AGLI

Recortes de Prensa     Miércoles 24 Noviembre 2004
Terror para cambiar un Gobierno
Jorge Vilches Libertad Digital 24 Noviembre 2004

PALABRAS COMO CHICLES
FRANCISCO RODRÍGUEZ ADRADOS ABC 24 Noviembre 2004

La Transitoria 4ª
Javier MARCOTEGUI ROS La Razón 24 Noviembre 2004

Carta abierta a Anasagasti
Pío Moa Libertad Digital 24 Noviembre 2004

UNA MOSCA EN UN VASO DE AGUA CLARA
Ignacio RUIZ QUINTANO ABC 24 Noviembre 2004

El 11M, una grabación y seis copias
Lorenzo Contreras Estrella Digital 24 Noviembre 2004

Tabú
David GISTAU La Razón 24 Noviembre 2004

El nombre de las cosas
Aleix VIDAL-QUADRAS La Razón 24 Noviembre 2004

Mentirosos
Román CENDOYA La Razón 24 Noviembre 2004

El beso de la muerte
José María MOHEDANO La Razón 24 Noviembre 2004

Enredos y miserias
TONIA ETXARRI El Correo  24 Noviembre 2004

Ignominia
Juan BRAVO La Razón 24 Noviembre 2004

Pancarta provocadora
Cartas al Director ABC 24 Noviembre 2004
 

11-M
Terror para cambiar un Gobierno
Jorge Vilches Libertad Digital 24 Noviembre 2004

El terrorista Jamal Zougam, detenido el 13-M, preguntó nada más salir de la Audiencia Nacional, cinco días después: "¿Quién ha ganado las elecciones?". Este interés por la incidencia política del terror no es nada nuevo. El terrorismo siempre ha buscado la consecución de un objetivo político o la influencia en la opinión pública. Tras treinta años de sufrir a ETA algunos deberían saberlo, aunque sean secretarios de organización del PSOE y hayan ganado legítimamente las elecciones del 14-M.

José Blanco, negando a Zaplana la motivación política de los atentados, ha tratado de eludir la influencia que tuvieron los acontecimientos del 11 al 14-M en las elecciones. Porque a los socialistas les pone nerviosos que no se considere su victoria el resultado de un inconmensurable movimiento de opinión, de un tsunami popular que barrió el autoritarismo de Aznar. Máxime si su acción de gobierno, en estos siete meses, ha sido una sucesión interminable de descalabros, salpicada por genuflexiones al republicano Carod.

El terrorismo siempre ha tenido un objetivo político, desde el Septiembre Negro de 1972, teledirigido por Oudeh, el viejo amigo de Arafat, para atraer la atención mundial hacia la causa palestina, hasta el asalto del colegio de Beslán, en Osetia del Norte, hace unos meses, a cargo de yihadistas, reivindicando la independencia de Chechenia. Desconocer el interés político del terror es hacerle el juego; tanto como justificarlo con la pobreza, el analfabetismo, la discriminación de la mujer o la opresión. Alan M. Dershowitz, de la Universidad de Harvard, cuenta en su ensayo ¿Por qué aumenta el terrorismo? lo que parece haberse perdido de vista: que los terroristas conocen la reacción de la opinión pública mundial a la violencia, y que se "recompensa" al terror encontrando "causas" que apuntan a Occidente, y tratando de anularlo con concesiones políticas, sociales o económicas.

Los objetivos del terrorismo son de tres tipos. Existen los atentados concretos y limitados, como el magnicidio, o la caída de un gobierno. También están los que buscan algo amplio, en lo que cabría la independencia de una región, o inconcretos e ilimitados, como la reconquista de Occidente para el Islam. En los atentados del 11-M hubo un objetivo político concreto, que fue la derrota del PP en las elecciones, y con ello, la variación de la política exterior española. Y esto se ha intentado disfrazar con la reivindicación de un objetivo político amplio, la retirada de las tropas de Irak, llevado a cabo por un grupo que tiene una motivación ilimitada, Al Qaeda.

Lo peor de todo esto no es que los desarrapados de Lavapiés esgriman torpemente, acudiendo a infantiles casetes de iniciación al islamismo, que fue una respuesta a la dominación occidental sobre el mundo musulmán. No. Sino que el ministro español de Asuntos Exteriores, Moratinos, se atreva a decir, en el programa 59 segundos, que los atentados de Madrid se produjeron por la guerra de Irak y que, por tanto, los responsables indirectos fueron Aznar y sus ministros. Mientras se justifique el terrorismo por la pobreza, la ocupación y la humillación, y se responda a los atentados culpando a los gobiernos democráticos –¿Qué pasaría si se hiciera lo mismo con los asesinatos de ETA?–, se fomentará el terror. Para lo que sea. Incluido el cambiar gobiernos.

PALABRAS COMO CHICLES
por FRANCISCO RODRÍGUEZ ADRADOS. de las Reales Academias Española y de la Historia ABC 24 Noviembre 2004

EL léxico español está cambiando, como todo léxico al cambiar las circunstancias sociales y culturales. Lo malo es que algunos de estos cambios son muy forzados, provienen de pequeños grupos que usan el léxico para imponer sus ideas. Estiran las palabras como chicles. Igual nuestro Gobierno. Doy mínimos ejemplos.

«Matrimonio» es flagrante. El Diccionario dice: «Unión de hombre y mujer concertada mediante determinados ritos o formalidades legales». Lo único que pide es que sean hombre y mujer. Así desde el principio. Es un latinismo, derivado de mater «madre», entró en Castilla desde el siglo XIII.

Pues ahora es la unión legal de dos gays. En un referédum ni uno entre diez mil lo aprobaría. Pues ahí está. Esa unión toma ciertas ventajas legales propias del matrimonio. Esto es aceptado generalmente. No el nombre: no hay madre alguna. Podrían crear o adoptar otro. ¿Por qué, entonces, ese trágala arbitrario? Para que un grupo marginal se introduzca en la corriente general, tome un nombre ajeno. Busca integrarse, lograr así prestigio e igualdad. Se les regala, para ello, un cambio semántico.

Vuelvo a lo del «género», que ya se nos ha impuesto. La Academia habló, yo mismo escribí: «género» en español tiene, a más de un valor general, un valor gramatical que solo a veces coincide con el sexo. Pues hemos de tragarnos el «género» = sexo, para que las promotoras de la idea (un grupo muy minoritario) se pongan a la par con las feministas americanas. Estas tienen razón: gender es «sexo» en inglés, que no tiene género gramatical. No las nuestras. Pasan por encima de la lengua española y convierten su lenguaje en español normal. Se ponen «à la page». Con protección oficial.

Sigo. Buen lío tenemos con lo de «nación», «nacional», «nacionalidad», «nacionalista».

«Nación» viene de «nacer», aparece en castellano desde fines del siglo XIV para indicar un «conjunto de personas del mismo origen» (acepción 3 del Diccionario, pero es la más antigua). Se usó, sobre todo, en traducciones del Evangelio y de las literaturas griega y latina: «la nación de los medos», «la nación germánica»... Nada de esto tenía sentido político.

Lo cobró con la Revolución Francesa: en su nuevo vocabulario, «la nación» es el pueblo políticamente unido en un Estado. Es la acepción 1 del DRAE («conjunto de los habitantes de un país regido por el mismo gobierno»). Entonces, cuando los nacionalistas piden que se reconozca a Cataluña como nación, están metiendo en «nación» un sentido inadecuado. Nunca fue «nación» en ese sentido: ni con el condado de Barcelona ni con el reino de Aragón. Buscan que exista, eso sí. Pero la base histórica falla. Pues que se fastidie la historia: inventemos lo que nunca existió, pongámoslo a funcionar ahora.

Ya hubo tentativas: la Constitución solo habla de una «nación», la española, pero (art. 2) habla de las «nacionalidades y regiones» que la integran. Sin duda fue una transacción. Desde que la palabra aparece en Gracián, tiene sensiblemente iguales sentidos que «nación»: de «pueblo» o, más tarde, de «estado constituido», tales Portugal o España, más algunos derivados de este («la nacionalidad española», etc.) En España, como mucho, el historiador Vicente de la Fuente hablaba en el siglo XIX de dos nacionalidades, Castilla y Aragón. No se mencionan otras.

En fin, «nacionalidad» fue un tanteo, ya en la Constitución, para rehuir «nación». Ahora la vicepresidenta dice que qué más da. Pero el cambio semántico anticipa el cambio político.

Sí es más antiguo el uso de «nacionalista» y «nacionalismo», desde comienzos del siglo XX hablando de Cataluña y el País Vasco. Fueron términos tomados en préstamo de movimientos independentistas europeos y americanos: los que creaban o intentaban crear «naciones» con base histórica o sin ella. Aquí la Constitución, con razón, evitó «nación» con ese sentido, como incompatible con la unidad de España. Introducirla ahora es cándido: es un primer paso, van a lo que van.

Se pretende, pues, la ceremonia de la confusión: todos somos «naciones». Pero en sentido político no es así, en él, en la Constitución, la nación es España.

Mal síntoma tanta confusión interesada, procedente de una campaña que usa la lengua como instrumento político. Un pasado inexistente se usa para propiciar un futuro. Y hay muchos que se suman de un modo u otro a la confusión. Pero entregar trozos nuevos de semántica es entregar, a la larga, trozos nuevos de soberanía.

La «cultura» es otra palabra de fronteras artificialmente confusas. Era el «cultivo» de la mente y el carácter, había hombres cultivados o cultos. Por varias circunstancias resulta que en «cultura» las enseñanzas regladas, digamos, ya apenas caben. Entran las artes, sobre todo en relación con el espectáculo. Y más que los grandes escritores, entran los actores y directores, a ser posible con un tinte progre. «La cultura» tiende a hacerse una especie de guía u ortodoxia. Un instrumento.

La verdad, el destino de esta palabra es preocupante: cada día se vacía más de contenido, cada día se aleja más de nuestra gran tradición. Salvo para centenarios, festejos, premios y varias frivolidades. El trabajo de creación intelectual y de las Humanidades, unido a la crítica, a la historia y al pasado, queda en la sombra. Este concepto de «cultura» va uniéndose al de «lo correcto» o a una parte de ello. Lo «políticamente correcto» es, como el «género» y otras varias cosas, imitación de cierto progresismo americano. O sea: un cierto pensamiento, que no tengo espacio para describir, pero que ustedes adivinan, es el correcto. Una vez más, un grupo se coloca en el centro, el que discrepe se hace marginal. Con solo cambiar el sentido de una palabra.

Y termino con el famoso «talante». Si ustedes leen el Corominas, verán que «talante» y «talento» son, en el origen, lo mismo. Es el griego «tálanton» (no hagan caso del DRAE): la «balanza», también la «pesada» de oro o plata. En Atenas, 6.000 dracmas. Pues bien, la palabra pasó al latín vulgar y de ahí a nosotros en dos variantes: «talento» y «talante», la segunda más fiel al griego pero pasada por el francés. Sin duda influyó en su sentido valorativo, sobre todo el de «talento», la parábola de San Mateo sobre el hombre que, al partir de viaje, confió sus talentos a sus servidores.

Sin entrar en detalles, ya en el Calila y en Alfonso el Sabio «talante» es la voluntad, el gusto, admite adjetivos que indican el buen o mal carácter o disposición.

Pero ahora Zapatero tiene «talante», a secas, con valor positivo, como si fuera «talento». Los demás lo tenemos ya bueno ya malo, según. La palabra se ha cargado de un significado que la coloca en el capítulo de la excelencia humana. Es un modelo para todos. Otra vez la semántica al servicio de la política.

En fin, las palabras son flexibles, movimientos sociales o ideológicos hacen evolucionar su sentido. E influyen en el pensamiento de los que las pronuncian sin que ni siquiera, a veces, se den cuenta. Otras, sí se dan cuenta, pero no pueden evitarlo.

Lo peor es que, más que de evoluciones naturales, se trata muchas veces de alteraciones buscadas con intenciones precisas. Cosas o cualidades que están en la lengua al lado de otras varias, o a lo mejor no están, se colocan en el centro como términos de referencia de valores: lo máximo, lo buscado, lo aceptado. Y sectores marginales se convierten en la corriente central de la sociedad, hasta en su guía, aunque sea a costa de violentar hechos palmarios o semántica palmaria.

Se regala semántica: malo, después será la cosa la que se regale.

Son las palabras-chicle, estiradas con toda intención por grupos influyentes. Y van al BOE derechas. Luego, a la realidad de las cosas.

La Transitoria 4ª
Javier MARCOTEGUI ROS La Razón 24 Noviembre 2004

El presidente del Gobierno de España ha abierto la «caja de Pandora» al anunciar su propósito de reformar la Constitución de 1978. Ha acotado el con- tenido de la reforma a cuatro cuestiones; una de ellas la identificación de las CC AA por su nombre, ya que la estructura del estado de las autonomías está terminada. Quiere el presidente señalar cuáles son las autonomías que constituyen la nación española y, conforme con sus estatutos, cuáles sus territorios.

Este aspecto de la reforma interesa particularmente a los navarros porque la transitoria 4ª de la Constitución permite la integración (cualquier otra afirmación no pasa de ser un eufemismo) de la Comunidad Foral de Navarra en la Comunidad Autónoma Vasca o Euskadi. En concreto dice «al Consejo General Vasco» porque el País Vasco estaba regido en el momento de la aprobación de la Constitución por el régimen preautonómico.

Como quiera que la decisión de integración corresponde a los navarros, la transitoria 4ª se presenta como paradigma del derecho de autodeterminación del pueblo navarro. No obstante es necesario levantar el velo para descubrir el verdadero sentido de esta «autodeterminación».

Navarra no ha necesitado de la Constitución española para acceder al régimen foral (llámese autonómico si se quiere) aunque haya sido bajo su amparo cuando este régimen se ha actualizado y desarrollado considerablemente. En efecto, la Constitución en su disposición adicional primera ampara y respeta los derechos históricos. Entre éstos, sin duda, se encuentra el derecho de autonomía o régimen foral pues la propia Constitución confunde éste con aquéllos cuando afirma que la actualización de «dicho régimen foral» se llevará a cabo en el marco de la Constitución.

En efecto, el Amejoramiento no es la norma de constitución de la Comunidad Foral de Navarra, sino la de reconocimiento. En el artículo 1º se afirma que Navarra constituye una Comunidad Foral con régimen, autonomía e instituciones propias. El resto de estatutos, incluido el de la Comunidad Autónoma Vasca, dice que «se» constituyen. Pequeño detalle que los navarros no deberíamos olvidar.

La transitoria 4ª supone una trampa bien adobada con un mutilado derecho de autodeterminación que sólo se puede ejercer en una sola dirección y un solo sentido. Por esto es una trampa. Las trampas, a diferencia de las puertas, dejan pasar pero impiden volver. La transitoria 4ª, esto es la Constitución, no contiene ningún mecanismo de retorno, sólo de ida o de integración. Algunos parlamentarios navarros, los de la extinta UCD, recogiendo el sentir mayoritario del Consejo Foral y un acuerdo de la DFN, durante el debate constitucional en el Senado, intentaron sin éxito introducir el mecanismo de salida en el texto constitucional aprobado por el Congreso.

La ausencia de un mecanismo de salida en el texto de la transitoria 4ª para el supuesto de haber prosperado el proceso de integración no debe sorprender. La transitoria 4ª no fue negociada por navarros que tuvieran un mandato expreso de atender el derecho de autodeterminación del pueblo navarro, sino por los partidos políticos PNV, UCD y PSOE con algunos líderes navarros entre estos dos últimos. La superación de un histórico escollo político que podía allanar la aprobación de la Constitución animaba la negociación para unos; la satisfacción del fin político que concebía a Navarra como una parte más (territorio histórico) de una comunidad política más extensa lo hacía para otros y el establecimiento de una garantía definitiva de Navarra como institución política con personalidad propia era el motivo de otros terceros.

La transitoriedad del texto pactado, curiosamente con vocación de permanencia, fue probablemente producto de las dificultades encontradas. Algunos negociadores pensaban que la integración era un hecho inevitable; otros que ponían dificultades al proceso, posible en aquel momento. Téngase presente que el socialismo navarro había firmado el compromiso autonómico y que sus diputados estaban integrados en la Asamblea de Parlamentarios Vascos presidida por el peneuvista Manuel Irujo. Esta Asamblea era utilizada como una más de las variadas plataformas para conseguir la integración de Navarra y ya había pactado el texto preautonómico para el País Vasco donde se recogía el derecho de Navarra a su integración en las Instituciones Vascas. Gabriel Urralburu, secretario del socialismo navarro, se manifestaba por entonces partidario de la incorporación de Navarra al marco autonómico vasco.

Por eso tampoco debe extrañar que el Estatuto Vasco, aprobado con anterioridad al Amejoramiento, se haga eco de la transitoria 4ª como mecanismo para la incorporación de Navarra a Euskadi y no señale, como no lo hace para ninguno de sus territorios históricos, un mecanismo de separación.

Para encontrar el mecanismo de salida es preciso remitirse a la ley de Amejoramiento (DF2ª) que hace competente al Parlamento de Navarra para ejercer la iniciativa de separación. Pero para entonces, ocurrida la integración, ni existirá Amejoramiento ni Parlamento de Navarra en su configuración actual. Habrán desaparecido con el proceso de incorporación. Algunos afirman que en el momento del ejercicio de la opción de entrada habrá que dejar claro el proceso de salida. No deja de ser una ingenuidad manifiesta. ¿Alguien duda de que el nacionalismo hará complejo cualquier proceso de salida si se viera vencedor en un eventual proceso de integración de Navarra en Euskadi según lo señalado por la transitoria 4ª? Por otra parte, si la voluntad de los navarros en tal hipotética situación fuera proclive a la integración que supone la desaparición de la personalidad histórica de Navarra, ¿qué razones se pueden encontrar para esperar una especial preocupación por garantizar la salida fácil de un proyecto que se juzga conveniente?

En el proceso de modificación de reforma constitucional, los navarros y sus representantes políticos pueden plantear y tratar de quebrar legítimamente la transitoria 4ª. UPN tiene las ideas claras sobre la cuestión porque tal objetivo fue motivo fundacional. EL PSN parece participar de este proyecto. Bienvenido. Con ello facilitará al presidente Zapatero uno de los objetivos por él pretendidos: definir definitivamente el mapa autonómico español.

Cierre del Valle de los caídos
Carta abierta a Anasagasti
Pío Moa Libertad Digital 24 Noviembre 2004

el mismo derecho que tiene usted a expresarse, lo tenemos los demás, y a poner en evidencia sus argucias Ha propuesto usted "cancelar" el Valle de los Caídos y trasladar los restos mortales de Franco a un cementerio particular. Porque, dice usted, "en el siglo XXI " no debería existir un monumento "a una de las partes de la contienda" donde está enterrado "el máximo responsable de aquella barbarie", "un general golpista" que ocasionó "centenares de miles de muertos, heridos, exiliados y encarcelados por el único delito de defender la legalidad constitucional vigente". Y compara usted a Franco con Hitler y Mussolini.

Estas frases suenan por lo menos extrañas en un representante del PNV. Porque, usted, como sabiniano típico, recordará que una parte de su partido se alineó directamente con el "responsable de la barbarie". Desde luego, la parte mayor prefirió al bando que, según usted, defendía la legalidad. Pero, como usted también sabe perfectamente, el PNV procedió bien pronto a traicionar a ese bando entendiéndose a espaldas de él con Mussolini y con Franco. Usted, señor Anasagasti, sabe que su partido entregó intacta a aquellos "bárbaros" la industria pesada y de armamentos de Vizcaya impidiendo los intentos de sus aliados izquierdistas de destruirla. Una industria, que sirvió de modo extraordinario al esfuerzo de guerra de los causantes –dice usted– de "centenares de miles de muertos, heridos, exiliados y encarcelados". Y no olvidará nadie, porque está ampliamente escrito y descrito, cómo su partido, no contento con hacer tal servicio al mayor responsable de la barbarie, le ofreció la mejor vía de ataque para destruir a los "defensores de la legalidad", vía que de paso dejaba oculta la traición del propio PNV.

Esto no son opiniones, señor Anasagasti, sino hechos plenamente demostrados, entre otros por testimonios de los propios nacionalistas, como el padre Onaindía. No se explica bien cómo un partido que saboteó en tal grado a los "defensores de la legalidad" y favoreció en igual medida a los equivalentes de Hitler, como usted los define, puede venir ahora con semejantes letanías. ¿Es caradura insuperable, o acaso chifladura? ¿O cree usted que casi setenta años después, "en el siglo XXI", resulta aceptable cambiar la historia por una historieta? Extraña filosofía, aunque no del todo incoherente con la conducta del PNV entonces. Una traición pretende tapar a otra.

Por otra parte hacer de Franco "el máximo responsable de aquella barbarie" exige un poco más de análisis. Usted sabe que en octubre de 1934 se rebelaron casi todas las izquierdas contra la legalidad republicana, contra un gobierno legítimo y democrático. Trataban deliberadamente de iniciar la guerra civil, y la iniciaron, y en esa rebelión desempeñó el PNV un papel por lo menos turbio. Ha olvidado usted este suceso trascendental, con 1.400 muertos en dos semanas y bastante incidencia en las Vascongadas. Como ha olvidado que en aquella ocasión Franco defendió la legalidad constitucional y ayudó a frustrar la intentona.

¿Qué pasó, pues, para que, en 1936, las derechas que defendieron la legalidad en el 34 se rebelaran a su vez? Pues pasó que tras las elecciones de febrero del 36 la legalidad y las reglas del juego democrático se vinieron abajo, conculcadas sistemáticamente por las izquierdas desde el poder y desde la calle. No lo ignoraba el órgano del PNV, Euzkadi cuando clamaba: "Nos alcanza en todas partes la descomposición del Estado español, estrago inmenso de su organización social, batida por la inmoralidad y la anarquía"; o hablaba de "las convulsiones epilépticas de un pueblo moribundo" (el español), en "momentos históricos de gravedad no igualada". El PNV sabía bien lo que ocurría y quiénes eran los responsables: los mismos que se habían alzado contra la "legalidad vigente" en 1934 y que año y medio después, dueños del estado y de la calle, volvían a hacerla trizas.

¿Por qué, entonces, terminó aliándose su partido, señor Anasagasti, con los responsables evidentes de aquella situación; por qué, siendo católico, apoyó a quienes exterminaban sangrientamente a la Iglesia, mostró tal insolidaridad con las víctimas y rechazó las ofertas de las derechas sublevadas? Sólo encuentro una explicación, y está en las ideas de Sabino Arana, el Maestro de su partido, tan imbuidas en sus adeptos. Ideas como ésta: "Si a esta nación latina (España) la viéramos despedazada por una conflagración interna o una guerra internacional, nosotros lo celebraríamos con fruición y verdadero júbilo, así como pesaría sobre nosotros como la mayor de las desdichas el que España prosperara y se engrandeciera". Sólo concepciones tales explican la alianza de ustedes con los revolucionarios y bajo la protección de Stalin, y también explican que los traicionaran en cuanto vieron que no triunfarían.

¿No tenemos derecho a sorprendernos, señor Anasagasti, de que exalte usted a los supuestos "defensores de la legalidad" en el pasado mientras en el presente su partido está volcado en una campaña contra la Constitución? ¿Pueden pretender una reforma razonable de la Constitución partidos como el suyo, que ha reducido a tan poco la democracia en las Vascongadas, donde buena parte de la oposición tiene que ir protegida contra asesinos nacionalistas, donde la policía autonómica no casi persigue al terrorismo, donde tantas normas constitucionales, empezando por símbolos como la bandera nacional, son conculcados cada día por su partido…? Sus propuestas tienen todo el aire de una provocación.

Y hay otra falsedad en su argumento señor Anasagasti: el Valle de los Caídos no está dedicado sólo a uno de los bandos. Fue concebido para conmemorar la victoria sobre la revolución (¿o cree usted que no hubo revolución?) y como emblema de reconciliación: allí no descansan los restos de soldados de una sola parte, sino de las dos. Descansan, es cierto, bajo una gran cruz, y esa reconciliación no podía ser aceptada por quienes detestaban la cruz y veían en la Iglesia una institución y unas personas a exterminar, y que siguen intentando erradicarla de la vida y la cultura españolas. Usted se está sumando a ellos, señor Anasagasti, y con su sectarismo, provocación y falsificación de la historia, está conjurando otra vez los fantasmas del pasado.

Desde luego, tiene usted derecho a pensar y expresarse como lo hace: se lo garantiza la democracia española que su partido está arruinando en las Vascongadas, donde expresarse puede resultar muy peligroso. Yo quisiera que los asuntos mencionados en esta carta no tuvieran a estas alturas más tratamiento que el académico y no afectaran a la política actual. Pero usted, como otros, se obstina en el revanchismo, echando por tierra el acuerdo de no utilizar el pasado como arma arrojadiza en la política de ahora. Acuerdo que permitió una transición bastante calmada a las libertades políticas, cuyos frutos están ustedes poniendo en riesgo ahora. Pero el mismo derecho que tiene usted a expresarse, lo tenemos los demás, y a poner en evidencia sus argucias. También con la esperanza, aunque cada vez más remota, de hacerles a ustedes conscientes de su responsabilidad en la escabrosa senda que han emprendido.

UNA MOSCA EN UN VASO DE AGUA CLARA
Por Ignacio RUIZ QUINTANO ABC 24 Noviembre 2004

EN el vaso de agua clara ha caído una mosca: la filología de Pérez, el hijo del guardia.

-Hablar o leer o aprender catalán es un hecho simplicísimo -dejó escrito Pemán, hace más de treinta años-. Se trata de beber un vaso de agua clara.

Para Pemán, venir a Madrid de cuando en cuando era como llegar a una comedia en el segundo acto: el desenlace se vislumbra cercano y las fuerzas dramáticas presionan para llevarse el gato al agua. Un día se encontró la comedia del catalán revivida con ocasión de la enseñanza en las escuelas, y opinó en favor del asunto. Ponía el caso de los beatos y escrupulosos que cuando el Papa decretó el permiso de beber agua, sin límite de tiempo, antes de la Comunión, encaraban el hecho como una condescendencia melancólica a la que había llegado el Papa porque no tenía más remedio, sin entender el valor positivo del episodio, pues lo que el Papa hacía era ensanchar las posibilidades de los comulgantes contra las dificultades y limitaciones de la antigua regla del ayuno, que es a lo que el Papa quería poner remedio. Y del mismo modo, el catalán: un vaso de agua clara.

El agua clara puede venir del Ebro, como en Barcelona, o de las desalinizadoras socialistas, como en Valencia -yo he contado mis órganos fonadores y me salen diecisiete, los mismos que autonomías-, pero Pérez ha dispuesto que agua clara no hay más que una, y es la de su botijo. La que abrevó en el cuartelillo del «Todo por la Patria». Hoy, la Patria de Pérez es el área del agua clara -Valencia, Cataluña, Mallorca y Rosellón-, con dos excepciones: la ciudad de Alguer, en Cerdeña, en cuyo caso el hecho geográfico se impone al espiritual, y el valle de Arán, cuyo dialecto, el aranés, pertenece al lenguaje gascón.

AQUÍ todo el mundo aporta su grano de arena. Saussure, que era suizo, la distinción entre lengua y habla. Chomsky, que embiste como la Esquerra, la lingüística generativa. Derrida, que hace derretirse a Robert de Ventós, la deconstrucción del lenguaje con que el Poder engaña a los obreros. Y Pérez, la denuncia del mito antiimperialista de Babel, cuya catástrofe relata, según Sloterdijk, el principio de la perversa pluralidad, cuando Cataluña sólo hay una.

PARA saber algo de lenguas no hay más remedio que aficionarse a las raíces y, aunque Pérez no tiene mofletes de chupar raíces, es filólogo. «Bon cop de falç!» Un día, a lo Castelao, en el melancólico cuartelillo de la infancia, pensaba en Cataluña y en el dulce idioma de Cataluña, que no le era dado hablar. Y cantó un cuco. Y cantó como los cucos del poeta Maragall. Y ladró un perro. Y ladró como todos los demás perros. Y entonces caviló: «Los pobres animales aún no pueden hablar otra cosa que una lengua universal. Sea, pues, que lo que hablan los valencianos se llame catalán».

¿Catalán, los valencianos? Don García de la Concha, que está de ejercicios en Rosario de lapislázuli, pero que veranea en Xàbea, todavía no ha abierto la boca, así que, salvo los sainetes de Escalante y algunos amigos de «Lo Rat Penat», todas las autoridades inclinan sus pendones ante la filología de Pérez, que afirma la superioridad de las lenguas catalanas como el doctor Robert afirmó la de los cráneos: tirando de los huevos. Por eso se les dice moscas cojoneras. Ya en su día Nicolau d´Olwer descubrió que el catalán es más aún que un hijo del latín: es el latín mismo, la lengua que sirve para que la ministra de Cabra pueda llamarse la Egabrense. «Quan vós ne fugiu / ja és lluny l´alegria».

El 11M, una grabación y seis copias
Lorenzo Contreras Estrella Digital 24 Noviembre 2004

La comisión de investigación parlamentaria que funciona en el Congreso de los Diputados presenta todos los visos de eternizarse, de convertirse en una “comisión permanente” diluida en una eterna provisionalidad. Los más graves e importantes datos hasta ahora aflorados están ya en los medios de comunicación y, por consiguiente, en poder de la calle más atenta a estas cuestiones. Pero más que información, que la va habiendo en abundancia, lo que flota es el escándalo y la alarma. Ha ocurrido algo muy grave que excede de la mera delincuencia común y de los vulgares tráficos mafiosos. La mercancía con la que se traficó era peligrosísima y no estaba destinada, como en las canteras, a las voladuras controladas, sino a las “incontroladas”. Se ha publicado que en España han estado al alcance de terroristas unos mil quinientos polvorines repartidos por todo el país sin garantía de custodia eficaz o efectiva. Y, en relación con el 11M, con destino a los atentados de Madrid, puede haber existido una conjura política sobre cuyos autores es difícil descartar nada ni a nadie. No cabe afirmar ni negar con rotundidad que en la participación islámica en el proceso conducente a la tragedia del 11M y a su consecuencia electoral sólo haya mediado la contracruzada de Al Qaeda. Las cosas no son tan simples como a veces parecen, ni tampoco tan complicadas como en ocasiones se asegura. Aquí lo que hace falta es paciencia y sentido práctico para esperar y ver.

Por lo que se viene observando, el gran perdedor de esta historia ha sido la Guardia civil. Va a ser muy difícil que la “temida” coordinación de cuerpos de la Seguridad del Estado pueda evitarse. La relación entre Benemérita y la Policía Nacional no ha existido. La dispersión de actividades e investigaciones ha resultado catastrófica. Y no todo se resuelve por el sistema de depuración de responsabilidades. El hasta ahora jefe de la UCO (Unidad Central Operativa de la Guardia Civil), coronel Félix Hernando, ya ha recibido la comunicación de que no será ascendido a general, una promoción personal y profesional con la que contaba.

Nadie negará que hay elementos probatorios capaces de motivar una intervención judicial a gran escala. Ya hablarán los hechos. Pero los que hasta ahora han referido episodios determinantes dicen que a la cúpula de la Guardia Civil la han traicionado desde dentro o desde sus proximidades. La grabación abandonada en una dependencia de cuartel asturiano que, según se afirma, iba a ser desmantelada o trasladada, no quedó “perdida” en un cajón de despacho por casualidad. Las confidencias recogidas en esa cinta eran demasiado importantes como para que ese descuido se produjera. Seguramente no hubo negligencia sino estrategia conspirativa, infiltración de encargo y, naturalmente, posterior difusión estudiada de su contenido. La mano que se apoderó de la grabación hizo, al parecer, seis copias, luego calculadamente distribuidas, entre ellas una que fue a parar a la dirección de un periódico madrileño. La metástasis política estaba asegurada.

La cinta fue la clave. Otra vez una grabación en danza, una grabación perdida con intención o sin ella, del mismo modo que ocurriera en otras ocasiones antecedentes. Sin esa grabación dormida en un cajón de despacho, la historia del 11M se estaría escribiendo de otra manera.

Tabú
David GISTAU La Razón 24 Noviembre 2004

De tres elementos está hecha la concepción tribal de la existencia: lo totémico, lo tabú y el enemigo que, inventado o no, sirve para justificar la defensa, la empalizada, el zafarrancho de combate que favorece a modo de excusa una ebullición patriótica. En la Cataluña, afortunadamente parcial, que proyecta Pérez-Carod, ya habíamos detectado dos de estos elementos. Lo totémico. Y el enemigo inventado, ése según el cual hasta mi pobre madre ignora que hasta cuando baja a Caprabo a hacer la compra no es sino un «elemento fascista opresor» que, según Pérez-Carod y sus pactos con Eta, sólo por ser de Madrid merece vivir en un territorio no indultado de las bombas.

De lo que no teníamos constancia todavía es de que, en la Cataluña tribal, la de la cabeza de cochinillo clavada en la estaca, existiera también lo tabú. Es decir, la palabra que está prohibido pronunciar para condenarla así al olvido, a la desaparición. Lo que los zulúes hacen con los nombres de los muertos. Me informa Sergi Fidalgo, que es un catalanista lo bastante escéptico e inteligente como para no subirse a la empalizada para defenderla de mi madre con las bolsas de Caprabo, que, en las vísperas del Clásico, un diario deportivo catalán se refirió a Rijkaard como el entrenador holandés, a Márquez, como el defensa mejicano, y a García Remón, como el entrenador «estatal». «Español» es palabra tabú, así que el gentilicio de los nacidos en España es «estatal», como si en vez de en cargar, con más o menos satisfacción según cada cual, con la casualidad biológica de una nacionalidad, ser español consistiera en ocupar un cargo público dependiente del Ministerio de Fomento.

Para sortear cada tabú, las convenciones inventan un eufemismo. Así, de igual forma que el «cáncer» es «una larga enfermedad», en la Cataluña tribal el español es un «estatal», que ya sabe García Remón que eso tiene que poner en el currículum. Pero evitar pronunciar su nombre no basta para curar la enfermedad del cáncer.

Ni tampoco para lograr que desaparezca una identidad imbricada por varios siglos de historia y tan odiada por la Cataluña tribal que de las dos pancartas que se podrían haber exhibido en el Clásico, sólo la de la Olimpiada para Madrid fue considerada peligrosa para la seguridad.

El nombre de las cosas
Aleix VIDAL-QUADRAS La Razón 24 Noviembre 2004

Borges nos advierte en un célebre poema que hay ocasiones en que nombre y cosa nombrada son indistinguibles y, por tanto, hemos de ser muy cuidadosos a la hora de bautizar pedazos de la realidad. El pasado lunes, Francisco Rubio Llorente, en una conferencia pronunciada en Barcelona, propuso denominar «Comunidades nacionales» a Cataluña, Galicia y País Vasco y que tal apelativo figurase en la Constitución tras la reforma de la misma que el Gobierno está gestando. El ilustre profesor, hombre versado en Derecho Constitucional donde los haya, insistió en que esta idea es exclusivamente suya y que la formulaba a título estrictamente personal, sin que ello comprometiese a la institución que encabeza. Sin embargo, no cabe duda de que semejante manifestación pública por parte del máximo representante de un órgano que debe pronunciarse con carácter previo sobre la susodicha reforma no tiene el mismo valor que la de un comentarista cualquiera.

Nuestra Ley de leyes se refiere a «nacionalidades y regiones», sin definirlas ni enumerarlas ni asociar a estos apelativos contenido normativo alguno. Es obvio que el constituyente, consciente del resbaladizo terreno que pisaba, no quiso entrar en mayores honduras y dejó a la libre voluntad de las comunidades autónomas la elección de una de estas dos denominaciones. Así, a día de hoy se definen como nacionalidad Cataluña, Galicia, País Vasco, Valencia, Andalucía, Aragón y Canarias, mientras otras, como Murcia o Extremadura, se refieren a sí mismas como regiones sin ulteriores pretensiones. En el momento en que las tres mal llamadas «históricas» –¿acaso las demás son intemporales?– gocen de un nivel superior y queden constitucionalmente dotadas de esencia nacional, esta cualidad se entenderá contrapuesta a la nacional española, que es la que tiene sentido en el plano internacional. De inmediato, se producirá un movimiento de emulación en los restantes territorios, cuyos ciudadanos se negarán, en tanto que españoles, a ser clasificados en una categoría que entenderán inferior, con lo que la iniciativa del profesor Rubio Llorente, lejos de pacificar nuestro agitado bullir de identidades, contribuirá sin duda a alterarlo todavía más. España es una Nación cultural y lingüísticamente plural, como la inmensa mayoría de las que ocupan un asiento en las Naciones Unidas, y no es una Nación de naciones, extraño invento que pertenece al mismo mundo irracional que un automóvil de automóviles o una casa de casas.

La Nación española es, de acuerdo con la Constitución, una e indivisible en su soberanía. Su heterogeneidad interna encuentra expresión y acomodo en el Estado de las Autonomías. Todo intento de cuadrar este círculo, trazado con sensatez y equilibrio, conduce al conflicto y a la inestabilidad, aunque lo impulse con la mejor intención el presidente del Consejo de Estado.

Mentirosos
Román CENDOYA La Razón 24 Noviembre 2004

Carmen Calvo recomienda aprender chino y resulta que nuestra voz es el francés. ¿Para qué tanto lío con el valenciano y el catalán si lo que decimos coincide con lo que dicen los franceses? Ya no somos uno de los principales países europeos y para los EE UU parece incluso que hemos dejado de ser Europa. Cuando se pregunta por qué Condoleezza Rice no ha invitado al director de Internacional y Seguridad del Gabinete del presidente, la respuesta es que «lo que opina el Gobierno español ya sabemos que será coincidente con lo que nos dicen los franceses». Este ninguneo es más significativo porque el tema a debatir es Palestina y el ministro Moratinos fue el mediador europeo en Oriente Próximo. El Gobierno Rodríguez acumula records históricos en su capacidad para hacer retroceder a un país en su posición internacional. El presidente Rodríguez, sus ministros Moratinos y Bono o Trinidad Jiménez aseguran que las relaciones entre el Gobierno de EE UU y España son leales, privilegiadas y propias de dos países aliados. Mentirosos. Si Rubalcaba tuviera un mínimo de dignidad abandonaría la política porque, como él dijo en aquella provocadora y antidemocrática comparecencia durante la jornada de reflexión, «España se merece un gobierno que no mienta». Pues eso, que no mientan. España, jaleada por personajes del pelaje de Chávez, va camino de ser líder de un tercer mundo que protege tiranos como Castro. Pobre España.

El beso de la muerte
José María MOHEDANO La Razón 24 Noviembre 2004

Desde el politólogo hasta el abarrajado Savonarola de taberna, pocos hay que se aparten del diagnóstico unánime con el que se califica a la llamada clase política: mentalidad de supervivencia, pensar a corto plazo, predominio de la mediocridad, aferramiento al poder, arrogancia y corruptelas.

Por eso, en general, la opinión sobre nuestros políticos, no sólo en España, no proporciona una visión agradable. Lo único que resulta algo fastidioso es la estrechez con la que en este entretenido deporte popular, se miden los emolumentos del personal político en comparación con los de algunos mánagers que consideran su fariseísmo como una legítima fuente de ingresos.

Las recriminaciones que, en jerga delincuencial, hablan de poner el cazo o de llevárselo caliente dice a veces más de los inculpadores que de los inculpados y revelan una relación distorsionada con la realidad económica.

El bolsillo de algunos concejales de urbanismo es un terreno de investigación más bien baldío comparado con el despilfarro general a favor de comisionistas y partidos. La sangría de dinero que se produce en el reintegro de los gastos de campañas electorales, subvenciones a las fundaciones de los partidos políticos y otros fondos especiales son mucho más gravosas que todas las rentas que puedan concederse los responsables públicos.

No se explica que un estamento social o un sector de la población esté aquejado por defectos de los que esté libre el resto de la población y, sin embargo, ni las señales más inequívocas ni las derrotas electorales más estrepitosas sirvan para aleccionar al personal político.

Las explicaciones sociológicas son más esclarecedoras: basta una ojeada a la carrera del personal de Berlín, Bruselas, Moscú o Madrid para comprobar que los políticos profesionales son, por lo general, personas sin oficio. La comparación con patrones de otras carreras sería muy ilustrativa. Y como el reclutamiento y la carrera hacen más comprensibles algunas desviaciones va siendo hora de hablar de la miseria de los políticos, en lugar de dedicarse a insultarlos.

Porque se trata de una miseria de tipo existencial: la entrada en la política supone el adiós a la vida, el beso de la muerte. Lo primero que llama la atención es el soberano aburrimiento a que se someten. En este sentido, la política como oficio es el reino del retorno de lo mismo, de la repetición inmisericorde. Encima de emplear decenios de su vida en reuniones, no les está permitido decir nada. Como mucho, puede decir, en un círculo muy íntimo lo que piensa; cuando piensa. Pero, por otra parte, tampoco puede callarse. Más bien se le exige que hable permanentemente, por lo que la vacuidad de su locuacidad y la pérdida del lenguaje es una de las mermas que conlleva el oficio.

Sería interminable la lista de humillaciones que sufre el político profesional, tanto del exterior como de sus congéneres. La mayor penitencia es la pérdida total de soberanía sobre su tiempo, y la razón más honda de su miseria es el total aislamiento social. Si el placer del poder es lo que compensa de todas estas contrariedades al político profesional, cuesta trabajo comprender cómo alguien instalado en una oficina política puede sucumbir a tal delirio de poder. Toda persona verdaderamente ansiosa de poder se fugaría de inmediato de esta trampa diabólica.

Enredos y miserias
TONIA ETXARRI El Correo  24 Noviembre 2004

Menos mal que todavía no estamos en la campaña electoral autonómica propiamente dicha. Si empieza a estar el ambiente trufado de enredos y miserias, mientras Batasuna, aprovecha el río revuelto y pide que se le vuelva a legalizar urgentemente ¿qué carta se guardarán para la traca final? Los primeros que no hacen caso a Ibarretxe, cuando dice que ahora «no toca» hacer campaña, son curiosamente los suyos. Imaz no se cansa de repetir en privado que la gente votó «tanto nacionalismo» en el 2001 porque «se les metió el miedo en el cuerpo» creyendo que podía ganar el PP (claro está que omite decir quiénes se encargaron, entonces, de inyectar la dosis conveniente de pavor). Ahora ha optado por el ventilador de la inseguridad. Cuaja mejor que el miedo. ¿Cómo van a decir desde el PNV , como hicieron con Mayor Oreja, que nos van a quitar la autonomía conseguida, cuando ahora se trata de un gobierno socialista rehén del independentista Carod Rovira?

Los socialistas son un riesgo para el bienestar. Ahí queda eso de parte de Imaz. Y los aludidos, lógicamente, saltan. El plan Ibarretxe es el factor de mayor inseguridad. Y le toca la fibra a Egibar que dice que los socialistas se dedican a «enredar». Y como este burukide suele ser esclavo de sus palabras, el que se enreda es él solito. Nada que objetar al mensaje claro y directo de que el PSE «anda enredando». Lo entiende hasta su compañero Rubalkaba, que últimamente confunde las iniciativas ciudadanas que defienden la alternancia al poder nacionalista con «ir a la contra» del Gobierno.

Volvamos al enredo de Egibar. Al reconocer que los socialistas enredan porque, desde que Batasuna ya no es lo que era, «el tripartito se ha crecido», se lía. Desde luego; el Gobierno, crecidito, sí que está. Pero no de fuerza, sino de humos, al negar el diálogo a los que no acatan el plan Ibarretxe. Y si el Gobierno está más cómodo desde la «ilegalización de la izquierda abertzale» se le vuelve a olvidar el detalle de siempre. Que la penosa situación del entorno de ETA la promovió el Pacto Antiterrorista y la Ley de Partidos. Muy a pesar del PNV, entre otros. Pero como este año electoral no es el más idóneo para ser agradecidos, el mensaje queda decapitado.

Hay otras actitudes, sin embargo, más reprobables que la de la ingratitud. Seguramente tendrá que pasar mucho tiempo hasta que la historia recoloque en su sitio a Aznar. De las cosas que hizo bien, precisamente, fue dar apoyo incondicional a las víctimas de ETA. Los afectados que no pertenecían al PP se lo reconocían. Pero las cosas han cambiado. Y sobre todo, el Gobierno. Si es cierto, como parece, que destacados militantes socialistas se están negando a compartir escenario con el ex presidente del Gobierno en el aniversario del asesinato de Gregorio Ordóñez, para no 'mezclarse', habrá que empezar a hablar directamente de actitudes miserables.

Ignominia
Juan BRAVO La Razón 24 Noviembre 2004

La ejecutiva regional de EA de Navarra calificó ayer de «aberración» las declaraciones del presidente foral Miguel Sanz acerca del papel que, a su juicio, se deberá concender a las víctimas de ETA. Sanz señaló que cuando se produzca un fin «definitivo» de la violencia etarra serán las víctimas las que tendrán «la legitimidad para definir y limitar a los poderes públicos el alcance y el grado de generosidad que la sociedad debe tener con quienes reconozcan sus crímenes y manifiesten arrepentimiento».

Frente al reconocimiento claro y sin matices con los principales afectados por la violencia etarra, la formación nacionalista, simpre proclive a posicionarse de manera comprensiva a favor de los violentos, ha calificado las justas palabras de Sanz de «aberración» y «torpeza política», ya que, según ellos, intenta sacar provecho del sufrimiento de las víctimas. Un colectivo, este último, que mientras tanto asiste perplejo a la ignominia de EA, que dice que hay que atender al «reconocimiento de las personas que han sufrido la violencia, como paso previo para la necesaria reconciliación social», pero no explican cómo ni de qué manera. Lo único que queda claro es que aún no han pedido a los etarras que hagan una declaración pública en la que pidan perdón por los crímenes y muestren arrepentimiento.

Pancarta provocadora
Cartas al Director ABC 24 Noviembre 2004

Vista tanto por televisión como por la Prensa la pancarta que apareció durante el partido que jugaron el Barcelona y el Real Madrid, mucho me sorprende todo lo que sobre ella se viene hablando, cuando esta pancarta está siempre presente en acontecimientos deportivos de masas que se celebran en Barcelona.

Esta pancarta, en dimensiones iguales a la que se exhibió en el Nou Camp, se ha venido viendo en todos los premios de Formula 1 que se celebran en el Circuito de Montmeló. Permanece durante los días del Gran Premio, sin que nadie la retire. Cuánto tenemos que aprender del resto de los países europeos, que en cualquier acto, por pequeño que sea, lucen siempre su escudo o su bandera. Igual que nosotros, los españoles, que si una persona tiene a bien llevar nuestra bandera se le considera un facha.   
Federico Pérez.    Madrid.

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