AGLI

Recortes de Prensa     Domingo 26 Septiembre 2004

EL ESTADO DE GRACIA
Ignacio CAMACHO ABC 26 Septiembre 2004

ENGLISH
Jon JUARISTI ABC 26 Septiembre 2004

George Bush, naturalmente
Pedro Schwartz Libertad Digital 26 Septiembre 2004

ESPEJO ROTO
ÁLVARO DELGADO-GAL ABC 26 Septiembre 2004

MAXIMALISMO HISTÓRICO
PABLO PLANAS ABC 26 Septiembre 2004

El gran plan
JAVIER ZARZALEJOS El Correo 26 Septiembre 2004

El intruso
Alfonso USSÍA La Razón 26 Septiembre 2004

La doble guerra de Iraq
Alejandro MUÑOZ-ALONSO La Razón 26 Septiembre 2004

Garzón cabalga de nuevo
EDITORIAL Libertad Digital 26 Septiembre 2004

¿Fue ilegal
GEES Libertad Digital 26 Septiembre 2004

Aviso para la economía catalana
Editorial La Razón 26 Septiembre 2004

ETA coloca dos bombas en el País Vasco y Aragón
Vasco Press/Efe La Razón 26 Septiembre 2004
 


EL ESTADO DE GRACIA
Por Ignacio CAMACHO ABC 26 Septiembre 2004

ESTÁ intacto, incólume, como si en vez de presidir un gobierno trufado de contradicciones y balbuceos fuese el rey Arturo de un Camelot de idealismo y excelencia. Se desplaza como levitando, elevado un palmo sobre las alfombras del poder, con la sonrisa desplegada y un brillo cordial que parece guiñar complicidades desde sus ojos claros. Va sobrado, crecido, suficiente, con un punto de arrogancia tras su aparente humildad de hombre abierto al diálogo y al contraste. Parece gobernar desde una nube, porque nada le roza, ni le desgasta, ni le quiebra: ni la trivialidad de sus proclamas, ni el sectarismo de sus ministros, ni la manifiesta ausencia de un proyecto de fondo más allá de ese vago y ya manoseado concepto del talante. «El talante forma parte del proyecto», dijo en su discurso de investidura. Seis meses después de su sorpresiva victoria electoral, se diría que el talante «es» el proyecto, el único y etéreo referente de su programa, pero le sobra para mantenerse rodeado de un aura benéfica como un karma que le protegiese de los efectos del error con una coraza intangible.

Quizá el fenómeno más sorprendente de este semestre de presidencia de José Luis Rodríguez Zapatero sea esa campana refractaria que rebota las críticas contra una pared de popularidad y desvanece los abundantes despropósitos de su equipo en una bruma de anuencia colectiva. En las encuestas alcanza la nota más alta de un político desde la demiurgia carismática del primer Felipe González, y hasta ha superado a la imbatible Isabel Pantoja en un ránking de popularidad. Da igual que nadie sepa exactamente qué clase de modelo territorial desea para el Estado, que sus colaboradores rectifiquen cada día el proyecto o la medida anunciada en la fecha anterior, que su partido se comporte en el trabajo parlamentario -significadamente en la Comisión del 11-M- con dosis enconadas de sectarismo, que incluso sus simpatizantes con mayor discernimiento intelectual se sonrojen ante propuestas tan simplonas como la de la alianza de civilizaciones o la estupefaciente receta de la igualdad de sexos para combatir el terrorismo internacional. Nada le alcanza, nada le afecta, nada le deteriora.

Como le ocurría a aquel afortunado Mister Chance que encarnó en la pantalla Peter Sellers, cualquier simple ocurrencia de elemental sentido común se convierte en manos de Zapatero en un instrumento de devastadora popularidad. Para desesperación de una oposición asombrada, el presidente está en estado de gracia, en la cúspide de un olimpo popular sostenido por la fe de los jóvenes y la complacencia de unas clases medias que parecen haber sufrido un encantamiento bajo el hechizo de su célebre sonrisa.

De algún modo, este éxito inesperado se cimenta en una sola razón de fondo: Zapatero está haciendo exactamente lo contrario que Aznar en sus últimos dos años de Gobierno. El ex presidente fue víctima de una burbuja de rechazo generada por un repentino cesarismo sobre el que trabajó con acierto el aparato mediático de la izquierda: a partir de su evidente falta de simpatía y de errores estratégicos como la crisis del «Prestige» o la reforma laboral, se fue creando un clima de animadversión que cuajó en el debate sobre la guerra de Irak y arrasó de repente -bombas del 11-M mediante, eso sí- con todo el edificio de prosperidad económica y cohesión nacional que había creado el aznarismo. Zapatero tuvo la habilidad de convertirse en el anti-Aznar: sonrisas frente a ceño fruncido, apariencia de diálogo frente a firmeza, suavidad formal frente a hieratismo gestual. Y con esas débiles vigas ha levantado un parapeto de estilo que parece guardarle de cualquier contingencia del poder y la política.

Sus críticos confían en que alguna vez se le acabará el crédito, acaso cuando llegue el momento de tomar decisiones realmente comprometedoras y establecer prioridades que signifiquen por necesidad agravios y descontento. Pero por debajo de la mirífica pátina de bondad pacifista e integradora del presidente, el Gobierno y el partido están tejiendo una implacable red de apoyos que se basa en el rechazo y la demolición sistemática de las huellas del periodo aznarista.

Con eso y con las reservas financieras legadas por el denostado gabinete del PP, los socialistas tienen por delante un periodo de tiempo suficiente para consolidar una base electoral con la que afrontar el inevitable momento en que los sectores que se movilizaron por la sacudida del atentado de marzo vuelvan a su apacible estado de desconfianza política. Y está por ver que los estrategas del zapaterismo no hayan encontrado en el estilo y en las formas una veta de mineral político de extraordinario valor en el mercado de la sociedad española.

Acaso el éxito del talante no sea más que un brillante hallazgo de comunicación extremadamente hábil por su virtualidad de conectar con un espíritu colectivo mucho más anclado en la debilidad de lo que sospechaba Aznar en su esfuerzo por construir un proyecto de fortaleza nacional. Una sociedad acomodada que no desea conflictos y rechaza cualquier atisbo de rigidez constituye un excelente caldo de cultivo para un proyecto político «light» que hace bandera de la suavidad, del diálogo y de la tolerancia, que predica el abrazo al enemigo y enarbola un pacifismo casi ingenuo y una meliflua doctrina integradora emparentada con el «flower power» de los sesenta.

Desde ese cándido bonismo de fraternidad universal, Zapatero se ofrece como el icono kennedyano de una nueva frontera sin conflictos, y le come implacablemente el terreno a un PP que afronta esta semana el congreso de su reconstrucción a sabiendas de que por el momento está condenado a atravesar con las manos atadas el desierto de una razón que el pueblo no entiende.       director@abc.es

ENGLISH
Por Jon JUARISTI ABC 26 Septiembre 2004

«A comienzos del siglo VIII de la era cristiana, la bonanza que el islam había aportado a todo el norte de África se tradujo en un inesperado crecimiento demográfico. Miles de jóvenes magrebíes de la generación del boom se vieron obligados a emigrar a la península ibérica (España, como tal, no existía aún) en busca de puestos de trabajo. Se encontraron con que la población autóctona, escasa y miserable, soportaba la doble tiranía de un ejército godo, racista y totalitario, y de un clero católico preconciliar y despótico. Con el apoyo, no demasiado eficaz pero entusiasta, de las opresas masas ibérico-capsienses (también de lejano origen marroquí), los valerosos inmigrantes consiguieron desalojar a las fuerzas de ocupación y meter en cintura a los obispos, instaurando a continuación un sistema político bastante liberal para la época, que garantizaba los derechos religiosos de cristianos, moros y judíos. El Estado nacido de esta revuelta emancipatoria levantó en pocos años una constelación de ciudades con todo tipo de servicios, desde baños gratuitos a farolas, desde alcantarillado a fuentes de colorines, que fue la envidia de Europa. Téngase en cuenta que la dictadura de los bárbaros germanos había hecho descender la otrora floreciente civilización iberorromana a niveles propios del paleolítico inferior.

Azuzados por frailes resentidos, los salvajes montañeses del norte, superficialmente cristianizados, emprendieron sangrientas incursiones en la zona liberada, creando a la vez minúsculos Estados-títere manipulados por los ocupantes germanos de las Galias (Francia, como tal, tampoco existía) y por la curia vaticana. Con el tiempo, dichos Estados o reinos se expandieron, destruyendo allí donde llegaban las estructuras de la tolerante civilización islámica que se llamó andalusí para distinguirse de la islamo-africana, con cierta tendencia ésta al integrismo a causa de la pobreza de sus gentes, que vivían apiñadas en los oasis alimentándose de dátiles y queso de camella.

ALGUNOS intelectuales de la Federación Catalano-aragonesa como Raimon Lluch (¡perdón,Llull!), admiradores sinceros de ciertos aspectos del islam, trataron de sustituir el enfrentamiento armado por foros de diálogo intercultural, pero tales tentativas se vieron frustradas por la codicia y cerrazón de Castilla, reino de cruzados fundamentalistas que logró imponer en el trono federal de Aragón una rama menor de su propia dinastía. Tras casi ocho siglos de bronca, la reina castellana Isabel I, apodada la Católica, fanática islamófoba y antisemita que supo camelar a su ambicioso primo Fernando, también Católico él (rey de Aragón, pero castellano por estirpe, lengua y pésimas inclinaciones), comprometió de nuevo a aragoneses y catalanes en la guerra contra los andalusíes, de la que la Federación se había descolgado doscientos años atrás por influencia del pacifismo de Lluch (¡Llull, Llull, plasta de ordenador hipercrítico! ¡No! ¡Tampoco Llach! ¡Llull, he escrito Llull!). En enero de 1492, Isabel y Fernando conquistaron el último reducto de resistencia islámica en la península -el refinado reino moro de Granada-, lo que les permitió dedicarse en adelante a menesteres como la expulsión de los judíos, la puesta en marcha de la Inquisición y la colonización a sangre y fuego de las Indias Occidentales. Las vencidas comunidades musulmanas, muy numerosas, fueron reducidas a esclavitud o forzadas al bautismo, pero se las arreglaron para instalarse poco a poco en las costas levantinas, desde donde sus gentes eran rescatadas con frecuencia por comandos argelinos que las trasladaban a territorios bajo la protección del sultán otomano. Isabel y Fernando, en fin, adoptaron como logotipo oficial el yugo y las flechas, poniendo las bases del futuro fascismo español».

¿VALE así? Es que tengo pendiente una conferencia en la Universidad de Chinatown, Manhatan Este, y no quiero que me monten un tiberio a la vuelta. ¿Creen ustedes que, si se lo pidiera como un favor muy especial, el presidente Rodríguez me echaría una mano para traducirlo al inglés? ¿Y Cecé? De sobra es conocido el perfecto dominio que tiene del latín, sobre todo del vulgar (cuando explica lo de egabrense por la tele, da gusto oírla), pero ignoro si es igualmente ducha en la lengua de Bush. Bueno, sería un sueño. Casi rezo, como diría ella. Ni me atrevo a imaginarlo.

Elecciones EE.UU.
George Bush, naturalmente
Pedro Schwartz Libertad Digital 26 Septiembre 2004

La actitud de los europeos y en especial de los españoles hacia el presidente Bush es miope y derrotista. De este lado del Atlántico se ve a George Bush como un vaquero matón y poco inteligente que, en su intento de gobernar el mundo sin hacer caso de sus aliados ni de la ONU, está encaminándonos a todos hacia la catástrofe. Si pudiéramos votar en las elecciones americanas apoyaríamos a Kerry, una de cuyas promesas electorales es sacar las tropas de su país de Irak. Seguimos con la actitud que dio la victoria a Zapatero frente a Aznar: preferimos sonrisas, contradicciones, apaciguamiento a seriedad, coherencia, firmeza. Gracias a Dios, esta vez no importa, pues parece que las elecciones en EEUU las va a ganar Bush. Pero los españoles preferimos ponernos claramente del lado del perdedor.

George Bush en sus aciertos ha mezclado errores. Hay aspectos de su política económica que son preocupantes: está financiando la guerra con deuda pública, atiende a las peticiones de protección contra las importaciones por parte de sectores en decadencia como el acero y los agricultores; promete cuanto le piden los grupos de interés con poder de voto; no ha cumplido su compromiso de reformar las pensiones públicas ni se ha inclinado francamente por el bono escolar. Es triste que la democracia moderna empuje los políticos por el camino de la facilidad. Faltan las barreras constitucionales que evitarían la necesidad de competir electoralmente con medidas y promesas conocidamente dañinas.

La posibilidad de endeudarse el Estado para otra cosa que no sean inversiones públicas de larga maduración es una de las corruptelas del poder absoluto que la democracia debería haberse evitado: en tiempo de guerra, los gobiernos emiten dinero en exceso y se endeudan sin límite, en vez de reducir los dispendios heredados de tiempos de paz. Es una pena también que, en el momento de redactar la Constitución de EEUU en 1783, los padres de la patria americana prestaran oídos al industrialista Hamilton en vez de al liberal Madison y concedieran al Congreso “el poder de regular el comercio con las naciones extranjeras”: no hay mejor límite para las intromisiones del Estado en la vida económica como la plena libertad de comercio, interior y exterior. El “welfare” o sistema de bienestar de EEUU fue objeto de una bienvenida reforma del presidente Clinton, cuando condicionó el subsidio de pobreza al desempeño de un trabajo; pero Bush no se ha atrevido aún a convertir parte de los derechos de pensión de los jóvenes en una cuenta personal; y, en cuanto ayuda directa a las familias para la educación de sus hijos, no se ha enfrentado a los cabilderos de la escuela pública y sólo promete financiación a las familias de clase media para pagar la universidad. Acierta sin embargo en lo principal, que es la reducción de impuestos: cuanto mayor es la renta disponible de los ciudadanos, mayor es la libertad personal y más poderosos son los incentivos para ahorrar e invertir.

Su política exterior tampoco es perfecta, pero no por las razones que aducen los europeos. Antes del 11 de septiembre, Bush, como Republicano tradicional que era, se inclinaba por una política de aislamiento de EEUU, reforzada por un justificado escepticismo hacia las capacidades de la ONU. Los terroristas de Al Qaeda cambiaron todo eso: EEUU había entrado en guerra. Bush ha basado a partir de entonces su política exterior sobre dos principios: la libertad de defenderse de sus enemigos y la necesidad de reforzar la democracia en el mundo. No veo qué haya de malo en esa estrategia, excepto que se necesita mucha decisión y costosos medios para llevarla a cabo. Si en algo se ha equivocado Bush es en creer que podía repetir fácilmente en Irak el éxito relativo obtenido en Afganistán y el mismo efecto disuasorio sobre Corea del Norte y sobre Irán que sobre Libia. No ha puesto suficiente tropa en el campo de batalla ni ha actuado con suficiente decisión contra quienes en Irak se atreven a tirar de las barbas al Tío Sam. Pero si sale reelegido no cejará. Distinta es la postura de Kerry, una postura que creo está volviendo contra él al electorado americano. Kerry ha dejado de explicar lo que haría para alcanzar la victoria y organizar la paz en Irak. Ahora quiere salir corriendo. Imaginen el ánimo que una derrota americana en Oriente Medio daría a los terroristas. En nada ha cambiado desde que, pese a haber sido condecorado en el campo de batalla, acusó a los soldados americanos ante el Senado de los EEUU de haberse comportado como criminales de guerra en Vietnam.

La actitud de los europeos hacia el liderazgo americano raya en la esquizofrenia. Por un lado, pretendemos influir amistosamente en la política exterior de EEUU pero sin contribuir de forma significativa a su esfuerzo militar. Por otro, hablamos de crear unas fuerzas armadas propias con el fin de contrarrestar el poderío americano. Queremos al mismo tiempo ser protegidos y jugar a respondones, aprovecharnos de su defensa, mientras proclamamos nuestro distanciamiento: una actitud la nuestra típica de adolescentes inmaduros.

Imágenes valen más que palabras: para muchos españoles, la foto de las Azores, en la que Aznar acompañaba a Bush, Blair y Barroso se ha convertido en el epítome de lo obsceno; en cambio, la foto de la Moncloa, en la que Zapatero junta manos con el perdedor Schroeder y el corrupto Chirac, es el bienaventurado símbolo de nuestra nueva política exterior.      © AIPE    Pedro Schwartz es profesor de la Universidad San Pablo CEU y académico asociado del Instituto Cato.

ESPEJO ROTO
Por ÁLVARO DELGADO-GAL ABC 26 Septiembre 2004

El discurso de Zapatero en la ONU ha cubierto o como tapado ante la opinión las declaraciones que el presidente hizo a la revista «Time» (27-9). Esto es una pena, porque Zapatero no habla sólo en «Time» de asuntos internacionales, sino que expone su filosofía política. Materia, la última, menos coyuntural que las recetas presidenciales para acabar con el yihadismo.

Los editores americanos dan realce a una afirmación de Zapatero: «No quiero ser un gran líder». Al ir a la letra pequeña, encontramos dos precisiones: «Quiero ser un buen demócrata, no un gran líder», y también «La mayoría de los ciudadanos, cuando es abrumadora, está siempre en lo cierto». La doctrina en que se incrustan estas dos consignas se titula, según «Time», «socialismo ciudadano». Presumo que «socialismo ciudadano» es una denominación alternativa de «ciudadanismo», que fue la marca o marchamo con que en el mes de julio decidió el PSOE rebautizar el republicanismo de Pettit. Sobre este punto, añadiré algo al final.

Echemos un tiento, por el instante, a la visión de la política que se desprende de las páginas zapaterianas del «Time». Resumida muy sumariamente, sería la siguiente: es misión del jefe político recoger la voz del pueblo y transformarla en acciones concretas. La expresión más natural de esta idea, es la democracia directa, a la cual corresponde una técnica de gobierno perfectamente filiada: la celebración de referéndum.

Los referéndum, por desgracia, no funcionan, según se ha comprobado recientemente en California. Recomiendo, sobre el fenómeno californiano, el excelente análisis de Fareed Zakaria -«El futuro de la libertad», Taurus, 2003-. Los motivos por los que no funcionan los referéndum, son dos. Primero, los ciudadanos propenden a contradecirse, como consta sobradamente a los expertos en encuestas. Reclaman, por ejemplo, más prestaciones sociales, y al tiempo, que bajen los impuestos. Cuando estos deseos contradictorios se elevan a la condición de mandatos políticos, se deriva rápidamente al caos.

En segundo lugar, los referéndum desautorizan a las clases políticas a todos los niveles, hasta el punto de anularlas. Lo que pasa al final es que se desordena primero, y después se encasquilla, la administración. La democracia directa no fue buena en Atenas, ni lo es en California, ni sería bueno tampoco que Zapatero intentara emularla en España, convocando referéndum virtuales a través de encuestas o de calas en la prensa.

No quiero sin embargo, ni entiendo que sería justo, ignorar una matización de Zapatero. Éste se refiere a mayorías ciudadanas... «abrumadoras». El adjetivo parece introducir una cautela. Y a la vez una intriga, ya que en una democracia es muy difícil que las mayorías sean «abrumadoras». ¿Está formulando Zapatero un canon democrático ideal, sin traducción práctica posible?

Mi conjetura es otra. Opino, o malicio, que Zapatero tiene puesta el alma, o el corazón, en las manifestaciones ciudadanas que fatigaron el pavés durante los prolegómenos del conflicto irakí. Zapatero es adicto a ese momento porque el conflicto estuvo en el origen, con toda probabilidad, de la subsiguiente derrota popular, y también porque las manifestaciones fueron, espiritual y emocionalmente, gratificadoras para la izquierda.

La izquierda se encontró a sí misma en la calle. Redescubrió, en formato pequeño, la revolución, cuya inherente justicia ha de predominar sobre los engaños de un gobierno vendido o la inoperancia de unas instituciones que se han alejado del sentimiento popular.

Tales ensoñaciones, a mi entender, son peligrosas, y resucitan controversias muy familiares a los propios norteamericanos. En las latitudes temporales que les tocó vivir a los padres de la Constitución americana, se solía contraponer «democracia» a «república». La segunda era una forma de gobierno limitada por el imperio de la ley y el respeto a los derechos de las minorías. Justo al revés, en las democracias la voluntad de la mayoría era discrecional, operaba sin trabas, y podía aplastar a las minorías.

En palabras célebres de Jefferson: «La democracia no es más que la prepotencia de la muchedumbre, en que el 51por ciento de la gente puede arrebatar sus derechos al 49 por ciento». Los padres de la Constitución intentaron construir, famosamente, una república.

Con el paso del tiempo, han variado los usos lingüísticos, y ahora se llama «democráticos» a regímenes que antes habrían sido calificados como «republicanos». En las democracias, en la acepción contemporánea del término, la voluntad popular está regulada por la autoridad de ley, la tutela de los jueces, y la evacuación de las acciones de gobierno a través de procedimientos predecibles y pautados.

No estoy seguro de que Zapatero sea consciente de estas genealogías semánticas, genealogías que son el reflejo de principios esenciales. Su concepción de la política, en realidad, es sentimental. Le gusta decir cosas hermosas e inobjetables, ante audiencias invisibles y unánimes. Las resultas le preocupan, acaso, en menor grado.

Vuelvo a Philip Pettit, el republicanista. No deja de tener gracia que su único discípulo con capacidad ejecutiva haya abrazado una interpretación de la política que habría puesto los pelos de punta a los héroes del republicanismo. O sea, a los redactores de la Constitución americana. Y es que es muy aventurado ser espejo de príncipes. El espejo termina hecho añicos cuando no devuelve la imagen que quiere el príncipe.

MAXIMALISMO HISTÓRICO
Por PABLO PLANAS ABC 26 Septiembre 2004

Si el problema de España con Al-Qaeda data de cuando la batalla de las Navas de Tolosa, el conflicto con los Estados Unidos es un asunto pendiente desde el hundimiento del Maine, suceso que conocen bien quienes han abordado la reacción intelectual ante el desastre del 98 como un titánico intento regeneracionista de la idea de España. La diplomacia naïf ha sido la otra gran contribución española, en esta última semana, al análisis del estado del planeta. En la primera foto de las Azores del PSOE aparece Zapatero con el canciller alemán y el presidente francés. En la segunda, el Blair español intenta convencer a todos y a todas, pero de todo el mundo, de que hay que darse un abrazo, como para abrir el cuarto centenario de la primera edición de El Quijote ahí mismo, en la sede de las Naciones Unidas, con una performance vagamente inspirada en el episodio de los molinos. De Washington a Nueva York y entre Aznar y Zapatero han expresado el amaneramiento de las dos Españas, pero así, a lo grande, con un par, pero de «lobbys». Los grandes estadistas ya se sabe. No preocuparse.

En el plano «doméstico», Ibarretxe ha hablado de su plan en el pleno de política general del Parlamento de Vitoria. La cosa es como aquella película en la que un hombre del tiempo queda atrapado en el tiempo. Mucha gente creía que eso del plan del lendakari ya era historia y que en el País Vasco había un nuevo estado, al menos de ánimo. Hace tres años Ibarretxe pensó en un plan. Hace dos años, Ibarretxe dijo que ya tenía un plan. Hace uno, presentó el plan. El viernes, lo volvió a presentar. A lo mejor, el próximo septiembre se olvida del plan y dentro de dos años piensa que ha de pensar en un plan. En tres lo tiene listo y en cuatro lo presenta. Entre tanto, mucha gente todavía lleva un doble pegado a la espalda y piensa que la libertad es una noción previa a la de la paz. Si fuera al revés, bastaría con no meterse en política, oyes.

Según María San Gil, la candidata del PP para las elecciones vascas, cada día que pasa es un día menos que falta para todo, para la libertad y para la paz. Es optimista. La esperanza de vida en Euskadi es de 76,4 años para los hombres y 83,7 para las mujeres, según los datos expuestos por Ibarretxe en el debate del viernes. Sólo en Japón hay una esperanza de vida mayor.De Gaulle dejó dicho que era imposible gobernar un país en el que había mil clases de queso. En España hay varios tipos de café. Sólo, cortado, con leche, corto de café, americano... El Gobierno vasco quiere línea directa con el Gobierno español. Es decir, quiere café, pero más o distinto o que los demás tomen té. La cuestión es que la conferencia de presidentes autonómicos no es para que se pongan de acuerdo en ir juntos a la Moncloa, sino para que se conozcan, para que se vean las caras y para que discutan entre ellos sobre la densidad histórica de lo de cada uno. No se trata de federalismo babilónico, sino de una cuestión de talante. Lo mismo se dan un abrazo, Ibarra con Maragall, Ibarretxe con Fraga, Chaves con Matas y tal. En plan buen rollo, como si fuera un abrazo entre civilizaciones a escala ibérica a fin y efecto de superar lo de Boabdil, los segadores, las guerras carlistas y las provincias traidoras. «Or not».

El gran plan
JAVIER ZARZALEJOS El Correo 26 Septiembre 2004

La Constitución española se elaboró y entró en vigor en menos de año y medio. Menos aún tardó en culminarse el Estatuto de autonomía y algo más la Constitución europea que se someterá a referéndum en febrero del año próximo. Nada comparable al plan Ibarretxe del que se anuncia que este otoño cumplirá su primera fase. Con este ritmo, y teniendo en cuenta que ya no sabemos cuántas fases tiene el plan, se hace necesario renovar las metáforas porque cuatro años en el campamento base sin conseguir hacer cima supera lo razonable y puede incluso que la imagen empiece a ser contraproducente si la cordada se inquieta ante el riesgo evidente de congelación al que se expone con tanta espera.

Al día de hoy, al PNV no le salen las cuentas. Sobre el futuro de la propuesta del lehendakari se multiplican los compromisos, todos ellos solemnes pero contradictorios. La hojarasca verbal que los dirigentes nacionalistas acumulan sobre el desenlace parlamentario del plan sólo agrava el sinsentido argumental que se ha ido desarrollando en torno a la iniciativa. Se considera un astuto hallazgo equiparar el significado político que tendría el eventual apoyo al plan de la ilegalizada Batasuna a un voto de rechazo de ésta que coincidiera con la posición ya expresada por el PP y el PSOE, aunque no parece que esté suficientemente elaborada la doctrina oficial en el caso de que se abstuvieran o no acudieran a la votación. Oscilan según el día entre el pactismo y el desafío, entre «la relación amable con España» y la soberanía absoluta de los vascos -difícil problema de determinación del sujeto- para ser lo que quieran, entre la autodeterminación irrenunciable y la apertura del plan a ser modificado. Lo que sí está consolidado en la estrategia nacionalista, para cualquier hipótesis, es el recurso plebiscitario de modo que, a falta de la legitimidad parlamentaria, sea «el pueblo» el que proporcione el aliento que reviva una iniciativa agónica en unas elecciones cuya naturaleza desde ahora empieza a distorsionarse y sobre cuyos resultados se aplicarán acreditadas habilidades interpretativas.

Si éste es el 'plan B' del nacionalismo, la perspectiva no es tranquilizadora ni racional pero, cuando menos, aclara las cosas. Después de un periodo en el que el nacionalismo ha querido envolver sus pretensiones hegemónicas en la imagen de la gran confrontación con Madrid, lo que de nuevo se pone en evidencia es que el problema con 'Madrid' es un problema secundario y, en todo caso, derivado del que el nacionalismo tiene en casa. Tanto empeño, como el que puso el presidente del Gobierno en Bilbao, en explicar que dentro de España y en su sistema democrático caben diversas sensibilidades y distintos sentimientos de identidad es, desde este punto de vista, equivocar la cuestión. Primero, porque el nacionalismo lo sabe mejor nadie, que para eso lleva veinticinco años gobernando. Segundo, porque la cuestión sin resolver no son las identidades que caben en España sino las que el nacionalismo admite dar cabida en el País Vasco, especialmente si lo que se reivindica es la identidad cívica de hombres y mujeres iguales ante la ley y amparados por ésta en una sociedad plural.

Cualquiera que lea las digresiones histórico-antropológicas que adornan la propuesta de Ibarretxe y, sobre todo, las diferencias que establece entre nacionalidad y ciudadanía se da cuenta de hasta qué punto el nacionalismo enseña clamorosamente la patita etnicista. De ahí que la búsqueda desesperada del 'pueblo' frente a la sociedad real le aboca a multiplicar el choque de legitimidades con que amenaza, empezando por el choque interno entre la representación del Parlamento vasco y el electorado, si las cosas no salen como quiere, y siguiendo por el conflicto con la representación de la soberanía nacional si el plan llega a las Cortes Generales.

El calendario de maceración largo y tedioso que Ibarretxe ha impuesto para su plan ha permitido, sin proponérselo, que algunas cosas importantes queden en su adecuada perspectiva con el paso del tiempo. Por ejemplo, que los resultados de las últimas elecciones autonómicas no fueron tan esplendorosos para unos y tan demoledores para otros, sino que apuntaron una inflexión para construir consensos y alternativas posibles. Pese a la sensación de bloqueo con la que habitualmente se quiere describir la situación de la política vasca, las cosas se han movido, y mucho, en estos años que ofrecen enseñanzas y experiencias merecedoras de alguna atención en el horizonte electoral que nos aguarda. No estaríamos donde estamos en la lucha contra el terrorismo de ETA si el nacionalismo hubiese mantenido el monopolio de la definición del problema y de su solución. De la misma manera, no habrá eso que llaman normalización si el nacionalismo mantiene el monopolio de la definición del supuesto 'conflicto' y de sus 'soluciones'. Veinticinco años después de aprobado el Estatuto, el nacionalismo necesita mantener la propiedad de lo que la sociedad vasca quiere y siente, dictar el juego al que hay que jugar y administrar su impostado victimismo para ampliar durante otros tantos años el territorio de su poder. Lo que ocurre es que ahora la estrategia es más complicada. La paz es un filón cada vez más difícil de explotar, el consenso hay que empezar por mantenerlo en el tripartito y la credibilidad del plan como instrumento de convivencia sólo está al alcance de los agraciados por el don de una fe indestructible. Desprovisto de la prima de la paz como valor añadido de su proyecto y demostrada la incapacidad para generar acuerdos, el plan nacionalista se perfila más nítidamente como lo que siempre ha sido, la transformación arbitraria de su simple voluntad en un derecho incuestionable frente a todos los demás, el deseo de la comunidad nacionalista elevado a fuente del derecho.

El PNV y sus socios tienen perfecto derecho a proponer en las elecciones el programa de partido que quieran. Pero, precisamente por ello, no pueden exigir a los demás que se plieguen a asumirlo o que lo reconozcan como la referencia política indiscutible. Los partidos constitucionalistas tendrán que decidir si alimentan esta estrategia nacionalista contribuyendo a hacer de las elecciones autonómicas un debate plebiscitario sobre el Estatuto y su futuro o si, por el contrario, concentran su esfuerzo en lo que unas elecciones tienen que decidir, que es quién gobierna y con qué apoyos.

Probablemente, en las actuales circunstancias al PNV le basta con que siga imponiéndose la idea de que el problema es el Estatuto, de modo que las elecciones vuelvan a ser un remedo de referéndum y la legislatura que salga de ellas, un nuevo Parlamento pseudoconstituyente. En definitiva, le basta con mantener el monopolio del debate público en el País Vasco y vincular la normalización política a la satisfacción de sus exigencias. Cuestión distinta es que los demás caigan en este juego. Una sociedad es democráticamente normal cuando está libre de la coacción del terrorismo y regida por gobiernos que son sustituidos por la voluntad de los ciudadanos expresada en las urnas. Si la normalización es el ejercicio de los derechos sin la violencia ilegítima del terrorismo y la alternancia en el poder, hay que ordenar las prioridades porque, a lo mejor, en vez cambiar de Estatuto, lo que toca es cambiar de gobierno.

El intruso
Alfonso USSÍA La Razón 26 Septiembre 2004

El cuentecillo es de mis años colegiales. La madre que le dice a su hija: «–Hija mía, abre la ventana para que entre el fresco–. Y el fresco entró y se quedó toda la noche». Aquel fresco era un intruso aprovechado y divertido, y según parece, triunfador con la hija en los privados enigmas de la orgasmía. Un fresco benéfico y saludable, encantador de hijas con madres calurosas. Su intrusión en los ámbitos que no le correspondían no perjudicó a nadie, sino más bien lo contrario.

El intruso pierde la gracia cuando su frescura es lacerante, hiriente, inadmisible y chulesca. Se celebraba un concierto en homenaje a las Víctimas del Terrorismo presidido por los Príncipes de Asturias. Se prometía un acto feliz y justo. Cuando nadie lo esperaba, llegó el intruso, el fresco, el caradura. Se aprovechaba de la situación e incluso de la presencia de los Príncipes. El presidente de la Asociación de Víctimas del Terrorismo abandonó el Auditorio Nacional, indignado. También Goztone Mora e Iñaqui Ezquerra. No lo lo hicieron todos los sufrientes del terrorismo y los amenazados por su entorno para no dejar solos a los Príncipes, que habían tenido el gesto de presidir el concierto. El intruso fue increpado, pero el grosor y dureza de su jeta aguantan toda suerte de descalificaciones y palabras de desafecto. El intruso, el fresco sin gracia, era Gaspar Llamazares, el supuesto dirigente de Izquierda Unida, formación que en el País Vasco se ha caracterizado por su cercanía con los que hieren y su distancia respecto a los heridos. Cuando me refiero al que hiere y al que es herido incluyo a los que matan y a los que mueren y a los que amenazan y los que son amenazados.

El intruso Llamazares buscaba la foto. Los votos de Izquierda Unida en el Parlamento de Vitoria apoyan por sistema al que hace sufrir, y nunca al que sufre. Con su ayuda, se regatean medallas y homenajes a las víctimas. Cumplen la estrategia nacionalista del voto maqueto a favor de la escisión y la soberanía del separatismo. Llamazares no puede asistir a un acto tan decente. Y se llevó lo que merecía, pero simultáneamente extendió la indignación y la tristeza en un ambiente que pretendía ser feliz. Abusó de la presencia de los Príncipes y de la buena intención de los organizadores. Todas las medidas serias y efectivas que se han adoptado para luchar contra el terrorismo por los gobiernos del Partido Popular, han sido sistemáticamente rechazadas y criticadas por el cínico individuo que hoy ocupa –por fortuna ya estoy a un paso terminar–, el centro de mi artículo. De no haber asistido los Príncipes, en el Auditorio no habría quedado nadie. No se trata de un despiste, sino de un insulto calculado, de una alevosa chulería. Un dirigente que mantiene un cónsul infame como Madrazo no puede sentarse en una acto que recuerda a las víctimas del terrorismo. Este intruso no ha hecho gracia a nadie. Este fresco ha indignado a la decencia. Es de esperar que no vuelva a romper la armonía de un acto justo, necesario y honorable.

La doble guerra de Iraq
Alejandro MUÑOZ-ALONSO La Razón 26 Septiembre 2004

Las noticias terribles y pavorosas que todos los días llegan de Iraq nos hablan de la guerra que terroristas e insurgentes de diversos tipos libran contra las fuerzas de la coalición dirigidas por EE UU y, a la vez, contra los iraquíes que les ayudan y contra civiles extranjeros. Pero se insiste en que, tras esa pantalla, se desarrolla una brutal guerra por el poder entre las diversas facciones iraquíes. Previstas las elecciones para el mes de enero, todos quieren situarse para estar en las mejores condiciones y para obtener los mejores resultados. De ahí que se esté discutiendo sobre el sistema a aplicar y las circunstancias que puedan rodear a la consulta electoral, que carecería de legitimidad si alguna de las grandes facciones suníes, chiíes o kurdas no se sintiera suficientemente representada en la asamblea elegida, cuya principal tarea será redactar una Constitución para Iraq.

En ese sentido, es preocupante que tanto el primer ministro provisional, Alaui, como el secretario de Defensa de EE UU, Rumsfeld, –en su condición de responsable mayor de las tropas «ocupantes» que garantizarían la indispensable seguridad de la consulta– hayan afirmado que las elecciones no serán «perfectas» y que podría ser que no se puedan celebrar en algún sector del país. Ciertamente no se puede pedir la perfección en unas elecciones celebradas en las circunstancias que vive Iraq. Sabemos que el llamado «triángulo suní», centrado en la ciudad de Faluya, está fuera de todo control por parte del Gobierno y de las fuerzas de la coalición y sería de una enorme gravedad que allí no pudieran celebrarse las elecciones ya que, con toda probabilidad, tal cosa supondría que los suníes no las aceptarían como legítimas. No olvidemos que durante las ocho décadas de existencia de Iraq ha sido la minoría suní la que ha controlado el poder y cualquier pretexto puede ser útil para evitar su desplazamiento.

Por el contrario, los chiíes –divididos entre la corriente mayoritaria que sigue al ayatolá Sistani y el sector rebelde que lidera Al Sader– quieren asegurarse que su condición mayoritaria (aproximadamente un 60 por ciento de la población) quede asegurada en la asamblea. Por eso están rechazando un proyecto de lista de consenso que les relega al 55 por ciento, además de pelearse por los puestos en la hipotética lista. Un embrollo electoral de cuya solución dependerá la futura paz en Iraq.

Garzón cabalga de nuevo
EDITORIAL Libertad Digital 26 Septiembre 2004

Llevaba mucho tiempo el superjuez de la Audiencia Nacional sin regalar titulares a la prensa. Eso, para el que quizá sea el magistrado más mediático de la historia judicial española, debe ser algo intolerable. Desde México, adonde ha acudido para dar una charla sobre temas jurídicos, se ha destapado con una reflexión que, viniendo de quien viene, da que pensar.

Según ha afirmado Baltasar Garzón, antes de la intervención aliada en Irak en este país no existía ninguna banda terrorista y ahora hay lo menos treinta dando guerra a diario. No contento con semejante majadería propia de un militante antiglobalización, ha rematado la faena asegurando que contra el terrorismo la única vía posible es la de la “cooperación a todos los niveles”.

De lo primero casi huelga el comentario. Hasta abril de 2003, mes en que fue defenestrado Sadam, en Irak había algo peor que una banda terrorista, algo mucho peor; una cuadrilla genocida instalada en el Gobierno a costa de sus más de 30 millones de habitantes. El daño que la miríada de ejércitos islámicos y demás asimilados bárbaros están ocasionando al pueblo iraquí es inmenso, de eso no cabe duda, pero incomparablemente menor del que le infligió el régimen asesino y criminal de Sadam Hussein. De los primeros, del archipiélago terrorista que asola hoy Irak, no cabe esperar más que su pronta desactivación por parte de las fuerzas gubernamentales e internacionales. Del segundo, del régimen infame que subyugó Irak por un cuarto de siglo, nadie se hizo cargo hasta que la alianza promovida por la Casa Blanca lo desmontó en una expeditiva intervención militar.

Lo segundo que ha dicho Garzón en México es más preocupante. El juez español que ha desempeñado un papel capital en el acoso y derribo de la banda terrorista ETA no puede, y no debe, desbarrar de ese modo en un tema tan delicado. Frente al terrorismo sólo cabe la firmeza, y prueba de ello es su experiencia en los sumarios que ha llevado personalmente. No hay cooperación posible, no existe punto intermedio. O se está contra la hidra terrorista o se está a sus expensas. El caso español es bien ilustrativo al respecto. Sólo cuando todas y cada una de las fuerzas vivas de la Nación se plantaron ante el monstruo éste reculó y se puso a la defensiva.

El régimen de Sadam Hussein no quería cooperar. Expulsó a los inspectores de Naciones Unidas y no dudó en desafiar a la comunidad internacional siempre que lo creyó necesario. Desató dos guerras internacionales con dos de sus vecinos y, en el interior, practicó una represión a tal escala que no es aventurado decir que Irak, durante más de veinte años, fue una gigantesca cámara de torturas. Ante semejantes credenciales no existe cooperación posible. El lenguaje de la fuerza es el único que entiende este tipo de individuos. Es triste, pero es así. La historia del siglo XX es pródiga en casos parecidos, desde Hitler a Mussolini pasando por Ceaucescu.

Las organizaciones terroristas que están bañando Irak en sangre y dolor no son muy diferentes al tirano que las precedió. No tienen interés alguno ni en dialogar ni en cooperar. Su plan, cada una tendrá uno diferente, es unívoco y siempre pasa por la aniquilación del contrario. Para hacerlas frente sólo vale la fuerza sabiamente aplicada y la firmeza de los gobernantes democráticos. Ellos han declarado la guerra no nosotros, ellos son los que han volado las Torres Gemelas, los que han hecho estallar tres trenes en Madrid o los que han dinamitado una discoteca en Bali. Quizá Garzón lo vea de otro modo e, íntimamente, considere que los terroristas luchan por alguna suerte de causa justa. No es así. La causa de los que secuestran y decapitan occidentales en Irak es la misma que los que secuestraron y asesinaron a Miguel Ángel Blanco; ninguna salvo el crimen por el crimen.

Si Garzón, después de los servicios que ha rendido a la causa de la libertad en España, se deja seducir por los cantos de sirena del neoprogresismo cobarde es que algo falla en su razonamiento. Debería reflexionarlo o explicarse mejor.

Derrocamiento de Sadam
¿Fue ilegal?
GEES Libertad Digital 26 Septiembre 2004

¡Y un cuerno! Koffi Anan podrá decir misa pero encima la dice mal. "Desde mi punto de vista y el de la Carta de las Naciones Unidas…" La Carta de la ONU no expresa puntos de vista, establece normas que Anan, y cualquier otro, interpreta desde su punto de vista, que en esta ocasión no ha sido especialmente radiante o afortunado. Las normas jurídicas nunca son fáciles de interpretar; si no fuera así, como ellos mismos suelen decir, ¿de qué vivirían los abogados?

Hay que tener en cuenta los principios generales del derecho, otras muchas normas que pueden llegar a ser contradictorias, la manera en que tradicionalmente han venido siendo aplicadas, el grado de vigencia real que han tenido, las sentencias judiciales, etc. Muchos internacionalistas dijeron que la guerra era ilegal. Otros no menos eminentes han dicho todo lo contrario. Entre los primeros muchos tenían un claro sesgo político e ideológico. Entre los segundos puede que también, pero es que sucede que el Consejo de Seguridad es un organismo eminentemente político y sus resoluciones, obviamente, también.

A lo sumo, lo que puede decirse es que la cosa no estaba del todo clara. ¿Quién podría decidirlo? Las propias Naciones Unidas, que nunca condenaron la invasión y ni siquiera lo intentaron. Y en la Asamblea General nadie tiene veto. Es más, el Consejo de Seguridad aprobó dos resoluciones que venían a legalizar la ocupación. Luego una de dos, o la ONU es irrelevante o la guerra fue legal… desde el punto de vista de Naciones Unidas.

Pero estos son legalismos de picapleitos. Para empezar, eso de que una guerra sea legal o ilegal suena muy rarito. La terminología consagrada por la historia es la de guerra justa o injusta. Por definición la guerra supone la quiebra de toda legalidad, lo mismo que la revolución ¿Existen revoluciones legales? Pueden ser justas ¿pero legales…?

Luego, los argumentos son sencillos y están al alcance de todo el mundo. La carta dice que sólo es admisible la guerra puramente defensiva o contra los que violan la carta pero con aprobación expresa del Consejo de Seguridad. Pero la práctica ha ido en otra dirección. Kosovo se hizo sin resolución que dijese "guerra" y la primera del Golfo también. Se admitieron "todos los medios necesarios" para liberar Kuwait. No se dijo "guerra". "Todos los medios necesarios" pueden incluir la guerra, incluso la nuclear, pero no necesariamente. De hecho lo que se discutió entonces es si las sanciones bastaban, lo que tuvo defensores acérrimos. Hubiera sido necesaria una resolución que dijese "guerra", pero hubo guerra y no resolución.

A esa luz, la acusación de ilegalidad resulta altamente hipócrita. La resolución 1441 de octubre del 2002 era la número 17 en la que se le exigía al gobierno de Sadam que demostrase que no tenía armas prohibidas y se le decía que era la última oportunidad, inapelable. Se negó a demostrarlo cuando estaba en sus manos hacerlo y prefirió la guerra, quizás esperando que los juegos hipócritas de los que, en función de otros intereses, se negaban a hacer cumplir la legalidad internacional, se la podrían ahorrar. Por todo ello, la manipulación del derecho internacional para sentenciar solemne y rotundamente que la guerra fue ilegal no es más que… manipulación del sentido común.

Aviso para la economía catalana
Editorial La Razón 26 Septiembre 2004

Cataluña es una de las comunidades autónomas con mayor peso económico y, sin lugar a dudas, uno de los motores de España. A estos datos objetivos hay que añadir que su ritmo de crecimiento ha disminuido en relación a otras autonomías y se encuentra entre las que han perdido más peso en el conjunto del Estado desde 1995. La situación no es alarmante, pero debe conducir a la reflexión de cómo aprovechar las enormes potencialidades de Cataluña así como corregir algunos errores que se han producido en este período.

Es muy positivo que sea cada vez mayor la aportación del resto de las comunidades a la riqueza nacional, porque muestra que el sistema es satisfactorio y reduce las diferencias. No sería bueno, en cambio, que las desigualdades se fueran incrementando de forma progresiva hasta que las distancias entre los territorios más desarrollados y los menos fueran insalvables.

La opción más fácil para justificar que Cataluña sea la comunidad que más peso económico ha perdido desde 1995 pasa por culpar al Gobierno. Es la tesis de los nacionalistas, que aseguran que la balanza fiscal es muy desfavorable para los intereses catalanes y que, además, se ha apoyado a otras regiones, como Madrid o Valencia, en detrimento de Cataluña. Nada más alejado de la realidad, porque ese apoyo y discriminación no aparece en los últimos Presupuestos Generales del Estado.

La razón del avance de esas comunidades ha sido un mayor dinamismo de sus gobiernos, que se han preocupado de favorecer la economía productiva en lugar de sumirse en estériles discusiones identitarias. No hay que perder de vista que gobernar es establecer prioridades y siempre es más útil una buena red de comunicaciones que el despilfarro presupuestario al que nos tiene acostumbrado el nacionalismo.

ETA coloca dos bombas en el País Vasco y Aragón
Vasco Press/Efe La Razón 26 Septiembre 2004

Bilbao/Zaragoza- Un artefacto explosivo colocado en una torreta de alta tensión en el barrio de Behobia de Irún (Guipúzcoa) fue desactivado ayer por la tarde por agentes de la Policía Autónoma vasca, la Ertzaintza, después de que el diario «Berria» recibiera la llamada de un comunicante anónimo que alertaba de su colocación en nombre de ETA.

Según informó el departamento vasco de Interior, sobre las seis menos cuarto de la tarde, una unidad de la Policía Autónoma desactivó el artefacto con una voladura controlada. La bomba había sido colocada en la base de la torreta y su composición se desconocía al cierre de esta edición, aunque es similar a la de los artefactos que explotaron el pasado día 15 en otra torreta eléctrica en la misma localidad.

Las citadas fuentes señalaron que el comunicante anónimo llamó al periódico vasco hacia las cuatro de la tarde y, además de esta bomba, advirtió también de la colocación de otra en el municipio oscense de Bujaruelo. Dichas fuentes explicaron que esta torreta, al parecer también propiedad de la Red Eléctrica Española, se encontraba en la bifurcación de la autopista A-8, Bilbao-Behobia, y la carretera nacional N-121, que permanecieron contadas entre las cinco y media y las seis de la tarde.

Fuerzas de la Comandancia de la Guardia Civil, Unidades de Montaña con la ayuda del Helicóptero UHEL 41 y efectivos del SEPRONA exploraron el valle de Bujaruelo en busca del segundo de los artefactos. El helicóptero suspendió anoche las labores de búsqueda hasta hoy, para reanudarlas cuando lo permitan las condiciones de luminosidad, mientras que los efectivos de seguridad de la Guardia Civil y SEPRONA permanecieron en alerta toda la noche.

ETA había colocado otras tres bombas, que ya habían estallado anteriormente, en la torreta de alta tensión en la que ayer la Ertzaintza hizo explotar de forma controlada el arterfacto. la Policía Autónoma ha podido constatar este hecho después de desactivar el cuarto artefacto, que contenía dos kilos de cloratita, reforzada con titadine, además de un detonador, según informó el Departamento de Interior del Gobierno vasco.

Estas fuentes explicaron que los terroristas habían dispuesto las bombas en los cuatro puntos de apoyo de la torreta, al igual que hicieron con los colocados en las que hicieron explosión el pasado día 15, también en Irún. Sin embargo, en esta ocasión, tres de los artefactos explotaron antes, aunque la Ertzaintza no ha podido determinar aún cuando ocurrió.

Las bombas colocadas ayer elevan a quince el número de artefactos explosivos puestos por la organización terrorista en los últimos dos meses y suponen el tercer ataque a torretas de eléctricas, después del realizado contra una de Red Eléctrica Española el pasado 15 de septiembre. En todos los casos el procedimiento ha sido similar: se han empleado bombas de escasa potencia.

Las explosiones han causado heridas de carácter leve a cinco personas que fueron sorprendidas en las inmediaciones de los lugares donde se habían colocado los artefactos.

Las bombas colocadas hasta el momento han sido las siguientes:
– 7 de agosto: Estallan dos artefactos en las localidades de San Vicente de la Barquera (Cantabria) y en Ribadesella (Asturias). Ambas explosiones se producen casi simultáneamente y no hubo heridos.
– 12 de agosto: Estallan dos bombas en Santander y Gijón, resultando herido un hombre de 78 años en la ciudad asturiana.
–15 de agosto: Explosión de una bomba colocada en el puerto deportivo de la localidad asturiana de Llanes. No causa heridos.
– 21 de agosto: Estallan dos artefactos en las localidades pontevedresas de Sanxenxo y Baiona. En Sanxenxo, resultan heridas cuatro personas. En Baiona, un guardia civil resultó herido a afectarle la explosión el tímpano.
– 28 de agosto: una bomba colocada en el paseo de la Alameda, de Santiago, hace explosión cerca de la Iglesia de Santa Susana. La policía localiza intacto un artefacto colocado por ETA en una escollera situada tras el Club Deportivo A Solana, de La Coruña.
–15 de septiembre: cuatro artefactos ubicados en una torreta de Red Eléctica Española de una zona rural de Irún, hacen explosión a las siete de la mañana. Las bombas contenían entre medio kilo y un kilo de material explosivo.
– 25 de septiembre: una bomba explota en una torreta de Red Eléctrica Española en Behobia. Al cierre de esta edición, las Fuerzas de Seguridad buscan otro artefacto en un valle de Huesca.

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