AGLI

Recortes de Prensa     Lunes 25 Octubre 2004 2004

¿Quién mintió
Jorge Vilches Libertad Digital 25 Octubre 2004

¿Por qué no investigarlo
Editorial La Razón 25 Octubre 2004

Nación y nacionalidades
Luis González Seara La Razón 25 Octubre 2004

POR QUÉ BUSH DEBE GANAR
RAFAEL L. BARDAJÍ ABC 25 Octubre 2004

Gallizo se cae tarde del guindo
Ignacio Villa Libertad Digital 25 Octubre 2004

DE PRADERA A COMPANYS
Jorge TRIAS SAGNIER ABC 25 Octubre 2004

Ayudando a Eta y al «plan»
Iñaki Ezkerra La Razón 25 Octubre 2004

Estabilidad institucional y continuidad histórica
Joaquín Calomarde La Razón 25 Octubre 2004

LA CONSPIRACIÓN DEL 11-M
Juan Manuel DE PRADA ABC 25 Octubre 2004

El deporte como arma política
Luis María ANSON La Razón 25 Octubre 2004

A Fresno con yelmo
Juan Manuel Rodríguez Libertad Digital 25 Octubre 2004

Maragall y el independentismo
Francisco Marhuenda La Razón 25 Octubre 2004

Cataluña es Cataluña
José García Domínguez Libertad Digital 25 Octubre 2004

¿Hacernos felices
IÑAKI EZKERRA El Correo  25 Octubre 2004

Plan de fuga
FLORENCIO DOMÍNGUEZ El Correo 25 Octubre 2004

25 años de Estatuto de Guernica
Editorial La Razón 25 Octubre 2004

El Estatuto de todos
Editorial El Correo  25 Octubre 2004

Libertad en las «ikastolas»
Cartas al Director ABC 25 Octubre 2004
 


11-M
¿Quién mintió?
Jorge Vilches Libertad Digital 25 Octubre 2004

Los socialistas hicieron creer a los españoles que un cambio de gobierno libraría al país del terrorismo islamista "Los españoles no merecen un gobierno que les miente", dijo Rubalcaba en el día de reflexión, aquel 13-M que, ahora, nos quieren hacer creer que fue un movimiento espontáneo, una desafortunada ensoñación. El PP, decía el PSOE y sus corifeos periodísticos, mentía al señalar a ETA, y no a Al Qaeda. Porque la guerra de Irak había encorajinado tanto a los musulmanes que el terrorismo originado por EE.UU. se había desatado en el centro de España. La solución era echar al PP, traer las tropas embarcadas en la guerra de Bush, y estrechar la tradicional amistad con el mundo árabe. Ya. Pero a la luz de lo que se está descubriendo por la prensa y la Audiencia Nacional, ¿quién mintió?

Los socialistas hicieron creer a los españoles que un cambio de gobierno libraría al país del terrorismo islamista. Que atender a las "causas" del terror, a sus motivaciones, a las provocaciones occidentales, como la presencia de las tropas en Irak, iba a desembarazarnos de esta pesadilla. Pero mintieron. Mintieron porque sabían que el terrorismo de Al Qaeda y sus franquicias en Europa no se detienen por el turno entre partidos en las democracias occidentales. Conocían que este terror sólo busca el exterminio de Occidente, derribar los obstáculos que se le interponen en su misión: conquistar el planeta para el Islam. Es más, indujeron a pensar a los españoles que el islamismo violento estaba dormido hasta que EE.UU. lo despertó, y que la retirada de las tropas españolas lograría el bálsamo de la "alianza de civilizaciones", esa pamplinera tabla de salvación. Pero los islamistas, como se ha demostrado, piensan en Afganistán y Al Andalus.

También mienten cuando se desgañitan, y sus corifeos se enronquecen, negando la relación entre los grupos terroristas, entre ETA y los "Mártires por Marruecos". Y ahora juran y se hacen cruces laicas, diciendo que las pruebas que relacionan a las dos bandas son "relativas", que los socialistas y su comparsa periodística nunca dijeron que la guerra de Irak había provocado el atentado del 11-M, que jamás gritaron en la calle aquello de "¡Las bombas de Bagdad, estallan en Madrid!".

Las sonrisas de Zapatero, la retirada de las tropas y el alejamiento de EE.UU han sido en vano, no nos han librado del terrorismo islamista, no era verdad, sino que nos han hecho más vulnerables. Han mostrado la debilidad de un gobierno –no quiero pensar en la de un país- que lleva a pensar, como le escribió un etarra a otro, que si los islamistas quisieran "España saldría corriendo de Ceuta y Melilla".

Es un gobierno que se guía por un sentido progresista de la cuestión, anticuado e inútil, que les separa de la compresión de la envergadura del problema. Y así, con esta mentalidad, Zapatero ha colocado a una Directora de Prisiones, Gallizo, que no ve con preocupación que los islamistas conviertan las cárceles españolas en campos de entrenamiento para transformar rateros en terroristas, y que cree que no hay delincuentes, sino "gente que comete delitos", como Henry Parot y Harriet Iragi, con condenas de 3.000 años de prisión. Sí, esos etarras cuyos nombres estaban en la agenda de Abdelkrim Beresmanail, uno de los detenidos por Garzón.

Y ahora que tenemos el problema inoculado, oculto en cárceles, barrios, restaurantes, locutorios, invernaderos almerienses, mezquitas, becarios como "el tunecino", ¿qué hace el gobierno de Zapatero? Prepara una partida presupuestaria para de los imanes y va a permitir la financiación pública de Batasuna. Es, desde luego, para no dormir tranquilo.

¿Por qué no investigarlo?
Editorial La Razón 25 Octubre 2004

Uno de los efectos más perversos del enfrentamiento partidista en torno a los atentados del 11-M es la negación a priori de cualquier hecho, por poca relevancia que tenga, que ponga en cuestión la versión comumente aceptada sobre el origen y preparación del criminal ataque. Ocurrió, una vez más, ayer, con motivo del hallazgo de una agenda en poder de un radical islámico, estrechamente vínculado al jefe de los terroristas suicidas de Leganés, en la que figuraban los nombres de dos de los más sanguinarios miembros de ETA: Henri Parot y Harriet Iragui, junto a unas instrucciones para fabricar un tipo de explosivo «casero».

Este mismo islamista, Abdelkrim Beresmail, encarcelado actualmente en la prisión de Villabona, había mantenido contactos «de patio» con otros miembros de ETA que cumplen condena en la misma cárcel, aunque, hasta el momento, ninguna de las prolijas investigaciones policiales ha encontrado ninguna prueba de que exista una vinculación operativa entre el radical argelino y los miembros de la banda vasca. Es más, la propia ETA siempre ha desmentido su participación en los hechos del 11-M, a los que publicamente ha negado cuaqluier tipo de respaldo. Es evidente, que la simple aparición de unos nombres, por otra parte muy conocidos en los ambientes terroristas carcelarios, puede deberse a mil motivos que nada tienen que ver con la hipótesis de la colaboración de ETA en los brutales atentados de Madrid; pero no se entiende la vehemencia de algunos políticos a la hora de negar cualquier validez o trascendencia a lo hallado en un registro judicial. Lo lógico sería actuar sin ningún tipo de prejuicio y mantener abierta la investigación hasta aclarar lo que el Ministerio del Interior considera una simple coincidencia.

En los seis meses transcurridos desde la tragedia de Madrid, no se ha encontrado ninguna prueba concluyente de una conexión operativa o ideológica entre los dos grupos terroristas, muchos de cuyos miembros comparten largos años de prisión en las mismas cárceles. Pero, si aparece un indicio de algo más, por pequeño o inconsistente que parezca, ¿qué hay de malo en investigarlo?

Nación y nacionalidades
Luis González Seara La Razón 25 Octubre 2004

El presidente Zapatero, en su afán por mostrarse simpático con los nacionalistas catalanes, ha dicho algo muy inquietante: que él no ve diferencias apreciables entre los conceptos de nación y nacionalidades. Y no se trata de una afirmación vaga referida a las connotaciones culturales, históricas, antropológicas o políticas, que puedan distinguirse en el uso de ambas palabras. Al contrario: la referencia se inscribe en el alcance y significado que tienen los términos nación y nacionalidades en la Constitución española vigente y en los Estatutos de las diferentes Comunidades Autónomas. La cuestión no es un debate cultural en cuanto a la evolución de la palabra «nación», que empezó utilizándose en la Edad Media para designar a los grupos de estudiantes de una Universidad que procedían de un mismo país. Luego, el Estado moderno se identificó con las dinastías reinantes, en Europa, como ocurría con la Monarquía española o la Monarquía inglesa, en aquellos tiempos felices del absolutismo, en que una princesa podía llevarse una monarquía y un país entero como dote, según dejó escrito Fenelón. A partir de la Revolución francesa y del amanecer de Estados Unidos, se extendió el nuevo concepto de Estado-nación, que supone la creación de una realidad que expresa la soberanía del pueblo.

La idea de la soberanía popular es el hilo conductor que lleva a la configuración del nuevo Estado nacional, en cuya virtud Renan definirá la nación como un plebiscito cotidiano, de gentes que han hecho cosas juntas en el pasado y desean seguir haciéndolas en el futuro. Este es el sentido en que nuestra Constitución establece que la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan todos los poderes del Estado (art,1), afirmando a continuación (art, 2), que «la Constitución se fundamenta en la indivisible unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas». Cualquier alumno de Derecho constitucional puede comprobar que la Constitución deja muy claro que sólo hay un sujeto del poder constituyente, titular de la soberanía, que es el pueblo español en su conjunto, que se identifica con la Nación española como patria común, al mismo tiempo que reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran.

Queda claro que la autonomía no es soberanía, se llamen de un modo u otro los territorios autónomos. En cuanto a la palabra «nacionalidad», ya la podemos encontrar en el Criticón de B. Gracián, referida a distintos pueblos peninsulares que presentan un pasado común y ciertas afinidades culturales, lingüísticas o históricas, que configuran un segundo nivel de nacionalidad. Ello no excluye la realidad superior de la Nación española, única susceptible de convertirse en Estado, en función del poder constituyente soberano del pueblo español. Desde el punto de vista constitucional, la diferencia entre la nación española y las nacionalidades autonómicas es tan clara y contundente, que no se entiende que Zapatero diga que no ve diferencias apreciables entre ellas.

POR QUÉ BUSH DEBE GANAR
por RAFAEL L. BARDAJÍ ABC 25 Octubre 2004

HAY dos razones para desear que George W. Bush sea reelegido presidente: la primera, que la alternativa que representa el senador Kerry, lejos de prometer un mundo más seguro, augura, en realidad, más inestabilidad y violencia; la segunda, que las opciones estratégicas que Bush ha adoptado como su política son las más acertadas para luchar y vencer al terrorismo global y a otros fenómenos indeseables, como la proliferación de armas de destrucción masiva.

Vayamos por partes. Primero, la alternativa Kerry. Mucha gente cree que las opciones de Estados Unidos serán las mismas y que las diferencias entre Bush y Kerry en su actividad internacional serán menores de lo que la campaña electoral hace pensar. Es un juicio equivocado. España se enfrenta a los mismos retos hoy que hace un año; y, sin embargo, es patente que nada tiene que ver la política exterior del presidente Aznar con la del actual inquilino de La Moncloa. Kerry no va a ser un Bush «pero menos», más afable aunque igualmente intervencionista, más multilateral pero igualmente decidido.

Es difícil saber qué haría realmente Kerry desde la Casa Blanca, puesto que su característica esencial es defender una cosa y la contraria, pero si hay algo seguro es que Kerry buscará proteger a sus Estados Unidos con todo tipo de medidas en el terreno de la Homeland Security, esto es, la defensa de su territorio, a la vez que se mantendrá en progresiva retirada de los asuntos globales. En el terreno económico su partenaire Edwards aboga sin ambages por un claro proteccionismo.

El deseo de Kerry puede que sea bien intencionado, pero el resultado de su actitud no puede sino ser catastrófico para el resto del mundo. En primer lugar, aun concediendo que la América de Kerry pudiera sentirse más segura detrás de un muro impenetrable erigido sobre sus fronteras -cosa que no es posible-, para que el resto del mundo gozara de mayor estabilidad se requerirá que otros poderes ocuparan el espacio vacío que dejasen los Estados Unidos. Es necesario un verdadero y eficaz sistema multipolar. Conviene distinguir entre multipolar, es decir, la distribución de poder entre diversos actores, y multilateral, en tanto que forma o procedimiento de ejercer el poder. La visión que tiene Kerry es la de un mundo claramente multipolar. El problema de base es que ese mundo hoy no existe y que no tiene visos de existir tampoco mañana ni en un futuro próximo. Guste o no, el actual sistema mundial se está configurando en torno a un único polo, Norteamérica, y todos aquellos otros focos regionales que pudieran aspirar a contrapesarlo, como Europa o China, están muy lejos, si es que de verdad están en el buen camino, de poder lograrlo. Hoy por hoy son más bien poderes de incordio, negativos más que constructivos.

Un mundo donde los Estados Unidos sean una potencia retraída significa, por tanto, no un mundo multipolar, sino un mundo apolar, sin polos. No sería la primera vez en la Historia que tiene lugar tal configuración, pero como los años 1920 y los siglos IX y X muestran, una situación así tiende a ser inestable -la política aborrece el vacío de poder- y suele desembocar en violentos choques. La interdependencia de la globalización, la distribución de la población mundial y la diseminación de las tecnologías bélicas hacen que una posible apolaridad en el siglo XXI sea un panorama aterrador. Desde luego, eso no es lo que quiere Kerry, pero es lo que con toda seguridad su política de retraimiento y proteccionismo conllevaría.

En segundo lugar, los méritos propios de George W. Bush. Bush comenzó su mandato como un presidente relativamente tradicional; sin embargo, los ataques del 11-S le llevaron a replantearse sus presupuestos y a poner en marcha una nueva política que algunos tildan de auténticamente rupturista o revolucionaria. Lo es en relación a la visión liberal y a la realista, hasta la fecha dominantes en el discurso político americano. Para Bush, lo que el mundo necesita es más América, no menos. Y eso es así por una lógica tan sencilla como aplastante: vivimos en una nueva era del terror donde la pasividad sólo puede hacer que los terroristas sean más osados y letales. Ahora bien, para ganarle la guerra al terror no basta con eliminar físicamente a los terroristas, hay que acabar con los regímenes que les albergan y ayudan, hay que luchar contra la proliferación de las armas de destrucción masiva -porque en manos de los terroristas el 11-S o el 11-M serían una broma- y, sobre todo, hay que eliminar las causas del odio contra los valores democráticos y liberales de las sociedades occidentales en el principal caldo de cultivo del terrorismo internacional, el Oriente Medio y el mundo musulmán.

Se pueden discutir las decisiones tácticas, pero las líneas estratégicas son bien consistentes y encaminadas a acabar con el terror global y a asegurar un mundo mejor: Afganistán, Irak, las medidas contra la proliferación, el cambio en el Amplio Oriente Medio... Hay quien dice que el mundo del 2004 es más inseguro que el de comienzos del año 2001 y se le atribuye la responsabilidad al presidente Bush. Pero eso es una falacia. Si se les preguntara a un británico en 1941 o a un americano en 1944 si se sentían más seguros que antes de empezar la guerra, dirían que no. Pero si se les hubiera preguntado lo mismo en 1946, contestarían definitivamente que sí, que el resultado de la guerra era más prometedor. Bush ha sabido ver que el terrorismo islámico le ha declarado la guerra al mundo y que no oponerle resistencia equivaldría al sometimiento tarde o temprano.

Por su visión, Bush es el único candidato que puede convencer a los americanos de perseverar en la guerra contra el terror. Para América no es un problema de recursos ni de capacidades militares luchar y ganar esta guerra. Es un problema de estómago, de aguante, de movilización nacional. Y eso, hoy por hoy, sólo puede concedérsele a Bush. Su posible derrota, además, sería interpretada claramente como una victoria por los Bin Laden del mundo. Para ellos sería un logro más en su camino hacia la victoria total. Y eso hay que tenerlo bien presente.

Hay muchos que desean la derrota de Bush, no porque tengan o defiendan una mejor alternativa, sino por el mero gusto de verle humillado. Se dice que sus políticas han generado la actual marea de antiamericanismo que sacude buena parte del mundo. En realidad no es Bush el responsable, sino la extrema concentración de poder de Norteamérica. La unipolaridad produce reacciones y lo que está sucediendo, aunque no se quiera ver, es que en ausencia de una ideología que pueda anteponerse al libre mercado, la democracia y la tolerancia -como en su día lo fue el socialismo-, el rechazo se muestra como un eje del resentimiento, el odio y las ansias de venganza. Algo como sucede ahora en España desde el gobierno socialista respecto al PP, pero de alcance global.

La derrota de Bush supondría un avance de ese eje del resentimiento que nada positivo es capaz de proponer. Por contra, un segundo mandato de George W. Bush le permitiría luchar contra esta extendida corriente de opinión. Es más, cuatro años más del actual presidente modificarían la actitud de políticos como Schröder y Chirac, puesto que tendrían que convivir con un Bush que seguiría en el poder una vez que ellos ya no lo tuvieran. El único gran problema de la reelección de Bush es España. Zapatero ha sido el único dirigente que ha manifestado en diversas ocasiones, antes y después del 14-M, su deseo de que gane Kerry, y eso es una imprudencia que nos puede costar cara. Claro, que la culpa no es de Bush, sino de Zapatero.

Gallizo se cae tarde del guindo
Ignacio Villa Libertad Digital 25 Octubre 2004

Citar a Mercedes Gallizo se ha convertido en sinónimo de ridículo. Los hechos han demostrado que la inoperancia de la directora general de Instituciones Penitenciarias es de unas dimensiones ilimitadas. Gallizo ante la realidad –indiscutible– de convivencia y relación de los terroristas etarras con los terroristas islamistas, dentro y fuera de las cárceles, ha tenido que cambiar deprisa y corriendo de guión. Y donde todo era tranquilidad, ahora todo es preocupación. ¿Inoperante o impresentable?, da exactamente igual. Su trabajo y su dirección en Instituciones Penitenciaras hacen obligado el cese inmediato de alguien que ha buscado el protagonismo mediático y se ha encontrado con un sonoro fracaso. Gallizo se cae del guindo, pero eso no es suficiente.

No hace muchas semanas, Mercedes Gallizo mintió en sede parlamentaria. Tanto en el Congreso como en el Senado intentó hacer creer a sus señorías que las cárceles españolas eran un remanso de paz y de tranquilidad. Ha pasado muy poco tiempo para que queden claros los embustes. El dato inequívoco es que ha tenido que recorrer el mismo camino a la inversa, y ha anunciado una batería de medidas en las que reconoce implícitamente que las prisiones son un auténtico caos en las que se relacionan con una gran fluidez los presos etarras e islamistas.

Una realidad que confirma por la vía directa que el terrorismo de ETA e islámico mantienen desde hace tiempo una relación y una comunicación de complicidad y ayuda. Eso es así aunque desmonte de cuajo la doctrina del Partido Socialista que dice que el Partido Popular mintió el 11 de marzo. Las pruebas concluyentes y rotundas de una cooperación de los dos terrorismos explican muchas cosas y dejan a Rodríguez Zapatero entre la espada y la pared, muy a pesar de que distintas fuentes oficiales y judiciales busquen la "intoxicación burda" sugiriendo que esa relación es posterior al mes de marzo.

¿Alguien se puede creer semejante fantasmada? El terrorismo etarra e islamista tienen muchos puntos de unión antes y después del 11 de marzo. Es una evidencia que ya no tiene marcha atrás. Y Gallizo, con su rectificación tardía y a escondidas, lo confirma contundentemente.

Por cierto: ¿sigue siendo la alianza de civilizaciones la primera preocupación de Zapatero?

DE PRADERA A COMPANYS
Por Jorge TRIAS SAGNIER ABC 25 Octubre 2004

LOS juzgados de Barcelona estuvieron durante mucho tiempo en el «Salón Víctor Pradera», espacio urbano de la capital catalana que se encontraba situado en el Parque de la Ciudadela, a pocos metros del Arco de Triunfo y del monumental edificio que albergaba la Audiencia Territorial, construido por el arquitecto modernista catalán Enric Sagnier. Víctor Pradera, hoy un hombre desconocido y olvidado, fue uno de los iconos y pilares del franquismo. Hasta el punto que Franco, a petición de su viuda, hizo algo muy inusual en él: prologar los dos volúmenes de su «Obra completa» que publicó el Instituto de Estudios Políticos en el año 1945. Víctor Pradera procedía del tradicionalismo y promovió «Acción Española». En los años anteriores a la Guerra Civil se esforzó en buscar todos aquellos puntos de unión que tenía el tradicionalismo con la Falange de Primo de Rivera, y Franco, en ese prólogo, llega a afirmar que Pradera ya había alzado la bandera de la unificación en sus escritos, siendo el Decreto de Unificación la consecuencia lógica de ese pensamiento. Para el lector joven que desconoce los entresijos de la guerra y de la postguerra, debo aclararle que el Decreto de Unificación es el que unió a carlistas y falangistas en un solo partido que durante cuarenta años se denominó FET y de las JONS. Pradera fue asesinado, cruel y salvajemente, por los socialistas, mirando los nacionalistas vascos para otro lado, en la cárcel de Ondarreta de San Sebastián y, por si la crueldad no fuera suficiente, al día siguiente asesinaron a su hijo en la misma cárcel. Ambos murieron heroicamente por Dios y por España, confortando a sus compañeros de infortunio y dejando cartas para sus familiares.

El Salón Víctor Pradera se convirtió, paradojas de la historia, en el Paseo de Lluís Companys. Companys, que ahora tanto se homenajea, que fue presidente de la Generalitat de Catalunya durante la República, protagonizó acontecimientos deplorables, como el golpe de Estado de 1934, la proclamación del «Estat Catalá» y la entrega de armas a los anarquistas durante la guerra civil. Fue uno de los políticos más controvertidos de la República, y Azaña lo despreciaba por su sistemática deslealtad. Si bien no fue directamente responsable, no hizo nada por evitar la cadena de asesinatos y saqueos, la quema de conventos y profanación de tumbas, del desorden y el tumulto en suma, que se produjo en Cataluña durante la Guerra Civil. Al final Companys tuvo una muerte digna y heroica que, de alguna manera, redimió su nefasta trayectoria política. Sus herederos de la Esquerra Republicana hoy gobiernan Cataluña.

Pradera y Companys, unidos, quién lo iba a decir, por el mismo espacio urbano, murieron de forma trágica y podrían simbolizar lo que fue esa guerra civil que ahora, de forma insensata, se pretende aflorar, no para conocerla como historia, sino para que la revivan quienes no la vivieron. Esa guerra no fue, como algunos pretenden, una guerra entre fascistas y demócratas. No, no fue así. Fue una guerra entre hermanos, entre monárquicos y republicanos, entre católicos y marxistas, entre personas que querían vivir con ley y orden y otros que pretendían, desde el socialismo, implantar la revolución. También hubo fascistas y comunistas. A unos, en ambos bandos, se les juzgó y fusiló por sus acciones, por sus creencias o por sus crímenes. Pero otros tuvieron peor fortuna, y como Pradera y su hijo fueron asesinados salvaje y cruelmente.

Ayudando a Eta y al «plan»
Iñaki Ezkerra La Razón 25 Octubre 2004

Zapatero va a hacer un experimentito con el referéndum de Ibarretxe que puede ser tan trascendental para la Historia de la Ciencia como la manzana de Newton. A uno siempre le ha chocado que un sabio necesitara que una manzana le cayera en el cogote para descubrir la «ley de la gravitación universal». No soy el único. Esa compartida extrañeza es la que ha llevado a cuestionar la propia anécdota que es algo así como una viñeta de tebeo del empirismo. Pero a Zapatero la viñeta es lo que le gusta. Si la manzana o el referéndum no le caen en el cogote la cosa ya no tiene gracia. Por eso ha decidido derogar la reforma penal del PP que sancionaba la convocatoria de consultas de autodeterminación y por la cual Ibarretxe podía acabar en el trullo. Zapatero ha pedido a los Magos un «minilaboratorio del pequeño gran físico» para formular una nueva «ley de la despenalización particular» que permita que el referéndum le dé un buen leñazo en la cabeza. Entonces dará a conocer al mundo su teoría: «Si un nacionalista te desafía y tú le dices que adelante, su referéndum se aproxima a ti con una fuerza directamente proporcional a la masa de cada uno que garantiza el coscorrón y la posibilidad de acabar ambos como el rosario de la aurora». El famoso «choque de trenes», al que nos iba a llevar Jaime Mayor no sería nada al lado de esto.

Los nacionalistas le han dejado claro a Zapatero que son insobornablemente desleales. Pero Zapatero se ha empeñado en dar a los nacionalistas una oportunidad sin precedentes para que demuestren todo lo desleales que son y que pueden llegar a ser así como para que, una vez concluida la crónica de esta deslealtad anunciada, él pueda lamentarse con conocimiento de causa –y efecto– de lo desleales que son los nacionalistas. Ya que la reforma penal no se ha anulado aún y sigue por lo tanto vigente, yo pienso que estamos a tiempo de encerrar al propio Zapatero por incitador al delito y corruptor de nacionalistas apacibles y tranquilos. Y es que, si alguno de ellos tenía alguna duda para el desafío, ahora ya no se lo va a pensar dos veces. A Zapatero yo ya lo veo con una gabardinilla de pervertidor y repartiendo feliz referendos a las puertas de los colegios.

El problema de Zapatero y del PSOE es que, al estar ambos vaciados de ideología, no les entra en la cabeza la envergadura ideológica de la deslealtad nacionalista. No han entendido aún que unos partidos que están dispuestos ha implicarse, como lo han hecho, en la estrategia y en los valores de ETA, a quitarse la máscara y a llegar adonde han llegado, a servirse de todas las fisuras del sistema democrático y a abrir otras nuevas, no se pueden permitir desaprovechar la menor puerta que se les abra voluntariamente. Si Ibarretxe no convoca su referéndum, con todas esas facilidades que se le dan, no será ya por lealtad ni gratitud al talante sino porque desconfíe de los resultados. El de Zapatero es un problema de fondo que tiene ese partido y que es el que llevó a decir a varios de sus representantes que el artículo 155, que contempla la suspensión de la autonomía, había sido redactado «para no ser aplicado». El PP se excedió en sacar demasiado a pasear el fantasma de ese artículo porque una cosa es recordar que existe y otra estar todo el día esgrimiéndolo. Pero entre esgrimirlo todo el día y decir que no se va a aplicar nunca hay un término medio. El inconveniente que tiene la suspensión constitucional de una autonomía es que abre un paréntesis que sólo puede cerrarse con el levantamiento de esa suspensión y con el regreso al punto de partida, es decir el mismo inconveniente del desistimiento socialista: es pan para hoy pero hambre para mañana. Si no hay una ideologización de la ciudadanía detrás del 155 éste se vuelve tan ineficaz como la retirada táctica que propone Zapatero al cargarse la reforma penal del PP. Uno y otro camino nos terminan conduciendo al mismo lugar de indefensión absoluta ante el fanatismo nacionalista que, por tal, es fanatismo ideológico.

En la cinematografía del horror es ya un tópico que el monstruo al que no le matan las tiros ni las flechas, ni el fuego ni la bomba atómica, tenga una secreta y ridícula debilidad. Le mata por ejemplo una bala de plata o la lectura de un conjuro. El gran precedente dentro de ese cine son las estacas que había que clavar en los pulmones de los vampiros a los que ni la luz del día ni los crucifijos ni las ristras de ajos lograban aniquilar del todo y el antecedente literario es el talón de Aquiles. Pues bien el arma secreta, la bala de plata, el conjuro, la estaca, el antídoto contra el nacionalismo es la ideología cívica. Lo que no pueden hacer las fuerzas de seguridad ni las prohibiciones legales ni los gales ni las amenazas de ruina económica sólo lo puede hacer la pertinaz difusión de los valores democráticos y ciudadanos, esa arma que aún no ha sido probada de verdad por ningún partido y que es con la única con la que se puede librar una batalla que es ante todo ideológica.

Con palabras de César Alonso de los Ríos, «en esta situación ni un ministro de Interior puede limitarse a actuar correctamente sino que debe ser ideológico como, para desgracia del PSOE, lo fue Mayor». En efecto, el PP dio algunos pasos, pero acabó dejando el lenguaje de la ideología para decantarse por el lenguaje de la guerra y el mutismo del pragmatismo más chusco. En cuanto al PSOE, esa expresión –«batalla ideológica»– no sabe ni lo que significa. Hacer ideología significa decir que «ni ETA ni el nacionalismo tienen razón». Todo lo que sea reformar estatutos y actuar de sucedáneo del Plan Ibarretxe es dar la razón a ese plan y a ETA. La gente prefiere el azúcar al sucedáneo, el original a la copia.

Estabilidad institucional y continuidad histórica
Joaquín Calomarde es diputado al Congreso por Valencia La Razón 25 Octubre 2004

Siempre me he considerado un liberal que, por serlo, aspira a saber qué conviene conservar para que la democracia, que no es sino la organización social de la libertad de todos, se fortalezca día a día. Estoy hablando, en primer lugar, de la estabilidad de nuestro sistema institucional y de una nítida idea de la tolerancia, ajena a eso que algunos hoy han denominado fundamentalismo democrático.

La tolerancia, que no la indiferencia, sólo puede ejercerse de veras en democracia cuando se está persuadido; es decir, convencido, de la razón de las propias ideas, lo que supone que conviene tener ideas y que además sean propias de uno; argumentadas, razonadas y debidamente justificadas. Si esto no es así no se está en posesión de ideas sino de ocurrencias, o sea, como indica su nombre, lo que en cada momento se le ocurre a uno, caso de que se le ocurra algo y haya momento para tal.

Creo que hay que ser intolerantes, intransigentes, frente a todo intento, solapado o no, de conseguir una ruptura de la continuidad histórica de España, cuyo primer paso, precisamente, radica en romper su estabilidad institucional. La continuidad histórica de España no es negociable bajo ningún punto de vista. En ella se sustenta y apoya nuestra Constitución (que es precisamente la mayor garantía de la estabilidad institucional de España) y, por otro lado, la continuidad de la historia de España es algo mucho más importante que cualquier otra veleidad que pretende, bajo los equívocos retóricos que sean, esconder la aspiración a un auténtico cambio de régimen en nuestro país distinto y otro que el establecido de forma estable, por la arquitectura constitucional de 1978, refrendada por el conjunto del pueblo español, sujeto único de la soberanía nacional.

Un país es fuerte cuando en él puede hablarse sin tapujos de instituciones sólidas, estables y que son capaces de otorgarle respeto, fiabilidad y crédito nacional e internacional. Sin estas cualidades, un país no puede, ni lo será, tomado en serio ni interna ni externamente. Todo ello por cuanto que la acción política requiere convicción y decisión, determinación. Si se está convencido verdaderamente de algo, conviene saber proveerse de los medios morales e intelectuales para poder mantenerlo, incluso en los momentos más duros o críticos. Es conocida, a este respecto, la aseveración de Winston Churchill según la cual no hay, en política ni en la vida, nada más inútil que una decisión que esté tomada a medias, sin comprometerse, por tanto, con los principios que deben inspirarla, ni con las consecuencias que de ella se deriven.

No me cabe la menor duda de que nuestro país, España, es una de las grandes naciones históricas de Europa y aún del mundo; y precisamente por ello, toda política que se precie debe conservar ese preciado don con los claros y oscuros de toda larga historia que es la continuidad de la historia española. Es más; la política debería ser capaz de fomentar la lealtad a España, a su proyecto, a su proyección, a su entramado democrático, a sus reglas de juego estables y a sus instituciones duraderas; a todo ello se le debe llamar, mi juicio, por su nombre: lealtad nacional por parte de todos los que componemos la rica diversidad de la nación española.

Hoy, en nuestro país, se habla demasiado de dos hermosas palabras: talante y consenso. El talante tiene que ver con un modo sustantivo, grave, de ser. Todos tienen talante, un problema distinto es poseerlo con talento y cuanto mejor atento y cívicamente virtuoso; es decir, fuerte, consistente, claro, definido, convencido de las propías ideas y, por tanto, con capacidad real de reconocimiento de la fuerza y la consistencia de las ideas ajenas, que por ser ideas aún siendo ajenas, pueden ser razonablemente susceptibles de polémica, argumento y, en su caso, acuerdo y consenso. Ahora bien, el consenso tiene límites racionales precisos; el consenso no puede sustituir las propias responsabilidades políticas y el consenso, «per se» no puede convertirse en el único y escuálido objetivo de una acción política inane y vacia.

Personalmente admiro, hace tiempo, la estabilidad institucional por ejemplo, británica. Inglaterra, como nación, lleva siglos gozando de libertades constitucionales e individuales y de un sistema político, económico y cultural que se sustenta en esa libertad individual a la que protege y garantiza. Pienso que tanto gobierno como oposición deben esforzarse parlamentariamente para fortalecer las instituciones constitucionales de España. Caso de que alguien plantee reformas constitucionales y estatutarias, debería ser consciente de su necesidad, de su sentido, de su alcance, de su finalidad y de su trayectoria (todo ello, claro está, dentro de los límites previstos a tales efectos en el propio texto constitucional ) respaldado, conviene recordarlo, por la mayoría del pueblo español en el que radica constitucionalmente la soberanía nacional.

España es una nación occidental. Somos occidente y un país trasantlántico, tanto en lo que se refiere a EEUU como a Hispanoamérica, nuestro mundo hispánico. España es una nación plural cuyo futuro se basa, precisamente, en el mantenimiento de su continuidad y de sus reglas de juego constitucionales. Es nuestro mayor patrimonio como pueblo español: nuestra nación plural, nuestra historia compartida, nuestro futuro en común. Preservémoslo con sensatez, convicción y juicio.

LA CONSPIRACIÓN DEL 11-M
Por Juan Manuel DE PRADA ABC 25 Octubre 2004

SIEMPRE he aborrecido esas hipótesis conspirativas que tratan de explicar los cataclismos históricos como una confabulación de fuerzas ominosas que, desde las alcantarillas de la clandestinidad, calculan los movimientos de una partida de ajedrez que otros ejecutan, inconscientes de su condición de meros comparsas o chivos expiatorios. Por lo común, dichas hipótesis no son sino el fruto de una paranoia ambiental que nos convierte en rehenes del miedo; a la postre, no sirven sino para agigantar nuestra sensación de desvalimiento, pues al trastorno ocasionado por el cataclismo histórico se añaden la sospecha de haber sido engañados y el desasosiego de estar a merced de fuerzas ocultas que pueden volver a golpearnos. Hay ocasiones, sin embargo, en que la hipótesis conspirativa es el único asidero racional que se nos brinda frente a la endeblez de las «versiones oficiales». Ocurre así, por ejemplo, con el magnicidio de Dallas: aunque no haya pruebas irrefutables que determinen la participación de esos murciélagos que aletean en las alcantarillas del poder, sólo los muy ilusos o los muy cínicos pueden seguir afirmando sin sonrojo que a Kennedy lo asesinó en solitario aquel pelagatos llamado Oswald. A medida que pasan los días, las hipótesis conspirativas que arrojan una sombra de sospecha sobre la autoría de la matanza del 11-M empiezan a adquirir los dolorosos perfiles de la verosimilitud.

Confesaré que al principio tales hipótesis me parecieron rocambolescas. Quienes las defendían, más que buscadores de la verdad, se me antojaban paranoicos obcecados, incapaces de asumir una derrota electoral que trastocaba sus planes. A mi natural aversión a las hipótesis conspirativas se sumaba el asco invencible que me producía el espectáculo cochambroso de unos políticos que utilizaban la discutida autoría de la matanza como arma arrojadiza. Me asqueaba -y me sigue asqueando- que la matanza fuese usada con fines electoreros; y me asqueaba -y me sigue asqueando- que en esa comisión parlamentaria de la vergüenza, antes que el esclarecimiento de la verdad, se anhelase la demolición del adversario. Poco a poco, han ido surgiendo indicios que, considerados por separado, quizá resulten fútiles o inconsistentes, fruto de la casualidad o de la manía persecutoria de pesquisidores interesados; pero, analizados en conjunto, empiezan a delatar el revés de una trama. Ya nos advirtió Breton que el azar es siempre objetivo; y las coincidencias que se acumulan quizá no prueben nada, pero empiezan a mostrar los contornos de una verdad que, como el cadáver de un ahogado, asciende a la superficie, para mostrarnos su rostro putrefacto.

El desmantelamiento providencial de esa célula islámica que planeaba volar la Audiencia Nacional nos ha deparado, de momento, dos certezas incontestables. En primer lugar, ya nadie -salvo los muy ilusos o los muy cínicos- podrá seguir insinuando que la matanza del 11-M fue una consecuencia de la política exterior del anterior Gobierno, que sembró vientos y recogió tempestades. Nuestra participación en la guerra de Irak -por lo demás, más ostentosa que efectiva- fue, sin duda, un error garrafal; pero tratar de comprender las razones de los terroristas, entablando una relación causal entre aquella participación y la matanza del 11-M, constituye un síntoma alarmante de debilidad y reblandecimiento. La segunda certeza resulta más estremecedora y demanda un esclarecimiento urgente: los terroristas islámicos mantenían, al parecer, contactos carcelarios con etarras. La hipótesis conspirativa deja de ser un puzle ininteligible; haríamos mal, ahora que las piezas empiezan a encajar, en ponernos una venda en los ojos, para mitigar el horror de la verdad.

El deporte como arma política
Luis María ANSON de la Real Academia Española La Razón 25 Octubre 2004

Les importa un rábano el deporte como manifestación de salud, de cultura y competitividad. Lo único que quieren Maragall y Carod al exigir al débil Zapatero selecciones catalanas nacionales es potenciar su política independentista para fracturar a España. Esa es la verdad pura y dura.

Los dos dirigentes catalanes, el que manda -Carod Rovira- y el que obedece -Pascual Maragall- se desplazaron, chúpate esa Moratinos, hasta Macao -durante ochenta años por cierto posesión española en Extremo Oriente- para fotografiarse con la selección catalana de hockey sobre patines y cachondearse de España. Las cosas, pues, están claras. Carod Rovira y Maragall van a poner el peso de los votos sobre la cabeza de Zapatero para que desde el acento circunflejo de sus cejas se dé vía libre a la instrumentalización del deporte sin otro objetivo que fragilizar la unidad de España. El espectáculo de "coge el dinero y corre" protagonizado por Esquerra en el Congreso de los Diputados entre la rechifla general del pueblo español es sólo un botón de muestra de lo que se prepara: exprimir sobre patines la debilidad parlamentaria de Zapatero para extraerle todos los zumos políticos: dinero, concesiones, Estatuto de nación, autodeterminación, referéndum, independencia.

Lo peor que le puede ocurrir a un país es tener un Gobierno débil. La pirueta del 14-M y los aspavientos mediáticos han conducido a esta triste situación en la que se tratará de justificar lo injustificable mientras se accede a trocear España para salvar el plato de lentejas de un poder conseguido por la casualidad y la sangre. La política liliputiense nos zarandea ya. No es un cuento chino escrito en Macao. Es la medida que algunos están tomando al candor de Zapatero.

A Fresno con yelmo
Juan Manuel Rodríguez Libertad Digital 25 Octubre 2004

Fue precisamente un secretario de Estado para el Deporte nombrado por el PP quien dejó que organizaran a sus desinformadas espaldas el lío que ahora tenemos todos montado. En Miami nos dieron una buena paliza, pero a Fresno iremos precavidos y con yelmo Así, a simple vista, no parece que el Partido Popular esté en disposición de exigir nada en el espinoso asunto de la participación de la selección catalana de hockey sobre patines en el Mundial B de Macao. Y si de exigencias se tratara debiera empezar primero por Daniel Sirera, portavoz de los populares en Cataluña, quien consideró "lógico" que Pasqual Maragall estuviera presente en la final "para apoyar a los deportistas catalanes", olvidando inocentemente que la presencia del presidente de la Generalidad en dicho partido, lejos de apoyar al deporte catalán, lo que estaba haciendo en realidad era encarnar una idea, la suya propia, personal e intransferible, de lo que deben ser y representar España y también Cataluña en el mundo. Eso sin olvidar que fue precisamente un secretario de Estado para el Deporte nombrado por el PP, Juan Antonio Gómez-Angulo, quien dejó que organizaran a sus desinformadas espaldas el lío que ahora tenemos todos montado. Hay que reconocer que en Miami nos dieron una buena paliza, pero a Fresno iremos precavidos y con yelmo.

Es la obligación de Enrique García Raposo, actual presidente de la Federación Española de Hockey, informar al resto de países de la Federación Internacional de que Cataluña forma parte de España, al igual que, por poner sólo un ejemplo, California, sede de la próxima reunión de la FIRS, forma parte indisoluble de los Estados Unidos de América. Es también la obligación del presidente de la española ofrecerles a los representantes de dichos países, si ello fuera necesario, una lección gratuita de geografía, historia y política. Y nadie, o casi nadie, pensará en España que si el señor Raposo, como él mismo ha admitido, trató de frenar por todos sus medios el reconocimiento internacional de Cataluña como miembro de pleno derecho de la Federación Internacional, no cumplía sino con su obligación una vez más. Este mismo trabajo, sólo que en la dirección justamente contraria, fue el que realizó su antecesor en el puesto, el ínclito Antonio Martra, "tonto útil" de este absurdo melodrama político-deportivo que nos tiene estos días a todos pendiendo de un fresno.

Ahora que la selección catalana ha ganado el Mundial B demostrando una gran superioridad sobre todos los rivales que le han ido apareciendo al paso y, por tanto, le corresponde el ascenso de categoría, podrían darse una serie de conjeturas, todas ellas igualmente rocambolescas. Y la más absurda es la posibilidad de asistir, a comienzos del siglo XXI, a un partido "internacional" entre España y Cataluña. Neguemos la mayor hasta el próximo 26 de noviembre. El 1 de junio de 2004, Jaime Lissavetzky, sustituto socialista de Gómez-Angulo al frente de la secretaría de Estado para el Deporte, me retó en El Tirachinas de la Cadena COPE a que le dijera exactamente en qué parte de la moción presentada aquellos días por Eusko Alkartasuna y, sorprendentemente, aprobada después por el Congreso de los Diputados, se recogía la posibilidad de que selecciones autonómicas compitieran con España a nivel internacional. No jugaré con don Jaime a ver quién la tiene más grande, como cantaba Juan Manuel Serrat. El único reto cierto para él está a la vuelta de un mes, el próximo 26 de noviembre. Ahí sí, Lissavetzky, ahí sí. Lo demás son brindis al sol.

Maragall y el independentismo
Francisco Marhuenda La Razón 25 Octubre 2004

Hay imágenes que muestran claramente el alcance de un grave error político. Una de ellas es ver al presidente de la Generalitat, que siempre insiste en su condición de representante del Estado en Cataluña, rodeado de banderas independentistas celebrando la victoria de la selección catalana en el Mundial B de hockey. Es cierto que Maragall no es independentista, pero su comportamiento, entre frívolo y torpe, es un nuevo balón de oxígeno para los que utilizan cualquier oportunidad en sus objetivos secesionistas. La senyera estelada no es una anécdota sin importancia, sino un síntoma de qué significa para esa minoría radical una victoria de la selección catalana.

La gran mayoría de la población contempla con manifiesta indiferencia ese «triunfo» de la selección catalana de hockey y lo mismo se puede decir de las reivindicaciones soberanistas. Es un enredo entre políticos, que no quieren ser menos que sus rivales. Los ciudadanos están preocupados por la estabilidad en el trabajo, la violencia contra la mujer, la delincuencia o los riesgos del terrorismo islámico, pero la senyera estelada representa a una minoría. El problema de fondo es la ausencia de unas convicciones firmes por parte de Maragall. El presidente de la Generalitat anda enredando con sus historias para resolver el encaje de Cataluña en España, como si fueran necesarios sus peligrosos experimentos, y hacerse el simpático con los independentistas.

Bandera independentista
Cataluña es Cataluña
José García Domínguez Libertad Digital 25 Octubre 2004

Al grito de "adscrito a una opción sexual alternativa el último", Maragall y Carod echan a correr cada vez que otean una senyera separatista en el horizonte, ya sea en Manchuria o en Martorell, en Manresa o en Macao, que tanto les da. Y es que desde la llegada del tripartito al poder, el Día de la Banderita se celebra en Cataluña las 365 jornadas del año. Esa es su atlética manera de conmemorar los veinticinco años de la mayor autonomía política que jamás hubiese gozado la región.

Aunque la chirigota viene de más lejos. De hecho, el problema del encaje de los nacionalistas en la realidad comenzó en 1898, cuando uno de ellos tuvo la ocurrencia de recortar la estrella solitaria del estandarte cubano y pegarla en el viejo pendón de Aragón. Se agravó después, en 1934, cuando aquel pobre hombre que respondía por Lluís Companys gritó: "Ahora ya no podréis decir que yo no soy catalanista". Con tal de que no oír más tamaño oprobio, no se le ocurrió nada mejor que proclamar el Estat Català y emplear los micrófonos de la SER en Barcelona para llamar a un golpe de estado contra la República. Y continúa hoy la broma con la doctrina Miljan Miljanic ("Fútbol es fútbol") que ha abrazado Maragall. "Cataluña es Cataluña", respondió en Macao el máximo representante del Estado en esa Comunidad a un periodista chino interesado en saber si Cataluña forma parte de España. No miente el president: Cataluña es Cataluña, igual que el fútbol es fútbol, Miljanic es Miljanic, y Yugoslavia, un erial sembrado de cadáveres insepultos gracias a la imbecilidad nacionalista.

Incluso el PSC es el PSC. Tanto, que ha decidido incorporar la bandera independentista, con estrellita y todo, al logotipo oficial de su organización juvenil, la JSC, ese refugio del fracaso escolar local. Por ser, hasta Zapatero es ZP. Aunque únicamente lo sea –conviene no olvidarlo nunca– gracias a los "despojos humanos" de Bono y a los alegres muchachos de ese PSC que se proclama legítimo heredero de Companys. En realidad, todo el mundo es todo el mundo. Menos Maragall, que está decidido transmutarse en Forrest Gump y a encabezar la maratón hacia el precipicio, cada vez que aparezca una estelada en el encuadre de la foto.

Por si todas esas autosemejanzas fueran pocas, resulta que la Historia también es la Historia. Y tal como advirtiera Marx, siempre se repite a modo de farsa. Así, Companys, un inane acomplejado por su insuficiente pedigrí nacionalista, acabaría convertido en patético títere de su consejero de Gobernación, el iluminado Dencàs. De forma análoga, Pasqual Gump padece idéntica afección emocional que su predecesor (ese trastorno es hereditario en la familia), y pugna por desbordar en radicalidad identitaria al vástago del picoleto maño. Ora en Manchuria y Martorell, ora en Manresa y Macao, que tanto le da. El renovado tinglado de la antigua farsa está servido, pues. Ahora, nada más queda averiguar si sólo piensan exhibir los palos de hockey cuando se levante el telón del último acto.

¿Hacernos felices?
IÑAKI EZKERRA El Correo  25 Octubre 2004

Cuando en los fogones de los medios de comunicación se engorda mucho la salsa de un tema a debate hay siempre quien aprovecha para echar en ella todo lo que pilla en el congelador -los restos de los menús de tres semanas- con el propósito de espesarla más todavía. Y algo de esto ha pasado con los cuatro cocineros vascos acusados por un etarra de pagar el llamado 'impuesto revolucionario'. No es mi intención linchar a nadie ni romper secretos sumariales ni violar ninguna presunción de inocencia sino rebajar la salsa, separar la masa de la grasa, las pochas de las kokotxas y la pasta italiana de la otra pasta, la que sirve para pagar hipotecas y atentados igualmente. No es mi intención contribuir a esta mezcolanza de salsas, a este empacho de bacalao ético-ideológico al club ranero sino darle al lector en todo caso una dosis de Almax o de bicarbonato.

Uno no puede juzgar si esos cocineros han pagado o no a ETA pero sí las barbaridades que han dicho estos días algunos de sus defensores, pues se han hecho ciertas afirmaciones que son más graves incluso que la claudicación ante el chantaje. La claudicación se quedaría en sí misma, en la propia experiencia del chantajeado, que trataría de ocultarla (él se la guisa y él se la come) pero esas afirmaciones aspiran a la difusión y a la teoría política, a hacer regla social, pauta moral y norma legal (donde comen cuatro comen diez, vienen a decirnos). Y así conviene dejar claro por la cuenta que nos trae a todos -esto es por la supervivencia de nuestra sociedad y la preservación de nuestro sistema de convivencia- que una cosa es reconocer el miedo como atenuante y otra como valor a promover en la ciudadanía. Una cosa es no castigar el miedo y otra premiarlo. Una cosa es admitir que se tiene miedo y otra pretender que éste dicte leyes en vez de mejorar las leyes para eliminarlo. Una cosa es reprochar al Estado la desprotección que sufre el ciudadano ante el chantaje y otra contradictoria es abogar porque esa desprotección se perpetúe y siente jurisprudencia. No se puede denunciar que el 'Estado no nos protege' y a la vez pedir su desistimiento, que haya aún menos Estado.

Pero de las cosas que se han dicho estos días la que más le ha llamado a uno la atención, la que menos se esperaba y le ha parecido ya un salto absolutamente inaceptable en la historia de la desfachatez universal es que los cocineros 'sólo viven para hacernos felices'. ¿Con los puyazos que te meten en las cuentas de los restaurantes! Hacen felices a los que ya eran felices de antes, o sea a los 'ricos, ricos' que dice ése.

Plan de fuga
FLORENCIO DOMÍNGUEZ El Correo 25 Octubre 2004

El 25 aniversario del Estatuto ha servido para poner de manifiesto las dispares valoraciones que merece el texto jurídico que ha hecho que Euskadi sea hoy lo que es, el que permite al lehendakari viajar a Argentina con el dinero de los contribuyentes vascos para predicar entre la diáspora, generosamente financiada por los mismos contribuyentes, la llegada de la nueva era de la libre asociación con España y el final del tiempo de Gernika. Unos festejan la existencia del Estatuto y otros, los nacionalistas, se preparan para enterrarlo piadosamente.

El nacionalismo, que aboga por superar el marco político que ha regido la vida de este país en el último cuarto de siglo, ha llegado a esta situación como consecuencia de la última huida hacia adelante, que no es sino una fuga dentro de otra fuga. Ambas fueron motivadas por reacciones sociales que hicieron temer al PNV la posibilidad de perder el poder. La primera fue la habida después de que ETA secuestrara y asesinara a Miguel Ángel Blanco. El nacionalismo institucional respondió entendiéndose primero con los terroristas y luego suscribiendo el acuerdo de Estella. Pero aquello no dio frutos electorales, ni en las autonómicas de 1998, ni en las locales de 1999, cuando el nacionalismo perdió Vitoria y Álava. Además, ETA rompió la baraja y volvió a matar. Vino entonces la segunda huida hacia adelante para no reconocer los errores anteriores.

El resultado final de esta carrera fue el plan Ibarretxe que, según Mario Onaindia ('Testigo privilegiado'. 2004), pretende «intentar garantizar la pervivencia del régimen nacionalista por otras dos décadas». El Estatuto ha sido visto por buena parte del nacionalismo como algo provisional, como un escalón en el camino de la independencia y con el plan Ibarretxe ocurre tres cuartos de lo mismo. La provisionalidad forma parte consustancial de la forma que tiene el PNV de entender los marcos jurídicos. «Habrá insatisfacción hasta que no se reconsideren determinados objetivos, que en el caso del PNV, están muy claros», afirmaba el ex presidente del PNV, Xabier Arzalluz, precisando que ese objetivo era la autodeterminación, «el reconocimiento del pueblo vasco a elegir su camino» (Inés Artajo. 'Entrevistas con Navarra al fondo'. 2003).

La fuga del PNV tras los sucesos de Ermua de julio de 1997 cambió el eje de la sociedad vasca que hasta entonces había situado a los demócratas a un lado, el lado del Estatuto, además, y a los violentos en otro, fuera del marco estatutario y luchando contra éste. Con los pactos del 98 se cambió el esquema: nacionalistas de las instituciones y antiestatutarios juntos en el mismo bando y constitucionalistas en el otro. Ahora se intenta trasladar esa división, que ha tensionado a la sociedad vasca, al nuevo modelo institucional, un modelo hecho sólo por nacionalistas, con Ezker Batua de paquete en la barra de la bicicleta sin tocar el pedal y mucho menos el manillar, contra los no nacionalistas.

25 años de Estatuto de Guernica
Editorial La Razón 25 Octubre 2004

El veinticinco aniversario del Estatuto de Guernica llega en el momento más crítico de la historia de la autonomía vasca, cuando está siendo impugnada por el Plan Ibarreche y cuando los dos grandes partidos constitucionalistas ofrecen a ese plan menos resistencia. La táctica de Patxi López en el País Vasco guarda una perfecta sintonía con la propia política de campaña electoral -para rascar el mayor número posible de votos de donde sea- que está llevando a cabo el Gobierno de Rodríguez Zapatero a escala nacional, en previsión de un adelantamiento de las próximas generales. Con la expectativa segura de unas elecciones autonómicas antes del próximo verano, es inevitable que el socialismo vasco se haya entregado en cuerpo y alma al pragmatismo electoralista y que el PSE-EE ofrezca como gran alternativa al proyecto secesionista del actual lendakari una reforma estatutaria de la que no se sabe realmente nada –si exceptuamos aquel inquietante globo sonda de romper la caja única de la Seguridad Social que está siendo desmentido por los propios socialistas entre bastidores– y cuya única virtud a la vista es que está siendo elaborado por un nacionalista de abolengo, Guevara, para ser presentado en diciembre.

Lo cierto es que el partido de Patxi López se encuentra embarcado en una pura operación de márketing y aunque agita la bandera del autonomismo presenta el discurso de un nacionalismo «light». Aunque hace un elegioso balance del Estatuto de Guernica, lo desacredita y vacía de contenido ideológico al proponer esa reforma y hacer suyos los reproches del nacionalismo anterior a Lizarra, que fueron los polvos que han traído estos lodos.

Por otro lado, la celebración que ha hecho el PP vasco de este aniversario bajo el roble de Guernica ha sido demasiado ceremonial y austera, de una pobreza nunca mejor llamada «de solemnidad» en lo referente al contenido y a la escenografía. Aún ese partido se resiente de la orfandad en la que quedó sumido por la marcha a Europa de Jaime Mayor Oreja y no ha sabido todavía renovar su discurso ni remozar su imagen, ni aglutinar adhesiones ni concitar ilusiones pese a tener una candidata como María San Gil, que tiene todas las posibilidades de hacerlo por sus cualidades personales, su experiencia y su trayectoria. La inoportunidad del congreso que tiene pendiente el PP vasco contribuye, sin duda, a ese constitucionalismo y autonomismo de baja intensidad. Como en el caso del PSE-EE, el PP vasco parece reheén del momento y las tácticas –e inoportunidadades congresuales– que ahora vive ese partido a nivel nacional.

El Estatuto de todos
Editorial El Correo  25 Octubre 2004

Hoy celebramos el 25 Aniversario del Estatuto de Gernika. El 25 de octubre de 1979, el restablecimiento de la democracia en España dio cauce al autogobierno vasco. Tras la dictadura, la recuperación de las libertades hubiera sido incompleta si, con el reconocimiento constitucional de las nacionalidades y regiones, éstas no hubiesen accedido casi de inmediato a su respectivo régimen autonómico. De igual modo, es necesario recordar que el autogobierno no se habría convertido en una realidad pujante si no lo hubiese propiciado la conquista de la democracia por el conjunto de los españoles. La transición se basó precisamente en esa indisoluble unidad entre la recuperación de los derechos ciudadanos y la distribución territorial de un poder que durante décadas se había mantenido opaco a la diversidad dentro de una historia compartida. El pacto estatutario representó un punto de encuentro entre las fuerzas democráticas de Euskadi, y entre éstas y el poder central emanado primero de las Cortes Constituyentes y al final de las elecciones que, por segunda vez, en 1979 situaron a Adolfo Suárez al frente del Gobierno español. Esa doble dimensión del pacto permitió afianzar las instituciones del autogobierno y levantar sólidos pilares que convertirían la Comunidad Autónoma en la realidad más unitaria y solvente que han podido conocer los vascos a lo largo de su historia. Hoy, la división interna entre nacionalistas y no-nacionalistas y la intención abertzale de perseverar en una vía unilateral hacia el desenganche de Euskadi respecto al Estado constitucional pone en peligro el marco de convivencia vigente durante nada menos que un cuarto de siglo.

El desarrollo autonómico ha reflejado muchas más luces que sombras. Afirmar lo contrario supone faltar a la verdad; con la agravante de que lo hagan aquellos que más han podido aprovecharse del autogobierno. Euskadi no hubiese podido hacer frente a la crisis de las economías industriales en los setenta sin el Concierto Económico. La sanidad, la educación o los servicios sociales no se hallarían en el País Vasco como se encuentran sin el empeño común que permitió orientar gran parte del potencial autonómico hacia el bienestar. La identificación de la ciudadanía con el autogobierno tampoco hubiese sido tal si su génesis no hubiera discurrido por cauces unitarios.

Pero desgraciadamente será muy difícil que el Estatuto de Gernika vuelva a ser lo que fue en origen: el Estatuto de todos. Es cierto que el Estatuto no se ha desarrollado en todo cuanto contempla su letra. Pero ni todas sus carencias ni todos los incumplimientos imputables a los sucesivos gobiernos centrales justifican el salto en el vacío. Existen competencias pendientes de transferencia. Algunas resultan indiscutibles según la literalidad del Estatuto. Otras -como la Seguridad Social- son objeto de discrepancias en la interpretación de lo pactado en 1979. Por eso conviene señalar dos extremos: que el nacionalismo no es quién para erigirse en intérprete exclusivo del espíritu o del contenido de aquel gran acuerdo, y que tampoco puede demandar el cumplimiento de las previsiones estatutarias atendiendo a su particular interpretación. Sobre todo cuando lleva más de dos años desentendiéndose del marco autonómico vigente para levantar sobre su denuncia un proyecto que se niega a someterse a la transacción y al consenso con lo que piensan y anhelan quienes no se sienten nacionalistas.

No es casual que conmemoremos el Estatuto el día de su referéndum. Con aquella votación, la autonomía logró convertirse en un acto de voluntad con la que la mayoría de la sociedad quiso abrir las puertas a la esperanza en tan difíciles momentos. Hoy, quienes han sido los principales gestores del autogobierno durante un cuarto de siglo tratan de alentar la especie de que el apoyo social al Estatuto fue exiguo, dando a entender que cuentan con un proyecto capaz de despertar la adhesión poco menos que unánime de la población. Se trata de una muestra de soberbia política alejada de la realidad porque desdeña el indiscutible valor que aporta el consenso a la convivencia; porque se niega a admitir que sin consenso no puede haber convivencia. Al tiempo, persisten en su intención de celebrar una consulta mostrándose indiferentes ante el hecho de que cuando una convocatoria de ese tenor no parte de un acuerdo acaba trasladando, y de forma dramática, la división política a la sociedad.

El 25 de octubre de 1979, el refrendo del Estatuto vasco coincidió con la aprobación popular del Estatuto de Catalunya. Ambas normas básicas dieron paso a la conformación de las actuales autonomías como comunidades políticas de la España constitucional. Veinticinco años después, la sociedad española y sus comunidades autónomas están siendo en parte protagonistas y testigos del debate sobre la actualización y reforma del Estado autonómico. Desafortunadamente, la discusión en Euskadi, condicionada por la forzada tramitación del Plan Ibarretxe, no constituye su mejor ejemplo. Por eso es lógico que quienes aspiran a alcanzar soluciones moderadas y basadas en el pacto para superar la crisis política e institucional que atraviesa Euskadi encuentren en el debate general sobre el futuro del Estado autonómico el último agarradero para que la deriva soberanista no acabe precipitando a la sociedad y a la autonomía vasca al abismo de la fractura interior o al aislamiento.

Libertad en las «ikastolas»
Cartas al Director ABC 25 Octubre 2004

Hace pocos días, una persona con la que conversaba se mostraba sorprendida porque había leído en un diario que el PNV de Lejona (Vizcaya) pondría en marcha un plan en las «ikastolas» que obligaría a los niños a utilizar el vascuence en el recreo. Lo paradójico de este hecho es que esta persona no se sorprendía porque a los niños se les coartase la libertad de hablar en español, si no que le asombraba que el diario utilizara la palabra vascuence, algo franquista según ella.

Pues bien, aunque a muchos les pueda resultar extraño, esta actitud está bastante extendida en el País Vasco. Hay muchos que consideran que lo anormal es utilizar palabras apropiadas en español para expresarse en esta lengua. Ignoran en este caso que vascuence es una voz mucho más antigua que la época que ellos rememoran. Prefieren acomodarse a las ideas de muchos nacionalistas, aquellas según las cuales si se escribe Guecho, Guernica, Santurce o Lejona por poner unos pocos ejemplos, o si castellanizas un apellido vascongado se está atentando contra la lengua vasca, tomando esto como una norma, y abandonando las propias normas de la lengua española.

El español es la lengua común que tenemos todos los españoles para comunicarnos. Su conocimiento, buen uso y conservación es un deber que nos concierne a todos. Y es un derecho poder utilizarla en cualquier lugar, también en las «ikastolas» vascas.      Jorge López. Bilbao.

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