia, a la clásica: no era en la utopía donde estaba el error, sino en quienes la desvirtuaron al aplicarla.

Pero la razón por la que Chomsky puede figurar en breve hasta entre los guapos más buscados de la Red no reside en el rancio mensaje sobre la maldad del capitalismo, sino en el modo en que su cliché incorporó la amenaza terrorista que, el 11-S, se hizo brutalmente visible. ¿Qué es el terrorismo?, se preguntó ante sus fieles. Y se respondió: “La guerra contra el terrorismo es el verdadero terrorismo”. Así, a los millones de personas que, tras aquella masacre y las posteriores, se han sentido lógicamente atemorizadas, les ha ofrecido un pensamiento cómodo: la manera de acabar con el terrorismo es dejar de luchar contra él.

Chomsky ha vuelto al candelero porque ha conectado con quienes creen que la amenaza terrorista es un invento de USA para dominar el mundo; con quienes piensan que se puede y se debe ”apaciguar” al agresor; con quienes, en otra forma de ceguera voluntaria, transmutan el miedo en culpa, y con los que llevan ésta hasta el extremo y predican la autoaniquilación. Chomsky se ha erigido en el gurú de la era post 11-S gracias al miedo. Es el que ofrece, a modo de fast-food, las justificaciones para disfrazar de rebeldía, de pacifismo o de afán de justicia lo que no es sino servidumbre: la disposición a someterse a la violencia irrestricta del terror.

Una diada patriótica
Editorial La Razón 11 Septiembre 2004

La celebración de la Diada, la fiesta oficial de Cataluña, tendrá este año un carácter más solemne e institucional, aunque se mantendrá la polémica ofrenda floral al monumento en memoria de Rafael Casanova, que era el «conseller en cap» de la ciudad de Barcelona cuando el asalto de las tropas de Felipe V en 1714 para restablecer la legalidad. La imaginería nacionalista ha convertido la sublevación de las elites dirigentes catalanas, que querían preservar sus privilegios y vulneraron su juramento al monarca, como el fin de una Cataluña confederada a España que sólo existió en su imaginación. La exaltación de los radicales en años anteriores llevó a que se insultara, sobre todo, a los dirigentes del PP cuando realizaban la ofrenda floral. El propio presidente de la Generalitat, Pasqual Maragall, cuestionó este modelo de celebración, que no responde ni a la historia ni a la tradición de Cataluña
Finalmente, ha optado por una solución intermedia que tiene el aspecto positivo de disociar la ofrenda floral de los actos institucionales que adquieren una dimensión que era impensable hace unos años.

Ni el Gobierno nacionalista de Pujol hubiera imaginado un acto «patriótico» con un desfile y parada de los Mossos d’Esquadra con el uniforme de gala, actuaciones de la Coral de Sant Jordi, la Polifònica de Puig-reig y el Orfeó Català así como de cantantes como Joan Manuel Serrat, Lluis Llach, Rafael Subirachs y Barbara Hendricks. El momento más solemne será cuando los asistentes interpreten, en el marco histórico del paseo principal del Parc de la Ciutadella, el himno de Cataluña mientras dos Mossos izan la bandera, en un mastil de 11 metros, mientras el resto de la tropa le rinde los honores. En definitiva, una ceremonia destinada a exaltar el patriotismo catalán y con el sello particular de Maragall, que quería una Diada a su medida. Una puesta en escena impecable y un escenario escogido para marcar un antes y un después.

Leedlo, leedlo
José García Domínguez Libertad Digital 11 Septiembre 2004

"Llegiu, llegiu" (leed, leed). Como quien me lo exige de forma imperativa es el presidente de la Generalitat de Cataluña, mi presidente, obedezco. Leeré en voz alta para que los visitantes de este artículo no se aburran durante la espera. Agudicen el oído pues, porque empiezo a recitar: “Comprendo también su eufórico europeísmo de parvenu –¡somos europeos y no sudacas!– que les quita la pesadilla de la decadencia y les provee de la ilusión de participar una vez más en un proyecto unitario, moderno y de primera división”.

Sé que sólo acabo de iniciar mi trabajo pero deberán excusarme, porque ya tengo la lengua seca. Así que, hasta que vuelva de la cocina con el vaso de agua, disponen ustedes de medio minuto para autoanalizarse y reflexionar sobre su ridícula condición de parvenus. Puesto que el texto que les he comenzado a descifrar se refiere a nosotros, los españoles.

Ya estoy aquí de nuevo. Confieso que me falta costumbre de hablar en público, sobre todo ante audiencias tan numerosas y cualificadas como la de Libertad Digital, mas no es el lógico nerviosismo de orador novel lo que ahora me empuja a frotarme las manos compulsivamente ante ustedes. No. Como habrá intuido más de uno, obedezco órdenes de Maragall; se las traduzco, por si alguien no me cree: “Freguémonos las manos esperando las reacciones que este libro va a provocar”. Si han escuchado bien lo que acabo de decir, sabrán ser indulgentes con tan zafia conducta.

Bueno, continúo: “Ya que en España hay un respeto reverencial hacia lo que es oficial (es decir, estatal), la única manera para que finalmente respeten nuestra lengua y nuestra cultura es convertirlas en la lengua y la cultura de un país oficial e independiente”. Perdón por esta nueva interrupción, pero esa tos repentina del señor Rodríguez me ha desconcentrado… Si me lo permiten, prosigo: “Nosotros no nos tenemos que enredar con las palabras. ¿Soberanía?: llamadlo como queráis. ¿Método?: poco a poco. ¿Nombre?: cualquiera, aunque fuese Autoridad Catalana (tal como se dice todavía Autoridad Palestina), o quizás invertir el eslogan chino en Hong Kong: Un sistema, dos naciones”.

Comprendo, tal como me acaban de gritar algunos visitantes de nuestra web, que lo que acabo de pronunciar pueda parecer cómico a algunos; no obstante, sepan que el señor Montilla, aquí presente, no es de su opinión, y me ruega que prosiga. Con el permiso de todos, lo intentaré. Vamos allá: “Ganar en la lucha es saber absorber la energía del otro. Para pelearse –añadía Hegel– es preciso comenzar por abrazarse”… Como don Francisco Vázquez no deja de hacer ruido moviéndose en su silla, iré concluyendo. Vaya, me he perdido. Discúlpenme una vez más. Ah, sí, aquí está el punto. Leo: “¿Y no es eso, al fin y al cabo, lo que reclaman los zapatistas en Chiapas? Es decir, que sea reconocida su propia organización política con el derecho a intervenir en cualquier legislación federal que afecte a su territorio”.

Abusando de su paciencia, concédanme únicamente un segundo más. El president me indica que no calle antes de gritarles muy alto esta frase suya que también aparece en el libro de su amigo: "Independicémonos y entenderán que somos una nación, por fin. Ironía mortífera. Tremendamente efectiva para conseguir lo que yo quiero conseguir y Xavier Rubert ya da por imposible: convencer a España de su miopía"... De nada, señor, para eso estamos.

(Los entrecomillados proceden del prólogo de Pasqual Maragall al libro de Xavier Rubert de Ventós Catalunya: de la identitat a la independencia, editorial Empúries, Barcelona, 1999).

MARAGALL MIRA AL SUR
Por César Alonso DE LOS RÍOS ABC 11 Septiembre 2004

ANTONI Tàpies conoció Andalucía en 1991. Muy mayor ya para sentir esa íntima sacudida que produce la «indecisa frontera» de Granada, de la que habló D´Ors. Es difícil entender en un artista tan tardío conocimiento del Sur si no es porque los catalanes están educados para mirar hacia el norte, pasar a Perpiñán, buscar las aguas del Ródano y el rastro de una lejana región transpirenaica que les permita escapar del destino ibérico. Montserrat Roig coincidía con Chávarri en que ambos había descubierto el espíritu del Sur en la chacha de casa. Como si no hubieran leído a Juan Ramón o a Cernuda. Como si no hubieran mamado la aportación del Sur en el modernismo neomudéjar, en lo mejor de Gaudí.

No sé cuándo Pasqual Maragall conoció Andalucía. Desde luego mucho más joven que Tàpies. Supongo que alguno de los amigos del FLP, Alfonso Carlos Comín por ejemplo, le animaría a bajar algún verano. O quizá le motivó la lectura de «Campos de Níjar» por aquello del subdesarrollo (qué discurso tan obsoleto visto desde hoy, qué forma de convertir en eternas cuestiones coyunturales, qué audacia para construir teorías antropológicas).

El hecho es que hoy el president catalán está obsesionado con el Sur y no por el clamor de las pinturas de Carmen Lafón, sino porque lo necesita para sacar adelante su proyecto político. Sabe que éste no será posible sin la contribución del socialismo andaluz. Necesita que los chicos de Chaves se crean la monserga del nacionalismo andaluz, que el gran vivero de votos de izquierda, el feudo socialista, se crean la cuarta nación española, destacada del «resto»... Maragall, al igual que los catalanistas clásicos, desprecia la aportación de Galicia al proyecto Galeuska, y teme el endiablado nacionalismo vasco. ¡Otra cosa sería si los andaluces llegaran a sentirse nación con todos los derechos...!

MARAGALL reconoce que el padre refundador del nacionalismo catalán ha sido Pujol, pero que ese ha sido su límite, en buena medida provinciano, decimonónico, pequeño burgués, poco ambicioso. Lo suyo, en cambio, es otra cosa. Es el sueño ambicioso de lo regional-europeo por el norte y con el apoyo y la comprensión del Sur. Con la solidaridad de los socialistas andaluces ni siquiera le preocuparía la competencia de Valencia y su oposición al pancatalanismo. ¡Ah, si Andalucía le acompañara en ese viaje fantasioso del nacionalismo, si él consiguiera comunicar al espeso Chaves lo que supone el don de la ebriedad nacional...! Alguna vez ha podido advertir un brillo -quizá más de ambición que imaginativo- en la mirada de Chaves cuando le ha hablado de estas cosas. En realidad al presidente andaluz lo que le preocupa es cómo casar el proyecto de Maragall con el suyo y de esta manera asegurar la hegemonía socialista por los siglos de los siglos...

PASQUAL Maragall ha conseguido poner a un charnego al frente del partido catalán y convertirlo en puente con Madrid. ¿Por qué no atraer a Chaves al proyecto confederal? De momento los socialistas andaluces van a lanzarse a la modificación del Estatuto y, de momento, han puesto en su sitio al «cómico» Ibarra...

Por vez primera un político catalán olvida el Ródano, las claves medievales, Perpiñán... y mira al Sur, las campiñas del Sur, la ebriedad que da el Sur. Sólo falta que Chaves se lo crea. Todo depende de encontrar algún poro por el que penetrar en la inmensa, rotunda, pétrea frente de Chaves...

La burla de la sonrisa
Ignacio Villa Libertad Digital 11 Septiembre 2004

La polémica que se ha suscitado en Cataluña con la "Diada" y la ausencia de las banderas de España en los edificios oficiales es un eslabón más de la cadena que el tripartito catalán está elaborando de forma sistemática. Es un ejemplo gráfico y determinante de la política de exclusión que se vive y se transmite en la gestión del Gobierno catalán. En estos detalles –que no son anecdóticos– es donde realmente se manifiestan las intenciones de unos gobernantes. Apuestan por lo que apuestan, lo hacen a cualquier precio y no les importa renunciar a lo que sea.

El Ejecutivo de Pascual Maragall ha soltado amarras desde hace mucho tiempo de cualquier mínimo entendimiento con el Gobierno central. Es más, se ríen de lo que se dice o se pide desde Moncloa. La vicepresidenta del Gobierno ha pedido a Maragall que se coloquen las banderas españolas en la fiesta de la Diada. La respuesta la hemos encontrado desde Esquerra Republicana, que ha dicho que "nadie coloca en su casa la bandera del enemigo". ¿Alguien necesita alguna explicación más? Con esta contundencia todo queda mucho más claro. El tripartito catalán está donde está, y esa estrategia medida tiene un objetivo: chupar al máximo del Estado a cambio de hacer después lo que le venga en gana. Y mientras, desde Madrid, el Gobierno ZP observa, sonríe y es incapaz de reconducir una situación que se le ha ido de las manos.

Ante esta grave situación de falta de autoridad institucional no se entienden las dulces palabras de algunos líderes del PP catalán. Y es que no tiene mucho sentido que, desde un centrismo melifluo y azucarado, se intente mantener una posición de equidistancia en esta polémica. En el PP catalán hay voces que piden más rotundidad y una condena más clara a esta inexplicable crisis de poder. Esas voces no pueden quedar eclipsadas por una estrategia vaga, amplia y sin identidad. Los populares catalanes no viven una situación fácil en Cataluña, de acuerdo, pero al mismo tiempo no pueden renunciar tan fácilmente a su identidad. Si se quedan en tierra de nadie se los llevará la corriente, como ya ha ocurrido con el Gobierno Zapatero, que detrás de tanta sonrisa esconde una preocupante imposibilidad de gobernar.

RODRÍGUEZ IBARRA
Por Juan Manuel DE PRADA ABC 11 Septiembre 2004

«NO he de callar, por más que con el dedo, / ya tocando la boca, o ya la frente / silencio avises, o amenaces miedo. // ¿No ha de haber un espíritu valiente? / ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? / ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?». Así comenzaba Quevedo una epístola censoria dirigida a Olivares, que nunca le perdonaría su rebeldía. El espíritu valiente de nuestra época se llama Juan Carlos Rodríguez Ibarra, que aún se atreve a decir lo que siente, para revuelo y escándalo de esa junta de truhanes que chalanean en el río revuelto de la política. Nos hemos habituado a un lenguaje pálido, melifluo, ambivalente, en el que las palabras amagan y se esconden, disfrazan su intención y lanzan su zarpazo arteramente, entre una nube de eufemismos y circunloquios. Nos hemos habituado, también, a una política de componenda y cambalache, en la que se trata de contentar a tirios y troyanos, para regocijo de los ventajistas que sacan provecho de la debilidad ajena. Entonces llega Rodríguez Ibarra y suelta sus verdades como puños que golpean a los pillos cuando ya se las prometían muy felices, engolfados en sus enjuagues y rapiñas.

El negociador de Perpiñán, refiriéndose a Rodríguez Ibarra, ha afirmado que «ningún partido serio le da la más mínima credibilidad que, por no tenerla, no la tiene ni en su partido». Y uno de sus conmilitones, lugarteniente de Maragall, ha apostillado que Rodríguez Ibarra le aburre, le asquea, le cansa y le empalaga. Frente a denuestos tan contundentes, sorprende la tibieza de Zapatero, para quien «el compañero Juan Carlos se expresa en ocasiones con mucha convicción y pasión; unas veces lo hace de una manera afortunada y otras de manera menos afortunada». A esta defensa más bien remolona de Zapatero se han sumado los tácitos desdenes de Maragall y las reconvenciones de otros socialistas como Patxi López, que reprocha a Rodríguez Ibarra haberse dejado arrastrar por su «personaje». Así, las declaraciones del extremeño quedan caracterizadas como el berrinche de un paleto incapaz de penetrar el intríngulis de la política de altos vuelos, incapaz de nadar y guardar la ropa en ese mejunje de nacionalidades históricas, eurorregiones y estados asociados que componen la «España plural».

El espectador desavisado corre el riesgo de creer que Ibarra es algo así como un energúmeno que desbarata con sus intervenciones intempestivas la política contemporizadora de Zapatero. Habría, en primer lugar, que refutar esa imagen rústica y abrupta con que se suele caricaturizar a Ibarra, pues, en contra de lo que muchos piensan, es uno de nuestros políticos más cultivados. También convendría aclarar que su incontinencia verbal, que tanto molesta a sus compañeros de partido, no nace de la calentura o la impremeditación: Ibarra dice lo que piensa, pero eso no significa que no piense lo que dice; su sinceridad -nunca me he tropezado con un político tan sincero y sin doblez-, tan rechinante en una época que ha entronizado la ambigüedad y el sofisma, puede resultar casi obscena, pero eso no significa que esté dictada por el arrebato. Y, en fin, habría que subrayar que en su desconfianza del nacionalismo no subyace ninguna concepción anquilosada o reaccionaria de España: simplemente, considera con muy buen juicio que el socialismo es incompatible con las veleidades nacionalistas, pues entiende que el ímpetu de justicia social que caracteriza su ideología no admite la interferencia de quienes barren para su casa.

Para mí no hay espíritu más valiente que el de este extremoso extremeño que dice lo que siente. Sólo lamentaría que, a fuerza de avisarle silencio o amenazarle miedo, terminen acallándolo, u obligándolo a entonar la palinodia. No hay espectáculo más desmoralizador que el de un hombre agreste reducido a la mansedumbre.

Añoranza
Alfonso Ussía La Razón 11 Septiembre 2004

Definitivamente, echo de menos a monseñor Setién, tan antipático, tan soberbio, tan inhumano, tan duro con el trigo y tan flexible con el hacha y la serpiente. Echo de menos su sinceridad, su nulo sentido de la simulación, su frialdad ante el sufrimiento y la tragedia de las víctimas, su distancia perfectamente medida con sus feligreses no nacionalistas. Setién era lo que era –y como obispo emérito de San Sebastián sigue siendo lo que es–, pero nunca pretendió interpretar el papel del bueno. Puso su privilegiada capacidad intelectual al servicio de la justificación infame y el argumento vil. Y creyó más en Sabino Arana que en Dios, aunque esto no sea otra cosa que un juicio de valor, una opinión personal e intrasferible que muchas personas comparten. Ante Setién se sabía con quién se estaba uno jugando los cuartos. Ha sido, y es, un nacionalista vasco astuto e inteligente, rasgo asombroso el último. Pero vuelvo al principio de mis palabras. Se echa de menos su sinceridad. Lo de ahora es más grave.

Llegó a San Sebastián de Zamora el obispo Uriarte Goricelaya, cercano pariente de la activista batasuna y proetarra Jone Goricelaya. Se trata de un dato, que no de una acusación. Los parentescos se dan y no se buscan. En Zamora dejó un buen recuerdo. Fue un obispo serio, comprensivo, espiritual, abierto y escrupulosamente justo. Creía en Dios, que para un obispo es importante. Pero escondía tras su aparente bondad un secreto angustioso. Que era aún más nacionalista que Setién mientras interpretaba el papel de obispo de todos. Poco a poco, como en la anterior etapa, el obispo de San Sebastián se ha limitado a ejercer de pastor con condiciones. Y equipara a las víctimas con sus asesinos, y el dolor de los familiares de los asesinados con el de las familias de los criminales que cumplen las condenas dictadas por la Justicia de un Estado de Derecho.

Y ahora pide que la política vasca cuente «incluso con los grupos más extremos». ¿Cuáles son los «grupos más extremos» en la política vasca? Sin duda alguna, la ETA y los que, bajo diferentes denominaciones, la amparan, la impulsan, la jalean y la mantienen. Que un obispo exija tal cosa mientras sonríe beatíficamente abre el camino de la náusea más repugnante. Al menos, Setién trataba a las víctimas del terrorismo con absoluto desprecio. Uriarte les dedica sonrisas y palabras de ánimo, pero inmediatamente se reúne con los suyos de verdad, con los familiares de los delincuentes comunes condenados –un etarra es un preso común como un estafador o un atracador de bancos–, y se vuelca en ayudas, consejos y exigencias. No se puede arreglar un problema de terrorismo cuando el presidente de un territorio necesita de sus votos y el señor obispo de la diócesis pide para el entorno de los asesinos plena libertad en sus acciones políticas. Siempre camuflado en una falsa bondad. Jamás me figuré que echaría de menos a monseñor Setién. Setién abofeteaba en el rostro a los justos. Uriarte los hiere en el alma.

Banderas
Julia Navarro El Ideal Gallego 11 Septiembre 2004

No me gustan las banderas. No me gustan porque los hombres se matan en nombre de ellas. En Cataluña el once de septiembre es un día especial, celebran la Diada, y para Esquerra una de las maneras de celebrar la fiesta es que en los edificios oficiales no ondee la bandera española, solo la “senyera”. Los socialistas gobiernan Cataluña, con ayuda de Esquerra y de Iniciativa per Cataluña, de manera que unos y otros han aceptado el envite de Esquerra.

Algunos ayuntamientos regidos por socialistas se han mantenido firmes ante la presión de Esquerra, también en algunos ayuntamientos que como el de Tarragona gobierna conjuntamente PP y CiU. El caso es que para las gentes de Esquerra su bandera es el no va más. De manera que guerrean contra la “otra” bandera.

El problema del nacionalismo es que enfrenta himnos y banderas. Los suyos los defienden con ardor, los del resto los combaten a veces de manera artera. Se puede ser catalán y lucir en la solapa una insignia con la “senyera”, peor póngase usted un pin con la bandera constitucional de española y lo menos que le llaman es “facha”.

En Lérida y Gerona, y lo escribo así porque así se escribe en español, no ondea porque Esquerra ha convencido a sus socios de que sobraba esa bandera. Temo a esos patriotas que denotan los símbolos y enseñas de los otros, y me parece un despropósito que los socialistas catalanes no estén a la altura de la circunstancias y jueguen a la indefinición permanente, diciendo que son catalanistas que eso no es incompatible con “estar” en el Estado Español. Hablan de federalismo, pero no conozco ni un solo Estado federal en que no ondee en todos los actos oficiales la bandera que es común a todos. Insisto en que no me gustan las banderas. Y todo esto sucede en un momento en que de nuevo se está abriendo en canal el modelo territorial. A veces parece que este país no ha evolucionado. Hay quién se empeña en regresar a seiscientos años atrás y acabar con el Estado Moderno. No, definitivamente no me gustan las banderas.

España, siempre España
Cartas al Director ABC 11 Septiembre 2004

Para mí Pasqual Maragall es la personificación de la falsedad y la perfidia separatistas. Durante años, ha venido utilizando el apoyo de los trabajadores españoles de Cataluña (más del ochenta por ciento de los votos del PSC) para hacer política en contra de ellos. Ahora se dispone a repetir la jugada a escala nacional.

Puedo imaginar que en un futuro próximo Zapatero estará rodeado de separatistas por todas partes menos por una, que le unirá a Extremadura. Espero que, llegado el caso, los extremeños, dirigidos por nuestro presidente, estemos a la altura de las circunstancias como españoles y como demócratas, teniendo en cuenta que español es el que defiende a España y demócrata el que defiende la democracia.

Si consentimos que los separatistas aniquilen a España, los españoles habremos sido sus asesinos. Algo que yo, a mis setenta años, no estoy dispuesto a aceptar, pues no tengo alma ni de cobarde, ni de esclavo, ni de traidor.     Ramón Ibero.    Sabadell (Barcelona).

EL PRESIDENTE COMPARTE LA VISIÓN DE LOS POPULARES
El PP extremeño propone a Ibarra un pacto sobre el modelo de estado ante la "amenaza de pillaje"
El presidente del PP de Extremadura ha planteado al presidente extremeño la firma de "un gran pacto" para "caminar juntos" en la defensa de las inversiones estatales previstas para la región y de la pervivencia de un modelo estatal solidario entre las regiones. Carlos Floriano explicó que se trata de dar respuesta a las "hipotecas" que Zapatero tiene contraídas con Maragall.
EFE Libertad Digital  11 Septiembre 2004

El PP de Extremadura comparte "prácticamente en todo" el discurso que pronunció el presidente de la Junta de Extremadura el pasado día 7, en el transcurso del acto institucional del Día de la región. Rodríguez Ibarra afirmó entonces que la región se ofrece para "frenar" el "vendaval de adjetivos" con el que algunas comunidades autónomas pretenden distinguirse del resto y lograr "réditos dinerarios", en referencia a su compañero, el también socialista Pasqual Maragall.

El pacto que ha propuesto Floriano al barón socialista podría incluir "la visión que compartimos de España y de Extremadura, y de Extremadura dentro de España, para evitar así que la amenaza de pillaje que se cierne sobre la región, se convierta en una realidad". Además, el líder regional del PP ha explicado en rueda de prensa en Mérida que se trataría de "unir fuerzas" en defensa de inversiones "garantizadas" por el anterior Gobierno o que no se modifique el modelo de financiación de las comunidades autónomas, una vez que el actual beneficia a las de menor renta, o que si se plantean cambios, que se haga bajo el principio inspirador de la solidaridad.

La firma del acuerdo sería inmediata, antes de que "los Presupuestos Generales del Estado plasmen las hipotecas del Gobierno de Zapatero y nos pudiéramos ver perjudicados en inversiones importantes para la región". Pese a las matizaciones de este jueves del presidente de la Junta, Floriano cree que "en el fondo de la cuestión, Rodríguez Ibarra está de acuerdo con la visión del PP, distinto es que por problemas internos del partido él tenga que decir otras cosas. Pero Ibarra comparte la visión del PP y en este tema él estaría mucho más cómodo en el PP que en el PSOE"

SOBRE TODO EN LAS BILINGÜES
El PP exige al Gobierno que garantice la enseñanza del castellano en todas las comunidades autónomas
El PP quiere que el Gobierno "garantice" la enseñanza de la lengua castellana a todos los alumnos y "en concreto" en aquellas CCAA que tengan también "otra lengua oficial española distinta" de acuerdo con sus estatutos, para asegurar el "pleno dominio" de ambos idiomas al final de la educación secundaria.
EFE Libertad Digital  11 Septiembre 2004

En una proposición no de ley presentada en el Congreso, el Grupo Popular insta al Gobierno a que se establezca "con claridad", tanto en el desarrollo de la normativa básica como en las instrucciones que se dicten por las administraciones educativas autonómicas, las reglas precisas para el cumplimiento de la normativa vigente respecto al tratamiento individual de la lengua castellana.

El objetivo, según el PP, es que sean aplicadas con eficacia y en beneficio de los alumnos por los departamentos de lengua de los centros educativos. Entre otros argumentos, el PP asegura que "algunas" comunidades "no han aplicado" las previsiones de la normativa básica en la enseñanza del castellano, que corresponde al Ministerio de Educación y Ciencia, "ni en el horario ni en el tratamiento" que le corresponde como asignatura diferenciada en la ESO.

"Este hecho -prosigue-, además de desoír una normativa emanada de las Cortes Generales, causa una desigualdad evidente y un grave perjuicio a la formación de alumnos". En este sentido, el PP recuerda la norma vigente de 5 horas semanales de lengua castellana en el primer ciclo y 4 horas semanales en el resto; y una media de 4 horas semanales en educación secundaria.

UN CUARTO DE SIGLO
ABC (Cataluña ) XAVIER PERICAY 11 Septiembre 2004

¿Qué hacer en fecha tan señalada? ¿Comentar la actualidad, o ponerme trascendente y entregarme a una meditación sobre el futuro? Les confieso que tenía mis dudas. Pero, tras leer el artículo de un colega que ha aprovechado la circunstancia para expresar su anhelo de que el 11 de septiembre de 2014 -o sea, tal día como hoy, pero dentro de diez años- pueda plantearse como «la fiesta de la nueva independencia», me he inclinado por la segunda opción. Eso sí, mi futuro no da para tanto. Ni mi anhelo. Yo voy a situarme, si les parece, en el año 2005, es decir, en el próximo. ¿Por qué? Por algo muy sencillo. Porque el 20 de marzo de 2005 va a cumplirse un cuarto de siglo de las primeras elecciones autonómicas catalanas después de la guerra civil, las que dieron el primer triunfo a Jordi Pujol. Lo cual merece sin duda un recordatorio. No por lo que significó la fecha, que también: lo merece porque van a ser 25 años de nacionalismo gobernando.

Yo no sé qué edad tiene usted, querido lector, pero si tiene poco más o menos la mía -47 años- le habrá tocado en suerte una buena tajada de dictadura y un cacho aún mayor de democracia. Sólo que la segunda parte del pastel es muy probable que a los cinco años se le empezara a indigestar, en tanto que ciudadano que vivía y trabajaba
en Cataluña. Eso en el supuesto de que no sea usted nacionalista, que entonces, qué duda cabe, se habrá pegado un buen atracón. ¡Y lo que le queda! Claro que también podría ocurrir que usted, querido lector, tenga bastantes más años que los que yo arrastro, y ello le haya llevado a vivir la dictadura entera, y hasta la guerra también, e incluso la República. En tal caso, es muy posible que esos 25 años de autogobierno los vea usted, por así decirlo, desde la barrera, harto de andar esquivando al toro, y que, en el fondo, qué quiere, ya le esté bien lo que hay. ¡Con tal de que la cosa no empeore!

Y aún podría ocurrir, querido lector, que usted no haya vivido más que este cuarto de siglo que el año que viene conmemoraremos, y no conozca, por lo tanto, otro régimen que el autonómico y otra autonomía que la catalana. Si es así, permítame decirle que le envidio. Primero por lo que se ha ahorrado. Y luego por la edad.

Cuidado: no vaya usted a pensar que soy de los irresponsables que creen que la juventud todo lo puede y que quién los tuviera. En absoluto. A usted le queda todavía bastante para empezar a ser feliz: lo que tarde seguramente en dejar de ser joven. No; si yo le envidio por la edad, créame, es por otras razones. Mejor: por una sola, muy simple. Porque usted aún tiene tiempo, lo que no vale para mí y los de mi edad, que podríamos ser sus padres, ni para todos
aquellos que podrían ser los padres de sus padres. Y este tiempo del que usted todavía dispone le puede servir, con un poco de suerte, para ver algo distinto por estos lares.

Para ver, por ejemplo, como un buen día aparece en Cataluña una especie de movimiento de opinión, incluso, por qué no, un nuevo partido político, decidido a romper para siempre con las secuelas del franquismo, y, de forma
especial, con la secuela mayor, la que ha convertido esta tierra en una ciénaga inmoral; es decir, con el antifranquismo. Un movimiento o partido que debería tener muy claro, si en verdad quiere lograr sus propósitos, que la democracia no es sólo sufragio universal, sino también, y sobre todo, soberanía individual, y que cualquier
forma de nacionalismo, de suplantación de esta soberanía por unos supuestos derechos colectivos, ha de ser combatida, sin piedad, con la palabra y con el voto. Todo esto, querido joven lector, puede que usted lo vea algún día. Pero tenga por seguro que este día no va a llegar por sus propios pasos. Quiero decir que usted deberá poner
algo de su parte. Usted y los que son como usted, en edad y en pensamiento. Y no le consuele saber que los demás llevamos, como mínimo, un cuarto de siglo fracasando.

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