AGLI

Recortes de Prensa     Domingo 31 Octubre 2004

El nombre de España
Fernando R. Genovés La Revista Libertad Digital 31 Octubre 2004

La importancia de una «s»
José María CARRASCAL La Razón 31 Octubre 2004

PROYECTOS
Jon JUARISTI ABC 31 Octubre 2004

Tricéfalo
José A. MARTÍNEZ-ABARCA La Razón 31 Octubre 2004

DE NACIÓN A NACIÓN
Jaime CAMPMANY ABC 31 Octubre 2004

Narciso en la Moncloa
José A. SENTÍS ABC 31 Octubre 2004

La estrategia
Juan Carlos Girauta Libertad Digital 31 Octubre 2004

El nihilismo del PSOE
Agapito Maestre Libertad Digital 31 Octubre 2004

La CNT y BCN
Tomás CUESTA LR 31 Octubre 2004

Denominaciones conflictivas
J.A. Martínez Sevilla El Ideal Gallego 31 Octubre 2004

LAS ZOZOBRAS DE MARTE
Ignacio CAMACHO ABC 31 Octubre 2004

CHANTAJE DE BIN LADEN
Editorial ABC 31 Octubre 2004

La «selección» catalana
Cartas al Director ABC 31 Octubre 2004

La Casa Saud ha utilizado el arma del crudo contra Bush por su apoyo a Israel
Pedro Canales La Razón 31 Octubre 2004

JOSÉ RAMÓN RECALDE: «La democracia está mucho más fuerte, y ETA mucho más débil»
M. LUISA G. FRANCO ABC 31 Octubre 2004

El Foro Ermua respalda a Mikel Buesa tras la querella del Gobierno vasco
AGENCIAS/BILBAO El Correo 31 Octubre 2004
 


LA POLÍTICA, A PESAR DE TODO
El nombre de España
Por Fernando R. Genovés La Revista Libertad Digital 31 Octubre 2004

En este año de conmemoraciones institucionales de alto rango, como son el XXV Aniversario de la Constitución española y el de los Estatutos catalán y vasco, sorprende un fenómeno curioso, cuando no grotesco: estos cuerpos legislativos que, entre otros efectos, han descentralizado el Estado y desarrollado los gobiernos autonómicos, son ahora vistos con desagrado por algunos de quienes los administran. Les parece poco la parte y quieren cambiarlo todo. Incluido el nombre de la cosa.

Y digo que el caso resulta pintoresco porque la gran mayoría de los españoles que aprobamos o consentimos semejante despliegue de autogobiernos regionales no éramos nacionalistas, ni siquiera menguados regionalistas, y en buena medida fijamos nuestra posición para satisfacer a los que sí lo eran. De esta manera, por medio de un gran pacto nacional, con concesiones y otras mercedes, parecía que se cerraba un contencioso particularista de rancio pasado, y podíamos seguir adelante juntos. Error. En estos días, contemplamos el chocante espectáculo de ver en el País Vasco a los partidos de ámbito nacional celebrar el Estatuto de Guernica, mientras que el Gobierno Tripartito de Vitoria y las facciones nacionalistas que lo sostienen observan con desprecio la escena, como si el asunto no fuera con ellos, como si aquello no fuese sino que otro montaje de los "españoles".

El lendakari Ibarreche, creyendo encarnar el lema de aquella antigua campaña publicitaria de RENFE que rezaba "Papá, ven en tren", y pasándose poderoso de estación, da por concluidos los acuerdos de antaño. Se planta de hecho en el "ámbito vasco de decisión" y, con la cara de Companys, poco le falta para proclamar por su cuenta el Estado propio. Esto sí que es una genuina política unilateral de hechos consumados. Como la que siguen los gobernantes y un gran número de gobernados en Cataluña. Allí, el Estatuto catalán ya sólo lo celebra Josep Piqué, siempre rápido de reflejos para querer ser más catalanista que nadie. Cuando luzca la matrícula con el CAT, o pida en Internet un dominio ídem, los nacionalistas de pro ya volarán en su propia compañía de bandera cuatribarrada o viajarán por todo el mundo en patines, que de momento es lo último para moverse con independencia. Tampoco los mandarines catalanes pedirán permiso para salir de España, o como quiera que se llame la cosa en el futuro. Si es que tiene futuro.

No deja de ser ocurrente el montaje éste que han organizado algunos sobre el nombre de España. Por un lado, desde el President hasta el último mono del partido (valga la redundancia), parecen quitarle importancia al tema, e incluso hacen con él frivolidades. Se trataría de un mero juego de lenguaje, de un irrelevante expediente nominalista; algo así como preguntarse por el color del caballo blanco de Santiago o del gato pardo que, a la luz o en la sombra, caza ratones. Ellos aseguran no ser nacionalistas (como los otros: PNV o CiU). Ellos están más allá de naciones e identidades; de esencialismos metafísicos y de sentimentalismos trasnochados; etc. Lo declaró recientemente uno de sus principales intelectuales orgánicos, rebosante de filosofía wittgensteniana: "En los ochenta peleé para que el catalán fuera usado en las instituciones europeas, no para que fuera nominado; reivindicaba su uso político, no un diploma de oficialidad." (Xavier Rubert de Ventós, "¿Está Cataluña en estado?", El País, 13/10/2004). Hoy, los socialistas catalanes discuten sobre si incluir de alguna manera la autodeterminación en el nuevo Estatuto, aunque no lo expresen así de claro: "de muchas maneras se pueden decir muchas cosas". He aquí el mensaje plural. Maragall no entra en debate. Él lo tiene muy claro: "Cataluña ya es independiente". Y punto.

Nombres, palabras, letreros, marcas, política lingüística... En el fondo, aunque lo pretendan enmascarar, están obsesionados con los rótulos y el nombre de las cosas. Piénsese, si no, en su seguimiento de sabueso sobre la manera de denominar a la lengua valenciana. O en ese rollo, ya mencionado, de las matrículas de los vehículos. O en sus chorros de spray sobre las indicaciones de carretera, para así "normalizarlas". O, cómo no, su meditación semántica de España, sea a propósito de las selecciones deportivas, sea por pura vocación. Ciertamente, son machacones estos filólogos de pacotilla, no importa que bastantes de ellos (tampoco es casualidad) sean titulados en la materia.

Por supuesto que la polémica acerca de los nombres es importante. Propóngase uno si no cambiarles la denominación de origen de Cataluña por otra cualquiera —por ejemplo, "Cuenca"— y verá. ¿Cuál es el problema, pues? Para estos nacionalistas quisquillosos, minimalistas y posmodernos, jibarizadores sólo de Estados que no soportan — y de cuyo auténtico nombre no quiero acordarme—, la cuestión es sencilla tratándose de catalanes, vascos y gallegos: sus patrias respectivas son "Catalunya", "Euskadi" y "Galiza". Pero, ¿cómo llamar a la nación de los españoles si resulta que España es el nombre que se le da al Estado español y no puede ser nación, porque nación ya son Cataluña, País Vasco y Galicia? ¿Lo oyen? Para el trabalenguas de los nacionalismos, España hace trampa si quiere seguir siendo Nación y Estado al mismo tiempo, puesto que ello supondría denominar igual a la Nación ("española") y al Estado ("español"). El plan es reservar el nombre de España a la nación, al mismo nivel que las otras tres y excluyendo de ella a sus respectivos habitantes, en el horizonte inmediato de un "Estado multinacional" que merece una designación "más neutral". Por ejemplo, "Celtiberia", "Hesperia" o… el "País de los Conejos", tal y como llamaban los fenicios a la Península Ibérica, recuerda otro burlesco nacionalista académico, C. Ulises Moulines, sacudiendo la Historia y los diccionarios. Luego, Maragall dirá.

¡Cuánta preocupación por el nombre y destino de aquello que desean desintegrar! Con todo, olvidan, ocultan y callan, que España es Nación y Estado viejos, pero plenamente viva y actual. Se hizo en Castilla, como advirtió Ortega, y fue sumando partes hace más de quinientos años hasta componer un resultado íntegro. Fue entonces cuando tuvo que hacerse un nombre propio. Y lo hizo. Asunto concluido. Julián Marías, puntualizando al maestro, ha escrito que Castilla se hizo España. Sea. El caso relevante hoy es este: "No se olviden los nombres. [A diferencia de Francia] la nueva nación de la Península Ibérica no se llamará como su parte mayor, Castilla, sino con el nombre que había unificado a todas sus tierras y había tenido unidad política —aunque no nacional— en la época visigótica: España".

La importancia de una «s»
José María CARRASCAL La Razón 31 Octubre 2004

Que nuestras nacionalidades son naciones no lo duda ya ni el mismísimo presidente del Gobierno, que no ha puesto reparos al travestismo lingüístico. ¡Y para eso se rompieron la cabeza los padres de la Constitución, hilando fino, como teólogos medievales, y deslindando conceptos, a fin de superar el término «región», ofensivo para los nacionalistas, pero reservando el de «nación» para España en su conjunto! Para que, veinticinco años más tarde, vengan a significar lo mismo. Así de veloz corre la historia en nuestro país, ¿o países debo decir para ser políticamente correcto?

Pero si hemos perdido la nación española, siempre nos quedará el estado español. Ése no van a quitárnoslo, pensábamos. ¡Qué ingenuos éramos! ¡Qué poco conocíamos a los nacionalistas! «Las comunidades autónomas son estados, no sólo desde el punto de vista legal, sino también desde el político,» ha sentenciado Maragall. El presidente de la Generalitat ya había hecho un amago en esa dirección al decir que «Cataluña es Estado», sin precisar si era estado por sí mismo o parte del Estado español. Ahora ha ido mucho más lejos al asegurar que las autonomías son, no ya estado, sino estados. Una «ese» que marca una enorme diferencia, pues si las autonomías son estados, ¿qué diablos pinta el estado español? A no ser que después de habernos vendido, y nosotros comprado, España como «nación de naciones», quieren vendérnosla como «estado de estados». ¿Los Estados Unidos de España, tal vez? Mucho me temo, sin embargo, que serían más bien desunidos, pues hay quien no quiere tener nada que ver con España, como nación o como estado. No hace falta que les dé nombres. Lo proclaman ellos sin rebozo.

O sea que la famosa reunión de presidentes, ¿presidentes de naciones, de estados?, escenificada por Zapatero no ha sido tan infructuosa como dicen los comentaristas. Nos ha traído una nueva visión de España, un nuevo concepto de su ordenamiento territorial, un paso adelante en su articulación, o desarticulación, autonómica. Y no ha sido un nacionalista quien lo ha proclamado, ha sido un socialista, eso sí, un socialista catalán, que se diferencian cada vez menos que aquéllos. Con la aquiescencia, eso también, del presidente del Gobierno, que lleva camino de presidir dentro de no mucho algo tan etéreo, tan vaporoso, tal volátil, tan impalpable como el aroma de una flor o la masa de una nube.

Marcho hoy a Estados Unidos por varios meses, no para seguir aquellas elecciones, aunque no tendré más remedio que aguantarlas, sino para gozar de las muchas cosas buenas que tiene aquel país y salir de la atmósfera de almoneda que empieza a respirarse en el nuestro. Mi único temor es ¿me servirá al regreso el pasaporte español o me pedirán en Barajas el madrileño?

PROYECTOS
Por Jon JUARISTI ABC 31 Octubre 2004

LINCHAN en diferido, por la Euskal Telebista, a mi querido Compañero del Metal Carlos Martínez Gorriarán, portavoz de Basta Ya (¿saben ustedes de qué hablo?) y colaborador asiduo de este periódico. Participan en la ceremonia un cocinero vasco vestido como para la tamborrada de Azpeitia, un abogado de cocineros vascos, un amigo de cocineros vascos y la inefable María Antonia Iglesias, que propende a las salsas vascas como el ciervo del salmista a las fuentes de agua fresca. Carlos recomienda mucha tila. Era previsible, añade, que la putrefacción de ETA enviaría a la superficie alguna que otra burbuja fétida reveladora de viejos apaños. No señala a nadie, pero el cocinero se echa a llorar, el abogado se indigna, el amigo de los cocineros se encocora o ercoreca, lo mismo da; la moderadora del presunto debate pone cara de póquer y María Antonia J´accuse se encarama a su peineta para defender el honor del pueblo trabajador vasco contra toda la prensa de Madrid salvo la suya; contra el pérfido Martínez Gorriarán, sembrador de discordia, y contra todos los cobardes que elegimos la huida mientras los patriotas que se quedaron, pagando o no, impidieron con su esfuerzo cotidiano que Euskadi se descapitalizara o descapitalizase y triunfaron así sobre el terrorismo pertinaz que sólo perseguía la desertización de los restaurantes.

Este tipo de apologías intrahistóricas de la honradez y laboriosidad de las muchedumbres silenciosas ya me lo conozco. Dentro de unos años, no muchos, se convertirá en alabanzas de las gestas heroicas de los cocineros y sumilleres que -armados de cazos y cucharones- expulsaron a los etarras de las montañas éuscaras. Las compañías de tamborreros desfilarán con estandartes en los que manos virginales habrán bordado las cabezas de moro de Mikel Antza, Josu Ternera y, probablemente, la de Carlos Martínez Gorriarán. El honrado y laborioso Urvolk de Europa, cuya lengua, según Ibarreche, es el único rasgo que queda vivo de la prehistoria cultural del continente, nunca ha podido vivir sin épica. La enconada resistencia de la jerga paleolítica y la recurrencia estacional de la epopeya habrían bastado para fundamentar la aspiración a la independencia nacional de cualquier tribu caucásica. Los vascos y vascas, por el contrario, han tenido que batallar denodadamente desde el magdaleniense para que la suya se impusiera con la fuerza incontestable de las evidencias racionales.

POR eso parece injusto que Rodríguez conceda ahora que cualquier comunidad autónoma pueda definirse como le venga en gana (nación, nacionalidad, principado, república soviética, cantón, mutualidad de regantes o reserva espiritual del mejillón, por ejemplo). Esta nueva versión del café para todos no puede colmar las infinitas ansias de justicia que milenios de incomprensión han suscitado en el espíritu de la etnia vasca, antigua como los numulites. Lo ha dicho Ibarreche, con chocante despecho, en medio de un ambiente de general jubilación: menos cachondeo. El carnavalito indigenista que anda propiciando el Gobierno, llamado multilateralismo en honor a la brevedad, no debe sustituir a una relación exclusivamente bilateral entre Euskadi y España. Y creo que omitió voluntariamente la apostilla que se desprende de tal planteamiento: las dos únicas naciones soberanas en toda esta zambra. He aquí la madre del cordero. Estamos ante el vetusto núcleo de la doctrina abertzale, que nunca, desde los tiempos de Sabino Arana, ha reconocido la existencia de otras realidades nacionales distintas a estas dos bajo el Estado español (y algo le lleva de ventaja al catalanismo, porque ni para Mas ni para Carod -ni para Maragall- hay en dicho Estado otra nación que Cataluña).

VEREMOS en qué para el invento. De momento, no tiene muy buena facha, por más que Ibarra y Chaves -justamente quienes más debían olerse lo que se les viene encima- proclamen con alborozo la defunción del centralismo. Vale: el centralismo ha muerto, pero el cretinismo sigue siendo endémico donde siempre lo fue, con lo que no hemos arreglado gran cosa. Personalmente, nada tengo en contra de compartir proyectos comunes con naciones distintas a la mía. Creo que, según con cuáles, se puede compartir casi todo. Es decir, todo menos el Estado.

Tricéfalo
José A. MARTÍNEZ-ABARCA La Razón 31 Octubre 2004

Una catalana, Francine Llácez, está a punto de patentar el nuevo símbolo de Cataluña, el burro tripartito de tres cabezas, un «ruc» tricéfalo pero de cuatro patas. Desconocemos si la diseñadora lo ha inventado para ser irónica entre sus conciudadanos o por contra es para causar pavor entre las carteras del resto de españoles. Ahí es nada, un burro que pasta tres veces más presupuesto del pesebre público gracias a sus tres bocas, aunque lo pastado vaya a parar a la misma panza.

Este burro catalán tricéfalo se zampa las previsiones del Estado (de momento, el PSOE ya se ha comprado a Esquerra Republicana haciendo un gran esfuerzo con nuestro dinero) a más ritmo que el que ponían el ciego y el Lazarillo tragándose el racimo de uvas de tres en tres, dejando el escobajo a buenas noches. O sea, un burro, además de comilón, un tanto aprovechado y caradura. La hidra de tres cabezas era un bicho del bestiario medieval que tenía poco de deseable. A cada cabeza que le cortaban, crecía otra en su lugar. A cada Pérez Carod que se veía obligado a cesar por su deslealtad (antes llamada «alta traición»), le crecía un Bargalló.

La hidra simbolizaba lo inextinguible, la multiplicidad del mal. Este imposible burro «tripartit», una suerte de hidra paleta, sólo simboliza la corrupción intrínseca a los nacionalismos periféricos: seis ojos ven más que dos, y tres fauces ramoneantes dilapidan más forraje que una. Una criatura ideada para ser el terror de los contribuyentes y los ciudadanos de «segunda velocidad». Todo el problema del independentismo en España ha venido siendo el mismo de los niños de treinta y cinco años que tiran de la sopa boba, siguiendo ese sabio consejo: «vivir de los padres mientras no podamos vivir de los hijos». Vivir del Estado mientras no se pueda vivir de los productos del odio.

¿Cuántas doncellas tendrá que ofrecer el Simplón de León a Pérez-Carod para tupirle la boca a una de las cabezas del burro tricéfalo, esa criatura mitad equina mitad cleptócrata argentino? El antes algo lampiño y ahora placeado y con siete hierbas Ángel Acebes dijo ayer públicamente que el Gobierno «se niega a decir de dónde ha sacado los cientos de millones de euros» que le ha regalado a Esquerra para el apoyo en los presupuestos. «Del dinero que van a devolver Vera y Roldán», le gritó alguien. El burro traga hasta eso.

DE NACIÓN A NACIÓN
Por Jaime CAMPMANY ABC 31 Octubre 2004

EN la reunión de presidentes autonómicos, Zapatero le ha ofrecido a Ibarreche el trato más distinguido. Le ha situado a su derecha para hacerse la foto histórica, la memoria gráfica del primer encuentro de todos los presidentes de naciones, comunidades, regiones, taifas o lo que sean. A la izquierda de Zapatero estaba Maragall, otro que tal, de modo que en el centro de la fotografía había por lo menos tres naciones. ¿Será por naciones? Si hubiera vivido mi suegra, de seguro me habría comentado: «Está muy claro, hombre. Zapatero ha reservado los puestos de honor a los dos extranjeros».

Y encima se ríe, y si no se ríe se sonríe. El uno y el otro, Maragall e Ibarreche, están intentando desguazar España, y Zapatero sonríe, sonríe, feliz entre los dos desguazadores. Ibarreche pronunció un discurso y nos hizo el honor de hablarnos «de nación a nación». Menos mal que no le dio por hablarnos de nación a pedanía, ni le llamó a Zapatero «mi estimado monterilla». Lo que sucede es que estos separatistas nuestros han hecho presidente del Gobierno a un «Tragabolas». Se las traga góticas y con vidrieras, del tamaño de la catedral de León, por lo menos. Zapatero es presidente del Gobierno de España por decisión de la soberanía nacional, pero a la soberanía nacional se la están dejando en las canillas, que no la conoce ni la madre que la parió. Pero sigue sonriendo. Tendremos que parafrasear al poeta: «Por una sonrisa, España».

Jope con el Bambi. En algo más de seis meses, consiente que le den tantarantanes a la unidad de España, que desguacen la soberanía nacional y que se le suban a las barbas dos presidentes autonómicos, uno de ellos de su partido. Se ha puesto a mal, no ya con España, sino con el globo terráqueo. Anda en grescas con la Iglesia («con la iglesia hemos dado, Sancho»), sin recordar prudentemente aquel lema que no falla: «non prevalerunt». Se ha enemistado con Estados Unidos con una actitud antiamericana que empezó en aquella niñería de no levantarse al paso de la bandera y que ha culminado en la prisa por sacar las tropas de Iraq. Lo del feo a la bandera no lo perdona Bush, pero tampoco lo perdonaría Kerry, porque es un desdén gratuito a todo el pueblo americano.

Más, más. Se toma el chocolate de espaldas con Blair, y ya hemos visto cómo Moratinos se ha rendido en el contencioso de Gibraltar. Le hace morisquetas a un Mojamé que ya se ha aliado aún más estrechamente con Francia y hace maniobras militares con USA frente a las Canarias. Su actitud en la Comisión del 11-M es una confesión vergonzante de culpabilidad. La acusación a jueces, fiscales y periodistas en relación con los fondos reservados es el recurso a expedientes de mafia. Las excarcelaciones de los condenados del «Gal» es un insulto a la justicia, el reconocimiento de la responsabilidad en la guerra sucia y en el expolio de los fondos secretos del Estado, además de una prueba de temor ante los chivatazos que acusarían a los más altos culpables. La televisión del Estado se halla en situación de derribo. Los índices económicos anuncian retrocesos. Ante este balance, anunciar que se va a hacer lo que luego no se hace es lo de menos.

Narciso en la Moncloa
José A. SENTÍS ABC 31 Octubre 2004

La política moderna es pura iconografía. Salta vertiginosamente de foto en foto, está obsesionada por la imagen y nadie cae en la cuenta de que lo que esta fotografía expresa es tan real en la apariencia como mentirosa en el fondo. En sólo una semana hemos tenido dos ejemplos. La conferencia de presidentes autonómicos y la firma del Tratado constitucional europeo. Ambas eran portadas inevitables en España y ambas podían ser acogidas con simpatía. Está bien que nuestros múltiples lendakaris posen y sonrían y es bueno que los líderes europeos tengan una iniciativa común para Europa, porque los gigantes crecen en el mundo y nuestro viejo continente corre el riesgo del enanismo.

Pero ¿qué grado de acuerdo hay detrás de cada uno de estos actos? En el caso de las autonomías españolas, muy poco. Tan poco que hasta el propio Zapatero zanja las diferencias en las reivindicaciones soberanistas con un desprendido «que cada uno se llame como quiera». Qué más da que Cataluña o el País Vasco quieran ganarse a codazos el puesto de la Nación. Qué importa que alguno se otorgue rango estatal, que se autodetermine o que se oponga política o deportivamente a la misma nación que se supone que debe abarcar todas sus partes. Los conceptos no son importantes. Lo decisivo es la fotografía, y no vayamos a estropearla enfadando a Ibarreche o a Maragall, aunque ellos no pierdan un día cabreando al resto de los españoles.

Pues bien, esa foto estallará. Cada presencia de cada año se venderá cara, porque Zapatero se ha puesto el listón muy alto y cada vez que quiera repetir el cónclave tendrá que ofrecer algo a cambio, porque sus interlocutores se venderán caros. Va a hacer falta un enorme «stock» de vaselina para lubricar unas relaciones en las que unos siempre tienen el derecho a exigir y los otros, el deber de ceder. La otra foto, la del Capitolio romano, es igual de real e igual de falsa. Veinticinco líderes de otros tantos países firman en aparente concordia pero, si se reflejaran sus intenciones, serían veinticinco tratados. Uno lo utilizaría para consagrar una hegemonía que nadie le ha pedido en el Continente. Otros son utópicos del sueño europeo. Los hay que piensan que han entrado en el club de la gallina de los huevos de oro. Y hay quien va al partido aceptando la derrota porque le es políticamente útil, y además piensa que le jalona el camino para las elecciones anticipadas y la mayoría absoluta. Pero, como diría Zapatero, que cada uno se llame como quiera o haga de la capa un sayo. A fin de cuentas tenemos la foto, que es la apoteosis del narcisimo instalado en La Moncloa. Pronto podremos poner en el álbum la instantánea de la convocatoria electoral en España y, de paso, el cambio de banderines entre las selecciones de hockey de Cataluña y lo que quiera que se llame el equipo de lo que quede de España.Y una curiosidad final. ¿Por qué alguno se emociona tanto por la unión de las partes en el todo europeo y es tan complaciente ante la fragmentación del todo español en sus partes?

Autodeterminación
La estrategia
Juan Carlos Girauta Libertad Digital 31 Octubre 2004

Quiero creer que la autodeterminación que reclaman para mi tierra no tiene nada que ver con el concepto sobre el que la ONU basó la descolonización de África. Así que los nacionalistas catalanes se estarán remontando al que convulsionó Europa a principios del siglo pasado. Pero en mitad de aquel furor que tan caro pagaron los pueblos autodeterminados tras la Gran Guerra, Karl Popper subrayó lo contradictorio de un concepto que, liberando minorías, creaba más minorías. Visto hoy desde España, ningún argumento me convencerá de que mis derechos y libertades estarán mejor protegidos en una Cataluña independiente de lo que lo están en España. Mucho menos a la vista del estilo con que se estrenó el nuevo poder: el uno hablando de dramas y declarando de hecho la guerra a las instituciones; el otro, siempre cargado de buenas intenciones, visitando a la cúpula de ETA.

Las críticas de Popper a la autodeterminación fueron, como observa Paul Johnson, una excepción: "Todos los movimientos nacionalistas europeos, de los que había docenas en 1919, habían sido creados, dirigidos y acicateados por los académicos y los escritores, que subrayaban las diferencias lingüísticas y culturales entre los pueblos a expensas de los vínculos tradicionales y los intereses económicos permanentes que los movían a convivir."

Que el gobierno de Maragall responde, casi un siglo más tarde, al esquema descrito, incluso en sus dependencias académicas, lo demuestra el contraste entre lo ruidoso de sus declaraciones, siempre en el mismo sentido, y la falta de gobierno en términos de gestión. En agosto publicó el tripartito una lista con treinta y cinco leyes que debían aprobarse antes de fin de año. Siete pasarían sus trámites en septiembre y nueve en octubre. A día de hoy, ninguna de ellas ha sido enviada al Parlament. Las declaraciones de los miembros del gobierno catalán o su apoyo presencial a una supuesta selección nacional deportiva ocupan mientras tanto las portadas. El tripartito no está gobernando Cataluña; está desplegando con gran energía una estrategia ideológica premoderna y de masas cuyo fin es la ruptura del consenso constitucional mediante la apelación a las emociones.

Todos parecen de acuerdo en incluir el derecho a la autodeterminación en el nuevo Estatut: socialistas y comunistas, Esquerra y CiU. Todos menos el PPC. Una de las constantes de la política catalana desde que la izquierda se echó al monte, con tanto éxito, en toda España, es la proliferación de iniciativas dirigidas a arrojar al PP fuera del escenario político. Lo alarmante es la obra que se está representando en dicho escenario, y lo curioso es que, en Cataluña, para quedarse fuera de la normalidad, para convertirse en un apestado político y granjearse los más estridentes calificativos, basta con defender lo que todos dábamos por normal hace dos años, incluyendo a Pujol y su coalició

Gallizo y el terrorismo islámico
El nihilismo del PSOE
Agapito Maestre Libertad Digital 31 Octubre 2004

¿Por qué ese empecinamiento del PSOE a no aceptar la realidad sencilla y severa? Porque sólo le interesa el poder por el poder Todos piden la cabeza de la responsable de las cárceles españolas. La opinión dominante dice que resulta insostenible la situación de Mercedes Gallizo, directora general de Instituciones Penitenciarias, porque ha negado que nuestras cárceles hayan sido utilizadas por el terrorismo islamista como centros de reclutamiento, adoctrinamiento e instrucción paramilitar de futuros terroristas. Por supuesto, tampoco ha querido ver la promiscuidad y colaboración establecida en esas mismas prisiones entre los reclusos etarras y los islamistas. La negación de lo evidente no es, sin embargo, una excepción de la señora Gallizo, sino de todo el PSOE, que montó, después del 11-S, su oposición al PP negando la existencia del terrorismo islamista; siguió, incluso después del 11-M, hablando de terrorismo internacional antes que del islamista; y aún hoy, después de desmantelada una célula terrorista organizada en nuestros centros penitenciarios, se resiste a aceptar lo obvio que España sigue siendo uno de los objetivos prioritarios del fundamentalismo islamista.

¿Por qué ese empecinamiento del PSOE a no aceptar la realidad sencilla y severa? Porque sólo le interesa el poder por el poder. El nihilismo pragmatista es la estrategia de este partido en la oposición y en el poder. En la oposición ha tenido "éxito" esa "política", pero dudo de que pueda mantenerse durante mucho tiempo en el gobierno. Negar y devorar todo aquello que no le sirve para alcanzar y mantenerse en el poder es la principal y única motivación del PSOE, pero ahora, una vez conseguido, aparece como un oxímoron, una contradicción en los términos. La aceptación de todo lo que les permita mantenerse en el poder, mientras niegan la realidad de un estado de guerra general, de una retícula terrorista universal con capacidad para producir crímenes físicos y daños mentales, los conduce de modo peligroso a ser un "gobierno antisistema".

Sin embargo, esa obsesión por intentar abrir cauces cegando ríos es trabajar contra natura. Un imposible que el PSOE acabará pagando muy caro. Nadie interprete, pues, la tozudez de la señora Gallizo como una cuestión personal, sino una expresión más de un "gobierno antisistema" que se niega a aceptar la realidad. Mantenerse en el poder es todo, aunque se nieguen a ellos mismos. No les importa la contradicción y la incoherencia. Los recortes de la libertad de comercio, que se preparan con una nueva Ley de Horarios Comerciales impuesta por los nacionalistas catalanes, o Caldera instando a la población a afiliarse a las "ONGS", para luchar contra el mismo Gobierno del que él forma parte, son dos de los cien ejemplos patéticos que podíamos dar del proceder "antisistema" de este Gobierno, que sólo tiene explicación dentro de una lógica tan populista como nihilista.

Por el bien de todos los ciudadanos que aún les queda salud democrática, esperemos que el PSOE salga de esa infernal lógica. La enseñanza que podría extraer de las detenciones de la semana pasada, que no es otra que el terrorismo internacional apenas es nada sin el terrorismo islamista, podría ser balsámica para empezar a corregir los desvaríos del primer "gobierno antisistema" de la democracia española.

La CNT y BCN
Tomás CUESTA La Razón 31 Octubre 2004

Desde que el tripartito, tras el cataclós de Clos, asentó sus reales en el Ayuntamiento (y lo de reales no es ningún desdoro del republicanismo de Esquerra), Barcelona se ha convertido en una ciudad temática. O monotemática, para ser exactos, porque siempre está enredada en la misma cantinela. Tras el festín del Fórum, la capital del buenrollismo languidece como esos relojes blandos que imaginó Dalí para marcar la hora de la delicuescencia.

Pero sus regidores, lejos de amilanarse, han puesto el cerebro a carburar y no paran, los tíos, de parir ideas. La penúltima (a la velocidad que van, la última ya debe estar naciendo) ha sido establecer una ruta turística con el anarquismo como referente. Saludar un ejercicio tan intrépido con los honores que se rinde a una «noticia-bomba» en el mundillo de los medios, sería añadir descarnadura a la descarnada osamenta de los muertos. La memoria histórica de la ciudad de Barcelona durante la primera mitad del siglo XX se puede contar en negro y rojo, en vez de en blanco y negro. Pero sin olvidar (y ocultar aún menos) que las banderas de la FAI y de la CNT daban cobijo –amén de a los decentes– a una turbia reala de asesinos, matones sin escrúpulos y pistoleros sin conciencia.

En las cunetas de L’Arrabassada, por donde transitan los autobuses colegiales con el jolgorio propio de una excursión campestre, la hierba echa raíces sobre las calaveras. A todas esas víctimas, a las que nadie desentierra, les invitaron, también, a darse «un paseíllo» cualquier noche de autos entre el 36 y el 39. Sobra decir que no volvieron. Sobra decir que, fuesen lo que fuesen –falangistas, burgueses, meapilas o simple gente de orden y concierto–, todos ellos eran inocentes. Inocentes porque no fueron juzgados y porque no tuvieron más proceso que el que media entre el resplandor de un fogonazo y una bala alojada en la sesera. Las utopías siempre desembocan en el mismo mar sanguinolento. Pero eso, naturalmente, no se airea.

Menos mal que los niños de la ciudad monotemática, desde los autocares que van a Collserola a echar una mañana en la naturaleza, ponen un contrapunto angelical a esa historieta vil, municipal y espesa: «Vamos a contar mentiras, tralará, vamos a contar mentiras, tralará, vamos a contar mentiras…».

Denominaciones conflictivas
J.A. Martínez Sevilla El Ideal Gallego 31 Octubre 2004

El topónimo sigue siendo nuestra asignatura pendiente. Resulta paradójico que una cuestión artificial creada por otros, donde ni siquiera hemos sido llamados a deliberar, nos depare confrontación diaria. Más o menos el eterno regreso a casa de Ulises, aquel héroe de cómic homérico que al volver a Itaca se entretuviera por los prostíbulos de islas y mares griegos, disfrutando calurosas fiebres de viernes-sábados noches, mientras su leal, ingenua y tontorrona esposa alejaba a cuanto moscardón pululaba alrededor... De la misma forma, ahora, nuestro ínclito alcalde Paco Vázquez rescata el topónimo coruñés, en gallego y castellano, al amparo de la Ley de Grandes Ciudades para darle solución definitiva. Como es lógico, sin embargo, ya han saltado chispazos desde distintos frentes. Menos mal que permanece vigilante nuestro primer edil, Leónidas redivivo, para defender la autonomía municipal con actitud que a nadie ha podido sorprender. Le honra, todavía más, no haberse plegado a esos chupatintas del lenguaje que desean aplastar el castellano sustituyéndolo por otro idioma obligatorio. Aquí utilizamos y utilizaremos los dos y nadie debe ofenderse. La Coruña siempre ha sido así y a esa mayoría democrática sirve nuestro primer regidos con su ecléctica resolución.

Seguimos sin comprender tan singular pleito. El interés mostrado por abogaduchos y enanos de silveira que no han luchado por galleguizar otros topónimos que son referencia y suenan mundo adelante. Por idénticas razones criticamos nuestro apodo, mote o alias cuando sólo a los padres -en este caso concreto los vecinos coruñeses- tenían vela en el bautizo para denominar a su hijo. Esos tipos, ante miles de problemas y necesidades que atender, recuerdan los nefastos maestros de que la letra con sangre entra, la pataleta de lingüistas ocasionales o los funcionarios que pretenden hacernos pasar por el aro y nadan a contracorriente. Si bien cualquier derecho lleva aparejado un deber, también las imposiciones despóticas y abusivas portan genes destructivos y acabarán pudriéndose.

El griego Konstantino Kavafis, en 1903, escribiera un hermoso poema, “Termópilas”, donde habla de hombres justos y rectos, llenos de piedad y compasión que defendieron su fuero diciendo la verdad sin guardar rencor a los mentirosos, como Francisco Vázquez en la lucha emprendida por la denominación original de su ciudad, aunque el fracaso asome futuro: “Y más honor aún les es debido / a quienes prevén (y muchos prevén) / que Efialtes aparecerá finalmente / y pasarán los Persas”.

LAS ZOZOBRAS DE MARTE
Por Ignacio CAMACHO ABC 31 Octubre 2004

Por primera vez en mucho tiempo, medios conservadores europeos como The Economist o Financial Times han apostado abiertamente por la derrota del candidato republicano en las elecciones presidenciales que tendrán lugar pasado mañana en Estados Unidos, el primer martes después del primer lunes de noviembre. Más allá del esquemático y maniqueo rechazo con que la izquierda ha etiquetado la figura de George W. Bush -simpleza intelectual, belicismo a ultranza, neoconservadurismo religioso, etcétera-, y por encima de la aversión provocada en la clase media europea por la guerra de Irak, el mundo económico y financiero del Viejo Continente deja traslucir una intensa inquietud sobre la continuidad de las políticas del actual presidente norteamericano, al que se le ha disparado el déficit más de seis puntos en un solo mandato. Una cifra que, en condiciones normales, unida a un importante incremento del desempleo y a un cruel goteo de pérdidas humanas en la sangría iraquí, bastaría para tumbar sin remisión las posibilidades de cualquier candidato. Y sin embargo...

Sin embargo, Bush puede ganar. Así lo indican la mayoría de las encuestas que tratan de descifrar los sentimientos que esconde la población norteamericana en este apretadísimo y emocionante final de campaña. Y puede ganar no sólo porque John Kerry no acaba de personificar el estilo resolutivo y carismático de los candidatos demócratas -Kennedy, Clinton- a los que trata de parecerse, sino porque, sencillamente, el debate político en los Estados Unidos no circula por los cauces en que suele moverse la política europea.

No es sólo cuestión de que la izquierda convencional de este lado del Atlántico enfoque los asuntos americanos con una miopía a punto de desembocar en desprendimiento de retina. Ya ocurrió con Ronald Reagan, cuyo éxito reiterado y masivo en su tierra contrastaba con la imagen caricaturizada que le dibujaba una Europa incapaz de comprender sus evidentes logros internos y exteriores. Ocurre que en estos momentos Estados Unidos es un país dominado por una intensa sensación de inseguridad y zozobra, sacudido por la crisis abierta en sus certezas más profundas el 11 de Septiembre, y acostumbrado, por difícil que nos resulte entenderlo, a vivir en una permanente confrontación con el concepto de enemigo, por el que los europeos sentimos un visceral desagrado.

En este sentido, el conflicto iraquí, que tanta convulsión ha provocado entre nosotros, es para los estadounidenses sólo un motivo de discrepancia táctica, cuyas raíces estructurales ni siquiera Kerry ha sido capaz de cuestionar por temor a enfrentarse a los sentimientos de la mayoría. Los conciudadanos de Bush pueden reprocharle o criticarle el modo en que ha gestionado la posguerra e incluso el escaso bagaje de argumentos con que afrontó una invasión decidida de antemano, pero de ninguna manera cuestionan la necesidad de implicarse a fondo en la lucha contra un peligro que identifican genéricamente con el terrorismo musulmán. Si Sadam era o no el principal factor de esa amenaza viene a resultar para ellos un asunto en cierto modo secundario; habituados a sentirse en guerra contra algo o alguien, les preocupa más la resolución de la victoria que la posibilidad de haberse comprometido en un conflicto equivocado.

La aparición televisiva de Bin Laden en el último tramo de campaña ha vuelto a situar el debate en los términos que más convienen a Bush, que son los de la seguridad nacional. Aunque los estrategas demócratas consideran que puede beneficiarles el recordatorio de que el líder terrorista sigue vivo, activo e impune, lo que equivaldría a poner en solfa todo el esfuerzo de la política presidencial, lo cierto es que una de las constantes de la confrontación electoral ha sido la evidencia de que Bush ofrece a sus conciudadanos mayores garantías de determinación que su adversario en materia de seguridad. Aparte de que siempre será preferible que Al Qaida comparezca en las elecciones a través de una intervención propagandística y no de un brutal atentado como el de Madrid, lo más probable es que el presidente se sienta más cómodo hablando de lucha contra el terrorismo que dando explicaciones sobre su fracaso económico, sobre el retroceso de las libertades individuales o sobre las relaciones económicas de su entorno personal con numerosas decisiones de gobierno.

Así las cosas, se da en estos momentos una sensible divergencia de enfoques entre el mundo norteamericano y el europeo, habitual por otra parte en los procesos electorales del país más influyente del mundo. Para Europa, incluso en el seno de sus elementos más conservadores, Bush tiene ya poco que ofrecer y no augura nada bueno: más desequilibrio económico a partir de un esfuerzo militar en Oriente Medio que inevitablemente profundiza el déficit de la gran potencia, más tensión bilateral y más distancia conceptual en el modo de entender las difíciles relaciones con el mundo árabe. Para Estados Unidos, sin embargo, se trata de un desafío crucial en el que están en juego la certeza de su liderazgo y la concepción misma de su seguridad colectiva. Para nosotros, de nuevo la dicotomía algo simplista de Marte contra Venus; para ellos, es sólo Marte determinado y rampante contra Marte dubitativo o ponderado.

Si el final se decide de nuevo en la «foto finish», se producirá un ruidoso debate sobre la limpieza de un procedimiento electoral propicio al fraude y claramente favorable siempre para el que ocupa el Gobierno. Pero falta por saber si en la juventud, habitualmente poco movilizada, se ha incubado, como en España y otros países europeos, ese virus de rebeldía que a veces estalla por sorpresa en las urnas en forma de vuelco inesperado. Una vez más, el mundo entero espera con la respiración contenida un resultado que tanto le concierne y en el que tan poco cuenta.      director@abc.es

CHANTAJE DE BIN LADEN
Editorial ABC 31 Octubre 2004

DESDE los atentados de Madrid del 11-M un fatal precedente se ha instalado en la mente criminal del terrorismo islamista. El que el proceso electoral de una democracia pueda verse condicionado por un atentado -o por su posibilidad- abre una grave fractura en el clima de imparcialidad emocional que debe presidir el ejercicio libre de la soberanía popular. Y así, después de España, vino Australia, y ahora le toca el turno a Estados Unidos.

La irrupción televisiva de Bin Laden en el tramo final de la campaña presidencial norteamericana debe entenderse bajo estas mismas claves. Confirma el hecho de que, por el momento, las sociedades libres tendrán que acudir a las urnas con el aire sombrío de saber que el juicio político de sus ciudadanos está mediatizado de antemano por la posibilidad de un atentado islamista que quiera influir violentamente en el resultado del cómputo electoral.

La imaginación criminal islamista nos fuerza a tener que encontrar fórmulas que impidan esto. Porque no se puede negar ya que situaciones análogas pueden repetirse siguiendo la estela de manipulación planeada por Al Qaida mediante esta nueva forma de terrorismo electoral. Su víctima potencial es la democracia misma a través de la hipótesis de que los ciudadanos puedan ceder a las exigencias terroristas que les planteen. Si esto fuera así, la soberanía democrática viviría secuestrada ante la posibilidad de que se produjera un atentado que destruyera rascacielos, hoteles, embajadas o trenes de cercanías.

Sería un error muy peligroso no ponderar adecuadamente esta amenaza. Sobre todo, porque se dirige contra la esencia misma de la democracia, que no es otra que el ejercicio libre del voto ciudadano. En este sentido, con la difusión del vídeo protagonizado por Bin Laden a tres días del 2 de noviembre, se ha colocado a la opinión pública estadounidense ante el hecho de tener que hablar de las amenazas directas proferidas contra ella por Al Qaida. Al hacerlo, los ciudadanos se han visto obligados a tener que votar con su atención distorsionada por la cara de Bin Laden dibujada en su memoria y el eco de su chantaje pesando sobre su imparcialidad.

Mal ha estado el gesto de Kerry de responsabilizar a su oponente republicano de no haber sido capaz de detener a Bin Laden. Sus declaraciones han abierto un frente electoral que aviva el efecto del vídeo terrorista, introduciendo una división que la sociedad norteamericana no puede permitirse. Sin embargo, tampoco ha estado afortunado el presidente Bush en su respuesta al candidato demócrata, al advertir a los norteamericanos que en estas elecciones se están jugando fundamentalmente un liderazgo fuerte que sea capaz de seguir dando la batalla al terror.

Resulta lamentable que no se haya tratado de neutralizar de común acuerdo la posibilidad de que los aspirantes a la presidencia de la democracia más antigua del planeta acabaran tirándose a la cara las despreciables palabras de Bin Laden. Con ello, han hecho posible que los norteamericanos no acudan a votar llevados tan sólo por el ánimo de decidir entre los compromisos y el estilo de gobierno que les han puesto delante los candidatos en liza democrática, sino que, además, tengan que hacerlo condicionados emocionalmente por una manipulación terrorista.

Ninguna sociedad democrática que se digne de serlo puede ceder a los efectos desestabilizadores del chantaje sobre la soberanía popular. La decisión por la cual la ciudadanía da o quita gobiernos es algo que nunca puede estar al alcance de la voluntad totalitaria de los enemigos de la libertad.

La «selección» catalana
Cartas al Director ABC 31 Octubre 2004

La presencia de la selección de Cataluña en el Mundial de Hockey supera, no sólo la Ley del Deporte, sino también la Constitución, por lo tanto, está al margen de la ley. Por ello, no entiendo cómo ningún partido político se ha dignado a recurrir dicho partido ante la Federación para que lo anulen, pues la presencia del combinado de Cataluña en dicha competición es inconstitucional. Y lo que es peor, Pasqual Maragall ha incurrido en un golpe contra la Constitución, del que se deberían exigir responsabilidades. Es una ofensa para todos los españoles que el presidente de una región española forme coro con los que vitorean gritos contra España, enarbolando banderas separatistas. Zapatero, ¿para dónde está mirando, a los intereses de la nación que gobierna, o está mirando para la Luna? Han dado un espectáculo pueblerino, tercermundista y bananero que una nación seria no debe tolerar.     Manuel Anglada Sabater.     Almería.

La Casa Saud ha utilizado el arma del crudo contra Bush por su apoyo a Israel
Arabia Saudí critica el apoyo de la Casa Blanca a Tel-Aviv y su injerencia en el mundo árabe
Los países árabes han fustigado en la campaña electoral la política de la Administración republicana, a la que acusan de «sostener incondicionalmente» a Israel en su conflicto con Palestina, y rechazan la injerencia de Washington en sus asuntos internos. Mientras Ben Laden difunde un vídeo que otorga a Bush el «voto del miedo», Arabia Saudí sostiene el precio del crudo al nivel más alto de su historia para facilitar el voto demócrata. La enfermedad de Arafat y la lucha por su sucesión es un elemento de última hora que incide en los interese estratégicos de todo Oriente Medio.
Pedro Canales La Razón 31 Octubre 2004

Rabat- Los países árabes han intentado utilizar el «arma del petróleo» repetidas veces. Durante las tres guerras que ha opuesto Israel al mundo árabe (el conflicto de Suez en 1956, la guerra de los Seis Días en 1967 y la de Octubre de 1973), los líderes árabes estudiaron la posibilidad de recurrir al «arma» de cortar el suministro de petróleo a Occidente. Sin embargo, el entramado de intereses entre las monarquías petroleras del Golfo y los países del G–7 (los entonces más industrializados del mundo), no permitió que la amenaza se llevase a la práctica.

Esta vez, y pese a los rumores sobre un supuesto entendimiento entre la familia Saud y la Administración de George W. Bush, los miembros de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), han mantenido la producción en los niveles tradicionales, lo que, unido a la coyuntura internacional desfavorable, ha disparado el precio del barril hasta llegar a los 55 dólares, el más alto de su historia.

A la cabeza de la OPEP se encuentra Arabia Saudí cuyo volumen de producción (9,5 millones de barriles diarios) le permite ajustar la producción del cartel petrolero. Riad puede, en un corto período, aumentar su producción hasta los 12 millones de barriles al día. A pesar de las presiones que la casa Saud recibió de la Administración Bush para incrementarla y hacer caer los precios del crudo, la Monarquía saudí dio largas al asunto.

Para el equipo de la Casa Blanca «una caída de precios del petróleo» podría significar la victoria en las elecciones. El «voto interno» en EE UU está condicionado, además de la guerra en Iraq y el terrorismo, por factores socio–económicos íntimamente vinculados al precio de la energía. De ahí que hace tres meses circulase el rumor en Washington de un «acuerdo» entre la Casa Blanca y la casa Saud para mantener bajos los precios y favorecer así la reelección de George W. Bush.

Sin embargo, se ha producido todo lo contrario. El G-8 (el grupo de países más industrializados del mundo y Rusia) han presionado al cartel petrolero capitaneado por los sau- díes para «bajar los precios hasta un nivel moderado, entorno a los 30 dólares barril; presión que ha caído en saco roto entre las cabezas regias de la familia Saud. Sin embargo, la sorprendente irrupción de Osama Ben Laden en la campaña electoral, con sus amenazas de repetir un nuevo 11–S, es considerada en la mayoría de capitales árabes como «el intento de un sector de la oligarquía petrolera saudí de arrastrar votos para Bush». No en vano, se dice en las chancillerías árabes, los más influyentes personajes de la actual Administración republicana comparten negocios en el sector energético con Arabia Saudí. Y aunque la familia Saud está dando muestras de preferencia por el voto demócrata, no todos los príncipes del reino wahabí comparten esta opinión. La inclinación del núcleo de poder saudí hacia el partido de Kerry se viene apuntando desde hace ya algunos meses. Como ya adelantó LA RAZÓN, Bill Clinton mantuvo en Ibiza un «encuentro secreto» con el asesor personal del Rey Fahd, Nasser Al Rasdhid (la primera fortuna saudí tras la de los Saud), en el que se abordó las futuras relaciones bilaterales entre Arabia Saudí y EE UU, en caso de que Kerry gane las elecciones.

Las monarquías del mundo árabe ven con mejores ojos un triunfo del Partido Demócrata, susceptible de favorecer las negociaciones de paz en Oriente Próximo en favor de la Palestina. La enfermedad de Yaser Arafat y su posible relevo, aumentan la importancia de las elecciones norteamericanas para el mundo árabe. Por primera vez en su historia, la familia Saud se enfrenta no a un problema coyuntural de ver cual de los candidatos presidenciales es más conveniente para sus intereses, sino a un desafío que puede condicionar a medio plazo la sobrevivencia misma de la familia reinante y la configuración geoestratégica de Oriente Próximo y del Golfo Pérsico.

JOSÉ RAMÓN RECALDE: «La democracia está mucho más fuerte, y ETA mucho más débil»
Recalde, quien recibió un disparo en la mandíbula al día siguiente del penúltimo descabezamiento de la banda terrorista, en septiembre de 2000, asegura que el plan Ibarretxe no es integrador para la sociedad vasca, pues parte de una «legitimación étnica» y «destroza» lo que se había construido
M. LUISA G. FRANCO ABC 31 Octubre 2004

BILBAO. Dos imágenes descritas en el libro de memorias de José Ramón Recalde, quien fuera consejero de Educación y de Justicia en los gobiernos vascos de coalición PNV-PSE, ilustran la cruda realidad del País Vasco. El lendakari Ibarretxe protagoniza una de ellas, al visitar al ex consejero socialista en el hospital después de que un pistolero etarra le disparara en la mandíbula. Se le ocurrió comentar que «en el País Vasco se vive muy bien». Monseñor Setién es quien da color a la otra imagen, pasando por delante de una concentración de quienes pedían la libertad de un secuestrado por ETA sin dirigirles siquiera una mirada.

-¿Hay dos sociedades vascas o una parte de la sociedad vive al margen de lo que le ocurre a la otra?
-El nacionalismo ha construido una sociedad con un proyecto sólo para los nacionalistas y con la presencia de los no nacionalistas, con los que tienen que contar, pero que no definen lo que es el país. A pesar de que los vascos tenemos un gran sentido de identidad, somos seguramente una de las comunidades menos vertebradas, porque hay un proyecto excluyente, cuando la vertebración se produce en la medida en la que se esté pensando en modelos de sociedad para todos.

-¿Se refiere al plan Ibarretxe como proyecto excluyente?
-El plan Ibarretxe no es integrador para la sociedad vasca. No va en el camino de construir una sociedad de ciudadanos, porque parte de una legitimación étnica. Ahí es donde está el mal primero, y además es un proyecto que destroza lo que se había construido, que era una sociedad integrada dentro de una Constitución y de un Estatuto.

-Sin embargo, el PNV insiste en sacar adelante su proyecto y ha conseguido que Rodríguez Zapatero anuncie un cambio del Código Penal para que no se penalice convocar un referéndum ilegal.
-Creo que es un disparate que una ley penal esté dirigida contra una persona, y amenazar con la cárcel a una opción política, por muy anticonstitucional que sea su proyecto, no es válido. El presidente del Ejecutivo no ha concedido nada al Gobierno vasco, sino que se propone rectificar una medida disparatada.

-Usted inició su andadura política desde el compromiso cristiano. ¿Qué opina del actual enfrentamiento del Gobierno con la Iglesia?
-No quiero opinar sobre eso, pero me parece que la Iglesia tiene que adaptarse a una sociedad cívica.

-Coincidió en el colegio con José María Setién. ¿Qué piensa de quien fuera obispo de San Sebastián?
-El pensamiento clerical tiende a hacer juicios de principios y no de consecuencia. Se coloca por encima de la sociedad para juzgarla y eso es lo que yo denuncio de la actuación de Setién, ese «agustinismo» de proclamarse por encima porque está en la verdad de la «ciudad de los dioses».

-Comentaba en sus memorias que Setién entendía como equivalentes las posiciones del Estado democrático y las de los terroristas...
-Él plantea la solución como un diálogo entre los demócratas y los no demócratas y yo creo que no puede haber ese diálogo.

-¿Va la Iglesia vasca a remolque de la sociedad en la lucha contra ETA?
-El mundo clerical en el País Vasco está cercano al nacionalismo y ese ámbito toma conciencia más lentamente de la oposición a la violencia, porque no les ha tocado.

-¿Todavía hay quien piensa que no es preciso comprometerse contra el terrorismo mientras no les toque?
-Eso pasa, es bastante general en todas las sociedades y exige una denuncia para que la gente empiece a pensar en política.

-¿Cree que con el último descabezamiento puede hablarse de un próximo fin de ETA?
-No me atrevería a especular sobre eso. ETA está muy acabada, por la acción policial y la toma de conciencia cada vez más general en contra de la violencia. Aunque ellos no piensen en abandonar las armas, yo creo que el tema fundamental es que la democracia está mucho más fuerte, y ETA mucho más débil.

-¿Cree que es más difícil acabar con ETA o desplazar al PNV del Gobierno vasco?
-Lo bueno sería que se produjera una alternativa de Gobierno. Que el PNV pasara a la oposición sería beneficioso para la sociedad vasca en general.

-¿Volvería a recomendar un gobierno de coalición con el PNV?
-Por ahora, no. Creo que tenemos que vacunarnos de todo eso y afirmar nuestra propia fuerza.

-¿Coincide con la actual dirección de su partido, que ha rectificado la estrategia de colaboración con el PP para forzar la alternancia en el poder?
-No ha habido un cambio total de estrategia. Se ha demostrado que no podíamos estar en posiciones de inferioridad. Así es como metimos la pata al entrar en el Gobierno vasco de coalición, y en las anteriores elecciones autonómicas se estaba produciendo una sensación de inferioridad frente al PP.

El Foro Ermua respalda a Mikel Buesa tras la querella del Gobierno vasco
AGENCIAS/BILBAO El Correo 31 Octubre 2004

El Foro Ermua anunció ayer su apoyo al vicepresidente de este colectivo, Mikel Buesa, ante la querella por calumnias interpuesta por el Gobierno vasco. Buesa afirmó que el Ejecutivo autónomo estaba «financiando al terrorismo» al conceder una subvención para desplazamientos a los familiares de los reclusos etarras.

El movimiento cívico afirmó en un comunicado que «hace suyas íntegramente las afirmaciones de Mikel Buesa acerca de las prioridades establecidas por el Gobierno vasco en materia de subvenciones». A su juicio, el Gabinete de Ibarretxe «denegó» las ayudas solicitadas por organizaciones cívicas alegando falta de recursos, «mientras concedía generosas subvenciones a las familias de los presos de ETA».

La querella fue presentada a mediados de este mes en un juzgado de instrucción de Bilbao por las citadas declaraciones, realizadas en una comparecencia ante los medios de comunicación el 6 de septiembre en la capital vizcaína.

Al día siguiente, el Consejo de Gobierno del Ejecutivo vasco decidió emprender acciones legales contra Foro Ermua y Manos Limpias.

Mostrar su adhesión
La Junta Directiva del Foro Ermua sostuvo que, «efectivamente», las subvenciones del Gobierno vasco a las familias de los convictos de la banda terrorista suponen «una financiación encubierta al terrorismo», por lo que invitó al Ejecutivo de Vitoria «a que extienda la querella» a la propia asociación.

Asimismo, el colectivo anunció que «en los próximos días se iniciarán las actuaciones necesarias para que todos los ciudadanos e instituciones que lo deseen muestren su adhesión y su respaldo público» a su vicepresidente; catedrático y hermano del dirigente socialista y ex vicelehendakari asesinado por ETA en el año 2000, Fernando Buesa.

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