AGLI

Recortes de Prensa     Viernes 15 Octubre 2004
La lección australiana
Luis María ANSON  La Razón 15 Octubre 2004

El problema lingüístico europeo
DANIEL REBOREDO El Correo 15 Octubre 2004

Rico, rico
Alfonso Ussía La Razón 15 Octubre 2004

Infamia en La Habana
EDITORIAL Libertad Digital  15 Octubre 2004

De la ausencia de Constitución
Gabriel Albiac La Razón 15 Octubre 2004

Coherencia antiliberal
GEES Libertad Digital 15 Octubre 2004

Diferencias artificiales
Aleix Vidal-Quadras La Razón 15 Octubre 2004

Homenaje a un golpista
Antonio Jiménez La Razón 15 Octubre 2004

Globalización, hambre y terrorismo
Manuel Trigo Chacón La Razón 15 Octubre 2004

El europeísmo invertido
Jorge Vilches Libertad Digital 15 Octubre 2004

Los restauradores vascos y la pasta
JOSÉ MARÍA CALLEJA La Voz 15 Octubre 2004

COMPANYS Y LA REPÚBLICA
PIO MOA ABC 15 Octubre 2004

¿ADÓNDE VAMOS
Carlos HERRERA ABC 15 Octubre 2004

El republicano que burló a la República
BLANCA TORQUEMADA ABC 15 Octubre 2004
 

La lección australiana
Luis María ANSON de la Real Academia Española La Razón 15 Octubre 2004

Australia es una Monarquía parlamentaria libre y democrática. Australia es una nación joven en la vanguardia del mundo. Australia debe su nombre al navegante Fernández de Quirós que la bautizó así, Austrialia del Espíritu Santo, al alborear el siglo XVII, en homenaje a su rey español Felipe III de Austria. Australia no tiene una historia ni tan antigua ni tan heroica como España, pero aprendió, como parte del Imperio británico y hoy de la Commonwealth, lo que hace fuerte y respetable a una nación seria: el cumplimiento de sus compromisos.

España mostró su apoyo a la guerra de Iraq pero no participó en ella. Se ha mentido hasta la náusea en este sentido. Tras la victoria norteamericana y británica, la ONU, por unanimidad de su Consejo de Seguridad, pidió ayuda a las naciones del mundo para la reconstrucción y la pacificación de Iraq. Australia, como España y otras treinta y dos naciones, envió tropas respaldadas por la decisión de la ONU. Incluso a los que desde el primer momento estuvimos en contra de la guerra de Iraq, nos pareció bien contribuir a la pacificación y reconstrucción del país. Un compromiso electoral demagógico y una victoria inesperada condujeron a un hombre de sólito prudente y discreto a retirar precipitadamente las tropas españolas de Iraq, incumpliendo un compromiso internacional serio, en un acto de cobardía impropio de una nación como España que ha demostrado a lo largo de la Historia valor y seriedad. No nos siguió casi nadie a pesar de la invitación pública que hizo el presidente del Gobierno español a las otras naciones, de forma insólita y un tanto pueblerina. Y nos hemos ganado el desprecio de todos hasta el punto de que nuestros militares son tratados con sarcasmo allí donde cumplen misiones internacionales. La cobarde actitud del Gobierno socialista ha sonrojado a los españoles serios.

Con su decisión precipitada y vergonzante, el Gobierno de Zapatero ha convertido a España ante los ojos del mundo en un país decadente y miserable. El pueblo australiano, en fin, acaba de dar una soberana lección a España al votar por mayoría absoluta a John Howard, el político que envió sus tropas a Iraq en cumplimiento de la petición de la ONU. A ningún ciudadano le gusta poner en riesgo a los soldados aunque sea en una misión de paz y reconstrucción. Pero el decoro nacional exige mantener en su puesto a los militares cuando se ha contraído un compromiso. Y así lo ha entendido el pueblo australiano.

El problema lingüístico europeo
DANIEL REBOREDO HISTORIADOR El Correo 15 Octubre 2004

La petición del Gobierno español a la UE solicitando la oficialidad de catalán, euskera, gallego y valenciano ha removido los cimientos de la Unión, al reabrir el complicadísimo 'problema' lingüístico del proyecto europeo. Gesto simbólico, cumplimiento de uno de los compromisos adquiridos con los nacionalistas por el presidente del Gobierno español o intento serio de reformar el régimen lingüístico de la Unión, la iniciativa (remitida también a los 24 países comunitarios), que pretende conseguir el apoyo de los partidos nacionalistas a la Constitución europea, ha generado la primera polémica, al protestar los catalanes por la inclusión del valenciano en el 'paquete reivindicativo'.

El proceso de unificación europea es un desafío no sólo para los sistemas políticos, sociales y económicos, sino también para la lingüística y las ciencias humanas. Desde que en mayo de 2004 la Unión pasó de quince a veinticinco países miembros, el número de lenguas comunitarias ha aumentado de forma considerable. La actual multiplicidad lingüística no es un problema en sí mismo en la Unión; el problema real radica en que el multilingüismo extremo es algo antagónico a los fundamentos económicos de internacionalización sobre los que se asienta la UE. Ése es el verdadero problema. Aunque la propia Unión mantenga como un principio inquebrantable el respeto sustancial al 'multilingüismo' de sus miembros, lo cierto es que en sucesivas generaciones su gestión, sus fines, su organización comunitaria, su interdependencia económica, sus vinculaciones ciudadanas, desembocarán en lo que los expertos denominan 'convergencia lingüística'.

Siempre han existido propuestas para encauzar el futuro de las lenguas en la Unión Europea (adoptar el latín o el esperanto; selección de las lenguas más representativas; elección de una lengua prioritaria -inglés- y varias complementarias -alemán, español, francés-; propuesta para que el inglés y el francés sean obligatorios en todas las escuelas de la UE con el fin de cimentar una futura comunidad lingüística europea, etcétera), en las que alguna de las partes se ha sentido agraviada. A la par que se acepta con naturalidad que la Unión es multilingüe, se considera que fomentarla a ultranza puede ser un obstáculo a largo plazo para su funcionamiento. Aunque se reconozca que la 'unidad lingüística' es una utopía, no por ello deja de considerarse que intentando conseguirla se hallará la solución, en primer lugar, a muchos problemas prácticos que puede presentar el 'multilingüismo'; en segundo lugar, al reforzamiento del sentimiento de unión de los ciudadanos europeos y, en tercer y último lugar, al hecho de considerarla una meta hacia la que avanzar.

España, cuyo Gobierno actual ha realizado la petición a la que aludíamos al principio de este artículo, ha planteado una propuesta en sentido contrario, abogando por aumentar el número de lenguas oficiales a todos los efectos en la Unión, empezando por los ya citados catalán, euskera, gallego y valenciano. La iniciativa ha creado algún desconcierto inicial y un recelo contenido entre quienes manejan otras estrategias, puesto que lo que plantea España es un proceso de 'diferenciación cultural' en el que los miembros de una gran comunidad lingüística dejan de formar parte de ella y se disgregan en comunidades idiomáticas regionales. Si esta idea de oficializar a todos los efectos las lenguas particulares y de fomentar el 'multilingüismo' tuviera éxito, la Unión incorporaría más de ochenta lenguas que adquirirían el rango de oficialidad y que, a consecuencia de ello, dinamitarían comunidades lingüísticas ya constituidas. La propuesta española de constituirse como portaestandarte de la diferenciación cultural en Europa es una consecuencia lógica del proceso de disolución de su comunidad lingüística que se vive dentro del país y cuya única incógnita es la de saber cuánto tardará en completarse.

España se ha convertido desde hace veinte años en la excepción que confirma la regla de la progresiva confluencia cultural y lingüística que se observa en otros países de la Unión y que se explica por la fuerza que tienen los movimientos nacionalistas en las áreas de contacto lingüístico. De ahí que choque con una realidad clara en el continente europeo, la que manifiesta que la existencia de grandes zonas lingüísticas donde una lengua es la mayoritaria es algo que está firmemente arraigado en la conciencia de muchos europeos, generalmente porque los países de más extensión y peso en la Unión son comunidades lingüísticas. Por ello, a menos que Europa se vea recorrida por una ola de nacionalismos que repitan el modelo español, no parece que la Unión camine hacia la fragmentación de las comunidades lingüísticas, pues chocaría frontalmente con sus intereses económicos. Ante esta situación puede actuar a favor de la confluencia lingüística, favorecer la fragmentación de las comunidades ya constituidas o no hacer nada. Si la Unión mantiene su postura actual, las propuestas en pro de la 'regionalización lingüística' en Europa tienen pocas posibilidades de éxito.

Como la planificación lingüística interfiere tanto en el área emocional de las comunidades humanas, la redacción de una política lingüística europea común adecuada requiere una buena cantidad de tacto y sensibilidad. De la fragilidad de la normativa existente para la protección del derecho de las lenguas en el ámbito interno de los Estados europeos surge la necesidad de crear un elenco de derechos en el marco de los derechos internacional y comunitario dirigido a la salvaguarda de la riqueza cultural, caracterizada por la diversidad lingüística existente. La armonización del ordenamiento jurídico interno con aquellos derechos hará surgir la preservación del código lingüístico de los grupos y personas, que a su vez respalde la identidad cultural, merecedora de protección a fin de evitarse discriminaciones en razón de lengua y para garantizar no sólo una igualdad formal, sino una igualdad real y efectiva entre las personas.

Concienciar a los ciudadanos europeos de que las lenguas se han mantenido porque las condiciones políticas, demográficas o económicas de los hablantes así lo han facilitado; adopción, en el plano institucional y político, de políticas de acción afirmativa en pro de la igualdad real; y, finalmente, eliminación de todo tipo de discriminación que permita actuar a las personas en todos los campos de la vida social, son medidas imprescindibles para conseguir este objetivo. Sea de la forma que sea, el futuro se orientará, a largo plazo y esperemos que con el menor conflicto posible, hacia la convergencia idiomática y cultural. Estaremos o no de acuerdo con la convergencia lingüística en Europa, al igual que podemos estarlo con la económica, social o cultural, pero la Unión está condenada a entenderse. Para traspasar la barrera de las lenguas, deberá reforzar el papel de las grandes comunidades lingüísticas ya constituidas y puede que con el tiempo estos lazos se estrechen.

Europa se compone de la suma de sus muchas diferencias, ya que posee una enorme capacidad para superarlas y asimilarlas. Diferencias en el marco de la geografía cultural y religiosa del continente; diferencias en la organización social y política; diferencias en el grado de desarrollo económico; diferencias en las estructuras de la vida diaria; diferencias en las mentalidades; diferencias en la manera de contemplar la vida y, por supuesto, diferencias lingüísticas y culturales. Si la UE quiere realmente hacer posible la unión de Europa, así como la realización de un proyecto político europeo, debe ser capaz de asimilar todas ellas. La clave consiste en dialogar, en no incitar al silencio, en criticar el proyecto si se considera oportuno. Este diálogo debe orientar el denominado 'problema lingüístico', que no se solucionará a gusto de todos. También esto es construir la Unión, aunque podamos abogar por el cambio de algunos de sus pilares para asentar la estructura. La lengua es uno de ellos.

Rico, rico
Alfonso Ussía La Razón 15 Octubre 2004

Si se confirman las identidades de los cuatro famosos cocineros o restauradores vascos que han pagado el llamado «impuesto revolucionario» a la ETA, el escándalo social puede ser mayúsculo. Pero no será el último. Cuando los expertos de las Fuerzas de Seguridad del Estado accedan al ordenador incautado a la terrorista Soledad Iparraguirre, muchas ilustres altiveces van a sentir el peso de la resignación. Uno de ellos, el más popular de todos, se ha hecho famoso por sus programas en la televisión pública. Ahora nos ofrece sus recetas en la cadena privada más instalada en el basurero. Si no recuerdo mal, protagonizó una campaña publicitaria del plátano de Canarias, «el que tiene puntitos en la piel, el nuestro». No hay que hacer leña de árboles, que para muchos, ya eran sospechosos.

Hace años, cuando la ETA asesinó a un humilde cocinero, ninguno de los grandes maestros de la cocina vasca abrió la boca en defensa del derecho a la vida de su compañero masacrado. Pero una semana después, la Cofradía de la Buena Mesa y la Academia Española de Gastronomía –yo pertenecía a la primera– organizaron un almuerzo en el Ritz en honor de uno de los silenciosos. Me escandalizó más el almuerzo que el silencio, pues por todos era intuido que los grandes y medianos restauradores vascos pagaban el chantaje a la banda terrorista. Pero esa cursilería madrileña de dar cobijo y abrazo a quienes no habían mantenido una actitud digna se me antojó intolerable. Escribí un artículo en ABC, y me llovieron palos por todas partes. Como se trataba de una comida inspirada en eso que se conoce como «Nueva Cocina», y uno de los platos era «Ave de invierno con gelée templada de verduras y tomate asado», el artículo se tituló «El Pingüino». No hay ave de invierno más característica que el pingüino, pero esa broma tampoco le hizo gracia a la organización. Y fueron todos a comerse la pechuga del supuesto pingüino, y una «ensalada de carabineros con yogur de guindilla y pergamino de arroz», y un «lomo de merluza confitada con vieiras, escaramujo con almendras y ceniza de puerros», y como postres, un «pastel de Idiazábal, dulce de errezila con aceite de perejil y avellanas partidas», unos «canutillos de membrillo y nuez con aceite de vainilla» y un «helado de levadura y cáscara de mango». Nada que objetar al escalofriante menú. Los españoles son libres de comer lo que quieran, incluido el muslo del ave de invierno. Lo inadmisible fue que se organizó este guateque con el cadáver caliente de un cocinero vasco asesinado y el silencio estallante de los grandes restauradores permanentemente homenajeados. Uno de ellos, y vuelvo al más popular, millonario gracias a su exitoso programa –lo hace muy bien–, en Televisión Española.

En las Vascongadas, la buena cocina es fundamental. Un maestro en la restauración alcanza en el País Vasco un alto rango en el aprecio social. Tiene, por ello, la obligación de la ejemplaridad. Y son muchos más que los cuatro cuyos nombres vuelan por los rincones de la Audiencia Nacional. El miedo es libre. Pero otros restauradores vascos se negaron a pagar el chantaje y han triunfado en otras ciudades de España. Uno de los que tuvo que abandonar su tierra para instalarse y triunfar en Madrid es primo del etarra «Apala», que llegó a ser uno de los principales dirigentes de la ETA. Lo que hizo este empresario de la buena cocina sí constituyó un acto de valentía y ejemplaridad.

Se entiende el miedo, pero no debe ser motivo de respeto. La televisión pública arrastra un déficit morrocotudo que se alivia con el dinero de los impuestos de todos los contribuyentes. Sepan los españoles que una parte de ese dinero, un porcentaje mínimo pero cierto, llegó a manos de ETA proveniente de uno de los cuatro cocineros que pagaron su «impuesto revolucionario». No se puede vivir de España y pagar a los que matan a España simultáneamente. En ese espacio de contradicciones y temblores se mueven demasiadas personas. Existe, además, un esnobismo madrileño que cierra los ojos mientras saborea sus cenizas de puerro. De rico, rico, nada. Malo, malo. Sinceramente, malísimo.

Infamia en La Habana
EDITORIAL Libertad Digital  15 Octubre 2004

Destacar a un socialista, antiguo y activo miembro del Partido Comunista de España como embajador en la dictadura comunista por excelencia es ya de por sí una ironía y una frivolidad imperdonable en un Gobierno que se dice democrático y que se debe a una Nación, la nuestra, cuyo basamento es la división de poderes y las libertades civiles. Carlos Alonso Zaldívar es, aparte de protagonista de la burla que España se está gastando con los cubanos, nuestro representante en la Isla grande del Caribe que Fidel Castro ha transformado en cárcel.

"Lamentablemente, la actual situación de las relaciones entre Cuba y España, y de las relaciones de Cuba con la Unión Europea, es profundamente insatisfactoria", afirmó sin pestañear Zaldívar el pasado día doce en el transcurso de la recepción que la embajada ofrece cada año con motivo del Día de la Hispanidad. Las relaciones entre Cuba y España están lejos de ser satisfactorias indudablemente, y no precisamente por lo que a nosotros toca. Todos los Gobiernos españoles de la época democrática han mantenido activas agendas cubanas. Se ha probado todo tipo de recetas con la tiranía castrista, se han ensayado diferentes maneras de enveredar al dictador y todas se han demostrado, siempre en el corto plazo, estériles, especialmente las que han tratado de contemporizar con el monstruo.

El problema de entendimiento no viene por tanto de este lado, del democrático, del que respeta los Derechos Humanos y la libre elección de sus ciudadanos, sino del Gobierno de Cuba, del mismo que se hizo con el poder hace 45 largos años y, todavía hoy, se empeña en negar a sus once millones de súbditos hasta lo más elemental. Esto, que parece al alcance de cualquiera y que ha cosechado la unanimidad de todas las fuerzas políticas europeas es para nuestro embajador algo lamentable. A juicio del ayer, comunista hoy socialista y siempre servil Zaldívar, es necesario replantearse la relación con la dictadura y trabajar en línea con el Gobierno revolucionario que tiene sojuzgado a los cubanos desde hace casi medio siglo. La Posición Común Europea, la que la Unión adoptó el año pasado como programa mínimo para presionar a la dictadura para que deje de serlo, no merece crédito alguno ni para Zaldívar ni para el ministro de Exteriores Miguel Ángel Moratinos, que no pierde ocasión de remarcar que no se encuentra a gusto con el trato que, a su amigo Castro, le dan los políticos europeos.

La vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, no le anda a la zaga al desatinado ministro que padece la cartera de Exteriores. Hace unos días, desde Vietnam, aseguró que la Posición Común Europea es ineficaz y que no consigue los resultados esperados. Quizá esté en lo cierto. Castro no se ha arrugado por el hecho de que los países europeos inviten a disidentes a las recepciones en sus respectivas embajadas en La Habana. El problema estriba en que la alternativa que ofrecen al unísono la vicepresidenta, el ministro y el embajador será no sólo ineficaz –en tanto que el tirano seguirá sin inmutarse– sino también inmoral y tremendamente abyecta. Reunir bajo el mismo techo a víctimas y verdugos es una humorada cargada de ideología que sólo se le ocurre a las lumbreras diplomáticas de nuestro Gobierno y a algún conspicuo pacifista de esos que menudean por el País Vasco presumiendo de estar entre los unos y los otros.

No hay sin embargo posturas intermedias. O se está con unos, con los que mandan, fusilan y encarcelan, o se está con los otros, con los que sueñan por una Cuba libre y por ello sufren lo indecible. Zaldívar, muy en la línea de los que siempre han tenido a la Cuba socialista como modelo de lo sublime en política, lo dejó claro hace tres días. Ridiculizó a los disidentes que, armados de valor y cargados de buenas intenciones, se presentaron el pasado martes en nuestra legación habanera. El único que ha salido fortalecido de toda la refriega ha sido el de siempre, el de los 45 años de infamia, que podrá seguir fustigando a todo el que se oponga a sus designios. Eso sí, con la bendición del nuevo Gobierno, plural y tolerante, de España. Los cubanos no se lo merecen, nosotros tampoco.

De la ausencia de Constitución
Gabriel Albiac La Razón 15 Octubre 2004

La democracia moderna se asienta sobre un axioma de 1789: «Toda sociedad en la cual la garantía de los derechos no esté asegurada y la división de poderes no esté determinada, carece de Constitución». Su peso se impone con la fuerza de una evidencia: jerarquizado piramidalmente, el enorme condensador de poder que es el Estado no podría sino generar el despotismo más hermético; ningún sujeto lograría confrontarse a él sin ser aniquilado. Para que el individuo sobreviva, el Estado debe fragmentarse en nódulos, no sólo distintos y autónomos, sino –esto es lo esencial– contrapuestos. Porque el derecho ciudadano no lo garantiza la distinción de poderes; sino su confrontación. Quienes en estos dos siglos han exhibido la fofa cháchara del consenso, no hacían sino propiciar el retorno a una concepción preburguesa del Estado. Y han sido siempre los enemigos más letales del ciudadano libre. Democracia constitucional y libertad ciudadana son fruto del conflicto inconciliable entre poderes equiparables. Consenso –esto es, consentimiento– es categoría política de ancien régime. O de sus retornos patológicos: los populismos. La garantía constitucional no reposa sobre benévolas conformidades, sino sobre la tensión de eso a lo que Montesquieu llama «la fuerza de las cosas».

En elemental lógica, el primer objetivo estratégico del felipismo fue la sustitución de tal régimen de contraposiciones por uno de consenso populista bajo tutela del Ejecutivo. El artículo 122.3 de la Constitución del 78 era inequívoco: «El Consejo del Poder Judicial estará integrado por el presidente del Tribunal Supremo, que lo presidirá, y por veinte miembros nombrados por el Rey por un periodo de cinco años. De estos, doce entre jueces y magistrados de todas las categorías judiciales, en los términos que establezca la ley orgánica; cuatro a propuesta del Congreso de los Diputados, y cuatro a propuesta del Senado». Tomando coartada en lo de «los términos que establezca la ley orgánica», González legisló contra la Constitución: todos los miembros (y no ocho de veinte) pasaron a ser designados por el Legislativo. Fin del conflicto de poderes. Mediante elegante golpe institucional, una ley orgánica se arrogó potestad constituyente. Y el Ejecutivo quedó blindado frente a la Justicia.

Ocho años de PP nada esencial cambiaron en eso (salvo minucias procedimentales); pese a estar en su programa electoral el retorno a la literalidad del 78. Ahora, Zapatero da otra vuelta de tuerca. En el 85, bastaba con que el Caudillo del PSOE nombrase a sus jueces de confianza. En el 2004, hay otros Caudillos. Nacionales. Todos con igual derecho a ser impunes. Los revolucionarios de 1789 llamaban a eso no tener Constitución. Pero nosotros somos mucho más modernos.

Gobierno Zapatero
Coherencia antiliberal
GEES Libertad Digital 15 Octubre 2004

Puede parecer disparatado, pero no deja de ser un perfecto ejercicio de coherencia antiliberal.

Nuestro embajador en Cuba, un antiguo comunista, ha dejado claro que lo importante es mantener unas cómodas relaciones con la dictadura castrista, que el problema de la oposición es cuestión secundaria y que el gobierno de Rodríguez Zapatero hará lo posible para convencer a las cancillerías europeas de la conveniencia de abandonar una política errónea, sugerida por Aznar, y volver a un marco de normalidad diplomática ¿Por qué iban ellos a perseguir al castrismo si lo han admirado durante años y sólo por presión extraña se han visto en la obligación de condenarlo?

Entenderemos la nueva política hacia La Habana si la ponemos en relación con el giro dado en nuestras relaciones hacia Venezuela. Frente al distanciamiento de la anterior Administración española, por el comportamiento antidemocrático del golpista Chávez, ahora se le ampara y se manifiesta simpatía por su ideario bolivariano, por la movilización populista en toda Latinoamérica frente a la Democracia Liberal.

Si antes apoyábamos a la democracia colombiana frente al terrorismo de las FARC..., ahora nos distanciamos, cancelamos la venta de carros de combate y volvemos al discurso de comprender las causas que han llevado a la formación de las guerrillas.

En Argentina hemos dejado claro que no defenderemos los intereses de nuestras empresas, y se lo hemos dicho a Kirchner, que no ha dejado de someterlas a humillaciones para dar satisfacción a sus humillados votantes.

En el mundo árabe nuestro ministro ha estado durante años comprendiendo y disculpando la corrupción y la violencia de determinados grupos palestinos. Más recientemente el propio Zapatero, en un inolvidable discurso en Naciones Unidas, ha retomado el argumento de las "causas" del terrorismo. Mientras tanto, los medios de comunicación próximos "comprenden", con la discreción debida, atentados terroristas o secuestros contra estados occidentales presentes en Irak.

Todo es lo mismo, el rechazo de la filosofía liberal y la legitimación del derecho a la subversión. Los socialistas hicieron bien en levantarse el año 34, pero los generales eran unos fascistas por hacerlo el 36 ¿Quiénes son esos opositores para poner en duda la legitimidad del régimen castrista? La posición frente a la globalización liberal crea vínculos de cohesión superiores a las diferencias ideológicas. Lo importante es contener la hegemonía norteamericana y defenestrar a cualquier gobierno dispuesto a desarrollar un programa liberal.    GEES, Grupo de Estudios Estratégicos

Diferencias artificiales
Aleix Vidal-Quadras La Razón 15 Octubre 2004

En la sesión plenaria del Parlamento Europeo celebrada ayer en Bruselas intervino como invitada de honor la ex diputada y activista kurda Layla Zana, que ha estado diez años encarcelada en Turquía acusada de terrorismo y conspiración contra el Estado. Su reciente liberación tras la repetición del juicio que la condenó, realizado esta vez con plenas garantías procesales, se ha interpretado como una muestra de la voluntad inequívoca del Gobierno de Erdogan de satisfacer los criterios exigidos de cara al inicio de las negociaciones de ingreso de su país en la Unión Europea.

En su discurso, esta mujer diminuta y resuelta quiso tener un gesto de deferencia hacia José Borrell, el presidente de la Cámara, que le había dirigido en su presentación previa una breve frase en kurdo, y anunció con deliberado énfasis que iba a su vez a saludarle en catalán. Gran aplauso en el hemiciclo, delirio de sus señorías nacionalistas catalanes y vascos, y silencio reverente en espera de las palabras mágicas que harían reverberar las paredes de la sala con los ecos de la identidad presuntamente oprimida. Pues bien, Layla Zana se volvió hacia el sitial presidencial y pronunció en perfecto y nítido castellano dos escuetos vocablos: «Muchas gracias».

El regocijo entre los españoles presentes fue considerable y la consternación de la tropilla nacionalista fácil de imaginar. La oradora, por supuesto, era incapaz de distinguir entre el castellano y el catalán, que a sus oídos debían sonar idénticos, y a la hora de manifestar su reconocimiento, como aquel personaje que hablaba en prosa sin saberlo, utilizó la lengua española convencida de que se expresaba en catalán. En su intervención, y como muestra de su respeto a la pluralidad lingüística y cultural, hecho del que nuestros nacionalistas debieran tomar buena nota, recurrió primero al kurdo y posteriormente al turco y dejó perfectamente claro que su deseo era que una fórmula adecuada de autonomía política condujera a la pacífica convivencia de kurdos y turcos sin menoscabo alguno de la integridad territorial del Estado turco. Es decir, que la señora Layla Zana, Premio Sakharov del Parlamento Europeo y heroína de los amigos Bernat Joan, Josu Ortuondo e Ignasi Guardans, pedía para el colectivo kurdo de Turquía lo que la Constitución de 1978 ha venido garantizando a los diferentes territorios, lenguas y culturas españoles desde hace un cuarto de siglo.

El error inocente de confundir dos lenguas románicas tan próximas entre sí simbolizó en la casa de la democracia europea, integradora y armonizadora de la diversidad por antonomasia, la artificialidad de ciertas diferencias, exacerbadas y exaltadas hasta el paroxismo por los apóstoles del particularismo, cuando en realidad son tan nimias que alguien ajeno a las mismas y, por tanto, inocentemente objetivo, es incapaz de percibirlas.

Homenaje a un golpista
Antonio Jiménez La Razón 15 Octubre 2004

¿De qué más tendremos que pedir perdón los españoles nacidos en la democracia constitucional del reinado de Juan Carlos I ante los insaciables, sectarios e intolerantes independentistas catalanes que imponen las reglas en la Generalitat y condicionan la política del Gobierno de España? La tropa de Carod-Rovira se cree dueña de los principios y sentimientos de todos los catalanes y actúa con la misma prepotencia y chulería de los matones de barrio a los que nadie hace frente, ni tose. Su portavoz en Madrid, Tardá, exige que el Estado pida perdón por el fusilamiento del ex-presidente de la Generalitat, LLuís Companys, un golpista en toda regla desde el momento en que se rebeló contra la legalidad republicana el 6 de octubre de 1934.

A la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega le toca el papelón de desagraviar hoy en Barcelona a los socios de Maragall y compensar, con su presencia en el homenaje al golpista Companys, la asistencia del presidente de la Generalitat al desfile del Día de la Fiesta Nacional de España, criticada retorcidamente por ERC. El resentimiento y rencor que destilaron las descalificaciones de los independentistas contra España y los actos del 12 de octubre evidencian hasta qué punto no quieren la reconciliación ni pasar las páginas tristes y amargas de nuestra historia en común, sino reavivarlas para seguir justificando su mentirosa política victimista.

Globalización, hambre y terrorismo
Manuel Trigo Chacón La Razón 15 Octubre 2004

Es necesario reafirmar que el 11 de septiembre de 2001 fue el comienzo de una guerra global entre dos fuerzas nuevas; sin fronteras, sin frentes de batalla, sin ejércitos convencionales y sin un rostro ni una figura visible. Una guerra entre dos concepciones y modos de actuar, en la que los ciudadanos del mundo somos meros comparsas. Es una guerra entre el bien y el mal, sin principios definidos. Durante los últimos treinta años, que, según decía Ortega, es el paso de una generación a otra, la Humanidad se ha globalizado en todo. En el modo de vivir, en las comunicaciones, en la necesidad de consumir, en las finanzas, en el trabajo, en la educación y en la enseñanza, en la literatura y en el cine y así sucesivamente. Este proceso se inicia en varias etapas, que empiezan en 1957, con la creación de las comunidades europeas. La segunda, desde 1989, con la caída del «Muro de Berlín» y la tercera, la más acelerada, desde la disolución del bloque del Este hasta el ataque a Estados Unidos en el año 2001, con lo que significó atacar al poder económico y militar de la única potencia hegemónica en el mundo.

La globalización, como fenómeno nuevo originario del Occidente cristiano, ha propiciado un nuevo sistema de relaciones económicas, que relega a un segundo lugar a un gran número de países en fase de semidesarrollo, más de cien, que configuran lo que se llama el Tercer Mundo. Dentro de este grupo se encuentran casi todos los países islámicos, que, a pesar de tener importantes riquezas, como el petróleo, no participan de los beneficios de la globalización.

No hay grandes grupos multinacionales árabes del petróleo, ni de las finanzas, ni del comercio o la industria a escala global. Se sienten discriminados en lo económico y en lo político. La respuesta a esta situación de globalización planetaria, auspiciada por el poder económico de Estados Unidos y algunos estados coaligados, ha sido la aparición de un terrorismo, también planetario, que trata de derrocar el sistema económico-político globalizado que se ha impuesto.

Así globalización y terrorismo aparecen como dos fuerzas contrapuestas, sin nombres ni señas de identidad. Actúan a su libre albedrío, en un mundo sin fronteras, sin objetivos específicos. El terrorista es un hombre o un grupo de hombres armados que atacan de forma indiscriminada, tratando de sembrar el terror. Sus acciones estarán cada vez más dirigidas hacia intereses y víctimas que tengan relación con el poder económico En los últimos meses del año 2004 se ha visto claramente cómo las acciones terroristas están dirigidas contra oleoductos en Iraq, o bien contra refinerías y urbanizaciones cerradas, donde viven técnicos occidentales en Arabia Saudí. El secuestro indiscriminado, cuando no el asesinato, de técnicos y empleados de empresas occidentales son y será cada vez más frecuente.

¿Quién está detrás de esta espiral terrorista? Se dice que Al Qaida. Pero hay que reconocer que la famosa organización criminal dirigida por Bin Laden no podría subsistir sin un apoyo masivo de países islámicos, donde tiene una importante fuente de financiación y jóvenes militantes, contra intereses occidentales o islámicos pro occidentales. Sus fuentes de financiación son múltiples y, al igual que quienes impulsan la globalización se sirven de los paraísos fiscales, también la financiación del terrorismo internacional utiliza las transacciones económicas en esos paraísos fiscales para sus fines.

En esta situación, no es de extrañar que Estados Unidos, como única potencia hegemónica en el mundo, esté tratando por todos los medios a su alcance de diseñar una nueva «Hoja de ruta», una nueva estrategia, que abarque desde Irán a Marruecos. El objetivo es doble: uno, afianzar a los regímenes que le son adictos, sean monarquías feudales y corruptas, como las de Arabia Saudí y Marruecos, o sean repúblicas islámicas presidencialistas como las de Túnez y Egipto, pero aliadas de los intereses norteamericanos; y dos, la venta de armas de avanzada tecnología. Ello origina un buen negocio para la industria armamentística y al mismo tiempo una dependencia técnica y militar del país que suministra las armas.

En ese contexto hay que entender el reciente acuerdo preferencial firmado entre los Estados Unidos y Marruecos, que ocupa una situación privilegiada en Gibraltar, el Mediterráneo y la costa oeste africana. En España, Norteamérica ya tiene Rota y otras facilidades y, si el gobierno socialista español continúa con su política populista, no tiene nada más que cambiar de orilla para seguir teniendo influencia en el área del Estrecho de Gibraltar.

Así resulta anacrónico el descontrol y ceguera de la diplomacia y de la política exterior españolas desde el 11 de marzo de 2004. Si Europa no es capaz de defenderse sola, ni tampoco de establecer una política eficaz de alianzas, sin contar con la ayuda de Estados Unidos, cómo es posible imaginar que España pueda seguir el camino de la neutralidad en la difícil situación internacional actual. Para jugar un papel a escala mundial en un mundo globalizado hay que buscar la alianza trasatlántica y, al mismo tiempo, para evitar una excesiva dependencia, hay que mejorar los mecanismos de defensa y acción militar españoles y europeos, y también conseguir equilibrar el poder político con el económico y el militar.

 El equilibrio de los tres poderes, que se puede representar por un triángulo equilátero, con los tres lados y ángulos iguales, es el triángulo de la perfecta hegemonía. Ningún poder se sobrepone al otro. Los tres se equilibran, se complementan y se apoyan con igual fuerza. Por el contrario, lo que ocurre en Europa es que no tiene equilibrio entre el poder económico, el político y el militar.


En el momento actual de las relaciones internacionales, es una utopía pretender la negociación entre globalización y terrorismo. Desgraciadamente es previsible un serio retroceso en la aceptación y aplicación de los Derechos Humanos. Para el terrorismo no existen tales derechos. Ello originará también una merma en la consideración de esos derechos a favor de los terroristas. Lo que puede conducir a una espiral de violencia en los próximos años.

Pensamos que el único camino largo y costoso, pero viable, es un nuevo planteamiento del sistema de neoliberalismo económico, que conlleva la globalización. Es decir, un mejor reparto de la riqueza de la Humanidad, una verdadera ayuda a los pueblos en subdesarrollo, aplicando de verdad ese 0,7% de los países más ricos al Tercer Mundo. Un precio justo para las materias primas. Apoyar e incentivar los productos agrícolas de los países que viven del café, del cacao o de las frutas tropicales. En definitiva, gastar menos en armamento y más en erradicar el hambre, la pobreza y la insalubridad en el mundo contemporáneo.      Manuel Trigo Chacón es Doctor en Derecho y director de la Escuela Superior de Práctica Jurídica

Unión Europea
El europeísmo invertido
Jorge Vilches Libertad Digital 15 Octubre 2004

Las declaraciones de Maragall apropiándose de las detenciones de los etarras son, además de una deslealtad a la democracia, la prueba de que hay un modelo de eliminación del terrorismo que está profundamente equivocado y trasnochado. Es el modelo del europeísmo introvertido, que, volcado hacia dentro, tiene como prioridad la construcción institucional de la UE, y deja la política exterior y de defensa para la ONU y la OTAN.

El europeísmo introvertido está convencido de que la Pax Europea consiste en extender la integración en la UE, la donación del 0,7% del PIB y la retórica de lo bueno. Este es el camino que marca, por ejemplo, Loukas Tsoukalis en su ensayo ¿Qué Europa queremos?, siguiendo, según él mismo indica, la tradición socialdemócrata. Sí, es loable; pero no es posible pretender que el reto político europeo sea exclusivamente el logro de una mayor democracia institucional, sin tener una proyección exterior única y fiable.

De ahí que el europeísta introvertido no sepa sacar las consecuencias de la celebración de elecciones democráticas en Afganistán que, con todas sus limitaciones de primerizos y en un país parcialmente en guerra son, sin duda, un ejemplo para el mundo árabe e islámico y, también, para Irak. No ha sido el soft power europeo, esa supuesta influencia moral que hace cambiar el mundo, lo que ha permitido que hubiera urnas en Afganistán. El papel de EE.UU. en la introducción de una primitiva democracia en la sociedad afgana tendrá que ser reconocido algún día.

El europeísmo introvertido tampoco ha digerido que una nación anglosajona como Australia se haya mostrado firme ante el terrorismo, y fiel a sus compromisos internacionales. La victoria electoral del conservador Howard frente al zapaterismo del partido laborista, que había prometido la vuelta por Navidad de sus 850 militares instalados en Irak, es decir, poco antes de las elecciones iraquíes, ha suscitado el silencio del coro antiamericano del europeísmo introvertido. Y no hay que olvidar que los australianos han sufrido también el terrorismo islamista.

De esta manera, líderes europeos como Chirac o Schröder lamentan los atentados en el Sinaí y París, pero no suscitan una política exterior común creíble. Ni parece inteligente que Moratinos, en plena campaña israelí en Gaza, con sus Días de Penitencia y el Mossad en guerra contra Al Qaeda, diga que la UE va a desarrollar, al margen del Cuarteto, un plan de acción para el establecimiento del Estado palestino. ¿Y quién va a llevar a cabo esa "acción", que deberá contar con fuerzas militares de apoyo?

La crítica al liderazgo militar de EEUU, a su unilateralismo, no tiene como consecuencia el desbloqueo del proyecto de defensa europeo. Y se nos intenta convencer de que la eurorretórica de lo bueno va a hacer que el terrorismo islamista reconozca que se ha equivocado, o que piense que el enemigo es solamente Bush. Por esto no sorprende que haya todavía mandatarios europeos, aunque sean regionales como Maragall, que crean que la lucha contra el terrorismo es una cuestión de partido, de gestos y palabras, no de la democracia contra el totalitarismo. Como tampoco sorprende que el presidente Zapatero tardara dos días en corregirle. Será cuestión de talante.

Los restauradores vascos y la pasta
JOSÉ MARÍA CALLEJA La Voz 15 Octubre 2004

LOS PAPELES de Antza llevan camino de dejar en bonsai los papeles de Súsper , que han permitido la detención de más de doscientos etarras. Ese espíritu basurilla, maniático, controlador hasta lo enfermizo, que caracteriza a los terroristas de la dirección de la banda criminal, es un tesoro en manos de la policía. De momento, después del sartenazo del 3 de octubre, viene la onda expansiva, en forma de detenciones y en incautación de listas de aquéllos que han pagado la extorsión (¡por favor, no le llamemos impuesto, y menos aún, revolucionario!).

Todo el mundo debe de saber, a estas alturas del curso, que en la Comunidad Autónoma vasca (CAV) y fuera de ella, son muchos los que pagan la extorsión al grupo terrorista. Algunos lo hacen impulsados por el pánico, otros, de buena gana, como un apoyo a los que consideran bandidos buenos. En los dos casos, el dinero cumple la misma función: sirve para asesinar.

Difícilmente se puede criticar a alguien que paga una elevada suma de dinero ante el secuestro de su hijo o de su marido. Pero a los que pagan a los asesinos sin mediar el chantaje insoportable del secuestro de un ser querido, hay que decirles que también ha habido empresarios, y otras gentes, que no han pagado ni un duro a los criminales. En cualquier caso, y por difícil que sea, es preferible que ese dinero se emplee en pagar una escolta antes que en dárselo a quien te puede asesinar, a ti a otro, con el agravante de que no por pagar se pone uno a salvo, sino todo lo contrario.

Sale ahora la lista de cuatro cocineros famosos que al parecer han pagado dinero a los asesinos. Con motivo del asesinato de otro cocinero, algunos pedimos a los que andan entre fogones en la CAV que expresaran un mínimo gesto de protesta y dijeran: no se mata. Les sentó fatal. Juan María Arzak llamó por teléfono a Fernando Savater y le dijo: «Oye, que ya le hemos dado dinero a la viuda». Qué obsesión con el dinero. Lo que se pedía era un gesto -decir no a la muerte- que tendría un alto valor simbólico. Pero no. No veremos a todos los cocineros, siempre dispuestos a estar en todas las salsas, haciéndose una foto con sus gorros y sus delantales inmaculados y diciendo: no matarás. Sí sabemos que algunos piensan que los que denunciamos el régimen de muerte, odio y miedo que impera por culpa de ETA, somos unos crispadores; pero jamás dirán una palabra contra los que asesinan. Sólo nos llegará su jijí-jajá .

Pedro Subijana tuvo la gallardía de acudir a las concentraciones de protesta contra el secuestro de José María Aldaya, pero Juan Mari Arzak, amigo de la mujer del secuestrado, no apareció por allí. El terrorismo nacionalista vasco ha tenido tantos años de vigencia en primer lugar por los que asesinan, pero también por los que les apoyan, por los que se callan, o por los que prefieren llevarse bien antes con quien mata que con quien es asesinado.

COMPANYS Y LA REPÚBLICA
POR PIO MOA ABC 15 Octubre 2004

AUN con sus errores y responsabilidades en la guerra civil, Azaña era, con diferencia, el más inteligente de los políticos republicanos de los años 30. Sus decepcionadas observaciones sobre sus correligionarios podrían sintetizarse en frases como éstas: «gente impresionable, ligera, sentimental y de poca chaveta»; o, más amargamente, «muchas torpezas y mezquindad, y ningunos hombres con grandeza y capacidad suficientes... ¿Tendremos que resignarnos a que España caiga en una política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta?». En tales quejas incluía, desde luego, a Companys, a quien dedica expresiones no muy laudatorias: «un iluminado, seguro de su fuerza, del porvenir, engreído», con la cabeza llena de tópicos insustanciales, de un «exaltado nacionalismo» de ocasión, etc.

En estas frases Azaña aludía al Companys de 1934, el que preparaba la guerra civil. Había surgido un conflicto entre los nacionalistas catalanes de la Esquerra y los de derecha, en torno a una ley de contratos de cultivo. Los catalanistas de derecha habían presionado para que la ley fuera sometida al Tribunal de Garantías Constitucionales. El débil gobierno, de muy mala gana y sin oposición de la Esquerra, lo hizo, y el tribunal falló en contra de dicha ley. El débil gobierno de Madrid indicó a la Generalidad que bastarían unas nimias correcciones de pura forma para que la ley se aprobara sin dar tiempo a nuevos recursos.

Pero Companys no quiso ni oír hablar de alterar una coma y se rebeló contra la decisión del tribunal, equivalente al Constitucional de ahora. Ante el Parlament declaró: «La política de conciliación nos está dando malos resultados... Me han llenado de estupor unas declaraciones del señor Samper lanzando la sugerencia de que tal vez, si se modificaran algunos aspectos (de la ley) podría haber un plano de avenencia, palabra que en este problema nos cubre por sí sola de vergüenza». Aseguró que en otras ocasiones los catalanes habían sido injuriados y no habían replicado con la necesaria violencia, pero ahora sería diferente, pues de otro modo, «¡Oh amigos!, si eso sucediese y yo tuviera la desgracia de quedar con vida, me envolvería en mi desprecio y me retiraría a mi casa para ocultar mi vergüenza como hombre y el dolor de haber perdido la fe en los destinos de la Patria». Y esto no fue más que el comienzo de una agitación belicosa e in crescendo contra las instituciones democráticas durante todo aquel verano.

Cuando todo acabó de forma no muy gloriosa el 6 de octubre, Companys pretendió ante el sorprendido fiscal que sus arengas del verano habían sido «muy moderadas». El fiscal comentó: «Primero, ¿qué concepto tendrá el señor Companys de la falta de moderación? Segundo, si el fascismo, según nos dijo ayer, se caracteriza por discursos heroicos, por amenazas de violencia, ¿quién no diría que el señor Companys, cuando pronunciaba este discurso, era fascista? Tercero, con razón se dice que los hombres estamos más dispuestos a matar o a hacer matar que a morir por nuestros ideales».

Companys no se había limitado a las palabras. Había utilizado dolosamente los instrumentos que la legalidad ponía en sus manos para organizar la insurrección, preparar y armar milicias, depurar las fuerzas de orden público (que por el estatuto dependían de él), infiltrar el ejército e impedir al gobierno la búsqueda de depósitos de armas socialistas en Cataluña (pues el PSOE también preparaba, activa y textualmente, la guerra civil).

¿Cuál era la causa de estas reacciones en apariencia alucinadas a una sentencia de los tribunales? Lo explica honradamente Amadeu Hurtado, jurista cercano a la Esquerra y enlace entre la Generalidad y el gobierno: «Supe que a la sombra de aquella situación confusa, la Ley de Contratos de Cultivo era un simple pretexto para alzar un movimiento insurreccional contra la República, porque desde las elecciones de noviembre anterior no la gobernaban las izquierdas».

Y ahí estaba, en efecto, el secreto de una agitación realmente salvaje. En noviembre de 1933 el centro derecha había ganado las elecciones por amplia mayoría, ante lo cual la Esquerra se declaró «en pie de guerra» contra el gobierno democrático, mientras el PSOE preparaba la insurrección armada para implantar un régimen de tipo soviético. Hoy estos hechos pueden considerarse firme y documentalmente probados, y decir que Companys fue uno de los principales responsables de la guerra civil corresponde estrictamente a la realidad histórica, no es hacer una frase demagógica o arbitraria.

También por entonces había explicado Companys a Azaña la teoría de la «democracia expeditiva», que, señala el segundo, sólo podía traducirse al lenguaje normal como «despotismo demagógico». Resalta aquí el fino olfato de Azaña tanto como su escaso sentido autocrítico, pues también él había reaccionado al triunfo de la derecha en 1933 con dos intentos de golpe de Estado, y había estado más cerca de la rebelión de Companys de lo que admitirá a posteriori.

El testimonio de Azaña sobre Companys se vuelve aún más duro al referirse a la reanudación de la guerra en 1936, y la connivencia de la Esquerra con los anarquistas en el saqueo del Estado: «Su deber (de Companys) más estricto, moral y legal, de lealtad política e incluso personal, era haber conservado para el Estado, desde julio acá, los servicios, instalaciones y bienes que le pertenecían en Cataluña. Se ha hecho lo contrario. Desde usurparme (y al Gobierno de la República, con quien lo comparto) el derecho de indulto, para abajo, no se han privado de ninguna invasión de funciones. Asaltaron la frontera, las aduanas, el Banco de España, Montjuich, los cuarteles, el parque, la telefónica, la CAMPSA, el puerto, las minas de potasa... ¡Para qué enumerar! Crearon la Consejería de Defensa, se pusieron a dirigir la guerra, que fue un modo de impedirla, quisieron conquistar Aragón, decretaron la insensata expedición a Baleares para construir la Gran Cataluña...».

Companys, en compañía y rivalidad simultánea con la CNT-FAI, presidió la época de mayores crímenes, expolios y desorden que haya conocido Cataluña en época contemporánea. Fue nula su lealtad al Frente Popular, como en 1934 a la República, y los diarios de Azaña, entre otros muchos documentos, dan de él un retrato que en nada coincide con el que quieren ahora presentarnos sus nostálgicos explotando la sentimentalidad por su trágico fin.

Su ejecución, que él afrontó con dignidad, como otros muchos en la derecha y la izquierda, fue un acto brutal, como todos los fusilamientos, máxime teniendo en cuenta que el franquismo debía agradecerle las deslealtades y divisiones introducidas por su partido en el Frente Popular. Pero debemos tener en cuenta las circunstancias: ¿qué hubieran hecho con Franco sus enemigos de haberle capturado? ¿Qué hizo Companys por salvar a Goded? ¿O a tantas víctimas del terror en aquellos años? Las guerras desatan las pasiones, y no cabe dudar, insisto, de la responsabilidad del líder de la Esquerra en su desencadenamiento.

Naturalmente, cada cual puede admirar a quien le dé la gana, pero no en nombre de lo que le dé la gana. Homenajear oficialmente a Companys en nombre de la democracia significa degradar profundamente la idea misma de ella, y quienes lo hacen se retratan. Asistimos al intento de la llamada «Segunda Transición». La primera nos trajo la democracia. La segunda, si triunfa, traerá otra cosa: quizá la «democracia expeditiva» tan del gusto del homenajeado.

¿ADÓNDE VAMOS?
Por Carlos HERRERA ABC 15 Octubre 2004

¿QUIÉNES son nuestros amigos? ¿Quiénes nuestros compañeros de viaje? ¿Cuáles los criterios con los que gobernamos nuestra relación con el mundo? El reciente conflicto menor que ha protagonizado la ausencia del embajador norteamericano en los actos de la Fiesta Nacional deja a las claras el volantazo un tanto brusco que han aplicado a nuestra política exterior los responsables de la cosa. Pérez Rubalcaba dijo aquello del desaire al Rey -¡ay, cómo nos refugiamos en el Rey cuando nos conviene!- y un cierto espectro de la población se lo creyó sin pararse a pensar que, siguiendo el silogismo, también lo habría desairado Manuel Chaves, el presidente andaluz, que optó igualmente por «irse de cacería»; sin embargo, el embajador yanqui escenifica plásticamente las consecuencias de una política exterior dirigida por un presidente con criterios de estudiante de colegio mayor. La estupidez de no levantarse ante la bandera norteamericana y las diferentes muestras de torpeza internacional -retirar tropas de esa manera, instar a que lo hagan los demás y evitar la presencia de los USA en el desfile- han provocado un enfriamiento que no se produjo ni siquiera en el tiempo en el que hubo que renegociar la presencia militar estadounidense en España. En aquella ocasión, hasta Julián Santamaría, nombrado embajador en Washington, estuvo por encima de esta media. Ahora todo se reduce a explicar que «no estamos de rodillas» y pamplinas semejantes, muy propias de régimen bananero basado en arengas y panfletos, y a enfadarse por la excursión que el embajador norteamericano emprendió el mismo día en el que iba a conmemorarse sin ellos la liberación de París que realizaron precisamente ellos. Qué casualidad que el avión que le tenía que llevar de vuelta del sur de España no tuviese los motores a punto.

Marruecos, ese gran amigo que siempre que ha podido ha llevado las tensiones hasta el límite sin que nadie se atreva desde España a señalar las miserias de su política, establece una estrategia hacia el futuro basada, como sabemos, en la anexión de territorios españoles que ya dibuja en sus mapas. Nosotros, que tenemos por arriba a unos felones deseosos de evitar nuestro territorio para configurar sus intereses plenamente, necesitamos algún aliado de la suficiente envergadura como para aplacar lo que no somos capaces de hacer por nosotros mismos. Parece evidente que ese aliado puede ser Estados Unidos, que, desde siempre, ha gozado de gran capacidad de influencia en el Reino de Mohamed -no olviden cuando se desentendió de nosotros dejándonos a los pies de aquella infame Marcha Verde que promovió el sátrapa del papá de este rey moro-. Si los americanos han de sacarnos alguna vez cualquier castaña que haya caído al fuego, no parece la mejor manera de conseguirlo atizándoles patadas en las espinillas.

Lo antedicho, que es tan obvio que hasta me está dando pereza escribirlo, tiene un ejemplo práctico con el comportamiento de Francia durante la crisis de Perejil. Hasta que no dispongamos de un satélite militar de comunicaciones propio, que estará listo pronto, los españoles utilizamos canales que nos brindan americanos y franceses. Cuando las tropas moras ocuparon el islote... los franceses apagaron nuestro canal. Los americanos no. ¿Comprendido? ¿Con qué ánimo cree el Gobierno que van los yanquis a ayudarnos a desencriptar los ordenadores interceptados a «Antza» y «Anboto» en el sur del país vecino y de cuya información depende el éxito absoluto de la operación liderada por la Guardia Civil?

Otra pregunta que ahora mismo me asalta la melancolía: ¿cómo hubiera reaccionado el Gobierno de Rodríguez en el caso de haberse encontrado con el asalto al islote de Perejil? ¿Hubiera actuado como el Gobierno de Aznar López desalojándolos al alba y con viento de Levante?

Ya empiezo a tener mis dudas.                      www.carlosherrera.com

El republicano que burló a la República
Todos coinciden en algo: el fusilamiento de Lluís Companys fue ignominioso. A partir de ahí los historiadores disienten sobre las luces y sombras en su ejecutoria
BLANCA TORQUEMADA ABC 15 Octubre 2004

MADRID. El de hoy no es un aniversario redondo, de los que acaban en cero, pero sí peculiar. Al cumplirse 64 años del fusilamiento de Lluís Companys en Montjuïc la efeméride adquiere un inesperado relieve porque en menos de doce meses tanto el Gobierno de la Generalitat como el de la Nación han cambiado de manos y las celebraciones previstas se han preñado de nuevos significados y segundas lecturas. Por ejemplo, la referida a que la presencia de Pasqual Maragall en el desfile militar de la Fiesta Nacional tiene ahora como moneda de cambio la participación de la vicepresidenta del Gobierno en un homenaje al fundador de Esquerra Republicana de Cataluña. Lo que pone de nuevo bajo los focos la figura del dirigente nacionalista que, en todo caso, no es personaje que suscite más unanimidad que la del rechazo a la forma en que murió. ABC ha recabado la opinión de historiadores cuyos trazos sobre Companys que dibujan un justo término medio entre el mito cuasi canonizado y la demonización.

Un mito del nacionalismo
Ricardo García Cárcel, catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona, argumenta que «para el nacionalismo catalán, Lluís Companys es uno de esos referentes que los historiadores llamamos mitos. Para mí, Companys fue un personaje histórico desbordado por los tiempos difíciles que le tocó vivir, instalado fuera de la realidad, que no estuvo a la altura de los dos grandes retos que abordó en 1934, con su proclamación del Estat Català en la República Federal Española y en 1936, con su actitud en el decurso de la Guerra Civil». No pudo o no quiso, en efecto, atajar los desmanes y asesinatos de las patrullas de control de la FAI. Por eso, en opinión del historiador, «lo mejor de su vida fue la lección de dignidad moral que nos dejó en su último escrito antes de morir.

La estela de la memoria sentimental de su significación en Cataluña está por encima de la memoria objetiva de su acción política». Por razones de congruencia, rechaza García Cárcel las reclamaciones de ERC: «No comparto las exigencias de perdón que desde determinados sectores en Cataluña se plantean al Estado español actual. ¿Es el Estado español actual heredero del franquismo que fusiló a Companys? ¿Cabe la retroactividad moral en política? ¿Tiene que pedir el Estado español actual perdón por lo que hizo Felipe II con Lanuza y los aragoneses? El mejor homenaje que puede hacerse a Companys hoy es contribuir, desde la historia, a comprender la complejidad de su figura y, desde luego, a intentar evitar la repetición de una tragedia personal como la suya y la de otros muchos catalanes y españoles que sufrieron las consecuencias de una guerra fratricida. A partir de ahí, cada uno es libre de tener su propio santoral laico o eclesiástico».

Para Javier Tusell, es cierto que la forma en que murió Companys ha contribuido a su fama histórica y le ha otorgado un «plus» de relevancia que en otro caso no tendría, «pero también -comenta- el hecho de que fuera fusilado por ser un representante institucional de la República y de la Generalitat de Cataluña lo convirtió en un factor de acercamiento entre los catalanes, hasta el punto de que Cambó, que siempre había sido su más enconado enemigo político, se reconcilió con él en aquel trance, según él mismo relató en su Dietario». Tusell no cree que la decisión de Companys de proclamar el Estado Catalán en 1934 tuviera resabios de maniobra para romper con España, «aunque sí fue una tremenda insensatez». Igualmente discutible considera su papel durante la Guerra Civil, «porque, como presidente de la Generalitat, contribuyó a que se salvara mucha gente, pero otros fueron asesinados y en esa vertiente tuvo responsabilidad, aunque fuera por omisión. Aunque también Tarradellas era conseller cuando se produjeron esos crímenes y su figura no está sujeta a tanta controversia». La pretensión de Esquerra Republicana de que el Estado pida perdón no la considera pertinente: «Ni los españoles de hoy son aquellos ni los militares son los que condenaron a Companys. Es un planteamiento injusto».

Otro historiador, Ferrán Gallego, coincide con esta apreciación y va más allá: «Esquerra ha pretendido un callejón sin salida y un juego peligroso que reabre heridas: si el Estado acepta pedir ese perdón, asume culpas que no son suyas, pues la responsabilidad del asesinato de Companys es de quienes gobernaban en aquel momento, no de la España de hoy. Pero si no se entona el «mea culpa», esos sectores aducen que se respalda lo que ocurrió. Esa memoria histórica selectiva es peligrosa.No cuadra que a Companys no se le fusilara cuando se levantó contra la legalidad republicana en 1934 y se le condenara sólo a pena de cárcel, mientras en 1936 se ejecutó al general Goded por idéntico delito, precisamente cuando Companys presidía la Generalitat». En opinión de Gallego, «lo singular en el caso de Companys es que se le condenó a muerte sólo por ser el presidente de la Generalitat, no por otras culpas que pudiera tener, y eso es una herida incuestionable y profunda en Cataluña. Pedir perdón no es lo indicado, pero sí sería históricamente justa y políticamente oportuna una condena sumaria de aquel hecho indigno».

El «garrafal error» de 1934
Desde otro ángulo, el profesor Albert Balcells piensa que «la solución salomónica adoptada ahora por las Cortes parece cicatera y de compromiso» porque, en su opinión, «más que estar mitificada en Cataluña, la figura de Companys está demonizada en el resto de España». «Los errores que tuvo a lo largo de su mandato -arguye- no quedan borrados ante la historia, pero sí atenuados por el valor con que se enfrentó al fusilamiento. Companys no fue nunca separatista, como demuestra su proclama de la revuelta del 34». Para Balcells, «hay que situar al personaje en un contexto en el que la democracia no estaba bien asentada en una España heredera de la inestabilidad política del siglo XIX. Además, quedaba cercano en el tiempo el pronunciamiento civil y pacífico de 1931 por el que se instauró la República. En 1934 Companys cometió el error garrafal de pretender algo parecido, al interpretar que la Autonomía estaba amenazada por el triunfo electoral de la derecha y por la reacción que podría tener el Gobierno de Lerroux ante la insurrección en Asturias. Pero en ningún momento los hechos de 1934 plantearon una ruptura con España; todo lo contrario, eran solidarios con la posición de las izquierdas estatales».

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