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Recortes de Prensa     Martes 21 Septiembre 2004

LAS PALABRAS DE LA TRIBU
BENIGNO PENDÁS ABC 21 Septiembre 2004

¿Qué es España
Juan VAN-HALEN La Razón 21 Septiembre 2004

Por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 21 Septiembre 2004

EL PACIFISMO DE ZAPATERO
Edurne URIARTE ABC 21 Septiembre 2004

ETA NO ES DIFERENTE
César ALONSO DE LOS RÍOS ABC 21 Septiembre 2004

RAZÓN DE GOBIERNO
Ignacio SÁNCHEZ CÁMARA ABC 21 Septiembre 2004

Cinismo musulmán
Carlos Semprún Maura Libertad Digital 21 Septiembre 2004

Ni vidente, ni clarividente
Cristina Losada Libertad Digital 21 Septiembre 2004


 


LAS PALABRAS DE LA TRIBU
POR BENIGNO PENDÁS. Profesor de Historia de las Ideas Políticas ABC 21 Septiembre 2004

SOPLA viento racheado en el ánimo de nuestra Europa raptada. Recuerda a la crisis de la «polis» en la Grecia clásica. Bastante menos (conviene no engañarse) a la caída del Imperio romano, porque la hegemonía pertenece hace casi un siglo a la América pujante. Síntoma de toda fiebre helenística es el repliegue hacia el egoísmo insolidario, esto es, el retorno de cínicos, escépticos y epicúreos en forma de retórica postmoderna, que ni siquiera resulta divertida. Aquí y allá se perciben rasgos de nostalgia de la guerra fría: «paz imposible, guerra improbable», decía el sabio Raymond Aron. Rebrotan viejas querencias autoritarias: la democracia es aburrida, sin duda, pero hay demasiados libros sobre Hitler, Stalin y otros dictadores en las listas de superventas, sección de «no ficción». Ahora se apunta también el cine. Crece el malestar de las clases medias. Mucha atención a este asunto: sin clase media sólida y estable, la sociedad pierde -literalmente- el equilibrio y el Estado Constitucional no funciona. Fragmentos dispersos. Alemania no digiere la unificación apresurada. Ante el chantaje terrorista, Rusia vuelve a los setenta y quién sabe hasta dónde va a llegar; Francia, sin merma de la soberbia, no sabe qué hacer; Italia, más emotiva, reza y espera. Los nuevos socios del Este observan perplejos: ¿era esto el paraíso? Roban el cuadro de Munch y (otra vez fallan los tópicos) tampoco en Noruega pasa nada. Lo nunca visto: incluso se viola el recinto sagrado del Parlamento británico...

Por todas partes, sin embargo, la «movida» globalizada fascina a los jóvenes y a los mayores. Al fin y al cabo, la despensa sigue medio llena y los índices más selectivos de la bolsa internacional resisten con holgura. Suben los impuestos y no decae el consumo. Baja la moral y huye el sentido de la responsabilidad. ¿Diagnóstico? Es el primer aviso de un cambio de ciclo histórico, más bien a medio plazo. ¿Tratamiento? Política valiente y pensamiento fuerte. ¿Pronóstico? Prudencia: todos los profetas sociales han hecho el ridículo, desde Marx a Fukuyama. Los más pesimistas imaginan un final a fecha fija, semejante a la bofetada infame que propina Jason a Benjy, el pobre idiota, en el último párrafo de la novela excepcional de William Faulkner. No estoy tan seguro de que sea inminente, aunque la imagen del dúo franco-alemán con sus acólitos sonrientes no invita precisamente al optimismo. Es probable que el trampantojo resista todavía unas cuantas generaciones. Ya veremos. Ojalá sea.

¿Y en España? A pesar del 11-M, nuestra sociedad anestesiada no toma en serio la amenaza islámica: se necesita con urgencia un master acelerado en Relaciones Internacionales; pero cuidado con los profesores... En cambio, somos expertos sin fronteras en debates sobre el modelo territorial. Cada cual lleva su cruz, ya saben. No sé si la gran mayoría está preparada para resistir la embestida que nos aguarda. De hecho, crece día a día una mezcla peligrosa entre la irritación y el hastío. Peor todavía: una suerte de resignación ante la «solución» que pasa por ser inevitable. Dejar el poder espiritual en manos del adversario conduce a consecuencias negativas: la España constitucional está mal equipada para hacer frente a quienes nos dejan sin proyecto de vida en común, carentes de ilusión colectiva, reducidos tal vez a una cláusula residual, atrofiada y supongo que transitoria. No hace falta demostrar que todo esfuerzo fallido conduce a la melancolía. Ni la generosidad de la Transición ni el éxito político y socioeconómico del régimen constitucional han servido de dique contra la deslealtad de los nacionalistas a la idea de España como realidad histórica y moral. No basta, aunque ya es mucho, con guardar las formas de acuerdo con el ordenamiento vigente. Si falta el anclaje emocional, ¿para qué sirven los tecnicismos jurídicos? Si no compartimos símbolos, bandera, ni selecciones deportivas; si «sus» éxitos no son «nuestros», salvo para pagar una buena parte de la factura; si se pierden en el desprecio o la indiferencia las señas de identidad común: ¿a quién le importa la reforma nominal de una o de muchas leyes orgánicas?

Llegan tiempos de cambio y, como anticipaba Mallarmé, el poeta, cobran nuevo sentido «las palabras de la tribu». De sobra sabemos que el lenguaje político no es aséptico, ni vive en el laboratorio abstracto de las ideas platónicas. Los conceptos en el ágora son armas polémicas para dominar al adversario. El gran misterio de la democracia española, desde el punto de vista del historiador del pensamiento, es la confluencia insólita del nacionalismo burgués, y a veces reaccionario, con la izquierda que se dice progresista y universal. El bloque que controla las ideologías al uso impone como verdades dogmáticas algunas falacias trasnochadas. Unos por buen talante, otros por gran despiste, todos por interés coyuntural, aceptan sin discusión las reglas del juego mentiroso. Las falacias más comunes se resumen en tres. Primera, que España es una construcción artificial, producto de la opresión o, para los que prefieren no hacer el ridículo, de la yuxtaposición de otras naciones auténticas. Segunda, que España es un fracaso histórico, sinónimo de atraso y decadencia, gente pintoresca reñida sin remedio con la modernidad y el proceso de la civilización. Tercera, cómo no, que España carece de futuro, no ofrece un proyecto «sugestivo» por mucho que se cite a Ortega, resulta «incómoda» para quienes viven de, por y para su identidad diferencial.

¿Cuántas veces habrá que repetir la verdad? España, con sus luces y sus sombras, es una realidad histórica indiscutible, percibida dentro y fuera como unidad desde tiempo inmemorial; en todo caso, surge como Estado nacional en los primeros días de la forma política moderna que seguimos llamando Estado. España ha jugado un papel de primer orden en la historia universal; ha sido protagonista en el «nomos» de la tierra que todavía nos rige; aporta una lengua y una cultura al nivel de las mejores. Como todos, ha sufrido altibajos y no faltan lagunas ni miserias. Como todos, insisto, nada excepcional. En fin, ofrece desde hace un cuarto de siglo una democracia constitucional a la altura de los tiempos, una prosperidad económica notable, una plena integración sociocultural en las grandes corrientes universales (no siempre atractivas; pero éste es otro problema). A día de hoy, España significa libertad, democracia, Europa, bienestar... ¿Cómo van a ser modernos los nacionalismos étnicos, románticos, rancios y excluyentes? ¿Cómo va a ser «centralista» quien defiende el Estado autonómico, más descentralizado que la mayoría de los Estados federales? El uso político pervierte por definición el lenguaje científico, pero conviene no perder los escasos restos de sentido común que todavía conservamos. ¿Acaso no es democrática la igualdad ante la ley derivada de la soberanía nacional, única fuente de legitimidad del poder a estas alturas del discurso de la historia? ¿Van a dar lecciones quienes pretenden privilegios jurídicos y económicos, abogan por una sociedad estamental premoderna y magnifican desde su egoísmo insolidario a los ídolos de la tribu? Verdades tan evidentes necesitan ser repetidas una y mil veces para que la gran mayoría de los españoles sea consciente de dónde está la razón (moral y política) ante un debate estéril, que ya debería estar superado.Como siempre, pero más. Si no ganamos la batalla de las ideas, jugaremos en campo contrario, oponiendo una resistencia cada vez más débil. No basta con tener razón, hay que saber mantenerla. Esta sociedad, agobiada como todas por los problemas globales, tiene en este asunto un reto particular: habrá que ganar cada día un futuro que no dilapide el derecho a ser españoles de las generaciones siguientes. ¿Cómo? Firmeza en las convicciones, como hemos dicho, y exigencia máxima a los dos grandes partidos nacionales. Sobre este aspecto decisivo habrá que volver con frecuencia en los próximos meses. Las expectativas no son buenas. Preguntas para estrategas en Génova y en Ferraz: ¿a quién beneficia jugar a la confrontación?

¿Qué es España?
Juan VAN-HALEN La Razón 21 Septiembre 2004

España es una vieja nación que en la Edad Media ya existía como idea, y la empresa que afrontaron Fernando e Isabel no partía de cero, era una acumulación histórica. Pero lo cierto es que, por encima de la propia Historia, de la evidencia de los siglos, y sobre todo de la verdad, está sobre la mesa una interrogación preocupante: ¿Qué es España? Obviamente resulta preocupante no por el hecho de que la respuesta no esté meridianamente clara, ni porque quienes la actualizan cuando llega la ocasión del río revuelto no sean conscientes de su utilitarismo desde el mero ejercicio, simplísimo, de pasar por las amarillentas páginas de la Historia una goma de borrar. La interrogación es preocupante porque en sí supone un tiempo débil. En un momento histórico de convicciones, de complicidades territoriales, de solidaridad, esa pregunta –¿qué es España?– no se produciría. Sería, en todo caso, una reflexión entre intelectuales. Ha sido Stanley Payne quien ha unido esta situación a «una cierta ausencia de conciencia y de bagaje intelectual».

Los historiadores han apuntado que los nacionalismos, que son, sobre todo, los que han alzado la interrogación sobre el ser de España, se apuntalaron en el desastre del 98, y se alimentaron más tarde en el régimen centralista de Franco. Desde luego fue estúpida la gestión de la crisis del 98, con unos políticos errados y unos militares ciegos, y un pueblo que recibía informaciones falsas sobre la realidad del poder militar español. Pero precisamente el desastre hubiera sido momento para la unidad. Los nacionalismos incipientes pisaron el acelerador, sencillamente inventándose la Historia y, en el caso vasco, el poder de la raza. En cuanto al centralismo del régimen de Franco, los nacionalismos no tenían justificación alguna para identificar ese centralismo desbordado con el ser de España olvidando un milenio de Historia común. La encomiable moderación de todos en la transición dio paso a la Constitución vigente. La Constitución que ahora algunos quieren licenciar.

Y ésa es la cuestión. Se han radicalizado los nacionalismos. En el País Vasco, en Cataluña y en menor grado en Galicia, los partidos nacionalistas han creído que era su momento, percibiendo la debilidad aparente de algo que no es ni debe ser virtual, sino real: el concepto de España, lo que fue, lo que es, lo que será; esa acumulación histórica. ¿Qué es España? Es una interrogación con trampa. Y lo más preocupante es el imparable deslizamiento del socialismo, que lleva la «E» de español en su nombre, en un camino que puede llegar a un punto de no retorno en el que haber dicho sí a todo resulte fatal.

¿Qué se necesitaría en este momento difícil? Liderazgo, fortaleza y voluntad; e ideas claras. Y es, desgraciadamente, lo que no hay. En Cataluña, el tripartito fue la primera muestra del menú socialista. En el País Vasco lo había sido antes el Plan Ibarreche, con división de opiniones en el socialismo vasco. Y, al fondo, aquellos cafés compartidos en Perpignan por dirigentes etarras y el gurú del radicalismo nacionalista catalán, Carod Rovira. El socialismo entraba entonces en las arenas movedizas de preferir poder a ideología y, sobre todo, a coherencia. Después del 14 de marzo el socialismo se ha aposentado en esas arenas movedizas, y hace «pic-nic» en ellas como quien no sabe que puede ser engullido por el terreno cuando menos lo espere.

Desde el obvio respeto al veredicto de las urnas del 14 de marzo, pero reconociendo, como la mayoría de los analistas del mundo, la repercusión del atentado del 11 de marzo en el electorado, lo cierto es que una criminal acción terrorista foránea contribuía a alejar del poder al partido que más daño había hecho, desde la ley, al terrorismo autóctono, y situaba en el poder al partido que ya entonces era apoyado en Cataluña, y al formar Gobierno sería apoyado en Madrid, por quienes habían compartido café con terroristas y proclamaban la quiebra de la unidad española. Mientras, los nacionalismos con trayectoria moderada se radicalizan por la propia debilidad del Gobierno, que consideran terreno favorable para exigencias antes impensables.

En un momento tan delicado como éste haría falta liderazgo nacional, claridad de ideas, rigor de diagnóstico y voluntad de poner todo ello al servicio de la España de todos; sin miedo, sin debilidades. Y con una rigurosa valoración de las afirmaciones que se hagan sobre la reforma de la Constitución que, a veces, tanto por su ambigüedad como por sus sucesivas rectificaciones de matiz, tienen lecturas territoriales de alto riesgo. Acuerdos de mera supervivencia política con quienes públicamente han manifestado que no creen en España y quieren su desguace no garantizan un futuro de todos y para todos. El profesor Schaub, relevante hispanista francés, se extrañaba este verano de que la palabra «España» se hubiese convertido en un tabú, en un concepto innombrable. «Eso –decía– no ocurre en Francia ni en Gran Bretaña». Tampoco en esas naciones se preguntan qué son. Ni en Italia, con unidad nacional mucho más reciente.

Nos conformamos con un liderazgo que lo sea, cuyo titular se lo crea, tenga ideas claras, voluntad, coherencia, y que sepa dónde están las arenas movedizas y no haga «pic-nic» en ellas. Un liderazgo para la nación en un tiempo difícil. Capaz de ser una referencia nacional para la gran mayoría de los ciudadanos, le hayan votado o no. Creo que las invocaciones al talante, la sonrisa perenne, las rectificaciones, no garantizan ese liderazgo nacional. Por el bien de esa España plural y unida querría equivocarme. Pero no tengo muchas esperanzas.

Por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas
Federico Jiménez Losantos Libertad Digital 21 Septiembre 2004

En nuestra modesta opinión, Rajoy debe comparecer voluntariamente ante la Comisión y, por supuesto, debe pedir la comparecencia de Blanco, Rubalcaba, Sacaluga, Robles y compañía Además de malvados, que los hay, en la cúpula del PSOE actual abundan bastante los simples, en ocasiones decididamente tontos. Bien es cierto que no sabemos si la torpeza proviene de la malicia o la malicia de la torpeza, si las continuas rectificaciones revelan una plausible voluntad de enmendar los yerros o la única manera de mandar que tienen, que es cometiéndolos. En la Moncloa como en Ferraz, el zapaterismo nos suministra a diario ocasiones de quedarnos con la boca abierta, peligroso pórtico para las moscas, a las que tenemos desde el 11-M instaladas detrás de la oreja. Y después del Presidente del Gobierno, pocos nos amoscan más que el Secretario de organización sociata, José Blanco, que ahora la ha emprendido con Rajoy, o se ceba en él, a ver si así olvidamos las revelaciones sobre el conocimiento que él, Rubalcaba, Sacaluga y compañía tuvieron de la pista islámica del 11-M no más tarde del 12, sin que, por supuesto, se lo comunicaran al Gobierno como era su obligación. Antes al contrario, parece evidente que utilizaron estos datos para engañar al Gobierno y manipular a la opinión pública, a fin de ganar unas elecciones que tenían perdidas y, de habarse confirmado la autoría únicamente etarra (la lógica, después de los episodios de Chamartín, Arán y Cuenca) no sólo perdidas sino con la segura jubilación anticipada de Zapatero y su cuadrilla.

Blanco debería pedir él mismo declarar ante la Comisión del 11-M sobre la información que la jueza francesa Le Vert habría transmitido de forma subrepticia e ilegal a sectores radicalmente opuestos al entonces Gobierno de España (a Margarita Robles para que lo filtrara a sus correligionarios socialistas) y, ya de paso, si es verdad que se fueron a casa de uno de los comensales a celebrar la buena nueva, lo que anticiparía veinticuatro horas la "mariscada de la infamia" de una parte de los responsables de la masacre el 13-M. Sí, justamente la jornada que, según dice ahora Blanco, violentó Mariano Rajoy al denunciar el acoso a que estaban sometidas las sedes del PP en toda España, fruto de la estrategia puesta en marcha por el PSOE y PRISA a raíz de la información de la jueza Le Vert y de los núcleos felipistas instalados en la Policía, la Guardia Civil y el CNI.

Dice Blanco que Rajoy estaba en el Gobierno el 11-M y es mentira. Pero sin duda es esa una de las mentiras menos graves de Blanco últimamente. En nuestra modesta opinión, Rajoy debe comparecer voluntariamente ante la Comisión y, por supuesto, debe pedir la comparecencia de Blanco, Rubalcaba, Sacaluga, Robles y compañía, sin excluir, ya que citamos a un sociólogo alemán, a una jueza francesa a la que creíamos amiga de España y no sólo del PSOE. Es posible que a Blanco le gustara mucho cantar de niño lo de "Vamos a contar mentiras", pero es difícil que , a estas alturas, nos convenza fácilmente de que "por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas". Ahora bien, en la Comisión puede intentarlo. Después del Portero Automático de Rubalcaba, nada o casi nada puede sorprendernos. Y como esto va para largo, adelante con los faroles.

EL PACIFISMO DE ZAPATERO
Edurne URIARTE ABC 21 Septiembre 2004

La posición en política internacional que defiende esta semana en Naciones Unidas José Luis Rodríguez Zapatero contiene todos los ingredientes del pacifismo más políticamente correcto. Y la simplificación mitinera que realizó José Blanco sobre sus objetivos en la ONU resume en realidad su filosofía más profunda: «El presidente sustituirá las guerras preventivas por la guerra contra el hambre». Es decir, no a las guerras, y, contra la violencia, soluciones políticas que combatan las causas; frente al militarismo de Bush o de Aznar, pacifismo.

Si unimos la proclamación de Blanco a las declaraciones de Zapatero de los últimos meses, insistencia en que hay que luchar contra el terrorismo con medidas políticas, énfasis en las causas, crítica a las medidas militares, negativa a utilizar los términos de terrorismo fundamentalista o islamista o sugerencia de que la retirada de las tropas extranjeras facilitará la pacificación de Irak, tendremos el cóctel completo de las soluciones pacifistas de este Gobierno y, sobre todo, sus limitaciones.

Zapatero insiste en las medidas políticas contra el terrorismo porque considera que su origen principal está en la pobreza y la opresión. Evita el término de islamismo porque piensa que el fanatismo es una consecuencia de lo anterior y no una causa con vida propia. Y, en la línea del pacifismo más correcto, rehuye las medidas de fuerza; el concepto de militar, o no está en su discurso, o tiene un sentido negativo. En su horizonte, no hay soldados, no hay disparos, no hay sangre.

El problema de esta interpretación es que el objeto interpretado, el terrorismo fundamentalista, es totalmente indiferente a la receta pacifista. No es sensible a las medidas sociales o de liberalización política porque su motivación fundamental, el islamismo, es independiente de las causas sociales y políticas con las que algunos lo quieren asociar. Y, en su horizonte, sólo hay crimen y sangre.

Por eso la política exterior amable que Zapatero desea contraponer a la agresividad americana o a la del anterior Gobierno contiene muchas medidas complementarias positivas en sí mismas pero ninguna útil para enfrentarse al núcleo de la violencia fanatizada. Porque en ese punto es preciso hablar de las medidas de fuerza y del militarismo que tanto evita Zapatero. Y los excesos militaristas de otros se convierten en los defectos pacifistas de nuestro presidente.

Pero, además, no está muy claro el lugar de España en sus consejos sobre multilateralismo y soluciones políticas. Y me refiero al lugar en la amenaza. Porque temo que, a pesar del 11-M, Zapatero ofrece líneas de acción contra la violencia sin haber asumido que también para España, y no sólo para Estados Unidos, el terrorismo constituye la amenaza principal. Su pacifismo minusvalora la causa central y, probablemente, confunde la dirección y las dimensiones de la amenaza y la inevitable imbricación de España en una guerra que el fundamentalismo ha declarado, a pesar del pacifismo.

ETA NO ES DIFERENTE
Por César ALONSO DE LOS RÍOS ABC 21 Septiembre 2004

DE forma implacable los socialistas han venido respondiendo a José María Aznar, en estos años pasados, cada vez que el ex presidente hacía un llamamiento a la lucha global contra el terrorismo. Para Zapatero y sus portavoces se trataba de generalizaciones inaceptables, por engañosas, ya que según ellos «nuestro» terrorismo, el de ETA, tiene poco que ver con los de Chechenia, Bangladesh, Marruecos, Indonesia, Pakistán, Colombia o México: para ellos ni es tan salvaje como las organizaciones palestinas (con las que son tan comprensivos Moratinos y compañeros) ni tiene unas raíces religiosas como Al Qaida. Un intérprete riguroso, sin escrúpulos, podría decir que para estos ETA es una organización más civilizada y laica.

Los socialistas españoles no sólo reivindican la singularidad de ETA, sino que, además, defienden que las luchas contra los terrorismos no deben orientarse hacia la represión sino que deben profundizar en las raíces históricas de cada uno de esos movimientos y, de ese modo, tratar de comprenderlos y de llegar a una solución «dialogada», «pactada»... Si en el caso de ETA los socialistas quieren que descendamos al franquismo e incluso a las razones históricas de los fueros, en el caso del terrorismo islámico pretenden que analicemos las respuestas en el contexto del Imperio norteamericano, hoy, y en el de la hegemonía occidental sobre árabes y musulmanes, ayer.

Esta es la teoría del Gobierno de España: la solución del terror global está en el diálogo con los terroristas a partir de la comprensión de las causas de éste e, incluso, de la rectificación de las posiciones de los países occidentales y sobre todo de Estados Unidos (causantes, en definitiva, de la desigualdad de las naciones), pero nunca en la guerra, ni siquiera cuando pueda llevar a la victoria.

SIN duda alguna se trata de un pensamiento tan suicida como demagógico. Aparentemente juega a la solidaridad, a la autocrítica de Occidente, del Estado español en el caso de ETA, pero en realidad se trata de una política basada en el error y la cobardía. Por lo que se refiere a la actitud en relación con «nuestro» terrorismo, es parte del lastre político y moral que viene arrastrando la izquierda española desde los tiempos del franquismo. Aunque renunció a la ruptura democrática (no le quedaba otro remedio), disculpó la salida violenta de una parte de los vascos. Aceptó que estos habían sido reprimidos de un modo especial durante el franquismo y que tenían unos argumentos históricos de fuste frente al Estado. Por todo ello, en sus consideraciones sobre el terrorismo, la izquierda española ha mantenido siempre una actitud de reserva mental en relación con ETA, a la que no sólo había comprendido, sino mitificado.

EN tiempos no lejanos, ilustres filósofos, moralistas, sociólogos, teólogos... justificaron el terrorismo etarra a partir del terrorismo estructural o de Estado. El lector lo recordará bien, al igual que la glorificación de quienes como Bergamín eligieron el País Vasco -la víctima- frente al verdugo español. De entonces viene la confusión conceptual y la miseria moral de hoy que increíblemente sigue amparando a ETA de tal modo que, a mi entender, no la derrotaremos mientras no hayamos ganado la batalla ideológica al Partido Socialista, a «este» Partido Socialista... y no hayamos desalojado de su pensamiento esa reserva mental con la que se distingue a ETA del resto de los movimientos terroristas.

RAZÓN DE GOBIERNO
Por Ignacio SÁNCHEZ CÁMARA ABC 21 Septiembre 2004

LA Comisión investigadora de los atentados del 11 de marzo ha quedado varada por obra no de la democracia ni de la razón de Estado, sino de la pura razón de Gobierno, de la imposición de la mayoría parlamentaria precisamente en uno de esos casos donde deben prevalecer democráticamente las minorías. El juego abusivo del Gobierno ha sido, una vez más, acompañado por la ingenuidad bisoña del PP. Y encima para que el diario más afín al Gobierno, o viceversa, haya podido titular, en los aledaños, como mínimo, de la burda manipulación: «El PP deslegitima la comisión del 11-M tras la citación de Aznar». Cuando la verdad es que el PP nunca se ha negado, al menos públicamente, a la comparecencia de Aznar y que votó a favor de ella. Las acusaciones de la oposición no se refieren a la comparecencia del ex presidente del Gobierno, sino al ejercicio del rodillo parlamentario para impedir las de Zapatero, los confidentes policiales, varios funcionarios públicos, directivos de medios de comunicación y algunos cargos públicos.

Podrá discutirse si algunas, muchas o todas estas comparecencias puedan aportar o no información relevante, incluso podrá discutirse su conveniencia política. Podrá argumentarse que a la investigación judicial corresponde la depuración de las responsabilidades criminales y la identificación de los autores materiales y de sus jefes, cómplices y encubridores. Pero, sobre toda esta discusión, prevalece el derecho fundamental de la oposición a solicitar las comparecencias que estime pertinentes. Impedirlo no puede hacerse en nombre de la democracia, sino precisamente burlando a la democracia. Es precisamente a las minorías a quienes no se les puede limitar el derecho a solicitar comparecencias, sin adulterar y frustrar la naturaleza y los fines de las comisiones parlamentarias. Esgrimir la presunta delincuencia de algunos comparecientes frustrados no se tiene en pie. En los tribunales de Justicia comparecen todos los días.

Los juicios de intenciones suelen ser aventurados. Y es muy probable que tanto el Gobierno como la oposición vayan más a lo suyo que al esclarecimiento de la verdad. Pero hay cosas que rebasan el ámbito de lo discutible porque incumben a los hechos. Mientras el PP no se ha opuesto a la comparecencia de Aznar, que, por cierto, había sido considerada irrelevante por varios dirigentes socialistas después de las de Acebes y Zaplana, el PSOE y sus aliados parlamentarios han impedido buena parte de las solicitadas por la oposición. Y eso no es fruto del juego legítimo y natural de las mayorías, sino del abuso antidemocrático de la mayoría y la vulneración del derecho legítimo de la minoría. Si la mayoría decide el contenido de la comisión, las comparecencias y elabora las conclusiones, puede alguien aclarar qué función le queda a la minoría sino poco más que hacer la ola a la mayoría. La comparación con la comisión parlamentaria de Estados Unidos que investigó el 11-S es imposible. Claro que allí la tradición liberal de limitación del poder y de las mayorías, la tradición de Madison, Mill, Tocqueville o Montesquieu goza, a pesar de todo, de mejor salud que entre nosotros. Aquí la vieja expresión «tiranía de la mayoría» suena a cosa imposible, a contradicción en los términos. Y, sin embargo, vulnerar el derecho de la minoría es una forma de tiranía. Mas no faltan defensores de la razón de Gobierno que pretenden enviar a la oposición, diagnosticándole paranoia, al desván del psicoanalista. ¿Tendrá acaso alguien que ocultar algo sucedido los días 12 y 13 del pasado marzo?

Carta de París
Cinismo musulmán
Carlos Semprún Maura Libertad Digital 21 Septiembre 2004

Los franceses, que no están en Irak, que han defendido, cuanto les fue posible, a Sadam Hussein y a su tiranía, pretenden ahora que los norteamericanos se rindan. ¿A quién? Al caos Hace un mes que el misterioso “Ejército islámico de Irak”, se mofa cínicamente de las autoridades galas y del mundo entero, manteniendo como rehenes a dos periodistas galos y a su chófer intérprete. No son los únicos rehenes, bien sabido es: dos jóvenes italianas que trabajaban para una ONG, de la que curiosamente no se nos da nunca el nombre, hay rehenes británicos, norteamericanos, etcétera, siguen decapitando a camioneros turcos y kurdos, y demás fechorías y atentados sangrientos.

No son los únicos en cometer esos crímenes, pero como no se sabe quienes son exactamente, tampoco se sabe cual es exactamente su responsabilidad. Sus exigencias también varían, y no se sabe muy bien de quien provienen. Exigieron, primero, la abolición de la ley sobre el velo islámico en las escuelas francesas, es posible que al constatar que la rentrée había transcurrido sin disturbios, y sin velo, cambiaron y exigieron 5 millones de dólares de rescate luego lo negaron, a cambio exigieron la liberación de todas las mujeres musulmanas detenidas en Irak, y ahora declaran que, de todas formas, Francia siendo un país antiislámico, cualquier tipo de represalias se justifica, lo cual suena como amenaza grave.

Las autoridades francesas, después de su campaña a bombo y platillo para su liberación, totalmente ineficaz, se han hecho prudentes y cautelosas, se limitan a decir que no es nada seguro que todas las reivindicaciones procedan de los secuestradores, y como no se sabe quienes son estos, todo es posible. Pero lo peor, es que tanto desde el gobierno, como en la prensa, en vez de atacar a los terroristas islámicos, se atacan a los USA, porque al proseguir las operaciones militares pondrían en peligro la vida de sus rehenes. Los franceses, que no están en Irak, que han defendido, cuanto les fue posible, a Sadam Hussein y a su tiranía, pretenden ahora que los norteamericanos se rindan. ¿A quién? Al caos.

Pasando de la tragedia iraquí a la política interior francesa, se pasa del drama al vodevil. En el PS, pese a las críticas, algunas furibundas de sus camaradas, Laurent Fabius sigue liderando, con éxito, la campaña a favor del no a la constitución europea. Enfrente, el cada día más patético François Hollande sigue defendiendo el sí. Ambos han aprovechado este fin de semana, para hacer campaña por sus contradictorias tesis. Hasta ahora los dos mantenían que “todas las opiniones son respetables”, y que había que salvaguardar la unidad del partido. Pero el tono sube, cada vez mas polémico. Hollande, como otros elefantes del PS, Martine Aubry, Strauss-Kahn, Jack Lang, declaran que votar no, sería votar contra Europa y contra la izquierda. Una traición, vaya. Fabius no se inmuta. La UMP parece más disciplinada, y oficialmente es favorable al si. Pero la procesión va por dentro, y de todas formas sigo convencido de que la triunfadora del referéndum previsto, será, una vez más, la abstención. Otro tema muy debatido es la entrada de Turquía en la UE, y en ese sentido hay que señalar una buena noticia, el proyecto de ley turca de encarcelar a las adulteras pese a haber sido arrinconado, por ahora, ha sonado como un grito de alarma en la UE, porque demuestra lo que significa “el Islam moderado” en Turquía y eso refuerza la oposición a la entrada de ese país islámico y no europeo en la UE.

Conde Pumpido
Ni vidente, ni clarividente
Cristina Losada Libertad Digital 21 Septiembre 2004

Las mentes que lo urdieron querían poner en el gobierno a un partido dispuesto a la cesión en todos los terrenos: interior y exterior, y ya lo han conseguido. No hay que preocuparse Nosotros somos más listos. Los americanos, desde que les pillaron con la guardia baja el 11-S, han tenido que vivir bajo una alerta anti-terrorista que, a veces, obliga a los ciudadanos a pasar incómodos controles. Además, se vieron obligados a investigar qué demonios falló en los servicios de seguridad e inteligencia y en la política de los últimos gobiernos. Y la gente, que debe de ser tonta de remate, compra y lee el tocho que ha pergeñado la comisión bipartidista creada a petición de familiares de víctimas de aquellos ataques. En España no necesitamos ni alertas ni investigaciones trabajosas. Ya lo sabemos todo y estamos preparados. O eso ha venido a decir el fiscal general del Estado.

El señor Conde Pumpido no es un vidente y quizá no sea tampoco clarividente. Parece difícil escoger peor el momento para declarar que "con lo que hemos aprendido ya (sobre el 11-M) creo que podemos decir que algo de esta magnitud es irrepetible". Justo cuando en Cataluña se detenía a una decena de pakistaníes que podían haber estado preparando un atentado, siguiendo algunas de las pautas que precedieron a ataques del terrorismo relacionado con Al Qaeda. Y cuando no están listas las conclusiones del sumario, la Comisión parlamentaria no ha terminado su trabajo y no se tiene noticia de investigaciones sobre los errores de las fuerzas de seguridad y los servicios de inteligencia ante una masacre preparada con ayuda de unos confidentes.

Pero, además, sus declaraciones casan mal con el núcleo de las tesis que defienden el gobierno y sus altavoces sobre el 11-M. Si ha sido una célula del terrorismo islamista, o como dijo el ministro del Interior, "de base global interconectado en red internacionalmente", España sigue estando bajo la amenaza de quienes consideran nuestro territorio como el Al Andalus a recuperar y es temerario e irresponsable decir que no podrá repetirse un suceso como aquel. A menos que el fiscal crea que hemos hecho méritos suficientes con nuestra retirada de Irak y nuestro acercamiento a Marruecos y al mundo árabe, para salvarnos de ese terrorismo de estructura horizontal o desparramada, que dijo también Alonso. Un terrorismo cuyos atentados no precisan, por lo visto, de "autor intelectual". Pues hemos pasado de los múltiples "cerebros" del 11-M, a la idea de que no hay ninguno.

Siendo malpensados podemos, sin embargo, darle la razón al fiscal general: el 11-M es irrepetible, en efecto. Se planeó para alterar el resultado de las elecciones y no hubo detrás ningún cerebro de Al Qaeda, que ya quedamos en que no lo hay. Las mentes que lo urdieron querían poner en el gobierno a un partido dispuesto a la cesión en todos los terrenos: interior y exterior, y ya lo han conseguido. No hay que preocuparse.
 

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