AGLI

Recortes de Prensa     Lunes 13 Septiembre 2004

SIGUE EL ESPECTÁCULO
GERMÁN YANKE ABC 13 Septiembre 2004

O cómplices o héroes
Iñaki Ezkerra La Razón 13 Septiembre 2004

Imagen deplorable
Luis GONZÁLEZ SEARA La Razón 13 Septiembre 2004

UN GRUMETE AL TIMÓN
Jaime CAMPMANY ABC 13 Septiembre 2004

El PSOE se beneficia de un PP marginal
Carlos Dávila La Razón 13 Septiembre 2004

LA INCIERTA APUESTA DEL SOCIALISMO VASCO
Editorial ABC 13 Septiembre 2004

¿BIGAMIA ORGANIZADA
ÁLVARO DELGADO-GAL ABC 13 Septiembre 2004

EL OMBLIGO DE CATALUÑA
Jorge TRIAS SAGNIER ABC 13 Septiembre 2004

¿Inoportunas e imprudentes o necias y perversas
GEES Libertad Digital 13 Septiembre 2004

Dios los mató
Gabriel Albiac La Razón 13 Septiembre 2004

Sin escolta
Matías Antolín La Razón 13 Septiembre 2004

A cacarear
David Gistau La Razón 13 Septiembre 2004

Al conjuro del pasado
JAVIER ZARZALEJOS El Correo 13 Septiembre 2004

Zapatero, a tus zapatos
Lorenzo Contreras Estrella Digital 13 Septiembre 2004

La Diada en la prensa
Agapito Maestre Libertad Digital 13 Septiembre 2004

Un botón de muestra
Juan Carlos Girauta Libertad Digital 13 Septiembre 2004

La manifestación de ERC
Cartas al Director ABC 13 Septiembre 2004
 


SIGUE EL ESPECTÁCULO
GERMÁN YANKE ABC 13 Septiembre 2004

Se levanta el telón y comienza la zarabanda. Y si se pretende ocultar entre bambalinas la trama un tanto esperpéntica de esta representación, siempre hay alguien que mueve las telas y se contempla de nuevo el espectáculo. Maragall ensaya su danza entre el federalismo asimétrico y la sustitución del nacionalismo tradicional por el suyo intercalando el paso a tres del poder económico. Responde Rodríguez Ibarra con el producto de su caldero populista. Replica Montilla con una burla. El ministro Bono se muestra entonces como actor de carácter y reniega del chiste. Allí, al fondo, el alcalde Vázquez pretende teorizar sobre la nación democrática pero, me temo, hay demasiado ruido. En el País Vasco, mientras, como música de fondo, se quiere convivir con el tigre dándole carnaza, como si la cohabitación con el nacionalismo fuera más importante que la ciudadanía misma y la igualdad en el seno del Estado de Derecho.

No es nueva la tensión en el socialismo español entre los purés nacionalistas y la concepción de la nación democrática, al menos desde los prolegómenos del Congreso de 1918 en el que se apuesta por una «Confederación Republicana de Nacionalidades Ibéricas». Ni son una cuestión de estas semanas las contradicciones de sus principales líderes: precisamente en el Congreso del PSOE en el que fue elegido secretario general José Luis Rodríguez Zapatero, las actas revelan la preocupación por las voces distantes y las «posiciones ambiguas» en esta materia.

Lo novedoso, me parece, es que ahora unos y otros tratan de convencer a los ciudadanos que todos dicen lo mismo. Se contradicen pero sostienen que la doctrina es común. Se burlan unos de otros, pero están en el mismo equipo. Están en las antípodas y, al mismo tiempo, en el mismo lugar. Se quejan de los abusos pero, si hay oportunidad, se reparten el botín. No hay sino que hojear los periódicos recientes para constatar que, entre Bono y López, o entre Montilla y Rodríguez Ibarra no hay un debate serio sobre la cuestión nacional (que se llama, con un eufemismo insoportable al que el Partido Popular también se suma, «cuestión territorial»), sino la manifestación de una impotencia: no se está de acuerdo, se perora sobre esto y aquello, y hay que terminar diciendo que todos están en lo mismo. Ni hay coherencia ni verdadera controversia intelectual. El caldo es espeso e indigerible.

Pero no es el mayor problema la imposibilidad de que el PSOE, con cierto fundamento, reconozca y proponga a los españoles un concepto claro y democrático de la nación española. La quiebra más importante es que los socialistas españoles de ahora, unos y otros, en esto sí que parecen coincidir, no pretenden convenir en esta cuestión con sus adversarios de la derecha. Mientras se constata que no todo el PSOE tiene la misma actitud ante los nacionalismos étnicos y su entraña —la destrucción de la ciudadanía—, el único elemento denominador común es el empeño, poco estructurado y peor explicado, de sumergir la nación democrática, la que ha presidido la política española de los últimos años, en las aguas tenebrosas de lo «rancio», lo reaccionario o, simplemente, el franquismo centralista.

La falsificación es pavorosa porque la nación de los nacionalismos, aquella con la que quieren consensuar el futuro discutiendo entre si, es decir, aquella en la que la ciudadanía no es su basamento, es la que ciertamente se asemeja a la del franquismo. Sigan discutiendo, manténgase la zarabanda, echen humo, aceleren la historia natural del desastre.

O cómplices o héroes
Iñaki Ezkerra La Razón 13 Septiembre 2004

Parece que los presos de ETA no van a poder matricularse en la Universidad del País Vasco para este septiempre por dificultades técnicas en la elaboración del convenio pero si se sigue trabajando en éste y se cumple en un año el deseo de Mercedes Gallizo, directora de Instituciones Penitenciarias –deseo que escandalosamente no ha sido replicado por ningún cargo socialista salvo el conocido caso de la concejala Gotzone Mora– la democracia española habrá dado un imperdonable paso atrás en la lucha antiterrorista. El tiempo lo demostrará, pero no podrá decirse que algunos no hicimos cuanto estuvo en nuestra mano por evitarlo. Ahí están las peticiones expresas del Foro Ermua y la AVT que se reunirá con Gallizo en los próximos días. Ahí están las voces que las antecedieron y las han sucedido. Y ahí están los silencios. Ni Rodríguez Ibarra ni Bono, que son los que ponen la nota disidente en ese partido de vez en cuando, han echado un cable en este asunto ni se han pronunciado contra ese error que cuestiona directamente el Pacto por las Libertades y que supone volver a poner a los profesores de esa universidad –amenazados o no por ETA– en el dilema de convertirse en héroes o cómplices del terrorismo.

Heroísmo o complicidad. Esta es la cuestión, la verdadera dimensión de la gravedad del problema. ETA tiene diseñada una estrategia «académica» que consiste en obtener licenciaturas de manera gratuita y en colocar a su gente en la universidad para ampliar así su entramado de apoyo social e institucional. No hay que tener mucha imaginación para reparar en lo que supone para un ciudadano normal oponerse a una estrategia terrorista, atreverse a endilgarle un suspenso a un asesino que se vanagloria de sus crímenes y que tiene detrás a una banda armada. Un Estado de Derecho no puede permitirse poner a sus ciudadanos en la dramática situación de tener que elegir entre ser héroes o cómplices de los asesinos. Una verdadera democracia es ésa en la que no hay que ser un héroe para actuar y expresarse libremente. Una sociedad normal es aquélla en la que no hay que tener un valor a prueba de bomba (uso la palabra bomba no en el sentido figurado sino en el literal) para calificar con honestidad a un alumno y suspenderle si no se presenta a un examen.

Esto es lo que seguía sin comprender Mercedes Gallizo cuando «tranquilizaba» a los presos de ETA asegurándoles que haría lo posible para que se matricularan en este curso. ¿A quién debe tranquilizar un Gobierno, a los asesinos o a sus víctimas? ¿Cómo es posible que este Gobierno y sus cargos de confianza no puedan entender algo tan obvio? ¿Cómo no ha habido todavía ninguna voz oficial que tranquilice no sólo a los profesores universitarios sino a la propia sociedad a la que le afecta ese regreso de ETA a las aulas? ¿Con quién ha pactado el Gobierno de Zapatero ese regreso? ¿Con el PNV o con ETA directamente? ¿Por qué luego ese Gobierno se sorprende de que se conceda alguna credibilidad a Arzalluz cuando le acusa de estar en conversaciones con la banda? ¿No sería lógico que el PSOE mostrara su indignación al PNV por las «mentiras» de su líder más carismático en vez de seguir perseverando, como si nada hubiese pasado, en su política de acercamiento al PNV? ¿Tan sólidos son esos pactos del Gobierno con el nacionalismo que sólo cabe asumir con resignación este nuevo y «legalizado» asalto de ETA al claustro que se está planeando y sólo sirve a la estrategia nacionalista de eliminar al adversario político?

He dicho que el regreso de ETA a la universidad vasca afecta tanto al profesorado que está formalmente amenazado como al que no lo está todavía. Y es que se ha querido desde el PSOE hacer una lectura falsa del problema al reducirlo a las presiones, los insultos, las bravuconadas y la propia violencia física que han sufrido determinados profesores por su relación con el movimiento cívico. Pero hay que dejar claro que ése es un problema añadido al otro, a la intolerable amenaza que supone para el docente menos comprometido el mero hecho de negarse a aprobar a un criminal que no lo merece. Y hay que decir también que en esa amenaza sobre un profesor anónimo que no se destaca por enfrentarse a ETA ni por pertenecer a ningún grupo cívico reside sobre todo el problema. También ese profesor es una víctima aunque guarde silencio, aunque obedezca al chantaje y no lo denuncie en ninguna plataforma. Y es víctima por eso mismo, tanto por sufrir la amenaza como por carecer de heroísmo para denunciarla ante una sociedad y un Gobierno que le han puesto en esa situación y le dejan solo.Es hora de decirlo, sí, aunque sea incómodo.

Si el PSOE reincide en este error es porque en ese partido aún no se ha hecho una revisión crítica de la «epoca Jáuregui» de la cual procede esa lacra como otras. Imaginen a ese mismo profesor indefenso en los años «esperanzadores» de los Gobiernos Ardanza en los que denunciar este dramático dilema de «complicidad o heroísmo» era traicionar las expectativas de la normalización vasca, sabotear el intento de entendimiento con los nacionalistas, poner palos en las ruedas de la gran oportunidad que tenía el País Vasco de abandonar la violencia y la crispación. Imaginen la ilusión que le hará a ese profesor que, después de ser víctima de la desprotección por parte de los suyos, se abra ahora la posibilidad de revisar las huellas de su humillación y su miedo.

Algunos inexplicables silencios y resistencias del presente tienen su explicación en esa situación del pasado. Hay héroes de hoy que no lo fueron ayer. A veces el cómplice y el héroe coinciden en la misma persona. Cosas de la naturaleza humana. Por esa razón, porque nada de los humanos –ni de los divinos– nos es ajeno, hagamos borrón y cuenta nueva, corramos un «estúpido» velo si es preciso para que ETA no vuelva a la universidad vasca. Todo menos poner como solución los polvos de Jáuregui que trajeron estos lodos.

Imagen deplorable
Luis GONZÁLEZ SEARA La Razón 13 Septiembre 2004

Para no caer en la resignación de la queja y el lamento, a la manera del canto a la «triste España sin ventura», que decía ya Juan de la Encina, empieza a ser una obligación cívica hacer ver al gobierno y su partido que la imagen exterior de España está siendo deplorable y va en aumento.

Las últimas y penosas declaraciones del presidente del gobierno en Túnez indican una absoluta falta de norte en la política exterior española y una ligereza imperdonable en el máximo representante de un país serio. Es una insolidaridad flagrante y una falta del menor tacto político pedir la retirada de las tropas de Iraq por parte de los países que están colaborando en el intento de reconstruirlo y democratizarlo, en el preciso momento en que los terroristas islámicos mantienen secuestradas dos periodistas franceses y dos cooperantes italianas, y cuando ese mismo terrorismo acaba de masacrar centenares de niños y personas de la más varia condición en el Cáucaso y en Indonesia.

Dice Zapatero que él da ese consejo para «abrir una expectativa favorable», no se sabe para qué ni para quien. La expectativa favorable que tenían los terroristas que perpetraron en Madrid el atentado del 11-M era influir en las elecciones y echar al gobierno de Aznar. Lo consiguieron, Zapatero llegó al poder y retiró con precipitación y desconcierto las tropas españolas que estaban en Iraq, no en una misión bélica contra nadie, sino en una labor de ayuda a la reconstrucción, junto con otros muchos países, que allí siguen. Zapatero y el PSOE repiten que esa retirada de las tropas era un compromiso electoral.

Aunque así fuese, nada obligaba a salir se allí corriendo, incumpliendo la promesa de esperar hasta el 30 de junio la adopción de una resolución de Naciones Unidas que avalara la participación de las tropas. Fue una retirada precipitada, muy poco honorable para nuestras tropas, que tuvieron que sufrir la humillación de los cacareos y huevos de gallina que le inflingieron los soldados de otros países europeos y sudamericanos, y que extendió por todo el mundo la imagen de un país errático y poco responsable, que no cumple sus compromisos internacionales y que cede al chantaje del terrorismo.

Lo cual no tiene nada que ver con estar en contra de la guerra de Iraq o criticar la desastrosa política de Bush. España pasó el siglo veinte alejada de los grandes conflictos y los grandes debates de los europeos, aunque tuviera su personal calvario guerracivilista. Ahora, cuando empezaba a tener una participación notable y un cierto peso exterior, llega la retirada extemporánea de Iraq y la vuelta al recelo, cuando no al descrédito, que sólo una obsesión antiamericanista ciega puede ocultar. Lo curioso del asunto es que Zapatero ha dicho a los embajadores de España en todo el mundo, a los que convocó a un cónclave en Madrid, que una de las prioridades de su política exterior es la de crear una relación sólida con Estados Unidos. Con lo cual, la salida de tono de los «intempestivos consejos» de Túnez resulta absolutamente esperpéntica y peligrosa para el futuro, tanto si gana Bush, como si gana Kerry.

UN GRUMETE AL TIMÓN
Por Jaime CAMPMANY ABC 13 Septiembre 2004

SEÑORES pasajeros: el trasatlántico está gobernado por un grumete. Navegamos con un párvulo dando las órdenes desde el puente de mando. Lo más compasivo que se puede decir de Rodríguez Zapatero en este mal trance es que es un párvulo, un novato, un pipiolo o un pardillo. Ninguno de estos adjetivos los escribo con intención de desdén, ni mucho menos de improperio, sino todo lo contrario, como disculpa o como misericordia.

Ni al demonio se le ocurre irse a Túnez, el país islámico del fez y la palmera, para pedir a los países del mundo occidental que se lleven las tropas de Iraq. Y además, Zapatero ha hecho esa invitación inamistosa y hostil hacia Norteamérica en vísperas de la conmemoración de aquel terrible 11-S, cuando el fanatismo del Islam declaró la guerra al Occidente. Vamos, que Zapatero se baja al moro para pedir desde allí a las naciones occidentales que aíslen y dejen sola a Norteamérica en Iraq, que se pasen por el arco de triunfo las resoluciones de la ONU, y encima lo hace un 11 de septiembre, a medio año de la masacre del 11 de marzo, a pocos días de la monstruosa matanza de Chechenia y a pocas horas del bestial atentado de Yakarta. Vayan enterándose ustedes, señores pasajeros, en qué manos está el timón del trasatlántico en el que viajamos los españoles.

Naturalmente, Norteamérica ha tardado poco en pedir explicaciones a España, que no satisfecha con retirar sus tropas de Iraq, donde todavía se combate contra bandadas de terroristas, incita desde un micrófono tunecino a que todos imiten esa deserción. Y menos mal que USA no invitó a las provincias del Imperio a dejar vacías las playas, las solanas y las ciudades monumentales de España. La Embajada americana en Madrid estaría tan sorprendida como irritada con el petardazo de Zapatero. Fray Moratinos había tenido la precaución de estar de viaje. Y allá que se fue su segundo de a bordo, ese señor llamado Bernardino León (hay que reconocer que tiene un apellido poco adecuado para esos menesteres), secretario de Estado o similar, a dar no sabemos cuáles explicaciones, escondidas por españoles y tunecinos en un «no coment» implícito de ambos.

Explicaron solamente al final de la entrevista del secretario de Estado celtíbero y el encargado de Negocios yanqui que el Gobierno español mostraba al de USA sus sinceras condolencias por las víctimas del 11-S. Hombre, claro, el azorado apagafuegos diplomático de Celtiberia no iba a decir en la Embajada del Imperio que las víctimas de las Torres Gemelas, pues que se fastidien, y además que les estaba empleado por capitalistas, por ricos, por prepotentes y por haber votado a Bush.

Es alarmante que Zapatero diga esas cosas y organice esos bochinches, que ya veremos donde nos llevan. Pero es que además consiente a sus aliados declarar que quieren divorciarse de España y que destierren su bandera; no sólo sus aliados, sino sus propios correligionarios, elegidos en un partido cuyo timón se supone que también lo mueven sus manos. Y al final, paga a ese precio los votos para seguir gobernando un trasatlántico sin haber pasado de grumete. A ver, telegrafista: lance un S.O.S.

El PSOE se beneficia de un PP marginal
Carlos Dávila La Razón 13 Septiembre 2004

¡Gran falta le hacía al PP la entrevista de Rajoy en La Razón! El peor gobierno democrático que haya tenido nunca España, estaba caminando de rositas, sin oposición aparente, hasta que, menos mal, el secretario general del PP, decidió fajarse con la realidad y propinar un durísimo repaso a este deplorable Ejecutivo que hasta cuando reflexiona, se equivoca.

El apocamiento del PP empezaba a ser conversación común en los círculos del centroderecha español: desde los políticos, hasta los empresariales, en los que habitan muchos profesionales representados por la opinión de uno de ellos que, hace sólo unos días, se manifestaba así: «Estamos asombrados ante la ausencia pública del PP».
La pusilanimidad popular era –esperemos que ya no sea– imputación de curso corriente en la defensa de una de las señas de identidad del propio partido: José María Aznar. De modo casi vergonzante, los responsables (en el sentido más peyorativo) de comunicación del PP, filtraron esta semana la designación honorífica del mejor presidente que haya tenido nunca nuestra democracia, con un rebato de vergüenza, como cumpliendo un penoso deber sobre el que no querían discusión. Nadie en el enorme entramado social que apoya a este partido, entiende la blandura de pitimímí que se utiliza para defender a Jose María Aznar de los achuchones desconsiderados del Partido Socialista, y nadie, menos aún, comprende que la dirección nacional del PP, no patrocine la comparecencia del ex-jefe de Gobierno en la Comisión parlamentaria que investiga la matanza del 11 de marzo.

Decía ayer Rajoy en este periódico que «tenemos que estar más atentos a ver lo que pasa, a ver lo que está ocurriendo». La actitud es, de verdad, todo un programa de oposición que hasta ahora brillaba por su absoluta ausencia.

Los socialistas, apoyados por sus socios de todo pelaje, desde los independentistas barreneros de España, hasta los comunistas con telarañas, han dado en una sola semana muestras más que suficientes de su horrorosa incompetencia, de su enorme frivolidad. ZP, el de la vacua sonrisa estilo Netol, se ha desdicho de su voto expreso a la presencia de tropas aliadas en Iraq, con un «que se vayan todos, como hemos hecho nosotros», que en el mundo, desde Washington a Moscú, ha sonado como la irresponsabilidad de un bodoque.

Los socialistas, festejados esta vez por los separatistas de la Esquerra, han arriado la bandera española en Cataluña, siendo esta enseña, como ya es, de lo poco que queda de nuestra Patria común (es declaración constitucional) en el Principado. Una socialista más frívola que una fotografía de «Vogue», ha querido subir los precios de los libros de texto en los mismos días en que los padres los compran. Y todo un partido, aplaudido por el nacionalismo de campa del PNV, pretende rehabilitar ahora todas las acciones de los combatientes del tardofranquismo, como si esta categoría no se hallaran también asesinos de todo jaez.

Pues bien, el PSOE se ha beneficiado, casi con entusiasmo, de un Partido Popular marginal («Me gusta cuando calles porque estás como ausente»), que debía hacerse cruces en este momento de cómo marcha nuestra economía, de cómo se gastan palabras y más palabras sobre un modelo de Estado que se pretende volar, de cómo en política internacional nos aliamos como personajes agónicos como Schröeder (esta semana está en Madrid), y de cómo el Ejecutivo de la Nación no emplea ni un minuto en gobernar, sino en reflexionar, un eufemismo bajo el que oculta su tremenda inepcia.

El Partido Popular está repitiendo los tremendos errores de comunicación que cometió en los ocho años pasados. No hay forma de hacerlo peor . Le salvan los líderes regionales que, como Esperanza Aguirre o Camps, mantienen el tipo frente a las boberías socialistas. Nunca un Gobierno tan malo lo ha tenido tan bien. Por lo menos, hasta ayer.

LA INCIERTA APUESTA DEL SOCIALISMO VASCO
Editorial ABC 13 Septiembre 2004

EL respaldo de Rodríguez Zapatero a Patxi López como candidato a lendakari fue el punto de partida de una nueva etapa del socialismo vasco, auspiciada por el avance electoral del PSE en los últimos comicios, hasta convertirlo en la segunda fuerza política vasca. El discurso de Zapatero en Bilbao abundó en tópicos relativistas sobre patrias y naciones, pero confirmó el movimiento de fondo que se ha ido originando en el PSE desde que Nicolás Redondo -quien, como Patxi López, también contaba con el pleno apoyo de Zapatero- dejó de ser secretario general de los socialistas vascos. Es paradójico que habiendo sido un mensaje constitucionalista el que llevara a PP y PSE en 2001 a los mejores resultados de su historia, la actual estrategia socialista no sólo descarte la continuidad de aquel entendimiento con los populares, sino que, además, acepte el presupuesto básico del plan Ibarretxe: la caducidad del Estatuto del Guernica. Sin embargo, este es el rumbo trazado por Patxi López para llegar a una posición de síntesis entre el orden estatutario y la propuesta de comunidad libre asociada que el lendakari lleva presentando desde hace tres años y medio. Ayer mismo, López inauguró una nueva variante de la equidistancia al reconocer que el plan Ibarretxe «divide a los vascos», pero el Estatuto ya «no sirve a los que se sienten nacionalistas». En ambos, es el nacionalismo el que decide. Ciertamente, la actitud nacionalista de plantear su propuesta como una disyuntiva entre autodeterminación o ruptura ha bloqueado el espacio político vasco desde 2001. La iniciativa socialista de promover la reforma del Estatuto para llevarlo a nuevos máximos ha roto esa quietud y movido el escenario, obligando a los nacionalistas a replicar con desdén a una propuesta de nuevas competencias que hace no muchos años habría sido recibida con alborozo. El PP también tiene que ser consciente de esta situación.

Ahora bien, si realmente el PSE ambiciona ser la alternativa al PNV -aunque aritméticamente siempre tendrá que buscar aliados-, no le bastará con moverse sin avanzar. Roto el monopolio nacionalista en la agenda vasca con la reforma diseñada por Emilio Guevara, político nacionalista de lealtad estatutaria fuera de toda duda, el siguiente paso es el más complicado: articular un discurso movilizador capaz de igualar al del plan Ibarretxe. Ni Patxi López ni Zapatero deben engañarse: hoy el problema del País Vasco no es que su Gobierno autonómico no tenga las competencias que le quieren dar los socialistas -Seguridad Social, Justicia, etcétera...-. Al Acuerdo de Estella se llegó por la sublevación cívica contra ETA y la complicidad nacionalista, pero también porque el nacionalismo ya había hecho acopio suficiente de poder político para emprender una campaña que le permitiera renovar su hegemonía, cambiando al PSE por los terroristas y la izquierda abertzale como socios. Desde Estella, al nacionalismo le resulta irrelevante ganar dos o tres competencias más, porque su horizonte no se sitúa en la autonomía sino en la soberanía. Por eso, aunque Zapatero convoque al pueblo vasco para mirar al futuro sin pensar en naciones, éstas seguirán siendo precisamente el núcleo del debate sustancial que ha planteado el nacionalismo -la «nación vasca» frente a la nación española-.

En 1998, el PSE rompió la coalición de Gobierno que venía manteniendo con los nacionalistas desde 1986 porque el PNV estaba negociando a su espalda con ETA. Hoy aquellos objetivos soberanistas del PNV son más explícitos que nunca, pese a lo cual, y sin moverse una coma del plan Ibarretxe ni de la estrategia de ruptura constitucional en la que están embarcados, los socialistas aspiran a reencontrarse con los nacionalistas en una tierra media a la que éstos no quieren volver y aquellos parecen no saber dónde está.

¿BIGAMIA ORGANIZADA?
por ÁLVARO DELGADO-GAL ABC 13 Septiembre 2004

NINGÚN acto legislativo es más importante en una democracia parlamentaria, que la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado. Los Presupuestos son importantes materialmente: jerarquizan el gasto, inducen determinadas políticas fiscales, previenen o alimentan déficits futuros, etc... Y son importantes en lo que se refiere a la articulación pura del poder. Aprobar el Presupuesto implica la acumulación previa de una mayoría en el Parlamento, y obliga a la búsqueda de pactos que pueden durar todo un año, o incluso toda una legislatura. De resultas solemos asistir, en las fechas que preceden a la gran ceremonia presupuestaria, a una intensa labor de tanteo. Los partidos, literalmente, se tocan: miden su capacidad de presión, y estudian dentro de qué límites es hacedero que se verifique un recíproco avenimiento. Lo que está ocurriendo estos días, abona en apariencia lo dicho. Varias formaciones catalanas han reclamado providencias especiales en beneficio de Cataluña: financiación de la deuda sanitaria, más inversión en infraestructuras, etc.. El Gobierno ha respondido que las reclamaciones no son aceptables en los términos en que se han formulado, y así de corrido. Pura rutina, aseguran los entendidos. Se encontrará pronto un punto de encuentro, si es que no se ha encontrado ya bajo cuerda, e iremos tirando.

Espero que los entendidos lleven razón. Yo, que no soy entendido, no las tengo todas conmigo. Me han causado alarma ciertos conceptos, que el tripartito de Barcelona enunció hace semana y pico y que luego han sufrido retoques y enmiendas varias, a tenor de cuál era el partido que los defendía, o dentro de un mismo partido, la persona que los propugnaba. Los conceptos son los siguientes: uno, que el Gobierno negocie los Presupuestos, directamente, con la Generalitat. Dos, que los ventiún congresistas que el PSC tiene en Madrid, hagan valer su peso en defensa de los intereses catalanes.

Permítanme empezar por la segunda idea. Mirada por lo derecho, resulta ininteligible. El PSC no ha formado, todavía, un grupo parlamentario independiente del PSOE, ni se ha presentado a las elecciones en listas separadas. Los ciudadanos catalanes que el 14 de marzo contribuyeron con su voto a que el PSC obtuviera ventiún congresistas en Madrid, depositaron su confianza en algo que percibían como una unidad, no como una composición de fuerzas coordinadas para ciertos fines, y no para otros. Y los ciudadanos no catalanes que votaron en esa misma fecha al PSOE, apoyaron a un partido nacional que presuntamente representaba en Cataluña intereses también nacionales. Es incongruente en consecuencia que el ala catalana de los socialistas quiera erigirse en garante de intereses específicamente catalanes, y por lo mismo, en conflicto potencial con los intereses generales. Es incongruente por definición, y deja una pregunta en el aire: ¿a quién está aupando en definitiva el ciudadano con su sufragio? ¿A los que militan en el proyecto A, o en el B?

La cuestión es gravísima. Y no tiene nada que ver con las distorsiones a que se ve sometido el programa de un partido cuando a éste le llega la hora de pastelear con otro partido una mayoría en el Congreso. La distorsión de un programa, provocada por alianzas ex post, es una servidumbre inherente al sistema parlamentario. En algunos países, se intenta conjurar el peligro mediante sistemas electorales mayoritarios. Pero tan siquiera este expediente, gravoso por otros conceptos, blinda a la democracia contra el riesgo de que concluyan por gobernar coaliciones cuya política se aparta notoriamente de la sometida previamente a la aprobación del electorado. Sólo la sensatez y prudencia de las elites gobernantes, puede evitar que se suspenda toda conexión entre lo que se promete, y lo que al cabo se hace. Ocurre aquí lo que en los matrimonios. Nadie sabe cómo será su cónyuge al cabo de los años. Ahora bien, si los cónyuges son sensatos, las mudanzas con que mutuamente se vayan sorprendiendo no traspasarán la raya de lo tolerable.

La iniciativa de Maragall y compañía, sin embargo, plantea un problema por entero distinto. El problema es que el elector se encuentra con que hay dos partidos, eventualmente discrepantes, donde él creía que había uno. La desnaturalización de la propuesta, no es el fruto imprevisible de contingencias que nadie está en situación de controlar. Más propio sería decir que se halla incrustada, ex ante, en la propia propuesta. Es como si, después de haber pasado por la vicaría, el marido comunicase a su mujer, esto es, al votante, que ya estaba casado, y que no hay más remedio que organizar una bigamia civilizada. Esto, sencillamente, roza lo fraudulento. Los entendidos replicarán que cualquier persona bien informada sabía que el PSC no se encuentra incluido en la práctica dentro del PSOE, y que integra por lo mismo un partido no sujeto a la disciplina del partido matriz. Esta reflexión, a mi ver, delata un grado máximo de irresponsabilidad democrática. Al revés que los entendidos, el votante no está bien informado, ni tiene la obligación de estarlo. Si sucede que el PSC es otro partido, y como tal se agrupa en derredor de causas que debate frente al PSOE y junto a formaciones catalanistas, lo decoroso, intelectual y moralmente, y también políticamente, es que presente listas independientes. No hay vuelta de hoja.

Paso a la otra idea: la de una negociación bilateral entre el Gobierno de Madrid y la Generalitat. Los interlocutores naturales del Gobierno, en el trance de negociar los Presupuestos Generales del Estado, han de coincidir, por definición, con aquellas formaciones cuyo voto se necesita para que prosperen dichos presupuestos. Estas formaciones no pueden ser sino... los partidos con representación en el Congreso luego de unas elecciones nacionales. La Carta Magna reserva a las dos comunidades de régimen foral un trato especial: los gobiernos autónomos respectivos podrán sentarse al otro lado de la mesa y liquidar cuentas con el Gobierno central. Pero no existe un contexto institucional, ni jurídico, que permita librar el tipo de pulso o arreglo que quería el tripartito. Los contenciosos relativos a la financiación autonómica han de solventarse, como ha recordado el Gobierno, en el Consejo de Política Fiscal y Financiera.

La propuesta del tripartito nos sitúa, de hecho, en un marco confederal. El Gobierno Madrid debería despachar con otro gobierno asuntos que la masa ciudadana ha delegado en una sola voluntad: la del Ejecutivo autorizado por el correspondiente sufragio parlamentario. Un arreglo confederal, en una estructura no confederal, es como una bomba de relojería. O bien dinamita inmediatamente al Estado, o bien postula una reforma constitucional que habrá de adaptarse, a toro pasado, a cambios que se han producido al margen de la ley.

Ha sido interesante, a lo largo del proceso, la posición de Montilla, primer secretario del PSC y ministro de Industria en Madrid. En un primer momento, preconizó la negociación directa con la Generalitat y dio a entender que el grupo parlamentario del PSC mediaría entre el Gobierno central, el PSOE, el tripartito, y la Generalitat. Después, se ha alineado con el Gobierno y ha impugnado que se negocie el déficit de la Sanidad catalana en el marco de los Presupuestos Generales. Lo último atenúa la impresión rara que todo este percance ha suscitado en más de un observador: que es la de que el ministro de Industria oficiaba, en su gabinete, como emisario de otro gabinete, cuya jurisdicción efectiva no está escrita en la Constitución. El lobo no ha devorado a Caperucita. Pero ha estado rondando la casa de la abuela.

EL OMBLIGO DE CATALUÑA
Por Jorge TRIAS SAGNIER ABC 13 Septiembre 2004

HAY quien tiene suerte y quien no la tiene, pero la mayoría de la gente suele tener la suerte en su mano. El éxito consiste en saber o querer tomarla. Con la suerte ocurre como con la inspiración que, como decía Picasso, le venía a uno si tenía, como era su caso, la brocha en la mano. Cataluña o, mejor dicho, muchos catalanes, se regocijan anualmente en su mala suerte. Ya es un lugar común recordar lo que voy a decirles: un pueblo que elige como fiesta nacional la conmemoración de una derrota es un pueblo sumido en la lamentación y la tristeza, la depresión en suma, avocado a la mala suerte. Si esa derrota se produjo no porque fuese el resultado de la impotencia de todo un pueblo por proclamar su independencia ante un enemigo avasallador, sino por una lucha dinástica manejada por dos potencias -Francia e Inglaterra- ante la inoperancia de una dinastía agotada y sin sucesión, hace que esa conmemoración resulte, ciertamente, patética y sin sentido. Y si para colmo la fecha del inicio de la guerra global contra el terrorismo, el día que fue atacado el corazón del capitalismo, que es como decir el corazón de la democracia, coincide con la fecha de esa fiesta catalana, mejor sería cambiarla por otra más gloriosa, menos polémica y que nos aglutine a todos. Seguro que la encontraríamos en la rica y variada imaginería histórica y política de Cataluña.

Lo del «Onze de setembre» es algo que incomoda a casi todo el mundo, excepto a unos cuantos románticos, a los nacionalistas que los alimentan, o a quienes ven en la bandera constitucional de España la enseña del enemigo. Sobre todo incomoda a todos aquellos que, en desfile obligado, van a depositar unas flores al pie de un monumento que ni siquiera saben por qué está ahí o su verdadero significado en la historia. Por estas fechas procuro siempre releer la Historia de Catalunya de Ferrán Soldevila, una auténtica pieza literaria, pozo imprescindible de fechas y datos, y un alegato contra la propia realidad histórica, en cuya descripción hechos como el Compromiso de Caspe, el cambio de dinastía y el advenimiento de los Trastámara adquiere tal relevancia que el historiador, en lugar de mirarlos con la perspectiva del tiempo, lo que hace Vicens Vives por ejemplo, se enzarza con ellos y sus actores, como si estuviesen vivos o como si los acontecimientos acaeciesen en ese momento. La verdad es que el ejercicio resulta muy romántico, muy aparentemente real y muy divertido, pero, a la vez, provoca una enorme frustración. La historia no transcurre, como algunos pretenden, en torno al propio ombligo y, menos aún, si ese ombligo se contempla con los anteojos puestos del revés.

¿Han hecho bien los populares catalanes dejando de acudir a depositar sus flores? Yo creo que no. Ese acto es el momento en el que anualmente se escenifica hasta dónde llega la verdadera libertad en Cataluña: llega hasta que vienen los representantes de los «apestados», también, a depositar sus flores y cantar «Els segadors». Los socialistas se han llevado este año los abucheos independentistas, pero les han sabido hacer frente. La retirada de los populares, teniendo 30.000 militantes dispuestos a ser movilizados, además de quitarle colorismo al acto, me ha parecido vergonzante.

Zapatero e Irak
¿Inoportunas e imprudentes o necias y perversas?
GEES Libertad Digital 13 Septiembre 2004

Por supuesto que la invitación a desertar a los miembros de la coalición internacional que trata de derrotar a los terroristas y conseguir la celebración de elecciones, a lo que aquellos se oponen con toda su fuerza asesina, coalición respaldada por la resolución 1546 del CSNU, aprobada por unanimidad con el voto español del gobierno socialista, es inoportuna y poco prudente, como ha dicho Gustavo de Arístegui, pero también es una enormidad. Bien está que el portavoz del PP para política exterior no haya dejado pasar las palabras de Zapatero sin un cometario pertinente, pero eso no exime al líder de la oposición de darle la réplica adecuada.

Porque lo que ha dicho Zapatero es en realidad necio y perverso. Se puede hacer un imaginativo ejercicio de ficción estratégica, como ha hecho Edward Luttwak con la brillantez que le caracteriza, sobre las posibles implicaciones saludables de una seria amenaza de retirada americana, para obligar a todas las facciones iraquíes y a los países vecinos a dejarse de juegos de poder con mucha sangre de por medio y a asumir sus responsabilidades en la formación de un frente unido contra el terrorismo que se ceba en todos, y que implica la amenaza de guerra civil y en último término de desmembramiento del país. Pero no es en absoluto ese el ejercicio en el que se ha sumergido nuestro primer ministro.

Lo suyo es invitar a los coaligados con Estados Unidos en la empresa de pacificación, democratización y reconstrucción (de 30 años de sadamismo y año y pico de orgía terrorista, porque la guerra produjo destrucciones mínimas que no afectaron apenas a las infraestructuras) a desertar dejando solos a los americanos, porque eso mejoraría la situación, como lo hizo (¡¡¡!!!) la retirada española. Se trata de hacer daño a Estados Unidos, pujando por socavar la legitimidad de su esfuerzo, pasándose por el arco de la ignominia la 1546, votada porque Francia y Alemania lo hacían, lo que ya se sabe que no es seguidismo, sino volver al seno de la política europea. Pero la puñalada va directamente a las pobres espaldas iraquíes.

Sería interesante que nos explicara cómo coincidir en sus deseos con los terroristas, que bien que se lo trabajan con secuestros, decapitaciones, masacres y voladuras de todo lo que le podría proporcionar a los iraquíes trabajo y perspectivas de futuro, y retirar en desbandada, según el glorioso modelo nacional, las fuerzas que se les oponen, puede disminuir el número de asesinatos y de atentados contra la recuperación del país y asegurar la celebración de elecciones libres.

En realidad se trata de una aportación a la campaña presidencial americana del tipo tiro por la culata. Después de pulverizar todas las prácticas internacionales expresando públicamente, nada más asumir la representación oficial de España, su esperanza de que venza Kerry, se dispone ahora a comprometerlo un poco más con esta exhortación a la deslealtad de los aliados y al abandono de los iraquíes, entre otras cosas, también para sentirse en compañía de alguien más que doña Gloria. Bush debería agradecérselo, pero como carece de talante, probablemente no lo hará.

¿Es posible que no se dé cuenta, o no le importe, de que está invitando a los terroristas a que maten a las rehenes italianas, a que realicen un atentado decisivo contra los australianos para determinar su política interior y exterior, y eso mismo contra todos y cada uno los países que han respondido al llamamiento de la resolución 1546 votada por España por orden suya? ¿Es ignorancia o es malicia? Aunque la una no excluye la otra.

Y una vez más, mostrando que no sólo perdió el gobierno sino que tampoco ha encontrado la oposición, ¿va el PP a dejar pasar tamaño dislate con sólo un cortés carraspeo de desaprobación? O bien, ahora que, por fin, habla de no renunciar a la herencia de los ocho años anteriores, va a tratar de enterarse de qué significó y qué significa Irak, va a apostar por el futuro, es decir tanto por la victoria de Bush como por una intensificación del esfuerzo en Irak gane quien gane, con vistas a la estabilización del país y a la obtención de una importante victoria en la guerra global contra el terrorismo?

¿Y va a llamar a las cosas por su nombre? Por ejemplo, cobardía al cumplimiento, sin ni siquiera los más elementales plazos y procedimientos prometidos, de una irresponsable promesa electoralista cuando no había esperanza alguna de ganar? Y todo ello porque, tras basar la campaña en la acusación calumniosa de mentira, no tuvo valor de decirle a sus electores que el 11-M, lo mismo que el 11-S, lo cambiaba todo y no era cosa de regalarle tamaña victoria a los terroristas que otros, como los australianos ahora y con el tiempo nosotros mismos, habrán de pagar. Quizás no ha tenido ni tan siquiera valor de confesárselo a sí mismo y quizás las palabras de Túnez haya que explicarlas en términos de psicología profunda. ¿Y los silencios del PP?

GEES: Grupo de Estudios Estratégicos.

Dios los mató
Gabriel Albiac La Razón 13 Septiembre 2004

«No sois vosotros quienes los matasteis; Dios los mató». No, no son inhumanos quienes, en Osetia imponen el paisaje glacial de una ciudad sin niños. Ni inhumanos los que en Madrid descuartizan a doscientos adormilados viajeros camino del trabajo. No, la inhumanidad no define a quienes hacen volar por los aires a decenas de ruidosos jóvenes australianos de veraneo en Bali. No, no hay inhumanidad alguna en quienes, en Nueva York hace tres años, dieron proclama sangrienta de esta Cuarta Guerra Mundial: lo escribí entonces, alguno lo creyó hipérbole, hoy todos lo sabemos evidencia. La inhumanidad está en el Dios al cual esos creyentes sacrifican. «No sois vosotros quienes los matasteis; Dios los mató». Corán, VIII, 17.

Nada de esta monumental tragedia puede ser entendida sin el Libro. Escribo el Libro, por supuesto, porque para el creyente, no hay otro que ése escrito por el Dios, archivado en el cielo, y cuya literalidad transcribiera el Profeta. Porque, a diferencia de los otros dos textos monoteístas, el Corán fue dictado, en una sola intervención divina, a un solo hombre. Sin superposición de estratos, ni mediación de redactores, ni diversidad de contextos históricos. Y su núcleo no es narrativo, sino normativo. En el Corán hay sólo voz de Dios. Nada en él vale menos ni más que nada. Cada palabra suya encierra el absoluto.

Solemos traducir yihad por guerra santa. En rigor, es el deber de dar todo –también la vida–, allá donde la comunidad creyente (umma) pueda sentirse amenazada. Ningún musulmán tiene derecho a resistirse a ese mandato, «porque Dios ha comprado a los creyentes sus personas y sus bienes, para darles, a cambio de ellos, el paraíso; combaten, pues, en el camino de Dios; matan y son matados» (Corán, IX, 111).

Sólo un demente como Ílich Ramírez (alias Carlos, ideólogo del terrorismo de los años 70) puede ver en eso –desde su cárcel francesa– un nuevo código revolucionario. La revolución –aun en sus dislates– es hija de la Ilustración: hipótesis de un mundo a la medida de los hombres. El yihadismo es repliegue sobre el primer siglo coránico: tiempo de pureza, en el cual ninguna voluntad humana osaría competir con la divina. No ha habido terrorismo jamás que abordara desmesuras como las de Nueva York u Osetia. La yihad no es un terrorismo. El terrorismo es cosa de humanos. La yihad, cosa de Dios. Uno es limitado. Infinita, la otra. El revolucionario cifra su legitimidad en la apuesta de su propia vida. El yihadista no muere. «No creas, sobre todo, que aquellos que hallaron la muerte en el camino de Dios están muertos. ¡Viven!» (III, 169). Donde Dios los ama y premia. Coste cero.

Sin escolta
Matías Antolín La Razón 13 Septiembre 2004

Quizá quiero la razón cuando no la tengo. Tal vez tenga retina de topo más que vista de lince. Ni calvo ni siete pelucas. No doy la talla ni por alto ni por bajo. Sólo crece mi tensión. Era guionista y director de la película de mi vida, hasta que decidí escribir sobre/contra ETA.

Llevo años haciendo apología contra el terrorismo; escribo libros y artículos sin capucha. Ando por Madrid perseguido por mis «contravigilantes del asfalto». Un escolta no sé si es una sombra o un presagio. Hasta hace unos años, siempre dije que no quería llevar escolta, pero recibí una carta de alguien que estuvo muchos años en la cúpula de ETA; entre otras cosas me contó que era objetivo de esos verdugos de la libertad.

Me consta que etarras como Iñaki de Juana Chaos, Idoia López Riaño o «Makario» tienen memoria de elefantes, aunque, como buenos asesinos, olvidan lo que no quieren asumir. Hay testimonios contra ellos que sólo han salido de mi pluma. Sé que, para estos pistoleros, soy un elemento a eliminar, y no dudarían en apretar el gatillo. No es bueno acostumbrarse a llevar escolta. Cuando te la retiran, es como si borraran tu sombra. Parece que este Gobierno ha decidido quitar policías a muchos ciudadanos. Cedo los míos, que son estupendos. Los he compartido varios años con Fernando Savater y Germán Yanke. Son extraordinarios profesionales. Alguno ya es amigo.
Creo que no necesito escolta. No tengo miedo alguno a ETA. Esos fanáticos no prohibirán mi libertad de expresión. Seguro que les importa un perejil mi vida, pero sé que el terrorismo es una guerra psicológica, por eso tratan de fomentar el miedo.

Estamos magnificando a ETA. No son nada, no son nadie. Aunque esté en la diana, sabedor de que hay una pistola apuntando mi nuca, no me callarán. Escribo esto porque estoy de acuerdo con el ministro de Interior, José Antonio Alonso, con su idea de suprimir escoltas porque ya la tienen los corruptos, los cagatintas gacetilleros, los que recalifican en provecho propio, los que se creen y no son...¡Fuera escoltas!... Esos buenos policías tienen cosas más importantes que hacer.

A cacarear
David Gistau La Razón 13 Septiembre 2004

De creer a los irreductibles galos periféricos y a los predicadores de la progresía, todo españolista es un fascista. En cambio, a cualquier nacionalismo anti-español, ya se trate del que levanta empalizadas xenófobas en la frontera con Aragón mientras Zetapé dice «yes» o del que llega a pegar tiros por la espalda por razones de limpieza étnica, el espejito mágico de lo «progre» siempre le contestará: «No hay nadie más progresista y moderno que tú». Aquí ya se ha dicho que, desde que durante la Transición se estableció la coacción intelectual de vincular españolismo y franquismo, cualquiera que pretenda defender la identidad histórica española tendrá que resignarse a ser marcado con hierro candente con el estigma de «facha». Lo cual acarrea tal ruina social, tal condena al exilio interior, que la mayoría prefiere no levantar esa bandera por no desafiar lo políticamente correcto.

Pero ocurre, a veces, pocas veces, que el derecho a existir –e incluso a defenderse del acoso– del españolismo lo reclama un político profesional de la izquierda. Bono, hasta que lo encadenaron con un cargo. Ibarra, últimamente. Tratándose de uno de los suyos, los predicadores de la progresía no pueden marcarlo como «facha», como es su costumbre cuando el discurso españolista procede de la derecha democrática. Entonces se recurre a la segunda arma de la coacción: la parodia. En las columnas y en los comentarios «progres», se ha dicho durante estos días que Ibarra, cuando se nos puso españolista durante un tiempo breve como un acceso febril, habló así porque se había calado la «boina», porque es un paleto, vaya. Ahí quedan delatadas las dos visiones que la homilía «progre» tiene de lo español: o es fascismo, o es una cosa antigua, aldeana, ajena a moderneces tan progresistas como los patrioterismos vasco y catalán, que éstos sí tienen derecho a usar la bandera hasta como edredón. Lo preocupante es que son precisamente ellos, los que entienden su nacionalidad como un complejo del cual hay que curarse para ingresar en los cánones admitidos, los que, desde Moncloa, han de defender a España justo cuando se ha desatado una ofensiva por romperla en la que participa el propio socialismo: Maragall. A cacarear, que vamos a seguir retirándonos.

Al conjuro del pasado
JAVIER ZARZALEJOS El Correo 13 Septiembre 2004

Enfrentados a la contumacia de Ibarretxe y su plan, los socialistas han establecido doctrina. Se trata de persuadir al lehendakari de que su iniciativa se corresponde con una etapa ya superada. Así lo expresó el presidente del Gobierno en una de sus primeras entrevistas y así lo han repetido disciplinadamente todos los dirigentes socialistas cuando se les ha preguntado por el particular. La cuestión es endosar a Aznar y el Partido Popular la responsabilidad de la subida al monte del nacionalismo, con un guiño comprensivo hacia Ibarretxe cuya iniciativa puede entenderse -eso que se llama contextualizar- como una respuesta defensiva frente a un gobierno intratable. Pero ya no. A los socialistas no se les puede plantear esa papeleta. Es hora de que el PNV vuelva a la dieta blanda. Ibarretexe debería tener la generosidad de reconocerlo y de reconocer todos los datos que aderezan esta nueva etapa.

Ocho años de gobierno del PP, para qué seguir fingiendo, son los culpables de provocar al nacionalismo. Socialistas y nacionalistas han coincidido en denunciar la baja calidad de la democracia española. El melón constitucional esta abierto, y el estatutario, comunidad por comunidad, en rodajas. Todos los terrorismos ya no son iguales. El propio ministro de Defensa avala que ETA -terrorista pero cabal- decía la verdad mientras el gobierno democrático del momento, lisa y llanamente mentía en el 11-M. Al frente del Ministerio de Interior hay un magistrado progresista que se opuso a la Ley de Partidos siendo vocal del Consejo del Poder Judicial y, hablando en esta misma condición, consideraba la Ley de cumplimiento efectivo de las penas una 'cortina de humo' del Gobierno del PP para ocultar la difícil situación que atravesaba entonces. El segundo de abordo del ministerio ya ha hecho historia no sólo por sus peculiares diagnósticos del ataque terrorista callejero del pasado mes de agosto en San Sebastián, sino también por ser corregido por el consejero de Interior del Gobierno vasco. En vez de ley del menor o Código Penal, a escribir cien veces 'No organizaré emboscadas contra la Ertzaintza'.

Ahora se trabaja para recuperar la imagen del País Vasco aligerando nuestras calles de de la desagradable visión de los escoltas mediante un programa de reducción de las protecciones que no sólo se estudia en los despachos sino que se anuncia en los periódicos porque asuntos como estos deben ser tratados con transparencia y recibir la publicidad que merecen. La directora general de Instituciones Penitenciarias ya ha demostrado con el interno Mario Conde que no le tiembla el pulso para cortar por lo sano el menor atisbo de trato de favor en las cárceles. Por eso, ya ha anunciado la vuelta de los presos de ETA a la Universidad del País Vasco.

El conocimiento es menos universal de lo que parece y la reinserción tiene caminos inescrutables. Una adecuada selección del profesorado y un entorno favorable para que los etarras desarrollen toda su capacidad argumental se han combinado en el pasado para obrar el milagro rehabilitador en tantos licenciados, e incluso doctores, reconvertidos del crimen a la academia. Atrás quedan los tiempos en que el Partido Socialista, atenazado por la crispación, pedía solemnemente a Aznar que el Consejo Europeo aprobara una declaración de rechazo al plan Ibarretxe. Hasta es posible que en el futuro ya no haya que hacer agotadores viajes a México y Argentina.

Cuesta trabajo creer que a esta alturas el presidente del Gobierno compre la idea de que lo de nacionalismo vasco es una arrebato coyuntural. Pero también es verdad que podemos imaginarnos a más de uno recomendando 'dar una salida a Ibarretxe', 'ayudar a Imaz que es un moderado' o, esta es la mejor, 'recuperar la política'. Para ello nada más fácil que convertir al PP, también aquí, en el conjuro con el que exorcizar los problemas. Pero esos procedimientos de magia negra sólo reflejan una voluntad de alejarse de la realidad. Sólo a eso podría atribuirse el ignorar que la iniciativa de Ibarretxe es la apuesta estratégica del nacionalismo para impedir que la dinámica democrática -constitucional, estatutaria y europea-, la pluralidad de la sociedad vasca y la caducidad del terrorismo de ETA terminen por traer la normalidad al País Vasco y engullan la dramática utopía etnicista que se pretende imponer.

El plan Ibarretxe es la última oportunidad que tiene el nacionalismo de rentabilizar 'el conflicto', de unir paz y construcción nacional. Y jugará todas sus cartas para no perderla. Sobre todo, la carta de la persistencia, de la capacidad para definir sus objetivos a largo plazo, en un trayecto en el que ya no hay almas ni péndulos que valgan y del que sólo le apartará la pérdida del poder o la expectativa de perderlo. ¿Cómo reprocharle a Ibarretxe su contumacia si son otros los que rectifican declarando que el plan no vale pero el Estatuto tampoco? El nacionalismo puede entretenerse contemplando el tejer y destejer del constitucionalismo. Quienes ahora deberían liderarlo, por votos y responsabilidad de gobierno, convierten a Maragall en el gran referente del nuevo modelo territorial -suponiendo que exista- después de perder dos elecciones autonómicas seguidas en Cataluña, mientras archivan como fallido el mejor resultado de los partidos constitucionalistas en las elecciones autonómicas de 2001, en las que por primera vez se planteaba al electorado una alternativa real a los nacionalistas.

El Gobierno y el Partido Socialista pueden esperar ingenuamente sacar algo en limpio de la confrontación PNV-PP. Pero las cosas no funcionan así. Es el nacionalismo el que se beneficia de la confrontación entre los dos partidos mayoritarios, el que ocupa el terreno que el constitucionalismo -con perdón- deja libre, el que gana las batallas políticas y sociales que se renuncian a dar.

El plan Ibarretxe no es el producto de una etapa superada. Bien al contrario, es el advenimiento nacionalista que está por llegar. Ofrecer al lehendakari la absolución de un pecado que no cree haber cometido o intentar persuadirle mediante un ajuste de cuentas con el pasado es muy poco ofrecer para tal empeño. Las apuestas están demasiado altas y el escenario con el que se inicia el curso ofrece expectativas más que suficientes para seguir maniobrando. Muy mal se tendría que dar la legislatura para no sacar algo de un debate (¿) sobre el modelo de Estado en el que, precisamente, el que no aparece es el Estado. Mucho instinto tendría que haber perdido para no darse cuenta de que la fijación por descalificar el pasado conduce a la obcecación y ésta a los errores que trabajan a su favor, poniendo en evidencia, una vez más, la superioridad estratégica del nacionalismo.

Y mientras se sigue recitando el conjuro, en Camelot ETA dice la verdad, los presos forran los libros de texto, los jóvenes se divierten, los amenazados se enteran por los periódicos de que ya son casi libres, los terroristas peregrinan y todos descubrimos que, a pesar de lo que creíamos, la diversidad de España está pendiente de su justo reconocimiento. Arzalluz vuelve a hablar. Tranquilo, lehendakari.

Zapatero, a tus zapatos
Lorenzo Contreras Estrella Digital 13 Septiembre 2004

Los últimos y más recientes pasos políticos de José Luis Rodríguez Zapatero han sido ruidosos. Su mensaje desde Túnez, tratando de estimular a los países con tropas destacadas en Iraq para que imiten el ejemplo español, puede agradar a ciertas opiniones respetables, pero no cabe duda que complica la situación internacional y diplomática de nuestro país. Por otra parte, su compromiso en el sentido de apoyar el mantenimiento de la industria naval vasca instala al presidente del Gobierno en una línea de autoexigencia y compromiso que puede crearle problemas en un futuro no demasiado lejano, al mismo tiempo que lógicamente radicaliza no sólo las expectativas de los trabajadores vascos, sino que también le organiza algún problema complementario a Manuel Chaves en cuanto a la industria naval andaluza y sobre todo sevillana.

Sobre un fondo de asentimientos implícitos a las reclamaciones nacionalistas, que dan a entender o a suponer soluciones políticas venideras basadas en el “por mí que no quede”, Zapatero, en cambio, ha hecho del problema de Iraq una especie de cartel de intransigencia que ya rebasa la pura actitud asumida y mantenida del “no a la guerra y a la invasión de Iraq”. El presidente se está metiendo internacionalmente en algunos charcos. Y sin necesidad. Porque resulta difícil compatibilizar esa línea diplomática con el refuerzo de la presencia militar española en Afganistán, donde, según dijo en su día el general Fabián Sánchez, los soldados españoles van a permanecer en una zona “no especialmente peligrosa”. O sea, a sensu contrario, peligrosa, aunque no especialmente. El que no se consulea es porque no quiere.

Italia y Portugal se han apresurado a manifestar a través de sus respectivas cancillerías que no piensan moverse de territorio iraquí. Todavía, que se sepa, Portugal no ha sufrido ataques terroristas islámicos que hagan notoriamente incordiante la referencia de Zapatero desde Túnez. No tiene compatriotas en poder de las organizaciones de la resistencia contra la presencia occidental y, por tanto, no se le ha puesto en evidencia como país “socio” de la acción militar en Iraq. Pero ése no es el caso de Italia, que sufre el secuestro de dos cooperantes de su nacionalidad. Francia tiene dos periodistas en poder de las organizaciones extremistas aunque el suyo es un caso especial porque no participa en esa guerra y, por consiguiente, no es beligerante.

Va a ser muy difícil que Italia, su Gobierno, perdone a Zapatero, pagando nosotros, los españoles, las correspondientes consecuencias si llegan a producirse tales reacciones diplomáticas o políticas. Les estamos diciendo a los radicales islámicos, a través de Zapatero, que España es la nación correcta porque ha retirado sus soldados, en tanto Italia —también Portugal— los mantiene. Y a Italia se le acaba de dirigir un nuevo ultimátum para que abandone su presencia en Iraq a cambio de la vida o la libertad de las dos cooperantes.

En otras palabras, que Zapatero ha perdido una buena ocasión de callarse. Precisamente organizaciones humanitarias italianas han pedido discreción en las reacciones que se produzcan sobre la suerte de las cooperantes. A ser posible, que se guarde un prudente silencio. Justo lo que Zapatero no ha hecho porque su caletre no da para tanto.

Asuntos internos
La Diada en la prensa
Agapito Maestre Libertad Digital 13 Septiembre 2004

Dicho con toda la cortesía y simpatía que cabe a un escéptico liberal, en los últimos años, por no decir desde que existe la democracia, la celebración de la Diada es una fiesta extraña, pues que tiene más de bronca que de recuerdo democrático, más de mirar la tradición como imposición que de leer la historia con ojos de futuro. La Diada año tras año acumula mal gusto y violencia. O sea, a pesar de las canciones, bailes y otros juegos florales, siempre hay broncas y mástiles más largos para izar banderas excluyentes. En la Diada predominan los rostros tensos y las sonrisas forzadas. Todo el mundo parece constreñido. Las fotos son siempre terribles. Por un lado, gentuza gritando y silvando; por otro, políticos escondiéndose. Es un día para ver las tristes consecuencias de quienes han alimentado el odio a España desde su privilegiada posición de participar en las instituciones españolas.

La Diada debería declararse ya como una fiesta del “cabreo catalán” si miramos bien los rostros de los participantes. Por supuesto, la Diada seguirá siendo una “fiesta” no tanto para conmemorar una tradición regionalista como una fecha simbólica para reivindicar no sé qué extraños derechos de superioridad de los catalanes sobre el resto de los españoles. Basta, reitero, leer la prensa año tras año y observar la jeta del personal que grita a los políticos de la cosa catalana para hacerse cargo de las ambigüedades, miedos y cerrilismo de una parte de esa sociedad que embiste, machadianamente hablando, cuando usa la cabeza. Parece que tienen miedo no sólo a la libertad, sino a reconocerse en su pasado. Quieren ser eternamente infantiles. No quieren crecer, no quieren ser libres y democráticos. No hallan otra salida a su pobre existencia que el exabrupto y la indefinición.

Sin embargo, la prensa, también año tras año, nos presenta la Diada de modo “políticamente correcto”. Todo parece haber transcurrido pacíficamente y, al fin, las manadas que gritan a los políticos no han conseguido reventar la fiesta. La cosa es falsa, pero parece que es casi una necesidad democrática informar de la Diada quitándole esas aristas perversas. En la prensa de ayer, excepto El Mundo, todos parecían de acuerdo en pasar por alto esas tensiones. Quizá quien mejor representa esa posición es El País. En efecto, artera, coherente e inteligentemente con sus modos suaves a la hora de tratar al nacionalismo catalán, el diario El País lleva la información sobre la bronca de la Diada a una página par e interior, casi al lado de las noticias de sociedad, como si no quisiera informar sobre una fiesta llena de símbolos totalitarios. Es una forma diabólica, pero efectiva, sin duda, de ocultar un aquellarre del que nadie parece salir bien parado. Ni los profesionales del nacionalismo, en cualquiera de sus versiones, ni la gentuza que en torno a los políticos se reúnen para insultarlos, pitarlos y vejarlos desde hace muchos años.

Si los rostros de los energúmenos, que aparecen año tras años el día de la “fiestecita”, son la imagen del “nacionalismo catalán”, entonces hay otro motivo para salir corriendo de la España asimétrica de Maragall.

Javier Marías en el NYT
Un botón de muestra
Juan Carlos Girauta Libertad Digital 13 Septiembre 2004

Ha publicado The New York Times, y luego El País, una cosa de Javier Marías titulada El hilo roto de la continuidad. Satisfecho con el pleonasmo, confiesa el autor haber utilizado la expresión en sus novelas y en la vida real. Aceptémoslo como atenuante y como aviso o recordatorio al mercado americano de que está ante un novelista.

Tras prescindible introducción, hacemos escala en “la estrambótica e injustificada e ilegal guerra de Irak” y “las tentativas falaces o patéticas (¿es necesaria la disyuntiva?) de las administraciones de Bush, Blair y Aznar por vincularlas con los atentados”. Y entonces arribamos al 11 M y nos enteramos de que la percepción masiva apuntaba al gobierno de Aznar como “responsable indirecto de la carnicería”. Aquí utiliza Javier Marías –viva refutación del lamarckismo– un tipismo que el público americano agradecerá: Aznar habría agitado en las Azores “un trapo rojo delante del toro: Eh, que estoy aquí para que me embistas”. Hemingway y el bombero torero quedan invocados.

Meollo del artículo: el gobierno español mintió tras los atentados. Recurre Marías de nuevo a las “percepciones” como sustituto de la verdad para marcar una distancia intelectual que no sobrevivirá al párrafo siguiente: “...el Gobierno mentiroso...”.

Ya casi estamos. Una lección final para los Estados Unidos (en la Casa Blanca se van a enterar): en España “la vida no ha cambiado. No hay más miedo que antes. Tampoco hay menos libertades.” Y para ver si aprenden de una vez: “Aquí no nos sentimos en guerra, porque no lo estamos, como tampoco los Estados Unidos (...) Contra el terrorismo no hay guerra (...) Es sólo otro mal con el que hay que contar”. El broche final del anuncio neoyorquino de Javier Marías es una cita de Cervantes: “Paciencia, y barajar”. No importa que no quiera decir nada, ya hemos colado los toros y el manco de Lepanto.

El disparate o artículo es un perfecto botón de muestra de la mezcla de vanidad, torpeza, venalidad, superficialidad, falsedad y autopromoción que caracteriza la actividad pública de los escribientes y cineastas de un régimen apenas interrumpido durante ocho años. Intelectualidad, digamos, que entiende como injusticia inconcebible que la derecha gobierne alguna vez en España. Ayudaron a expulsarla agitando histéricamente dos infundios; ambos aparecen, seis meses después, en el anuncio americano de Marías: el gobierno tuvo responsabilidad en los atentados; el gobierno mintió por interés.

Qué importa si la “percepción” del pueblo español es hoy “masivamente” la contraria, si todos hemos visto al PSOE trabando a la Comisión de investigación y al PP reclamando luz y taquígrafos. Nada importa, sólo un entramado de negocios culturales que cabalgan sobre la mentira.

La manifestación de ERC
Cartas al Director ABC 13 Septiembre 2004

Cada año existe un motivo que destaca después de dos horas largas de paseo. Cuando no son los eslóganes al estilo de «los Borbones a los tiburones», son las pancartas de lado a lado de la calle con determinadas alusiones a «afilar las herramientas pues el Estatuto no es solución» y, por supuesto, los vítores constantes a la organización terrorista Terra Lliure -extinguida o no, pero de actualidad ahora por una actuación de la Audiencia Nacional a instancia de la Asociación Víctimas del Terrorismo-.

Este año, además, las camisetas en pro de los presos vascos también se hacían ostensibles, al mejor estilo de las manifestaciones batasunas; las fotografías de Zigor Larredonda, Laura Riera, Diego Sánchez..., todos ellos encarcelados por pertenencia o colaboración con ETA y para quienes se solicitaba su libertad.

Además, quiero hacer un punto de referencia a los parlamentos y quiero hacerlo por tres motivos:

Porque la niñita que presentaba a los oradores solidarios de otras Comunidades se ha atrevido a presentar a Begoña Lasagabáster como la gran defensora de los derechos democráticos de los ciudadanos vascos. ¡Jopé!, queridas María San Gil, Gotzone Mora, Edurne Uriarte, Maite Pagaza y otras tantas luchadoras estoicas como vosotras, ahora resulta que estáis defendiendo a los ciudadanos del Beluchistán Exterior.

Porque el niñito que ha hablado en nombre de las Juventudes del Partido se ha jactado públicamente y con ovación unánime de los más de dieciocho mensajes SMS convocando y organizando, desde las propias JERC, el hostigamiento ante las sedes del PP durante la jornada de reflexión.

Y, porque el título de «Diguem No», una de las canciones de Raimón más perseguidas durante el franquismo, merece bastante más respeto que el dispensado por Joan Puigcercós, haciéndolo corear a la masa enardecida -como si de un circo se tratara- para propugnar la negativa a la Constitución europea.

Prometo que el próximo año me quedaré en casa.      Jorge Martí.     Barcelona.

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